Machado de Assis
(Rio de Janeiro, 1839-1908)


El espejo (1882)
(“O espelho”)
ESBOZO DE UNA NUEVA TEORÍA SOBRE EL ALMA HUMANA

Originalmente publicado, como “A agulha e a linha”, en
Gazeta de Notícias (8 de septiembre de 1882)
Papéis Avulsos (1882)



      Cuatro o cinco caballeros debatían, una noche, varias cuestiones de alta trascendencia, sin que la disparidad de opiniones trajese la menor alteración a los espíritus. La casa quedaba en el cerro de Santa Teresa, la sala era pequeña, alumbrada con velas cuya luz se fundía misteriosamente con la claridad lunar que llegaba de afuera. Entre la ciudad, con sus agitaciones y aventuras, y el cielo, donde las estrellas titilaban en una atmósfera límpida y tranquila, se hallaban nuestros cuatro o cinco investigadores de asuntos metafísicos, resolviendo amigablemente los más arduos problemas del universo.
       ¿Por qué cuatro o cinco? En rigor, eran cuatro los que hablaban; pero, además de ellos, había también en la habitación un quinto personaje, callado, pensativo, a ratos somnoliento, cuya participación en el debate se limitaba a uno que otro murmullo de aprobación. Tenía la misma edad que sus compañeros, entre cuarenta y cincuenta años; era de origen provinciano, dueño de regular fortuna, inteligente, no sin instrucción, y, por lo que parece, astuto y cáustico. No discutía nunca; y justificaba esa actitud con una paradoja, diciendo que la discusión era la forma sofisticada del instinto agresivo que late en el hombre como una herencia bestial; y agregaba que los serafines y los querubines jamás polemizaban y eran sin duda la más perfecta imagen de perfección espiritual y eterna. Como dijese lo mismo aquella noche, uno de los presentes se mostró en desacuerdo, y lo desafió a probar su afirmación, si era capaz de hacerlo. Jacobina (ése era su nombre) reflexionó un instante, y respondió:
       —Pensándolo bien, tal vez usted tenga razón.
       Y sucedió así que, a mitad de la noche, el introvertido personaje tomó el uso de la palabra, y no por dos o tres minutos, sino por más de treinta o cuarenta. A través de los giros de la conversación se había llegado al tema de la naturaleza del alma, punto que dividió radicalmente las opiniones de los cuatro amigos. Cada uno sentenciaba algo diferente; no sólo un posible acuerdo, sino el diálogo en sí se tornó casi imposible por la variedad de cuestiones en que fue ramificándose el tema principal; también en parte, tal vez, por la inconsistencia de los pareceres; uno de los argumentadores pidió a Jacobina alguna opinión —una conjetura, al menos.
       —Ni conjetura ni opinión —respondió éste—; una u otra puede dar lugar a divergencias, y, como bien saben ustedes, yo no discuto. Ahora, si aceptan guardar silencio, puedo contarles un episodio de mi propia vida, del cual surge la más clara demostración del asunto que se debate. En primer lugar, no hay una sola alma, hay dos...
       —¿Dos?
       —Ni una menos. Cada criatura humana tiene dos almas: una que mira desde adentro hacia afuera, otra que mira de fuera hacia adentro... Espántense si quieren; pueden sentirse asombrados o encogerse de hombros a su gusto. Pero no me interrumpan; si alguien llega a interrumpirme, termino mi cigarro y me voy a dormir. El alma exterior puede ser un espíritu, un fluido, un hombre, muchos hombres, un objeto, un acto. Hay ocasiones, por ejemplo, en que un simple botón de camisa es el alma exterior de una persona; y de igual modo la polca, el tresillo, un libro, una máquina, un par de botas, una cavatina, un tambor, etcétera. Está claro que el oficio de esa segunda alma es transmitir vida, al igual que la primera; las dos completan al hombre, que es, metafísicamente hablando, una naranja. Aquél que pierde una de las dos mitades, pierde naturalmente media existencia; y hay más de un caso en que la pérdida del alma exterior supone la existencia entera. Shylock [protagonista de El Mercader de Venecia, de Shakespeare], por ejemplo: el alma exterior de aquel judío eran sus ducados; perderlos equivalía a morir. “Nunca más veré mi oro” dice él a Tubal; “es un puñal que me entierras en el corazón”. Observen bien la frase; la pérdida de los ducados, alma exterior, era para él la muerte misma. Ahora bien, es preciso advertir que el alma exterior no se mantiene siempre igual...
       —¿No?
       —No, señor. Cambia de naturaleza y de estado. No aludo a ciertas almas absorbentes, como la patria, con la cual decía Camoens que moría [alusión a una frase atribuida a Luis de Camoens, supuestamente pronunciada poco antes de su muerte en 1580], o el poder, que fue el alma exterior de César y de Cromwell. Son éstas almas enérgicas y exclusivas; pero hay otras, si bien también enérgicas, de naturaleza mudable. Existen caballeros, por ejemplo, cuya alma exterior en la infancia fue un trompo o un caballito de palo, y más tarde una jefatura de cofradía, pongamos por caso. Sé de una señora —gentilísima, en verdad— que cambia de alma exterior cinco o seis veces al año. Durante la temporada lírica es la ópera; al término de la temporada, el alma exterior se convierte en otra: un concierto, un baile del Casino, la Calle del Oidor, Petrópolis...
       —Perdón; ¿quién es esa señora?
       —Esa señora es parienta del diablo, y tiene su mismo nombre. Se llama... Y bien, hay muchos casos similares a éste. Yo mismo he experimentado tales cambios. No hablo de ellos, porque me extendería demasiado; quiero limitarme al episodio que ahora mencioné. Sucedió cuando tenía veinticinco años...
       Los cuatro compañeros, ansiosos de escuchar el relato anunciado, se olvidaron de la controversia. ¡Santa curiosidad! No sólo eres el alma de la civilización; eres también la manzana de la concordia, fruta divina, bien distinta de aquella otra manzana mitológica. La habitación, hasta hace un momento retumbando de físicas y metafísicas, es ahora un mar muerto; todos los ojos están fijos en Jacobina, quien prepara la punta de su cigarro mientras reagrupa los recuerdos. He aquí pues cómo comenzó la narración:
       —Tenía veinticinco años, era pobre, y acababa de ser nombrado alférez de la guardia nacional. No puedo describir la alegría que despertó en casa ese nombramiento. ¡Mi madre estaba tan orgullosa! ¡Tan feliz! Me decía su alférez. Todos los parientes, primos y tíos, estaban contentos y complacidos. En el pueblo donde vivíamos, hay que decirlo, hubo algunos envidiosos; llantos y crujir de dientes, como en la Biblia. Y el motivo no era otro distinto al creciente número de aspirantes a aquel puesto. Supongo también que parte del resentimiento fue completamente gratuito: nació de la distinción en sí misma. Recuerdo que más de un amigo me miró de mal modo durante algún tiempo. En compensación, hubo muchas personas que se alegraron con el nombramiento; prueba de ello es que todas las prendas del uniforme me fueron obsequiadas por amigos... A todas ésas supe que una de mis tías, doña Marcolina, viuda del capitán Pezanha que vivía distante del pueblo, en una granja apartada y solitaria, deseaba verme, y me pedía que fuese a visitarla y llevase el uniforme. Fui, acompañado de un paje, que debió regresar solo al pueblo pues la tía, apenas me vio en su casa, escribió a mi madre diciéndole que no me dejaría partir antes de un mes, por lo menos. ¡Y cómo me abrazaba! Me llamaba también su alférez. Decía que yo era un verdadero buen mozo. Como era un tanto bromista, llegó a confesarme que sentía envidia de mi futura esposa. Juraba que en toda la provincia no había otro mejor que yo. Y a cada instante alférez: alférez para acá, alférez para allá, alférez a toda hora. Yo le pedía que me llamase Juanito, como siempre; y ella movía la cabeza, exclamando que no, que yo era ahora “el señor alférez”. Un cuñado suyo, hermano del difunto Pezanha, que vivía con ella, tampoco me nombraba de otro modo. Era “el señor alférez”, no por broma, sino muy en serio; y en presencia de los esclavos, que naturalmente empezaron a darme el mismo tratamiento. El mejor sitio en la mesa era para mí, y se me servía antes que a todos. No pueden ustedes imaginarse aquello. Si les contara que el entusiasmo de la tía Marcolina llegó al punto de mandar instalar en mi cuarto un gran espejo, objeto rico y magnífico que discordaba con el resto de la casa, cuyo mobiliario era modesto y sencillo... Era un espejo que le había regalado la madrina, y que ésta había heredado de la madre, quien a su vez lo había comprado a una de las damas venidas en 1808 con la corte de D. João VI. No sé cuán cierto sería aquello; pero la historia hacía parte de la tradición de la familia. El espejo, como es de suponer, dejaba ver sus muchos años; pero conservaba el oro, roído a trechos por el tiempo, unos delfines tallados en los ángulos superiores de la moldura, unas aplicaciones de madreperla y otros caprichos del artista. Todo viejo, pero noble...
       —¿Era un espejo grande?
       —Grande. Y el gesto era de verdad una enorme gentileza, porque el espejo estaba antes en el salón principal; era el objeto más preciado de la casa. Con todo y eso, no hubo modo de hacer desistir a mi tía de su propósito; respondía que el espejo no prestaba ningún servicio donde estaba, que era sólo por algunas semanas, y finalmente que “el señor alférez” merecía eso y mucho más. Lo cierto del caso es que todas esas atenciones, cariños, obsequios, produjeron en mí una transformación; transformación que los sentimientos propios de la juventud contribuyeron a desarrollar y completar. ¿Comprenden lo que digo?
       —La verdad...
       —El alférez sustituyó al hombre. Por algún tiempo las dos naturalezas estuvieron en equilibrio, pero muy pronto la primera cedió paso a la otra: sólo quedó en mí una parte mínima del hombre. Sucedió entonces que el alma exterior, que antes de aquello era el sol, el aire, el campo, los ojos de las muchachas, cambió de naturaleza, y pasó a ser la cortesía y las adulaciones de la casa, todo lo que hablaba del cargo y nada de lo que me hablaba del hombre. La única parte de ciudadano que quedó en mí fue aquélla que se relacionaba con el nombramiento; el resto se dispersó en el aire y en el pasado. Sé que es difícil de creer, ¿verdad?
       —Hasta es difícil de entender —respondió uno de los oyentes.
       —Ya lo entenderán. Los hechos darán luz a los sentimientos, los hechos lo son todo. La mejor definición del amor no vale lo que un solo beso de la mujer amada, y, si no recuerdo mal, un filósofo explicó caminando la noción del movimiento. Vamos pues a los hechos. Mirad cómo, al mismo tiempo que la conciencia del hombre se apagaba, la del alférez se hacía viva e intensa. Los dolores y las alegrías humanas apenas si merecían de mí una compasión apática o una sonrisa de circunstancias. Al cabo de tres semanas era otro, totalmente otro. Era exclusivamente alférez. Pues bien, un día recibió la tía Marcolina una noticia grave; una de sus hijas, casada con un agricultor residente a cinco leguas de allí, estaba al borde de la muerte. ¡Adiós, sobrino! ¡Adiós, Alférez! Era una madre dedicada, decidió viajar de inmediato; pidió al cuñado que fuese con ella, y a mí que me hiciese cargo de la granja. Supongo que, de no haber sido por la aflicción que la dominaba, hubiese dispuesto lo contrario: dejar al cuñado, viajar conmigo. Lo cierto es que quedé solo, con los pocos esclavos de la casa. Confieso que sentí una gran opresión, algo así como la sensación de estar encarcelado entre cuatro paredes, súbitamente erguidas en torno a mí. Era el alma exterior, que se encogía, reducida ahora a algunos espíritus obscuros. El alférez seguía dominando en mí, aunque la vida fuese menos intensa y la conciencia más débil. Los esclavos ponían un toque de humildad en sus cortesías, que de cierto modo sustituía el afecto de los parientes y la intimidad doméstica interrumpida. Advertí incluso que ya esa misma noche redoblaban sus respetos y atenciones para conmigo. Amito alférez a cada momento. Amito alférez es muy elegante; amito alférez va a llegar a coronel; amito alférez se casará con la hermosa hija de un general. Un concierto de alabanzas y profecías que me dejó pasmado. ¡Ah, pérfidos!, mal podía sospechar la intención secreta de aquellos malvados.
       —¿Matarlo?
       —Ojalá fuera eso.
       —¿Algo peor?
       —Escuchen. A la mañana siguiente me encontré solo. Los bellacos, seducidos por otros o por su propio riesgo, habían resuelto huir durante la noche; y así lo hicieron. Me encontré solo, sin nadie a mi lado, entre cuatro paredes, frente a un campo vacío y unos cultivos abandonados. Ningún aliento humano. Recorrí toda la casa, la senzala [casa anexa o cercana a la principal en las viejas haciendas brasileñas, que servía de vivienda para los esclavos], las cercanías; nada, nadie, ni siquiera algún crío olvidado. Tan sólo las gallinas y los gallos, un par de mulas que filosofaban espantando las moscas, y tres bueyes. Hasta los perros habían sido hurtados por los esclavos. Ningún ser humano. ¿Les parece que esto era mejor que haber muerto? Era peor. No porque sintiera miedo; juro que no era así. No me faltaba osadía, la suficiente al menos para no sentir nada durante las primeras horas. Sentía pena por el daño causado a la tía Marcolina; también me encontraba algo perplejo, y no alcanzaba a decidir si debía ir en su busca, para darle la triste noticia, o quedarme haciéndome cargo de la casa. Opté por lo segundo, para no desamparar el lugar, y porque dar a mi tía la noticia en esas horas tan difíciles para ella, solamente serviría para aumentar su dolor de madre, sin objeto alguno. Esperé pues el regreso del cuñado, que debía producirse ese día o el siguiente, dado que habían salido hacía ya treinta y seis horas. Pero la mañana transcurrió sin rastro suyo, y a la tarde empecé a sentirme como alguien que ha perdido toda sensibilidad y toda conciencia de movimiento. El hermano del tío Pezanha no regresó aquel día, ni el otro, ni en toda la semana. Mi soledad adquirió proporciones enormes. Nunca hubo días más largos, nunca el sol abrasó la tierra con más terca obstinación. Las horas sonaban de siglo en siglo, en el viejo reloj del salón cuyo péndulo, tictac, tic-tac, me hería el alma interior, como un capirotazo continuo de eternidad. Cuando mucho después leí una poesía americana, creo que de Longfellow, y me encontré el famoso estribillo: ¡Never, for ever! — ¡For ever, never!, les confieso que sentí un escalofrío al evocar aquellos días terribles. Era exactamente aquello lo que decía el reloj de mi tía Marcolina: ¡Never, for ever! — ¡For ever, never! No eran golpes de péndulo, era un diálogo del abismo, un susurro de la nada. ¡Y por si fuera poco, era de noche! No quiero decir que la noche fuera más silenciosa. El silencio era igual en el día. Pero la noche era la sombra, era la soledad aún más estrecha o más ancha. Tic-tac, tic-tac. Ni un alma en los salones, en el balcón, en los corredores, en los campos, ni un alma en lugar alguno... ¿Se ríen?
       —Sí, parece que había algo de miedo...
       —¡Ah, no! ¡Ojalá se tratara de miedo! Hubiera sido un modo de sentirme vivo. Pero lo característico de aquella situación era que ni siquiera podía sentir miedo, al menos el miedo como se entiende vulgarmente. Tenía una sensación inexplicable. Como si fuera un muerto que anda, un sonámbulo, un muñeco de cuerda.
       Cuando dormía, era distinto. El sueño me traía alivio, no por aquello que se dice de que es el hermano de la muerte, sino por otra razón. Creo que puedo explicarlo de este modo: el sueño, eliminando la necesidad de un alma exterior, permitía la irrupción del alma interior. En sueños me vestía con orgullo el uniforme, rodeado de parientes y amigos que me elogiaban el porte, y me llamaban alférez; venía un amigo de nuestra casa y me prometía un grado de teniente; luego otro el de capitán o de mayor; y todo aquello me hacía sentir vivo. Pero al despertar, ya con la luz del día, se esfumaba junto con el sueño la conciencia de ser nuevo y único, porque el alma interior perdía su obrar exclusivo, y quedaba dependiendo de la otra, que se obstinaba en no regresar... Y no regresaba. Yo salía por ahí, a cualquier sitio, tratando de percibir alguna señal de regreso. ¿Soeur Anne, soeur Anne, ne vois-tu rien venir? Nada, nada en absoluto; tal como dice la leyenda francesa. Apenas el polvo del camino y el pastizal de los cerros. Regresaba a la casa, nervioso, desesperado, me tiraba en el canapé de la sala. Tic-tac, tictac. Volvía a levantarme, paseaba, tamborileaba en los vidrios de las ventanas, silbaba. Alguna vez intenté el recurso de escribir algo, sobre cualquier tema, un artículo político, una novela, un poema; no elegí nada en concreto; me senté y tracé en el papel algunas palabras y frases sueltas, tratando de encontrar un estilo. Pero el estilo, como la tía Marcolina, no llegaba. Soeur Anne; Soeur Anne... Nada de nada. Lo único que conseguía era mirar el negro de la tinta y la blancura del papel.
       —¿Y no comía?
       —Comía mal, frutas, harina, conservas, algunas raíces asadas al fuego; pero nada de esto me hubiera importado de no existir la terrible situación moral que me oprimía. Recitaba versos, discursos, pasajes latinos, liras de Gonzaga [Tomás Antonio Gonzaga, poeta luso-brasileño del siglo XVIII], octavas de Camoens, décimas, una antología en treinta volúmenes. A veces hacía gimnasia; otras me pellizcaba las piernas; pero todo lo que conseguía era una sensación física de dolor o cansancio, y nada más. Sólo había silencio, un silencio vasto, enorme, infinito, apenas subrayado por el eterno tic-tac del péndulo. Tic, tac, tic, tac...
       —En verdad era como para volverse loco.
       —No han oído lo peor. Debo decir que, desde el momento en que me vi solo, no había vuelto a mirar el espejo. No lo hacía con deliberación, no tenía motivo para ello. Era un impulso inconsciente, un temor de verme uno y doble, al mismo tiempo, en aquella casa solitaria; y si tal explicación es verdadera, no existiría prueba más clara de la contradicción humana: pues al cabo de ocho días me entró el deseo de mirarme al espejo, justamente para verme doble. Miré y retrocedí. El propio vidrio parecía haberse conjurado con el resto del universo; no reflejaba la figura nítida y entera, sino apenas vaga, esfumada, difusa, sombra de sombra. La realidad de las leyes físicas me impide negar el hecho de que el espejo, sin duda, me reproducía fielmente, con todos los contornos y rasgos; así debió haber sido. Pero no fue ésa mi sensación. Tuve miedo; atribuí el fenómeno a la excitación nerviosa en que me hallaba; temí volverme loco si permanecía allí más tiempo. “Me largo de aquí”, murmuré. Y levanté el brazo con un gesto de mal humor, y a la vez de decisión, mirando hacia el espejo; allí estaba el gesto, sí, pero disperso, deshilado, mutilado... Comencé a vestirme, mascullando en voz baja, tosiendo sin ganas de toser, sacudiendo la ropa con estrépito, haciéndome un lío con los botones, para decirlo de algún modo. De vez en cuando echaba un vistazo furtivo al espejo; la imagen seguía siendo aquella difusión de líneas, aquella descomposición de contornos... Seguí vistiéndome. De súbito, llevado de una inspiración inexplicable, de un impulso gratuito, se me ocurrió... Apuesto a que no lo adivinan ustedes...
       —Dígalo por favor.
       —Seguía mirando el espejo, con la obstinación de un desesperado, contemplando mis propias facciones desvaídas e incompletas, una nubosidad de líneas desarticuladas e informes, cuando me vino la idea... No, no son ustedes capaces de adivinar.
       —Vamos, vamos, hable.
       —Se me ocurrió vestir el uniforme de alférez. Así lo hice, prenda por prenda. Y, como me hallaba frente al espejo, alcé los ojos, y... no pueden figurárselo; el vidrio del espejo reflejó ahora la figura íntegra; ni una línea de menos, ni un contorno fuera de sitio; era yo mismo, el alférez, que encontraba al fin el alma exterior. Esa alma que se había marchado con la dueña de casa, que había huido con los esclavos, hela ahí de nuevo, rescatada en el espejo. Imaginad un hombre que, poco a poco, emerge de un letargo, abre los ojos sin ver, recobra después la visión, distingue las personas de los objetos, pero no puede individualizar los unos ni los otros; por fin puede saber que éste es fulano y aquél es mengano; aquí hay una silla, allí un sofá. Todo vuelve a ser lo que era antes del sueño. Pues es lo mismo que a mí me sucedió. Miraba el espejo, iba de un lado a otro, retrocedía, gesticulaba, reía, y el espejo lo registraba todo. No era más un autómata, era un ente animado. De ahí en adelante fui otro. Cada día, a cierta hora, me vestía de alférez y me sentaba frente al espejo, leyendo, mirando, meditando; al cabo de dos o tres horas me desvestía otra vez. Con este régimen pude atravesar, sin sentirlos, seis días más de soledad...
       Antes de que los otros pudieran reaccionar, el narrador había descendido las escaleras.




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