Margaret Atwood
(Ottawa, Ontario, Canada, 1939–)


Momentos significativos de la vida de mi madre (1983)
(“Significant Moments in the Life of My Mother”)
Originalmente publicado en Queen’s Quarterly, Vol. 90, Núm. 3 (otoño 1983), págs. 663-675;
Bluebeard’s Egg (Canada)
(Toronto: McClelland & Stewart, 1983, 285 págs.)



      Cuando mi madre era muy pequeña, alguien le regaló por Pascua una cesta de polluelos. Todos murieron.
       «No sabía que no podía sacarlos —dice mi madre—. Pobres animalitos. Los puse en fila sobre una tabla, con las patitas tiesas como palos, y lloré por ellos. Los quería a muerte».
       Es posible que mi madre mencione esta historia para ilustrar su propia estupidez, y también su sentimentalismo. Debemos entender que ahora no haría nada semejante.
       Es posible que se trate de un comentario sobre la naturaleza del amor, aunque, conociendo a mi madre, es improbable.

       El padre de mi madre era médico rural. Antes de la aparición de los automóviles, recorría su territorio en una calesa tirada por caballos, y antes de la aparición de las quitanieves, iba en un trineo tirado por caballos, entre ventiscas y tormentas y en mitad de la noche, para llegar a casas iluminadas con lámparas de aceite, donde el agua hervía en la cocina de leña y había sábanas de franela calentándose en el escurreplatos, para ayudar a traer al mundo a niños que luego recibirían su nombre. Tenía el consultorio en casa, y mi madre, de niña, veía a los pacientes llegar a la puerta de la consulta, a la que se accedía por el porche delantero, aferrados a partes de su cuerpo —dedos de las manos o los pies, orejas, narices— que se habían cortado por accidente, presionando esas partes seccionadas contra muñones en carne viva como si pudieran soldarse como masa de pan, con la esperanza generalmente vana de que mi abuelo fuera capaz de cosérselas, de sanar las mutilaciones producidas por hachas, sierras, cuchillos y el destino.
       Mi madre y su hermana menor remoloneaban junto a la puerta cerrada del consultorio hasta que eran expulsadas. Detrás de la hoja de madera se oían gemidos, gritos ahogados y peticiones de socorro. Para mi madre, los hospitales no han sido nunca lugares agradables y la enfermedad no concede tregua ni respiro. «Nunca enfermes», dice, y lo dice en serio. Ella casi nunca enferma.
       Una vez, sin embargo, estuvo a punto de morir. Fue cuando sufrió una apendicitis aguda. Mi abuelo tuvo que operarla. Más tarde él mismo confesó que no había sido la persona más adecuada para hacerlo: las manos le temblaban demasiado. Es uno de los escasos reconocimientos de debilidad por su parte que mi madre ha mencionado. Casi siempre se le atribuye un carácter severo y un gran sentido de la responsabilidad. «Y, sin embargo, lo respetábamos —dice mi madre—. Era respetado por todos». (Esta palabra ha perdido cierto valor desde que mi madre era joven. Entonces aventajaba a la palabra «amor»).
       Alguien me contó la historia de la granja de ratas almizcleras de mi abuelo: él y un tío de mi madre cercaron el pantano que se extendía detrás de su propiedad e invirtieron los ahorros de la tía soltera de mi madre en ratas almizcleras. La idea consistía en que las ratas se multiplicaran para con el tiempo emplearlas en la confección de abrigos, pero un cultivador de manzanas vecino lavó los útiles de sulfatar en el río y el veneno mató a las ratas, que quedaron tiesas como clavos. Ocurrió durante la Depresión y no se lo tomaron a la ligera.
       Cuando eran jóvenes —período que actualmente lo abarca casi todo, pero yo lo situaría hacia los siete u ocho años—, mi madre y su hermana tenían una cabaña en un árbol, en la que pasaban algunos ratos jugando a las muñecas y cosas por el estilo. Un día encontraron una caja llena de preciosas botellitas junto a la puerta del consultorio de mi abuelo. Eran botellas para tirar, y mi madre (que siempre aborreció el desperdicio) se las quedó para utilizarlas en su casa de muñecas. Las botellitas contenían un líquido amarillento, que no vaciaron porque les pareció muy bonito. Resultó que eran muestras de orina.
       «Nos cayó una buena reprimenda —dice mi madre—, pero ¿qué íbamos a saber nosotras?».

       La familia de mi madre vivía en una gran casa blanca cercana a un manzanar, en Nueva Escocia. Había un granero y una cochera, y una despensa en la cocina. Mi madre todavía recuerda los tiempos en que no había panaderías, cuando la harina llegaba en barriles y el pan se elaboraba en casa. Recuerda la primera vez que oyó la radio, una canción publicitaria sobre calcetines.
       Había muchas habitaciones en aquella casa. Aunque he estado allí, aunque la he visto con mis propios ojos, no sé cuántas había. Tenía partes clausuradas, o al menos así lo parecía, y había escalera de servicio. Los pasillos conducían a otro lugar. En ella vivían cinco niños, los padres y dos sirvientes —un hombre y una mujer— cuyos nombres y rostros cambiaban continuamente. La estructura de la casa era jerárquica, con mi abuelo a la cabeza, pero su vida oculta —la vida de las bases de pastel, las sábanas limpias, la caja de paños en el armario de la ropa blanca, las hogazas de pan en el horno— era femenina. La casa, y todos los objetos que contenía, crepitaba de electricidad estática; la atravesaban corrientes subterráneas, el ambiente estaba saturado de cosas conocidas pero de las que no se hablaba. Como un tronco hueco, un tambor o una iglesia, amplificaba los sonidos, de modo que todavía se puede oír algo de conversaciones susurradas hace sesenta años.
       En aquella casa no podías levantarte de la mesa hasta que dejabas el plato vacío. «“Piensa en los armenios que se mueren de hambre”, decía mi madre —dice la mía—. Nunca entendí de qué les iba a servir a ellos que me comiera hasta el último mendrugo».
       Fue en aquella casa donde vi por primera vez tallos de avena en un jarrón, cada uno envuelto en el precioso papel de plata rescatado con sumo cuidado de una caja de bombones. Pensé que era lo más extraordinario que había visto en la vida y empecé a guardar papel de plata. Sin embargo, nunca llegué a envolver en él tallos de avena, lo que, de todos modos, tampoco habría sabido hacer. Al igual que otras formas artísticas de civilizaciones desaparecidas, esta técnica se ha perdido y es imposible recuperarla.
       «Teníamos naranjas por Navidad —dice mi madre—. Las enviaban de Florida; eran muy caras. Ese era el mejor regalo: encontrar una naranja en el fondo del calcetín. Es curioso recordar ahora lo bien que sabían».

       Cuando tenía dieciséis años, mi madre llevaba el cabello tan largo que podía sentarse sobre él. Las mujeres se cortaban el cabello a lo chico en aquel entonces; llegaban los años veinte. El pelo era motivo de quebraderos de cabeza para mi madre, pero mi abuelo, muy estricto, le prohibía cortárselo. Esperó hasta un sábado en que su padre tenía hora con el dentista.
       «En aquellos tiempos no había anestesia —dice mi madre—, y el torno se accionaba con un pedal y hacía un ruido espantoso. Incluso el dentista tenía los dientes amarillentos; mascaba tabaco y escupía en una escupidera mientras trabajaba en tus dientes».
       Mi madre, buena imitadora, se detiene en este punto para imitar el sonido del torno y de los salivazos: «¡Rrrr! ¡Rrrr! ¡Rrrr! ¡Fffft! ¡Rrrr! ¡Rrrr! ¡Rrrr! ¡Fffft! Era una auténtica agonía —dice—. El gas que te adormecía fue como una bendición del cielo».
       Mi madre entró en la consulta del dentista, donde mi abuelo aguardaba sentado en la silla, pálido por el dolor. Le preguntó si podía cortarse el pelo. Él respondió que hiciese lo que quisiera, con tal de que saliera de allí y dejara de molestarle.
       «Así que salí corriendo y fui a cortármelo —dice mi madre con desenfado—. Luego se enfureció, pero ya no había nada que hacer. Me había dado permiso».
       Mi cabello está guardado en una caja de cartón que hay en un baúl en el sótano de la casa de mi madre, donde lo imagino más deslustrado y quebradizo con cada año que pasa, y tal vez apolillado; a estas alturas se parecerá a las marchitas coronas de pelo de la joyería funeraria victoriana. O tal vez haya producido moho seco; en su envoltorio de papel de seda, resplandece débilmente en la oscuridad del baúl. Sospecho que mi madre no recuerda que está ahí. Me lo cortaron, con gran alivio por mi parte, cuando tenía doce años y acababa de nacer mi hermana. Hasta entonces, me caía en largos rizos. «De lo contrario —dice mi madre—, se te habría enredado mucho». Mi madre me peinaba arrollando el pelo alrededor del dedo índice, pero mientras estuvo en el hospital mi padre fue incapaz de hacerlo. «No podía enrollarlo en esos dedos rechonchos», dice mi madre. Mi padre se mira los dedos. Son muy anchos comparados con los de mi madre, largos y elegantes, que ella califica de huesudos. Mi padre esboza una sonrisa de gatito.
       Así que me corté el pelo. Me senté en la butaca de mi primer salón de belleza y contemplé cómo caía, puñados de telarañas que se posaban sobre mis hombros. De su interior empezaron a surgir mi cabeza, más pequeña, más densa, y mi rostro, más anguloso. Envejecí cinco años en quince minutos. Supe que podía volver a casa y ver cómo me sentaba el lápiz de labios.
       «Tu padre se disgustó», dice mi madre con cierto aire de connivencia. No lo dice cuando mi padre está presente. Las extrañas reacciones de los hombres con respecto al pelo de las mujeres nos hacen sonreír.

       Yo pensaba que mi madre, en sus primeros años, había llevado una vida de alegría continua y aventuras excitantes. (Esto era antes de que me diese cuenta de que nunca mencionaba los largos períodos carentes de acontecimientos señalados que habrán constituido la mayor parte de su vida; las anécdotas no eran sino los jalones). Los caballos se escapaban con ella, los hombres le hacían proposiciones, cada dos por tres se caía de árboles o de caballetes de graneros, o las mareas desenfrenadas casi se la llevaban; por si eso fuera poco, padecía de vergüenza aguda en circunstancias difíciles.
       Las iglesias eran especialmente peligrosas. «Un domingo invitaron a un predicador —dice—. Teníamos que ir a la iglesia todos los domingos, claro está. Imagínatelo allí, embalado, hablando del fuego del infierno y la condena —señala un púlpito invisible—, y, de repente, la dentadura postiza sale disparada de su boca, ¡fop! Bueno, pues no perdió la compostura ni por un momento. Alargó la mano, cogió la dentadura, se la encajó en la boca y siguió su perorata, condenándonos a todos a tormentos eternos. ¡Nuestro banco temblaba! Las lágrimas nos corrían por la cara, y lo peor es que estábamos en primera fila y el predicador nos miraba fijamente. No podíamos reírnos, claro, porque papá nos habría regañado severamente».
       Las reuniones sociales en casas ajenas se transformaban en trampas mortales para ella. Las cremalleras de los vestidos se le rompían en lugares estratégicos, los sombreros no eran de fiar. La escasez de cinta elástica durante la guerra exigía una atención constante; entonces la ropa interior llevaba botones y era un tema mucho más tabú y por lo tanto más importante que ahora. «Ibas por la calle —dice—, y antes de que te dieras cuenta te encontrabas con las bragas colgando sobre las botas de agua. La mejor manera de salir del paso consistía en sacar un pie, darles una patada con el otro y meterlas en el bolso. Yo tenía buena práctica».
       Esta historia en concreto la cuenta a muy poca gente, pero hay otras para el consumo general. Cuando las narra, la cara de mi madre parece de goma. Interpreta todos los papeles, incorpora efectos sonoros y gesticula. Le centellean los ojos, a veces con cierta malicia, pues, aunque mi madre es apacible, anciana y toda una señora, trata por todos los medios de no ser una apacible señora anciana. Cuando alguien está tentado de tomarla por tal, lo sorprende con una frase inesperada; se niega a que la juzguen de entrada.
       Pero no hay forma de obligar a mi madre a contar historias cuando no quiere. Si se la azuza, se muestra cohibida y no dice nada. O se ríe, se va a la cocina, y no tarda en oírse el zumbido de la batidora. Hace mucho tiempo que dejé de animarla a bromear en las fiestas. En compañía de desconocidos, se limita a escuchar con gran atención, la cabeza un tanto ladeada y una sonrisa de fría cordialidad en los labios. El secreto consiste en esperar a ver qué dirá después.

       A los diecisiete años mi madre entró en la Escuela Normal de Truro. Este nombre —«Escuela Normal»— encerraba cierta magia para mí. Pensaba que tenía algo que ver con aprender a ser normal, lo que quizá sea cierto, porque allí se iba para aprender a ser maestra. Con posterioridad, mi madre dio clases en un colegio de una sola aula no muy alejado de su casa. Todos los días iba y venía del colegio a caballo. Ahorraba el dinero que ganaba y así se costeó la universidad. Mi abuelo no quería que fuese a la universidad: decía que mamá era demasiado frívola. En su opinión, le gustaba demasiado patinar sobre hielo y bailar.
       Cuando estudiaba en la Escuela Normal, mi madre se alojaba en casa de una familia que tenía varios hijos de edades similares a las de las chicas que hospedaban. Comían todos juntos en una enorme mesa (que yo imaginaba de madera oscura, con macizas patas labradas, cubierta siempre con un mantel de lino blanco), presidida por el padre en un extremo y la madre en el otro. Yo me imaginaba a los dos corpulentos, sonrosados y sonrientes.
       «Los chicos eran muy bromistas —dice mi madre—. Siempre estaban tramando algo». Era lo que se esperaba de los chicos, que fueran muy bromistas, que siempre estuvieran tramando algo. Mi madre añade una frase clave: «Nos divertíamos mucho».
       Divertirse siempre ha ocupado un lugar destacado en el orden del día de mi madre. Se lo pasa en grande, pero lo que quiere dar a entender con esta frase solo puede comprenderse mediante un reajuste, dado el enorme abismo que la frase ha de salvar antes de llegar a nosotros. Viene de otro mundo, un mundo que, como las estrellas que emitieron la luz que vemos titilar en el cielo por las noches, tal vez ya no exista. Se pueden reconstruir los detalles de ese mundo —los muebles, la ropa, los adornos de la repisa de la chimenea, las jarras, las vasijas, incluso los orinales de los dormitorios—, pero no las emociones, o al menos no con la misma exactitud. Mucho de lo que ahora conocemos y sentimos debe ser excluido.
       Era un mundo en el que la coquetería inocente era posible, porque había muchas cosas que las chicas decentes no hacían, y entonces había más chicas decentes. Perder la decencia no equivalía únicamente a perder la gracia: los deslices sexuales, para todas las chicas sin distinción, acarreaban consecuencias económicas. Entonces la vida era más alegre e inocente, y al mismo tiempo estaba impregnada de culpa y de terror, o como mínimo de ocasiones para ello, en el ámbito más cotidiano. Era como el haikú japonés: una forma limitada, de perímetros rígidos, en cuyo interior era posible la más asombrosa libertad.
       Hay fotografías de mi madre en aquel tiempo, en compañía de tres o cuatro chicas, con los brazos entrelazados o alrededor del cuello de las otras, en actitud festiva. Tras ellas, más allá del mar, las colinas o lo que haya de fondo, existe un mundo que ya se precipita hacia la destrucción, sin que ellas lo sepan: se ha enunciado la teoría de la relatividad, el ácido se está acumulando en las raíces de los árboles, las ranas toro están condenadas. Sin embargo, sonríen con algo que desde esta distancia podría calificarse de gallardía, la pierna derecha adelantada en una parodia de las coristas.
       Una de las diversiones favoritas de las chicas que se hospedaban en la casa y de los hijos de la familia era el teatro de aficionados. Los jóvenes —se los llamaba así, «los jóvenes»— actuaban en obras que se representaban en el sótano de la iglesia. Mi madre era una de las actrices habituales. (En algún lugar guardo un montón de libretos, opúsculos amarillentos con los diálogos de mi madre subrayados a lápiz. Son todo comedias, todas impenetrables). «Entonces no había televisión —dice mi madre—. Teníamos que inventarnos nuestras propias diversiones».
       Para una de estas obras hacía falta un gato, y mi madre y uno de los hijos cogieron el gato de la familia. Lo metieron en una bolsa de lona y fueron al ensayo en coche (entonces ya había coches). Mi madre llevaba la bolsa en el regazo. El gato, probablemente asustado, se orinó; se orinó tanto que el líquido traspasó la lona y mojó la falda de mi madre. Al mismo tiempo, produjo un hedor espantoso.
       «Quería que me tragara la tierra —dice mi madre—, pero ¿qué podía hacer? En aquellos tiempos estas cosas —se refiere al pipí de gato, o a cualquier clase de pipí— no se mencionaban». Se refiere a que no se mencionaban ante un miembro del sexo opuesto.
       Me imagino a mi madre cabalgando la noche en aquel coche, con la falda empapada, muerta de vergüenza, y al joven sentado a su lado con la mirada fija al frente, fingiendo no haberse dado cuenta de nada. Ambos tienen la sensación de que no es el gato el que ha cometido este innombrable acto de micción, sino mi madre. Y así continúan adelante, siguiendo una línea recta que les conduce por encima del Atlántico hasta superar la curvatura de la tierra, más allá de la órbita de la luna, hasta hundirse en la infinita oscuridad.
       Mientras tanto, de nuevo en la tierra, mi madre dice: «Tuve que tirar la falda. Era estupenda, pero no hubo forma de quitarle el mal olor».

       «Solo una vez oí jurar a tu padre —dice mi madre, que nunca profiere juramentos. Cuando llega a un punto de la historia que requiere un taco, dice “maldita sea” o “jolines”—. Fue el día que se aplastó el pulgar al perforar el pozo para extraer agua».
       Sé que esta anécdota sucedió antes de que yo naciera, en el norte, donde debajo de los árboles y de las hojas que cubren el suelo no hay sino arena y roca. El pozo era para una bomba manual, que a su vez era para la primera de las numerosas cabañas y casas que mis padres construyeron juntos. Puesto que más tarde observé cómo se perforaban los pozos y se instalaban las bombas manuales, sé cómo se hace. Hay un tubo que acaba en punta por un extremo. Se hinca en la tierra con una almádena y, a medida que se hunde, se van introduciendo más tubos, hasta que se alcanza el agua potable. Para que el extremo superior no se estropee, se coloca un taco de madera entre la almádena y el tubo. Lo mejor es que otra persona lo sostenga. Así se aplastó mi padre el pulgar: sostenía el taco al mismo tiempo que golpeaba con la almádena.
       «Se le hinchó como un rábano —dice mi madre—. Tuvo que hacerse un agujero en la uña con la navaja para aliviar la presión. La sangre salió disparada, como las pepitas de un limón. Más tarde toda la uña se puso morada, luego negra, y finalmente se cayó. Por suerte, le creció otra. Dicen que solo tenemos dos oportunidades. Cuando se golpeó, sus juramentos atronaron el aire en yardas a la redonda. Yo ni siquiera sabía que conociese aquellas palabras. Ignoro dónde las aprendió». Habla de esas palabras como si fueran una enfermedad contagiosa benigna, como la varicela.
       En este punto, mi padre baja la mirada hacia el plato con discreción. Para él, hay dos mundos: uno habitado por mujeres, en el que no se utilizan determinadas expresiones, y otro —que se compone de explotaciones forestales y de otros lugares que frecuentó en su juventud, y de reuniones de hombres aceptables— en el que sí. Introducir verbalmente el mundo de los hombres en el de las mujeres indicaría tosquedad y mala educación, pero traspasar el mundo de las mujeres al de los hombres podría acarrear a quien lo hiciera la fama de melindroso, tal vez incluso de maricón. Esta es la palabra apropiada. Todo esto ambos lo tienen muy claro.
       Esta anécdota ilustra varias cosas: que mi padre no es maricón, para empezar, y que mi madre se comportó con absoluta corrección al escandalizarse. Sin embargo, los ojos de mi madre brillan de placer cuando cuenta esta historia. En su fuero interno, encuentra divertido que mi padre fuera pillado en falta, al menos una vez. No deja de ser significativo que la uña desprendida cayera en el olvido hace mucho tiempo.

       Hay ciertas historias que mi madre no relata en presencia de hombres: nunca a la hora de cenar, nunca en las fiestas. Solo las cuenta a mujeres, por lo común en la cocina, cuando ellas o nosotras estamos ayudando a guisar o a pelar guisantes, cortando las puntas de las judías o despinochando mazorcas de maíz. Las cuenta en voz baja, sin gesticular y sin acompañamiento de efectos sonoros. Son historias de traiciones amorosas, embarazos no deseados, enfermedades espantosas, infidelidades matrimoniales, crisis nerviosas, trágicos suicidios, agonías atrozmente prolongadas. No abundan en detalles ni se adornan con incidentes: son austeras y concisas. Las mujeres, que mueven las manos entre los platos sucios o los restos de verduras, asienten con solemnidad.
       Algunas de estas historias —se da por entendido— no deben llegar a oídos de mi padre, porque le disgustarían. Es bien sabido que las mujeres se las arreglan mejor que los hombres con esta clase de temas. A los hombres es mejor no contarles nada que consideren demasiado doloroso; las profundidades secretas de la naturaleza humana, ciertos sórdidos aspectos físicos, podrían trastornarlos o hacerles daño. Por ejemplo, a menudo los hombres se desmayan al ver su propia sangre, a la que no están acostumbrados. Por esta razón nunca has de ponerte detrás de un hombre en la cola para donar sangre a la Cruz Roja. Por algún misterioso motivo, los hombres encuentran la vida más difícil que las mujeres. (Mi madre así lo cree, pese a los cuerpos femeninos apresados, enfermos, desaparecidos o abandonados que pueblan sus historias). Se debe permitir a los hombres jugar en su patio de recreo favorito, tan alegremente como puedan, sin molestarles; de lo contrario, se ponen de mal humor y no cenan. Hay muchas cosas que los hombres no están preparados para comprender, de modo que no tiene sentido esperar que las comprendan. No todo el mundo comparte este parecer acerca de los hombres; no obstante, tiene su utilidad.
       «Ella arrancó todos los arbustos que rodeaban la casa —dice mi madre. Está contando la historia de un matrimonio destrozado: un asunto muy serio. Mi madre abre los ojos de par en par. Las demás mujeres se inclinan hacia delante—. Lo único que le dejó a él fueron las cortinas de la ducha», añade. Hay un suspiro colectivo, una exhalación de aliento contenido. Mi padre entra en la cocina y pregunta cuándo estará preparado el té, las mujeres cierran filas y vuelven hacia él sus rostros sonrientes, engañosamente inexpresivos. Al poco, mi madre sale de la cocina con la tetera, que deposita sobre la mesa en el sitio de siempre.

       «Recuerdo la vez que estuvimos a punto de morir», dice mi madre. Muchas de sus historias empiezan así. Cuando está de determinado humor, da a entender que solo una serie de coincidencias asombrosas y golpes de suerte nos han permitido conservar la vida; de lo contrario, la familia entera, de uno en uno o todos juntos, estaría tiesa como un palo. Estas historias, además de hacernos secretar adrenalina, sirven para reforzar nuestro sentimiento de gratitud. Está aquella vez en que, navegando en canoa, entre la niebla, estuvimos a punto de precipitarnos por una catarata; la vez en que casi quedamos atrapados en un incendio forestal; la vez en que mi padre casi perece aplastado, ante los ojos de mi madre, por una parhilera que estaba colocando; la vez en que a mi hermano casi lo fulmina un rayo, que cayó tan cerca de él que lo tiró al suelo. «Lo oímos chisporrotear», dice mi madre.
       Esta es la historia del carro de heno: «Tu padre conducía —dice mi madre— a la velocidad acostumbrada. —Todos interpretamos: demasiado rápido—. Los niños ibais en la parte de atrás». Recuerdo aquel día, la edad que tenía yo, la edad que tenía mi hermano. Éramos lo bastante mayores para que nos pareciera divertido irritar a mi padre cantando canciones populares que no le gustaban, como «Mockingbird Hill»; o bien imitábamos el sonido de la gaita tapándonos la nariz y canturreando al tiempo que nos golpeábamos la nuez de Adán con el canto de la otra mano. Cuando nos poníamos muy pesados mi padre decía: «Cerrad el pico». No éramos aún lo bastante mayores para saber que su enfado podía ser auténtico; pensábamos que formaba parte del juego.
       «Bajábamos por una colina empinada —prosigue mi madre—, cuando vemos que un carro cargado de heno se atraviesa en la carretera. Vuestro padre frenó, pero no ocurrió nada. ¡Los frenos no funcionaban! Pensé que había llegado nuestra hora». Por suerte, el carro prosiguió su camino y pasamos rozándolo. «Yo tenía el corazón en la garganta», dice mi madre.
       Hasta pasado un tiempo no me enteré de lo que había sucedido. Yo estaba en el asiento de atrás, imitando el sonido de la gaita, abstraída. El paisaje era el habitual de los viajes en coche: las nucas de mis padres por encima de los respaldos de los asientos delanteros. Mi padre llevaba el sombrero puesto, el que utilizaba para impedir que las cosas que caían de los árboles se le enredaran en el pelo. La mano de mi madre estaba posada plácidamente sobre su cuello.

       «Tenías un olfato muy fino cuando eras más joven», dice mi madre.
       Ahora entramos en terreno peligroso: una cosa es la niñez de mi madre, y otra muy distinta la mía. Este es el momento en que empiezo a remover la cucharilla de plata o pido otra taza de té. «Tenías la costumbre de entrar en las casas ajenas y preguntar en voz alta: “¿Qué es este olor tan raro?”». Si hay invitados, se apartan un poco de mí, conscientes de sus propios efluvios, y tratan de no mirar mi nariz.
       «Eso me incomodaba mucho —agrega mi madre, como ausente. Luego cambia de tema—. Eras una niña muy dócil. Te levantabas a las seis de la mañana y te ponías a jugar sola en el cuarto de los juguetes, cantando… —Hace una pausa. Una voz lejana, la mía, aguda y argentina, flota en el espacio que nos separa—. Hablabas por los codos, como una cotorra, desde que te despertabas hasta que te acostabas». Mi madre suspira imperceptiblemente, como si se preguntara por qué me he vuelto tan silenciosa, y se levanta para atizar el fuego.
       Pregunto si estamos ya en la época de la recolección del azafrán con el propósito de cambiar de tema, pero no hay forma de distraerla. «Nunca tuve que zurrarte —continúa—. Con avisarte era suficiente. —Me mira de soslayo; no está segura de en qué me he convertido, o cómo—. Solo ocurrió un par de veces. Una, cuando tuve que salir y dejaros al cuidado de vuestro padre. —Tal vez esa es la clave de la historia: la incapacidad de los hombres para responsabilizarse de niños de corta edad—. Volví a casa y os sorprendí a ti y a tu hermano tirando bolas de barro a un anciano desde la ventana de arriba».
       Ambas sabemos de quién partió la idea. Para mi madre, mi hermano era un demonio y yo, su sombra, «muy influenciable», como dice ella.
       «Hacía lo que quería contigo. Estaba claro que debía castigaros a los dos por igual», concluye. Estaba claro. Le dedico una sonrisa indulgente. La verdad es que yo era más escurridiza que mi hermano, y me pillaban con menos frecuencia. No me dedicaba a atacar a pecho descubierto los nidos de ametralladoras del enemigo si podía evitarlo. Mis actos de maldad en solitario eran tortuosos y los ocultaba muy bien; solo dejaba a un lado las precauciones cuando me confabulaba con mi hermano.
       «Te manejaba con un dedo —dice mi madre—. Vuestro padre os construyó una caja a cada uno para guardar los juguetes, y la regla era —mi madre es especialista en urdir reglas— que no podíais sacar nada de la caja del otro sin permiso, pues en ese caso os quedaríais sin juguetes. Pero él te los quitaba, acuérdate. Te convencía de que jugarais a papás y mamás y él hacía de bebé. Luego hacía que lloraba y, cuando le preguntabas qué quería, te pedía cualquier cosa que tuvieras fuera de la caja y que le hiciera gracia en aquel momento. Siempre se lo dabas».
       No me acuerdo de eso, pero sí de haber jugado a la Segunda Guerra Mundial en el suelo de la sala de estar, con ejércitos formados por ositos y conejos de felpa; pero es obvio que se establecieron algunas conductas primarias. Aquellas primeras experiencias con la caja de juguetes —y el mismo concepto «caja de juguetes» encierra no pocas implicaciones—, ¿me habrán hecho desconfiar de los hombres que despiertan sentimientos maternales y, al mismo tiempo, ser sensible a ellos? ¿Me habrán condicionado a creer que si no soy solícita, si no soy afable, si no soy el sempiterno cuerno de la abundancia proveedor de placeres y diversiones, cogerán su colección de tapones de botellas y sus raídos ositos de una sola oreja y se escaparán al bosque para jugar a francotiradores? Es probable. Lo que mi madre considera gracioso quizá haya sido letal.
       Pero esta no es su única historia acerca de mi credulidad e ingenuidad. Falta el coup de grâce, el cuento de las galletas en forma de conejito.
       «Sucedió en Ottawa. Me habían invitado a un té que ofrecía el gobierno —dice mi madre, y este hecho por sí solo introduce un elemento terrorífico: mi madre odiaba las recepciones oficiales, a las que, sin embargo, se veía obligada a asistir por ser esposa de un funcionario—. Os tuvimos que llevar; en aquel tiempo no podíamos permitirnos el lujo de pagar canguros». La anfitriona había preparado una bandeja de galletas para los niños, y mi madre procede a describirlas: maravillosas galletitas en forma de conejo, con la cara y el traje de azúcar coloreado, falditas para las conejitas, pantaloncitos para los conejitos.
       «Tú elegiste una —dice mi madre—. Te fuiste sola a un rincón. La señora X reparó en ti y se acercó. “¿No te vas a comer la galletita?”, preguntó. “Oh, no, voy a sentarme aquí para hablar con ella”, respondiste. Y allí te sentaste, más contenta que unas pascuas. Pero alguien cometió el error de dejar la bandeja al alcance de tu hermano. Cuando volvieron a mirar, no quedaba ni una sola galleta. Se las había comido todas. Te aseguro que aquella noche se encontró muy mal».
       Algunas historias de mi madre escapan a todo análisis. ¿Cuál es la moraleja de esta última? Que yo era idiota queda bastante claro, pero mi hermano tuvo dolor de estómago. ¿Qué es mejor: comer lo que se tiene a mano, en un sentido estrictamente materialista, y tanto como se pueda, o refugiarse en un rincón y hablar con la comida? Era uno de los interrogantes favoritos de mi madre antes de que me casara, cuando llevaba a cenar a casa a los que mi padre denominaba «pretendientes». A los postres salía a colación la historia de la galleta en forma de conejito, y yo me encogía y toqueteaba la cuchara mientras mi madre contaba alegremente la historia. ¿Qué se esperaba que pensaran los pretendientes? ¿Se ponía al descubierto mi benevolente feminidad para que la examinaran? ¿Se les decía de forma sibilina que yo era inofensiva, que me limitaría a hablar con ellos sin devorarles? ¿O acaso mi madre, en cierto modo, los ahuyentaba? Porque hay algo un tanto demencial en lo que respecta a mi comportamiento, una característica propia de las personas a las que se espera ver levantarse de la mesa de un salto y gritar: «¡No os comáis eso, está vivo!».
       Con todo, hay una diferencia entre simbolismo y anécdota. A veces lo recuerdo cuando escucho a mi madre.

       «En mi próxima reencarnación —dijo mi madre en una ocasión— seré arqueóloga y me dedicaré a desenterrar cosas». Estábamos sentadas en la cama que había sido de mi hermano, luego mía y después de mi hermana, examinando el contenido de los baúles para decidir qué íbamos a tirar y qué íbamos a regalar. Mi madre cree que lo que salvamos del pasado es, antes que nada, una cuestión de elección.
       En aquella época, algo le sucedía a la familia; algún miembro no era feliz. Mi madre estaba taciturna, no mostraba su alegría habitual.
       Su afirmación me dejó estupefacta. Era la primera vez que oía a mi madre decir que habría preferido ser algo distinto de lo que era. Yo tendría unos treinta y cinco años por entonces, pero me resultó chocante y un tanto ofensivo saber que mi madre no estaba del todo satisfecha con el papel que el destino le había deparado: el de ser mi madre. Qué infantiles somos todos en lo que concierne a las madres.
       Poco tiempo después me convertí en madre, y ese acontecimiento me cambió por completo.

              «Era uno de tus cuentos favoritos», dice mi madre. Es probable que aún tenga la impresión de que yo me identificaba con la niña, su hambre y su sensación de pérdida; en realidad me identificaba con la patata.
       Las primeras influencias son importantes. Esta tardó bastante en emerger, seguramente hasta después de que fuera a la universidad y empezara a usar medias negras, a hacerme moño y a tener pretensiones. Se instaló la melancolía. Nuestra vecina, a la que le interesaba el vestuario, abordó a mi madre. «“Si se preocupara de su aspecto —cita mi madre—, podría resultar muy atractiva”. Siempre estabas ocupada, muy ocupada —agrega con benevolencia, refiriéndose a aquella época—. Siempre estabas cocinando algo, madurando algún proyecto».
       Forma parte de la mitología de mi madre que soy tan alegre y productiva como ella, aunque admite que oculto estas cualidades ocasional y temporalmente. No se me permitía deambular angustiada por la casa. Tenía que desahogarme en el sótano, adonde mi madre no iría a molestarme y a aconsejarme que diese un paseo para mejorar la circulación sanguínea. Era su respuesta a cualquier indicio, por débil que fuera, de profundo abatimiento. No había nada que una rápida caminata entre las hojas muertas, el viento ululante o la cellisca no pudieran curar.
       Yo sabía que me estaba afectando el Zeitgeist, el espíritu de los tiempos, y que tales remedios eran ineficaces. Flotaba en los días de mi madre como una niebla tóxica, la oscuridad se extendía a mi alrededor. Leía poesía moderna y relatos sobre las atrocidades de los nazis, y me dio por beber café. Mi madre, desde muy lejos, pasaba el aspirador en torno a mis pies mientras yo estudiaba sentada en sillas, arrebujada en una manta gruesa, porque siempre tenía frío.
       Mi madre cuenta pocas historias sobre esa época, de la que yo recuerdo muy bien la extraña mirada que a veces captaba en sus ojos. Pensé, por primera vez en la vida, que tal vez mi madre me tenía miedo. Ni siquiera podía tranquilizarla, pues solo era vagamente consciente de la naturaleza de su angustia, pero debía de haber algo en mí que se hallaba fuera de su alcance: en cualquier momento podía abrir la boca y hablar en un idioma desconocido para ella. Me había convertido en un visitante del espacio exterior, un viajero del tiempo que regresaba del futuro para anunciar un gran desastre.




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