Machado de Assis
(Rio de Janeiro, 1839-1908)


El caso de la vara (1891)
(“O caso da vara”)
[Otro título en español: “El episodio de la vara”]
Originalmente publicado en Gazeta de Notícias (Rio de Janeiro, 1 de febrero de 1891)
Várias Histórias (1896)



      Damián huyó del seminario a las once de la mañana de un viernes de agosto. No sé bien el año; fue antes de 1850. Pasados algunos minutos se detuvo avergonzado; no había tomado en cuenta el efecto que producía a los ojos de la gente ese seminarista que iba espantado, temeroso, fugitivo. Desconocía las calles, iba de aquí para allá; finalmente se detuvo. ¿A dónde iría? A casa, no; allá estaba su padre que lo devolvería al seminario, después de un buen castigo. No había resuelto el tema del refugio, porque la salida estaba determinada para más tarde; una circunstancia fortuita la apuró. ¿A dónde iría? Se acordó del padrino, Juan Carneiro, pero el padrino era un flojo sin voluntad, que por sí solo no haría nada útil. Fue él quien lo llevó al seminario y lo presentó al rector:
       —Le traigo al gran hombre que ha de ser, —le dijo al rector.
       —Venga, —intervino éste—, venga el gran hombre, contando con que también sea humilde y bueno. La verdadera grandeza es llana. Mozo...
       Tal fue la entrada. Poco tiempo después huyó el muchacho del seminario. Aquí lo vemos ahora en la calle, espantado, incierto, sin atinar con el refugio y ni el consejo; recorrió con la memoria las casas de parientes y amigos, sin quedarse con ninguna. De repente, exclamó:
       —¡Voy a buscar protección en casa de la señora Rita! Ella manda a llamar a mi padrino, le dice que quiere que yo salga del seminario... Tal vez así...
       La señora Rita era una viuda, querida de Juan Carneiro; Damián tenía una vaga idea de esa situación,y trató de aprovecharla. ¿Dónde vivía? Estaba tan aturdido, que sólo luego de algunos minutos le vino a la memoria la ubicación de la casa; estaba en el Largo do Capim [ Plaza del Césped].
       —¡Santo nombre de Jesús! ¿Qué es esto?, —gritó la señora Rita, sentándose en el canapé, donde estaba reclinada.
       Damián acababa de entrar asustadísimo; apenas llegaba a la casa vio pasar a un padre, y dio un empujón a la puerta, que por fortuna no estaba cerrada con llave ni con cerrojo. Después de entrar espió por la celosía, para ver al sacerdote. Éste no reparó en él y seguía andando.
       —¿Pero qué esto, señor Damián? —gritó nuevamente la señora de la casa, que sólo ahora lo había reconocido—. ¿Qué viene a hacer aquí?
       Damián, trémulo, pudiendo apenas hablar, le dijo que no tuviera miedo, que no era nada; le iba a explicar todo.
       —Descanse y explíquese.
       —Ya le cuento; no cometí ningún crimen, se lo juro; pero espere.
       La señora Rita lo miraba espantada, y todas las criadas [“crías”, en el original: persona pobre criada en casa de otra], de la casa y de afuera, que estaban sentadas en la sala, delante de sus almohadones de encaje, todas hicieron detener sus bolillos y sus manos. La señora Rita vivía principalmente de enseñar a hacer encajes, cribado y bordado. Mientras el muchacho tomaba aliento, ordenó a las pequeñas que trabajasen, y esperó. Finalmente, Damián contó todo, el disgusto que le daba el seminario; tenía la certeza de que nunca podría ser un buen padre; habló con pasión, le pidió que lo salvase.
       —¿Así, no más? No puedo en absoluto.
       —Si quiere, puede.
       —No, —replicó ella sacudiendo la cabeza—; no me meto en los asuntos de su familia, que apenas conozco; ¡y menos con su padre, que dicen que tiene mal carácter!
       Damián se vio perdido. Se arrodilló a sus pies, le besó las manos, desesperado.
       —Usted puede hacer mucho, señora Rita; se lo pido por amor de Dios, por lo que usted tenga por más sagrado, por el alma de su marido, sálveme de la muerte, porque yo me mato si vuelvo a aquella casa.
       La señora Rita, lisonjeada con las súplicas del muchacho, intentó despertarle otros sentimientos. La vida de padre era santa y hermosa, le dijo ella; el tiempo le mostraría que era mejor vencer las repugnancias y un día... «¡No, nada, nunca!» replicaba Damián, moviendo la cabeza y besándole las manos; y repetía que era su muerte.
       La señora Rita dudó aún un buen rato; finalmente, le preguntó por qué no iba a ver a su padrino.
       —¿Mi padrino? Ése es todavía peor que papá; no me presta atención, dudo que le preste atención a alguien...
       —¿No presta atención? —lo interrumpió la señora Rita herida en su amor propio—. Ahora yo le demuestro si presta atención o no...
       Llamó a un negrito [“moleque”, en el original: término aplicado en Brasil a los niños negros] y le ordenó que fuese hasta la casa del señor Juan Carneiro a llamarlo, al instante; y si no estuviese en casa, que preguntara dónde podía encontrárselo, y corriese a decirle que tenía mucha necesidad de hablarle inmediatamente.
       —Ve, negrito.
       Damián suspiró profunda y tristemente. Ella, para disimular la autoridad con había dado esas órdenes, le explicó al joven que el señor Juan Carneiro había sido amigo del marido y que le había conseguido algunas criadas para enseñar. Después, como él continuara triste, recostado en un portal, le tiró de la nariz, riendo:
       —Vamos, padrecito, descanse que todo se va a arreglar...
       La señora Rita tenía cuarenta años en la partida de nacimiento, y veintisiete en los ojos. Era bien parecida, vivaz, divertida, amiga de la risa; pero, cuando era necesario, brava como el diablo. Quiso alegrar al muchacho, y, a pesar de la situación, no le costó mucho. Un momento después, ambos reían, ella contaba anécdotas, y le pedía otras, que él contaba con singular gracia. Una de éstas, extravagante, que lo obligó a gestos y muecas, hizo reír a una de las criadas de la señora Rita, que había olvidado el trabajo, para mirar y escuchar al joven. La señora Rita tomó una vara que estaba al pie del canapé y la amenazó:
       —¡Lucrecia, mira la vara!
       La pequeña bajó la cabeza, defendiéndose del golpe, pero el golpe no llegó. Era una advertencia; si a la nochecita la tarea no estaba lista, Lucrecia recibiría el castigo de costumbre. Damián miró a la pequeña; era una negrita, flacucha, un estropajo sin valor, con una cicatriz en la frente y una quemadura en la mano izquierda. Tenía once años. Damián reparó en que tosía, pero para adentro, sordamente, para no interrumpir la conversación. Tuvo pena de la negrita, y resolvió apadrinarla, si no terminaba la tarea. La señora Rita no le negaría el perdón... Además, ella se había reído por encontrarlo gracioso; la culpa era suya, si es que hay culpa en decir un chiste.
       En eso, llegó Juan Carneiro. Empalideció cuando vio allí al ahijado, y miró a la señora Rita, que no gastó tiempo en preámbulos. Le dijo que era preciso sacar al joven del seminario, que él no tenía vocación para la vida eclesiástica, y antes un padre menos que un padre malo. Afuera también se podía amar y servir a Nuestro Señor. Juan Carneiro, aturdido, no encontró qué responder durante los primeros minutos; finalmente, abrió la boca y reprendió al ahijado por haber venido a incomodar a «personas extrañas», y enseguida afirmó que lo castigaría.
       —¡Qué castigar ni qué nada! —interrumpió la señora Rita—. ¿Castigarlo por qué? Vaya, vaya a hablar con su compadre.
       —No garantizo nada, no creo que sea posible...
       —Es posible, lo garantizo yo. Si Ud. quiere, —continuó ella con cierto tono insinuante—, todo se ha de arreglar. Pídale con insistencia, que él cede. Vaya, señor Juan Carneiro, su ahijado no vuelve al seminario; le digo que no vuelve...
       —Pero, señora mía...
       —Vaya, vaya.
       Juan Carneiro no se animaba a salir, ni podía quedarse. Estaba entre un tironeo de fuerzas opuestas. No le importaba, en suma, que el joven acabase clérigo, abogado o médico, o en cualquier otra cosa, que fuese un vago; pero lo peor era que le provocaban una lucha ingente contra los sentimientos más íntimos del compadre, sin certeza del resultado; y, si éste fuera negativo, otra lucha con la señora Rita, cuya última palabra era amenazadora: «le digo que él no vuelve». Tenía, forzosamente, que suceder un escándalo. Juan Carneiro estaba con los ojos desorbitados, los párpados trémulos, el pecho agitado. Las miradas que le echaba a la señora Rita eran de súplica, mezcladas con un tenue rayo de censura. ¿Por qué no le pedía otra cosa? ¿Por qué no le ordenaba que fuese a pie, debajo de la lluvia, a Tijuca, o Jacarepaguá [ambas, localidades de los alrededores de Rio de Janeiro]? Pero esto de persuadir al compadre de que cambiase la carrera del hijo... Conocía al viejo; era capaz de partirle una jarra en la cabeza. ¡Ah! ¡si el muchacho se cayera allí, de repente, apoplético, muerto! Era una solución —cruel, es cierto, pero definitiva.
       —¿Entonces? —insistió la señora Rita.
       Él le hizo un gesto con la mano de que esperase. Se rascaba la barba, buscando un recurso. ¡Dios del cielo! un decreto del Papa disolviendo la Iglesia, o, por lo menos, extinguiendo los seminarios, haría terminar todo bien. Juan Carneiro volvería a casa e iría a jugar al tres—siete [“três-setes”, en el original: juego de naipes en el cual la carta más alta es el tres de cada palo]. Imaginad que el barbero de Napoleón era el encargado de comandar la batalla de Austerlitz [localidad de Moravia en la cual Napoleón venció a los rusos y austríacos el 2 de diciembre de 1805]... Pero la Iglesia continuaba, los seminarios continuaban, el ahijado continuaba, cosido a la pared, ojos bajos, esperando, sin solución apoplética.
       —Vaya, vaya, —le dijo la señora Rita dándole el sombrero y el bastón.
       No tuvo más remedio. El barbero metió la navaja en el estuche, empuñó la espada y salió al combate. Damián suspiró; exteriormente siguió del mismo modo, ojos clavados en el suelo, agobiado. La señora Rita le tiró del mentón.
       —Vamos a comer, déjese de melancolías.
       —¿Ud. cree que él consiga algo?
       —Lo va a conseguir todo, —replicó la señora Rita, muy segura de sí misma—. Ande, que la sopa se está enfriando.
       A pesar del genio alegre de la señora Rita, y de su propio espíritu sencillo, Damián estuvo menos alegre durante la comida que en la primera parte del día. No confiaba en el carácter blando del padrino. Sin embargo, comió bien; y, al finalizar, volvió a las pillerías de la mañana. En la sobremesa, oyó un rumor de gente en la sala, y preguntó si lo venían a prender.
       —Deben ser la muchachas.
       Se levantaron y pasaron a la sala. La muchachas eran cinco vecinas que iban todas las tardes a tomar café con la señora Rita, y allí se quedaban hasta caer la noche.
       Las discípulas, cuando terminaron de comer, volvieron a los almohadones de trabajo. La señora Rita presidía todo ese mujerío de casa y de fuera. El susurro de los bolillos y el parlotear de las muchachas eran ecos tan mundanos, tan ajenos a la Teología y el Latín, que el joven se dejó llevar por ellos y se olvidó del resto. Durante los primeros minutos, aún hubo de parte de las vecinas cierta timidez; pero pasó enseguida. Una de ellas cantó una «modinha» [canción popular urbana], al son de la guitarra, tocada por la señora Rita, y la tarde fue pasando rápidamente. Antes de que terminara la reunión, la señora Rita le pidió a Damián que contase cierta anécdota que le había agradado mucho. Era la que había hecho reír a Lucrecia.
       —Vamos, señor Damián, no se haga rogar, que las muchachas se quieren ir. A ustedes les va a gustar mucho.
       Damián no tuvo otro remedio que obedecer. A pesar del anuncio y la expectativa, que contribuían a disminuir el chiste y su efecto, la anécdota acabó entre las risas de la muchachas. Damián, satisfecho de sí mismo, no se olvidó de Lucrecia y miró hacia ella, para ver si reía también. La vio con la cabeza metida en el almohadón para acabar la tarea. No reía; o habría reído para adentro, como tosía.
       Salieron las vecinas, y la tarde cayó del todo. El alma de Damián se fue haciendo tenebrosa, antes de la noche. ¿Qué estaría pasando? De tanto en tanto, iba a espiar por la celosía, y volvía cada vez más desanimado. Ni sombra del padrino. Seguro que el padre lo hizo callar, mandó a llamar dos negros, fue a la policía a pedir un «pedestre» [guardia que se encargaba de capturar esclavos fugitivos] y ahí venía a apresarlo por la fuerza y llevarlo al seminario. Damián le preguntó a la señora Rita si la casa no tendría salida por los fondos; corrió a la huerta, y calculó que podía saltar el muro. Quiso también saber si habría modo de huir a la Rua da Vala [calle del Foso], o si era mejor hablar con algún vecino que le hiciese el favor de recibirlo. Lo peor era la batina; si la señora Rita le pudiese conseguir una levita o un sobretodo viejo... La señora Rita disponía justamente de una levita, recuerdo u olvido de Juan Carneiro.
       —Tengo una levita de mi difunto, —le dijo ella, riendo—; ¿pero por qué está con esos sustos? Todo se va a arreglar, descanse.
       Finalmente, bien entrada la noche, apareció un esclavo del padrino, con una carta para la señora Rita. El asunto todavía no estaba resuelto; el padre se puso furioso y quiso romperlo todo; gritó que no, señor, que el gandul tenía que volver al seminario, o, si no, lo metía en el Aljube [una cárcel para sacerdotes, que quedaban a disposición del obispo local] o en el barco de prisioneros [“presiganga”, en el original: nombre que recibía un navío que recogía prisioneros y los mantenía en alta mar]. Juan Carneiro peleó mucho para conseguir que el compadre no resolviera enseguida, que pasase la noche, y meditase bien si era conveniente dar a la religión un sujeto tan rebelde y vicioso. Explicaba en la carta que habló así para asegurar el triunfo de la causa. No la tenía por ganada; pero al día siguiente iría a ver al hombre, e insistiría de nuevo. Concluía diciendo que el joven fuera a la casa de él.
       Damián terminó de leer la carta y miró a la señora Rita. «No tengo otra tabla de salvación», pensó. La señora Rita mandó a traer un tintero de marfil, y en la media hoja de la misma carta escribió esta respuesta: «Juancito, o tú salvas al muchacho, o nunca más nos veremos». Cerró la carta con lacre, y se la dio al esclavo, para que la llevase de prisa. Volvió a reanimar al seminarista, que estaba otra vez lleno de humildad y consternación. Le dijo que se tranquilizase, que, desde ese momento, todo quedaba en manos de ella.
       —¡Van a ver de lo que soy capaz! ¡No, que no estoy para bromas!
       Era la hora de recoger los trabajos. La señora Rita los examinó; todas las discípulas habían terminado la tarea. Sólo Lucrecia estaba aún sobre el almohadón, moviendo los bolillos, ya sin ver; la señora Rita se acercó, vio que la tarea no estaba concluida, se puso furiosa, y la agarró de una oreja.
       —¡Ah! ¡pícara!
       —¡Doña, doña! ¡Por el amor de Dios! ¡Por Nuestra Señora que está en el cielo!
       —¡Pícara! ¡Nuestra Señora no protege a las vagas!
       Lucrecia hizo un esfuerzo, se soltó de las manos de la señora, y huyó hacia adentro; la señora fue atrás y la agarró.
       —¡Venga acá!
       —¡Señora, perdóneme! —tosía la negrita.
       —No la perdono, no. ¿Dónde está la vara?
       Y volvieron a la sala, una apresada por la oreja, debatiéndose, llorando y pidiendo; la otra diciendo que no, que la iba a castigar.
       —¿Dónde está la vara?
       La vara estaba en la cabecera del canapé, del otro lado de la sala. La señora Rita, no queriendo soltar a la pequeña, le gritó al seminarista:
       —Señor Damián, déme aquella vara, ¿me hace el favor?
       Damián se quedó helado... ¡Cruel instante! Una nube pasó frente a sus ojos. Sí, había jurado apadrinar a la pequeña, que por su causa se había retrasado en el trabajo...
       —¡Déme la vara, señor Damián!
       Damián se encaminó en dirección del canapé. Entonces la negrita le pidió por lo más sagrado que tuviera, por la madre, por el padre, por Nuestro Señor...
       —¡Ayúdeme, señorito!
       La señora Rita, con la cara encendida y los ojos desorbitados, exigía la vara, sin largar a la negrita, ahora víctima de un ataque de tos. Damián se sintió compungido; ¡pero él precisaba tanto salir del seminario! Llegó hasta el canapé, tomó la vara y se la entregó a la señora Rita.




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