Margaret Atwood
(Ottawa, Ontario, Canada, 1939–)


Muerte por paisaje (1989)
(“Death by Landscape”)
Originalmente publicado en la revista Saturday Night (Ontario, Canada, julio 1989, pp. 46-53),
también en la revista Harper’s (Estados Unidos, agosto 1990, pp. 49-57)
y New Woman (Inglaterra);
Wilderness Tips
(Toronto: McClelland & Stewart, 1991, 247 págs.)



      Ahora que los muchachos ya están grandes y que Rob ha muerto, Lois se ha mudado a un departamento en condominio en uno de los conjuntos más nuevos de la costera. Es un alivio no tener que preocuparse por el césped, ni por la hiedra que hunde sus chuponcitos musculosos entre los ladrillos, ni por las ardillas que roen su camino hasta el desván y devoran el aislante de los cables, ni por ruidos extraños. Este edificio tiene un sistema de seguridad, y la única vida vegetal está en macetas en la terraza.
       Lois está contenta de haber encontrado un departamento suficientemente grande para sus cuadros. Están más apiñados que en la casa, pero este arreglo le da a las paredes un aire europeo: bloques de cuadros, arriba y al lado uno de otro, en lugar de uno sobre el sofá, uno sobre la chimenea, uno en el vestíbulo, al viejo modo aceptable de salpicar el arte por distintos lugares para que no irrumpa demasiado. Este modo tiene más impacto. Ya se sabe que no debe ser como un mueble.
       Ninguno de los cuadros es muy grande, lo que no significa que no sean valiosos. Son pinturas, o bosquejos y dibujos, de artistas que, cuando Lois empezó a comprar, para nada eran tan famosos como ahora. Sus obras luego empezaron a aparecer en timbres, o como serigrafías colgadas en la oficina de los directores de preparatorias, o como rompecabezas, o en calendarios hermosamente impresos, regalados por las empresas en Navidad a sus clientes menos importantes. Estos artistas pintaban más bien en los años veinte y treinta y cuarenta; pintaban paisajes. Lois tiene dos Tom Thomsons, tres A.Y. Jacksons, un Lawren Harris. Tiene un Arthur Lismer, tiene un J.E.H. MacDonald. Tiene un David Milne. Son cuadros de troncos de árbol retorcidos en una isla de piedra rosa alisada por las olas, con más islas detrás; un lago con peñascos ásperos, luminosos, escasamente arbolados; una vívida orilla de río con un embrollo de maleza y dos canoas varadas, una roja, una gris; un bosque otoñal amarillo con el resplandor azul hielo de una laguna apenas entrevista a través de las ramas enmarañadas.
       Lois los había elegido. Rob no tenía ningún interés en el arte, aunque veía la necesidad de poner algo en las paredes. Le dejaba a ella todas las decisiones sobre decoración, mientras él proveía el dinero, desde luego. Debido a su colección, los amigos de Lois -sobre todo los hombres- le habían creado la reputación de tener buen olfato para invertir en arte.
       Pero ésa no era la razón por la que había comprado los cuadros hacía tanto tiempo. Los había comprado porque los quería.
       Quería algo que estaba dentro de ellos, aunque en aquel momento no podría haber dicho qué era. No era serenidad: no los considera serenos en lo más mínimo. Mirarlos la llena de un mudo desasosiego. A pesar del hecho de que en ellos no hay gente ni tampoco animales, es como si hubiera algo, o alguien, que mirara hacia afuera desde el cuadro.

       Cuando tenía trece años, Lois fue a una excursión en canoa. Antes sólo se había quedado fuera durante una noche. Este sería un viaje largo, adentrarse en la maleza virgen, como dijo Cappie. Fue la primera excursión en canoa para Lois, y la última.
       Cappie era la directora del campamento de verano al que mandaban a Lois desde los nueve años. Campamento Manitou se llamaba; era uno de los mejores, para niñas, aunque no el mejor. Las niñas de su edad, cuyos padres tenían dinero suficiente, eran despachadas a estos campamentos, que tenían una semejanza genérica entre sí. Preferían nombres indios y tenían guías sanas y vigorosas, que se llamaban Cappie o Skip o Scottie.
       En estos campamentos uno aprendía a nadar bien y a navegar y a remar en canoa y tal vez a montar a caballo o jugar tenis.
       Cuando no estaban haciendo estas cosas, podían hacer artesanías y producir ceniceros de barro torpes y deformes para su mamá -las madres fumaban más, en aquel entonces- o pulseras hechas de cordón trenzado de colores.
       El buen humor era un requisito permanente, incluso durante el desayuno. Gritar fuerte y pegar con las cucharas en la mesa estaba permitido, y hasta alentado, en los intervalos rituales.
       Los chocolates se racionaban, para controlar las caries y los barritos. Por la noche, después de la cena, se reunían para cantar en el comedor o, en ocasiones especiales, afuera alrededor de una fogata infestada de mosquitos. Lois todavía recuerda la letra de “My Darling Clementine” y de “My Bonnie Lies Over the Ocean”, con gestos actuados: ondulaciones de las manos para “el océano”, dos manos juntas bajo la mejilla para “recostada”.
       Nunca podrá olvidarlas, lo cual es triste.
       Lois cree poder reconocer a las mujeres que fueron a estos campamentos y hacían bien las cosas. Tienen cierta dureza al dar la mano, incluso ahora; una manera de pararse, con las piernas firmemente plantadas y más separadas que lo acostumbrado; una manera de tomarle a uno la medida, para ver si funcionaría bien en una canoa: al frente, no en la parte de atrás.
       Ellas estarían atrás. Lo llamarían la popa.
       Sabe que esos campamentos todavía existen, aunque el campamento Manitou ya no. Es una de las cosas que no han cambiado mucho. Ahora ofrecen talleres de esmalte en cobre y de piezas inútiles de vidrios de colores quemadas en horno eléctrico, aunque, a juzgar por la producción de las nietas de sus amigas, el nivel artístico no ha mejorado.
       Para Lois, que lo conoció el primer año después de la guerra, el campamento Manitou parecía una antigüedad. Sus construcciones con paredes de tronco y cemento blanco entre los medios troncos, su asta bandera rodeada con piedras encaladas, su desgastado muelle gris que se proyecta sobre el lago Prospect, con sus topes de cuerda entretejida y sus anillos oxidados para amarrar, su tan formal jardinera redonda de petunias cerca de la puerta de la oficina, de seguro siempre estuvieron allí. En realidad, databa sólo del primer decenio del siglo; lo habían fundado los padres de Cappie, que consideraban los campamentos vigorizantes para el carácter, como duchas frías, y se lo habían pasado a ella como herencia y como obligación.
       Lois se dio cuenta, con el tiempo, de que debió haber sido una lucha para Cappie mantener el campamento Manitou, durante la Depresión y luego durante la guerra, cuando el dinero no fluía libremente. Si hubiese sido un campamento para los muy ricos, en lugar de sólo los acomodados, habría habido menos problemas. Pero de seguro había suficientes Viejas Amigas, con hijas, para mantener el asunto funcionando, aunque no en su mejor forma: los muebles estaban maltratados, las orillas de la pintura se estaban despellejando, los techos tenían goteras. Había fotografías borrosas de estas Viejas Amigas salpicadas por las paredes del comedor, con amplios trajes de baño de lana y mostrando sus piernas gordas y con hoyuelos, o de pie con los brazos entrelazados, en extrañas vestimentas de tenis con faldas holgadas.
       En el comedor, sobre la chimenea de piedra que nunca se usaba, había una inmensa cabeza de alce medio calva que parecía de alguna manera carnívora. Era una especie de mascota; se llamaba Monty Manitou. Las campistas de más tiempo difundieron el cuento de que estaba hechizada, y que revivía en la oscuridad, cuando las lámparas débiles e inconstantes se apagaban o cuando, debido a otra falla del generador, se iba la luz. Lois al principio le tenía miedo, pero se le quitó cuando se acostumbró.
       Cappie era igual: había que acostumbrarse a ella. Tendría posiblemente cuarenta años, o treinta y cinco, o cincuenta. Tenía cabello color castaño claro que parecía como si se lo hubieran cortado alrededor de un tazón. Su cabeza se proyectaba hacia adelante, sacudiéndose como la de un polio cuando caminaba a zancadas por el campamento, aferrada a sus cuadernos y palomeando cosas escritas en ellos. Era como el pastor de la iglesia: ambos sonreían mucho y estaban ansiosos porque querían que todo saliera bien; ambos tenían la misma piel restregada y cuellos correosos. Pero todo esto desaparecía cuando Cappie dirigía una sesión de canciones o dirigía cualquier cosa. Entonces estaba contenta, segura de sí misma, su cara feúcha casi luminosa. Trataba de provocar alegría. En esos momentos se le quería, en otros sólo inspiraba confianza.
       Había muchas cosas que a Lois no le gustaban del campamento Manitou, al principio. Odiaba el caos ruidoso y el golpeteo de cucharas en el comedor, los estruendosos cantos en los que se esperaba que uno gritara para mostrar que estaba contenta. La de ella no era una familia que alentara los gritos. Odiaba la necesidad de tener que escribir cartas por obligación a sus padres para decir que se estaba divirtiendo. No podía quejarse, porque el campamento costaba tanto dinero.
       No le gustaba mucho tener que desvestirse en un cuarto lleno de otras chicas, ni siquiera a media luz, aunque nadie le prestara atención, ni dormir en una cabaña con otras siete chicas, algunas de las cuales roncaban porque tenían adenoides o catarro, algunas de las cuales tenían pesadillas, o se orinaban en la cama y luego lloraban. Las literas de abajo la hacían sentirse encerrada, y le daba miedo caerse de las de arriba; tenía miedo a las alturas. Sentía nostalgia por su casa, y sospechaba que sus padres se la pasaban mejor cuando ella no estaba que cuando sí, aunque su madre le escribía todas las semanas diciendo cuánto la extrañaban. Todo esto sucedía cuando tenía nueve años. Ya para los trece le gustaba. Para entonces ya era de las veteranas.

       Lucy era su mejor amiga en el campamento. Lois tenía otras amigas en invierno, cuando había escuela y ropa de lana que picaba y oscuridad por las tardes, pero Lucy era su amiga de verano.
       Apareció el segundo año, cuando Lois tenía diez y era una Azulejo. (Verdines, Azulejos, Cuervos, Petirrojos: éstos eran los nombres que el campamento Manitou asignaba a los distintos grupos de edad, una especie de sistema totémico de clan. En aquellas épocas, piensa Lois, eran pájaros para niñas y animales para niños: lobos y eso. Aunque algunos animales y pájaros eran apropiados y otros no. Por ejemplo, nunca zopilotes; nunca zorrillos o ratas.)
       Lois ayudó a Lucy a desempacar su baúl de lata, a poner la ropa doblada en los estantes de madera y a hacer su cama. La puso en la litera de arriba de su propia cama, donde podría vigilarla. Ya se daba cuenta de que Lucy era una excepción a muchas de las reglas; ya se sentía su propietaria.
       Lucy era de los Estados Unidos, de donde llegaban las tiras cómicas y las películas. No era de Nueva York o Hollywood o Búfalo, las únicas ciudades de los Estados Unidos cuyos nombres conocía Lois, sino de Chicago. Su casa estaba a orillas del lago, y tenía portones y jardines. Tenían una sirvienta de tiempo completo. La familia de Lois sólo tenía a una señora que limpiaba dos veces por semana. La única razón por la que mandaban a Lucy a este campamento (echó una mirada de ligero desdén sobre la cabaña, menospreciándola y también ofendiendo a Lois, al mismo tiempo que la intimidaba) era porque su madre también había venido a este campamento. Su madre había sido canadiense alguna vez, pero se había casado con su padre, que tenía un parche en un ojo, como un pirata. Le enseñó a Lois la foto que llevaba en la cartera. Tenía el parche desde la guerra. “Una granada de metralla”, dijo Lucy. Lois, que no estaba segura de qué era una granada de metralla, estaba tan impresionada que sólo gruñó. Su propio padre, con dos ojos y sin heridas, era manso en comparación.
       —Mi papa juega golf —se atrevió a decir por fin.
       —Todo mundo juega golf —dijo Lucy—. Mi mamá juega golf.
       La madre de Lois no jugaba. Lois llevó a Lucy para que viera las letrinas y el muelle de natación y el comedor con la funesta cabeza de Monty Manitou, sabiendo de antemano que no darían el ancho.
       Éste era un mal comienzo; pero Lucy tenía buen carácter y aceptó el campamento Manitou con el mismo encogimiento de hombros con el que parecía aceptar todo. Aprovecharía lo que se pudiera, sin dejar que Lois olvidara que eso era lo que estaba haciendo.
       Sin embargo, había cosas que Lois sabía y Lucy no. Lucy se rascaba hasta abrirse todos los piquetes de mosquito y hubo que llevarla a la enfermería para que le untaran Ozonol. Se quitó la playera mientras veleaban, y aunque la instructora se dio cuenta después de un rato y le hizo ponérsela otra vez, se quemó espectacularmente, rojo brillante, con la x de los tirantes de su traje de baño marcada en un blanco alarmante; le dio permiso a Lois que le pelara las capas de piel quemada de sus hombros, tenues como un susurro. Cuando cantaban Alouette alrededor de la fogata, no se sabía la letra en francés. La diferencia era que a Lucy no le importaba nada de lo que no sabía, mientras que a Lois sí.
       Durante el siguiente invierno, y los inviernos subsiguientes, Lucy y Lois se escribieron. Las dos eran hijas únicas, en una época en que esto se consideraba una desventaja, así que en sus cartas simulaban ser hermanas, o hasta gemelas. Lois tenía que esforzarse un poco en esto, porque Lucy era tan rubia, con piel traslúcida y grandes ojos azules como de muñeca, y Lois no era nada fuera de lo una persona medio alta, medio flaca, medio morena, con pecas. Firmaban sus cartas LL, con las eles entrelazadas como monogramas en una toalla. (Lois y Lucy, piensa Lois. Nuestros nombres nos fechan. Lois Lane, la novia de Superman, reportera emprendedora. “Yo amo a Lucy”. Ahora somos obsoletas, y hay niñas Jennifer, niñas Emily, niñas Alexandras y Carolinas y Tiffanys.)
       Eran más efusivas en sus cartas de lo que jamás eran en persona. Enmarcaban sus páginas con x y con o, pero cuando se volvían a ver en el verano siempre era un poco raro. Habían cambiado tanto, o por lo menos Lucy. Era como ver a alguien crecer a saltos. Al principio era difícil encontrar qué decirse.
       Pero Lucy siempre tenía una que otra sorpresa, algo que mostrar, alguna maravilla que revelar. El primer año tenía una foto de sí misma con un tutu, su cabello recogido en un chongo de bailarina; hizo giros sobre el muelle de natación para mostrarle a Lois cómo se hacía, y casi se cayó. Al año siguiente ya lo había dejado y estaba tomando clases de equitación. (El campamento Manitou no tenía caballos.) Al año siguiente su madre y su padre se habían divorciado, y tenía un nuevo padrastro, uno con dos ojos, y una casa nueva, aunque la sirvienta era la misma. Al año siguiente, cuando se habían graduado de Azulejos y entrado a Cuervos, le bajó la regla, justo la primera semana de campamento. Las dos le robaron unos cerillos a la instructora, que fumaba aunque no estaba permitido, e hicieron una pequeña fogata allá atrás de la letrina más lejana, al anochecer, usando sus linternas. Ya a estas alturas sabían hacer todo tipo de fogatas; lo habían aprendido en Técnicas de campamento. En esta fogata quemaron una de las toallas sanitarias usadas de Lucy. Lois no está segura de por qué lo hicieron ni de quién fue la idea. Pero recuerda la satisfacción profunda que sintió al ver cómo la pelusa blanca se chamuscaba y la sangre chisporroteaba, como si se hubiese cumplido algún rito silencioso.
       No las pescaron, pero en realidad casi nunca las pescaban en sus transgresiones del campamento. Lucy tenía ojos muy grandes y sabía mentir tan bien.

       Este año Lucy está diferente otra vez: más lenta, más lánguida. Ya no le interesa andar a hurtadillas cuando oscurece, robando cigarrillos de la instructora, ni hacer negocios con dulces del mercado negro. Está pensativa y le cuesta trabajo despertar por la mañana. No le cae bien su padrastro, pero tampoco quiere vivir con su padre verdadero, que tiene una nueva esposa. Cree que su madre tal vez tiene un amorío con un doctor; no está segura, pero los ha visto besuqueándose en el coche de él, afuera en la entrada, cuando su padrastro no estaba. Se lo merece. Lucy odia su escuela privada. Tiene un novio que tiene dieciséis años y trabaja como ayudante de jardinero. Así lo conoció: en el jardín. Le describe a Lois cómo se siente cuando la besa: ahu-lado al principio, pero luego se to aflojan las rodillas. Le han prohibido verlo, y la han amenazado con mandarla a un internado. Se quiere escapar de su casa.
       A cambio, Lois tiene poco que ofrecer. Su propia vida es plácida y satisfactoria, aunque no hay mucho que decir sobre la felicidad. “Qué suerte tienes”, le dice Lucy, con tono un poco presumido. Podría haber dicho qué aburrida eres, porque eso le hace sentir a Lois.

       Lucy está apática respecto de la excursión en canoa, así que Lois tiene que disimular su propio entusiasmo. La noche antes se integra a la fogata como por obligación, y se sienta con un suspiro de resignación, igual que Lucy.
       Cada excursión en canoa que salía del campamento recibía una despedida especial de Cappie y la guía de sección y las instructoras, y asistía toda la sección. Cappie se pintó tres franjas rojas en cada mejilla con un lápiz labial. Parecían marcas de garras. Se pintó un círculo azul en la frente con tinta de pluma fuente, se amarró un paliacate enrollado en la cabeza y enganchó allí una fila de plumas deshilachadas, y se envolvió en un sarape rojo y negro de la Bahía de Hudson. Las instructoras, también con cobijas pero con sólo dos franjas rojas, golpeaban tambores hechos de cajas de queso redondas con cuero estirado arriba y clavado alrededor. Cappie era la Jefa Cappeosota. Todas decían “Jau” cuando ella entraba al círculo y se quedaba parada con una mano en alto.
       Mirando hacia atrás, Lois lo considera inquietante. Sabe demasiado acerca de los indios: por eso es. Sabe, por ejemplo, que ni siquiera debería llamárseles indios, y que tienen suficientes preocupaciones para que otros asuman sus nombres y se disfracen como ellos. Todo ha sido una forma de robo.
       Pero también recuerda que alguna vez no supo todo esto. Alguna vez le encantó la fogata, el resplandor en el círculo de rostros, el sonido de los falsos tambores indios, pesado y rápido como un latido de corazón asustado; le encantaba Cappie con su cobija roja y las plumas, solemne, como debe de ser un jefe, alzando la mano y diciendo: “Saludos, Cuervos míos”. No era chistoso, no era burla. Ella quería ser india. Quería ser aventurera y pura y aborigen.

       —Ustedes ir agua grande —dice Cappie. Ésta es su idea, la idea de todos, de cómo hablan los indios—. Ir donde ningún hombre nunca pisar. Ir muchas lunas.
       Esto no es cierto. Van sólo por una semana, no por muchas lunas. La ruta de la canoa está claramente marcada, la han repasado en un mapa, y hay sitios para acampar preparados y con nombre, que se usan año tras año. Pero cuando Cappie lo dice —y a pesar de la manera en que Lucy pone los ojos en blanco— Lois puede sentir cómo se extiende el agua, con las orillas que se tuercen y se alejan a ambos lados, inmensa y un poco aterradora.
       —Ustedes traer muchas cuentas de vidrio —dice Cappie—. Irles bien en batalla, guerreros míos, y capturar muchos cueros cabelludos.
       Ésta es otra de sus simulaciones: que son varones, y con sed de sangre. Pero este juego no puede jugarse si se reemplaza con la palabra “indias”. No funcionaría para nada.
       Cada una de ellas tiene que ponerse de pie y dar un paso adelante y dejar que Cappie le pinte una raya roja en las mejillas. Cappie les dice que deben seguir los pasos de sus ancestros (quienes, de seguro, piensa Lois —mirando por la ventana de su departamento y recordando el cúmulo familiar de daguerro-tipos y retratos en sepia en el tocador de su madre, los hombres de camisa almidonada, saco negro y caras ceñudas y las mujeres con olanes, con su peinado severo y su respetabilidad encorsetada—, nunca habrían considerado dirigirse a un lago abierto, en una canoa, sólo como diversión).
       Al final de la ceremonia, todas se ponían de pie, se tomaban de las manos en círculo y cantaban el toque de silencio. Aquello no sonaba muy indio, piensa Lois. Sonaba como un toque de clarín de un fuerte militar, en una película. Pero Cappie nunca se preocupó mucho por la coherencia ni por la arqueología.

       Después del desayuno a la mañana siguiente, zarparon del muelle principal, en cuatro canoas, tres en cada una. Las rayas de lápiz labial no se han borrado del todo, y todavía aparecen en un tenue color rosa, como quemaduras en proceso de curación. Usan gorras de veleo de lona blanca, por el sol, playeras con rayas delgadas y pantalones cortos de colores claros holgados y arremangados. La de en medio se arrodilla, apoyando su trasero contra las bolsas de dormir enrolladas. Las instructoras que van con ellas son Pat y Kip. Kip es más estricta; Pat es más fácil de sonsacar o de engañar.
       Hay nubes esponjosas y una ligera brisa. Salen destellos de las olitas. Lois está en la proa de la canoa de Kip. Todavía no le sale bien la palada en j, y tendrá que estar en la proa o en el medio durante todo el viaje. Lucy está detrás de ella: su palada en j es aún peor. Salpica a Lois con su remo, una gran salpicada.
       —Me las vas a pagar —dice Lois.
       —Es que tenías una mosca en el hombro —dice Lucy.
       Lois voltea a verla, para ver si se está riendo. Tienen la costumbre de salpicarse. Allá atrás, el campamento ha desaparecido tras la primera saliente larga de rocas y árboles retorcidos. Lois siente como si se hubiera roto una cuerda invisible. Están flotando libres, solas, al garete. Bajo la canoa, el lago desciende, más profundo y más frío de lo que estaba un minuto antes.
       —No estén jugando en la canoa —dice Kip. Se ha arremangado la playera hasta los hombros; sus brazos son morenos y correosos, su mandíbula firme, su palada perfecta. Parece que sabe exactamente lo que está haciendo.
       Las cuatro canoas se mantienen cerca una de otra. Cantan, roncas y desafiantes; cantan The Quartermaster’s Store y Clementine y Alouette. Es más berrear que cantar.
       Después de eso el viento se hace más fuerte, soplando oblicuamente contra las proas, y tienen que poner toda su energía en empujarse a través del agua.

       ¿Hubo algo importante, algo que proporcionara algún tipo de motivo o pista para lo que sucedió después? Lois recuerda todo, cada detalle; pero no le sirve de nada.
       Se detuvieron a mediodía para nadar y comer, y siguieron viaje por la tarde. Por fin llegaron a Abedulito, que era su primer campamento para pasar la noche. Lois y Lucy hicieron la fogata, mientras las otras armaron las pesadas tiendas de lona. El sitio para la fogata ya estaba allí, con piedras planas apiladas en forma de u. Alguien había dejado una lata quemada y una botella de cerveza. El fuego se apagó y tuvieron que volver a prenderlo.
       —Píquenle, pichones —dijo Kip—. Nos morimos de hambre.
       Se puso el sol, y en la luz rosada del ocaso se cepillaron los dientes y escupieron la espuma de la pasta al lago. Kip y Pat pusieron toda la comida que no era de lata en un morral y lo colgaron en un árbol, por si había osos.
       Lois y Lucy no durmieron en una tienda de campaña. Habían rogado que las dejaran dormir a la intemperie; así podrían platicar sin que nadie las oyera. Le dijeron a Kip que, si llovía, prometían no entrar escurriendo a la tienda sobre las piernas de las demás: se meterían bajo las canoas. De modo que estaban afuera en la saliente.
       Lois trató de acomodarse dentro de su bolsa de dormir, que por estar guardada olía a húmedo y a las campistas anteriores, una rancia dulzura salada. Se acurrucó, con el suéter enrollado bajo la cabeza a modo de almohada y su linterna dentro de la bolsa de dormir para que no se rodara hacia afuera. Los músculos de sus brazos adoloridos le daban punzaditas, como ligas que se rompían.
       Junto a ella Lucy daba vueltas y vueltas. Lois podía ver el resplandor ovalado de su cara blanca.
       —Una piedra se me está enterrando en la espalda —dijo Lucy.
       —A mí también —dijo Lois—. ¿Quieres que entremos a la tienda?—. Ella no quería, pero era mejor preguntar.
       —No —dijo Lucy. Se hundió en su bolsa de dormir. Después de un momento, dijo—: Me gustaría no regresar.
       —¿Al campamento? —dijo Lois.
       —A Chicago —dijo Lucy—. Lo odio.
       —¿Y tu novio? —dijo Lois. Lucy no contestó. Estaba dormida o haciéndose la dormida.
       Había luna, y un movimiento en los árboles. En el cielo había estrellas, capas de estrellas que bajaban más y más. Kip decía que cuando las estrellas estaban tan brillantes y no brumosas quería decir que más tarde habría mal tiempo. Afuera, en el lago había dos colimbos, que se llamaban con sus votes dementes y lastimeras. En ese momento no sonaban pesarosos. Sólo era un trasfondo.

       Por la mañana el lago estaba en calma chicha. Se deslizaron sobre la superficie vidriosa, dejando atrás estelas en forma de v; se sentía como volar. A medida que se alzaba el sol, hacía más calor, casi demasiado. Había moscas en las canoas, que aterrizaban en un brazo desnudo o una pierna para un piquete rápido. Lois deseaba que hubiera viento.
       Se detuvieron a comer en el siguiente campamento que tenía nombre: Punta del Mirador. Se llamaba así porque, aunque el sitio en sí estaba junto al agua sobre una saliente plana de roca, cerca había un acantilado abrupto y una vereda que llevaba hasta la cima. La cima era el mirador, aunque no quedaba claro qué se suponía se podía ver desde allí. Kip dijo que sólo era un panorama.
       Lois y Lucy decidieron escalar de todas maneras. No querían andar por ahí esperando la hora de la comida. No les tocaba cocinar, aunque no se habían salvado de mucho, puesto que hacer la comida no era casi nada, era sólo desenvolver el queso y sacar el pan y la crema de cacahuate, pero Pat y Kip siempre tenían que hacer su numerito silvestre y hervir agua en un cacharro de lata para su té.
       Le dijeron a Kip adónde iban. Había que decirle a Kip adónde iban, aunque fuese meterse un poquito al bosque por ramitas secas para el fuego. Nunca podían ir a ningún lado sin una compañera.
       —Bueno —dijo Kip, que estaba agachada sobre el fuego, alimentándole leños—. En quince minutos comemos.
       —¿A dónde van? —dijo Pat. Traía su cacharro de lata lleno de agua del lago.
       —Al mirador —dijo Kip.
       —Tengan cuidado —dijo Pat. Lo dijo por no dejar, porque era lo que siempre decía.
       —Tienen experiencia —dijo Kip.

       Lois mira su reloj: faltan diez para las dcte. Siempre está al pendiente de la hora; a Lucy no le importa. Caminan por la vereda, que es de tierra seca y piedras, grandes rocas redondas gris rosáceo y otras quebradas con orillas ásperas. A ambos lados crecen balsaminas y abetos espigados, el lago es unos frag-mentos azules a la izquierda. El sol está justo arriba; no hay sombras en ninguna parte. El calor les llega desde abajo y también desde arriba. El bosque está seco y crujiente.
       No es lejos, pero es una subida empinada y están sudando cuando llegan a la cima. Se limpian la cara con los brazos desnudos, se sientan con cautela en una roca ardiente, a metro y medio de la orilla pero demasiado cerca, según Lois. Es cierto que es un mirador, una caída abrupta hasta el lago y una amplia vista sobre el agua, por la misma ruta por donde llegaron. A Lois le sorprende que hayan viajado tan lejos sobre toda esa agua, sin nada que las impulsara más que sus propios brazos. La hace sentirse fuerte. Hay cosas de todo tipo que ella es capaz de hacer.
       —Sería un buen clavado desde aquí —dice Lucy.
       —Habría que estar loca —dice Lois.
       —¿Por qué? —dice Lucy.—. Es bien hondo. Llega hasta abajo.
       Se pone de pie y da un paso hacia la orilla. Lois siente una punzada en el estómago, como le da cuando un coche pasa los topes a demasiada velocidad.
       —No hagas eso —dice.
       —¿Que no haga qué? —dice Lucy, volteando a verla con picardía. Sabe lo que Lois siente con las alturas. Pero se regresa—. Me muero de ganas de hacer pipí —dice.
       —¿Traes papel de baño? —dice Lois, que nunca sale sin él. Busca en los bolsillos de sus pantalones.
       —Gracias —dice Lucy.
       Las dos son expertas en orinar en el bosque: hacerlo rápido para que los mosquitos no ataquen, las pantaletas detenidas entre las rodillas, acuclillarse con los pies separados para no mojarse las piernas, mirando hacia abajo de la colina. La sensación de tener las nalgas expuestas, como si alguien estuviera mirando desde atrás. Lo educado cuando estás con otra es no mirar. Lois se pone de pie y empieza a caminar hacia abajo por la vereda, para no ver.
       —Espérame, ¿sí? —dice Lucy.

       Lois fue regresando, subiendo, bajando y rodeando rocas, hasta que no podía ver a Lucy; esperó. Podía oír las voces de las demás, hablando y riendo, allá abajo cerca de la costa. Una voz gritaba: “¡Hormigas! ¡Hormigas!” Seguramente alguien se sentó en un hormiguero. Hacia un costado, en el bosque, un cuervo graznaba: una sola nota ronca.
       Miró su reloj: eran las doce. Fue entonces cuando oyó el grito.
       Lo ha repasado una y otra vez en su memoria desde entonces, tantas veces que el primer grito, el real, se ha borrado, como una huella pisada por otras huellas. Pero está segura (casi tiene la certeza, casi podría jurarlo) que no era un grito de miedo. No un alarido. Más bien como una exclamación de sorpresa, cortada de pronto. Breve, como el ladrido de un perro.
       —Lucy? —dijo Lois. Luego la llamó—: ¡Lucy!
       Ahora ya estaba trepando otra vez hacia arriba, sobre las piedras del camino. Lucy no estaba allí. O por lo menos no se le veía.
       —Ya no estés bromeando —dijo Lois—. Es hora de comer.
       Pero Lucy no se levantó de atrás de una roca, ni se asomó, sonriendo, detrás de un árbol. El sol brillaba por todas partes; las rocas se veían blancas.
       —Esto no es chistoso —dijo Lois, y no lo era; dentro de ella surgía el pánico, el pánico de una niña chiquita que no sabe dónde se han escondido los mayores. Podía oír su propio corazón. Echó una mirada a su alrededor; se acostó en el suelo y se asomó por la orilla del acantilado. Le hizo sentir frío. No había nada.
       Volvió a bajar por la vereda, a tropezones; respiraba demasiado rápido; estaba demasiado asustada para llorar. Se sentía muy mal: culpable y desesperada, como si hubiese hecho algo muy malo, por error. Algo que nunca tendría arreglo.
       —Lucy no está —le dijo a Kip.
       Kip, junto a la fogata, volteó a verla, enojada. El agua en la lata hervía:
       —¿Qué significa eso de que no está? —dijo—. ¿Adónde fue?
       —No sé —dijo Lois—. Pero no está.
       Nadie había oído el grito, pero tampoco habían oído a Lois llamarla. Habían estado hablando entre ellas, junto al lago.
       Kip y Pat subieron al mirador y buscaron y llamaron y tocaron sus silbatos. Nada respondió.
       Luego volvieron a bajar, y Lois tuvo que contarles exactamente lo que había pasado. Las otras chicas estaban sentadas en círculo y la escuchaban. Nadie dijo nada. Todas parecían asustadas, sobre todo Pat y Kip. Ellas eran las guías. No se podía perder a una excursionista así como así, sin razón.
       —¿Por qué la dejaste sola? —dijo Kip.
       —Yo estaba a unos pasos por la vereda —dijo Lois—.Ya te dije. Ella quería ir al baño. br>       No decía orinar frente a gente mayor.
       Kip se veía enojadísima.
       —Tal vez se fue por el bosque y perdió el rumbo —dijo una de las chicas.
       —Tal vez lo está haciendo a propósito —dijo otra.
       Nadie creyó ninguna de estas hipótesis.
       Se subieron a las canoas y buscaron alrededor de la base del acantilado, asomándose al agua. Pero no había habido ruido de una roca que cayera; no había habido salpicada. No había ninguna pista, nada de nada. Lucy sencillamente había desaparecido.
       Ése fue el final de la excursión en canoa. Tardaron los mismos dos días en regresar que habían tardado en llegar, aunque faltara una remadora. No cantaron.
       Después de eso, la policía fue en lancha de motor, con perros; eran los Mounties y los perros eran pastores alemanes, entrenados para seguir pistas en el bosque. Pero había llovido, y no encontraron nada.

       Lois está sentada en la oficina de Cappie. Su cara está hinchada de tanto llorar, eso lo vio en el espejo. Ahora se siente entumecida; siente como si se hubiera ahogado. No puede quedarse aquí. Ha sido una conmoción demasiado fuerte. Mañana sus padres vendrán a llevársela. A varias otras chicas de las que estaban en la excursión en canoa también las van a recoger. Las otras tendrán que quedarse, porque sus padres están en Europa o no se les puede localizar.
       Cappie está de malas. Han intentado acallarlo, pero desde luego lo saben todos en el campamento. Pronto también lo sabrán los periódicos. No puede acallarse, pero ¿qué se puede decir? ¿Qué se puede decir que tenga algún sentido? “Niña desaparece en pleno día, sin dejar rastro”. Es de no creerse. Se sos-pecharán otras cosas, cosas peores. Negligencia, por lo menos. Pero siempre han sido tan cuidadosas. La mala suerte cubrirá al campamento Manitou como la niebla; los padres lo evitarán, a cambio de otros sitios con más suerte. Aun a través de su entumecimiento, Lois ve que Cappie piensa todo esto. Es lo que cualquiera pensaría.
       Lois está sentada en la dura silla de madera en la oficina de Cappie, junto al viejo escritorio de madera, sobre el que cuelga con tachuelas el tablero con la rutina normal del campamento, y contempla a Cappie a través de sus párpados abotagados. Cappie ahora le sonríe con lo que se supone es una sonrisa tranquilizadora. Su actitud es demasiado desprendida: algo quiere. Lois ha visto ese gesto en la cara de Cappie cuando ha olido nuestros chocolates de contrabando, o cuando está cazando a quienes se dice salieron de las cabañas por la noche.
       —Cuéntamelo otra vez —dice Cappie—, desde el principio.
       Lois ha contado la historia ya tantas veces, a Pat y a Kip, a Cappie, a la policía, que se la sabe palabra por palabra. Se la sabe, pero ya no se la cree. Se ha convertido en un cuento.
       —Ya te conté —dijo—. Ella quería ir al baño. Le di mi papel de baño. Bajé por la vereda, la esperé. Oí una especie de grito...
       —Sí —dice Cappie, con una sonrisa crédula—. Pero antes de eso, ¿qué se dijeron?
       Lois piensa. Nadie le había preguntado eso.
       —Ella dijo que se echaría un clavado desde allí. Dijo que llegaba directo hasta abajo.
       —Y tú, ¿qué dijiste?
       —Dije que habría que estar loca.
       —¿Estabas enojada con Lucy? —dice Cappie, con una voz alentadora.
       —No —dice Lois—. ¿Por qué habría de estar enojada con Lucy? Nunca me enojaba con Lucy—. Otra vez tiene ganas de llorar. En realidad, las veces que estuvo enojada con Lucy ya se han borrado. Lucy siempre era perfecta.
       —A veces estamos enojadas y no sabemos que estamos enojadas —dice Cappie, como hablando para sí misma—. A veces nos enojamos mucho y no lo sabemos. A veces podemos hacer algo sin querer, o sin saber lo que va a suceder. Perdemos la paciencia.
       Lois sólo tiene trece años, pero no tarda mucho en entender que Cappie no se está incluyendo en nada de esto. Cuando dice nosotros se refiere a Lois. Está acusando a Lois de empujar a Lucy por el acantilado. La injusticia de esto le pega como una cachetada.
       —¡No lo hice! —dice.
       —¿No hiciste qué? —dice Cappie con suavidad—. ¿No hiciste qué, Lois?
       Lois hace lo peor: empieza a llorar. Cappie le echa una mirada como un zarpazo. Consiguió lo que quería.

       Más adelante, ya adulta, Lois fue capaz de entender de qué se había tratado esa entrevista. Podía ver la desesperación de Cap-pie, su necesidad de una historia, una historia verdadera que contuviera alguna razón; cualquier cosa que no fuese el vacío sin sentido que había dejado Lucy para que ella se encargara del asunto. Cappie quería que Lois proporcionara el motivo, que fuese el motivo. No era ni siquiera para los periódicos o los padres de familia, porque nunca podría hacer tal acusación sin pruebas. Era para ella misma: algo que explicara la pérdida del campamento Manitou y todo aquello por lo que había trabajado, los años de entretener a niñas mimadas y adular a los padres y hacerse la ridícula con plumas clavadas en el pelo. De hecho, el campamento Manitou estaba perdido. No sobrevivió.
       Lois descifró todo esto veinte años después. Pero ya era demasiado tarde. Era demasiado tarde incluso diez minutos después, cuando se había ido de la oficina de Cappie y caminaba lentamente hacia su cabaña a empacar. La ropa de Lucy todavía estaba allí, doblada en los estantes, como esperando. Sintió que las otras chicas en la cabaña la miraban con duda en los ojos. ¿Lo podrá haber hecho ella? Debe de haberlo hecho. Durante el resto de su vida ha visto que hay gente que la mira así.
       Tal vez no estaban pensando eso. Tal vez sólo le tenían lástima. Pero ella sentía que la habían juzgado y sentenciado, y esto es lo que se le ha quedado: saber que la habían señalado, condenado por algo que no era su culpa.

       Lois está sentada en la sala de su departamento, tomando una taza de té. A través del ventanal tiene un amplio panorama del lago Ontario, con su piel arrugada de luz azul gris, y de los sauces de Centre Island agitados por un viento que es silencioso a esta distancia, y de este lado del vidrio. Cuando no hay mucha contaminación puede ver la costa lejana, la costa extranjera; aunque hoy está opacada.
       Posiblemente podría salir, bajar, ir de compras; no hay mucho en el refrigerador. Los muchachos dicen que no sale lo suficiente. Pero no tiene hambre, y desplazarse, movilizarse de este lugar, es un esfuerzo cada vez mayor.
       Ahora, casi no recuerda haber dado a luz a sus dos hijos en el hospital ni de haberlos amamantado de bebés; casi no recuerda haberse casado ni cómo se veía Rob. Incluso en aquellas épocas nunca sintió que estaba prestando toda su atención. Muchas veces estaba cansada, como si estuviera viviendo no una vida sino dos: la suya y otra vida impalpable que revoloteaba a su alrededor y que no se dejaba llevar a cabo: la vida de lo que hubiera sucedido si Lucy no hubiese dado un paso a un lado y desaparecido del tiempo.
       Nunca iba al norte, a la casa de campo de la familia de Rob ni a ningún lugar con lagos silvestres y árboles silvestres y los llamados de colimbos. Ni siquiera se acercaba a esos lugares. De todos modos, era como si siempre estuviese esperando escuchar otra voz, la voz de una persona que debería haber estado allí, pero no estaba. Un eco.
       Mientras Rob vivía, mientras los muchachos crecían, podía fingir que no oía este espacio vacío dentro del sonido. Pero ahora no queda mucho para distraerla.
       Voltea y mira sus cuadros. Allí está la isla rosácea, en el lago, con los árboles entrelazados. Es el mismo paisaje a través del cual remaron, en aquel remoto verano. Ha visto documentales de estas regiones, fotografías aéreas; se ve diferente desde arriba, más grande, más desesperanzado: lago tras lago, charcos azules al azar en la maleza verde oscura, árboles como pelambre.
       ¿Cómo se puede encontrar algo allí, una vez que se pierde? Tal vez si talaran todo, desecaran todo, podrían encontrar los huesos de Lucy, algún día, donde sea que estén escondidos. Algunos huesos, unos botones, la hebilla de sus pantalones cortos.
       Pero una persona muerta es un cuerpo; un cuerpo ocupa espacio, existe en algún lado. Se puede ver; se mete en una caja y se entierra en el suelo, y entonces está en una caja en el suelo. Pero Lucy no está en una caja, ni en el suelo. Porque no está en ningún lugar definido, podría estar en cualquier parte.
       Y estos cuadros no son pinturas de paisajes. Porque no hay paisajes allá arriba, no en el antiguo sentido europeo ordenado, con una suave colina, un río curvado, una cabaña, una montaña al fondo, un dorado cielo de atardecer. En su lugar hay una maraña, un laberinto alejado, en el que uno puede perderse casi en el momento de dejar la vereda. No hay trasfondo en ninguna de estas pinturas, no hay perspectiva; sólo una gran cantidad de primer piano que retrocede más y más, interminablemente, envolviéndolo a uno en sus torceduras y vueltas de árbol y rama y roca. No importa hasta dónde llegue uno, siempre habrá más. Y los árboles mismos apenas si son árboles; son corrientes de energía, cargadas de color violento.
       ¿Quién sabe cuántos árboles había sobre el acantilado justo antes de que desapareciera Lucy? ¿Quién contó? Tal vez después hubo uno más.
       Lois está sentada en su silla y no se mueve. Su mano con la taza está alzada a medio camino a su boca. Oye algo, casi lo oye: un grito de reconocimiento, o de alegría.
       Mira los cuadros, mira hacia adentro de ellos. Cada uno es un cuadro de Lucy. No se le ve exactamente, pero ella está allí, detrás de la isla de roca rosada o de la que está detrás de ésa. En el cuadro del acantilado está oculta por el montón de rocas caídas en la parte de abajo, en el de la ribera del río está acuclillada bajo la canoa volteada. En los bosques otoñales amarillos está detrás del árbol que no puede verse por los otros árboles, allá junto al ribete azul de la laguna; pero si uno entrara al cuadro y encontrara el árbol, sería uno equivocado, porque el que se busca estaría más adentro.
       Todo el mundo tiene que estar en alguna parte, y aquí es donde está Lucy. Está en el departamento de Lois, en los huecos que se abren hacia adentro de la pared, no como ventanas sino como puertas. Ella está aquí. Está enteramente viva.




Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar