Nathaniel Hawthorne
(Salem, Massachusetts, 1804 - Plymouth, New Hampshire, 1864)


La catástrofe de Mr. Higginbotham (1834)
(“Mr. Higginbotham’s Catastrophe”)
Originalmente publicado en la revista New-England Magazine (diciembre de 1834);
Twice-Told Tales
(Boston: American Stationers Co./John B. Russell, 1837, págs. 149-167)



      Un joven, de profesión vendedor ambulante de tabaco, iba a la aldea de Parker’s Falls, a orillas del Salmon River, procedente de Morristown, donde había tenido mucho trato con el presidente de la colonia de cuáqueros. Llevaba un pulcro carrito verde, con una caja de cigarros pintada en ambos paneles laterales y un jefe indio sosteniendo una pipa y un tallo de tabaco dorado en la parte posterior. El buhonero conducía una ligera yegüita y era un joven de carácter excelente, sagaz para el negocio, pero no por ello menos apreciado por los yanquis, los cuales, he oído decir, prefieren que los afeiten con una navaja afilada antes que con una roma. Sobre todo lo querían las muchachas bonitas a lo largo del Connecticut, cuyos favores solía buscar regalándoles el mejor tabaco de su surtido, pues sabía perfectamente que, por lo general, las campesinas de Nueva Inglaterra son buenas fumadoras de pipa. Además, como se verá en el curso de mi relato, el buhonero era preguntón y hasta cierto punto parlanchín, siempre impaciente por enterarse de las noticias y ansioso de contarlas de nuevo.
       Después de un rápido desayuno en Morristown, el vendedor ambulante de tabaco, que se llamaba Dominicus Pike, había recorrido siete millas a través de un bosque solitario sin hablar ni una palabra con nadie más que consigo mismo y con su yegüita gris. Como eran casi las siete, estaba tan impaciente por entablar una charla matutina como un tendero por leer el diario de la mañana. Una oportunidad pareció presentársele cuando, después de encender un cigarro con un espejo ustorio
[espejo cóncavo de metal que, puesto de frente al sol, refleja sus rayos reuniéndolos en el punto llamado foco, y produce un calor capaz de quemar, fundir y hasta volatilizar los cuerpos allí colocados], levantó los ojos y divisó a un hombre que venía de la cima de la colina, al pie de la cual había detenido el buhonero su carro verde. Dominicus observó cómo descendía y advirtió que llevaba un fardo al hombro en el extremo de un bastón y caminaba con paso cansado aunque decidido. No parecía haberse puesto en marcha con el fresco de la mañana, sino que había andado toda la noche y se proponía hacer lo mismo durante todo el día.
       —Buenos días, señor —dijo Dominicus cuando estuvo al alcance de la voz—. Lleva usted un buen trote. ¿Cuáles son las últimas noticias en Parker’s Falls?
       El hombre bajó la ancha ala de su sombrero gris hasta cubrirse los ojos y respondió, un poco ásperamente, que no venía de Parker’s Falls, que el buhonero había mencionado espontáneamente al ser lo máximo que él podía recorrer al día.
       —En ese caso —contestó Dominicus Pike—, oigamos las últimas noticias del lugar de donde venga. No me importa especialmente Parker’s Falls. Cualquier otro lugar me vale.
       Al ser así importunado, el viajero (que era el sujeto más malcarado con el que uno menos querría encontrarse en un bosque solitario) pareció titubear un poco, como si intentase recordar alguna noticia, o sopesara la conveniencia de contarla. Por fin, subiendo al estribo del carro, le susurró a Dominicus al oído, aunque podría haber gritado a voz en cuello sin que ningún otro individuo lo oyera.
       —Recuerdo una noticia más bien insignificante —dijo—. Anoche a las ocho un irlandés y un negro asesinaron al anciano Mr. Higginbotham, de Kimballton, en su huerto. Lo colgaron de la rama de un peral de St. Michael, donde nadie podía haberlo encontrado hasta la mañana siguiente.
       En cuanto comunicó esa horrible información, el forastero reanudó la marcha, con más prisa que antes, sin ni siquiera volver la cabeza cuando Dominicus lo invitó a fumar un cigarro habano y a contarle todos los detalles. El buhonero silbó a su yegua y subió la colina, meditando sobre el triste destino de Mr. Higginbotham, a quien había conocido como cliente por haberle vendido más de un manojo de baratos cigarros finos de tripa larga, una gran cantidad de tabaco en finos rollos torcidos, cigarros trenzados y tabaco envuelto en hoja de maíz. Lo había sorprendido un poco la rapidez con que se había propagado la noticia. Kimballton se hallaba casi a sesenta millas de distancia en línea recta; el asesinato se había perpetrado la noche precedente a las ocho; sin embargo Dominicus se había enterado a las siete de la mañana, cuando lo más probable era que la propia familia del pobre Mr. Higginbotham acabara de descubrir el cadáver colgando del peral de St. Michael. El caminante forastero debía calzar botas de siete leguas para viajar tan rápido.
       «Dicen que las malas noticias vuelan», pensó Dominicus Pike, «pero esta bate al ferrocarril. Había que contratar a este individuo para llevar por correo urgente el Mensaje del Presidente».
       Resolvió el problema imaginando que el narrador se había equivocado en un día con respecto a la fecha del suceso; de modo que nuestro amigo no vaciló en contar la historia en todas las tabernas y tiendas del condado a lo largo del camino, agotando todo un manojo de hojas de tabaco cubano entre al menos veinte auditorios horrorizados. Se dio cuenta de que era siempre el primer portador de la información, y tanto lo acosaban con preguntas que no pudo evitar rellenar el bosquejo hasta convertirlo en un respetable relato. Encontró un indicio que lo corroboraba. Mr. Higginbotham era comerciante; y un antiguo empleado suyo, a quien Dominicus relató los hechos, declaró que el anciano caballero acostumbraba a regresar a casa al anochecer atravesando el huerto, con el dinero y la documentación de valor en el bolsillo. El empleado no se mostró muy apenado por la catástrofe de Mr. Higginbotham, insinuando, lo que el buhonero había descubierto en sus propias transacciones con él, que era un viejo desabrido, más agarrado que un torno de banco. Sus bienes pasarían a una guapa sobrina que en aquellos momentos se ocupaba de la escuela de Kimballton.
       Con la divulgación de noticias por el bien común, y cerrando tratos por el suyo propio, Dominicus se entretuvo tanto en el camino que decidió alojarse en una venta a unas cinco millas escasas de Parker’s Falls. Después de cenar encendió uno de sus selectos cigarros, se sentó en el bar y repitió la historia del asesinato, que había crecido tan deprisa que necesitó media hora para contarla. Había por lo menos veinte personas en la habitación, diecinueve de las cuales la aceptaron como si fuera el evangelio. Pero la vigésima era un granjero entrado en años, que había llegado a caballo poco antes y que en aquel momento estaba sentado en un rincón, fumando su pipa. Cuando concluyó la historia, se levantó con mucha parsimonia, colocó su silla justo enfrente de Dominicus y lo miró fijamente en plena cara, echando bocanadas del tabaco más infame que el buhonero había olido en su vida.
       —¿Estaría usted dispuesto a declarar bajo juramento —le preguntó en el tono de un juez rural que toma una declaración— que el viejo terrateniente Higginbotham de Kimballton fue asesinado en su huerto anteanoche, y que lo encontraron ayer por la mañana colgando de su gran peral?
       —Yo cuento la historia tal como me la dijeron —contestó Dominicus, tirando su cigarro a medio consumir—; no digo que vi cómo lo hacían. De modo que no puedo jurar que lo asesinaran exactamente de esa forma.
       —Pero yo sí puedo jurar —dijo el granjero— que si al terrateniente Higginbotham lo asesinaron anteanoche, esta mañana me bebí un vaso de bíter con su fantasma. Como es vecino mío, me invitó a entrar a su tienda, cuando yo pasaba a caballo, me invitó y luego me pidió que de camino le hiciera una pequeña transacción. No parecía saber más que yo sobre su propio asesinato.
       —¡Entonces no puede ser cierto! —exclamó Dominicus Pike.
       —Supongo que lo habría mencionado si lo fuera —dijo el viejo granjero; y trasladó su silla de nuevo al rincón, dejando a Dominicus completamente consternado.
       ¡Vaya con la penosa resurrección del viejo Mr. Higginbotham! El buhonero no tenía ganas de volverse a mezclar en la conversación, pero se consoló con un vaso de ginebra con agua y se fue a la cama, donde durante toda la noche soñó que colgaba del peral de St. Michael. Para evitar al viejo granjero (al que detestaba tanto que su ahorcamiento lo habría complacido más que el de Mr. Higginbotham), Dominicus se levantó a las primeras luces de la mañana, unció la yegüita al carro verde y rápidamente se dirigió al trote hacia Parker’s Falls. La fresca brisa, la humedad del camino y el agradable amanecer estival lo hicieron recobrar el ánimo y habrían podido incitarlo a repetir la vieja historia si hubiera habido alguien despierto para escucharla. Pero no encontró ni una yunta de bueyes, ni un tílburi, ni un jinete, ni un viandante, hasta que, nada más cruzar el Salmon River, llegó un hombre al puente andando con dificultad, con un bulto al hombro en el extremo de una vara.
       —Buenos días, señor —dijo el vendedor ambulante, deteniendo a su yegua—. Si viene de Kimballton o de los alrededores, es posible que pueda contarme la verdad sobre ese asunto del viejo Mr. Higginbotham. ¿Es cierto que hace dos o tres noches un irlandés y un negro asesinaron al viejo?
       Dominicus había hablado con demasiada precipitación para darse cuenta, en un primer momento, de que el forastero tenía un elevado grado de sangre negra. Al oír esa súbita pregunta, la piel del etíope de repente pareció cambiar de color, su tono amarillo se volvió blanco cadavérico, mientras respondía, temblando y tartamudeando:
       —¡No, no! ¡No fue ningún hombre de color! Fue un irlandés el que lo colgó anoche, a las ocho. ¡Yo me fui a las siete! Su familia no puede haber ido a buscarlo al huerto todavía.
       Apenas había empezado a hablar el hombre de tez amarillenta cuando se interrumpió y, aunque antes parecía bastante cansado, continuó su marcha a un paso que habría obligado a la yegua del buhonero a acelerar su trote. Dominicus se quedó mirándolo completamente perplejo. Si el asesinato no se había cometido hasta el martes por la noche, ¿quién era el profeta que lo había predicho, con todos sus detalles, el martes por la mañana? Si su propia familia todavía no había descubierto el cadáver de Mr. Higginbotham, ¿cómo llegó a saber el mulato, a más de treinta millas de distancia, que lo habían colgado en el huerto, sobre todo si se había ido de Kimballton antes de que colgaran al desgraciado?
       Esos detalles ambiguos, unidos al asombro y al terror del forastero, hicieron pensar a Dominicus en denunciarlo a gritos como cómplice del asesinato; pues parecía que realmente se había perpetrado.
       «Pero que el pobre diablo se vaya», pensó el buhonero. «No quiero tener sobre mi conciencia su sangre negra; colgando al negro no se descolgaría a Mr. Higginbotham. ¡Descolgar al viejo! Sé que es pecado; pero lamentaría que resucitase por segunda vez, ¡y volviera a desmentirme!».
       Con estas meditaciones, Dominicus Pike entró en la calle de Parker’s Falls, que, como todo el mundo sabe, es un pueblo tan próspero como tres fábricas de algodón y un taller metalúrgico pueden hacerlo. La maquinaria no estaba todavía en movimiento y solo unas pocas tiendas habían abierto las puertas cuando él se apeó en el patio de caballerizas de la venta y, como primera medida, pidió un galón de avena para la yegua. Su segundo encargo fue, por supuesto, comunicar al mozo de cuadra la catástrofe de Mr. Higginbotham. Le pareció conveniente, sin embargo, no ser demasiado categórico en cuanto a la fecha del horrible suceso, y también no asegurar si fue perpetrado por un irlandés y un mulato, o solo por el hijo de Erin. Ni tampoco pretendió contarlo atribuyéndoselo a sí mismo o a cualquier otra persona, sino que lo mencionó como una noticia difundida en común.
       La historia corrió por el pueblo como el fuego entre un cinturón de árboles y se convirtió hasta tal punto en la comidilla unánime que nadie podría decir dónde había empezado. Mr. Higginbotham era tan conocido en Parker’s Falls como cualquier otro ciudadano del lugar, pues era en parte propietario del taller metalúrgico e importante accionista de las fábricas de algodón. Los habitantes pensaban que de su suerte dependía su propia prosperidad. Fue tal el revuelo que la Parker’s Falls Gazette anticipó su habitual fecha de publicación y salió con media hoja de papel blanco y una columna de doble cícero resaltada con mayúsculas y titulada ¡H
ORROROSO ASESINATO DE MR. HIGGINBOTHAM! Entre otros detalles espantosos, la versión impresa describía la señal de la cuerda alrededor del cuello del muerto y daba a conocer la cifra de miles de dólares que le habían robado; había también mucho patetismo acerca de la aflicción de su sobrina, que había sufrido un desmayo tras otro desde que encontraron a su tío colgado del peral de St. Michael, con los bolsillos vueltos del revés. Asimismo el poeta del pueblo conmemoró el pesar de la joven en una balada de diecisiete estrofas. Los concejales se reunieron y, en consideración a las atenciones de Mr. Higginbotham con el pueblo, decidieron repartir prospectos, ofreciendo una recompensa de quinientos dólares por la detención de los asesinos y la recuperación de los bienes robados.
       Mientras tanto toda la población de Parker’s Falls, compuesta por tenderos, dueñas de casas de huéspedes, empleadas de fábrica, operarios metalúrgicos y colegiales, se lanzó a la calle y sostuvo una locuacidad tan atroz que compensaba de sobra el silencio de las desmotadoras de algodón, que refrenaron su habitual estrépito en consideración al difunto. Si a Mr. Higginbotham le hubiera preocupado su reputación póstuma, su prematuro fantasma se habría regocijado por este tumulto. Nuestro amigo Dominicus, llevado de su vanidad, olvidó las precauciones previstas y, subiendo a la bomba de agua del pueblo, se proclamó portador de la noticia auténtica que había causado tan sorprendente sensación. Inmediatamente se convirtió en el gran hombre del momento, y apenas había empezado una nueva versión del suceso, con voz de predicador de campo, cuando el coche correo entró en la calle del pueblo. Había viajado toda la noche y debió de haber cambiado de caballos en Kimballton a las tres de la mañana.
       —Ahora nos enteraremos de todos los detalles —gritó la multitud.
       El coche se dirigió con gran estruendo a los soportales de la venta, seguido por un millar de personas; pues si hasta entonces alguien se había ocupado de sus propios asuntos, en aquel momento los abandonaron a la buena ventura para enterarse de las noticias. El buhonero, que iba por delante, descubrió a dos pasajeros, los cuales acababan de despertar sobresaltados de una agradable siesta para encontrarse en el centro del tumulto. Como todo el mundo los abrumó con distintas preguntas, todas ellas expuestas al mismo tiempo, la pareja se quedó sin habla, aunque uno era abogado y el otro una mujer joven.
       —¡Mr. Higginbotham! ¡Mr. Higginbotham! ¡Cuéntenos los detalles sobre el viejo Mr. Higginbotham! —vociferaba la multitud—. ¿Cuál es el veredicto del juez de instrucción? ¿Detuvieron a los asesinos? ¿Se ha repuesto de sus desmayos la sobrina de Mr. Higginbotham? ¡Mr. Higginbotham! ¡Mr. Higginbotham!
       El cochero no decía ni una sola palabra, excepto para maldecir de un modo tremendo al mozo de cuadra por no traerle un nuevo tiro de caballos. En el interior el abogado solía estar alerta incluso cuando dormía; lo primero que hizo, después de enterarse de la causa del alboroto, fue sacar una voluminosa cartera roja. Mientras tanto, Dominicus Pike, que era un joven extremadamente cortés y además tenía la impresión de que una lengua femenina contaría la historia con la misma labia que el abogado, había ayudado a la mujer a salir del coche. Era una muchacha hermosa y elegante, completamente despierta ya y radiante como un pimpollo, y tenía unos labios tan lindos y encantadores que Dominicus casi habría preferido escuchar de ellos una historia de amor en lugar de un relato de asesinato.
       —Damas y caballeros —dijo el abogado a los tenderos, los operarios metalúrgicos y las empleadas de fábrica—, puedo asegurarles que algún error inexplicable o, lo que es más probable, una falsedad deliberada, maliciosamente urdida para desacreditar a Mr. Higginbotham, ha provocado este singular alboroto. Pasamos por Kimballton a las tres de esta mañana, y si se hubiera perpetrado algún asesinato sin duda alguna habríamos sido informados. Pero tengo una prueba en contrario casi tan convincente como el propio testimonio oral de Mr. Higginbotham. He aquí una nota relacionada con un pleito suyo en los tribunales de Connecticut, que me entregaron por encargo de ese mismo caballero. Veo que está fechada anoche a las diez.
       Diciendo eso, el abogado mostró la fecha y la firma de la nota, que probaba indiscutiblemente, o bien que ese perverso Mr. Higginbotham estaba vivo cuando la escribió, o que —como algunos creen más probable entre esas dos alternativas dudosas— estaba tan absorto en los negocios de este mundo que seguía ocupándose de ellos incluso después de muerto. Pero surgió una prueba inesperada. La joven, después de escuchar la explicación del buhonero, simplemente se tomó un momento para alisar su vestido y arreglar sus rizos, y acto seguido apareció en la puerta de la venta y pidió que la escucharan.
       —Buena gente —dijo—, soy la sobrina de Mr. Higginbotham.
       Un murmullo de asombro atravesó la multitud al verla tan sonrosada y radiante; esa misma desdichada sobrina que ellos habían imaginado, basándose en la información de la Parker’s Falls Gazette, que estaba a las puertas de la muerte. Pero algunos individuos perspicaces habían dudado, desde el primer momento, de que una joven estuviera tan desesperada porque hubiesen ahorcado a un rico tío suyo.
       —Como pueden ver ustedes —prosiguió Miss Higginbotham, sonriendo— esta extraña historia no tiene ningún fundamento por lo que a mí se refiere; y creo poder afirmar que igualmente lo es en cuanto a mi querido tío Higginbotham. Tiene la amabilidad de darme un hogar en su casa, aunque yo contribuyo a mi sustento dando clases en una escuela. Esta mañana me fui de Kimballton para pasar las vacaciones de la semana de entrega de diplomas con una amiga, a unas cinco millas de Parker’s Falls. Mi generoso tío, cuando me oyó en la escalera, me llamó a su cabecera y me dio dos dólares y cincuenta centavos para pagar el billete de la diligencia, y otro dólar para mis gastos adicionales. Luego guardó su cartera bajo la almohada, me dio un apretón de manos y me aconsejó que llevase algunas galletas en el bolso, en vez de desayunar por el camino. Estoy segura, por consiguiente, de haber dejado vivo a mi querido pariente, y confío en encontrarlo así a mi vuelta.
       La joven hizo una reverencia al terminar su discurso, que fue tan sensato y tan bien expresado, y expuesto con tal gracia y decoro, que todos la creyeron digna de ser preceptora de la mejor academia del estado. Pero un forastero habría supuesto que Mr. Higginbotham era aborrecido en Parker’s Falls, y que se había decretado una acción de gracias por su asesinato; tan excesiva era la ira de los habitantes al enterarse de su error. Los operarios metalúrgicos decidieron rendir honores públicos a Dominicus Pike, dudando únicamente entre emplumarlo, pasearlo montado a horcajadas sobre una barra o refrescarlo con una ablución en la bomba de agua del pueblo, en lo alto de la cual se había proclamado portador de la noticia. Los concejales, por consejo del abogado, hablaron de procesarlo por un delito menor, divulgar noticias infundadas alterando el orden público. Solo salvó a Dominicus, ya sea del linchamiento o de un tribunal de justicia, una elocuente petición que la joven hizo en su nombre. Tras dirigir a su benefactora unas cuantas palabras de sincero agradecimiento, subió al carro verde y abandonó el pueblo, bajo una descarga de artillería de los colegiales, que encontraron abundante munición en los pozos de arcilla y charcos fangosos de los alrededores. Al volver la cabeza para intercambiar una mirada de despedida con la sobrina de Mr. Higginbotham, una bola, con la consistencia de un pudín hecho deprisa, lo alcanzó de lleno en la boca, dándole un aspecto de lo más desagradable. Toda su persona quedó tan salpicada por aquellos asquerosos proyectiles que casi le dieron ganas de volver y suplicar que lo sometieran a la ablución en la bomba del pueblo con que lo habían amenazado; pues, aunque no auguraba nada bueno, en aquellos momentos habría sido un acto de caridad.
       Sin embargo el sol brilló con fuerza sobre el pobre Dominicus, y el barro, símbolo de todas las manchas de oprobio inmerecido, se quitó fácilmente cuando se secó. Como era un granuja chistoso, su corazón no tardó en animarse; ni pudo contener una efusiva carcajada al recordar el alboroto que su historia había provocado. Los prospectos de los concejales provocaron el encarcelamiento de todos los vagabundos del estado; el párrafo de la Parker’s Fall Gazette se reimprimiría desde Maine a Florida y tal vez dio lugar a un artículo en los periódicos de Londres; y más de un avaro temblaría por su fortuna y su vida al enterarse de la catástrofe de Mr. Higginbotham. El buhonero reflexionó con mucho fervor sobre los encantos de la joven maestra, y juró que Daniel Webster
[político estadounidense (1782-1852), dos veces secretario de Estado, que adquirió gran fama como orador, tanto como diputado y senador como en sus discursos públicos, en los que alentó la unión entre los estados americanos proclamando la hegemonía del gobierno federal] nunca habló ni pareció tanto un ángel como Miss Higginbotham cuando lo defendió del iracundo populacho de Parker’s Falls.
       Dominicus se encontraba ya en el camino público de Kimballton, pues desde el primer momento había decidido visitar aquel lugar, aunque los negocios lo habían desviado del camino más directo desde Morristown. A medida que se aproximaba al escenario del supuesto asesinato, continuó dándole vueltas en la cabeza a la situación, y se asombraba del cariz que adquiría todo el caso. Si no hubiera ocurrido nada que corroborase la versión del primer viajero, a esas alturas podría considerarse que todo era una broma; pero el hombre de tez amarillenta obviamente estaba al corriente de la noticia o del hecho; y su mirada consternada y culpable al ser interrogado de improviso estaba rodeada de misterio. Cuando, a esta singular combinación de incidentes, se añadía que el rumor concordaba exactamente con el carácter y hábitos de Mr. Higginbotham; y que tenía un huerto, y un peral de St. Michael, cerca del cual pasaba él siempre al anochecer, la prueba circunstancial parecía tan convincente que Dominicus dudaba de que la firma mostrada por el abogado, o incluso el testimonio directo de la sobrina, fueran equivalentes. Haciendo discretas averiguaciones a lo largo del trayecto, el buhonero se enteró además de que Mr. Higginbotham tenía a su servicio a un irlandés de dudosa reputación, que había contratado sin ninguna recomendación por razones económicas.
       —¡Que me cuelguen —exclamó Dominicus Pike en voz alta al llegar a la cima de un cerro solitario— si doy crédito a que no hayan colgado al viejo Higginbotham hasta verlo con mis propios ojos y oírlo de sus propios labios! Y dado que él es un verdadero tramposo, llevaré al pastor o algún otro hombre responsable como refrendario.
       Estaba oscureciendo cuando llegó a la casa del portazguero del camino público de Kimballton, a eso de un cuarto de milla de la aldea de ese nombre. Su yegüita lo estaba acercando rápidamente a un hombre a caballo, que atravesó la verja al trote a unas cuantas varas por delante de él, saludó con la cabeza al portazguero y siguió hacia al aldea. Dominicus conocía al portazguero y, mientras le daba el cambio, intercambiaron los comentarios habituales sobre el tiempo.
       —Supongo —dijo el buhonero, echando hacia atrás su tralla para dejarla caer como una pluma sobre el flanco de la yegua— que no habrás visto al viejo Mr. Higginbotham desde hace uno o dos días.
       —Sí —contestó el portazguero—. Pasó por la verja un momento antes de que llegaras, y por allí va ahora, si puedes verlo en la oscuridad. Ha estado en Woodfield esta tarde, en donde asistió a una venta del sheriff. El viejo suele darme un apretón de mano y charlar un poco conmigo; pero esta noche me hizo una señal con la cabeza, como diciendo «Cóbreme el portazgo», y siguió adelante; pues dondequiera que vaya, siempre tiene que estar en casa a las ocho.
       —Eso me han dicho —dijo Dominicus.
       —Nunca vi un hombre con aspecto tan amarillo y flaco como el terrateniente —continuó el portazguero—. Esta noche me dije a mí mismo que más parecía un fantasma o una momia antigua que un ser de carne y hueso.
       El buhonero forzó la vista en la penumbra y de pronto distinguió al jinete a lo lejos que iba camino de la aldea. Le pareció reconocer por detrás a Mr. Higginbotham; pero a través de las sombras del crepúsculo y en medio del polvo que levantaba las patas del caballo, la figura parecía borrosa e irreal; como si la silueta de aquel anciano misterioso estuviera apenas formada de tinieblas y de luz gris. Dominicus se estremeció.
       «Mr. Higginbotham ha regresado del otro mundo a través del camino público de Kimballton», pensó.
       Sacudió las riendas y siguió adelante, manteniéndose más o menos a la misma distancia por detrás de la sombra gris, hasta que una curva del camino se la ocultó. Al llegar a ese punto, el buhonero ya no vio al hombre a caballo, sino que se encontró al principio de la calle del pueblo, no lejos de varias tiendas y dos tabernas, apiñadas alrededor del campanario del templo cuáquero. A su izquierda había un muro de piedra y una verja, linde de una parcela de bosque, más allá de la cual había un huerto, más lejos todavía un campo segado y por último una casa. Eran las propiedades de Mr. Higginbotham, cuya morada se levantaba junto al antiguo camino real, pero el camino público de Kimballton la había relegado al fondo. Dominicus conocía el lugar y la yegüita se paró en seco por instinto, pues él no era consciente de haber tirado de las riendas.
       —¡Por mi vida, no puedo traspasar esta verja! —dijo, temblando—. ¡No volveré a ser el mismo hasta ver si Mr. Higginbotham cuelga del peral de St. Michael!
       Saltó del carro, ató la rienda al poste de entrada y corrió por el sendero verde del bosque como si lo persiguiera el diablo. En aquel preciso momento dieron las ocho en el reloj del pueblo y, al sonar cada campanada, Dominicus saltaba de nuevo y huía más deprisa que antes, hasta que, en el centro solitario del huerto vio vagamente el condenado peral. Del viejo tronco retorcido sobresalía una rama enorme que atravesaba el sendero y proyectaba en aquel lugar la más negra sombra. ¡Pero algo parecía forcejear debajo de la rama!
       El buhonero nunca había pretendido tener más coraje que el que corresponde a un hombre de profesión pacífica, ni pudo explicar su valor en aquella tremenda emergencia. Es cierto, sin embargo, que se abalanzó, abatió a un robusto irlandés con el extremo de su látigo, y encontró (no ciertamente colgando del peral de St. Michael, sino temblando debajo del mismo, con un dogal alrededor del cuello) ¡al mismísimo anciano Mr. Higginbotham!
       —Mr. Higginbotham —dijo Dominicus con voz trémula—, usted es un hombre sincero y creeré en su palabra. ¿Lo han colgado o no?
       Si todavía no habéis adivinado el enigma, unas cuantas palabras explicarán la sencilla tramoya mediante la cual este «suceso venidero» pudo «proyectar su sombra por adelantado». Tres hombres habían planeado robar y asesinar a Mr. Higginbotham; dos de ellos, sucesivamente, se acobardaron y huyeron, retrasando el crimen una noche cada uno con su desaparición; el tercero se disponía a perpetrarlo cuando, obedeciendo ciegamente la llamada del destino, como los héroes de los romances antiguos, apareció un paladín en la persona de Dominicus Pike.
       Solo falta decir que Mr. Higginbotham tomó bajo su protección al buhonero, autorizó que cortejase a la linda maestra, y dejó todos sus bienes a los hijos de la pareja, concediendo a esta los intereses. A su debido tiempo, el anciano caballero llegó a la culminación de sus favores, muriendo en el lecho como un verdadero cristiano, y desde aquel melancólico suceso Dominicus Pike se marchó de Kimballton y fundó una gran fábrica de tabaco en mi aldea natal.



Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar