Margaret Atwood
(Ottawa, Ontario, Canada, 1939–)


Consejos para sobrevivir en la naturaleza (1991)
(“Wilderness Tips”)
Originalmente publicado en la revista The New Yorker (18 de febrero de 1991, pág. 26);
Wilderness Tips
(Toronto: McClelland & Stewart, 1991, 247 págs.)



      Prue ha doblado dos pañuelos rojos en sendos triángulos y los ha anudado entre sí por una esquina. Lleva el otro par de esquinas atado a la espalda, y el tercero alrededor del cuello. Se ha cubierto la cabeza con otro pañuelo, este azul, y se hecho un pequeño nudo marinero en la parte delantera. Ahora se pavonea a lo largo del muelle con su improvisada blusa sin mangas y los anchos pantalones cortos, las gafas de sol con montura de plástico blanco y las sandalias de plataforma.
       —Es el look de los años cuarenta —le dice a George, con la mano en la cintura, haciendo una pirueta—. Rosie la Remachadora. De cuando la guerra. ¿Te acuerdas de ella?
       George, que en realidad no se llama George, no se acuerda. Se pasó los años cuarenta rebuscando en los cubos de la basura y mendigando y haciendo otras cosas inadecuadas para un niño. Conserva un recuerdo borroso de una estrella de cine que posaba en un calendario hecho jirones en la pared de una letrina. Quizá sea esa a la que se refiere Prue. Recuerda por un instante el intenso resentimiento que le provocaban la sonrisa alegre e ignorante, el cuerpo bien alimentado. Un par de colegas le ayudaron a destrozarla con la hoja oxidada de un cuchillo de cocina que habían encontrado entre la basura. No se le ocurre contarle nada de todo eso a Prue.
       George está sentado en una tumbona de lona de rayas verdes y blancas, leyendo el Financial Post y bebiendo un whisky. El cenicero que tiene al lado está a rebosar de colillas: muchas mujeres han intentado que deje el tabaco; muchas han fracasado. Mira a Prue desde detrás del periódico y le dirige su sonrisa zorruna. Es una sonrisa que esboza con el cigarrillo sujeto en el centro de la boca: a ambos lados, los labios se curvan y dejan a la vista los dientes. Tiene los caninos largos, que milagrosamente todavía son los suyos.
       —Tú aún no habías nacido —dice. No es cierto, pero nunca desaprovecha la oportunidad de dedicar un cumplido cuando tiene alguno a mano. ¿Qué le cuesta? Ni un centavo, y eso es algo que los hombres de este país jamás han entendido. El vientre bronceado de Prue le queda a la altura de la cara; todavía lo tiene firme, flexible y cimbreante. A esa edad, la madre de George se había reblandecido: carnes flácidas y aterciopeladas, como una ciruela vieja. Hoy día comen muchas verduras, hacen ejercicio, duran más.
       Prue se baja las gafas de sol hasta la punta de la nariz y lo mira por encima de la montura de plástico.
       —George, eres un desvergonzado —dice—. Siempre lo has sido. —Le dedica una sonrisa inocente, una sonrisa pícara, una sonrisa que encierra una pizca de auténtica maldad. Es una sonrisa que oscila como una mancha de gasolina en el agua, brillante, de tono cambiante.
       Esta sonrisa de Prue fue la primera cosa interesante con la que se tropezó George al llegar a Toronto a finales de los cincuenta. Fue en una fiesta organizada por un promotor inmobiliario que tenía contactos en la Europa del Este. Le habían invitado porque a los refugiados húngaros se les consideraba dignos de atención en aquella época, justo después del levantamiento. George era entonces joven, delgado como una serpiente, con una cicatriz encima de un ojo que le daba un aspecto peligroso y unas cuantas historias pintorescas. Un artículo de colección. Prue estaba allí con un vestido negro de escote palabra de honor. Alzó la copa hacia él, lo miró por encima del borde y enarboló su sonrisa como una bandera.
       La sonrisa sigue siendo una invitación, pero no es algo a lo que George piense dar curso…, no aquí, no ahora. Más adelante, en la ciudad, quizá. Pero este lago, esta península, el mismo Wacousta Lodge, son su refugio, su monasterio, su territorio sagrado. Aquí no va a permitirse la menor contravención.
       —¿Cómo es que no puedes aceptar un regalo? —dice George. El humo se le mete en los ojos. Los entrecierra—. Si fuera más joven, me arrodillaría. Te besaría las manos. Créeme.
       Prue, que le ha visto hacer esas cosas en tiempos más impetuosos, da media vuelta.
       —Es hora de comer —dice—. Es lo que he venido a decirte. —Ha oído la negativa de George.
       Él mira sus pantalones cortos blancos y los muslos todavía torneados —pero salpicados levemente de hoyuelos de grasa—, y los ve aparecer y desaparecer bajo la clara luz del sol, pasar junto al cobertizo de los botes, avanzar por el sendero de piedra y subir por la colina hasta la casa. Desde allí suena una campana: la campana que anuncia el almuerzo. Por una vez en su vida, Prue está diciendo la verdad.

       George echa una ojeada al periódico. En Quebec se habla de separatismo; hay mohawks tras las barricadas cerca de Montreal y la gente les tira piedras; se dice que el país se desintegra. George no está preocupado: ha estado antes en países que se desintegraban. Puede haber oportunidades. En cuanto al jaleo que arma aquí la gente por la cuestión del idioma, no lo entiende. ¿Qué es una segunda lengua, o una tercera, o una cuarta? George, sin ir más lejos, habla cinco, contando el ruso, lo que preferiría no hacer. En cuanto a lo de tirar piedras, es típico. No son bombas, no son balas: solo piedras. Aquí hasta el alboroto es silencioso.
       Se rasca la tripa por debajo de la camisa holgada. Últimamente se le ha ensanchado demasiado la cintura. Apaga el cigarrillo, apura el whisky y se levanta de la tumbona. Con cuidado, la pliega y la guarda en el cobertizo de los botes: podría levantarse viento y la tumbona podría acabar navegando en el lago. George trata las posesiones y los rituales de Wacousta Lodge con una ternura, con una reverencia, que desconcertaría a quienes solo lo han visto en la ciudad. A pesar de lo que algunos llamarían prácticas empresariales poco ortodoxas, en ciertos aspectos es un hombre conservador: adora las tradiciones. Aunque no abundan en este país, él las reconoce en cuanto las ve y les rinde homenaje. Las tumbonas son aquí lo que los escudos de armas en otros sitios.
       Mientras sube por la colina, más despacio que en el pasado, oye que alguien corta leña detrás del ala de la cocina. Oye un camión que pasa por la autopista que bordea el lago; oye el viento entre los pinos blancos. Oye un colimbo. Recuerda la primera vez que oyó uno y se abraza a sí mismo. Las cosas le han ido bien.

       Wacousta Lodge es una estructura amplia y rectangular de una planta, con paredes de tablones y listones verticales manchados de un marrón rojizo oscuro. La construyó a principios del siglo pasado el bisabuelo de la familia, que amasó una fortuna con el ferrocarril. Incluyó una habitación para la criada y otra para la cocinera en la parte posterior, aunque nunca se ha animado a ninguna cocinera ni a ninguna criada a alojarse en ellas, al menos que George sepa, y desde luego no en los últimos años. El rostro del bisabuelo, con bigotes de morsa, hosco y ceñudo sobre el estrangulamiento del cuello duro de la camisa, cuelga en un marco ovalado en el aseo, que alberga tan solo un lavabo y un aguamanil. George recuerda una bañera de cinc, pero ya la han jubilado. Los baños tienen lugar en el lago. Para lo demás, hay un retrete fuera de la casa, discretamente ubicado detrás de un macizo de píceas.
       «La cantidad de cuerpos desnudos y medio desnudos que habrá visto el viejo durante todos estos años —piensa George mientras se enjabona las manos—. Y menudo rechazo deben de haberle provocado». Al menos el viejo se ha librado de la condena de tener que usar el retrete exterior: sería demasiado para él. Al salir, George dedica al bisabuelo una leve inclinación supersticiosa, al estilo japonés. Siempre lo hace. La presencia de este ceñudo tótem ancestral es uno de los motivos por los que se comporta, más o menos, aquí.

       La mesa del almuerzo está puesta en la amplia galería cerrada de la parte delantera de la casa, que da al lago. Prue no está sentada a la mesa, pero sí lo están sus dos hermanas: Pamela, la mayor, de rostro seco, y la blanda Portia, la menor de las tres y esposa de George. También está Roland, el hermano: corpulento, rechoncho y con una calva incipiente. George, que no siente ninguna simpatía hacia los hombres en situaciones puramente sociales porque son pocas las formas en que puede manipularlos, saluda a Roland con una inclinación cortés de la cabeza y dirige toda la fuerza de su sonrisa lobuna a las dos mujeres. Pamela, que desconfía de él, se yergue y finge no haberlo visto. Portia le sonríe. Es una sonrisa tenue y melancólica, como si George fuera una nube. Roland no le hace ningún caso, aunque no de forma deliberada, porque Roland tiene la vida interior de un árbol, o probablemente de un tocón. George nunca sabe lo que piensa Roland, ni siquiera si piensa.
       —¿No te parece que hace un tiempo maravilloso? —le pregunta George a Pamela. Con los años ha aprendido que aquí el tiempo es el tema adecuado para iniciar cualquier conversación. Pamela está demasiado bien educada para negar una respuesta a una pregunta directa.
       —Para quien le gusten las postales —dice ella—. Al menos no nieva. —Hace poco la han nombrado «decana de mujeres», un título que George todavía no ha conseguido entender del todo. El diccionario Oxford le ha informado de que un decano puede ser el jefe de diez monjes en un monasterio, o «según el tr. med. L. decanus, aplicado al teoðing-ealdor, el jefe de un tenmannetale». Casi todo lo que dice Pamela suena así: incomprensible, aunque quizá, si se estudia, resulte que significa algo.
       A George le gustaría acostarse con Pamela, no porque sea hermosa —es demasiado rectilínea y plana para su gusto, carece de trasero y tiene el pelo del color de la hierba seca—, sino porque nunca lo ha hecho. También quiere saber qué diría ella. Su interés por Pamela es antropológico. O quizá geológico: habría que escalarla, como un glaciar.
       —¿Has disfrutado de la lectura? —le pregunta Portia—. Espero que no te haya quemado el sol. ¿Novedades?
       —Si se les puede llamar novedades —dice Pamela—. Ese periódico es de hace una semana. ¿Por qué decimos «novedades»? ¿Por qué no «antigüedades»?
       —A George le gustan las cosas viejas —interviene Prue, que ha aparecido con una fuente de comida. Se ha puesto una camisa blanca de hombre encima del conjunto de pañuelos, pero no se la ha abrochado—. Afortunadamente para nosotras, las señoras, ¿eh? A comer, todo el mundo. Son sándwiches de queso y chutney para chuparse los dedos y sardinas de rechupete. ¿George? ¿Cerveza o lluvia ácida?
       George se toma una cerveza y come y sonríe, come y sonríe, mientras la familia habla a su alrededor, todos salvo Roland, que absorbe sus nutrientes en silencio, mirando el lago entre los árboles, con los ojos inmóviles. A George le parece a veces que Roland puede cambiar ligeramente de color para fundirse con su entorno; a diferencia de él, que está condenado a destacar.
       Pamela se queja una vez más de las aves disecadas. Son tres y están cubiertas con campanas de cristal en el salón: un pato, un colimbo y un urogallo. Fueron la brillante idea del abuelo y debían armonizar con el estilo decorativo general del pabellón: la raída alfombra de piel de oso, con zarpas y cabeza incluidas; la canoa de corteza de abedul en miniatura sobre la repisa de la chimenea; las raquetas de nieve, agrietadas y resecas, entrecruzadas sobre la chimenea; la manta de la bahía de Hudson clavada a la pared y plagada de polillas. Pamela está segura de que las aves disecadas también tendrán polillas.
       —Seguro que tienen un mar de gusanos dentro —dice, y George intenta imaginar cómo debe de ser un mar de gusanos. Son esos saltos metafóricos de Pamela y sus enmarañadas construcciones verbales lo que le confunden.
       —Están herméticamente selladas —señala Prue—. Ya sabes: no entra ni sale nada. Como las monjas.
       —No seas asquerosa —dice Pamela—. Deberíamos examinarlas para ver si tienen deposiciones.
       —¿A las monjas? —pregunta Prue.
       —¿Qué es una deposición? —pregunta George.
       —Un excremento de gusano —responde Pamela sin mirarlo—. Podríamos liofilizarlos.
       —¿Funcionaría? —dice Prue.
       Prue, que en la ciudad está siempre a la cabeza de las modas —la primera cocina blanca, el primer par de hombreras gigantescas, el primer traje pantalón de cuero han sido los suyos—, se muestra aquí tan reacia al cambio como los demás. Quiere que todo lo que hay en esta península siga exactamente como está. Y así sigue, aunque con un gradual declive hacia el abandono. Sin embargo, a George no le importa el abandono. Wacousta Lodge es una pequeña porción del pasado, de un pasado ajeno. Se siente privilegiado.
       Pasa una lancha, una de esas veloces con casco de plástico, demasiado cerca. Hasta Roland da un respingo. La estela empuja el agua contra el muelle.
       —Las odio —dice Portia, que no ha mostrado mucho interés en la cuestión de los pájaros disecados—. ¿Otro sándwich, querido?
       —Durante la guerra esto era muy tranquilo, una auténtica delicia —afirma Pamela—. Tendrías que haber estado aquí, George. —Lo dice con tono acusador, como si él tuviera la culpa de no haber estado allí—. Apenas había lanchas debido al racionamiento de fuel. Más canoas. Claro que en aquella época aún no habían construido la carretera. Solo estaba el tren. Me pregunto por qué se dice «líneas de pensamiento» y no «vías de pensamiento».
       —Y botes de remo —apunta Prue—. Creo que habría que coger a todos esos de las lanchas y pegarles un tiro. Al menos a los que van demasiado deprisa. —Ella misma conduce como una loca, pero solo en tierra.
       George, que ha visto cómo cogían y pegaban un tiro a mucha gente, aunque no por conducir lanchas, sonríe y se sirve una sardina. Él mismo mató a tres hombres, aunque solo en el caso de dos era estrictamente necesario. Al tercero lo eliminó por precaución. Todavía se siente incómodo al recordarlo, al pensar en el que posiblemente fuera inofensivo, con sus ojos inocentes de informador y la pechera de la camisa manchada de sangre. Sin embargo, no tendría mucho sentido mencionar eso durante el almuerzo o en cualquier otro momento. George no desea sobresaltar a nadie.
       Fue Prue quien lo trajo al norte, quien lo trajo aquí durante su romance, el primero. (¿Cuántos romances han tenido? ¿Pueden separarse o son en realidad un largo romance con interrupciones, como una ristra de salchichas? Las interrupciones han sido los matrimonios de Prue, que nunca han durado mucho, posiblemente porque era monógama mientras duraban. George sabía cuándo un matrimonio se acercaba a su fin: sonaba el teléfono de su oficina y era Prue, que decía: «George, no puedo más. Me he portado muy bien, pero no puedo seguir. Entra en el baño cuando me estoy pasando el hilo dental. Me muero de ganas de estar en un ascensor contigo, atrapados entre dos plantas. Dime algo sucio. Odio el amor, ¿tú no?»).

       La primera vez que George estuvo aquí llegó encadenado, siguiendo a rastras la estela de Prue, como un bárbaro en un paseo triunfal romano. Una captura sin duda, y también un ultraje deliberado. Se esperaba que alarmara a la familia de Prue, y así ocurrió, aunque no fue a propósito. Su inglés no era bueno, llevaba el pelo demasiado brillante, la puntera de los zapatos demasiado fina, la ropa demasiado bien planchada. Llevaba gafas oscuras, saludaba dando un beso en la mano. La madre de Prue todavía vivía, pero el padre no, de modo que había cuatro mujeres alineadas contra él, sin la menor ayuda por parte del impenetrable Roland.
       —Mamá, este es George —dijo Prue en el muelle, donde estaban todos sentados en sus ancestrales tumbonas, las hijas en bañador y con la camisa encima, la madre con rayas de color pastel—. No es su verdadero nombre, pero es más fácil de pronunciar. Ha venido a ver animales salvajes.
       George se inclinó para besar la mano de la madre, salpicada de manchas provocadas por el sol, y se le cayeron las gafas oscuras al lago. La madre dejó escapar unos murmullos de pesadumbre, Prue se rio de él, Roland no le hizo el menor caso y Pamela se apartó indignada. En cambio, Portia —la encantadora, la menuda Portia, con sus ojos de terciopelo— se quitó la camisa sin pronunciar una sola palabra y se zambulló en el lago. Recuperó las gafas, sonrió tímidamente y se las entregó desde el agua; el cabello goteaba sobre sus pequeños pechos, como los de una náyade de una fuente de estilo art nouveau, y George supo en ese momento que se casaría con ella. Una mujer gentil, con tacto y de pocas palabras, que sería cariñosa con él, que lo encubriría; que recogería lo que se le cayera.
       Por la tarde, Prue lo llevó a remar en una de las canoas recubiertas de lona con filtraciones que se guardaban en el cobertizo de los botes. George se sentó delante y, mientras clavaba ineptamente el remo en el agua, pensaba en cómo podría lograr que Portia se casara con él. Prue atracó en un cabo rocoso y lo condujo entre los árboles. Quería que George le hiciera el amor de aquella manera violenta, disoluta y extraña que tenía, sobre el liquen y las agujas de los pinos. Quería infringir un tabú familiar. Lo que se proponía era un sacrilegio: para él estaba claro. Pero George ya había ideado su plan de ataque, de modo que la disuadió. No quería profanar Wacousta Lodge: quería casarse con el lugar.
       Esa noche, durante la cena, descuidó a las tres hijas y se centró en la madre. La madre era la guardiana; la madre era la llave. A pesar de su deficiente vocabulario, podía ser irresistiblemente encantador, tal como Prue había anunciado a todos mientras tomaban la sopa de fideos con pollo.
       —Wacousta Lodge —le dijo George a la madre, inclinando hacia ella su cicatriz y sus ojos brillantes de merodeador a la luz de la lámpara de queroseno—. Qué romántico. ¿Es el nombre de una tribu india?
       Prue se rio.
       —Es el nombre de un libro estúpido —respondió—. Al bisabuelo le gustaba porque lo escribió un general.
       —Un comandante —la corrigió Pamela con severidad—. En el siglo diecinueve. El comandante Richardson.
       —Ah —dijo George, y añadió el dato a su creciente alijo de tradiciones locales. ¡Así que había libros aquí, y casas que llevaban sus títulos! Había mucha gente susceptible en lo referente a sus libros; le convendría mostrar algún interés. En cualquier caso, estaba interesado de verdad. Sin embargo, cuando preguntó cuál era el tema de ese libro en particular, resultó que ninguna de las mujeres lo había leído.
       —Yo sí lo he leído —intervino Roland inesperadamente.
       —¿Ah, sí? —preguntó George.
       —Trata sobre la guerra.
       —Está en la estantería del salón —dijo la madre con indiferencia—. Después de cenar puede hojearlo si tan fascinado está.
       Había sido la madre (según aclaró Prue) la culpable de que los nombres de sus hijas comenzaran por la misma consonante. Era una mujer caprichosa, aunque no sádica; simplemente pertenecía a una época en que los padres actuaban así: daban a sus hijos nombres que concordaran, como si los hubieran sacado del abecedario. La cabra, la cobra, el conejo. Mary y Marjorie Murchison. David y Darlene Daly. Ya nadie hacía eso. Por supuesto, la madre no se contentó con los nombres, sino que los transformó en diminutivos: Pam, Prue y Porsh. El de Prue es el único que se ha mantenido. Pamela es ahora demasiado digna para el suyo, y Portia dice que tiene bastante con que la confundan con un coche y que por qué no puede ser simplemente una inicial.
       Roland quedó fuera del grupo por insistencia del padre. Según Prue, Roland siempre ha estado molesto por ello. «¿Y tú cómo lo sabes?», le preguntó George pasándole la lengua alrededor del ombligo. Prue estaba tumbada en enaguas sobre la alfombra china del despacho de George, fumando un cigarrillo y rodeada de los papeles que habían caído del escritorio durante la refriega inicial. Se había asegurado de no cerrar la puerta con llave: le gustaba el riesgo de una posible intromisión, preferentemente de la secretaria de George, quien sospechaba que era su competidora. ¿Qué secretaria y cuándo fue eso? Los papeles esparcidos por el suelo eran parte de un plan de absorción empresarial: el grupo Adams. Así es como George sitúa los diversos episodios con Prue: recordando en qué otros tejemanejes andaba metido en ese momento. Había amasado su fortuna deprisa, y después había amasado más. Resultó mucho más fácil de lo que había imaginado; había sido como arponear peces a la luz de una lámpara. Esa gente era confiada y relajada, y enseguida se avergonzaba ante la menor insinuación de su intolerancia o su falta de hospitalidad con los forasteros. No estaban preparados para George. Él se había sentido feliz como un misionero entre los hawaianos. Bastaba un atisbo de oposición para que exagerara su acento y se refiriera quejumbrosamente a las atrocidades del comunismo. Primero demuestra tu superioridad moral y luego coge lo que puedas.

       Tras esa primera cena, pasaron todos al salón, cada uno con su taza de café. También allí había lámparas de queroseno, antiguas, con pantallas esféricas. Prue tomó flagrantemente a George de la mano y le condujo hasta la estantería, que estaba coronada por una colección de conchas y restos de maderos arrastrados a la playa, recogidos durante la infancia de las hermanas. «Aquí está —dijo—. Léelo y llora». Fue a servirse otro café. George abrió el libro, una edición antigua que, como esperaba, tenía un frontispicio de un guerrero de rostro enojado con un hacha de guerra y pintura. A continuación echó un vistazo a los estantes. De mar a mar. Animales salvajes que he conocido. Poesía completa de Robert Service. La historia de nuestro Imperio. Consejos para sobrevivir en la naturaleza.
       Consejos para sobrevivir en la naturaleza lo desconcertó. Conocía la palabra «naturaleza», pero ¿«consejos»? No estaba seguro de si era un sustantivo o un verbo. Estaban los consejos de ancianos, lo sabía por los libros de historia, y esa tarde, cuando subió a la canoa, Prue le había dicho: «Si me permites el consejo, ve con cuidado. No vayamos a volcar». Quizá fuera otra clase de consejo, como en las columnas «Consejos prácticos para amas de casa felices» de las revistas femeninas que había empezado a leer para mejorar su inglés, porque el vocabulario era bastante sencillo y además llevaban fotografías, lo que era de gran ayuda.
       Cuando abrió el libro, vio que su suposición era acertada. Consejos para sobrevivir en la naturaleza databa de 1905. Había una foto del autor con una chaqueta de lana a cuadros y un sombrero de fieltro, fumando en pipa y remando en canoa contra un telón de fondo que era más o menos el que se veía desde la ventana: agua, islas, rocas, árboles. El libro explicaba cómo hacer cosas útiles, tales como cazar animales con cepo y comerlos —algo que el propio George había hecho, aunque no en bosques— o encender una hoguera en medio de una tormenta. Entre estas instrucciones se intercalaban pasajes líricos sobre las maravillas de la independencia y el aire libre, y descripciones de escenas de pesca y de puestas de sol. George se llevó el libro a una silla que había junto a una lámpara con pantalla esférica. Quería leer lo que explicaba sobre los cuchillos de desollar, pero Prue regresó con su café y Portia le ofreció un bombón, y él no deseaba correr el riesgo de contrariar a ninguna de las dos, no tan pronto. Tal vez más adelante.

       Ahora George vuelve a entrar en el salón, de nuevo con una taza de café en la mano. A estas alturas ya ha leído todos los libros de la colección del bisabuelo. Es el único que lo ha hecho.
       Prue entra detrás de él. Las mujeres han establecido turnos para recoger la mesa y fregar los platos, y esta vez no le toca a ella. La tarea de Roland consiste en cortar la leña. En una ocasión presionaron a George para que ayudara con un trapo de cocina, pero rompió jovialmente tres copas de vino, entre exclamaciones acerca de su propia torpeza, y desde entonces le han dejado en paz.
       —¿Quieres más café? —pregunta Prue. Está muy cerca de él, presentándole la camisa abierta, los dos pañuelos. George no está seguro de si le apetece volver a empezar algo, pero deja el café en lo alto de la estantería y le pone la mano en la cadera. Quiere tantear sus opciones, asegurarse de que sigue siendo bienvenido. Prue suspira: es un largo suspiro de deseo o de exasperación, o de ambas cosas.
       —Ah, George —dice—. ¿Qué debo hacer contigo?
       —Lo que quieras —responde él, y acerca la boca a su oreja—. No soy más que barro en tus manos. —El lóbulo de Prue tiene un diminuto pendiente de plata en forma de concha. George reprime el impulso de mordisquearlo.
       —Mi curioso George —dice ella, utilizando uno de los apelativos cariñosos con los que solía llamarle—. Antes tenías los ojos de un chivo. Ojos lascivos.
       «Y ahora soy un viejo macho cabrío», piensa George. No puede resistirse, quiere volver a ser joven. Le pasa la mano por debajo de la camisa.
       —Después —dice Prue con tono triunfal. Se aparta de él y esboza su sonrisa vacilante. George vuelca su taza de café con el codo.
       —Fene egye meg —dice, y Prue se ríe. Conoce el significado de esa expresión soez, y también de otras peores.
       —Jodido torpe —dice—. Voy a buscar un trapo.
       George enciende un cigarrillo y espera a que regrese. Pero es Pamela la que aparece, ceñuda, en el umbral, con una bayeta deteriorada y un cuenco metálico. Seguro que Prue ha encontrado alguna otra cosa urgente que hacer. Probablemente esté en el retrete, hojeando una revista y maquinando, decidiendo cuándo y dónde volverá a tentarlo.
       —Buena la has hecho, George —dice Pamela, como si le hablara a un cachorrillo. «Si tuviera un periódico enrollado en la mano, seguro que me golpearía con él en la nariz», piensa George.
       —Es verdad. Soy un patán —responde amigablemente—. Pero eso siempre lo has sabido.
       Pamela se arrodilla y empieza a pasar la bayeta.
       —Si el plural de «zoquete» es «zoquetes», ¿cuál es el plural de «patán»? —dice—. ¿Por qué no es «patans»? —George se da cuenta de que casi todo lo que Pamela dice no va dirigido a él ni a ningún otro oyente, sino a sí misma. ¿Acaso porque cree que nadie la oye? Ver a Pamela de rodillas le parece sugerente…, hasta excitante. Percibe su olor: escamas de jabón, un toque de algo dulce. ¿Loción de manos? Tiene bonitos el cuello y la nuca. Se pregunta si Pamela ha tenido algún amante y, de ser así, cómo era. Un hombre insensible, sin la menor destreza. Un patán.
       —Fumas como una chimenea, George —dice Pamela sin volverse—. Deberías dejarlo o te matará.
       George rumia la ambigüedad de la frase. «Fumar como una chimenea». Se ve a sí mismo como un dragón, con humo y llamas rojas brotando de sus voraces fauces. ¿Es esa la imagen que ella tiene de él?
       —Eso te alegraría —dice, tras decidir impulsivamente probar con un ataque frontal—. Te gustaría verme seis pies bajo tierra. Nunca te he caído bien.
       Pamela deja de fregar y vuelve la cabeza para mirarlo. Luego se levanta y escurre la bayeta en el cuenco.
       —Qué infantil y qué indigno por tu parte —dice sin alterarse—. Necesitas hacer más ejercicio. Esta tarde te llevaré a dar un paseo en canoa.
       —Sabes que no es lo mío —responde George con sinceridad—. Siempre me estampo contra las rocas. Nunca las veo.
       —La geología es el destino —afirma Pamela, como si hablara consigo misma. Mira ceñuda el colimbo disecado bajo la campana de cristal. Está pensando—. Sí —dice por fin—. Este lago está lleno de rocas ocultas. Puede ser peligroso. Pero cuidaré de ti.
       ¿Está flirteando con él? ¿Puede flirtear un peñasco? George apenas da crédito, pero le sonríe, con el cigarrillo sujeto en el centro de la boca y enseñando los caninos, y por primera vez en la vida de ambos Pamela le devuelve la sonrisa. Su boca es muy diferente con las comisuras hacia arriba; es como si George estuviera viendo a Pamela boca abajo. Le sorprende el encanto de su sonrisa. No es una sonrisa cómplice como la de Prue, ni santurrona como la de Portia. Es la sonrisa de un diablillo, de una niña traviesa, mezclada con algo que nunca habría esperado encontrar en ella. Generosidad, despreocupación, esplendidez. Pamela tiene algo que desea entregarle. ¿Qué será?

       Después del almuerzo y de una pausa para la digestión, Roland se pone de nuevo a partir leña junto a la leñera que hay detrás de la cocina. Está cortando madera de abedul, un árbol moribundo que taló hace un año. Los castores habían empezado a ocuparse de él, pero cambiaron de opinión. En cualquier caso, los abedules blancos no viven mucho. Roland utilizó la sierra mecánica, con la que seccionó limpiamente el tronco a lo largo; la hoja atravesaba la madera como un cuchillo la mantequilla, el ruido ahogaba cualquier otro sonido: el viento y las olas, el rugido de los camiones en la autopista al otro lado del lago. No le gustan los ruidos de las máquinas, pero resultan más tolerables cuando los hace uno mismo, cuando se pueden controlar. Como los disparos.
       No es que Roland dispare. Antes sí: salía a cazar ciervos durante la temporada, pero ahora es peligroso: hay demasiados hombres que lo hacen —italianos y quién sabe de qué otras nacionalidades—, y disparan contra todo lo que se mueve. En cualquier caso, ha perdido el gusto por el resultado final, por los cadáveres con sus cornamentas atados al capó de los coches como adornos grotescos, las espléndidas cabezas asesinadas mirando con sus ojos apagados desde lo alto de las furgonetas. Puede entender el interés por la carne de venado, que se mate para comer, pero ¿tener una cabeza cortada en la pared? ¿Qué prueba eso, salvo que un ciervo no puede apretar un gatillo?
       Nunca habla de estos sentimientos. Sabe que se los echarían en cara en su lugar de trabajo, que detesta. Se dedica a gestionar dinero ajeno. Sabe que no es un triunfador, al menos lo que su bisabuelo consideraba como tal. El viejo lo mira con desprecio todas las mañanas desde el marco de palisandro del cuarto de baño, mientras él se afeita. Los dos saben lo mismo: si Roland fuera un triunfador, estaría por ahí saqueando, no llevando las cuentas. Tendría a un hombre gris, inofensivo y descontento para que le llevara las cuentas. Un regimiento de individuos así. Un regimiento de hombres como él.
       Coge un leño de abedul, lo coloca de pie sobre el tajo, balancea el hacha. Un corte limpio, aunque ha perdido la práctica. Mañana tendrá ampollas. Parará dentro de un rato, se agachará y amontonará, se agachará y amontonará. Ya hay bastante leña, pero le gusta hacer esto. Es una de las pocas cosas que le gustan. Solo se siente vivo aquí.
       Ayer llegó en coche desde el centro de la ciudad, pasando por delante de almacenes, fábricas y relucientes torres de cristal, que han surgido, según parece, de la noche a la mañana; de urbanizaciones que juraría que no existían el año pasado, el mes pasado. Acres de tierra sin árboles, de nuevas casas adosadas con pequeños tejados en punta, como tiendas de campaña, como una invasión. Las tiendas de los godos y los vándalos. Las tiendas de los hunos y los magiares. Las tiendas de George.
       El hacha cae sobre la cabeza de George, que se parte en dos. Si Roland hubiera sabido que George estaría aquí este fin de semana, no habría venido. Maldita Prue y sus estúpidos pañuelos, su camisa abierta, esos pechos de mediana edad ofrecidos como magdalenas calientes y pecosas junto con las sardinas y el queso, mientras George desliza sobre ella sus untuosos ojos y Portia finge no darse cuenta. Maldito George y sus turbios negocios y sus sobornos a concejales; maldito George y sus millones y ese encanto excesivo y falso. George debería quedarse en la ciudad, ese es su sitio. Cuesta soportarle incluso allí, pero al menos Roland puede zafarse de él. Aquí, en Wacousta Lodge, es intolerable, se pavonea como si fuera el dueño del lugar. Todavía no. Probablemente esperará a que todos estiren la pata para convertirlo en una lucrativa residencia de ancianos para japoneses ricos. Les venderá naturaleza, con un gran margen de beneficios. Esa es la clase de cosa que haría George.
       Roland supo que era más listo que el hambre en cuanto lo vio. ¿Por qué se casó Portia con él? Podría haberse casado con un buen hombre y haber dejado a George para Prue, que lo había sacado de vete a saber dónde y lo paseaba por ahí como si fuera un pez que hubiera ganado un premio. Prue se lo merecía; Portia, no. Pero ¿por qué renunció Prue a él sin presentar batalla? No era propio de ella. Era como si hubiera habido alguna negociación, un acuerdo invisible entre ellos. Portia se había quedado con George, pero ¿qué dio a cambio? ¿A qué tuvo que renunciar?
       Portia siempre ha sido su hermana favorita. Era la menor, la pequeña. Prue, que era la siguiente en edad, a menudo se burlaba salvajemente de ella, aunque a Portia le costaba muchísimo echarse a llorar. Se limitaba a mirarla, como si no alcanzara a entender lo que le hacía Prue ni por qué. Luego se marchaba sola. O Roland salía en su defensa y había una pelea, y acusaban a Roland de meterse con su hermana y le decían que no debía comportarse así porque era un niño. No recuerda qué papel desempeña Pamela en todo esto. Pamela era mayor que el resto y tenía su propia agenda, que al parecer no incluía a nadie más. Pamela leía en la mesa durante la cena y salía a dar paseos en canoa. Pamela tenía permiso.
       En la ciudad, iban a colegios distintos o a cursos distintos; la casa era grande y cada uno tenía sus propias sendas, sus propias guaridas. Solo aquí los territorios de los hermanos se solapaban. Wacousta Lodge, a pesar de su aspecto tranquilo, es para Roland el receptáculo de las guerras familiares.
       ¿Qué edad tenía —¿nueve años?, ¿diez?— aquella vez que estuvo a punto de matar a Prue? Fue el verano que quería ser un indio, influido por Consejos para sobrevivir en la naturaleza. A menudo sacaba a hurtadillas el libro del estante y se lo llevaba fuera, detrás de la leñera, y pasaba las páginas una y otra vez. Consejos para sobrevivir en la naturaleza enseñaba a sobrevivir en los bosques…, algo que deseaba más que nada en el mundo. Cómo construir refugios, confeccionar ropa con piel de animales, encontrar plantas comestibles. Había diagramas e ilustraciones a pluma: de huellas de animales, de hojas y de semillas. Descripciones de los excrementos de diferentes animales. Recuerda la primera vez que encontró caca de oso, fresca, hedionda y teñida de violeta por los arándanos. Se llevó un susto de muerte.
       En el libro se explicaban muchas cosas sobre los indios, lo nobles que eran, lo valientes, leales, limpios, reverentes, hospitalarios y honorables. (Hasta estas palabras suenan ahora pasadas de moda, arcaicas. ¿Cuándo fue la última vez que Roland oyó elogiar a alguien por ser honorable?). Solo atacaban en defensa propia, para impedir que les robaran la tierra. Además, caminaban de un modo distinto. En la página 208 había un dibujo de huellas, la de un indio y la de un hombre blanco: el blanco calzaba botas con tachuelas y los dedos apuntaban hacia fuera; el indio llevaba mocasines y sus pies quedaban rectos. Desde entonces Roland se fija en sus pies. Todavía inclina ligeramente los dedos hacia dentro, para contrarrestar lo que, a su entender, deben de ser un andar oscilante genéticamente programado.
       Ese verano correteaba por ahí con un trapo de cocina remetido en la parte delantera de la cintura del bañador a modo de taparrabos y la cara decorada con carbón sacado de la chimenea, que alternaba con pintura roja birlada de la caja de pinturas de Prue. Acechaba junto a las ventanas, atento a lo que se decía dentro. En un intento de hacer señales de humo, prendió fuego a la maleza que crecía junto al cobertizo de los botes, pero lo apagó antes de que lo pillaran. Ató una piedra rectangular a un palo con un cordón de cuero que cogió de una bota de su padre; en aquel entonces su padre estaba vivo. Espiaba a Prue, que leía tebeos en el muelle, balanceando las piernas en el agua.
       Tenía su hacha de piedra. Podría haberle partido la cabeza. Naturalmente, ella no era Prue: era Custer, era la traición, era el enemigo. Llegó incluso a levantar el hacha y observó la convincente silueta que su sombra dibujaba en el muelle. La piedra se desprendió y le cayó en el pie. Gritó de dolor. Prue se volvió, lo vio, adivinó de inmediato lo que estaba haciendo y casi se murió de la risa. Fue entonces cuando estuvo a punto de matarla. Lo otro, el hacha de piedra, había sido solo un juego.
       No había sido más que un juego, pero le dolió tener que dejarlo. Anhelaba creer en esa clase de indios, los que aparecían en el libro. Necesitaba que existieran.
       Ayer pasó con el coche junto a tres indios auténticos, que atendían un puesto de venta de arándanos. Vestían vaqueros, camiseta y zapatillas de deporte, como todo el mundo. Uno tenía un transistor. Junto al puesto había una furgoneta granate, bien cuidada. ¿Qué esperaba?, ¿que llevaran plumas? Todo eso había desaparecido, se había perdido, desbaratado, mucho antes de que él naciera.
       Roland sabe que esto es un sinsentido. Al fin y al cabo, es contable; brega con la dura divisa de la realidad. ¿Cómo se puede perder algo que nunca se ha tenido? (Pero sí, sí se puede, porque Consejos para sobrevivir en la naturaleza fue suyo en su día, y lo ha perdido. Ha abierto el libro hoy, antes del almuerzo, después de cuarenta años. Ahí estaba ese vocabulario inocente y apolillado que antaño le había inspirado: la Hombría con H mayúscula, el valor, el honor. El Espíritu de la Jungla. Era ingenuo, pomposo, ridículo. Era polvo).
       Roland corta con el hacha. El sonido se desplaza entre los árboles, cruza la pequeña ensenada que hay a su izquierda, rebota contra un elevado peñasco y provoca un débil eco. Es un sonido antiguo, un sonido sobrante.

       Portia está tendida en la cama, haciendo la siesta, y oye cómo Roland corta leña. Hace la siesta como siempre la hace, sin dormir. Antes su madre la obligaba a echársela. Ahora simplemente se la echa. Cuando era pequeña se tumbaba aquí —a salvo de Prue—, en la cama de matrimonio de sus padres, que ahora es de George y suya. Pensaba en toda suerte de cosas; veía caras y siluetas de animales en los nudos del techo de pino e inventaba historias sobre ellos.
       Ahora las únicas historias que inventa son sobre George. Probablemente sean incluso más irreales que las que él inventa sobre sí mismo, pero Portia no tiene modo de saberlo. Hay quien miente por instinto y quien no, y quien no está a merced de quien sí lo hace.
       Prue, por ejemplo, es una mentirosa despreocupada. Siempre lo ha sido; le gusta. Cuando eran niñas le decía: «Anda, tienes un moco enorme en la nariz». Portia corría a mirarse en el espejo del baño. No tenía nada, pero el hecho de que lo hubiera dicho Prue en cierto modo lo volvía real, y ella frotaba y frotaba intentando limpiarse la suciedad invisible, mientras Prue se partía de risa. «No la creas —le advertía Pamela—. No seas mema». (Una de sus palabras favoritas en aquel entonces: la aplicaba a las piruletas, al pescado, a las bocas). Pero a veces lo que Prue decía era cierto, de modo que ¿cómo podía saberlo?
       George es igual. La mira a los ojos y miente con tanta ternura, con tanto sentimiento, con tanta tristeza implícita por la necesidad de Portia de creerle, que ella es incapaz de dudar de él. Dudar de él la volvería cínica y dura. Preferiría que la besaran; preferiría que la valoraran. Preferiría creer.
       Ni que decir tiene que sabía desde un principio lo de George y Prue. Fue Prue quien trajo a George. Pero al cabo de un tiempo él le juró que lo suyo con Prue no había sido nada serio y, en cualquier caso, se había acabado. Y a Prue no pareció importarle. Según daba a entender, ya había tenido a George. George estaba usado, como un vestido. Si Portia lo quería, a ella le daba igual. «Adelante, todo tuyo —había dicho—. Dios sabe que hay George de sobra».
       Portia quería hacer las cosas como Prue; quería ensuciarse las manos. Algo intenso, seguido de una despedida despreocupada. Pero era demasiado joven; no tenía maña. Había salido del lago y le había devuelto a George las gafas de sol, y él la había mirado del modo equivocado: con reverencia, no con pasión; una mirada limpia, sin el menor atisbo de obscenidad. Esa noche, después de la cena, él dijo, con meticulosa cortesía:
       —Aquí todo es muy nuevo para mí. Me gustaría que fuera usted mi guía en su maravilloso país.
       —¿Yo? —dijo Portia—. No sé… ¿Y qué pasa con Prue? —Ya empezaba a sentirse culpable.
       —Prue no entiende de obligaciones —respondió él (cierto: Prue no entendía de obligaciones, y esa muestra de perspicacia por parte de George era impresionante)—. Sin embargo, usted sí las entiende. Yo soy el invitado, usted el huésped.
       —Huéspeda —dijo Pamela, que no parecía estar escuchando—. «Huésped» es masculino, y significa también «posadero»[1]. O el ser vivo en el que se alojó un parásito.
       —Me parece que tiene usted una hermana muy intelectual —dijo George con una sonrisa, como si esa cualidad de Pamela fuera una curiosidad, o quizá una deformidad. Pamela le lanzó una mirada de puro resentimiento, y desde entonces no ha hecho ningún esfuerzo por acercarse a él. Por lo que a ella respecta, George podría ser perfectamente un bulto o un leño.
       Pero a Portia le trae sin cuidado la indiferencia de Pamela. Es más: la valora. En una época quería ser más como Prue, pero ahora es Pamela. Pamela, a la que consideraban tan excéntrica, peculiar y fea en los años cincuenta, parece ser ahora la única de las tres que ha hecho bien las cosas. La libertad no consiste en tener muchos hombres, no si se piensa que hay que tenerlos. Pamela hace lo que quiere, ni más ni menos.
       Es bueno que haya una mujer en el universo capaz de tomar a George o no hacerle ni caso. A Portia le gustaría ser así de fría. Incluso después de treinta y dos años, sigue atrapada en la falta de aliento, en la falta de aire del amor. No es muy diferente de la primera noche, cuando él se inclinó a besarla —junto al cobertizo de los botes, tras un paseo vespertino en canoa— y ella se quedó inmóvil como un ciervo deslumbrado por los faros de un coche, paralizada, mientras algo inmenso e imparable se abalanzaba sobre ella, a la espera del chillido de los frenos, del impacto de la colisión. Pero no fue esa clase de beso: no era sexo lo que George quería de Portia. Quería lo otro: las blusas de algodón blancas de esposa, los moisés. A él le entristece no haber tenido hijos.
       En aquel entonces George era un hombre guapo. Había muchos hombres guapos, pero, comparados con él, los demás parecían vacíos, sin nada escrito en ellos. Él es el único al que ha querido. Sin embargo, no puede tenerlo, porque nadie puede. George se tiene a sí mismo, y eso es algo a lo que no piensa renunciar.
       Es eso lo que mueve a Prue: quiere hacerse con él finalmente, abrirlo, retorcerlo hasta sacarle alguna suerte de concesión. George es la única persona a la que Prue no ha logrado intimidar, ignorar, decepcionar o reducir. Portia siempre sabe cuándo Prue vuelve al ataque: hay indicios reveladores; hay llamadas telefónicas sin una voz que las acompañe; hay despliegues de mentiras sinceras y melancólicas por parte de George…, una delación de lo más clara. Él sabe que ella lo sabe; la aprecia porque no dice nada, y ella deja que la aprecie.
       Sin embargo, no hay nada ahora. No en este momento, no aquí, no en Wacousta Lodge. Prue no se atrevería, y George tampoco. Él sabe dónde pone ella el límite, sabe cuál es el precio de su silencio.

       Portia mira el reloj: ha terminado la siesta. Como de costumbre, no ha sido reparadora. Se levanta, va al lavabo y se echa agua en la cara. Se aplica crema delicadamente, masajeándose el contorno de los ojos caídos. La cuestión a su edad es a qué raza de perro no tardará en parecerse. Ella será un beagle; Prue, un terrier. Pamela será un afgano o algo con un aspecto igualmente sobrenatural.
       Su bisabuelo la mira en el espejo y, como siempre, muestra su desaprobación hacia ella, a pesar de que llevaba mucho tiempo muerto cuando Portia nació.
       —Lo he hecho lo mejor que he podido —le dice—. Me casé con un hombre como tú. Un rey de los ladrones.
       Jamás admitirá ante él ni ante nadie que quizá fuera un error. (¿Por qué su padre no tiene ningún papel en su vida interior? Porque no estuvo nunca presente, ni siquiera en fotografía. Estaba siempre en la oficina; incluso en verano —especialmente en verano— era una ausencia).
       Al otro lado de la ventana, Roland ha dejado de cortar leña y está sentado en el tajo con los brazos sobre las rodillas, las grandes manos colgando, la mirada fija en los árboles. Es el favorito de Portia, el que siempre salía en su defensa. Eso terminó cuando ella se casó con George. Ante Prue, Roland había sido efectivo, pero George lo desconcierta. No es de extrañar. El amor de Portia protege a George, lo amuralla. El estúpido amor de Portia.
       ¿Dónde está George? Portia da vueltas por la casa, buscándolo. A esta hora del día suele estar en el salón, tumbado en el sofá, dormitando; pero no está ahí. Portia recorre con la mirada la habitación vacía. Todo está como siempre: las raquetas de nieve en la pared, la canoa de madera de abedul con la que siempre quiso jugar pero no pudo porque era un recuerdo, la alfombra de piel de oso, con el pelo mate y cada vez más escaso. El oso era un amigo en su día, tenía incluso nombre, pero Portia lo ha olvidado. Hay una taza de café vacía en la estantería. Es un descuido, un lapsus: no debería estar ahí. Nota los primeros indicios de esa sensación que la embarga cuando sabe que George está con Prue, un entumecimiento que empieza en la base de la columna vertebral. Pero no, Prue está en la hamaca de la galería cubierta, leyendo una revista. No puede haber más de una.
       —¿Dónde está George? —pregunta Portia, sabiendo que no debería.
       —¿Cómo voy a saberlo? —responde Prue. Su tono es malhumorado, como si se estuviera preguntando lo mismo—. ¿Qué pasa? ¿Ha vuelto a soltarse de la correa? Qué raro, porque por aquí no hay ninguna secretaria buenorra. —A la luz del sol, tiene un aspecto alborotado: el pintalabios, demasiado naranja, se escurre en las diminutas arrugas que circundan su boca; tiene el flequillo desordenado; las cosas se están torciendo.
       —No hay necesidad de ser desagradable —dice Portia. Es lo que a menudo su madre le decía a Prue, ante el cuerpo desmembrado de una muñeca, un pueblo de arena arrasado en el parque, un bote de pintaúñas birlado y estampado contra la pared; y en aquel entonces Prue nunca tenía una respuesta. Pero ahora su madre no está aquí para decirlo.
       —La hay —replica Prue con vehemencia—. Hay necesidad.
       En circunstancias normales, Portia se habría marchado fingiendo no haberla oído. Ahora dice:
       —¿Por qué?
       —Porque siempre has tenido lo mejor de todo —contesta Prue.
       Portia está perpleja. Sin duda ella es la muda, la sombra; ¿no se ha quedado siempre en segundo plano ante la frenética bailarina de Prue?
       —¿Qué? ¿Qué dices que he tenido siempre?
       —Siempre has sido demasiado buena —dice Prue con rencor—. ¿Por qué sigues con él, si puede saberse? ¿Por su dinero?
       —George no tenía un centavo cuando me casé con él —dice Portia con suavidad. Se pregunta si odia o no a Prue. No sabe a ciencia cierta cómo es el verdadero odio. En cualquier caso, Prue está perdiendo ese cuerpo terso y malévolo con el que tanto daño ha hecho, y, ahora que lo está perdiendo, ¿qué le quedará? En cuanto a armas, claro está.
       —Cuando él se casó contigo, querrás decir —replica Prue—. Cuando mamá te casó. Tú te quedaste ahí y les dejaste hacer, como la tontita que eras.
       Portia se pregunta si eso es cierto. Le gustaría poder retroceder en el tiempo unas cuantas décadas, volver a hacerse mayor. La primera vez, se saltó algo. Se saltó un estadio o pasó por alto alguna información fundamental que otros parecían tener. Esta vez tomaría otras decisiones. Sería menos obediente; no pediría permiso. No diría «hago», sino «soy».
       —¿Por qué nunca te defendiste? —dice Prue. Parece sinceramente dolida.
       Portia puede ver el sendero que desciende hacia el lago y el muelle. Hay en él una tumbona de lona vacía. Debajo se agitan las hojas del periódico de George; se ha levantado la brisa. Probablemente George se ha olvidado de guardar la tumbona. Qué impropio de él.
       —Un segundo —le dice a Prue, como si fueran a darse un breve respiro en esta conversación que han tenido de distintas formas desde hace cincuenta años. Sale por la puerta mosquitera y baja por el sendero. ¿Adónde ha ido George? Seguramente estará en el retrete. La tumbona de lona ondea como una vela.
       Se inclina a plegarla y entonces lo oye. Hay alguien en el cobertizo de los botes; oye una refriega, jadeos. ¿Un puercoespín que se está comiendo la sal de los mangos de los remos? No, a plena luz del día no. No, se oye una voz. El agua brilla, las pequeñas olas golpean suavemente contra el muelle. No puede ser Prue. Prue está en la galería. Le parece oír a su madre, a su madre abriendo regalos de cumpleaños: ese suave crescendo de sorpresa y de asombro casi afligido. Oh. Oh. «Oh». Naturalmente, es imposible calcular la edad de una persona en la oscuridad.
       Portia pliega la tumbona, la apoya con suavidad contra la pared del cobertizo. Sube por el sendero con el periódico. No tiene sentido dejar que las hojas se esparzan por todo el lago. No tiene sentido que las olas de agua clara se ensucien con noticias rancias, con el correoso sufrimiento humano. Deseo, codicia y espantosas decepciones incluso en las páginas de economía. Aunque haya que leer entre líneas.
       No quiere entrar en la casa. La rodea, pasa por detrás de la cocina evitando la leñera, donde se oye el choc, choc de Roland apilando leña, y desciende por el sendero que lleva a la pequeña bahía arenosa donde se bañaban todos cuando eran niños, antes de tener edad suficiente para zambullirse desde el muelle. Se tumba en el suelo y se duerme. Cuando se despierta, tiene agujas de pino clavadas en la mejilla y le duele la cabeza. El sol está bajo; el viento ha cesado; ya no hay olas. Calma chicha. Se quita la ropa, sin molestarse siquiera en detenerse a escuchar por si se acerca alguna lancha. De todas formas, corren tanto que ella no sería más que una imagen borrosa.
       Se mete en el lago, deslizándose en el agua como entre las capas de un espejo: la capa de cristal, la capa de plata. Confluye en el descenso con los dobles de sus piernas y de sus brazos. Flota manteniendo solo la cabeza fuera del agua. Vuelve a ser ella a los quince años, a los doce, a los nueve, a los seis. En la orilla, unidos a sus conocidos reflejos, están la misma roca, el mismo tocón blanco que siempre han estado ahí. El frío silencio del lago es como una larga exhalación de alivio. No hay ningún peligro en tener esa edad, en saber que el tocón es su tocón, que la roca es suya, que nada cambiará.
       Se oye una campana, suena débilmente desde la casa lejana. La campana que anuncia la cena. Le toca cocinar a Pamela. ¿Qué cenarán? Algún mejunje extraño. Pamela tiene sus propias ideas sobre la comida.
       Mira hacia la orilla, a la línea del agua, donde termina el lago. Ya no es horizontal: parece inclinada, como si hubiera habido un corrimiento en el lecho de roca; como si los árboles, los afloramientos de granito, Wacousta Lodge, la península, el continente entero se deslizaran gradualmente hacia abajo, se sumergieran. Portia piensa en un barco —un barco enorme, un transatlántico de pasajeros— que se inclina, que desciende, con las luces todavía encendidas, la música sonando aún, los pasajeros hablando, ajenos todavía al desastre que ya les ha acometido. Se ve corriendo desnuda por el salón de baile, una figura absurda y perturbadora con el cabello chorreante, agitando los brazos, gritándoles: «¿No lo veis? Se desmorona, todo se desmorona, os estáis hundiendo. ¡Estáis acabados, estáis perdidos, estáis muertos!».
       Naturalmente, ella sería invisible. Nadie la oiría. Y, a decir verdad, no ha ocurrido nada que no haya ocurrido antes.




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