Katherine Mansfield
(Nueva Zelandia, 1888 - Francia, 1923)


Veneno (1920)
(“Poison”)
Something Childish and Other Stories
(Londres: Constable and Company Limited, 1924, 262 págs.)



      Se había retrasado mucho el cartero. Cuando volvimos de nuestro paseo de la mañana aún no había llegado.
       —Pas encore, Madame —dijo Annette con voz cantarína, y escapó corriendo al fogón.
       Llevamos nuestros paquetes al comedor. La mesa estaba puesta. Al ver los dos cubiertos sólo dos, y sin embargo tan bien dispuestos, tan perfectos que no había posibilidad de que cupiera un tercero, experimenté, igual que siempre, un extraño y fugaz escalofrío, como si hubiera sido herido por los rayos argentados que se desprendían de los blancos manteles, de la cristalería centelleante, del obscuro tazón de las fresas.
       —¡Dichoso cartero! ¿Qué le habrá ocurrido? —dijo Beatrice—. Pon eso allí, querido.
       —¿Dónde quieres que lo ponga?
       Alzó la cabeza para sonreírme con aquella amable y burlona sonrisa.
       —Donde quieras, tontín.
       Pero yo sabía de sobra que allí no había sitio para aquello y hubiera seguido sosteniendo en vilo la panzuda botella de licor y los dulces durante meses, durante años antes que correr el riesgo de contrariar, aunque sólo fuera ligeramente, su exquisito sentido del orden.
       —Vamos, trae —y los plantó sobre la mesa, juntamente con sus largos guantes y la canastilla de los higos—. “La mesa para la comida”, novela corta por, por... —me cogió del brazo—. Vamos a la terraza —y al decirlo noté que se estremecía—. Ca sent la cuisine —concluyó con voz desmayada.
       En los últimos días, había observado —hacía un par de meses que vivíamos en la Costa Azul— que cuando quería hablar de la comida, del clima o, en tono retozón, de su amor hacia mí, siempre recurría al francés.
       Nos sentamos sobre la balaustrada bajo el toldo. Beatrice, inclinada hacia fuera, mirando para abajo, hacia el blanco camino que corría entre la doble hilera de lanzas de los cactos. La belleza de sus orejas, nada más que de sus orejas, maravillosas, era tanta, que después de contemplarlas me hubiera vuelto hacia toda aquella extensión del mar que relumbraba allá abajo para balbucir:
       —Oh, qué orejas. Tiene unas orejas que sencillamente son lo más...
       Vestía de blanco. Llevaba un ramito de lirios del valle prendido en la cintura, un collar de perlas y en el dedo corazón de la mano izquierda, un anillo con una perla también; un anillo que no era una alianza matrimonial.
       —¿Por qué, man ami? ¿Por qué vamos a aparentar lo que no es? ¿A quién puede preocuparle?
       Y, naturalmente, asentí, aunque íntimamente, en las honduras de mi corazón, hubiera dado el alma y la vida por verme a su lado en una iglesia de moda. Grande, sí, muy grande y atestada de gente, ante un sacerdote anciano y venerable, mientras resonaba “La voz que alentó sobre el Edén”. Con palmas y olor a incienso. Sabiendo que a la salida no faltaría la alfombra roja y el confetti. Y que en alguna parte nos esperaba el pastel de bodas, el champaña, y un zapatito de raso que había de ser arrojado tras el coche.
       ¡Ah, si hubiese podido deslizar en su dedo el anillo nupcial...!
       Y no es que me agradaran esos espectáculos; pero tenía la impresión de que eso podía quizás atenuar aquella tremenda sensación de libertad total; la libertad de ella, claro está.
       ¡Dios mío! ¡Qué martirio era la felicidad, qué sufrimiento! Alcé la vista para mirar la casa, nuestra villa, las ventanas de nuestra habitación, escondida tan misteriosamente tras las verdes persianas de junco. ¿Sería posible que ella hubiera venido hacia mí en medio de la verdosa claridad para sonreírme y que esa sonrisa enigmática fuese para mí sólo? Me echó un brazo en torno del cuello, mientras que con la otra mano me acariciaba el cabello de una manera tan delicada, pero tan terrible...
       “¿Quién eres tú?” ¿Quién era ella? Ella era... la Mujer.
       En el primer atardecer templado de la primavera, cuando las luces relumbran como perlas en la atmósfera saturada del perfume de las lilas, y se oyen murmullos de voces en los jardines recién florecidos, es ella la que canta en la casa alta con cortinas de tul. Y cuando viajando en coche a la luz de la luna cruzamos una ciudad extranjera, su sombra es la sombra que se presiente tras del oro estremecido de las persianas. Cuando las lámparas se encienden, en medio del silencio que acaba de engendrarse, son sus pasos los que cruzan ante tu puerta. Y ella es la que en el atardecer de otoño, palidez entre pieles, ha mirado al pasar el coche que se aleja.
       En fin, dicho en pocas palabras. Yo tenía entonces veinticuatro años. Y cuando ella, tendida de espaldas con las perlas rozándole el mentón, suspiraba: “Amor mío, tengo sed. Donne-moi une orange”, yo hubiera sido capaz de chapuzarme con mucho gusto en el agua para arrancar una naranja, si preciso fuera, de las mismas fauces de un cocodrilo; suponiendo que los cocodrilos comieran naranjas.
       Beatrice cantaba:

Si yo tuviese un par de alitas de pluma
Y fuese un pintado pajarillo...

       Le así una mano:
       —¿Te irías volando?
       —No, no muy lejos. Sólo hasta el final de la carretera.
       —Y ¿por qué diablos hasta allí?
       —“Él aún no es venido, exclamaba ella” —citó Beatrice.
       —¿Quién es él? ¿Ese viejo tonto de cartero? Pero si no esperas ninguna carta.
       —No, pero me inquieta como si la esperara. Ah —y de pronto se echó a reír, apoyándose en mí—, ahí está, mírale, parece un escarabajo azul.
       Y juntando nuestras mejillas estuvimos mirando cómo el azulado insecto empezaba a subir cuesta arriba.
       —¡Amor mío! —suspiró Beatrice.
       Y sus palabras parecían flotar en el aire, vibrar en él como vibran las notas de un violín.
       —¿Qué?
       —No lo sé —dijo sonriendo levemente—. Debe de ser una oleada, sí, una oleada de cariño. La abracé.
       —¿Entonces, ya no te irías volando?
       Y ella repuso pronta y dulcemente:
       —No, no. Por nada del mundo. De veras. Me encanta este lugar. Me encanta estar aquí. Creo que podría vivir en él años y años. Nunca he sido tan feliz como en estos dos últimos meses, y tú te has portado conmigo tan perfectamente bien, en todos los sentidos, amor mío.
       Esto me hacía tan feliz, era algo tan excepcional, tan inusitado, el oírselo decir a ella, que traté de tomarlo a broma.
       —No hables así. Parece como si fueras a despedirte.
       —Bah, qué tontería. No debes decir esas cosas ni siquiera en broma —y deslizando su manecita bajo mi chaqueta blanca, me asió un hombro—. ¿Verdad que has sido feliz?
       —¿Feliz? ¿Que he sido feliz? ¡Dios mío! Si supieras lo que siento en este instante. Sí, muy feliz. Encanto mío, mi vida.
       Me dejé caer de la balaustrada y tomándola en brazos la levanté en alto. Mientras la sostenía en el aire, apoyé el rostro en su seno murmurando:
       —¿Eres mía?
       Y por primera vez desde que la había conocido, en todos aquellos meses de desazón, aun contando el último, que sin duda fue el Paraíso, creí en ella a pies juntillas cuando respondió:
       —Sí, soy tuya.
       Sonó la puerta del jardín, y luego el ruido de los pasos del cartero sobre el cascajo. Nos separamos. De momento estaba como deslumbrado, y me quedé allí, sonriendo, sintiéndome un poco atontado. Beatrice fue hacia los sillones de mimbre.
       —Anda, ve a traer las cartas —me dijo.
       Bueno. Salí casi dando traspiés, pero llegué tarde. Ya venía Annette corriendo.
       —Pos de lettres —dijo.
       Debió de quedar sorprendida por la sonrisa desmayada con que tomé de sus manos el periódico. Estaba loco de gozo. Tiré el diario por los aires y proclamé a gritos:
       —No hay cartas, querida —mientras me dirigía hacia el sillón donde mi amada yacía tendida.
       De momento no replicó. Luego, mientras rasgaba la faja del periódico, dijo lentamente:
       —Olvidada del mundo y por el mundo olvidada.
       Hay momentos en que lo mejor es un cigarrillo para salvar la situación. Ya no es sólo un aliado, sino un amiguito discreto, irreprochable, que lo sabe todo y lo comprende todo perfectamente. Mientras uno fuma se le mira, risueño o airado, según las circunstancias lo aconsejen, aspirando profundamente el humo y expeliéndolo lentamente en abanico. Aquél era uno de esos momentos. Fui hacia el magnolio absorbiendo humo a más no poder. Luego volví para reclinarme contra su hombro. Pero de súbito arrojó el periódico sobre las losas.
       —No hay nada de nuevo —dijo—. Nada. Sólo una causa por envenenamiento. Uno que ha matado o no ha matado a su mujer. Veinte mil que llenan cada día la sala y dos millones de palabras cablegrafiadas a todo el mundo después de cada sesión.
       —Qué necia es la gente —repliqué, dejándome caer en otra silla.
       Quería olvidar el periódico para volver, con cautela, claro está, a aquel instante que precedió a la llegada del cartero. Pero cuando respondió, comprendí por el tono de su voz que aquel instante ya había pasado. Aunque no importaba. Ahora que sabía... aguardaría con mucho gusto quinientos años, si preciso fuera.
       —No tan necia —dijo Beatrice—. Porque, después de todo, es algo más que morbosa curiosidad lo que atrae a esas veinte mil personas.
       —¿Qué es, pues, querida? —bien sabe Dios que no me importaba un bledo.
       —La culpabilidad —exclame—. Sí, su culpabilidad. ¿No lo comprendes? Les sugestiona, como sugestiona al enfermo cualquier novedad relativa a su caso. El que está en el banquillo puede muy bien ser inocente; pero los que están en la sala casi todos son envenenadores —estaba pálida a causa de la emoción—. ¿No has reparado nunca en la enorme cantidad de envenenamientos que se están dando? Hallar una pareja en que el uno no envenene al otro, ya sean casados o amantes, es cosa excepcional. ¡Cuántas tazas de té o de café —exclamó—, cuántas copas de vino estarán emponzoñadas! Y las que yo misma he bebido, sin saberlo o a sabiendas, pero corriendo el riesgo. La única razón para que sobrevivan tantas parejas —dijo sonriendo—, es que uno de ellos no se atreve a suministrar al otro la dosis fatal. Para darla hace falta tener nervios bien templados. Pero forzosamente ha de venir, tarde o temprano. No se puede retroceder una vez que la pequeña primera dosis ha sido suministrada. Es el comienzo del fin, ¿no te parece? ¿Comprendes lo que quiero decir?
       No esperó mi respuesta. Desprendiéndose de la cintura los lirios del valle, se tendió de espaldas y se posó la ramita sobre los ojos.
       —Mis dos maridos me envenenaban —dijo—. El primero me dio una fuerte dosis casi de golpe, pero el segundo era un verdadero artista en su género. Sólo una pizca de vez en cuando, hábilmente disimulada. ¡Ah, qué inteligente era! Hasta que una mañana, al despertar, estaba cubierta de menudos granitos de los pies a la cabeza; hasta la más mínima porción de mi cuerpo. No había tiempo que perder.
       Me molestaba oírle hablar de sus maridos con tanta tranquilidad, y precisamente aquel día. Me sentí herido. Iba a decírselo, pero de pronto exclamó quejosa:
       —¿Por qué? ¿Por qué había de ocurrirme a mí esto? ¿Qué había hecho yo? ¿Por qué toda mi vida he estado condenada a...? Es como una conspiración.
       Traté de decirle que era a causa de su perfección. Era demasiado perfecta para este mundo tan horrible; demasiado exquisita, demasiado bella. Asustaba a la gente. Quise hacerla reír diciendo:
       —Bueno, pero yo no he tratado de envenenarte.
       Rió con una media risita, mordisqueando el tallo de los lirios.
       —¿Tú? No eres capaz de hacer daño a una mosca.
       Cosa rara. Aquello me molestó; me molestó terriblemente.
       En aquel momento Annette vino a traernos nuestros aperitifs. Beatrice se incorporó para coger la copa de la bandeja y me la pasó. Observé el fulgor de la perla, en el dedo perlado, como yo le llamaba. ¿Por qué había de dolerme lo que acababa de decir?
       —Y tú —dije cogiendo la copa— tampoco has envenenado nunca a nadie.
       Esto me sugirió una idea y traté de exponérsela.
       —Tú haces precisamente lo contrario. ¿Cómo llamar a quien, como tú en vez de emponzoñar a la gente, la colmas con nueva vida; ya sea el cartero, al que conduce nuestro coche o nuestra lancha, a la florista o a mí mismo, infundiendo a todos algo de tus propios destellos, de tu propia belleza, de tu...?
       Sonreía con aire de ensueño, me miraba con aire de ensueño.
       —¿En qué estás pensando, mi bien amada?
       —Estoy pensando si querrías bajar al pueblo después de comer para preguntar en correos si hay alguna carta para mí del reparto de la tarde. No te molestaría, ¿verdad? No es que espere ninguna, pero, si la hubiese, ¿no crees que es absurdo el no recogerla y tener que esperar tontamente hasta mañana?
       Hizo girar el tallo de la copa entre sus dedos. Tenía su hermosa cabeza un poco inclinada. Yo alcé la mía y bebí, sorbí más bien, sorbí despaciosamente, deliberadamente, sin dejar de mirar aquella morena cabeza, y pensando en los carteros, en los escarabajos azules, en las despedidas que no eran despedidas y... ¡Dios de Dios! ¿Sería mi imaginación? No, no era mi imaginación. El aperitivo tenía un sabor escalofriante, amargo, muy extraño.



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