Katherine Mansfield
(Nueva Zelandia, 1888 - Francia, 1923)


El viaje (1921)
(“The Voyage”)
Originalmente publicado en la revista Sphere (24 de diciembre de 1921);
The Garden Party and Other Stories
(Londres: Constable & Company Limited, 1922, 276 págs.)


      El barco de Picton salía a las once y media. Hacía una noche muy hermosa, templada, estrellada, y sólo cuando se apearon del taxi y empezaron a bajar por el muelle viejo que se adentraba en el puerto, una débil brisa que soplaba del mar jugueteó con el sombrero de Fenella, y tuvo que sostenerlo con la mano para que no le volase. En el muelle viejo todo estaba oscuro, muy oscuro; los cobertizos de la lana, los carromatos para el transporte del ganado, las grúas que se erguían muy alto, la locomotora bajita y rechoncha, todo parecía tallado en la solidez de la oscuridad. Acá y acullá un hato redondo de madera parecía el tallo de una enorme seta negra; más lejos una linterna, amedrentada de lanzar su luz tímida y zozobrante por toda aquella oscuridad, quemaba apaciblemente, como si sólo se diese luz a sí misma.
       El padre de Fenella les llevaba con pasos rápidos y nerviosos. Tras él, su abuela se afanaba bajo el crujiente capote negro; iban tan aprisa que de vez en cuando tenía que dar unos saltitos absolutamente ridículos para seguirles el paso. Además del equipaje atado como una salchicha, Fenella también llevaba, cogido con fuerza, el paraguas de la abuela, cuya empuñadura, que era una cabeza de cisne, le iba dando unos agudos golpecitos en el hombro, como si también quisiera que se apresurase… Hombres con gorras caladas hasta las cejas y el cuello de los chaquetones vuelto hacia arriba pasaban con paso vacilante; unas pocas mujeres muy tapadas se escabullían presurosas; y un niñito muy pequeño, que sólo mostraba las piernecitas y los bracitos negros saliendo de una manta blanca de lana, mientras iba pasando violentamente de los brazos de su padre a los de su madre; parecía una mosca diminuta caída en la nata.
       Luego, de pronto, tan inesperadamente que Fenella y su abuela dieron un brinco, desde detrás del mayor de los cobertizos para la lana, del que salía una columnita de humo, se oyó un “¡Buuuuuuu!”
       —Es el primer pitido —dijo secamente su padre, y en aquel instante quedó ante ellos el barco de Picton. Amarrado al oscuro muelle y cubierto, engalanado, de lucecitas redondas y doradas, el barco de Picton daba más la impresión de tener que salir navegando hacia las estrellas, que por el frío mar. La gente se apretujaba en la pasarela. Primero subió la abuela, luego su padre, y en último lugar Fenella. Al final había un escalón muy alto que daba a la cubierta, y un marino entrado en años con un jersey esperaba allí y le dio su mano reseca y callosa. Ya habían llegado; se apartaron un poco para que la gente pudiese pasar y, de pie bajo una escalerilla de hierro que conducía al puente superior, empezaron a despedirse.
       —¡Tome, madre, ahí tiene su equipaje! —dijo el padre de Fenella, entregando a la abuela otro paquete que parecía una salchicha.
       —Gracias, Frank.
       —¿Tiene bien guardados los billetes del camarote?
       —Sí, hijo.
       —¿Y los otros billetes?
       La abuela los buscó dentro del guante y luego le enseñó a su hijo una esquinita.
       —Así me gusta.
       Parecía adusto, pero Fenella, que le observaba con ansiedad, advirtió que estaba cansado y triste. “¡Buuuuuuu!”, retumbó el segundo aviso justo encima de su cabeza, y una voz que parecía un sollozo gritó:
       —¿Queda alguien por bajar?
       Fenella vio que los labios de su padre se movían:
       —Déle un abrazo muy fuerte a padre.
       Y su abuela, muy agitada respondió:
       —De tu parte, hijo. Anda ve. Que no podrás bajar. Ve ya, Frank. Baja.
       —No se preocupe, madre. Todavía faltan tres minutos.
       Y, ante su gran sorpresa, Fenella vio que su padre se quitaba el sombrero, y daba un fuerte abrazo a la abuela, apretándola con fuerza.
       —¡Que Dios la bendiga, madre! —le oyó decir.
       Y la abuela puso la mano, con el guante de tela negra que estaba algo raído en el lugar del anillo, sobre su mejilla, y sollozó:
       —¡Ve con Dios y sé valiente, hijo!
       Aquello era tan tremendo que Fenella se apresuró a darles la espalda y tragó saliva una vez, dos veces, y tuvo que mirar frunciendo el ceño una estrellita verde que lucía en lo alto del mástil. Pero tuvo que volver a girarse: su padre se iba ya.
       —Adiós, Fenella. Pórtate bien. —Su bigote frío y húmedo le rozó la mejilla. Pero Fenella le tomó por las solapas del abrigo.
       —¿Cuánto tiempo voy a quedarme con la abuelita? —le susurró inquieta. Pero su padre no quería mirarla. La apartó suavemente, y dijo cariñoso:
       —Ya veremos. ¡Toma! Abre la mano. —Y le puso algo en la palma—. Toma un chelín, por si lo necesitas.
       ¡Un chelín! ¡Debía irse para siempre!
       —¡Papá! —gritó Fenella. Pero ya se había ido. Fue el último en bajar del barco. Los marinos arrimaron el hombro a la pasarela y la sacaron. Un rollo de soga negra salió volando por los aires y cayó con un “plaf” en el muelle. Sonó una campana; pitó un silbato. Silenciosamente el muelle en sombras empezó a deslizarse, alejándose, apartándose de ellos. Ahora el agua formó un torbellino entre el barco y el muelle. Fenella hizo un esfuerzo por calar en la oscuridad. “¿Era su padre aquel que se volvía, o el que agitaba la mano, o el que estaba a un lado, solo, o tal vez aquel que se alejaba caminando?” La franja de agua se fue ensanchando, dada vez más oscura. El barco de Picton empezó a girar en redondo, poniendo proa hacia el mar abierto. Ya no servía de nada mirar. Lo único que se divisaba eran algunas luces, una cara del reloj del ayuntamiento suspendida en la noche, y más luces, como si fuesen manchas luminosas, arriba, en las oscuras colinas.
       La refrescante brisa jugueteó con las faldas de Fenella, que regresó junto a la abuela. Vio con gran alivio que su abuela ya no estaba triste. Había colocado los dos bultos asalchichados del equipaje uno sobre otro, y estaba sentada encima, con las manos juntas y la cabeza un poco decantada hacia un lado. Su rostro tenía un aspecto concentrado y brillante, y Fenella advirtió que movía los labios, por lo que adivinó que estaba rezando. Pero la anciana le dirigió un gesto de asentimiento como si quisiera decirle que ya casi había concluido sus rezos. Desunió las manos, suspiró, las volvió a juntar, se inclinó hacia adelante, y por fin, con una ligera sacudida, volvió a la realidad.
       —Y ahora, hija —dijo, tocándose el lazo de las cintas del gorro—, creo que deberíamos ocuparnos de encontrar el camarote. No te separes de mí y ten cuidado de no resbalar.
       —Sí, abuela.
       —Y vigila que los paraguas no se te enganchen en la barandilla. Cuando venía vi cómo se rompía un paraguas estupendo aquí mismo.
       —Sí, abuela.
       Las siluetas oscuras de los hombres se recortaban contra las barandillas. En el destello de las pipas se podía divisar una nariz, o la visera de una gorra, o un par de cejas llenas de sorpresa. Fenella levantó la mirada. Arriba, en lo alto, una figura diminuta, con la mano metida en el bolsillo de su chaquetilla corta, oteaba el mar. El barco se balanceaba imperceptiblemente, y le pareció que las estrellas también se mecían al mismo ritmo. De pronto un pálido camarero, con chaqueta de hilo, salió de una puerta profusamente iluminada sosteniendo una bandeja en la palma de la mano, y pasó junto a ellas. Se metieron por aquella puerta. Franqueando cuidadosamente el alto umbral revestido por una chapa de latón, pisaron una alfombrilla de goma y empezaron a bajar unas escaleras tan empinadas que la abuela tuvo que ir poniendo ambos pies en cada escalón, y Fenella se agarró a la pegajosa barandilla de metal olvidándose por completo del paraguas con la empuñadura en forma de cabeza de cisne.
       Una vez abajo su abuela se detuvo; Fenella tuvo miedo de que volviese a ponerse a rezar. Pero no, sólo quería sacar los billetes del camarote. Se hallaban en el salón. Estaba tremendamente iluminado y hacía un calor asfixiante; se olía a una mezcla de pintura, chuletas quemadas y caucho. Fenella hubiera deseado que su abuela prosiguiese el camino, pero la anciana no tenía la menor intención de apurarse. Acababa de divisar una inmesa canasta con bocadillos de jamón. Se acercó y tocó suavemente uno con la puntita del dedo.
       —¿Cuánto valen estos bocadillos? —preguntó.
       —¡Dos peniques! —vociferó un rudo camarero, colocando sobre el mostrador un cuchillo y un tenedor con un fuerte golpe.
       Su abuela apenas podía creérselo.
       —¿Dos peniques cada uno? —preguntó.
       —Exactamente —replicó el camarero, guiñándole el ojo a su compadre.
       La abuela hizo una mueca de incredulidad y sorpresa. Y luego susurró al oído de Fenella:
       —¡Qué disparate! —y ambas continuaron hacia la otra puerta, y por un pasillo con puertas de camarotes a ambos lados. Una camarera de lo más amable salió a su encuentro. Iba toda vestida de azul, y llevaba el cuello y los puños abrochados con grandes botones metálicos. Parecía conocer bien a la abuela.
       —Bien venida, señora Crane —dijo, abriéndoles el lavabo empotrado—. Ya veo que la volvemos a tener con nosotros. Y no siempre se permite el lujo de tomar camarote.
       —No —respondió la abuela—. Pero esta vez mi hijo se ha ocupado de todo y…
       —Espero… —empezó a decir la camarera. Pero al volverse descubrió con pesadumbre el vestido negro de la abuela y la falda y el abrigo negro de Fenella, la blusa negra y el sombrerito con una rosa de crespón.
       La abuela asintió.
       —Dios lo ha querido así —dijo.
       La camarera cerró los labios y, suspirando profundamente, pareció que fuese a hincharse.
       —Yo siempre digo —añadió, como si hubiese hecho un gran descubrimiento— que antes o después todos tenemos que seguir el mismo camino, ésta es la pura verdad. —Se detuvo—. ¿Quiere que le traiga algo, señora Crane? ¿Una taza de té? Ya sé que no hay modo de que acepte algo para quitarse el frío.
       La abuela denegó con la cabeza.
       —No, nada, muchas gracias. Tenemos unos bizcochos borrachos y Fenella tiene un plátano enorme.
       —Ya vendré luego a ver si están bien instaladas —dijo la camarera, y salió cerrando la puerta.
       ¡El camarote era tan pequeño! Era como si la hubiesen encerrado en una caja con la abuela. El oscuro ojo de buey situado sobre el lavabo las miraba perezosamente. Fenella se sentía cohibida. Permaneció apoyada contra la puerta sin soltar el equipaje ni el paraguas. ¿Cómo iban a desvestirse allí dentro? Su abuela ya se había quitado el gorro y, arrollando las cintas, las clavó a la tela con un alfiler antes de colgarlo. Su pelo canoso relucía como si fuese de seda; el moñito que llevaba en la nuca estaba cubierto por una redecilla negra. Fenella casi nunca había visto a su abuela con la cabeza descubierta; tenía un aspecto raro.
       —Me voy a poner la gorrita de lana que tu querida mamá me tricotó —dijo la abuela y, desatando la salchicha sacó la gorrita y se la puso; la orla de grises ondulaciones bailaba sobre sus cejas y la abuela sonrió a Fenella con cariño y tristeza. Luego se desabrochó la chaqueta, y otra cosa que llevaba debajo, y otra más debajo de aquélla. Luego vino un corto y enconado forcejeo, y la abuela se ruborizó levemente, ¡zas, zas!, se acababa de desabrochar el corsé. Dio un suspiro de alivio y, sentándose en el mullido sofá, se quitó, lenta y cuidadosamente, las botas con bandas elásticas a los lados y las colocó una al lado de la otra.
       Mientra Fenella se quitaba el abrigo y la falda y se ponía la bata de franela, la abuela terminó sus preparativos.
       —¿Tengo que quitarme las botas, abuelita? Es que van abrochadas con cordones hasta arriba.
       La abuela las examinó un momento con suma atención.
       —Creo, hijita —dijo—, que te sentirás mucho más cómoda si te las quitas. —Y besó a Fenella—. No te olvides de rezar. Nuestro Señor está en todas partes, y aún más cuando vamos en barco que cuando estamos en tierra firme. Como soy viajera de mucha experiencia —añadió animadamente— tomaré la litera de arriba.
       —Pero, abuela, ¿cómo te lo vas a hacer para subir?
       Lo único que Fenella podía ver eran tres peldaños verticales. La anciana soltó una risita sorda y se encaramó ágilmente. Una vez en la litera superior miró hacia abajo a la sorprendida Fenella.
       —¿A que no creías que la abuelita fuese capaz de hacer esto? —dijo. Y mientras se estiraba en la litera Fenella oyó que volvía a reír.
       Aquella pastilla de jabón pardusco no había modo de que hiciese espuma, y el agua de la botella era una especie de gelatina azul. Y qué difícil resultaba doblar aquellas sábanas acartonadas; tenía que limitarse a introducirse entre ambas. Si todo hubiese sido distinto tal vez Fenella se habría puesto a reír… Por fin consiguió meterse dentro, y mientras yacía jadeando ligeramente, oyó un susurro prolongado y suave que llegaba desde arriba, como si alguien anduviera buscando algo con mucho cuidado entre papeles de seda. La abuela estaba rezando…
       Pasó un largo rato. Luego entró la camarera; anduvo sigilosamente y apoyó una mano en la litera de la abuela.
       —En este momento entramos en el estrecho —dijo.
       —¡Ah!
       —Hace una noche espléndida, pero vamos algo vacíos. Quizá bailemos un poco.
       Y, efectivamente, en aquel mismo instante el barco de Picton pareció levantarse más y más en el aire y quedar suspendido el tiempo suficiente como para sentir un escalofrío, antes de volver a descender, y se oyó el sonido de las gruesas olas rompiendo a babor y estribor. Fenella recordó que había dejado el paraguas con la empuñadura en forma de cabeza de cisne de pie sobre el sofá. ¿Se rompería si caía? Pero la abuela también lo recordó en el mismo instante.
       —Camarera, ¿me haría el favor de poner el paraguas tendido sobre el sofá? —murmuró.
       —Naturalmente, señora Crane —respondió ella y, volviéndose a acercar a la abuela, susurró—: Su nietecita está durmiendo como una angelito.
       —Gracias a Dios —dijo la abuela.
       —Pobre huerfanita —murmuró la camarera. Y Fenella cayó dormida mientras la abuela todavía estaba contando a la camarera todo lo que había sucedido.
       Pero no tuvo tiempo de dormir lo bastante para poder soñar porque despertó ante algo que se balanceaba en el aire sobre su cabeza. ¿Qué podía ser? Era un piececito gris. Y fue seguido de otro. Parecían estar buscando algo; se oyó un suspiro.
       —Estoy despierta, abuela —dijo Fenella.
       —Ah, hijita, ¿dónde anda la escalera? —preguntó la abuela—. Pensaba que estaba de este lado.
       —No, abuela, está en el otro. Ahora te pongo el pie en el escalón. ¿Ya hemos llegado? —preguntó Fenella.
       —Estamos entrando en el puerto —respondió su abuela—. Tenemos que levantarnos, hija. Más valdrá que te comas un bizcocho antes de levantarte, así tendrás algo sólido en el estómago.
       Pero Fenella ya había saltado de la litera. La lámpara todavía estaba encendida, pero la noche ya había concluido y hacía frío. Mirando por el ojo de buey distinguió a lo lejos unas rocas. Ahora quedaron cubiertas por una capa de espuma; luego una gaviota cruzó revoloteando; y por fin vislumbró un trozo de tierra firme.
       —Ya se ve tierra, abuela —dijo Fenella, maravillada, como si hiciese semanas que navegaban.
       Se abrazó con fuerza, y frotóse una pierna con los dedos del otro pie; estaba tiritando. Ultimamente todo había sido tan triste. ¿Cambiarían ahora las cosas? Pero lo único que dijo su abuela fue:
       —Anda, hijita, date prisa. Le daré el plátano a la camarera, ya que no te lo has comido.
       Y Fenella se volvió a poner las negras ropas, y un botón de los guantes le saltó y fue a caer en donde no podía alcanzarlo. Luego subieron juntas a cubierta.
       Si en la cabina hacía frío, afuera el tiempo era verdaderamente helado. El sol todavía no había salido, pero las estrellas palidecían ya, y el cielo frío y pálido tenía el mismo color del mar helado y lívido. Sobre la costa levantábase y volvía a caer una neblina lechosa. Empezaban a distinguirse con bastante nitidez los oscuros matojos. Incluso se apreciaban las formas de los colgantes helechos, y de estos extraños árboles plateados y ajados que parecen esqueletos… Luego apareció la plataforma del desembarcadero y algunas casitas, también pálidas, arracimadas unas junto a otras, como las conchas en la tapa de una caja. Los otros pasajeros paseaban por cubierta, pero más lentamente que la noche anterior, y su aspecto era macilento.
       Ahora la plataforma del desembarcadero se les fue acercando. Nadó lentamente hacia el barco de Picton, y apareció un hombre sujetando el cabo de una soga, y un carro con un caballito cabizbajo y también otro hombre sentado en un escalón.
       —Mira, Fenella, es el señor Penreddy, que ha venido a buscarnos —dijo la abuela. Parecía contenta. Sus mejillas cerúleas se habían vuelto azuladas a causa del frío, la barbilla le tiritaba, y no paraba de enjugarse los ojos y la naricita rosada.
       —¿Tienes mi…?
       —Sí, abuela —respondió Fenella mostrándole el paraguas.
       La soga cruzó silbando por el aire y, plaf, cayó sobre cubierta. La pasarela fue arriada. Y Fenella siguió otra vez a su abuela por el muelle hacia el carrito, y al cabo de un instante ya estaban traqueteando. Las herraduras del caballito resonaron sobre los tablones del muelle y luego se hundieron suavemente en el camino de arena. No se veía ni un alma; no había ni una plumilla de humo en las chimeneas. La neblina se levantaba y volvía a caer, y el mar todavía parecía adormecido mientras lamía la playa cansinamente.
       —Ayer vi al señor Crane —dijo el señor Penreddy—. Y bien que se encontraba. Mi mujer le coció una gorda de tortas la semana pasada.
       El caballito se había detenido frente a una de las casas que eran como conchas arracimadas. Bajaron del carro. Fenella apoyó la mano sobre el portillón de la verja y las gruesas y temblequeantes gotas de rocío le empaparon las puntas de los guantes. Subieron por un senderito hecho de blancos guijarros, con flores húmedas y dobladas a ambos lados. Los delicados claveles blancos de la abuela estaban tan empapados de rocío que se habían encorvado, pero su perfume formaba parte de la fría mañana. La casita tenía las persianas echadas; subieron los escalones que daban a la terraza. A un lado de la puerta había un par de viejas botas de goma, al otro una gran regadera roja.
       —¡Chist, chist! El abuelo —dijo la abuela. Y abrió la puerta. No se oía ningún ruido—. ¡Walter! —llamó. E inmediatamente una voz profunda que les llegaba algo amortiguada respondió:
       —¿Eres tú, Mary?
       —Espera, hija —dijo la abuela—. Espérate ahí —dijo empujando suavemente a Fenella hacia la salita de estar envuelta en la penumbra.
       Sobre la mesa, un gato blanco, que había estado durmiendo doblado como un camello, se levantó, se desperezó y saltó sobre la punta de sus patitas. Fenella hundió una de sus heladas manitas en el pelo blanco y cálido y sonrió tímidamente mientras acariciaba al animal y escuchaba el murmullo de la voz cariñosa de la abuela y el vozarrón profundo del abuelo.
       Se oyó chirriar una puerta.
       —Anda, entra —dijo la abuela. Y Fenella la siguió. Acostado a un lado del lecho inmenso estaba el abuelo. Sólo se le veía la cabeza con un mechón de pelo blanco, la cara sonrosada y la larga barba plateada asomando por encima del cobertor. Parecía un pájaro muy viejo y vivaracho.
       —¡Vaya, Fenella! —dijo el abuelo—. ¡Dame un beso! —Fenella le besó—. ¡Uy! —exclamó el abuelo—, tiene la nariz fría como un botón. ¿Y qué es eso que lleva en la mano? Ah, el paraguas de la abuela.
       Fenella volvió a sonreír y colgó el cuello del cisne de la barandilla a los pies de la cama. Sobre la cabecera había un verso escrito en gruesos trazos y con un marco negro:

¡Perdida! ¡Una hora de oro
con sesenta minutos de diamante.
Pero no se ofrece recompensa
pues se ha ido para SIEMPRE!

—Fue tu abuela quien lo escribió —dijo el abuelo, y agitó aquel mechón blanco mirando a Fenella de un modo tan divertido que la niña casi creyó que le había hecho un guiño.


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