Katherine Mansfield
(Nueva Zelandia, 1888 - Francia, 1923)


El viejo Underwood (1913)
(“Ole Underwood”)
Originalmente publicado en la revista Rhythm, Núm. 12 (enero de 1913);
Something Childish and Other Stories
(Londres: Constable and Company Limited, 1924, 262 págs.)


(A Anne Estelle Rice)

      Descendía a grandes trancos del cerro batido por el vendaval. En una mano llevaba un paraguas negro, y en la otra un hatillo hecho con un pañuelo moteado de blanco y encarnado. Usaba la negra gorra de visera de los pilotos; aros de oro relucientes pendían de sus orejas y sus ojillos chispeaban como dos brasas; dos brasas entre las cenizas de su cara barbuda. A un lado del cerro, todo a lo largo del camino hasta el mar, pinares. Del otro, matojos de hierba y blancos y pequeños arbustos de manuka en flor. Las altas copas de los pinos bramaban como las olas, y sus troncos crujían como crujen las arboladuras de las embarcaciones. Las blancas flores de manuka revoloteaban en el aire. “¡Ah!”, gritaba el viejo Underwood amenazando con su paraguas al vendaval que arremetía contra él, que estaba a punto de derribarlo, de estrangularlo con su propia capa negra. “Ahh”, respondía el viento cien veces más fuerte que él, llenándole de polvo la boca y la nariz. El viejo Underwood sentía dentro de sí algo que golpeaba como un martillo: “Uno, dos; uno, dos”, sin parar nunca, sin variar jamás. No podía evitarlo. No era un ruido fuerte, casi no era un ruido, sino como alguien que llamara cautelosamente a una puerta. “Uno, dos; uno, dos.” Como si alguien golpeara las rejas de una prisión —pam, pam, pam—: alguien que estuviera encerrado y tratara de escaparse. Podía hacer lo que quisiera; palparse sus ropas, agitar los brazos, escupir, jurar. No podía acallar aquel ruido. “Alto, alto, alto, alto”, repetía el viejo Underwood echando a correr a trompicones.
       Allá abajo las olas se estrellaban contra los pétreos malecones y la pequeña ciudad, casi a su alcance, se apiñaba para enfrentarse mejor con las aguas grisáceas. Arriba, al otro lado del cerro, el presidio con sus altos muros rojizos. Y combado sobre todo aquello, el firmamento gris con rezumantes nubéculas negras que semejaban telas de araña.
       Al irse acercando a la ciudad, el viejo Underwood moderó el paso. Y al llegar a las primeras casas se puso a menear el paraguas como si fuese el bastón de un heraldo, sacando el pecho y mirando bruscamente a uno y otro lado. Daban acceso a la ciudad unas feas casuchas de madera con dos ventanas, una puerta, un veranda raquítica y una verde alfombra de césped delante. Bajo una de aquellas verandas, unas gallinas cobrizas se apretujaban huyendo del viento. “¡Sus!”, les gritó el viejo Underwood, y se echó a reír al ver cómo escapaban. Y se volvió a reír al ver a una mujer que salió a la puerta y le amenazó con el puño, un puño encarnado y jabonoso. En el corral de otra casa había una niñita desenredando unos trapos de un tendedero. Cuando vio al viejo Underwood, dejó caer el tenderete y se precipitó hacia la puerta, golpeándola y gritando: “¡Mami, mami!” Esto dio nuevo impulso al martillo que llevaba en su corazón. “¡Ma-mi, ma-mi!” Vio un semblante arrugado, los cabellos grises y el mentón tembloroso, que se asomaba por una ventana cuando a el se lo llevaban. “¡Mami, ma-mi!” Alzó la vista hacia el caserón rojo del penal encaramado en el cerro, y su rostro se contrajo como si fuera a echarse a llorar.
       En la esquina había un bar. Ante él varios carros estacionados, y algunos hombres que se sentaban en el porche bebiendo y charlando. El viejo Underwood tenía ganas de echar un trago y se deslizó dentro.
       Hombres jóvenes y viejos con grandes chaquetones, altas botas y látigos para el ganado, ocupaban medio local. Tras del mostrador, una muchacha gruesa y pelirroja manipulaba las manivelas de la cerveza y animaba a los bebedores. El viejo Underwood se escurrió hacia un lado como un gato. Nadie le miró; pero los hombres sí se miraban unos a otros y algunos se daban con el codo. La muchacha, que servía a un cliente, movió la cabeza e hizo un guiño. Sacó algunas monedas del pañuelo anudado y las deslizó sobre el mostrador. Su mano temblaba y no dijo palabra. La muchacha no se dio por enterada. Fue sirviendo a todos, siguió charlando, y, luego, como por casualidad, empujó hacia él un vaso de cerveza. Había un gran jarro con claveles rojos sobre el mostrador, y el viejo Underwood se los quedó mirando con ceño fruncido mientras bebía. “Rojo, rojo, rojo, rojo”, golpeaba el martillo. El bar estaba caldeado y tan tranquilo como una balsa, a no ser por las conversaciones y por la muchacha que seguía riéndose. “¡Ja, ja!” Y eso era lo que gustaba a los hombres; porque al reír echaba hacia atrás la cabeza y sus grandes pechos se alzaban y estremecían.
       En un rincón había un forastero que señaló hacia el viejo Underwood.
       —Está chiflado —explicó un hombre—. De joven, hace unos treinta años, uno le birló la mujer y al descubrirlo la mató. Se ha pasado veinte años allá arriba a la sombra y salió chiflado.
       —¿Quién se la birló?
       —No sé, él no lo sabe, nadie lo sabe. Fue marino hasta que se casó. Está enteramente chiflado.
       El hombre se encogió de hombros, escupió, y esparciendo con el pie el escupitajo en el suelo, añadió:
       —Bastante inofensivo.
       El viejo Underwood lo oyó, pero no se volvió a mirar. Estiró su vieja zarpa y estrujó los claveles rojos.
       —¡Eh, eh, viejo bruto! ¡Eh, eh, viejo puerco! —gritaba la muchacha, echada sobre el mostrador para golpearle con un cacharro de hoja de lata—. Fuera de aquí, fuera. No vuelva a venir por aquí —alguien le dio una patada y él se escabulló como una rata.
       Pasó ante las tiendas de los chinos. Las frutas y legumbres se apilaban contra las vidrieras de los escaparates. Esparcidos por el suelo había trozos de madera de embalaje, paja y viejos periódicos. Una mujer asomó de pronto por una puerta y le arrojó a los pies un cubo de agua sucia. Él atisbaba por las ventanas, para ver a los chinos, sentados en grupos sobre barricas, jugando a las cartas. Le hacían reír, y los miraba y remiraba apretando el rostro contra los cristales y conteniendo la risa. Estaban sentados inmóviles, con las largas coletas anudadas en torno de la cabeza y las caras amarillentas como limones. Algunos llevaban cuchillos en el cinturón, y un viejo sentado solitario en el suelo movía simultáneamente los corvos dedos de los pies. Los chinos no se preocupaban del viejo Underwood; al verlo se limitaban a mover las cabezas. Fue a la puerta de una tienda y la abrió cautelosamente. Pero el viento penetró con él y las cartas volaron. “¡Ya, ya! ¡Ya, ya!”, gritaron los chinos, y el viejo Underwood salió corriendo mientras el martilleo se hacía más fuerte, más apresurado. ¡Ya, ya! Dio vuelta a una esquina y desapareció. Pero creyó oír que un chino iba tras él, y se escurrió dentro del solar de una maderería. Allí se tiró al suelo jadeante.
       A su lado bajo una pila de maderas, había un amarillento montón de virutas y serrín, que cuando lo estaba mirando se agitó. Un gatito gris salió de él, desperezándose y moviendo la cola. Pisando con delicadeza fue hacia el viejo Underwood y se restregó contra su manga. El martillo empezó a golpear alocado. Lo sentía aporreándole la garganta y luego le pareció que se había parado casi; golpeaba despacio, despacio. “Michino, michino”, así era como ella solía llamar al gatito que le llevó del barco —“Michino, michino”—, cuando se agachaba con el platillo en la mano.
       ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Señor mío! El viejo Underwood se incorporó, cogió en brazos al gatito y lo acunó de aquí para allá, oprimiéndolo contra su rostro. Lo sentía tibio y suave, y maullaba débilmente. Hundió su rostro entre su pelo. ¡Dios mío! ¡Señor mío! Arrebujó al gatito en su abrigo y salió sigilosamente del solar de la maderería. Agachado, encogido, se dirigió a los muelles. Al acercarse al mar, las aletas de la nariz del viejo Underwood se expandieron. El viento alocado olía a brea, a calabrotes, a cieno y a sal. Cruzó la vía férrea y se escabulló tras los tinglados del muelle por un caminillo de escorias que, cruzando un trozo de terreno cubierto de tupido hinojo, iba a parar a un alcantarillado de piedra que llevaba al mar aguas residuales. Se quedó mirando los muelles y los barcos de banderas ondulantes, y repentinamente la vieja furia se apoderó de él. “¡Lo quiero, lo quiero, lo quiero!”, murmuró.
       Sacó al gatito de debajo del abrigo y, balanceándolo en el aire cogido por la cola, lo lanzó a las profundidades del albañal. El martilleo se hizo más sonoro, más violento. Irguió la cabeza: era otra vez joven. Anduvo a lo largo de los muelles; dejó atrás las hacinadas balas de algodón, los grupos de haraganes y maleantes; llegó al final del muelle. Había un barco cargando lana. Oyó el rechinar de la grúa y el ruido de un silbato. Y fue hacia el barquito recostado contra el muelle con sólo una planchita a modo de pasarela, donde no se veía a nadie; absolutamente a nadie. El viejo Underwood aún se volvió a mirar hacia atrás, a la ciudad, a la prisión encaramada en el cerro como un rojo pajarraco, a las nubes que como telarañas negruzcas corrían por el firmamento. Después, cruzó la pasarela y pisó la cubierta resbaladiza. Sonreía mostrando los dientes; marchaba con aire desembarazado, llevando en alto con una mano el pañuelo rojiblanco: ¡Su barco! “ ¡El mío, el mío, el mío!”, decía el martillo. Había una puerta a sotavento con el pestillo descorrido y un letrero que decía: “Oficiales.” Miró dentro. Sobre una litera, su litera, había un hombre tendido. Un hombrachón con uniforme de marino, el pelo y la barba rubios, que reposaba sobre el rojo almohadón. Y mirándole desde la pared, un retrato —el retrato de su mujer— que sonreía y sonreía al hombrachón dormido.



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