Katherine Mansfield
(Nueva Zelandia, 1888 - Francia, 1923)


Matrimonio a la moda (1921)
(“Marriage à La Mode”)
Originalmente publicado en la revista Sphere (31 de diciembre de 1921);
The Garden Party and Other Stories
(Londres: Constable & Company Limited, 1922, 276 págs.)


      Camino de la estación, William recordó con una nueva punzada de desilusión que no les llevaba nada a los niños. ¡Pobrecillos! Siempre eran los que salían recibiendo. Cuando corrían a abrazarle lo primero que siempre decían era: “¿Qué me has comprado, papá?”, y ahora no les llevaba nada. Les tendría que comprar unos caramelos en la estación. Aunque era lo mismo que había hecho los últimos cuatro sábados; la última vez, al ver que sacaba las mismas cajitas de siempre, sus rostros habían mostrado su desilusión.
       —El otro día la mía también tenía una cinta roja —había dicho Paddy.
       —La mía es rosa. Siempre me la traes con una cinta rosa. El rosa no me gusta —había añadido Johnny.
       Pero ¿qué iba a hacer el pobre William? No era cosa que pudiese ser resuelta fácilmente. En otros tiempos, naturalmente, hubiese tomado un taxi hasta alguna tienda de juguetes decente y en cinco minutos les habría comprado algo. Pero ahora tenían juguetes rusos, franceses, serbios —juguetes de Dios sabía dónde—. Ya hacía más de un año que Isabel había tirado los viejos borriquillos, las máquinas de tren y todas aquellas cosas, porque eran “tremendamente sentimentales” y “abochornantemente malas para el sentido de la forma de los niños”.
       —Es importantísimo —había explicado la nueva Isabel— que les gusten desde un principio las cosas adecuadas. Luego les ahorra muchísimo tiempo. La verdad es que si los pobrecitos se tienen que pasar toda la infancia contemplando estos horrores, no me extraña que cuando crezcan empiecen a pedir que les mandemos a la Royal Academy.
       Y hablaba como si una visita a la Royal Academy fuese pecado mortal…
       —Bueno, no estoy seguro —había respondido William quedamente—. Cuando yo era pequeño siempre me acostaba abrazado a una toalla con un nudo.
       La nueva Isabel le miró achicando sus ojillos y separando ligeramente los labios.
       —¡William! Querido… ¡No me sorprende que lo hicieses! —y se echó a reír del modo como ahora reía.
       Pues tendrán que ser caramelos otra vez, pensó William sombríamente, mientras hurgaba en el bolsillo en busca de cambio para pagar el taxi. Y vio a los niños ofreciendo caramelos a todos —eran unos muchachos extraordinariamente generosos— mientras los intocables amigos de Isabel no dudaban lo más mínimo en tomar un buen puñado…
       ¿Y si compraba algo de fruta?, pensó William deteniéndose junto a un puesto sito en el vestíbulo de la estación. ¿Quizás un melón para cada uno? ¿Tendrían también que repartírselo con los otros? ¿O tal vez una piña para Pad y un melón para Johnny? Era improbable que los amigos de Isabel se colasen sigilosamente en el cuarto de los niños mientras éstos comían. De todos modos mientras compraba el melón, William tuvo la horrible visión de uno de los jóvenes poetas amigos de Isabel lamiendo una tajada de melón oculto tras la puerta de la habitación de los niños.
       Con aquellos dos extrañísimos paquetes se dirigió hacia su tren. El andén estaba repleto de gente y el tren ya estaba esperando. Las portezuelas se abrían y cerraban. La máquina producía un silbido tan fuerte que la gente corría de un lado a otro como si estuviese atolondrada. William se encaminó directamente al vagón de primera clase para fumadores, depositó en el portaequipajes la maleta y los paquetes, y sacando un montón de papeles del bolsillo interior de la chaqueta, se dejó caer en el asiento del rincón y empezó a leer.
       “Hallándose el cliente de ésta convencido… Nos inclinaríamos a considerar nuevamente…, en caso que…” Ah, aquello estaba mejor. William se echó hacia atrás su pelo liso y estiró las piernas sobre el piso del vagón. Aquel gusanillo familiar que le roía cansinamente el pecho se apaciguó. “Por lo que respecta a la presente decisión…” Sacó un lápiz azul y subrayó lentamente un párrafo.
       Entraron otros dos hombres, pasaron por encima de sus piernas, y se dirigieron al rincón opuesto. Un hombre joven colocó sus palos de golf en la redecilla y tomó asiento del otro lado. El tren pegó un ligero tirón, ya salían. William levantó la mirada y vio la estación reluciente y calurosa que iba quedando atrás. Una muchacha de encendidas mejillas pasó corriendo por el vagón, en el modo como saludaba y gritaba se veía algo forzado, casi desesperado. “¡Histérica!”, pensó William tristemente.
       Luego un ferroviario mugriento y con la cara tiznada de negro, parado al extremo del andén, sonrió al tren que salía. Y William pensó: “Una vida de perros”, y volvió a sumirse en sus papeles.
       Cuando volvió a levantar la mirada se encontraban en medio de la campiña y el ganado se recogía en busca de abrigo bajo los oscuros árboles. Un anchuroso río, con niños desnudos chapoteando en los bajíos, apareció a sus ojos y se volvió a esfumar. El cielo relucía en su palidez, y un pájaro ascendió en el aire hasta ser como la motita oscura de una piedra preciosa.
       “Hemos examinado los archivos de la correspondencia de nuestro cliente…” La última frase que había leído resonó en su mente: “Hemos examinado…” William le dio vueltas a la frase, pero no sirvió de nada; se partía por la mitad, y la campiña, el firmamento, aquel pájaro que se elevaba, el agua, todo repetía: “Isabel”. Todos los sábados por la tarde le ocurría lo mismo. Cuando empezaba el viaje para reunirse con Isabel surgían aquellos infinitos encuentros imaginarios. La veía en la estación, un poco apartada de toda la demás gente; sentada afuera, en un taxi descubierto; esperando junto a la cerca del jardín; caminando por la hierba pisoteada; en el umbral, o en el mismo vestíbulo.
       Y su voz ligera y cristalina decía: “Es William”, o “¡Hola, William!”, o “¡Por fin ha llegado, William!” El le tocaba su mano fría, la mejilla fresca.
       ¡Exquisita lozanía la de Isabel! De niño siempre le había encantado salir corriendo al jardín tras un chaparrón y zarandear los rosales para que le salpicasen. Isabel era aquel rosal, blanda como un pétalo, resplandeciente y refrescante. Y él continuaba siendo aquel niño. Aunque ahora no salía corriendo al jardín, no reía, ni zarandeaba el rosal. Aquel gusano molesto y persistente volvió a roerle el pecho. Dobló las piernas, puso los papeles a un lado y cerró los ojos.
       —¿Qué sucede, Isabel? ¿Qué sucede? —dijo cariñosamente. Estaban en el dormitorio de la casa nueva. Isabel estaba sentada en un taburete pintado frente al tocador que se hallaba repleto de cajitas negras y verdes.
       —¿Qué le sucede a quién, William? —preguntó ella, inclinándose hacia adelante mientras su delicado cabello rubio le cubría las mejillas.
       —¡Lo sabes muy bien! —dijo él. Estaba de pie en medio de aquella habitación extraña y él también se sentía como un extraño. Ante su respuesta Isabel se dio rápidamente media vuelta y le miró.
       —¡Oh, William! —suplicó, implorante, blandiendo el cepillo del pelo—. ¡Por favor! ¡Te lo suplico, no seas tan tremendamente quisquilloso y trágico! Siempre dices, haces ver o das a entender que he cambiado. Y sólo porque he encontrado amigos con los que congenio de verdad, con quienes salgo más y a quienes aprecio sinceramente… Y tú te portas como si yo… —Isabel se echó el pelo hacia atrás y empezó a reír—, como si hubiese matado nuestro amor o algo por el estilo. Es totalmente absurdo —dijo mordiéndose el labio—, y me hace enloquecer, William. Como esta casa nueva y el servicio…, parece que también me los eches en cara.
       —¡Isabel!
       —Sí, pues en cierto modo es verdad —se apresuró a añadir ella—. A ti te parece que son otros síntomas malos. Oh, ya sé cómo piensas. Lo noto —dijo suavemente— cada vez que subes las escaleras. No podíamos continuar viviendo en aquella covacha, William. ¡Al menos sé un poco práctico! Ni siquiera había suficiente sitio para los niños.
       No, tenía razón. Cada mañana, cuando volvía de los tribunales, encontraba a los niños con Isabel en la salita de atrás. Cabalgaban en la piel de leopardo que cubría el sofá, o jugaban a tiendecitas empleando el escritorio de Isabel como mostrador, o Pad estaba sentado en la esterilla de la chimenea remando para salvar la vida con la pequeña badila de metal, mientras Johnny disparaba a los piratas con las tenacillas. Y cada noche tenían que subir a caballito por aquellas estrechas escaleras a la habitación en la que les esperaba el ama vieja y gorda.
       Sí, seguramente era una covacha. Una casita blanca con cortinas azules y un macetero de petunias en la ventana. William siempre recibía a sus amigos en la puerta con la misma frase:
       —¿Habéis visto las petunias? No están nada mal para Londres, ¿no?
       Pero lo más imbécil, lo que era realmente extraordinario, era que no había tenido ni la más ligera sospecha de que Isabel no fuese tan feliz como lo era él. ¡Dios mío, qué ceguera! En aquella época no tenía ni la más remota idea de que Isabel realmente odiase aquella casita un tanto incómoda, de que pensase que la gorda ama estaba echando a perder a los niños, de que se sintiese desesperadamente sola, muriéndose de ganas de conocer a gente nueva, ir a conciertos, al cine, etc. Si no hubiesen ido a aquella fiesta en el estudio de Moira Morrison…, si Moira Morrison no hubiese dicho cuando ya se despedían: “Egoísta más que egoísta, voy a rescatar a tu esposa. Es una exquisita y pequeña Titania”…, si Isabel no hubiese ido con Moira a París, si…, si…
       El tren se detuvo en otra estación. Bettingford. ¡Cielo santo! Ya sólo faltaban diez minutos. William volvió a guardarse todos los papeles en los bolsillos; el joven sentado frente a él hacía rato que había desaparecido. Ahora se apearon los otros dos. Los últimos rayos del sol de la tarde resplandecían en los vestidos de algodón de las mujeres y de los niños tostados por el sol, descalzos. Ahora incidía sobre una sedosa flor amarilla con burdas hojas que se extendían sobre un banco de piedra. La brisa que penetraba por la ventanilla olía a mar. William se preguntó si aquel final de semana encontraría a Isabel con el mismo grupito de costumbre.
       Y recordó las vacaciones que habían pasado otras veces, ellos cuatro solos, con una muchachita campesina, Rose, que cuidaba de los niños. Isabel se ponía un jersey y se hacía una trenza; parecía que tuviese catorce años. ¡Demonios, y cómo se le pelaba la nariz! Y lo que llegaban a comer, y lo mucho que dormían en aquella inmensa cama con colchón de plumas, entrelazando los pies… William no pudo contener una amarga sonrisa pensando en el horror que experimentaría Isabel si llegase a conocer hasta dónde llegaba su sentimentalismo.

       —¡Hola, William! —Bueno, después de todo había acudido a la estación, y le esperaba tal como había imaginado, un poco alejada de la demás gente, y, el corazón de William dio un vuelco, estaba sola.
       —¡Hola, Isabel! —exclamó él. Le pareció que estaba tan hermosa que debía decirle algo—. Estás rebosante de frescor.
       —¿De veras? Pues no me siento nada fresquita. Date prisa. Ese endemoniado tren tuyo ha llegado con retraso. El taxi está afuera —dijo, tomándole ligeramente del brazo al pasar frente a la entrega de billetes—. Hemos venido todos a buscarte —comentó—. Pero hemos dejado a Bobby Kane en la pastelería y le pasaremos a recoger.
       —¡Oh! —exclamó William. Era lo único que era capaz de decir de momento.
       Afuera, en la claridad, esperaba el taxi, con Bill Hunt y Dennis Green tumbados a un lado, con los sombreros caídos sobre la cara, mientras en el lado opuesto, Moira Morrison, con un gorrito que parecía una fresa gigantesca, pegaba brincos.
       —¡No hay hielo! ¡No hay hielo! ¡No hay hielo! —chillaba alegremente.
       Y Dennis trinaba desde debajo del sombrero:
       —Si quieres algo helado ve a la pescadería.
       Y Bill Hunt, asomando la cabeza, añadió:
       —Te darán helado de pescado.
       —¡Oh, qué pesadez! —espetó Isabel. Y le explicó a William que había estado recorriendo toda la ciudad en busca de hielo mientras ella le esperaba. Se está derritiendo absolutamente todo, y ya empieza a escurrirse por los acantilados hacia el mar, con la mantequilla en cabeza.
       —Tendremos que darnos lociones de mantequilla —dijo Dennis—. Que tu áurea testa, William, no esté falta de lociones.
       —Escuchad —dijo William—, pero ¿cómo vamos a sentarnos? Más vale que me siente junto al conductor.
       —No, ahí es donde estaba sentado Bobby Kane —dijo Isabel—. Tú, siéntate entre Moira y Yo.
       El taxi se puso en marcha.
       —¿Qué llevas en esos misteriosos paquetes?
       —¡Cabezas de-ca-pi-tadas! —comunicó Bill Hunt, estremeciéndose bajo su sombrero.
       —¡Oh, fruta! —exclamó Isabel, al parecer maravillada ante tal descubrimiento—. ¡Eres un santo, William! Un melón y una piña. ¡Espléndido!
       —Oye, espera —dijo William, sonriendo. Aunque en realidad estaba ansioso—: Las he comprado para los niños.
       —Pero querido… —rió Isabel, cogiéndole el brazo—. Si se las comiesen se morirían de retortijones. No —dijo, acariciándole la mano—, ya les comprarás algo la próxima vez. Me niego a desprenderme de esta exótica piña americana.
       —¡Cruel Isabel! ¡Permíteme aspirar el aroma! —dijo Moira. Y tendió los brazos frente a William en un gesto suplicante—. ¡Oh! —El gorrito que parecía un fresón se le había caído hacia adelante; parecía a punto de languidecer.
       —Dama enamorada de un ananá —dijo Dennis, mientras el taxi se detenía frente a una tiendecita de persianas listadas. Y de ella salió Bobby Kane, con los brazos repletos de paquetitos.
       —Espero que sean buenos —dijo—. Los he elegido por colores. Hay unos redonditos que son una monada. Y fijaos en este nougat —exclamó arrobado—, ¡fíjaos bien! ¡Parece un pequeño paso de ballet!
       Pero en aquel instante apareció el pastelero.
       —Oh, lo había olvidado. Todavía no los he pagado —dijo Bobby, fingiéndose asustado. Isabel entregó un billete al tendero, y Bobby volvió a mostrarse radiante—. ¡Hola, William! Voy a sentarme al lado del conductor. —Y con la cabeza descubierta, vestido de blanco de la cabeza a los pies, con las mangas dobladas hasta más arriba de los codos, saltó a ocupar su lugar—. ¡Avanti! —ordenó entusiasmado…
       Después del té todos se fueron a tomar un baño, mientras William se quedaba a hacer las paces con los niños. Pero Johnny y Paddy estaban dormidos, los destellos rosáceos y rojizos se habían eclipsado, los murciélagos habían iniciado su rasante vuelo y los bañistas no acababan de llegar. Mientras William bajaba las escaleras la sirvienta cruzó el vestíbulo portando una lámpara. La siguió hasta la sala de estar. Era una espaciosa estancia, pintada de amarillo. En la pared que tenía enfrente alguien había pintado un joven mancebo, de tamaño mayor que el natural, de piernas un tanto regordetas, ofreciendo una margarita de abiertos pétalos a una doncella que tenía un brazo muy corto y el otro muy largo y delgado. Sobre las sillas y el sofá había trozos de tela negra cubiertos de grandes manchas que parecían huevos rotos, y se mirara a donde se mirase siempre se veían ceniceros rebosantes de colillas. William tomó asiento en uno de los sillones. Ahora, cuando alguien metía la mano por los costados del tapizado, ya no encontraba una ovejita con tres patas o una vaca con un cuerno roto, ni alguna paloma del Arca de Noé, lo único que se encontraba en aquellos entresijos era alguno de los muchos libros de poesía que rondaban por allí, libritos de tapas blandas y páginas manchadas… Pensó en el montón de papeles que llevaba en el bolsillo, pero estaba demasiado cansado y hambriento para leer. Se abrió la puerta y llegaron ruidos desde la cocina. El servicio hablaba como si estuviesen solos en la casa. De pronto sonaron grandes carcajadas y un “chist” igualmente contundente. Acababan de recordar que estaba en casa. Se levantó y salió al jardín por una de las puertas de la terraza, y mientras estaba allí, envuelto en sombras, oyó a los bañistas que regresaban por el sendero de arena; sus voces resonaban en el silencio.
       —Creo que le toca a Moira utilizar sus artes y ensalmos.
       Moira respondió con un trágico gemido.
       —Los finales de semana deberíamos tener un gramófono, así podríamos poner La doncella de las montañas.
       —Ah, ¡no, no! —protestó la voz de Isabel—. No está bien que digas eso de William. ¡Portaos bien con él, muchachos! Sólo se queda hasta mañana por la noche.
       —Dejádmelo a mí —dijo Bobby Kane—. Sé cuidar de la gente muy bien.
       La cancela se abrió y se volvió a cerrar. William avanzó por la terraza; ya le habían visto.
       —¡Hola, William! —Y Bobby Kane, lanzando la toalla, empezó a pegar saltos y hacer cabriolas sobre el césped requemado—. Es una lástima que no vinieses con nosotros, William. El agua estaba divina. Y luego hemos ido a una pequeña taberna a tomar una ginebra de endrino.
       Los otros ya habían llegado a la casa.
       —Oye, Isabel —llamó Bobby—, ¿quieres que me ponga el vestido de Nijinsky?
       —No —respondió Isabel—. No da tiempo de vestirse. Nos estamos muriendo de hambre. Y William también debe estar hambriento. Vamos, mes amis, empecemos con unas sardinas.
       —Ya he encontrado las sardinas —dijo Moira, apareciendo a toda prisa en el vestíbulo y sosteniendo en alto una lata.
       —Dama con lata de sardinas —exclamó seriamente Dennis.
       —¿Qué, William, qué tal por Londres? —preguntó Bill Hunt, descorchando una botella de whisky.
       —Oh, Londres siempre está igual —respondió él.
       —Ah, el viejo Londres —dijo Bobby, muy animado, mientras ensartaba una sardina.
       Pero al cabo de poco se olvidaron de él. Moira Morrison empezó a preguntarse de qué color tenía uno realmente las piernas debajo del agua.
       —Las mías son las más blancas, son de un blanquísimo color champiñón.
       Bill y Dennis comieron desaforadamente. E Isabel llenó vasos, cambió los platos, les dio cerillas, siempre sonriendo encantadoramente. Y en cierto momento dijo:
       —De verdad, Bill, me encantaría que no lo pintases.
       —¿Que pintase el qué? —inquirió él con su vozarrón embutiéndose la boca de pan.
       —Que nos pintases a nosotros alrededor de la mesa —explicó Isabel—. Dentro de veinte años sería una obra absolutamente fascinante.
       Bill cerró un poco sus ojitos y continuó mascando.
       —No hay buena luz —replicó huraño—, y demasiado amarillo. —Y siguió comiendo. Y, al parecer, aquello también encantaba a Isabel.
       Pero después de cenar estaban todos tan cansados que no tenían ánimos para hacer nada y estuvieron bostezando hasta que fue suficientemente tarde para irse a la cama…
       William no estuvo a solas con Isabel hasta el día siguiente por la tarde, cuando esperaba el taxi que debía llevarle a la estación. Cuando bajó con la maleta hasta el vestíbulo, Isabel dejó a los otros y se le acercó.
       —¡Cómo pesa! —dijo, soltando una risita extraña—. ¡Déjame que la lleve! Sólo hasta la verja.
       —No. ¿Para qué quieres llevarla? —contestó él—. Claro que no. Dámela.
       —Oh, por favor, déjame llevarla —pidió Isabel—. Quiero llevarla, de verdad. —Y ambos caminaron en silencio. William comprendió que ya era demasiado tarde para hablar.
       —Ya está —exclamó Isabel triunfalmente, depositando la maleta y mirando ansiosamente hacia el camino arenoso—. Me parece que esta vez casi no he estado contigo —dijo jadeante—. Se hace tan corto, ¿verdad? Me parece como si acabases de llegar. La próxima vez… —El taxi apareció a lo lejos—. Espero que en Londres te cuiden como Dios manda. Siento tanto que los niños hayan estado fuera todo el día, pero la señora Neil ya lo tenía todo arreglado. Les sabrá muy mal no haberte visto. Pobrecito William, tener que volver a Londres. —El taxi ya había dado media vuelta—. ¡Adiós! —dijo dándole un beso rápidamente; y desapareció.
       Campos, árboles, setos, se sucedieron velozmente. Cruzaron traqueteando el pueblecito pequeño, que parecía ciego, vacío, y subieron por la empinada cuesta de la estación. El tren ya esperaba. William se dirigió directamente al vagón de fumadores de primera clase, y se dejó caer en un rincón, pero esta vez no sacó sus papeles. Cruzó los brazos sobre aquel gusano ominoso e insistente que le roía por dentro, y mentalmente empezó a escribir una carta a Isabel.

       Como de costumbre el correo llegaba retrasado. Estaban sentados afuera de la casa, tendidos en las tumbonas, bajo parasoles de colores. Bobby Kane era el único que estaba echado en el césped, a los pies de Isabel. Hacía un calor asfixiante, insoportable; el día caía como una bandera.
       —¿Crees que en el cielo existirán los lunes? —preguntó Bobby de un modo infantil.
       Y Dennis murmuró:
       —El cielo será como un lunes eterno.
       Pero Isabel no podía apartar su pensamiento del salmón que habían tomado para cenar la noche anterior. Su intención había sido poder hacer mayonesa de pescado para el almuerzo y ahora…
       Moira estaba dormida. Su último descubrimiento era dormir.
       —Es maravilloso. No hay más que cerrar los ojos y…, ya está. Es lo más delicioso del mundo.
       Cuando el anciano cartero, de tez coloradota, apareció pedaleando por el camino arenoso, volvió a darles la sensación de que, en lugar de manillar, hubiera debido llevar unos remos.
       Bill Hunt dejó el libro que estaba leyendo.
       —Cartas —dijo contento, y todos esperaron. Pero, oh despiadado mensajero, oh mundo engañoso, sólo había una carta, una carta muy gruesa para Isabel. Y nada más, ni siquiera un periódico.
       —Pues la carta es de William —dijo Isabel lóbregamente.
       —¿De William…, ya?
       —A que te manda el contrato matrimonial a modo de amable toque de atención.
       —¿Todo el mundo tiene contrato matrimonial? Pensaba que eso era sólo cosa de los criados.
       —¡Uy, páginas y más páginas! ¡Fijaos en Isabel! Dama leyendo una carta —dijo Dennis.
       Querida Isabel, cariño mío. Efectivamente eran páginas y más páginas. Mientras Isabel leía su sensación de sorpresa se fue trocando en una sensación de sofoco. ¿Qué demonios le había hecho suponer a William que ella…? Era realmente extraordinario… ¿Cómo había podido…? Se sentía confusa, y cada vez más y más excitada, asustada incluso. Era típico de él. ¿Lo era? Aquello resultaba absurdo, naturalmente, absurdo y ridículo.
       —¡Ja, ja, ja! ¡Dios mío! —Isabel se echó hacia atrás en la tumbona y empezó a reír a más no poder.
       —Cuéntanos, cuéntanos —pidieron los otros—. Tienes que contárnoslo.
       —Ahora mismo —anunció Isabel, sentándose de nuevo, tomando las hojas de la carta y agitándolas en el aire—. Acercaos —dijo—. Escuchad, es formidable. ¡Es una carta de amor!
       —¡Una carta de amor! ¡Qué ricura!
       Querida Isabel, cariño mio. —Pero casi no le dio tiempo a empezar porque sus risas ya la estaban interrumpiendo.
       —Ah, continúa, Isabel, continúa. Es perfecto.
       —Es un verdadero descubrimiento.
       —Sigue, sigue, Isabel.
       Dios no quiera, mi vida, que yo pueda ser un lastre para tu felicidad…
       —¡Oh! ¡Ah! ¡Uh!
       —¡Ssshhh! ¡Callad!
       E Isabel siguió leyendo. Cuando llegó al final estaban muertos de risa. Bobby se retorcía por el césped y casi lloraba de tanto reír.
       —Tienes que dejármela copiar tal cual, entera, para incluirla en mi nuevo libro —dijo Dennis decidido—. Le dedicaré todo un capítulo.
       —¡Oh, Isabel —gimió Moira— y ese trozo que dice que cuando te tiene entre sus brazos…!
       —¡Déjamela, déjamela! Déjame leerla con mis propios ojos —espetó Bobby Kane.
       Pero, ante la sorpresa de todos, Isabel aprisionó la carta en su mano. Había dejado de reír. Les miró rápidamente; parecía que estuviese agotada.
       —No, no, ahora, no. Luego —balbuceó.
       Y antes de que se repusieran de la sorpresa ya había salido corriendo hacia la casa, y por el vestíbulo, escaleras arriba, hasta su habitación. Se sentó al borde de la cama.
       —Qué infame, odioso, abominable, vulgar… —masculló. Se apretó los ojos con los nudillos y se balanceó adelante y atrás. Y les volvió a ver, pero no ya cuatro, sino cuarenta, riendo, burlándose, carcajeándose, revolcándose mientras les leía la carta de William. ¡Ay, había cometido un acto despreciable! Dios no quiera, mi vida, que yo pueda ser un lastre para tu felicidad. ¡William! Isabel ocultó sú rostro en la almohada. Pero le pareció que incluso aquel grave aposento la conocía tal cual era: superficial, trivial, vana…
       Ahora, desde el jardín, llegaron algunas voces.
       —¡Isabel! ¡Ven con nosotros, vamos a bañamos!
       —¡Oh, tú, esposa del dulce William, acompáñanos!
       —¡Llamadla una vez antes de salir, una vez más!
       Isabel se incorporó, sentándose en la cama. Ahora era el momento. Era ahora que debía decidir. Iría a la playa con ellos, o se quedaría y escribiría a William. ¿Cuál de los dos caminos debía tomar? “Tengo que decidirme”. Oh, ¿cómo podía dudar todavía? Naturalmente se quedaría y escribiría a William.
       —¡Titania! —cantó Moira.
       —¿Isa-bel?
       No, era demasiado difícil. “Iré…, iré con ellos, y luego escribiré a William. Le puede escribir en cualquier momento. Más tarde. Ahora, no. Pero desde luego debo escribirle”, pensó Isabel apresuradamente.
       Y, riendo de aquella manera nueva, bajó corriendo las escaleras.



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