Luigi Pirandello
(Agrigento, Italia, 1867 - Roma, 1936)


La señora Frola y el señor Ponza, su yerno (1917)
(“La signora Frola e il signor Ponza suo genero”)
[De este relato se derivó la «parabola in tre atti» Così è (se vi pare) publicada
en Nuova antologia, 1-16, enero 1918, y Bemporad (1925).
Fue representada en 1917.]
E domani, lunedì
( Milán: Treves, 1917);
Novelle per un anno (vol. 15):
Una giornata
(Milán: Mondadori, 1937)



      Pero, en fin, ¿se imaginan? Hay para volverse locos de verdad, sin saber quién está más loco de los dos, si esta señora Frola o este señor Ponza, su yerno. ¡Cosas que ocurren solamente en Valdana, ciudad desgraciada, imán de todos los forasteros extravagantes!
       Loco él o loca ella; no hay otra alternativa, uno de los dos tiene que estar loco, necesariamente. Porque se trata nada menos que de esto… Pero no, es mejor explicarlo en orden.
       Estoy, se lo juro, seriamente consternado por la angustia en la que viven desde hace tres meses los habitantes de Valdana, y poco me importan la señora Frola y del señor Ponza, su yerno. Porque, si es cierto que les ha caído una gran desgracia, no es menos cierto que uno de los dos, al menos, ha tenido la suerte de enloquecer y el otro lo ha ayudado, sigue ayudándolo, así que no se consigue, repito, saber quién de los dos esté loco de verdad, y ciertamente no podían darse mejor consuelo que este. Y digo, mantener así, bajo esta pesadilla, a una población entera, ¿les parece poco?, privando al juicio de cualquier sustento, de manera que no se pueda distinguir entre fantasma y realidad. Una angustia, una consternación perpetua. Cada uno, cada día, ve a aquellos dos ante sus ojos; los mira, sabe que uno de los dos está loco; los estudia, los observa; los espía y ¡nada!, no puede descubrir quién es el loco entre los dos, dónde se halla la realidad y dónde el fantasma. Naturalmente, en cada uno nace la sospecha perniciosa de que la realidad y el fantasma valen lo mismo, y que cada realidad puede muy bien ser un fantasma y viceversa. ¿Les parece poco? En el lugar del señor prefecto, sin duda, para la salud del alma de los habitantes de Valdana, yo echaría a la señora Frola y al señor Ponza, su yerno.

       Pero procedamos en orden.
       Este señor Ponza llegó a Valdana hace tres meses, como secretario de prefectura. Se alojó en la casa nueva a la salida del pueblo, la que llaman «Il Favo». Allí, en la última planta, un apartamentito. Tres ventanas que dan al campo, altas, tristes (la fachada, orientada hacia la tramontana, sobre todos aquellos huertos pálidos, quién sabe por qué, se ha entristecido mucho), y tres ventanas interiores, sobre el patio, donde gira la baranda del balcón corrido, cortado por tabiques. De aquella barandilla cuelgan muchas canastas, listas para ser atadas con un cordoncito cuando sea necesario.
       Pero al mismo tiempo, para asombro general, el señor Ponza alquiló en el centro de la ciudad, exactamente en el número 15 de Via dei Santi, otro apartamentito amueblado, con tres habitaciones y una cocina. Dijo que era para su suegra, la señora Frola. Y de hecho, esta llegó cinco o seis días después y el señor Ponza fue a recibirla a la estación, él solo, y la llevó y la dejó allí, sola.
       Ahora, vamos a ver, se entiende que la hija, al casarse, deje la casa de su madre para ir a convivir con su marido, incluso a otra ciudad, pero que esta madre, incapaz de estar lejos de su hija, deje su pueblo y su casa para seguirla, y que, en la ciudad donde tanto ella como su hija son forasteras, vaya a vivir en una casa aparte, esto no se entiende tan fácilmente. O se tiene que admitir, entre suegra y yerno, una incompatibilidad tan fuerte que haga imposible la convivencia, también en estas condiciones.
       Naturalmente, en Valdana, se pensó esto al principio. Y, claro, la opinión general perjudicó al señor Ponza. De la señora Frola, si bien alguien admitió que quizás también debía de tener un poco de culpa, por escasa comprensión o por cierta testarudez o intolerancia, se ponderó sobre todo el amor materno que la traía detrás de su hija, aunque estuviese condenada a no poder vivir a su lado.
       En esta consideración hacia la señora Frola y en la imagen del señor Ponza como un hombre duro y cruel, que se impuso enseguida en todos los ánimos, jugó un papel relevante también el aspecto de ambos, todo hay que decirlo. Achaparrado, sin cuello, moreno como un africano, con el pelo espeso y áspero en la frente estrecha, espesa y ásperamente cejijunto, con grandes y brillantes bigotes de agente de policía, y en los ojos oscuros, inmóviles, casi sin blanco, una intensidad violenta, exasperada, a duras penas contenida, no se sabe si de tétrico dolor o de molestia ante la vista de los demás, el señor Ponza ciertamente no está hecho para ganarse simpatía o confianza. Viejita delgada y pálida es, en cambio, la señora Frola, de finas y muy nobles facciones, y un aire melancólico, de una melancolía sin peso, vaga y gentil, que no excluye la afabilidad con todo el mundo.
       De hecho, la señora Frola enseguida ha dado prueba en la ciudad de esta afabilidad, en ella naturalísima, y por eso ha crecido enseguida, en todos los ánimos, la aversión hacia el señor Ponza, ya que claramente se ha mostrado el carácter de ella, no sólo tranquila, modesta, tolerante, sino también llena de indulgente compasión por el daño que su yerno le hace, y también porque se ha sabido que al señor Ponza no le basta con relegar en una casa aparte a aquella pobre madre, sino que su crueldad alcanza el grado de negarle que vea a su hija.
       Pero la señora Frola, en sus visitas a las señoras de Valdana, protesta que no se trata de crueldad, poniendo las manitas por delante, realmente afligida por la idea que se pueda pensar esto de su yerno. Y se apresura a declamar todas sus virtudes, ensalzándolo del mejor modo posible e imaginable: qué amor, qué atenciones demuestra hacia su hija, y también hacia ella, sí, sí, hacia ella; atento, desinteresado… ¡Ah, no es cruel, no, por caridad! Sólo ocurre esto; que el señor Ponza quiere a su esposa toda, toda para sí, hasta el punto de que también el amor que ella debe sentir (y lo admite, ¿cómo no?) por su madre, quiere que no se manifieste directamente, sino a través de él. Sí, puede parecer una crueldad, pero no lo es; es algo diferente, algo que ella, la señora Frola, entiende perfectamente y sufre por ser incapaz de expresarlo. La naturaleza, sí… pero no, tal vez sea una especie de enfermedad… ¿cómo decirlo? Dios mío, basta con mirarlo a los ojos. Al principio aquellos ojos causan una mala impresión, tal vez, pero lo dicen todo a quien, como ella, sepa leer en ellos: expresan la total plenitud de un mundo entero de amor en él, donde su mujer tiene que vivir saliendo lo menos posible, y donde nadie más, ni siquiera su propia madre, debe entrar. ¿Celos? Sí, quizás, pero sólo si se quiere definir vulgarmente esta totalidad exclusiva de amor.
       ¿Egoísmo? ¡Pero es un egoísmo que se entrega todo, como un mundo, a la propia mujer! Egoísmo, tal vez, sería el suyo, al querer forzar este mundo autónomo de amor, al querer entrar en él a la fuerza, cuando sabe que su hija es feliz, adorada así… ¡Esto a una madre puede bastarle! Por otro lado, tampoco es cierto que ella no vea a su hija. La ve dos o tres veces al día: entra en el patio de la casa, toca al timbre y enseguida su hija se asoma desde arriba:
       —¿Cómo estás, Tildina?
       —Muy bien, mamá. ¿Y tú?
       —Como Dios quiere, hija mía. ¡Baja la canasta!
       Y en su interior siempre hay dos líneas, con las noticias del día. Con esto le basta. Hace cuatro años que dura esta vida, y la señora Frola está acostumbrada a ella. Resignada, sí. Ya casi no sufre.

       Como es fácil de entender, esta resignación de la señora Frola, la costumbre que ella dice haber adquirido con respecto a su martirio refrendan la condena a su yerno, el señor Ponza, y más cuando ella, con largos discursos, se afana en justificarlo.
       Por eso con verdadera indignación, y también diré: con miedo, las señoras de Valdana que el primer día recibieron la visita de la señora Frola, reciben, al día siguiente, el anuncio de otra visita inesperada, por parte del señor Ponza, que les ruega que le concedan un par de minutos para una «necesaria declaración», si nos les incomoda.
       El rostro acalorado, casi congestionado, con los ojos más duros y más tétricos que nunca, un pañuelo en la mano que destaca por su blancura, junto con los puños y el cuello de la camisa, en el negro de la piel, del pelo y del traje, el señor Ponza —secándose continuamente el sudor que gotea por su frente estrecha y por sus mejillas rasposas y moradas, no tanto por el calor como por la violencia evidentísima del esfuerzo que se impone a sí mismo y por el cual también tiemblan sus manos de largas uñas—, en esta y en aquella sala, ante aquellas señoras que lo miran aterradas, primero pregunta si la señora Frola, su suegra, las visitó el día anterior; luego, con pena, con esfuerzo, con agitación crecientes, pregunta si ella les habló de su hija y si les dijo que él le impide verla e ir a su casa.
       Las señoras, al verlo tan agitado, como es fácil imaginar, se apresuran a contestarle que la señora Frola, sí, es cierto, les habló de aquella prohibición de ver a su propia hija, pero también les habló de él lo más positivamente que pueda imaginarse, justificándolo y dejándolo libre de cualquier sombra de culpa por aquella misma prohibición.
       Pero, en vez de calmarse ante esta respuesta de las señoras, el señor Ponza se agita más, sus ojos se vuelven más duros, más inmóviles, más tétricos; las gotas de sudor, más espesas; y finalmente, imponiéndose un esfuerzo aún más violento, llega a su «necesaria declaración».
       Que es esta, sencillamente: la señora Frola, pobrecita, no lo parece, pero está loca.
       Desde hace cuatro años, sí. Y su locura consiste precisamente en creer que él no quiere dejarle ver a su propia hija. ¿Qué hija? Su hija murió, hace cuatro años, y la señora Frola, justamente por el dolor de esta muerte, enloqueció; por suerte, porque la locura fue para ella la salida a su dolor desesperado. Naturalmente no podía salir sino así, es decir, creyendo que su hija no haya muerto y que, en cambio, es él, su yerno, quien no quiere dejar que la vea.
       Por puro deber de caridad hacia una mujer infeliz, el señor Ponza secunda esta piadosa locura desde hace cuatro años, con muchos y graves sacrificios. Con gastos superiores a sus posibilidades, mantiene dos casas: una para sí y otra para ella; y obliga a su segunda esposa, que por suerte, muy caritativa, se presta, a que también secunde esta locura. Pero caridad, deber, hasta cierto punto: también por su cualidad de funcionario público, el señor Ponza no puede permitir que, en la ciudad, se crea algo tan cruel e inverosímil acerca de él, es decir: que por celos o por algo más, le niegue a una pobre madre que vea a su hija.
       Tras estas declaraciones, el señor Ponza hace una reverencia, ante el asombro de las señoras, y se va. Pero este asombro no tiene ni el tiempo necesario de atenuarse un poco, porque enseguida llega la señora Frola, pidiendo perdón, con su dulce aire de vaga melancolía, si las buenas señoras se han asustado por la visita del señor Ponza, su yerno.
       Y la señora Frola, con la mayor sencillez y naturalidad del mundo, declara a su vez, pero en gran confianza, ¡por caridad!, considerando que el señor Ponza es un funcionario público, y por eso ella, la primera vez, se ha abstenido de revelarlo, sí, porque podría perjudicar seriamente su carrera; el señor Ponza, pobrecito —óptimo, óptimo, irreprochable secretario de prefectura, competente, preciso en todos sus actos, en todos sus pensamientos, con muchas buenas cualidades—; el señor Ponza, pobrecito, sobre este punto no… no razona; sí; el loco es él, pobrecito, y su locura consiste precisamente en esto: en creer que su mujer murió hace cuatro años y defender que la loca es ella, la señora Frola, quien creería que su hija sigue aún viva. No, no lo hace para justificar, en cierta manera, ante los demás, sus celos casi obsesivos y aquella cruel prohibición de que ella vea a su hija; el pobrecito cree, de verdad cree, que su mujer ha muerto y que la que está a su lado es su segunda esposa. ¡Es un caso muy triste! Porque verdaderamente, con su amor excesivo, este hombre estuvo a punto de destruir, de matar a su joven y delicada esposa, tanto que fue necesario alejarla de él y encerrarla, sin que él lo supiera, en una casa de salud. Pues bien, el pobre hombre, cuyo cerebro ya se había alterado por aquel frenesí amoroso, enloqueció; creyó que su mujer había muerto, y esta idea se fijó talmente en su cerebro que no hubo manera de extirparla, ni siquiera cuando, al volver después de un año, saludable como antes, su mujer le fue presentada de nuevo. Creyó que era otra, tanto que, con la ayuda de todos, parientes y amigos, se tuvo que simular un segundo matrimonio, que le restituyó plenamente el equilibrio de sus facultades mentales.
       Ahora la señora Frola cree tener razones para sospechar que su yerno se haya recuperado desde hace mucho y que finja, que sólo finja creer que su mujer es su segunda esposa, para tenerla toda para sí, sin contacto con nadie, porque, quizás, de vez en cuando es asaltado por el miedo a que puedan alejarla de nuevo de él, a escondidas.
       Pero, sí. ¿Cómo explicar todos los cuidados, las atenciones que le dedica a ella, su suegra, si realmente cree tener a su lado a una segunda esposa? No tendría que sentir la obligación de tanta delicadeza hacia una mujer que, de hecho, ya no sería su suegra, ¿no es cierto? Esto, cuidado, la señora Frola no lo dice para demostrar que el loco es su yerno, sino para probarse a sí misma que su sospecha es fundada.
       —Y mientras tanto —concluye con un suspiro que en sus labios asume la expresión de una dulce y tristísima sonrisa—, mientras tanto mi pobre hija tiene que fingir que no es ella, sino otra; y yo también estoy obligada a fingirme loca por creer que mi hija sigue viva. Me cuesta poco, gracias a Dios, porque mi hija está allí, sana y llena de vida; la veo, hablo con ella; pero estoy condenada a no poder convivir con ella, y también a verla y a hablarle desde lejos, para que él pueda creer, o fingir que cree, que mi hija, ¡Dios nos libre!, murió y que esta mujer que vive con él es su segunda esposa. Pero, lo repito, ¿qué importancia tiene esto si con ello hemos conseguido que ambos estén serenos? Sé que mi hija es adorada y que está contenta; la veo; le hablo; y me resigno por amor hacia ella y hacia él a vivir así y a pasar por loca, señora mía, paciencia…

       Digo, ¿a ustedes no les parece que en Valdana hay temas para quedarse con la boca abierta, mirándonos todos a los ojos, como insensatos? ¿A quién creer? ¿Quién es el loco? ¿Dónde está la realidad? ¿Dónde el fantasma?
       Lo podría decir la esposa del señor Ponza. Pero no hay que confiar en ella si, en presencia de este, dice que es su segunda esposa, mientras que, en presencia de la señora Frola, confirma que es su hija. No es posible. El señor Ponza —esté o no loco— es realmente muy celoso y no deja que nadie vea a su esposa. La tiene allí arriba, como en una prisión, bajo llave; y este hecho, sin duda, favorece a la señora Frola, pero el señor Ponza dice que está obligado a actuar así, que su propia esposa se lo impone, por miedo a que la señora Frola entre en su casa de repente. Puede ser una excusa. Además, el señor Ponza no tiene ninguna sirvienta en casa. Dice que es para ahorrar, obligado como está a pagar el alquiler de dos casas; y se encarga de la compra diaria y su esposa, que, según dice él, no es la hija de la señora Frola, asume, por piedad hacia esta —es decir, hacia una pobre vieja que fue suegra de su marido— todas las tareas domésticas, incluso las más humildes, privándose de la ayuda de una sirvienta. A todos les parece demasiado. Pero también es verdad que este estado de cosas, si no con la piedad, puede explicarse con los celos del señor Ponza.
       El prefecto de Valdana se ha conformado con la declaración del señor Ponza. Pero ciertamente el aspecto y la conducta de este último no juegan a su favor, al menos según las señoras de Valdana, todas más propensas a confiar en la señora Frola. De hecho esta les enseña, amable, las cartas cariñosas que su hija le envía en la canasta y también otros documentos privados, que el señor Ponza desacredita completamente, defendiendo que le fueron dejados para consolar su piadoso engaño.
       De todas formas, lo cierto es esto: que ambos se demuestran, mutuamente, un maravilloso espíritu de sacrificio, muy conmovedor; y que cada uno siente por la presunta locura del otro la consideración más exquisitamente piadosa. Ambos razonan perfectamente, tanto que en Valdana a nadie se le habría ocurrido nunca decir que uno de los dos estaba loco, si no lo hubieran dicho ellos: el señor Ponza respecto a la señora Frola, y la señora Frola respecto al señor Ponza.
       A menudo la señora Frola visita a su yerno en la prefectura para recibir su consejo, o lo espera a la salida para que la acompañe a hacer alguna compra, y muy a menudo, por su parte, en las horas libres; y cada noche, el señor Ponza va a visitar a la señora Frola, a su apartamento amueblado, y cada vez que, por casualidad, se encuentran por la calle, enseguida se ponen a caminar juntos con la máxima cordialidad; él se sitúa a su izquierda y, si está cansada, le ofrece el brazo y caminan así, juntos, entre la molestia ceñuda y el estupor y la consternación de la gente que los estudia, los observa, los espía, y, ¡nada!, no consigue comprender de ninguna manera quién de los dos es el loco, dónde está el fantasma y dónde la realidad.




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