Mark Twain
[Samuel Langhorne Clemens]

(Florida, Missouri, 1835 - Redding, Connecticut, 1910)


El robo del elefante blanco (1882)
(“The Stolen White Elephant”)
The Stolen White Elephant, Etc....
(Boston: James R. Osgood and Company, 1882, págs. 36-105)



[No incluido en A Tramp Abroad, porque se temía que algunos detalles habían sido exagerados y que otros no eran ciertos. Antes de que se hubiera probado lo infundado de esas sospechas, el libro había entrado en prensa.M. T.]

I

      La siguiente curiosa historia me fue relatada por alguien a quien conocí por casualidad en un vagón de tren. Era un caballero de más de setenta años, con un rostro francamente benévolo y gentil y un porte serio y sincero que imprimían el sello inconfundible de la verdad a cada una de las afirmaciones que salían de sus labios. Me dijo:

       Ya sabe usted la reverencia que profesa al real elefante blanco el pueblo de Siam. Como sabrá, se trata de un animal consagrado al rey, que solo los reyes pueden poseer y que, hasta cierto punto, es incluso superior a los reyes, ya que no solo recibe honores, sino también adoración. Pues bien, hará unos cinco años, cuando surgieron los conflictos sobre la delimitación de fronteras entre Gran Bretaña y Siam, pronto quedó patente que Siam estaba en un error. Así pues, tras procederse rápidamente a las reparaciones necesarias, el representante inglés expresó su satisfacción, manifestando que el pasado debía quedar olvidado. Esto alivió en gran manera al rey de Siam; y en parte como muestra de gratitud, pero en parte también, quizá, para borrar cualquier vestigio de desagrado que Inglaterra pudiera sentir hacia él, el soberano deseó enviar un regalo a la reina: la única forma segura de reconciliarse con un enemigo, según las ideas orientales. El regalo no solo tenía que ser regio, sino trascendentalmente regio. Por tanto, ¿qué obsequio podría cumplir mejor ese requisito que un elefante blanco? Mi posición en la administración pública de la India era tal que se me consideró especialmente digno de ser el portador del regalo a Su Majestad. Se fletó un barco para mí y mis criados, así como para los oficiales y subalternos encargados del elefante, y cuando llegamos al puerto de Nueva York alojé mi regia carga en unos soberbios aposentos de Jersey City. Antes de continuar la travesía, era preciso permanecer allí durante un tiempo para que la salud del animal se restableciera un poco después del largo viaje.
       Todo transcurrió bien durante los primeros quince días…, pero entonces empezaron mis calamidades. ¡El elefante blanco fue robado! Vinieron a despertarme en plena noche para informarme del espantoso infortunio. Por unos momentos, la angustia y el terror me desquiciaron por completo; me sentí totalmente perdido. Luego fui tranquilizándome y recobré mis facultades. Enseguida comprendí qué camino debía seguir; porque, a fin de cuentas, solo había un único camino que un hombre inteligente pudiera seguir. Pese a lo intempestivo de la hora, salí a toda prisa hacia Nueva York y allí le pedí a un policía que me condujera a la jefatura general. Afortunadamente llegué a tiempo, ya que el célebre inspector Blunt, el jefe del cuerpo de detectives, se disponía a salir en ese momento hacia su casa. Era un hombre de mediana estatura y corpulento, que cuando se enfrascaba en sus pensamientos fruncía las cejas y se golpeaba reflexivamente la frente con un dedo, lo que daba inmediatamente la impresión de hallarse ante una persona fuera de lo común. Su sola presencia me inspiró confianza y me hizo recuperar la esperanza. Le expuse mi caso. No se alteró lo más mínimo; no produjo más efecto visible sobre su férreo autodominio que si le hubiera contado que me habían robado el perro. Me ofreció una silla y dijo con total tranquilidad:
       —Por favor, déjeme pensar en ello un momento.
       Y, diciendo esto, se sentó a su mesa de trabajo y apoyó la cabeza sobre una mano. Unos escribientes trabajaban en el otro extremo de la sala; el rasguear de sus plumas sobre el papel fue el único sonido que escuché durante los seis o siete minutos siguientes. Entretanto, el inspector permanecía allí sentado, sumido en sus pensamientos. Finalmente levantó la cabeza, y en las recias líneas de su cara observé que el cerebro había hecho su trabajo y había trazado un plan. Y con su voz grave e impresionante dijo:
       —No se trata de un caso corriente. Es preciso actuar con mucha cautela; debemos estar muy seguros del paso que damos antes de dar el siguiente. Y todo debe mantenerse en secreto: en el secreto más profundo y absoluto. No debe hablarse con nadie de este asunto, ni siquiera con los periodistas. Yo me encargaré de ellos; procuraré que no lleguen a saber más de lo que conviene a mis propósitos.
       Tocó una campanilla; se presentó un joven.
       —Alaric, di a los periodistas que aguarden.
       El muchacho se retiró.
       —Y ahora pongámonos a trabajar en el asunto… y de manera metódica. En mi profesión, nada puede llevarse a cabo sin seguir un orden estricto y minucioso.
       Cogió pluma y papel.
       —Veamos… ¿Nombre del elefante?
       —Hassan Ben Ali Ben Selim Abdallah Mohammed Moisé Alhammal Jamsetjejeebhoy Dhuleep Sultan Ebu Bhudpoor.
       —Muy bien. ¿Su apodo?
       —Jumbo.
       —Muy bien. ¿Lugar de nacimiento?
       —La ciudad capital de Siam.
       —¿Viven sus padres?
       —No; murieron.
       —¿Tuvieron más descendientes, aparte de este?
       —Ninguno. Era hijo único.
       —Muy bien. A este respecto, bastará con estos datos. Ahora, por favor, describa al elefante, sin descuidar ningún detalle, por insignificante que sea…, es decir, insignificante desde su punto de vista, porque para la gente de mi profesión no hay ningún detalle insignificante; no existen.
       Yo describía; él anotaba. Al terminar me dijo:
       —Ahora escuche atentamente. Si he cometido error alguno, corríjame.
       Y leyó lo siguiente:
       —Altura: diecinueve pies; longitud desde la frente al comienzo de la cola: veintiséis pies; longitud de la trompa: dieciséis pies; longitud de la cola: seis pies; longitud total, incluyendo cola y trompa: cuarenta y ocho pies; longitud de los colmillos: nueve pies y medio; orejas en consonancia con estas dimensiones; la huella de su pata, parecida a la marca que deja un barril puesto derecho sobre la nieve; color del elefante, un blanco apagado; lleva en ambas orejas un agujero de la superficie de un plato, para la inserción de alhajas, y tiene una costumbre muy acusada de arrojar agua sobre los curiosos y de maltratar con su trompa no solo a la gente con la que tiene trato, sino también a completos desconocidos; cojea ligeramente de la pata derecha posterior, y en su sobaco izquierdo tiene una pequeña cicatriz de un viejo forúnculo; cuando fue robado, llevaba encima un castillo con asientos para quince personas y una manta de ensillar tejida en oro del tamaño de una alfombra ordinaria.
       No había ningún error. El inspector tocó la campanilla, entregó la descripción a Alaric y dijo:
       —Haga que impriman inmediatamente cincuenta mil copias de este informe y que sean enviadas a todos los despachos de detectives y casas de empeños del continente.
       Alaric se retiró.
       —Bueno… De momento, vamos bien. Lo siguiente que necesito es una fotografía de la propiedad sustraída.
       Le entregué una. La examinó con aire crítico y dijo:
       —Tendrá que servir, ya que no disponemos de nada mejor; pero tiene la trompa enrollada y metida dentro de la boca. Es una lástima, y casi parece hecho adrede para despistar, porque está claro que normalmente no la lleva en esta posición.
       Tocó la campanilla.
       —Alaric, haga que saquen cincuenta mil copias de esta fotografía a primera hora de la mañana, y que sean enviadas junto con las circulares descriptivas.
       Alaric se retiró para ejecutar sus órdenes. El inspector dijo:
       —Por descontado, será necesario ofrecer una recompensa. ¿De qué cantidad estaríamos hablando?
       —¿Qué cantidad propone usted?
       —Para empezar, yo diría que… unos veinticinco mil dólares. Se trata de un asunto intrincado y difícil; hay mil maneras de escapar y otras tantas oportunidades de esconderse. Estos ladrones tienen amigos y compinches en todas partes…
       —¡Santo Dios! ¿Acaso sabe quiénes son?
       Su cauteloso rostro, acostumbrado a ocultar ideas y emociones, no reveló nada, como tampoco las palabras que pronunció acto seguido con tanto aplomo:
       —No se preocupe por eso. Puede que lo sepa, puede que no. Generalmente podemos determinar con bastante precisión quién es nuestro hombre basándonos en su manera de actuar y en el volumen del botín que persigue. No estamos tratando con un carterista o un ratero cualquiera, de eso puede estar seguro. Esta propiedad no ha sido «sisada» por un novato. Pero, como iba diciendo, teniendo en cuenta la cantidad de viajes que será preciso efectuar y la diligencia con que los ladrones borrarán sus huellas a lo largo de su huida, puede que veinticinco mil dólares no sea una cantidad demasiado grande que ofrecer, aunque creo que valdrá la pena comenzar a partir de esa suma.
       Así pues, convenimos esta cantidad para empezar. Entonces aquel hombre, al que no escapaba nada que pudiera considerarse una pista, dijo:
       —Hay casos en la historia detectivesca que demuestran que los criminales han sido descubiertos a causa de sus singulares apetitos. Veamos, ¿qué come este elefante, y en qué cantidad?
       —Bueno, respecto a lo de qué come…, come de todo. Se comerá a un hombre, se comerá una Biblia: comerá cualquier cosa que esté entre un hombre y una Biblia.
       —Bien…, de hecho, muy bien; pero resulta demasiado genérico. Es preciso detallar: en nuestra profesión, los detalles son lo único que verdaderamente cuenta. Muy bien…, respecto a los hombres. En una comida, o, si lo prefiere, en un día, ¿cuántos hombres se comerá, si son tiernos?
       —No le preocupa demasiado que estén tiernos; en una sola comida es capaz de comerse cinco hombres normales.
       —Muy bien, cinco hombres. Lo anotamos. ¿De qué nacionalidades los prefiere?
       —No parece mostrar preferencias en ese aspecto. Prefiere a la gente conocida, pero no tiene prejuicios contra los extranjeros.
       —Muy bien. Ahora ocupémonos de las Biblias. ¿Cuántas Biblias suele comer en una comida?
       —Puede llegar a comerse una edición entera.
       —Esta respuesta no es muy precisa. ¿Habla usted del tomo ordinario en octavo o del familiar ilustrado?
       —Creo que le son indiferentes las ilustraciones; es decir, creo que no les da más valor que a la simple letra impresa.
       —No, no ha captado usted mi idea. Me refiero al volumen. La Biblia corriente, impresa en octavo, pesa alrededor de dos libras y media, mientras que el gran formato en cuarto con ilustraciones pesa unas diez o doce. ¿Cuántas Biblias con grabados de Doré se tragaría en una comida?
       —Si conociera a ese elefante, no preguntaría eso. Se tragaría cuantas le diesen.
       —Bien, entonces, calculémoslo en dólares y centavos. Tenemos que obtener esa información de un modo u otro. La Biblia de Doré cuesta cien dólares el ejemplar con piel de Rusia y cantos dorados.
       —Necesitaría unos cincuenta mil dólares; esto es, una edición de quinientos ejemplares.
       —Esto ya es más exacto. Tomaré nota. Muy bien, le gustan los hombres y las Biblias. De momento, vamos bien. ¿Qué otras cosas le gusta comer? Necesito detalles.
       —Dejará las Biblias para comer ladrillos; dejará los ladrillos para comer botellas; dejará las botellas para comer ropa; dejará la ropa para comer gatos; dejará los gatos para comer ostras; dejará las ostras para comer jamón; dejará el jamón para comer azúcar; dejará el azúcar para comer tarta; dejará la tarta para comer patatas; dejará las patatas para comer salvado; dejará el salvado para comer heno; dejará el heno para comer avena; y dejará la avena para comer arroz, porque fue criado principalmente con arroz. Come de todo, excepto mantequilla europea, y si la probara también se la comería.
       —Muy bien. Por regla general, la cantidad que ingiere en cada comida es… digamos…
       —Sí, entre un cuarto y media tonelada.
       —¿Y bebe…?
       —Toda suerte de líquidos: leche, agua, whisky, melaza, aceite de ricino, canfeno, ácido fénico… En fin, no vale la pena entrar en pormenores; puede anotar cualquier fluido que se le ocurra. Bebe cualquier cosa que sea líquida, a excepción del café europeo.
       —Muy bien. ¿Y qué cantidad?
       —Ponga usted de cinco a quince barriles. Su sed varía; sus otros apetitos, no.
       —Todos estos datos son bastante inusuales. Sin duda nos proporcionarán pistas excelentes para seguir su rastro.
       Tocó la campanilla.
       —Alaric, llame al capitán Burns.
       Burns se presentó. El inspector Blunt le puso al corriente de la cuestión, sin omitir detalle alguno. Luego dijo, en el tono claro y resuelto de un hombre que tiene sus planes perfectamente trazados en la mente y que está acostumbrado a mandar:
       —Capitán Burns, asigne a los detectives Jones, Davis, Halsey, Bates y Hackett para seguir el rastro del elefante.
       —Sí, señor.
       —Asigne a los detectives Moses, Dakin, Murphy, Rogers, Tupper, Higgins y Bartholomew para seguir los pasos de los ladrones.
       —Sí, señor.
       —Ponga una fuerte guardia, una guardia de treinta de los mejores hombres, con otros treinta para el relevo, en el sitio donde fue robado el elefante, para mantenerlo estrechamente vigilado día y noche; y que no permitan a nadie acercarse, a excepción de los periodistas, sin mi autorización escrita.
       —Sí, señor.
       —Coloque a detectives de paisano en las estaciones de ferrocarril, en los embarcaderos de vapores y mercantes y en todas las carreteras que salen de Jersey City, con órdenes de registrar a toda persona sospechosa.
       —Sí, señor.
       —Proporcione a cada uno de esos hombres la fotografía y la descripción detallada del elefante, y deles instrucciones para que registren todos los trenes y todos los buques mercantes y demás embarcaciones que zarpen de puerto.
       —Sí, señor.
       —En caso de que encuentren el elefante, deben capturarlo e informarme inmediatamente vía telegráfica.
       —Sí, señor.
       —Debo ser informado inmediatamente en caso de que se encuentre cualquier pista: huellas del animal, o cualquier otra cosa por el estilo.
       —Sí, señor.
       —Consiga una orden para hacer que la policía del puerto patrulle atentamente todos los frentes.
       —Sí, señor.
       —Envíe detectives de paisano por todos los ferrocarriles: por el norte hasta Canadá, por el oeste hasta Ohio, por el sur hasta Washington.
       —Sí, señor.
       —Ponga expertos en todas las oficinas telegráficas para escuchar todos los mensajes, y pida que hagan descifrar todos los despachos que estén escritos en clave.
       —Sí, señor.
       —Que todo esto se lleve a cabo en el más absoluto secreto; escúcheme bien: en el más impenetrable secreto.
       —Sí, señor.
       —Infórmeme de todo a la hora de costumbre.
       —Sí, señor.
       —¡Retírese!
       —Sí, señor.
       Y se marchó.
       El inspector Blunt permaneció silencioso y pensativo durante unos instantes, mientras el fulgor de sus ojos iba apagándose hasta desvanecerse. Luego se volvió hacia mí y dijo en un tono tranquilo:
       —No suelo jactarme de nada; no es mi costumbre; pero… encontraremos al elefante.
       Estreché calurosamente su mano y le di las gracias; y realmente me sentía agradecido en lo más profundo de mi ser. A medida que veía cómo trabajaba aquel hombre, más me gustaba su persona y más me admiraban y me maravillaban los misteriosos prodigios de su profesión. Nos despedimos por aquella noche, y regresé a mi domicilio con un corazón más alegre que el que había arrastrado conmigo hasta su despacho.


II

       A la mañana siguiente, el asunto del robo aparecía en todos los periódicos, y con todo lujo de detalles. Había incluso información adicional: las distintas teorías del detective Fulano, del detective Mengano, del detective Zutano, etcétera, sobre el modo en que se debió de perpetrar el robo, quiénes serían los ladrones y hacia dónde habrían huido con su botín. Había en total once de estas teorías, que abarcaban en conjunto todas las posibilidades; hecho que, por sí solo, demuestra la independencia de pensamiento de que gozaban los detectives. No había dos teorías iguales, ni siquiera parecidas, salvo en un detalle sorprendente en el que concordaban absolutamente las once teorías: en que, a pesar de haberse practicado un agujero en la parte trasera del edificio y de que la única puerta permanecía cerrada, el elefante no había sido sacado a través del orificio, sino por alguna otra salida (no descubierta todavía). Todas las teorías coincidían en que los ladrones habían practicado aquel agujero para despistar a los detectives. Es algo que nunca se me habría ocurrido, ni a mí ni seguramente a ningún otro ciudadano de a pie, pero los detectives no se habían dejado engañar en ningún momento. Así pues, lo que para mí era lo único que no encerraba misterio alguno, era de hecho en lo que más equivocado estaba. Las once teorías daban los nombres de los supuestos ladrones, pero ni siquiera dos de ellas coincidían en un solo nombre: el número total de sospechosos ascendía a treinta y siete. Los diferentes artículos de los periódicos terminaban con la opinión más importante de todas: la del inspector jefe Blunt. Una parte de sus declaraciones decía lo siguiente:

       El inspector jefe sabe quiénes son los dos principales autores: «Brick» Duffy y «Red» McFadden. Diez días antes de perpetrarse el robo, ya estaba al tanto de que iban a intentarlo y, con la mayor discreción, había hecho vigilar estrechamente los pasos de estos dos conocidos villanos; pero, por desgracia, la noche en cuestión se perdió su pista y, antes de volver a encontrarla, el pájaro había volado…, esto es, el elefante.
       Duffy y McFadden son los dos malhechores más intrépidos de su gremio; el inspector jefe tiene razones para creer que fueron ellos quienes robaron la estufa de la jefatura central durante una noche muy cruda del pasado invierno, debido a lo cual él y los demás detectives presentes tuvieron que ponerse en manos de los médicos antes de que llegara la mañana, algunos de ellos con los pies congelados, y otros con los dedos, las orejas y otros miembros congelados.

       Cuando leí la primera parte de aquello, me quedé aún más atónito ante la portentosa sagacidad de aquel hombre singular. No solo veía con claridad meridiana el presente, sino que ni siquiera el futuro escapaba a su mirada penetrante. Me presenté a primera hora de la mañana en su despacho y le dije que sin duda me habría gustado que hubiese hecho arrestar antes a aquellos bribones, evitando así tanto revuelo y tanta pérdida; pero su respuesta fue sencilla y contundente, de las que no admiten réplica:
       —No es nuestra competencia prevenir el crimen, sino castigarlo. Y no podemos castigarlo hasta que se ha cometido.
       Señalé que la prensa había echado a perder el secretismo con que se habían iniciado las diligencias. No solo habían sido revelados todos los datos de que disponíamos, sino también nuestros planes y proyectos: incluso se habían publicado los nombres de los sospechosos, con lo que sin duda ahora podrían disfrazarse u ocultarse.
       —Déjelos. Se encontrarán con que, cuando esté dispuesto para actuar, mi mano caerá sobre ellos, en sus escondrijos secretos, de forma tan certera como la mano del destino. En cuanto a los periódicos, necesitamos el contacto con ellos. La fama, la reputación, estar constantemente en boca del público, son la tarjeta de presentación del detective. Necesita hacer públicos sus datos, ya que, de lo contrario, es como si no tuviera ninguno; necesita publicar su teoría, porque nada hay tan curioso o sorprendente como la teoría de un detective, ni nada que le granjee tanto respeto y admiración. Y nosotros tenemos que publicar nuestros planes porque los diarios insisten en conocerlos, y no podemos negarnos a ello sin ofenderlos. Necesitamos mostrar constantemente al público lo que estamos haciendo, ya que de lo contrario creerían que no hacemos nada. Resulta mucho más agradable que un periódico diga «La ingeniosa y extraordinaria teoría del inspector Blunt es la siguiente», antes que ser duramente criticado o, peor aún, recibir ataques sarcásticos.
       —Comprendo la fuerza de sus razonamientos. Pero he observado que, en una parte de sus declaraciones a los periódicos de esta mañana, se negaba usted a revelar su opinión sobre cierto aspecto secundario de la cuestión.
       —Sí, siempre lo hacemos: eso causa buen efecto. Además, a decir verdad, no tengo ninguna opinión formada al respecto.
       Entregué una considerable suma de dinero al inspector para cubrir gastos, y me senté a la espera de noticias. Confiábamos en que los telegramas empezarían a llegar de un momento a otro. Entretanto, volví a leer los periódicos y también la circular descriptiva, y observé que nuestra recompensa de veinticinco mil dólares parecía ofrecerse solo a los detectives. Dije que pensaba que debería ser ofrecida a cualquiera que recuperara el elefante. El inspector dijo:
       —Son los detectives los que encontrarán el elefante, así que la recompensa recaerá sobre quien debe. Si otra gente encontrase al animal, sería solo por haber espiado a los detectives y haberse aprovechado de las pistas e indicaciones que les habrían robado; y, por tanto, los detectives serían los que tendrían, al fin y al cabo, derecho a la recompensa. El objeto de una recompensa es el de estimular a hombres que consagran su tiempo, su formación y su sagacidad a este tipo de trabajo, y no la de conferir beneficios a ciudadanos favorecidos por la suerte que recuperan algo por casualidad, sin habérselo ganado por sus propios méritos y esfuerzos.
       Ciertamente, era bastante razonable. En ese momento, el aparato telegráfico de la esquina empezó a percutir, dando como resultado el siguiente despacho:

Flower Station, Nueva York, 7.30 mañana

    Tengo pista. Encontrada serie de profundas huellas atravesando granja cercana. Perseguido dos millas al este, sin resultado; pienso elefante marchado al oeste. Sigo el rastro en esa dirección.

DETECTIVE DARLEY

      —Darley es uno de los mejores hombres del cuerpo —dijo el inspector—. No tardaremos mucho en volver a tener noticias de él.
       Llegó el telegrama número dos:

Barker’s, New Jersey, 7.40 mañana

    Acabo de llegar. Fábrica vidrio asaltada noche pasada, ochocientas botellas robadas. Agua cerca en grandes cantidades solo a cinco millas de distancia. Se dirigirá hacia allí. Elefante estará sediento. Botellas estaban vacías.

DETECTIVE BAKER

       —Esto también pinta bien —dijo el inspector—. Ya le dije yo que los apetitos del animal nos proporcionarían buenas pistas.
       Telegrama número tres:

Taylorville, Long Island, 8.15 mañana

    Almiar cerca de aquí desaparecido durante la noche. Probablemente comido. Tengo una pista, la sigo.

DETECTIVE HUBBARD

       —¡Cómo se mueve! —dijo el inspector—. Ya sabía yo que teníamos un trabajo difícil entre manos, pero aun así lo encontraremos.

Flower Station, Nueva York, 9 mañana

    Siguiendo pista huellas tres millas dirección oeste. Grandes, profundas e irregulares. Acabo de encontrar campesino que dice que no son huellas de elefante. Dice que son hoyos de cuando desenterró retoños de árboles para dar sombra, durante la helada del pasado invierno. Espero órdenes.

DETECTIVE DARLEY

       —¡Ajá, un cómplice de los ladrones! ¡La cosa se pone al rojo vivo! —dijo el inspector.
       Y dictó a Darley el siguiente telegrama:

    Arreste al hombre y oblíguele a dar los nombres de sus compinches. Siga las huellas; hasta el Pacífico, si es preciso.

INSPECTOR JEFE BLUNT

       El siguiente telegrama:

Coney Point, Pennsylvania, 8.45 mañana

    Oficinas del gas asaltadas durante la noche, y desaparecidas facturas del gas impagadas de tres meses. Tengo una pista y la sigo.

DETECTIVE MURPHY

       —¡Dios mío! —dijo el inspector—. ¿Se habrá comido las facturas del gas?
       —Por ignorancia…, sí; pero esos papeles no permiten mantener la vida. Al menos, por sí solos.
       Entonces llegó este emocionante telegrama:

Ironville, Nueva York, 9.30 mañana

    Acabo de llegar. El pueblo, consternado. Elefante pasó por aquí a las cinco madrugada. Algunos dicen tomó dirección este, otros dicen oeste, algunos norte, otros sur; pero todos dicen no esperaron mucho para fijarse. Mató un caballo: he guardado un pedazo como pista. Lo mató con la trompa; por el estilo de impacto, creo que golpeó de zurda. Por la posición en que yace caballo, creo elefante se dirige al norte por la línea ferrocarril de Berkley. Lleva cuatro horas y media de ventaja, pero encontraré enseguida su pista.

DETECTIVE HAWES

       Prorrumpí en exclamaciones de alegría. El inspector se mostró tan imperturbable como una imagen tallada. Tocó tranquilamente la campanilla.
       —Alaric, haga venir al capitán Burns.
       Burns se presentó.
       —¿Cuántos hombres hay disponibles para recibir órdenes inmediatas?
       —Noventa y seis, señor.
       —Envíelos al norte inmediatamente. Que se concentren en la línea ferroviaria de Berkley al norte de Ironville.
       —Sí, señor.
       —Que actúen con la más absoluta reserva. En cuanto quede gente libre de servicio, que estén disponibles hasta recibir nuevas órdenes.
       —Sí, señor.
       —¡Retírese!
       —Sí, señor.
       Llegó entonces otro telegrama.

Sage Corners, Nueva York, 10.30

    Acabo de llegar, elefante pasó por aquí a las 8.15. Todos han huido de la ciudad, salvo un policía. Parece que elefante no embistió policía, sino farola. Alcanzó a ambos. Me guardo un trozo de policía como pista.

DETECTIVE STUMM

      —Así pues, el elefante ha girado hacia el oeste —dijo el inspector—. Pero no escapará, porque tengo hombres destacados por toda la región.
       El siguiente telegrama decía:

Glover’s, 11.15

    Acabo de llegar. Pueblo desierto, excepto viejos y enfermos. Elefante pasó hace unos tres cuartos de hora. Estaba reunida la junta antitemplanza: metió la trompa por una ventana y arrojó chorro de agua de la cisterna. Algunos tragaron hasta morir; varios ahogados. Detectives Cross y O’Shaughnessy pasaron por la ciudad, pero fueron hacia el sur, así que no dieron con el elefante. Toda la región aterrorizada en muchas millas a la redonda: la gente huye de sus casas. Se encuentran con elefante en todas partes, y muchos han muerto.

DETECTIVE BRANT

      Yo tenía ganas de echarme a llorar, a tal punto me afligían aquellos estragos. Pero el inspector se limitó a decir:
       —Ya lo ve… Le estamos pisando los talones. Siente nuestra presencia: se ha dirigido de nuevo hacia el este.
       Pero nos estaban reservadas noticias aún más intranquilizadoras. El telégrafo trajo lo siguiente:

Hogansport, 12.19

    Recién llegado. Elefante pasó hace media hora, causando gran pánico y tumulto. Elefante embistiendo furioso por las calles. Se encontró con dos fontaneros: uno murió, el otro escapó. Duelo general.

DETECTIVE O’FLAHERTY

      —Ahora se encuentra justo en medio de mis hombres —dijo el inspector—. No tiene escapatoria.
       Llegaron una serie de telegramas de detectives procedentes de toda la geografía de New Jersey y Pennsylvania, que seguían el rastro del elefante a través de graneros, fábricas y bibliotecas de escuelas dominicales completamente arrasados, y cuyos mensajes estaban llenos de grandes esperanzas…, esperanzas que llegaban incluso a certidumbres. El inspector dijo:
       —Ojalá pudiera comunicarme con ellos y ordenarles que se dirigieran hacia el norte, pero es imposible. Un detective solo acude a la oficina telegráfica para enviar su informe; luego vuelve a su trabajo, y ya no hay manera de pillarlo.
       Llegó este telegrama:

Bridgeport, Connecticut, 12.15

    Barnum ofrece cuota anual de cuatro mil dólares por derechos exclusivos de usar elefante como medio publicidad ambulante, desde ahora hasta que los detectives lo encuentren. Quiere colgar carteles de circo. Desea respuesta inmediata.

DETECTIVE BOGGS

       —¡Esto es completamente absurdo! —exclamé.
       —Claro que lo es —dijo el inspector—. Evidentemente el señor Barnum, que se cree muy listo, no me conoce…, pero yo le conozco bien a él.
       Y luego dictó el siguiente telegrama:

     Oferta del señor Barnum rechazada. Siete mil dólares o nada.

INSPECTOR JEFE BLUNT

      —Eso es. No tardaremos mucho en obtener respuesta. El señor Barnum no se encuentra en su casa, sino en la oficina de telégrafos: ese es su estilo cuando tiene un negocio entre manos. Dentro de tres…

Trato hecho.

P. T. BARNUM

       Y con eso se interrumpió el tableteo del aparato telegráfico. Antes de que pudiera hacer algún comentario sobre aquel extraordinario episodio, el siguiente telegrama condujo mis pensamientos en otra dirección mucho más angustiosa:

Bolivia, Nueva York, 12.50

    Elefante llegado aquí desde el sur a las 11.50, y huido hacia el bosque, dispersando en su camino un entierro y acabando con dos miembros del cortejo fúnebre. Civiles dispararon contra él pequeñas balas de cañón y luego huyeron. Detective Burke y yo llegamos diez minutos más tarde, desde el norte; pero tomamos como huellas ciertas excavaciones y perdimos mucho tiempo. Encontramos al fin la pista buena y la seguimos hacia el bosque. Avanzamos a cuatro patas, sin apartar los ojos del rastro, y lo perseguimos entre la vegetación. Burke iba delante. Por desgracia, el animal se había detenido a descansar: de modo que Burke, con la cabeza gacha y los ojos fijos en el rastro, se dio de bruces contra las patas traseras del elefante antes de darse cuenta de su proximidad. Burke se levantó al momento, lo cogió de la cola y exclamó alegremente: «Reclamo la recomp…», pero no pudo seguir, pues de un solo trompazo el animal abatió mortalmente al valeroso compañero, dejándolo hecho pedazos. Retrocedí a toda prisa, y el elefante dio la vuelta y empezó a perseguirme con pasmosa velocidad, pisándome los talones hasta llegar a la linde del bosque. Me habría visto irremisiblemente perdido de no ser de nuevo por la providencial intervención del entierro, cuyos despojos distrajeron su atención. Acabo de enterarme de que ya no quedan restos del cortejo fúnebre, pero tanto da, porque existe abundante material para otro. Entretanto, el elefante ha vuelto a desaparecer.

DETECTIVE MULROONEY

       No volvimos a saber nada —a excepción de las noticias que enviaban los diligentes detectives diseminados por New Jersey, Pennsylvania, Delaware y Virginia, todos los cuales seguían nuevas y alentadoras pistas—, hasta que poco después de las dos de la tarde recibimos el siguiente telegrama:

Baxter Center, 2.15

    Elefante pasó por aquí, completamente cubierto de carteles de circo, y disolvió asamblea evangelista, embistiendo y contusionando a muchos que se disponían a pasar a mejor vida. Civiles lo cercaron y montaron guardia. Cuando detective Brown y yo llegamos, entramos en cercado y procedimos a identificar elefante mediante fotografía y descripción. Todo concordaba exactamente, excepto un detalle que no pudimos ver: forúnculo bajo axila. Para asegurarse, Brown se deslizó debajo de elefante para mirar, y fue inmediatamente descalabrado: aplastado y aniquilado, aunque nada se encontró bajo escombros. Todo el mundo huyó; y también elefante, golpeando a diestra y siniestra certeramente. Escapó, pero dejando abundante reguero de sangre de las heridas de cañón. Seguro volver a encontrarlo. Se escabulló hacia el sur, a través denso bosque.

DETECTIVE BRENT

       Este fue el último telegrama. Al anochecer, cayó una niebla tan densa que no podía distinguirse nada a más de tres pasos de distancia. Esto duró toda la noche. El transporte fluvial e incluso los ómnibus se vieron obligados a dejar de circular.

III

       A la mañana siguiente, los periódicos venían llenos de teorías detectivescas, al igual que el día anterior; y también abundaban en detalles sobre los trágicos hechos acaecidos, y otros muchos más recogidos directamente de sus corresponsales telegráficos. Hasta una tercera parte de cada columna, una tras otra, estaba ocupada por enormes y terribles titulares, cuya lectura destrozaba mi corazón. Su tono general era más o menos este:

    ¡El elefante blanco anda suelto! ¡Prosigue su fatídica marcha! ¡Pueblos enteros abandonados por sus habitantes aterrorizados! ¡El pánico le precede, dejando a su paso muerte y devastación! ¡Los detectives siguen su rastro! ¡Graneros destruidos, fábricas arrasadas, cosechas devoradas, asambleas públicas dispersadas, acompañadas de escenas de matanzas imposibles de describir! ¡Teorías de treinta y cuatro de los más distinguidos detectives de la fuerza policial! ¡La teoría del inspector jefe Blunt!

       —¡Lo ve! —dijo el inspector Blunt, casi traicionándose en su exaltación—. ¡Esto es magnífico! Es el mayor golpe de fortuna que jamás haya tenido una organización de detectives. La fama de este suceso se extenderá por todos los confines de la tierra y perdurará hasta el fin de los tiempos, y con ella mi nombre.
       Pero yo no compartía su alegría. Sentía como si yo hubiese cometido todos aquellos crímenes sangrientos, y el elefante no fuese sino mi agente inconsciente. ¡Y cómo había ido creciendo la lista…! En cierto lugar había «intervenido en unas elecciones, matando a cinco electores que repetían voto». A este acto le siguió la aniquilación de dos pobres tipos, llamados O’Donohue y McFlannigan, que habían «encontrado refugio en el hogar de los oprimidos del mundo entero justo el día anterior, y estaban ejerciendo por primera vez el noble derecho de los ciudadanos americanos en las urnas cuando fueron abatidos por la mano implacable del Azote de Siam». En otro lugar había «encontrado a un exaltado predicador sensacionalista que preparaba para su próximo sermón una serie de ataques heroicos contra el baile, el teatro y otras cosas difícilmente justificables, y lo aplastó con sus enormes patas». Y aun en otro sitio había «matado a un agente para la instalación de pararrayos». Y de esta forma proseguía la lista, tornándose cada vez más y más sangrienta, y cada vez más y más desgarradora. Sesenta personas habían resultado muertas, y doscientas cuarenta heridas. Todos los testimonios daban fe de la abnegada labor de los detectives, y todos terminaban señalando que «trescientos mil ciudadanos y cuatro detectives habían visto a la terrible bestia, y dos de los últimos habían sido aniquilados por ella».
       Temía volver a escuchar en cualquier momento el tableteo del aparato telegráfico. Los mensajes no tardaron en llegar, pero me sentí felizmente decepcionado por su naturaleza. Pronto se supo que se había perdido todo rastro del elefante. La niebla le había permitido encontrar un buen escondrijo, aún no localizado. Telegramas llegados de todas partes, absurdamente distantes entre sí, informaban de que se había vislumbrado una vaga y gigantesca mole a través de la niebla, a tal y a cual hora, y que «se trataba indudablemente del elefante». Esa vaga y gigantesca mole había sido observada en New Haven, en New Jersey, en Pennsylvania, en el estado de Nueva York, en Brooklyn… ¡e incluso en la misma ciudad de Nueva York! Pero en todos los casos la vaga y gigantesca mole se había esfumado rápidamente sin dejar rastro. Todos los detectives de la numerosa fuerza policial diseminada por aquella enorme extensión del país enviaban sus comunicados cada hora, y todos tenían una pista, seguían estrechamente algún rastro y estaban a punto de dar con él.
       Pero el día pasó, sin resultado alguno.
       Al día siguiente, lo mismo.
       Al otro, exactamente igual.
       Las informaciones de los periódicos empezaban a ser monótonas, con datos que no revelaban nada nuevo, con pistas que no conducían a ninguna parte, y teorías que habían agotado prácticamente los elementos de sorpresa, deleite y asombro.
       Por consejo del inspector, doblé la recompensa.
       Siguieron cuatro días anodinos. Luego cayó sobre los pobres y esforzados detectives un duro y amargo golpe: los periodistas se negaban a publicar sus opiniones, declarando fríamente:
       —¡Dadnos un respiro!
       Dos semanas después de la desaparición del elefante, aumenté la recompensa hasta setenta y cinco mil dólares, por consejo del inspector. Era una cantidad muy considerable, pero estaba convencido de que era mucho mejor sacrificar toda mi fortuna particular que perder mi crédito ante el gobierno. Ahora que los detectives se encontraban en una situación tan adversa, los periódicos se volvieron contra ellos y empezaron a atacarles con los más hirientes sarcasmos. Esto dio una idea a los cantantes cómicos de cara negra, que, disfrazados de detectives, simulaban cazar al elefante por el escenario haciendo ridículas extravagancias. Los caricaturistas dibujaron estampas satíricas de detectives escudriñando el país con catalejos, mientras el elefante, a sus espaldas, les robaba manzanas de los bolsillos. Y representaban la placa policial con toda suerte de imágenes ridículas; sin duda habrá visto la placa estampada en oro al final de las novelas de detectives: un ojo muy abierto, con la leyenda
SIEMPRE ALERTA. Cuando los detectives pedían una bebida, el camarero con ínfulas de gracioso resucitaba una forma de expresión caída en desuso y decía: «¿Quiere un trago de esos que hacen abrir los ojos?». Y es que la atmósfera estaba cargada de sarcasmos.
       Pero había un hombre que se movía tranquila e imperturbablemente en medio de todo aquello, sin que pareciera afectarle en absoluto. Se trataba de aquel corazón de pedernal: el inspector jefe. Sus ojos valerosos nunca bajaron ante nadie; su serena confianza no vaciló jamás. Siempre decía:
       —Que sigan con sus mofas… El que ríe último ríe mejor.
       Mi admiración hacia aquel hombre fue creciendo hasta convertirse en una especie de idolatría. No me apartaba de su lado. Cada día que pasaba su despacho me resultaba un lugar más desagradable, pero, si él podía soportarlo, yo estaba dispuesto a hacer lo mismo: al menos aguantaría todo el tiempo que me fuera posible. Así que acudía allí regularmente, y me quedaba, y era el único extraño que parecía poder soportarlo. Todo el mundo se asombraba de ello, y con frecuencia pensaba que debía abandonar ya, pero en tales ocasiones contemplaba el rostro tranquilo y aparentemente despreocupado del inspector, y permanecía firme en mi puesto.
       Habían pasado ya tres semanas desde la desaparición del elefante, y una mañana, cuando estaba a punto de declarar que no me quedaba más remedio que plegar velas y retirarme, el genial detective me hizo desistir de tal idea proponiéndome una nueva, soberbia y magistral táctica.
       Se trataba de hacer un trato con los ladrones. La fertilidad inventiva de aquel hombre excedía a cuanto yo hubiera visto hasta entonces, y debo decir que he tenido amplio trato con las mentes más refinadas del mundo entero. Aseguró estar convencido de que podría llegar a un acuerdo por cien mil dólares y recuperar así el elefante. Le dije que creía poder reunir esa suma, pero ¿qué sería de los pobres detectives que tan fielmente habían colaborado? Me dijo:
       —En este tipo de tratos siempre se llevan la mitad.
       Eso echó por tierra mi única objeción. Así pues, el inspector escribió dos notas que decían así:

     Apreciada señora:
     Su marido puede ganar una buena cantidad de dinero (y verse totalmente protegido por la ley) si concierta una reunión inmediata conmigo.

INSPECTOR JEFE BLUNT

      Envió una de ellas con su mensajero confidencial a la «reputada mujer» de Brick Duffy, y la otra, a la reputada mujer de Red McFadden.
       Al cabo de una hora, se recibieron estas ofensivas respuestas:

     Viejo chalado:
     Brick Duffy murió ace dos años.

BRIDGET MAHONEY

     Jefe de los mochuelos:
     Red McFadden fue colgado ará unos dieciocho meses. Cualquier asno que no sea detective lo save.

MARY O’HOOLIGAN

       —Hacía tiempo que sospechaba estos hechos —dijo el inspector—. Estos testimonios solo demuestran el infalible acierto de mi instinto.
       En cuanto fracasaba uno de sus recursos, ya tenía uno nuevo a punto. A continuación redactó un anuncio para los periódicos de la mañana, del cual conservé una copia.

     A. — xwblv. 242 N. Tjnd — fz328wmlg. Ozpo, —; 2 m! ogw. Mum.

       Dijo que, si el ladrón estaba vivo, aquello le haría acudir al lugar de encuentro habitual. Después explicó que allí era donde se trataban todos los asuntos importantes entre detectives y criminales. El encuentro tendría lugar a las doce de la noche siguiente.
       Nada más se podía hacer hasta entonces, así que no perdí ni un momento en abandonar el despacho, agradecido sobremanera por aquel privilegio.
       A las once en punto de la noche siguiente llevé cien mil dólares en billetes de banco, que deposité en manos del inspector jefe; poco después se despidió de mí, con la valerosa e imperturbable expresión de confianza en su mirada. Casi había transcurrido una hora de insoportable angustia cuando escuché acercarse sus benditos pasos, y me levanté y salí jadeando y tambaleante a su encuentro. ¡Cómo llameaban sus nobles ojos por el triunfo…! Me dijo:
       —¡Hemos llegado a un acuerdo! ¡Qué canción más diferente entonarán mañana esos que se burlan tanto! ¡Sígame!
       Cogió una vela encendida y bajó a grandes zancadas al gran sótano abovedado, donde solían dormir unos sesenta detectives, una veintena de los cuales estaba jugando a cartas para matar el tiempo. Yo le seguía muy de cerca. Se dirigió raudo hasta el extremo más oscuro y alejado del subterráneo, y cuando me encontraba a punto de sucumbir a una angustiosa sensación de asfixia y de desmayarme, el inspector tropezó y cayó encima de los miembros estirados de un voluminoso objeto, y mientras caía le oí exclamar:
       —¡Nuestra noble profesión queda reivindicada! ¡Aquí tiene a su elefante!
       Tuve que ser llevado a las oficinas de arriba y reanimado con ácido fénico. Toda la fuerza detectivesca entró en tromba y estalló en una escena de algarabía triunfal como nunca hasta entonces había visto. Se llamó a los periodistas, se abrieron cajas enteras de champán, se hicieron numerosos brindis, los apretones de manos y las enhorabuenas fueron continuas y entusiastas. Como es natural, el inspector jefe era el héroe del momento, y su dicha era tanta, y había sido ganada de forma tan paciente, digna y valerosa, que me sentí muy feliz al verle, aunque yo no fuese allí más que un miserable sin hogar, con mi inestimable carga muerta y mi posición al servicio de mi país irremediablemente perdida por lo que siempre sería considerado como la ejecución fatalmente negligente de un importantísimo encargo. Muchas miradas elocuentes testimoniaron su profunda admiración hacia el jefe, y más de una voz de detective murmuró: «Miradlo bien: es el rey de la profesión. Dadle una pista, es todo cuanto necesita, y solo con eso no habrá nada, por oculto que esté, que él no pueda encontrar». Causó inmenso placer el reparto de los cincuenta mil dólares; cuando terminó, el inspector jefe pronunció un pequeño discurso, mientras se guardaba su parte en el bolsillo, en el que dijo:
       —Disfrutadlo, muchachos, os lo habéis ganado. Y aún más que eso: habéis ganado la inmortal fama de la profesión de detective.
       Entonces llegó un telegrama, que decía lo siguiente:

Monroe, Michigan, 10 de la noche

    Por primera vez después de tres semanas encuentro oficina telegráfica. Todavía sigo aquellas huellas, a caballo, a través de los bosques, durante más de mil millas, y son cada vez más fuertes, grandes y frescas. No se preocupe: antes de una semana encontraré elefante. Eso seguro.

DETECTIVE DARLEY

       El jefe pidió tres vítores por «Darley, una de las mentes más lúcidas de nuestro cuerpo», y luego ordenó que se le telegrafiase de inmediato para que regresara y recibiera su parte de la recompensa.
       Así terminó este fantástico episodio del elefante robado. A la mañana siguiente, los periódicos fueron una vez más pródigos en grandes elogios, con una única y despreciable excepción. Aquel diario decía: «¡Qué detective tan genial! Quizá haya sido un poco lento en encontrar una minucia como un elefante perdido: puede que lo haya estado persiguiendo durante todo el día y durmiendo por la noche sobre su carcasa putrefacta durante tres semanas, pero al final lo encontrará…, ¡si consigue que el hombre que lo extravió le indique su paradero!».
       Había perdido para siempre al pobre Hassan. Los cañonazos le habían herido mortalmente. Se había arrastrado entre la niebla hasta aquel inhóspito lugar, y allí, rodeado por sus enemigos y en peligro constante de ser descubierto, había ido consumiéndose de hambre y sufrimiento hasta que la muerte le trajo la paz.
       El trato me costó cien mil dólares; los gastos de los detectives sumaron cuarenta y dos mil más; mi gobierno ya no volvió a confiarme ninguna misión ni cargo público; soy un hombre arruinado que vaga errante por el mundo…, pero mi admiración hacia aquel hombre, que a mi entender es el más grande detective que jamás haya existido, se mantiene viva hasta hoy, y seguirá así hasta el fin de mis días.




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