Nathaniel Hawthorne
(Salem, Massachusetts, 1804 - Plymouth, New Hampshire, 1864)


La marca de nacimiento (1843)
(“The Birthmark”)
Originalmente publicado en The Pioneer (marzo 1843)
Mosses from an Old Manse (1846)



      A fines del siglo pasado vivió un hombre de ciencia —una eminencia competente en todas las ramas de la filosofía natural— que, no mucho antes del comienzo de nuestra historia, había tenido la experiencia de una afinidad espiritual más atractiva que las químicas. Dejando el laboratorio al cuidado de un ayudante, se había limpiado el hollín de las finas facciones, se había lavado las manchas de ácido de los dedos y había persuadido a una hermosa joven de ser su esposa. Por entonces, cuando parecía que el descubrimiento más bien reciente de la electricidad y otros misterios de la naturaleza abrían sendas a la región del milagro, no era insólito que el amor por la ciencia rivalizara en profundidad y energía con el amor por la mujer. El intelecto elevado, la imaginación, el espíritu y hasta el corazón podían encontrar alimento agradable en empresas que, como creían algunos defensores apasionados, progresaban de un peldaño de poderoso entendimiento en otro hasta que el filósofo alcanzase el secreto de la fuerza creativa, acaso engendrando, desde sí, mundos nuevos. Aylmer poseía esa fe en el dominio último del hombre sobre la naturaleza. Sin embargo, se había entregado a los estudios científicos demasiado abiertamente para que una segunda pasión pudiera apartarlo. Tal vez el amor por la joven esposa se demostrara más fuerte; pero sólo podía enlazarse con el amor por la ciencia y unir esa fuerza a la suya.
       Como era de prever la unión se verificó y acarreó consecuencias realmente notables y una moraleja impresionante. Un día, muy poco después de la boda, Aylmer se quedó mirando a su esposa con el semblante cada vez más atribulado, hasta que dijo:
       —Georgiana, ¿nunca se te ha ocurrido que esa marca que tienes en la mejilla se podría quitar?
       —La verdad es que no —dijo ella con una sonrisa, y luego, advirtiendo la actitud seria de él, se ruborizó intensamente—. Para serte sincera, tantas veces se ha dicho que era un embrujo que fui tan simple como para aceptarlo.
       —En otra cara, tal vez —replicó el marido—. Pero ¡en la tuya nunca! No, Georgiana de mi alma. Tú saliste de manos de la naturaleza tan cerca de la perfección que el más leve delecto, que dudo de calificar de defecto o virtud, me repugna como una huella visible de la imperfección terrenal.
       —¡Te repugna, esposo mío! —exclamó Georgiana, muy herida, enrojeciendo primero de ira momentánea, luego rompiendo a llorar—. Entonces, ¿por qué me apartaste de mi madre? ¡No se puede amar lo que se repugna!
       Para explicar este diálogo debe mencionarse que, en el centro de la mejilla izquierda, Georgiana tenía una marca singular entretejida, por así decir, con la sustancia del rostro. En el estado habitual de su tez —un rubor saludable pero delicado—, la marca era de un carmesí más intenso que definía imperfectamente su forma entre el rosa circundante. Cuando ella se sonrojaba, paulatinamente la marca perdía definición hasta desaparecer en el arrebato de sangre que inundaba con su fulgor la mejilla entera. Pero si alguna emoción súbita la hacía palidecer, la marca aparecía de nuevo, mancha carmesí en la nieve, con una claridad que Aylmer consideraba casi temible. La forma no era poco semejante a la de una mano, si bien ínfima como la de un pigmeo. Los enamorados de Georgiana se inclinaban a decir que en la hora del nacimiento algún duende había puesto la manita en la mejilla del bebé, y la había estampado como símbolo de los dones mágicos que le darían tal influjo sobre los corazones. Más de un bribón desesperado habría arriesgado la vida por el privilegio de apretar los labios contra la mano misteriosa. No debe esconderse, con todo, que la impresión que causaba el signo fabuloso variaba enormemente según el temperamento de quien la miraba. Ciertas personas fastidiosas —exclusivamente del sexo de ella— afirmaban que la mano sangrienta, como les gustaba llamarla, destruía por completo el efecto de la belleza de Georgiana y hasta volvía el rostro detestable. Pero habría sido igualmente razonable decir que una sola de esas manchitas azules que aparecen a veces en el mármol más puro hubiera convertido a la Eva de Powers en un monstruo. Los hombres, si la marca de nacimiento no les aumentaba la admiración, se contentaban con desear que desapareciese, para que el mundo tuviera un espécimen vivo de belleza ideal sin asomo de defecto. Después de casarse —porque antes poco o nada había pensado en el asunto—, Aylmer descubrió que éste era su caso.
       De haber sido Georgiana menos hermosa —si la envidia hubiera encontrado otra a quien despreciar—, quizás él hubiera sentido que la preciosa manita, ya vagamente dibujada, ya perdida, ya perfilada otra vez y destellando a cada latido emocionado del corazón, le aumentaba el amor. Pero, viendo a su mujer tan perfecta por lo demás, sentía que a cada momento de la vida de matrimonio ese único defecto se le hacía más intolerable. Era la mácula fatal de la humanidad que, bajo una forma u otra, la naturaleza estampa imborrablemente en todos sus productos para indicar, bien que son temporales y finitos, bien que su perfección ha de lograrse con esfuerzo y dolor. La mano carmesí expresaba el puño ineludible en el que la mortalidad aprieta el molde terrenal más alto y puro, degradándolo a la par del más bajo y hasta del de los brutos, y, al igual que en éstos, su armazón visible vuelve al polvo. De tal manera, eligiéndola como símbolo de la inclinación de su esposa al pecado, la pena, la decadencia y la muerte, el antojo no tardó en convertirse para la sombría imaginación de Aylmer en un objeto espantoso, causa de más angustia y horror que todo el deleite que daba a su corazón la belleza de Georgiana.
       Invariablemente y sin intención —más aún, aunque se proponía lo contrario—, en los momentos en que más felices deberían haber sido, él volvía sobre ese tema desastroso. Por trivial que pareciera, se conectaba tanto con innumerables series de pensamientos y formas de sentir que había llegado a ser el centro de todos. Cuando al amanecer Aylmer abría los ojos a la cara de su esposa, reconocía antes que nada el símbolo de la imperfección; y cuando por la noche se sentaban juntos frente al hogar, deslizaba la mirada sigilosa por la mejilla de ella y, donde habría deseado adorar, veía, parpadeando a la luz del fuego de leña, la mano espectral que escribía la mortalidad. Pronto Georgiana aprendió a estremecerse bajo esa inspección. Una sola mirada bastaba, con la expresión peculiar que solía adoptar él, para trocarle el rosa de las mejillas por una palidez de muerte en medio de la cual la mano carmesí resaltaba como un bajorrelieve de rubí en un mármol blanquísimo.
       Una noche, a la alta hora en que las luces menguantes poco delataban la mancha, la propia Georgiana abordó por primera vez el tema.
       —¿No te acuerdas, querido Aylmer —dijo con un débil atisbo de sonrisa—, si anoche tuviste algún sueño con esta mano odiosa?
       —¡No! ¡En absoluto! —respondió Aylmer con un respingo. Luego, afectando un tono seco y frío para esconder una emoción intensa, dijo—: Pero bien puede haber sido, porque antes de dormirme había invadido mis fantasías.
       —Claro que soñaste con ella —se apresuró a continuar Georgiana, porque temía que la interrumpiera el llanto—. ¡Era un sueño terrible! Me extraña que lo hayas olvidado.
       ¿Es posible olvidar una expresión como: «Ahora la tiene en el corazón… Tenemos que sacársela»? Piensa, esposo mío; pues haría lo que fuese por hacértelo recordar.
       Triste es el tono de la mente cuando ni el sueño, que todo lo envuelve, logra que confine los fantasmas a la penumbra de sus dominios; cuando tiene que soportar que irrumpan y asusten la vida manifiesta con secretos que acaso pertenezcan a otra más profunda. Aylmer terminó recordando el sueño. Había imaginado que él y su criado Aminadab intentaban una operación que quitase la marca de nacimiento. Pero cuanto más escarbaba el bisturí, más se hundía la mano, hasta que el marido tuvo en el minúsculo poder de su puño, el corazón de Georgiana del cual, no obstante, decidió inexorablemente arrancar la marca o cortarla.
       Cuando la forma del sueño se le hubo completado en la memoria, Aylmer contempló a su esposa con un sentimiento de culpa. A menudo la verdad entra en la mente disimulada en las ropas del sueño, y luego habla con una franqueza distante de asuntos que en la vigilia tratamos con autoengaños inconscientes. Hasta entonces Aylmer no había reparado en la influencia tiránica que una sola idea había adquirido sobre su mente ni en lo lejos que tenía que ir en su corazón para procurarse paz.
       —Aylmer —retomó Georgiana, solemne—, yo no sé cuánto puede costamos a los dos librarme de esta marca fatal. Quizá la extracción cause una deformidad irremediable. Quizá la mancha sea profunda como la vida. Una vez más, ¿hay alguna posibilidad de aflojar el puño con que esta manita me tiene agarrada desde antes de venir al mundo?
       —Georgiana, tesoro mío, he pensado mucho en la cuestión —interrumpió Aylmer—, y estoy convencido de que es posible eliminarla.
       —Si existe una posibilidad siquiera remota —siguió Georgiana—, déjame probarla, corra el riesgo que corra. Para mí el peligro no es nada; porque mientras esta marca odiosa me haga objeto de tu horror y tu disgusto, la vida será una carga que me alegraría arrojar. ¡Líbrame de esta mano terrible o arráncame una vida desdichada! ¡Tú tienes un saber probando! El mundo entero es testigo. ¡Has logrado maravillas! ¿No puedes quitar esta marca tan pequeña que puedo taparla con las puntas de dos dedos? ¿Escapa a tu poder, por la paz que te debes, salvar a tu pobre mujer de la locura?
       —¡Esposa querida, la más noble y tierna! —gritó Aylmer en un rapto—. No dudes de mi poder. Ya he sometido el asunto al pensamiento más riguroso; tanto que casi habría podido iluminarme para crear un ser menos perfecto que tú. Georgiana, me has hecho llegar a una profundidad inexplorada del corazón de la ciencia. Me siento del todo competente para dejar esa mejilla tan impecable como su hermana; y luego, amadísima, ¡qué triunfo el mío cuando haya corregido la imperfección que dejó la naturaleza en su obra maestra! ¡Ni Pigmalión, cuando su mujer tallada cobró vida, habrá sentido un éxtasis mayor!
       —Entonces está decidido —dijo Georgiana con una tenue sonrisa—. Y, Aylmer, no te detengas ni aunque encuentres que al cabo la marca se me refugió en el corazón.
       Tiernamente el marido la besó en la mejilla; la derecha, no la que llevaba impresa la mano carmesí.
       Al día siguiente, Aylmer expuso a Georgiana un plan mediante el cual él podría ejercer la atención intensa y la vigilancia constante que demandaría la operación, mientras que ella disfrutaría del completo reposo indispensable para el éxito. Se aislarían en los amplios apartamentos que Aylmer ocupaba como laboratorios y desde donde, durante su afanosa juventud, había despertado la admiración de todas las sociedades cultas de Europa llevando a cabo descubrimientos en los poderes elementales de la naturaleza. Sentado en calma en el laboratorio, el pálido filósofo había investigado los secretos de la región nubosa superior y de las minas más profundas; se había convencido de las causas que encendían y mantenían vivo el fuego de los volcanes; y había explicado el misterio de las fuentes y cómo es que algunas aguas brotan del pecho oscuro de la tierra con tanta claridad y pureza y otras con tan ricas propiedades medicinales. Allí también, en un periodo anterior, había estudiado las maravillas de la contextura humana e intentado sondear el proceso mismo por el que la naturaleza asimila las preciosas influencias tanto de la tierra y el aire como del mundo espiritual para crear y fomentar al hombre, su obra maestra. Pero hacía tiempo que Aylmer había dejado de lado esta última empresa, en forzoso reconocimiento de la verdad con la que todos los buscadores tropiezan tarde o temprano: que, mientras nos distrae trabajando en apariencia a pleno sol, nuestra gran madre creativa se cuida severamente de guardar sus secretos y, aunque finge apertura, no nos entrega sino resultados. Cierto que nos permite cometer errores, pero rara vez enmendarlos y, como un celoso titular de patente, no acepta rendiciones de cuentas. Ahora, sin embargo, Aylmer había decidido reanudar las investigaciones medio olvidadas; no con las esperanzas o deseos que las habían impulsado al comienzo, desde luego, sino porque contenían mucha verdad filosófica y contribuían al plan para el tratamiento de su esposa.
       Georgiana cruzó el umbral del laboratorio con el cuerpo frío y tembloroso. Aylmer le miró el rostro con alegría, procurando tranquilizarla, pero el brillo intenso de la marca en la blancura de la mejilla le impresionó tanto que no pudo evitar un escalofrío convulso. La esposa se desmayó.
       —¡Aminadab! ¡Aminadab! —gritó Aylmer, dando una violenta patada al piso.
       Al punto, de una habitación interior salió un hombre bajito pero fornido, con el pelo enmarañado colgándole en una cara sucia de vapores de hornillo. El personaje había sido peón de Aylmer durante toda su carrera científica; una gran disposición mecánica y la habilidad con que, si bien incapaz de comprender un solo principio, ejecutaba todos los detalles de los experimentos del amo, lo hacían admirablemente apto para el empleo. De vasta fuerza, hirsuto, como ahumado y con una costra de terrenalidad indescriptible, parecía representar la naturaleza física del hombre, mientras que la figura flaca y la cara pálida e intelectual de Aylmer eran no menos adecuadas para representar su naturaleza espiritual.
       —Deja abierta la puerta del tocador, Aminadab —dijo Aylmer—, y quema una pastilla.
       —Sí, señor —respondió el criado fijando la mirada en la figura exánime de Georgiana. Luego murmuró para él mismo—: Si fuera mi mujer, no me separaría nunca de esa marca.
       Al volver en sí, Georgiana se encontró en una atmósfera de aroma penetrante cuya potencia amable la había convocado desde la inercia del desmayo. A su alrededor, la escena era de hechizo. Aylmer había transformado las estancias humosas, decaídas y lúgubres donde había pasado sus mejores años dedicado a búsquedas recónditas en una serie de magníficos apartamentos no indignos de albergar el recogimiento de una mujer hermosa. De las cortinas que colgaban de las paredes manaba esa mezcla de grandeza y gracia que no procura ningún otro adorno; los pliegues abundantes y pesados, que disimulaban todo ángulo o línea recta, parecían aislar la escena de un espacio infinito. Por lo que veía Georgiana, bien podía ser un pabellón alzado entre nubes. Y excluido el sol, que habría interferido en los procesos químicos, Aylmer había provisto el lugar de lámparas perfumadas que emitían llamas de diversos colores, fundidos en una suave luminiscencia purpúrea. Ahora acababa de arrodillarse y miraba a la mujer con afecto intenso pero sin alarma, porque confiaba en su ciencia y se sentía capaz de rodear a su amada de un círculo mágico inaccesible a todos los males.
       —¿Dónde estoy? Ah…, ya me acuerdo —dijo débilmente Georgiana, y se llevó la mano a la mejilla para que su esposo no viera la marca terrible.
       —No temas, amor mío —exclamó él—. No te escondas de mí. Créeme que hasta me complace esa imperfección única, por el goce que me va a dar eliminarla.
       —¡Anda, ten piedad! —replicó la mujer tristemente—. No vuelvas a mirarla, por favor. No consigo olvidar ese escalofrío convulso.
       Para serenarla y, por así decir, librarle la mente de la carga de las cosas reales, Aylmer pasó a poner en práctica ciertos secretos ligeros y juguetones que la ciencia le había enseñado entre su linaje más profundo. Figuras etéreas, ideas absolutamente incorpóreas y formas de belleza insustancial acudieron a danzar frente a ella imprimiendo los pasos momentáneos en rayos de luz. Aunque Georgiana tenía una difusa idea del método de estos fenómenos ópticos, la ilusión era lo bastante acabada para avalar la creencia de que su esposo tenía poder sobre el mundo espiritual. Por otra parte, cuando ella sintió el deseo de mirar más allá de su retiro, al instante, como en respuesta a lo que pensaba, en una pantalla echó a parpadear la procesión de la vida exterior. Escenarios y figuras de la vida real estaban representados a la perfección, pero con la diferencia cautivante e indefinible que siempre convierte un dibujo, una imagen o una sombra en algo mucho más atractivo que el original. Cuando tuvo suficiente, Aylmer pidió a Georgiana que volviese los ojos a un recipiente con cierta cantidad de tierra. Si al comienzo ella le encontró poco interés, a poco se asombró de distinguir que un germen de planta disparaba al aire un brote; luego creció el tallo, se desplegaron poco a poco las hojas y en medio apareció una flor perfecta y encantadora.
       —¡Es mágica! —exclamó Georgiana—. No me atrevo ni a tocarla.
       —No, cógela —respondió Aylmer—. Arráncala y aspira el breve perfume ahora que se puede. En unos momentos se va a marchitar y no dejará más que vainas… Claro que de las millas se perpetuará una raza tan efímera como ella.
       Pero no bien Georgiana tocó la flor, se malogró toda la planta y las hojas ennegrecieron como carbonizadas.
       —Hubo un estímulo demasiado potente —dijo Aylmer, caviloso.
       Para compensar la experiencia abortada, le propuso retratarla mediante un proceso científico inventado por él. Consistiría en proyectar rayos de luz contra una chapa de metal pulido. Georgiana consintió; pero al mirar el resultado la horrorizó descubrir que los rasgos del retrato eran borrosos e indefinibles, y que donde habría debido estar la mejilla aparecía una manita diminuta. Aylmer agarró la placa y la metió en un frasco de ácido corrosivo.
       Sin embargo, no tardó en olvidar estos fracasos mortificantes. En los intervalos del estudio y los experimentos químicos se acercaba a ella enrojecido y exhausto, pero como vigorizado por su presencia, y en un lenguaje resplandeciente hablaba de los recursos de su arte. Le contó la historia de la larga dinastía de los alquimistas, entregados durante siglos a encontrar el solvente universal que de todo lo vil y bajo permitiera destilar el principio áureo. Al parecer Aylmer creía que era plenamente posible descubrir aquel medio largamente buscado mediante la lógica científica más simple; pero añadía que el filósofo que profundizara tanto como para adquirir el poder accedería a un saber demasiado encumbrado para agacharse a ponerlo en práctica. No menos singulares eran sus opiniones respecto al elixir vitae. Tenía algo más que el presentimiento de que estaba en su camino obtener un preparado que prolongaría la vida muchos años —acaso interminablemente—, pero que produciría en la naturaleza una discordia tal que todo el mundo tendría razón para maldecir, sobre todo el que bebiera la droga inmortal.
       —Aylmer, ¿hablas en serio? —preguntó Georgiana, atónita y asustada—. Es terrible tener ese poder, ¡y hasta soñar con tenerlo!
       —Pero, amor, no tiembles —dijo el marido—. Yo nunca te haría daño ni me lo haría a mí obrando en nuestras vidas unos efectos tan disonantes. Sólo quiero que tengas en cuenta cuán menor es en comparación la habilidad necesaria para extraer la manita.
       Como de costumbre, a la mención de la marca Georgiana se retrajo como si le hubieran tocado la mejilla con un hierro al rojo.
       Aylmer volvió a aplicarse a sus cosas. Ella lo oía en la lejana sala del horno dando indicaciones a Aminadab, cuyo tono áspero, tosco y malformado se oía en respuesta, más gruñido de bestia que habla de humano. Horas después, Aylmer reapareció y le propuso que examinara su gabinete de productos químicos y tesoros naturales de la tierra. Entre éstos le mostró un frasquito que, subrayó, contenía una fragancia suave pero poderosísima, capaz de impregnar todas las brisas que soplaran en un reino. El valor de ese extracto era incalculable, dijo; y mientras lo decía arrojó unas gotas al aire y llenó la habitación de una delicia penetrante y tónica.
       —¿Y esto qué es? —preguntó Georgiana señalando un globito de cristal lleno de un líquido dorado—. Es tan bonito de mirar que, para mí, podría ser el elixir de la vida.
       —En un sentido lo es —respondió Aylmer—. O más bien el elixir de la inmortalidad. El veneno más precioso que ha producido la humanidad. Con su ayuda, yo podría decidir el tiempo de vida de cualquier mortal que señalaras con el dedo. La fuerza de la dosis determinaría si perviviría muchos años o si caería muerto de pronto. Ni un rey en la seguridad del trono podría mantenerse vivo si yo, en mi estancia privada, entreviera que el bienestar de millones depende de que yo lo despoje del suyo.
       —¿Por qué guardas una droga tan atroz? —preguntó Georgiana, horrorizada.
       —¡Tenme confianza, querida mía! —sonrió el marido—. Su eficacia virtuosa es aún mayor que la dañina. Pero ¡mira! Esto es un cosmético poderoso. Bastan unas gotas en un vaso de agua para limpiar la piel de pecas tan fácilmente como se lavan las manos. Una infusión más fuerte retiraría la sangre del rostro y dejaría hecha un fantasma a la belleza más sonrosada.
       —¿Es la loción que piensas usar para mi mejilla? —preguntó Georgiana, ansiosa.
       —¡Claro que no! —se apresuró a contestar él—. Tu caso exige un remedio que penetre más.
       Aylmer aprovecha las entrevistas con Georgiana para interrogarla en detalle respecto a sus sensaciones, y sobre si le eran cómodos el aislamiento de las habitaciones y la temperatura de la atmósfera. Las preguntas tenían un giro tan particular que ella empezó a conjeturar que ya estaba sometida a ciertas influencias físicas que bien respiraba en el aire fragante, bien asimilaba con la comida. Imaginaba también —aunque tal vez fuese mera fantasía— que se le estaba agitando el organismo, que algo extraño e indefinido le reptaba por las venas y, medio doloroso, medio placentero, le tintineaba en el corazón. Con todo, cada vez que se animaba a mirarse al espejo se veía a sí misma, pálida como una rosa blanca y con la marca roja estampada en la mejilla. Ni Aylmer la odiaba ahora tanto como ella.
       Para despejar el tedio de las horas que su esposo veía necesario dedicar a los procesos de combinación y análisis, Georgiana apeló a los volúmenes de la biblioteca científica. En varios tomos antiguos y oscuros se encontró con capítulos plenos de aventura y poesía. Eran obras de filósofos medievales como Alberto Magno, Cornelio Agripa, Paracelso y el célebre monje que había creado la profética Cabeza Parlante. Aunque esos naturalistas se habían adelantado varios siglos, los imbuía algo de la credulidad de su tiempo y, por lo tanto, de la investigación de la naturaleza creían, y quizá se lo imaginaran, haber adquirido un poder superior a ella, y de la física un influjo sobre el mundo espiritual. Apenas menos curiosos e imaginativos eran los primeros volúmenes de los Acuerdos de la Royal Society, cuyos miembros, que poco sabían de los límites de la posibilidad natural, no cesaban de consignar prodigios y proponer métodos para urdirlos.
       Pero el volumen que más fascinaba a Georgiana era un gran folio manuscrito en que su esposo había registrado cada experimento de su carrera científica con el propósito original, los métodos adoptados para desarrollarlo, el éxito o el fracaso final y las circunstancias a que podía atribuirse una u otra eventualidad. El libro, en verdad, era a la vez historia y emblema de una vida ardiente, ambiciosa e imaginativa, pero también práctica y laboriosa. Aylmer manejaba los detalles físicos como si más allá no hubiera nada; pero dando a todos una cualidad espiritual, y redimiéndose él mismo del materialismo por una firme y sincera aspiración de infinito. Bajo su mirada, un ínfimo puñado de tierra asumía un alma. La lectura despertó en Georgiana una reverencia por su esposo; lo amó más intensamente que nunca, pero dependiendo menos enteramente del juicio de él que hasta entonces. Por mucho que hubiera logrado, no se podía sino observar que sus éxitos más espléndidos eran invariablemente fracasos en comparación con el ideal al que apuntaban. Sus diamantes de más brillo eran pobres guijarros, y así los consideraba él, al lado de las gemas invalorables escondidas más allá de su alcance. El volumen, desbordante de logros que habían dado renombre al autor, era, con todo, uno de los registros más melancólicos redactados por una mano mortal. Era la confesión triste y la ejemplificación continua de las carencias del hombre mixto —del espíritu lastrado de arcilla y dedicado a trabajar la materia— y del desánimo que acosa al carácter superior cuando se encuentra miserablemente frustrado por su parte terrena. Tal vez en el diario de Aylmer todo hombre de genio, en la esfera que fuese, habría reconocido la imagen de su experiencia propia.
       Estas reflexiones afectaron tanto a Georgiana que apoyo la cara en el libro abierto y rompió a llorar. Así la encontró su esposo.
       —Leer libros de hechiceros es peligroso —dijo él sonriendo, aunque con el semblante inquieto y disgustado—. Georgiana, en ese volumen hay páginas que yo apenas puedo mirar sin perder el sentido. ¡Ten cuidado, no vayan a perjudicarte a ti!
       —Me han hecho adorarte más que nunca —dijo ella.
       —¡Vaya! Espera a que consiga esto —replicó él— y luego adórame si quieres. Difícilmente creeré que no me lo merezco. Pero ¡ven! Estoy aquí por el lujo de tu voz. ¡Cántame, cielo mío!
       De modo que ella vertió la música líquida de su voz para saciarle la sed del espíritu. Luego él se despidió, con una abundancia de alegría infantil, asegurándole que la reclusión acabaría en poco tiempo y que ya era seguro el resultado. Apenas se había ido cuando Georgiana tuvo un impulso irresistible de seguirlo. Había olvidado informarle de un síntoma que le llamaba la atención desde hacía dos o tres horas. Era una sensación en la marca de nacimiento que, si bien no dolorosa, le inducía una agitación en todo el organismo. Apresurándose tras el esposo, por primera vez traspasó el umbral del laboratorio.
       Lo primero que la impresionó fue el horno, ese trabajador acalorado y febril con un fuego de brillo intenso, que, por la cantidad de hollín que acumulaba encima, daba la impresión de haber ardido por siglos. Había un alambique en plena labor. Por todo el lugar se veían retortas, tubos, cilindros, crisoles y otros aparatos de investigación química. Una máquina eléctrica estaba dispuesta para ser usada. La atmósfera, casi asfixiante, estaba embebida de olores gaseosos producidos por los torturantes procesos de la ciencia. Acostumbrada como estaba Georgiana a la elegancia fantástica de su tocador, la sencillez severa y hogareña del apartamento, de paredes desnudas y suelo de ladrillos, le resultó extraña. Pero lo que sobre todo le atrajo la atención, y hasta la acaparó, fue el aspecto de Aylmer.
       Pálido como la muerte, ansioso y abstraído, se inclinaba sobre el horno como si de su vigilancia extrema dependiera que el líquido que estaba destilando fuese el de la felicidad o el de la desgracia eterna. ¡Qué diferencia con la actitud optimista y jovial que había adoptado para alentar a Georgiana!
       —¡Cuidado ahora, Aminadab! ¡Cuidado, máquina humana, hombre de barro! —murmuró más para sí mismo que para el asistente—. ¡Un pensamiento de más o de menos y se termina todo!
       —¡Eh! ¡Eh! —balbució Aminadab—. Mire, amo, ¡mire!
       Rápidamente Aylmer alzó los ojos; primero enrojeció y luego, viendo a Georgiana, se puso pálido. Se abalanzó hacia ella y le agarró el brazo con tal fuerza que le dejó impresos los dedos.
       —¿Por qué has venido? ¿No confías en tu marido? —gritó, impetuoso—. ¿Vas a echar sobre mi trabajo el cáncer de esa marca? No está bien, no. ¡Vete, fisgona!
       —No, Aylmer —dijo ella con la firmeza que poseía en no poca medida—. No eres tú el que puede quejarse. ¡Tú has desconfiado de tu esposa! ¡Has escondido la ansiedad con la que vigilas el experimento! ¡No me menosprecies tanto, esposo mío! Dime todo el riesgo que corremos; y no temas que retroceda, pues yo me juego menos que tú.
       —¡No, Georgiana, no! —se impacientó Aylmer—. No debe ser.
       —Me someto —respondió ella con calma—. Y, Aylmer, beberé cualquier líquido que me des; pero será bajo el misino principio que me haría tomar veneno si me lo ofreciese tu mano.
       —Esposa noble —dijo Aylmer muy conmovido—, hasta hoy desconocía la altura y la profundidad de tu carácter. No ocultaré nada. Sabes pues que, por superficial que parezca, la mano carmesí se ha apoderado de tu ser con una fuerza de la que hasta ahora yo no tenía noción. Ya he administrado agentes tan poderosos para hacerlo todo salvo cambiar por completo tu sistema físico. Sólo queda probar una cosa. ¡Si fracasa, es nuestra ruina!
       —¿Por qué dudaste de contármelo? —preguntó ella.
       Aylmer bajó la voz.
       —Porque hay un peligro, Georgiana.
       —¿Un peligro? El único peligro es que no se me vaya este estigma espantoso —clamó ella—. ¡Quítamelo! ¡Quítamelo a cualquier precio o nos volveremos locos los dos!
       —El cielo sabe que es cierto —dijo tristemente Aylmer—, Y ahora, querida, vuelve a tu tocador. Dentro de un rato se pondrá todo a prueba.
       La acompañó y se despidió de ella con una ternura solemne, más elocuente que las palabras respecto a lo que estaba en juego. Una vez que él se fue, Georgiana se puso a meditar. Consideró el carácter de Aylmer y le hizo justicia más completa que en cualquier otro momento. Se le exaltaba el corazón, y temblaba a la vez, de pensar en el honorable amor de él, tan puro y elevado que no habría aceptado menos que la perfección ni la desdicha de conformarse con una naturaleza más terrena que la de sus sueños. Pensó cuánto más precioso era un sentimiento así que el más mezquino que habría soportado la imperfección por bien de ella, y habría cometido traición al amor sagrado degradando su idea perfecta al nivel de lo real. Y rogó con toda el alma poder satisfacer siquiera por un momento el designio más alto y profundo de su esposo. Más que un momento sabía bien que no iba a ser; pues el espíritu de él no detenía nunca la marcha ascendente y cada instante exigía algo más allá del alcance del instante anterior.
       La despabilaron los pasos de su marido. Traía un vasito de cristal con un líquido incoloro como el agua, pero tan brillante que podía ser el brebaje de la inmortalidad. Aylmer estaba pálido. Pero más a consecuencia de un estado mental muy esforzado y de la tensión espiritual, que por el miedo o la duda.
       —He concluido la confección del brebaje —dijo en respuesta a la mirada de ella—. A menos que mi ciencia me engañe, no puede fallar.
       —De no ser porque existes tú, Aylmer querido —observó la esposa—, desearía desprenderme de esta marca renunciando a la mortalidad misma antes que de cualquier otro modo. Para los que han alcanzado exactamente el grado de progreso moral en que me encuentro, la vida es una posesión triste. Podría ser una felicidad, si yo fuera más débil y ciega. Si fuera más fuerte, sería capaz de soportarla con esperanza. Pero siendo lo que veo que soy, me parece que no hay mortal más apto para morir que yo.
       —Tú estás hecha para el cielo sin probar la Tierra —replicó el esposo—. Pero ¿qué hablas de morir? El brebaje no fallará. ¡Mira el efecto en esta planta!
       En el banco de la ventana había un geranio enfermo; tenía las hojas plagadas de manchas amarillas. Aylmer vertió un poco de líquido en la tierra de la maceta. En el tiempo que tardaron las raíces en absorberlo, las feas manchas empezaron a extinguirse en un verdor vivaz.
       —No hacía falta ninguna prueba —dijo serenamente Georgiana—. Dame el vaso. Apuesto dichosa todo a tu palabra.
       —Entonces ¡bebe, criatura del cielo! —exclamó Aylmer con una admiración ferviente—. No tienes una mota de imperfección en el espíritu. ¡Y pronto será igual de perfecto tu ser sensible!
       Ella apuró el líquido y le devolvió el vaso.
       —Es agradable —dijo con una sonrisa plácida—. Parece agua de una fuente celestial; pues contiene no sé qué fragancia neutra y deliciosa. Calma esa sed que me ha acosado durante días. Los sentidos terrenos se me cierran sobre el espíritu como pétalos de una rosa al anochecer.
       Dijo lo último con una reticencia suave, como si pronunciar las sílabas débiles y cansinas le demandara una energía ya inaccesible. Apenas le habían salido las palabras de los labios cuando se perdió en el sueño. Aylmer se sentó a su lado y la observó con la emoción de quien ha comprometido todo el valor de su existencia en el proceso que está examinando. Pero con aquel ánimo se mezclaba el de la indagación filosófica característica del hombre de ciencia. No se le escapaba el menor síntoma. Un aumento del rubor en la mejilla; una leve irregularidad del aliento; un latido en el párpado; un temblor apenas perceptible atravesando el cuerpo: tales eran los detalles que, a medida que pasaba el tiempo, iba anotando en el volumen en folio. En la página anterior había huellas de pensamiento intenso; pero en la última se concentraban todos los pensamientos de años.
       Mientras se empleaba así, no dejaba de mirar con frecuencia la mano fatal, y no sin estremecerse. Pero una vez, por un impulso raro e inexplicable, apretó contra ella los labios. En el acto su espíritu retrocedió, con todo, y Georgiana, en la bruma del sueño profundo, se movió inquieta y murmuró como si reprochase. Aylmer reanudó la guardia. Y no en vano. La mano carmesí, al principio fuertemente visible en la palidez marmórea de la mejilla, empezó a perder contorno. No era que la palidez de Georgiana mermase, sino que con cada respiración la marca destacaba un poco menos. Su presencia había sido horrible; la partida lo era más aún. Miren desvanecerse en el cielo la mancha del arcoiris y sabrán cómo desapareció aquel símbolo misterioso.
       —Cielo santo, ¡se ha borrado del todo! —se dijo Aylmer en un éxtasis difícil de contener—. Ya me cuesta distinguir el rastro. ¡Éxito! ¡Lo he logrado! Y ahora tiene un debilísimo color de rosa. En cuanto suba sangre a la mejilla quedará vencida. Pero ¡Georgiana está tan pálida!
       Abrió la cortina y permitió que la luz natural del día cayera en el apartamento y descansara en la mejilla. Al mismo tiempo oyó una risita tosca, burda, que conocía bien: la expresión de deleite de su criado.
       —¡Ah, terrón mío! ¡Masa de barro! —exclamó Aylmer, riendo con una especie de frenesí—. ¡Me has sido tan útil! Materia y espíritu, cielo y tierra han participado de esto a la par. ¡Ríe, criatura de los sentidos! Te lo has ganado.
       Las exclamaciones despertaron a Georgiana. Abrió los ojos despacio y se miró en el espejo que le había acercado su esposo. Una leve sonrisa le asomó a los labios cuando vio qué poco perceptible se había vuelto la mano carmesí, cuyo brillo desastroso había sido antes capaz de ahuyentar toda felicidad. Pero entonces buscó la mirada de Aylmer con una agitación ansiosa que él no atinó a explicarse.
       —¡Mi pobre Aylmer! —murmuró.
       —¿Pobre? ¡Qué va, riquísimo! ¡Exultante y privilegiado! —dijo él—. ¡Ha sido un éxito, novia inigualable! ¡Eres perfecta!
       —¡Mi pobre Aylmer! —repitió ella con una ternura más que humana—. ¡Has apuntado muy alto! ¡Has actuado con nobleza! No te arrepientas si por una aspiración elevada y pura has rechazado lo mejor que te podía ofrecer la Tierra. Aylmer, Aylmer, querido… ¡Me estoy muriendo!
       Y, ay, era cierto. La mano fatal se había apoderado del misterio de la vida y era el lazo que mantenía a un espíritu angélico unido a un cuerpo mortal. Al desaparecer de la mejilla el último vestigio carmesí de la marca de nacimiento —único signo de imperfección humana—, el aliento menguante de la mujer ya perfecta pasó a la atmósfera, y el alma, tras demorarse un momento junto al esposo, emprendió el vuelo hacia lo alto. Entonces, ¡volvió a oírse la risita tosca! Así suele regodearse la burda fatalidad de la Tierra en su invariable triunfo sobre la esencia inmortal, que en esta tenue esfera de semidesarrollo exige la integridad de un estado superior. Con todo, si Aylmer hubiera llegado a ser más sabio no habría tenido que desechar la felicidad, que habría formado una sola trama con lo celestial. La fuerza de la circunstancia fugaz lo había superado; no había sabido ver más allá del sombrío alcance del tiempo, vivir de una vez por todas en la eternidad y encontrar en el presente el futuro perfecto.




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