Luigi Pirandello
(Agrigento, Italia, 1867 - Roma, 1936)


Hilo de aire (1914)
(“Filo d’aria”)
Originalmente publicado en Corriere della Sera (26 de abril de 1914);
Il carnevale dei morti
(Milán: Battistelli, 1919);
Tutt’e tre
(Florencia: ed. R. Bemporad e F., 1924)



      Brillo de ojos, de pelo rubio, de bracitos, de piernitas desnudas, arranque de risa que, refrenado en la garganta, se expresa en risitas breves y agudas: aquella pequeña furia de Tittì entró, se acercó al balcón de la habitación para abrirlo.
       Apenas pudo girar la manija: un rebudio áspero, ronco, como de fiera sorprendida en el hielo, la detuvo de pronto, hizo que se volviera, aterrada, para mirar en la habitación.
       Oscuridad.
       Los postigos del balcón se habían quedado entreabiertos.
       Aún deslumbrada por la luz de la cual llegaba, no vio; sintió espantosamente en aquella oscuridad la presencia de su abuelo en el sillón: enorme estorbo envuelto en almohadas, en chales grises a cuadros, en mantas ásperas y peludas; hedor de vejez túmida y deshecha, en la inercia de la parálisis.
       Pero no era aquella presencia la que la aterraba. La aterraba el hecho de que hubiera podido olvidar por un momento que allí, en la oscuridad de los postigos siempre cerrados, estaba el abuelo, y que había podido transgredir, sin considerarlo, la orden severísima de sus padres, expresada mucho tiempo atrás y que todos observaban siempre, es decir: no entrar en aquella habitación sin llamar a la puerta y una vez pedida licencia (¿cómo se dice?), «¿Me permites, abuelito?», así, y luego entrar muy despacio, de puntillas, sin provocar el mínimo ruido.
       Aquel impulso inicial de risa murió enseguida en un jadeo, listo para transformarse en sollozos.
       Entonces, a la chiticallando, la niña, temblando y de puntillas, sin suponer que el viejo, acostumbrado a aquella penumbra oscura, la viera, creyéndose no vista, se acercó a la puerta. Estaba a punto de superarla, cuando el abuelo la llamó con un «¡Aquí!» imperioso y duro.
       La niña se acercó, de puntillas todavía, en suspenso, sorprendida, aguantando la respiración. Ahora ella también empezaba a discernir en la penumbra. Entrevió los dos ojos agudos, malos, del abuelo, y enseguida bajó los suyos.
       En aquellos ojos, dentro de las bolsas hinchadas y acuosas de los párpados, cuyo rojo pálido hacía pensar con repugnancia en el contacto viscoso de una tarántula, parecía haberse recogido, atenta en un terror constante e intensa de disgusto mudo y feroz, el alma del viejo, expulsada por el resto del cuerpo, ya invadido e inmóvil por la muerte.
       Solamente, pero apenas, podía aún intentar mover una mano, la izquierda, después de haberla mirado largamente, con aquellos ojos, casi para infundirle el movimiento. El esfuerzo de voluntad, llegado a la muñeca, con dificultad conseguía levantar un poco aquella mano de las mantas, pero duraba un instante, la mano volvía a caer inerte.
       El viejo se obstinaba continuamente en aquel ejercicio de voluntad, porque aquel leve movimiento momentáneo, que aún podía obtener de su cuerpo, era para él la vida, toda la vida, en la cual los demás se movían libremente, en la cual los demás participaban enteros, en la cual aún podía participar él, pero por aquel poco y no más.
       —¿Por qué… el balcón? —le dijo con la lengua temblorosa a su nieta.
       Esta no contestó. Seguía temblando. Pero en aquel temblor el viejo advirtió enseguida algo nuevo. Advirtió que no se trataba del temblor habitual de miedo, que la niña reprimía con dificultad cada vez que el padre o la madre la obligaban a acercarse a él. Había miedo, pero también algo más, debajo, ahogado por el miedo seguido a su áspera e imprevista llamada: algo más, por lo cual el temblor de la niña se convertía en frémito. Un frémito extraño.
       —¿Qué te pasa? —le preguntó.
       La pequeñita, osando levantar los ojos apenas, contestó:
       —Nada.
       Un estallido de sollozos. E inmediatamente después la pequeñita se tiró al suelo, convulsa, gritando y luchando contra aquellos sollozos, con una violencia y una furia que oprimieron e irritaron al viejo aún más, porque le parecieron insólitas.
       La nuera llegó a la habitación, gritando:
       —Oh, Dios, Tittì, ¿qué ha pasado? ¿Cómo? ¿Aquí? ¿Qué te pasa? ¡Venga… venga… quieta! Ven con tu mamá… ¿Cómo has entrado aquí? ¿Qué dices? ¿Malo? ¿Quién? Ah… ¿el abuelo es malo? Tú eres mala… El abuelo te quiere tanto… ¿Pero qué ha pasado?
       El viejo, a quien iba dirigida aquella última pregunta, miró furioso la boca roja y sonriente de su nuera; luego, el hermoso mechón de pelo rubio dorado que la niña le desordenaba en la frente con una mano, retorciéndose ahora en brazos de ella, y empujándola para obligarla a salir enseguida de aquella habitación.
       —¡Tittì, ah! Mi pelo… Dios, Dios… me lo arrancas… uy… ¡todo el pelo de mamá, mala! ¿Has visto? Mira… el pelo de mamá en los dedos… todo el pelo de tu mamá… mira, mira…
       Y sacó de los dedos abiertos de la manita un hilo de oro y luego otro y uno más, repitiendo:
       —Mira… mira… mira…
       La niña, impresionada, creyendo que de verdad le había arrancado todo el pelo a su mamá, se giró para mirarse la manita con los ojos llenos de lágrimas. Al no ver nada y oyendo en cambio una carcajada larga y alegre de su mamá, se enfureció de nuevo, más que antes, y la obligó a escapar de la habitación.
       El viejo jadeaba fuerte. Una pregunta le gorgoteaba dentro, exacerbándole el disgusto. ¿Qué pasa? ¿Qué les pasa? También en los ojos, en la voz, en aquella carcajada de la nuera, en el gesto con que había extraído el pelo arrancado de los deditos de la niña, primero uno y luego otro y uno más, había advertido algo insólito, extraordinario.
       No, la niña y la nuera no actuaban como todos los otros días. ¿Qué les pasaba?
       Y el disgusto creció mayormente cuando, inclinando los ojos hacia la manta extendida en sus piernas, divisó uno de aquellos pelos de su nuera que, tal vez empujado en el aire movido por la carcajada, había ido, leve, a posarse allí, en sus piernas muertas.
       Se esforzó mucho para empujar la mano hacia aquellas piernas para acercarla, poco a poco, con pequeños movimientos, a aquel pelo, que le resultaba odioso como un escarnio. Y ocupado en este esfuerzo, que se prolongaba, en vano, desde hacía una media hora y que lo había agotado, lo encontró su hijo, que cada mañana, antes de salir por sus asuntos, iba a su habitación para saludarlo.
       —¡Buenos días, papá!
       El viejo levantó la cabeza. Una mirada opaca y turbia, de estupor asustado, le dilataba los ojos. ¿También su hijo?
       Este creyó que el padre lo miraba así para hacerle entender que no le había gustado la desobediencia de la nieta, y se apresuró a decirle:
       —Aquel diablito, ¿verdad? Te ha molestado. ¿Oyes? Llora todavía… Le he echado la bronca. Adiós, papá. Tengo prisa. Nos vemos más tarde, ¿eh? Ahora mismo vendrá Nerina.
       Y se fue.
       El viejo lo siguió con los ojos, aún llenos de estupor y de miedo, hasta la puerta.
       ¡Él también, su hijo! Nunca le había dicho con aquel tono: «¡Buenos días, papá!». ¿Por qué? ¿Qué esperaba? ¿Se habían puesto todos de acuerdo en su contra? ¿Qué había pasado? Aquella niña, que antes había entrado tan alegre… luego la madre, con aquella carcajada… por su pelo arrancado… ahora su hijo, también el hijo con aquel alegre «¡Buenos días, papá!».
       Algo tenía que haber pasado, o tenía que pasar aquel día, que querían ocultarle. Pero, ¿qué?
       Se habían adueñado del mundo, hijo, nuera, nieta; el mundo que él había creado, donde los había puesto él. No sólo eso, sino que también se habían adueñado del tiempo, ¡como si él no estuviera todavía en el tiempo! ¡Como si el tiempo no fuera también suyo, como si no lo viera, no lo respirara, no lo sintiera! ¡Él respiraba aún, veía todo y más, veía más que ellos, y pensaba en todo!
       Un amasijo de imágenes, de recuerdos, como en un destello de huracán, le revolvía el espíritu: La Plata, las pampas; los pantanos salobres de los ríos perdidos; las manadas innumerables, pateando, balando, relinchando, mugiendo. Allí, desde la nada, en cuarenta y cinco años, había edificado su fortuna, valiéndose de todos los medios, de todas las artes, gozando del momento o preparando y orquestando las trampas con gran astucia: primero guardián de manadas, luego colono, encargado de las grandes contratas de líneas de ferrocarriles, después constructor. Tras regresar a Italia, después de los primeros quince años, se había casado e inmediatamente después del nacimiento de aquel único hijo, había vuelto a Argentina, solo. Su mujer había muerto sin que volviera a verla; su hijo, confiado a los parientes maternos, había crecido sin que él lo conociera. Cuatro años antes había vuelto a la patria enfermo, casi moribundo: horriblemente hinchado por la hidropesía, con las arterias oxidadas, el riñón y el corazón arruinados. Pero no se había dado por vencido: aunque así, con los días, tal vez con las horas contadas, había querido comprar unas tierras en Roma para edificar nuevas construcciones y enseguida había empezado las obras haciéndose trasladar en una silla de ruedas, para vivir con los obreros, en el trasiego del trabajo. Lampiño como una roca, tumefacto, enorme: cada quince días se hacía extraer el suero del vientre, a litros, y volvía al trabajo, hasta que un golpe de apoplejía, dos años atrás, lo había fulminado, confinándolo a aquella silla, sin acabar con él. La gracia de morir en la brecha no le había sido concedida. Con el cuerpo perdido desde hacía dos años, se maceraba en la espera del último final, disgustado por aquel hijo tan diferente de él, casi desconocido, que, sin necesidad, liquidada la obra e invertida en renta la ingente riqueza paterna, continuaba con sus modestas ocupaciones, casi para negarle cualquier satisfacción y vengar a la madre y a sí mismo del largo abandono.
       No tenía conexión alguna de vida, de pensamientos, de sentimientos, con aquel hijo. Él lo odiaba, sí, y también odiaba a aquella nuera y a aquella niña; sí, sí, los odiaba, los odiaba porque lo dejaban fuera de sus vidas y ni siquiera… ni siquiera querían decirle qué había pasado aquel día, por lo cual los tres le parecían tan diferentes de lo habitual.
       Gruesas lágrimas le gotearon de los ojos. Olvidando lo que durante tantos años él mismo había sido, se abandonó al llanto, como un niño.
       Nerina, la sirvienta, no hizo caso a aquel llanto, cuando poco después entró para atenderlo. El viejo estaba lleno de agua: nada malo, si echaba un poco por los ojos. Y, pensándolo, le secó con poca cortesía el rostro, luego cogió el cuenco de la leche, mojó una primera galleta saboyana y empezó a darle de comer.
       —Coma, coma.
       Él comió, pero espiando a la sirvienta. De pronto, oyó que suspiraba, pero no de cansancio ni de aburrimiento. Levantó enseguida los ojos para mirarla al rostro. Aquella melindrosa estaba a punto de suspirar de nuevo. Viéndose observada, en lugar de liberar el suspiro, soplaba por la nariz, sacudiendo la cabeza, como irritada. ¿Y por qué de pronto se había ruborizado? ¿Qué le pasaba, a ella también, aquel día?
       ¿Todos, todos, entonces, tenían algo insólito aquel día? No quiso comer más.
       —¿Qué te pasa? —le preguntó también a ella, con ira.
       —¿A mí? ¿Qué me pasa? —dijo la sirvienta, aturdida por la pregunta.
       —Tú… todos… ¿qué pasa? ¿Qué os pasa?
       —Nada… no sé… ¿Qué me ve?
       —¡Suspiras!
       —¿Yo? ¿He suspirado? ¡No! Tal vez sin querer. No tengo razones para suspirar.
       Y rio.
       —¿Por qué ríes así?
       —¿Cómo río? Río porque… porque usted dice que he suspirado.
       Y siguió riendo más fuerte, irrefrenablemente.
       —¡Vete! —le gritó entonces el viejo.

       Al atardecer, cuando vino el médico para la visita acostumbrada y la nuera, el hijo, la nieta entraron de nuevo en la habitación, la sospecha incubada durante todo el día, también en el sueño, de que había pasado algo que todos querían ocultarle, se convirtió en certeza: clara, deslumbrante.
       Estaban todos de acuerdo. Hablaban de cosas ajenas a él, para distraer su atención, pero el acuerdo secreto se transparentaba, muy evidente, en sus miradas. ¡Nunca se habían mirado así entre ellos! Los gestos, la voz, las sonrisas, no se conciliaban para nada con lo que decían. ¡Todo aquel fervor de discusión por las pelucas, las pelucas que volvían de moda!
       —Pero, verdes, ¿perdone? ¿Verdes, violetas? —gritaba la nuera, sonrojada, con una falsa cólera, tan falsa que no conseguía impedirle a su boca que se riera.
       Aquella boca reía por su cuenta. Y las manos se levantaban solas para acariciar el pelo, como si el pelo quisiera por sí mismo la caricia de aquellas manos.
       —Entiendo, entiendo… —contestaba el médico, con la beatitud pintada en la cara de luna llena—. Cuando uno tiene su pelo, señora mía, esconderlo debajo de una peluca sería un pecado.
       El viejo retenía con dificultad el furor. Hubiera querido echarlos a todos de la habitación, con un grito de fiera. Pero apenas el médico se despidió y la nuera, con la niña de la mano, se fue para acompañarlo hasta la puerta, el furor explotó contra el hijo, que se había quedado a solas con él. Lo embistió con la misma pregunta que, en vano, había dirigido a la sirvienta y a la nieta:
       —¿Qué os pasa? ¿Por qué hoy estáis todos así? ¿Qué ha pasado? ¿Qué me estáis ocultando?
       —¡Nada, papá! ¿Qué quieres que te oculte? —contestó el hijo, sorprendido, afligido—. Somos… no sé, como siempre hemos sido.
       —¡No es verdad! Hay algo nuevo: ¡yo lo veo! ¡Lo siento! ¿Crees que no veo nada, que no siento nada, porque estoy así?
       —Pero yo realmente no sé, papá, qué ves de nuevo en nosotros. ¡No ha pasado nada, te lo he jurado, vuelvo a jurártelo! ¡Tranquilo!
       El viejo se calmó bastante, por el acento de sinceridad de su hijo, pero no quedó convencido. Había algo nuevo, era indudable. Lo veía, lo sentía en ellos.
       Pero, ¿qué?

       La respuesta, cuando se quedó solo en la habitación, le llegó de repente desde el balcón, silenciosamente.
       Desde la mañana se había quedado con la manija girada por la niña y ahora, al comenzar la noche, aquel balcón se abrió muy despacio, un poco, por un hilo de aire.
       El viejo, al principio, no se dio cuenta; pero sintió que toda la habitación se llenaba de un perfume delicioso y embriagador que subía desde los jardines que rodeaban la casa. Se volvió y vio una franja de luna en el suelo, que era como el rastro luminoso de todos aquellos perfumes en la penumbra de la habitación.
       —Ah, por eso… por eso…
       Los demás no podían verlo, no podían sentirlo en su interior, porque aún estaban tan dentro de la vida. Él, que ya casi estaba fuera de ella, lo había visto, lo había sentido en ellos. Por eso, aquella mañana, la niña no sólo temblaba, palpitaba; por eso la nuera se reía y se vanagloriaba tanto de su pelo; por eso aquella sirvienta suspiraba, por eso todos tenían aquel aire insólito y nuevo, sin saberlo.
       Había llegado la primavera.




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