Katherine Mansfield
(Nueva Zelandia, 1888 - Francia, 1923)


La fiesta en el jardín
(“The Garden Party”, 1921)

      Y, después de todo, el tiempo era ideal. Si lo hubieran hecho de encargo no habría resultado un día más perfecto para la fiesta en el jardín. Sin viento, cálido, el cie­lo sin una nube. Como pasa al principio del verano, una neblina de oro pálido velaba, apenas el azul. El jardinero estaba en pie desde el alba, segando el prado y barriéndolo, hasta que el césped y los rosetones chatos y oscuros donde habían estado las margaritas parecieran brillar. En cuanto a las rosas, no se podía negar que habían comprendido que las rosas son las únicas flores que impresionan a la gente en una fiesta en el jardín, las únicas flores que a todos interesan. Cientos, cientos. literalmente, habían abierto en la noche; las zarzas verdes estaban inclinadas como si los arcángeles las hubieran visitado.
      No había concluído el almuerzo cuando vinieron los hombres a levantar la marquesina.
      —¿Mamá, dónde quieres poner la marquesina?
      —Mi hija querida, es inútil preguntármelo. He resuelto que este año, las niñas se encarguen de todo. Olvidad que soy la madre. Tratadme como a un invitado de honor.
      Pero Meg no podía vigilar a los hombres. Antes de almorzar se había lavado la cabeza, y estaba sentada tomando café; llevaba un turbante verde, con un oscuro rizo húmedo pegado en cada mejilla. Jose, la mariposa, acostumbraba a bajar con sólo un viso verde y encima su kimono.
      —Tú tendrás que ir, Laura; tú que eres artística.
      Allá fué Laura, con su pedazo de pan y manteca en la mano. Es tan delicioso encontrar una excusa para comer fuera, y, además, adoraba arreglar cosas; encontraba que podía hacerlas tanto mejor que cualquier otro.
      Cuatro hombres en mangas de camisa estaban juntos en un camino del jardín. Llevaban estacas cubiertas con rollos de tela, y grandes cajas de herramientas a la es­palda. Eran impresionantes. Laura hubiera querido no tener ese pedazo de pan y manteca en la mano, pero ni había donde ponerlo, ni se lo podía tragar entero. Enrojeció y trató de parecer muy seria y hasta un poco corta de vista cuando se acercó a ellos.
      —Buenos días —dijo, imitando la voz de su madre.
      Pero resultó tan horriblemente afectado que se avergonzó, y tartamudeó como una niñita.
      —¡Oh, ustedes vienen...! ¿es por la marquesina?
      —Así es, señorita —replicó el más alto de todos, un tipo flaco y pecoso, cambiando de lado su caja de herramientas, echando atrás su sombrero de paja y sonriéndole.
      —Es para eso.
      Su sonrisa era tan espontánea, tan amistosa, que Laura se repuso. ¡Qué lindos ojos tenía! ¡Pequeños, pero de un azul tan oscuro! Miró a los demás que también sonreían. Parecían decirle: ¡Ánimo, no te vamos a co­mer! ¡Qué obreros tan simpáticos! ¡Y qué hermosa ma­ñana! Pero no tenía que mencionar la mañana; debía ser una persona de negocios: la marquesina.
      —Bueno, ¿qué les parece aquel macizo de lilas? ¿Servirá?
      Y señalaba el macizo de lilas con la mano que no tenía el pan y manteca. Se volvieron, y miraron. Uno de ellos, bajo y gordo, apretó el labio inferior, y el más alto frunció el ceño.
      —No me gusta —dijo—. No es bastante importante. Sabe, tratándose de una marquesina —y se volvió hacia Laura—, hay que ponerla en un lugar donde dé un golpe en el ojo, como quien dice.
      Laura se quedó pensando si no era una falta de respeto en un trabajador hablarle de dar un golpe en el ojo. Pero entendió muy bien.
      —Una esquina de la cancha de tenis —sugirió—. Pero la banda estará en otra esquina.
      —Hum, ¿van a tener una banda? —preguntó otro de los obreros. Era uno pálido. Tenía una mirada feroz, mientras sus ojos oscuros medían la cancha de tenis. ¿Qué pensaría?
      -—Sólo una pequeña banda —dijo Laura con dulzura.
      Si la banda era pequeña, quizá no le parecería mal. Pero el hombre alto le interrumpió.
      —Mire, señorita, ése es el lugar. Junto a aquellos árboles. Allá arriba. Ahí estará bien.
      Junto a los karakas. Así los karakas quedarían escondidos. Y eran tan hermosos, con sus anchas hojas centelleantes, y sus racimos amarillos. Eran como ár­boles de una isla desierta, orgullosos, solitarios, elevando sus hojas y frutos al sol en una especie de silencioso es­plendor. ¿Debía esconderlos la marquesina?
      Y los escondería. Ya los hombres habían cargado las estacas y estaban arreglando el sitio. Sólo el alto quedó atrás. Se inclinó, apretó una varita de alhucema, llevóse el pulgar y el índice a la nariz y aspiró el perfume. Cuando Laura vió el gesto, olvidó los karakas, en su asombro de que al hombre le gustara una cosa así, le gustara el perfume de la alhucema. ¿Cuántos hombres de los que ella conocía hubieran hecho tal cosa? ¡Oh, qué simpáticos son los obreros! ¿Por qué no podía te­ner amigos obreros en vez de los muchachos tontos con quienes bailaba y que venían a cenar los domingos? Se entendería mucho mejor con hombres así.
      Tienen la culpa —decidió, en el momento en que el hombre alto dibujaba algo en el dorso de un sobre, algo que debía ser izado o quedar colgado— estas absurdas distinciones de clase. Bueno, por su parte, ella no las sentía. En lo más mínimo, ni un átomo... Y ahora viene el tac-tac de los martillos. Uno de los hombres silbaba, otro cantaba: “¿Estás bien ahí, camarada?” ¡Camarada! El compañerismo, el... el... Para probar qué contenta estaba y mostrar al hombre alto qué có­moda se sentía, y cuánto despreciaba las convenciones estúpidas, Laura díó un gran mordisco a su pan y manteca, mientras observaba el dibujito. Se sentía como una pequeña obrera.
      —¡ Laura, Laura! ¿Dónde estás? ¡ El teléfono, Laura! —gritó una voz desde la casa.
      —¡Ya voy! —Y salió corriendo, por el césped, por el sendero, subió los escalones, cruzó la terraza y llegó al pórtico. En el pasillo, su padre y Lorenzo estaban cepi­llando sus sombreros, listos para irse a la oficina.
      —Mira, Laura —dijo Lorenzo con prisa—, podías re­visar mi traje para luego. Mira si no le hace falta un planchazo.
      —¡ Ya lo creo!
      De repente no pudo contenerse. Corrió hacia Loren­zo y le dió un pescozón.
      —¡Oh! adoro las fiestas; ¿y tú? —murmuró Laura.
      —Bastante —dijo Lorenzo con su voz cálida de muchacho y también pellizcó a su hermana dándole un empujón—. Rápido, al teléfono, querida.
      El teléfono. Sí, sí; ¡oh, sí! ¿Kitty? Buenos días, que­rida. ¿Vienes a almorzar? Sí, querida. Encantada. Va a ser una comida ligera: restos de sandwiches y de merengues y alguna otra cosita. Sí, ¿no es un día divino? ¿El blanco? ¡Oh, seguramente! Un momento; ten el tubo. Me llaman. —Y Laura se echó atrás—. ¿Qué, ma­má? No oigo.
      La voz de la señora Sheridan bajó flotando por la escalera.
      —Dile que traiga ese delicioso sombrero que usó el domingo.
      —Dice mamá que te pongas ese sombrero delicioso que llevabas el domingo. Bueno. A la una. Adiós.
      Laura colgó el auricular, levantó los brazos sobre la cabeza, hizo una aspiración profunda, los estiró y los dejó caer. ¡Uf!, suspiró, y en seguida se sentó. Se quedó quieta, escuchando. Todas las puertas de la casa pa­recían abiertas. La casa estaba viva, con rápidas pisa­das y voces incesantes.
      La puerta de bayeta verde que conducía a la cocina se abría y cerraba con un sordo rezongo. Ahora se sentía un sonido absurdo, cloqueando. Era el piano tan pesado arrastrado sobre sus ruedas tiesas. Y ¡qué aire! Si uno se pone a pensar ¿será el aire siempre así? Céfiros sua­ves se perseguían fuera y allá arriba, en las ventanas. Y había dos marchitas de sol, una en el tintero, otra en un marco de plata, jugando también. Deliciosas marchitas, sobre todo la cie la tapa del tintero. Estaba casi caliente. Una cálida estrellita de plata. Daban ganas de besarla.
      Sonó el timbre de la puerta y se oyó crujir el ves­tido estampado de Sadie por la escalera. Una voz de hombre murmuró; Sadie respondió, sin interés:
      —Le digo que no sé. Espere. Voy a preguntar a la señora.
      —¿Qué hay, Sadie? —preguntó Laura entrando en el pasillo.
      —Es el florista, señorita.
      Y ahí estaba. En la puerta abierta de par en par, había una bandeja playa colmada de macetas con lirios rosados. Nada más. Nada más que lirios, lirios, lirios, grandes flores rosadas, muy abiertas, radiantes, terrible­mente vivas sobre sus rojos tallos lustrosos.
      —¡Ooh, Sadie! —dijo Laura como en un gemido. Se agachó como para calentarse en ese resplandor de lirios; los sintió en sus dedos, en sus labios, creciendo en su pecho.
      —Debe ser una equivocación —dijo en voz muy ba­ja—. No se han pedido tantos. Sadie, vete a buscar a mamá.
      En ese mismo instante llegó la señora Sheridan.
      —Está bien —dijo con calma—. Sí, yo los encar­gué. ¿No son divinos?
      Apretó el brazo de Laura.
      —Pasaba por la florista, ayer, y los vi en el esca­parate. Y de repente se me ocurrió que por una vez en la vida tendría todos los lirios que quisiera. La fiesta en el jardín era una buena excusa.
      —Pero yo te oí decir que tú no querías intervenir.
      Sadie había entrado. El hombre de las flores volvió al camión, Laura rodeó el cuello de su madre con un brazo y despacio, muy despacito, le mordió la oreja.
      —Vidita, tú no quieres tener una madre lógica, ¿verdad?
      —No hagas eso. Aquí está el hombre.
      Traía todavía más lirios, otra bandeja llena.
       —Deposítelos junto a la entrada, por favor, a los lados del pórtico —dijo la señora—. ¿No te parece, Laura?
      —Oh, si, mamá.
      En el salón, Meg, Jose y el pequeño Hans habían logrado, al fin, cambiar el piano de sitio.
      —Ahora, si pusiéramos este cofre contra la pared y sacáramos todo menos las sillas, ¿no les parece?
      —Bueno.
      —Hans, lleva esas mesas al cuarto de fumar, y que vengan a barrer para sacar esas marcas de la alfom­bra y... un momento, Hans...
      A Jose le gustaba dar órdenes a los sirvientes, y a ellos les gustaba obedecer. Les hacía pensar que toma­ban parte en un drama.
      —Diga a mamá y a la señorita Laura que vengan en seguida.
      —Muy bien, señorita Jose.
      Se volvió hacia Meg.
      —Quiero ver cómo suena el piano, por si alguien me pide que cante esta tarde. Vamos a ensayar: “Esta vida es triste”.
      ¡Pom. Ta-ta-ta! El piano sonó con tal furia que Jose cambió de color. Juntó las manos. Les pareció triste y enigmática a su madre y a Laura cuando entraron.

Esta vida es tris-te,
Una lágrima... un suspiro
Un. amor que cam-bia
Esta vida es tris-te
Una lágrima... un suspiro
Un amor que cam-bia,
Y entonces... ¡adiós!

      Pero en la palabra “adiós”, y aunque el piano pare­cía más desesperado que nunca, su rostro se iluminó con una brillante sonrisa, terriblemente antipática.
      —¿Estoy en voz, mamita? —sonrió.

Esta vida es tris-te,
La esperanza viene para morir.
Un sueño... un despertar.

      Pero Sadie interrumpió el canto:
      —¿Qué hay, Sadie?
      —Por favor, señora, la cocinera pregunta si la se­ñora tiene esas tarjetas para los sandwiches.
      —¿Las tarjetas para los sandwiches, Sadie? —repitió como un eco la señora Sheridan, casi ausente.
      Y las hijas se dieron cuenta de que no las tenía.
      —Vamos a ver —dijo a Sadie con firmeza—, diga a la cocinera que las llevaré dentro de diez minutos.
      Sadie, desapareció.
      —Bueno, Laura —dijo la madre rápidamente—, ven conmigo al fumoir. Tengo los nombres por ahí, escritos en el dorso de un sobre. Tendrás que copiarlos. Meg, sube y quítate en seguida ese trapo mojado de la cabeza. Jose, corre a vestirte en el acto. Niñas ¿me oís, o tendré que decírselo a vuestro padre cuando vuel­va esta noche a casa? Y... y, Jose, si vas a la cocina trata de calmar a la cocinera, ¿quieres? Me tenía ate­rrada esta mañana.
      Al fin, se encontró el sobre detrás del reloj del co­medor, aunque la señora Sheridan no se daba cuenta cómo había ido a parar allí.
      —Una de vosotras debe haberlo sacado de mi car­tera, porque recuerdo perfectamente... queso fresco y cuajada con limón. ¿Habéis escrito eso?
      —Sí.
      —Huevo y... —la señora Sheridan alargó los bra­zos y retiró el sobre—. Parece ratón, pero no puede ser, ¿verdad?
      —Aceitunas, queridita —dijo Laura, leyendo por encima del hombro.
      —Por supuesto, aceitunas. ¡Qué combinación atroz: huevos y aceitunas!
      Por fin acabaron, y Laura los llevó a la cocina. Allí se encontró con Jose calmando a la cocinera, que no parecía tan aterradora.
      —Nunca he visto sandwiches tan exquisitos —dijo Jose, con voz extasiada—. ¿Cuántas clases hay? ¿ Quince?
      —Quince, señorita Jose.
      —Bueno, la felicito.
      La cocinera apartó las cortezas con de cortar pan, y sonrió satisfecha.
      —Han venido de casa de Godber —anunció Sadie, saliendo de la despensa—, vi pasar al hombre desde la ventana.
      Eso significaba que habían llegado los pastelitos de crema.
      Godber era famoso por sus pastelitos de crema. A nadie se le ocurría hacerlos en casa.
      —Tráigalos y póngalos sobre la mesa —ordenó la cocinera.
      Sadie los trajo y volvió a la puerta. Por supuesto, Laura y Jose eran demasiado grandotas para ocuparse de estas cosas. Con todo, no podían negar que eran muy buenos. Mucho. La cocinera empezó a arreglarlos, sa­cudiéndoles el azúcar sobrante.
      —¿No le traen a uno el recuerdo de todas las fiestas pasadas? —dijo Laura.
      —Supongo que sí —respondió la práctica Jose, que no gustaba de recordar—. Parecen ligeros y plumosos, hay que reconocerlo.
      —Tomad uno cada una, queridas —dijo la cocinera con voz amable—. Mamá no se dará cuenta.
      —Imposible, ¡pastelitos de crema tan en seguida del almuerzo!, la sola idea hace estremecer.
      Pero dos minutos después Jose y Laura se estaban chupando los dedos con ese aire absorto que sólo da la crema de Chantilly.
      —Salgamos al jardín por el camino de atrás —su­girió Laura—. Quiero ver cómo van los hombres con la marque­sina. ¡Son tan simpáticos!
      Pero la puerta trasera estaba bloqueada por la coci­nera, Sadie, el hombre de Godber y Hans.
      Algo pasaba.
      —Tac-tac-tac —cloqueaba la cocinera como una ga­llina asustada. Sadie tenía una mano oprimiéndose la cara como si le dolieran las muelas. La cara de Hans estaba fruncida en un esfuerzo por comprender. Sólo el dependiente de Godber parecía contento. Él era quien contaba la cosa.
      —¿Qué hay, qué ha sucedido?
      —Un horrible accidente —dijo la cocinera—, un hombre ha muerto.
      —¡Un muerto! ¿Dónde, cuándo?
      Pero el dependiente de Godber no iba a perder su relato. —¿Sabe, señorita, aquellas casitas allá abajo? ¿Las conoce? —Claro, ella las conocía—. Bueno, allí vive un muchacho carretero, se llama Scott. Su caballo se asustó esta mañana de un camión, y lo tiró de cabeza en la esquina de la calle Hawke. Lo mató.
      —¡Muerto! —y Laura miró al hombre con asombro.
      —Ya estaba muerto cuando lo levantaron —contestó el hombre con fruición—. Llevaban el cuerpo a la casa cuando yo venía.
      Y dirigiéndose a la cocinera:
      ­—Deja una mujer y cinco chicos.
      —Jose, ven acá.
      Laura tomó a su hermana de un brazo y se la llevó por la cocina al otro lado de la puerta de bayeta verde. Se recostó contra ella.
      —Jose —le dijo horrorizada— ¿vamos a suspender los preparativos?
      —­¡Suspender, Laura! —gritó Jose atónita—. ¿Qué quieres decir?
      Suspender la fiesta en el jardín, claro. ¿Qué pensaba Jose? Pero Jose estaba cada vez más asombrada. ¿ Suspen­der la fiesta?
      —Mi querida Laura, no seas loca. No podemos hacer nada de eso. Nadie espera tal cosa. No seas extra­vagante.
      —Pero no podemos celebrar una fiesta en el jardín con un muerto frente a nuestra puerta.
      Decir eso era realmente exagerado, porque las casitas estaban en un terreno aparte, en el fondo de una cuesta empinada que llevaba a la casa. Había una calle an­cha de por medio. Es cierto que estaban demasiado cerca. Eran un verdadero adefesio y no tenían derecho a estar en ese barrio. Eran pequeñas viviendas mezquinas, pin­tadas de un color chocolate. En los retazos de jardín no había más que repollos, gallinas flacas y latas de tomate. Hasta el humo que salía de las chimenas era miserable. Hilachas y fragmentos de humo, tan distinto de los grandes penachos de plata que se elevaban de las chimeneas de los Sheridan. Vivían lavanderas y ba­rrenderos, y un remendón, y un hombre que tenía todo el frente de la casa con jaulitas de pájaros. Los chicos hormigueaban. Cuando los Sheridan eran pequeños les estaba prohibido acercarse, por el lenguaje que usaban los pobres y las enfermedades que podían contagiarles. Pero desde que eran grandes Laura y Jose en sus an­danzas solían meterse por ahí. Era sórdido y asqueroso. Salían estremecidas. Pero se debe ir a todas partes; uno debe verlo todo. Por eso iban.
      —Estoy pensando lo que será la música de la banda para esa pobre mujer —dijo Laura.
      —¡Oh, Laura!
      Jose empezó a ponerse seria.
      —Si vas a suprimir la música cada vez que sucede un accidente, vas a llevarte una vida muy triste. Yo lo siento tanto corno tú. Comprendo como tú.
      Sus ojos se endurecieron y miró a su hermana, como la miraba cuando era pequeña y tenían una pelea.
      —No vas a resucitar a un borracho con sentimenta­lismos —dijo blandamente.
      —¡Borracho! ¿Quién ha dicho que estaba borracho?
      Laura se volvió furiosa hacia Jose. Dijo, justamente, lo que acostumbraban decir en ocasiones semejantes: “Se lo voy a contar a mamá, ahora mismo”.
      —Ve, querida —dijo Jose con un arrullo.
      —Mamá, ¿puedo entrar?
      Laura hizo girar el picaporte de cristal.
      —Por supuesto, querida. Pero ¿qué pasa? ¿Qué te ha hecho poner tan colorada?
      Y la señora Sheridan se volvió hacia atrás en su mesa tocador. Se estaba probando un sombrero nuevo.
      —Mamá, ha muerto un hombre —empezó Laura.
      —¿Pero no en el jardín? —interrumpió la madre.
      —¡ No, no!
      —¡Ah, qué susto me has dado!
      La señora Sheridan dió un suspiro de alivio, se quitó el gran sombrero y lo puso en sus rodillas.
      —Pero escucha, mamá —dijo Laura.
      Sin aliento, medio ahogada, contó la terrible historia.
      —Claro que no podremos celebrar nuestra fiesta, ¿verdad? —suplicó—. La música y la gente. Nos van a oír, mamá; están cerquita, ¡son vecinos!
      Con gran asombro de Laura, su madre se comportó como Jose; y era peor, porque la idea parecía diver­tirla. Se negó a tomar en serio a Laura.
      —Pero, querida mía, hay que tener sentido común. Sólo por casualidad lo hemos sabido. Si alguien hubiera muerto ahí de muerte natural —y no sé cómo están vivos en esos oscuros agujeros— tendríamos igual nuestra fiesta, ¿verdad?
      Laura tuvo que decir que , pero comprendía que no era justo. Se sentó en el sofá y empezó a tironear el fleco de los almohadones.
      —Mamá, ¿no es una falta de corazón por nuestra parte? —preguntó.
      —¡Vidita!
      La señora Sheridan se le acercó, llevando el sombre­ro. Antes que Laura pudiera evitarlo se lo plantó en la cabeza.
      —¡Hija mía! —dijo la madre—, el sombrero es tuyo. Lo mandé hacer para ti. Hace demasiado joven para mí. Nunca te he visto más bonita. ¡Mírate! —Y levantó su espejo de mano.
      —Pero, mamá —volvió a decir Laura. No se podía mirar; se puso de lado.
      Pero ya la señora Sheridan había perdido la paciencia lo mismo que Jose.
      —Laura, te estás volviendo absurda —dijo fríamen­te—. Gente de esa clase no espera de nosotros ningún sacrificio. Y no es altruísmo aguarnos la fiesta, como lo estás haciendo.
      —No entiendo —dijo Laura, y salió, apresurada del cuarto para encerrarse en el suyo.
      Allí, por pura casualidad, lo primero que vió fué una encantadora muchacha en el espejo, con su sombrero negro adornado de margaritas doradas y una larga tinta de terciopelo negro. Nunca se imaginó que podía resultar tan bien. ¿Tendría razón mamá? Y ahora de­seaba que mamá tuviera razón. ¿Sería exagerada? Tal vez fuese una locura. Sólo por un momento tuvo la visión de aquella pobre mujer y aquellas pobres cria­turas, y del cuerpo que llevaban a la casa. Pero parecía borroso, irreal, como una fotografía en el periódico. Lo recordaría de nuevo después de la fiesta. En todo sen­tido eso parecía lo mejor...
      Terminaron de almorzar a la una y media. A las dos y media todo se hallaba en orden de batalla. Los músicos con casacas verdes ya estaban colocados en una esquina de la cancha de tenis.
      —­¡Querida! —aulló Kitty Maitland— ¿no te pare­cen ranas verdes? Los debían haber colocado alrededor del estanque y el director, en una hoja, en el centro.
      Llegó Lorenzo y los saludó al pasar para ir a vestirse. Al verlo, Laura volvió a pensar en el accidente. Quería contárselo a él. Si Lorenzo estaba de acuerdo con los demás entonces tendrían razón. Y le siguió al pasillo.
      —¡Lorenzo!
      —¡Hola!
      Estaba en la mitad de la escalera, pero cuando se volvió y vió a Laura, infló los carrillos y revolvió los ojos.
      —¡Palabra de honor, Laura! Estás enloquecedora. ¡Qué sombrero más elegante!
      Laura dijo a media voz:
      —¿Te parece?... —le sonrió, y no le contó nada.
      Poco después empezó a llegar la gente a montones. La banda rompió a tocar; los sirvientes agregados corrían de la casa a la marquesina. Dondequiera que uno mi­raba se veían parejas paseándose, inclinándose sobre las flores, saludando, caminando por el césped. Parecían brillantes pájaros que se habían posado en el jardín de los Sheridan por una tarde en su vuelo ¿a dónde? ¡Ah, qué felicidad es estar con personas alegres, estrechar ma­nos, oprimir mejillas, sonreírse en los ojos!
      —¡Laura, querida, qué bien estás!
      —¡Qué bien te va ese sombrero, criatura!
      —Pareces una española. Nunca te he visto más admirable.
      Y Laura, radiante, preguntaba con dulzura: “¿Le han servido té? ¿No quiere un helado? Los helados de fruta son especiales”. Corrió adonde estaba su padre y suplicó: “Papaíto querido, ¿se le sirve algo de beber a la banda?”
      Y la tarde perfecta culminó lentamente, se desvaneció lentamente, cerró sus pétalos lentamente.
      “Nunca hubo fiesta más deliciosa...” “Un gran éxito...” “La más grande...”
      Laura ayudó a su madre en las despedidas. Estuvie­ron una al lado de la otra hasta que todo se acabó.
      —Se acabó, se acabó, gracias al cielo —dijo la señora Sheridan—. Llama a los demás. Tomaremos café. Estoy deshecha. Sí, un gran éxito. Pero, ¡ah, estas fiestas, estas fiestas! ¿Por qué insistís, hijitas, en dar fiestas?
      Tomaron asiento en la marquesina abandonada.
      —Toma un sandwich, papaíto. Yo escribí el nombre.
      —Gracias.
      El señor Sheridan se lo comió de un bocado. Tomó otro.
      —¿Supongo que no habréis sabido nada del horrible accidente de hoy? —dijo.
       —Querido —dijo la señora Sheridan, levantando una mano— ya lo sabíamos. Casi nos estropea la fiesta. Laura quería suspenderla.
      —¡Oh, mamá! —Laura no quería que la fastidiaran con eso.
      —¡ Ah, sí, horroroso! —dijo la señora Sheridan—, El hombre estaba casado, vivía en la callejuela de abajo, y deja, según dicen, una mujer y media docena de chiquilines.
      Se sucedió un silencio embarazoso. La señora no sa­bía qué hacer con la taza. Era una falta de tino por parte de papá...
      De pronto levantó los ojos. Estaba la mesa llena de sandwiches y pastas y pastelitos que tendrían que tirar­se. Tuvo, entonces, una de sus grandes ideas.
      —Ya sé —dijo—. Vamos a preparar una canasta. Va­mos a mandarle a esa pobre un poco de estas cosas tan ricas. A lo menos, será una fiesta para los chicos. ¿No les parece? Y además, se alegrará de tener vecinos que la visiten. ¡ Qué suerte que estén listos! ¡Laura!
      Se levantó de un salto.
      —Trae la canasta grande de la alacena que está en la escalera.
      —Pero mamá, ¿crees de veras que es una buena idea? —dijo Laura.
      Y otra vez ¡qué raro le parecía sentir distinto a los demás! Llevar sobras de la fiesta. ¿Le gustaría eso a la pobre mujer?
      —Claro, ¿qué te pasa hoy? Hace una hora o dos insistías en mostrar simpatía, y ahora...
      —¡ Oh, bueno!
      Laura corrió con la canasta. La llenaron; la señora Sheridan la dejó colmada.
      —Llévala tú misma, queridita; corre, así como estás. No, espera, lleva unos lirios. A esa gente le gustan los lirios.
      —Los tallos van a estropearte el traje —dijo la práctica Jose.
      —Es cierto, muy a tiempo. Entonces sólo la canasta. Pero Laura —la madre la siguió hasta afuera de la marquesina—, de ningún modo...
      —¿Qué, mamá?
      No, mejor no poner tales ideas en la cabeza de la criatura.
      —Nada, vete pronto.
      Empezaba a oscurecer cuando Laura cerró el por­tón. Un perro grande corría como un fantasma. El camino blanco brillaba y las casitas estaban allá abajo en profunda oscuridad. ¡Qué tranquilo parecía todo después de la tarde! Iba cuesta abajo hacia un sitio donde yacía un muerto, y no podía creérselo. ¿Cómo iba a poder? Se detuvo un minuto. Le parecía que llevaba dentro besos, voces, tintineo de cucharillas, risas, el olor del césped aplastado. No podía pensar en otra cosa. ¡Qué raro! Miró el cielo pálido y lo único que se le ocurrió fué: “Sí, ha sido todo un éxito la fiesta”.
      Llegó a un cruce del camino donde empezaba la callejuela, oscura y llena de humo. Mujeres con chales y hombres de gorra transitaban por allí, Sobre las em­palizadas había otros hombres asomados; los chicos ju­gaban en las puertas de calle. Un débil susurro se oía en las casitas miserables. En algunas se veía fluctuar tina luz y alguna sombra moverse como fantoches, tras las ventanas. Laura inclinó la cabeza y apresuró el paso.
      Hubiera debido ponerse un abrigo. ¡Qué llamativo era su traje! Y el gran sombrero con las cintas colgando —¡si a lo menos llevara otro sombrero! ¿La estarían mirando? Seguramente. Era un error haber venido; ella sabía que era un error. ¿No sería mejor volver?
      No, demasiado tarde. Aquí estaba la casa. Debía ser ésa. Delante había un grupo oscuro de gente. Al lado de la puerta una vieja con una muleta estaba sentada, mirando. Descansaba los pies sobre un diario. Al acer­carse Laura, cesaron las voces. Se abrió el grupo. Era como si la esperasen, como si supieran que iba hacia allí.
      Laura estaba nerviosísima. Echando la cinta de terciopelo sobre el hombro preguntó a una de las mujeres ahí paradas:
      —¿Es aquí la casa de la señora Scott?
      Y la mujer, sonriendo de un modo raro:
      —Aquí es, señorita.
      ¡Oh, salir de esto! Repetía: “Ayúdame, Dios mío”, mientras subía la estrecha vereda y llamaba. No poder estar lejos de esas miradas o cubierta con alguno de esos chales. Dejaré la cesta y me marcharé. No voy a esperar que la desocupen.
      Se abrió la puerta. Una mujercita de luto apareció en la sombra.
      Laura preguntó: “¿Es usted la señora Scott?” Pero con gran horror suyo, la mujer no contestó: “Entre por favor, señorita”, y se encontró encerrada en el pasillo.
      —No, no necesito entrar; sólo quería dejar esta cesta. La manda mamá...
      La mujer en el pasillo oscuro, no pareció oírla. “Por acá, si gusta, señorita”, dijo con voz aceitosa; y Laura la siguió.
      —¡Hum! —dijo la mujercita—. ¡ Hum!... es una señorita. —Se volvió hacia Laura. Dijo humildemente: “Soy la hermana. Discúlpela, señorita”.
      —¡Oh, por supuesto! —dijo Laura—. Por favor, por favor no la moleste. Yo... yo sólo quería dejar...
      Pero en ese momento la mujer que estaba junto al fuego se volvió. Su cara inflada, colorada, con ojos y labios hinchados, era horrible. Parecía no comprender por qué Laura estaba ahí. ¿Qué significaba? ¿Por qué esta desconocida estaba en la cocina con una canasta? ¿Qué quería decir eso? Y el pobre rostro se frunció de nuevo.
      —Está bien, querida —dijo la otra—. Yo atenderé a la señorita. —Y comenzó otra vez—: Discúlpela, se­ñorita —y su cara, hinchada también, ensayó una untuosa sonrisa.
      Laura no pensaba más que en irse, en irse. Volvió al pasillo. Se abrió la puerta. Entró en el dormitorio donde yacía el muerto.
      —¿No quiere verlo? —dijo la hermana de Em, y empujó a Laura hacia la cama—. No tenga miedo, se­ñorita —y su voz era cariñosa, confidencial, y tiernamente bajó la sábana—, parece un cuadro. No hay mu­cho que ver. Venga, querida.
      Laura la siguió.
      Ahí estaba un joven dormido —tan profundamente dormido— lejos, muy lejos de las dos. ¡Oh, tan remoto, tan lleno de paz! Estaba soñando. No se despertaría jamás. Tenía la cabeza hundida en la almohada; los ojos cerrados, estaban ciegos bajo los párpados cerrados. Estaba absorto en su sueño. ¿Qué le importaban los las fiestas en los jardines, los cestos y los encajes? Ya estaba lejos de esas cosas. Era asombroso, bellísimo. Mientras ellos reían y la banda tocaba, había sucedido ese milagro en la callejuela. Feliz... feliz... “Todo está bien”, decía el rostro dormido. “Es lo que debe ser. Estoy contento”.
      Pero, con todo, hacía llorar, y no pudo dejar el cuarto sin decirle algo. Laura sollozó como una niña. “Perdona mi sombrero”, le dijo.
      Y no esperó esta vez a la hermana de Em. Encontró el camino para salir. Pasó por entre el grupo oscuro de gente, vereda abajo. Al doblar la callejuela encontró a Lorenzo.
      Surgió de la sombra.
      —¿Eres tú, Laura?
      —Sí.
      —Mamá estaba inquieta. ¿Todo fue bien?
      —­¡Sí, Lorenzo! —Tomó su brazo, se apretó contra él.
      —¿Pero, no estás llorando, verdad? —le preguntó el hermano.
      Laura movió la cabeza. Estaba llorando.
      Lorenzo le pasó un brazo alrededor del cuello.
      —No llores —dijo con su voz afectuosa y cálida—. ¿Era horrible?
      —No —sollozó Laura—. Era maravilloso.
      Se detuvo, miró a su hermano.
      —Pero eso no es la vida —tartamudeó—, no es la vida.
      No podía explicar qué era la vida. No importaba. Él le comprendió.
      —¿No es qué, queridita? —dijo Lorenzo.



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