Milan Kundera
(Brno, Czechoslovakia, 1929-)


Nadie se va a reír
Smešné lásky (1969)

1

      “Sírveme un poco más de slivovice”, me dijo Klara y yo no puse objeciones.
       El pretexto esgrimido para abrir la botella no había sido nada fuera de lo corriente, pero bastaba: ese día yo había recibido una gratificación relativamente importante por la última parte de un estudio mío que se había publicado por entregas en una revista especializada en crítica de arte.
       La propia publicación del estudio había tenido sus más y sus menos. El texto era pura agresividad y pura polémica. Por eso primero me lo rechazaron en la revista “Pensamiento Artístico”, cuya redacción es más formal y precavida, y por fin lo publicaron en la revista de la competencia, de menor tirada, cuyos redactores son más jóvenes e imprudentes.
       El dinero me lo trajo el cartero a la Facultad, junto con una carta; una carta sin importancia; acababa de adquirir la sensación de estar muy por encima del resto de los mortales y por la mañana apenas la leí. Pero ahora, en casa, cuando el reloj se acercaba a la medianoche y el nivel del líquido en la botella se aproximaba al fondo, la cogí de la mesa para que nos sirviera de diversión.
       “Estimado camarada y, si me permite ese tratamiento, colega”, empecé a leérsela a Klara. “Disculpe, por favor, que una persona como yo, con la que Ud. no ha hablado en la vida, le escriba esta carta. Me dirijo a Ud. para rogarle que tenga la amabilidad de leer el artículo adjunto. No le conozco a Ud. personalmente, pero le aprecio como persona cuyos juicios, reflexiones y conclusiones me han llenado de asombro, porque su coincidencia con los resultados de mis propias investigaciones es tal que me he quedado completamente consternado...” y seguían una serie de elogios a las excelencias de mi obra y una petición: Si tendría la amabilidad de escribir un informe sobre su artículo, un juicio crítico para la revista “Pensamiento Artístico”, en la que desde hace ya más de medio año se lo rechazan y se niegan a prestarle atención. Le dijeron que mi valoración sería decisiva, de modo que ahora me he convertido en su única esperanza como escritor, en la única lucecilla que le alumbra en la terrible oscuridad.
       Nos reímos del señor Zaturecky, cuyo rimbombante apellido nos fascinaba; pero nos reímos de él sin ensañarnos, porque los elogios que me dirigía, especialmente en combinación con la excelente botella de slivovice, me habían ablandado. Me habían ablandado de tal modo que en aquellos instantes inolvidables amaba a todo el mundo. Naturalmente, de todo el mundo a quien más amaba era a Klara, aunque sólo fuese porque estaba sentada frente a mí, mientras que el resto del mundo estaba oculto tras las paredes de mi buhardilla del barrio de Vrsovice. Y como en aquel momento no tenía nada con qué obsequiar al mundo, obsequiaba a Klara. Al menos con promesas.
       Klara era una chica de veinte años y de buena familia. ¡Qué digo de buena, de excelente familia! Su padre había sido director de un banco y, como representante de la alta burguesía, en el año cincuenta había sido obligado a trasladarse al pueblo de Celakovice, a buena distancia de Praga. Su hijita tenía malos antecedentes políticos y trabajaba de costurera en una gran fábrica de la empresa de confección de Praga. Yo estaba sentado frente a ella y procuraba aumentar sus simpatías por mí hablándole irreflexivamente de las ventajas del trabajo que había prometido conseguirle con la ayuda de mis amigos. Le dije que era imposible que una chica tan guapa desperdiciase su belleza junto a una máquina de coser y decidí que era necesario que se hiciera modelo.
       Klara no tuvo nada que objetar y pasamos la noche en feliz coincidencia.



2

      El hombre atraviesa el presente con los ojos vendados. Sólo puede intuir y adivinar lo que de verdad está viviendo. Y después, cuando le quitan la venda de los ojos, puede mirar al pasado y comprobar qué es lo que ha vivido y cuál era su sentido.
       Aquella noche pensé que estaba brindando por mis éxitos, sin tener la menor sospecha de que estaba celebrando la inauguración de mis fracasos.
       Y como no tenía la menor sospecha, al día siguiente me desperté de buen humor y, mientras Klara seguía respirando feliz a mi lado, me puse a leer en la cama, con caprichosa indiferencia, el artículo que acompañaba a la carta.
       Se titulaba “Mikolas Ales, el maestro del dibujo checo” y en verdad no valía la pena ni siquiera la media hora de lectura distraída que le dediqué. Era una colección de trivialidades amontonadas sin el menor sentido de la interrelación y sin la menor pretensión de añadirles alguna idea propia.
       Estaba clarísimo que se trataba de una tontería. Por lo demás el doctor Kalousek, redactor de “Pensamiento Artístico” (un hombre excepcional mente antipático), me lo confirmó ese mismo día por teléfono: “Oye, ¿te llegó el rollo de Zaturecky?... Deberías decírselo por escrito. Ya se lo rechazaron cinco redactores y sigue dando la lata; ahora se ha inventado que la única autoridad en el tema eres tú. Dile en dos líneas que es una idiotez, tú sabes hacerlo, las frases venenosas se te dan muy bien; y así nos quedaremos todos en paz”.
       Pero dentro de mí había algo que se rebelaba: ¿por qué tengo que ser precisamente yo el verdugo del señor Zaturecky? ¿Acaso me pagan a mí el sueldo de redactor por hacer ese trabajo? Además recordaba perfectamente que en “Pensamiento Artístico” habían rechazado mi estudio porque les dio miedo publicarlo; en cambio, el nombre del señor Zaturecky estaba firmemente unido en el recuerdo a Klara, la botella de slivovice y una hermosa noche. Y finalmente —no voy a negarlo, es humano— podría contar con un solo dedo a las personas que me consideran “la única autoridad en el tema”: ¿por qué iba a tener que perder a esa única persona?
       Terminé la conversación con Kalousek con alguna graciosa vaguedad que él podía considerar como promesa, y yo como excusa, y colgué el teléfono, firmemente decidido a no escribir nunca el informe sobre el trabajo del señor Zaturecky.
       En lugar de eso saqué del cajón el papel de carta y le escribí al señor Zaturecky, evitando pronunciar ningún juicio sobre su trabajo y poniendo como disculpa que mis opiniones sobre la pintura del siglo diecinueve eran consideradas por todo el mundo erróneas y extravagantes y que por eso una intercesión mía —en especial tratándose de la redacción de “Pensamiento Artístico”— podía más perjudicarle que favorecerle; al mismo tiempo, me dirigía al señor Zaturecky con una amistosa locuacidad de la que era imposible no deducir mis simpatías hacia él.
       En cuanto eché la carta al correo, me olvidé del señor Zaturecky. Pero el señor Zaturecky no se olvidó de mí.



3

      Un buen día, justo al terminar mi clase —doy clases de Historia de la Pintura en la Universidad— llamó a la puerta del aula nuestra secretaria, la señora Marie, una mujer amable de cierta edad que de vez en cuando me hace una taza de café y dice que no estoy cuando me llaman mujeres por teléfono y yo no quiero ponerme. Asomó la cabeza por la puerta del aula y me dijo que había un señor esperándome.
       Los señores no me dan miedo, así que me despedí de los alumnos y salí al pasillo con buen ánimo. Allí me saludó con una inclinación de cabeza un hombrecillo pequeño que llevaba un traje negro bastante usado y una camisa blanca. Me comunicó muy respetuosamente que era Zaturecky.
       Invité al visitante a pasar a una habitación que estaba libre, le indiqué que se sentase en un sillón y, en tono jovial, empecé a conversar con él de todo un poco, del mal tiempo que hacía aquel verano, de las exposiciones que había en Praga. El señor Zaturecky asentía amablemente a cualquier tontería que yo dijese, pero de inmediato trataba de relacionar cada uno de mis comentarios con su artículo sobre Mikolas Ales, y el artículo yacía de pronto entre nosotros, en su invisible sustancia, como un imán del que no era posible librarse.
       —Nada me gustaría más que hacer un informe sobre su trabajo —dije por fin—, pero ya le he explicado en mi carta que no me consideran experto en el siglo diecinueve checo y que además estoy un poco enfrentado con la redacción de “Pensamiento Artístico” porque me tienen por un fanático modernista, de modo que una valoración positiva mía sólo podría perjudicarle.
       —Oh, es usted demasiado modesto —dijo el señor Zaturecky—. ¡Un experto como usted! ¿Cómo puede valorar tan negativamente su posición? En la redacción me han dicho que todo dependerá exclusivamente de su valoración. Si usted se pone de parte de mi artículo, lo publicarán. Es usted mi única salvación. Se trata del producto de tres años de estudio y tres años de trabajo. Ahora todo está en sus manos.
       ¡Con qué ligereza y con qué defectuosos materiales edifica el hombre sus excusas! No sabía qué responderle al señor Zaturecky.
       Eché una mirada a su cara y advertí que no sólo me miraban unas pequeñas e inocentes gafas anticuadas, sino también una poderosa y profunda arruga transversal en la frente. En aquel breve instante de clarividencia, un escalofrío me atravesó la espalda: esa arruga, reconcentrada y terca, no era sólo un indicio de los padecimientos del espíritu sufridos por su propietario ante los dibujos de Mikolas Ales, sino también el síntoma de una extraordinaria fuerza de voluntad. Perdí mi presencia de ánimo y no pude encontrar una excusa adecuada. Sabía que no iba a escribir aquel informe, pero también sabía que no tenía fuerzas para responder con un no, cara a cara, a los ruegos de aquel hombrecillo.
       De modo que empecé a sonreír y a hacer promesas vagas. El señor Zaturecky me dio las gracias y dijo que pronto volvería a verme. Me despedí de él con muchas sonrisas.
       Y, en efecto, al cabo de un par de días volvió. Lo esquivé astutamente, pero al día siguiente me dijeron que había estado otra vez preguntando por mí en la Facultad. Comprendí que la situación era crítica. Fui rápidamente en busca de la señora Marie para tomar las medidas necesarias.
       —Por favor, Marie, si volviese a preguntar por mí ese señor, dígale que estoy de viaje de estudios en Alemania y que tardaré un mes en regresar. Y para su información: ya sabe que tengo todas mis clases los martes y los miércoles. Voy a cambiarlas, en secreto, a los jueves y los viernes. Los únicos que lo sabrán serán los alumnos. No se lo diga a nadie y deje el horario de clases tal como está. Tengo que pasar a la clandestinidad.



4

      En efecto, el señor Zaturecky pronto volvió a la Facultad a preguntar por mí y se quedó desolado cuando mi secretaria le comunicó que me había ido repentinamente a Alemania.
       —¡Pero eso no es posible! ¡El señor profesor ayudante tenía que escribir un informe sobre mi trabajo! ¿Cómo ha podido marcharse de ese modo?
       —No lo sé —dijo la señora Marie—, de todos modos dentro de un mes estará de regreso.
       —Otro mes más... —se lamentó el señor Zaturecky—. ¿Y no sabe su dirección en Alemania?
       —No la sé —dijo la señora Marie.
       Así que tuve un mes de tranquilidad.
       Pero el mes pasó más rápido de lo que yo había pensado y el señor Zaturecky ya estaba de nuevo en el despacho.
       —No, aún no ha regresado —le dijo la señora Marie, y en cuanto me vio, un poco más tarde, me rogó:
       —Ese hombrecillo suyo ha vuelto otra vez por aquí, dígame usted, por Dios, qué tengo que decirle.
       —Dígale, Marie, que me ha dado una hepatitis en Alemania y que estoy internado en el hospital de Iena.
       —¡En el hospital! —exclamó el señor Zaturecky cuando Marie se lo comunicó algunos días más tarde—. ¡Eso no es posible! ¡El señor profesor ayudante tiene que escribir un informe sobre mi trabajo!
       —Señor Zaturecky —le dijo la secretaria en tono de reproche—, el señor ayudante está gravemente enfermo en el extranjero y usted no piensa más que en su informe.
       El señor Zaturecky se encogió de hombros y se marchó, pero al cabo de catorce días ya estaba de vuelta en el despacho:
       —Le he enviado al señor profesor ayudante una carta certificada al hospital, ¡y me la han devuelto!
       —Ese hombrecillo suyo me va a volver loca —me dijo al día siguiente la señora Marie—. No se enfade conmigo. ¿Qué podía decirle? Le dije que ya había regresado. Tendrá que arreglárselas usted mismo.
       No me enfadé con la señora Marie. Había hecho todo lo que podía. Y además yo no me sentía ni mucho menos derrotado. Sabía que nadie podría darme caza. Vivía totalmente en secreto. En secreto daba mis clases los jueves y los viernes y en secreto me agazapaba todos los martes y los miércoles en el portal de una casa que estaba enfrente de la Facultad y me divertía viendo al señor Zaturecky haciendo guardia delante de la Facultad y esperando a que yo saliese.
       Tenía ganas de ponerme un sombrero hongo y una barba falsa. Me sentía como Sherlock Holmes, como Jack el enmascarado, como el Hombre Invisible que recorre la ciudad, me sentía como un niño.
       Pero, un buen día, el señor Zaturecky se aburrió de hacer guardia y atacó frontalmente a la señora Marie.
       —¿Cuándo da sus clases el camarada ayudante?
       —Ahí tiene el horario —dijo la señora Marie señalando la pared en la que había un gran tablón de anuncios cuadriculado donde, con ejemplar prolijidad, estaban dibujadas las horas de clase de todos los profesores.
       —Eso ya lo sé —respondió con decisión el señor Zaturecky—. El problema es que el camarada ayudante no da nunca clase ni el martes ni el miércoles. ¿Está dado de baja por enfermedad?
       —No —respondió dubitativa la señora Marie.
       Y entonces el hombrecillo se encaró con la señora Marie. Le reprochó el desorden que tenía en el horario de los profesores. Le preguntó irónicamente cómo era posible que no supiese dónde estaban en cada momento los profesores. Le comunicó que iba a presentar una queja contra ella. Le gritó. Afirmó que iba a presentar una queja contra el camarada ayudante por no dar las clases que tenía que dar. Le preguntó si el rector estaba presente.
       El rector, por desgracia, estaba presente.
       El señor Zaturecky llamó a su puerta y entró. Al cabo de unos diez minutos regresó al despacho de la señora Marie y le pidió sin más rodeos mis señas.
       —Vive en la ciudad de Litomysl, calle Skalnikova número 20 —dijo la señora Marie.
       —¿Cómo en Litomysl?
       —El señor ayudante tiene en Praga su domicilio provisional y no desea que le comunique a nadie su dirección...
       —Haga el favor de darme las señas del domicilio del camarada ayudante en Praga —gritó el hombrecillo con voz temblorosa.
       La señora Marie perdió por completo la serenidad. Le dio la dirección de mi buhardilla, de mi pobre refugio, de la dulce cueva en la que debía ser cazado.



5

      Sí, mi residencia permanente está en Litomysl; tengo allí a mamá, a mis amigos y los recuerdos de papá; cuando puedo me voy de Praga y estudio y escribo en casa, en el pequeño piso de mamá. Así fue como mantuve formalmente mi residencia permanente en casa de mamá, y en Praga no fui capaz de conseguir ni siquiera un apartamento adecuado, como Dios manda, y por eso vivía subalquilado en Vrsovice, en un altillo, en una buhardillita completamente independiente, cuya existencia procuraba en la medida de lo posible ocultar para que no se produjeran innecesarios encuentros de indeseados huéspedes con mis compañeras provisionales de piso o mis visitantes femeninas.
       No puedo negar que éste era uno de los motivos por los cuales no gozaba en la casa del mejor renombre. Durante algunas de mis estancias en Litomysl les había prestado la habitación a amigos que la utilizaban para divertirse, y se divertían tanto que no permitían que nadie pegase ojo en el edificio durante toda la noche. Aquello indignaba a algunos de los habitantes del edificio, de modo que estaban empeñados en una guerra secreta contra mí, que se manifestaba de vez en cuando en los informes que emitía sobre mí el Comité de Vecinos y hasta en una queja presentada ante la Administración de viviendas.
       En la época a la que me estoy refiriendo, a Klara le empezó a parecer complicado desplazarse desde Celakovice para ir al trabajo, de modo que comenzó a pasar la noche en mi casa. Al principio lo hacía con timidez y excepcionalmente, luego colgó un vestido en el armario, después varios vestidos y, al cabo de poco tiempo, mis dos trajes se apretujaban en un rincón y mi pequeña habitación se había convertido en un saloncito femenino.
       Klara me gustaba; era hermosa; yo disfrutaba de que la gente nos mirase cuando íbamos juntos; tenía por lo menos trece años menos que yo, lo cual acrecentaba mi prestigio entre los alumnos; tenía, en una palabra, multitud de motivos para dedicarle todo tipo de atenciones. Pero no quería que se supiera que vivía conmigo. Tenía miedo de que se extendiesen por la casa las habladurías y los cotilleos; tenía miedo de que alguien empezara a meterse con mi viejo y amable casero, que era discreto y no se ocupaba de mí; tenía miedo de que, un buen día, a disgusto y contra su voluntad, viniera a pedirme que para mantener su buen nombre echase a la señorita.
       Por eso Klara tenía instrucciones estrictas de no abrirle la puerta a nadie.
       Aquel día estaba sola en casa. Era un día soleado y la temperatura en la buhardilla era casi sofocante. Por eso estaba tumbada en la cama, desnuda, ocupada en mirar al techo. Y en ese momento oyó que golpeaban a la puerta.
       No era nada inquietante. En mí buhardilla no había timbre y, cuando venía alguien, tenía que golpear. De modo que Klara no dejó que el ruido la interrumpiese y siguió mirando el techo, sin la menor intención de dejar de hacerlo. Pero los golpes no se detenían; por el contrario, continuaban con serena e incomprensible persistencia. Klara se puso nerviosa; empezó a imaginarse que ante la puerta había un hombre que lenta y significativamente daba vuelta a la solapa de su chaqueta, un hombre que al final le echaría violentamente en cara que no le hubiese abierto, un hombre que le preguntaría qué estaba ocultando, qué escondía y si tenía registrado allí su domicilio. La invadió el sentimiento de culpa; despegó los ojos del techo y se puso a buscar rápidamente el sitio donde había dejado la ropa. Pero los golpes eran tan insistentes que en medio de la confusión no encontró más que mi impermeable. Se lo puso y abrió la puerta.
       Pero en lugar del rostro hosco del inspector se encontró sólo con un pequeño hombrecillo que hacía una reverencia:
       —¿Está en casa el señor ayudante?
       —No, no está en casa...
       —Qué pena —dijo el hombrecillo y pidió amablemente disculpas por interrumpir—. Es que el señor ayudante debe escribir un informe sobre un trabajo mío. Me lo prometió y ya es muy urgente. Con su permiso, quisiera dejarle al menos un recado.
       Klara le dio al hombrecillo papel y lápiz, y yo me enteré por la noche de que el destino del estudio sobre Mikolas Ales estaba únicamente en mis manos y de que el señor Zaturecky aguardaba respetuosamente mi informe y procuraría localizarme una vez más en la Facultad.



6

      Al día siguiente la señora Marie me contó cómo le había amenazado el señor Zaturecky, cómo había gritado y cómo había ido a quejarse de ella; la voz le temblaba y estaba a punto de llorar; me dio rabia. Comprendí perfectamente que la secretaria, que hasta ahora se había reído de mi juego al escondite (aunque apostaría el cuello que lo hacía más por amabilidad hacia mí que porque se divirtiera sinceramente), se sentía ahora maltratada y veía naturalmente en mí al causante de sus problemas. Y si a esto le añadía la violación del secreto de mi buhardilla, los diez minutos de golpes a la puerta y el susto que había pasado Klara, la rabia se convirtió en un ataque de furia.
       Y cuando estaba dando vueltas de un lado a otro por el despacho de la señora Marie, cuando me estaba mordiendo los labios, cuando estaba en plena ebullición y pensando en la venganza, se abrió la puerta y apareció el señor Zaturecky.
       Al verme brilló en su cara un resplandor de felicidad. Hizo una reverencia y saludó.
       Había llegado un poco antes de tiempo, un poco antes de que yo hubiera tenido oportunidad de meditar mi venganza.
       Me preguntó si ayer había recibido su mensaje.
       No le contesté.
       Repitió la pregunta.
       —Lo recibí —dije.
       —¿Y hará el favor de escribirme ese informe?
       Lo veía delante de mí, enfermizo, terco, lastimero; veía la arruga transversal que dibujaba en su frente la línea de su única pasión; observé aquella sencilla línea y comprendí que era una recta determinada por dos puntos: mi informe y su artículo; que al margen del vicio de esta recta maniática no había en su vida más que ascetismo. Y en ese momento se me ocurrió una maldad salvadora.
       —Espero que comprenda que, después de lo ocurrido ayer, no tengo nada de que hablar con usted —dije.
       —No le comprendo.
       —No finja. Ella me lo dijo todo. Es inútil que lo niegue.
       —No le comprendo —repitió, pero esta vez con más decisión, el pequeño hombrecillo.
       Puse un tono de voz jovial, casi amistoso:
       —Mire usted, señor Zaturecky, yo no se lo reprocho. A fin de cuentas yo también soy mujeriego y lo comprendo. Yo en su lugar también habría intentado ligar con una chica tan guapa, si hubiera estado a solas con ella en el piso y si llevara puesto un impermeable de hombre sin nada debajo.
       —Esto es una ofensa —palideció el hombrecillo.
       —No, señor Zaturecky, es la verdad.
       —¿Se lo dijo esa dama?
       —No tiene secretos para mí.
       —¡Camarada ayudante, eso es una ofensa! Soy un hombre casado. ¡Tengo mujer! ¡Tengo hijos! —el hombrecillo dio un paso hacia delante, de modo que me vi obligado a retroceder.
       —Peor aún, señor Zaturecky.
       —¿Qué quiere decir con eso de peor aún?
       —Me refiero a que para un mujeriego estar casado es un agravante.
       —¡Eso tendrá que retirarlo! —dijo el señor Zaturecky amenazante.
       —Como usted quiera —acepté—. Estar casado no siempre es una circunstancia agravante para un mujeriego. Pero eso no tiene importancia. Ya le he dicho que no me enfado con usted y que le comprendo. Lo único que no puedo entender es cómo puede pretender que una persona a la que le quiere quitar la mujer, le haga su informe.
       —¡Camarada ayudante! ¡Quien le pide ese informe es el doctor Kalousek, redactor del “Pensamiento Artístico”, una revista de la Academia de Ciencias! ¡Y usted tiene que escribir ese informe!
       —El informe o la mujer. No puede pedir las dos cosas.
       —¡Cómo puede comportarse de ese modo, camarada! —me gritó el señor Zaturecky, indignado y desesperado.
       Qué curioso, de pronto tuve la sensación de que el señor Zaturecky había pretendido realmente seducir a Klara. Me indigné y le grité:
       —Pero ¿cómo puede atreverse usted a llamarme la atención? Usted, que debería pedirme humildemente disculpas aquí mismo, delante de la señora secretaria.
       Me volví de espaldas al señor Zaturecky, y él, confuso, salió trastabillando de la habitación.
       —Bueno —respiré como si acabara de ganar un duro combate y le dije a la señora Marie—: Espero que ahora ya no pretenderá que le escriba ese informe.
       La señora Marie sonrió y al cabo de un momento me preguntó tímidamente:
       —¿Y por qué no quiere hacerle ese informe?
       —Porque lo que ha escrito es una terrible estupidez.
       —¿Y entonces por qué no pone en el informe que es una estupidez?
       —¿Por qué se lo iba a escribir? ¿Para qué tengo que enemistarme con nadie?
       La señora Marie me miró con una sonrisa tolerante; y en ese momento se abrió la puerta y apareció el señor Zaturecky con el brazo extendido:
       —¡No seré yo el que tenga que disculparse, será usted!
       Lo dijo con voz temblorosa y volvió a desaparecer.



7

      No lo recuerdo con exactitud, quizá fue ese mismo día, quizá unos días más tarde, cuando encontramos en mi buzón una carta en la que no figuraba la dirección. Dentro había un texto trabajosamente escrito, con letra inexperta: ¡Estimada! Venga a verme el domingo para hablar de las ofensas a mi marido. Estaré en casa todo el día. Si no viene, me veré obligada a tomar medidas. Anna Zaturecka, Praga 3, Dalimilova 14.
       Klara estaba aterrorizada y empezó a decir algo acerca de que la culpa era mía. Hice un gesto despectivo y dije que el sentido de la vida consistía en divertirse viviendo y que, si la vida era demasiado holgazana para que eso fuera posible, no había más remedio que darle un empujoncito. Uno debe cabalgar permanentemente a lomos de las historias, esos potros raudos sin los cuales se arrastraría uno por el polvo como un peón aburrido. Cuando Klara me dijo que no tenía la menor intención de cabalgar a lomos de ninguna historia, le garanticé que jamás vería al señor Zaturecky ni a la señora Zaturecka y que la historia sobre cuya montura había saltado yo, iba a dominarla tranquilamente yo solo.
       Por la mañana, cuando salíamos de casa, nos detuvo el portero. El portero no es mi enemigo. Hace ya tiempo que lo soborné sabiamente con un billete de cincuenta coronas y desde entonces he vivido con la agradable convicción de que había aprendido a no enterarse de nada que se refiriera a mí y no echaba leña al fuego que mis enemigos avivan en mi contra.
       —Ayer hubo dos que preguntaron por usted —le dijo.
       —¿Cómo eran?
       —Uno bajito, con una tía.
       —¿Cómo era la tía?
       —Le sacaba dos cabezas. Muy enérgica. Una tía dura. No paraba de hacer preguntas —se dirigió a Klara—: Más que nada preguntaba por usted. Que quién era y que cómo se llamaba.
       —Dios mío, ¿y qué le dijo? —se asustó Klara.
       —¿Qué le iba a decir? Yo qué sé quién viene a casa del señor ayudante. Le dije que todas las noches venía una distinta.
       —Estupendo —saqué del bolsillo un billete de diez coronas—. Siga diciendo lo mismo.
       —No tengas miedo —le dije después a Klara—, el domingo no irás a ninguna parte y nadie te encontrará.
       Y llegó el domingo, tras el domingo el lunes, el martes, el miércoles.
       —Ya ves —le dije a Klara.
       Pero después llegó el jueves. Les estaba contando a mis alumnos, en la habitual clase secreta, cómo los jóvenes fauvistas, apasionadamente y con generosa camaradería, liberaron el color de las ataduras descriptivas del impresionismo, cuando de pronto abrió la puerta la señora Marie y me dijo al oído:
       —Está aquí la mujer de ese Zaturecky.
       —Pero si yo no estoy —le dije—, enséñele el horario.
       Pero la señora Marie hizo un gesto de negación con la cabeza:
       —Ya se lo dije, pero ella se metió en su despacho y vio que había un impermeable en el perchero. Y ahora está sentada en el pasillo, esperando.
       Los callejones sin salida son mi mejor fuente de inspiración. Le dije a mi alumno preferido:
       —Tenga la amabilidad de hacerme un pequeño favor. Vaya a mi despacho, póngase mi impermeable y salga del edificio con él puesto. Habrá una mujer que intentará demostrarle que yo soy usted, pero su tarea consiste en negarlo a cualquier precio.
       Mi alumno se fue y regresó al cabo de un cuarto de hora. Me comunicó que había cumplido el encargo, que el campo estaba libre y la mujer fuera de la Facultad.
       Por una vez había ganado la partida.
       Pero luego llegó el viernes, y Klara volvió del trabajo casi temblando.
       El amable señor, que recibe a las clientes en el distinguido salón de la empresa de confección, abrió ese día de pronto la puerta trasera que conduce al taller [27] en el que junto con otras quince costureras trabaja mi Klara y gritó:
       —¿Vive alguna de vosotras en el número cinco de la calle Pushkin?
       Klara sabía perfectamente que se trataba de ella, porque Pushkin 5 es mi dirección. Pero, haciendo gala de prudencia, no respondió, porque sabía que vivía en mi casa ilegalmente y que nadie tenía por qué inmiscuirse en eso.
       —Ya se lo decía yo —dijo el amable señor al ver que ninguna de las costureras respondía, y se marchó.
       Al poco tiempo, Klara se enteró de que una mujer de voz severa que llamó por teléfono le había obligado a consultar las direcciones de las empleadas y había estado un cuarto de hora convenciéndolo de que en la empresa tenía que haber una mujer que viviese en Pushkin 5.
       La sombra de la señora Zaturecka yacía sobre nuestra idílica habitación.
       —Pero ¿cómo ha podido averiguar dónde trabajas? ¡Si en este edificio nadie sabe nada de ti! —exclamé.
       Sí, estaba realmente convencido de que nadie sabía de nosotros. Vivía como un excéntrico que cree pasar desapercibido tras una elevada muralla, sin percatarse de un único detalle: de que la muralla es de cristal transparente.
       Sobornaba al portero para que no dijese que Klara vivía en mi casa, obligaba a Klara a tomar complicadas medidas para permanecer en secreto y pasar inadvertida, mientras todo el mundo sabía que estaba allí. Bastó una imprudente conversación de Klara con la inquilina del segundo y ya se sabía hasta el sitio en donde trabajaba.
       Sin que nosotros tuviésemos la menor sospecha, hacía tiempo que habíamos sido descubiertos. Lo único que seguía siendo un secreto para nuestros perseguidores era el nombre de Klara. Este secreto era el único y el último escondite que nos permitía seguir huyendo de la señora Zaturecka, que había iniciado su lucha con una tenacidad y un método que me horrorizaban.
       Comprendí que la cosa iba en serio; que el caballo de mi historia ya estaba cabalgando a toda marcha.



8

      Aquello sucedió el viernes. Y cuando Klara llegó el sábado del trabajo, temblaba una vez más. Había ocurrido lo siguiente:
       La señora Zaturecka fue con su marido a la empresa a la que había llamado por teléfono el día anterior y le pidió al director que les permitiese visitar el taller con su marido y examinar las caras de todas las costureras que estuviesen presentes. La petición le pareció ciertamente extraña al director, pero la cara que ponía la señora Zaturecka no era como para rechazar sus exigencias. Hablaba de un modo confuso de ofensas, de vidas destrozadas y de procedimientos judiciales. El señor Zaturecky estaba a su lado, ponía cara de disgusto y permanecía callado.
       Así que fueron conducidos al taller. Las costureras levantaron con indiferencia la cabeza y Klara reconoció al hombrecillo; se puso pálida y con llamativo disimulo continuó cosiendo.
       —Adelante —le dijo con irónica amabilidad el director al inmóvil dúo. La señora Zaturecka comprendió que debía tomar la iniciativa e incitó a su marido:
       —¡Vamos, mira!
       El señor Zaturecky levantó la vista con el ceño fruncido y miró a su alrededor.
       —¿Es alguna de éstas? —le preguntó al oído la señora Zaturecka.
       Al parecer el señor Zaturecky no veía con la precisión suficiente, ni siquiera con gafas, como para abarcar con la mirada, en su conjunto, aquel gran espacio cubierto que, por lo demás, era bastante accidentado, estaba lleno de trastos apilados y de trajes colgados de barras horizontales, y en el que las inquietas costureras no estaban ordenadamente sentadas de cara a la puerta, sino cada cual a su aire: se volvían, cambiaban de silla, se levantaban y miraban involuntariamente hacia otro sitio. De modo que tuvo que recorrer el taller procurando que no se le escapase ninguna.
       Cuando las mujeres se dieron cuenta de que estaban siendo observadas por alguien, y además por alguien tan poco agraciado y para ellas tan poco apetecible, experimentaron en lo más profundo de su sensibilidad una vaga sensación de humillación y comenzaron a rebelarse silenciosamente, riéndose y murmurando. Una de ellas, una joven gruesa y malhablada, le espetó:
       —¡El tío anda buscando por toda Praga a la desgraciada que lo dejó preñado!
       Sobre la pareja se desplomó la burla ruidosa y basta de las mujeres, pero ambos se quedaron en medio de aquella burla, tímidos y tercos, con una especie de extraña dignidad.
       —Madre —volvió a exclamar la chica malhablada dirigiéndose a la señora Zaturecka— ¡tiene que cuidar mejor al chiquillo! ¡Yo a un niño tan bonito como ése no lo dejaría ni salir de casa!
       —Sigue mirando —le susurró la mujer a su marido, y él, temeroso y con el ceño fruncido, siguió avanzando, paso a paso, como si recorriese el sendero de la vergüenza y el castigo, pero siguió con firmeza y sin dejar de lado ni una sola cara.
       El director sonreía durante todo el tiempo con una sonrisa neutra; conocía bien a las mujeres con las que trabajaba y sabía que no había nada que hacer con ellas; por eso fingió no oír el barullo que hacían y le preguntó al señor Zaturecky:
       —¿Y qué aspecto debería tener esa mujer?
       El señor Zaturecky se volvió hacia el director y lentamente y en tono serio dijo:
       —Era hermosa... era muy hermosa...
       Mientras tanto Klara se encogía en un rincón del taller, diferenciándose por su intranquilidad, su cabeza agachada y su febril actividad de todas las demás mujeres que se divertían con la escena. ¡Qué mal simulaba su insignificancia, tratando de pasar desapercibida! Y el señor Zaturecky ya estaba a un paso de ella y en unos segundos iba a mirarla a la cara.
       —No es gran cosa recordar únicamente que era hermosa —le dijo el amable director al señor Zaturecky—. Hay muchas mujeres hermosas. ¿Era alta o baja?
       —Alta —dijo el señor Zaturecky.
       —¿Era rubia o morena?
       El señor Zaturecky se detuvo a reflexionar y dijo:
       —Era rubia.
       Esta parte de la historia podría servir de parábola sobre la fuerza de la belleza. El señor Zaturecky, cuando vio por primera vez a Klara en mi casa, se quedó tan deslumbrado que en realidad no la vio. La belleza formó ante ella una especie de cortina impenetrable. Una cortina de luz tras la cual estaba escondida como si fuera un velo.
       Es que Klara no es ni alta ni rubia. Fue la grandeza interior de la belleza, nada más, la que le dio, ante los ojos del señor Zaturecky, la apariencia de altura física. Y la luz que la belleza irradia le dio a su pelo apariencia dorada.
       Así fue cómo, cuando el hombrecillo llegó por fin al rincón del taller en donde Klara se inclinaba nerviosa sobre una falda a medio coser, vestida con su bata marrón de trabajo, no la reconoció. No la reconoció porque jamás la había visto.



9

      Cuando Klara terminó de relatar este incidente, en forma entrecortada y con escasas dotes para exponerlo de un modo comprensible, dije:
       —Ya lo ves, tenemos suerte.
       Pero ella, llorosa, se encaró conmigo:
       —De qué suerte me hablas; si no me cogieron hoy, me cogerán mañana.
       —Me gustaría saber cómo.
       —Vendrán a buscarme aquí, a tu casa.
       —No dejaré entrar a nadie.
       —¿Y si viene a buscarme la policía? ¿Y si te presionan a ti y hacen que les digas quién soy? Habló de un proceso judicial, me va a acusar de ofensas a su marido.
       —Haz el favor, si es de risa: no ha sido más que una broma y un chiste.
       —Esta no es época de chistes, hoy todo se toma en serio; dirán que pretendía dañar su imagen y que lo hice a propósito. ¿Tú crees que, cuando lo vean, van a pensar que de verdad puede haberse metido con una mujer?
       —Tienes razón, Klara —dije—, seguramente te encerrarán.
       —No digas tonterías —dijo Klara—, tú sabes que la situación es grave, basta con que me hagan presentarme ante una comisión disciplinaria para que el asunto figure en mis antecedentes y no salga nunca más del taller. Además me gustaría saber qué pasa con ese trabajo de modelo que me prometes, y no puedo dormir en tu casa porque me daría miedo pensar que van a venir a buscarme, hoy me vuelvo a Celakovice.
       Esa fue una de las conversaciones.
       Y ese mismo día por la tarde, después de la reunión del departamento, tuve otra.
       El jefe del departamento, un canoso profesor de Historia del Arte, un hombre sabio, me invitó a pasar a su despacho.
       —Espero que sepa que ese estudio suyo que acaba de publicar no le va a beneficiar mucho —me dijo.
       —Sí, lo sé.
       —Muchos profesores piensan que sus críticas se refieren a ellos y el rector cree que es un ataque a sus opiniones.
       —¿Qué le vamos a hacer?
       —Nada —dijo el profesor—, pero ya han pasado los tres años de su ayudantía y habrá un concurso para ocupar el puesto. Por supuesto, lo habitual es que la comisión se lo dé a los que ya han dado clases en la Facultad, ¿está usted seguro de que esa costumbre se vaya a confirmar en su caso? Pero no era de eso de lo que quería hablarle. Siempre ha jugado a favor de usted el haber dado honestamente sus clases, el ser popular entre sus alumnos y el haberles enseñado algo. Pero ahora ya no puede ni siquiera apoyarse en eso. El rector me ha comunicado que hace ya un trimestre que no da clases. Y sin ningún tipo de excusa. Sólo con eso ya sería suficiente para un despido inmediato.
       Le expliqué al profesor que no había dejado de dar ni una sola clase, que no se trataba más que de una broma y le conté toda la historia del señor Zaturecky y Klara.
       —Bien, yo le creo —dijo el profesor—, pero ¿de qué sirve que yo le crea? Toda la Facultad habla hoy de que no da sus clases y no hace nada. Ya ha discutido el caso el Comité de Empresa y ayer lo llevaron a la Junta de Gobierno.
       —Pero ¿por qué no hablaron antes conmigo?
       —¿De qué iban a hablar con usted? Lo tienen todo claro. Ahora lo único que están haciendo es examinar su anterior actuación en la Facultad y buscar relaciones entre su pasado y su presente.
       —¿Qué pueden encontrar de malo en mi pasado? ¡Usted mismo sabe cuánto me gusta mi trabajo! ¡Nunca he descuidado mis obligaciones! Tengo la conciencia limpia.
       —La vida humana es muy ambigua —dijo el profesor—: El pasado de cualquiera de nosotros puede ser perfectamente adaptado lo mismo como biografía de un hombre de Estado, amado por todos, que como biografía de un criminal. Fíjese bien en su propio caso. Nadie pone en duda que le gusta su trabajo. Pero no se le veía con demasiada frecuencia en las reuniones y, cuando alguna vez aparecía, solía quedarse callado. Nadie sabía muy bien cuáles eran sus opiniones. Yo mismo recuerdo que en varias oportunidades, cuando se trataba de cosas serias, de pronto hacía usted una broma que producía incertidumbre. Naturalmente esa incertidumbre quedaba de inmediato olvidada, pero hoy, rescatada del pasado, adquiere de pronto un sentido preciso. Recuerde también cuántas veces ha ocultado usted su presencia cuando venían distintas mujeres a buscarlo a la Facultad. O su último trabajo, del que cualquiera puede afirmar, si le da la gana, que defiende posiciones sospechosas. Claro que todas estas son cuestiones aisladas; pero basta con la luz que sobre ellas arroja su delito actual para que de pronto se unan, formando un conjunto que pone de manifiesto cuál es su carácter y su actitud.
       —Pero ¿de qué delito se trata? —exclamé—: Explicaré delante de todos cómo han ocurrido las cosas: si las personas son personas, tendrán que reírse.
       —Como le parezca. Pero verá usted que, o las personas no son personas, o usted no sabía cómo eran las personas. No se van a reír. Si usted les explica todo tal como ha ocurrido, se pondrá de manifiesto que no sólo no cumplió con sus obligaciones tal como las establecía el horario, es decir que no hizo lo que tenía que hacer, sino que además ha dado clases ilegalmente, es decir que hizo lo que no tenía que hacer. Se pondrá de manifiesto que ha ofendido a un hombre que le había pedido ayuda. Se pondrá de manifiesto que su vida privada es desordenada, que en su casa vive cierta joven sin estar dada de alta, lo cual tendrá una influencia muy perniciosa en la presidenta del Comité de Empresa. Todo este asunto será de dominio público y quién sabe qué nuevos cotilleos aparecerán; lo que es seguro es que les vendrán muy bien a todos aquellos que se sienten molestos por las ideas que usted defiende, pero que sienten vergüenza de enfrentarse con usted por ese motivo.
       Yo sabía que el profesor no pretendía ni asustarme ni engañarme, pero lo consideraba un excéntrico y no quería aceptar su escepticismo. Yo mismo me había montado en aquel caballo y ahora no podía permitir que me arrancase las riendas de las manos y me llevase adonde él quisiera. Estaba dispuesto a luchar contra él.
       Y el caballo no rehuía el combate. Cuando llegué a casa, me esperaba en el buzón una citación a la reunión del Comité de Vecinos.



10

      El Comité celebraba sus sesiones en una antigua tienda fuera de uso, alrededor de una mesa alargada. Un hombre canoso con gafitas y la barbilla hundida me indicó que tomara asiento. Le di las gracias, me senté y aquel mismo hombre tomó la palabra. Me comunicó que el Comité seguía mis pasos desde hacía tiempo, que sabía muy bien que llevaba una vida privada desordenada y que eso no producía una buena impresión; que los inquilinos de mi edificio ya se habían quejado más de una vez de que no podían dormir por el ruido que hacía en mi casa durante toda la noche; que aquello era suficiente para que el Comité de Vecinos se formara una idea apropiada de mí. Y que ahora, por si fuera poco, había acudido a ellos la camarada Zaturecka, la esposa de un trabajador científico. Que debía haber escrito hace ya medio año un informe sobre la obra científica de su marido y no lo había hecho, a pesar de que sabía que de mi informe dependía el futuro de la mencionada obra.
       —¡De qué obra científica me hablan! —interrumpí al hombre de la barbilla pequeña—: Es un pegote de ideas copiadas de libros de texto.
       —Muy interesante, camarada —se mezcló ahora en la conversación una rubia de unos treinta años, vestida en plan moderno, en cuya cara se había quedado pegada (probablemente para siempre) una sonrisa radiante—. Permítame una pregunta: ¿cuál es su especialidad?
       —La teoría del arte.
       —¿Y la del camarada Zaturecky?
       —No lo sé. Probablemente intenta algo parecido.
       —Ya lo ven —la rubia se dirigió entusiasmada a los demás—, el camarada no ve en un trabajador de su misma especialidad a un colega, sino a un competidor.
       —Prosigo —dijo el hombre de la barbilla hundida—, la camarada Zaturecka nos dijo que su esposo fue a verle a usted a su casa y que encontró en ella a una mujer. Según parece, esa mujer lo acusó ante usted de haber pretendido aprovecharse sexualmente de ella. Pero la camarada Zaturecka cuenta con documentos que certifican que su marido no es capaz de semejante cosa. Quiere saber el nombre de la mujer que acusó a su marido y poner este asunto en manos de la comisión disciplinaria del Ayuntamiento, porque esta acusación infundada ha representado para su marido un perjuicio material.
       Hice un nuevo intento por quitarle a todo este ridículo lío su injustificado dramatismo:
       —Camaradas —dije—, toda esta historia carece de sentido. Ese trabajo es tan flojo que ni yo ni nadie podría recomendar su publicación. Y si entre el señor Zaturecky y esa mujer se produjo algún malentendido, no creo que sea como para convocar una reunión.
       —Por suerte no eres tú, camarada, quien decide cuándo tenemos que reunimos —me respondió el hombre de la barbilla hundida.
       —Y eso que dices, que el artículo del camarada Zaturecky es malo, hemos de interpretarlo como una venganza. La camarada Zaturecka nos ha facilitado la carta que le escribiste a su marido después de leer su trabajo.
       —Sí. Pero en esa carta no digo una palabra acerca de la calidad del artículo.
       —Es verdad. Pero dices que quieres ayudarle; de tu carta se desprende claramente que aprecias el trabajo del camarada Zaturecky. Y ahora dices que es un pegote. ¿Por qué no se lo escribiste ya en aquella carta? ¿Por qué no se lo dijiste cara a cara?
       —El camarada tiene dos caras —dijo la rubia.
       En ese momento intervino en la conversación una mujer mayor con el pelo ondulado de peluquería; no se anduvo con rodeos:
       —Lo que quisiéramos que nos dijeras, camarada, es el nombre de la mujer a la que el señor Zaturecky encontró en tu casa.
       Comprendí que probablemente no sería capaz de hacer que todo aquel lío perdiera su absurda gravedad y que no me quedaba más que una posibilidad: hacerles perder la pista, alejarles de Klara, atraerlos hacia otro sitio, tal como la perdiz atrae al perro de caza alejándolo y ofreciendo su cuerpo a cambio de los cuerpos de sus pichones.
       —Es una pena, pero no me acuerdo de su nombre —dije.
       —¿Cómo no te vas a acordar del nombre de la mujer con la que vives? —preguntó la mujer del pelo ondulado.
       —Se ve que el camarada tiene un comportamiento ejemplar para con las mujeres —dijo la rubia.
       —Es posible que lo recordara, pero tendría que pensarlo. ¿Saben ustedes qué día fue la visita del señor Zaturecky?
       —Fue exactamente —el hombre de la barbilla hundida miró sus papeles— el miércoles catorce por la tarde.
       —El miércoles... catorce... un momento... —apoyé la cabeza en las palmas de las manos y me puse a pensar—: Ya me acuerdo. Era Helena —todos estaban pendientes de mis palabras.
       —Helena ¿qué?
       —¿Qué? Desgraciadamente lo ignoro. No se lo quise preguntar. En realidad, para serles franco, ni siquiera estoy seguro de que se llamase Helena. Le puse ese nombre porque su marido era pelirrojo como Menelao. La conocí el martes por la noche en un bar y conseguí hablar con ella un momento cuando su Menelao se acercó a la barra a tomar un coñac. Al día siguiente vino a verme y estuvo en casa toda la tarde. Pero tuve que dejarla sola dos horas porque tenía una reunión en la Facultad. Cuando volví estaba disgustada porque había venido un hombrecillo a molestarla, creyó que yo estaba conchabado con él, se ofendió y ya no quiso saber nada de mí. Y ya lo ven, ni siquiera tuve tiempo de averiguar su verdadero nombre.
       —Camarada, independientemente de que lo que dice sea cierto— dijo la rubia—, me parece incomprensible que usted pueda educar a nuestra juventud. ¿Acaso nuestro modo de vida no le sirve de inspiración más que para beber y para aprovecharse de las mujeres? Puede estar seguro de que daremos nuestra opinión al respecto donde corresponda.
       —El portero no dijo nada de ninguna Helena —intervino ahora la mujer mayor del pelo ondulado—. Pero nos informó de que hace ya un mes que tienes en tu casa, sin darla de alta, a una chica que trabaja en la empresa de confección. ¡No olvides, camarada, que estás en un piso subalquilado! ¿Te crees acaso que puede vivir alguien en tu piso, así por las buenas? ¿Piensas que nuestra casa es un burdel? Si no nos quieres decir su nombre, ya lo averiguará la policía.



11

      Las cosas iban cada vez peor. Yo mismo empezaba a notar en la Facultad el ambiente de rechazo del que me había hablado el profesor. Hasta el momento no me habían convocado oficialmente, pero de vez en cuando oía alguna indirecta y de vez en cuando, por compasión, me hacía alguna confidencia la señora Marie, en cuyo despacho los profesores tomaban el café y hablaban sin preocuparse de que alguien pudiera oírles. Dentro de un par de días debía reunirse la comisión encargada del concurso, que ahora se dedicaba a recoger todas las valoraciones posibles; me imaginaba lo que dirían los miembros de la comisión al leer el informe del Comité de Vecinos, un informe del que sólo sabía que era secreto y sobre el cual yo no tendría oportunidad de pronunciarme.
       Hay momentos en la vida en los que uno tiene que batirse en retirada. En los que debe rendir las posiciones menos importantes para salvar las más importantes. Yo pensé que mi posición más importante, mi último reducto, era mi amor. Sí, en aquellos días de inquietud comencé de pronto a darme cuenta de que amaba a mi costurera y me sentía ligado a ella.
       Ese día me encontré con ella junto al museo. No, en casa no. ¿Acaso aquella casa seguía siendo mi hogar? ¿Puede una habitación con las paredes de cristal ser un hogar? ¿Una habitación vigilada con prismáticos? ¿Una habitación en la que uno tiene que ocultar a la que ama con más precauciones que si se tratara de una mercancía de contrabando?
       Mi casa ya no era mi casa. Teníamos la misma sensación que alguien que se ha internado en territorio ajeno y a cada momento puede ser capturado, nos ponían nerviosos los pasos que se oían en el pasillo, estábamos constantemente esperando a que alguien llamara con insistencia a la puerta. Klara había vuelto a vivir en Celakovice y, en aquella casa nuestra, que se nos había vuelto ajena, ya no teníamos ganas de vernos ni siquiera durante un rato. Por eso le había pedido a un amigo pintor que me prestara su estudio para pasar la noche. Aquel día me dejó la llave por primera vez.
       Así que nos encontramos bajo uno de los altos techos del barrio de Vinohrady, en una enorme habitación con una pequeña cama y una gran ventana inclinada desde la que se veía toda la Praga nocturna en medio de un montón de cuadros apoyados contra la pared; en el desorden y la despreocupada suciedad del estudio del pintor, volví de pronto a sentir la antigua sensación de despreocupada libertad. Me tumbé en la cama, introduje el sacacorchos en el corcho y abrí una botella de vino. Hablaba con alegría y despreocupación, y disfrutaba pensando en la noche que me esperaba.
       Pero la angustia de la que yo me había liberado cayó por entero sobre Klara.
       Ya mencioné que Klara había venido, sin el menor escrúpulo y hasta con la mayor naturalidad, a vivir a mi buhardilla. Pero ahora que nos encontrábamos por un momento en un estudio ajeno, se sentía incómoda. Más que incómoda.
       —Esto me resulta humillante —me dijo.
       —¿Qué es lo que te humilla? —le pregunté.
       —Que hayamos tenido que pedir un piso prestado.
       —¿Y por qué te humilla que hayamos tenido que pedir un piso prestado?
       —Porque tiene algo de humillante —respondió.
       —Es que no podíamos hacer otra cosa.
       —Ya —respondió—, pero en un piso prestado me siento como si fuera una golfa.
       —Por Dios, ¿por qué ibas a tener que sentirte como una golfa precisamente en un piso prestado?. Las golfas suelen desarrollar sus actividades en sus casas y no en casas prestadas...
       Era inútil pretender atacar con razonamientos el firme muro de sentimientos irracionales con los que, al parecer, está modelada el alma de la mujer. Nuestra conversación tuvo desde el comienzo mal cariz.
       Le conté entonces a Klara lo que me había dicho el profesor, le conté lo que había sucedido en el Comité de Vecinos y traté de convencerla de que al final acabaríamos por triunfar.
       Klara permaneció un rato en silencio y luego dijo que la culpa de todo la tenía yo.
       —¿Al menos podrás sacarme de ese taller de costura?
       Le dije que quizás ahora tuviera que tener un poco de paciencia.
       —Ya ves —dijo Klara—, muchas promesas y al final no harás nada. Y yo sola nunca saldré de allí, aunque otra persona quiera ayudarme, porque por culpa tuya tendré malos antecedentes.
       Le di a Klara mi palabra de que lo que había ocurrido con el señor Zaturecky no le afectaría a ella.
       —De todos modos no entiendo —dijo Klara— por qué no escribes ese informe. Si lo escribieras, en seguida se acabarían los problemas.
       —Ya es tarde, Klara —le dije—. Si escribiese el informe dirían que lo hago para vengarme y se pondrían aún más furiosos.
       —¿Y por qué ibas a tener que hacer un informe negativo? ¡Hazlo positivo!
       —Eso no puedo hacerlo, Klara. Es un artículo totalmente infumable.
       —¿Y qué? ¿Por qué de pronto te haces el sincero? ¿No era mentira cuando le escribiste a ese hombrecillo que en el «Pensamiento Artístico» no te hacían ningún caso? ¿Y no era mentira cuando le dijiste a ese hombrecillo que me había querido seducir? ¿Y no fue mentira cuando te inventaste a aquella Helena? Así que, si ya has mentido tanto, ¿qué más te da mentir una vez más y hacer un informe elogioso? Es la única forma de arreglarlo.
       —Ya ves, Klara —dije—, tú crees que todas las mentiras son iguales y parece como si tuvieras razón. Pero no la tienes. Yo puedo inventar cualquier cosa, reírme de la gente, idear historias y gamberradas, pero no tengo la sensación de ser un mentiroso ni me remuerde la conciencia; cuando digo esas mentiras, si quieres llamarlas así, soy yo mismo, tal como soy; al decir una de esas mentiras no estoy fingiendo, sino que en realidad digo la verdad. Pero hay cosas sobre las cuales no puedo mentir. Hay cosas que he conseguido comprender, cuyo sentido he descifrado, cosas a las que quiero y que tomo en serio. Y entonces no se puede bromear. Si mintiese sobre ellas, me avergonzaría de mí mismo y eso no puedo hacerlo, no me lo pidas porque no lo haré.
       No nos entendíamos.
       Pero yo amaba a Klara y estaba dispuesto a hacer todo lo necesario para que no tuviera nada que reprocharme. Al día siguiente le escribí una carta a la señora Zaturecka. Le dije que la esperaba dentro de dos días en mi despacho.



12

      Increíblemente metódica como siempre, la señora Zaturecka llamó a la puerta justo a la hora fijada. Abrí la puerta y la invité a entrar.
       Por fin la veía. Era una mujer alta, muy alta, con una cara grande y delgada de campesina, desde la que miraban dos ojos color azul pálido.
       —Póngase cómoda —le dije y ella se quitó torpemente una especie de abrigo largo y oscuro, entallado en la cintura y de una forma extraña, un abrigo que, quién sabe por qué, me recordaba una antigua capa militar.
       No quería ser el primero en atacar; quería que fuese el adversario el primero en enseñar las cartas. La señora Zaturecka se sentó y, tras algunas frases, la invité a hablar.
       —Ya sabe usted por qué le buscaba —dijo con voz seria y sin ninguna agresividad—. Mi marido siempre le ha apreciado a usted como especialista y como persona honesta. Todo dependía de su informe. Pero usted no quiso hacérselo. Mi marido ha estado trabajando en ese artículo tres años. El ha tenido una vida mucho más difícil que la de usted. Era maestro, todos los días iba a dar clases a treinta kilómetros de Praga. Yo misma le obligué el año pasado a dejarlo para dedicarse únicamente a la ciencia.
       —¿El señor Zaturecky no tiene trabajo? —pregunté.
       —No.
       —¿Y de qué viven?
       —Por ahora tengo que hacerme cargo de todo yo sola. La ciencia es la gran pasión de mi marido. Si usted supiese todo lo que ha estudiado. Si supiese la cantidad de folios que ha escrito. El siempre dice que un científico de verdad tiene que escribir trescientas páginas para que le queden treinta buenas. Y entonces apareció esa mujer. Créame, yo lo conozco, él no sería capaz de hacer eso de lo que le acusa esa mujer, no me lo creo, ¡que lo diga delante de él y de mí! Yo conozco bien a las mujeres, puede que ella lo quiera a usted y usted no esté enamorado de ella. Puede que quiera darle celos. Pero debe usted creerme, ¡mi marido no se atrevería nunca!
       Estaba oyendo a la señora Zaturecka y de pronto me sucedió algo curioso: ya no era consciente de que se trataba de la mujer por la cual iba a tener que dejar la Facultad, de que era la mujer por la cual se había ensombrecido mi relación con Klara, la mujer por la que había pasado tantos días de enfados y disgustos. De pronto, la relación entre ella y la historia en la que ahora ambos desempeñábamos un triste papel me parecía vaga, difusa, casual. De pronto comprendí que no fue más que una ilusión haber pensado que cabalgamos nosotros mismos en nuestras propias historias y que dirigimos su marcha; que en realidad es posible que no sean, en absoluto, nuestras historias, que es más probable que nos sean adjudicadas desde fuera; que no nos caracterizan; que no podemos responder de su extrañísima trayectoria; que nos raptan, dirigidas desde otra parte por fuerzas extrañas.
       Por lo demás, cuando miré a los ojos a la señora Zaturecka, me pareció que aquellos ojos no podían ver hasta el fin de los actos, me pareció que aquellos ojos no miraban; que no hacían más que nadar en medio del rostro; que estaban fijos.
       —Puede que tenga razón, señora Zaturecka —dije en tono apaciguador—: Es posible que mi chica realmente no dijera la verdad, pero ya sabe usted lo que pasa cuando un hombre es celoso; le creí y me fallaron un poco los nervios. Eso le puede pasar a cualquiera.
       —Claro, por supuesto —dijo la señora Zaturecka y se notó que se había quitado un peso de encima—, qué bien que usted mismo lo reconozca. Temíamos que la creyese. Porque esa mujer podía haberle estropeado la vida a mi marido. No me refiero a lo mal que le hacía quedar desde el punto de vista moral. Eso hubiéramos procurado soportarlo. Pero es que mi marido tiene todas sus esperanzas puestas en su informe. En la redacción le dijeron que todo depende de usted. Mi marido está convencido de que, si se publica su artículo, por fin se le reconocerá como científico. Y ya que todo se ha aclarado, ¿le hará el favor de escribir el informe? ¿Podría hacerlo pronto?
       Ahora había llegado el momento de la venganza, de darle satisfacción a la rabia acumulada; pero en aquel momento yo no sentía rabia alguna y lo que dije lo dije solamente porque no tenía más remedio que decirlo:
       —Señora Zaturecka, eso del informe es complicado. Le confesaré todo lo que ha ocurrido. A mí no me gusta decirle a la gente, cara a cara, cosas desagradables. Esa es mi debilidad. He tratado de evitar al señor Zaturecky, pensando que adivinaría el motivo que tenía para hacerlo. Y es que su trabajo es muy flojo. Carece de valor científico. ¿Me cree?
       —Es muy difícil que lo crea. Eso no puedo creerlo —dijo la señora Zaturecka.
       —En primer lugar, el trabajo no es nada original. Entiéndame bien, un científico tiene que encontrar siempre algo nuevo; un científico no puede simplemente copiar lo que ya se sabe, lo que escribieron otros.
       —Estoy segura de que mi marido no copió ese trabajo.
       —Señora Zaturecka, seguro que usted ha leído ese artículo.
       Iba a seguir hablando pero la señora Zaturecka me interrumpió.
       —No, no lo he leído.
       Me quedé sorprendido.
       —Entonces léalo.
       —Veo muy mal —dijo la señora Zaturecka—, hace ya cinco años que no he leído ni un renglón, pero no necesito leer para saber si mi marido es honesto. Eso es algo que no se aprende leyendo. Yo a mi marido le conozco como una madre a su hijo, lo sé todo de él. Y sé que todo lo que hace es honesto.
       Tuve que pasar por lo peor. Le leí a la señora Zaturecka párrafos del artículo de su marido junto a los párrafos correspondientes de diversos autores de los que el señor Zaturecky había sacado sus ideas y la forma de expresarlas. Por supuesto no se trataba de un plagio consciente, sino más bien de una dependencia inintencionada con respecto a autores por los que sentía un enorme respeto. Pero cualquier persona que oyese los párrafos citados comprendería que el trabajo del señor Zaturecky no podía ser publicado por ninguna revista científica seria.
       No sé en qué medida la señora Zaturecka atendía a mis explicaciones, en qué medida las seguía y las entendía, pero permanecía sentada humildemente en el sillón, humilde y obedientemente como un soldado que sabe que no puede abandonar su puesto. Tardamos alrededor de media hora. La señora Zaturecka se levantó entonces del sillón, fijó en mí sus ojos traslúcidos y me pidió con voz inexpresiva que la disculpase; pero yo me di cuenta de que no había perdido la fe en su marido y que si a alguien le echaba en cara algo era a sí misma por no haber sido capaz de hacer frente a mi argumentación, que le parecía oscura e incomprensible. Se puso su abrigo militar y yo comprendí que aquella mujer era un soldado, un triste soldado fatigado por largas marchas, un soldado incapaz de comprender el sentido de las órdenes recibidas, pero dispuesto siempre a cumplirlas sin protestar, un soldado que ahora se aleja derrotado, pero sin mácula.



13

      —Bueno, ahora ya no tienes nada que temer —le dije a Klara tras repetirle en el bar Dalmacia mi conversación con la señora Zaturecka.
       —Pero si yo no tenía nada que temer —respondió Klara con una confianza en sí misma que me llamó la atención.
       —¿Cómo que no? ¡Si no hubiera sido por ti, jamás hubiera citado a la señora Zaturecka!
       —Has hecho bien en hablar con ella, porque lo que les habías hecho era lamentable. El doctor Kalousek dice que es algo que resulta incomprensible para una persona inteligente.
       —¿Cuándo hablaste con Kalousek?
       —Hablé —dijo Klara.
       —¿Y se lo contaste todo?
       —¿Y qué? ¿Acaso es un secreto? Ahora sé perfectamente lo que eres tú.
       —Hm.
       —¿Quieres que te diga lo que eres?
       —Hazme el favor.
       —Un vulgar cínico.
       —Eso te lo dijo Kalousek.
       —¿Por qué me lo iba a decir Kalousek? ¿Crees que no lo puedo inventar yo misma? Tú estás convencido de que soy incapaz de darme cuenta de lo que haces. A ti te gusta tomarle el pelo a la gente. Al señor Zaturecky le prometiste que ibas a hacer el informe...
       —¡Yo no le prometí que iba a hacer el informe!
       —Da lo mismo. Y a mí me prometiste que me ibas a conseguir un trabajo. Yo te serví de excusa para el señor Zaturecky, y el señor Zaturecky te sirvió de excusa para mí. Pero, para que lo sepas, ese trabajo lo voy a conseguir.
       —¿Con la ayuda de Kalousek? —dije tratando de ser mordaz.
       —¡Con la tuya desde luego que no! No tienes ni idea de lo hundido que estás.
       —¿Y tú, sí, la tienes?
       —Sí, la tengo. El concurso no lo vas a ganar y podrás darte por satisfecho si te aceptan como empleado en alguna galería. Pero tienes que darte cuenta de que la culpa es sólo tuya. Si te puedo dar un consejo, la próxima vez sé honesto y no mientas, porque ninguna mujer respeta a un hombre que miente.
       Después se puso de pie, me dio (probablemente por última vez) la mano, dio media vuelta y se marchó.
       Pasó un rato antes de que cayera en la cuenta de que (a pesar del gélido silencio que me rodeaba) mi historia no pertenecía a la categoría de las historias trágicas, sino más bien a la de las cómicas.
       Eso me proporcionó cierto consuelo.





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