Katherine Mansfield
(Nueva Zelandia, 1888 - Francia, 1923)


Las hijas del difunto coronel (1920)
(“The Daughters of the Late Colonel”)
Originalmente publicado en London Mercury, 4.19 (mayo de 1921);
The Garden Party and Other Stories
(Londres: Constable & Company Limited, 1922, 276 págs.)


I

      La semana siguiente fue una de las más atareadas de su vida. Incluso cuando se acostaban, lo único que permanecía tendido y descansaba eran sus cuerpos; porque sus mentes continuaban pensando, buscando soluciones, hablando de las cosas, interrogándose, decidiendo, intentando recordar dónde…
       Constantia permanecía yerta como una estatua, con las manos estiradas junto al cuerpo, los pies apenas cruzados y la sábana hasta la barbilla. Miraba al techo.
       —¿Crees que a papá le molestaría si diésemos su sombrero de copa al portero?
       —¿Al portero? —saltó Josephine—. ¿Y por qué tenemos que dárselo al portero? ¡A veces tienes cada idea…!
       —Porque seguramente —replicó lentamente Constantia— debe tener que ir bastante a menudo a entierros. Y en…, en el cementerio vi que llevaba un sombrero hongo. —Hizo una pausa—. Entonces se me ocurrió que estaría muy agradecido si pudiese tener un sombrero de copa. Además tendríamos que hacerle algún regalo. Siempre se portó muy bien con papá.
       —¡Por favor! —sollozó Josephine, incorporándose en la almohada y mirando hacia Constantia a través de la oscuridad—. ¡Piensa en la cabeza que tenía papá!
       E, inesperadamente, durante un horrendo segundo, estuvo a punto de echarse a reír. Aunque, por supuesto, no tenía las menores ganas de reír. Debió haber sido la costumbre. En otros tiempos, cuando se pasaban la noche despiertas charlando, sus camas no cesaban de crujir bajo sus risas. Y ahora, al imaginarse la cabeza del portero tragada, como por ensalmo, por el sombrero de copa de su padre, como una vela apagada de un soplido… Las ganas de reír aumentaban, le subían por el pecho; apretó con fuerza las manos; luchó por vencerla; frunció severamente el ceño en la oscuridad y se dijo con voz terriblemente adusta: “Recuerda”.
       —Podemos decidirlo mañana —añadió, dirigiéndose a su hermana.
       Constantia no había advertido nada y se limitó a suspirar.
       —¿Crees que también deberíamos llevar a teñir las batas?
       —¿De negro? —exclamó Josephine casi con un chillido.
       —¿De qué iba a ser? —prosiguió Constantia—. Estaba pensando que…, en cierto modo, no acaba de ser muy sincero llevar luto cuando salimos a la calle, y luego, en casa…
       —Pero si nadie nos ve —respondió Josephine. Y retorció con tanta fuerza los cobertores que le destaparon los pies. Tuvo que subirse más en las almohadas para que le volviesen a quedar tapados.
       —Kate nos ve —señaló Constantia—. Y el cartero también puede vernos.
       Josephine pensó en sus zapatillas color rojo oscuro, que hacían juego con su bata, y en el verde indefinido de las de Constantia, también a juego con su bata. ¡Teñidas de luto! Dos batas negras y dos pares de mullidas zapatillas de luto, arrastrándose hacia el baño como cuatro gatos negros.
       —No creo que sea absolutamente necesario —dijo.
       Se produjo un silencio. Luego Constantia comentó:
       —Tendremos que echar mañana al correo los periódicos con la esquela para que puedan salir en la primera recogida hacia Ceilán… ¿Cuántas cartas llevamos recibidas?
       —Veintitrés.
       Josephine las había contestado una por una, y veintitrés veces, al llegar a “echamos mucho de menos a nuestro querido padre”, no había podido contenerse y había tenido que recurrir al pañuelo y, en algunas, incluso había tenido que enjugar una lágrima de un azul muy pálido con la puntita del papel secante. ¡Qué extraño! Todavía no había logrado acostumbrarse…, pero veintitrés veces… Ahora mismo, por ejemplo, cuando se repetía tristemente “echamos mucho de menos a nuestro querido padre”, si hubiese querido hubiese podido echarse a llorar.
       —¿Tienes bastantes sellos? —preguntó Constantia.
       —Oh, ¿cómo quieres que lo sepa? —dijo Josephine, enojada—. ¿Para qué me preguntas ahora eso?
       —Simplemente se me ha ocurrido, eso es todo —replicó Constantia conciliadora.
       Se produjo otro silencio. Luego se oyó una leve carrerilla, un roce, y un salto.
       —Un ratón —sentenció Constantia.
       —No puede ser un ratón porque no ha quedado ninguna miga —rectificó Josephine.
       —No, pero eso el ratón no lo sabe —dijo Constantia.
       Sintió que el corazón se le contraía con un espasmo de compasión. ¡Pobrecillo animal! Ojalá hubiese un trocito de galleta en el tocador. Era horrible pensar que el animalito no iba a encontrar nada de nada. ¿Qué iba a ser de él?
       —No entiendo de qué viven —dijo lentamente.
       —¿Quién? —preguntó Josephine.
       Y Constantia replicó en voz más alta de lo que se proponía:
       —Los ratones.
       Josephine estaba furiosa.
       —¡Oh, deja de decir tonterías, Con! ¿Qué demonios tienen que ver los ratones en todo esto? Te debes estar durmiendo.
       —No lo creo —replicó Constantia. Y cerró los ojos para asegurarse. Se había dormido.
       Josephine arqueó la espalda, dobló las rodillas y también dobló los brazos de modo que los puños le quedasen bajo las orejas, al tiempo que apretaba con fuerza la mejilla sobre la almohada.


II

      Otro factor que complicaba las cosas era que aquella semana la señora Andrews, la enfermera, iba a quedarse en su casa. La culpa era enteramente suya por habérselo pedido. Había sido idea de Josephine. Por la mañana, aquella última mañana, después de que el doctor se fuese, Josephine le había dicho a Constantia:
       —¿No crees que sería una prueba de amabilidad por nuestra parte si invitásemos a la señora Andrews a que se quedase otra semana, como invitada nuestra?
       —Estaría muy bien —aprobó Constantia.
       —Tenía pensado —prosiguió Josephine rápidamente— decírselo esta tarde, cuando le hubiese pagado. Pensaba decirle: “Señora Andrews, mi hermana y yo estaríamos encantadas si, después de todo cuanto ha hecho por nosotras, quisiese quedarse otra semana como invitada nuestra”. Tendría que decirle eso de invitada, no vaya a pensar que…
       —¡Oh, no creo que espere que le paguemos! —exclamó Constantia.
       —Nunca se sabe —dijo Josephine prudentemente.
       La señora Andrews, por supuesto, aceptó encantada. Pero había sido una mala idea. Ahora tenían que sentarse a la mesa a las horas indicadas y tomar una comida formal, mientras que, de haber estado solas, le hubieran podido pedir a Kate que les dejase una bandeja en cualquier sitio. Y lo cierto era que las comidas, ahora que lo peor había pasado, eran una verdadera pesadilla.
       La enfermera era algo terrible para la mantequilla. La verdad es que debían reconocer que, por lo menos en lo de la mantequilla, se aprovechaba de su amabilidad. Y, además, tenía aquella costumbre absolutamente extravagante de pedir una pizca más de pan para terminar de rebañar el plato, y luego, cuando ya daba el último bocado, volverse a servir distraídamente —aunque evidentemente no tenía nada de distraída—. Cuando esto ocurría Josephine se ruborizaba y clavaba sus ojillos pequeños, diminutos, en el mantel, como si hubiese descubierto que algún insecto extraño y microscópico avanzaba entre el tejido.
       Pero el rostro largo y lívido de Constantia se alargaba y contraía, y miraba a lo lejos —muy lejos—, mucho más allá de aquel desierto por el que la caravana de camellos serpenteaba como un cabo de lana…
       —Cuando estuve en casa de lady Tukes —contaba la señora Andrews—, tenían un recipiente tan bonico para la mantequiya. Era un Cupido de plata que se sostenía en…, en el borde de una fuenteciya de cristal, con un tenedor chiquito. Y cuando alguien quería más mantequiya no tenía más que apretarle el pie y se inclinaba y clavaba un trocico en el tenedor. Parecía un juego.
       Josephine apenas podía soportarlo.
       —A mí me parece que esas cosas son una extravagancia —fue lo único que dijo.
       —¿Por qué? —preguntó la enfermera, mirándola a través de sus gafas—. Nadie tiene por qué tomar más mantequiya de la que quiere, ¿no creen?
       —Con, llama, por favor —exclamó Josephine. Estaba a punto de perder la paciencia.
       Y la joven y orgullosa Kate, la princesita encantada, entró a ver qué demonios querían ahora aquellos vejestorios. Les retiró descaradamente los platos en los que les había servido no se sabía qué y plantó ante ellas un mejunje pastoso y blanquecino.
       —La compota, Kate, por favor —dijo Josephine amablemente.
       Kate se arrodilló, abrió de par en par el aparador, levantó la tapa del bote de la compota, vio que estaba vacío, lo colocó sobre la mesa y volvió a salir.
       —Lo siento —dijo la enfermera al cabo de un instante—, pero está vacía.
       —¡Oh, qué contrariedad! —exclamó Josephine. Y se mordió el labio—. ¿Qué podemos hacer?
       Constantia parecía dubitativa.
       —No podemos volver a molestar a Kate —dijo suavemente.
       Mientras, la señora Andrews esperó, sonriéndoles a ambas. Sus ojillos no paraban de espiarlo todo desde detrás de sus gafas. Constantia, desesperada, volvió a sus camellos. Josephine frunció exageradamente el ceño, concentrándose. Si no hubiese sido por aquella estúpida mujer, Con y ella hubieran comido aquellas natillas sin compota, naturalmente. De pronto tuvo una ocurrencia.
       —Ya sé —se dijo—. Mermelada. En el aparador queda algo de mermelada. Tráela, por favor, Con.
       —Espero —dijo la señora Andrews riendo con una risita que parecía una cucharilla tintineando en el vaso de un enfermo—, espero que no sea una mermelada muy amarga.


III

      Pero, después de todo, ya no faltaba tanto, y cuando se fuese se iría para siempre. Y no debían olvidar que realmente se había mostrado muy amable con su padre. Le había cuidado día y noche hasta el final. Claro que tanto Constantia como Josephine consideraban, para sus adentros, que había exagerado un tanto al no abandonarle en sus últimos momentos. Cuando habían entrado a despedirse de él la señora Andrews había permanecido sentada junto a la cabecera, tomándole el pulso y haciendo ver que miraba el reloj. Seguro que aquello no era necesario. Y, además, era una falta de tacto. Supongamos que su padre hubiese deseado decirles algo —algo confidencial. Aunque eso no quiere decir que su padre se hubiese reprimido. ¡Todo lo contrario! Había permanecido yaciente, con el rostro encendido, congestionado, enojado, y no se había dignado dirigirles la mirada ni siquiera cuando habían entrado. Y luego, mientras permanecían allí, sin saber qué hacer, inesperadamente había abierto un ojo. ¡Ah, qué diferencia tan grande, qué diferencia en el recuerdo que iban a tener de él, si tan sólo hubiese abierto los dos! Hubiese sido mucho más fácil contárselo a la gente. Pero no, uno, sólo había abierto un ojo. Un ojo que las miró centelleando unos segundos y luego… se apagó.

IV

      Para ellas había resultado muy embarazoso cuando el reverendo Farolles, de Saint John, acudió a verlas aquella misma tarde.
       —Espero que sus últimas horas fueran apacibles —fueron las primeras palabras que dijo, mientras parecía deslizarse hacia ellas por entre la penumbra de la sala de estar.
       —Lo han sido —respondió Josephine débilmente. Y ambas bajaron la vista. Estaban seguras que aquella última mirada de un solo ojo no había sido nada apacible.
       —¿No quiere sentarse? —inquirió Josephine.
       —Gracias, señorita Pinner —dijo el reverendo Farolles agradecido. Se recogió los faldones de la levita y fue a sentarse en el sillón de su padre, pero cuando ya casi tocaba asiento volvió a levantarse y se sentó en una silla vecina.
       El reverendo Farolles carraspeó. Josephine juntó las manos. Constantia parecía abstraída.
       —Quiero que sepa, señorita Pinner —dijo el eclesiástico—, y usted también, señorita Constantia, que estoy tratando de ayudarlas. Quiero ser de ayuda para ambas, si ustedes me lo permiten. Estos son los momentos —añadió el reverendo Farolles, con sencillez y franqueza— en los que Dios desea que nos ayudemos los unos a los otros.
       —Le estamos muy agradecidas, reverendo —respondieron Josephine y Constantia.
       —No hay de qué —dijo el eclesiástico amablemente. Metió los dedos en sus guantes de cabritilla y se inclinó hacia adelante—. Y si desean recibir la comunión, una de las dos, o las dos, ahora, aquí mismo, no tienen más que decírmelo. A menudo la comunión es una gran ayuda…, un gran consuelo —añadió con simpatía.
       Pero la idea de comulgar allí mismo las aterrorizó. ¿Cómo iban a comulgar? ¿Allí mismo, en la sala de estar, solas, sin altar ni nada? El piano hubiera resultado demasiado alto, pensó Constantia, y el reverendo Farolles no se hubiera podido inclinar sobre él con el cáliz… Y seguro que Kate entraría de mala manera interrumpiéndoles, pensó Josephine. ¿Y si llamaban a la puerta en mitad de la ceremonia? Podía tratarse de alguien importante…, de algo relativo al óbito. ¿Iban a levantarse reverentemente y salir, o se verían obligadas a esperar…, padeciendo?
       —Si quieren pueden mandarme luego una nota por medio de Kate, si prefieren recibir la comunión más adelante —dijo el reverendo Farolles.
       —¡Oh, sí, muchas gracias! —respondieron ellas al unísono.
       El reverendo Farolles se levantó y tomó su sombrero negro, de paja, que estaba sobre la mesita redonda.
       —En cuanto al entierro —añadió dulcemente—, si quieren ya me cuidaré yo de todo, como amigo que era de su padre y suyo, señorita Pinner…, y señorita Constantia…
       Josephine y Constantia también se habían levantado.
       —Me gustaría que fuese muy sencillo —dijo Josephine con resolución—. Y no demasiado caro. Aunque al mismo tiempo, me gustaría que fuese…
       “Bueno y durase mucho tiempo”, pensó Constantia somnolienta, como si Josephine estuviese comprando un camisón. Pero naturalmente Josephine no dijo nada por el estilo.
       —… adecuado a la posición de mi padre —concluyó. Estaba muy nerviosa.
       —Pasaré a ver a nuestro buen amigo el señor Knight —dijo, tranquilizador, el reverendo Farolles—. Le diré que pase a verlas. Estoy seguro de que podrá serles muy útil.


V

      Bueno, al menos aquellas formalidades habían concluido, aunque ninguna de las dos podía creer que su padre no fuese a regresar jamás. Josephine había experimentado unos instantes de pánico total, en el cementerio, mientras descendían el féretro, pensando que ella y Constantia habían hecho aquello sin consultarlo con su padre. ¿Qué iba a decir él cuando todo se descubriese? Porque a buen seguro terminaría por descubrir lo que habían hecho. Siempre las había descubierto. “Enterrado. ¡Vosotras dos me habéis enterrado!” Le pareció oír los golpecitos de su bastón. Oh, ¿qué le iban a decir? ¿Qué excusa podían encontrar? Parecía un acto tan terriblemente despiadado. Aprovecharse arteramente de una persona que en aquellos momentos se encontraba imposibilitada. Aunque la otra gente parecía considerarlo un acto perfectamente natural. Pero eran extraños; no podía esperar que comprendiesen que su padre era la última persona a quien podía ocurrirle una cosa semejante. No, estaba convencida que toda la culpabilidad recaería sobre ella y sobre Constantia. Y además los gastos, pensó, subiendo en el coche de confortables asientos. ¡Cuando tuviese que enseñarle las facturas! ¿Qué iba a decir su padre?
       Le oyó gritar, hecho un basilisco: “¿Y os pensáis que voy a pagar esa juerguecita vuestra?”
       —¡Oh! —gimió la pobre Josephine en voz alta—. ¡No teníamos que haberlo hecho, Con!
       Y Constantia, pálida como un limón en todo aquel luto, preguntó con vocecilla asustada:
       —¿Hacer el qué, Jug?
       —Dejarles que en…, que enterrasen a papá así —dijo Josephine, dejándose llevar por la desesperación y enjugándose las lágrimas con el pañuelo nuevo, de luto, que tenía un raro olor.
       —¿Qué querías que hiciéramos? —preguntó Constantia sorprendida—. No podíamos guardarle en casa, Jug…, no íbamos a dejarlo sin enterrar. Desde luego no en un piso del tamaño del nuestro.
       Josephine se sonó: aquel coche era terriblemente asfixiante.
       —No sé —dijo mohína—. Todo es tan terrible. Tengo la impresión de que hubiésemos debido intentarlo, aunque sólo hubiera sido durante algún tiempo. Para estar totalmente seguras. Sólo estoy segura de una cosa —dijo, mientras de nuevo se le saltaban las lágrimas—, que papá jamás nos perdonará lo que hemos hecho, ¡jamás!


VI

      Su padre no las iba a perdonar jamás. Aquello es lo que sintieron aún con mayor fuerza al cabo de dos días cuando, una mañana, entraron en su dormitorio para hacer un inventario de sus cosas. Lo habían estado discutiendo con bastante tranquilidad. Incluso estaba apuntando en la lista de cosas por hacer de Josephine. Examinar todas las cosas de papá y tomar alguna decisión sobre ellas. Aunque eso era muy distinto a decir, tras el desayuno:
       —¿Qué, Con, estás lista?
       —Sí, Jug. Cuando tú quieras.
       —Bien, entonces más valdrá que terminemos cuanto antes.
       El vestíbulo estaba oscuro. Durante años había constituido una norma inflexible no molestar a su padre por las mañanas, sucediera lo que sucediese. Y ahora iban a abrir la puerta sin ni siquiera llamar… Los ojos de Constantia se habían abierto desmesuradamente ante aquella idea, a Josephine le temblaban las rodillas.
       —Tú…, entra tú primero —susurró, empujando a Constantia.
       Pero Constantia respondió, como acostumbraba a hacer en tales ocasiones:
       —No, Jug; sería injusto. Tú eres la mayor.
       Josephine estaba a punto de decir lo que constituía su último recurso —y que en otras circunstancias no hubiera dicho por nada del mundo—: “pero tú eres más alta”, cuando advirtieron que la puerta de la cocina estaba abierta, y Kate las miraba desde el vano…
       —Va muy fuerte —dijo Josephine tomando la manecilla de la puerta y haciendo todos los posibles por abrirla. ¡Como si eso pudiese engañar a Kate!
       No había nada a hacer. Aquella muchacha era… Luego la puerta se cerró tras ellas, pero…, pero aquello no tenía nada que ver con el dormitorio de su padre. Era como si de repente hubiesen atravesado las paredes y se encontraran por error en un piso absolutamente distinto. ¿Continuaba la puerta estando a sus espaldas? Estaban demasiado asustadas para mirar. Josephine sabía que, si continuaba allí, iba a mantenerse indeleblemente cerrada; Constantia, por su parte, tenía la impresión que, como las puertas de los sueños, era una puerta sin manija de ninguna clase. Lo que hacía tan terrible aquella situación era el frío. O la blancura… ¿cuál de las dos cosas? Todo estaba cubierto. Las persianas estaban bajadas; un trapo tapaba el espejo, una sábana ocultaba la cama; un gran abanico de papel blanco tapaba la chimenea. Constantia extendió una mano, tímidamente; casi esperaba que le fuese a caer un copo de nieve. Josephine notó un extraño cosquilleo en la nariz, como si se le estuviese helando. Y entonces pasó un coche traqueteando por la calle adoquinada y pareció que aquella tranquilidad se quebraba en mil pedazos.
       —Creo que será mejor si subo una persiana —dijo osadamente Josephine.
       —Sí, tal vez sea buena idea —susurró Constantia.
       Se limitaron a dar un tironcito a la persiana, pero ésta saltó disparada, y la cuerda se arrolló tras ella, enrollándose en el cilindro superior, y dando un golpecito el borlón final como si pretendiese soltarse.
       Aquello fue demasiado para Constantia.
       —¿No crees…, no crees que podríamos dejarlo para otro día? —musitó.
       —¿Por qué? —exclamó Josephine, que, como de costumbre, se sentía mucho mejor ahora que sabía que su hermana estaba despavorida—. Un día u otro tendremos que hacerlo. Me gustaría que no hablases tan bajo, Con.
       —No me he dado cuenta de que hablaba bajo —musitó Constantia.
       —¿Y por qué no dejas de mirar la cama? —preguntó Josephine, levantando la voz en un tono casi desafiante—. No hay nada en la cama.
       —¡Oh, Jug, por favor, no digas eso! —dijo la pobre Connie—. Al menos no lo digas tan alto.
       Josephine también creyó que se había propasado. Se volvió resueltamente hacia una cómoda con cajones, alargó la mano, pero la retiró rápidamente.
       —¡Connie! —exclamó jadeando, y dándose media vuelta recostóse con la espalda contra la cómoda.
       —¡Oh, Jug! ¿Qué ocurre?
       Pero Josephine tenía los ojos desorbitados y no decía palabra. Tenía la extraordinaria impresión de acabar de escapar a algo terrible. Pero ¿cómo iba a explicarle a Constantia que su padre estaba en la cómoda con los cajones? Estaba en el cajón superior, con los pañuelos y los corbatines, o quizá estuviese agazapado en el siguiente, entre sus camisas y pijamas, o en el cajón inferior, con los trajes. Las espiaba desde allí, escondido —exactamente tras el tirador del cajón—, dispuesto a saltar.
       Dirigió una mueca anticuada y divertida a su hermana, como acostumbraba a hacer en otros tiempos cuando estaba a punto de llorar.
       —No puedo abrir —dijo casi gimiendo.
       —No, no abras, Jug —susurró Constantia tranquilizándola—. Es mucho mejor que no la abras. No abramos nada. Dejemos que pase algún tiempo.
       —Pero…, pero parece una cobardía tan grande —dijo Josephine desolada.
       —¿Por qué no permitirnos ser cobardes una vez en la vida, Jug? —argüyó Constantia, murmurando con bastante vehemencia—. Suponiendo que sea una cobardía —añadió dirigiendo su mirada al escritorio cerrado con llave, tan seguro, al armario enorme y deslumbrante, y empezando a respirar de un modo extraño, jadeante—. ¿Por qué no podemos ser cobardes por una vez en la vida, Jug? Me parece que tiene perdón. Seamos cobardes, débiles, Jug. Es mucho más agradable ser débil que ser fuerte.
       Y entonces procedió a hacer una de aquellas cosas sorprendentemente osadas que había ejecutado quizá dos veces más en su vida: se dirigió directamente al armario, dio vuelta a la llave y la sacó de la cerradura.
       La sacó de la cerradura y se la entregó a Josephine, mostrando a su hermana con su extraordinaria sonrisa que sabía perfectamente lo que acababa de hacer: deliberadamente había corrido el riesgo de que su padre se encontrase allí, entre los abrigos.
       Si el enorme armario se hubiese inclinado hacia adelante, aplastando a Constantia, Josephine no se hubiese sentido sorprendida lo más mínimo. Muy al contrario, habría pensado que era el resultado más apropiado a su acción. Pero no ocurrió nada. Simplemente la habitación pareció aún más silenciosa que de costumbre, y copos mayores de aire frío fueron a posarse en los hombros y rodillas de Josephine, que se puso a tiritar.
       —Vamos, Jug —dijo Constantia, manteniendo todavía aquella horrenda sonrisa de dureza, y Josephine la siguió como había hecho en aquella otra ocasión: cuando Constantia había empujado a Benny, tirándole al estanque.


VII

      La tensión a la que se habían hallado sometidas se hizo patente al volver al comedor. Aún temblando, tomaron asiento y se miraron.
       —Me parece que no voy a poder hacer nada —dijo Josephine— hasta que no baya tomado algo. ¿Te parecería bien que le pidiésemos dos tazas de agua caliente a Kate?
       —No creo que haya nada de malo en ello —dijo Constantia sensatamente. Volvía a mostrarse bastante normal—. No la llamaré. Voy hasta la puerta de la cocina a pedírselas.
       —Sí, eso es —la animó Josephine, arrellanándose en un sillón—. Pídele sólo las dos tazas de agua, Con, nada más. En una bandeja.
       —No hace falta que ponga la jarra, ¿verdad? —dijo Constantia, como si Kate hubiese podido protestar por tener que poner la jarra.
       —¡No, no, no hace falta! La jarra no nos hace falta. Puede echar el agua directamente del cazo —dijo Josephine, creyendo que así iba a ahorrarle un tremendo esfuerzo.
       Sus labios fríos tiritaban en los bordes verdosos. Josephine ahuecó sus manos pequeñas, rojizas, rodeando toda la taza; Constantia se sentó enhiesta y sopló hacia la superficie de la taza haciendo que el vapor ondulante oscilase de un lado a otro.
       —Hablando de Benny —dijo Josephine.
       Y aunque su nombre no había sido mencionado, Constantia inmediatamente levantó la mirada como si, en efecto, hubiesen estado hablando de él.
       —Supongo que esperará que le mandemos algo de papá. Pero resulta tan difícil saber qué se le puede mandar a Ceilán.
       —¿Te refieres a las cosas que pueden deteriorarse durante el viaje? —murmuró Constantia.
       —No, deteriorarse no. Me refiero a lo que puede perderse —respondió Josephine con sequedad—. Ya sabes que el correo no existe. No hay más que mensajeros.
       Ambas callaron imaginándose a un negro vestido con calzones blancos corriendo por pálidas campiñas como si en ello le fuera la vida, con un gran paquete envuelto en papel castaño en las manos. El negro de Josephine era pequeñito; y corría a toda prisa reluciendo como una hormiga. Pero el individuo alto y enjuto que había imaginado Constantia tenía un algo obcecado e infatigable que le convertía, según decidió ella, en una persona extremadamente desagradable… En la terraza, completamente vestido de blanco y tocado con un salakof, se hallaba Benny. Su mano derecha temblaba arriba y abajo como le sucedía a su padre cuando estaba impaciente. Y tras él, sin demostrar el menor interés, se hallaba Hilda, la cuñada desconocida. Se balanceaba en una mecedora de bambú mientras ojeaba distraídamente las páginas del Tatler.
       —Creo que su reloj sería el recuerdo más adecuado —dijo Josephine.
       Constantia levantó la mirada; parecía asombrada.
       —¡Oh! ¿Serías capaz de encomendar un reloj de oro a un nativo?
       —Procuraría disimularlo de algún modo —dijo Josephine—. Nadie sabría que era un reloj. —Le encantaba la idea de tener que hacer un paquete con una forma tan rara que nadie pudiese adivinar qué contenía. Por un instante incluso pensó en esconderlo dentro de una cajita de cartón perteneciente a un corsé y que había guardado durante muchos años, esperando que sirviese para algo. Era una caja maravillosa, y recia. Aunque, bien pensado, no, no era muy apropiada para aquella ocasión. En su exterior podía leerse: “Talla mediana señora, 28. Ballenas extrafuertes”. Hubiese sido una sorpresa demasiado grande para Benny abrir aquella caja y encontrarse con el reloj de su padre.
       —Y además no creo que funcione, que tenga cuerda, quiero decir —comentó Constantia, que todavía estaba pensando en el amor de los nativos por las joyas—. Me sorprendería mucho —añadió— que continuase andando después de tanto tiempo.


VIII

      Josephine no respondió. Como le ocurría a veces se había ido por las ramas. De pronto se había puesto a pensar en Cyril. ¿No hubiera sido más normal que el reloj fuese a parar a su único nieto? Además el encantador muchacho sabía apreciar tanto aquellas cosas, y un reloj de oro significaba tanto para un joven. Benny, muy probablemente, ya había perdido la costumbre de llevar reloj; en climas tan calurosos los hombres difícilmente llevan chaleco. Cyril, sin embargo, en Londres llevaba chaleco durante todo el año. Y para ella y para Constantia sería tan agradable saber que tenía el reloj cada vez que fuese a tomar el té con ellas. “Ya veo que llevas el reloj del abuelo, Cyril”. Sí, aquella podía ser la solución más satisfactoria.
       ¡Espléndido muchacho! ¡Qué golpe tan duro había sido para ellas su amable nota de condolencia! Naturalmente que lo comprendían; pero había sido una verdadera pena.
       —Hubiese resultado perfecto si él hubiese podido venir —dijo Josephine.
       —Además lo habría pasado bien —añadió Constantia sin pensar en lo que decía.
       De todos modos, en cuanto regresara, iba a ir a tomar el té con sus tías. Cuando Cyril iba a tomar el té se permitían uno de sus raros despilfarros.
       —Vamos, Cyril, no hagas remilgos a nuestros pastelillos. Tu tía Con y yo los hemos comprado esta mañana en Buszard’s. Y sabemos cómo es el apetito de los hombres. De modo que no tengas miedo y come cuanto quieras.
       Josephine cortó despreocupadamente del espléndido pastel de color oscuro que significaba que ella iba a quedarse sin guantes de invierno, o que los únicos zapatos presentables de Constantia iban a verse privados de medias suelas y tacones nuevos. Pero Cyril parecía tener un apetito muy poco varonil.
       —Por Dios, tía Josephine, ya no puedo más. Ya sabes, acabo de comer ahora mismo.
       —¡Oh, Cyril, no puede ser cierto! Si son más de las cuatro —exclamó Josephine. Constantia permanecía sentada con el cuchillo en vilo sobre el rollo de chocolate.
       —Pues lo es —replicó Cyril—. Tenía que encontrarme con un señor en la estación Victoria y me ha tenido esperando hasta qué sé yo que hora… Sólo me ha dado tiempo de comer y venir hacia aquí. Y además, ¡uf! —añadió Cyril llevándose las manos a la cabeza—, me ha obsequiado con un verdadero banquete.
       Qué contrariedad, precisamente aquel día. De todos modos el pobre no tenía forma de saberlo.
       —¿Al menos te tomarás un merengue, no, Cyril? —dijo tía Josephine—. Los hemos comprado especialmente para ti. Tu querido padre se volvía loco por los merengues. Y estamos seguras que tú también.
       —Y es cierto que me gustan, tía Josephine —exclamó Cyril con vehemencia—. ¿Os importa si para empezar tomo sólo medio?
       —¿Cómo iba a importamos, hijo?; pero no dejaremos que te escabullas sin comer más.
       —¿Todavía continúan gustándole tanto los merengues a tu querido padre? —preguntó amablemente tía Con. Y parpadeó ligeramente mientras hincaba los dientes en la corteza del suyo.
       —La verdad es que no estoy muy seguro, tía Con —dijo Cyril sin prestar atención.
       Inmediatamente ambas levantaron la mirada.
       —¿No estás seguro? —gritó casi Josephine—. ¿Cómo puedes ignorar una cosa tan importante para tu padre, Cyril?
       —¿Cómo es posible? —repitió tía Con afablemente.
       Cyril intentó reír y dijo:
       —Bueno, la verdad es que hace ya tanto tiempo… —titubeó y calló. La cara que ponían sus tías era insoportable.
       —Aun así —dijo Josephine.
       Y tía Con continuó mirándole.
       Cyril posó su taza.
       —Un momento —exclamó—. Un momento, tía Josephine. ¿En qué estaría yo pensando?
       Levantó la mirada.
       El rostro de ambas empezaba a brillar. Cyril se dio una palmada en la rodilla.
       —Naturalmente —dijo—, eran merengues. No sé cómo lo había podido olvidar. Sí, tía Josephine, tienes toda la razón. Papá continúa adorando los merengues.
       No sólo estaban radiantes.
       Tía Josephine se ruborizó de placer; y tía Con dio un suspiro hondo, profundísimo.
       —Y ahora, Cyril, tienes que pasar a ver al abuelo —dijo Josephine—. Sabe que ibas a venir hoy.
       —Vamos —dijo Cyril, muy firme y decidido. Se levantó de la silla y de pronto dio un vistazo al reloj.
       —Dios mío, tía Con, ¿seguro que no tenéis el reloj algo atrasado? Tengo que encontrarme con un señor en…, en Paddington a las cinco y algo. Me temo que no voy a poder estar mucho rato con el abuelo.
       —No te preocupes, él no espera que estés mucho rato —dijo tía Josephine.
       Constantia todavía estaba contemplando el reloj. No podía decidir si adelantaba o atrasaba. Era lo uno o lo otro, de eso estaba segura. Por lo menos así lo había sido durante muchos años.
       Cyril se retrasó un momento.
       —¿No vienes con nosotros, tía Con?
       —Naturalmente —dijo Josephine—, vamos a verle todos. Vamos, Con.


IX

      Llamaron a la puerta y Cyril siguió a sus tías entrando en la habitación caldeada y sudorosa del abuelo.
       —Acércate —dijo el abuelo Pinner—. No os quedéis ahí parados. ¿Qué ocurre? ¿Qué demonios habéis andado tramando?
       Estaba sentado frente al hogar en el que ardía un fuego crepitante, agarrado a su bastón. Una gruesa manta le tapaba las piernas. Sobre el halda tenía un hermoso pañuelo de seda de un pálido amarillo.
       —Padre, es Cyril —dijo Josephine tímidamente. Y tomó a su sobrino de la mano llevándole hacia el abuelo.
       —Buenas tardes, abuelo —dijo Cyril intentando deshacer la mano de la presa de tía Josephine.
       El abuelo Pinner clavó la mirada en Cyril con aquella concentración tan suya. ¿Dónde estaba tía Con? Estaba del otro lado de tía Josephine; con los brazos estirados a lo largo de su cuerpo, y las manos entrelazadas. Constantia jamás apartaba la vista del abuelo.
       —Bien, bien —dijo el abuelo Pinner, empezando a dar golpecitos con el bastón—, ¿qué me cuentas de nuevo?
       ¿Qué podía contarle, qué podía decirle al anciano? Cyril notó que se sonreía como un perfecto imbécil. Además en aquella habitación hacía un calor bochornoso. Pero tía Josephine acudió en su ayuda, exclamando llena de contento:
       —Cyril dice que a su padre todavía le encantan los merengues, papá.
       —¿Cómo? —espetó el abuelo Pinner, curvando una mano sobre su oreja como si fuese una amoratada concha de merengue.
       Josephine repitió:
       —Cyril dice que a su padre todavía le encantan los merengues.
       —No te oigo —dijo el anciano coronel Pinner. Y con el bastón hizo un ademán alejando a Josephine y luego señaló a Cyril—. Cuéntame lo que Josephine quiere decir.
       “¡Dios mío!”
       —¿Se lo cuento? —preguntó Cyril sonrojándose y volviéndose hacia su tía.
       —Claro, sobrino —sonrió ella—. Ya verás como le encantará.
       —¡Anda, vamos, desembucha! —rugió el coronel impaciente, volviendo a golpear con el bastón.
       Y Cyril se inclinó hacia adelante y chilló:
       —A papá todavía le encantan los merengues.
       El abuelo Pinner pegó un brinco como si le acabasen de disparar un tiro.
       —¡No grites! —exclamó—. ¿Qué diantre le sucede al muchacho? ¡Merengues! ¿Qué demonios ocurre con los merengues?
       —Oh, tía Josephine, ¿de verdad debemos decírselo? —gimió Cyril desesperado.
       —No te preocupes, guapo —dijo tía Josephine como si ambos estuviesen en el dentista—. Ya verás como en seguida lo comprenderá. —Y dirigiéndose a su sobrino añadió en un susurro—: Se está volviendo un poco duro de oído. —Luego se inclinó hacia adelante y realmente aulló el abuelo—: Cyril sólo quería decirte, papaíto querido, que a su padre todavía le encantan los merengues.
       Esta vez el coronel Pinner oyó perfectamente, oyó y en su rostro se dibujó una amplia sonrisa, mientras examinaba a Cyril arriba y abajo.
       —¡Eso sí que es esstraordinario! —exclamó el coronel—. ¡Realmente esstraordinario, haber hecho un viaje tan largo para decirme esto!
       Y Cyril tuvo que reconocer que realmente lo era.
       —Sí, le mandaré el reloj a Cyril —dijo Josephine.
       —Eso sería estupendo —aprobó Constantia—. Me parece recordar que la última vez que estuvo aquí tenía algún problema con la hora.


X

      Se vieron interrumpidas por la estruendosa aparición de Kate que, como siempre, entró precipitadamente, como si acabase de descubrir un panel secreto en la pared.
       —¿Frito o hervido? —preguntó con voz arrogante.
       ¿Frito o hervido? Josephine y Constantia se mostraron momentáneamente sorprendidas. No acababan de comprender.
       —¿Frito o hervido el qué, Kate? —preguntó Josephine, intentando concentrarse.
       Kate respondió con un respingo de desagrado:
       —El pescado.
       —Bueno, ¿y por qué no lo habías dicho antes? —la reprochó amablemente Josephine—. ¿Cómo querías que supiésemos de qué se trataba, Kate? En este mundo existen muchas cosas que pueden ser fritas o hervidas. —Y tras aquella demostración de valor se dirigió bastante alegremente a Constantia para preguntarle—: ¿Tú, cómo lo prefieres, Con?
       —Me parece que podría ser muy bueno frito —dijo ésta—. Aunque también es verdad que el pescado hervido es muy bueno. Me parece que me gusta de las dos maneras… A menos que tú… En tal caso…
       —Se lo freiré —dijo Kate, dándose media vuelta y dejándoles la puerta abierta para pegar después un portazo con la de la cocina.
       Josephine miró a Constantia; arqueó sus pálidas cejas hasta que parecieron fundirse con su pelo canoso. Se levantó. Y en un tono altivo e impresionante dijo a su hermana:
       —¿Te importaría venir conmigo un momento a la salita, Constantia? Tengo que hablar contigo de algo de muchísima importancia.
       Siempre que querían hablar de Kate se retiraban a la salita.
       Josephine cerró la puerta concienzudamente:
       —Siéntate, Constantia —dijo, con gran pomposidad. Era como si recibiese por primera vez en su vida a Constantia. Y Con miró vagamente a su alrededor en busca de una silla, como si realmente se sintiese extraña.
       —Mira, el problema es —dijo Josephine inclinándose hacia adelante— si debemos continuar con ella o no.
       —Sí, ése es el problema —corroboró Constantia.
       —Y esta vez —prosiguió Josephine con firmeza—, debemos llegar a una solución definitiva.
       Por un instante pareció como si Constantia fuese a repasar todas las otras ocasiones en las que habían tratado el tema, pero se contuvo y dijo:
       —Sí, Jug.
       —Compréndelo, Con —explicó Josephine—, ahora todo ha cambiado radicalmente. —Constantia levantó rápidamente la mirada—. Lo que quiero decir —siguió Josephine— es que ya no dependemos de Kate como dependíamos antes. —Y se ruborizó ligeramente—. Ya no hay que prepararle la comida a papá.
       —En eso tienes toda la razón —aceptó Constantia—. Ahora papá ya no necesita que le preparen nada de comer…
       Josephine la interrumpió bruscamente:
       —No te estarás durmiendo, ¿verdad, Con?
       —¿Durmiendo, Jug? —exclamó Constantia con los ojos abiertos de par en par.
       —A ver si te concentras un poco más —dijo Josephine con sequedad, y volvió al tema de la conversación—. Resumiendo, la situación es que sí despedimos a Kate —y esto lo dijo apenas con un susurro, mirando de reojo hacia la puerta—, nosotras podríamos preparamos nuestra comida —concluyó, volviendo a levantar la voz.
       —¿Y por qué no? —saltó Constantia. No pudo por menos de sonreír. Aquella idea resultaba tan excitante. Se retorció las manos—. ¿Qué comeríamos, Jug?
       —Oh, pues todo tipo de huevos —dijo Jug, volviendo a mostrarse altiva—. Y además hay todo tipo de alimentos preparados.
       —Pero siempre he oído decir —comentó Constantia— que son muy caros.
       —No, si se compran con moderación —rectificó Josephine. Pero abandonó aquellas fascinantes especulaciones y obligó a Constantia a que le hiciese caso—. Lo que ahora tenemos que decidir es si realmente confiamos en Kate o no.
       Constantia se recostó en el respaldo. Una risita sosa escapó de sus labios.
       —¿No te parece curioso, Jug —dijo—, que precisamente en este asunto nunca sea capaz de tomar una decisión?


XI

      Desde luego nunca la había tomado. Y lo difícil era llegar a probar algo. ¿Cómo podía probarse una cosa, cómo? Supongamos que Kate se hubiese plantificado delante de ella haciendo deliberadamente un gesto de burla. ¿No hubiera podido ser debido al dolor? ¿Y no era, de cualquier modo, imposible preguntarle a Kate si se estaba burlando de ella o no? ¡Menudo chasco si ella respondía que “no”, y eso era, a todas luces, lo que iba a responder! ¡Menuda metedura de pata! Además Constantia sospechaba, tenía casi el convencimiento, que Kate abría los cajones de su cómoda cuando Josephine y ella salían, no para robarles nada, sino sencillamente para espiar. Muchas veces al regresar había encontrado su cruz de amatistas en los lugares más inverosímiles, bajo las chalinas de encaje o sobre su Bertha para la noche. En más de una ocasión le había tendido una trampa a Kate. Había dejado las cosas colocadas de un modo especial, y luego había llamado a Josephine para que fuese testigo.
       —¿Lo ves, Jug?
       —Perfectamente, Con.
       —Ahora podremos saberlo con certeza.
       Pero, hijita, cuando volvía a mirar continuaba hallándose igualmente alejada de cualquier prueba. Si había algo un poco desordenado podía ser debido al movimiento del cajón al cerrar; un pequeño empujoncito podía haberlo desplazado fácilmente.
       —Jug, ven tú y decide. La verdad es que no me atrevo a decir nada. Resulta demasiado difícil.
       Pero tras una pausa y una larga mirada, Josephine suspiraba:
       —Ahora me has hecho entrar dudas a mí también. Con, tampoco estoy segura.
       —Bueno, no podemos aplazarlo por más tiempo —dijo Josephine—. Si lo aplazamos ahora ya no…


XII

      Pero en aquel instante, abajo, en la calle, empezó a sonar un organillo. Josephine y Constantia se pusieron en pie de un brinco.
       —Corre, Con —dijo Josephine—. Date prisa. Hay una moneda de seis peniques en…
       Pero en ese instante recordaron. Ya no importaba. Nunca más iba a pedirles que parasen al organillero. Nunca más les pediría que dijesen a aquel mico que se fuese con la música a otra parte. Nunca más volverían a oír aquel fortísimo y extraño resoplido cuando su padre pensaba que no se daban bastante prisa. Y el organillero podía continuar tocando allí debajo todo el día sin que se oyesen los golpes de su bastón.

Nunca más golpeará el bastón,
Nunca más golpeará el bastón,

tocaba el organillo.
       ¿En qué pensaba Constantia? Su sonrisa era tan rara; parecía distinta. Tal vez estuviese a punto de echarse a llorar.
       —Jug, Jug —dijo Constantia afablemente, apretando ambas manos—. ¿Sabes qué día es hoy? Sábado. Hoy hace una semana. Toda una semana.

Una semana que murió,
Una semana que murió,

sollozaba el organillo. Y también Josephine se olvidó de ser práctica y juiciosa; sonrió débilmente, de un modo extraño. Sobre la alfombra india caía un rectángulo de sol, de un rojo lívido; lucía, se apagaba y volvía a lucir… y permanecía, se hacía más fuerte…, hasta cobrar un brillo casi dorado.
       —Ha salido el sol —dijo Josephine, como si realmente fuese algo importante.
       Una perfecta cascada de notas burbujeantes brotó del organillo, notas redondas, relucientes, esparciéndose despreocupadamente.
       Constantia levantó sus manos grandes y frías como si fuese a recogerlas, pero luego de nuevo las dejó caer. Se acercó a la repisa de la chimenea en donde estaba su estatuilla de Buda predilecta. Y aquella imagen de piedra y dorados, cuya sonrisa siempre le había producido una impresión tan extraña, casi de dolor, aunque era un dolor agradable, hoy pareció dirigirle algo más que una sonrisa. El Buda sabía algo, guardaba un secreto. “Sé algo que tú ignoras”, le decía. ¿Oh, qué era, qué podía ser? Aunque lo cierto era que siempre había tenido la impresión de que existía… algo.
       El sol entraba con fuerza por las ventanas, abríase camino hacia el aposento, lamía con su luz los muebles y fotografías. Cuando llegó a la fotografía de su madre, la ampliación que había sobre el piano, pareció detenerse como si le sorprendiera que quedase tan poco de su madre, sólo los pendientes en forma de diminutas pagodas y la boa de plumas negras. ¿Por qué quedarán siempre tan desvaídas las fotos de la gente muerta?, se preguntó Josephine. En cuanto una persona moría su fotografía también parecía morir. Aunque, naturalmente, aquella foto de su madre tenía muchos años. Treinta y cinco. Josephine se recordó subida de pies a una silla, señalándole la boa de plumas a Constantia y contándole que era la serpiente que había matado a su madre en Ceilán… ¿Hubiese sido todo tan distinto si su madre no hubiese muerto? No lo creía. Tía Florence había vivido con ellos hasta que las niñas habían dejado la escuela, y se habían mudado de casa tres veces y nunca les habían faltado vacaciones y…, y naturalmente habían cambiado de sirvientes.
       Algunos gorrioncillos, gorrioncillos jóvenes a juzgar por su trino, se pusieron a piar en el saliente de la ventana. Pío - pío - pío. Pero a Josephine le pareció que no se trataba de los gorriones, y que el sonido no llegaba desde el alféizar. Aquel extraño sonido, aquella lamentación, salía de dentro de ella, Pío - pío - pío. ¿Ah, qué era aquello que sollozaba, aquello tan débil y desamparado?
       ¿Se hubiesen casado de haber vivido su madre? Nunca había existido nadie con quien casarse. Los amigos anglo-indios de su padre, pero sólo antes de que se pelease con ellos. Tras la riña, Constantia y ella nunca habían conocido a ningún hombre, como no fuese a religiosos. ¿Cómo se podía conocer a un hombre? Incluso suponiendo que hubiesen tratado a algunos hombres, ¿cómo podían haberles llegado a conocer lo bastante para ser algo más que simples extraños? Existían relatos de gente que tenía aventuras, de mujeres que eran seguidas, y cosas parecidas. Pero nadie había jamás seguido a Constantia o a ella. ¡Ah, sí, un año en Eastbourne, un misterioso caballero de la pensión les había dejado una nota bajo la jarra del agua caliente que se hallaba ante la puerta de su dormitorio! Pero cuando Connie la había descubierto el vapor había borrado lo escrito y era imposible leerla; ni siquiera pudieron adivinar a cuál de las dos iba dirigida. Y el misterioso caballero había desaparecido al día siguiente. Eso era todo. Todo lo demás había sido cuidar a su padre, y al mismo tiempo no entrometerse en sus cosas. Pero ¿y ahora? ¿Y ahora? El sol que avanzaba cauteloso cayó suavemente sobre Josephine. Levantó la cara. Los tibios rayos parecían atraerla hacia la ventana…
       Hasta que el organillo dejó de tocar Constantia permaneció frente al Buda, reflexionando, pero no vagamente, como de costumbre. Ahora sus pensamientos constituían una especie de anhelo. Recordó las veces que había acudido allí, abandonando silenciosamente la cama cuando había luna llena, y tendiéndose en el suelo con los brazos abiertos, como si estuviese crucificada. ¿Por qué? La luna enorme, pálida, le había obligado a hacerlo. Aquellas horribles figuras danzantes del biombo tallado se habían mofado de ella, pero no les había hecho caso. También recordó cómo, cuando iban a la playa, procuraba alejarse sola y acercarse cuanto podía al mar para cantar algo, algo que se inventaba, mientras contemplaba la inmensidad de aquella superficie en perpetuo movimiento. Era cierto que había existido aquella otra vida, el salir de casa a toda prisa, el volver con las cestas repletas, el conseguir el visto bueno, o discutirlas con Jug, devolverlas, volver a pedir la aprobación, preparar las bandejas de su padre y procurar no enojarle.
       Pero todo aquello parecía haber ocurrido en una especie de túnel. No era real. Sólo se sentía realmente ella cuando salía del túnel a la luz de la luna, o junto al mar, o en medio de una tormenta. ¿Qué significaba aquello? ¿Qué era lo que siempre había deseado? ¿A qué conducía todo aquello? Y ¿ahora? ¿Ahora?
       Dejó de mirar la estatuilla del Buda con uno de sus ademanes vagos. Fue hacia donde se hallaba Josephine. Quería decirle algo a su hermana, algo importantísimo, sobre…, sobre el futuro y lo que…
       —¿No crees que tal vez…? —empezó a decir.
       Pero Josephine la interrumpió:
       —Estaba pensando que quizás ahora… —murmuró.
       Ambas callaron, esperando que la otra prosiguiese.
       —Di, di, Con —la instó Josephine.
       —No, no, Jug; dilo tú primero —dijo Constantia.
       —No, mujer, di lo que ibas a decir. Tú has empezado —argüyó Josephine.



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