Louise Erdrich
(Little Falls, Minnesota, 1954–)


El mejor pescador del mundo (1982)
(“The World’s Greatest Fisherman”)
Originalmente publicado en la revista Chicago (octubre 1982, pp. 159-168);
capítulo 1 de la novela Love Medicine
(New York: Holt, Rinehart and Winston, 1984, 275 págs.);
The Red Convertible: Selected and New Stories 1978-2008
(Nueva York: HarperCollins Publishers, 2009, 496 págs.)



I

      La víspera del domingo de Pascua, June Kashpaw recorría la atestada calle principal de Williston, un pueblo petrolero de Dakota del Norte en plena expansión, matando el tiempo hasta que llegara el autobús de las doce que la llevaría a casa. Era una mujer chippewa de largas piernas que había envejecido mal en todo salvo en su manera de moverse. Fue sin duda su forma de caminar, ágil como la de una muchacha de piernas delgadas y firmes, lo que atrajo la atención del hombre que la llamó golpeando la ventana del bar Rigger. A ella esa cara le resultaba familiar, como le resultaban familiares tantas personas. Había visto pasar a muchos. El hombre dobló el brazo, invitándola a entrar, y ella obedeció sin vacilar, pensando sencillamente que podría tomarse un par de tragos con él antes de ir a buscar su equipaje para coger el autobús. Al menos deseaba comprobar si de verdad lo conocía. Incluso a través del empañado cristal, podía ver que no era tan mayor y que llevaba el pecho acolchado con un caro anorak.
       En la barra había cajas de huevos de colores; cada uno de ellos brillaba como una joya en su envoltorio de celofán. Cuando ella entró por la puerta, el tipo estaba pelando uno, azul celeste como el de los huevos de los petirrojos, que sujetaba en la palma de una mano mientras desprendía la cáscara con el dedo pulgar. Aunque el día estaba nublado, la nieve reflejaba tanta luz que se quedó cegada durante un momento. Era como sumergirse bajo el agua. Avanzó directa hacia ese huevo azul en aquella mano blanca, un faro en el aire turbio.
       Él le pidió una cerveza, una Blue Ribbon, afirmando que se merecía un premio por ser lo mejor que había visto en muchos días. Le peló un huevo, uno rosa, diciéndole que iba a juego con su jersey de cuello vuelto. Ella repuso que no era un jersey de cuello vuelto. Que esas prendas se llamaban camisetas térmicas
[shell en inglés, que también significa cáscara]. Él respondió que con mucho gusto la pelaría a ella también, si ella quisiera, y después sonrió al camarero y le ofreció el huevo a la mujer.
       Al llegar de la calle, la mano de June estaba más fría que el huevo, de modo que tuvo que sostenerlo entre sus dedos un minuto para que no lo notara cálido y gomoso. Al comerlo, se dio cuenta de lo hambrienta que estaba. Se había gastado en el billete de autobús lo que le quedaba del dinero que le había dado el hombre anterior a este. No recordaba con exactitud cuándo había comido por última vez. Él pareció impresionado cuando ella acabó el huevo, y le peló otro idéntico. Ella se comió el huevo. Y luego otro. El camarero la miraba. Ella se encogió de hombros y, con un golpecito, sacó un largo cigarrillo mentolado de una tabaquera de plástico blanco con sus iniciales grabadas en letras doradas. Dio una calada y luego se inclinó hacia su acompañante por encima de las cáscaras rotas.
       —¿Qué pasa? —dijo sin entusiasmo—. ¿Dónde está la fiesta?
       Para el viaje en autobús, llevaba el pelo cuidadosamente peinado con laca, y sus ojos, en unas cuencas de sombras azul marino, estaban muy atentos. Estaba tomando una decisión.
       —No tengo mucho tiempo hasta que salga mi autobús… —añadió.
       —¡Olvídate del autobús! —Se levantó y la cogió por el brazo—. Vamos a divertirnos. ¿Me oyes? ¿Quién nos lo va a impedir? ¡Nos lo vamos a pasar en grande!
       Ella no pudo evitar advertir, cuando él pagó, que llevaba un buen fajo de billetes atados con una goma roma, como esas que sujetan los plátanos en los supermercados. Ese fajo ayudaba. Pero lo más importante era que tenía un presentimiento. Los huevos traían suerte. Y él mostraba una lentitud bonachona que parecía diferente. Quizá este fuera diferente, pensó. El billete de autobús seguiría teniendo validez, tal vez para siempre. No la estaban esperando en su casa, allá en la reserva. Ni siquiera tenía allí un hombre, salvo aquel del que se había divorciado. Gordie. Si algún día estuviese desesperada, él le enviaría dinero a pesar de todo. Así que acompañó a otro bar al hombre del anorak. Bajaron la calle en su camioneta Silverado. Era ingeniero de perforaciones. Ella no le dijo que había conocido a muchos ingenieros de perforaciones antes, tampoco le contó la historia de uno al que lo había matado una manguera de presión. La manguera había surgido del subsuelo, atravesándole el estómago.
       El recuerdo de esa muerte, aunque apenas había conocido al fallecido, siempre le producía un nudo seco y angustioso en la garganta. Era por la manguera, creía, surgiendo sinuosamente como una serpiente desde su nido invisible; la idea de esa manguera atacando como un ser vivo resultaba aterradora. Había oído decir que le había vaciado las entrañas de un solo golpe. Y eso también le causaba dolor de garganta, aunque hubiera escuchado historias peores. Era ese instante, ese preciso momento en el que uno se daba cuenta de que estaba totalmente vacío. Él debió de sentirlo. A veces, cuando estaba sola en la oscuridad de su habitación, pensaba que sabía cómo debía de ser.

       Más tarde, mientras la oscuridad los iba envolviendo en un ruidoso bar, ella cerró los ojos durante un momento entre el humo y vio surgir esa manguera de pronto a través de la tierra negra con su aliento letal.
       —Aaaah —exclamó, sorprendida, casi dolorida—. Tienes que serlo.
       —¿Tengo que ser qué, cielo?
       Le ciñó con más fuerza los delgados hombros. Estaban sentados en un banco corrido junto a otras personas mientras se tomaban unas Angel Wings. La boca de la mujer, ahora con la pintura de labios corrida, se acercó con brusquedad a los labios de él.
       —Tienes que ser diferente —dijo con un suspiro.

       Fue un poco más tarde cuando se sintió tan vulnerable. Mientras se dirigía a los servicios, tuvo miedo de tropezar con algo porque su piel estaba dura y quebradiza como la cáscara de esos huevos y ella sabía que era posible, en esas condiciones, romperse en pedazos al menor roce. Se encerró en el aseo y recordó la mano de él, apartando con el pulgar la piel transparente y la cáscara azul. La ropa picaba. La camiseta rosa estaba empapada de sudor y le subía demasiado en las axilas, pero no podía quitarse la chaqueta de vinilo blanco, que le había regalado su hijo Delmar, porque la camiseta rosa tenía un roto en el estómago. Pero mientras estaba sentada ahí, ocurrió algo. De pronto tuvo la sensación de deslizarse fuera de sus ropas y su piel sin la ayuda de nadie. Todavía permanecía sentada, se inclinó hacia delante y apoyó la frente en la tapa del dispensador de papel higiénico. Sentía que por debajo de todo eso, su cuerpo estaba limpio y desnudo: solo las capas de piel estaban duras y viejas. Aunque el tipo no fuera diferente, ella saldría adelante una vez más.
       Se le escapó el bolso de su mano y el contenido se desparramó. Se enderezó en el asiento. El picaporte cayó del bolso abierto y rodó por el suelo debajo de la taza. Tenía que llevarse con ella el picaporte cada vez que abandonaba su habitación. No había otra forma de cerrar la desvencijada puerta. Recogió el picaporte y lo sujetó por la vara metálica. La empuñadura redonda era de porcelana, suave y blanca. Dura como una piedra. Lo guardó en el bolsillo y, sin soltarlo, regresó a la mesa entre la multitud. Su habitación estaba cerrada. Y ahora ella estaba preparada para él.

       Fue un alivio cuando al fin se detuvieron, muy lejos del pueblo, en una carretera secundaria. Ella dejó que él se peleara con su ropa, pero resultó ser tan torpe que tuvo que ayudarlo. Se subió la camiseta enrollándola con cuidado, ocultando el roto, y arqueó la espalda para que él pudiera quitarle los pantalones. Estaban hechos de un tejido elástico que crepitaba con electricidad estática y soltó pequeñas chispas azuladas cuando él se los bajó hasta los tobillos. El hombre se magulló la mano con los mandos de la calefacción. Ella notó cómo la rejilla se abría junto a su hombro, como una gran mandíbula, despidiendo aire caliente, y tuvo la breve y voluptuosa sensación de encontrarse tumbada ante una enorme boca abierta. El aliento le recorrió el cuello, erizándole los pezones. Después, su anorak se abalanzó sobre ella, tan resbaladizo y mullido que parecía como si la estuviese frotando una enorme lengua. No encontró dónde sujetarse. Y sintió que se resbalaba por el liso asiento de plástico, deslizándose más y más, hasta que la coronilla de su cabeza fue a toparse con la puerta del conductor.
       —Ay, Dios —gemía el hombre—. Ay Dios, ay Dios mío, qué placer.
       No estaba haciendo nada, tan solo movía las caderas encima de ella, hasta que al fin dejó caer la cabeza de golpe.
       —Oye —dijo ella, sacudiéndolo—. ¿Andy?
       Lo zarandeó con más fuerza. No se movió ni se alteró el ritmo de su profunda respiración. Comprendió que no había forma de despertarlo, de modo que se quedó quieta bajo el peso de su cuerpo. Permaneció inmóvil hasta que se sintió frágil otra vez. Su propia piel le resultaba sedosa y extraña. Así supo que si permanecía tumbada allí más tiempo, se resquebraría de los pies a la cabeza, no en un solo punto, sino en multitud de fragmentos que él aplastaría al moverse en sueños. Pensó en recomponerse por completo. Dobló un brazo por encima de la cabeza y apoyó el codo lentamente en el picaporte hasta soltarlo. La puerta se abrió de golpe.
       June estaba tan apretada contra la puerta que, en cuanto cedió, ella cayó fuera. Sobre el frío. Fue toda una conmoción, como la de un recién nacido. Pero de algún modo aterrizó con los pantalones medio subidos, como si hubiera tirado de ellos en el aire durante la caída, y después se abrochó rápidamente el sujetador, se ajustó la camiseta y alargó la mano dentro de la camioneta. Sin necesidad de buscar a tientas, encontró enseguida su chaquetón y su bolso. Así las cosas, no tenía claro si estaba más borracha o más sobria de lo que había estado nunca en su vida. El hombre ni se movió ni alteró su respiración. Ella dejó la puerta abierta. La calefacción, regulada a una temperatura constante, bostezó a sus espaldas con un sonido ronco y lo siguió oyendo en la carretera, o eso le pareció, durante casi un kilómetro. Después ya no oyó nada más que el sonido de sus propias botas pisando la escarcha. Se concentró en sus pies, para que pisaran estrictamente los surcos aplastados de las ruedas en la calzada.
       Había caminado lo suficiente como para vislumbrar el apagado resplandor anaranjado, la bóveda de nubes bajas e iluminadas sobre Williston, cuando tomó la decisión de irse a casa caminando en lugar de volver allí. Soplaba un viento suave y húmedo. El chinook, pensó. Abandonó la carretera hacia la derecha y subió por una acumulación de nieve hasta pasar por encima de una valla paranieves, y se puso a elegir el camino campo a través entre matas de hierba seca y costras de praderas heladas. Sus botas eran muy finas. Por eso procuraba pisar tierra seca cuando podía y evitaba el barro y los terraplenes grises y enfangados. Era exactamente como volver de la casa de alguna amiga o de un baile tradicional en el pueblo, de un paseo en carreta quizá, balanceando el bolso mientras atravesaba el amplio campo, pisando con cuidado para no mojarse los pies.
       Ni siquiera cuando comenzó a nevar perdió su sentido de la orientación. Se le entumecieron los pies, pero no le preocupaba la distancia. Los fuertes vientos no podrían desviarla de su camino. Siguió avanzando. Ni siquiera cuando se le contrajo el corazón y la piel se le agrietó de frío le importó, porque la parte pura y desnuda de ella siguió adelante.
       La nieve caía esa Semana Santa con más fuerza que en los últimos cuarenta años, pero June caminó por encima como si fuese agua y regresó a casa.



II

       —Desde luego que era guapa —afirmaba Aurelia con las manos hundidas en una fuente llena de ensalada de patata.
       —Algunas personas utilizan cucharas para remover. —La tía Zelda sacó un pesado cucharón metálico del cajón. Frunció los labios como si fuera el cierre de un monedero—. Yo solo decía que las había pasado canutas en la vida y que tenía magulladuras…
       —Qué va. No la llegaste a ver.
       Aurelia, una mujer entrada en carnes y de buen ver, apartó el cucharón de Zelda con la mano manchada.
       —De hecho, ¿acaso la llegó a ver alguien? Nadie la vio. Nadie sabe a ciencia cierta lo que pasó, entonces ¿para qué hablar de magulladuras ni nada…? Nadie la vio.
       —Bueno, yo he oído —continuó Zelda—, he oído que estaba con un hombre y que él la dejó tirada.
       —Tú no has oído nada —le cortó Aurelia—. No te creas nada que no hayas visto con tus propios ojos. June había hecho el equipaje. Se disponía a volver a casa. Encontraron sus maletas cuando tiraron abajo la puerta de su habitación. Se marchó sin más ni más porque… —Aurelia vaciló y luego su voz se afianzó—: Después de todo, ¿qué le estaba esperando a la vuelta? ¡Nada!
       —¡Nada! —repitió Zelda—. ¡Nada! —Hinchó las mejillas con gesto concentrado, mientras pinchaba y daba pequeños golpes en los bordes de las tartas. Eran de ruibarbo, guillomo, manzana y grosella, frutas que habían recogido y conservado diferentes tías Kashpaw—. Supongo que te habrás lavado las manos antes de meterlas en esa ensalada —le dijo a Aurelia.
       Aurelia torció el gesto en dos medialunas de paciente exasperación.
       —Mira, Zelda —dijo—. La hija de Patsy se va a ir a casa y le contará a su madre que me sigues tratando como a tu hermanita pequeña.
       —Bueno, lo eres, ¿no? Eso no puede cambiarse.
       Le di a Aurelia los encurtidos, troceados en pequeños dados. Llevaba toda la mañana siguiendo sus instrucciones. En esa casa, que no había pisado en muchos años, no estaba segura de cuál era mi lugar. Era lo bastante mayor como para permanecer junto a mis tías, pero todavía no tenía hijos ni marido, así que tuve la extraña sensación de que me consideraban parte de los pequeños. Había sentido al mismo tiempo la mansedumbre del extranjero y el bienestar de hallarme entre los míos. Mi madre no llegaría hasta unos días más tarde y ya echaba de menos la seguridad que me proporcionaba que ella hablara por mí.
       —¿Dónde están esos huevos duros? —preguntó Aurelia, no a mí sino a Zelda.
       —Me imagino que los habrás puesto a enfriar demasiado despacio y las yemas se estarán poniendo verdes —dejó caer Zelda en tono de reproche—. Si los hubieras dejado bajo un chorro de agua fría nada más hervirlos, ahora el interior estaría perfecto.
       —Ya, ¡pero es que así se pelan muy mal! Por eso dejo que se enfríen despacio. Pero ¿dónde habrán ido a parar?
       —La cáscara sale sola… —insistió Zelda.
       —Los has metido en la leñera —dije.
       Aurelia había guardado los huevos en la leñera donde nadie los tocaría a esas alturas de junio. La mayoría de tíos, tías y niños había ido en coche a Spirit Lake para pescar y acampar. Habían salido por la mañana en camionetas cargadas hasta los topes para estar al aire libre con sacos de dormir, neveras portátiles llenas y cajas de anzuelos y aparejos de pesca. Iban a pasar la noche de acampada mientras nosotras preparábamos la cena del día siguiente.
       —June tenía a sus críos y a Gordie —terminó por recordar Zelda—. Por no hablar de su último nieto, el pequeño Delmar. Y salta a la vista que Gordie la adoraba, solo que ahora lo ahoga en alcohol. Se pasa el tiempo metido en casa de Eli a ver si Eli lo acompaña con un trago. La verdad, después de cómo lo trató June, no sé por qué él no dejó que ella se echara a perder.
       —Bueno, la única manera que tenía de echarse más a perder era muriéndose —observó Aurelia.
       Lo más curioso y que me llamaba siempre la atención de mis tías (la piadosa Zelda, con su cuidada permanente y el rostro picado y grisáceo, y Aurelia, con su coleta de pelo liso negro azuleado, sus pómulos redondos, sus vaqueros ajustados y su camisa de rodeo con flecos) era que cuanto más diferente era su comportamiento más se parecían en lo fundamental. Eran como mi madre a la hora de mostrar profundas convicciones. Defendían sus creencias con tal ímpetu que llegó un momento en que ya casi no importaba el significado de esas creencias; todas se fundían en una sola terquedad.
       Después del comentario de Aurelia, Zelda dejó de discutir sobre June para centrarse en mí.
       —Y bien, mi pequeña Patsy. ¿Quién es ese hombre con el que, según he oído, te vas a casar? —Sus pulgares planos y grises se perseguían en círculo sin cesar, dejando tras de sí perfectos y aplanados festones—. Desde luego te has tomado tu tiempo. Al final va a resultar que eres tan quisquillosa como yo.
       Aurelia soltó un gruñido, pero contuvo cualquier comentario, que sin duda habría aludido al primer y desastroso matrimonio de Zelda con un granjero sueco.
       —Patsy conoció a su prometido en la universidad —respondió Aurelia por mí—. Es un muchacho indio realmente muy apuesto. He visto una foto suya.
       —Es un adulto —precisé—. Fue profesor mío.
       —Vaya —exclamó Zelda con alegría—. Igual que tu madre, solo que ella se casó con su profesor de instituto. ¿No es increíble?
       Se detuvo con las manos en el aire, como paralizada por la coincidencia.
       —Supongo que ahora le vas a enseñar un par de cosillas —me dijo Aurelia, no en broma sino que muy en serio—. No se lo digas a tu padre, pero aprendió un montón de cosas de la vida con tu madre.
       Señalé que estaba de acuerdo con eso, y con lo contrario también.
       —Bueno, con lo contrario no tanto —objetó Zelda.
       Después preguntó si mi novio iba a misa. Yo le expliqué que había nacido católico, y ella se quedó satisfecha al menos de momento.
       —Entonces siempre lo será —afirmó—, lo sepa él o no. Lo mismo que tú eres una Kashpaw. —Movió la cabeza hacia mí en un gesto de advertencia.
       —Patsy sabe que es una Kashpaw —dijo Aurelia—. Si no, ¿qué estaría haciendo aquí?
       Al ver los huevos que yo había pelado, Zelda se olvidó de mi novio y levantó uno entre dos dedos para mostrar la capa verdosa que envolvía las yemas. Aurelia se molestó. Las dos mujeres seguían con su rifirrafe sobre el arte de hervir huevos cuando Delmar y Lynette llegaron en su flamante coche con Delmar Junior en el asiento delantero y el abuelo y la abuela Kashpaw en los asientos traseros.
       —Ahí está esa chica blanca —espetó Zelda asomando la cabeza por la ventana.
       —¡Oh, por el amor de Dios! —gruñó de nuevo Aurelia—. ¿Y qué hay de tu suequito?
       —He aprendido la lección. —Zelda limpió con decisión los bordes de la fuente de Aurelia.
       —Ay, Zelda… —murmuró con tristeza y emoción la tía más joven.
       No llegó a terminar la oración, pero ese inicio ya fue suficiente. Escocida por el menor asomo de lástima, Zelda se puso tensa y se marchó.

       Primero aparecieron los calcetines tobilleros con puntilla y los zapatos de enfermera de la abuela Kashpaw, después la melena corta plateada de estilo paje. Y por último, el resto de su cuerpo se deslizó por la puerta, envuelto en metros de florecillas malvas. Cuando yo era pequeña, me parecía que ella tenía el mismo tamaño que los monumentos del parque. Pera cada vez que la veía ahora, me daba cuenta de que no era tan grande, sino que su silueta resultaba maciza y envejecida como una escultura tallada en la roca. Nunca había cambiado mucho, al menos no tanto como el abuelo Kashpaw; desde que me había marchado fuera a estudiar, se había convertido en un anciano. Los años habían caído sobre él de golpe, como una tormenta en otoño, arrancando las hojas ocres en una sola noche, y ahora el invierno (profundo y silencioso) flotaba sobre él. Mientras la abuela se sacudía el vestido y sacaba paquetes del maletero, el abuelo esperaba sentado en el coche sin moverse. No se había dado cuenta de que se habían detenido.
       —¿Por qué no le dices que nos hemos parado? —le pidió la abuela a Lynette.
       Lynette estaba cambiando el pañal de Delmar Junior en el asiento trasero. Solía utilizar pañales desechables con cintas adhesivas en su casa de Minneapolis, pero desde que estaba aquí Zelda la había recriminado para que usara pañales lavables de tela con imperdibles. El bebé se retorcía y forcejeaba, callado y alegre. Él también se hallaba en una especie de invierno, como el abuelo, solo que el de Delmar Junior era el nuevo y tranquilo invierno de la gestación, en el que la vida se va formando y se prepara para el encuentro con el mundo.
       —¿Has oído? —Delmar el Grande, ya fuera del coche mientras examinaba nervioso los neumáticos, asomó de nuevo la cabeza por la ventanilla del conductor—. Te está llamando. La madre de mi padre. Te acaba de decir que hagas algo.
       Manchado e hinchado, el rostro de Lynette floreció por encima del volante. Era una rubia de bote con las raíces tan negras como el alquitrán.
       —Sí, la he oído —susurró con los imperdibles entre los dientes—. Díselo tú.
       Levantó al bebé de una sacudida sujetándole los tobillos entre los dedos y colocó el triángulo de tela bajo sus nalgas.
       —La abuela te ha dicho que se lo digas.
       Delmar se asomó un poco más en el vehículo. Tenía las largas y delgadas piernas de su madre y yo recordé de pronto, al verlo inclinado dentro del coche, cómo se había inclinado así June también. Yo me hallaba detrás de ella, que había empujado un barco de remo en una playa de guijarros de algún lago que habíamos ido a visitar juntas. Subí de un salto al bote con ella. Por entonces ya tenía dos hijos, pero todavía ninguna hija, por lo que me consentía mucho y me lo contaba todo, creyendo que no lo entendía, por la necesidad de contárselo a alguien, supongo. Me contó cosas que solo contarías a otra mujer, ya adulta, y yo la adoraba con locura por aquellas confidencias de adultos, por sus volutas de humo azulado, por su figura delgada, recia y radiante. La había adorado hasta tal punto que me contaba todo lo que necesitaba contar. Y era verdad: yo no entendía las palabras entonces. Pero ella no había reparado en mi memoria. Esas palabras permanecieron conmigo.
       Incluso ahora, Delmar decía algo a Lynette con un deje tan extraño y onírico que casi me pareció oír la voz de ella.
       June había dicho: «Empleó la palma de la mano. Me golpeó a base de bien».
       Y ahora Delmar decía:
       —La palma de la mano…, pero a base de bien…
       Lynette salió del coche, quitó el pañal y los imperdibles, apoyó el niño con el trasero desnudo en la cadera, y yo era incapaz de decir lo que había pasado.
       El abuelo no advirtió nada, fuese lo que fuese. Se volvió hacia la puerta abierta y miró fijamente a su casa.
       —Esto me recuerda algo —dijo.
       —Bueno, debería. ¡Es tu casa!
       Zelda le cogió ambas manos por la puerta contraria y tiró de él. Lynette huyó de todos nosotros mientras la bolsa con los pañales salía volando.
       —¡Además está aquí tu nieta! —Zelda chilló con cuidado a la cara del abuelo—. La hija de Patsy. Ha venido hasta aquí para vernos antes de casarse.
       —Patsy… La segunda… Nació el catorce de abril de mil novecientos treinta y ocho…
       —No, papá. Esta es la hija de Patsy. Tu nieta.
       Pero desde su desvarío retenía fechas, números y cifras, y no la monótona complejidad de su prole, que proliferaba más allá de los números hasta la eternidad. Me cogió la mano y avanzó, confiando en mí, fuera quien fuera.

       Había traído aquí a la abuela Vitaline, a la primera parcela, en 1929. Juntos habían criado a seis hijos nacidos de su unión más otros cuatro nacidos entre los vecinos, alimentándolos a todos durante la Gran Depresión con los frutos del mayor huerto de la reserva. Detrás de la casa todavía se extendía un pequeño resto de ruibarbo, que desplegaba aún sus hojas venenosas de los tallos rojizos. Me dirigí allí con el abuelo del brazo. Tenía que familiarizarse de nuevo con el lugar cada vez que la abuela y él venían desde la residencia. El tío Gordie vivía ahora en estas tierras, y solo conservaba el ruibarbo de aquella primera huerta. Recordaba cuando yo mojaba los tallos en un tazón de azúcar y me los comía en las largas y calurosas tardes. Más allá del descuidado jardín lleno de rastrojos, se abría una amplia zanja de trigo que descendía serpenteando por la colina, se enroscaba un momento alrededor de una ciénaga de un verde intenso hasta darse de bruces con una herradura de abedules y álamos trémulos. Todo aquello eran tierras del abuelo, que ahora habían sido alquiladas a un granjero que cultivaba trigo.
       El abuelo había nacido en una cabaña de corteza en las islas Apostle en el lago Superior. Se crio deambulando de una reserva a otra a lo largo de las estaciones, hasta que los misioneros o los inspectores del absentismo escolar lo enviaron a las escuelas del gobierno. Era el hermano gemelo del tío Eli, que nunca fue a esas escuelas sino que se quedó en casa y aprendió de los bosques. La mente de Eli se había tornado muy hogareña estos días, como la de la abuela, pero la mente del abuelo se había vuelto recelosa y salvaje. A veces yo tenía la impresión de que sus pensamientos nadaban entre nosotros, escondiéndose bajo las piedras, desapareciendo entre las malas hierbas, y yo intentaba pescarlos, agitando mis palabras como si fueran cebos y anzuelos.
       «¿Te acuerdas de esto…? ¿Te acuerdas de lo otro…? ¿Cómo era…? ¿Las antiguas escuelas…? ¿Washington…? ¿El lago Leech?».
       Esquivos y repletos de historia, se escurrían con un aleteo y desaparecían. Con el mismo color que el agua. El abuelo sacudía la cabeza, recordando fechas sin ningún acontecimiento que las acompañara, nombres sin rostros, sucesos fuera del tiempo y el lugar donde habían acaecido. Había momentos en los que yo casi envidiaba su invierno, pues su pérdida de memoria lo protegía, lo absolvía del pasado, dejándolo vivir tranquilo sin sentimiento de culpa o desolación. Cuando pensaba en June, por ejemplo, era joven. Le daba de comer ciruelas silvestres. Ella siempre sería así para él. Delmar Junior, su bisnieto, era feliz porque todavía no había adquirido una memoria. La felicidad del abuelo residía en haber perdido la suya. Me sentí más a gusto con el abuelo que con nadie durante esta visita. Puesto que su mente había sido absorbida por el mundo que lo rodeaba y yo solo formaba parte de su hábitat, como un mueble, un elemento del paisaje, no tenía que defenderme ante él, ni siquiera hablar.
       —A él le gusta esa silla de jardín destartalada —vociferaba ahora la abuela, al vernos juntos—. Deja que se siente ahí un rato.
       Tiré de la estructura de aluminio y plástico raído hasta darle forma de silla y él se acomodó en ella, mientras contaba algo entre dientes. Nubes. Árboles. Todas las briznas de hierba.
       En casa, la abuela quitaba el envoltorio al caro jamón comprado en el supermercado. Le dio unas palmadas con amor antes de introducirlo en el horno y cerrar la puerta con cuidado para no interrumpir su descanso.
       —No está acostumbrada a comprar esa cantidad de carne —explicó Zelda—. ¿Te acuerdas de que antiguamente recurríamos al trueque para conseguir carne?
       —O matábamos a nuestros animales —dijo Aurelia al tiempo que lanzaba una bocanada de humo gris de un Winston por encima de la mesa.
       —¡Puaj! —exclamó Zelda—. Pon la tapa en la mantequilla. —Y agitó la mano delante de su nariz—. ¿Sabes, mamá?, apuesto a que te dan ganas de que todo sea como antaño. Con todos los críos otra vez en la cocina.
       —Uy, yo jamás he tenido problemas con los críos. —La abuela se limpió cada dedo en un paño de cocina—. Salvo de vez en cuando.
       —¿Salvo cuándo? —preguntó Aurelia.
       —Pues, a ver… —La abuela se sentó en un taburete alto mientras apartaba con un gesto de la mano la silla más sólida de Zelda. A la abuela le gustaba encaramarse en ese taburete como un oráculo en un trípode—. Como aquella vez cuando alguien intentó colgar a su prima pequeña —declaró antes de callarse de golpe.
       Las hermanas le dirigieron unas rápidas e incrédulas miradas. Ambas permanecieron en un obstinado silencio, sin que ninguna estuviera dispuesta a echarle una mano y contar la historia que yo conocía acerca de June. Yo había oído reír a June y a mi madre, acusándose mutuamente del ahorcamiento, cuando todavía era una anécdota de la infancia y no el detonante personal de sus culpas particulares. Las tías me miraron, preguntándose si yo estaría al tanto de la historia, pero ninguna abriría la boca para averiguarlo, de modo que yo misma les dije que se lo había oído contar a June en persona.
       —Eso es —saltó Aurelia—. June lo contó ella misma. Si a ella le molestó que la colgasen, ¡pues nunca lo demostró!
       —¡Ah! —dijo Zelda—. ¿Que si la molestó? Estabais jugando a los vaqueros. La habíais subido a una caja con una cuerda enganchada en una rama y atada a su cuello, todo muy real. ¡Que si la molestó! ¡Tuve que salvarla yo misma!
       —Ya lo sé —admitió Aurelia con un mohín de consternación—. Lo habíamos visto en las películas. Los niños las imitan, ¿sabes? Después de aquello nos hicimos tristemente famosos, Gordie y yo. ¿Te acuerdas, Zelda? ¡Cómo entraste en casa chillando para buscar a mamá!
       —¡Mamá! ¡Mamá! —cantó a la tirolesa la abuela imitando a su hija—. ¡Están colgando a June!
       —Saliste a todo correr, mamá. —Zelda se vio arrastrada por la historia—. Yo no sabía que podías correr tan rápido.
       —Le habíamos puesto la soga alrededor del cuello y la habíamos enganchado en el árbol, y la pobre June no dejaba de gritar del miedo que tenía. Pero jamás lo habríamos hecho.
       —¡Sí! —sostuvo Zelda—. ¡Teníais intención de hacerlo!
       —Anda que os di una buena tunda a los dos —recordó la abuela—. Aurelia, a Gordie y a ti, a los dos. ¡Tuve que daros una buena tunda!
       —Después te llevaste a la pequeña June a casa… —Zelda se vino abajo de repente.
       Aurelia se llevó las manos a la cara. Y, detrás de los dedos, soltó un sonido con la garganta semejante a un palo que se quiebra.
       —Ay, mamá, podríamos haberla matado…
       Zelda se aplastó el puño en los labios.
       —Pero entonces entró en casa. Le limpiaste la cara —recordó Aurelia—. Esa June. Nos espetó: «¡No tuve nada de miedo! ¡Malditos huevos podridos, al infierno con vosotros!».
       Y entonces Aurelia dejó escapar una risita nerviosa detrás de las manos. Zelda pegó un puñetazo sobre la mesa con sorprendente fuerza.
       —¡Huevos podridos! —dijo Zelda.
       —Y tuviste que darle una buena tunda a ella también… —gorjeó Aurelia mientras se secaba los ojos.
       —Por decir palabrotas —dijo la abuela a punto de perder el equilibrio.
       —Entonces se puso todavía más furiosa —intervine.
       —¡Y tanto! —Ahora la abuela levantaba la barbilla para contener la risa—. Me llamó maldita gallina vieja. ¡Allí mismo! ¡Una maldita gallina vieja por darle un azote!
       Entonces se echaron a reír a carcajadas, enjugándose las lágrimas en los delantales y las mangas de sus camisas, sin dejar de hacer aspavientos.
       —¡Patsy! Tu madre lloró de compasión por June. Y luego también se puso furiosa y le gritó. Llamó a June…
       —¿Qué le gritó? —pregunté a la abuela—. Nunca me ha contado esa parte.
       —Algo feo… —La abuela hizo un esfuerzo por recordar—. No sé de dónde se había sacado esa palabra tan horrible.
       Fuera, el motor de Delmar se embaló con grandilocuencia y comenzó a oírse un hilo de música.
       —Tiene un radiocasete en ese coche —explicó Zelda, mientras se daba palmadas en el corazón y el pelo para recomponerse—. Supongo que eso tuvo que costar un dinero extra.
       El coche se alejó, las ruedas chirriaron en la grava y la toba. Después, todo fue silencio otra vez. Las tías resoplaron, sacaron unos pañuelos de papel de sus mangas, se miraron pensativas y dieron por terminada la historia.
       —Supongo que han ido a buscar a Gordie —pensó Zelda en voz alta—. ¿Está en casa de Eli? Eso queda allí perdido en medio del monte.
       —Quería llevar a su tío abuelo a dar una vuelta en su nuevo coche —explicó la abuela con un tono comedido y cómplice.
       —Eli no se va a montar.
       Aurelia encendió un cigarrillo. Cabeceaba de delante hacia atrás en medio de bufandas de humo. Por una vez la cabeza de Zelda también osciló mostrando su conformidad, y a continuación también la de la abuela. Se levantó, apoyando sus mullidos y anchos brazos sobre la mesa.
       —¿Y por qué no? —Tenía que saberlo—. ¿Por qué no se iba a montar Eli en ese coche?
       —Patsy no sabe lo del seguro —dijo Aurelia señalándome con la barbilla.
       Entonces Zelda se volvió hacia mí y me habló con voz baja, melindrosa y explicativa:
       —Verás, el corazón de June se detuvo. Le hicieron la autopsia y eso descubrieron. Entonces se cobró el dinero del seguro y todo ese dinero fue a parar a manos de Delmar. Porque es el mayor. Con una parte de lo del seguro, Delmar le compró una gran lápida rosa, que depositó en la colina. Mamá, ¿iremos allí arriba a verla? Todavía no he visto esa lápida.
       La abuela estaba en los fogones, inclinada con dificultad para comprobar la cocción del jamón y nos ignoró.
       —Hace muy poco se compró este nuevo coche —prosiguió Zelda— con el resto de ese dinero. Tiene un radiocasete y viene completamente equipado. A Eli no le gusta, o eso he oído. Ese coche le recuerda a su sobrina. Ya sabes que Eli crio a June como si fuera su propia hija cuando murió su madre.
       —Delmar se quedó con ese maldito dinero —repuso la abuela de repente con voz clara—, no porque fuera el mayor. June le había nombrado heredero porque era el que más se parecía a ella.

       De modo que el seguro explicaba lo del coche. Más aún, explica por qué mis tíos y mis tías trataban ese coche con tanto mimo. Yo había pensado que se debía a que era un nuevo y carísimo Firebird. Aun así, nadie parecía tan orgulloso de él salvo Delmar y Lynette. Nadie se apoyaba en el elegante guardabarros, ni ponía los codos en el techo, ni seguía con el dedo los diminutos y resplandecientes pájaros, ni dejaban los platos de cartón en la capota. Nadie quería escuchar siquiera las cintas de música de Delmar. Era como si el coche estuviese conectado a algo. Como si fuese a soltar alguna descarga si se le tocaba. Acariciaban los acabados en cromado brillante o daban suaves golpecitos con los pies en los tapacubos. Se negaban a montarse, aunque Delmar los apremiara a que experimentasen lo rápido y suave que iba.
       —Bueno, ¿y dónde están? —preguntó Zelda—. ¿De parranda?
       La abuela dormitaba en la habitación contigua y Aurelia había sacado la última tarta del horno. La secadora amarilla de Gordie, comprada en Sear’s, seguía resoplando en el cuarto añadido a la casa, que albergaba el aseo, la lavandería y el fregadero de la cocina. Las cañerías, solo de dos años de antigüedad, colgaban a un lado de la casa. Las partes superiores de la lavadora y la secadora estaban cubiertas con toallas limpias y se habían colocado encima todas las tartas para que se enfriaran dejando la masa curruscante.
       —Esa blanca —dijo Zelda— parece una camionera. Menos mal que tú eres delgada, Patsy. No va a conservar a Delmar a su lado mucho tiempo.
       —¡Por Dios, Zelda! —Aurelia llegó de la habitación contigua—. ¿Por qué no puedes dejar las cosas como están? De acuerdo, es blanca. ¿Y qué hay del sueco? ¿Y cómo crees que se siente Patsy oyéndote hablar así?
       —Él es diferente —se defendió Zelda.
       —Él se quedó con su mujer —dije.
       —Vaya… —exclamó Aurelia—. ¡Te ha pillado, Zelda! Aprende rápido. Por algo le pusieron el nombre de Patsy, la Grande.

       Cuando Delmar y Lynette regresaron al fin, casi había anochecido y ya habíamos llevado al abuelo dentro de casa con la cena preparada.
       Lynette se sentó al lado del abuelo, con Delmar Junior en el regazo. Comenzó a dar de comer a su hijo un potito de hígado picado. El bebé intentaba golpear con las dos manos en la cuchara cada vez que esta se acercaba a la boca. Cada vez que conseguía atrapar la cuchara, esta se le escapaba de las manos y regresaba con más hígado. Lynette estaba agotada, con los ojos húmedos y enrojecidos. Su cabello amarillento, recogido en una rígida cachiporra, parecía haber servido para arrastrarla hasta allí.
       —Tú no tienes hijos, Patsy, ¿verdad? —dijo mientras apartaba la cuchara y la lamía, torciendo el gesto de asco—. Así que no puedes saber que nunca dejan nada tranquilo.
       —Todavía no se ha casado —puntualizó Zelda, mientras agitaba un colorido juego de llaves de plástico ante el bebé—. Ella tiene la intención de esperar a después de casarse para tener a su hijo… Cuchi cuchi —gorjeó cuando Delmar se concentró en ella y, en un esfuerzo de inmenso regocijo, atrapó las llaves y las atrajo hacia él.
       Lynette se levantó como una flecha, le arrancó las llaves de las manitas y lo llevó a la habitación contigua. El niño soltó un breve e indignado berrido antes de quedarse callado. Lynette regresó, bajándose la camisa. Era del color morado de las magulladuras.
       —Pensaba que querías ir a ver la lápida —recordó rápidamente Aurelia, dirigiéndose a Zelda—. Será mejor que te pongas en marcha antes de que se haga de noche. Dile a Delmar que te lleve allí arriba.
       —Supongo —respondió Zelda, volviéndose hacia mí— que Aurelia no ha visto esas dos cajas de repugnante cerveza en el asiento trasero. Yo no voy a ningún sitio en coche con un borracho.
       —¡No es ningún borracho! —protestó Lynette movida por una repentina pasión—. Pero yo también me tomaría unas cuantas cervezas si tuviera que pertenecer a esta familia.
       Después, dio media vuelta y salió a toda prisa.

       Delmar estaba repantingado y malhumorado en el asiento delantero del coche con una cerveza entre las rodillas. Tamborileaba con los dedos a ritmo de las cintas de Johnny Rivers.
       —Ni siquiera dejo que lo conduzca ella —contestó cuando le pregunté. Señaló con la cabeza a Lynette, que caminaba lentamente a lo largo de la cuneta añadiendo flores a un ramo de rosas silvestres de la pradera. Observé cómo se agachaba y tiraba de una rama resistente.
       —Se va a hacer daño en las manos.
       —Es que no sabe nada de nada —dijo Delmar—. Nunca ha ido a la escuela. Yo vi un poco de mundo cuando estuve en el ejército. ¿Recibiste mi foto?
       Me había enviado una foto suya en uniforme. Me sorprendí mucho cuando vi la fotografía porque caí entonces en la cuenta de que el bruto de mi primo, de mi misma edad, se había convertido en un joven de afilados pómulos y mirada de estrella de cine. Ahora, mientras rumiaba bajo la visera de su gorra azul, dirigió esa mirada lúgubre hacia el parabrisas y movió la cabeza observando a su mujer.
       —Ella no encaja.
       —Está muy bien —me sorprendí a mí misma diciendo aquello—. Solo dale una oportunidad.
       —Una oportunidad. —Delmar tomó un trago de cerveza—. Una oportunidad. Ella tuvo su oportunidad cuando se casó conmigo. Sabía a quién me parecía.
       Después, como si respondiera a una señal, aquel a quien Delmar no se parecía llegó hasta el patio al volante de su coche con una ostentosa entrada, haciendo chirriar las ruedas y tocando la bocina con insistencia.

       Al tío Gordie Kashpaw se le consideraba un hombre apuesto, aunque no tan elegante como su hijo Delmar. El rostro de Gordie era moreno, redondo e impaciente, con pliegues y arrugas tras haber sido cosido después de un accidente de coche. Siempre desprendía un encanto irresistible. De alguna manera extraña, todos esos puntos y pliegues habían contribuido a aumentar su atractivo en vez de disminuirlo. Su cara semejaba algo valioso que se hubiese roto y recompuesto con esmero. Y resultaba tanto más entrañable por el cuidado que había requerido esa recomposición. Inspirado por un fogonazo de ebriedad, dio dos vueltas por el patio antes de que su viejo Chevrolet se detuviera con un resoplido. El viejo tío Eli se bajó.
       —Bueno, sigue en pie —dijo Eli a la casa—. Igual que yo. Pero tú —se dirigió a Gordie—, tú no.

       Era verdad, los pies de Gordie no le daban tregua. Se tropezaban con cosas mientras se agarraba a la capota para salir del coche. La alfombrilla de goma, el guardabarros, los pequeños surcos y las piedras mientras trepaba hacia los peldaños de la entrada.
       —Zelda está allí —gritó Delmar—. ¡Y la abuela también!
       Gordie se sentó en los escalones para recobrar fuerzas antes de hacer su aparición.
       Una vez en casa, el tío Eli se sentó junto a su hermano gemelo. Ya no se parecían tanto, pues Eli se había marchitado y endurecido mientras el abuelo era más corpulento, fofo e incluso más pálido que su hermano. Dio la casualidad, sin embargo, de que iban vestidos iguales, con pantalones y chaqueta de trabajo, solo que el conjunto del abuelo era azul marino y el de Eli, verde oliva. Eli llevaba una gorra manchada y arrugada que parecía formar parte de su cabeza, de tal modo que ni siquiera a Zelda se le ocurrió pedirle que se la quitara. Sonrió y saludó al abuelo con la cabeza. Desplegaba una enorme sonrisa desdentada que le llenaba toda la cara.
       —Aquí está el tío Eli —dijo Aurelia, depositando un plato de comida para él—. Aquí está mi tío favorito. ¿Lo ves, papá? Ha venido el tío Eli. Tu hermano.
       —Ah, Eli —dijo el abuelo extendiendo la mano. El abuelo sonrió y saludó con la cabeza a su hermano, pero no dijo nada más hasta que Eli se puso a comer.
       —Yo ya no como mucho. Me estoy haciendo viejo —nos explicó Eli.
       —Pues estás comiendo una barbaridad —señaló el abuelo—. ¿Va a quedar algo?
       —Tú ya has comido —respondió la abuela—. Ahora quédate sentado tranquilito y charla con tu hermano.
       —Es demasiado tarde —repuso el abuelo—. Se lo está comiendo todo.
       Observaba fijamente cada bocado que daba su gemelo. A Eli eso no le molestaba lo más mínimo. Al contrario, disfrutaba descaradamente de la comida ante su hermano.
       —¡Oh, por el amor de Dios! —suspiró Zelda—. ¿Es que no vamos a salir nunca de aquí? Aurelia, ¿por qué no coges el coche de Gordie y nos llevas en él? De todos modos ya se ha hecho tarde para ir a ver esa lápida ahora, pero que me aspen si me pillan aquí cuando abran esas cajas de la parte trasera del coche de June.
       —Tiende la ropa de la lavadora —ordenó la abuela—. Yo ya estoy lista. Y tú, Patsy… —Me hizo un gesto con la cabeza mientras salían por la puerta—. Pueden comer todo cuanto quieran. Siempre y cuando no toquen las tartas. Esas tartas son para mañana.
       —¿Seguro que no quieres venir con nosotras? —insistió Zelda.
       —Es joven —respondió Aurelia—. Además, tiene que vigilar que esa panda de borrachos no toque las tartas.
       Se inclinó a mi lado. Su aliento tenía el dulce aroma de los glaseados mezclado con el del tabaco rancio.
       —Volveré más tarde —susurró—. Tengo que ir a ver a un amigo.
       Después, me guiñó un ojo exactamente de la misma manera como lo hacía June cuando iba a visitar a sus amigos secretos. Con un ojo cerrado y los labios fruncidos hasta dibujar un signo de interrogación con un punto de autoironía.
       El abuelo se acomodó en el asiento trasero y se quedó sentado tal y como se le había ordenado, con los brazos extendidos a ambos lados, sujetando la pila de ropa doblada.
       —¡Pueden comer! —gritó la abuela una vez más—. ¡Pero guarda las tartas para mañana!
       Dio una sacudida hacia adelante cuando el coche dio un bandazo en un bache en el camino de entrada y después salieron disparados colina arriba.



III

       —Oye, Patsy, ¿sabías que tu tío Eli es el último hombre de la reserva capaz de cazar un ciervo con una trampa?
       Gordie abrió una cerveza y la deslizó por la mesa de la cocina hasta mis manos. Seguíamos sentados a aquella mesa, solo que ahora los platos, las fuentes de ensalada y los moldes de tartas habían dado paso a ceniceros, cervezas y paquetes de tabaco.
       —Tenía que ahorrar cartuchos —dijo Eli, pensativo—. Eran muy caros.
       —Solo los auténticos indios de antes conocen así de bien a los ciervos —aseguró Gordie—. Tu tío Eli es uno de los de verdad, de los de antes.
       —¿Recuerdas lo primero que atrapaste? —preguntó Eli a Delmar.
       Delmar bajó la mirada a su cerveza y a continuación me lanzó una orgullosa y arrogante mirada de reojo.
       —Un vietnamita de mierda —respondió—. Estaba en los Marines.
       —Una mofeta —puntualizó Gordie alzando la voz—. Delmar atrapó una mofeta cuando tenía diez años.
       —¿Has comido mofeta alguna vez? —me preguntó Eli.
       —Es como un trozo de pollo frío —aventuré. Eli y Delmar asintieron con sonrisas solemnes.
       —¿Cómo despellejas tú a las mofetas? —preguntó Eli a Delmar.
       Delmar se bajó la visera, protegiéndose los ojos del anillo fluorescente de la cocina. En la parte delantera de la gorra estaba cosido un parche azul y blanco. «El mejor pescador del mundo», rezaba. Delmar levantó las manos en gesto de triunfante ignorancia.
       —Y tú, ¿cómo despellejas tú a tus mofetas? —preguntó a Eli.
       —Primero le quitas las glándulas —explicó Eli con cuidado, señalando distintas partes de su cuerpo—. Aquí, aquí y aquí. Después, la despellejas como a cualquier otro animal. Y tienes que cocerla en tres aguas seguidas.
       —Entonces ¿en serio os las coméis? —preguntó Lynette. Acababa de entrar en la habitación con otra cerveza y ahora se mordisqueaba alegremente la punta abierta de un mechón de pelo.
       Eli se enderezó en la silla e inclinó su pequeño sombrero negro hacia atrás.
       —¿Tú también eres una tiquismiquis? ¡Como Zelda! Una vez vino a verme con su primer marido, Johnson el Sueco. Era la hora de la cena. Yo había preparado una mofeta, así que se la puse para cenar. Madre mía, cómo se enfadó conmigo cuando descubrió lo que había comido. «¡Mofeta!», me espetó. «¡Qué asco! ¡Vosotros los viejos coméis cualquier cosa!».
       —Yo me lo comería —afirmó Lynette, apartándose el pelo de la cara con el canto de la mano—. Yo me lo comería sin problema.
       —Tú comerías mierda —soltó Delmar.
       Contemplé su nítido perfil. Tenía la vista puesta en el otro extremo de la mesa, sin mirar a nadie. Frunció los labios hacia abajo, a la manera de una bravuconería de culebrón, pero le temblaba la barbilla. Vi cómo apretaba las mandíbulas y luego sentí cómo se abatía sobre nosotros una tristeza de aguafiestas. Lynette se encogió de hombros con buen ánimo y desdeñó su comentario. Pero aquello permaneció sobre la mesa, como si hubiese abierto una puerta sobre algo. Una escena triste y fea en la que no podíamos evitar participar. Tomé un largo trago e, incómoda, me incliné hacia el tío Eli.
       —Un zorro duerme como un lirón, ¿verdad? —comentó Eli al cabo de un rato.
       Delmar se inclinó hacia delante y bajó todavía más su gorra de modo que parecía descansar sobre su nariz.
       —Una vez yo maté a un zorro dormido —dijo—. ¿Has visto el agujerito negro que el zorro tiene debajo del rabo? Le disparé ahí mismo. Tenía un arco y mi flecha atravesó al zorro enteramente. Se quedó tieso. La flecha cruzó el aire volando. Cayó como un rayo y desapareció por el agujerito. Jamás se la saqué.
       —Tú nunca has tirado con arco —negó Gordie.
       —Ya, tienes razón. Nunca he tirado con arco —admitió Delmar con una risita extraña y acerba—. Pero una vez oí hablar de un tipo que le clavó una flecha a un zorro y después dejó que se retorciera por el monte hasta que creyó que ya estaba muerto. Entonces fue a buscarlo. ¿Sabéis lo que encontró? Ese zorro había roído la flecha por ambos lados de su cuerpo y había desaparecido.
       —Por algo se les llama así —observó Eli.
       —Zorros —dijo Gordie, mirando detenidamente el agujero de su lata de cerveza.
       —¿Me das un cigarrillo, Eli? —pidió Delmar.
       —Aquí, para pedir un cigarrillo —explicó Gordie— no se dice: «¿Me das un cigarrillo?». Se dice: Ciga swa.
       —Así hablan los michifs —dijo Eli—. Hay que preguntarle las palabras exactas a un viejo indígena cree de verdad como yo.
       —Díselas, tío Eli —dijo Lynette con un brusco estallido de entusiasmo digno de una animadora—. ¡Tienen que aprender su propio legado! ¡Cuando tú ya no estés, todo habrá desaparecido!
       —Pero ¿qué dices, mujer? ¡Oye! —protestó Delmar, llenando la cocina con su rota y entrecortada voz—. Cuando te dirijas a mis parientes, ten un poco más de respeto. —Levantó los brazos y le dio un golpe en los pechos—. Que no te quepa duda, tío Eli —dijo con voz más queda mientras se apoyaba de nuevo en la mesa—. Tú eres el mejor cazador. Pero yo soy el mejor pescador del mundo.
       —No, no lo eres —objetó Eli. Su voz era suave y alegre—. Yo pesqué una trucha de treinta y cinco centímetros.
       Delmar lo miró detenidamente. Ahora le costaba más concentrarse que a su hijo.
       —Entonces eres el mejor —reconoció—. Toma.
       Se inclinó hacia adelante y levantó la grasienta gorra oliva de Eli. La cabeza de Eli mostraba una calva morena y lustrosa, rodeada de un anillo aplastado de cabellos canos muy cortos. Delmar se quitó su gorra azul y la calzó en la cabeza de Eli. La gorra cubrió sus ojos.
       —Le queda demasiado grande —chilló Lynette con una vocecilla indignada.
       Delmar ajustó la cinta de plástico de la gorra.
       —¡Yo te regalé esa gorra, Delmar! ¡Es tu mejor gorra! —La voz de Lynette se elevó en un agudo trino—. ¡No puedes regalar esa gorra!
       Eli se quedó sentado tranquilamente bajo la gorra. Le quedaba muy bien. No parecía darse cuenta del sacrificio de Delmar y simplemente permanecía sentado con su vieja gorra colgada de la rodilla, haciendo girar la lata de cerveza entre las manos sin beberla.
       Delmar se puso en pie, vacilante, y se aferró al respaldo de plástico acolchado de la silla. Su voz sonaba fuerte y rota.
       —Tío Eli. —Se inclinó hacia el anciano—. Tío Eli, eres mi tío.
       —¡Y tanto que lo soy! —asintió Eli.
       —¡Yo siempre he pensado bien de ti, tío! —exclamó Delmar con un sonoro y triste gemido.
       —¡Y tanto que sí!
       —Vamos a seguir viéndote aquí otros veinte años más, ¡coño!
       —¡Y tanto que sí! —Se volvió hacia Gordie—. Está como una cuba. Tengo que darle la razón.
       —¡Creo que eres cojonudo, tío!
       —¡Y tanto que sí! Soy un anciano —respondió Eli con voz suave y apagada.
       Era la voz de la omnisciencia para Delmar; de pronto se llevó las manos a los oídos y salió dando tumbos.
       —Le sentará bien un poco de aire fresco —dijo Gordie con alivio—. Oye, Patsy, ¿te sabes el chiste del indio, el francés y el noruego durante la Revolución francesa?
       —¿Es un chiste noruego? —preguntó Lynette—. Oye, que yo soy noruega de pura cepa. No sé nada de mi familia, pero sí sé que soy noruega de pura cepa.
       —No, en realidad no va de noruegos —prosiguió Gordie—. En fin…
       Pese a todo, Lynette siguió a Delmar fuera de la casa.
       —Había tres tipos: un indio, un francés y un noruego. Era durante la Revolución francesa. E iban todos de camino a la guillotina, ¿vale? Pero cuando le tocó al indio, la hoja se quedó atascada a la mitad del recorrido.
       —¡Hija de puta! ¡Dame las llaves! —chilló Delmar al otro lado de la puerta.
       Gordie se calló un momento. Hubo un silencio. Luego continuó con el chiste.
       —Entonces dijeron que esa era la voluntad de Dios. «Puedes irte», le dijeron al indio. Así que el indio se levantó y se marchó. Después llegó el turno del francés. Le metieron el cuello en el cepo y se dispusieron a ejecutarlo. Pero pasó lo mismo. La hoja se quedó atascada.
       —¡Hija de puta! ¡Hija de puta! —gritó Delmar otra vez.
       La puerta del coche se cerró con un fuerte portazo. Los ojos de Gordie se dirigieron rápidamente hacia la puerta y volvieron sobre mí con gesto interrogante.
       —¿Deberíamos salir? —pregunté.
       Pero él continuó con el chiste.
       —Entonces el francés se marchó y salvó la vida. Pero cuando llegó el turno del noruego, este levantó la mirada hacia la guillotina y dijo: «Pero qué brutos sois. ¡Si lo engrasarais un poquito, el chisme funcionaría a las mil maravillas!».
       —¡Zorra! ¡Puta! ¡Te mataré! ¡Dame las llaves!
       Sonó un breve estruendo de cristales rotos y dejamos a Eli sentado a la mesa.
       Lynette se había cerrado con llave en el coche nuevo, agazapada en el asiento del copiloto. Delmar le chillaba, se abalanzó con todo el cuerpo contra la puerta, golpeó el capó con huecos mamporros, dio fuertes puñetazos por todo el techo, arrancó las antenas y el espejo retrovisor lateral con las manos y se lio a patadas en los huecos rotos de los faros. Al final, arrancó de cuajo el espejo del conductor y se puso a dar patadas al coche frenéticamente sin dejar de jadear. Pero por mucho que golpeara el parabrisas y las ventanas laterales con el espejo, una y otra vez, no conseguía romperlos.
       —¡Del, hijo! —Gordie bajó los escalones de un salto, abrazó a Delmar y lo tiró al suelo con su fuerte corpulencia—. Es su coche. Eres el hijo de June, Del. No llores.
       Mientras permanecían allí tumbados, unidos por la conmoción, el rostro de Delmar se hundía más y más en la escoria y sus hombros sufrían sacudidas con fuertes sollozos. Desde el suelo le gritó a su padre:
       —Es horrible estar muerto. Dios mío, ella está tan fría.
       De repente estaban de nuevo en pie. Retorciéndose, Delmar se liberó del abrazo de Gordie y adoptó la postura de un luchador libre.
       —Es culpa tuya y quieres llevarte el coche —afirmó, fuera de sí.
       Se abalanzó contra su padre, pero Gordie dio un paso atrás, preparándose, y volvió a apresarlo entre sus brazos con vigor y de nuevo Delmar se echó a llorar hundiéndose en el pecho de su padre. Gordie lo tiró de nuevo al suelo. Mientras lo tenía agarrado, Lynette se deslizó fuera del coche y corrió hasta la casa. Cruzó la cocina con paso agitado, echó un vistazo al bebé y luego dio la vuelta a la mesa, pavoneándose mientras emitía pequeños y frenéticos sonidos explosivos con las manos.
       ¡Clap! Caminó hasta Eli. ¡Clap! ¡Clap!
       —Tienes problemas allí fuera —declaró el hombre.
       —¡Sí! —respondió ella—. ¡Su madre le dio el dinero! —Cogió un cigarrillo del paquete de Eli, con una mirada codiciosa—. Porque ella quería que él tuviera responsabilidades. Nunca ha tenido responsabilidades. Ella quería que él cuidara de su familia.
       Eli asintió y empujó el paquete hacia ella cuando apagó el cigarrillo a medio fumar. Encendió otro.
       —Es que debe de querer mucho a su tío —aulló Lynette con una vocecilla aguda. Se dejó caer al lado de Eli y sonrió largamente a la gorra azul—. Esa gorra de pesca. Es su gorra favorita. Yo le puse ese escudo. Delmar. Lo tienen en gran estima en Minneapolis y Saint Paul. Todo el mundo lo conoce. Lo conocen por esa gorra. Es su favorita. Será mejor que nunca se la quites.
       Eli levantó la gorra y le dio vueltas en las manos. Entrecerró los ojos para mirar el escudo y leyó lo que ponía en voz alta. Después, asintió, como si por fin hubiera comprendido de lo que hablaba Lynette y la hizo girar una vez más.
       —Deja que me la ponga un ratito —pidió Lynette con voz zalamera. Después la cogió, se la puso y ajustó la visera—. Ya está.
       El tío Eli se quitó la vieja gorra de la rodilla y volvió a ponérsela en la cabeza.
       —Esta me queda bien —dijo.

       En la habitación contigua, Delmar Junior soltó un pequeño gorjeo.
       —¡Ay, mi niño! —chilló Lynette como si estuviese en peligro, y salió disparada como una flecha.
       Oí cómo susurraba el nombre de Delmar cuando padre e hijo entraban de nuevo en casa. Delmar se sentó a la mesa y hundió la cabeza entre los brazos cruzados, respirando con dificultad. Gordie le cogió las llaves a Lynette y anunció a Eli que se marchaban a casa.
       —Estará bien —dijo señalando a Delmar con la cabeza.
       —Siempre y cuando se le deje en paz.
       Así que se marcharon en coche esa noche clara y azul de junio y dejaron a Delmar solo. Eché una manta sobre los hombros de Lynette. Pasamos por delante de su marido. Seguía resoplando con desesperación entre sus brazos cruzados. Ella tenía una botella de ron blanco y se detuvo para tomar largos y entrecortados tragos hasta los pies de la colina. Cada vez que se acordaba de pasarme la botella, yo también intentaba beber. Entonces, cuando al fin llegamos abajo, levantamos la vista al cielo mientras bebíamos y estuvimos a punto de caernos, de asombro, ante tan abrumadora belleza.
       Auroras boreales. Algo en la atmósfera fría y húmeda las provocaba. Entramos flotando en el campo y nos dejamos caer, aplastando el trigo verde. Masticamos los granos dulces con la mirada perdida en el cielo, y nos quedamos absortas. Todo parecía ser una sola cosa. El aire, nuestros rostros, todo fresco, húmedo y oscuro, y el cielo fantasmagórico. Pequeñas motas de luces verde claro latían antes de desvanecerse. Luces vivas. Sus fuegos dibujaban un arco más allá de la bóveda celestial y se apagaban en la oscuridad. De vez en cuando, el cielo entero se cubría de concéntricos puntos fugaces y pliegues de luz, que se reunían y caían, palpitando y desvaneciéndose, con el ritmo de una respiración. De una sola pieza. Como si el cielo fuera un sistema nervioso que nuestros pensamientos y recuerdos recorrieran. Como si el cielo fuera una memoria gigantesca de todos nosotros. O un salón de baile. Y allí bailaban todas las almas errantes del mundo. Pensé en June. Ella también estaría bailando allí, si hubiera un salón de baile en el espacio. Ella bailaría el two-step de las almas errantes. Sus largas piernas subiendo y bajando. Su risa triunfal. Su dulce perfume, el mismo que han de desprender las mujeres adultas. Su diversión ante lo bueno y lo malo. Su derrota. Su victoria temeraria. Su hijo.
       —¿Has soñado alguna que vez que volabas por el aire? —preguntó Lynette—. ¿Has soñado alguna vez que aterrizabas en un planeta o una estrella?
       No respondí, porque la pregunta me pilló por sorpresa. Como si me estuviera leyendo el pensamiento.
       —Una vez soñé que volaba allá arriba —dijo—. Pero cuando aterricé en la luna, no me atrevía a respirar.
       —¿No te atreviste? —Me sentí hundida cuando dijo eso. Sonaba tan terriblemente triste.
       —No —respondió—. No. Me daba miedo respirar.

       Desperté. Me había quedado dormida bocarriba en el frío y húmedo trigo, bajo el cielo resplandeciente. Oí un estruendo de metal golpeado y de ollas rodando por la casa. Gordie se había marchado. Eli se había marchado. Lynette se había marchado. Me precipité corriendo a la cocina iluminada y vi de inmediato que Delmar intentaba ahogarla. Le hundía la cabeza en el fregadero lleno de agua fría. La sujetaba por la nuca y las orejas. Ella agitaba los brazos, tirando cucharas, cuchillos y cuencos del escurreplatos. Se debatía con furia, pero él la tenía bien sujeta. Agarré un tronco de abedul de la leñera y golpeé a Delmar en la nuca. La madera se me escapó de las manos con el golpe. Él le hundió más la cabeza y ella se atragantó y gorgoteó.
       Me abalancé sobre su espalda. Apenas se percató de ello. La hundió todavía más. De modo que no tuve otra elección… Le mordí la oreja. Mis dientes chocaron y su sangre me inundó la boca. Retrocedió tambaleándose, mientras intentaba zafarse de mí, y salí despedida por la habitación, me golpeé violentamente con el frigorífico y me puse en pie.
       Tenía los puños levantados como un boxeador. Trataba de decidir a quién pegar primero, pensé, y no parecía tener mucha importancia. Lo observé detenidamente durante un momento, antes de despreocuparme. Miré más allá. Y entonces vi lo que habían hecho.
       Todas las tartas estaban destrozadas. Abiertas de par en par. Un jugo negro rezumaba por la corteza. Había trozos de masa pegados en la pared y algunas tartas se habían dado la vuelta por completo. Había pedazos de ruibarbo por el suelo. Le chorreaba merengue del codo.
       —¡Las tartas! —chillé—. ¡Maldito hijo de puta, has destrozado las tartas!
       Abrió los ojos como platos. Miró la destrucción a su alrededor. Lynette se escabulló bajo la mesa. Él absorbió todo cuanto pudo y, después, bajó los puños; un gesto que parecía de vergüenza y confusión le cubrió el rostro, y pasó a mi lado a toda prisa. Mientras salía corriendo pisoteó su gorra de pescador, que recogí cuando ya se hubo marchado.
       Metí la gorra debajo del colchón de Delmar Junior. Después, permanecí sentada durante largo tiempo en esa oscura habitación, escuchando su respiración suave y ajena a lo sucedido. Era un bebé bueno, o más probablemente un alma sabia, que se quedaba dormido en cualquier situación. Gordie trajo el coche un poco más tarde y también se quedó dormido, en el sofá. La cocina permanecía a oscuras, de modo que no se dio cuenta de nada.
       Lynette había apagado las luces al abandonar la casa, y ahora la oía detrás de la ventana, rogando a Delmar que la llevara en el coche.
       —Vámonos de aquí antes de que vuelvan todos —dijo—. Son ellos. Siempre te pones como loco cuando estás en tu casa. Vamos a coger al niño y nos vamos. Volvamos a Minneapolis… Es como si me costara respirar aquí, ¿sabes?
       A continuación, soltó un grito, pero claramente era de placer. Me pareció oír sus cuerpos crujiendo, o quizá solo eran los peldaños de madera debajo de ellos, las viejas y desgastadas tablillas que soportaban su peso.
       Después de aquello, se subieron al coche. Se oyeron portazos. Pero solo recorrieron unos pocos metros y se detuvieron. El claxon aulló un segundo. Supongo que lo pulsaron en un arrebato de pasión. De vez en cuando se oía el rugido de la calefacción. Era una madrugada fría y austera.

       En algún momento de aquella mañana, volví a meter el relleno dentro de las tartas con una cuchara, uní bloques de masa, alisé los bordes con el dedo humedecido, rematé los repulgos e incluso el merengue sobre las bayas o los pasteles. Trabajé con sumo cuidado. Pero una vez destrozadas, ya no hay forma de arreglarlas.



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