Margaret Atwood
(Ottawa, Ontario, Canada, 1939–)


Isis en la oscuridad (1990)
(“Isis in Darkness”)
Originalmente publicado en Granta Magazine, 31 (26 de abril de 1990);
Wilderness Tips (Canada)
(Toronto: McClelland & Stewart, 1991, 247 págs.)



      ¿Cómo llegó Selena aquí? Es una pregunta que Richard acostumbra a hacerse cuando se sienta una vez más a su mesa y baraja el mazo de fichas, intentando empezar de nuevo.
       Tiene un repertorio de respuestas. A veces la imagina descendiendo sobre los vulgares tejados en un globo gigantesco hecho de sedas de color turquesa y verde esmeralda, o a lomos de un pájaro dorado como los de las tazas de té chinas. Otros días, más oscuros, como este jueves —sabe que el jueves era un día siniestro en el calendario de Selena—, avanza por un largo túnel subterráneo tachonado de joyas rojas como la sangre y de inscripciones arcanas que refulgen a la luz de las antorchas. Camina durante años, arrastrando sus ropajes —ropajes, no ropa—, con los ojos fijos e hipnóticos, pues es de las que cargan con la maldición de una vida eterna; camina hasta que, una noche de luna, llega a la puerta de hierro forjado de la tumba de Petrowski, que es real aunque increíblemente está excavada en la ladera de una colina junto a la entrada del cementerio Mount Pleasant, también real.
       (A Selena le encantaría esa intersección de lo ordinario y lo sobrenatural. En una ocasión dijo que el universo era un donut. Nombró la marca).
       La cerradura salta. La puerta de hierro se abre de par en par. Ella emerge, levanta los brazos hacia la luna, repentinamente helada. El mundo cambia.
       Hay otras tramas. Depende de la mitología que Richard esté plagiando.

       Existe una narración objetiva. Selena provenía de la misma clase de barrio del que procedía Richard: el viejo Toronto anterior a la Depresión, que se extendía a orillas del lago al sur de las vías del tranvía de Queen, una región de casitas verticales con la madera descascarillada, porches delanteros destartalados y césped tiñoso y seco. En esa época no era un área pintoresca, ni remodelada ni deseable. El típico gueto de gente blanca reprimida de clase media-baja del que Richard huyó en cuanto pudo, debido a las limitadas y sombrías versiones de sí mismo que le ofrecía. La motivación de Selena quizá fuera la misma. A Richard le gusta pensar que así es.
       Incluso habían estudiado en el mismo represivo instituto, aunque Richard nunca se había fijado en ella. Pero ¿por qué iba a fijarse? Era cuatro años mayor que Selena. Cuando ella llegó, una alumna larguirucha y asustada de noveno curso, él estaba a punto de terminar y no veía la hora de salir de allí. No podía imaginársela en el instituto; no podía imaginársela deambulando por los mismos pasillos verdes descoloridos, cerrando de golpe las puertas de las mismas taquillas rayadas o pegando chicles debajo de los mismos pupitres como jaulas.
       Selena y el instituto habrían sido dos contrarios destructivos, como la materia y la antimateria. Cada vez que Richard colocaba la imagen mental que tenía de ella junto a la del instituto, una de las dos explotaba. Normalmente era la del instituto.
       Selena no era su verdadero nombre. Simplemente se había apropiado de él, como se había apropiado de cuanto pudiera ayudarla a construir su nueva identidad, la que prefería. Había desechado su antiguo nombre: Marjorie. Richard se ha enterado sin querer, en el curso de sus investigaciones, y ha intentado en vano olvidarlo.

       La primera vez que la vio no está consignada en ninguna de sus fichas. Richard solo toma notas de las cosas que, de otro modo, probablemente olvidaría.
       Fue en 1960: el final de los años cincuenta o el principio de los sesenta, dependiendo de cómo entendamos el uso del cero. Más adelante, Selena lo llamaría «el luminoso huevo incandescente / del que todo emerge», pero para Richard, que en esa época avanzaba lentamente por El ser y la nada, señalaba un punto muerto. Estaba en su primer año de posgrado, con una escuálida beca ganada con gran esfuerzo corrigiendo trabajos de estudiantes universitarios muy mal escritos. Se sentía viejo, hastiado. La senilidad se aproximaba con rapidez. Tenía veintidós años.
       La conoció un martes por la noche, en el café. En «el» café, porque, por lo que Richard sabía, no había otro igual en Toronto. Se llamaba The Bohemian Embassy, en referencia a las actividades antiburguesas que supuestamente se producían allí, y que hasta cierto punto tenían lugar. A veces el café recibía cartas de ciudadanos más inocentes que lo habían visto en el listín telefónico y creían que era una auténtica embajada, y que escribían pidiendo visados. Eso era motivo de diversión entre los clientes habituales, grupo al que Richard no pertenecía exactamente.
       El café estaba situado en una callejuela adoquinada, en la segunda planta de un almacén abandonado. Se llegaba a él por un traicionero tramo de escaleras de madera sin barandilla. Estaba tenuemente iluminado, lleno de humo, y de vez en cuando el cuerpo de bomberos lo clausuraba. Las paredes estaban pintadas de negro y había mesitas con manteles a cuadros y velas goteantes. Había además una máquina de café, la primera que Richard había visto. La máquina era prácticamente un icono, pues apuntaba a otras culturas, superiores, lejos de Toronto. Pero tenía sus inconvenientes. Mientras leías tu poesía en voz alta, como hacía Richard a veces, detrás de la barra Max encendía la máquina, lo que añadía un efecto sonoro siseante y borboteante, como si estuvieran cocinando a alguien en una olla exprés y ahogándolo.
       Los miércoles y los jueves había canciones folk y los viernes había jazz. A veces Richard acudía esas noches, pero siempre iba los martes, tanto si leía como si no. Quería ver lo que hacía la competencia. No es que fuera muy numerosa, pero la que había terminaba apareciendo antes o después en The Bohemian Embassy.
       La poesía era en aquella época la escapatoria para los jóvenes que querían una salida del lumpen burgués y de las ataduras de un trabajo respetable. Era lo que había sido la pintura a principios de siglo. Richard lo sabe ahora, aunque no lo sabía entonces. Ignora cuál es el equivalente en la actualidad. Supone que el cine, para los que tienen pretensiones intelectuales. Para los que no las tienen, es tocar la batería en un grupo, un grupo con un nombre asqueroso como Grasa Animal o El Moco Viviente, a juzgar por su hijo de veintisiete años. En cualquier caso, Richard no puede observarlo de cerca, porque el hijo vive con su exmujer. (¡Todavía! ¡A su edad! «¿Por qué no se busca una habitación, un apartamento, un trabajo?», se sorprende pensando Richard con amargura. Ahora entiende la irritación que provocaban en su padre los jerséis de cuello vuelto que él se ponía, sus desaliñados conatos de barba, sus declamaciones, durante la obligada carne con patatas de los almuerzos dominicales, de «La tierra baldía» y, más adelante e incluso de manera más eficaz, del «Aullido» de Ginsberg. Pero al menos a él le interesaba el «sentido», se dice Richard. Al menos le interesaban las palabras).
       Se le daban bien las palabras en aquella época. Le habían publicado varios poemas en la revista literaria de la universidad y en otras dos pequeñas revistas, una de ellas no mimeografiada. Ver esos poemas impresos, con su nombre debajo —utilizaba iniciales, como T.  S. Eliot, para parecer mayor—, le había producido más satisfacción que nada de lo que hubiera hecho hasta entonces. Pero cometió el error de enseñarle una de las revistas a su padre, que era un encargado de bajo rango en la oficina de correos. Eso mereció poco más que un gruñido y un fruncimiento del ceño, pero cuando se alejaba por el camino con la bolsa de ropa recién lavada, de regreso a su habitación alquilada, oyó a su padre leer uno de sus antisonetos de verso libre a su madre, balbuceando de júbilo, interrumpido por la voz desaprobadora y predecible de su madre: «¡Vamos, John! ¡No seas tan duro con él!».
       El antisoneto giraba en torno a Mary Jo, una chica robusta y práctica con el pelo teñido de rubio y cortado al estilo paje que trabajaba en la biblioteca, y con la que Richard casi tenía un lío. «“Me sumerjo en tus ojos” —rugió su padre—. ¡Viejos ojos cenagosos! Demonios, ¿y qué piensa hacer cuando baje hasta las tetas?».
       Y su madre, fiel al papel que representaba en la vieja conspiración de ambos: «¡Vamos, John! ¡Por favor! ¡Ese lenguaje!».
       Richard se dijo muy serio que le traía sin cuidado. Su padre nunca leía nada aparte del Reader’s Digest y de esas noveluchas de tapa blanda sobre la guerra, conque ¿qué iba a saber él?

       Al llegar ese martes en concreto, Richard ya había dejado el verso libre. Era demasiado fácil. Quería algo con más rigor, con más estructura. Algo —reconoce ahora— que no pudiera hacer cualquiera.
       Leyó sus propios textos durante la primera parte de la noche, un grupo de cinco sextinas seguidas de una villanela. Sus poemas eran elegantes, elaborados; estaba satisfecho de ellos. La máquina de café se encendió durante el último —empezaba a sospechar que Max lo hacía a modo de sabotaje—, pero varias personas dijeron: «Chist». Cuando terminó, recibió un aplauso cortés. Richard volvió a sentarse en su rincón, rascándose el cuello con disimulo. El suéter negro de cuello vuelto estaba provocándole un sarpullido. Como su madre no dejaba de decir a quien quisiera escucharla, Richard tenía la piel delicada.
       Después le tocó a una poeta de pelo pajizo de la costa Oeste, mayor que él, quien leyó un largo poema en el que describía cómo el viento le subía entre los muslos. El poema contenía revelaciones desenfadadas, procacidades espontáneas; nada que no pudiera encontrarse en la obra de Allen Ginsberg, pero Richard se sonrojó. Tras la lectura, la mujer se acercó y se sentó a su lado. Le apretó el brazo y susurró: «Sus poemas eran bonitos». Luego, mirándole a los ojos, se levantó la falda por encima de los muslos. El gesto quedó oculto al resto de la sala por el mantel de cuadros y por la penumbra general llena de humo. Pero era una clara invitación. Le estaba retando a echar un vistazo al horror carcomido por las polillas que tenía escondido ahí.
       Richard fue presa de una ira helada. Se esperaba que salivara y se tirara a la mujer en las escaleras como un mono demente. Odiaba esa clase de ideas preconcebidas sobre los hombres, sobre el sexo de mete y saca y la excitación babosa y descerebrada. Tuvo ganas de darle un puñetazo. La mujer debía de tener al menos cincuenta años.
       La edad que tiene él ahora, observa Richard alicaído. Esa es una de las cosas a las que ha escapado Selena. Richard lo ve como una huida.

       Hubo un intermedio musical, como todos los martes. Una chica de pelo moreno, largo y liso con la raya en medio se sentó en un taburete alto, con una cítara sobre las rodillas, y cantó unas lúgubres canciones folk con voz aguda y clara. A Richard le preocupaba cómo apartar de su brazo la mano de la poeta sin mostrarse más descortés de lo que pretendía. (Ella era mayor, había publicado libros, conocía a gente). Pensó que podía disculparse e ir al baño, pero el baño era tan solo un cubículo que daba directamente a la sala del café. No tenía pestillo y Max solía abrir la puerta cuando estabas dentro. A menos que apagaras la luz y mearas a oscuras, lo más probable era que acabaras a la vista de todos, profusamente iluminado como un pesebre de Navidad, mientras te manoseabas la bragueta.

Le puso en el pecho un cuchillo
cuando en sus brazos ella se dejó envolver,

cantaba la chica. «Podría largarme sin más», pensó Richard. Pero no quería hacerlo.

Oh, Willy, Willy, no me mates,
no estoy preparada para la eternidad.

       Sexo y violencia, piensa ahora Richard. Muchas canciones hablaban de eso. Ni siquiera nos dábamos cuenta. Creíamos que era arte.

       Inmediatamente después apareció Selena. Richard no la había visto antes en la sala. Era como si hubiera surgido de la nada, sobre el escenario, bajo el único foco.
       Era menuda, casi delgada. Como la cantante, tenía el pelo moreno y largo con la raya en medio. Se había perfilado los ojos de negro, siguiendo la moda que empezaba a imponerse. Llevaba un vestido negro de cuello alto y manga larga, sobre el que se había echado un chal con libélulas azules y verdes bordadas.
       Córcholis, pensó Richard, que, como su padre, seguía utilizando las blasfemias edulcoradas de patio de colegio. Otra poeta peñazo. Supongo que nos tocará otra ración de partes pudendas, añadió, echando mano de su vocabulario de estudiante de posgrado.
       Y entonces le llegó la voz. Era una voz cálida y matizada, oscuramente especiada, como canela, y demasiado inmensa para provenir de una persona tan pequeña. Era una voz seductora, pero no tenía nada de descarado. Lo que ofrecía era una entrada al asombro, a un secreto compartido y cosquilleante; a esplendores. Pero también había en ella una corriente subterránea de diversión, como si fueras un idiota por haberte dejado engañar por su voluptuosidad; como si hubiera en perspectiva una broma cósmica, una broma simple y misteriosa, como las de los niños.
       La mujer leyó una serie de breves poemas líricos relacionados entre sí. «Isis en la oscuridad». La Reina Egipcia del Cielo y de la Tierra vagaba por el Inframundo recogiendo los fragmentos del cuerpo asesinado y desmembrado de su amante, Osiris. Al mismo tiempo, era su propio cuerpo el que recomponía, y también el universo físico. Estaba creando el universo mediante un acto de amor.
       Todo esto no ocurría en el antiguo Imperio Medio de los egipcios, sino en el llano y sucio Toronto, cerca de Spadina Avenue, de noche, entre los oscuros talleres de confección, tiendas de exquisiteces, bares y casas de empeño. Era un lamento y una celebración. Richard jamás había oído nada semejante.
       Se recostó en la silla y, mesándose la barba rala, puso todo su empeño en encontrar vulgares, exageradas y pretenciosas tanto a la chica como su poesía. Pero no lo consiguió. Era brillante, y él estaba asustado. Sintió que su cauteloso talento se encogía hasta quedar reducido al tamaño de una alubia seca.
       La máquina de café no se disparó ni una sola vez. Cuando la chica terminó de leer hubo un silencio antes del aplauso. El silencio se debía a que el público no sabía cómo interpretar, cómo tomarse eso —fuera lo que fuese— que acababan de hacerles. Durante un instante la chica había transformado la realidad, y tardaron un suspiro en recuperarla.
       Richard apartó las piernas desnudas de la poeta y se levantó. Ya no le importaba a quién pudiera conocer. Se acercó a donde Selena acababa de sentarse con una taza de café que le había servido Max.
       —Me han gustado tus poemas —consiguió decir.
       —¿Gustado? ¿Gustado? —Richard creyó que se burlaba de él, aunque ella no sonreía—. «Gustado» suena a margarina. ¿Qué tal «maravillado»?
       —Muy bien. Me han maravillado —dijo, y se sintió doblemente idiota: por haber dicho «gustado» para empezar, y por haber pasado por el aro en segundo lugar. Pero obtuvo su recompensa. Ella le invitó a sentarse.
       De cerca, tenía los ojos turquesa, con el iris circundado de un anillo oscuro como los gatos. Llevaba unos pendientes verde azulado con forma de escarabajo. Tenía la cara acorazonada, la tez clara; a Richard, que se había asomado a los simbolistas franceses, le evocaba la palabra «lila». El chal, los ojos perfilados de negro, los pendientes…, pocas se habrían atrevido con algo así. Pero la chica se comportaba como si fuera lo más normal. Lo que se pondría un día cualquiera para viajar por el Nilo, cinco mil años atrás.
       Formaba parte de su representación: extravagante pero realizada con confianza. Perfectamente conseguida. Lo peor era que solo tenía dieciocho años.
       —Qué chal más bonito —comentó Richard. Sentía la lengua como si fuera un sándwich de carne.
       —No es un chal, es un mantel —respondió ella. Miró la tela y la acarició. Luego se rio un poco—. Bueno, ahora sí es un chal.
       Richard no sabía si debía atreverse a preguntar… ¿qué? ¿Si podía acompañarla a casa? ¿Tenía ella algo tan ordinario como una casa? Pero ¿y si contestaba que no? Mientras deliberaba, Max, el empleado de la cabeza ovalada, se acercó y puso una mano posesiva en el hombro de la chica, y ella le sonrió. Richard no esperó a ver si el gesto significaba algo. Se disculpó y se marchó.
       Regresó a la habitación alquilada y compuso una sextina a la chica. Fue un intento lamentable; no captaba nada de ella. Hizo lo que jamás había hecho con ninguno de sus poemas. Lo quemó.

       Durante las semanas siguientes Richard fue conociéndola mejor. O al menos eso creía. Cuando entraba en el café los martes por la noche, ella le saludaba con una inclinación de la cabeza y una sonrisa. Él se acercaba y se sentaba, y charlaban. Ella nunca hablaba de sí misma, de su vida. En cambio le trataba como si fuera un colega de profesión, un iniciado, como ella. Hablaba de las revistas que habían aceptado sus poemas, de los proyectos que había empezado. Estaba escribiendo una obra de teatro en verso para la radio; iban a pagarle por ella. Al parecer, creía que era solo cuestión de tiempo que ganara el dinero suficiente para vivir, aunque no tenía mucha idea de cuánto era «suficiente». No decía de qué vivía en ese momento.
       Richard la encontraba ingenua. Él había optado por el camino sensato: con un posgrado siempre podía ganarse un sueldo en el aburrido y cerrado mundo académico. Pero ¿quién iba a pagar un salario de subsistencia por la poesía, sobre todo por la clase de poesía que ella escribía? No seguía el estilo de nadie, no sonaba como ninguna otra cosa. Era demasiado excéntrica.
       Selena era como una niña que caminara dormida por la cornisa de un edificio de diez plantas. Richard temía gritarle para advertirla, por si se despertaba y se caía.

       Mary Jo, la bibliotecaria, le había llamado por teléfono en varias ocasiones. Richard le había dado largas con vagos barboteos sobre el exceso de trabajo. Los contados domingos que todavía iba a casa de sus padres para lavarse la ropa y comer lo que su padre llamaba una comida decente para variar, debía soportar el escrutinio preocupado de su madre, que tenía la teoría de que Richard forzaba demasiado la mente, lo que podía provocarle anemia. De hecho Richard apenas trabajaba. Su habitación estaba encenagada de exámenes por corregir que ya tendría que haber entregado; no había escrito ningún otro poema, ningún verso. En cambio salía a tomar sándwiches de huevo gomosos o jarras de cerveza en la taberna del barrio, o al cine por las tardes, sesiones dobles de películas cutres sobre mujeres con dos cabezas u hombres que se convertían en moscas. Pasaba las noches en el café. Ya no estaba hastiado. Estaba desesperado.
       El motivo de su desesperación era Selena, pero Richard no sabía por qué. En parte deseaba entrar en ella, encontrar esa cueva recóndita donde ocultaba su talento. Pero Selena mantenía las distancias. Con él y, en cierto modo, con todos los demás.

       Selena leyó varias veces. Los poemas fueron de nuevo asombrosos, de nuevo únicos. Nada sobre su abuela, sobre la nieve ni sobre la niñez; nada sobre perros moribundos ni sobre ninguna clase de parientes. Había en cambio mujeres regias y taimadas, hombres mágicos de formas cambiantes, en los que, sin embargo, Richard creía reconocer los rasgos transpuestos de algunos habituales de The Bohemian Embassy. ¿Era esa la cabeza ovalada, de pelo rubio casi blanco, de Max? ¿Sus ojos azul claro de párpados entornados? Había otro hombre, un individuo vehemente y flaco con bigote y un provocador aspecto español que a Richard le daba grima. Una noche anunció a toda la mesa que había pillado una tremenda cantidad de ladillas y había tenido que afeitarse la entrepierna y pintársela de azul. ¿Podía ser ese su torso, provisto de alas en llamas? Richard no lo sabía, y le estaba volviendo loco.
       (Pero nunca era Richard. Nunca sus rasgos regordetes, su pelo pardusco, sus ojos de color avellana. Jamás un solo verso sobre él).
       Recobró la serenidad, corrigió los exámenes, terminó un ensayo sobre la imaginería del mecanismo en Herrick que necesitaba para pasar sin problemas de ese curso académico al siguiente. Llevó a Mary Jo a una de las veladas poéticas de los martes. Creía que así neutralizaría a Selena, del mismo modo que un ácido neutraliza a un álcali; que se la quitaría de la cabeza. Mary Jo no se mostró impresionada.
       —¿De dónde saca esa ropa vieja y deshilachada? —dijo.
       —Es una poeta brillante —respondió Richard.
       —Me da igual. Esa cosa parece un mantel. ¿Y por qué se perfila los ojos de ese modo tan ridículo?
       Richard sintió el comentario como un corte, como una herida personal.
       No quería casarse con Selena. No podía imaginarse el matrimonio con ella. No conseguía situarla en el tedioso y reconfortante escenario de la domesticidad: una esposa que le lavara la ropa, una esposa que le preparara las comidas, una esposa que le sirviera el té. Solo quería un mes, una semana, una noche. No en una habitación de motel ni en el asiento trasero de un coche; los lugares sórdidos de su desmañada juventud no servirían. Tendría que ser otro sitio, un lugar más oscuro e infinitamente más extraño. Imaginaba una cripta, con jeroglíficos; como el último acto de Aida. La misma desesperación, la misma exultación, la misma aniquilación. De una experiencia así se salía renacido o no se salía.
       No era deseo. Deseo era lo que le inspiraba Marilyn Monroe, o a veces las chicas que hacían striptease en el Victory Burlesque. (Selena tenía un poema sobre el Victory Burlesque. Para ella, las chicas que hacían striptease no eran un puñado de furcias gordas de carnes flácidas y salpicadas de hoyuelos. Eran diáfanas; eran mariposas surrealistas que emergían de capullos de luz; eran espléndidas).
       Richard no deseaba su cuerpo como tal. Deseaba verse transformado por ella, en alguien que no era.

       Ya era verano y la universidad y el café estaban cerrados. Los días de lluvia, Richard se quedaba tumbado en la cama, en su habitación húmeda y sofocante, oyendo los truenos. Los soleados, que eran igualmente húmedos, iba de árbol en árbol, se mantenía en la sombra. Evitaba la biblioteca. Otra sesión de casi sexo pegajoso con Mary Jo, con sus besos húmedos y las manipulaciones como de enfermera a que sometía su cuerpo, y sobre todo el modo en que se detenía justo antes de cualquier final, le dejaría con una cojera permanente.
       «No querrás dejarme preñada», decía ella, y tenía razón, Richard no quería. Siendo una chica que trabajaba entre libros, era asombrosamente prosaica. Claro que su fuerte era la catalogación.
       Richard sabía que era una chica sana con una mentalidad normal. Sería buena para él. Al menos esa era la opinión de su madre, expresada después de que cometiera el error —solo una vez— de llevar a Mary Jo al almuerzo de los domingos. Mary Jo era carne en conserva, requesón, aceite de hígado de bacalao. Era como la leche.

       Un día compró una botella de vino tinto italiano y fue en el transbordador a la isla Wards. Sabía que Selena vivía allí. O al menos eso decían sus poemas.
       No sabía qué pretendía hacer. Quería verla, estrecharla entre sus brazos, acostarse con ella. No sabía cómo pasaría del primer paso al último. No le importaban las consecuencias. Era su deseo.
       Bajó del transbordador y recorrió de arriba abajo las pequeñas calles de la isla, donde jamás había estado. Las casas eran de veraneo, baratas e insustanciales, de tablillas blancas o de colores pastel, o recubiertas de ladrillo falso. Los coches estaban prohibidos. Había niños en bicicleta, mujeres rechonchas en bañador tomando el sol en el césped de sus jardines. Sonaban radios portátiles. No era lo que a Richard le venía a la mente cuando imaginaba el entorno de Selena. Pensó en preguntar a alguien dónde vivía —sin duda lo sabrían, Selena debía de destacar en aquel lugar—, pero no quería hacer notoria su presencia. Se planteó dar media vuelta y tomar el siguiente transbordador de regreso.
       Entonces, al final de una calle, vio una diminuta casa de una sola planta, a la sombra de dos grandes sauces. Había sauces en los poemas. Al menos podía probar.
       La puerta estaba abierta. Era la casa de Selena, porque ella estaba dentro. No le sorprendió en absoluto ver a Richard.
       —Estaba preparando sándwiches de mantequilla de cacahuete para que pudiéramos ir de pícnic —dijo. Llevaba unos pantalones anchos de algodón negro, de corte oriental, y una camiseta sin mangas también negra. Tenía los brazos delgados y blancos. Calzaba sandalias; Richard miró los largos dedos de sus pies, con las uñas pintadas de un tono rosa melocotón claro. Se le encogió el corazón al ver que el esmalte estaba descascarillado.
       —¿De mantequilla de cacahuete? —preguntó tontamente. Selena hablaba como si hubiera estado esperándolo.
       —Y de mermelada de fresa —dijo—. A menos que no te guste la mermelada. —Todavía esa distancia cortés.
       Richard le tendió la botella de vino.
       —Gracias —dijo Selena—, pero tendrás que bebértela tú solo.
       —¿Por qué? —preguntó él. Había previsto que sucediera de otro modo. Un reconocimiento. Un abrazo sin palabras.
       —Porque si empiezo no puedo parar. Mi padre era alcohólico —añadió ella muy seria—. Y ahora está en otro sitio por culpa de eso.
       —¿En el Inframundo? —dijo él, en lo que esperaba fuera una elegante alusión a su poesía.
       Ella se encogió de hombros.
       —O donde sea.
       Richard se sintió como un idiota. Ella siguió untando el pan con mantequilla de cacahuete en la diminuta mesa de la cocina. Richard, que se había quedado sin conversación, miró en derredor. Tan solo había esa habitación, con muy pocos muebles. Era casi como una celda religiosa, o la idea que tenía de ellas. En un rincón había una mesa con una vieja máquina de escribir negra, y una estantería construida con tablones y ladrillos. La cama era estrecha y estaba cubierta con una tela de algodón indio de un fuerte tono violeta, pues hacía las veces de sofá. Había un lavabo minúsculo, una cocina también minúscula. Un sillón comprado en algún rastrillo. Una alfombra trenzada descolorida. No había cuadros en las paredes.
       —No los necesito —dijo Selena. Había metido los sándwiches en una bolsa de papel arrugada y le estaba indicando que saliera.
       Lo condujo a una escollera con vistas al lago y se sentaron a comer los sándwiches. Ella llevaba limonada en una botella de leche; se la fueron pasando. Era como un ritual, como una comunión; Selena le permitía participar. Estaba sentada con las piernas cruzadas, llevaba puestas las gafas de sol. Pasaron dos personas en una canoa. El agua del lago se rizó, despidió destellos de luz. Richard se sintió absurdo, y feliz.
       —No podemos ser amantes —le dijo ella al cabo de un rato. Se estaba lamiendo la mermelada de los dedos. Richard despertó de golpe. Jamás lo habían calado de forma tan abrupta. Fue como una travesura; se sintió incómodo.
       Podría haber fingido que no sabía de lo que hablaba. Sin embargo, preguntó:
       —¿Por qué no?
       —Porque te consumirías —respondió ella—. Y después ya no estarías.
       Eso quería Richard: consumirse. Arder en incendio divino. Al mismo tiempo, era consciente de que no podía sentir ningún deseo carnal por esa mujer; por esa chica sentada a su lado en la escollera, de brazos flacos y pechos mínimos, que ahora balanceaba las piernas como una niña de nueve años.
       —¿Después? —preguntó. ¿Le estaba diciendo que era demasiado bueno para desperdiciarse así? ¿Era un cumplido, o no?
       —Cuando te necesitara —contestó ella. Estaba metiendo el papel parafinado de los sándwiches en la bolsa de papel—. Te acompañaré al transbordador.
       Richard se sintió burlado, superado; también espiado. Quizá fuera un libro abierto y un bobo, pero Selena no tenía por qué restregárselo por la cara. Mientras caminaban, se descubrió cada vez más enfadado. Agarraba con fuerza la botella de vino, que no había sacado de la bolsa de la licorería.
       En el muelle del transbordador Selena le tomó la mano y se la estrechó en un gesto formal.
       —Gracias por venir —dijo. Luego se levantó las gafas de sol hasta el pelo y le concedió toda la fuerza de sus ojos turquesa—. La luz solo brilla para algunos —dijo con tono cariñoso y triste—. Y ni siquiera para ellos brilla siempre. El resto del tiempo estamos solos.
       Pero Richard ya había oído suficientes aforismos ese día. «Zorra teatrera», se dijo en el transbordador.

       Regresó a su cuarto y se bebió casi toda la botella de vino. Luego telefoneó a Mary Jo. Cuando ella logró como de costumbre zafarse de la chismosa casera en la planta baja y llegó de puntillas a su puerta, Richard la metió en la habitación de un tirón y la inclinó hacia atrás en un abrazo guasón y achispado. Ella se echó a reír, pero él la besó muy serio y la empujó sobre la cama. Si no podía tener lo que quería, al menos tendría algo. El vello duro de las piernas afeitadas de Mary Jo le raspaba; el aliento le olía a chicle con sabor a uva. Cuando ella empezó a quejarse, a advertirle del riesgo de un embarazo, él dijo que no le importaba. Ella lo consideró una proposición de matrimonio. De hecho, resultó serlo.
       Con la llegada del bebé, la labor académica dejó de ser algo que realizaba con desdén, a regañadientes, para convertirse en una necesidad vital. Necesitaba el dinero, y luego necesitó más dinero. Trabajó en la tesis doctoral sobre la imaginería cartográfica en John Donne, interrumpido por los chillidos del niño y el aullido estridente de la aspiradora y las tazas de té que Mary Jo le llevaba en los momentos más inoportunos. Ella le decía que era un gruñón, pero, como ese era más o menos el comportamiento que esperaba de los maridos, no parecía importarle. Le pasó la tesis a máquina, se encargó de las notas a pie de página y alardeó de él ante su familia, de él y de su nuevo título. Richard consiguió un trabajo de profesor de redacción y gramática para los alumnos de veterinaria de la facultad de agronomía de Guelph.
       No volvió a escribir poesía. Algunos días apenas pensaba en ello. Era como un tercer brazo, o un tercer ojo, que se hubiera atrofiado. Había sido un auténtico monstruo cuando lo tenía.
       Sin embargo, alguna que otra vez echaba una cana al aire. Se colaba en librerías o bibliotecas, husmeaba en las estanterías donde estaban las revistas minoritarias; a veces compraba una. Aunque se dedicaba a los poetas muertos, su vicio eran los vivos. La mayor parte de lo que leía era basura, y lo sabía. Aun así, le producía una extraña satisfacción. Además, en ocasiones se topaba con un poema de verdad, y entonces se quedaba sin aliento. Ninguna otra cosa lograba precipitarle al espacio de ese modo y luego cogerle; ninguna otra cosa lograba desnudarlo así.
       A veces esos poemas eran de Selena. Richard los leía, y una parte de él —una parte pequeña y reprimida— esperaba encontrar un lapsus, algún signo de declive; pero Selena era cada vez mejor. Esas noches, tumbado en la cama al borde del sueño, se acordaba de ella o ella se le aparecía, nunca estaba seguro de si era lo uno o lo otro: una mujer morena con los brazos extendidos, vestida con una larga túnica de color azul y oro mate, o de plumas, o de lino blanco. Los disfraces variaban, pero ella era siempre la misma. Selena era algo suyo que había perdido.

       No volvió a verla hasta 1970, otro año terminado en cero. Había conseguido que volvieran a contratarlo en Toronto, donde enseñaba teoría literaria puritana a estudiantes de posgrado y lengua a alumnos de primero en una nueva sede universitaria de las afueras. Todavía no tenía plaza fija: en la era de «publicar o morir», solo había publicado dos artículos, uno sobre la brujería como metáfora sexual y el otro sobre El progreso del peregrino y arquitectura. Ahora que su hijo iba al colegio, Mary Jo había retomado su tarea de catalogación, y con los ahorros habían pagado la entrada de una casa victoriana pareada en el barrio de Annex. Tenía en la parte trasera una pequeña extensión de césped, que Richard cortaba. Hablaban a menudo de construir un jardín, pero nunca tuvieron la energía suficiente.
       En esa época Richard estaba bajo de ánimo, aunque Mary Jo sostenía que siempre estaba bajo de ánimo. Le daba pastillas de vitaminas e insistía en que fuera a ver a un psiquiatra para ser más asertivo, pese a que, cuando él se mostraba asertivo con ella, le acusaba de imponer su peso patriarcal. A esas alturas Richard se había dado cuenta de que siempre podía confiar en que ella se comportara con arreglo a las convenciones sociales. En ese momento Mary Jo formaba parte de un grupo de mujeres que luchaban por concienciar a la sociedad y (probablemente) tenía una aventura con un lingüista pálido de pelo rubio rojizo de la universidad llamado Johanson. Tanto si así era como si no, a Richard en cierto modo la aventura le venía bien: le permitía pensar mal de Mary Jo.

       Era abril. Mary Jo estaba en una reunión del grupo de mujeres o tirándose a Johanson, o ambas cosas; era una mujer eficiente, podía hacer muchas cosas en una sola tarde. Su hijo se quedaba a dormir en casa de un amigo. Supuestamente él debía trabajar en su libro, el que iba a cambiarle la vida, a darle un nombre, a conseguirle una plaza fija: Carnalidad espiritual: Marvell y Vaughan y el siglo XVII. Había dudado entre «espiritualidad carnal» y «carnalidad espiritual», pero esta última tenía más gancho. El libro no iba demasiado bien. Tenía un problema de enfoque. En vez de reescribir el segundo capítulo, bajó a coger una cerveza de la nevera.
       «Y que nuestros placeres se desgarren / con los punzantes hierros de la vida, ¡olé!», cantó, con la melodía de «Hernando’s Hideaway». Sacó dos cervezas y llenó de patatas fritas un bol de cereales. Luego fue al salón y se instaló en la butaca para sorber y masticar mientras zapeaba en busca del programa más idiota y burdo que pudiera encontrar. Necesitaba desesperadamente algo de lo que despotricar.
       Entonces sonó el timbre. Cuando vio quién era, se alegró de haber tenido el buen tino de apagar el programa que estaba viendo, una exhibición de culos y tetas que se vendía como una serie de detectives.
       Era Selena, con un sombrero negro de ala ancha, un abrigo largo de punto también negro y, en la mano, una maleta desvencijada.
       —¿Puedo entrar? —preguntó.
       Richard, perplejo y un poco atemorizado, y de pronto también complacido, se apartó para dejarla pasar. Había olvidado lo que era el placer. En los últimos años había renunciado incluso a las revistas y optado por el entumecimiento.
       No le preguntó qué hacía en su casa ni cómo lo había localizado, sino:
       —¿Te apetece una copa?
       —No —respondió ella—. No bebo, ¿no te acuerdas?
       Richard lo recordó entonces; recordó la casa diminuta de la isla con todo detalle: el estampado de pequeños leones dorados de la colcha violeta, las conchas y las piedras redondas en el alféizar de la ventana, las margaritas en un bote de mermelada. Recordó los largos dedos de sus pies. Aquel día había hecho el ridículo, pero, ahora que ella estaba allí, eso no importaba. Deseaba rodearla con los brazos, estrecharla contra su cuerpo; rescatarla, ser rescatado.
       —Pero no me vendría mal un café —dijo ella, y Richard la llevó a la cocina y se lo preparó. Selena no se quitó el abrigo. Tenía las mangas raídas; Richard veía las partes en que había remendado con lana los bordes deshilachados. Ella le sonreía con la misma aprobación que siempre había mostrado hacia él, dando por hecho que era un amigo y un igual, y él se avergonzó del modo en que había pasado los últimos diez años. Debía de resultar absurdo a los ojos de ella; lo era para sí mismo. Tenía barriga y una hipoteca, un matrimonio enlodado; cortaba el césped, tenía chaquetas deportivas, a regañadientes rastrillaba las hojas en otoño y paleaba la nieve en invierno. Se refocilaba en su propia desgana. Tendría que estar viviendo en una buhardilla, comiendo pan y queso agusanado, lavándose por la noche la única camisa que tenía, con la cabeza incandescente de palabras.
       Selena no parecía haber envejecido. Si acaso estaba más delgada. Richard vio lo que le creyó que era la sombra descolorida de un cardenal sobre su pómulo derecho, aunque bien podría ser un efecto de la luz. Ella tomó unos sorbos de café, jugueteó con la cucharilla. De pronto parecía distante, perdida en otra parte.
       —¿Escribes mucho? —le preguntó Richard, tocando un tema con el que sabía que captaría su interés.
       —Oh, sí —respondió ella animada, regresando a su cuerpo—. Pronto publicaré otro libro. —¿Cómo había podido perderse el primero?—. ¿Y tú?
       Richard se encogió de hombros.
       —Hace tiempo que no.
       —Qué lástima —dijo ella—. Eso es terrible. —Y realmente lo sentía así. Era como si él le hubiera dicho que había muerto alguien que conocía, y eso lo emocionó. Selena no se lamentaba por sus poemas, a menos que tuviera un gusto deleznable. No eran buenos, Richard lo sabía ahora y sin duda ella también lo sabía. Eran los otros, los que podía haber escrito si… ¿Si qué?
       —¿Puedo quedarme? —preguntó ella, dejando la taza sobre la mesa.
       Richard se quedó de una pieza. Así que lo de la maleta iba en serio. Se dijo que nada le habría gustado más, pero tenía que pensar en Mary Jo.
       —Por supuesto —respondió, y confió en que no se le hubiera notado el titubeo.
       —Gracias —dijo ella—. No tengo ningún otro sitio. Ningún sitio seguro.
       No le pidió que se explicara. La voz de Selena era la misma, sonora y tentadora, al borde de la perdición; tenía en él el mismo efecto devastador de antaño.
       —Puedes dormir en la sala de juegos —dijo—. Hay un sofá cama.
       —Muy bien. —Ella suspiró—. Es jueves. —Richard se acordó de que el jueves era un día importante en la poesía de Selena, aunque en ese momento no recordaba si era bueno o malo. Ahora lo sabe. Ahora tiene tres fichas llenas exclusivamente de jueves.
       Cuando Mary Jo llegó a casa, enérgica y a la defensiva como, según había concluido Richard, se mostraba siempre después del sexo furtivo, seguían sentados en la cocina. Selena tomaba otra taza de café, Richard otra cerveza. El sombrero y el abrigo remendado de Selena estaban encima de la maleta. Mary Jo los vio y frunció el ceño.
       —Mary Jo, ¿te acuerdas de Selena? —dijo Richard—. ¿Del Embassy?
       —Sí —respondió Mary Jo—. ¿Has sacado la basura?
       —Ya lo haré —dijo Richard—. Se queda a dormir.
       —Entonces la sacaré yo —replicó Mary Jo, y se alejó con paso firme hacia el porche acristalado de atrás, donde tenían los cubos de la basura. Richard la siguió y discutieron, al principio en voz muy baja.
       —¿Qué demonios hace en mi casa? —siseó Mary Jo.
       —No es solo tu casa, también es la mía. No tiene dónde ir.
       —Eso dicen todas. ¿Qué le pasa? ¿Le ha dado una paliza el novio?
       —No se lo he preguntado. Es una vieja amiga.
       —Mira, si quieres acostarte con esa rarita puedes irte a otro sitio.
       —¿Como haces tú? —replicó Richard, con lo que esperaba fuera amarga dignidad.
       —¿De qué demonios hablas? ¿Me estás acusando de algo? —dijo Mary Jo. Tenía los ojos desencajados, como siempre que estaba enfadada de verdad y no se limitaba a actuar—. Ah, eso te encantaría, ¿verdad? Espolearía tu vena voyeurista.
       —En cualquier caso, no voy a acostarme con ella —dijo Richard, recordando a Mary Jo que era ella quien había lanzado la primera acusación falsa.
       —¿Por qué no? —dijo Mary Jo—. Llevas diez años babeando por esa mujer. Te he visto extasiarte con esas estúpidas revistas de poesía. Los jueves eres un plátano —declamó, en una imitación despiadada de la voz más grave de Selena—. ¿Por qué no te la tiras de una vez?
       —Lo haría si pudiera —respondió Richard. Esa verdad lo entristeció.
       —Vaya, ¿así que se te resiste? Eso jode. Hazme un favor: viólala en la sala de juegos y olvídate de ella.
       —Vaya, vaya —dijo Richard—. La hermandad femenina es poderosa. —En cuanto lo hubo dicho, supo que había ido demasiado lejos.
       —¿Cómo te atreves a utilizar mi feminismo contra mí? —saltó Mary Jo, elevando una octava la voz—. ¡Qué rastrero! ¡Siempre has sido un pobre desgraciado!
       Selena estaba de pie en la puerta, mirándolos.
       —Richard —dijo—. Creo que será mejor que me vaya.
       —Oh, no —replicó Mary Jo, en una alegre parodia de hospitalidad—. ¡Quédate! ¡No es ninguna molestia! ¡Quédate una semana! ¡Quédate un mes! ¡Considéranos tu hotel!
       Richard acompañó a Selena a la puerta.
       —¿Adónde irás? —preguntó.
       —Bueno, siempre hay alguna parte —respondió ella. Estaba debajo de la luz del porche, mirando a la calle. En efecto, era un cardenal—. Pero no tengo dinero.
       Richard sacó la cartera y la vació. Lamentó que no hubiera más.
       —Te lo devolveré —dijo ella.

       Si tiene que fecharlo, Richard señala ese jueves como el día en que su matrimonio tocó definitivamente a su fin. Aunque Mary Jo y él pasaron por la formalidad de las disculpas, aunque se tomaron más de unas cuantas copas, se fumaron un porro y tuvieron unas relaciones sexuales desquiciadas e impersonales, no solucionaron nada. Mary Jo le dejó poco después, en busca de la identidad que, según dijo, necesitaba encontrar. Se llevó a su hijo. Richard, que nunca había prestado demasiada atención al chico, tuvo que conformarse con pasar interminables fines de semana nostálgicos con él. Lo intentó con otras mujeres, pero no logró concentrarse en ellas.
       Buscó a Selena, pero había desaparecido. El director de una revista le dijo que se había ido al oeste. Richard pensaba que le había fallado. No había sido capaz de ser un refugio para ella.

       Diez años más tarde volvió a verla. Era 1980, otro año de la nada, o del huevo incandescente. Se fija en esta coincidencia ahora, mientras extiende las fichas como una pitonisa sobre la superficie del escritorio de conglomerado.
       Acababa de bajar del coche, después de regresar entre el tráfico cada vez más denso de la universidad, donde seguía conservando su puesto por los pelos. Era mediados de marzo y estaban en pleno deshielo primaveral, una época del año irritante y fastidiosa. Fango, lluvia y restos de basura que había dejado tras de sí el invierno. Richard estaba de un humor parecido. Una editorial le había devuelto hacía poco el manuscrito de Carnalidad espiritual, el cuarto rechazo. La carta que lo acompañaba le informaba de que no había logrado plantear suficientes cuestiones sobre los textos. En la página donde figuraba el título, alguien había escrito con lápiz tenue y medio borrado: «de un romanticismo fatuo». Sospechaba de Johanson, uno de los lectores de la editorial, quien se la tenía jurada desde que Mary Jo se había marchado. Tras un breve período de orgullosa soltería, Mary Jo se había mudado a casa de Johanson y habían vivido juntos durante seis meses de guerra relámpago. Luego ella había intentado sacarle la mitad del valor de la casa. Desde entonces Johanson culpaba a Richard.
       En eso pensaba, y también en el montón de trabajos de alumnos que llevaba en el maletín: James Joyce desde una perspectiva marxista, o el enrevesado estructuralismo que se filtraba desde Francia para diluir aún más el cerebro de los estudiantes. Los trabajos tenían que estar corregidos al día siguiente. Acariciaba la satisfactoria fantasía de dejarlos en la calle llena de fango y pasar con el coche por encima. Diría que había sido un accidente.
       Caminaba hacia él una mujer baja y un poco rechoncha con una trenca negra. Llevaba una gran bolsa de tela marrón. Parecía mirar los números de las casas, o quizá los copos de nieve y los azafranes de los jardines. Richard no se dio cuenta de que era Selena hasta que ella casi le hubo dejado atrás.
       —Selena —dijo, tocándole el brazo.
       Ella volvió hacia él un rostro inexpresivo, apagados los ojos turquesa.
       —No —dijo—. Ese no es mi nombre. —Luego lo miró más atentamente—. Richard. ¿Eres tú? —O bien fingía alegría, o realmente la sentía. Una vez más, él experimentó una punzada de júbilo desacostumbrado.
       Siguió donde estaba, incómodo. No era de extrañar que a ella le hubiera costado reconocerle. Había encanecido prematuramente, estaba gordo. Mary Jo le había dicho, en la última y desagradable ocasión que la había visto, que tenía color de babosa.
       —No sabía que seguías aquí —dijo—. Creía que te habías ido al oeste.
       —Viajé —repuso ella—. Eso terminó. —Había en su voz un dejo que él jamás había oído.
       —¿Y tu obra? —preguntó. Era la pregunta obligada con ella.
       —¿Qué obra? —dijo Selena, y se rio.
       —Tu poesía. —Empezaba a alarmarse. Selena se mostraba más pragmática de lo que él jamás la había visto, pero en cierto modo eso le pareció una locura.
       —La poesía —dijo ella con desprecio—. Odio la poesía. Solo hay esto. Esto es lo único que hay. Esta estúpida ciudad.
       Se quedó helado de puro espanto. ¿Qué estaba diciendo? ¿Qué había hecho Selena? Era casi una blasfemia, era casi un acto de profanación. Sin embargo, ¿cómo podía esperar que ella hubiera mantenido la fe en algo que él mismo había abandonado descaradamente?
       Selena lo miraba ceñuda, pero de pronto aparecieron en su rostro arrugas de ansiedad. Apoyó la mano en el brazo de Richard, se puso de puntillas.
       —Richard —susurró—, ¿qué nos ha pasado? ¿Adónde se han ido todos? —Con ella llegó también la neblina, un olor. Richard reconoció el olor a vino dulzón, un tufillo a gato.
       Quiso zarandearla, envolverla, llevarla a un lugar seguro, dondequiera que fuera.
       —Hemos cambiado, eso es todo —dijo afectuosamente—. Hemos envejecido.
       —Hay cambio y decrepitud allí donde miro —dijo ella, con una sonrisa que a Richard no le gustó—. No estoy preparada para la eternidad.
       Solo cuando Selena se hubo alejado —tras rechazar una taza de té, tras marcharse apresuradamente como si deseara haberlo visto por última vez—, Richard se dio cuenta de que había citado los versos de una canción folk. Era la que había oído cantar al son de la cítara en el café la primera noche que la vio, bajo el único foco con su chal de libélulas.
       Esa canción y un himno. Se preguntó si se habría vuelto eso que sus alumnos llamaban «religiosa».
       Meses más tarde se enteró de que había muerto. Luego apareció una noticia en el periódico. Los detalles eran imprecisos. Fue la fotografía lo que le llamó la atención: una foto de hacía mucho tiempo, sacada de la solapa de uno de sus libros. Ta vez no hubiera nada más reciente, porque Selena no publicaba desde hacía años. Incluso su muerte perteneció a una época anterior; incluso los del pequeño y cerrado mundo de la poesía la habían olvidado en gran medida.

       Ahora que está muerta, sin embargo, se ha vuelto respetable de nuevo. En varias revistas trimestrales se ha vapuleado al país por su indiferencia hacia ella, por haberle negado el reconocimiento en vida. Se han dado pasos para poner su nombre a un parquecillo, o a una beca, y los académicos pululan como moscardones. Ha aparecido un librito con ensayos sobre su obra, una auténtica chapuza en opinión de Richard, superficial e inconsistente; se rumorea que pronto saldrá otro.
       No obstante, ese no es el motivo por el que Richard escribe sobre ella. Tampoco pretende cubrirse las espaldas en el aspecto profesional: de todos modos van a echarle de la universidad, hay nuevos recortes, él no es profesor titular, está en la picota. Sencillamente, Selena es lo único que él todavía valora, o lo único sobre lo que quiere escribir. Ella es su última esperanza.
       «Isis en la oscuridad —escribe—. La Génesis». Se exalta con solo formar las palabras. Existirá para ella por fin, será creado por ella, ocupará un lugar en su mitología después de todo. No será lo que quiso antaño: no será Osiris, no será un dios de ojos azules con alas en llamas. Las metáforas de Richard son más humildes. Él será simplemente el arqueólogo; no parte de la historia principal, sino el que se tropieza con ella más tarde, el que se abre paso por la jungla movido por sus oscuras y maltrechas razones, sube montañas, cruza el desierto, hasta que por fin descubre el templo abandonado y saqueado. En el santuario en ruinas, a la luz de la luna, encontrará a la Reina del Cielo y de la Tierra y del Inframundo tendida en el resquebrajado mármol blanco del suelo. Él es quien cribará los escombros en busca de la forma del pasado. Él es quien dirá que tiene sentido. Eso es también una llamada, también eso puede ser un destino.
       Coge una ficha, añade una breve nota al texto con su delicada caligrafía y vuelve a colocarla en el mosaico de papel que está formando sobre el escritorio. Le duelen los ojos. Los cierra y apoya la frente sobre los puños cerrados, se arma de la poca sabiduría y pericia que todavía le queda, se arrodilla en la oscuridad junto a Selena, encaja sus fragmentos rotos.




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