Katherine Mansfield
(Nueva Zelandia, 1888 - Francia, 1923)


Seis peniques (1921)
(“Sixpence”)
Originalmente publicado en la revista Sphere (6 de agosto de 1921):
Something Childish and Other Stories
(Londres: Constable and Company Limited, 1924, 262 págs.)


      Los niños son seres incomprensibles. ¿Por qué un chiquillo como Dicky, de ordinario más bueno que el pan, sensible, cariñoso, dócil y extraordinariamente sensato para su edad, tenía aquellas rarezas, y, sin que nada pudiera hacerlo prever, súbitamente, se convertía, como decían sus hermanas, en un “perro rabioso”, y entonces no había nada que hacer con él?
       —¡Dicky, ven aquí! ¡Venga usted aquí ahora mismo! ¿No estás oyendo que te llama tu madre? ¡Dicky!
       Pero Dicky no hacía caso. Y había oído de sobra. Mas su única respuesta era una risita clara, tintineante. Salía corriendo a esconderse entre el heno sin segar del prado, atravesaba luego a todo correr el cobertizo de la leña, pasaba como un torbellino hacia la huerta, y allí, escabullándose, asomaba la cabeza tras los musgosos troncos de los manzanos para mirar a su madre, y se ponía a dar saltos como un indio bravo.
       Había empezado a la hora del té. Mientras su madre y la señora Spears, que había ido a pasar la tarde con ella, estaban en la sala tranquilamente ocupadas con sus labores, he aquí lo que, según la criada, ocurrió cuando los niños tomaban el té. Estaban comiendo las primeras rebanadas de pan con mantequilla tan modositos y tan tranquilos que daba gusto verlos, y ella acababa de servirles la leche y el agua, cuando, de repente, Dicky cogió la fuente del pan, se la puso del revés sobre la cabeza, y, apoderándose también del cuchillo, gritó:
       —¡Miradme!
       Sus hermanas le miraron muy asustadas y antes de que la criada pudiera cogerlo, el plato se tambaleó, y, resbalando, fue a parar al suelo, donde se hizo añicos. Y en aquel crítico instante se alzaron las voces de las niñas, gritando a más no poder:
       —¡Madre, ven a ver lo que ha hecho!
       —¡Dicky ha roto un plato muy grande!
       —¡Ven a sujetarlo!
       Como puede suponerse, la madre fue volando. Pero era demasiado tarde. Dicky se había bajado de la silla y había salido a todo correr por la puerta vidriera a la veranda. Ella, claro, se había quedado allí sin saber qué hacer, poniéndose y quitándose el dedal. No era cosa de correr tras Dicky entre los manzanos y los ciruelos. Sería poco digno. Y resultaba no sólo desagradable, sino exasperante. Sobre todo ahora que la señora Spears, precisamente la señora Spears, cuyos dos hijos eran tan ejemplares, estaba esperándola en el salón.
       —Muy bien, Dicky —exclamó—. Tendré que pensar cómo he de castigarte.
       —No me importa —sonó la vocecilla chillona, y otra vez salió a relucir aquella risita tintineante. La criatura ya no podía dominarse. —Señora Spears, no sé cómo excusarme por haberla dejado sola de esta manera.
       —No tiene importancia, señora Bendall —repuso aquélla con su voz tan suave y almibarada, enarcando las cejas de aquel modo tan suyo. Parecía sonreír para sus adentros mientras marcaba los pliegues. —Esas cosillas ocurren de vez en cuando. Espero que no será nada grave.
       —Ha sido Dicky —replicó la señora Bendall, buscando desolada su única aguja fina. Y le explicó todo el asunto—. Lo peor es que no sé qué remedio pueda tener esto. Cuando se pone así es inútil todo lo que se haga, nada le asusta.
       La señora Spears abrió mucho sus claros ojos. —¿Ni siquiera unos azotes?
       Pero la señora Bendall, que estaba enhebrando la aguja, frunció los labios.
       —Nunca hemos pegado a nuestros hijos —dijo—. Con las niñas nunca hizo falta. Y Dicky, tan pequeño y además el único chico... hasta cierto punto...
       —Ay, hija mía —exclamó la señora Spears, dejando la costura—. No me extraña entonces que el niño tenga esos arrebatos. ¿No se molestará si le digo mi parecer? Pues, mire, estoy convencida de que están cometiendo un grave error al querer educar a sus hijos sin pegarles. No hay nada como una buena azotaina. Y hablo por experiencia, amiga mía. Yo solía usar métodos benévolos —y aspiró el aire con leve silbido—, como embadurnarles la lengua con jabón amarillo o hacerles estar de pie sobre una mesa toda la tarde de un sábado. Pero no, créame, no hay nada como dejar que el padre se las entienda con ellos.
       La señora Bendall, allá en sus adentros, quedó horrorizada al oír lo del jabón amarillo. Pero como la otra hablaba de ello como de cosa común y corriente, acabó aceptándolo así.
       —¡Ah!, su padre —replicó—. Así, pues, ¿no los azota usted misma?
       —Nunca —la señora Spears parecía muy extrañada de que aquello pudiera ocurrírsele—. No me parece bien que sea la madre quien azote a los niños. Es una obligación de los padres. Y, además, eso les impresiona mucho más.
       —Sí, me lo supongo —dijo la señora Bendall con voz débil.
       —Y mis dos chicos —prosiguió la otra madre sonriéndole, cariñosa, alentadoramente— harían lo que hace Dicky si no tuvieran miedo. Pero como...
       —Ah, sus chicos son un verdadero modelo —exclamó la otra.
       Y lo eran. No podría encontrarse unos muchachitos más juiciosos ni que se portaran mejor que ellos delante de las personas mayores. A tal punto, que las visitas solían decir que nadie creería que en aquella casa había criaturas. Lo que muchas veces era cierto.
       En el vestíbulo de la familia Spears había un gran cuadro que representaba a unos monjes ancianos, rollizos y jocundos pescando a orillas de un río. Y bajo él un grueso y negro látigo de cochero que había pertenecido al padre del señor Spears. Algunas razones debían de tener los chicos para preferir jugar donde no los vieran; tras la perrera, tras la caseta de las herramientas o junto al estercolero.
       —¡Qué error más terrible —exclamó la visitante con un leve suspiro, mientras plegaba su labor— el ser débil con los hijos cuando son pequeños! Un triste error en que se incurre bien fácilmente y que tanto perjudica a las criaturas. Eso es lo que ha de tener una presente. El arrebato de Dicky de esta tarde creo que ha sido intencionado. Es así como los chicos le dan a entender a uno que necesitan unos azotes.
       —¿Usted cree? —la señora Bendall, tan poquita cosa, se sintió muy impresionada con aquello.
       —Estoy convencida. Y un buen recordatorio administrado por el padre —dijo la señora Spears con aire profesional— le ahorrará muchos disgustos en el porvenir. Créame, querida amiga.
       Y puso sobre las manos de la señora Bendall las suyas secas y heladas.
       —Hablaré con Edward en cuanto llegue —dijo con firmeza la mamá de Dicky.
       Ya estaban los niños en la cama cuando sonó la puerta del jardín y el padre de Dicky subió trabajosamente los empinados escalones de cemento cargado con la bicicleta. Había tenido un día infernal en la oficina. Venía sofocado, polvoriento, rendido.
       Para entonces la señora Bendall había tomado tan a pecho el nuevo plan, que fue en persona a abrirle la puerta.
       —Edward, no sabes cuánto me alegro de que hayas llegado.
       —¿Qué ocurre? —preguntó él, posando la bicicleta y quitándose el sombrero. En su frente apareció una huella roja, sañuda, que su presión le había dejado—. ¿Qué ha pasado?
       —Vamos a la sala —dijo ella, hablando muy apresurada—. No sé cómo decirte lo mal que se ha portado Dicky. Pasándote el día en la oficina, no puedes hacerte idea de lo que es capaz una criatura a su edad. Ha sido sencillamente algo espantoso. No puedo con él, es imposible. Lo he probado todo, Edward, pero en vano. Lo único que queda por hacer —concluyó ya sin aliento— es darle unos azotes, que tú le des unos azotes.
       En una esquina de la sala había una rinconera, y en la balda de arriba un oso pardo de porcelana mostraba su pintada lengua, de modo que en la penumbra parecía estar haciendo burla al padre de Dicky, y diciéndole:
       —Vaya, hombre, conque para esto has venido a casa, ¿eh?
       —Pero, ¿cómo diablos voy a ponerme a pegarle? —decía Edward, mirando al oso fijamente—. No se le ha pegado nunca.
       —Pero, ¿no comprendes? —insistió su mujer—. Es lo único que queda por hacer. Hay que imponerse a las criaturas.
       Aquellas palabras, escapando de los labios de ella, iban a percutir en la cabeza de él, en su fatigada cabeza.
       —No podemos permitirnos el lujo de tener una institutriz. La criada tiene trabajo más que de sobra.
       Y no sé cómo decirte lo malo que se ha vuelto. Tú, como te pasas el día en la oficina, no puedes comprenderlo.
       El oso sacaba la lengua, mientras la reprimenda seguía. Edward se dejó caer en una silla.
       —Y ¿con qué voy a pegarle? —dijo, ya sin fuerzas.
       —Pues con una zapatilla —replicó ella, mientras se arrodillaba para desatarle las botas polvorientas.
       Y añadió en tono de queja—: Por Dios, Edward, otra vez has entrado en la sala con los sujetadores de andar en bicicleta en los pantalones. Vamos, que...
       —Bueno, basta —al levantarse casi la empujó—. Venga esa zapatilla —gritó cuando iba ya por la escalera.
       Se sentía como un hombre apresado en una red tenebrosa. Y ahora tenia ganas de pegar a Dicky. Sí, maldita sea, tenía ganas de golpear algo. “¡Qué vida, Dios santo!” En sus ojos, irritados aún, había polvo del camino y los brazos le pesaban.
       De un empujón abrió la puerta del angosto cuartito de Dicky. El niño, en camisón de dormir, estaba en medio de la habitación. Al verlo, la cólera se apoderó de Edward.
       —Dicky, ¿sabes a lo que vengo? El niño no respondió. —Vengo a darte unos azotes. Silencio.
       —Súbete el camisón.
       Entonces Dicky alzó los ojos, y, muy encarnado, preguntó quedamente:
       —¿Tengo... tengo que subírmelo? —Vamos, acaba de una vez —ordenó el padre, y, empuñando la zapatilla, le dio tres buenos azotes.
       —Así aprenderás a portarte con tu madre como es debido.
       El niño se quedó allí quieto, con la cabeza agachada.
       —Date prisa y acuéstate —ordenó nuevamente el padre.
       Tampoco ahora se movió. Pero con su voz temblorosa dijo:
       —Todavía no me he limpiado los dientes, papi. —¿Qué dices?
       Dicky alzó el rostro para mirarle. Le temblaban los labios, pero sus ojos estaban enjutos. Ni había vertido una lágrima, ni había exhalado una queja. Y, tragándose un sollozo, repitió con voz ronca:
       —Digo que todavía no me he limpiado los dientes, papi.
       Al ver aquella carita, Edward tuvo que volverse. Y, no sabiendo qué hacer, salió disparado del cuarto, bajó la escalera y se fue al jardín. ¡Dios santo! ¿Qué había hecho? Se puso a andar a grandes pasos de un lado para otro, oculto en la sombra del peral que había junto a la cerca. ¡Azotarle a Dicky, azotar a su pequeño con una zapatilla! ¿Y por qué diablos le había pegado? Ni siquiera lo sabía. Había entrado de golpe en su cuarto... y el chiquito estaba allí en camisón. El papá de Dicky lanzó un gemido y se asió a la cerca. Y no había llorado. Ni siquiera una lágrima. Si al menos se hubiera puesto a chillar o se hubiese encolerizado... Pero aquel “¡papi!”. Y le pareció oír de nuevo el susurro tembloroso. Perdonarle así, de ese modo, sin decir palabra. Pero él mismo no se lo perdonaría nunca. No, nunca. ¡Cobarde!
       ¡Insensato! ¡Bruto! De pronto recordó aquella vez que Dicky, mientras jugaba con él se había caído de sus rodillas torciéndose la muñeca. Tampoco entonces había llorado. Y él acababa de vapulear a este pequeño héroe.
       “Tengo que hacer algo para arreglar esto”, se dijo Edward. Volvió a la casa y subió al cuarto de Dicky. El chiquito estaba en la cama. Sus obscuros cabellos de recto flequillo destacaban en la semipenumbra sobre la almohada blanquecina. Yacía inmóvil y tampoco ahora lloraba. Edward cerró la puerta y se acercó a él. Hubiera querido sollozar arrodillado junto a la cama del niño, pidiéndole que le perdonara. Y, como no podía hacer eso, se sintió embarazado y con el corazón encogido.
       —¿Todavía no duermes, Dicky? —le preguntó con aire indiferente.
       —No, papi.
       Edward fue hacia la cama y se sentó en ella. El niño se le quedó mirando a través de sus largas pestañas.
       —No ha sido nada, ¿verdad, chiquito?
       —No, papi.
       Edward extendió su mano y delicadamente tomó la manecita del niño.
       —No debes acordarte más de lo que acaba de suceder, hombrecito —dijo con voz ronca—. ¿Comprendes? Ya pasó todo. Todo se ha olvidado. No volverá a suceder jamás. ¿Me has entendido?
       —Sí, papi.
       —Y ahora lo que hay que hacer, chiquitín, es animarse y sonreír —concluyó Edward, mientras se esforzaba él mismo por hacerlo, aun cuando fuese con sonrisa trémula y exculpatoria—. A olvidarlo todo, ¿eh?, hombrecito, chiquitín...
       Dicky seguía inmóvil en su cama. Y aquello era terrible. El padre se incorporó y fue hacia la ventana. El jardín estaba casi en sombras. La criada había salido de la casa y estaba recogiendo a manotadas la ropa blanca tendida en los arbustos, que iba amontonando sobre el otro brazo. Pero en el firmamento sin límites brillaba la estrella vespertina. Y el árbol de la goma, destacando su sombra en la pálida claridad, movía suavemente sus hojas. Todo esto lo veía Edward, mientras su mano buscaba las monedas que llevaba en el bolsillo del pantalón. Y, sacándolas, tomó una, una pieza flamante de seis peniques, y volvió hacia la cama de Dicky.
       —Aquí tienes, chiquitín. Cómprate alguna cosa —dijo tiernamente dejando la moneda encima de la almohada.
       Pero ¿podría, ni siquiera aquello, toda una moneda de seis peniques, borrar lo ocurrido?



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