Milan Kundera
(Brno, Czechoslovakia, 1929-)


Eduard y Dios
Smešné lásky (1969)

1

      La historia despan> Eduard podemos iniciarla convenientemente en la casa de campo de su hermano mayor. El hermano estaba tumbado en el sofá y le decía a Eduard:
       —Habla con esa tía, tranquilamente. Es una cabrona, pero creo que hasta la gente como ésa debe tener conciencia. Precisamente por la cabronada que me hizo a mí, ahora puede que se alegre si tú le das una oportunidad de expiar sus antiguas culpas haciéndote un favor.
       El hermano de Eduard siempre había sido igual: un buenazo y un holgazán. Seguramente habría estado así, como ahora, tumbado en el sofá, cuando hacía muchos años (Eduard era entonces un crío) se quedó holgazaneando y durmiendo el día de la muerte de Stalin; al día siguiente llegó a la Facultad sin enterarse y se encontró a una de sus compañeras de estudios, Cechackova, de pie en medio del vestíbulo, llamativamente inmóvil, como un monumento al dolor; dio tres vueltas alrededor de ella y empezó a reírse a carcajadas. La chica, ofendida, afirmó que la risa de su compañero de clase era una provocación política y el hermano tuvo que dejar la universidad e irse a trabajar al pueblo, donde más tarde consiguió un piso, un perro, una esposa, dos hijos y hasta una casa de campo.
       Era precisamente en aquella casa de campo donde estaba ahora tumbado en el sofá hablándole a Eduard:
       —Le llamábamos el látigo de la clase obrera. Pero a ti no tiene por qué importarte. Hoy ya es una mujer mayor y como siempre le han gustado los chicos jóvenes, te echará una mano.
       Eduard era entonces muy joven. Había terminado la carrera de Pedagogía (la que no terminó su hermano) y buscaba trabajo. Atendiendo a los consejos de su hermano llamó al día siguiente a la puerta del despacho de la directora. Vio entonces a una mujer alta y huesuda, de pelo aceitoso y negro como una gitana, ojos negros y vello negro bajo la nariz. Su fealdad le hizo perder el temor que por su juventud seguía despertando en él la belleza femenina, de manera que pudo hablar con soltura, amabilidad y hasta con galantería. La directora acogió con evidente satisfacción el tono en que le hablaba y afirmó varias veces con sensible exaltación:
       —Necesitamos a gente joven.
       Prometió aceptar su petición.



2

      Y así se convirtió Eduard en maestro de una pequeña ciudad checa. Aquello no le producía ni pena ni satisfacción. Siempre había procurado diferenciar lo serio de lo no serio, y a su carrera pedagógica la incluía en la categoría de lo no serio. No se trata de que la enseñanza no fuera para él seria en sí misma o con respecto a su manutención (en este sentido, por el contrario, le importaba mucho, porque sabía que era su único medio de subsistencia), pero no la consideraba seria en relación con su esencia. No la había elegido. Se la habían elegido la demanda social, el curriculum, las notas del bachillerato, los exámenes de ingreso. La maquinaria compuesta por todas esas fuerzas lo había depositado al salir del Instituto (como una grúa deposita un fardo sobre un camión) en la Facultad de Pedagogía. Fue a aquella Facultad a disgusto (había quedado señalada por el fracaso de su hermano) pero al final se resignó. Comprendió, sin embargo, que su trabajo iba a ser una de las casualidades de su vida. Que iba a estar pegado a él como una barba falsa, que produce risa.
       Pero cuando las obligaciones no son algo serio (producen risa), lo serio es quizás aquello que no es obligatorio: Eduard encontró pronto en su nuevo lugar de trabajo a una chica joven que le pareció hermosa y a la que empezó a dedicarse con una seriedad casi verdadera. Se llamaba Alice y, como tuvo ocasión de comprobar en las primeras citas, era, para desgracia suya, considerablemente casta y decente.
       Intentó muchas veces en sus paseos vespertinos pasarle el brazo por la espalda de manera que su mano tocara desde atrás el borde de su pecho derecho, pero siempre le cogía la mano y se la hacía quitar. Un día, tras repetir nuevamente aquel intento y hacerle quitar ella (nuevamente) la mano, la chica se detuvo y le preguntó:
       —¿Tú crees en Dios?
       Eduard percibió con sus finos oídos la oculta intensidad de aquella pregunta y olvidó inmediatamente el pecho.
       —¿Crees? —repitió Alice la pregunta y Eduard no se atrevía a contestar.
       No le reprochemos su falta de valor para la sinceridad; se sentía abandonado en su nuevo lugar de residencia y Alice le gustaba demasiado como para que estuviera dispuesto a perderla nada más que por una sola pregunta.
       —¿Y tú? —le preguntó para ganar tiempo.
       —Yo sí —dijo Alice y volvió a insistir para que le diese una respuesta.
       Hasta entonces nunca se le había ocurrido creer en Dios. Pero comprendió que ahora no podía reconocerlo, que, por el contrario, debía aprovechar la oportunidad y construir con la fe en Dios un bonito caballo de madera dentro de cuyas entrañas, siguiendo el antiguo ejemplo, pudiera deslizarse sin ser visto hasta las profundidades de la chica. Pero Eduard no era capaz de decirle a Alice, así sin más, sí, creo en Dios; no era un hombre sin escrúpulos y le daba vergüenza mentir; le molestaba la grosería de una mentira directa; si la mentira era imprescindible, quería que lo hiciese quedar en una situación que se pareciese lo más posible a la verdad. Por eso respondió con voz excepcionalmente pensativa:
       —Ni siquiera sé qué decirte, Alice. Claro, creo en Dios. Pero... —hizo una pausa y Alice lo miró sorprendida—. Pero quiero ser totalmente sincero contigo. ¿Puedo ser sincero contigo?
       —Tienes que ser sincero —dijo Alice—. Si no, no tendría sentido que estuviéramos juntos.
       —¿De verdad?
       —De verdad —dijo Alice.
       —A veces me invaden ciertas dudas —dijo Eduard en voz baja—. A veces dudo que de verdad exista.
       —¡Pero cómo puedes dudarlo! —casi gritó Alice.
       Eduard permaneció en silencio y al cabo de un momento de reflexión se le ocurrió una conocida idea:
       —Cuando veo tanta maldad a mi alrededor, me pregunto con frecuencia si es posible que haya un Dios que permita todo eso.
       Aquello sonaba tan triste que Alice le cogió la mano:
       —Sí, es verdad que el mundo está lleno de maldad. Eso lo sé muy bien. Pero precisamente por eso tienes que creer en Dios. Sin él todo ese sufrimiento sería gratuito. Nada tendría sentido. Y yo sería incapaz de vivir.
       —Puede que tengas razón —dijo Eduard pensativo, y el domingo fue a misa con ella. Mojó los dedos en la pila y se santiguó. Después empezó la misa y se cantó, y él cantó con los demás una canción religiosa cuya melodía le resultaba familiar y cuya letra desconocía. Por eso, en lugar de las palabras correspondientes, recurrió a diversas vocales, entonando siempre una fracción de segundo después que los demás, porque tampoco conocía la melodía más que de una forma vaga. En cambio, cuando comprobaba que el tono era correcto, hacía sonar su voz con toda su fuerza, así que por primera vez en su vida pudo comprobar que tenía una hermosa voz de bajo. Después todos empezaron a rezar el padre nuestro y algunas señoras mayores se arrodillaron. No pudo resistir la tentación y él también se arrodilló en el suelo de piedra. Hacía la señal de la cruz con potentes movimientos de brazos y experimentaba la fabulosa sensación de poder hacer algo que no había hecho en la vida, que no podía hacer ni en clase ni en la calle, en ningún sitio. Se sentía maravillosamente libre.
       Cuando todo terminó Alice lo miró con ojos radiantes:
       —¿Todavía puedes decir que dudas de él?
       —No —dijo Eduard.
       Y Alice dijo:
       —Me gustaría enseñarte a amarle como yo le amo.
       Estaban de pie en las amplias escaleras por las que se salía de la iglesia y el alma de Eduard estaba llena de risa. Por desgracia en ese preciso momento pasó por allí la directora del colegio y los vio.



3

      Era un desastre. Hemos de recordar (para aquellos a quienes se les escapen las circunstancias históricas del relato) que, si bien a la gente no le estaba prohibido ir a la iglesia, la visita no estaba exenta de cierto peligro.
       No es difícil entenderlo. Quienes han participado en eso a lo que se llama revolución, alimentan en su interior un gran orgullo que se denomina: estar del lado bueno del frente. Cuando han pasado ya diez o doce años desde entonces (como sucedía, aproximadamente, en el momento en que tenía lugar nuestra historia), la línea del frente comienza a diluirse y, con ella, también el lado bueno. No es de extrañarse que los partidarios de la revolución se sientan engañados y busquen por eso rápidamente frentes de recambio; gracias a la religión pueden entonces (como ateos contra creyentes) volver gloriosamente a estar del lado bueno, conservando así el acostumbrado y preciado patetismo de su superioridad.
       Pero, a decir verdad, a los otros también les vino bien el frente de recambio y no anticipamos excesivamente los acontecimientos al confesar que entre éstos se contaba precisamente Alice. Así como la directora quería estar del lado bueno, Alice quería estar del lado contrario. Durante la revolución al papá de Alice le habían nacionalizado la tienda y Alice odiaba a quienes le habían hecho eso. Pero ¿cómo podía manifestarlo? ¿Debía coger un cuchillo e ir a vengar a su padre? Eso no suele hacerse en Bohemia. Pero Alice tenía un modo mejor de manifestar su posición contraria: empezó a creer en Dios.
       Así Dios venía en ayuda de ambos bandos (que ya casi estaban a punto de perder los motivos vivos de sus banderías) y gracias a El Eduard se encontró entre dos fuegos.
       Cuando el lunes por la mañana la directora se acercó a Eduard en la sala de profesores, se sentía muy inseguro. Ya no podía invocar la atmósfera amistosa de su primera conversación porque desde entonces (por culpa de su ingenuidad o de su despreocupación) no había seguido con sus conversaciones galantes. Por eso la directora podía con todo derecho dirigirse a él con una sonrisa demostrativamente fría:
       —Ayer nos vimos, ¿no es verdad?
       —Sí, nos vimos —dijo Eduard.
       La directora prosiguió:
       —No comprendo cómo un hombre joven puede ir a la iglesia.
       Eduard se encogió de hombros sin saber qué decir y la directora hizo con la cabeza un gesto de perplejidad:
       —¡Un hombre joven!
       —Fui a mirar el interior barroco del edificio —dijo Eduard a modo de disculpa.
       —Ajá —dijo la directora irónicamente—, no sabía que se interesase tanto por el arte.
       Esta conversación no le resultó a Eduard nada agradable. Se acordó de cuando su hermano había dado tres vueltas alrededor de su compañera de curso y se había reído a carcajadas. Le pareció que se repetía la historia familiar y sintió miedo. El sábado llamó por teléfono a Alice para disculparse porque estaba constipado y no podía ir a la iglesia.
       —Parece que eres muy delicado —le reprochó después del domingo Alice y a Eduard le dio la impresión de que no había afecto en sus palabras.
       Por eso empezó a contarle (de una forma oscura y confusa, porque le daba vergüenza reconocer su miedo y las verdaderas causas de éste) las injusticias que se cometían con él en el colegio, le habló de la horrible directora que lo perseguía sin motivo. Quería darle lástima y que lo compadeciera, pero Alice dijo
       —En cambio mi jefa es estupenda —y empezó a contarle, entre risitas, historias de su trabajo.
       Eduard oía su alegre voz y estaba cada vez más entristecido.



4

      ¡Señoras y señores, aquéllas fueron semanas de padecimientos! Eduard sentía por Alice un deseo endiablado. El cuerpo de ella lo excitaba y precisamente ese cuerpo le era totalmente inaccesible. También eran fuente de padecimiento los escenarios en los que tenían lugar sus encuentros; o bien vagaban una o dos horas por las calles en penumbras o iban al cine; lo reiterativo y las ínfimas posibilidades eróticas de ambas variantes (otras no había) hicieron pensar a Eduard que quizás alcanzaría éxitos más significativos con Alice si pudiese encontrarse con ella en otro ambiente. Por eso le propuso una vez, con cara de inocencia, ir el sábado y el domingo a visitar a su hermano que tenía una casa de campo en un valle boscoso, junto a un río. Le describió con entusiasmo las inocentes bellezas naturales, pero Alice (en todo lo demás ingenua y confiada) adivinó astutamente sus intenciones y las rechazó de plano. Y es que no era Alice quien lo rechazaba. Era el mismísimo (eternamente vigilante y despierto) Dios de Alice.
       Aquel Dios había sido creado a partir de una única idea (carecía de otros deseos o pensamientos): prohibía las relaciones extramatrimoniales. Era, por lo tanto, un Dios bastante ridículo, pero no nos riamos por ello de Alice. De los diez mandamientos que Moisés transmitió a la humanidad, nueve no corrían en su alma el menor peligro, porque Alice no tenía ganas de matar, ni de no honrar a su padre, ni de desear a la mujer de su prójimo; sólo había un mandamiento que ella sintiera como problemático y, por tanto, como un inconveniente real y una tarea; era aquel famoso sexto no fornicar. Si quería realizar de algún modo su fe religiosa, demostrándola y poniéndola a prueba, tenía que apoyarse precisamente en este único mandamiento, con lo cual convertía para sí a aquel Dios oscuro, difuminado, abstracto, en un Dios completamente definido, comprensible y concreto: el Dios de la no fornicación.
       Díganme, por favor, ¿dónde comienza la fornicación? Cada mujer determina aquí la frontera según unos criterios totalmente misteriosos. Alice no tenía inconveniente alguno en permitir que Eduard la besase y, tras muchos y muchos intentos, finalmente se resignó a que le acariciase los pechos, pero en medio de su cuerpo, pongamos por caso al nivel del ombligo, trazó una línea precisa que no admitía compromisos, más allá de la cual se extendía el territorio de las pro-hibiciones divinas, el territorio del rechazo de Moisés y de la ira del Señor.
       Eduard empezó a leer la Biblia y a estudiar la literatura teológica básica; decidió luchar contra Alice con sus propias armas.
       —Alice —le dijo más tarde—, si amamos a Dios, nada nos está prohibido. Si deseamos algo es porque él lo permite. Lo único que quería Jesucristo es que todos nos rigiéramos por el amor.
       —Sí —dijo Alice—, pero por uno distinto del que tú piensas.
       —Amor no hay más que uno —dijo Eduard.
       —Eso te vendría muy bien —dijo Alice—, pero Dios estableció determinados mandamientos y por ellos hemos de regirnos.
       —Claro, el Dios del Antiguo Testamento —dijo Eduard—, pero no el Dios de los cristianos.
       —¿Qué dices? Si no hay más que un solo Dios —respondió Alice.
       —Sí —dijo Eduard—, pero los judíos del Antiguo Testamento lo interpretaron de una manera y nosotros de otra. Antes de la llegada de Cristo, el hombre tenía que respetar ante todo cierto sistema de mandamientos y leyes. Su vida interior ya no era tan importante. Pero para Cristo las diversas prohibiciones y estipulaciones eran algo externo. Para él lo principal era la forma de ser del hombre en su interior. Si el hombre se rige por su vida interior, fervorosa y llena de fe, todo lo que haga estará bien y complacerá a Dios. Por eso dijo san Pablo todas las cosas son limpias a los limpios.
       —Habría que saber si tú eres precisamente uno de esos limpios —dijo Alice.
       —Y san Agustín —continuó Eduard— dijo: Ama a Dios y haz lo que te plazca. ¿Lo entiendes, Alice? ¡Ama a Dios y haz lo que te plazca!
       —Pero es que lo que te place a ti nunca me place a mí —respondió Alice y Eduard comprendió que su ataque teológico había fracasado por esta vez; por eso dijo:
       —Tú no me quieres.
       —Te quiero —dijo Alice con tremenda concreción—. Y por eso no quiero que hagamos algo que no debemos hacer.
       Como ya dijimos, fueron semanas de padecimientos. Y los padecimientos eran aún mayores porque el deseo que Eduard sentía por Alice no era ni mucho menos sólo el deseo de un cuerpo por otro cuerpo; al contrario, cuanto más lo rechazaba el cuerpo, más nostálgico y dolido se volvía y más deseaba su corazón; pero ni el cuerpo ni el corazón de ella querían saber una palabra de eso, los dos eran igualmente fríos, estaban igualmente encerrados en sí mismos, satisfechos y autosuficientes.
       Lo que a Eduard más le irritaba de Alice era precisamente esa impasible mesura de todas sus manifestaciones. Aunque era, por lo demás, un joven bastante sensato, empezó a sentir la necesidad de realizar algún acto extremado para sacar a Alice de su impasibilidad. Y como era demasiado arriesgado provocarla con actos extremados, blasfemos o cínicos (a los que se hubiera sentido más atraído por su naturaleza), tuvo que elegir actos extremados precisamente de signo contrario (y por lo tanto mucho más dificultosos) que partieran de la propia postura de Alice, pero magnificándola hasta tal punto que se sintiera avergonzada. Para decirlo de una forma más comprensible: Eduard empezó a exagerar su religiosidad. No dejaba de ir ni una sola vez a la iglesia (el deseo que sentía por Alice era mayor que el miedo a los problemas) y se comportaba con extravagante humildad: aprovechaba cada oportunidad para arrodillarse en el suelo mientras Alice rezaba y se santiguaba de pie, porque tenía miedo de estropearse las medias.
       Un día le echó en cara a ella su escaso fervor religioso. Le recordó las palabras de Jesús: «No todos los que me dicen Señor, Señor, entrarán en el reino de los cielos». Le echó en cara que su fe era formal, externa, vacía. Le echó en cara su comodidad. Le echó en cara que estaba demasiado satisfecha de sí misma. Le echó en cara que no se fijaba en quienes la rodeaban, sólo en sí misma.
       Y mientras le hablaba de ese modo (Alice se había visto sorprendida por su ataque y se defendía a duras penas) se encontró de frente con una cruz; una vieja cruz de metal en mal estado, con un Cristo de lata oxidada, en la esquina de la calle. Sacó, ceremoniosamente, su mano de debajo del brazo de Alice, se detuvo y (como protesta contra su corazón indiferente y como señal de ataque en su nueva ofensiva) se santiguó con terca aparatosidad. No tuvo ni tiempo de registrar el efecto que aquello le había hecho a Alice porque en ese momento vio al otro lado de la calle a la conserje del colegio. Lo estaba observando. Eduard comprendió que estaba perdido.



5

      Sus suposiciones se confirmaron cuando la conserje lo detuvo dos días más tarde en el pasillo y le comunicó en voz muy alta que debía presentarse al día siguiente a las doce en el despacho de la directora:
       —Tenemos que hablar contigo, camarada.
       Eduard estaba angustiado. Por la tarde se encontró con Alice para vagar, como de costumbre, una o dos horas por las calles, pero Eduard no siguió con su fervor religioso. Estaba deprimido y tenía ganas de confesarle a Alice lo que le había ocurrido; pero no se atrevió porque sabía que para salvar aquel empleo al que no amaba (pero que le era indispensable) estaba dispuesto a la mañana siguiente a traicionar a Dios, sin dudarlo ni un momento. Por eso prefirió no decir ni una palabra de la citación, con lo cual tampoco obtuvo consuelo sintiéndose totalmente abandonado.
       En la habitación le aguardaban cuatro jueces: la directora, la conserje, un colega de Eduard (pequeñito y con gafas) y un señor desconocido (canoso) al que los demás llamaban camarada inspector. La directora le pidió a Eduard que se sentara y luego le dijo que le habían invitado para mantener una conversación totalmente amistosa y extraoficial, porque todos estaban preocupados por la forma en que Eduard se comportaba en su vida extraescolar. Al decir esto miró al inspector y éste hizo un gesto de aprobación con la cabeza; luego volvió la vista al maestro de gafitas, que había estado durante todo ese tiempo mirándole atentamente y que ahora, en cuanto advirtió su mirada, inició inmediatamente un discurso; queremos educar, dijo, a una juventud sana y sin prejuicios, y somos plenamente responsables de ella, porque le servimos (nosotros, los maestros) de ejemplo; por eso no podemos tolerar en nuestras aulas la presencia de santurrones; desarrolló esta idea durante mucho tiempo y finalmente afirmó que la conducta de Eduard era una vergüenza para todo el colegio.
       Hacía tan sólo unos minutos, Eduard estaba convencido de que iba a abjurar del Dios que recientemente había adquirido, confesando que lo de ir a la iglesia y santiguarse en público no era más que una pantomima. Pero ahora, de cara ante la situación real, sintió que no podía hacerlo; no era posible decirle a estas cuatro personas, tan serias y llenas de preocupación, que no se habían preocupado más que por un malentendido, por una especie de estupidez; comprendía que con ello, involuntariamente, se estaría riendo de su seriedad; y también era consciente de que lo único que esperaban ahora de él eran excusas y disculpas y que estaban preparados de antemano a rechazarlas; comprendió (de pronto, no había tiempo para prolongadas reflexiones) que lo más importante en este momento era parecerse lo más posible a la vedad o, para ser más precisos, parecerse a la imagen que se habían hecho de él; para conseguir modificar hasta cierto punto esa imagen tenía que hacerles, también hasta cierto punto, el juego. Por eso dijo:
       —Camaradas, ¿puedo hablar con sinceridad?
       —Claro —dijo la directora—. Para eso está aquí.
       —¿Y no se van a enfadar?
       —Hable, hable —dijo la directora.
       —Bien, se lo confesaré —dijo Eduard—. Yo creo de verdad en Dios.
       Miró a sus jueces y le pareció que todos habían suspirado de satisfacción; la conserje fue la única en atacar:
       —¿En la época actual, camarada? ¿En la época actual?
       Eduard prosiguió:
       —Sabía que se iban a enfadar si les decía la verdad. Pero no sé mentir. No pretendan que les mienta.
       La directora dijo (con suavidad):
       —Nadie pretende que usted mienta. Hace bien en decir la verdad. Pero, dígame, ¿cómo puede creer en Dios un hombre joven como usted?
       —¡Hoy, cuando somos capaces de volar hasta la luna! —se enfadó el maestro.
       —No puedo evitarlo —dijo Eduard—. Yo no quiero creer en él. De verdad. No quiero.
       —¿Cómo es posible que crea si no quiere? —tomó parte en la conversación (en un tono extraordinariamente amable) el señor canoso.
       —No quiero creer pero creo —repitió Eduard en voz baja su confesión.
       El maestro se rió:
       —¡Pero eso es una contradicción!
       —Camaradas, es tal como se lo digo —afirmó Eduard—. Sé perfectamente que la fe en Dios nos aleja de la realidad. ¿Adónde iría a parar el socialismo si todos creyesen que el mundo está en manos de Dios? Nadie haría nada y todos confiarían únicamente en Dios.
       —Precisamente —asintió la directora.
       —Nadie ha demostrado aún que Dios exista —afirmó el maestro de gafitas.
       Eduard continuó:
       —La historia de la humanidad se diferencia de la prehistoria porque la gente se ha apoderado de su propio destino y ya no necesita a Dios.
       —La fe en Dios conduce al fatalismo —dijo la directora.
       —La fe en Dios pertenece a la Edad Media —dijo Eduard, y después volvió a decir algo la directora y dijo algo el maestro y dijo algo Eduard y algo el inspector y todos se complementaban armónicamente hasta que por fin el maestro explotó, interrumpiendo a Eduard:
       —¿Y entonces por qué te santiguas en la calle si sabes todo eso?
       Eduard lo miró con una mirada inmensamente triste y dijo:
       —Porque creo en Dios.
       —¡Pero eso es una contradicción! —repitió satisfecho el maestro.
       —Sí —reconoció Eduard—. Lo es. Es una contradicción entre el saber y la fe. El saber es una cosa y la fe otra. Yo reconozco que la fe en Dios nos conduce al oscurantismo. Reconozco que sería mejor que no existiese. Pero es que yo, aquí dentro... —señaló con un dedo su corazón— siento que existe. Por favor, camaradas, se lo digo tal como es, es mejor que lo confiese porque no quiero ser un hipócrita, quiero que ustedes sepan, de verdad, cómo soy —y agachó la cabeza.
       La inteligencia del maestro no era de mayor estatura que su cuerpo; no sabía que hasta para el más severo de los revolucionarios la violencia no es más que un mal necesario, mientras que el verdadero bien de la revolución es la reeducación. El, que había adoptado las convicciones revolucionarias de un día para el otro, no gozaba de las simpatías de la directora y no se percataba de que Eduard, quien se había puesto a disposición de sus jueces como un complejo pero maleable objeto de reeducación, tenía un valor mil veces superior al suyo. Y como no se percataba de ello, atacó ahora salvajemente a Eduard, afirmando que las personas que son incapaces de romper con las creencias medievales forman parte de la Edad Media y deben abandonar la escuela actual.
       La directora esperó a que terminara de hablar para expresar su recriminación:
       —No me gusta que corten cabezas. El camarada ha sido sincero y nos ha contado las cosas como son. Debemos valorar su actitud —después se dirigió a Eduard—: Claro que los camaradas tienen razón en decir que los santurrones no pueden educar a nuestra juventud. Díganos usted mismo qué es lo que propone.
       —No sé qué hacer, camaradas —dijo Eduard apesadumbrado.
       —Yo opino lo siguiente —dijo el inspector—. La lucha entre lo viejo y lo nuevo no sólo tiene lugar entre las clases, sino también en el interior de cada persona. Una lucha como ésa es la que se desarrolla en el interior del camarada. La razón le dice una cosa, pero el sentimiento le hace retroceder. Tienen ustedes que ayudar al camarada para que su razón triunfe.
       La directora hizo un gesto de asentimiento. Después dijo:
       —Yo misma me haré cargo de él.



6

      De manera que Eduard había alejado el peligro más inminente; el futuro de su carrera pedagógica estaba ahora exclusivamente en manos de la directora y él lo constataba con cierta satisfacción: se acordaba del comentario que le había hecho una vez su hermano acerca de que a la directora siempre le habían gustado los chicos jóvenes y, con toda la inestabilidad de su joven confianza en sí mismo (unas veces acallada, otras exagerada), tomó la decisión de ganarle la partida a la que le dominaba conquistándola como hombre.
       Cuando, como habían acordado, fue a visitarla unos días más tarde a su despacho de directora, intentó adoptar un tono ligero y utilizar todas las oportunidades de introducir en la conversación algún detalle íntimo, un ligero piropo, o para, con discreta ambigüedad, subrayar su condición de hombre en manos de una mujer. Pero no le fue permitido establecer él mismo el tono de la conversación. La directora le habló con amabilidad pero de una forma absolutamente distante; le preguntó qué leía y después citó ella misma los títulos de algunos libros y le recomendó que los leyese, porque evidentemente pretendía iniciar un trabajo a largo plazo para modificar su forma de pensar. Aquel breve encuentro terminó con una invitación a visitarla a su casa.
       El distanciamiento de la directora hizo que la confianza de Eduard en sí mismo se desinflara, de modo que entró en su apartamento con humildad y sin la intención de dominarla con su encanto varonil. Ella le invitó a sentarse en el sillón y adoptó un tono muy amistoso; le preguntó qué quería tomar: ¿café? Dijo que no. ¿Entonces algún licor? Se quedó casi perplejo:
       —Si tiene coñac... —y en seguida tuvo miedo de haber cometido un atrevimiento.
       Pero la directora dijo amablemente:
       —No, coñac no, sólo tengo un poco de vino —y trajo una botella semivacía, cuyo contenido llegó justo para llenar dos copas.
       Después le dijo que Eduard no debía ver en ella a una inquisidora; todo el mundo tiene naturalmente derecho en su vida a creer en lo que considere correcto. Claro que otra cosa es (añadió de inmediato) si, en tal caso, vale o no vale para maestro; por eso tuvieron (aunque a disgusto) que convencer a Eduard para hablar con él y quedaron muy contentos (al menos ella y el inspector) de que hablase abiertamente y no ocultase nada. Dijo que después había estado hablando largo rato de Eduard con el inspector y que habían decidido que al cabo de medio año volverían a reunirse con él; hasta entonces la directora debía ayudarle con su influencia. Y volvió a subrayar que sólo pretendía ayudarle amistosamente y que no era un inquisidor ni un policía. Recordó al maestro que había atacado tan violentamente a Eduard y dijo:
       —Ese no sabe ni lo que dice y por eso está dispuesto a mandar a los demás a la hoguera. Y la conserje también va diciendo por todas partes que estuvo usted terco y atrevido y que no dio su brazo a torcer. No hay manera de convencerla de que no hay que expulsarle del colegio. Yo no estoy de acuerdo con ella, por supuesto, pero tampoco hay que extrañarse. A mí tampoco me gustaría que a mis hijos les diera clase alguien que se santigua públicamente en la calle.
       De esta manera la directora le expuso a Eduard, en un único chorro de palabras, tanto las atractivas posibilidades de su caridad como las amenazadoras posibilidades de su severidad y después, para demostrar que el encuentro era realmente amistoso, cambió de tema: empezó a hablar de libros, condujo a Eduard a la biblioteca, se derritió al hablar de El alma encantada, de Rolland, y se enfadó con él por no haberlo leído. Más tarde le preguntó qué tal le iba en el colegio y tras recibir una respuesta convencional se puso a hablar de ella misma durante mucho tiempo: dijo que estaba agradecida por el trabajo que le había deparado el destino, que le gustaba su trabajo en el colegio porque al educar a los niños estaba en realidad en permanente contacto con el futuro; y que sólo el futuro puede, a fin de cuentas, justificar todo el sufrimiento que, dijo, podemos ver («sí, hay que reconocerlo») a nuestro alrededor.
       —Si no supiera que vivo para algo más que para mi propia vida, creo que sería absolutamente incapaz de vivir.
       Aquellas palabras sonaban de pronto con mucha veracidad y no quedaba claro si la directora pretendía con ellas confesarse o iniciar la esperada polémica ideológica sobre el sentido de la vida; Eduard decidió que era mejor interpretarlas en un sentido íntimo y por eso preguntó en voz baja y discreta:
       —¿Y su propia vida?
       —¿Mi vida? —repitió ella.
       En su cara apareció una amarga sonrisa y en ese momento Eduard casi sintió pena. Era enternecedoramente horrenda: el pelo negro ensombrecía su cara alargada y huesuda y el vello negro que tenía bajo la nariz adquiría la expresividad de un bigote. De pronto se imaginó toda la tristeza de su vida; percibía sus rasgos agitanados, que evidenciaban su sensualidad, y percibía su fealdad, que evidenciaba la imposibilidad de que esa sensualidad se realizase; se la imaginaba transformándose apasionadamente en una estatua viviente del dolor ante la muerte de Stalin, asistiendo apasionadamente a cientos de miles de reuniones, luchando apasionadamente contra el pobre Jesús, y comprendió que todos aquellos no eran más que tristes cauces de recambio para su deseo, que no podía discurrir por donde quería. Eduard era joven y su compasión aún no estaba gastada. Miraba a la directora con comprensión. Ella en cambio, como si se avergonzase por su silencio inintencionado, le dio a su voz una ágil entonación y continuó:
       —Pero eso, Eduard, no tiene la menor importancia. El hombre no vive sólo para sí mismo. Vive siempre para algo —lo miró más fijamente a los ojos—: Lo que importa es para qué se vive. ¿Para algo real o para algo inventado? Dios es una hermosa invención. Pero el futuro de la gente, Eduard, eso es la realidad. Y yo siempre he vivido para eso, a eso se lo he sacrificado todo.
       Incluso frases como éstas las decía con tal convicción íntima que Eduard no dejaba de sentir aquella comprensión humanitaria que se había despertado dentro de él hacía un momento; le pareció ridículo estar mintiendo a otra persona (a su prójimo) así, cara a cara, y pensó que aquel momento de intimidad en la conversación le ofrecía la oportunidad de deshacerse finalmente de ese indigno (y además difícil) papel de creyente.
       —Pero si yo estoy completamente de acuerdo con usted —respondió con rapidez—, yo también prefiero la realidad. Lo de mi religión no se lo tome tan en serio.
       Inmediatamente se dio cuenta de que no hay que dejarse llevar por un sentimiento alocado. La directora lo miró y dijo con notable frialdad:
       —No finja. Me gustaba cuando era sincero. Ahora está tratando de hacerse pasar por lo que no es.
       No, a Eduard no le estaba permitido quitarse el ropaje religioso que se había puesto; se resignó rápidamente a ello y procuró corregir la mala impresión:
       —Pero no, no pretendía aparentar. Por supuesto que creo en Dios, eso nunca lo negaré. Lo único que quería decir es que también creo en el futuro de la humanidad, en el progreso y en todo eso. Si no creyese en eso, ¿para qué serviría todo mi trabajo como maestro, para qué iban a nacer los niños y para qué íbamos a vivir? Pero estaba pensando precisamente en que también la voluntad divina quiere que la sociedad vaya cada vez mejor. Estaba pensando que uno puede creer en Dios y en el comunismo, que se pueden unir las dos cosas.
       —No —sonrió la directora con maternal autoritarismo—, esas dos cosas no se pueden unir.
       —Ya sé —dijo Eduard con tristeza—. No se enfade conmigo.
       —No me enfado. Es usted joven y defiende con terquedad sus convicciones. Nadie podrá comprenderle mejor que yo. Yo también he sido joven como usted. Yo sé lo que es la juventud. Y su juventud me gusta. Me es usted simpático.
       Por fin había llegado la oportunidad. Ni antes ni después, sino precisamente ahora, exactamente en el momento preciso. (No lo había determinado él, más bien podía decirse que aquel momento lo había utilizado a él para poder realizarse.) Cuando la directora dijo que le era simpático, respondió sin excesiva expresividad:
       —Usted a mí también.
       —¿De verdad?
       —De verdad.
       —No me diga. Una mujer vieja como yo... —protestó la directora.
       —Eso no es cierto —tuvo que decir Eduard.
       —Sí que lo es —dijo la directora.
       —No es usted vieja en absoluto —tuvo que decir con gesto decidido.
       —¿Usted cree?
       —Da la casualidad de que me gusta mucho.
       —No mienta. Ya sabe que no debe mentir.
       —No miento. Es guapa.
       —¿Guapa? —la directora puso cara de incredulidad.
       —Sí, guapa —dijo Eduard, y como se asustó de lo descaradamente increíble que era su afirmación, trató en seguida de buscar algo en qué apoyarla—: Morena. Eso me gusta mucho.
       —¿A usted le gustan las morenas? —le preguntó la directora.
       —Mucho —dijo Eduard.
       —¿Y por qué no vino a verme desde que está en el colegio? Tenía la sensación de que trataba de esquivarme.
       —Me daba vergüenza —dijo Eduard—. Todos hubieran dicho que le estaba haciendo la pelota. Nadie hubiera creído que venía a verla sólo porque me gusta.
       —Pero ahora ya no tiene por qué avergonzarse —dijo la directora—. Ahora se ha tomado la decisión de que tiene que venir a verme de vez en cuando.
       Lo miró a los ojos con sus grandes pupilas castañas (reconozcamos que, de por sí, eran hermosas) y al despedirse le acarició suavemente la mano, de modo que aquel incauto salió de casa con una eufórica sensación de triunfo.



7

      Eduard estaba seguro de que aquel desagradable asunto se había resuelto a su favor y el domingo siguiente fue con Alice a la iglesia con descarada despreocupación; y no sólo eso, fue nuevamente con plena confianza en sí mismo porque (aunque ello nos produzca una compasiva sonrisa) recordaba el transcurso de su visita a la directora como una radiante prueba de su atractivo masculino.
       Además, ese mismo domingo en la iglesia se dio cuenta de que Alice había sufrido cierto cambio: en cuanto se encontraron le dio el brazo y hasta en la iglesia se mantuvo cogida a él; en lugar de comportarse con humildad y sin llamar la atención, como otras veces, ahora miraba hacia todas partes saludando con sonrientes inclinaciones de cabeza por lo menos a diez conocidos.
       Aquello era curioso y Eduard no lo entendía.
       Cuando volvieron a pasear juntos, dos días más tarde, por las calles oscuras, Eduard comprobó asombrado que los besos de ella, antes tan desagradablemente concretos, se habían vuelto más húmedos, cálidos y fervientes. Al detenerse junto a ella un momento bajo una farola comprobó que lo miraban dos ojos enamorados.
       —Para que sepas, yo te quiero —le dijo de repente Alice y en seguida le tapó la boca con la mano:
       —no, no, no digas nada, me da vergüenza, no quiero oír nada.
       Y avanzaron un trecho más y volvieron a detenerse y Alice dijo:
       —Ahora lo entiendo todo. Ahora entiendo por qué me echabas en cara que soy demasiado cómoda en mi fe.
       Pero Eduard no entendía nada y por eso tampoco nada decía; después de avanzar otro trecho, Alice dijo:
       —Y tú no me dijiste nada. ¿Por qué no me dijiste nada?
       —¿Y qué tenía que decirte?
       —Tú siempre eres igual —dijo ella con silencioso entusiasmo—. Otros se estarían vanagloriando, pero tú callas. Pero precisamente por eso te quiero.
       Eduard empezó a intuir de qué hablaba, pero preguntó:
       —¿De qué hablas?
       —De lo que te pasó.
       —¿Y quién te lo contó?
       —¡Por favor! Lo sabe todo el mundo. Te convocaron, te amenazaron y tú te reíste en su cara. No te retractaste. Todos te admiran.
       —Pero si yo no le dije nada a nadie.
       —No seas ingenuo. Una cosa como ésa en seguida se sabe. No fue ninguna tontería. ¿Crees que hoy es posible encontrar a alguien que tenga un poco de coraje?
       Eduard sabía que en una ciudad pequeña cualquier acontecimiento se convierte rápidamente en leyenda, pero no suponía que sus nimias historias, cuyo significado nunca había sobrevalorado, tuvieran tal capacidad de crear leyenda; no era suficientemente consciente de lo bien que les había venido a sus compatriotas a quienes, como es sabido, les gustan precisamente los mártires, porque son ellos quienes les permiten reafirmarse placenteramente en su dulce inactividad al confirmarles que la vida no ofrece más que una disyuntiva: ser aniquilado o ser obediente. Nadie dudaba de que Eduard iba a ser aniquilado, y se lo fueron contando unos a otros con admiración y satisfacción hasta que ahora Eduard, por intermedio de Alice, se encontró con una hermosísima imagen de su propia crucifixión. Se lo tomó con sangre fría y dijo:
       —Pero si es natural que no haya abjurado de nada. Es lo que hubiera hecho cualquiera.
       —¿Cualquiera? —saltó Alice—. ¡Mira a tu alrededor y verás lo que hacen todos! ¡Los muy cobardes! ¡Renegarían de su propia madre!
       Eduard callaba y Alice callaba. Iban cogidos de la mano. Alice dijo después de un susurro:
       —Sería capaz de hacer cualquier cosa por ti.
       Hasta entonces nadie le había dicho a Eduard semejante frase; semejante frase era un regalo inesperado. Claro que Eduard sabía que era un regalo inmerecido, pero se dijo que si el destino le negaba los regalos merecidos, tenía pleno derecho a quedarse con los inmerecidos, por eso dijo:
       —Ya nadie puede hacer nada por mí.
       —¿Por qué?
       —Me echarán del colegio y ninguno de los que hoy hablan de mí como si yo fuera un héroe será capaz de mover un dedo. Sólo hay una cosa segura. Que me quedaré completamente solo.
       —No te quedarás —Alice negaba con la cabeza.
       —Me quedaré.
       —¡No te quedarás! —gritaba casi Alice.
       —Todos reniegan de mí.
       —Yo nunca renegaré —dijo Alice.
       —Renegarás —dijo Eduard con tristeza.
       —No renegaré —dijo Alice.
       —No, Alice —dijo Eduard—, tú no me quieres. Tú nunca me has querido.
       —Eso no es verdad —susurró Alice, y Eduard advirtió con satisfacción que tenía los ojos mojados.
       —No me quieres, Alice, eso se siente. Tú siempre has sido totalmente fría conmigo. No es así cómo se comporta una mujer enamorada. Eso lo sé muy bien. Y ahora sientes compasión por mí, porque sabes que quieren hundirme. Pero no me quieres y no me gusta que pretendas convencerte a ti misma.
       Seguían andando, callaban y se cogían de la mano. Alice lloraba en silencio y después se detuvo de pronto y dijo lloriqueando:
       —No, eso no es verdad, no debes creerlo, eso no es verdad.
       —Sí lo es —dijo Eduard y, como Alice no dejaba de llorar, le propuso que fueran el sábado al campo.
       En el hermoso valle junto al río está la casa de campo del hermano en la que podrán estar a solas. Alice tenía la cara mojada por las lágrimas y asintió sin decir palabra.



8

      Eso fue el martes, y el jueves, cuando Eduard fue invitado nuevamente al apartamento de la directora, entró alegre y confiado, porque no tenía la menor duda de que el encanto de su ser iba a diluir la historia de la iglesia convirtiéndola en una mera nubecilla de humo, en una mera nada. Pero así es cómo suele suceder en la vida: el hombre cree que desempeña su papel en determinada obra y no sabe que mientras tanto han cambiado el decorado en el escenario sin que lo note y sin darse cuenta se encuentra en medio de una representación completamente distinta.
       Estaba sentado de nuevo en el sillón frente a la directora; entre los dos había una mesilla y encima de ella una botella de coñac flanqueada por dos copas. Y precisamente esa botella de coñac era aquel nuevo decorado por el cual un hombre perspicaz, de espíritu sensato, advertiría de inmediato que la historia de la iglesia ya no es, en absoluto, lo que está en juego.
       Pero el inocente Eduard estaba hasta tal punto encantado consigo mismo que al comienzo no se percataba de nada en absoluto. Participó alegremente en la conversación inicial (indeterminada y genérica en su contenido), bebió la copa que le fue ofrecida y se aburrió sin malicia alguna. Al cabo de media hora o de una hora, la directora pasó disimuladamente a hablar de temas más personales; empezó a hablar de sí misma para que sus palabras la hicieran aparecer ante Eduard tal como ella lo deseaba: una mujer sensata de mediana edad, no demasiado feliz, pero que acepta con dignidad su sino, una mujer que no se queja de nada y que incluso está satisfecha de no haberse casado, porque sólo así puede saborear el maduro sabor de su independencia y la alegría que le produce la intimidad que le otorga su hermoso apartamento en el que se siente a gusto y en el que seguramente tampoco Eduard está a disgusto.
       —No, estoy encantado —dijo Eduard, y lo dijo con angustia porque precisamente en ese momento había dejado de estar encantado.
       La botella de coñac (que de forma tan incauta había solicitado durante su anterior visita y que ahora aparecía en la mesa con amenazadora complacencia), las cuatro paredes del apartamento (delimitando un ámbito que parecía cada vez más estrecho, cada vez más cerrado), el monólogo de la directora (centrado en temas cada vez más personales), su mirada (peligrosamente fija), todo aquello hizo que por fin empezase a notar el cambio de representación; comprendió que se encontraba en una situación cuya evolución estaba irrevocablemente prefijada; se dio cuenta de que su situación en el colegio no corría peligro por el desagrado que él pudiera producirle a la directora, sino precisamente por lo contrario: por el desagrado físico que a él le produce esa mujer flaca que tiene vello bajo la nariz y le incita a beber. La angustia le atenazaba la garganta.
       Obedeció a la directora y bebió, pero su angustia era ahora tan fuerte que el alcohol no le hacía efecto alguno. En cambio la directora, después de beberse dos copas, había abandonado por completo su habitual sobriedad y sus palabras adquirían una exaltación casi amenazante.
       —Hay una cosa que le envidio —decía—, que sea tan joven. Usted aún no puede saber lo que es un desengaño, lo que es una desilusión. Usted aún ve el mundo lleno de esperanza y de belleza.
       Se inclinó por encima de la mesa hacia Eduard y, nostálgicamente silenciosa (con una sonrisa inmóvil y forzada), fijó en él sus ojos terriblemente grandes, mientras Eduard se decía que, si no conseguía emborracharse un poco, esta noche iba a terminar para él con un vergonzoso fracaso; por eso se sirvió otra copa de coñac y la bebió con rapidez.
       Y la directora seguía:
       —¡Pero yo quiero verle así! ¡Como usted! —y después se levantó del sillón, sacó pecho y dijo—: ¿Verdad que no soy una pesada? ¿Verdad que no? —y dio la vuelta a la mesa y cogió a Eduard de la mano—: ¿Verdad que no?
       —No —dijo Eduard.
       —Venga, vamos a bailar —dijo, soltó la mano de Eduard, se lanzó hacia el botón de la radio y le dio vuelta hasta encontrar una especie de música bailable.
       Después se quedó de pie, con una sonrisa, delante de Eduard.
       Eduard se levantó, cogió a la directora y empezó a conducirla por la habitación al ritmo de la música. La directora a ratos apoyaba tiernamente la cabeza sobre su hombro, después la levantaba bruscamente para mirarle a los ojos, al cabo de un rato volvía a canturrear en voz baja la melodía que estaba sonando.
       Eduard se sentía tan incómodo que interrumpió varias veces el baile para beber. No había nada que deseara más que terminar con la ridiculez de aquel bailoteo interminable, pero tampoco había nada que le diera más miedo, porque la ridiculez de lo que vendría después del baile parecía aún más insoportable. Por eso siguió conduciendo a la canturreante señora por la estrecha habitación, observando ininterrumpidamente (y atentamente) el ansiado efecto del alcohol. Cuando por fin le pareció que el alcohol le había oscurecido un tanto la mente, apretó con la mano derecha a la directora contra su cuerpo y le puso la mano izquierda sobre un pecho.
       Sí, hizo precisamente aquello en lo que había estado pensando con horror durante toda la noche; hubiera dado quién sabe qué para no tener que hacerlo y, si lo hizo, créanselo, fue sólo porque realmente tuvo que hacerlo: la situación en la que se encontraba desde el comienzo de la noche era tan imparable que resultaba posible, eso sí, hacer que transcurriese más despacio, pero era imposible detenerla de ninguna manera, de modo que al poner la mano sobre el pecho de la directora, Eduard no hacía más que someterse a las órdenes de una necesidad irreversible.
       Pero los efectos de su actuación superaron todas las previsiones. Como si hubiera oído una mágica voz de mando, la directora empezó a retorcerse en sus brazos e inmediatamente apoyó su peludo labio superior sobre la boca de él. Después lo arrastró hacia el sofá y, retorciéndose salvajemente y respirando ruidosamente, le mordió el labio y hasta la punta de la lengua, lo cual le produjo a Eduard un fuerte dolor. Después se soltó de sus brazos, dijo: «¡Espera!» y corrió al cuarto de baño.
       Eduard se lamió un dedo y comprobó que la lengua le sangraba un poco. El mordisco le dolía tanto que la trabajosa borrachera había desaparecido y la angustia volvía a atenazarle la garganta pensando en lo que le esperaba. En el cuarto de baño se oía el ruido del agua al caer, acompañado por un poderoso chapoteo. Cogió la botella de coñac, se la llevó a la boca y dio un buen trago.
       Pero en ese momento apareció por la puerta la directora con un camisón de nylon transparente (adornado en el pecho con gran cantidad de encaje) y avanzó lentamente hacia Eduard. Lo abrazó. Después se separó de él y le dijo con un reproche:
       —¿Por qué estás vestido?
       Eduard se quitó la chaqueta y al mirar a la directora (tenía fijos en él sus grandes ojos) fue incapaz de pensar en otra cosa que en su cuerpo que, con probabilidad, iba a sabotear su decidida voluntad. Con la intención de estimular de algún modo su cuerpo, dijo con voz insegura:
       —Desnúdese del todo.
       Con un brusco movimiento, entusiastamente obediente, se quitó el camisón, dejando al desnudo una figura delgada, blanca, en cuyo centro el tupido color negro sobresalía en conmovedora orfandad. Se aproximaba lentamente hacia él y Eduard comprobaba horrorizado lo que de todos modos ya sabía: su cuerpo estaba completamente agarrotado por la angustia.
       Ya sé, señores, que con el paso de los años han ido acostumbrándose a alguna ocasional desobediencia de su propio cuerpo y que eso no les saca en absoluto de quicio. Pero comprendan, ¡Eduard era joven! Los sabotajes de su cuerpo le hacían caer siempre en un pánico increíble y aquello era para él una vergüenza inexplicable, tanto si le ocurría en presencia de un rostro hermoso como si le sucedía ante uno tan horrible y cómico como era el de la directora. Y la directora estaba ya a un paso y él, asustado y sin saber qué hacer, dijo de pronto, sin siquiera darse cuenta (fue más bien el producto de una inspiración que el de una astuta reflexión):
       —¡No, no, no por Dios! ¡No, eso es pecado, eso sería pecado! —y se apartó de un salto.
       La directora seguía aproximándose a él y murmuraba con voz profunda:
       —¡No es pecado! ¡El pecado no existe!
       Eduard retrocedió hasta detrás de la mesilla junto a la que habían estado sentados hacía un momento:
       —¡No, yo no puedo hacerlo, no puedo hacerlo!
       La directora apartó el sillón que se interponía en su camino y siguió avanzando hacia Eduard, sin quitarle sus grandes ojos negros de encima:
       —¡El pecado no existe! ¡El pecado no existe!
       Eduard sorteó la mesilla y tras él ya no quedaba más que el sofá; la directora estaba a sólo un paso de él. Ahora ya no tenía a dónde escapar y fue quizás la propia desesperación la que le aconsejó en ese instante, en que ya no había salida, que le ordenase:
       —¡Arrodíllate!
       Lo miró sin comprender, pero cuando él volvió a repetir con voz firme (aunque desesperada):
       —¡Arrodíllate! —cayó entusiasmada ante él y se abrazó a sus piernas.
       —¡Quita las manos de ahí! —le gritó—. Júntalas!
       Volvió a mirarlo sin comprender.
       —¡Júntalas! ¿Has oído?
       Juntó las manos.
       —Reza —le ordenó.
       Tenía las manos juntas y lo miraba, entregada.
       —Reza para que Dios nos perdone —le chilló.
       Tenía las manos juntas, le miraba con sus grandes ojos y Eduard no sólo había obtenido una ventajosa prórroga, sino que al mirarla desde arriba empezó a perder la angustiosa sensación de que no era más que una presa y adquirió confianza en sí mismo. Se alejó de ella para verla por entero y volvió a ordenarle:
       —¡Reza!
       Como permanecía en silencio, gritó:
       —¡Y en voz alta!
       Y en efecto: aquella señora arrodillada, flaca, desnuda, empezó a recitar:
       —Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino...
       Al recitar las palabras de la oración, miraba hacia arriba, hacia él, como si fuera el mismo Dios. La observaba con creciente placer: estaba arrodillada ante él la directora, humillada por un subordinado; estaba ante él una revolucionaria desnuda, humillada por una oración; estaba ante él una mujer que rezaba, humillada por su desnudez.
       Esta triple imagen de la humillación le embriagó y de pronto sucedió algo inesperado: su cuerpo renunciaba a la resistencia pasiva: ¡Eduard estaba excitado!
       En el momento en que la directora dijo «y no nos hagas caer en la tentación» se quitó rápidamente toda la ropa. Cuando dijo «Amén», la levantó bruscamente del suelo y la arrastró al sofá.



9

      Cuando Eso fue el jueves, y el sábado Eduard se fue con Alice al campo a ver a su hermano. El hermano les recibió afectuosamente y les dejó la llave de la casa de campo, que no estaba lejos.
       Los dos enamorados se marcharon y pasaron toda la tarde recorriendo bosques y prados. Se besaron y Eduard comprobó con manos satisfechas que la línea imaginaria que pasaba por el ombligo y dividía la esfera de la inocencia de la esfera de la fornicación, había perdido su valor. Al principio tuvo ganas de confirmar con palabras este acontecimiento tanto tiempo esperado, pero después se asustó y comprendió que debía callar.
       Al parecer, su deducción fue del todo correcta; la inesperada transformación de Alice se había producido independientemente de las muchas semanas que él había dedicado a convencerla, independientemente de su argumentación, independientemente de cualquier tipo de deducción lógica; por el contrario, se basaba exclusivamente en la noticia sobre el martirio de Eduard, y por tanto en un error, e incluso había sido deducida de ese error de forma totalmente ilógica; porque, reflexionemos: ¿por qué iba a tener como resultado la fidelidad de Eduard como mártir de la fe el que Alice, por su parte, fuera infiel a la ley divina? Si Eduard no había traicionado a Dios ante la Comisión Investigadora, ¿por qué iba a tener ella que traicionarlo ahora ante Eduard?
       En semejante situación, cualquier reflexión pronunciada en voz alta podía descubrirle a Alice la falta de lógica de su actitud. Y por eso Eduard permanecía sensatamente en silencio, lo cual por otra parte no llamaba en absoluto la atención, porque Alice hablaba ya bastante, estaba alegre y nada hacía suponer que la transformación que se había producido en su alma fuera dramática o dolorosa.
       Cuando oscureció, llegaron a la casa de campo, encendieron la luz, después hicieron la cama, se besaron y Alice le pidió entonces a Eduard que apagase la luz. Pero por la ventana seguía penetrando el resplandor de las estrellas, de modo que Eduard, a petición de Alice, tuvo que cerrar también las contraventanas. En completa oscuridad Alice se desnudó y se le entregó.
       Tantas semanas había pasado Eduard anhelando que llegase este momento y, curiosamente, ahora, cuando por fin llegaba, no tenía en absoluto la sensación de que fuese tan importante como lo indicaba todo el tiempo que había estado esperándolo; le pareció tan sencillo y normal que durante el acto amoroso estuvo casi distraído, intentando en vano alejar los pensamientos que le venían a la cabeza: se acordaba de aquellas largas semanas inútiles en las que Alice le había hecho sufrir con su frialdad, se acordaba de todos los problemas que le había causado en el colegio, de manera que, en lugar de gratitud por su entrega, empezó a sentir dentro de sí una especie de enfado y de deseo de venganza. Le irritaba pensar en la facilidad con la que traicionaba ahora a su Dios de la no fornicación, al que antes adoraba con tanto fanatismo; le irritaba que nada fuera capaz de hacerla salir de su mesura, ningún deseo, ningún acontecimiento, ningún cambio; le irritaba que lo viviese todo sin contradicciones internas, confiada y con facilidad. Y cuando aquella irritación se apoderó por completo de él, trató de hacerle el amor con furia y con rabia, para lograr que emitiese algún sonido, algún gemido, alguna palabra, algún quejido, pero no lo consiguió. La muchachita seguía en silencio y a pesar de todos los esfuerzos de él el acto amoroso terminó igualmente en silencio y sin dramatismo.
       Después ella se acurrucó sobre su pecho y se durmió rápidamente, mientras Eduard permaneció mucho tiempo en vela, advirtiendo que no sentía satisfacción alguna. Trataba de imaginarse a Alice (pero no su aspecto físico, sino, de ser posible, todo su ser en conjunto) y de pronto se le ocurrió que la veía borrosa.
       Detengámonos en esta palabra: Alice, tal como Eduard la había visto hasta ahora, era, pese a su ingenuidad, un ser firme y claro: la clara sencillez de su aspecto parecía corresponder sencillamente a la simplicidad de su fe, y la sencillez de su destino parecía ser la justificación de su actitud. Eduard hasta ahora la había encontrado uniforme y articulada; podía reírse de ella, podía maldecirla, podía asediarla con sus astucias, pero se veía obligado (sin pretenderlo) a respetarla.
       Ahora, en cambio, la imprevista trampa de la noticia falsa había desarmado la articulación de su ser y Eduard tenía la impresión de que sus opiniones no eran en realidad más que algo que estaba adherido a su destino y su destino algo adherido a su cuerpo, la veía como una combinación casual de cuerpo, ideas y transcurso vital, como una combinación inorgánica, arbitraria e inestable. Se imaginaba a Alice (respiraba profundamente apoyada en su hombro) y veía a su cuerpo por una parte y a sus ideas por otra; el cuerpo le gustaba, las ideas le parecían ridículas y en conjunto aquello no formaba ser alguno; la veía como una raya absorbida por un papel secante: sin perfil, sin forma.
       El cuerpo le gustaba de verdad. Cuando Alice se levantó por la mañana, la obligó a permanecer desnuda y ella, aunque ayer mismo había insistido con terquedad en cerrar las contraventanas, porque hasta el suave resplandor de las estrellas la molestaba, ahora se había olvidado por completo de su vergüenza. Eduard la observaba (brincaba alegremente buscando el paquete del té y las galletas para el desayuno) y Alice, cuando lo miró, después de un rato, advirtió que estaba pensativo. Le preguntó qué le pasaba. Eduard le respondió que después del desayuno tenía que ir a visitar a su hermano.
       El hermano le preguntó a Eduard qué tal le iba en el colegio. Eduard dijo que bastante bien y el hermano dijo:
       —Esa Cechackova es una cabrona, pero hace ya mucho tiempo que la perdoné. La perdoné porque no sabía lo que hacía. Quería perjudicarme y en lugar de eso me ayudó a vivir estupendamente. Como agricultor gano más y el contacto con la naturaleza me defiende del escepticismo que sufren los habitantes de las ciudades.
       —En realidad esa tía también me ha traído cierta felicidad —dijo Eduard y le contó a su hermano cómo se había enamorado de Alice, cómo había fingido creer en Dios, cómo le habían juzgado, cómo había intentado reeducarlo la Cechackova y cómo Alice se le había entregado por ser un mártir.
       Lo único que no contó fue cómo había obligado a la directora a rezar el padrenuestro, porque vio un gesto de desaprobación en los ojos de su hermano. Se calló y su hermano dijo: —Puede que tenga más de un defecto, pero hay uno que no tengo. Nunca he fingido lo que no soy, a todo el mundo le he dicho a la cara lo que pensaba.
       Eduard le tenía cariño a su hermano y su reprobación le dolía; trató de justificarse y empezaron a discutir. Al fin, Eduard dijo:
       —Hermano, sé que eres un hombre recto y que estás orgulloso de eso. Pero plantéate una pregunta: ¿Por qué hay que decir la verdad? ¿Qué es lo que nos ata a ella? ¿Y por qué creemos en realidad que la veracidad es una virtud? Imagínate que te topas con un loco que dice que es un pescado y que todos somos pescados. ¿Vas a discutir con él? ¿Te vas a desnudar delante de él para enseñarle que no tienes aletas? ¿Le vas a decir a la cara lo que piensas? ¿Dime?
       El hermano permaneció en silencio y Eduard continuó:
       —Si no le dijeses más que la verdad, lo que realmente piensas de él, establecerías un diálogo en serio con un loco y tú mismo te convertirías en un loco. Y así es como funciona el mundo que nos rodea. Si insistiese en decirle la verdad a la cara, eso significaría que me lo tomo en serio. Y tomarse en serio algo tan poco serio significa perder la seriedad. Yo, hermano, tengo que mentir si no quiero tomarme en serio a los locos y convertirme yo mismo en uno de los locos.



10

      El domingo por la tarde los dos enamorados regresaron a la ciudad; estaban solos en el compartimento (la muchachita estaba otra vez charlando alegremente) y Eduard se acordaba de cómo había deseado encontrar en su relación voluntaria con Alice algo serio en la vida, ya que sus obligaciones no se lo ofrecían, y advertía apenado (el tren golpeteaba idílicamente contra las uniones de los rieles) que la historia de amor que había vivido con Alice no tenía consistencia, estaba hecha de casualidad y errores, carecía de toda seriedad y de todo sentido; oía las palabras de Alice, veía sus gestos (le apretaba la mano) y se le ocurrió pensar que eran signos desprovistos de significado, monedas sin coberturas, pesas de papel a las que no podía dar más valor que Dios a la oración de la directora desnuda; y de pronto le pareció que todas las personas con las que se había encontrado en su nuevo lugar de trabajo eran sólo rayas absorbidas por un papel secante, seres con posturas intercambiables, seres sin una esencia firme; pero lo que es peor, lo que es mucho peor (siguió pensando), él mismo no es más que una sombra de todas esas gentes hechas de sombras, no ha empleado su inteligencia más que en adaptarse a ellas, en imitarlas, y aunque las imitara riéndose para sus adentros, sin tomárselo en serio, aunque al hacerlo procurara burlarse de ellas en secreto (justificando así su adaptación), eso no cambia en nada las cosas, porque una imitación malintencionada sigue siendo una imitación y una sombra que se burla sigue siendo una sombra, subordinada y derivada, pobre y simple.
       Aquello era humillante, aquello era terriblemente humillante. El tren golpeteaba idílicamente contra las uniones de los rieles (la muchachita seguía parloteando) y Eduard dijo:
       —Alice ¿eres feliz?
       —Sí —dijo Alice.
       —Yo estoy desesperado —dijo Eduard.
       —¿Te has vuelto loco? —dijo Alice.
       —No debimos haberlo hecho. No tenía que haber sucedido.
       —¿Qué se te ha metido en la cabeza? ¡Si eras tú el que quería!
       —Sí, quería —dijo Eduard—. Pero ese fue mi gran error y Dios nunca me lo perdonará. Ha sido un pecado, Alice.
       —¿Pero qué te pasa? —dijo la muchachita con tranquilidad—. ¡Si eras tú el que siempre decía que lo que quiere Dios es ante todo amor!
       Cuando Eduard oyó que Alice se apoderaba tranquilamente, ex post, del sofisma teológico con el que tiempo atrás se había lanzado él, con tan poco éxito, al campo de batalla, se enfureció:
       —Sólo te lo decía para ponerte a prueba. ¡Ahora me he dado cuenta de cómo sabes serle fiel a Dios! ¡Pero el que es capaz de traicionar a Dios, es capaz de traicionar con mucha mayor facilidad a otra persona!
       Alice seguía sin encontrar respuestas, pero era mejor que no las encontrara porque lo único que conseguía era excitar aún más la vengativa rabia de Eduard. Eduard seguía y seguía hablando y habló (utilizó incluso las palabras repugnancia y repugnancia física) hasta obtener por fin de aquel rostro sereno y tierno, suspiros, lágrimas y quejidos.
       —Adiós —le dijo en la estación y la dejó llorando.
       Hasta varias horas después, en casa, cuando ya había desaparecido aquella extraña rabia, no se dio plenamente cuenta de lo que había hecho; se imaginó el cuerpo de ella, que aquella misma mañana había brincado desnudo ante él y, al darse cuenta de que aquel cuerpo hermoso se iba porque él mismo lo había echado voluntariamente, se llamó idiota y tuvo ganas de darse de bofetadas.
       Pero lo pasado pasado estaba y ya no tenía arreglo.
       Además, hemos de decir, para ser sinceros, que, aunque la idea de aquél hermoso cuerpo que desaparecía le produjo a Eduard ciertos sufrimientos, bastante pronto se rehizo de aquella pérdida. La escasez de relaciones amorosas que hasta hacía un tiempo le había hecho padecer y le había producido nostalgia, era la escasez transitoria de quien cambia de residencia. Eduard ya no sufría esta escasez. Una vez a la semana visitaba a la directora (la costumbre había liberado a su cuerpo de la angustia inicial) y estaba dispuesto a seguir visitándola hasta que su situación en el colegio quedase del todo aclarada. Además procuraba dar caza, con creciente éxito, a bastantes más mujeres y chicas. Como resultado de ello, empezó a apreciar mucho más los ratos en que estaba solo y se aficionó a los paseos solitarios que, a veces, combinaba (hagan el favor de prestar atención, por última vez, a esto) con visitas a la iglesia.
       No, no teman, Eduard no se hizo creyente. Mi relato no pretende coronarse con tan forzada paradoja. Pero Eduard, aunque está casi seguro de que Dios no existe, se entretiene, con placer y nostalgia, en imaginárselo.
       Dios es pura esencia, en tanto que Eduard no ha encontrado (y desde la historia de Alice y de la directora ha pasado ya una buena cantidad de años) nada esencial ni en sus amores, ni en su colegio, ni en sus ideas. Es demasiado perspicaz para aceptar que ve esencialidad en lo inesencial, pero es demasiado débil para no seguir anhelando secretamente la esencialidad.
       ¡Ay, señoras y señores, triste vive el hombre cuando no puede tomar en serio a nada y a nadie!
       Y por eso Eduard anhelaba a Dios, porque sólo Dios está exento de la dispersante obligación de aparecer y puede simplemente ser; porque únicamente él representa (él solo, único e inexistente) la contrapartida esencial de este inesencial (pero por ello tanto más existente) mundo.
       Y así Eduard se sienta de vez en cuando en la iglesia y mira pensativo hacia la cúpula. Despidámonos de él precisamente en uno de esos momentos: es por la tarde, la iglesia está silenciosa y vacía. Eduard está sentado en un banco de madera y le da lástima que Dios no exista. Y precisamente en ese momento su lástima es tan grande que de las profundidades de ella surge de pronto el verdadero, vivificante rostro de Dios. ¡Mírenlo! ¡Sí! ¡Eduard sonríe! Sonríe y su sonrisa es feliz...
       Consérvenlo, por favor, en su memoria con esta sonrisa.





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