Katherine Mansfield
(Nueva Zelandia, 1888 - Francia, 1923)


Revelaciones (1920)
(“Revelations”)
Originalmente publicado en la revista Athenaeum, Núm. 4702 (11 de junio de 1920);
Bliss and Other Stories
(Londres: Constable & Company, 1920, 280 págs.)


      Desde las ocho de la mañana hasta las once y media Monica Tyrell sufría de los nervios, y sufría tan terriblemente que esas horas eran... una agonía, simplemente. Le parecía que no podía controlarlos. “Tal vez si “fuera diez años más joven...”, decía. Porque ahora que tenía treinta y tres años solía referirse a su edad en casi todas las ocasiones, solía mirar a sus amigos con ojos graves e infantiles y decirles:
       —Sí, recuerdo que veinte años atrás...
       Y también llamaba la atención de Ralph señalándole a las muchachas, verdaderas muchachas, de adorables brazos y gargantas y movimientos ágiles y vacilantes con las que se encontraban en los restaurantes.
       —Tal vez si fuera diez años más joven... —le decía.
       —¿Por qué no le dices a Marie que se siente frente a la puerta y prohíba a todo el mundo que entre a tu habitación hasta que hagas sonar tu campanilla?
       —¡Oh, si fuera tan simple...!
       Arrojó los guantes y se apretó los párpados con los dedos de ese modo que él conocía tan bien.
       —Pero en primer lugar, yo sería conciente de que Marie está allí sentada, Marie diciendo que no con un dedo a la señora Moon y a Rudd, Marie como una especie de cruza de guardiana y enfermera de clínica para enfermos mentales. Y además, está el correo. Una no puede ignorar la llegada del correo, y una vez que llega el correo... ¿quién puede esperar hasta las once para abrir las cartas?
       Los ojos de Ralph brillaron y rápidamente la atrajo hacia sí.
       —¿Mis cartas, querida?
       —Tal vez —dijo ella lentamente, y le acarició con una mano el pelo rojizo, sonriente pero pensando: “¡Por Dios! ¡Qué comentario tan estúpido!”.
       Pero esta mañana la había despertado el portazo de la puerta del frente. Bang. El edificio se estremeció. ¿Qué era? Dio un salto en la cama, aferrado al edredón: su corazón palpitó. ¿Qué podía ser? Después escuchó voces en el pasillo. Marie golpeó y, cuando la puerta se abrió, los postigos se abrieron de un golpe y las cortinas se sacudieron, volando. El pestillo del postigo golpeó el marco de la ventana.
       —¡Eh voilá! —exclamó Marie, dejando la bandeja y corriendo—. C'est le vent, Madame. C'est un vent insupportable.
       Levantó al fin la persiana y una luz blanca y grisácea colmó la habitación. Mónica pudo entrever, antes de cubrirse el rostro con el brazo, un enorme cielo pálido cruzado por una nube que parecía una camisa desgarrada.
       —¡Marie! Las cortinas, rápido. ¡Las cortinas!
       Mónica volvió a caer sobre la cama y entonces: Ring-ring-ring-ring. Era el teléfono. Ya había alcanzado el límite de su sufrimiento, empezó a calmarse.
       —Ve a atender, Marie.
       —Es monsieur. Quiere saber si madame querrá almorzar con él en Princes a la una y media.
       Sí, era monsieur en persona. Sí, había pedido que le transmitiera inmediatamente ese mensaje a Madame. En vez de responder, Mónica dejó la taza y con voz vacilante e incierta le preguntó a Marie qué hora era. Eran las nueve y media. Se tendió inmóvil y cerró los ojos.
       —Dile a monsieur que no podré ir —dijo suavemente. Pero cuando se cerró la puerta, la furia la invadió intensamente, con violencia, casi asfixiándola. Cómo se atrevía. Cómo se atrevía Ralph a hacer una cosa así cuando sabía cuánto la torturaban sus nervios de mañana. Acaso ella no le había explicado y hasta descripto... aunque con delicadeza, por supuesto, porque ella no podía hablar directamente de algo así, acaso no le había dado a entender que esto era lo único que le resultaba imperdonable...
       Y además, elegir esta espantosa mañana de viento. ¿Acaso pensaba que su afección era tan solo una manía, una locura femenina de la que podía reírse e ignorarla? Si justamente la noche anterior le había dicho:
       —¡Ah, pero debes tomarme en serio!
       Y él había replicado:
       —Querida mía, tai vez no me creas, pero te conozco más de lo que tú misma te conoces. Me inclino ante todos tus delicados pensamientos y atesoro tus sentimientos. ¡Sí, ríete! Adoro el modo en que tus labios... —y se inclinó sobre la mesa—. No me importa que vean cómo te adoro. Subiría contigo a la cima de la montaña con todos los reflectores del mundo enfocados en nosotros.
       “¡Dios”, pensó Mónica agarrándose la cabeza. ¿Era posible que él hubiera dicho todo eso? ¡Los hombres eran increíbles! Y ella lo había amado... cómo podía haber amado a un hombre que hablaba así... ¿Qué había estado haciendo desde aquella cena, meses atrás, tras la cual él la había acompañado a casa y le había preguntado si no podía regresar y volver a ver esa “lenta sonrisa árabe”? ¡Oh, qué tontería, qué absoluta tontería! Y sin embargo, recordaba haber experimentado un estremecimiento profundo, algo que nunca había sentido antes.
       —¡Carbón! ¡Carbón! ¡Hierro viejo! ¡Hierro viejo! —llegó un grito desde la calle. Todo había terminado. ¿Comprenderla? El no comprendía nada. Eso de llamarla por teléfono en una mañana ventosa era altamente significativo. ¿Lo comprendería él? Casi podía reírse. “Me llamaste por teléfono justo en el momento en que alguien que me hubiera comprendido jamás lo hubiera hecho”. Era el fin. Y cuando Marie dijo:
       —Monsieur ha dicho que estará en el vestíbulo en el caso de que madame cambie de idea.
       Y Monica dijo:
       —No, no quiero verbena, Marie. Claveles. Dos manojos.
       Era una mañana blanca y borrascosa, con un viento desgarrante, que hacía temblar todo. Mónica se sentó ante el espejo. Estaba pálida. La doncella le peinó el pelo obscuro hacia atrás y su rostro se convirtió en una máscara, con puntiagudos párpados y labios rojos. Cuando sé miró en el espejo azulado y sombrío sintió que de repente la invadía... oh, una tremenda excitación que creció y creció lentamente hasta que le dieron ganas de alzar los brazos, de reírse, de desparramar todo, escandalizando a Marie, de gritar: “¡Soy libre, soy libre! ¡Soy libre como el viento!”. Y ahora todo ese mundo tembloroso, excitante, vibrante, era de ella. Era su reino. No, no, no, ella no pertenecía a nadie más que a la vida.
       —Así está bien, Marie —dijo vacilante—. Mi sombrero, mi abrigo, mi cartera. Y ahora consígueme un taxi.
       ¿Adonde iba? Oh, a cualquier parte. No podía tolerar a esta silenciosa, chata e inexpresiva Marie, a este ambiente fantasmal, silencioso y femenino. Tenía que salir, tenía que irse rápido... a cualquier parte, a cualquier parte.
       —El taxi está aquí, madame
       Cuando abrió la puerta del edificio, un viento furioso la llevó flotando, hasta el coche. ¿Adonde ir? Subió y, lanzando una radiante sonrisa al chofer de aspecto enfurruñado y frío, le dijo que la llevara a la peluquera. ¿Qué hubiera hecho sin su peluquera? Siempre que no sabía adonde ir o nada que hacer, Mónica iba allí. Le convenía hacerse ondular el cabello y tal vez para cuando estuviera lista se le habría ocurrido algún plan. El chofer enfurruñado y frío conducía con tremenda rapidez, y ella se dejaba sacudir de un costado al otro del asiento. Sólo deseaba ir más rápido. ¡Oh, ser libre! ¡No tener que estar en el Prince a la una y media, no tener que ser la gatita dentro la cesta, ni la árabe, ni la niña grave y satisfecha, ni la criatura salvaje... “Nunca más”, exclamó en voz alta, cerrando un puño. Pero el auto se había detenido y el chofer le abría la puerta.
       La peluquería estaba cálida y resplandeciente. Olía a jabón y a papel quemado y a brillantina. Madame estaba detrás del mostrador, redonda, gorda, blanca, y su cabeza parecía la brocha de una polvera sobre un alfiletero de satén negro. Mónica siempre había sentido que en este negocio la querían y la comprendían —comprendían su verdadero yo— mucho mejor que sus amigas. Ahí podía ser verdaderamente ella, y ella y madame habían charlado a menudo. Y además estaba George, el que la peinaba, el joven, moreno y esbelto George. Verdaderamente le agradaba.
       Pero hoy... ¡qué curioso! Madame apenas si la saludó. Tenía el rostro más pálido que nunca, pero sus ojos azules como cuentas estaban ribeteados de rojo, y ni siquiera los anillos de su mano regordeta centelleaban. Estaban fríos, muertos como pedazos de vidrio. Cuando llamó a George por el intercomunicador, en su voz había un tono totalmente desconocido. Pero Mónica no quería creerlo. No, se negaba. Era sólo su imaginación. Olió vorazmente— el aire cálido y perfumado— y pasó al pequeño recinto detrás de la cortina de terciopelo.
       Ya se había quitado la chaqueta y el sombrero y George aún no aparecía. Esta era la primera vez que él no estaba allí para retirarle la silla, para tomar su sombrero y sostenerle la cartera, balanceándola como si fuera algo nunca visto... algo salido de un cuento de hadas. ¡Y qué silencioso estaba todo! Ni siquiera madame hacía ruido. Sólo el viento soplaba, haciendo temblar la vieja casa; el viento ululaba y los retratos de damas de la época de la Pompadour miraban hacia abajo y sonreían, arteros y astutos. Mónica deseó no haber venido. ¡Qué error haberlo hecho! Fatal, fatal. ¿Dónde estaba George? Si no aparecía enseguida se ida. Se quitó el kimono blanco. No quería seguir mirándose más. Cuando abrió un enorme frasco de crema que había en la repisa del espejo, sus dedos temblaban. En su corazón sentía un tironeo, como si su felicidad —su maravillosa felicidad— tratara de liberarse.
       “Me iré. No quieto quedarme”. Descolgó el sombrero. Pero justo en ese momento sintió pasos y, miranda en el espejo, vio que George aparecía en el vano de la puerta. Sonreía de un modo muy extraño. Era el espejo, por supuesto. Ella se volvió rápidamente. Los labios de él se contraían en una especie de mueca y... ¡ni siquiera se había afeitado!... Tenía la cara verde.
       —Lamento mucho haberla hecho esperar —murmuro él, deslizándose hacia adelante.
       Oh, no, no se quedaría.
       —Mucho me temo —comenzó. Pero él había encendido el gas y puerto a calentar las tenacillas y ya le colocaba el kimono.
       —¡Qué viento! —dijo él.
       Mónica se sometió. Olió sus dedos jóvenes que le sujetaban el peinador debajo del mentón.
       —Sí, hay mucho viento —dijo ella, reclinándose en la silla. Y quedaron en silencio.
       George le quitó las hebillas con su habilidad habitual. Le soltó el pelo, pero no lo sostuvo como siempre, para sentir lo fino y hermoso y suave que era. No dijo que “estaba muy bien cuidado, adorable”. Lo dejó caer y, sacando un cepillo de un cajón, tosió un poco, se aclaró la garganta y dijo sin entusiasmo:
       —Sí, está muy bonito y saludable, yo diría que sí.
       Ella no respondió. El cepillo cayó sobre su pelo. ¡Oh, qué lamentable, qué lamentable! Caía rápido y liviano, caía como las hojas, y de pronto cayó duramente, dándole un tirón como el de su corazón.
       —¡Basta ya! —exclamó ella, liberándose de un sacudón.
       —¿Le he hecho daño? —preguntó George. Se inclinó sobre las tenacillas—. Lo lamento.
       Le llegó el olor del papel quemado —ese olor que tanto le agradaba— y él hizo girar en sus manos las tenacillas calientes, mirando fijamente al vacío.
       —No me sorprendería que lloviera.
       Levantó un mechón de pelo y ella —que no pudo soportarlo más— lo detuvo. Lo miró: se vio a sí misma mirándolo, envuelta en el kimono que la hacía parecerse a una monja.
       —¿Qué ha pasado aquí? ¿Ha ocurrido algo?
       Pero George se encogió de hombros e hizo una mueca.
       —Oh, no, madame. Sólo un pequeño incidente. —Y volvió a levantar el mismo mechón.
       Pero, oh, eso no la engañaba. Eso era. Había ocurrido algo horrible. El silencio... ese silencio que parecía caer como copos de nieve. Se estremeció. Hacía frío en el pequeño tocador, todo estaba frío y reluciente. Los grifos niquelados, los pulverizadores y frascos tenían un aspecto maligno. El viento sacudía las ventanas, un hierro se golpeaba y el joven siguió manipulando las tenacillas, inclinado sobre ella. ¡Oh, qué terrible era la vida!, pensó Mónica. Qué espantosa. Es esta soledad lo que la hace tan espantosa. Somos como hojas arrastradas por el viento y nadie sabe... a nadie le importa dónde caemos, qué negro río nos llevará. Ese tironeo pareció ascender por su garganta. Dolía, dolía, tenía panas de llorar.
       —Así está bien —dijo ella—. Déme las hebillas.
       Y él se quedó a su lado tan sumiso, tan silencioso, que casi dejó caer los brazos y se puso a llorar. Ya no podía tolerarlo más. Como un muñeco de madera, el alegre y joven George se deslizó y le alcanzó el sombrero y el velo, tomó el dinero y le dio el vuelto. Ella lo guardó en su cartera. ¿Adonde iría ahora?
       George tomó el cepillo.
       —Tiene un poco de polvo en el abrigo —murmuró, y se lo cepilló. Y después, de pronto, se irguió y mirando a Mónica, agitó extrañamente el cepillo y dijo:
       —La verdad es, madame, ya que es usted una vieja cliente que... mi hijita murió esta mañana. Mi primera hija... —y su rostro pálido se arrugó como un papel y le volvió la espalda y empezó a cepillar el kimono de algodón.
       —¡Oh, oh! —Mónica empezó a llorar. Salió corriendo de la peluquería y subió al taxi. El chofer, que parecía enfurecido, saltó de su asiento y dio un portazo.
       —¿Adonde?
       —A Princes —sollozó ella. Y durante todo el trayecto no vio otra cosa más que a una diminuta muñeca de cera con un mechón de pelo rubio, tendida dócilmente, con sus pequeñas manos y pies cruzados. Y entonces, justo antes de llegar a Princes vio una florería llena de flores blancas. ¡Oh, qué idea tan perfecta! Lilas, violetas blancas atadas con una cinta de terciopelo blanco... De una amiga desconocida... De alguien que comprende. Para una niñita... Golpeó el vidrio pero el chofer no la oyó. Además, ya habían llegado al Prince.



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