Katherine Mansfield
(Nueva Zelandia, 1888 - Francia, 1923)


Frau Brechenmacher asiste a una boda
(“Frau Brechenmacher Attends a Wedding”, 1910)
In a German Pension (1911)

      Arreglarse le costó un trabajo enorme. Después de la cena Frau Brechenmacher metió a cuatro de sus cinco hijos a la cama, dejó que Rosa se quedara junto a ella y ayudara a pulir los botones del uniforme de Herr Brechenmacher. Luego pasó una plancha caliente a la mejor camisa de su marido, lustró sus botas y dio una o dos puntadas en su corbata negra de satén.
       —Rosa —dijo— trae mi vestido y cuélgalo frente a la estufa para que se desarrugue. Y recuerda, debes cuidar a los niños, y no acostarte pasadas las ocho y media, y no toques el quinqué... sabes lo que pasaría si lo hicieras.
       —Sí, mamá —contestó Rosa, quien tenía nueve y se sentía lo suficientemente grande para manejar un millar de lámparas—. Pero déjame estar parada... el “Bub” podría despertarse y querer su leche.
       —¡Ocho y media! —repitió la Frau—. Haré que el papá también te lo diga.
       Rosa torció hacia abajo las comisuras de su boca.
       —Aquí viene el papá. Entra a la recámara y tráeme el pañuelo de seda azul. Puedes usar mi chal negro mientras salgo. ¡Anda!
       Rosa arrebató el chal de los hombros de su madre y lo arrolló cuidadosamente en los suyos, amarrando las dos puntas con un nudo a la espalda. De cualquier modo reflexionó, si tenía que dormirse a las ocho y media, se dejaría el chal puesto. Resolución con la cual se consoló completamente.
       —Bueno ¿dónde están mis cosas? —gritó Herr Brechenmacher, colgando su mochila de cartero vacía tras la puerta y sacudiéndose la nieve de las botas—. Nada está listo, por supuesto, y todo el mundo ya en la boda. Al pasar oí la música. ¿Qué haces? ¿No te has vestido? No puedes ir así.
       —Dejé tus cosas listas sobre la mesa y un poco de agua tibia en la palangana. Lávate la cabeza. Rosa, dale a tu padre la toalla. Todo quedó arreglado salvo los pantalones. No tuve tiempo de acortarlos. Tendrás que meterlos dentro de las botas hasta que lleguemos.
       —¡Hum! —dijo el Herr—, aquí no hay lugar para voltearse. Necesito la luz. Ve y vístete en el pasillo.
       No era problema para Frau Brechenmacher vestirse en la oscuridad. Se abrochó su falda y corpiño, se sujetó el pañuelo alrededor del cuello con un bonito prendedor del que colgaban cuatro tintineantes medallas de la Virgen, y después se puso su capa y capuchón.
       —Ven aquí y abróchame esta hebilla —llamó Herr Brechenmacher. Estaba en la cocina pavoneándose, los botones del uniforme azul resplandecían con un entusiasmo que sólo pueden poseer los botones de los oficiales—. ¿Cómo me veo?
       —Maravillosamente —replicó la pequeña Frau, luchando con la hebilla y dando un tirón aquí, un jalón allá—. Rosa, ven a mirar a tu padre.
       Herr Brechenmacher se paseó por la cocina, lo ayudaron a ponerse el abrigo y esperó mientras la Frau encendía el farol.
       —Vaya... al fin terminaste. Vámonos.
       —El quinqué, Rosa —recomendó la Frau azotando la puerta delantera tras ellos.
       No había nevado en el día; el suelo escarchado estaba resbaladizo como una pista de hielo. Ella no había salido de su casa por semanas, y el día había sido tan ajetreado que se sentía confusa y estúpida... sentía que Rosa la echaba de casa y que su hombre la abandonaba.
       —¡Espera... espera! —gritó.
       —No. Se me mojan los pies... apúrate.
       —Fue más fácil cuando llegaron al pueblo. Había bardas para detenerse, y desde la estación de ferrocarriles hasta la Gasthaus
[Posada] un camino cubierto de ceniza para beneficio de los invitados a la boda.
       La Gasthaus estaba muy festiva. Las luces brillaban detrás de cada ventana, guirnaldas de abeto colgaban de las cornisas. Ramas decoraban las puertas del frente abiertas de par en par y en el vestíbulo el propietario ostentaba su superioridad apurando a las meseras, quienes corrían continuamente con tarros de cerveza, bandejas con tazas y platos y botellas de vino.
       —¡Suban las escaleras... suban las escaleras! —rugió el propietario—. Dejen sus abrigos en el descanso.
       Herr Brechenmacher, tan absolutamente impresionado por esos grandiosos ademanes que olvidó sus privilegios de marido, se disculpó con su esposa por empujarla contra el barandal en sus deseos de adelantarse a cualquiera.
       Sus colegas lo recibieron con aclamaciones cuando entró por la puerta de la Festsaal,
[Sala de fiestas] y la Frau se enderezó el prendedor y juntó las manos, asumiendo el aire digno de la esposa de un cartero, madre de tres hijos. La Festsaal estaba en verdad hermosa. Tres enormes mesas agrupadas en un extremo liberaban el resto del piso para el baile. Lámparas de aceite colgantes del techo irradiaban su luz cálida y brillante sobre las paredes adornadas con flores de papel y guirnaldas, y derramaban una luz más cálida e intensa sobre las caras enrojecidas de los convidados en sus mejores trajes.
       A la cabecera de la mesa central se sentaban la novia y el novio, ella con un vestido blanco emperifollado con moños y cintas de color que le daban apariencia de un pastel de crema listo para ser cortado y servido en pedacitos al novio situado junto, quien usaba un traje blanco demasiado grande para su talla y una corbata rosa de moño que le abarcaba la mitad de la pechera. En torno, respetando su dignidad y precedencia, se sentaban padres y parientes; y encaramada en un banquillo a la derecha de la desposada se encontraba una niña en un vestido de muselina arrugado y con una corona de nomeolvides colgando de una oreja. Todos reían y hablaban, se estrechaban las manos, chocaban sus vasos, los estampaban en el suelo... un tufo de cerveza y sudor impregnaba el ambiente.
       Frau Brechenmacher, siguiendo a su hombre a través de la sala donde se hacía el banquete, pensaba que iba a divertirse. Pareció desparpajarse y ponerse sonrosada y conmovida al respirar ese familiar olor festivo. Alguien jaló su falda, y, al voltear hacia abajo, vio a Frau Rupp, la esposa del carnicero, que arrimaba una silla vacía para rogarle que se sentaran juntas.
       —Fritz te traerá cerveza —dijo—. Querida, tu falda está abierta por detrás. No pudimos dejar de reírnos cuando cruzaste el salón enseñando la pretina blanca de tus enaguas.
       —¡Qué horror! —exclamó Frau Brechenmacher— al desplomarse en la silla mientras se mordía un labio.
       —Na, ya pasó —dijo Frau Rupp— estirando sus manos regordetas sobre la mesa para admirar sus tres anillos de viuda con inmenso placer—; pero una debe ser cuidadosa, especialmente en una boda.
       —Y más en una boda como ésta —intervino Frau Ledermann, sentada al otro lado de Frau Brechenmacher—. Qué ocurrencia de Teresa traer a la niña. Es su propia hija, sabes, querida, y vivirá con ellos. Eso es lo que llamo un pecado contra la Iglesia, que una hija natural asista a la boda de su propia madre.
       Las tres mujeres fijaron la vista en la novia que permanecía muy quieta con una sonrisita inexpresiva en los labios, sólo sus ojos se movían intranquilos de un lado a otro.
       —Le dieron cerveza, también —murmuró Frau Rupp— y vino blanco y un helado. Nunca creí que tuviera ese estómago. Debieron dejarla en casa.
       Frau Brechenmacher se volvió en redondo y vio a la madre de la novia. No despegaba la mirada de su hija salvo cuando fruncía la frente morena como un mono viejo y saludaba con la cabeza solemnemente una y otra vez. Sus manos temblaban al levantar su tarro de cerveza y al beber escupía sobre el suelo y se limpiaba soezmente su boca con la manga. Entonces comenzó la música y la mujer seguía a Teresa con los ojos y observaba recelosa a cualquier hombre que bailara con ella.
       —¡Anímate, vieja! —le gritó su marido con un codazo en las costillas—, esto no es el funeral de Teresa. —Y guiñó a los invitados que estallaron en carcajadas.
       —Estoy contenta —masculló la vieja y empezó a golpear la mesa con su puño, siguiendo el ritmo de la melodía y probando que participaba en los festejos.
       —No puede olvidar lo impetuosa que Teresa ha sido —comentó Frau Ledermann—. ¿Quién podría con la niña allí? Oí que la noche del domingo Teresa estaba histérica y decía que no se casaría con este hombre. Tuvieron que traerle al cura.
       —¿Dónde está el otro? —preguntó Frau Brechenmacher—. ¿Por qué no se casó con ella?
       La mujer alzó los hombros.
       —Se fue... desapareció. Era un agente viajero que estuvo sólo dos noches en su casa. Vendía botones para camisa... yo misma le compré algunos... botones bonitos. ¡Pero qué tipo más cochino! Ignoro qué vio en una muchacha tan simple... uno nunca sabe ¡Su madre cuenta que ha sido como la pólvora desde los dieciséis!
       Frau Brechenmacher se fijó en su cerveza y sopló un hoyito en la espuma.
       —Una boda no debe ser así —dijo—, no es religioso amar a dos hombres.
       —¡Buena la pasará con éste! —exclamó Frau Rupp—. Se hospedaba conmigo el último verano y tuve que correrlo. Nunca se cambió ropa en dos meses y cuando le comenté el olor de su cuarto me contestó que de seguro subía desde la rienda. Ah, cada esposa carga su cruz. ¿No es cierto, querida?
       Frau Brechenmacher vio a su marido en la próxima mesa. Estaba bebiendo mucho, ella lo sabía... gesticulaba como loco y salpicaba de saliva al hablar.
—Sí —asintió— es verdad. Las muchachas tienen mucho que aprender.
       Encajada en medio de dos viejas gordas, la Frau no tenía esperanzas de que la sacaran a bailar. Veía a las parejas dar vueltas y vueltas; olvidó a sus cinco hijos y a su hombre y casi se sintió una joven nuevamente. La música sonaba triste y dulce. Las manos rugosas de la Frau se enlazaban y desenlazaban solas sobre los pliegues de la falda. Mientras las canciones continuaban temía mirar a cualquiera a la cara y sonreía con un temblor nervioso alrededor de la boca.
       —¡Dios mío! —gritó Frau Rupp— le dieron a la niña de Teresa un pedazo de salchicha. Para mantenerla quieta. Ahora vendrá una presentación... tu hombre tendrá que hablar.
       Frau Brechenmacher se enderezó tensa. La música cesó y los danzantes regresaron a sus lugares en las mesas.
       Únicamente Herr Brechenmacher permaneció parado... sostenía en sus manos una gran cafetera de plata. Todos rieron con su discurso, excepto la Frau; todos se carcajeaban con sus muecas y de la manera como llevó la cafetera hasta la pareja nupcial, cual si fuera cargando un bebé.
       La novia levantó la tapa, atisbó el interior, la cerró con un gritito y se sentó mordiéndose los labios. El novio le arrebató la cafetera y sacó un biberón y dos cunitas con muñecas de porcelana. Cuando meneaba como un péndulo tales tesoros frente a Teresa el cuarto caluroso pareció jadear y mecerse con las risas.
       Frau Brechenmacher no lo creyó gracioso. Descubrió a su alrededor los rostros sonrientes y repentinamente le resultaron extraños. Quería irse a su casa y no salir nunca más. Imaginaba que toda esa gente se burlaba de ella; una multitud mayor de la que había en el salón... se burlaba por ser más fuerte.
       Regresaron en silencio. Herr Brechenmacher caminaba por delante, ella lo seguía a trompicones. El camino de la estación a su casa estaba blanco y desolado... una ráfaga de viento frío le voló el capuchón de la cara, y repentinamente recordó la primera noche que llegaron juntos. Ahora tenían cinco hijos y el doble de dinero; sin embargo...
       —¿Y de qué sirve eso? —murmuró, y hasta que entró y preparó una pequeña cena de carne y pan para su hombre, dejó de preguntarse algo tan necio.
       Herr Brechenmacher partió el pan dentro de su plato, rebanó con él ayudado por su tenedor y masticó vorazmente.
       —¿Está bueno? —preguntó ella, apoyando los brazos sobre la mesa y recargando el busto contra ellos.
       —¡Buenísimo!
       Tomó un pedazo de migajón, lo pasó por el borde del plato y se lo ofreció. Ella movió la cabeza.
       —No tengo hambre —dijo.
       —Pero si es uno de los mejores bocados. Está lleno de grasa.
       Limpió el plato; luego se zafó sus botas y las arrojó a un rincón.
       —No fue una gran boda —dijo mientras estiraba los pies y movía los dedos dentro de los calcetines de lana.
       —N...no —respondió ella en tanto recogía las botas desechadas y las metía al horno para secarlas.
       Herr Brechenmacher bostezó y se desperezó, y entonces la miró malicioso.
       —¿Recuerdas la noche que llegamos a casa? Eras una inocente... lo eras.
       —¡Hace mucho! hace tanto tiempo que lo he olvidado. —Bien que se acordaba.
       —Qué golpe me diste en la oreja... pero te enseñé pronto.
       —Ay, no empieces a hablar. Has bebido mucha cerveza. Ven a la cama.
       Él se echó para atrás en la silla sacudiéndose de risa.
       —No me dijiste eso aquella noche. ¡Dios mío, qué trabajo me diste!
       Pero la pequeña Frau tomó la vela y fue al cuarto contiguo. Los niños dormían profundamente. Tocó el colchón del bebé para ver si todavía estaba seco, y empezó a desabrocharse la blusa y la falda.
       —Siempre lo mismo —dijo—, en el mundo entero siempre es lo mismo; pero Dios del cielo... pero qué estúpido.
       Después hasta el recuerdo de la boda fue desvaneciéndose. Se acostó en la cama y se cubrió la cara con el brazo como una niña que esperara ser lastimada cuando Herr Brechenmacher entrara tambaleante.



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