Katherine Mansfield
(Nueva Zelandia, 1888 - Francia, 1923)


Los alemanes a la mesa (1910)
(“Germans at Meat”)
Originalmente publicado en The New Age (3 de marzo de 1910);
In A German Pension
(Londres: Stephen Swift and Company, 1911, 251 págs.)


      —¡Ah! —dijo Herr Rat, inclinándose sobre la mesa para mirar dentro de la sopera—. Esto es lo que yo necesito. Hace varios días que mi magen no está en regla. Sopa de pan en su punto justo de densidad.
       Se volvió hacia mí y añadió:
       —Soy un cocinero excelente.
       —Qué interesante —exclamé, intentando infundir a mi voz el suficiente entusiasmo.
       —Sí, es preciso cuando uno no está casado. Por mi parte he obtenido de las mujeres todo cuanto quise sin casarme —se sujetó en el cuello la servilleta y sopló la sopa, sin dejar de hablar—. Ahora a las nueve hago un almuerzo a la inglesa, pero no tan fuerte como ustedes. Cuatro rebanadas de pan, un par de huevos, don lonchas de jamón frito, un plato de sopa, dos tazas de té... Para ustedes, nada.
       Lo afirmó con tal vehemencia, que me faltó valor para refutarlo.
       Todas las miradas convergieron en mí, y me pareció estar soportando el peso de todos los almuerzos disparatados de la nación. Yo que de mañana tomo una taza de café al tiempo de abrocharme la blusa.
       —Nada —proclamó Herr Hoffmann de Berlín—. Ach! Cuando estuve en Inglaterra solía comer por la mañana.
       Levantó la vista y el mostacho, y se puso a enjugar las escurriduras de sopa sobre la chaqueta y el chaleco.
       —¿De veras comen ustedes tanto? —preguntó Fräulein Stiegelauer—. ¿Sopa, pan tostado, carne de cerdo, té y café, frutas en confitura, miel, huevos, pescado frío, riñones, hígado y pescado caliente? ¿Y las señoras comen tanto también?
       —Exacto —exclamó Herr Rat—. He podido observarlo por mí mismo cuando viví en un hotel de Leicester Square. Era un buen hotel, pero no sabían hacer té. Ahora que...
       —Ah, pues es algo que yo sé —dije riendo divertida—. Sé hacer té excelente. El secreto está en calentar la tetera.
       —¡Calentar la tetera! —me interrumpió Herr Rat, echando a un lado el plato de la sopa—. ¿Para qué calentar la tetera? ¡Ja, ja! Es estupendo. Creo que no se comerá la tetera.
       Clavó en mí sus fríos ojos azulados, con una expresión que hacía presumir un millar de planes de invasión.
       —De modo que ¿ése es el secreto de su famoso té? ¿Nada más que calentar la tetera?
       Quise decir que aquello era solamente como el comienzo del galope en el caballo. Pero no supe cómo traducirlo y callé. La sirvienta trajo la ternera con sauerkraut y patatas.
       —Me gusta mucho la sauerkraut —dijo el viajante para el norte de Alemania—, pero he comido ya tanta, que no puedo retenerla y me veo en seguida obligado a...
       —¡Qué día más hermoso! —exclamé, volviéndome hacia Fräulein Stiegelauer—. ¿Madrugó usted mucho?
       —A las cinco paseé durante diez minutos sobre la hierba húmeda —explicó ésta— Me acosté de nuevo, y a las cinco y media me quedé dormida. No desperté hasta las siete para lavarme de arriba abajo. Y otra vez a la cama. A las ocho me puse una compresa de agua fría, y a las ocho y media bebí una taza de té de menta. Tomé un poco de malta a las nueve y empecé mi «cura». Haga el favor de pasarme la sauerkraut. ¿No toma usted?
       —No, gracias, la sigo encontrando un poco fuerte.
       —¿Es verdad —inquirió la viuda mientras se escarbaba los dientes con una horquilla— que es usted vegetariana?
       —Pues, sí, hace tres años que no como carne.
       —Inconcebible. No tendrá hijos.
       —No.
       —Claro que no. ¿Ve a dónde van ustedes? Nunca he oído decir que se pueda tener hijos alimentándose con vegetales. Es imposible. Pero hoy en día no tienen ustedes en Inglaterra muchos hijos. Deben de estar muy atareados con los sufragistas. Pues yo he tenido nueve y todos viven, gracias a Dios. Criaturas sanas y hermosas. Aunque desde que tuve el primero he tenido que...
       —Magnífico —exclamé.
       —¿Magnífico? —dijo la viuda con aire despectivo, mientras volvía a colocar la horquilla en el montículo que se balanceaba en lo alto de su cabeza—. Eso no tiene importancia. Una amiga mía tuvo cuatro de una vez, y su marido se puso tan contento, que dio una cena y los colocó sobre la mesa. Ella, como es natural, estaba orgullosísima.
       —Alemania —tronó el viajante— es el país de la familia —había ensartado una patata con el cuchillo y la iba mordiendo en derredor.
       A esto siguió un respetuoso silencio. Se cambiaron los platos para la carne de vaca con pasas y espinacas. Limpiaron los tenedores en un trozo de pan negro y comenzaron de nuevo.
       —¿Cuánto tiempo va a permanecer aquí? —me preguntó Herr Rat.
       —No lo sé fijamente. Tengo que estar en Londres para septiembre.
       —Visitará München, naturalmente.
       —Temo que no me alcance el tiempo. Ya sabe que es muy importante no interrumpir el tratamiento.
       —Pues tiene que ir usted a München. No habrá visto Alemania si no ha estado en München. Todas las Exposiciones y todo el Arte y el Alma vívida de Alemania se encuentran en München. Hay en agosto un festival de Wagner. Y, además, Mozart, una colección de pinturas japonesas... y la cerveza. No sabrá lo que es la buena cerveza si no va a München. Como que yo he visto damas distinguidas, pero muy distinguidas, bebiéndose vasos así de grandes —sonreí al verle señalar un gran lavamanos colocado en alto.
       —Cuando bebo mucha cerveza de München, sudo otro tanto —dijo Herr Hoffmann—. Estando aquí o en el campo o antes del baño, me agrada sudar. En la ciudad no ocurre lo mismo.
       Inspirado por este pensamiento se enjugó cuello y rostro con la servilleta y también se limpió meticulosamente los oídos.
       Una fuente de cristal con albaricoques en almíbar fue colocada en la mesa.
       —¡Oh, la fruta! —exclamó Fräulein Stiegelauer—. ¡Es tan necesaria para la salud! El médico me dijo esta mañana que cuanta más fruta comiera, mejor.
       El viajante dijo:
       —Creo que están ustedes extraordinariamente asustados ante el temor de una invasión, ¿eh? Sí, es cierto. He estado leyendo en un periódico lo que ocurre en Inglaterra. ¿Lo ha leído usted?
       —Sí —repliqué muy tiesa en mi asiento—. Y puedo afirmar que no estamos asustados.
       —Pues debieran estarlo —dijo Herr Rat—. No tienen ejército de ningún género... unos cuantos chicuelos con las venas emponzoñadas por la nicotina.
       —Pero no teman —manifestó Herr Hoffmann—, no necesitamos Inglaterra. De haberla necesitado la hubiéramos tenido hace tiempo. De veras. No nos hacen falta ustedes —y me amenazó en broma con la cuchara, mirándome desde el otro lado de la mesa, como si fuese un niño chiquito a quien pudiera retener o despedir a su capricho.
       —Estoy segura —le dije— de que nosotros no necesitamos Alemania.
       —Esta mañana tomé un baño de asiento —declaró espontáneamente Herr Rat—. Esta tarde tomaré un baño de piernas y brazos, luego haré gimnasia durante una hora y mi tarea ha concluido. Un vaso de vino, un par de panecillos con sardinas y...
       Trajeron una tarta de cerezas con nata batida.
       —¿Cuál es el plato favorito de su esposo? —me preguntó la viuda.
       —La verdad es que no lo sé —respondí.
       —¿De veras no lo sabe? ¿Cuánto tiempo lleva casada?
       —Tres años.
       —¡Pero no hablará en serio! No hubiera podido llevar la casa ni una semana sin saberlo.
       —Lo cierto es que nunca se lo pregunté. No es exigente respecto a la comida.
       Pausa. Todos movieron la cabeza y me miraron con la boca llena de huesos de cereza.
       —No tiene nada de particular que se esté repitiendo en Inglaterra ese horrible estado de cosas que se da en París —dijo la viuda doblando la servilleta—. ¿Cómo va a conservar una mujer el marido a su lado si después de tres años ignora cuál es su plato favorito?
       —Mahlzcit, mahlzcit!
[la comida, la comida].
       Cerré la puerta tras de mí.



Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar