Katherine Mansfield
(Nueva Zelandia, 1888 - Francia, 1923)


Baños turcos (1913)
(“Bains Turcs”)
Something Childish and Other Stories
(Londres: Constable and Company Limited, 1924, 262 págs.)


      —Tercer piso izquierda, Madame —dijo la cajera tendiéndome un ticket sonrosado—. Un momento, voy a llamar para que le preparen el ascensor.
       Su falda de raso negro se fue zarandeando por el vestíbulo oro y escarlata, y se detuvo junto a las palmeras artificiales. La cajera con su blanco cuello y empolvado rostro rematados por una masa de llameantes cabellos anaranjados, semejaba un hongo amarillento de puro maduro, brotando de un grueso y negro tallo. Llamó al timbre una y otra vez.
       —Mil perdones, Madame. Es una vergüenza. Se trata de un nuevo ascensorista. Será despedido esta semana.
       Con el dedo en el botón, miraba dentro del ascensor, como si esperara verlo tendido en el suelo de la jaula igual que un pájaro muerto.
       —Es vergonzoso.
       Salió de no sé dónde un minúsculo personaje disfrazado con una gorra de visera y unos sucios guantes de algodón.
       —Por fin aparece usted —le riñó—. ¿Dónde estaba? ¿Qué ha estado haciendo?
       Por toda respuesta el personaje ocultó su rostro tras un guante y estornudó dos veces.
       —¡Uf! ¡Repugnante! Suba a Madame al tercero.
       El enanito se hizo a un lado, se inclinó, y entró tras de mí, cerrando las puertas. Ascendimos muy lentamente con el acompañamiento de estornudos prolongados y entre silbantes sorbetones. Me dirigí a la parte superior de la gorra de visera:
       —¿Está usted resfriado?
       —Son las corrientes, Madame —replicó hablando por la nariz con tono de reprimido contento. Aquí no está uno seco nunca. Tercer piso, si hace el favor —concluyó, estornudando sobre mis diez céntimos de propina.
       Seguí un pasillo de baldosines decorado con anuncios de ropa blanca y de específicos para desarrollar los senos. Se me asignó una cabina de juguete, y una camisa estampada en azul, aconsejándome que me desvistiera y fuese a la cámara templada lo antes posible. A través de los tabiques de madera ensamblada, todo a lo largo del corredor, se oían gritos, risas y retazos de conversaciones.
       —¿Estás lista?
       —¿Vas a salir ya?
       —Espera hasta que vaya yo allí.
       —¡Berthe, Berthe!
       —Un momento, un momento. En seguida.
       Me desvestí pronta y descuidadamente, con la sensación de formar parte de un grupo de colegialas a quienes se hubiera dado suelta en una piscina.
       La cámara templada no era muy amplia. Por las paredes color de barro cocido corría una franja de pavos reales, y por el techo de vidrio se podía ver un cielo pálido e irreal como el de un fondo de fotógrafo. Había esparcidos algunos veladores con manoseadas revistas de modas; en un estanque de mármol, lirios amarillentos, y, sentadas en altas sillas cubiertas con toallas, numerosas damas con la apariencia de dichas lánguidas flores. Me tendí de espaldas con un paño sobre la cara, y aquella atmósfera con olor a selva, a circo romano y a colada, hizo que empezara a soñar. Sí, debía de ser algo muy atractivo el casarse con un explorador y vivir en la selva; siempre y cuando no disparara sobre ningún bicho viviente y no apresara ninguno tampoco. Detesto las fieras amaestradas. ¡Ay, esos circos ambulantes! La tienda de lona en el prado, y los chicos pululando y trepando a la valla para ver los carromatos o al payaso que se maquilla ante un cacho de espejo colocado sobre una rueda del carro. Y el órgano de vapor tocando La madreselva y la abeja a paso de carga, una y otra vez. Ya sé lo que esa música me recuerda: un juego de «haz lo que yo haga» entre ropas colgadas a secar.
       La puerta se abrió, y entraron dos mujeres altas y rubias con batas a cuadros rojos y blancos, que tomaron asiento frente a mí. Una de ellas llevaba una caja de mandarinas envueltas en papel de plata, y la otra un estuche de manicura. Eran muy robustas, tenían caras risueñas y atrevidas y magníficas matas de pelo rubio exquisitamente cepilladas.
       Antes de tomar asiento echaron una ojeada en derredor, mirando a las otras mujeres de arriba abajo, volviéndose la una hacia la otra, riéndose con malicia y cuchicheando. Una de ellas dijo, ofreciendo a su compañera la caja:
       —¿Quieres una mandarina?
       Al decir esto, se echaron a reír de tal modo que quedaron acostadas de espaldas y estremecidas. Y cada vez que se miraban la una a la otra la risa estallaba otra vez.
       —Ay, esto sí que es estupendo —exclamó una de ellas enjugándose los ojos con mucho cuidado; sólo los lagrimales—. Tú y yo venimos aquí muy serias, ya sabes, muy correctas, miramos en torno de la habitación, y... y... como resultado de nuestra cuidadosa inspección, te ofrezco una mandarina. Ay, es demasiado cómico. Tengo que recordarlo. Es como para un número de music-hall. «¿Quieres una mandarina?»
       —Pero no puedo comprender —dijo la otra— por qué las mujeres tienen un aspecto tan horrible en los baños turcos. Parecen bistecs en camisa. ¿Será cosa de las mujeres o de la atmósfera? Mira aquélla, por ejemplo, aquella flacucha que está leyendo un libro y sudando a todo sudar. Y aquellas dos del rincón que discuten si deben o no deben decir a sus nenes aún en ciernes cómo nacen los niños. Y... ¡cielos! mira a esa que entra. ¡Toma la caja, hija mía! ¡Coge todas las mandarinas!
       La recién llegada era bajita: una mujer pequeña, robusta y patiblanca; el pelo oculto bajo una gorra de baño impermeable. Se puso a andar de un lado para otro, balanceando los brazos, con afectado descuido, mirando despectivamente a las mujeres que reían. Llamó para que viniese la empleada y, casi inmediatamente, apareció Berthe, medio desnuda y salpicada de espuma de jabón.
       —¿Qué quiere, Madame! No tengo tiempo...
       —Haga el favor de traerme una toalla de manos —dijo la gorrita impermeable en alemán.
       —Perdón. No entiendo. ¿No habla francés?
       —No.
       —Berthe —chilló una de las rubias—. ¿Quiere una mandarina? Oh, mon Dieu, voy a morirme de risa.
       La gorrita impermeable hizo la pantomima de estar mojada y frotar para secarse. Verstehen Sie?.
       —Mais non, Madame —dijo Berthe mirándola con los ojos muy abiertos y chispeantes de risa.
       Dejó a la gorrita impermeable, hizo un guiño a las rubias, fue hacia ellas, y, palpándolas como si fueran un par dé volátiles de precio, exclamó:
       —Ustedes lo están haciendo muy bien —luego desapareció de nuevo.
       La gorrita impermeable se sentó en el borde de una silla, arrebató de la mesa un periódico de modas, alisó las páginas crujientes e hizo como si leyera, en tanto las rubias comían mandarinas recostadas en sus sillas y arrojaban las pieles al estanque de los lirios. Un olor a fruta, fresco y penetrante, flotaba en el aire. Miré en torno, a las otras mujeres. Sí, estaban horribles; tendidas de espaldas, rojizas y húmedas, la mirada vacía, el cabello lacio. Los escasos restos de energía que les quedaban los invertían indignándose gazmoñamente con la conducta de las dos rubias. Súbitamente me di cuenta de que la gorrita impermeable estaba mirándome por encima del periódico de modas, y de modo tan intenso que, emprendiendo la huida, entré en la cámara caliente. Pero en vano. Ella me siguió y se me plantó delante.
       —Sé que usted habla alemán —me dijo confidencial y confiadamente—. Lo acabo de leer en sus ojos. ¿No es escandaloso que la encargada me haya negado una toalla? Voy a decírselo al gerente y haré que mi marido les escriba una carta esta misma tarde. Hay cosas que está mejor que las hagan los hombres, ¿verdad? No —añadió frotándose sus brazos amarillentos—, no había estado nunca en un sitio tan escandaloso como éste. Y cuatro cincuenta. Naturalmente, no daré propina. ¿Usted la daría? ¿Después del escándalo de la toalla? No. Y también me están dando ganas de quejarme de esas dos. Esas que están allí, comiendo y riéndose. ¿Sabe usted quiénes son? No son mujeres honradas —añadió moviendo la cabeza—, se puede asegurar con sólo mirarlas. Al menos yo lo aseguraría, y cualquier mujer casada también. No son sino un par de mujeres del arroyo. En mi vida se me ha insultado de ese modo. ¡Reírse de mí, fíjese usted! Unas puercachonas como ésas. Y no he sudado como debiera, sólo por ellas. Me he enfadado tanto, que el sudor en vez de salir afuera se me ha retirado. Ya sabe que eso ocurre a veces, cuando una se excita. Y ahora, en lugar de curarme el resfriado, no tendría nada de particular que empezara a tener fiebre.
       Anduve dando vueltas por la cámara caliente, desesperada y perseguida por la gorrita impermeable, hasta que las dos rubias entraron y, al verla, se echaron otra vez a reír a carcajadas. Ella, para mi mayor contrariedad, se puso a andar de lado, mirándome, riéndose significativamente y torciendo la boca.
       —No me importa —dijo con su horrible vocecilla alemana—. Sería rebajarme demasiado el prestar atención a un par de mujeres del arroyo. Si mi marido lo supiera, no lo consentiría. Es terriblemente quisquilloso. Llevamos seis años casados. Vinimos de Pfalzburg, una ciudad muy bonita. Tengo cuatro hijos vivos y es precisamente para reponerme del golpe que sufrí con el quinto, por lo que vengo aquí. El quinto —me susurró, andando sigilosamente tras de mí— era una criatura sana y hermosa cuando nació, pero no llegó a respirar. Bueno, después de nueve meses una mujer no puede menos de sentirse decepcionada. ¿No le parece?
       Fui hacia la cámara de vapor.
       —¿Va a entrar? —inquirió—. En su lugar no entraría. Ésas dos están ahí; pueden creerse que quiere usted hacer amistad con ellas. No sabe una nunca cómo son esas mujeres.
       Salían en aquel momento, envolviéndose en sus túnicas afelpadas, y pasaron ante la gorrita impermeable como reinas desdeñosas.
       —¿Se ya a quitar la camisa en la cámara de vapor? A mí no me importa, ¿sabe usted? La mujer es mujer, y además, si lo hiciera, yo no tengo por qué mirarla. La comprendo; yo era también así. Podría apostar —añadió furiosa— que esas dos cochinas se han estado mirando a placer. ¡Puah!, mujeres así... No puede una darse por ofendida. Y son espantosas, ¿verdad? Tan descaradas y con todos esos cabellos postizos. ¿Y ese estuche de manicura que llevaba una de ellas con aplicaciones de oro? Bueno, no creo que sea oro de ley, pero me parece de mal gusto traerlo. Lo menos que puede hacer una es cortarse las uñas en privado, ¿no le parece? No acabo de comprender —prosiguió— lo que ven los hombres en estas mujeres. No, lo que necesita una mujer es marido, hijos y un hogar de que cuidarse. Y eso es lo que dice mi esposo. ¿Puede usted imaginar a una de esas pécoras pelando patatas o comprando carne? Pero ¿se va ya?
       Corrí a buscar a Berthe, y durante todo el tiempo que me estuvo enjabonando, frotando y rociando, hasta que al fin me lancé a la pila de agua fría, no pude apartar de mi pensamiento la fea y desdichada imagen de la alemanita con su marido y los cuatro hijos, despotricando contra las dos beldades que no habían pelado nunca patatas ni sabían comprar carne. En la antecámara las volví a encontrar. Estaban vestidas de azul. Una se sujetaba con alfileres un manojo de violetas, y la otra se abotonaba un par de guantes de piel de Suecia color marfil. Charlaban, con las pieles y los encantadores sombreros de plumas puestos ya.
       —Sí, ahí están —dijo una voz a mi lado.
       Y allí estaba la gorrita impermeable transformada. Una blusa a cuadros azules y blancos con cuello de crochet; el breve talle y las anchas caderas de las mujeres alemanas, y en la cabeza un horrible nido de pájaros que en Pfalzburg sin duda llamarían Reisehut.
       —¿Cómo cree usted que puedan comprarse ropas así? ¡Qué espantosas y despreciables criaturas! ¡Vamos! Bastaría con verlas para hacer que una jovencita pensara despacio las cosas.
       Y cuando las dos salieron de la antecámara, la gorrita impermeable se las quedó mirando con su rostro demacrado, todo ojos y boca, como la cara de un niño hambriento frente a la mesa donde no puede sentarse.



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