Katherine Mansfield
(Nueva Zelandia, 1888 - Francia, 1923)


La pequeña institutriz (1915)
(“The Little Governess”)
Originalmente publicado, en dos partes, en la revista Signature,
2 y 3 (18 de octubre y 1 de noviembre de 1915);
Bliss and Other Stories
(Londres: Constable & Company, 1920, 280 págs.)


      ¡Oh, Dios, cuánto más le hubiera gustado que no fuera de noche! Hubiera preferido viajar de día. Pero la señora de la Agencia de Institutrices le había dicho:
       —Será mejor que tome el barco de la noche y después, si en el tren consigue un compartimiento para señoras solamente, estará mucho más segura que si tiene que dormir en un hotel desconocido. No salga del compartimiento, no camine por los pasillos y asegúrese de poner el pestillo si va al baño. El tren llega a Munich a las ocho y Frau Arnholdt dice que el hotel Grünewald está a solamente un minuto de la estación. Un mozo de estación puede acompañarla hasta allí. La señora llegará a las seis de la tarde, así que tendrá todo el día para recuperarse del viaje y desempolvar su alemán. Y cuando quiera comer algo, le aconsejo que entre en la pastelería más próxima y se tome un café con un pastel, ¿No ha estado nunca en el extranjero, verdad?
       —No.
       —Bien, siempre les digo a mis chicas que es mejor desconfiar de la gente en primera instancia, es más seguro sospechar primero que tienen malas intenciones y no creer que todas las intenciones son buenas... Tal vez esto le parezca muy cínico, pero tenemos que ser mujeres preparadas para la vida, ¿no es cierto?
       Había estado muy cómoda en el Camarote para Damas. La camarera había sido muy amable y le había cambiado dinero y le había envuelto los pies con una manía. Ella se había tendido en una de esas duras literas tapizadas con una tela rameada, rosa, y había observado a las otras pasajeras que, amigables y con toda naturalidad, prendían sus sombreros a los almohadones, se quitaban las botas y las faldas, abrían sus baúles y arreglaban unos misteriosos y crujientes paquetes y se recogían el pelo antes de acostarse. ¡Zud! ¡Zud! ¡Zud! hacía la sólida hélice del vapor. La camarera veló la lámpara con una tela verde y se sentó junto a la estufa, con la falda doblada encima de la rodilla, a tejer su labor de punto. En un estante, encima de su cabeza, había una botella de agua con un apretado ramillete de flores. “Me gusta mucho viajar”, pensó la pequeña institutriz. Sonrió y se abandonó al cálido balanceo que la acunaba.
       Pero cuando el barco se detuvo y ella subió a cubierta con su maleta de mimbre en una mano y su manta y su paraguas en la otra, un viento frío y extraño le levantó el sombrero. Al levantar la vista vio los mástiles del barco que se recortaban negros contra un cielo verde y reluciente, y cuando miró hacia abajo vio, en el obscuro muelle, unas extrañas figuras embozadas que esperaban. Se movió junto con el somnoliento rebaño de viajeros, todos los cuales sabían a dónde ir y qué hacer, salvo ella, y tuvo miedo. Sólo un poquito... lo suficiente para desear... oh, para desear que fuera de día y que una de esas mujeres que la sonrió en el espejo cuando ambas se recogían el pelo en el Camarote para Damas, estuviera ahora a su lado.
       —¡Los boletos, por favor! Tengan preparados los boletos... Bajó por la pasarela pisando con mucho cuidado. Un hombre con gorra de cuero negra se le acercó y le dijo:
       —¿Adonde va, señorita? —Hablaba inglés... y si tenía esa gorra, seguramente sería un guardia o jefe de estación. Ella apenas si tuvo tiempo de contestarle antes de que él se abalanzara sobre su maleta y le dijera:
       —Por aquí —casi a los gritos, con voz ruda y decidida, y empezó a abrirse paso entre la gente a los codazos.
       —¡Pero si yo no quiero un mozo! —¡Qué horrible era aquel hombre!—. No quiero un mozo. Quiero llevarlo todo yo misma. Tuvo que correr para no perderlo de vista y su furia, más fuerte que ella, salió corriendo y arrebató la maleta de manos del portero. El no le prestó atención y siguió caminando por la obscura plataforma, más allá de las vías férreas.
       “Es un ladrón”. Estaba segura de que era un ladrón. Cruzó también ella las vías, sintiendo la carbonilla que se deshacía bajo sus pies. Del otro lado ¡gracias a Dios!, había un tren que decía “Munich”. El hombre se detuvo junto a los enormes vagones iluminados.
       —¿Segunda clase? —preguntó con insolencia.
       —Sí, un compartimiento para damas —dijo ella, casi sin aliento—. Y cuando él arrojó su maleta en el maletero de un vagón vacío que tenía un cartel que decía “Dames Seules” pegado al cristal, ella escarbó en su monedero buscando cambio para darle una propina. Subió al tren y le entregó veinte céntimos.
       —¿Qué es esto? —gritó el hombre, mirando el dinero y luego a ella, llevándoselo a la nariz y olisqueándolo como si nunca en su vida hubiera visto —y menos aún tenido— una cifra semejante.
       —¡Es un franco! Lo sabe, ¿no es verdad? Esa es mi tarifa: ¡un franco!
       ¿Acaso este hombre suponía que ella iba a darle un franco por lo que había hecho, sólo porque era una muchacha y viajaba sola y de noche? ¡Jamás, jamás! Estrujó el monedero en su mano y lo ignoró... fijó la mirada en un paisaje de Saint Malo que había en la pared de enfrené y fingió no cirio.
       —Ah, no. Ah, no. Veinte céntimos. Está usted equivocada. Aquí tiene. Es un franco.
       Se subió al estribo del tren y le arrojó el dinero en la falda.
       Temblando de terror, ella se hizo fuerte y, alargando una mano helada, recogió el dinero.
       —No le daré más —dijo—. Durante un minuto sintió los ojos de él que la recorrían mientras él asentía haciendo una mueca irónica:
       —¡Muy bien! ¡Trrrés bien!
       Y encogiéndose de hombros, desapareció en la obscuridad. ¡Oh, qué alivio! ¡Había sido tan horrible! Cuando se puso de pie para asegurarse de que su maleta de mimbre estaba bien sujeta en el maletero, vio su imagen en el espejo, muy pálida, con los ojos muy grandes y abiertos. Se desató el “velo de viaje” y se desabotonó la capa verde. “Pero todo ha terminado ya”, le dijo al rostro del espejo, sintiendo que de alguna manera, la imagen estaba más asustada que ella.
       La gente empezaba a llenar el andén. Formaban pequeños grupos, charlaban, la extraña luz de los faroles de la estación teñía sus rostros de verde. Un muchachito de rojo empujaba un carrito y ofrecía té, silbando y dándose golpecitos en las botas con una servilleta. Una mujer vestida de negro empujaba una carretilla con almohadas para alquilar. Parecía somnolienta y absorta... como una mujer que empujara un cochecito de niño de un lado a otro para que no se despierte el niño. Guirnaldas de humo blanco, salidas de quién sabe dónde, flotaban cerca del techo como brumosas parras.
       “Que extraño es todo esto”, pensó la pequeña institutriz, “y además, en medio de la noche”. Desde su rincón protegido, siguió observando. Ya no tenía miedo sino que estaba orgullosa por no haber cedido con lo del franco. “Puedo cuidarme sola... por supuesto que puedo. Lo principal es...”. Desde el pasillo llego el ruido de pesados pies y voces de hombres, fuertes e interrumpidas por las carcajadas. Venían hacia ella. La pequeña institutriz se encogió en su rincón mientras cuatro hombres jóvenes con sombrero hongo pasaban por el pasillo, observándola a través de la puerta y la ventana. Uno de ellos, estallando en carcajadas, señaló el cartel de “Dames Seules” y los cuatro se inclinaron para observar mejor a la muchacha del rincón. Oh, Dios, estaban en el compartimiento de al lado. Los oyó moverse ruidosamente y después se hizo un silencio. Un sujeto alto y delgado con un diminuto bigote negro abrió la puerta de su compartimiento.
       —Sí, mademoiselle, quisiera venir con nosotros... —dijo en francés. Ella vio que los demás se apiñaban detrás, espiando por encima de su hombro, y se quedó sentada muy silenciosa y rígida.
       —Sí, mademoiselle, nos hace el honor... —se burló el hombre alto. Uno de ellos ya no se contuvo y estalló en una carcajada.
       —Mademoiselle es muy seria... —insistió el joven, inclinando la cabeza y haciendo muecas. Se quitó el sombrero y ella volvió a quedar sola.
       —¡En voiture! ¡En voiture! —gritó alguien que corría junto al tren.
       “Me gustaría que no fuera de noche. Me gustaría que hubiera otra mujer en el compartimiento. Tengo miedo de los hombres de al lado”. Cuando la pequeña institutriz miró hacia afuera vio que regresaba el mismo portero... el mismo hombre se dirigía a su compartimiento cargado de equipaje. Pero... ¿qué hacía? Con una uña arrancó el cartel que decía “Dames Seules” y se quedó mirándola mientras un hombre anciano envuelto en una capa entraba al compartimiento.
       —Pero este es un compartimiento para damas...
       —Oh, no, señorita, está usted equivocada.
       —No, no, se lo aseguro.
       —Merci, monsieur.
       —¡En voiture!
       Un estridente silbato. El mozo bajó con aire de triunfo y el tren arrancó. Durante un momento las lágrimas empañaron los ojos de la muchacha, y a través de ella vio que el viejo se quitaba la bufanda y se desataba las tiras de su gorra Jaeger. Parecía muy viejo. Por lo menos, noventa años. Tercia un bigote blanco y unos grandes anteojos con armazón de oro que le cubrían unos ojitos azules y parte de sus mejillas rosadas y arrugadas. Un rostro agradable... y encantador el modo en que le dijo en un francés vacilante:
       —¿La molesto, mademoiselle? ¿Preferiría que le bajara sus cosas y le buscara otro compartimiento?
       ¿Qué? ¿Que ese anciano tuviera que cargar con todas sus cosas, tan pesadas, sólo porque ella...?
       —No, está muy bien. No me molesta en absoluto.
       —¡Ah, mil gracias!
       Se sentó frente a ella y se desabrochó la esclavina de su enorme abrigo, dejándolo caer sobre sus hombros.
       El tren parecía contento de haber abandonado por fin la estación: de un salto se internó en la obscuridad. La muchacha limpió la ventanilla con un guante pero no pudo ver nada... sólo un árbol abierto como un abanico negro o unas luces aisladas o la línea de una colina, enorme y ¡solemne. En el compartimiento de al lado los jóvenes empezaron a cantar: “¡Un, deux, trois!”. Cantaron una y otra vez la misma canción a todo pulmón.
       “Jamás me hubiera atrevido a dormir si hubiera estado sola”, pensó ella. “No hubiera podido levantar los pies ni quitarme el sombrero”. Esos cantos le producían un extraño temblor en el estómago y, abrazándose para detenerlo, con los brazos cruzados debajo de la capa, se sintió realmente contenta de que el anciano estuviera en su mismo compartimiento. Con cautela, asegurándose de que él no la miraba, lo espió a través de sus largas pestañas. Estaba sentado muy erguido, sacando pecho, con el mentón hacia adentro y las piernas juntas, y leía un periódico en alemán. Por eso hablaba el francés con tanto acento. Era alemán. En el ejército, supuso ella, sería un coronel o un general, es decir habría sido, por supuesto, ahora era demasiado viejo. Tañía un alfiler de perlas en la corbata negra y llevaba un anillo con una piedra roja en el meñique; del bolsillo de su chaqueta cruzada sobresalía la punta de un pañuelo de seda blanco. En conjunto, su aspecto era muy agradable. ¡La mayoría de los viejos eran tan horribles! No podía soportar sus chocherías... siempre tenían una tos repulsiva y cosas así. Pero este no tenía barbas... quizás eso era lo que lo hacía distinto, y además tenía mejillas tan rosadas y un bigote tan blanco... El anciano bajó el periódico y le dijo, Inclinándose hacia ella y siempre con la misma exquisita cortesía:”
       —¿Habla alemán, mademoiselle?
       —Ja, ein wenig mehr ais franzósisch —dijo la pequeña institutriz, ruborizándose tanto que sus ojos azulea parecieron casi negros.
       —¡Ach, so! —dijo el anciano con una graciosa inclinación—. Entonces tal vez le agrade mirar un poco estoa periódicos ilustrados.
       Y quitando una faja elástica de un rollo de periódicos, se los alcanzó.
       —Muchas gracias —dijo ella. Le gustaba mucho mirar las ilustraciones, pero primero debía quitarse los guantes y el sombrero. Así que se puso de pie, se quitó los alfileres de su sombrero de paja marrón y lo puso cuidadosamente con su equipaje; después se quitó sus guantes marrones, los dobló cuidadosamente y, para mayor seguridad, los puso en la copa del sombrero, tras lo cual volvió a sentarse, más cómodamente esta vez, con los pies cruzados y los periódicos en la falda. ¡Con qué mirada bondadosa observaba aquel anciano sus pequeñas manos desnudas que daban vuelta las páginas, sus labios que se movían cuando ella pronunciaba para sí las palabras más largas, su pelo que relucía bajo la luz! ¡Qué pena! ¡Qué trágico era que una pequeña institutriz tuviera aquel pelo que recordaba a las mandarinas y a las caléndulas, a los albaricoques y a los gatos rojizos y al champagne! Tal vez eso fuera lo que el anciano pensaba mientras la observaba y la observaba, y que ni siquiera las ropas feas lograban disimular su suave belleza. Tal vez el sonrojo que tiñó sus mejillas y sus labios fuera un acceso de furia porque alguien tan joven y tierna tuviera que viajar de noche, sola y sin protección. Quién sabe si no estaría murmurando, a su sentimental modo alemán: “Ja, es est eine Tragedie”. ¡Por Dios que me gustaría ser el abuelo de esta niña!”.
       —Muchas gracias. Eran muy interesantes —dijo ella sonriéndole amablemente mientras le devolvía los periódicos.
       —Pero habla usted muy bien el alemán —dijo el anciano—. Por supuesto, habrá estado antes en Alemania...
       —Oh, no, esta es la primera vez —hizo una corta pausa y dijo—: esta es la primera vez que viajo al extranjero.
       —¿De veras? ¡Me sorprende! Me pareció que estaba acostumbrada a viajar.
       —Oh, bien, he viajado bastante por Inglaterra y una vez fui a Escocia.
       —Yo estuve una vez en Inglaterra pero no logré aprender el inglés —dijo él, levantando una mano y riéndose mientras sacudía su cabeza—. Era demasiado difícil para mí... Ow-do-you-do. Please vich is ze vay to Leicestaire Squaare...
       También ella se rió.
       —Los extranjeros siempre dicen...
       Y charlaron un rato acerca del tema.
       —Pero le gustará Munich —le dijo el anciano—. Munich es una ciudad maravillosa. Museos, películas, galerías, comercios y edificios hermosos, conciertos, teatros, restaurantes..., todos están en Munich. He viajado muchas veces por Europa, pero siempre regreso a Munich. Le gustará mucho.
       —No voy a quedarmeen Munich —dijo la pequeña institutriz, y agregó con timidez—: Voy como institutriz a la casa de un médico de Augsburgo.
       —¡Ah, ya entiendo!
       —También conocía Augsburgo. Augsburgo... bien, no era hermosa. Una sólida ciudad industrial. Pero si Alemania era nueva para ella, él esperaba que también allí hallara algo interesante.
       —Seguro que sí.
       —¡Pero que lástima que no visité Munich antes de marcharse! Debería tomarse unas cortas vacaciones —se sonrió— y hacer acopio de recuerdos agradables.
       —Mucho temo que no podré hacerlo —dijo la pequeña institutriz sacudiendo la cabeza, sintiéndose de repente más seria e importante—. Y además, cuando una está sola...
       Él lo comprendió. Asintió, también con gran seriedad. Después quedaron en silencio. El tren siguió rugiendo, cruzando los valles y las montañas con su pecho llameante. Se estaba cómodo en el compartimiento, hacía calor. Ella se reclinó hacia la obscuridad que huía y que parecía llevarte lejos, lejos... Se oyeron unos ruiditos: pasos en el corredor, puertas que se abrían y se cerraban... un murmullo de voces... silbatos... Después, largas agujas de lluvia arañaron la ventanilla... Pero no importaba... eso era afuera... y además ella tenía paraguas... Suspiró, abrió y cerró las manos una vez, y se quedó profundamente dormida.

       —¡Pardon! ¡Pardon!
       El portazo de la puerta del compartimiento, que se cerraba, la despertó sobresaltada. ¿Qué había pasado? Alguien había entrado y vuelto a salir. El anciano estaba sentado en su rincón, más erguido que nunca, con las manos en el bolsillo de la chaqueta, frunciendo el ceño.
       —¡Ja, ja, ja! —llegó desde el compartimiento vecino.
       Aún medio dormida, ella se tocó la cabeza para asegurarse de que no estaba soñando.
       —¡Vergonzoso! —murmuró el anciano, más para sí mismo que dirigiéndose a ella—. ¡Individuos vulgares, groseros! Mucho me temo que la han perturbado, Fráulein, al irrumpir así.
       No, en realidad no. Estaba a punto de despertarse, y sacó su relojito de plata para mirar la hora. Las cuatro y media. Una luz fría y azul llenaba las ventanillas. Ahora, si limpiaba el vidrio, podía ver brillantes fragmentos de prados, grupos de casitas blancas como hongos, un camino como “de un cuadro”, bordeado de chopos y el hilo de un río. ¡Qué hermoso era! ¡Qué hermoso y qué diferente! Hasta esas nubes rosadas del cielo parecían extranjeras. Hacía frío, pero ella fingió que hacía aún más y se restregó las manos y se estremeció, cerrándose el cuello del abrigo y sintiéndose muy feliz.
       El tren empezó a disminuir la velocidad. La máquina soltó un silbato largo y estridente. Estaban llegando a una ciudad. Casas más altas, rosadas y amarillas, se deslizaban, dormidas todavía detrás de sus párpados verdes, custodiadas por chopos que temblaban en el aire azul como en puntas de pie, escuchando. En una de las casas, una mujer abrió los postigos y arrojó un colchón a rayas rojas y blancas sobre el alféizar de la ventana, y se quedó mirando el tren. Era una mujer pálida, de pelo negro y que llevaba un chal de lana sobre los hombros. Más mujeres aparecieron en las puertas y las ventanas de las casas dormidas. Pasó un rebaño de ovejas. El pastor llevaba una blusa azul y unos zuecos de madera, puntiagudos. ¡Qué flores! ¡Hasta junto a la estación! Rosas como ramilletes de novia, geranios blancos y otros rosados, como esos que en casa no se ven nunca fuera de los invernaderos. Iban cada vez más despacio. Un hombre regaba el andén con una regadera.
       ¡A-a-a-a-h! Alguien se acercaba corriendo y agitando los brazos. Una mujer gordísima se bamboleó trasponiendo las puertas de vidrio de la estación, con una bandeja de fresas. ¡Oh, qué sed tenía! ¡Ella estaba muy sedienta! ¡A-a-a-h! La misma persona de antes volvió a irse corriendo. El tren se detuvo.
       El anciano se envolvió en su abrigo y se levantó, sonriéndole. Murmuró algo que ella no llegó a comprender pero le devolvió la sonrisa antes de que él saliera del compartimiento. Mientras el hombre no estaba la pequeña institutriz se miró en el espejo y se sacudió y se acomodó con el cuidado preciso y práctico de una joven que es lo suficientemente madura para viajar sola y que no tiene nadie que le asegure que “todo está en orden”. ¡Más y más sedienta! El aire sabía a agua. Bajó la ventanilla y la mujer gorda, la de las fresas, pasó por allí como a propósito, alzando su bandeja hacia ella.
       —Nein, danke —dijo la pequeña institutriz, mirando las enormes fresas dispuestas sobre las hojas brillantes—. ¿Wieviel? —preguntó cuando la mujer ya se alejaba.
       —Dos marcos cincuenta, Fráulein.
       —¡Dios mío!
       Se alejó de la ventanilla y se sentó en un rincón, muy grave. ¡Media corona! ¡Muuuu! chillaba el tren, preparándose para partir otra vez. Suponía que el anciano no se quedaría allí. Oh, ya era de día... todo hubiera sido perfecto si no estuviera tan sedienta. ¿Dónde estaría el anciano?... Ah... allí estaba... Ella le sonrió como sí fuera un viejo amigo y, tras cerrar la puerta, él se volvió y sacó de su capa una cesta de fresas.
       —...Si la señorita me hiciera el honor de aceptar...
       —...¿Para mi...? —dijo ella, pero retrocedió y levantó las manos como si él estuviera a punto de ponerle un gatito salvaje en el regazo.
       —Por cierto, para usted —dijo el anciano—. Yo hace más de veinte años que perdí el valor para comer fresas.
       —Oh, muchas gracias. Danke bestens — tartamudeó ella—, sie sind so sehr schón!
       —Cómalas y verá —dijo el anciano, con aspecto complacido y amistoso.
       —¿Usted ni siquiera probará una?
       —No, no, no.
       Tímida y encantadora, su mano vacilaba. Eran tan grandes y jugosas que tenia que comérselas de dos mordiscos... el jugo le corría por los dedos... y mientras comía las fresas se le ocurrió por primera vez que el hombre podía ser su abuelo. ¡Qué abuelo tan perfecto sería! ¡Parecía salido de un libro!
       Salió el sol y las nubes rosadas, las nubes como fresas, fueron devoradas por el azul del cielo.
       —¿Son buenas? —preguntó el anciano—. ¿Tan buenas como su aspecto?
       Cuando ella terminó de comer sentía que lo conocía desde hacía años. Le contó acerca de Frau Arnholdt y de cómo había conseguido el puesto. ¿Conocía él el hotel Grünewald? Frau Arnholdt no llegaría hasta el atardecer. Escuchó, escuchó hasta que supo tanto como ella del asunto, hasta que dijo —sin mirarla— pero alisando sus guantes de gamuza:
       —Me pregunto si me permitirá usted que le muestre un poco Munich hoy. No demasiado, pero quizás alguna galería de arte y el Englischer Garten. Es una pena que tenga que pasarse iodo el día en el hotel... es tan incómodo... en un lugar extraño. ¿Nicht wahr? Podría estar de regreso allí a la tarde o cuando quiera, por supuesto, y le dará mucho placer a un hombre anciano.
       Fue mucho después de haber dicho que sí —porque en el momento en que lo dijo él empezó a contarle sus viajes a Turquía y a hablar del aceite de rosas— que empezó a preguntarse si había hecho bien en aceptar. Después de todo, en realidad no lo conocía. Pero era tan viejo y había sido tan amable... por no hablar de las fresas… Y no podría haberle explicado el motivo por el cual había dicho que no, y además era su último día, el último día de libertad. “¿Hice mal? ¿Hice mal?”. Un rayito de sol cayó sobre sus manos y se quedó allí, cálido y tembloroso.
       —Si me permite que la acompañe al hotel —sugirió él—, volveré a buscarla alrededor de las diez. —Extrajo su cartera y le entregó una tarjeta.
       Herr Regierungsrat... ¡Tenía título! Bien, ¡seguramente no se había equivocado! Así que después de todo, la pequeña institutriz se rindió a la excitación de estar en el extranjero, de leer y admirar los carteles de publicidad, de disfrutar, dejando que le hablaran acerca de los lugares por donde pasaban, de ser atendida y protegida por aquel anciano y encantador abuelo, hasta que llegaron a Munich y al Hauptbahnhof.
       —¡Mozo, mozo!
       Él le consiguió un mozo, se ocupó con unas pocas palabras de su propio lenguaje, la guió por entre la multitud de la estación y la hizo bajar por unos limpios peldaños blancos hasta la blanca calle del hotel. Le explicó al gerente quién era ella como si todo hubiera estado planeado de ése modo y después, por un momento, la pequeña mano de ella se perdió entre las de él, enguantadas en gamuza.
       —Vendré a buscarla a las diez —dijo él, y se fue.
       —Por aquí, Fráulein —dijo un botones que había estado revoloteando a espaldas del gerente, todo ojos y todo oídos para observar a la extraña pareja. Ella lo siguió subiendo dos pisos de escalera hasta una habitación obscura. El dejó en el suelo la maleta de mimbre y levantó una persiana ruidosa y polvorienta. ¡Uf, qué cuarto tan feo, tan frío! ¡Qué muebles tan enormes! ¡Qué horror pasar el día allí!
       —¿Es esta la habitación que reservó Frau Arnholdt? —preguntó la pequeña institutriz.
       El botones la miraba de un modo muy raro, como si ella le pareciera extraña. Frunció los labios como si estuviera a punto de silbar, pero cambió de idea.
       —Gewiss —dijo.
       Bien, ¿por qué no se iba? ¿Por qué la miraba así?
       —Gehen Sie —dijo la pequeña Institutriz, con su fría simplicidad inglesa.
       Los ojitos de él casi se le saltaban de las mejillas.
       —Gehen Sie sofort —repitió ella con frialdad.
       Al llegar a la puerta él se volvió.
       —Y el caballero —dijo—, ¿quiere que lo haga subir cuando venga?

       En las calles blancas, grandes nubes blancas bordeadas de plata... y sol por todas partes. Gordos, gordos cocheros, conducían coches gordos; extrañas mujeres con sombreritos redondos limpiaban las vías del tranvía, gente que se reía y se empujaba; árboles a ambos lados de la calle y por todas partes inmensas fuentes; ruido de risas que llegaban de las veredas o de la calle o de las ventanas abiertas. Y junto a ella, más acicalado que nunca, con un paraguas en una mano y guantes amarillos en lugar de los marrones, su abuelo que la había invitado a pasar el día. Deseaba correr, colgarse de su brazo y gritar a cada minuto: “¡Oh, me siento tan feliz!”. El la guiaba a través de las calles, la esperaba cuando ella quería “mirar” y sus ojos amables centelleaban cuando le decía “todo lo que usted quiera”. A las once de la mañana comió dos salchichas blancas y dos panecillos y bebió un poco de cerveza que él le aseguró que no era intoxicante, para nada como la cerveza Inglesa, de un jarro parecido a un florero. Y después tomaron un coche, y de veras que deben haber visto miles y miles de maravillosos cuadros clásicos en un cuarto de hora.
       “Tendré que volver a pensar en todo esto cuando esté sola...” Pero cuando salieron del museo estaba lloviendo. El abuelo desplegó su paraguas y lo sostuvo encima de la pequeña institutriz. Se dirigieron a un restaurante para almorzar. Ella caminaba muy cerca de él para ofrecerle la protección del paraguas.
       —Será más cómodo —dijo él con tono indiferente— si me toma usted del brazo, Fráulein. Y además, es la costumbre habitual en Alemania.
       Así que lo tomó del brazo— y caminó a su lado mientras él le señalaba las estatuas famosas, con tanto interés que incluso se olvidó de guardar el paraguas aunque hacía mucho que había dejado de llover.
       Después del almuerzo fueron a un café a escuchar a una orquesta gitana, pero a ella no le gustó en absoluto. ¡Uf! Esos hombres eran tan horribles, con sus cabezas como huevos y las cicatrices en el rostro, que ella les dio la espalda y apoyó su rostro ardiente en las manos y se dedicó a observar a su viejo amigo... Después fueron al Englischer Garten.
       —Me pregunto qué hora será —dijo la pequeña institutriz—. Se me ha parado el reloj. Anoche, en el tren, olvidé darle cuerda. Hemos visto tantas cosas que debe ser” muy tarde.
       —¡Tarde! —dijo él, deteniéndose frente a ella y sacudiendo la cabeza de un modo que ella había empezado a conocer—. Entonces usted no se ha divertido en absoluto, ¡Tarde! ¡Ni siquiera hemos tomado un helado aún!
       —¡Oh, pero si me he divertido muchísimo! —gritó ella, apenada—. Me he divertido más de lo que puedo expresar. Sólo que Frau Arnholdt irá al hotel a las seis y yo debo estar allí a las cinco.
       —Allí estará, después de tomar el helado le conseguiré un coche y llegará con toda comodidad.
       Ella volvió a sentirse feliz. El helado de chocolate se derretía... se derretía lentamente mientras bajaba por su garganta. Las sombras de los árboles danzaban sobre el mantel y ella, gracias a los cuidados de su amigo, estaba sentada de espaldas al reloj de pared que marcaba las siete menos veinticinco.
       —Verdaderamente —dijo con seriedad la pequeña institutriz— este ha sido el día más feliz de mi vida. Jamás me lo había imaginado.
       A pesar del helado su agradecido corazón de niña ardía de cariño por aquel abuelo de cuento de hadas.
       Salieron del jardín por una ancha avenida. Estaba obscureciendo.
       —¿Ve aquel edificio de la vereda de enfrente? —dijo el anciano—. Allí, en el tercer piso, vivo yo. Yo y el ama de llaves que cuida de mí.
       Ella se mostró muy interesada.
       —Ahora —prosiguió él—, antes de que le consiga un coche, ¿me permitiría que le muestre mi pequeño “hogar” y que le ofrezca una botella de ese aceite de rosas del que le hablé en el tren? ¿Como recuerdo?
       A ella la encantaría.
       —Jamás en mi vida he visitado un piso de soltero —dijo la pequeña institutriz, riendo.
       El pasillo estaba a oscuras.
       —Ah, supongo que mi vieja criada habrá salido a comprarme un pollo. Un momento.
       Abrió la puerta y se hizo a un lado para dejarla pasar, un poco tímida pero con curiosidad. Se quedó sin saber qué decir. La habitación no era bonita. En cierto modo era muy fea, pero pulcra y, supuso, cómoda para el anciano.
       —Bien, ¿qué le parece?
       El se arrodilló y sacó de un aparador una bandeja redonda con dos vasos rosados y una botella alta y también rosada.
       —Hay dos pequeños dormitorios —prosiguió alegremente—, y una cocina. Es suficiente, ¿verdad?
       —Oh, más que suficiente.
       —Y si alguna vez vuelve usted a Munich y quiere pasar aquí uno o dos días... bien, siempre encontrará este refugio y un ala de pollo y una ensalada y a un viejo gustoso de ser su anfitrión una y mil veces, mi querida Fráulein.
       Extrajo el corcho de la botella y sirvió vino en los dos vasos rosados. Le temblaba la mano y el vino se derramó en la bandeja. El cuarto estaba muy silencioso.
       —Creo que debo irme ahora —dijo ella.
       —Pero tomará usted un vaso de vino conmigo antes de irse... uno muy pequeño...
       —No, de veras que no. Jamás bebo vino. He... he prometido que jamás bebería vino ni nada alcohólico.
       Y aunque él le rogó y ella se sintió espantosamente grosera, especialmente porque a él parecía importarle tanto, su decisión no flaqueó.
       —De veras que no, por favor.
       —Bien, entonces, ¿se sentará usted en ese sofá durante cinco minutos para que yo beba a su salud?
       La pequeña institutriz se sentó en el borde del diván de terciopelo rojo y él se sentó junio a ella y se bebió el vino de un trago.
       —¿De veras ha sido muy feliz hoy? —preguntó el anciano, volviéndose hacia ella y tan cerca que sintió su rodilla apretándola contra la de ella. Antes de que pudiera responderle, él le tomó las manos.
       —¿Y no va a darme un besito antes de partir? —le preguntó él, atrayéndola aún más hacia sí.
       ¡Era un sueño! ¡No era verdad! Este no era el mismo anciano. ¡Era espantoso! La pequeña institutriz lo miró horrorizada.
       —¡No, no, no! —tartamudeó, luchando por desasirse.
       —Un besito. Un beso. ¿Qué es eso? Sólo un beso, querida Fráulein.
       El acercó el rostro, sus labios sonreían... ¡y cómo relucían sus ojitos azules detrás de los anteojos!
       —¡Nunca... nunca! ¡Cómo se atreve!
       Ella se levantó de un salto, pero él fue casi rápido y la acorraló contra la pared, apretando su cuerpo viejo y duro contra el de ella y, aunque ella sacudía la cabeza dé lado a lado, enloquecida, consiguió besarla en la boca. ¡En la boca! Donde nadie que no fuera un pariente cercano la había besado jamás...
       Corrió, corrió por la calle hasta que llegó a una calle ancha con vías de tranvía y donde había un policía parado en medio de la calle como si fuera un muñeco de reloj.
       —Quiero tomar un tranvía para el Hauptbahnhof —sollozó la pequeña institutriz.
       —¿Fráulein?
       Ella levantó las manos con gesto suplicante.
       —El Hauptbahnhof. Allí... allí viene uno.
       Y mientras el policía se la quedaba mirando muy sorprendido, la muchacha del sombrero ladeado que Moraba sin pañuelo subió al tranvía, sin notar el ceño fruncido del conductor, sin escuchar los escandalizados comentarios que la hochwohlgebildete Dame intercambiaba con una amiga. La joven se balanceaba sollozando y lamentándose y llevándose las manos a la boca.
       —Viene del dentista —chilló una vieja gorda, demasiado estúpida para no condolerse— Na, sagen Sie ’mal, ¡qué dolor de muelas! No debe haberle dejado ni uno en la boca.
       Y el tranvía se mecía y traqueteaba a través de un mundo repleto de viejos con rodillas huesudas.

       Cuando la pequeña institutriz llegó al vestíbulo del hotel Grünewald el mismo botones que la había llevado esa mañana a su cuarto estaba de pie junto a una mesa, puliendo una bandeja llena de vasos. La llegada de la muchacha pareció colmarlo de un inexplicable regocijo. Estaba preparado para responder a su pregunta, su respuesta fue exacta y pausada.
       —Sí, Fraulein, la señora ha venido. Le dije que usted había llegado y que había salido inmediatamente con un caballero. Me preguntó cuándo regresaría usted... pero por supuesto que yo no lo sabía. Y después fue a hablar con el gerente.
       Levantó un vaso de la mesa, lo expuso a la luz, mirándolo con un ojo cerrado y empezó a limpiarlo con una punta de su delantal.
       —¿... ?
       —¿Perdón, señorita? Ach,no, Fráulein. El gerente no pudo decirle nada, nada...
       Sacudió la cabeza y sonrió al vaso reluciente.
       —¿Dónde está ahora la señora? —preguntó la pequeña institutriz, temblando con tanta violencia que tuvo que llevarse el pañuelo a la boca.
       —¿Cómo puedo saberlo? —exclamó el botones, mientras pasaba por delante de ella para ir a atender a un nuevo cliente. Y su corazón golpeaba tan fuerte dentro de su pecho que casi estalló en carcajadas, “¡Eso es!”, pensó. “¡Eso le enseñará!”. Y cuando cargó sobre sus hombros el baúl del recién llegado... ¡Hop!... como si fuera un gigante y el baúl liviano como una pluma, volvió a repetirse las palabras de la pequeña institutriz:
       “Gehen Sie. Gehen Sie sofort. ¡Claro que lo haré! ¡Claro que lo haré!”, gritó para si.



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