Margaret Atwood
(Ottawa, Ontario, Canada, 1939–)


Joyería capilar (1976)
(“Hair Jewellery”)
Originalmente publicado en la revista Ms. (diciembre 1976);
Dancing Girls and Other Stories
(Toronto: McClelland & Stewart, 1977, 254 págs.)



      Tiene que haber una manera de enfocarlo, un método, una técnica, esa es la palabra que necesito (mata los gérmenes). Dejémoslo en una técnica, en una manera de pensar acerca de ello, incruenta y, por lo tanto, indolora; fervor evocado con sosiego. Trato de conjurar una imagen de mí misma en aquellos momentos y también de ti, pero es como conjurar a los muertos. ¿Cómo sé que no somos ambos una invención mía? Y si no es una invención, entonces es realmente como conjurar a los muertos, un juego peligroso. ¿Por qué habría yo de perturbar a esos durmientes, sonámbulos, mientras hacen sus rondas como autómatas por las calles en las que un día vivimos, desvaneciéndose año tras año, sus voces extinguiéndose hasta ser el sonido de un pulgar pasado por una ventana mojada: el zumbido de un insecto, transparente como el cristal, sin palabras? Con los muertos nunca se sabe si son ellos quienes desean resucitar o si son los vivos quienes quieren que resuciten. La explicación habitual es que tienen algo que decirnos. No estoy muy segura de que sea así, pues en tal caso, lo más probable es que fuera yo quien tuviese algo que decirles.
       Tened cuidado, deseo escribir, existe un futuro. La mano de Dios en la pared del templo, clara e inevitable en la nieve recién caída, justo delante de ellos por donde caminan —lo imagino en diciembre— a lo largo de la acera de ladrillo, ciudad de pútridas dignidades; ella con sus vacilantes tacones altos, mojándose los pies por pura vanidad. Las botas eran feas en aquel entonces, pesadas e informes patas de rinoceronte, con bastos cordones (botas de batalla las llamaban); o con los bordes forrados como las de las viejas o como las pantuflas; y aquellas otras botas de lluvia, de plástico y en forma de cuña, que llamaban katiuskas, que amarilleaban enseguida y se les incrustaba el barro por dentro; parecían dientes enterrados.
       Esta es mi técnica, resucito a través de la ropa. Tanto es así que me resulta imposible recordar lo que hice, lo que me sucedió, a menos que recuerde lo que llevaba puesto. Siempre que desecho un suéter o un vestido, desecho parte de mi vida. Me desprendo de identidades como las serpientes de su piel, dejándolas descoloridas y arrugadas, una tras otra como un reguero, y para cualquier cosa que quiera recordar he de recoger, uno a uno, esos fragmentos de algodón o de lana, logrando al fin hacerme un yo con mis retales, que no me protegen en absoluto del frío. Me concentro, y esta particular alma perdida se alza miasmática del ropero pro inválidos del aparcamiento Loblaws del centro de Toronto, donde al fin abandoné aquella prenda.
       Era un abrigo negro, de buena calidad —entonces importaba la buena calidad, y las revistas femeninas publicaban artículos acerca del ropero básico, del correcto planchado y de cómo quitarle las manchas a una prenda de pelo de camello—, pero me venía demasiado grande; las bocamangas me llegaban a los nudillos y el bajo al borde de las katiuskas, que tampoco eran de mi número. Lo compré con la idea de reformármelo, pero no llegué a hacerlo. Con casi toda mi ropa me ocurría lo mismo, todo me venía grande, acaso porque creía que si llevaba prendas muy holgadas formarían una especie de tienda a mi alrededor y sería menos visible. Pero era al revés: debía de llamar la atención más que la mayoría al surcar las calles con mi hinchado sudario negro de lana, con la cabeza vendada, creo que con una bufanda a cuadros de angorina, también de buena calidad. El caso es que llevaba la cabeza vendada.
       Compraba estas prendas cuando podía —porque debes recordar que yo, al igual que tú, era pobre, lo que, por lo menos en parte, justifica nuestra desesperación— en el sótano de Filene, donde saldaban la ropa de buena calidad que no lograban vender en las distinguidas plantas superiores. A veces había que probárselas en los pasillos, porque escaseaban los probadores, y la bodega (pues eso es lo que era en realidad) de techo bajo, mal iluminado, con el ambiente viciado de olor a ansiosas axilas y a pies castigados, se atestaba en los días de rebajas con mujeres forcejeantes que, en bragas y sostenes, se embutían en modelos de alta costura rasgados y sucios, al son de trabajosas respiraciones y del siseo de centenares de cremalleras. La caza de saldos a que se entregan las mujeres, su voracidad, su historia, suele provocar risa, pero lo del sótano de Filene era trágico. Allí no iba nadie que no aspirase a un cambio de imagen, a una transformación, a una nueva vida, pero nada acababa nunca de sentar bien.
       Bajo el abrigo negro llevo una gruesa falda de lana de color gris, y un suéter marrón con un agujerito que apenas se ve, y al que le tengo aprecio porque me lo hiciste con el cigarrillo. Debajo del suéter llevo combinación (demasiado larga) y sostenes (que me vienen pequeños), unos panties con rosas estampadas, también del sótano de Filene, que me costaron solo veinticinco centavos (por un dólar te daban cinco pares) y un par de medias de nailon sujetadas con un liguero que, como me viene grande, se me desliza por la cintura y hace que las costuras parezcan las curvas franjas de los postes que anuncian las peluquerías de caballeros. Llevo una maleta demasiado pesada (nadie llevaba entonces mochilas salvo para los campamentos de verano) y que contiene un recambio de prendas, igualmente pesadas y holgadas, seis novelas góticas del siglo
XIX y un paquete de cuartillas. En la otra mano, haciendo contrapeso a la maleta, llevo mi máquina de escribir portátil y mi bolso del sótano de Filene, gigantesco, de fondo insondable como la tumba. Estamos en febrero, el viento me levanta el bajo del abrigo hacia atrás, mis katiuskas resbalan en el hielo de la acera. Al pasar, veo en el escaparate de una tienda a una mujer fornida, coloradota y tapada hasta los ojos. Estoy perdidamente enamorada y voy a la estación de tren para escapar.
       De haber sido rica habría ido al aeropuerto. Habría ido a California, a Argel, a algún lugar seductor, desconocido y, sobre todo, cálido. Pero como no soy rica, solo podía pagarme un billete de ida y vuelta a Salem y una estancia de tres días. Porque, aparte de Salem, el único sitio accesible e interesante era Walden Pond, que no resultaba muy atractivo en invierno. Ya me había justificado el viaje ante mí misma: sería más formativo ir a Salem que a Argel, porque, teóricamente, estaba haciendo un trabajo sobre Nathaniel Hawthorne (lo llamaban «hacer un trabajo» y lo siguen llamando así). Podría impregnarme del ambiente. Puede que de aquella experiencia, que no me seducía, resultase el trabajo académico requerido para mi supervivencia como erudita, que brotaría como un desmedrado diente de león de una grieta en la acera. Cruzar aquellas deprimentes calles, aquella melancolía puritana, impregnada de la húmeda brisa del mar que soplaba en febrero, sería como zambullirse en agua fría, apremiando a mis críticas facultades, a mi talento para trocear las palabras y elaborar plausibles notas a pie de página, que, por lo pronto, ya me había valido el recurso de la beca con la que subsistía. Pero estas habilidades llevaban dos meses paralizadas por un amor no correspondido. Pensé que alejarme unos días de ti me permitiría reflexionar. Mas, a tenor de mi posterior experiencia, esto no sirve de nada.
       En aquella época de mi vida, el amor no correspondido era la única clase de amor que yo parecía capaz de sentir. Esto me causaba un gran dolor. Pero, con mi actual perspectiva, comprendo que tenía sus ventajas. Proporcionaba todos los sobresaltos emocionales de la otra clase de amor, sin implicar ninguno de sus riesgos. No interfería en mi vida, que, aunque magra, era mía y predecible, y no me obligaba a tomar decisiones. En el mundo de las duras realidades materiales, el amor no correspondido podía exigirme quitarme mis inadecuadas prendas (en la oscuridad o en el cuarto de baño, a ser posible; porque ninguna mujer quiere que un hombre le vea los imperdibles), pero dejaba incólumes sus contrapartidas metafísicas. Por entonces yo creía en la metafísica. La versión platónica que tenía de mí misma semejaba una momia egipcia, un objeto misteriosamente envuelto que, aunque no forzosamente, podía desmenuzarse y quedar reducido a polvo al desenvolverse. Pero el amor no correspondido no exigía el desnudo.
       Si, como ha ocurrido varias veces, mi amor era correspondido, si se convertía en una cuestión de futuro, de adoptar una decisión que inevitablemente condujese a escuchar el zumbido de la maquinilla de afeitar del amado, mientras una porfiaba por desprender yema de huevo helada de su plato del desayuno, el pánico se apoderaba de mí. Mis investigaciones académicas me han familiarizado con el momento en que al más íntimo amigo, al compañero en quien mayor confianza se ha depositado, le crecen colmillos o se convierte en un murciélago. Ese momento era de esperar y no me inspiraba excesivo terror. Mucho más desconcertante me resultaba ese otro momento en el que se me cayese la venda de los ojos, y mi amor de entonces no se me revelase como un semidiós o un monstruo, impersonal e irresistible, sino como un ser humano. Lo que Psique vio con la vela no fue un dios alado, sino un joven con pecho de palomo y espinillas, y esa fue la razón de que ella tardase tanto en hallar el camino que conducía al verdadero amor. Es más fácil amar a un demonio que a un hombre, aunque sea menos heroico.
       Tú eras, desde luego, el objeto perfecto. No se agazapaban banales sombras de cortacéspedes ni de bungalows en tus ojos melancólicos, opacos como mármol negro, recónditos como urnas. Tosías como Roderick Usher, y estabas, a tus propios ojos, y por lo tanto a los míos, condenado e inquieto como Drácula. ¿Por qué resultan tan irresistibles para las jóvenes la melancolía y cierto sentido de futilidad? Observo este síndrome entre mis alumnas: esos febriles jóvenes que se tumban en las alfombras, que tan consideradamente les ha proporcionado esta docta institución, desaseados y desastrados, como víctimas de los gusanos de los anzuelos, cada uno con una chica a remolque, que lo invita a tabaco y a café y que, a cambio, recibe sus arrebatos de malhumor, sus condenas del mundo y sus burlas dirigidas a ella en particular, por cómo viste, por su sala de estar equipada con dos televisores propiedad de sus padres, que, en realidad, pueden ser idénticos a los suyos; burlas de sus amigos, de lo que lee y de lo que piensa. Pero… ¿cómo lo soportan? Quizá eso haga que, por contraste, se sientan más saludables y vivificantes; o acaso tales hombres sean sus espejismos, que reflejen un dolor y un desgarro que albergan, pero que temen reconocer.
       Nuestro caso solo era diferente en apariencia. Estoy segura de que la desesperación era idéntica. Terminé en el mundo académico porque no quise ser secretaria. O, dicho de otro modo: porque no quería tener que comprar siempre mi ropa de calidad en el sótano de Filene; y tú, porque no querías que te movilizasen, y en aquellos tiempos el recurso de la universidad aún funcionaba. Ambos éramos de pequeñas e insignificantes ciudades, cuyos miembros del Rotary Club, sin percatarse de nuestra verdadera situación, creían que sus exiguas becas nos iban a ayudar a seguir arcanas pero relumbronas carreras, con las que de un modo vago prestigiásemos a la comunidad. Pero ninguno de los dos quería ser erudito profesional, y los auténticos, algunos de los cuales llevaban el pelo cortado a cepillo y la cartera de la eficiencia, con aspecto de jóvenes ejecutivos de empresas del calzado, nos insuflaban un airoso desaliento. En lugar de «hacer trabajos», nos dedicábamos a beber cerveza de barril en los restaurantes alemanes más baratos, ridiculizando la pomposidad de nuestros seminarios y el amaneramiento intelectual de nuestros condiscípulos. O vagábamos entre las estanterías de la biblioteca, a la caza de recónditos títulos de los que probablemente nadie había oído hablar, para poderlos citar en el siguiente debate literario con el reverencial tono que pronto aprendía a dominar todo futuro jefe de departamento, y refocilarnos con las oleadas de desaliento que bañaban los ojos de nuestros condiscípulos. A veces nos colábamos en el departamento de música, elegíamos un piano libre y cantábamos celebradas y sensibleras melodías victorianas o vibrantes estribillos de Gilbert and Sullivan, o una lacrimógena balada de Edward Lear, de la que aquel año nos habíamos visto obligados a extraer los símbolos freudianos (yo la asociaba a una falda de pana que me hice, con la costura grapada en varios puntos porque me faltó energía moral para coserla).

En la costa de Coromandel,
donde brotan las calabazas tempranas;
en el corazón del bosque
vivía el Yonghy-Bonghy-Bo…

Dos viejas sillas, media vela
y una vieja jarra sin asa,
esos eran todos sus bienes terrenales
en el corazón del bosque…

       La mutilada vela y la jarra rota provocaron un pitorreo considerable en el seminario, aunque para nosotros ambas imágenes tenían un irresistible patetismo. La situación en Coromandel, su penuria y desesperanza, parecía una glosa demasiado acertada acerca de la nuestra.
       Creo que nuestro problema radicaba en que ni el mundo que nos rodeaba ni nuestro futuro contenía ninguna imagen de lo que concebiblemente pudiésemos llegar a ser. Estábamos varados en el presente como en un atascado y, por lo demás, vacío vagón de metro; y en este aislamiento nos aferrábamos de mal humor a nuestras respectivas sombras. Este era por lo menos mi análisis, mientras llevaba mi maleta a través del gélido crepúsculo hacia el único hotel de Salem que estaba abierto, según me dijo el conductor. No acabé de verlo con nitidez, pero creo que la estación de tren estaba condensada y oscura, iluminada por una macilenta luz anaranjada, como las estaciones del metro de Boston, y también desprendía un débil olor a desinfectante, infructuosamente aplicado a una capa de orina seca, tan vieja que casi parecía respetable. No me recordaba a los puritanos ni a las brujas, ni siquiera a los cebados armadores, sino a los desnutridos obreros del textil, con problemas pulmonares, de la siguiente generación.
       El hotel también olía a abandono y decadencia. Lo estaban repintando, y las lonas y escaleras de mano de los pintores casi bloqueaban los pasillos. Seguía abierto solo porque había que hacer las reformas. De lo contrario, me dijo el recepcionista, que parecía ser también el botones, el director y, posiblemente, el propietario, lo habría cerrado y se habría marchado a Florida. «La gente solo viene aquí en verano —dijo—, a ver la Casa de los Siete Tejados y todo eso». No le hacía la menor gracia que yo estuviese allí, sobre todo por no darle una explicación satisfactoria. Le dije que había ido a ver las lápidas, pero no me creyó. Mientras me llevaba la maleta y la máquina de escribir hacia el ventoso cuchitril en el que se disponía a depositarme, no dejaba de volver la cabeza, como si diera por sentado que detrás de mí tenía que venir un hombre. Porque él sabía perfectamente que el sexo ilícito era la única razón concebible para que uno fuese a Salem en febrero. Y tenía razón, desde luego.
       La cama era tan estrecha y dura como una losa de sepultura, y no tardé en descubrir que, pese a que soplaba una cortante brisa a través de la ventana cerrada, la dirección se hacía cargo y había decidido compensar a los clientes por ello: cada violenta oleada de calefacción central era anunciada a martillazos y golpes de gong a través del radiador.
       Entre mis ataques de sueño pensaba en ti, ensayando nuestro futuro, que sabía que sería breve. Naturalmente nos acostaríamos, aunque sobre este asunto aún no se hubiese hablado. En aquellos tiempos, como recordarás, primero había que hablarlo, y hasta la fecha no habíamos pasado de furtivos magreos en exteriores y de un momento en el que, bajo la luna llena, en una de esas calles desiertas flanqueadas por edificios de ladrillo, me echaste mano al cuello y me dijiste que eras el estrangulador de Boston. Una broma que para alguien de mis gustos literarios equivalía a una seducción. Pero, si bien el sexo era un ritual necesario e incluso deseable, a mí me preocupaba menos que nuestra despedida, que imaginaba triste, tierna, inevitable y definitiva. La ensayé en todos los emplazamientos imaginables: portales, embarcaderos, estaciones de tren y de metro, aeropuertos y bancos de parques. No nos diríamos gran cosa, nos miraríamos y lo sabríamos (aunque no estaba segura de qué sabríamos exactamente). Luego doblarías una esquina y te perderías para siempre. Yo llevaría una trinchera, que aún no me he comprado, aunque ya sé cómo la quiero (la vi en el sótano de Filene el otoño pasado). La escena del banco del parque (la imagino en primavera, para que sirva de contraste a nuestro estado de ánimo) resultaba tan conmovedora que lloré. Aunque, como me horrorizaba que me oyesen, por más vacío que estuviese el hotel, acompasaba mis sollozos a los clamores del radiador. La futilidad es muy atractiva para los jóvenes y yo aún no había agotado sus posibilidades.
       A la mañana siguiente estaba cansada de cavilar y de llorar a moco tendido. Decidí buscar la tumba más abandonada, que podía proporcionarme una pintoresca lápida con epitafio del siglo
XVII, útil para mi trabajo sobre Hawthorne. En el vestíbulo los obreros continuaban con sus martillazos y brochazos, y me siguieron con la mirada por el pasillo como sapos en un estanque. El recepcionista se desprendió de mala gana de un folleto turístico, editado por la Cámara de Comercio, que incluía un mapa y una breve lista de lugares de interés.
       No había nadie por las calles, y muy pocos coches. Las casas, recubiertas de una capa de hollín, con la pintura desconchada por el aire salobre, parecían desiertas, aunque en algunas de las ventanas delanteras, tras las agrisadas cortinas de blonda, veía el sombreado perfil de una cara. El cielo estaba ceñudo y gris, como la borra de un colchón, y soplaba un fuerte viento. Me deslizaba por las aceras como mis botas resbaladizas, con un viento de cola que hinchaba mi abrigo negro y me propulsaba a considerable velocidad, hasta que doblé una esquina y el viento dejó de achucharme. Al poco rato abandoné la idea del cementerio.
       En lugar de ir allí, entré en un pequeño restaurante. Aún no había desayunado (en el hotel se habían desentendido del asunto) y necesitaba comer, y pensar en lo que haría después. Pedí un sándwich de huevo duro y un vaso de leche, y estudié el folleto. La camarera y el dueño, que eran los únicos que estaban entonces en el local, se retiraron hacia el fondo y se quedaron allí con los brazos cruzados, mirándome recelosamente mientras yo comía, como si temieran verme dar un salto y realizar algún acto necromántico con el cuchillo de la mantequilla. La Casa de los Siete Tejados estaba cerrada durante el invierno. En realidad, nada tenía que ver con Haw thorne. No era más que una vieja casa que se libró de la piqueta. La gente pagaba por verla porque llevaba el nombre de una novela de Hawthorne. Ni rastro del auténtico sudor del autor en las barandillas. Creo que fue en ese momento cuando empecé a mostrarme cínica acerca de la literatura.
       Según la Cámara de Comercio, solo había otro lugar de interés: la biblioteca, que a diferencia de todo lo demás estaba abierta en febrero, y por lo visto gozaba de fama mundial por su colección de genealogías. Lo último que me apetecía era visitar la biblioteca. Pero regresar al hotel, con su ruido y sus olores químicos, estaba descartado, y no podía quedarme todo el día en el restaurante.
       En la biblioteca no había más que un hombre, de mediana edad y con sombrero de fieltro, que husmeaba por las hileras de genealogías, con el obvio talante de querer matar el tiempo. Sentada ante una mesa esquinada, una funcionaria con moño y cara de pocos amigos hacía un crucigrama. La biblioteca era también una especie de museo. Había mascarones, doncellas de ojos rígidos, hombres de madera, peces y leones adornados, de desgastado oropel. Y, en unas vitrinas, una colección de joyería capilar victoriana; broches y anillos, con sendos relicarios de cristal con muestras de pelo trenzado; flores, iniciales, guirnaldas o sauces llorones. Los más elaborados estaban hechos con cabellos de diferentes colores. Aunque originariamente debieron de ser lustrosos, los mechones habían envejecido y tenían una textura similar a la de cualquiera de esos materiales que se encuentran bajo el cojín de una silla. Me sorprendió que John Donne se hubiese equivocado al referirse a una coronita de lustroso pelo en la calavera. Una tarjeta escrita a mano explicaba que muchas de aquellas piezas eran joyas funerarias, pensadas para distribuirlas entre los asistentes a los funerales.
       —¿Les cortaban el pelo antes o después? —le pregunté a la bibliotecaria, que alzó la vista con cara de no tener ni idea de lo que le preguntaba—. Antes o después de que muriese la persona —insistí con intención aclaratoria.
       Me parecía un poco duro que lo hiciesen antes. Y si lo hacían después, ¿cómo tenían tiempo para tejer todos esos sauces antes del funeral? ¿Y por qué iban a querer hacerlo? No podía imaginarme con uno de esos pesados broches colgado del cuello, como un cojín metálico, relleno de un mechón, cada vez más mortecino, de trenzados cabellos de un ser querido. Sería como una mano disecada. Sería como una soga.
       —No lo sé, desde luego —dijo ella, malhumorada—. Es una exposición itinerante.
       El hombre del sombrero de fieltro me aguardaba frente a la puerta y me propuso tomar una copa juntos. Debía de alojarse en el hotel.
       —No, gracias —le dije—. Estoy con una persona —añadí, para apaciguarlo.
       Las mujeres siempre se sienten impulsadas a apaciguar a los hombres que tratan de ligárselas, al rechazarlos. Pero como he dicho, era consciente de no haber venido aquí para alejarme de ti, como creí en principio, sino para estar contigo, de un modo más pleno que si estuvieses aquí en persona. Porque en persona tu ironía era impenetrable y, en cambio, sola podía revolcarme a gusto en la condenación romántica. Nunca he entendido por qué la gente considera la juventud una época de libertad y alegría. Probablemente se debe a que ha olvidado la propia. Rodeada ahora de lastimeros jóvenes, solo puedo sentir gratitud por haber escapado, espero que para siempre (pues ya no creo en la reencarnación), de la insoportable esclavitud de tener veintiún años.
       Te dije que estaría fuera tres días, pero la fantasía en estado puro era demasiado para mí. Salem era un vacío y tú te recrecías para llenarlo. Sé de quién era el pelo que estaba en el voluminoso memento mori, de oro y negro, de la segunda hilera de broches. Sé a quién oí en la desocupada habitación contigua del hotel, respirando casi inaudiblemente entre los espasmos del radiador. Por suerte había un tren por la tarde. Lo cogí y regresé volando al presente.
       Te llamé desde la estación de Boston. Aceptaste mi adelantado retorno con tu habitual fatalismo, sin exteriorizar alegría ni sorpresa. En principio, tenías que estar trabajando sobre la ambigüedad de «Locksley Hall», de Tennyson, que según me comentaste era incuestionable. La ambigüedad era muy grande en aquella época. En lugar de seguir con el trabajo, salimos a pasear. La temperatura era más suave y la nieve se convertía en papilla. Llegamos hasta el río Charles, hicimos bolas de nieve y las lanzamos al agua. Después esculpimos una húmeda estatua de la reina Victoria; prominentes pechos, monumental polisón y nariz ganchuda incluidos. Luego la demolimos lanzándole bolas de nieve y témpanos de hielo, con intermitentes risotadas, que entonces consideré un abandono liberador y que ahora reconozco como histeria.
       Y… a ver, a ver… ¿Qué llevaba puesto? El abrigo, por supuesto, y una falda distinta, escocesa, de un repulsivo color verdoso, y el mismo suéter con el agujero de la quemadura de cigarrillo. Nos deslizamos por el semihelado barrillo de la orilla del río, con nuestras ateridas manos entrelazadas. Anochecía y el frío arreciaba. De vez en cuando nos deteníamos, dábamos saltitos y nos besábamos para entrar en calor. En la grasienta superficie del Charles se reflejaban, como brillantes espejismos, las torres y campanarios desde donde los desesperados del examen de la primavera se lanzarían después, como hacían todos los años. En sus fangosas profundidades flotaban los suicidas literarios, Faulkner entre ellos, incrustados de cristalinas palabras y brillantes como ojos. Pero nosotros éramos implacables y nos burlábamos de ellos, en inarmónico dúo:

Dos viejas sillas, y media vela,
una vieja jarra sin asa…

       Por una vez te echaste a reír. Renuncié a mi elaborado guión, al final que había planeado para nosotros. El futuro se nos mostraba como una vista panorámica, prometedor y peligroso. Cualquier dirección era posible. Me sentía como si caminase por el pretil de un alto puente. Nos parecía —o por lo menos a mí me lo pareció— que en realidad éramos felices.
       Como ya hacía demasiado frío para nosotros y empezaste a estornudar, fuimos a uno de los restaurantes baratos en el que, según decían, se podía subsistir sin un centavo a base de engullir el contenido de los sobrecitos de ketchup, aliño y azúcar, y beberse la leche de las jarritas cuando nadie miraba. Allí debatimos la conveniencia de acostarnos, de los pros y los contras y, poco después, de los modos y maneras. No era algo que se hiciese a la ligera, sobre todo por parte de las estudiantes, a las que se suponía monjiles, aplicadas y ajenas a la carnalidad. No es que en aquellos monásticos entornos tuviesen muchas probabilidades de ser otra cosa, ya que los estudiantes, en su gran mayoría, solían ir a la ópera juntos en pequeños grupos, y celebrar guateques a los que solo se invitaban entre sí. Ambos vivíamos en sendos colegios mayores; ambos compartíamos la habitación con quien siempre estaba en ella, mordiéndose las uñas y redactando bibliografías. Ni él ni yo teníamos coche, y estábamos seguros de que en los hoteles locales nos rechazarían. Tendría que ser en otro lugar. De modo que optamos por que fuera en Nueva York, durante las vacaciones de Semana Santa.
       La víspera del viaje fui al sótano de Filene y, tras mucho cavilar, compré un picardía de nailon rojo, de una talla más grande que la mía y con un tirante suelto, pero que podía volverse a coser fácilmente. Miré y remiré uno muy floreado, a lo Carmen, pero solo podía ponerme uno al mismo tiempo y necesitaría el dinero para otras cosas. El Viernes Santo cogí el autocar a Nueva York. Tú te marchaste dos días antes y yo me quedé a terminar un trabajo atrasado sobre El italiano, de Ann Radcliffe. Tenías pendientes tres, pero por lo visto ya no te importaba. Te habías estado duchando continuamente, con el consiguiente enojo de tu compañero de habitación. También habías tenido muchas pesadillas en las que, si no recuerdo mal, veías elefantes, cocodrilos y otros animales grandes, que bajaban laderas de colinas en silla de ruedas, y gente crucificada e incinerada. Yo veía estas cosas como prueba de tu sensibilidad.
       El plan consistía en que te alojases en el apartamento de una de tus amistades (que erais paisanos, me dijiste), y yo en un hotel. Confiábamos en que esto disipase cualquier sospecha. Y, además, no sería tan caro.
       Yo aún no había estado nunca en Nueva York y no estaba preparada para ello. Al principio, me aturdió. Estaba en Port Authority, con mi largo abrigo negro, mi pesada maleta y mi enorme bolso de insondable fondo, buscando una cabina telefónica. El gentío se me antojaba una manifestación política, aunque todavía no había visto ninguna. Las mujeres se empujaban y se insultaban como si de eslóganes políticos se tratase, seguidas de una pegajosa chiquillería. Había una hilera de desastrados viejos en los bancos y el suelo estaba lleno de pegotes de chicle, envoltorios de caramelos y colillas. No estoy segura, pero creo que había máquinas «del millón»; ¿es posible? Lamenté no haberte pedido que fueses a esperarme a la estación de autocares, pero tales atenciones no formaban parte de nuestro acuerdo.
       Al enfilar hacia lo que supuse que era la salida, un negro agarró mi maleta por el asa y empezó a tirar. Tenía una sangrante herida en la frente y sus ojos expresaban tal desesperación que estuve a punto de soltar la maleta. Al cabo de un momento, comprendí que no quería robármela; solo pretendía llevármela hasta un taxi.
       —No, gracias —le dije—. No tengo dinero.
       Él le dirigió una desdeñosa mirada a mi abrigo, que al fin y al cabo era de buena calidad, y siguió sin soltar la maleta, hasta que di un tirón más enérgico. Me llamó algo que no entendí. Eran palabras que aún no se habían convertido en moneda corriente.
       Sabía la dirección del hotel, pero no cómo llegar allí, y empecé a caminar. Lucía el sol y sudaba, por el peso y por el calor. Al fin encontré una cabina telefónica, pero habían desventrado el teléfono, que no era sino una maraña de cables. La siguiente cabina que encontré estaba intacta, pero nadie respondió a mi llamada. Me extrañó, porque te había dicho a qué hora llegaría.
       Me recosté en la puerta de la cabina, tratando de no dejarme dominar por el pánico. Nueva York estaba diseñada como una rejilla. Con solo mirar los letreros de las calles y contar, podías deducir dónde se encontraba el hotel. No quería preguntar: las expresiones de exasperación o de explícito rencor social me ponían nerviosa (ya me había cruzado con varias personas que hablaban solas y a voces). Nueva York, al igual que Salem, parecía una población en ruinas. Un rico podía considerarlo una positiva renovación urbana, pero los edificios troceados y los agujeros en las aceras no me infundían precisamente confianza.
       Me dispuse a acarrear la maleta hasta el hotel, parándome en cada cabina para marcar tu número. En una de las cabinas olvidé tu libro, La educación de Henry Adams. Tanto mejor, porque era lo único tuyo que tenía, y habría sido desafortunado conservarlo.
       El recepcionista me miró casi con el mismo recelo que el de Salem. Yo había atribuido tal desconfianza a xenofobia provinciana, pero ahora caí en que podía deberse a mi indumentaria. Con los puños del abrigo hasta los nudillos, no tenía aspecto de ser titular de una tarjeta de crédito.
       Me senté en mi habitación, muy parecida a la de Salem, preguntándome qué te habría ocurrido, dónde podías estar. Llamé cada media hora. No podía hacer gran cosa mientras aguardaba. Saqué de la maleta el picardía rojo del tirante suelto, pero entonces vi que había olvidado la aguja y el hilo para coserlo. Y no llevaba ningún imperdible. Quería tomar un baño, pero la cerradura estaba estropeada y no cerraba, y aunque había echado la cadena no quería correr riesgos. Ni siquiera me quité el abrigo. Empecé a pensar que me habías dado el número equivocado o, peor aún, que eras una invención mía.
       Finalmente, a las siete, alguien contestó al teléfono que me habías dado. Era una mujer. Al preguntar por ti, se echó a reír de un modo nada agradable.
       —Eh, agorero —le oí decir—, es una tía que quiere hablar contigo.
       Y al ponerte, tu voz sonó más distante de lo usual.
       —¿Dónde estás? —te dije, procurando no parecer una esposa regañona—. Llevo tratando de localizarte desde las dos y media.
       —Es mi amiga —me dijiste—. Se ha tomado un frasco entero de somníferos esta mañana. No podía dejarla.
       —Oh —exclamé, porque había supuesto que se trataba de un paisano y no de una paisana—. ¿Y no podías haberla llevado a un hospital?
       —Aquí no se lleva a la gente a los hospitales, a menos que no haya más remedio.
       —¿Y por qué lo ha hecho?
       —¡Yo qué sé! —contestaste, en un tono que insinuaba que estabas contrariado por verte involucrado, aunque fuese de lejos—. Para matar el tiempo, supongo.
       Oí una voz de fondo que venía a decir: «¡Serás mierda!».
       Se me helaron las suelas de los zapatos y se me quedaron las piernas entumecidas. Acababa de comprender que no era solo una amiga, como me dijiste. Había sido tu amante, y seguía siéndolo. Lo había hecho en serio; se tomó las pastillas al descubrir que yo llegaba. Había tratado de retenerte. Y, sin embargo, anotabas con todo tu aplomo el número de habitación y de teléfono que yo te daba con el mismo aplomo. Quedamos en vernos al día siguiente, y pasé la noche echada en la cama, con el abrigo puesto.
       Como es natural, no viniste, y estuve a punto de telefonearte en dos ocasiones. Ni siquiera regresaste a Boston. En mayo recibí una críptica nota tuya en una postal del paseo de Atlantic City:

    Corrí a alistarme en la marina, pero no me aceptaron, porque no creen que el griego clásico sea una preparación suficiente. Encontré trabajo en una tasca porrera, ocultando mi ilustración. Es mejor que tirarse desde el campanario. Recuerdos a Coromandel.

Siempre tuyo,
B
O

      Como de costumbre, no supe decir si iba en serio o en broma.
       Como es natural, te lloré, no tanto por tu partida, ya que (ahora lo comprendo) fue un final anunciado, sino por lo repentino del mismo. Me había visto privada de aquella última escena, el banco del parque, la brisa de primavera, la trinchera (que estaba destinada a no comprarme nunca), tu evanescente imagen. Desde entonces, sin perder de vista que nuestro futuro no habría incluido el temido bungalow con maquinilla de afeitar, ni las vagas y dichosas posibilidades que un día imaginé, sino, inevitablemente, como un pareado, un frasco de pastillas vacío, cuyos efectos podías no ayudarme a disipar, seguí llorándote.
       Como no te marchaste de un modo adecuado, parecía que nunca te hubieses marchado. Pululas como un miasma, o como el olor a ratones, acechando con tu acerba opinión sobre mi comportamiento, para abortar las tentativas de optimismo en las que, por puro pánico, no tardé en aventurarme. Como si fueses mi sombrío gemelo o un adepto a la siniestra telepatía, siempre captaba cuál sería tu opinión. Al prometerme (siete meses después, a un arquitecto que diseñaba, y sigue diseñando, edificios de apartamentos), me hiciste saber que esperabas otra cosa de mí. La boda formal, porque ciertamente yo llevaba todos los arreos, traje blanco incluido, te llenaron de desprecio. Podía verte en tu sucia habitación, rodeado de latas de sardinas y de deshilachados calcetines, subsistiendo a base de tu sarcasmo y de negarte a venderte, como hacía yo de un modo tan palpable. (¿A qué? ¿A quién? Porque, a diferencia de generaciones posteriores, nunca pudimos localizar con precisión al enemigo).
       Mis dos hijos no te impresionaron, ni el rango académico que logré posteriormente. Me he convertido, de algún modo, en una autoridad en mujeres novelistas nacionales del siglo
XIX. Después de mi matrimonio, descubrí que tenía más en común con ellas que con las góticas novelas románticas. Supongo que esta percepción de mi verdadero carácter significa madurez, una palabra que desprecias. La más notable de mis estudiadas es Elizabeth Gaskell, pero puede que hayas oído hablar de J. H. Riddell, que escribía también bajo el seudónimo F. G. Trafford. Escribí un ensayo bastante meritorio sobre ella, titulado «George Geith of Fen Court», publicado en una prestigiosa revista. Ni que decir tiene que soy numeraria, ya que mi departamento, refractario a las mujeres durante muchos años, se ha visto últimamente muy presionado para justificar su política de contratación del profesorado. Soy una especie de símbolo, como no te cansas de repetir. Y visto bien, como corresponde a un símbolo. El deformado y triste ropero, desafiante, que acaso recuerdes, ha ido desapareciendo poco a poco en los cestos del Ejército de Salvación, a medida que he tenido más medios, sustituido por una colección moderadamente elegante de trajes sastre y vestidos vaporosos. Mis colegas masculinos me consideran eficiente y más bien fría. Ya no tengo aventuras, porque odio los recuerdos que no pueden desecharse. Mis abrigos ya no dan gualdrapazos, y cuando asisto a actos académicos no llamo la atención.
       En uno de esos actos, en el más importante —mercado central de la carne y feria de contratación—, te vi por última vez. Curiosamente, aquel año se celebró en Nueva York. Yo daba una conferencia sobre Amelia Edwards y otras periodistas de la época, y al ver tu nombre en el programa pensé que debía de tratarse de otra persona. Pero eras tú, vaya que sí, y dedicaste toda la conferencia a dilucidar si John Keats fue o no sifilítico. Habían investigado a fondo la utilización médica del mercurio en la primera mitad del siglo, y tu último párrafo fue una obra maestra de la vaguedad. Habías engordado, tenías un aspecto saludable y pinta de jugar al golf. Y aunque aguardé a ver tu sarcástica sonrisa, fue en vano: tu parlamento fue totalmente inexpresivo.
       Después fui a felicitarte. Te sorprendió verme. Me dijiste que nunca habías imaginado que yo terminase de aquella manera. Y, lo que interpreté como una mirada de desaliento, se cebó en mi peinado de peluquería, mi extremado vestido sin mangas y mis estilizados botines. También te habías casado y tenías tres hijos, y enseguida me mostraste las fotos que llevabas en la cartera como protectores talismanes. Las comparé con las mías. Ninguno de los dos sugerimos tomar una copa. Nos deseamos lo mejor y ambos nos sentimos decepcionados. Entonces comprendí que te hubiera gustado que muriese joven de tuberculosis, o de otra enfermedad igualmente operística. A pesar de los pesares, en el fondo, también tú eras un romántico.
       En eso debió quedar todo, y no puedo comprender por qué no fue así. Es rigurosamente cierto que amo a mi marido y a mis hijos. Además de asistir a las reuniones de la facultad, en las que me dedico a tricotar colchas durante las discusiones sobre aumentos de sueldo y currículos, les cocino platos nutritivos, organizo fiestas de cumpleaños, y casi siempre hago yo el pan y las conservas en vinagre. Mi marido admira mis logros y, como se suele decir, me apoya durante mis depresiones, que son cada vez menos frecuentes. Tengo una vida sexual rica y satisfactoria (puedo oírte ridiculizar los adjetivos, pero es una vida sexual rica y satisfactoria, a pesar de ti, que no te lo has montado mejor que yo).
       Pero, al regresar de la conferencia a la casa en que vivo, que no es un bungalow sino una mansión de dos plantas de estilo colonial, y en la que desde que me instalé has ocupado el sótano, no te habías marchado. Creía haberte expulsado, exorcizado: te habías convertido en algo real, tenías esposa y tres fotografías, y la banalidad es, después de todo, el mágico antídoto del amor no correspondido. Pero no bastaba. Allí estabas, en tu lugar acostumbrado, en el estante a la derecha de las escaleras del sótano donde guardo las conservas, polvoriento y disecado como Jeremy Bentham en su urna de cristal, mirándome, no con tu anterior desdén, ciertamente, sino con reprobación, como si hubiera sido yo la causante, como si hubiese sido culpa mía. Sin duda, no vas a querer volver a lo mismo, a aquella penuria, a los ruinosos edificios, a aquella atractiva desesperanza y a aquel vacío, ¿a aquel temor? Sin duda, no querrás quedarte atascado para siempre en aquella embarrada calle de Boston. Debiste tener más cuidado. Trato de decirte que habría terminado de mala manera, que no fue tal como lo recuerdas, que te engañas, pero no dejas que te consuelen. Te digo adiós aguardando tu mirada pensativa, pesarosa. Deberías dar media vuelta y alejarte, más allá de la caldera, al cuarto de la plancha, y desaparecer detrás de mi conjunto de lavadora y secadora. Pero no te mueves de ahí.




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