Milan Kundera
(Brno, Czechoslovakia, 1929-)


Que los muertos viejos dejen sitio a los muertos jóvenes
Smešné lásky (1969)

1

      Volvía a casa por una calle de la pequeña ciudad checa en la que vivía desde hacía ya varios años, resignado a soportar una vida no demasiado movida, el cotilleo de los vecinos y la monótona grosería que lo rodeaba en su trabajo, y le prestaba tan poca atención a todo (tal como suele hacerse cuando se recorre un camino que se ha recorrido cien veces) que por poco pasa a su lado sin verla. En cambio ella lo reconoció de lejos y, mientras se acercaba a él, lo miraba con una ligera sonrisa que, justo en el último momento, cuando ya casi se habían cruzado, hizo funcionar el sistema de señales de su memoria y lo arrancó de su somnolencia.
       —¡No la había reconocido! —se disculpó, pero fue una disculpa tonta porque de un salto habían ido a parar a un tema del que hubiera sido mejor no hablar: no se veían desde hacía quince años y durante aquel período ambos habían envejecido.
       —¿Tanto he cambiado? —le preguntó ella y él le respondió que no y, aunque era mentira, no era del todo mentira, porque aquella ligera sonrisa (que expresaba recatada y moderadamente una especie de eterna capacidad de entusiasmo) llegaba hasta aquí atravesando una distancia de muchos años sin haber cambiado para nada y lo dejaba confuso: le recordaba con tal precisión el aspecto que había tenido esta mujer que tuvo que hacer cierto esfuerzo para no percibir la sonrisa y verla a ella tal como era en este momento: era ya casi una mujer vieja.
       Le preguntó a dónde iba y qué planes tenía, pero ella le respondió que había venido a hacer unos trámites y que ahora no le quedaba más que esperar que llegara el tren que por la noche la llevaría a Praga. El manifestó su alegría por el inesperado encuentro y, como coincidieron (con toda razón) en que los dos cafés locales están abarrotados y sucios, la invitó a su apartamento, que no está lejos de aquí y donde hay café, té —y sobre todo limpieza y tranquilidad.



2

      Para ella había sido, desde el comienzo, un mal día. Su marido (hace veinticinco años vivieron allí, de recién casados, durante un breve período tras el cual se fueron a Praga, donde hace diez años él murió) fue enterrado, por un extravagante deseo expresado en su testamento, en el cementerio local. De modo que pagó la tumba diez años por adelantado y hace unos días se llevó un susto al acordarse de que había pasado el plazo y había olvidado renovar el alquiler. Lo primero que se le ocurrió fue enviar una carta a la administración del cementerio, pero pensó en lo interminable e inútil que era la correspondencia con las instituciones y decidió ir personalmente.
       Conocía de memoria el camino hasta la tumba del marido, pero hoy había tenido de pronto la sensación de estar por primera vez en este cementerio. No podía encontrar la tumba y le pareció que se había perdido. Tardó un rato en comprender: allí donde solía estar la losa de granito gris con el nombre de su marido en letras de oro, exactamente en el mismo sitio (recono-ció sin lugar a dudas las dos tumbas vecinas), había ahora una losa de mármol negro con un nombre completamente distinto en letras doradas.
       Enfadada, se dirigió a la administración del cementerio. Allí le dijeron que, al expirar el plazo de alquiler, las tumbas se liquidan automáticamente. Les reprochó que no le hubieran advertido previamente que debía prolongar el alquiler y le respondieron que tenían poco sitio en el cementerio y que los muertos viejos debieran dejar sitio a los muertos jóvenes. Aquello la indignó y les dijo que no sabían una palabra de humanidad y respeto por las personas, pero comprendió que la conversación era inútil. Del mismo modo en que no había podido impedir la muerte de su marido, ahora se encontraba igualmente desarmada ante su segunda muerte, esa muerte de «muerto viejo» que ya no puede existir ni siquiera como muerto.
       Regresó a la ciudad y su pena empezó rápidamente a mezclarse con la temerosa preocupación por la necesidad de explicarle a su hijo la desaparición de la tumba del padre y de justificar ante él su olvido. Finalmente se sintió cansada: no sabía qué hacer durante todo el tiempo que le quedaba hasta la salida del tren, porque ya no conocía a nadie en este sitio y tampoco había nada que diese motivo a un paseo sentimental, porque la ciudad había cambiado demasiado a lo largo de estos años, y los lugares que en otros tiempos le resultaban familiares la miraban ahora con un aspecto completamente ajeno. Por eso aceptó agradecida la invitación de un antiguo (semiolvidado) amigo con el que de pronto se encontró: así podría lavarse las manos en el cuarto de baño y sentarse después en un sillón mullido (le dolían las piernas), echarle un vistazo a la habitación y oír cómo, tras la cortina que separaba la cocinilla de la habitación, hierve el agua para el café.



3

      No hace mucho que cumplió treinta y cinco años y fue precisamente entonces cuando comprobó de pronto que en la nuca le había raleado visiblemente el pelo. No era aún del todo una calva, pero era ya perfectamente posible imaginársela (bajo el pelo ya se veía la piel) y, sobre todo, era ya una calva segura y próxima. Por supuesto es ridículo hacer del pelo que va raleando un problema vital, pero era consciente de que la calva cambiaría su cara y que, por lo tanto, la vida de uno de sus aspectos (evidentemente el mejor) estaba llegando a su fin.
       Y fue entonces cuando se le ocurrió plantearse cuál había sido el balance de este aspecto suyo (con pelo) que desaparecía, cuáles habían sido realmente las vivencias y las satisfacciones que había tenido aquel aspecto, y se quedó paralizado al darse cuenta de que había disfrutado bastante poco; al pensar en aquello sintió que se ruborizaba; sí, le daba vergüenza: porque vivir en este mundo tanto tiempo y que a uno le pasen tan pocas cosas es vergonzoso.
       ¿A qué se refería realmente cuando se decía que le habían pasado tan pocas cosas? ¿Se refería a los viajes, al trabajo, a la actuación pública, al deporte, a las mujeres? Se refería, claro está, a todo eso, pero sobre todo a las mujeres, porque era lamentable que su vida hubiese sido pobre en otros aspectos, pero la culpa no era suya: él no tenía la culpa de que su profesión fuera aburrida y sin futuro; no tenía la culpa de carecer del dinero y el curriculum político necesarios para viajar; finalmente, tampoco tenía la culpa de haberse lastimado el menisco a los veinte años y haber tenido que renunciar a los deportes que le gustaban. En cambio el reino de las mujeres era para él un reino de relativa libertad y por eso no tenía excusas en este sentido; ahí había podido demostrar su riqueza; las mujeres se convirtieron para él en el único criterio adecuado para medir la densidad de su vida.
       Pero la mala suerte fue que precisamente lo de las mujeres no funcionaba nada bien: hasta los veinticinco (aunque era guapo) le atenazó el temor; después se enamoró, se casó y se pasó siete años tratando de convencerse de que en una sola mujer se podía encontrar la infinitud del erotismo; después se divorció, la apología de la monogamia (y la ilusión de lo infinito) se difuminó y en su lugar llegaron la audacia y el agradable gusto por las mujeres (por la variada finitud de la cantidad), desgraciadamente muy limitados por su mala situación financiera (tenía que pagarle a su anterior mujer alimentos por un hijo al que no podía ver más que una o dos veces al año) y por las condiciones de vida de una ciudad pequeña en la cual la curiosidad de los vecinos es tan inmensa como ínfima la posibilidad de elección de mujeres.
       Y el tiempo corría ya a toda prisa y de pronto se encontró en el cuarto de baño, frente al espejo oval que está encima del lavabo, sosteniendo con la mano derecha un espejito redondo por encima de la cabeza y observando de reojo la incipiente calva; aquella visión le familiarizó de repente (sin preparación alguna) con la trivial constatación de que lo perdido perdido está. El malhumor se hizo crónico y hasta se le pasó por la cabeza la idea de suicidarse. Naturalmente (y es menester subrayarlo para que no veamos en él a un histérico o un idiota) era consciente de la comicidad de semejante idea y sabía que nunca la llevaría a cabo (se reía para sus adentros de su carta de despedida: No he podido resignarme a la calvicie. ¡Adiós!), pero ya es bastante que semejante idea, por platónica que fuera, se le hubiera ocurrido. Intentemos comprenderle: se manifestaba poco más o menos como en el corredor de maratón se manifiesta un insuperable deseo de abandonar la carrera cuando, a la mitad del recorrido, comprueba que va perdiendo vergonzosamente (y, por si fuera poco, debido a sus propios errores, por su propia culpa). El también creía que tenía perdida la carrera y ya no tenía ganas de seguir corriendo.
       Y ahora se inclinó ante la mesilla y colocó una taza frente al sofá (en el que después se sentó) y otra frente al cómodo sillón en el que estaba sentada la visitante y se dijo que había una especial mala idea en que a esta mujer, de la que en otros tiempos había estado enamorado hasta las cejas y a la que había dejado escapar (por sus propios errores, por su propia culpa), se la encontrase precisamente en este estado de ánimo y en esta época, cuando ya nada puede arreglarse.



4

      A ella le habría resultado difícil adivinar que él la veía como la que se le escapó; ella seguía recordando la noche que habían pasado juntos, recordaba el aspecto que entonces tenía él (tenía veinte años, no sabía vestirse, se ponía colorado y a ella le divertía su cara de adolescente), y también se recordaba a sí misma (tenía entonces casi cuarenta años, y una especie de ansia de belleza la hacía caer en brazos de hombres a los que no conocía, pero, al mismo tiempo, la hacía huir de ellos; siempre había pensado que su vida debía ser como un hermoso baile y temía convertir las infidelidades en una fea costumbre).
       Sí, se había impuesto la belleza igual que la gente se impone imperativos morales; si hubiera visto fealdad en su vida, se habría desesperado. Y como ahora se daba cuenta de que, al cabo de quince años, tenía que parecerle vieja a su anfitrión (con todas las fealdades que eso comporta), sentía la necesidad de desplegar ante su rostro un imaginario abanico y por eso hacía caer sobre él una lluvia de preguntas apresuradas: le preguntó cómo había venido a parar a esta ciudad; le preguntó por su trabajo; elogió la comodidad de su apartamento, la vista de los techos de la ciudad desde la ventana (dijo que no era que la vista tuviera nada especial, pero que había en ella soltura y espacio); nombró a los autores de algunas reproducciones enmarcadas de pintores impresionistas (no era nada difícil: en las casas de los intelectuales pobres de Bohemia encuentra uno siempre las mismas reproducciones baratas), después incluso se levantó de la mesa sin terminar el café y se inclinó sobre un pequeño escritorio encima del cual había un portarretratos con varias fotografías (no se le escapó el detalle de que no había entre ellas ninguna fotografía de mujer joven) y le preguntó si el rostro de la anciana en una de ellas pertenecía a su madre (asintió).
       Después él también le preguntó qué quiso decir cuando se encontraron al mencionar que había venido a hacer «algunos trámites». Ella no tenía la menor gana de hablar del cementerio (aquí en el quinto piso tenía la sensación de estar no sólo por encima de los tejados, sino también agradablemente por encima de su vida); cuando él insistió, reconoció finalmente (de un modo muy conciso, porque la desvergüenza propia de la sinceridad apresurada nunca había sido su estilo) que había vivido en esta ciudad hacía muchos años, que aquí está enterrado su marido (silenció la desaparición de la tumba) y que hace ya diez años viene siempre con su hijo el día de difuntos.



5

      —¿Todos los años?
       Esa noticia lo entristeció y volvió a pensar que la cosa tenía mala idea; si se la hubiese encontrado hace seis años, cuando vino a vivir a esta ciudad, todo hubiera podido salvarse: la vejez aún no la habría marcado tanto, su aspecto no hubiera sido tan diferente de la imagen de la mujer a la que había amado quince años antes; hubiera tenido fuerzas para salvar la diferencia y percibir ambas imágenes (la pasada y la presente) como una sola. Pero ahora se habían distancia-do irremisiblemente.
       Ella había terminado de tomar el café, estaba hablando y él trataba de determinar con precisión las dimensiones de la transformación por culpa de la cual se le escapaba por segunda vez: la cara con arrugas (en vano pretendía negarlo una capa de maquillaje); el cuello marchito (en vano pretendía ocultarlo un cuello alto); las mejillas flojas; el pelo (¡pero eso era casi hermoso!) canoso; pero lo que más le llamó la atención fueron las manos (éstas por desgracia no pueden taparse ni con maquillajes ni con pinturas): se notaban en ellas nudos de venas azuladas, así que de pronto eran unas manos masculinas.
       La pena se mezclaba en él con la rabia y tenía ganas de regar con alcohol el retraso de este encuentro; le preguntó si quería tomar un coñac (tenía en el armario una botella empezada); le respondió que no, que no quería, pero él se acordó de que hacía años tampoco bebía apenas, quizá para que el alcohol no le hiciese perder la elegante placidez de su comportamiento. Y cuando vio el delicado movimiento de mano con el que rechazó el ofrecimiento del coñac, se dio cuenta de que aquel encanto de la elegancia, aquella gracia, aquella amabilidad que lo habían conquistado, seguían siendo las mismas, aunque ocultas tras la máscara de la vejez, siempre igualmente seductoras, aunque encarceladas.
       Al pasársele por la cabeza la idea de que estaba encarcelada por la vejez sintió por ella una pena inmensa, y esa pena se la hizo más próxima (a esta mujer, antes tan deslumbrante, en cuya presencia siempre se le trababa la lengua) y le entraron ganas de charlar largo rato con ella como un amigo con una amiga, en azulado humor de melancólica resignación. Y en efecto se puso a hablar (e incluso durante un rato ciertamente largo) hasta llegar a las ideas pesimistas que últimamente solían visitarlo. Naturalmente pasó por alto la incipiente calva (por lo demás igual que ella no había hablado de la desaparición de la tumba); pero, como contrapartida, la visión de la calva se había transustanciado en sentencias cuasifilosóficas acerca de que el tiempo corre más aprisa de lo que el hombre es capaz de vivir, de que la vida es horrible porque todo en ella está marcado por el inevitable final, y en otras sentencias parecidas, a las cuales esperaba encontrar respuesta aprobatoria por parte de su invitada; pero no la encontró.
       —No me gusta ese tipo de frases —dijo casi con violencia—: Lo que está diciendo no son más que superficialidades.



6

      No le gustaban las frases sobre el envejecimiento y la muerte porque contenían una fealdad física que la molestaba. Le repitió varias veces a su anfitrión, casi [161] excitada, que sus opiniones eran superficiales; porque el hombre, dijo, es algo más que un cuerpo que se va estropeando, porque lo esencial es, claro, la obra que el hombre realiza, lo que el hombre deja aquí para los demás. No era ésta una opinión reciente; ya había recurrido a ella cuando se enamoró, hacía treinta años, del que luego sería su marido, doce años mayor que ella; nunca había dejado de apreciarlo sinceramente (a pesar de sus infidelidades, de las que por lo demás él, o no sabía, o no quería saber) y había tratado de convencerse a sí misma de que el intelecto y la relevancia del marido compensaban plenamente la carga de sus años.
       —¡Pero de qué obra me habla! ¡Cuál es la obra que dejamos! —protestó con una amarga sonrisa su anfitrión.
       No quería apoyarse en su marido muerto, aunque creía firmemente en el valor duradero de todo lo que él había hecho; por eso dijo únicamente que cada persona lleva a cabo en este mundo alguna obra, por modesta que sea, y que en ella, y sólo en ella, reside su valor; después se puso a hablar de su trabajo en un centro cultural de la periferia de Praga, de las conferencias y sesiones de poesía que organiza, habló (con un énfasis que a él le pareció exagerado) de «la cara de agradecimiento» del público; e inmediatamente después se extendió en explicaciones acerca de lo hermoso que es tener un hijo y ver cómo los rasgos de ella (su hijo se le parece) se convierten en la cara de un hombre; qué hermoso es darle todo lo que una madre le puede dar a un hijo y desaparecer luego silenciosamente detrás de su vida.
       No era casual que hablase del hijo, porque el hijo había estado todo el día apareciendo en su mente y echándole en cara su fracaso matutino en el cementerio; era curioso: jamás había dejado que un hombre le impusiese su voluntad, pero su propio hijo le había puesto el yugo sin que se enterase. Si el fracaso de hoy en el cementerio la había excitado tanto era sobre todo porque se sentía culpable ante él y temía sus reproches. Claro que hacía mucho tiempo que intuía que, si el hijo vigilaba con tanto celo que ella honrase el recuerdo del padre (¡era él quien insistía todos los días de difuntos para que fueran al cementerio!), no era tanto por amor al padre muerto como más bien porque deseaba aterrorizar a la madre, recluirla dentro de los límites propios de la viudez; porque era así, aunque él nunca lo había formulado, y ella trataba (sin éxito) de no saberlo: le daba asco la idea de que la madre pudiera aún tener una vida sexual, le repugnaba todo lo que quedaba en ella (al menos como posibilidad y oportunidad) de sexual; y como la imagen de lo sexual siempre va unida a la imagen de la juventud, le repugnaba todo lo que en ella había aún de joven; ya no era un niño y la juventud de la madre (unida a la agresividad de los cuidados maternos) le obstaculizaba desagradablemente su relación con la juventud de las chicas que empezaban a interesarle; quería tener una madre vieja, sólo así podía soportar su amor y sólo así podía quererla. Y ella, pese a que a veces se daba cuenta de que de ese modo la estaba arrastrando hacia la tumba, acabó por obedecerle, capituló bajo su presión e incluso idealizó su capitulación, convenciéndose de que la belleza de su vida consiste precisamente en ese silencioso desaparecer tras otra vida. En nombre de esta idealización (sin la cual las arrugas de la cara le hubieran quemado mucho más), discutía ahora tan apasionadamente con su anfitrión.
       Pero el anfitrión se inclinó de pronto hacia ella por encima de la mesilla que les separaba, le acarició la mano y dijo:
       —Disculpe mi charlatanería. Ya sabe que siempre he sido un tonto.



7

      No estaba enfadado, al contrario, la visitante no había hecho más que confirmar su identidad durante la discusión; en su protesta contra las frases pesimistas (¿acaso no era ante todo una protesta contra la fealdad y el mal gusto?) la reconocía tal como la había conocido y de ese modo su mente estaba cada vez más llena del antiguo aspecto de ella y de su antigua historia común y lo único que deseaba era que nada interrumpiese aquel ambiente azul, tan propicio a la conversación (por eso le acarició la mano y dijo que era un tonto), para poder hablarle de lo que en ese momento le parecía lo más importante: su historia común, estaba convencido de que habían vivido juntos algo muy especial, algo que ella desconocía y para lo que él mismo tendrá que esforzarse si quiere encontrar las palabras precisas.
       Ya ni siquiera recuerda cómo la conoció, seguramente apareció alguna vez en compañía de sus amigos de la Facultad, pero del cafetín praguense en el que estuvieron solos por primera vez se acuerda perfectamente: estaba sentado frente a ella en un silloncito de terciopelo, angustiado y silencioso, pero al mismo tiempo totalmente embriagado por las tenues señales con las que ponía de manifiesto su simpatía hacia él. Después había estado tratando de imaginar (aunque no se atrevía a creer que lo que imaginaba pudiese convertirse en realidad) qué aspecto tendría si la besase, la desnudase y le hiciese el amor, pero no lo conseguía. Sí, era curioso: mil veces intentó imaginársela haciendo el amor, pero fue en vano: la cara de ella seguía mirándolo con su sonrisa tranquila y suave y él era incapaz (ni con el mayor esfuerzo de su imaginación) de ver cómo se torcía en el gesto de la exaltación amorosa. Ella escapaba por completo a su capacidad imaginativa.
       Y aquélla fue una situación que jamás volvió a repetirse en toda su vida: aquella vez había estado cara a cara con lo inimaginable. Evidentemente estaba pasando por ese breve período (el período paradisíaco) en que la imaginación está aún poco provista de expe-riencias, aún no ha caído en la rutina, conoce poco y sabe poco, de modo que aún existe lo inimaginable; y cuando lo inimaginable debe convertirse en realidad (sin la mediación de lo imaginable, sin el puente de las imágenes), el hombre se ve sorprendido y cae presa del vértigo. Cayó en efecto presa de ese vértigo cuando, al cabo de varios encuentros, durante los cuales no se atrevió a hacer nada, ella empezó a preguntarle, con elocuente curiosidad, por su habitación en la residencia de estudiantes hasta que prácticamente le obligó a invitarla.
       La habitación de la residencia, en la que vivía con un compañero que, a cambio de un vaso de ron, le prometió no volver hasta la medianoche, se parecía poco a su apartamento actual: dos camas de hierro, dos sillas, un armario, una lámpara chillona sin pantalla, un terrible desorden. Ordenó la habitación, y a las siete (formaba parte de su delicadeza llegar puntualmente) ella llamó a la puerta. Era el mes de septiembre y apenas comenzaba lentamente a oscurecer. Se sentaron en el borde de la cama de hierro y empezaron a besarse. Se iba haciendo cada vez más oscuro y él no quería encender la luz porque estaba contento de no ser visto y tenía la esperanza de que la oscuridad ocultase su nerviosismo cuando tuviese que desnudarse delante de ella. (Se las apañaba más o menos para desabrocharle las blusas a las mujeres, pero se desnudaba delante de ellas con avergonzado apresuramiento.) Pero esta vez tardó mucho tiempo en atreverse a desabrocharle el primer botón (pensaba que debía existir algún sistema acertado y elegante para empezar a desnudar a alguien que sólo conocerían los hombres experimentados y tenía miedo de que se notase su inexperiencia), de modo que al final ella misma se levantó y le preguntó con una sonrisa:
       —¿No sería mejor que me quitase esta armadura?... —y empezó a desnudarse; pero estaba oscuro y él no veía más que las sombras de los movimientos de ambos.
       Se desnudó también, apresuradamente, y no obtuvo cierta seguridad en sí mismo hasta que (gracias a la paciencia de ella) empezaron a hacer el amor. La miraba a la cara, pero en la penumbra se le escapaba por completo su expresión y ni siquiera distinguía sus rasgos. Lamentaba que estuviese oscuro, pero le parecía imposible en aquel momento levantarse de encima de ella para ir hasta la puerta y encender la luz, así que seguía forzando la vista: pero no la reconocía; le parecía que estaba haciendo el amor con otra persona distinta, con alguien que fingía ser ella o con alguien que carecía de concreción y de individualidad.
       Después ella se sentó encima de él (tampoco lograba ver más que su sombra erguida) y moviendo las caderas dijo algo con voz amortiguada, en un susurro, sin que se supiese si se lo decía a él o a sí misma. No reconoció las palabras y le preguntó qué había dicho. Volvió a susurrar algo y ni siquiera después, cuando volvió a abrazarla contra su cuerpo, pudo entender lo que decía.



8

      Oía a su anfitrión y estaba cada vez más interesada por unos detalles que había olvidado hacía mucho tiempo: por ejemplo, que entonces solía llevar un traje de verano color azul pálido con el que, al parecer, tenía un aspecto angelical e intangible (sí, se acordaba de aquel traje), que solía llevar en el pelo una peineta grande de hueso que, al parecer, le daba un distinguido aire anticuado, que en la cafetería siempre pedía té con ron (su único vicio alcohólico), y todo aquello la transportaba agradablemente lejos del cementerio, de la tumba desaparecida, de los pies cansados, del centro cultural y hasta de los reproches de los ojos del hijo. Mira, se dijo de pronto, como quiera que sea yo ahora, si una parte de mi juventud sigue viviendo en este hombre, no he vivido en vano; y de inmediato se percató de que aquélla era una nueva confirmación de sus opiniones: el valor de una persona reside en aquello que va más allá de ella, en lo que está fuera de ella, en lo que hay de ella en los demás y para los demás.
       Oía lo que le decía y no protestaba cuando a veces le acariciaba la mano; aquellas caricias se confundían con la atmósfera acariciante de la conversación y poseían una indefinición que la desarmaba (¿a quién iban dirigidas? ¿a aquella de la cual se hablaba o a aquella a la cual se hablaba?); además, aquel que la acariciaba le gustaba; incluso pensó que le gustaba más que aquel jovencito de hace quince años, cuya adolescencia, si mal no recuerda, resultaba un tanto complicada.
       Cuando él llegó en su relato al punto en que la sombra de ella se movía erguida encima de él mientras trataba en vano de entender sus susurros, se calló por un momento y ella (ilusa, como si él conociese aquellas palabras y quisiera recordárselas al cabo de los años como un secreto olvidado) le preguntó en voz baja:
       —¿Y qué fue lo que dije?



9

      —No lo sé —respondió.
       No lo sabía; aquella vez no sólo había escapado a sus imágenes, sino también a sus sensaciones; escapó a su vista y a su oído. Cuando encendió la luz en la pequeña habitación de la residencia, ya estaba vestida, todo en ella había vuelto a ser suave, deslumbrante, perfecto, y él buscaba inútilmente la relación entre su cara iluminada y la cara que hacía un momento había intuido en la oscuridad. Aún no habían acabado de despedirse aquel día y ya la recordaba; trataba de imaginar el aspecto que tenía un rato antes su cara (que no había visto) y su cuerpo (que no había visto) mientras hacían el amor. Pero no lo conseguía; seguía escapando a su capacidad de imaginación.
       Se hizo el propósito de hacerle el amor, la próxima vez, con la luz encendida. Pero ya no hubo próxima vez. A partir de entonces, con habilidad y tacto, ella procuró evitarlo y él cayó en la inseguridad y la desesperanza: es cierto que habían hecho el amor muy bien, suponía, pero también sabía que antes había estado imposible, y le daba vergüenza: interpretó su comportamiento esquivo de ahora como una condena y ya no se atrevió a hacer esfuerzo alguno por conquistarla.
       —¿Me dirá por qué me esquivaba?
       —Por favor —dijo con su voz más tierna—, hace ya tanto tiempo, qué sé yo... —y como él seguía insistiendo, dijo—: No debería volver constantemente al pasado. Ya es suficiente con que tengamos que dedicarle tanto tiempo en contra de nuestra voluntad.
       Lo había dicho sólo para evitar que él siguiera insistiendo (y es posible que la última frase, pronunciada con un leve suspiro, se relacionase con la visita matutina al cementerio), pero él interpretó su afirmación de otra manera: como si pretendiera, brusca e intencionadamente, dejar claro (algo tan evidente) que no hay dos mujeres (la de entonces y la actual), sino una sola, siempre la misma y que aquella mujer, que hacía quince años se le escapó, está ahora aquí, está al alcance de la mano.
       —Tiene razón, el presente es más importante —dijo él en un tono significativo y miró muy fijamente a su cara, que sonreía con la boca entreabierta, en la que resplandecía una hilera de dientes; en ese momento pasó por su cabeza un recuerdo: aquella vez, en la pequeña habitación de la residencia, ella cogió sus dedos y se los llevó a la boca, los mordió con tanta fuerza que le dolió, pero mientras tanto él palpó todo el interior de su boca; hasta ahora recuerda que, a un lado, arriba, en la parte de atrás, le faltaban todos los dientes (aquello no le produjo entonces rechazo alguno, por el contrario, aquel pequeño defecto formaba parte de su edad, que lo atraía y lo excitaba). Pero ahora, mirando hacia la rendija que se abría entre los dientes y la comisura de la boca, vio que los dientes eran llamativamente blancos y que no faltaba ninguno, y aquello lo dejó helado: volvían a despegarse las dos imágenes, pero él no quería permitirlo, quería volver a unirlas por la fuerza, violentamente, en una sola, y por eso dijo—: ¿De verdad no quiere un coñac? —y cuando ella, con una sonrisa encantadora y las cejas levemente levantadas movió en señal de negación la cabeza, pasó al otro lado de la cortina, sacó la botella de coñac, se la llevó a los labios y bebió de ella con prisa.
       Después pensó que ella podía descubrir por su aliento lo que había hecho y por eso cogió dos copas y la botella y las llevó a la habitación. Ella volvió a hacer un gesto de negación con la cabeza.
       —Al menos simbólicamente —dijo y sirvió dos copas. Después chocó su copa con la de ella—: ¡Que ya no vuelva a hablar de usted más que en presente!
       El bebió su copa, ella mojó los labios, él se sentó junto a ella en el borde del sillón y la cogió de las manos.



10

      Ella no imaginaba, cuando fue a su apartamento, que pudiera producirse una caricia como ésta, y al principio se asustó; era como si aquella caricia llegase antes de que hubiera tenido ocasión de prepararse (hacía ya tiempo que había perdido ese estar permanentemente preparada que practican las mujeres maduras); (quizá podríamos encontrar en este susto algo en común con el susto que se lleva una chica jovencita cuando la besan por primera vez, porque, si la chica aún no está preparada y ella ya no lo estaba, estos «aún» y «ya» tienen un misterioso parentesco, como el que suelen tener las rarezas de la vejez y la infancia). Luego la trasladó del sillón al sofá, la abrazó, la acarició por todo el cuerpo y ella se sintió en sus brazos blanda e informe (sí, blanda: porque de su cuerpo hacía tiempo que había desaparecido la soberana sensualidad, que otorga inmediatamente a los músculos el ritmo de la tensión y la distensión, así como la actividad de cientos de suaves movimientos).
       Pero el instante de susto pronto se diluyó en sus caricias y, lejos como estaba de la hermosa mujer madura que había sido, regresaba hacia ella con inmensa velocidad, hacia su percepción de sí misma, hacia su conciencia, y encontraba la antigua seguridad de una mujer que sabe de erotismo, y como era una seguridad que no había saboreado desde hacía tiempo, la sentía ahora con mayor intensidad que nunca; su cuerpo, hace un rato aún sorprendido, asustado, pasi-vo, blando, revivía, le respondía al anfitrión con sus propias caricias y ella sentía la precisión y la sabiduría de aquellas caricias y eso la deleitaba; aquellas caricias, la manera de apoyar la cara en su cuerpo, los suaves movimientos con los que su pecho respondía a los abrazos de él, todo aquello no lo encontraba como si fuera simplemente algo aprendido, algo que sabe y ahora con fría satisfacción ejecuta, sino como algo esencial, con lo que se fundía con alegría y entusiasmo, como si fuera su tierra firme natal (¡ay, la tierra firme de la belleza!), de la que había sido expulsada y a la que ahora regresaba triunfalmente.
       Su hijo estaba ahora infinitamente lejos; cuando el anfitrión la abrazó, lo había visto, es verdad, llamándole la atención desde un rincón de su mente, pero luego desapareció rápidamente y no quedaron en todos aquellos alrededores más que ella y el hombre que la acariciaba y la abrazaba. Pero, cuando él colocó su boca sobre la de ella y trató de abrirle los labios con la lengua, todo se volvió repentinamente del revés: volvió en sí. Apretó con fuerza los dientes (sentía aquella materia extraña y amarga que se apretaba contra su paladar y le daba la sensación de que le llenaba toda la boca) y no se entregó; después le apartó suavemente y dijo:
       —No. De verdad, por favor, mejor no.
       Como seguía insistiendo, lo cogió por las muñecas y le reiteró su rechazo; después le dijo (le costaba trabajo hablar, pero sabía que tenía que hablar si quería que le hiciese caso) que era tarde para hacer el amor; le recordó su edad; si hacen el amor, le parecerá fea y eso sería desesperante para ella, porque lo que le ha dicho sobre ellos dos ha sido para ella enormemente hermoso e importante; su cuerpo es mortal y se estropea, pero ahora ella sabe que ha quedado de ese cuerpo algo inmaterial, algo parecido a un rayo de luz que sigue alumbrando aun cuando la estrella ya está apagada; qué importa que envejezca si dentro de alguien se conserva intacta su juventud.
       —Me ha levantado un monumento dentro de usted mismo. No podemos permitir que se destruya. Entiéndame —se resistía—: No puede. No, no puede.



11

      Él le aseguró que seguía siendo hermosa, que en realidad nada había cambiado, que las personas siguen siendo las mismas, pero sabía que la engañaba y que era ella la que tenía razón: conocía perfectamente su hipersensibilidad hacia lo físico, el creciente rechazo que le producían los defectos externos del cuerpo femenino, que en los últimos años lo había llevado a buscar a mujeres cada vez más jóvenes y, por tanto, como advertía amargamente, cada vez más vacías y tontas; sí, no cabe duda: si la fuerza a hacer el amor, aquello terminará en repugnancia y esa repugnancia salpicará de barro no sólo el momento presente, sino también la imagen de la mujer a la que amó hace mucho tiempo, una imagen que conserva en su memoria como una joya.
       Sabía todo eso, pero todo eso no eran más que pensamientos y los pensamientos nada pueden contra el deseo, que sólo sabía una cosa: la mujer cuya inaccesibilidad e inimaginabilidad le habían hecho sufrir durante quince años, esa mujer está aquí, por fin puede verla a plena luz, por fin puede leer en su cuerpo actual su cuerpo de entonces, en su rostro actual su rostro de entonces. Por fin puede leer su (inimaginable) gesticulación amorosa y su espasmo amoroso. La cogió por los hombros y la miró a los ojos:
       —No se me resista. No tiene sentido que se resista.



12

      Pero ella movía la cabeza en señal de negativa porque sabía que sí tenía sentido que se resistiera, porque conoce a los hombres, su actitud con respecto al cuerpo femenino, porque sabe que ni el más encendido idealismo puede en el amor quitarle a la superficie del cuerpo su terrible validez; seguía teniendo, eso sí, una figura bastante aceptable que había conservado sus proporciones originales y, cuando se vestía, tenía un aspecto bastante juvenil, pero sabía que, en cuanto se desnude quedarán a la vista las arrugas de su cuello y se descubrirá la larga cicatriz que le ha dejado la operación de estómago que sufrió hace diez años.
       Y a medida que volvía a tomar conciencia de su aspecto físico actual, del que se había alejado poco antes, ascendían desde la llanura de la calle hasta la ventana de esta habitación (hasta ahora le había parecido suficientemente elevada, por encima de su vida) las angustias de la mañana de hoy, llenaban la habitación, se posaban en los cristales de los cuadros, en el sillón, la mesa, la taza de café que había bebido, y aquella procesión estaba comandada por la cara del hijo; al verla se puso colorada y huyó hacia algún sitio en las profundidades de ella misma: qué ingenua, estuvo a punto de pretender salirse de la senda que él le había trazado y que hasta había recorrido sonriendo y pronunciando discursos entusiásticos, estuvo a punto de pretender huir (al menos por un momento), pero ahora tiene que regresar obediente y reconocer que es la única senda que le corresponde. La cara del hijo era tan sarcástica que sentía, avergonzada, que ante él se volvía cada vez menor, hasta convertirse, humillada, en una simple cicatriz en su propio estómago.
       El anfitrión la tenía cogida por los hombros y le repetía una vez más:
       —No tiene sentido que se resista —y ella volvía la cabeza hacía uno y otro lado, pero lo hacía de una manera completamente mecánica, porque ante sus ojos no estaba el anfitrión, estaban sus propios rasgos juveniles en la cara del hijo-enemigo al que odiaba tanto más cuanto más pequeña y humillada se sentía. Le oyó echándole en cara la tumba desaparecida y en ese momento saltó ilógicamente del caos de la memoria una frase que ella le arrojó con rabia a la cara:
       —¡Los viejos muertos deben dejar sitio a los muertos jóvenes, muchacho!



13

      No le cabía ni la menor duda de que aquello terminaría realmente en repugnancia, ahora mismo, al mirarla (con una mirada indagadora y penetrante), ya se producía cierta repugnancia, pero lo curioso era que aquello no le molestaba, por el contrario, le excitaba y le motivaba, como si desease aquella repugnancia: el deseo de coito se iba aproximando dentro de él al deseo de repugnancia; el deseo de leer en su cuerpo lo que durante tanto tiempo no le había sido permitido conocer se mezclaba con el deseo de degradar de inmediato lo que leyese.
       ¿De dónde provenía aquello? Tuviese o no conciencia de ello, el hecho es que se le presentaba una oportunidad única: su visitante representaba para él todo lo que no había obtenido, lo que se le había escapado, lo que se le había pasado, todo lo que con su ausencia hacía insoportable su edad actual con los cabellos que raleaban y aquel balance tristemente pobre; y él, teniendo conciencia de ello o sólo intuyéndolo vagamente, podía ahora restar importancia y co-lorido a aquellas satisfacciones de las que se había privado (porque era precisamente ese terrible colorido lo que hacía tan tristemente descolorida su vida), podía descubrir que eran insignificantes, que no eran más que apariencias y desaparición, que no eran más que polvo disfrazado, podía vengarse de ellas, humillarlas, destruirlas.
       —No se resista —repitió tratando de atraerla hacia sí.



14

      Seguía viendo ante sus ojos la sarcástica cara del hijo y ahora, cuando el anfitrión la atrajo con fuerza hacia sí, dijo:
       —Por favor, déjeme, un momento —y se soltó; no quería interrumpir lo que se le pasaba por la cabeza: los muertos viejos deben dejar sitio a los muertos jóvenes y los monumentos no sirven para nada, su monumento, al que este hombre había rendido culto en su mente durante quince años, tampoco servía para nada, el monumento a su marido tampoco servía para nada, sí, muchacho, ningún monumento sirve para nada, le decía para sus adentros al hijo y veía con vengativa satisfacción cómo su cara se contraía y gritaba: «¡Nunca has hablado de ese modo, madre!».
       Claro, sabía que nunca había hablado de ese modo, pero este momento estaba lleno de una luz bajo la cual todo se volvía completamente distinto:
       No hay razón para dar prioridad a los monumentos ante la vida; su propio monumento sólo tiene en este momento una significación: puede utilizarlo en provecho de su despreciado cuerpo; el hombre que está sentado a su lado le gusta, es joven y probablemente (con casi total seguridad) es el último hombre que le gusta y que puede tener; y eso es lo único importante; si luego ella le repugna y él derriba su monumento, da lo mismo, porque el monumento está fuera de ella, igual que la mente de él y su memoria están fuera de ella, y todo lo que está fuera de ella da lo mismo. «¡Nunca has hablado de ese modo, madre!», oyó el grito del hijo, pero no le prestó atención. Sonrió.
       —Tiene razón, ¿para qué me iba a resistir? —dijo en voz baja y se levantó.
       Después empezó a quitarse lentamente el vestido. Aún faltaba mucho para que se hiciera de noche. Esta vez la habitación estaba completamente iluminada.





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