Katherine Mansfield
(Nueva Zelandia, 1888 - Francia, 1923)


Estampas primaverales (1915)
(“Spring Pictures”)
Something Childish and Other Stories
(Londres: Constable and Company Limited, 1924, 262 págs.)


I

      Llueve. Grandes gotas que salpican blandamente las manos y las mejillas. Goterones cálidos como estrellas derretidas. «¡Rosas! ¡Lirios! ¡Violetas!», grazna la vieja bruja en el arroyo. Pero los manojos de lirios, entre verdores escarolados, se asemejan a coliflores mustias, y de ellos se desprende un olor desagradable y enfermizo. Va y viene arrastrando el rechinante carretillo. Nadie quiere comprar aquello. Es necesario andar por en medio de la calle; no hay sitio en las aceras. Todas las tiendas están de bote en bote. Todas exhiben volantes andrajosos, encajes manchados, cintajos sucios; algo con que atraerle a uno. Han instalado fuera mesas con cañones de juguete, soldados y Zeppelines, o marcos para fotografías completados con bellezas que miran de soslayo. Hay enormes montones de amarillentos sombreros de paja, formando en pirámides de confitería, y ristras de botas de color y de zapatos, tan pequeños, que no le sirven a nadie. Hay una tienda repleta de saldos de pequeños impermeables, con un letrero —«Bebé»— en medio de ellos. Los azules para las niñas, los rosas para los chicos.
       —¡Lirios, rosas, bonitas violetas! —gorjeaba la vieja bruja en el momento de tropezar con otro carretillo.
       Pero éste no se mueve. Está abarrotado de lechugas, y su propietaria, una vieja gorda, duerme profundamente, tirada en él, todo a lo largo, con la nariz en las raíces de las hortalizas.
       ¿Quién va a comprar aquí nada? Las vendedoras son mujeres. Están sentadas en sus banquillos de tijera, pensativas, con la mirada perdida. De vez en cuando una de ellas se levanta, coge un plumero, como una antorcha humeante, y sacude esto o aquello. Luego vuelve a sentarse. Hasta el viejo con gafas color naranja, que tiene un balón por barriga y está dando vueltas al soporte de las postales cómicas, lo hace girar y girar sin decidirse.
       De improviso, en la tienda vacía de la esquina, empieza a tocar un piano, y un violín y una flauta se le unen. En las vidrieras de los escaparates se ha pintarrajeado: «Nuevas canciones.» «Primer piso.» «Entrada gratis.» Pero las ventanas del primer piso están abiertas y nadie se molesta en subir. La gente anda rondando por ahí, riéndose con sorna de las ásperas voces que flotan en la tarde cálida y lluviosa. A la puerta hay un hombre flaco con unas rotas zapatillas de orillo. En el ala averiada de su sombrero ha hincado una pluma; una pluma magnífica. Y ¡con qué arrogancia la lleva! Luce unas doradas charreteras, un levitín militar, guantes blancos de cabritilla y bastón dorado. Y cómo fanfarronea bajo aquel atuendo. Y qué amplia y rica le sale del pecho la voz. «¡Suban, suban! ¡Nuevas canciones! Todos son cantantes de reputación europea. La famosa orquesta no tiene igual. Puede estarse todo el tiempo que se quiera. Es una ocasión única en la vida. Si la pierde no volverá a encontrarla.» Mas nadie se mueve. ¿Para qué? Conocen de sobra aquellas muchachas, aquellas famosas artistas. Una va vestida de casimir crema y la otra de casimir azul. Ambas llevan sobre la oreja una rosa prendida en el cabello, obscuro y rizado. Conocen de sobra al pianista con botas de botones. La del pie izquierdo —la del pedal— abierta sobre el juanete del dedo gordo. Y al violinista que se muerde las uñas. Y los puños excesivamente largos del flautista. Todo eso es tan viejo como las nuevas canciones.
       Durante un buen rato la música sigue y la voz petulante continúa retumbando. Pero alguien ha bajado la escalera, y el voceador, sin perder su altivo empaque, desaparece. Cesan las voces. El piano, el violín y la flauta se van apagando y quedan en silencio. Sólo las cortinas del primer piso dan señales de vida al agitarse.
       Sigue lloviendo, empieza a obscurecer. ¡Rosas! ¡Lirios! ¿Quién quiere comprar violetas?


II

       ¿Qué esperas, desdichada? ¿Hembra sentimental, hembra caduca? Acaba de hacer saltar las cuerdas de ese piano. Terminaré loca con tu interminable matraqueo. Mi corazón y hasta mis leves pulsos laten siguiendo el compás. Es de mañana. Estoy tendida en mi lecho vacío; un lecho inmenso como una llanura, y tan frío e inhospitalario. A través de las persianas sube la claridad del sol reflejada por el río, y fluctúa en el techo con ondas temblorosas. Llega de fuera un martillear lejano y allá abajo, en la casa, bate una puerta remota abriéndose y cerrándose. ¿Es ésta mi habitación? ¿Esas ropas plegadas sobre la silla son las mías? Bajo la almohada, símbolo y emblema de la soledad femenina, el tictac del reloj. El timbre se pone a escandalizar. ¡Ah, por fin! Salto de la cama y corro a la puerta. ¡Toca más, más de prisa! ¿Qué esperas?
       —La leche, Mademoiselle —dice la portera mirándome con gravedad.
       —Ah, gracias —exclamo alborozada, agitando la botella—. ¿No ha habido carta para mí?
       —No, Mademoiselle.
       —Pero... ¿ha pasado ya el cartero?
       —Hace más de media hora, Mademoiselle.
       Cierra. Quédate un momento en el minúsculo pasillo. Escucha... escucha su odioso matraqueo. Adúlala, sedúcela, implórale hasta que, sólo por una vez, toque aquella encantadora cosita para una sola cuerda. Mas en vano.


III

       Al otro lado del río, por el angosto sendero de losas que bordea la orilla, camina una mujer. Baja las gradas del Quai despaciosamente, con una mano en la cadera. Hace una tarde hermosísima; el cielo es lila y el río del color de los pétalos de las violetas. A lo largo del sendero hay árboles grandes y resplandecientes, empapados de luces trémulas, y los botes que bailotean en el río envían densas oleadas espumeantes que van a morir casi a sus pies. La mujer se ha detenido, se ha vuelto de pronto y se ha reclinado contra un árbol, cubriéndose el rostro con las manos; está llorando. Luego se ha puesto a pasear de un lado a otro retorciéndose las manos. Por último ha vuelto a reclinarse contra el árbol, de espaldas a él, con la cabeza erguida y las manos enlazadas, como si se reclinara contra algo muy querido. Sobre los hombros lleva un chal gris, y con sus extremidades se cubre el rostro, mientras se mueve a uno y otro lado.
       Pero no se puede llorar eternamente; y al fin se torna grave y reposada. Se arregla los cabellos y las ropas y da unos pasos. ¡Ah!, ¡muy pronto; demasiado pronto! De nuevo vuelve a alzar los brazos, a agitarse. Otra vez se confunde con el tronco del árbol esbelto. En las casas aparecen cuadros de luz dorada. Los faroles del alumbrado público hacen relucir las hojas nuevas de los árboles. Amarillentos abanicos de luz iluminan los botes bailoteantes.
       Por un momento es una mancha que se destaca contra el árbol blanquecino, grisáceo y negruzco, hasta que éste se funde con las losas y las sombras. Entonces ella se esfuma.



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