Luigi Pirandello
(Agrigento, Italia, 1867 - Roma, 1936)


Una voz (1904)
(“Una voce”)
Originalmente publicado en Regina (20 de septiembre de 1904);
Erma bifronte
(Milán: Treves, 1906);
Novelle per un anno (vol. 6):
In silenzio
(Firenze: Bemporad, 1923)



      Unos días antes de morirse, la marquesa Borghi había querido consultar, más por cargo de conciencia que por otras razones, también al doctor Giunio Falci con respecto a su hijo Silvio, ciego desde hacía alrededor de un año. Lo había hecho visitar por los oculistas más ilustres de Italia y del extranjero y todos le habían dicho que sufría un glaucoma irremediable.
       Hacía poco que el doctor Giunio Falci había ganado, por concurso, la plaza de director de la clínica oftalmológica, pero por su aire cansado y siempre abstraído, y también por su aspecto desgarbado, por su manera de caminar relajada y torpe, con la gran cabeza precozmente calva, inclinada hacia atrás, no conseguía conquistar la simpatía ni la confianza de nadie. Él lo sabía y parecía gozar con ello. Dirigía a los escolares y a los pacientes preguntas curiosas, penetrantes, que helaban y desconcertaban; y dejaba entender tan claramente el concepto que se había formado de la vida —así desnudo de todas aquellas íntimas y casi necesarias hipocresías, de aquellas espontáneas e inevitables ilusiones que cada cual, sin querer, se crea y se compone por una necesidad instintiva, casi de pudor social—, que su compañía se volvía con el tiempo insoportable.
       Invitado por la marquesa Borghi, había examinado larga y atentamente los ojos del joven, sin escuchar, al menos en apariencia, todo lo que la marquesa, mientras tanto, le explicaba sobre la enfermedad, sobre los juicios de los otros médicos, de los varios tratamientos intentados. ¿Glaucoma? No. No había creído hallar en aquellos ojos los signos característicos de esta enfermedad, el color azulado o verdoso de la opacidad, etcétera; le había parecido más bien que se tratara de una rara y extraña manifestación de aquella enfermedad que comúnmente suele llamarse catarata. Pero no había querido manifestarle así, tan pronto, su duda a la madre, para que no le naciera una esperanza, aunque fuera tenue. Disimulando el vivísimo interés que le despertaba aquel extraño caso, le había en cambio manifestado el deseo de volver a visitar al enfermo unos meses después.
       De hecho había vuelto; pero, insólitamente, por aquella calle nueva, siempre desierta, al final de Prati di Castello, donde estaba la villa de la marquesa Borghi, había encontrado un tropel de curiosos ante la cancilla abierta. La marquesa Borghi había muerto de pronto, durante la noche.
       ¿Qué hacer? ¿Volver atrás? Había pensando que, si durante la primera visita hubiera manifestado la duda de que la enfermedad de aquel joven no fuera, a su manera de ver, un verdadero glaucoma, tal vez aquella pobre madre no hubiera muerto con la desesperación de dejar a su hijo irremediablemente ciego. Pues bien, si ya no le era concedido consolar a la madre con esta esperanza, ¿no podría, al menos, intentar ofrecer un gran consuelo al pobre superviviente, tan tremendamente golpeado con aquella nueva e imprevista desgracia?
       Y había subido a la villa.
       Después de una larga espera, entre la confusión que reinaba, se le había presentado una joven vestida de negro, rubia, con aire rígido, severo: la dama de compañía de la difunta marquesa. El doctor Falci le había expuesto el porqué de su visita, que de otra manera hubiera sido inoportuna. En cierto momento, con una leve sorpresa que traicionaba la desconfianza, aquella le había preguntado:
       —¿Entonces también los jóvenes pueden padecer la catarata?
       Falci la había mirado un rato a los ojos, luego, con una sonrisa irónica, perceptible más en la mirada que en los labios, le había contestado:
       —¿Y por qué no? Moralmente, siempre, señorita: cuando se enamoran. Pero también físicamente, por desgracia.
       La señorita, poniéndose aún más rígida, había dado por finalizada la conversación, diciendo que, en las condiciones en las cuales el marqués se encontraba en aquel momento, no era posible hablarle de nada; pero que, cuando se calmara un poco, le hablaría de aquella visita y seguramente él haría que lo llamaran.
       Habían pasado más de tres meses: el doctor Giunio Falci no había sido llamado todavía.

       En verdad, la primera visita había procurado a la difunta marquesa una pésima impresión sobre el doctor. La señorita Lydia Venturi, ahora gobernanta y lectora del joven marqués, se acordaba bien de ello. Por instintiva ojeriza contra aquel doctor tan antipático, no consideraba que, por ventura, aquella impresión de la marquesa hubiera sido diferente, si Falci, desde el principio, le hubiera hecho considerar como probable la curación del hijo. Por su cuenta, consideró la segunda visita como la de un charlatán y peor, ya que se presentaba justamente el día en que la marquesa había muerto para manifestar una duda, encender una esperanza. Tanto más cuanto el joven marqués parecía ya resignado a la desgracia. Muerta su madre así, de repente, además de la oscuridad de su ceguera, había sentido que se espesaba, más dentro que fuera, otra oscuridad, terrible, frente a la cual —es cierto— todos los hombres están ciegos. Pero quien tenga los ojos sanos al menos puede distraerse de esa oscuridad con la vista de las cosas a su alrededor; él no: ciego para la vida, era ahora ciego también para la muerte. Y en esta otra oscuridad, más fría y más tenebrosa, su madre había desaparecido, silenciosamente, dejándolo solo, en un horrendo vacío.

       De pronto —no sabía bien de quién— una voz de una dulzura infinita le había llegado, como una luz suavísima. Y toda su alma, perdida en aquel vacío horrendo, se había agarrado a ella.
       Para él la señorita Lydia no era más que una voz. Pero también era quien, más que nadie, en los últimos meses había estado cerca de su madre. Y su madre —él lo recordaba— hablándole de ella, le había dicho que era buena y atenta, de modos exquisitos, culta, inteligente; y así ahora la percibía en los cuidados que le demostraba, en el consuelo que le ofrecía.
       Lydia, desde los primeros días, había sospechado que la marquesa Borghi, contratándola a su servicio, no hubiera considerado negativamente, en su egoísmo maternal, que el hijo infeliz se consolara de alguna manera con ella: se había ofendido ásperamente por ello y había obligado a su natural amor propio a endurecerse en una actitud incluso severa. Pero, después de la desgracia, cuando él, llorando desesperadamente, le había cogido una mano apoyando en ella el hermoso rostro pálido, gimiendo: «¡No me deje!… ¡No me deje!…», se había sentido vencer por la compasión, por la ternura y se había dedicado a él, sin más sospechas.
       Pronto, con la tímida pero obstinada y doliente curiosidad de los ciegos, él había empezado a torturarla. Quería «verla» en su oscuridad; quería que su voz se convirtiera en imagen dentro de sí.
       Al principio eran preguntas vagas, breves. Él quiso decirle cómo se la imaginaba, escuchándola leer o hablar.
       —Rubia, ¿verdad?
       —Sí.
       Era rubia; pero el pelo, rudo y ralo, contrastaba extrañamente con el color un poco turbio de la piel. ¿Cómo decírselo? ¿Y por qué?
       —¿Y los ojos, azules?
       —Sí.
       Azules, pero oscuros, tristes, demasiado hundidos bajo la frente grave, triste, prominente. ¿Cómo decírselo? ¿Y por qué?
       Su rostro no era bello; pero su cuerpo era elegantísimo. Hermosas, realmente hermosas, tenía las manos y la voz. La voz, especialmente. De una suavidad inefable, en contraste con el aire oscuro, altivo y triste del rostro.
       Lydia sabía cómo la veía ella, por el embrujo de esta voz y por las tímidas respuestas que recibía a sus preguntas insistentes; y se esforzaba ante el espejo para asemejarse a aquella imagen ficticia, se esforzaba para verse como él la veía en su oscuridad. Y su voz, por ella misma, ya no salía de sus propios labios, sino de los que él imaginaba; y, si reía, enseguida tenía la impresión de no haber sonreído, sino de haber más bien imitado una sonrisa que no era suya, la sonrisa de la otra que vivía en él.
       Todo esto le provocaba un tormento sordo, la trastornaba: le parecía que ya no era la misma, que poco a poco se traicionaba a sí misma, por la piedad que aquel joven le inspiraba. ¿Solamente piedad? No: también era amor, ahora. No sabía retirar su mano de la suya, apartar su rostro del rostro del joven, si la atraía demasiado hacia sí.
       —No: así no… así no…
       Pronto se tuvo que llegar a una deliberación, que a la señorita Lydia le costó una larga y dura lucha consigo misma. El joven marqués no tenía parientes, era dueño de sí y por tanto de hacer lo que le pareciera, lo que le gustara. ¿Pero la gente no diría que ella se aprovechaba de la desgracia, para casarse y convertirse en marquesa y rica? Oh, sí, seguramente: esto y más dirían las malas lenguas. Igualmente, ¿cómo permanecer en aquella casa, si no era con aquella condición? ¿Y no sería una crueldad abandonar a aquel ciego, privarlo de los cuidados amorosos, por miedo a la malignidad de los demás? Para ella era sin duda una gran suerte; pero sentía, en conciencia, que se la merecía, porque lo amaba; es más, para ella la mayor suerte era la de poderlo amar abiertamente, la de poderse decir suya, toda y para siempre, la de poderse consagrar únicamente a él, en cuerpo y alma. Él no se veía: no veía dentro de sí más que su propia infelicidad; pero sin embargo era tan guapo, ¡tanto!, y delicado como una niña; y ella mirándolo, deleitándose, sin que él se diera cuenta, podía pensar: «Eres completamente mío, porque no te ves y no te conoces; porque tu alma es prisionera de tu desgracia y me necesita para ver, para sentir». ¿Pero antes no había que confesarle que ella no era como se la imaginaba, condescendiendo a su deseo? ¿Callar no sería un engaño por parte de ella? Sí, un engaño. Pero él estaba ciego, y entonces podía bastarle un corazón, como el de ella, devoto y ardiente, y la ilusión de la belleza. Por otro lado, no era fea. Y además una mujer guapa, guapa de verdad, tal vez —¡quién sabe!— hubiera podido engañarlo mucho más, aprovechándose de su desgracia, si en verdad el joven, más que un hermoso rostro que nunca podría ver, necesitaba un corazón enamorado.

       Después de unos días de angustiosa perplejidad, el matrimonio fue concretado. Se celebraría sin pompa alguna, pronto, apenas pasado el sexto mes de luto por la muerte de la marquesa.
       Entonces, Lydia tenía casi un mes y medio de tiempo para preparar lo necesario, lo mejor posible. Fueron días de felicidad intensa: las horas volaban entre los muy alegres y apresurados cuidados del nido y las caricias, de las cuales ella se alejaba un poco embriagada, con dulce violencia, para salvar de aquella libertad que la convivencia le daba a su amor algunas alegrías, y la más fuerte para el día de la boda.

       Ya faltaba poco menos de una semana, cuando a Lydia le fue imprevistamente anunciada una visita del doctor Giunio Falci.
       En un primer impulso, estuvo a punto de contestar:
       —¡No estoy en casa!
       Pero el ciego, que había oído hablar en voz baja, preguntó:
       —¿Quién es?
       —El doctor Falci —repitió el sirviente.
       —¿Sabes? —dijo Lydia—, aquel médico que tu pobre mamá llamó unos días antes de la desgracia.
       —¡Ah, sí! —exclamó Borghi, recordando—. Me examinó largamente… mucho, lo recuerdo bien, y dijo que quería que volviera, para…
       —Espera —lo interrumpió enseguida Lydia, muy agitada—. Voy a ver.
       El doctor Giunio Falci estaba de pie en medio de la sala, con la gran cabeza calva inclinada hacia atrás, los ojos entornados, y con una mano se estiraba distraído la barba.
       —Pase, doctor —dijo la señorita Lydia, que había entrado sin que él se diera cuenta.
       Falci no se turbó, hizo un reverencia y empezó a decir:
       —Me perdonará si…
       Pero ella, turbada, excitada, quiso adelantarse:
       —Hasta ahora usted no había sido llamado porque…
       —Tal vez también esta visita sea inoportuna —dijo Falci, con su leve sonrisa irónica en los labios—. Pero usted me perdonará, señorita.
       —No… ¿por qué? Al contrario… —dijo Lydia, sonrojándose.
       —Usted no sabe —dijo Falci— el interés que a un pobre hombre que se ocupa de la ciencia pueden despertarle ciertos casos médicos… Quiero decirle la verdad, señorita: me había olvidado de este caso, aunque en mi opinión es raro y extraño. Pero ayer, hablando de todo y de nada con algunos amigos, supe del inminente matrimonio del marqués Borghi con usted, señorita, ¿es cierto?
       Lydia palideció y lo confirmó, altiva, con la cabeza.
       —Permítame que la felicite —añadió Falci—. Pero, mire, de pronto me he acordado. Me he acordado del diagnóstico de glaucoma efectuado por tantos ilustres colegas míos, si no me equivoco. Diagnóstico perfectamente explicable, al principio, no crea. De hecho estoy seguro de que, si la señora marquesa hubiera pedido a esos colegas que lo visitaran cuando yo lo hice, ellos también hubieran dicho que ya no era el caso de hablar de verdadero glaucoma. Suficiente. También he recordado mi segunda y desgraciadísima visita, y he pensado que usted, señorita, primero en la confusión provocada por la muerte repentina de la marquesa y luego en la alegría de este segundo acontecimiento, se había por supuesto olvidado, ¿verdad?, olvidado…
       —¡No! —negó Lydia en este punto con dureza, rebelándose a la tortura que el largo discurso envenenado del doctor le infligía.
       —¿Ah, no? —dijo Falci.
       —No —repitió ella con sombría firmeza—. Más bien he recordado la poca, por no decir nula confianza, perdone, que la marquesa tuvo, también después de su visita, en la curación del hijo.
       —Pero yo no le dije a la marquesa —replicó, listo, Falci— que la enfermedad de su hijo, a mi manera de ver…
       —Es cierto, me lo dijo a mí —Lydia lo interrumpió de nuevo—. Pero yo también, como la marquesa…
       —Poca, es más, nula confianza, ¿no es verdad? No importa —interrumpió Falci a su vez—. Pero usted, mientras tanto, no le refirió mi visita ni la razón de ella al señor marqués…
       —En el momento, no.
       —¿Y después?
       —Tampoco. Porque…
       El doctor Falci levantó una mano:
       —Lo entiendo. Nacido el amor… Pero usted, señorita, perdóneme. Se dice, es cierto, que el amor es ciego; pero, ¿usted desea el amor del señor marqués realmente ciego hasta este punto? ¿Ciego también materialmente?
       Lydia sintió que contra la segura y mordaz frialdad de aquel hombre no bastaba la actitud altiva en la cual poco a poco, para defender su dignidad de una odiosa sospecha, se endurecía cada vez más. De todas maneras, intentó contenerse y preguntó con aparente calma:
       —¿Usted insiste en considerar que el marqués, con su ayuda, pueda recuperar la vista?
       —Despacio, señorita —contestó Falci, levantando otra vez la mano—. No soy omnipotente, como Dios. He examinado sólo una vez los ojos del marqués, y me ha parecido tener que excluir absolutamente que se trate de glaucoma. Esto —que puede ser una duda, que puede ser una esperanza— me parece que tendría que bastarle, si realmente, como creo, le importa el bien de su prometido.
       —¿Y si la duda —se apresuró a replicar Lydia, con aire de desafío—, después de su visita no pudiera existir, si la esperanza se desvaneciera? ¿Usted no habrá, inútil y cruelmente, turbado ahora un alma que ya se ha resignado?
       —No, señorita —contestó Falci con parsimonia dura y seria—. Es tan cierto que he considerado mi deber de médico venir aquí, sin ser invitado. Porque aquí, que lo sepa, creo encontrarme no sólo ante un caso de enfermedad, sino también ante un caso más grave de conciencia.
       —Usted sospecha… —intentó interrumpirlo Lydia, pero Falci no le dio tiempo para proseguir.
       —Usted misma —continuó— ha afirmado ahora mismo que no le ha comunicado mi llegada al marqués, con una excusa que yo no puedo aceptar, no porque me ofenda, sino porque la confianza o la desconfianza hacia mí no tenía que ser suya, si acaso, sino del marqués. Mire, señorita: será puntilloso por mi parte, no lo niego, es más, le digo que no aceptaré nada del marqués si viene a mi clínica, donde recibirá todos los tratamientos y la ayuda que la ciencia puede ofrecerle, de manera desinteresada. Después de esta declaración, ¿es demasiado pedirle que le anuncie mi visita al señor marqués?
       Lydia se puso de pie.
       —Espere —dijo entonces Falci, él también levantándose y retomando su aire acostumbrado—. Le advierto que no le diré al marqués que vine antes. Al contrario, si quiere, le diré que usted, atenta, me ha llamado antes del matrimonio.
       Lydia lo miró fieramente a los ojos.
       —Usted dirá la verdad. Es más, la diré yo.
       —¿Que no creyó en mí?
       —Precisamente.
       Falci se encogió de hombros y sonrió.
       —Podría perjudicarla. Y no quisiera. Si usted quisiera posponer la visita para después del matrimonio, mire, estaría dispuesto a volver.
       —No —dijo Lydia, más con el gesto que con la voz, ahogada por la excitación, el rostro acalorado por la deshonra que la aparente generosidad del médico le provocaba; y con la mano le indicó que pasara.
       Silvio Borghi esperaba impaciente en su habitación.
       —Aquí está el doctor Falci, Silvio —dijo Lydia, entrando convulsa—. Hemos aclarado un malentendido. ¿Recuerdas, verdad, que el doctor, en su primera visita, dijo que quería volver?
       —Sí —contestó Borghi—. ¡Lo recuerdo muy bien, doctor!
       —Aún no sabes —continuó Lydia—, que de hecho volvió, la misma mañana en que ocurrió la desgracia de tu madre. Y habló conmigo y me dijo que consideraba que tu enfermedad no era propiamente la que tantos médicos habían declarado; y por eso no era improbable, según él, tu curación. Yo no te dije nada.
       —Porque la señorita, mire —se apresuró a añadir el doctor Falci—, tratándose de una duda que yo había expresado en aquel momento, en términos muy vagos, la consideró más bien como un consuelo que yo quería ofrecer, y no le dio mucho valor.
       —Esto es lo que he dicho yo, no lo que usted piensa —contestó Lydia, lista y fiera—. El doctor Falci, Silvio, ha sospechado lo que, por otro lado es cierto, es decir, que no te dije nada de su segunda visita. Y ha querido venir espontáneamente, antes del matrimonio, para ofrecerte sus cuidados, sin coste alguno. Ahora puedes creer, Silvio, que yo quería dejarte ciego para que te casaras conmigo.
       —¿Qué dices, Lydia? —saltó el ciego.
       —Sí —continuó ella, enseguida, con una sonrisa extraña—. Y esto también puede ser cierto, porque, en verdad, sólo bajo esta condición podría convertirme en tu…
       —¿Qué dices? —repitió Borghi, interrumpiéndola.
       —Te darás cuenta de ello, Silvio, si el doctor Falci consigue devolverte la vista. Os dejo.
       —¡Lydia! ¡Lydia! —la llamó Borghi.
       Pero ella ya había salido, cerrando la puerta con violencia.
       Fue a tumbarse sobre la cama, mordió rabiosamente la almohada y estalló en sollozos inconsolables. Calmada la primera furia del llanto, se quedó atónita y como horrorizada ante su propia conciencia. Le pareció que todo lo que el médico le había dicho, con su actitud fría y mordaz, ella se lo había dicho a sí misma (desde hacía mucho), o mejor, que alguien en ella lo había dicho y que había fingido no oírlo. Sí, siempre, siempre se había acordado del doctor Falci, y cada vez que la imagen de él se asomaba en su mente, como el fantasma de un remordimiento, la había rechazado con una injuria: «¡Charlatán!». Porque (¿cómo seguir negándolo?) ella quería, realmente quería que su Silvio permaneciera ciego. Su ceguera era la condición imprescindible de su amor. Si él, mañana, recuperara la vista, guapo como era, joven, rico, señor, ¿por qué se casaría con ella? ¿Por gratitud? ¿Por piedad? ¡Ah, no por otras razones! ¡Y entonces, no, no! Incluso si él quisiera, ella no; ¿cómo podría aceptarlo ella, que lo amaba y no lo quería por otras razones que esta, ella; que en la desventura de él veía la razón de su amor y casi la justificación ante la malignidad de los demás? ¿Y entonces, se puede transigir así, inadvertidamente, con la propia conciencia, hasta cometer un delito? ¿Hasta fundar la felicidad propia sobre la desgracia de otro? Lydia, sí, en verdad, no había creído en aquel entonces que Falci, su enemigo, pudiera hacer el milagro de devolverle la vista a su Silvio; tampoco lo creía ahora; pero, ¿por qué no se lo había dicho? Justamente porque no había creído adecuado confiar en aquel médico; ¿o, más bien, porque la duda que él médico había expresado y que sería para Silvio una luz de esperanza, representaría en cambio la muerte para ella, la muerte de su amor, si luego se confirmaba? Ahora también podía creer que su amor bastaría para compensar a aquel ciego de la vista perdida; creer que, incluso si de milagro recuperaba ahora la vista, ni este sumo bien ni todos los placeres que podría pagarse con la riqueza ni el amor de cualquier otra mujer, podrían compensarlo por la pérdida del amor de ella. Pero estas eran razones para ella, no para él. Si hubiera ido a decirle: «Silvio, tienes que elegir entre el bien de la vista y mi amor», seguramente él contestaría: «¿Y por qué quieres que me quede ciego?». Porque solamente así, es decir, a condición de la desgracia de él, era posible su felicidad.
       Se levantó de pronto, como por una súbita llamada. ¿Aún duraba la visita? ¿Qué decía el médico? ¿Qué pensaba él? Tuvo la tentación de ir de puntillas a escuchar detrás de la puerta que ella misma había cerrado; pero se resistió. Se había quedado detrás de la puerta. Ella misma, con sus manos, se la había cerrado, para siempre. ¿Acaso podía aceptar los venenosos ofrecimientos de aquel médico? Hasta había llegado a proponerle retrasar la visita a después de la boda, si ella aceptara… ¡No, no! Se encogió, por la repugnancia, por la náusea. ¡Qué trato infame sería! ¡El más asqueroso de los engaños! ¿Y luego? Desprecio, ya no amor…
       Oyó que la puerta se abría; se sobresaltó; corrió instintivamente al pasillo por donde Falci tenía que pasar.
       —He corregido, señorita, el error de su excesiva franqueza —dijo él fríamente—. He confirmado mi diagnóstico. Mañana por la mañana el marqués vendrá a mi clínica. Vaya, vaya que la espera. Adiós.
       Como aniquilada, vacía, lo siguió con los ojos hasta la puerta, al fondo del pasillo; luego oyó la voz de Silvio que la llamaba: se sintió sacudir las entrañas; tuvo como un vértigo; estuvo a punto de caer; se llevó las manos al rostro para frenar las lágrimas; avanzó.
       Él la esperaba, sentado, con los brazos abiertos; la estrechó muy fuerte hacia sí, gritando su felicidad y que sólo por ella quería readquirir la vista, para ver su rostro, su bella, su dulce esposa.
       —¿Lloras? ¿Por qué? Yo también lloro, ¿ves? ¡Ah, qué alegría! Te veré… ¡Te veré! ¡Veré!
       Cada palabra era una dosis de muerte para ella; tanto que Silvio, aunque en la alegría, entendió que el llanto de Lydia no era como el suyo y empezó a decirle que claro, oh, claro, él tampoco, en un día como aquel, hubiera creído en las palabras del médico, y entonces… ¡ahora basta! ¿En qué pensaba? ¡Era un día de fiesta! ¡Fuera todas las aflicciones! Todos los pensamientos, excepto este: que su felicidad sería completa, porque vería a su esposa. Ahora tendría más comodidad, más tiempo para preparar el nido; y tenía que ser precioso, como un sueño, este nido que él vería por primera vez. Sí, prometía que saldría de la clínica con los ojos vendados, y que los abriría allí, por primera vez, en su nido.
       —¡Háblame! ¡Háblame! ¡No me dejes hablar solo!
       —¿Te cansas?
       —No… Pregúntame de nuevo: «¿Te cansas?» con esta voz tuya. Déjamela besar aquí, en tus labios, esta voz tuya…
       —Sí…
       —Y habla, ahora, dime cómo prepararás el nido.
       —¿Cómo?
       —Sí, no te he preguntado nada, hasta ahora. Pero no, no quiero saber nada, ahora tampoco. Lo harás tú. Para mí será un estupor, un encanto… ¡Pero no veré nada, primero a ti sola!
       Ella, firme, ahogó el llanto desesperado, con una expresión alegre en el rostro, arrodillada ante él, con él agachado sobre su cuerpo, abrazado, empezó a hablarle de su amor, casi al oído, con una voz más dulce y cautivadora que nunca. Pero cuando él, embriagado, la estrechó y amenazó con no dejarla, en aquel momento, ella se separó, se levantó, fuera, como por una victoria frente a sí misma. También ahora podría atarlo indisolublemente. ¡Pero no! Porque lo amaba.
       Durante todo aquel día, hasta la noche avanzada, lo embriagó con su voz, segura, porque él aún estaba en su oscuridad; en la oscuridad donde centelleaba la esperanza, hermosa como la imagen que él se había creado de ella.
       A la mañana siguiente quiso acompañarlo en carroza hasta la clínica y, al despedirse, le dijo que se pondría manos a la obra de inmediato, como una golondrina apresurada.
       —¡Verás!
       Esperó dos días, con un ansia terrible, el resultado de la operación. Cuando supo que era positivo, esperó un poco más en la casa vacía; se la preparó amorosamente, haciendo que a él —que exultante la quería allí, incluso por un minuto— le dijeran que tuviera un poco más de paciencia; no iba para no alterarlo; el médico no permitía…
       ¿Sí? Pues bien, entonces iría…
       Recogió sus pertenencias, y el día antes de que él dejara la clínica, partió, a escondidas, para permanecer al menos en la memoria de él como una voz, que tal vez él, salido ahora de su oscuridad, buscaría en muchos labios, en vano.




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