Nathaniel Hawthorne
(Salem, Massachusetts, 1804 - Plymouth, New Hampshire, 1864)


El velo negro del pastor (1832)
(“The Minister’s Black Veil”)
The Token and Atlantic Souvenir (1932);
Twice-Told Tales (1832)


Una parábola*
Por el autor de «Vistas desde un campanario»


      El sacristán se encontraba en el porche de la capilla de Milford, tirando vigorosamente de la cuerda de la campana. Los viejos del pueblo venían encorvados por la calle abajo. Los niños, con sus caras resplandecientes, saltaban y jugueteaban alegremente detrás de sus padres o remedaban un paso más solemne que el de sus mayores, con la consciente dignidad que les daban sus ropas de domingo. Los peripuestos solteros miraban de soslayo a las bonitas doncellas y se imaginaban que el sol dominical las hacía parecer más bellas que los días de labor.
       Cuando ya casi todo el gentío había llegado a congregarse en el porche, el sacristán empezó a tañer la campana con un ojo puesto en la puerta del reverendo Sr. Hooper. La primera visión de la figura del clérigo fue la señal para que la campana cesase en su convocatoria.
       —Pero ¿qué lleva el bueno del párroco Hooper en la cara? —gritó atónito el sacristán.
       Todos los que se hallaban al alcance de su voz se volvieron de inmediato y contemplaron el semblante del Sr. Hooper que recorría despacio su meditativo camino hacia la capilla. Como en un solo acorde, todos empezaron a expresar una extrañeza como si cualquier vicario desconocido hubiera venido a desempolvar los cojines del púlpito del señor Hooper.
       —¿Está usted seguro de que es nuestro párroco? —quiso Goodman Gray informarse con el sacristán.
       —Totalmente seguro de que es el bueno del señor Hooper —replicó el sacristán—. Iba a haberle cambiado el púlpito al párroco Shute, de Westbury, pero el párroco Shute mandó recado ayer, excusándose, porque tenía que predicar en un funeral.
       La causa de tanta extrañeza podría parecer harto ligera. El Sr. Hooper, persona de porte caballeroso, de unos treinta años de edad, aunque todavía soltero, iba vestido con la debida pulcritud clerical, como si una solícita esposa hubiera almidonado su alzacuello y cepillado el polvo semanal de sus ropajes dominicales. No había más que una cosa singular en su apariencia: ceñido alrededor de su frente y colgando por delante de la cara, tan bajo que se movía con su aliento, el Sr. Hooper llevaba puesto un velo negro. Si uno se acercaba para verlo mejor, parecía que estaba formado por dos pliegues de crespón que ocultaban sus rasgos por completo, a excepción de la boca y la barbilla, pero que, probablemente, no interceptaban su visión más que para dar un aspecto sombrío a todas las cosas vivientes e inanimadas. Con esta lóbrega sombra delante, el bueno del Sr. Hooper continuó su camino con un paso lento y sosegado, un poco encorvado, mirando hacia el suelo, como suele ser la costumbre de los hombres abstraídos, y sin embargo saludando con amables inclinaciones de cabeza a aquellos de entre sus feligreses que todavía esperaban en los escalones de la capilla. Pero tan asombrados se encontraban todos que el saludo del párroco apenas encontró respuesta.
       —No puedo creer que la cara del bueno del señor Hooper estuviera detrás de ese trozo de crespón —dijo el sacristán.
       —A mí no me gusta —exclamó una vieja entre dientes mientras entraba renqueando en la capilla—. Se ha convertido en algo horrible al ocultar la cara.
       —Nuestro párroco se ha vuelto loco —gritaba Goodman Cray siguiéndole mientras atravesaba el umbral.
       Un rumor de que allí debía ocurrir algún fenómeno inexplicable había precedido al señor Hooper en la capilla y había revuelto a toda la congregación. Pocos podían reprimirse de volver la cabeza hacia la puerta. Muchos estaban en pie, derechos, y se volvieron a mirar directamente. Y, a la vez, varios niños pequeños se encaramaron en los bancos y volvieron a bajarse en medio de un terrible estrépito. Había un alboroto general, un frufrú de los vestidos de las mujeres acompañando al ruido producido por los pies de los hombres al rozar en el suelo: una gran diferencia con aquel silencioso reposo que debía acompañar la entrada del ministro. Pero el Sr. Hooper parecía no darse cuenta de la perturbación de su gente. Entró con un paso casi inaudible, inclinó su cabeza suavemente a los bancos de ambos lados e hizo una reverencia al pasar junto a su feligrés más viejo, un bisabuelo de pelo blanco que ocupaba una butaca en el centro del pasillo. Era curioso observar lo lentamente que este venerable hombre pudo darse cuenta de que había algo singular en la apariencia de su pastor. Parecía no compartir del todo el asombro general, hasta que el Sr. Hooper hubo ascendido los escalones y se mostró en el púlpito, cara a cara, si exceptuamos el velo negro, ante su congregación. Aquel misterioso emblema ya nunca sería retirado de su rostro. Se estremecía con la respiración mesurada del pastor al recitar el salmo; lanzaba su oscuridad entre el reverendo y la página sagrada mientras leía las Escrituras; y reposaba pesadamente sobre su rostro elevado cuando rezaba. ¿Intentaba esconderlo del terrible Ser a quien se dirigía?
       Tal era el efecto de este simple trozo de crespón que más de una mujer de nervios delicados se vio forzada a abandonar la reunión. No obstante, quizá la pálida congregación formara una visión casi tan espantosa para el vicario como el velo negro podía resultar para ellos.
       El Sr. Hooper tenía ganada una merecida reputación como predicador, pero no la de ser un predicador enérgico: se esforzaba en conquistar a su pueblo para el cielo por medio de suaves influjos persuasivos, y no en conducirle allí a través de los truenos de la Palabra. El sermón que ahora predicaba estaba marcado con las mismas características de estilo y forma que la serie general de sus piezas oratorias de costumbre. Pero había algo, bien en el sentimiento del propio discurso o bien en la imaginación de los oyentes, que lo convertía, con mucho, en el esfuerzo más intenso que habían oído en toda su vida de labios de su pastor. Estaba impregnado, de forma algo más misteriosa que lo normal, de la suave melancolía del temperamento del Sr. Hooper. El tema hacía referencia al pecado secreto y a esos tristes misterios que nosotros ocultamos a nuestros seres más cercanos y queridos y que de buena gana ocultaríamos a nuestra propia conciencia, olvidándonos incluso de que el Omnisciente puede detectarlos. Una energía sutil iba inflamando sus palabras. Todos los miembros de la congregación, la muchacha más inocente y el hombre de corazón más endurecido, sintieron como si el predicador se les hubiera ido acercando cautelosamente detrás de su horrible velo, y les hubiera descubierto la secreta iniquidad de pensamiento u obra que escondían. Muchos extendieron sobre su pecho las manos que tenían apretadas. Nada terrible había en lo que decía el Sr. Hooper. Al menos, no había violencia. Y, sin embargo, con cada estremecimiento en su voz melancólica, los oyentes temblaban. Un patetismo no buscado llegaba de la mano del temor. Tan consciente era el auditorio de que existía algún atributo insólito en su ministro que deseaba con toda su alma que un soplo de viento le retirara el velo a un lado, casi creyendo que podría descubrir así que el rostro era el de un extraño, si bien la forma, el gesto y la voz eran los del Sr. Hooper.
       Al final de los servicios, el pueblo se apresuró a salir en indecorosa confusión, ansiosos todos de comunicar su reprimido asombro y conscientes de haberse quitado un peso de encima desde el momento en que habían perdido de vista el velo negro. Algunos se congregaron en círculos pequeños, acurrucados muy juntos, con todas las bocas murmurando en el centro. Otros se fueron hacia casa, solos, envueltos en silenciosa meditación. Algunos hablaban en voz alta y profanaban el Día del Señor con ostentosas carcajadas. Unos pocos movían sus sagaces cabezas, insinuando que eran capaces de penetrar en el misterio. Y uno o dos afirmaban que no había ningún misterio en absoluto, que lo único que sucedía era que los ojos del Sr. Hooper se hallaban tan delicados por la lámpara nocturna que necesitaban una sombra. Después de un breve intervalo, allí llegó también el bueno del señor Hooper a la zaga de su rebaño. Volviendo su velado rostro de un grupo a otro, rindió la debida reverencia a las blancas cabezas; presentó sus respetos a los de mediana edad con la amable dignidad del amigo y guía espiritual; saludó a los jóvenes con una mezcla de autoridad y amor; y puso sus manos sobre las cabezas de los más pequeños para bendecirles. Ésa era siempre su costumbre los días de fiesta. Extrañas y desconcertadas miradas recibió él en respuesta a su cortesía. Nadie, como en otras ocasiones, aspiraba al honor de caminar al lado de su pastor. El viejo hacendado Saunders, sin duda por un accidental lapso de memoria, se descuidó en invitar al Sr. Hooper a su mesa, donde el buen clérigo había tenido por costumbre bendecir los alimentos, casi cada domingo, desde su llegada al pueblo. Regresó, por tanto, a la rectoría y, en el momento de cerrar la puerta, se le vio volverse a mirar a la gente, que tenía los ojos fijos en el ministro. Una triste sonrisa asomó débilmente por detrás del velo negro y vaciló en su boca, insinuándose trémula mientras él desaparecía.
       —¡Qué extraño —dijo una señora— que un simple velo negro, como el que cualquier mujer puede llevar en su sombrero, resulte una cosa tan terrible en la cara del señor Hooper!
       —Algo seguramente debe andar mal con el intelecto del Sr. Hooper —observó su marido, el médico del pueblo—. Pero la parte más extraña del asunto es el efecto de su extravagancia, incluso sobre un hombre tan sensato como yo. El velo negro, aunque sólo cubre la cara de nuestro pastor, proyecta su influencia sobre toda su persona y le da un aire fantasmal desde la cabeza hasta los pies. ¿No te produce esa sensación?
       —Verdaderamente —contestó la dama—; y yo no me quedaría a solas con él por nada del mundo. ¡Me pregunto si no tendrá miedo de quedarse a solas consigo mismo!
       —Los hombres a veces son así —dijo el marido.
       El servicio de la tarde tuvo lugar en circunstancias similares. A su final, la campana dobló llamando al funeral de una joven. Los familiares y amigos se encontraban reunidos en la casa y los conocidos más distantes estaban de pie, junto a la puerta, hablando de las buenas cualidades de la difunta, cuando su charla se vio interrumpida por la aparición del Sr. Hooper, cubierto aún con su velo negro. Era ahora un símbolo apropiado. El clérigo entró en la habitación donde reposaba el cadáver y se inclinó sobre el ataúd para despedirse por última vez de su feligresa difunta. Al bajar la cabeza, el velo quedó colgando verticalmente de su frente, de forma que, si los párpados de la doncella no hubieran estado cerrados para siempre, ella podría haberle visto la cara. ¿Era posible que el Sr. Hooper temiese su mirada hasta el punto de recoger apresuradamente el velo negro y acercárselo de nuevo al rostro? Una persona, que observó la entrevista entre la muerta y el vivo, no tuvo escrúpulos en afirmar que, en el instante en que las facciones del clérigo quedaron al descubierto, el cadáver se había estremecido ligeramente, oyéndose entonces un leve sonido producido por el roce del sudario y el tocado de muselina, aunque el rostro seguía manteniendo la compostura de la muerte. Una supersticiosa anciana era la única testigo del prodigio. Desde la cámara mortuoria el Sr. Hooper se dirigió a las habitaciones en las que se encontraban los deudos y desde allí a la parte superior de la escalera, para presidir la oración fúnebre.
       Fue una oración tierna y conmovedora, llena de aflicción y, a pesar de ello, tan imbuida de esperanzas divinas que parecía oírse tenuemente, entre los más tristes acentos del ministro, la música de un arpa celestial tocada por los dedos de la muerta. La gente temblaba, aunque si apenas podía entenderle cuando, en su oración, decía que ellos, y él mismo, y todos los seres de raza mortal, debían estar preparados, como él confiaba que esta joven doncella lo había estado, para la hora terrible que arrebataría el velo de sus caras. Los portadores del féretro avanzaron lentamente, seguidos del cortejo fúnebre, llenando de tristeza toda la calle, con la difunta delante de ellos y el Sr. Hooper, con su velo negro, detrás.
       —¿Por qué miras hacia atrás? —dijo una en la procesión a su compañera.
       —He tenido la impresión de que el ministro y el espíritu de la doncella iban caminando de la mano.
       —Y a mí me ha parecido lo mismo y en el mismo momento —dijo la otra.
       Esa noche, la pareja más hermosa del pueblo de Milford iba a ser unida en matrimonio. Aunque se le consideraba como hombre melancólico, el Sr. Hooper solía mostrar una plácida jovialidad en tales ocasiones que, con frecuencia, provocaba una sonrisa de simpatía donde un alborozo más bullicioso hubiera sido desechado. De entre las cualidades de su talante no había ninguna otra que le hiciera más querido que ésta. Los acompañantes de la boda esperaban su llegada con impaciencia, confiando en que el extraño temor que se había ido congregando alrededor de su persona durante todo el día se hubiera va disipado. Pero ése no fue el resultado. Cuando el Sr. Hooper llegó, el primer objeto sobre el que las miradas de todos coincidieron fue aquel velo horrible que había añadido una tristeza más profunda al funeral y que no podía presagiar más que desgracias para la boda. El efecto inmediato sobre los invitados era tal que parecía que una nube había partido tenebrosamente desde debajo del negro crespón, enturbiando la luz de las velas. La pareja nupcial se hallaba en pie, delante del ministro. Pero los fríos dedos de la novia temblaban estremecidos en la trémula mano del novio, y la palidez mortal de la joven produjo un murmullo: que la doncella que había sido enterrada pocas horas antes había vuelto de su tumba para casarse. Si alguna vez hubo una boda tan lúgubre, fue esta famosa boda en la que las campanas doblaron en un fúnebre toque epitalámico[1]. Tras celebrar la ceremonia, el Sr. Hooper elevó una copa de vino hasta sus labios, deseando felicidad a la pareja de recién casados, en un tono de suave broma que debería haber iluminado los rostros de los invitados como un alegre destello del fuego del hogar. En ese instante, entreviendo por un momento su figura en el espejo, el negro velo envolvió a su propio espíritu en el horror con que anonadó a todos los demás. Su figura se estremeció, sus labios se pusieron blancos, derramó el vino, aún sin probar, sobre la alfombra y salió apresuradamente, perdiéndose en la oscuridad. Pues la tierra también se había cubierto con su velo negro.
       Al día siguiente, toda la aldea de Milford casi no habló de otra cosa que del velo negro del párroco Hooper. Eso, y el misterio que ocultaba, proporcionó tema de discusión entre los conocidos que se encontraban en la calle y entre las buenas mujeres que cotilleaban de ventana a ventana. Fue la primera noticia que el tabernero dio a sus parroquianos. Los niños parloteaban sobre ello camino de la escuela. Un pequeño diablillo, para imitar al párroco, se cubrió la cara con un viejo pañuelo negro, dando un susto tal a sus compañeros de juegos que el pánico se apoderó de él mismo y faltó poco para que su propia broma le hiciera perder sus facultades mentales.
       Digno de atención era el hecho de que, de todas las personas entrometidas y gente impertinente de la parroquia, ni una sola se aventurase a plantear llanamente al señor Hooper la cuestión de por qué hacía semejante cosa. Hasta entonces, siempre que había aparecido el más ligero anuncio de tal intromisión, nunca le habían faltado consejeros ni se había nunca opuesto a dejarse guiar por su juicio. Si cometía cualquier error era por un grado de desconfianza en sí mismo tan penoso que incluso la más suave de las censuras podía llevarle a considerar como un crimen una acción indiferente. A pesar de todo, y aunque de sobra conocedores de esta amable debilidad, ninguno de entre sus feligreses optó por hacer del velo negro un tema de reconvención cordial. Había un sentimiento de temor, ni claramente confesado ni escondido con cuidado, que hacía que cada uno transfiriese la responsabilidad a los demás, hasta que por fin se halló conveniente enviar una delegación a la iglesia para tratar del misterio con el Sr. Hooper, antes de que se convirtiera en un escándalo. Nunca una embajada desempeñó tan mal su tarea. El ministro les recibió con amistosa cortesía, pero permaneció en silencio después de que ellos se hubieron sentado, dejando a sus visitantes todo el peso de presentar su importante asunto. El tema, podía suponerse, era suficientemente obvio. Allí estaba el velo negro, circundando la frente del Sr. Hooper y escondiendo todos los rasgos por encima de su plácida boca en la cual, a veces, podían ellos percibir el brillo trémulo de una melancólica sonrisa. Pero aquel trozo de crespón, en su imaginación, parecía que colgaba delante de su corazón, símbolo de un terrible secreto entre él y ellos. Si al menos el velo fuera apartado a un lado, podrían ellos hablar de él con libertad pero no hasta entonces. Así estuvieron sentados un tiempo considerable, callados, confusos, retrayéndose inquietos a los ojos del Sr. Hooper, que ellos sentían fijos sobre sí en una mirada invisible. Finalmente, los delegados regresaron avergonzados ante los que les habían comisionado, declarando el asunto demasiado importante de tratar, a no ser que lo fuera por un consejo de iglesias, si no requería, verdaderamente, un sínodo general.
       Pero había una persona en el pueblo a la que no le había afectado el miedo con el que el velo negro había impresionado a todos los demás. Cuando los comisionados regresaron sin ninguna explicación, o incluso aventurándose a pedir una, ella, con la plácida energía de su carácter, determinó ahuyentar la extraña nube que parecía asentarse alrededor del Sr. Hooper, a cada momento más tenebrosamente que antes. Como prometida suya, debía ser su privilegio saber lo que el negro velo escondía. En la primera visita del ministro, ella inició el tema con una sencillez directa que hizo que la tarea resultara más fácil tanto para él como para ella. Después de que él se hubo sentado, ella fijó su mirada resueltamente sobre el velo, pero no pudo percibir nada de la terrible tenebrosidad que tanto había aterrorizado a la multitud: no era más que un doble pliegue de crespón que le colgaba desde la frente hasta la boca y que agitaba levemente con su aliento.
       —No —dijo ella en voz alta y sonriendo—, no hay nada terrible en este trozo de crespón, a no ser que esconde una cara que yo siempre me alegro de mirar. Vamos, buen señor, deja que el sol brille desde detrás de la nube. Primero, aparta a un lado tu velo negro; luego, dime por qué te lo pusiste.
       La sonrisa del Sr. Hooper asomó débilmente.
       —Una hora ha de venir —dijo él— en la que todos nosotros nos quitaremos el velo. No pienses que está fuera de lugar, mi querida amiga, el que yo lleve este trozo de crespón hasta entonces.
       —Tus palabras son también un misterio —contestó la joven—. Aparta de ellas el velo, por lo menos.
       —Lo haré, Elizabeth —dijo él—. Hasta donde mi voto me lo consienta. Debes saber, pues, que este velo es un signo y un símbolo, y estoy obligado a llevarlo siempre, en la luz y en la oscuridad, en la soledad y ante la mirada de las multitudes, y tanto en compañía de extraños como con mis amigos de confianza. Ningún ojo humano me verá sin él. Esta lúgubre sombra debe separarme del mundo. Incluso tú, Elizabeth, nunca podrás pasar al otro lado.
       —¿Qué penosa aflicción te ha acontecido —preguntó ella vehementemente—, para que de esa forma debas oscurecer tus ojos para siempre?
       —Si es una señal de duelo —replicó el señor Hooper—. Yo, quizá, como la mayoría de los demás mortales, tenga pesadumbres lo suficientemente tenebrosas como para simbolizarlas con un velo negro.
       —¿Pero qué pasará si el mundo no cree que eso es el símbolo de una inocente pesadumbre? —le instó Elizabeth—. Querido y respetado como eres, puede haber murmuraciones de que escondes el rostro bajo la conciencia del pecado secreto. En nombre de tu sagrado ministerio, ¡acaba con este escóndalo!
       El color encendió las mejillas de la joven al ir relatándole la naturaleza de los rumores que se habían ya extendido por todo el pueblo. Pero la apacibilidad del Sr. Hooper no abandonó a éste. Incluso sonrió de nuevo, con la misma sonrisa triste que siempre aparecía como un débil parpadeo de luz procedente de la oscuridad de detrás de su velo.
       —Si escondo mi cara por pesadumbre, hay causa suficiente —se limitó él a replicar—; y si la oculto por un pecado secreto, ¿qué mortal no podría hacer lo mismo?
       Y con esta suave pero invencible obstinación resistió él todas sus súplicas. Por fin Elizabeth se sentó en silencio. Durante unos instantes pareció perdida en la profundidad de sus pensamientos, considerando probablemente que nuevos métodos podían intentarse para arrancar a su amado de tan negra fantasía que, si no tenía otro significado, era, quizá, un síntoma de enfermedad mental. Y aunque ella era de un carácter más firme que él, sin embargo las lágrimas rodaron por sus mejillas. Pero, en un instante, por decirlo así, un nuevo sentimiento ocupó el lugar de la pena: los ojos de Elizabeth se hallaban sin darse cuenta fijos en el velo negro cuando, como un repentino crepúsculo en el aire, la envolvieron los terrores del velo.
       —¿Y tú también lo sientes ya, por fin? —dijo él tristemente.
       Ella no contestó pero se cubrió los ojos con la mano y se volvió para salir de la habitación. Él salió de forma impetuosa tras ella y la cogió por el brazo.
       —Ten paciencia conmigo, Elizabeth —gritó apasionadamente—. No me abandones aunque este velo deba interponerse entre nosotros aquí en la tierra. ¡Sé mía, y después no habrá ningún velo sobre mi rostro, ninguna oscuridad entre nuestras almas! No es más que un velo mortal: ¡No es para toda la eternidad! Oh, no sabes bien lo solo que estoy y lo aterrorizado que me encuentro de estar solo detrás de mi velo negro. ¡No me dejes en esta oscuridad para siempre!
       —¡Levanta el velo una sola vez y mírame a la cara! —dijo ella.
       —¡Nunca! ¡No puede ser! —replicó el señor Hooper.
       —¡Entonces, adiós! —dijo Elizabeth.
       Ella retiró el brazo de la presión de su mano y salió lentamente, deteniéndose en la puerta para lanzar una larga y estremecedora mirada que parecía casi penetrar en el misterio del velo negro. Pero, incluso sumido en su dolor, el Sr. Hooper sonrió al pensar que sólo un símbolo material le había separado de la felicidad, aunque los horrores que aquél presagiaba debían interponerse como la oscuridad entre los más tiernos amantes.
       A partir de entonces no se llevó a cabo ningún otro intento de acabar con el velo negro del Sr. Hooper, o bien, pidiéndoselo directamente, de descubrir el secreto que se suponía escondía. Las personas que pretendían poseer una cierta superioridad sobre los prejuicios populares estimaban que todo eso no era más que un excéntrico capricho como los que a menudo se presentan entre las acciones cotidianas de muchos hombres, por lo demás normales, y que les da a todas ellas, por extensión, el tinte de su propia apariencia de locura. Pero para la mayoría de la gente el bueno del Sr. Hooper era inevitablemente una pesadilla. No podía él ir por la calle llevando consigo ninguna paz espiritual, consciente como era de que los apacibles y tímidos se apartarían del camino para evitarle, y los otros harían una cuestión de valor el tropezarse con él. La impertinencia de estos últimos le obligó a suprimir su paseo de costumbre, al atardecer, hasta el cementerio; porque, cuando él se apoyaba pensativamente sobre la verja de entrada, siempre había caras detrás de las tumbas espiando su velo negro. Una fábula recorrió el pueblo: que la fija mirada de los muertos le atraía a este lugar. Y le apenaba hasta lo más profundo de su bondadoso corazón observar cómo los niños huían de su presencia, interrumpiendo de súbito sus juegos más alegres, hasta que su melancólica figura se había alejado ya lo suficiente. El instintivo terror de los niños le hacía sentir, con una fuerza superior a las demás, que un horror preternatural se encontraba entretejido en las hebras del crespón negro. En verdad, su propia antipatía hacia el velo se decía que era tan grande que nunca pasaba él por delante de un espejo ni se inclinaba a beber en una plácida fuente, por miedo a que, en su fondo sosegado, quedara aterrorizado por su figura. Esto era lo que daba credibilidad a las murmuraciones de que la conciencia del señor Hooper le torturaba por algún gran crimen, demasiado horrible para poder esconderlo del todo o revelarlo de cualquier otra forma que no fuera de esa manera tan confusa. Y así, desde detrás del velo negro surgía una nube hacia la luz del sol, una ambigüedad de pecado o de pesadumbre que envolvía al pobre ministro de tal forma que el amor o la simpatía nunca podían llegar a él. Se decía que espíritu y diablo estaban con él asociados allí. Con estremecimientos íntimos y terrores externos caminaba de continuo en su sombra, buscando a tientas dentro de su propia alma o mirando fijamente a través de un medio que entristecía el mundo entero. Incluso el anárquico viento, se creía, respetaba su terrible secreto y nunca llegó a apartar el velo de su cara. Pero todavía el bueno del Sr. Hooper sonreía tristemente al pasar ante los pálidos semblantes del mundanal gentío.
       De entre todos sus malos influjos, el velo negro tenía un único efecto deseable: hacer de su portador un eficientísimo clérigo. Con la ayuda de su misterioso emblema —ya que no había otra causa aparente— se convirtió en un hombre de un poder terrible sobre las almas que se hallaban en la agonía del pecado. Sus conversos siempre le miraban con un peculiar espanto, afirmando, aunque sólo en sentido figurado, que, antes de que él les condujera a la luz celestial, habían estado con él detrás del negro velo. La lobreguez de éste en verdad le había capacitado para simpatizar con todo tipo de tristes afectos. Los pecadores moribundos pedían a gritos la presencia del señor Hooper y se negaban a exhalar su último suspiro hasta que él aparecía; si bien siempre, en cuanto se inclinaba para susurrarles palabras de consuelo, se estremecían ante aquel rostro velado tan próximo al suyo. ¡Tales eran los terrores del velo negro, incluso cuando la muerte había ya desnudado su rostro! Los forasteros venían de distantes lugares para asistir a los servicios de su iglesia, con el mero propósito ocioso de observar su figura, puesto que les estaba vedado contemplar su rostro. ¡Pero muchos tuvieron que echarse a temblar antes de partir! En cierta ocasión, durante el mandato del gobernador Belcher[2] el Sr. Hooper fue designado para predicar el sermón de toma de posesión. Cubierto con su velo negro se situó de pie delante del magistrado jefe, del consejo y de los representantes y causó una impresión tan profunda que las medidas legislativas de ese año se caracterizaron por toda la melancolía y la piedad de nuestro más antiguo y ancestral gobierno[3].
       De esta forma el Sr. Hooper vivió una larga vida, irreprochable en cuanto a actos externos, pero envuelta en el sudario de tenebrosas sospechas; amable y amoroso, aunque no amado y sí vagamente temido. Un hombre apartado de los hombres, al que éstos rehuían cuando tenían salud y alegría, pero al que siempre llamaban en su ayuda a la hora de la angustia mortal. A medida que los años fueron pasando, sembrando sus nieves por encima del luctuoso velo, había adquirido él ya amplia nombradía a lo largo y ancho de todas las parroquias de Nueva Inglaterra y todos le llamaban Padre Hooper. Casi todos los feligreses suyos, que cuando él llegó al pueblo eran ya de edad madura, habían pasado a mejor vida a través de muchos funerales. Tenía él una congregación en la iglesia y otra más numerosa en el cementerio parroquial. Y habiendo trabajado hasta bien entrada la noche, y hecho su trabajo tan bien, le había llegado la hora al bueno del Sr. Hooper de irse a descansar.
       Varias personas se podían ver a la indefinida luz de las velas en la cámara mortuoria del anciano clérigo. Parientes naturales no tenía ninguno. Pero allí estaba el médico, decorosamente grave, aunque impasible, buscando sólo mitigar los últimos dolores del paciente al que no podía salvar. Allí estaban los diáconos y otros miembros eminentemente piadosos de su iglesia. También estaba allí el reverendo Sr. Clark, de Westbury, joven y celoso religioso, que había venido a uña de caballo para orar junto al lecho del ministro moribundo. Y allí, como enfermera, estaba, no una doncella asalariada para la muerte, sino aquella cuyo sosegado afecto había perdurado hasta aquel momento, en secreto, en soledad, en medio de los desalientos de la edad, sin marchitarse, ni siquiera a la hora de la muerte. ¡Quién, sino Elizabeth! Y ahí reposaba la venerable cabeza del bueno del Padre Hooper sobre la almohada de la muerte, con su velo negro aún ceñido alrededor de la frente y desplegado sobre el rostro, de manera que cada jadeo, cada vez más difícil, de su débil aliento le hacía moverse. Aquel trozo de crespón había colgado toda su vida entre él y el mundo: le había separado de la alegre fraternidad y del amor de la mujer; y le había confinado en la más triste de las prisiones: su propio corazón. Y todavía se extendía sobre su rostro como para hacer aún más intensa la lobreguez de la oscura cámara y ensombrecerle el sol de la eternidad.
       Poco tiempo antes su mente había estado confusa, oscilando inciertamente entre el pasado y el presente, aleteando, por así decirlo, a intervalos, hacia la incertidumbre del mundo venidero. Había tenido accesos febriles que le sacudían de parte a parte y se llevaban las pocas fuerzas que le quedaban. Pero en sus combates más convulsivos y en las más desenfrenadas fantasías de su intelecto, cuando ningún otro pensamiento conservaba su sensato influjo, todavía mostraba él una horrible solicitud en que el velo negro no se deslizara a un lado de su rostro. Y aunque su alma aturdida pudiera haberlo olvidado, allí, junto a su almohada, se encontraba una fiel mujer que, con sus ojos mirando hacia otro lado, habría cubierto aquel rostro envejecido que ella había visto por última vez con el donaire de la virilidad. Por fin, el anciano moribundo reposó tranquilamente en el letargo de la postración mental y corporal con un pulso imperceptible y un aliento que se debilitaba por momentos, excepto cuando una larga, profunda e irregular inspiración parecía el preludio del vuelo de su espíritu.
       El ministro de Westbury se acercó a la cama.
       —Venerable Padre Hooper —dijo—: el momento de su liberación está cerca. ¿Se encuentra usted preparado para alzar el velo que aparta de la eternidad el tiempo? El Padre Hooper al principio replicó simplemente con un débil movimiento de cabeza. Luego, receloso quizá de que su intención suscitara dudas, hizo un esfuerzo por hablar.
       —Sí —dijo con apagado acento—. Mi alma sufre una paciente fatiga hasta que el velo sea levantado.
       —Y ¿cree usted que está bien —continuó el reverendo Sr. Clark— que un hombre tan entregado a la oración, un hombre de un ejemplo tan intachable, santo en pensamiento y obra, pueda pronunciar un juicio que dure hasta la muerte? ¿Es adecuado que un padre de la iglesia deje tal sombra sobre su memoria que pueda parecer que denigra una vida tan pura? ¡Yo le ruego, venerable hermano mío, que no consienta que tal cosa suceda! Permítanos que nos alegremos con su aspecto triunfal mientras se encamina usted hacia su recompensa. Antes de que el velo de la eternidad se alce, ¡déjeme apartar ese negro velo de su rostro! Y hablando de esta forma, el reverendo señor Clark se inclinó hacia delante para descubrir el misterio de tantos años. Pero, haciendo gala de la súbita energía que hizo que todos los presentes quedaran estupefactos, el Padre Hooper sacó violentamente ambas manos de debajo del embozo y las apretó con fuerza contra el velo negro, resuelto a ofrecer resistencia si el ministro de Westbury estaba dispuesto a contender con un moribundo.
       —¡Nunca! —gritó el velado clérigo—. ¡Nunca jamás!
       —¡Pobre viejo! —exclamó el amedrentado vicario—. ¿Con qué horrible crimen sobre tu alma te vas a presentar ahora ante el juicio?
       La respiración del Padre Hooper era va un jadeo de estertor en su garganta. Pero, en un enorme esfuerzo, con las manos extendidas hacia delante en ademán de asir algo, retuvo la vida, aguantando hasta poder hablar. Incluso se incorporó en la cama y se sentó, temblando, con los brazos de la muerte a su alrededor, mientras el velo negro pendía, horrible, en ese último momento con los acumulados terrores de toda una vida. Y, sin embargo, la lánguida y triste sonrisa, tan frecuente, parecía ahora titilar desde su oscuridad y demorarse en los labios del Padre Hooper.
       —¿Por qué tembláis ante mí sólo? —gritó moviendo su velado rostro alrededor del círculo de pálidos espectadores—. ¡Temblad cada uno también por los demás! ¿No es cierto que los hombres me han evitado y las mujeres han dejado de mostrar su piedad y los niños han gritado y huido, sólo por mi velo negro? ¿Qué otra cosa, sino el misterio que enigmáticamente representa, ha hecho que este trozo de crespón sea tan horrible? Cuando el amigo descubra lo más profundo de su corazón al amigo, cuando el hombre no se esconda vanamente del ojo de su Creador, guardando repugnantemente el secreto de su pecado, entonces consideradme un monstruo por el símbolo tras el que he vivido… ¡y muerto! Miro a mi alrededor y ¡hete aquí!: ¡en cada rostro, un velo negro!
       Mientras sus oyentes se evitaban unos a otros en mutuo temor, el Padre Hooper cayó hacia atrás sobre la almohada, convertido ya en un cadáver con velo y con una tenue sonrisa fija en sus labios. Todavía con el velo puesto, lo metieron en el ataúd y, aún con el velo, llevaron su cadáver al sepulcro. La hierba de muchos años ha brotado y se ha marchitado sobre la tumba, la lápida se ha cubierto de musgo y el rostro del bueno del Sr. Hooper es polvo. Pero terrible es aún el pensamiento del que se convirtió en polvo debajo del velo negro.


Notas:

[*] Otro clérigo de Nueva Inglaterra, el Sr. Joseph Moody. de York (Maine), que murió hará unos ochenta años, se hizo famoso por la misma excentricidad que aquí se relata del reverendo Sr. Hooper. En este caso, sin embargo, el símbolo tenía un sentido diferente. En sus años mozos había matado, por accidente a un amigo muy querido y desde ese día, hasta la hora de su propia muerte, escondió su cara de la mirada de los hombres. (Nota del autor.)

[1] Es una referencia a la narración del propio Hawthorne, «The Wedding Knell», que apareció también en The Token de 1836 junto con esta historia.

[2] Jonathan Belcher (1682-1757) fue gobernador de Massachusetts y New Hampshire (1730-1741). En sus tiempos se solía predicar un sermón inaugural, el «Election Sermon», en la toma de posesión de cada nuevo gobernador. El que aquí se cita corresponde a una de las tomas de posesión de Belcher para un nuevo mandato.

[3] Obvia referencia a los gobiernos puritanos de las primitivas colonias inglesas de Nueva Inglaterra.



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