Luigi Pirandello
(Agrigento, Italia, 1867 - Roma, 1936)


La Corona (1907)
(“La Corona”)
Originalmente publicado en L’illustrazione italiana (12 de mayo de 1907);
Novelle per un anno (vol. 8):
Dal naso al cielo
(Florencia: ed. R. Bemporad e F., 1924)



      El doctor Cima se detuvo a la entrada del jardín público que surgía en la colina a la salida del pueblo; permaneció un rato mirando la rústica cancilla de un único batiente, sustentada por dos pilares no menos rústicos, detrás de los cuales se levantaban tristes dos cipreses (tristes, aunque a su alrededor reían, por aquí y por allá, entre el verde oscuro, algunas rositas trepadoras, dispuestas en forma de guirnaldas); miró la calle empinada que desde la cancilla subía hacia la colina, en cuya cima se encontraba, entre los árboles, un quiosco que quería parecer una pagoda; y esperó que el deseo de dar un paseo de relajación en aquel viejo jardín casi abandonado consiguiera vencer la debilidad de los miembros que el calor embriagador del primer sol le había procurado.
       El fresco de la sombra, orientada hacia tramontana, estaba saturado de fragancias selváticas: amargas, de endrinos; densas y agudas, de mentastros y salvia. Llegaba desde los árboles, como una invitación, el piar continuo de los pajaritos, de fiesta por el regreso de la dulce primavera. Y el doctor Francesco Cima se dispuso a subir, a pasos lentos, hasta el jardín, respirando con voluptuosidad aquel aire saturado de fragancias, embelesado y aturdido, casi delirando en una embriaguez deliciosa.
       La vista de aquellas plantas reverdecidas, que se deleitaban desmemoriadas en el sol, y el vuelo de las mariposas blancas sobre las flores del parterre, les conferían a los pensamientos del doctor, que no podían ser alegres, un contorno casi vaporoso, de ensueño.
       ¡Qué hermoso era aquel quieto jardín, adonde nadie iba a pasear!
       —Si fuera mío…
       El deseo, no pudiendo atraparlo la mano rapaz, alargaba un suspiro. Y quién sabe cuántos y cuántas no iban a pasear allí precisamente por eso, para no suspirar como él ahora. Si fuera mío…
       Porque es destino de las cosas que son de todos no ser luego propiamente de nadie.
       A cada paso un palo y un cartel: «Prohibido entrar en los parterres», «Prohibido dañar las plantas», «Prohibido recoger flores».
       En fin, tras pasar, se era dueño sólo de mirar. Ahora bien, la propiedad quiere decir «yo», no quiere decir «nosotros». Y allí dentro sólo uno podía decir «yo»: el jardinero, que entonces era el verdadero dueño, y además era pagado para serlo, y tenía allí casa y estatus y vendía por su cuenta las flores que eran de todos y de nadie.
       Un trino, entre muchos, más agudo, de pronto despertó claro en el doctor el recuerdo de unas vacaciones lejanas, en una vieja granja perdida entre los árboles del campo abierto, alegre por la cercanía del mar. ¡Ah! Era joven entonces: un joven con pasión por la caza. ¡Cuántos pobres pajaritos había matado!
       Las amarguras, las consternaciones, los fastidios que le provocaba su profesión de médico, se le habían casi adormecido en el fondo del alma. No así la pena por haber cumplido cuarenta años, unos meses atrás. El tiempo más hermoso de la vida ya se había acabado para él, y desgraciadamente sin que pudiera decir que había gozado verdaderamente la juventud. ¡A lo mejor en la vida había algo de qué gozar! Oh, sí, podía, la vida podía ser hermosa; podía una mañana serena como aquella compensar por tantas aflicciones y tantos problemas.
       El doctor se detuvo, por un pensamiento surgido de repente: volver atrás, correr a casa a buscar a su joven esposa (hacía siete meses que se había casado), para que ella también disfrutara del encanto de aquel paseo. Permaneció un rato perplejo, luego volvió a andar lentamente por la calle.
       No. Aquel encanto era sólo para él. Sería también para su mujer, tal vez, si ella hubiera ido sin su invitación, a pasear sola. Juntos, el encanto se desvanecería para ambos. Ya se había desvanecido para él, solamente al pensarlo. El amargor de aquella sutil melancolía, antes apenas advertido, ahora le subía a la garganta.

       No es que tuviera nada malo que decir sobre su mujer. ¡Tan buena, pobrecita! Pero tenía casi dieciocho años menos que él, apenas veintidós, y él ya tenía el pelo gris en las sienes y la barba entrecana.
       Siete meses atrás, al casarse, había esperado que la estima afectuosa, demostrada durante el breve noviazgo, pudiera convertirse pronto en amor, fácilmente. Bastaba con que ella se diera cuenta apenas de que, no obstante aquellas canas en las sienes, él la amaba como un niño. Nunca había amado a otra mujer antes que a ella.
       ¡Sueños! El amor, el verdadero amor (él lo sentía bien) no había nacido todavía en su mujer, tal vez nunca nacería en ella. Le sonreía, le demostraba de muchas maneras que lo quería, pero como por obligación.
       Ahora, el duelo no sería tan agrio para él, si cierta astilla no se lo hubiera exacerbado secretamente, impidiéndole hacer también acerca de su joven compañera estas reflexiones un poco amargas pero llenas de afable indulgencia, con las cuales solía excusar y compadecer muchas otras cosas de la vida.
       De muy joven, su mujer se había enamorado, con el fervor de los dieciocho años, de un joven estudiante del liceo, que había muerto de tifus. Lo sabía porque había sido llamado como médico, entonces, precisamente él, al lecho de aquel joven. Y sabía que ella había estado a punto de enloquecer por el dolor; que se había encerrado en una habitación, a oscuras, durante muchas semanas, sin querer ver a nadie; que no había vuelto a salir de casa; que quería meterse a monja. ¡Uy, se habían dicho tantas cosas en el pueblo! La ciudadanía entera se había conmovido ante el caso cruel de aquel amor de dos jóvenes cortado por la muerte, porque él, el pobre muerto, estaba en el corazón de todos por la vivacidad de su ingenio, por los rasgos delicados, por los modos joviales y corteses; y ella, ella que lo lloraba desesperadamente, era considerada con razón una de las jóvenes más hermosas del pueblo.
       Cuando, después de casi un año, forzada por sus parientes, se había presentado en algunas reuniones, su visión, su actitud, el aire triste de su rostro, sus sonrisas tristes, habían despertado en todos, y especialmente en los jóvenes, una admiración ferviente, una ternura vivísima. Ser amado por ella, librarla de aquella fascinación dolorosa, llamarla de vuelta a la vida, al amor, a la juventud, se habían convertido en el sueño, en la ambición de cada uno de ellos.
       Pero ella se había obstinado en su luto. Ostentación, no; pero, poco a poco, alguien había empezado a susurrar malignamente que ella, a pesar de ser tan humilde y modesta, tenía que sentir cierta complacencia por su duelo, habiéndose dado cuenta de que este la volvía más querida y más admirable ante todos. Tal vez quien lo decía hablaba por despecho o por celos. La prueba de que ella no pretendía, con aquella ropa de luto, ser más deseada, se hallaba en el hecho de que en pocos meses había rechazado cuatro o cinco propuestas de matrimonio, serias propuestas de los mejores jóvenes del pueblo.
       Habían pasado casi dos años desde la desgracia, y ya nadie, después de aquellos rechazos tan firmes, se arriesgaba a pedirla en matrimonio, cuando se había propuesto él, el doctor Cima, aunque los amigos le aconsejaron que no lo hiciera, y —sí, señores— había sido aceptado, enseguida.
       Pero, superada la primera sorpresa, todos se habían explicado la razón de aquella victoria. Ella había dicho que sí porque el doctor ya no era joven, y entonces nadie podría suponer que se casaba con él por amor, por verdadero amor: había dicho que sí porque él mismo ciertamente no pretendería ser amado como un joven y se contentaría con aquel afecto quieto y tibio, hecho de estima, de gratitud y de devoción.
       Que fuera así realmente no había tardado él también en comprenderlo. Había sufrido mucho por ello; aún ahora sufría mucho; varias veces al día tenía que controlarse violentamente, ora para retener una reacción, ora para no dejar trasparentar la agria pena. Era una verdadera tortura sentirse todavía joven en el corazón y no poder decirlo, no poderlo demostrar, por miedo a perder también la estima y la gratitud de ella, acordadas sólo bajo esta condición: reprimir cualquier impulso de aquel amor que para él era el primero y sería el último.
       ¡Bah! Todavía joven, más bien un niño, podría serlo para una sola mujer: para su vieja madre, ¡si esta no hubiera muerto tres años atrás! Ella, sí, compartiría con él el encanto de aquella mañana deliciosa y, sin pensarlo dos veces, correría a buscarla a casa, a su santa viejita, para que se reconfortara al calor de aquel primer sol. La encontraría seguramente acurrucada en un rincón, con el rosario en la mano, rezando por todos los enfermos que él tenía bajo su cuidado.
       El doctor Cima sonrió con dulce tristeza ante esta imagen, meneando levemente la cabeza, mientras subía hasta el camino más alto del jardín sobre la colina. Rezando por todos los enfermos que él curaba, su santa viejita no demostraba mucha confianza en él y en su ciencia. Se lo había preguntado en broma una vez, y ella le había contestado enseguida que no rezaba por eso, sino para que Dios lo ayudara a salvar a sus enfermos.
       —Por tanto tú crees que sin la ayuda de Dios…
       No lo había dejado terminar.
       —¿Qué dices? ¡La ayuda de Dios es necesaria siempre, hijo mío!
       Y rezaba, rezaba de la mañana a la noche, tanto que él casi deseaba no tener tantos clientes, para no cansar así los labios de ella.
       Volvió a sonreír. Con el recuerdo de la madre, sus pensamientos habían readquirido los contornos vaporosos del sueño; el encanto había vuelto.
       Se lo rompió de repente el nuevo jardinero, que estaba allí arriba, cavando en un prado:
       —¡Oh, aquí estoy, señor doctor! ¿Lleva mucho buscándome?
       —Yo no, en verdad…
       —Está lista, ¿sabe?, lista desde las ocho.
       Y al decir esto avanzó hacia él con la gorra en la mano y la frente empapada de sudor.
       —Si quiere verla está aquí, en la pagoda. Vamos enseguida.
       —¿Ver qué? —preguntó el doctor, sorprendido—. Yo no sé…
       —¿Cómo, señor doctor? ¡La corona!
       —¿La corona?
       El jardinero lo miró, no menos sorprendido estaba él.
       —Perdone, ¿hoy es 12, verdad?
       —¿Y bien?
       —¿No ha enviado a su sirvienta, anteayer, para encargarme una corona para hoy?
       —¿Yo?… ¿Para el 12?… —dijo entonces el doctor, fingiendo recordar—. He enviado… ya… he mandado a la sirvienta…
       —Rosas y violetas, ¿no se acuerda? —y el jardinero volvió a sonreír por la desmemoria del doctor—. ¡Está lista desde esta mañana a las ocho! Venga a verla.
       Por fortuna avanzó y así no pudo notar la alteración súbita en el rostro del doctor, que lo siguió como un autómata, con los ojos atónitos, hoscos, y la boca abierta como las manos.
       ¿Una corona? ¿Su mujer, a escondidas, había encargado una corona? Sí, el día 12 era precisamente el aniversario de la muerte de aquel joven. ¿Todavía, después de tres años? ¿Aunque ahora fuera su mujer? Le enviaba a escondidas una corona… ¡Ya mujer de otro! Ella, tan tímida; ella, tan modesta: ¡cuánto valor! ¿Tanto, pues, lo amaba? ¿Tan vivo era todavía el recuerdo de él en su corazón? ¿Y por qué se había casado con otro? Si su corazón todavía le pertenecía a aquel y siempre le pertenecería. ¿Por qué? ¿Por qué?
       Desvariando así para sus adentros, el doctor seguía al jardinero. Quería ver aquella corona; sí, verla para asegurarse bien, con sus propios ojos, de que su mujer era capaz de tal engaño, de tal traición.
       Cuando la vio, allí en la pagoda, en un rincón, recta sobre una mesa de hierro, apoyada en la pared, le pareció que era para él y se quedó mirándola largamente.
       El jardinero, interpretando a su manera aquella admiración, preguntó:
       —Preciosa, ¿eh? Está hecha toda con rosas y violetas, frescas, ¿eh?, cogidas al amanecer. ¡Barata, cien liras, señor! ¿Sabe qué fatiga juntar, una por una, todas estas violetas? ¿Y las rosas? En invierno porque son infrecuentes, cuando es la estación, porque todos las quieren… ¡cien liras es muy poquito! Tiene que darme al menos otras veinte.
       El doctor intentó hablar, pero sintió que le faltaba la voz, abrió los labios en una sonrisa escuálida, y se esforzó en decir:
       —Yo… pagártela, ¿eh? Barata, cien liras… Rosas y violetas, ya… ¿Ciento veinte? Aquí tienes.
       —Gracias, señor doctor —se apresuró a contestar el jardinero, cogiendo el dinero—. Créame, se las merece…
       —Guárdala aquí —lo interrumpió el doctor, volviendo a ponerse el monedero en el bolsillo—. Si viene la sirvienta, no se la entregues. Vendré a buscarla yo.
       Y salió de la pagoda; bajó por la calle; la dobló; apenas se vio solo y escondido, se paró, apretó los puños y contrajo el rostro en un espasmo de risa:
       —Se la he pagado yo…
       ¿Qué tenía que hacer ahora? Coger a su mujer, sin hacerle daño, y reconducirla a casa de su padre: ¡sí, esto se merecía! Y que se fuera lejos a llorar a su novio muerto, sin robar así el amor de un caballero a quien ella debía, al menos, respetar. ¿Ni amor ni respeto? Ah, ella había rechazado a todos los jóvenes y había escogido a uno viejo, porque este, ¡caramba!, ni siquiera soñaría con obtener amor, con el pelo ya gris, con la barba entrecana; pero cerraría un ojo, y también ambos sobre su pena antigua; ¡el viejo no se disgustaría por nada! Pero a escondidas le enviaba la corona. ¡Menos mal! Eh, ya, por ser la esposa de otro no había considerado conveniente ir ella en persona. Por mucho que el marido fuera viejo, vamos a ver, sería demasiado. Había mandado a la sirvienta a encargar la corona, en prueba de su amor constante; y haría que la sirvienta la colgara en la tumba de su pobre amor.
       ¡Ah, qué injusta había sido verdaderamente la muerte de aquel joven! Si hubiera vivido, si hubiera tenido el tiempo de convertirse en hombre, de volverse experto e instruido él también acerca de las sabias perfidias de la vida, y se hubiera casado con su querida y enamorada joven, esta se hubiera percatado de que una cosa es flirtear a través de la ventana, con dieciocho años, y otra vivir en la dura realidad cotidiana, cuando ya las primeras llamas se han apagado y empieza el tedio de los días iguales, y el cansancio, y nacen los primeros contrastes, y el joven marido empieza a sentirse saciado y cansado de la mujer y ya piensa en traicionarla… ¡Ah, cómo desearía que ella hubiera podido vivir por un tiempo con aquel joven, semejante experiencia! De ser así, este viejo…
       Apretó varias veces los puños hasta clavarse las uñas en las palmas, luego se miró las manos que le temblaban, y finalmente se estremeció con un largo suspiro.
       El ímpetu de la primera impresión había decaído. Se quedó un rato mirando lo que había ante sí, vio un banco un poco distante y fue a sentarse mecánicamente.
       Pues bien, y este viejo —continuó pensando— ¿acaso no quería también actuar como un chico malo? ¿Montar una escena, un escándalo? Oh, entonces todos los que habían adivinado tan fácilmente la razón por la cual él había sido aceptado enseguida: «¿Un escándalo?», exclamarían, «Eh, vamos a ver, a fin de cuentas, ¿por qué? Por una corona para un muerto… Ciertamente, cada año la pobrecita había enviado, el día 12, una corona al cementerio. El nuevo jardinero no lo sabía. Aquel año, naturalmente también aquel año, se había acordado… Naturalmente, sí, porque el pobre doctor, vamos a ver, no había podido hacer que lo olvidara. Se había acordado y no había sabido resistir a la tentación. Por supuesto, oh, claro, había hecho mal… ¡Pero el sentimiento no razona! ¡Se trataba de un muerto, a fin de cuentas!».
       Esa sería la opinión mayoritaria.
       ¿Y qué tenía que hacer él? ¿Dejarlo pasar? ¿Fingir que no sabía nada? ¿Volver arriba y decirle al jardinero que le diera a la sirvienta aquella corona, retenida allí para que sirviera como prueba?
       ¡Ah, no, esto no! También tendría que hacer que le devolviera el dinero pagado, pedirle que se callara…
       ¿Y entonces? ¿Volver a casa y pedirle explicaciones inútiles a su mujer? ¿Echarle en cara el subterfugio, el engaño, y castigarla?
       ¡Qué mezquino sería! Aún más mezquino que montar el escándalo…
       El hecho era grave, pero sólo para su corazón herido; grave también por el ridículo que podía conllevar, si el caso se difundía, porque probaba el poco respeto que su mujer le profesaba. Tenía que vencer a su propio corazón, decirle que no podía sentirse joven, cuando todos lo creían viejo. Un joven, sí, podía montar un escándalo; él, viejo, no: tenía que mostrase superior e imponerle de otra manera a su mujer el merecido respeto.
       Se levantó, con gran calma, pero con una sensación de entumecimiento en todos los miembros. Los pajaritos del jardín seguían trinando, alegres. ¿Dónde estaba el encanto de antes?
       El doctor dejó el jardín y se encaminó hacia su casa. Pero cuando llegó al portón, ¡adiós calma! Jadeaba como un caballo, y no sabía cómo haría para subir la escalera, con aquellas piernas que le temblaban. La idea de volver a ver a su mujer, ahora… Tenía que estar más triste de lo acostumbrado, ella, en aquel día… Pero tal vez sabría disimular bien la tristeza: ya estaba acostumbrada, resignada. Y él la amaba, ¡oh, miseria!, la amaba tanto, tanto… y sentía, en el fondo, que ella merecía ser amada; sí, porque también era buena, buena como aparecía en sus rasgos delicados, en sus profundos ojos negros, aterciopelados, en la palidez morena del rostro.
       Fue a abrirle la sirvienta. Verla lo desconcertó. Aquella vieja conocía el secreto, era cómplice del engaño. Hacía tantos años que estaba al servicio de la casa paterna de su mujer, estaba tan ligada a ella, y quizás no hablaría, pero claramente no sabría apreciar, y tal vez ni siquiera comprender, lo que él ya había decidido hacer. Sería, de todas formas, un vulgar testigo. Y él quería que lo que estaba a punto de hacer permaneciera como un secreto entre su mujer y él.
       Entró directamente en la habitación de ella.
       Su mujer estaba ante el espejo, peinándose. Entre los brazos levantados sobre la cabeza, divisó su rostro en el espejo, encontró la mirada de ella, que expresaba sorpresa al verlo en casa en aquella insólita hora.
       —He vuelto —dijo—, para invitarte a salir conmigo.
       —¿Ahora? —preguntó ella, girándose, sin bajar los brazos que aguantaban en la cabeza el volumen del hermoso pelo negro, aún suelto; y le sonrió lánguidamente.
       Él se turbó casi hasta las lágrimas por aquella sonrisa tenue, como si hubiera visto en ella una profunda piedad por él, por el amor que le tenía, por el dolor que ella aún no adivinaba, pero que conocería en breve.
       —Sí, ahora —contestó—. Es tan hermoso, afuera… Date prisa. Iremos al jardín, incluso más lejos, al campo… Alquilaremos un vehículo…
       —¿Por qué? —preguntó ella, casi sin querer—. ¿Justo hoy?
       Él temió, ante esta pregunta, que la mirada lo traicionara. Bastante le costaba mantener calma la voz.
       —¿No te apetece, hoy? —dijo—. Pero te hará bien, verás. Date prisa. Lo quiero así.
       Se movió para salir de la habitación. En el umbral se giró:
       —Te espero en el estudio.
       Poco después ella estaba lista. Ah, siempre le obedecía, dócil; siempre hacía lo que él quería y como él quería: solamente sobre el corazón de ella, eh, allí no, él no tenía poder alguno. Había intentado apenas una tímida oposición, «¿Justo hoy?», pero sin embargo, con toda la angustia que aquel día tenía que sentir, había obedecido, y estaba lista para ir de paseo, al campo, donde él quisiera.
       Salieron; atravesaron durante un trecho el pueblo a pie, luego él alquiló un carruaje y le ordenó al cochero que parara ante el jardín comunal. Allí, sólo él bajó, pidiéndole a su mujer que lo esperara un minuto.
       Cuando, después de alrededor de un cuarto de hora, ella, ya turbada y consternada, lo vio bajar del jardín, seguido por el jardinero que sostenía en los brazos la corona, estuvo a punto de desmayarse. Pero él la sostuvo con la mirada.
       —¡Al cementerio! —le ordenó al cochero, montando en el carruaje.
       Apenas este se movió, ella estalló en un llanto irrefrenable, llevándose el pañuelo a los ojos y a la boca.
       —No llores —dijo entonces él, en voz baja—. No he querido decirte nada en casa; no quisiera decirte nada tampoco ahora. Te lo ruego, no llores. Lo he sabido por casualidad. Había ido al jardín a pasear, y el jardinero me lo ha dicho, creyendo que yo había encargado esta corona. No llores. Vamos a ofrecerla juntos, ¿ves?
       Ella permaneció con los ojos escondidos en el pañuelo, hasta que el vehículo se paró ante la cancilla del cementerio.
       Él la ayudó a bajar, luego cogió la corona y entró con ella en el recinto.
       —¿Sabes dónde está?
       Ella le hizo señas de que no, con la cabeza.
       —¡Ven! —dijo él, encaminándose por la primera calle a la izquierda, y mirando una por una las tumbas que estaban alineadas allí.
       Era la penúltima de aquella calle. Entonces él se descubrió la cabeza, lentamente, puso la corona en la lápida funeraria, retrocedió lentamente y, sin que ella lo viera, se alejó, para darle tiempo de rezar una oración. Pero ella permaneció allí, muda, sin ni siquiera poder alejar el pañuelo de los ojos. Ni un pensamiento, ni una lágrima para el muerto. Desorientada, se giró de pronto para buscar a su marido, lo llamó, como hasta ahora nunca lo había llamado, se agarró a su brazo, convulsa:
       —¡Perdóname! ¡Perdóname! ¡Llévame lejos!




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