Luigi Pirandello
(Agrigento, Italia, 1867 - Roma, 1936)


La venganza del perro (1913)
(“La vendetta del cane”)
Originalmente publicado en Corriere della Sera (13 de marzo de 1913);
Un cavallo nella luna
(Milán: Edizioni Treves, 1918);
Donna Mimma
(Florencia: ed. R. Bemporad e F., 1925)



      Sin saber cómo ni por qué, Jaco Naca se había encontrado un día dueño de toda la soleada colina que había bajo la ciudad, desde donde se disfrutaba de las magníficas vistas del campo abierto, variado de colinas y de valles y de llanos, con el mar al fondo, lejano, después de tanto verde, azul en la línea del horizonte.
       Un forastero, con una pierna de madera que chirriaba a cada paso, se había presentado completamente sudado tres años atrás en una finca del valle de Santa Anna, infectado por la malaria, donde Jaco Naca trabajaba de mozo y estaba amarillo por las fiebres, con escalofríos en los huesos y con los oídos que le zumbaban por la quinina. El forastero le había anunciado que a través de búsquedas minuciosas en los archivos había sabido que aquella colina, que hasta ahora se creía sin dueño, le pertenecía a él: si quería venderle una parte, por ciertos proyectos suyos que todavía estaban en el aire, se la pagaría según el precio estimado por un perito.
       No eran nada más que rocas, con algunos mechones de hierba por aquí y por allá que ni siquiera las ovejas, al pasar, arrancarían.
       Entristecido por el veneno lento de la enfermedad que le había deshecho el hígado y consumido las carnes, Jaco Naca no había sentido sorpresa ni placer por aquella visita, y le había cedido al forastero cojo gran parte de sus rocas por un puñado de billetes. Pero cuando luego, en menos de un año, había visto construir allí arriba dos villas, cada una mejor que la otra, con terrazas de mármol y galerías cubiertas con cristales de colores, como nunca se habían visto en aquellos lugares —¡qué elegancia!— y cada una con un lindo jardín, florecido, con quioscos y albercas del lado que miraba a la ciudad, y con huerto y glorietas del lado que miraba al campo y al mar; oyendo que todos elogiaban, con admiración y con envidia, la intuición de aquel forastero, llegado quién sabe desde dónde, que seguramente en pocos años con el alquiler de los doce apartamentos amueblados en un lugar tan ameno recuperaría la inversión y obtendría una buena renta, se había sentido engañado y defraudado. La acedía profunda, de animal enfermo, con la cual había soportado durante tantos años miseria y enfermedades, de pronto se había convertido en una acritud rabiosa. Entre inquietudes violentas y lágrimas de exasperación, pataleando, mordiéndose los puños, arrancándose los pelos, había pedido justicia y venganza contra aquel ladrón engañamundos.
       Desgraciadamente, es cierto que queriendo evitar un mal, muchas veces, se arriesga uno a tropezar con otro peor. Aquel forastero cojo, para huir de la molestia de aquellas recriminaciones, imprudentemente le había ofrecido a Jaco Naca añadir una suma al precio de la venta: poco, pero naturalmente Jaco Naca había sospechado que aquella suma le era ofrecida así, a escondidas, porque aquel no estaba muy seguro de sus derechos y quería mantener su boca cerrada. No por nada existen los abogados. Había recurrido al tribunal. Y mientras el escaso dinero de la venta se iba en papel sellado para reenvíos y apelaciones, había empezado a cultivar con rabioso empeño lo que quedaba de su propiedad, el fondo del valle bajo aquellas rocas, donde las lluvias, fluyendo en gruesos riachuelos sobre el áspero y empinado declive de la colina, habían depositado un poco de tierra.
       Lo habían comparado con un perro tonto que, después de haberse dejado arrancar de la boca un pedazo de muslo de carnero, ahora rabiosamente se rompe los dientes con el hueso abandonado por quien había disfrutado de la pulpa.
       Unas pocas penosas hortalizas, unos veinte almendros (no menos penosos), que parecían brozas entre las piedras, habían surgido en el valle angosto como una fosa, en aquellos dos años de obstinado trabajo. Mientras arriba, aéreas ante el espectáculo del campo y del mar, las dos hermosas villas resplandecían al sol, habitadas por gente rica, que Jaco Naca naturalmente se imaginaba también feliz. Feliz gracias a su daño y a su miseria.
       Y para desairar a esta gente y vengarse al menos del forastero, ya que no era posible hacerlo de nada más, había arrastrado hasta la fosa a un gran perro guardián; lo había atado con una corta cadena clavada al suelo, y lo había dejado allí, día y noche, muerto de hambre, de sed y de frío.
       —¡Grita por mí!

       De día, cuando él estaba en el huerto trabajando, devorado por el rencor, con los ojos torvos en el amarillo térreo del rostro, el perro, por miedo, callaba. Tumbado en el suelo, con el morro alargado sobre las dos patas, como máximo levantaba la mirada y suspiraba o bostezaba aullando hasta dislocarse la mandíbula, a la espera de un pedazo de pan que Jaco Naca le tiraba de vez en cuando como si fuera una piedra, divirtiéndose también a veces viéndolo agitarse, si el pedazo caía más allá de donde la cadena le permitía llegar. Pero al anochecer, apenas se quedaba solo y durante toda la noche, el pobre animal aullaba tan fuerte y con tanta intensidad de dolor y tales imploraciones de ayuda y de piedad, que todos los inquilinos de las dos villas se despertaban y no podían volver a dormirse.
       De una planta a la otra, de un apartamento al otro, en el silencio de la noche, se oían los refunfuños, los resoplidos, las imprecaciones de toda aquella gente despertada en la profundidad del sueño; las llamadas y los llantos de los niños asustados, el ruido de los pasos con los pies descalzos o el arrastrar de las zapatillas de las madres.
       ¿Era posible seguir así? De todas partes le habían llovido reclamaciones al propietario, quien, después de haber intentado conseguir —varias veces y siempre en vano, por las buenas y por las malas— que aquel hombre malvado dejara de martirizar al pobre animal, había aconsejado a los inquilinos que presentaran al ayuntamiento una queja formal firmada por todos.
       Pero tampoco la queja formal había solucionado nada. Desde las villas hasta el lugar donde el perro estaba encadenado corría la distancia prevista por los reglamentos: si, por la poca altura de aquel valle y por la gran altura de las dos villas, los aullidos parecían llegar desde debajo de las ventanas, Jaco Naca no tenía culpa alguna. No podía enseñarle al perro a ladrar de una manera más agradable para los oídos de aquellos señores; si el perro ladraba, hacía su trabajo; no era verdad que no le daba de comer, le daba lo que podía, no había ni que considerar la posibilidad de quitarle la cadena porque volvería a casa y él tenía que proteger sus beneficios, que le costaban sudor y sangre. ¿Cuatro brozas? ¡Eh, no les tocaba a todos la suerte de enriquecerse en un pestañeo a espaldas de un pobre ignorante!
       ¿Nada, pues? ¿No se podía hacer nada?
       Y una noche en que el perro aullaba a la luna helada de enero más angustiosamente de lo acostumbrado, de pronto, una ventana se había abierto ruidosamente en la primera de las dos villas y dos disparos habían salido de ella, con retumbo tremendo, en breves intervalos. El silencio de la noche se había sobresaltado dos veces, con el campo y con el mar, trastornándolo todo, y en aquella confusión general, ¡se había producido una invasión de ladridos desesperados! Era el perro, cuyo aullido se había convertido en un ladrido furibundo, y muchos otros perros de los campos cercanos y lejanos habían empezado a ladrar también. En el ruido, otra ventana se había abierto en la segunda villa y una voz airada de mujer y una vocecita aguda de niña —no menos airada—, habían gritado hacia la ventana desde donde habían salido los disparos:
       —¡Qué proeza! ¡Contra el pobre animal encadenado!
       —¡Malo, malo, feo!
       —¡Si tiene el coraje, tendría que fusilar al dueño!
       —¡Malo feo!
       —¿No le basta con que aquel pobre animal esté sufriendo frío, hambre y sed? ¿También hay que matarlo? ¡Qué proeza! ¡Qué corazón!
       —¡Malo y feo!
       Y la ventana se había cerrado de nuevo, con indignación.
       La otra se había quedado abierta. El inquilino, que tal vez esperaba la aprobación de todos los vecinos, aún vibrante por el acto de violencia cometido, recibía en cambio el azote de aquella airada y mordaz protesta femenina. ¿Ah, sí? ¿Ah, sí? Y durante más de media hora, semidesnudo, en el hielo de la noche, como un loco, había despotricado no tanto contra el maldito animal que no lo dejaba dormir desde hacía un mes, como contra la fácil piedad de ciertas señoras que, pudiendo dormir de día, pueden perder sin perjuicio el sueño de la noche, con la satisfacción además… eh, ya, con la satisfacción de experimentar la ternura del propio corazón, compadeciendo a los animales que le impiden el reposo a quien se rompe el alma trabajando desde la mañana hasta la noche. Y decía el alma por no decir otra cosa.
       Aquella noche los comentarios, en las dos villas, se prolongaron durante horas; en todas las familias se encendieron discusiones vivacísimas entre quienes le daban la razón al inquilino que había disparado y quienes a la señora que había defendido al perro.
       Todos estaban de acuerdo en que aquel perro era insoportable, pero también consideraban que merecía compasión por la manera cruel en que su dueño lo trataba. Y la crueldad de este no se manifestaba sólo contra el animal, sino también contra todas las personas a quienes impedía el reposo de la noche. Crueldad querida; venganza meditada y declarada. Ahora, la compasión por el pobre animal favorecía indudablemente a aquel canalla, quien, manteniéndolo encadenado y muerto de hambre, de sed y de frío, parecía desafiarlos a todos, diciendo:
       —¡Mátenlo, si tienen el coraje!
       ¡Sin embargo había que matarlo, había que vencer la compasión y matarlo, para que aquel canalla no venciera!
       ¿Matarlo? ¿Y no se haría pagar injustamente al pobre animal por la culpa de su dueño? ¡Qué justicia! Una crueldad para responder a la crueldad inicial, y doblemente injusta, porque se reconocía que el animal no tenía culpa alguna y además tenía razón por quejarse así. ¡La doble crueldad de aquel malvado se volvería contra el animal si también quienes no podían dormir se ponían en su contra y lo mataban! Pero, por otro lado, si no había otro medio para impedir que aquel los torturara a todos, ¿qué hacer?
       —Calma, calma, señores —a la mañana siguiente había llegado el propietario de las dos villas, con su pierna de madera chirriante—. ¡Por el amor de Dios, calma, señores!
       ¿Matar al perro de un campesino siciliano? ¡Se cuidarían bien del repetir el intento! Matarle el perro a un campesino siciliano quería decir hacerse matar sin remisión. ¿El campesino qué tenía que perder? Era suficiente mirarlo para entender que, con la rabia que llevaba en el cuerpo, no dudaría en cometer un delito.
       De hecho, poco después, Jaco Naca, con el rostro más amarillo de lo habitual y con el fusil al hombro, se había presentado ante las dos villas y, dirigiéndose hacia todas las ventanas, porque no habían sabido indicarle desde dónde habían salido los disparos, había mascullado su amenaza, retando a quien había osado intentar matar a su perro.
       Todas las ventanas habían permanecido cerradas; sólo la de la inquilina que había defendido al perro y que era la joven viuda del inspector de hacienda, la señora Crinelli, se había abierto y la niña de la voz aguda, la pequeña Rorò, única hija de la señora, se había asomado con el rostro en llamas y los grandes ojos resplandecientes para gritarle sus razones, meneando los densos rizos negros de su cabecita valiente.
       Jaco Naca, al principio, oyendo que la ventana se abría, había empuñado el fusil con furia, pero luego, viendo que aparecía una niña, se había quedado con una sonrisa repugnante en los labios, escuchando su fiera invectiva, y finalmente, con una expresión áspera, le había preguntado:
       —¿Te manda tu papá? Dile que salga: ¡tú eres una niña!

       Desde aquel día, la violencia de los contradictorios sentimientos en el alma de aquella gente, por un lado enfadada por el sueño perdido y por el otro inducida por la mísera condición de aquel pobre perro a una piedad que era rechazada enseguida por la irritación fiera hacia aquel villano que la utilizaba como arma contra ellos, turbó la delicia de habitar en aquellas dos villas tan admiradas y también envenenó tanto las relaciones entre los inquilinos que, desaire tras desaire, se llegó pronto a una guerra abierta, especialmente entre los dos vecinos que, desde el principio, habían manifestado sentimientos opuestos: la viuda Crinelli y el inspector escolar Barsi, autor de los disparos.
       Se decía que la enemistad entre los dos no se debía solamente al perro, y que el caballero Barsi, inspector escolar, hubiera estado muy feliz de perder el sueño nocturno, si la joven viuda del inspector de hacienda mostrara hacia él un poquito de la compasión que le reservaba al perro. Se recordaba que el caballero Barsi, no obstante la repugnancia que la joven viuda había demostrado siempre por su aspecto achaparrado y grosero, por sus modos pegajosos como la grasa de las pomadas, se había obstinado en cortejarla, incluso sin esperanza, casi como un agravio, por el gusto de hacerse mortificar no sólo por la joven viuda, sino también por la hijita de ella, la pequeña Rorò, que miraba a todos con ojos huraños, como si creyera encontrarse en un mundo ordenado a propósito para la infelicidad de su hermosa mamita, que sufría siempre por todo y lloraba a menudo, parecía que por nada, silenciosamente. ¿Cuánta envidia, cuántos celos y cuánto despecho entraban en el odio del caballero Barsi, inspector escolar, por aquel perro?
       Ahora bien, cada noche, oyendo los aullidos del pobre animal, madre e hija, abrazadas en la cama para resistir juntas al dolor de aquellos largos lamentos, permanecían en la expectativa aterrorizada de que la ventana de la villa contigua se abriera y que, con la complicidad de las tinieblas, se produjeran otros disparos.
       —¡Mamá, oh, mamá —gemía la niña temblando—, ahora le dispara! ¿Oyes cómo grita? ¡Ahora lo mata!
       —No, tranquila —intentaba consolarla su mamá—, tranquila, querida, no lo matará. ¡Tiene mucho miedo del villano! ¿No has visto que no se ha atrevido a asomarse a la ventana? Si le mata al perro, el villano lo matará a él. ¡Tranquila!
       Pero Rorò no conseguía tranquilizarse. Parecía que el sufrimiento de aquel animal se había convertido en una obsesión para la pequeña. Todo el día lo observaba desde la ventana y se derretía por la piedad. Quería bajar a consolarlo, acariciarlo, llevarle comida y agua y varias veces, en los días en que el villano estaba ausente, le había pedido a su mamá permiso para hacerlo. Pero esta, por miedo a que el malvado llegara de pronto o a que la pequeñita se cayera por el declive rocoso, nunca se lo había concedido.
       Se lo concedió al final, para desairar a Barsi, después del atentado de aquella noche. Hacia el atardecer, cuando vio que Jaco Naca se iba con la zapa en los hombros, puso en las manos de Rorò una servilleta llena de las sobras de la cena y de pedazos de pan y le recomendó que tuviera mucho cuidado bajando por la colina. Ella se asomaría a la ventana para vigilarla.
       Con ella se asomaron muchos otros inquilinos para admirar a la valiente Rorò, que bajaba hacia la triste fosa para auxiliar al animal. Barsi también se asomó y siguió a la niña con los ojos, meneando la cabeza y frotándose las mejillas ásperas con una mano en la boca. ¿Aquella ostentación de caridad no era un abierto desafío dirigido a él? Pues bien, aceptaría el reto. Por la mañana había comprado una pasta envenenada para lanzársela al perro, una de aquellas noches, y librarse de él. Se la daría aquella misma noche. Mientras tanto permaneció allí, disfrutando hasta el final del espectáculo de aquella caridad y de todas las amorosas exhortaciones de aquella mamita que desde la ventana le gritaba a su hija que no se acercara demasiado al animal, que, al no conocerla, podía morderla.
       De hecho el perro ladraba viendo que la niña se acercaba y, retenido por la cadena, saltaba amenazador. Pero Rorò, con la servilleta apretada en el puño, avanzaba segura y confiada de que aquel, ahora mismo, entendería su acción de caridad. Ya rabeaba ante la primera llamada, aunque seguía ladrando, y ahora, con el primer pedazo de pan, dejaba de hacerlo. ¡Pobrecito, pobrecito, con qué voracidad tragaba los pedazos de pan, uno tras el otro! Pero ahora, ahora llegaba lo mejor… Y Rorò, sin la mínima aprensión, extendió con las dos manitas el papel con los restos de la cena bajo el morro del perro que, después de haber comido y lamido, miró a la niña, al principio sorprendido y luego con gratitud cariñosa. Cuántas caricias le hizo Rorò, poco a poco más alentada y feliz por su confianza correspondida; cuántas palabras de piedad le dijo, incluso llegó a besarlo en la cabeza, intentando abrazarlo mientras desde arriba su mamá, sonriendo y con lágrimas en los ojos, le gritaba que volviera a casa. Pero ahora el perro quería jugar con la niña, se escondía, saltaba, sin preocuparse por los tirones de la cadena y se retorcía, aullando, pero de alegría.
       ¿Rorò no tenía que pensar, aquella noche, que el perro estaba tranquilo porque ella le había llevado comida y lo había consolado con sus caricias? Una sola vez, brevemente, a cierta hora, se oyeron sus ladridos, luego nada más. Seguramente el perro, saciado y contento, dormía. Dormía y dejaba dormir.
       —Mamá —dijo Rorò, feliz por el remedio encontrado—, mañana otra vez, ¿verdad?
       —Sí, sí —le contestó su mamá, sin entender bien, medio dormida.
       Y a la mañana siguiente el primer pensamiento de Rorò fue asomarse para ver al perro que no se había oído durante toda la noche.
       Estaba allí: tumbado sobre un costado, con las cuatro patas rectas, estiradas, ¡qué bien dormía! Y en el valle no había nadie: sólo el gran silencio que por primera vez, aquella noche, no había sido turbado.
       Junto con Rorò y con su mamita, los otros inquilinos observaban asombrados aquel silencio y el perro que aún dormía, tumbado de aquella manera. ¿De modo que era verdad que el pan y las caricias de la niña habían obrado el milagro de dejarlos dormir a todos, al pobre animal incluido?
       Sólo la ventana de Barsi permanecía cerrada.
       Y como al villano todavía no se le veía y quizás aquel día, como ocurría a menudo, no vendría, muchos de los inquilinos convencieron a la señora Crinelli a rendirse ante el deseo de Rorò de llevarle al perro —como ella decía— el desayuno.
       —Pero, ten cuidado, despacito —le dijo la mamá—, y luego vuelve arriba, sin tardar, ¿entendido?
       Continuó diciéndoselo desde la ventana, mientras la niña bajaba con pasos rápidos pero cautos, manteniendo la cabecita agachada y sonriendo para sus adentros por la fiesta que esperaba de su grueso amigo que aún dormía.
       Bajo la roca, agachado como una fiera al acecho, permanecía Jaco Naca, con su fusil. La niña, al doblar, se lo encontró de frente, de pronto, muy cercano. Apenas tuvo tiempo de mirarlo con los ojos asustados: el disparo retumbó y la niña cayó de espaldas, entre los gritos de su madre y de los otros inquilinos que, con horror, veían rodar el cuerpecito por la pendiente, hasta cerca del perro que permanecía allí, inerte, con las cuatro patas estiradas.




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