Margaret Atwood
(Ottawa, Ontario, Canada, 1939–)


El huevo de Barba Azul (1983)
(“Bluebeard’s Egg”)
Originalmente publicado en Chateline (noviembre 1983)
y The North American Review, vol. 269, Núm. 4 (diciembre de 1984), págs. 30-40;
Bluebeard’s Egg (Canada)
(Toronto: McClelland & Stewart, 1983, 285 págs.)



      Sally mira por la ventana de la cocina mientras espera a que hierva la salsa que está reduciendo. Más allá del garaje, el terreno desciende hacia la hondonada, una espesura de arbustos, ramas y lo que Sally cree que son enredaderas. Su idea era tener una especie de terraza, construida con viejas traviesas de vía férrea entre las que crecieran flores silvestres, pero Edward dice que le gusta como está. Hay una casita para los niños al fondo, cerca de la valla; desde la cocina solo se ve el tejado. No tiene nada que ver con los hijos de Edward, en sus anteriores encarnaciones, antes de la época de Sally; es mucho más antigua y se está desmoronando. A Sally le gustaría que desapareciera. Cree que algunos borrachos duermen en ella, los hombres que viven bajo los puentes, que en ocasiones trasponen la valla —rota en el lugar donde apoyan los pies—, suben por la colina y emergen, con los ojos entrecerrados como topos, a la luz del bien cuidado césped trasero de Sally.
       A la izquierda está Ed, con su cazadora. Oficialmente ha llegado la primavera, la escila azul de Sally ha florecido, pero hace frío para esta época del año. Ed no quiere tirar esa cazadora, pese a lo vieja que es; aún se ve la inscripción WILDCATS, reliquia de algún equipo con el que jugó en el instituto, una era tan prehistórica que Sally apenas se la imagina, por más que no es difícil representarse a Ed en un instituto. Las chicas debían de ir de cabeza por él, y él no debía de darse ni cuenta; esas cosas no cambian. Está entretenido con las rocas del jardín; algunas sobresalen tanto que podrían rayar el lateral del Peugeot de Sally cuando va camino del garaje, y Ed las está apartando. Le gusta entretenerse con fruslerías, mientras canturrea para sí. No lleva guantes de trabajo, pese a que ella le ha repetido infinidad de veces que podría machacarse los dedos.
       Contemplando su espalda encorvada, con la conmovedora inscripción medio borrada, Sally se derrite, lo que le ocurre no pocas veces. «Mi querido Edward —piensa—. Edward el Oso, de escaso cerebro. Cuánto te quiero». En momentos como este se siente muy protectora con respecto a él.
       Sally sabe a ciencia cierta que a las rubias tontas no se las amaba porque fueran rubias, sino porque eran tontas. Lo sexualmente atractivo era su indefensión, su desorientación, no el cabello. No había nada de falso en la oleada de ternura que los hombres sentían por esas mujeres. Sally lo comprende.
       Hay que admitirlo: Sally está enamorada de Ed debido a su estupidez, su monumental y casi enérgica estupidez; enérgica, porque la estupidez de Ed no es pasiva. No es que sea un simple imbécil, pues hay que dedicar mucho empeño para llegar a ser tan estúpido. ¿Acaso eso induce a Sally a sentirse satisfecha de sí misma, más lista que él, o incluso más lista de lo que es? No, al contrario, la vuelve humilde. La asombra que el mundo pueda albergar una maravilla semejante a la colosal y cautivadora imbecilidad de Ed. Es tan estúpido… Cada vez que le proporciona otra prueba, otra tesela para encajar en el vasto mosaico de su estupidez que ella compone sin cesar, Sally quiere abrazarle, y a menudo lo hace; y él es tan estúpido que nunca comprende la razón.
       Porque Ed es tan tonto que ni siquiera sabe que lo es. Es un niño mimado de la fortuna, un tercer hijo que, armado únicamente con su cordialidad corta de luces, consigue atravesar el bosque sembrado de brujas, trampas y celadas, y casarse con la princesa, que es Sally, por supuesto. El hecho de que sea apuesto ayuda.
       En los mejores momentos contempla la estupidez de Ed como la inocencia de un cordero, brillando con la luz de, por ejemplo, un prado verde cubierto de margaritas al sol. (Cuando Sally comienza a pensar en Ed de esta manera, como en el calendario que colgaba en los lavabos de la estación de servicio de su niñez, recreando imágenes de un niño de rizos dorados con el brazo en torno al cuello de un setter irlandés —un animal con fama de descerebrado, según recuerda—, sabe que se adentra en terreno resbaladizo, en una clase desagradable de sentimentalismo, y que debe detenerse de inmediato o Ed se desvanecerá y será reemplazado por una réplica disecada, apenas útil como paragüero. Ed es una persona de carne y hueso, con mucho más de lo que estas interpretaciones simplistas dan a entender, lo cual le preocupa a veces). En los malos momentos, sin embargo, contempla su estupidez como pura obstinación, una tozuda determinación de ocultar las cosas. Su estulticia es un muro, tras el cual puede dedicarse a sus asuntos y canturrear para sí, mientras Sally, encerrada en el exterior, debe abrirse camino a machetazos entre los zarzales, sin más protección sobre la piel que un impermeable transparente.
       ¿Por qué lo escogió —o, para ser precisos, como ella intenta serlo consigo misma y a veces incluso en voz alta, lo cazó—, cuando todo el mundo sabe que tenía otras opciones? Se lo ha explicado a Marylynn, su mejor aunque más reciente amiga, diciendo que se echó a perder de joven por leer demasiadas novelas de misterio de Agatha Christie, de esas en las que la inteligente e ingeniosa heroína desdeña al igualmente inteligente e ingenioso protagonista masculino, que ha contribuido a solucionar el crimen, para casarse con el personaje secundario, el imbécil, al que habrían detenido, condenado y ejecutado de no haber sido por la inteligencia de la heroína. Quizá vea así a Ed: si no fuera por ella, su desmañada y obtusa bondad lo habría llevado a meterse en toda clase de cenagales, en toda clase de atolladeros de los que hubiera sido incapaz de salir, y entonces estaría acabado.
       «Atolladero» y «cenagal» no son formas halagadoras de referirse a otras mujeres, pero revelan lo que Sally piensa de manera inconsciente, en especial de las dos anteriores esposas de Ed. No es que Sally luchara por arrancarlo de las garras de estas dos. Ni siquiera conoce a la primera, que se trasladó a la costa Oeste catorce años antes y siempre envía una felicitación por Navidad; la segunda era de mediana edad y ya estaba a punto de separarse de Ed cuando ella apareció. (Sally aplica la expresión «mediana edad» a cualquiera que tenga cinco años más que ella. Siempre ha sido así. No obstante, la reserva solo para las mujeres. No piensa en Ed como un hombre de mediana edad, pese a que se llevan bastante más de cinco años).
       Ed no sabe qué ocurrió con esos matrimonios, qué falló. Sus afirmaciones de ignorancia, su negativa a hablar de los puntos conflictivos, frustran a Sally, porque le gustaría oír toda la historia. Pero también la angustian, pues, si Ed no sabe qué pasó con las otras dos, quizá se repita el esquema con ella, y él tampoco se da cuenta de este problema. Una estupidez como la de Ed puede representar un peligro para la salud de los demás. ¿Y si un día se despertase y decidiera que ella no es su auténtica esposa, sino la falsa? Pues entonces la meterían en un tonel erizado de clavos que dejarían rodar colina abajo, mientras él estaría sentado en otro lecho nupcial, bebiendo champán. Se acuerda del nombre de la marca, porque fue ella quien compró la botella. El champán no es el toque final que se le ocurriría a Ed, pese a que le gustó bastante en su momento.
       Sin embargo, de puertas afuera Sally se burla de todo esto. «No lo sabe», le dice a Marylynn, con una risita, y ambas menean la cabeza. Ellas sí lo sabrían, por supuesto. Marylynn está divorciada y es capaz de enumerar todo lo que fue mal, fallo por fallo. A continuación añade que su divorcio fue una de las mejores cosas que le han ocurrido. «Antes no era nada —dice—. Me hizo más fuerte».
       Sally, sentada a la mesa de la cocina frente a Marylynn, la mira y conviene en que su amiga ahora está muy lejos de no ser nada. Empezó reformando armarios, y se ha abierto paso hasta llegar a ser propietaria de una firma de interiorismo. Decora las casas de los nuevos ricos, los que carecen de muebles de sus antepasados y de la confianza necesaria para ser cutres y desean que sus hogares reflejen un gusto personal que en realidad no poseen.
       «Lo que quieren son mausoleos —dice Marylynn—, u hoteles —y ella se los proporciona con todo desparpajo—. Hasta los ceniceros. Imagínate, contratar a alguien para que elija los ceniceros».
       Al decir esto, Marylynn hace saber a Sally que no la incluye en esta categoría, pese a que la contrató, muy al principio, para que la ayudara en algunos pequeños detalles de la casa. Marylynn diseñó de nuevo los armarios del dormitorio principal y consiguió la mesa de caoba china, que a Sally le costó otros setecientos dólares decapar. Pero resultó ser perfecta, tal como Marylynn había predicho. Ahora ha descubierto un escritorio del siglo XIX, y ambas coinciden en que quedará perfecto en el mirador que hay junto a la sala de estar. «¿Para qué lo necesitas? —le preguntó Ed, desconcertado—. Creía que ibas a trabajar en tu estudio». Sally admitió que así era, pero dijo que podrían guardar las facturas del teléfono en el mueble, lo que pareció satisfacer a Ed. Ella sabe muy bien para qué lo necesita: lo necesita para sentarse ante él, sobre algo mullido, con la luz del sol de la mañana a su espalda, y tomar notas con aire distendido. Una vez vio una imagen así en un anuncio de café de la década de 1940, y el marido estaba de pie detrás de la silla, un tanto inclinado, con una expresión reverente.
       Marylynn es la clase de amiga a la que no hace falta explicar estas cosas, porque ambas las dan por sentadas. Sally respeta su inteligencia.
       Marylynn es alta y elegante, y logra que todo lo que se pone parezca a la moda. Su cabello ha encanecido prematuramente, pero no se lo tiñe. Lleva camisas holgadas de color crema y bufandas extravagantes conseguidas en tiendas interesantes y rincones singulares del mundo, que se echa con descuido alrededor del cuello y sobre un hombro. (Sally ha intentado imitarla ante un espejo, pero no le sale bien). Marylynn posee una numerosa colección de zapatos raros; dice que son raros porque tiene los pies muy grandes, pero Sally no se engaña. Ella, que se consideraba bastante bonita y ahora cree que se conserva muy bien para su edad, envidia la estructura ósea de Marylynn, que la ayudará cuando suceda lo inevitable.
       Siempre que Marylynn viene a cenar, como hoy (va a traer el escritorio), Sally cuida de modo especial la ropa y el maquillaje. Sabe que Marylynn es su auténtico público en esta faceta, pues ningún cambio que efectúe en su persona parece afectar a Ed, que ni siquiera se da cuenta. «Yo te veo bien», se limita a decir, prescindiendo del aspecto que presente en realidad. (De todas formas, ¿querría que él se fijara más en ella? Probablemente, no. En ese caso, él repararía en las arrugas incipientes, las pequeñas bolsas de carne que todavía no son muy visibles, la red que se le está formando bajo los ojos. Así es mejor).
       Sally repitió a Marylynn esta observación de Ed y añadió que se había producido el día en que el jacuzzi se desbordó al dispararse la alarma contraincendios, porque se encalló en la tostadora un panecillo que estaba calentando para comérselo en la bañera, y tuvo que pasarse una hora cubriendo el suelo con periódicos y secándolo con la fregona y vestirse en solo media hora para la cena a la que estaban invitados. «Yo parecía la cólera de Dios personificada», dijo Sally. Últimamente repite a Marylynn muchas de las cosas que Ed dice, en concreto las estupideces. Marylynn es la única amiga en la que Sally confía hasta este extremo.
       «Ed es atractivo como un botón —dijo Marylynn—. De hecho, es como un botón, brillante y reluciente. Si fuera mío, lo convertiría en bronce y lo pondría en la repisa de la chimenea».
       Marylynn es todavía mejor que Sally a la hora de idear ingeniosidades sobre la especial estupidez de Ed, algo que puede irritar a Sally: viniendo de ella, esos comentarios resultan indulgentes y cariñosos, pero en boca de Marylynn rozan el menosprecio. Entonces sale en defensa de Ed, que no es ni mucho menos estúpido en todo. Si se examina con detenimiento, solo hay una parcela de la vida en la que no tiene remedio. El resto del tiempo es muy inteligente, incluso brillante, en opinión de algunos. De lo contrario, ¿cómo podría haber triunfado?
       Ed es especialista del corazón, uno de los mejores, y a Sally no le pasa inadvertida esta ironía: ¿quién podría saber menos que Ed sobre el funcionamiento de los corazones, de los auténticos corazones, los simbolizados con satén rojo rodeado de encaje y rematado con arcos rosados? Corazones atravesados por flechas. Por otra parte, el hecho de que sea especialista del corazón contribuye en gran medida a incrementar su poder de seducción. Las mujeres le arrinconan en los sofás, lo acorralan en las terrazas durante las fiestas, le susurran en tono confidencial durante las cenas. Actúan así ante las mismísimas narices de Sally, como si fuera invisible, y Ed lo permite. Esto no ocurriría si trabajara en un banco o en la construcción.
       Las sirenas lo acosan allí adonde va. Quieren que les arregle el corazón. Todas parecen padecer alguna disfunción: un murmullo, un susurro. O se desmayan cada dos por tres y quieren que les diga por qué. Este es el tema habitual de las conversaciones, dice Ed, y Sally le cree. Ella también utilizó este truco. ¿Qué se inventó para atraerle, al principio de su relación?
       Un corazón agobiado, que latía con demasiada fuerza después de las comidas. Y él fue muy gentil, la miró con sus pasmados ojos castaños, como si el corazón de ella fuera el verdadero tema, la escuchó como si nunca le hubieran dicho tonterías similares, le aconsejó que bebiera menos café. Y Sally sintió que había triunfado en su impostura, en su estrategia por arrancarle aquella pizca de preocupación.
       Rememorar ese episodio le produce inquietud, ahora que ha visto repetida tantas veces su propia actuación, incluida la mano posada ligeramente sobre el corazón, para llamar la atención sobre los senos, desde luego. A algunas de esas mujeres les ha faltado muy poco para hundir la cabeza de Ed entre sus pechos, ahí mismo, en la sala de estar de Sally. Al observar estas escenas con el rabillo del ojo mientras sirve los licores, Sally siente que el azteca se revuelve en su interior. «¿Tenéis problemas de corazón? Que os lo arranquen —piensa—. Así no tendréis más problemas».

       En ocasiones a Sally le preocupa pensar que ella, al igual que Marylynn antes del divorcio, tampoco es nada. Pero no es cierto; por lo tanto, no necesita un divorcio para dejar de ser nada. Y siempre ha tenido trabajo, incluso ahora. Por suerte, Ed no puso objeciones; no pone objeciones a casi nada de lo que ella hace.
       Se supone que su empleo es de jornada completa, pero en realidad es a tiempo parcial, pues puede llevarse mucho trabajo a casa y hacerlo, como ella dice, con un brazo atado a la espalda. Cuando está de mal humor, cuando interpreta el papel de oscura esposa de un especialista del corazón fascinante —lo hace con gente que no le preocupa—, dice que trabaja en un banco, nada importante. Luego ve que los ojos de sus interlocutores la rechazan. Cuando, en cambio, intenta impresionar, dice que es relaciones públicas. En realidad es responsable del órgano de expresión interna de una empresa fiduciaria de mediano tamaño. Es una revista breve, bien impresa, en teoría destinada a conseguir que los empleados se enteren de que los chicos hacen cosas que merecen la pena ahí fuera y que también ellos son seres humanos. Siempre se habla de chicos, aunque a las pocas mujeres que ocupan algo similar a puestos clave se las envía asimismo al exterior de vez en cuando, vestidas con blusa y traje y exhibiendo una sonrisa radiante, con la esperanza de dar una impresión de confianza más que de agresividad.
       Es el último de la serie de empleos que Sally ha tenido a lo largo de los años: trabajos bastante cómodos que exigen tan solo la mitad de sus fuerzas y que no conducen a ningún sitio. En teoría es la segunda de a bordo: por encima de ella hay un hombre que no funcionó en la gerencia, pero a quien no se puede despedir porque su esposa es pariente del presidente del consejo. Acude a largas comidas alcohólicas y juega mucho al golf, de modo que toda la responsabilidad recae sobre Sally. Este hombre se lleva todas las medallas de lo que Sally hace bien, pero los ejecutivos más veteranos de la compañía hacen apartes con ella cuando nadie mira y le dicen que es una gran chica y que cumple muy bien con su cometido.
       Sin embargo, la auténtica recompensa de Sally es que su jefe le proporciona una cantidad interminable de anécdotas. Ameniza las cenas con historias sobre la torpeza y pomposidad de ese hombre, sobre sus sugerencias lobotomizadas acerca de lo que ambos podrían inventar para la revista, «el órgano», como dice que él siempre la llama. «Dice que necesitamos sangre fresca para reanimar el órgano», dice Sally, y el especialista esboza una sonrisa. «¿De veras ha dicho eso?». Hablar así de su jefe sería temerario —nunca se sabe lo que podría llegar a sus oídos, el mundo es muy pequeño— si Sally temiese perder el empleo, pero no es el caso. Existe un acuerdo no verbal entre ella y ese hombre: ambos saben que si ella se marcha, él también se va, pues nadie más sería capaz de aguantarlo. Sally podría aspirar al cargo de su superior si fuera lo bastante estúpida para pasar por alto sus conexiones familiares o si codiciara los oropeles del poder, pero se encuentra a gusto donde está. Afirma en broma que ha alcanzado su nivel de incompetencia. Dice que padece de miedo a triunfar.
       Su jefe es canoso, esbelto y de tez bronceada, y recuerda a un anuncio de ginebra inglesa. A pesar de su insipidez, es de apariencia distinguida, lo que Sally reconoce. Lo cierto es que lo mima atrozmente, lo consiente, lo encubre siempre que es necesario, pero muy pronto dejó de comportarse como una secretaria: no le lleva el café. Tienen una secretaria que se ocupa de eso. La única vez que intentó propasarse con ella, en cierta ocasión en que se presentó bastante ebrio después de comer, Sally le trató con amabilidad.
       De vez en cuando, aunque no con mucha frecuencia, Sally tiene que viajar por cuestiones de trabajo. La envían a lugares como Edmonton, donde hay una filial. Se entrevista con los chicos de los niveles medios y altos; van a comer y los chicos hablan sobre las fluctuaciones del precio del crudo o el desplome del mercado inmobiliario. Después la llevan a ver centros comerciales en proceso de construcción. Siempre hace viento y la arenisca le azota la cara. Vuelve a la sede de la empresa y redacta un informe sobre el vigor juvenil y la vitalidad del oeste.
       Mientras hace las maletas, le toma el pelo a Ed diciendo que tiene una cita con un atractivo financiero, o con dos. Ed no se siente amenazado; le dice que se divierta, y ella le abraza y afirma que le echará mucho de menos. Ed es tan imbécil que ni siquiera se le ocurre pensar que tal vez no esté mintiendo. Lo cierto es que a Sally no le habría costado nada tener un lío, al menos durante un par de noches, en el curso de esos desplazamientos: sabe muy bien cuándo se trazan las líneas de tiza, cuándo se la está retando a traspasarlas. Pero a ella no le interesa tener un lío con nadie excepto Ed.
       No come mucho en los aviones: no le gusta la comida. En el viaje de regreso, sin embargo, siempre guarda los alimentos envasados, el queso envuelto en plástico, la barrita de chocolate, la bolsa de galletitas saladas. Los mete a hurtadillas en el bolso. Considera que son provisiones, que tal vez los necesite en caso de un aterrizaje de emergencia en un aeropuerto extraño, si el aparato ha de cambiar de rumbo a causa de la nieve o la niebla, por ejemplo. Puede suceder cualquier cosa, aunque nunca haya sucedido nada. Cuando llega a casa, los saca del bolso y los tira.

       En el jardín, Ed se endereza y se limpia las manos sucias de tierra en los costados de los pantalones. Cuando está a punto de volverse, Sally se aparta de la ventana para que no vea que lo estaba observando. No le gusta ponerse en evidencia. Concentra la atención en la salsa: se halla en la segunda fase de la sauce suprême, que dará al pollo un sabor completamente diferente. Cuando Sally aprendía a preparar esta salsa, el profesor de cocina citó a uno de los grandes chefs, quien había afirmado que el pollo no es más que un lienzo. Comparaba el plato con un cuadro, pero Sally le dijo en voz baja a la mujer que se sentaba a su lado, dando la vuelta a la frase: «De todas formas, el lienzo es mío, con salsa o sin ella», o algo por el estilo.
       «Alta cocina» fue el tercer curso nocturno al que se apuntó Sally. Ahora anda por el quinto, «Formas de la ficción narrativa». Consta de ejercicios de lectura y escritura a partes iguales —el profesor cree que no es posible comprender una forma artística sin intentar llevarla a la práctica—, y Sally da a entender que le gusta. Comenta a sus amigas que sigue cursos nocturnos para evitar que se le atrofie el cerebro, y a sus amigas les parece divertido: dicen que, pase lo que pase con el cerebro de Sally, no consideran que la atrofia sea una opción. Sally no está de acuerdo, pero en cualquier caso siempre apuesta por el perfeccionamiento. Tal vez empezó a apuntarse a cursos con la esperanza de ser más interesante a los ojos de Ed, pero no tardó en renunciar a la idea: no parece que Ed la encuentre ni más ni menos interesante que antes.
       La cena ya está prácticamente preparada. Sally intenta organizarse bien: el jacuzzi que se desbordó fue una aberración. La crema de berros con nueces se enfría en la nevera, lo mismo que la mousse de chocolate. Ed, por ser Ed, prefiere el pastel de carne a las mollejas con piñones, la crema de mantequilla con azúcar envasada al puré de castañas recubierto de chantilly. (Sally se ha quemado los dedos pelando las castañas. No le gusta recurrir a los métodos fáciles y comprarlas enlatadas). Sally dice que Ed prefiere este tipo de comidas porque fue preprogramado de joven en las cafeterías de los hospitales: enseñadle una salchicha quemada y un cazo de puré de patatas de sobre y se le hará la boca agua. Por este motivo, solo puede lucirse y servir su boeuf en daube y su salmón en papillote, para que sean saboreados y apreciados, cuando tienen invitados.
       Con todo, lo que más le gusta de estas cenas es poner la mesa, decidir dónde se sentará cada cual y, cuando se siente traviesa, adivinar lo que dirán. Después toma asiento y escucha lo que dicen. De vez en cuando, comenta algo.
       Esta noche no será muy estimulante, pues solo acudirán los especialistas del corazón con sus respectivas esposas y Marylynn. Sally confía en que su amiga los mantenga a raya. Ha prohibido a los especialistas hablar de trabajo a su mesa, pero de todas formas lo hacen. «No es un tema muy apropiado cuando se está comiendo —dice Sally—. Todos esos tubos y válvulas». En su fuero interno, considera que son un grupo de engreídos, todos salvo Ed. No puede resistir la tentación de fastidiarles de vez en cuando.
       —Lo que digo —comentó a uno de los cirujanos más eminentes— es que se trata básicamente de una forma elevada de costura, ¿no cree?
       —¿Volvemos a las andadas? —repuso el cirujano, con una sonrisa. Los especialistas piensan que Sally es una guasona de tomo y lomo.
       —Todo se reduce a cortar y coser, ¿no?
       El cirujano se rio.
       —Es bastante más que eso —terció inesperadamente Ed, con solemnidad.
       —¿Qué más es, Ed? —preguntó el cirujano—. Se podría decir que hay mucho de bordado, pero solo lo consiguen los mejores —concluyó con una risita.
       Sally contuvo el aliento. Podía oír los procesos del pensamiento verbal de Ed poniéndose en marcha. Era un hombre delicioso.
       —Excelente conclusión —remató Ed. Su seriedad golpeó la mesa como un pez mojado. El cirujano apuró el vino de un trago.
       Sally sonrió. Se suponía que era una reprimenda dirigida a ella por no tomarse las cosas en serio, estaba segura. «Oh, vamos, Ed», podía haber dicho, pero también sabe, casi siempre, cuándo ha de refrenar la lengua. Debería llevar en la frente un rótulo luminoso con la palabra BROMA, para que Ed fuera capaz de apreciar la diferencia.

       A los especialistas del corazón les va bien. A la mayoría parece irles mejor que a Ed, pero solo se debe a que, en general, tienen gustos más caros y menos esposas. A Sally no le cuesta mucho imaginar estas cosas y cree que a Ed tampoco.
       Últimamente se habla mucho de avances tecnológicos, sobre los que Sally intenta mantenerse informada, puesto que a Ed le interesan. Hace unos años, los especialistas compraron un nuevo aparato. Ed estaba tan emocionado que se lo contó a Sally, algo inusitado. Una semana después, ella le dijo que pasaría a recogerlo para llevarlo a cenar a un restaurante; adujo que no tenía ganas de cocinar. En realidad quería ver el aparato; le gusta ver todo aquello que entusiasma a Ed más de lo normal.
       Al principio Ed dijo que estaba cansado, que cuando el día terminaba no era partidario de prolongarlo, pero Sally le persuadió con actitud respetuosa, y al final él la llevó a ver el nuevo artilugio. Se hallaba en una habitación oscura y pequeña, en la que había también una mesa de exploración. El artefacto recordaba una pantalla de televisión acoplada a un aparato bastante complicado. Ed dijo que se conectaba con cables al paciente, transmitía las ondas acústicas del corazón y recogía los ecos, y entonces se obtenía una imagen en la pantalla, una imagen real, del corazón en funcionamiento. Dijo que era mil veces mejor que un electrocardiograma. Era posible ver los fallos, los espesamientos y los coágulos con mucha más claridad.
       —¿En color? —preguntó Sally.
       —En blanco y negro.
       Entonces se apoderó de Sally el deseo de ver su propio corazón en movimiento, en blanco y negro. Cuando iba al dentista siempre quería ver las radiografías de su dentadura, sólida y reluciente en el interior de su nebulosa cabeza.
       —Hazlo —dijo—. Quiero ver cómo funciona.
       Y pese a que era la clase de cosa que por lo general Ed rehuía, diciéndole a Sally que se comportaba como una tonta, no se hizo de rogar. El aparato le fascinaba y quería enseñárselo.
       Antes se aseguró de que nadie iba a utilizar la habitación en aquel momento. Le dijo a Sally que se desvistiera de cintura para arriba, sujetador incluido. Le dio una bata de papel y se volvió de espaldas con recato mientras ella se la ponía, como si no viera su cuerpo todas las noches. Le aplicó electrodos en los tobillos y en una muñeca, giró un interruptor y manipuló los mandos. Le dijo que un técnico se encargaba de manejar el aparato, pero que él sabía cómo funcionaba. Era habilidoso con los electrodomésticos pequeños.
       Sally se tumbó en la mesa y se sintió extrañamente desnuda.
       —¿Qué tengo que hacer?
       —Seguir tumbada.
       Ed se acercó y practicó un agujero en la bata de papel, sobre el pecho izquierdo. Luego empezó a mover una sonda sobre su piel. Estaba algo húmeda, resbaladiza y fría, y su contacto recordaba el extremo de los desodorantes de bola.
       —Mira —dijo él.
       Sally volvió la cabeza. Vio en la pantalla un objeto ancho y gris, parecido a un higo grande, más pálido en el medio, con una línea oscura que descendía hacia el centro. Los bordes se movían hacia dentro y hacia fuera; en el interior se agitaban dos alas, como las de una mariposa indecisa.
       —¿Es eso? —preguntó, dubitativa. Su corazón parecía insustancial, como una bolsa de gelatina, algo que se derretiría, desvanecería y desintegraría si lo apretaba un poco.
       Ed movió la sonda y vieron el corazón desde la base y después desde arriba. A continuación congeló la imagen y la pasó de positivo a negativo. Sally empezó a temblar.
       —Es maravilloso —dijo.
       Él parecía muy distante, absorto en la máquina, midiendo su corazón, que latía en la pantalla por sí solo, separado de ella, expuesto y dominado por Ed.
       Él le retiró los cables y ella se vistió, impasible, como si él fuera un auténtico médico. Sin embargo, el proceso, toda la habitación, estaban impregnados de una sexualidad incomprensible para Sally; era sin duda un lugar muy peligroso. Era como un salón de masajes solo para mujeres. Si encerraran allí a un grupo de mujeres con Ed, no querrían salir nunca más. Insistirían en quedarse para que él moviera la sonda sobre sus pieles húmedas y les indicara los defectos de sus corazones palpitantes.
       —Gracias —dijo Sally.

       Sally oye que la puerta de atrás se abre y se cierra. Siente que Ed se acerca, que recorre los pasillos de la casa hacia ella, como un viento suave o una bola de electricidad estática. Se le eriza el vello de los brazos. A veces la hace tan feliz que le parece que está a punto de estallar; otras veces le parece que está a punto de estallar sin más.
       Ed entra en la cocina y ella finge no darse cuenta. La rodea con los brazos por detrás y la besa en el cuello. Ella se recuesta, se aprieta contra él. Ahora deberían ir al dormitorio (o incluso al salón, incluso al estudio) y hacer el amor, pero a Ed no se le ocurre hacer el amor en pleno día. Sally lee a menudo artículos de revistas sobre cómo mejorar la vida sexual, que le dejan una sensación de frustración o evocan ciertos recuerdos: Ed no es su primer y único hombre. Pero sabe que no debe esperar demasiado de él. Si Ed fuera más dado a experimentar, si le interesara más la variación, sería otro hombre: más astuto, más taimado, más observador, más difícil de tratar.
       Ed hace el amor siempre igual, una y otra vez, cada movimiento sigue al anterior en idéntico orden. Sin embargo, al parecer eso le satisface. Por supuesto que le satisface: es fácil saber cuándo un hombre está satisfecho. Es Sally quien después se queda despierta, viendo las imágenes que desfilan ante sus ojos cerrados.
       Sally se aparta de Ed y le sonríe.
       —¿Cómo te ha ido hoy con las mujeres? —le pregunta.
       —¿Qué mujeres? —dice Ed, distraído, yendo hacia el fregadero. Sabe a qué mujeres se refiere.
       —Las que están ahí fuera, escondidas entre las forsitias. He contado al menos diez. Están esperando su oportunidad.
       Se mete a menudo con él hablándole de estos ejércitos de mujeres que lo siguen a todas partes, invisibles para Ed pero más claros que la luz del día para ella.
       —Apuesto a que se pasean ante la puerta del hospital, esperando a que salgas. Apuesto a que se ocultan en los armarios de las batas y saltan sobre ti desde atrás, y a que fingen que se han perdido para que las lleves por el camino más corto. Es por culpa de la bata blanca. Ninguna de esas mujeres puede resistirse a una bata blanca. Las ha condicionado la serie del doctor Kildare.
       —No seas tonta —dice Ed hoy, sin inmutarse. ¿Le han salido los colores, está avergonzado? Sally examina su rostro de cerca, como un geólogo inspeccionaría una fotografía aérea en busca de señales reveladoras de tesoros minerales: marcas, protuberancias, cavidades. Todo en Ed encierra un significado, aunque a veces resulta difícil concretar cuál.
       Se lava las manos en el fregadero para eliminar la tierra adherida. Dentro de un minuto se las secará con el paño de cocina, en lugar de utilizar la toalla. ¿Hay cierta complacencia en la espalda vuelta hacia ella? Es posible que de verdad existan esas hordas de mujeres, a pesar de que es ella quien las ha inventado. Es posible que de verdad se comporten de esa forma. Ed tiene los hombros ligeramente alzados; ¿trata de ocultar algo?
       —Yo sé lo que quieren —prosigue Sally—. Quieren meterse en esa habitación oscura contigo y subirse a la mesa. Creen que eres delicioso. Te devorarán. Te comerán a cachos. No quedará nada de ti, salvo el estetoscopio y los cordones de los zapatos.
       En otras ocasiones, Ed se reía de sus ocurrencias, pero hoy no lo hace. Es posible que Sally haya repetido lo mismo, o algo muy parecido, con excesiva frecuencia. De todas maneras, Ed sonríe, se seca las manos con el paño de cocina y abre la nevera. Le gusta picar.
       —Hay un poco de rosbif frío —dice Sally, desconcertada.

       Sally retira la salsa del fuego y la deja aparte. Dará los últimos toques justo antes de servirla. Solo son las dos y media. Ed ha desaparecido en la bodega, donde Sally sabe que estará a salvo durante un rato. Va a su estudio, que antes era el dormitorio de uno de los chicos, y se sienta ante el escritorio. No han cambiado del todo la decoración del cuarto, donde todavía hay una cama y un tocador con un tapete de flores azules, que Sally ayudó a elegir mucho antes de que los chicos fueran a la universidad, «abandonaran el nido», como dice Ed.
       Sally no comenta la expresión, aunque le gustaría decir que no es el primer nido que han abandonado. Su casa nunca ha sido un auténtico nido, puesto que ninguno de los chicos es de ella. Soñaba con tener un hijo cuando se casó con Ed, pero no quiso forzarle a tomar una decisión. Él no puso ninguna objeción a la idea, pero mostró cierta indiferencia y Sally llegó a la conclusión de que Ed ya tenía bastantes hijos. En cualquier caso, las otras dos esposas tuvieron hijos, y así les fue. Como Sally nunca ha sabido a ciencia cierta qué fue de ellas, es libre de imaginar todo tipo de cosas, desde la drogadicción hasta la locura. Fuera lo que fuese, el caso es que Sally tuvo que criar a los chicos, al menos a partir de la pubertad. La primera esposa vino a decir que le tocaba el turno a Ed. La segunda fue más sutil: dijo que los niños querían pasar más tiempo con su padre. Sally quedó excluida de ambas ecuaciones, como si en realidad no viviera en la casa y, por lo tanto, no hubiera de tener ninguna opinión.
       En general, no le ha ido mal. Aprecia a los chicos y trata de ser su amiga, ya que no puede pretender ser una madre para ellos. Afirma que la relación entre los tres es buena. Ed no se ha ocupado mucho de los chicos, pero es su aprobación la que ellos buscan, no la de Sally; es a él a quien respetan. Ella es una especie de aliado que les ayuda a conseguir lo que quieren de Ed.
       Cuando los chicos eran pequeños, Sally jugaba al Monopoly con ellos en la casa de veraneo que Ed tenía en Muskoka, ahora vendida. Ed también jugaba cuando tenía tiempo, en vacaciones y los fines de semana. Las partidas siempre se desarrollaban de la misma manera. Sally tenía suerte al principio y compraba cuanto podía, ya fueran propiedades en lugares distinguidos, como Boardwalk y Park Place, o casitas sombrías situadas junto a las vías del tren; compraba incluso estaciones de ferrocarril, que los chicos rechazaban, pues preferían reservar sus fondos para mejores inversiones. Ed, por su parte, procedía con calma y compraba con cautela. Después, cuando Sally se animaba, dilapidaba el dinero en lujos poco menos que inútiles, como la compañía eléctrica, y en cuanto los chicos empezaban a perder, como ocurría invariablemente, Sally les prestaba dinero a un interés ridículo o les vendía sus posesiones, con pérdidas evidentes. ¿Por qué no? Podía permitírselo.
       Entretanto, Ed se dedicaba a asegurar sus inversiones mediante la construcción de manzanas enteras, repletas de casas y hoteles. Prefería calles de clase media, respetables pero no ostentosas. Sally iba a parar a sus dominios y tenía que desembolsar mucho dinero. Ed nunca ofrecía ni aceptaba tratos, como si jugara solo, y ganaba a menudo. Entonces Sally se sentía frustrada. Decía que carecía de instinto asesino, o que en realidad no le importaba, porque a fin de cuentas no era más que un juego, pero que Ed debía permitir que los chicos ganaran de vez en cuando. Ed no comprendía el concepto de dejar ganar a los demás. Decía que era una especie de menosprecio hacia los chicos y que, por otra parte, no podías obligar a los dados a caer como deseabas, pues era una cuestión de suerte. Si era una cuestión de suerte, pensaba Sally, ¿por qué las partidas eran tan parecidas entre sí? Todas terminaban con Ed contando sus ganancias, separando los billetes en montoncitos según su valor, mientras Sally, despilfarradora, generosa y arruinada, veía cómo sus enormes posesiones se habían reducido a unas pocas manzanas ruinosas e hipotecadas en Baltic Avenue.
       Durante aquellas noches, cuando los chicos ya dormían, Sally se tomaba otros dos o tres whiskies con ginger-ale, que le sentaban muy bien. Ed se acostaba temprano —ganar le dejaba satisfecho y amodorrado—, y ella deambulaba por la casa o leía el final de novelas policíacas que ya había leído, hasta que se metía en la cama y despertaba a Ed con sus caricias en busca de consuelo.

       Sally casi se ha olvidado de aquellas partidas. Ahora los chicos han empequeñecido, se desvanecen como tinta vieja. Ed, por el contrario, cobra cada vez mayor presencia, sus contornos se afirman. Está en constante desarrollo, como el revelado de una foto Polaroid: emergen nuevos colores, pero el resultado continúa siendo el mismo. Ed es una superficie en la que a Sally le cuesta penetrar.
       «Explora tu mundo interior», le dijo a Sally la profesora de «Formas de la ficción narrativa», una mujer de mediana edad y escasa fama, aficionada a la astrología y el tarot, y escritora de relatos, ninguno de los cuales se ha publicado en las revistas que lee Sally. «Pero también cuenta el exterior —dijo después Sally a sus amigas—. Por ejemplo, esa mujer debería hacer algo con su pelo». Soltó este comentario trivial y cruel porque está harta de su mundo interior; no necesita explorarlo. En su mundo interior está Ed, como una muñeca dentro de una muñeca rusa de madera, y dentro de Ed está el mundo interior de Ed, al que ella no puede acceder.
       Aun así, lo intenta: el mundo interior de Ed es un bosque, algo parecido al fondo de la hondonada de su terreno, pero sin la cerca. Ed vaga por él, entre los árboles, sin rumbo. Muy de vez en cuando descubre una planta de aspecto extraño, una planta enfermiza rodeada de malas hierbas y escaramujos. Ed se arrodilla, despeja el espacio que la circunda, poda y corta los hierbajos. La planta revive, llena de vigor, y se abre una gran flor roja en señal de gratitud. Ed prosigue su camino. O tal vez encuentre una ardilla herida, a la que cura con una gota de su elixir mágico. Cada cierto tiempo aparece un ángel que le trae comida. Siempre es pastel de carne. A Ed, que apenas repara en lo que come, le parece bien, pero el ángel empieza a cansarse de ser un ángel. Sally se pone a pensar en el ángel: ¿por qué tiene el borde de las alas desgastado y sucio?, ¿por qué está tan ajado y nervioso? Aquí terminan sus intentos de explorar el mundo interior de Ed.
       Sabe que piensa demasiado en él. Sabe que ha de parar. Sabe que no debería preguntar «¿Todavía me quieres?» con ese tono plañidero que incluso a ella le da dentera. Solo consigue que Ed mueva la cabeza, como si no comprendiera el motivo de la pregunta, y le dé una palmadita en la mano. «Sally, Sally», dice, y todo sigue como antes, excepto el temor que se infiltra en las cosas más normales, como cambiar las sillas de sitio o las bombillas fundidas. Pero ¿qué le da miedo? Tiene lo que la gente llama todo: Ed, la maravillosa casa en una hondonada, algo que siempre deseó. (Sin embargo, la colina es como una selva y la casa está hecha de hielo. Solo Sally la mantiene en pie, sentada en su centro, trabajando en un rompecabezas. El rompecabezas es Ed. Si lo resolviera, si colocara en su sitio la última astilla helada, la casa se fundiría y se deslizaría colina abajo, y entonces…). Es una mala costumbre darle vueltas a la cabeza de esta forma. No le hace ningún bien. Sabe que si consiguiera abandonar este vicio sería feliz. Debería ser capaz de hacerlo: ha dejado de fumar.
       Necesita concentrar su atención en otras cosas. Este es el auténtico motivo de los cursos nocturnos, que elige casi al azar para que coincidan con las noches en que Ed no está en casa, porque asiste a reuniones, forma parte de organizaciones benéficas, le cuesta decir que no. Ella se apunta a los cursos según su propio criterio —historia medieval, cocina, antropología—, con la esperanza de que su mente se aferre a algo; incluso siguió uno de geología que, según contó a sus amigas, era fascinante, con todo aquel magma. Esa es la cuestión: todo es fascinante, pero todo resbala. Siempre es una alumna destacada, aprueba los exámenes con buena nota e impresiona a los profesores, por lo cual los desprecia. Es consciente de su propia brillantez, de sus técnicas; no deja de sorprenderla que los demás caigan en la trampa.
       «Formas de la ficción narrativa» empezó del mismo modo. Sally bullía de buenas ideas, rebosaba de propuestas útiles. Las clases prácticas eran como reuniones de una junta, y ella sabía cómo dirigirlas con disimulo, sin que nadie se diera cuenta: lo había hecho infinidad de veces en su trabajo. Bertha, la profesora, le dijo que tenía una gran imaginación, una enorme energía creativa sin explotar. «Con un nombre como Bertha, no me extraña que no llegue a ningún sitio —dijo Sally mientras tomaba café después de la clase con dos compañeras—. Va acorde con su ropa». (Bertha viste al estilo de los años sesenta, con sandalias cómodas, gruesos jerséis de punto que no favorecen en nada su cuadrada figura y demasiados anillos mexicanos en las manos, que no se lava a menudo). Bertha es muy aficionada a los deberes, lo que ella llama aprender mediante la práctica. A Sally le gustan los deberes; le gustan las cosas que, una vez concluidas, pueden desecharse y le proporcionan puntos.
       Bertha comenzó por la épica. Leyeron La Odisea —fragmentos seleccionados, traducidos, acompañados de un breve resumen del resto—, y luego se adentraron en Ulises, de James Joyce, para ver cómo el autor había adaptado la forma épica a la novela moderna. Bertha les mandó comprar una libreta, elegir diversos lugares de Toronto como escalas portuarias de La Odisea y explicar por qué los habían escogido. Los ejercicios se leyeron en clase, en voz alta, y fue muy divertido ver lo que había elegido cada cual como el Hades (el cementerio Mount Pleasant; McDonald’s, donde, si se comía el alimento prohibido, no se regresaba jamás al país de los vivos; el Club de la Universidad, con sus almas de antepasados muertos, etcétera). Sally se decantó por el hospital, desde luego; no tuvo dificultades con los fosos anegados en sangre, y colocó a los fantasmas en sillas de ruedas.
       Después pasaron a la balada y leyeron horripilantes narraciones de asesinatos y amores traicionados. Bertha trajo grabaciones de ancianos de respiración sibilante que interpretaban canciones tradicionales, al modo dórico, y les pidió que crearan un álbum de recortes de periódico, en el que tenían que pegar equivalentes de la actualidad. El Sun era el mejor diario para esa tarea. A Sally le gustaba la ficción a que podían dar lugar estas noticias, y no le costó nada pergeñar un relato de crímenes de cinco páginas, coronado con la venganza.
       Pero ahora están trabajando los cuentos populares y la tradición oral, y Sally tiene problemas. Esta vez Bertha no les ha obligado a leer. Les lee ella misma, con una voz —comentó Sally— que recuerda a un camión cargado de grava, poco adecuada para estimular la imaginación. Puesto que estudian la tradición oral, no se les ha permitido tomar apuntes. Bertha dijo que los primeros oyentes de estos cuentos no sabían leer, de modo que los memorizaban.
       —Para recrear el ambiente —dijo Bertha—, apagaré la luz, ya que estas historias siempre se contaban de noche.
       —¿Para darles un tono más lúgubre? —preguntó alguien.
       —No, porque de día trabajaban —contestó Bertha, que no apagó la luz, pero sí les invitó a sentarse en círculo.
       «Tendrías que habernos visto —le contó después Sally a Ed—, sentados en círculo y escuchando cuentos de hadas. Parecía una guardería. Algunos tenían incluso la boca abierta. Yo esperaba que de un momento a otro Bertha dijera: “El que quiera ir al lavabo, que levante la mano”». Pretendía ser chistosa, divertir a Ed con esta descripción de la excentricidad de Bertha y del aspecto ridículo de los estudiantes, la mayoría de mediana edad, sentados en círculo como si no hubieran crecido. También trataba de minimizar un poco el curso, como había hecho con los anteriores, para que a Ed ni se le ocurriera suponer que había algo en su vida tan importante como él. Pero al parecer Ed no necesitaba estos entretenimientos ni estas minimizaciones. Recibía la información con interés, con seriedad, como si el comportamiento de Bertha fuera, a fin de cuentas, la forma de proceder de un especialista. Sabía mejor que nadie que los procedimientos de los especialistas solían resultar ridículos o incomprensibles a ojos de observadores inexpertos. «Probablemente tenía sus razones», se limitó a comentar.
       Los primeros relatos que Bertha les leyó, para entrar en materia («Ella no se los sabe de memoria», dijo Sally), trataban de príncipes que padecían amnesia, olvidaban a su verdadero amor y se casaban con la joven que su madre les había elegido. Después debían ser curados, con ayuda de la magia. Los relatos no contaban qué era de las mujeres con quienes los príncipes se habían casado, y Sally sentía curiosidad. Luego Bertha les leyó otro cuento, y en esta ocasión tuvieron que recordar los datos principales para recrear, en cinco páginas, la historia, ambientada en el presente y redactada de forma realista. («En otras palabras, sin magia», señaló Bertha). Sin embargo, no podían recurrir a un narrador omnisciente, como habían hecho en el caso de la balada. Tenían que elegir un punto de vista. Podía ser el punto de vista de algo o alguien que apareciera en el cuento, pero solo uno. El cuento que iba a leer, dijo Bertha, era una variante del tema de Barba Azul, muy anterior a la versión sentimental de Perrault. En esta última, la chica era rescatada por sus hermanos, pero en la primitiva las cosas eran muy diferentes.
       Esto leyó Bertha, hasta donde Sally puede recordar:

       Había una vez tres jóvenes hermanas. Un día llegó a su puerta un mendigo con una gran cesta a la espalda y pidió algo de comer. La hermana mayor le llevó un poco de comida, pero, en cuanto tocó al hombre, se vio obligada a saltar dentro de la cesta, pues el mendigo era en realidad un brujo disfrazado. («Un acto de caridad excesivo —susurró Sally—. La chica tendría que haber dicho: “Yo ya ha he hecho mi donativo”»).
       El brujo se la llevó a su casa del bosque, grande y ricamente amueblada. «Aquí vivirás feliz conmigo, querida —dijo el brujo—, porque tendrás todo lo que tu corazón pueda desear».
       Así pasaron unos cuantos días. Entonces el brujo dio a la muchacha un huevo y un manojo de llaves. «Debo marcharme de viaje —le dijo—, y dejo la casa a tu cargo. Cuida de este huevo y llévalo contigo a todas partes, pues ocurrirá una gran desgracia si lo pierdes. Las llaves abren todas las habitaciones de la casa. Puedes entrar en cada una de ellas y disfrutar de su contenido, pero no entres en la habitación pequeña de arriba, so pena de muerte». La joven prometió que así lo haría y el brujo desapareció.
       Al principio la muchacha se contentó con explorar las habitaciones, que guardaban muchos tesoros, pero la curiosidad no la dejaba en paz. Sacó la llave más pequeña y, con el corazón desbocado, abrió el cuarto pequeño de arriba. Allí descubrió un gran recipiente lleno de sangre, en el que flotaban los cuerpos de muchas mujeres, despedazados; al lado había un tajo de cocina y un hacha. Horrorizada, soltó el huevo, que cayó en el recipiente lleno de sangre. En vano intentó borrar la mancha: en cuanto conseguía eliminarla, aparecía de nuevo.
       El brujo regresó y pidió con voz severa el huevo y las llaves. Al ver el huevo, supo al punto que ella había desobedecido y entrado en la habitación prohibida. «Puesto que has entrado en la habitación contra mi voluntad —dijo—, volverás a ella contra la tuya». A pesar de las súplicas de la joven, la arrojó al suelo, la arrastró por los cabellos hacia la habitación, la descuartizó y lanzó su cuerpo al recipiente con los otros.
       Luego fue a buscar a la segunda muchacha, que no se portó mejor que su hermana. Pero la tercera era más inteligente y astuta. En cuanto el brujo se hubo marchado, depositó el huevo en un anaquel, a salvo de todo peligro, y a continuación abrió la puerta prohibida. Imaginaos su dolor cuando vio los cuerpos despedazados de sus dos adoradas hermanas; no obstante, dispuso en orden los pedazos, volvió a unirlos y sus hermanas se levantaron y movieron, sanas y salvas. Se abrazaron, y la tercera hermana ocultó a las otras dos en una alacena.
       Cuando el brujo volvió, enseguida pidió el huevo. Esta vez estaba inmaculado. «Has superado la prueba —dijo a la tercera hermana—. Serás mi esposa». («Y el segundo premio serán dos semanas en las cataratas del Niágara», se dijo Sally). El brujo ya no tuvo ningún poder sobre ella y hubo de obedecerla en todo. La historia continuaba, se narraba cómo el brujo encontraba la horma de su zapato y moría abrasado, pero Sally ya sabía qué detalles le interesaban.

       Al principio pensó que lo más importante del cuento era la habitación prohibida. ¿Qué pondría en la habitación prohibida, en la versión realista actualizada? Mujeres descuartizadas, no, por supuesto. No porque fuera irreal, sino porque resultaría demasiado morboso, además de demasiado obvio. Quería algo más inteligente. Pensó que tal vez sería buena idea que la mujer curiosa abriese la puerta y no hallara nada en absoluto, pero tras rumiarlo mucho desechó esta posibilidad. No podría responder a la pregunta de por qué el brujo prohibía entrar en una habitación vacía.
       En estos términos pensó justo después de que la profesora mandara el ejercicio, hace exactamente dos semanas. Hasta el momento no ha escrito ni una línea. La gran tentación consiste en asumir el papel de la audaz heroína, pero es demasiado predecible. Y Ed no es el brujo, claro está; no resulta lo bastante siniestro. Si Ed fuera el brujo, la habitación contendría un bosque, algunas plantas enfermizas y ardillas indefensas, y Ed se encargaría de cuidarlas; por otra parte, si la habitación fuera de Ed, ni siquiera estaría cerrada con llave, y no habría relato.
       Ahora, sentada al escritorio, jugueteando con la pluma, se le ocurre que lo más intrigante del cuento, el detalle al que debería prestar toda su atención, es el huevo. ¿Por qué un huevo? Del curso nocturno «Folclore comparado», que siguió hace cuatro años, recuerda que el huevo puede ser un símbolo de la fertilidad, un objeto necesario en conjuros africanos o algo de lo que surgió el mundo. Tal vez en este cuento sea un símbolo de la virginidad, y por eso el brujo exige que no se manche de sangre. Las mujeres de los huevos sucios son asesinadas, las de los huevos limpios se casan.
       Pero esto tampoco le sirve. Es un concepto pasado de moda. Sally no sabe cómo trasladarlo a la vida real sin que quede ridículo, a menos que sitúe la historia en el seno de una familia portuguesa inmigrante, por ejemplo, tema sobre el que no sabe nada.
       Sally abre el cajón del escritorio y busca una lima de uñas. Mientras lo hace, se le ocurre la brillante idea de escribir el cuento desde el punto de vista del huevo. Los demás se ocuparán de los otros personajes: la chica lista, el brujo, las dos hermanas torpes, carentes de la inteligencia necesaria para mentir, y que más tarde tendrán problemas por culpa de las leves líneas rojas que surcan sus cuerpos allí donde se pegaron los diversos pedazos. Pero nadie pensará en el huevo. ¿Qué sensación debe producir ser el causante pasivo e inocente de tanta desdicha?
       (Ed no es Barba Azul: Ed es el huevo. Ed Huevo, blanco, prístino y adorable. También estúpido. Escalfado, probablemente. Sally sonríe con ternura).
       ¿Cómo puede narrarse una historia desde el punto de vista del huevo, siendo el huevo tan hermético e inconsciente? Sally reflexiona mientras hace garabatos en el cuaderno de hojas rayadas. Luego prosigue la búsqueda de la lima de uñas. Ya es hora de empezar a vestirse para la cena. Puede consultar con la almohada el problema del huevo y terminar el ejercicio mañana, que es domingo. Ha de entregarlo el lunes, pero su madre ya decía que era especialista en acabar las cosas en el último momento.
       Después de pintarse las uñas con Nuit Magique, Sally se baña mientras come su acostumbrado panecillo tostado. Comienza a vestirse, sin prisa, dispone de mucho tiempo. Oye que Ed sale de la bodega, y luego le oye en el cuarto de baño, donde ha entrado por la puerta del recibidor. Sally, sin más ropa que la interior, entra por la otra puerta. Ed, con el torso desnudo, se está afeitando. Durante los fines de semana no se afeita hasta que es necesario, o hasta que ella le dice que rasca demasiado.
       Sally le rodea la cintura con los brazos y se acurruca contra la espalda desnuda. Para ser un hombre, tiene la piel muy suave. Sally sonríe para sí: no puede dejar de pensar en él como un huevo.
       —Mmm —dice Ed. Podría ser agradecimiento, la respuesta a una pregunta que Sally no ha formulado y él no ha oído, o simple reconocimiento de la presencia de su esposa.
       —¿Nunca te preguntas en qué pienso, Ed?
       Sally ha dicho esto más de una vez, en la cama o en la mesa, después del postre. De pie detrás de él, contempla la franja que deja la cuchilla en la parte blanca del rostro de Ed, su propia cara reflejada en el espejo, visibles tan solo los ojos por encima del hombro desnudo. Ed enjabonado es un asirio, más severo que de costumbre, o un explorador del Ártico cubierto de nieve, o un ser semihumano, un mutante de los bosques de barba blanca. Cada vez que pasa la cuchilla sobre la piel, destruye metódicamente la ilusión.
       —Ya sé lo que piensas —responde Ed.
       —¿Cómo? —pregunta Sally, sorprendida.
       —Porque siempre me lo estás diciendo —responde Ed, con lo que podría ser resignación o tristeza, aunque tal vez se trate de la simple constatación de un hecho.
       Sally se tranquiliza. Si eso es lo que cree Ed, ella está a salvo.

       Marylynn llega con media hora de antelación. Su Porsche de color gris perla guía a los dos hombres que van en el camión de reparto. Los hombres instalan el escritorio y Marylynn supervisa. Queda en el mirador tal como Marylynn había predicho, y Sally se muestra entusiasmada. Se sienta ante él para extender el cheque. Luego van las dos a la cocina, donde Sally está terminando de preparar la salsa, y sirve un kir para cada una. Se alegra de que Marylynn haya venido: evitará que se ponga nerviosa, como siempre le ocurre justo antes de que lleguen los invitados. Ya está un poco alterada, pese a que solo son los especialistas del corazón de costumbre. Ed tiende a reparar más en los errores que en los aciertos.
       Marylynn se sienta a la mesa de la cocina, apoya un brazo en el respaldo de la silla y la barbilla sobre la otra mano. Viste de gris claro, que da a su cabello un tono plateado, y Sally piensa una vez más en lo corriente que es su vulgar pelo oscuro, por muy bien cortado, por muy lustroso que lo lleve. Envidia la confianza, la negligencia. Marylynn nunca parece esforzarse.
       —¿A que no adivinas lo que ha dicho Ed hoy? —pregunta.
       Marylynn se inclina hacia delante.
       —¿Qué? —dice, con el interés de quien participa en un juego conocido.
       —Ha dicho: «Algunas de esas femininistas van demasiado lejos» —informa Sally—. «Femininistas». ¿A que es un encanto?
       Marylynn alarga demasiado la pausa, y un pensamiento súbito y atroz pasa por la cabeza de Sally: Marylynn tal vez piense que está presumiendo de su marido. Siempre dice que aún no está preparada para otro matrimonio; aun así, Sally debería tener cuidado con lo que dice y no restregárselo por las narices. Pero Marylynn se ríe con indulgencia, y Sally, aliviada, la imita.
       —Ed es increíble —afirma Marylynn—. Tendrías que engancharle los mitones a las mangas con alfileres cuando se va por la mañana.
       —No habría que dejarle salir solo —apunta Sally.
       —Deberías comprarle un perro lazarillo —dice Marylynn—, para que ladrara a las mujeres.
       —¿Por qué? —pregunta Sally, riendo todavía pero alerta, sintiendo que empiezan a helársele las puntas de los dedos. Es posible que Marylynn sepa algo que ella ignora; es posible que, después de todo, la casa empiece a desmoronarse.
       —Porque no las ve venir —contesta Marylynn—. Es lo que siempre me dices.
       Toma un traguito de kir. Sally remueve la salsa.
       —Seguro que piensa que soy una femininista —agrega Marylynn.
       —¿Tú? —dice Sally—. De ninguna manera.
       Le gustaría añadir que Ed nunca ha dado muestras de pensar nada acerca de Marylynn, pero se contiene. No desea arriesgarse a herir sus sentimientos.

       Las esposas de los especialistas alaban la salsa de Sally; los especialistas hablan de trabajo, con la única excepción de Walter Morly, experto en soslayar el tema. Está sentado al lado de Marylynn, a quien presta demasiada atención para el gusto de Sally. La señora Morly, en el otro extremo de la mesa, no habla mucho de nada, algo en lo que Marylynn parece no reparar. Sigue hablando con Walter de Saint Lucia, donde ambos han estado.
       Así pues, después de la cena, cuando Sally ha conducido a todos hacia la sala de estar para tomar el café y los licores, coge a Marylynn por el codo.
       —Ed aún no ha visto nuestro escritorio. Llévatelo y suéltale tu discurso sobre las antigüedades del siglo diecinueve. Enséñale todos los compartimentos. A Ed le encantan los compartimentos.
       Ed finge no darse cuenta.
       Marylynn sabe perfectamente qué se propone Sally.
       —No te preocupes —dice—, no voy a violar al doctor Morly. El pobre hombre no sobreviviría a la impresión. —No obstante, acepta irse con Ed.
       Sally va de invitado en invitado, sonriente, para asegurarse de que todo está en orden. Aunque nunca mira directamente a Ed, en todo momento es consciente de su presencia en la habitación, en cualquier habitación; lo percibe como una sombra, una forma borrosa en el límite de su campo visual, reconocible por el contorno. Le gusta saber dónde está, eso es todo. Algunos invitados van por la segunda taza de café. Se dirige hacia el mirador; ya habrán terminado de examinar el escritorio.
       Pero no han acabado, todavía siguen allí. Marylynn está inclinada hacia delante, con una mano sobre el tablero. Ed está demasiado cerca de ella, y cuando Sally se acerca por detrás repara en el brazo izquierdo de su marido, apretado contra el costado y apoyado en la rutilante parte superior del muslo de Marylynn, en el trasero, para ser exactos. Marylynn no se aparta.
       Es solo una fracción de segundo, hasta que Ed ve a Sally y la mano desaparece, se desplaza hacia una copa de licor que hay sobre el escritorio.
       —Marylynn necesita más Tia Maria —dice Ed—. Estaba diciéndole que la gente que bebe un poco de vez en cuando vive más tiempo.
       Su voz es serena, su rostro, tan calmo como siempre, una llanura sin postes indicadores.
       Marylynn se echa a reír.
       —Una vez tuve un dentista que me practicaba diminutos agujeritos en los dientes para poder arreglármelos después —dice.
       Sally ve la mano de Ed extendida hacia ella, sujetando el vaso vacío. Lo coge, sonríe y se va. Un sonido atronador le sube por la nuca; alrededor de los bordes de la imagen que ha presenciado se forma la negrura, como un televisor cuando se apaga. Entra en la cocina, apoya la mejilla en el frigorífico y lo rodea con los brazos. Se queda así, abrazada al aparato, que zumba con un sonido tranquilizador. Al cabo de unos momentos se aparta, se atusa el cabello y vuelve al salón con el vaso lleno.
       Marylynn está junto a las puertas vidrieras, hablando con Walter Morly. Ed está solo, delante de la chimenea, con un brazo sobre la repisa y la mano izquierda hundida en el bolsillo.
       Sally se acerca a Marylynn y le tiende el vaso.
       —¿Tienes bastante?
       Marylynn se comporta igual que siempre.
       —Gracias, Sally —dice, y sigue escuchando a Walter, que se explaya contando su chiste favorito; un día, cuando los hayan perfeccionado, todos los corazones serán de plástico, lo que constituirá una mejora sustancial respecto al modelo actual. Es una abstrusa forma de flirtear. Marylynn guiña un ojo a Sally, para darle a entender que es un hombre aburrido. Sally, al cabo de un momento, le devuelve el guiño.
       Observa a Ed, que mira a su alrededor con expresión ausente, como un robot aparcado y desconectado. Ahora no está segura de si de verdad ha visto lo que le ha parecido ver. Y si en efecto lo ha visto, ¿qué significa? Es posible que Ed, en un imprevisible momento de embriaguez, haya posado la mano en la nalga más próxima y Marylynn haya contenido el impulso de gritar o apartarse por buena educación o por el deseo de no ofenderle. Sally se ha visto en situaciones parecidas.
       Quizá podría significar algo más siniestro: cierta familiaridad entre ellos, cierta complicidad. En tal caso, Sally se ha engañado con respecto a Ed durante años, desde siempre. Su versión de Ed no es algo que haya percibido, sino algo que Ed ha perpetrado en ella, por razones que solo él conoce. Es posible que Ed no sea estúpido. Es posible que sea enormemente inteligente. Repasa todos los momentos en que esa inteligencia, esa astucia, pudiera haberse manifestado, pero no encuentra ninguno. Lo ha observado con sumo cuidado. Recuerda que hace años jugaba con los chicos, los hijos de Ed, a los palitos chinos: con solo mover un palito, por poco que fuera, todos los demás se movían también.
       No le dirá nada. No puede decir nada, no puede arriesgarse a cometer un error o a dar en el clavo. Vuelve a la cocina y empieza a fregar los platos. Es un comportamiento desacostumbrado —suele quedarse con los invitados hasta que la fiesta termina—, y al cabo de un rato Ed acude a investigar. La observa en silencio. Sally se concentra en los platos: grumos de sauce suprême, pedazos de lechuga, arroz, restos fríos y apelmazados van a parar a la bolsa de plástico. Es lo que queda de su tarde.
       —¿Qué haces aquí? —pregunta Ed por fin.
       —Fregar los platos —responde Sally, animada, con tono neutro—. He pensado que sería mejor empezar a recoger.
       —Déjalo —dice Ed—. La mujer lo hará por la mañana. —Así es como se refiere a la señora Rudge, pese a que ya lleva tres años con ellos: «la mujer». Y antes a la señora Bird, como si fueran intercambiables. A Sally nunca la había molestado, hasta ahora—. Sal y diviértete.
       Sally deja la espátula, se seca las manos en la toalla, le rodea con los brazos y lo estrecha más de lo que debería. Ed le da unas palmaditas en el hombro.
       —¿Qué pasa? —pregunta—. Sally, Sally.
       Si ella levantara la mirada, vería que Ed menea la cabeza, como si no supiera qué hacer con ella. Sally no levanta la mirada.

       Ed se ha ido a la cama. Sally da vueltas por la casa, atareada con los restos de la fiesta. Reúne vasos vacíos, recoge cacahuetes caídos sobre la alfombra. Al cabo de un rato se da cuenta de que está de rodillas, mirando debajo de una silla, y que ha olvidado qué busca. Sube al piso superior, se desmaquilla, se cepilla los dientes, se desnuda en el dormitorio a oscuras y se desliza en la cama junto a Ed, que respira profundamente como si durmiera. «Como si».
       Sally yace en la cama con los ojos cerrados. Ve su propio corazón, en blanco y negro, que late con ese aleteo insustancial parecido al de una mariposa, un corazón fantasmal, separado de ella, que flota en el espacio, un corazón de papel animado y sin color. Seguirá así para siempre, ya no lo controla. Y ahora ve el huevo, que no es pequeño, frío, blanco e inerte, sino más grande que un huevo de verdad y de un color rosa dorado; reposa en un nido de zarzas y despide un débil resplandor, como si hubiera algo rojo y caliente en su interior. Casi palpita; Sally le tiene miedo. Mientras lo mira, se oscurece: rosa rojizo, carmesí. «Es algo que el cuento omitió —piensa—: el huevo está vivo y un día eclosionará. Pero ¿qué saldrá de él?».




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