O. Henry
(William Sydney Porter)

(North Carolina, 1862 - New York, 1910)


La cuadratura del círculo (1904)
(“Squaring the Circle”)
Originalmente publicado en The World (27 de noviembre de 1904);
The Voice of the City
(New York: The McClure Company, 1908, 244 págs.)



      A riesgo de fatigar a los jóvenes, hay que prologar este relato de emociones vehementes con una disertación sobre la geometría.
       La naturaleza se mueve en círculos; el arte, en líneas rectas. La naturaleza es redondeada; lo artificial está formado por ángulos. Un hombre perdido en la nieve vagabundea, aun contra su voluntad, en círculos perfectos; los pies del hombre de la ciudad, desnaturalizados por las calles rectangulares y por los pisos, lo alejan de sí mismo.
       Los redondos ojos de la niñez encarnan la inocencia; la angosta línea de la óptica del flirteo prueba la invasión del arte. La boca, horizontal, es el sello de la astucia resuelta.
       ¿Quién no ha leído el poema más espontáneo de la naturaleza en los labios redondeados dispuestos al beso sincero?
       La belleza es la naturaleza en su perfección, y el carácter circular es su principal atributo. Ved la luna llena, la encantadora bola de oro, las cúpulas de los templos, el pastel de crema, el anillo nupcial, la pista del circo, el timbre para llamar al camarero, y la “vuelta” de copas.
       En cambio, las líneas rectas revelan que la naturaleza se ha desviado. ¡Imaginad el cinturón de Venus transformado en una línea recta!
       Cuando empezamos a movernos en líneas rectas y doblamos pronunciadas esquinas, nuestro temperamento empieza a cambiar. La consecuencia es que la naturaleza, más flexible que el arte, tiende a amoldarse a sus normas más severas. La consecuencia es a menudo un fruto algo curioso, por ejemplo un crisantemo premiado, un whisky de alcohol de madera, un Misuri republicano, una coliflor gratinada o un neoyorquino.
       La naturaleza se pierde con más rapidez en una gran ciudad. La causa es geométrica, no moral. Las líneas rectas de sus calles y su arquitectura, la rectangularidad de sus leyes y costumbres sociales, las veredas que no se desvían, las reglas duras, severas, deprimentes e intransigentes de todas sus costumbres —aún de sus pasatiempos y deportes— exhiben fríamente un burlón desafío a la línea curva de la naturaleza.
       Por eso puede decirse que la gran ciudad ha demostrado el problema de la cuadratura del círculo. Y puede añadirse que esta introducción matemática precede a un relato sobre el destino de una enemistad de Kentucky que fue importada a la ciudad, cuyo hábito es obligar a sus importaciones a adaptarse a sus ángulos.
       La enemistad comenzó en las montañas de Cumberland, entre las familias Folwell y Harkness. La primera víctima de esta vendetta doméstica fue el perro de Bill Harkness. La familia Harkness compensó esta tremenda pérdida liquidando al jefe del clan de los Folwell.
       Los Folwell estaban preparados para la réplica. Engrasaron sus rifles e hicieron que Bill Harkness siguiera a su perro a un país donde las zarigüeyas bajan de los árboles sin necesidad de sacudir a éstos con hachazos.
       La enemistad prosperó durante cuarenta años. Los Harkness fueron asesinados a balazos junto al arado, a través de las ventanas iluminadas de sus cabañas, tras volver de reuniones al aire libre, dormidos, en duelo, sobrios y ebrios, aisladamente y en grupos familiares, avisados y por sorpresa. A los Folwell les cercenaron las ramas del árbol familiar en forma análoga, como lo prescriben y autorizan las tradiciones de su país.
       Poco a poco la poda sólo dejó a un miembro de cada una de las familias. Y entonces Cal Harkness, considerando probablemente que proseguir con la controversia le daría a la enemistad un sabor demasiado personal, desapareció repentinamente de los aliviados Cumberlands, frustrando el golpe de la vengadora mano de Sam, el último Folwell enemigo.
       Un año después, Sam Folwell supo que su hereditario y no suprimido enemigo vivía en Nueva York. Sam sacó la gran tina de hierro de lavar al patio, raspó algo del hollín, que mezcló con tocino, y se lustró sus botas con esa pasta. Se puso su blanca ropa de confección teñida de negro, una camisa blanca y un cuello, y guardó en una maleta su espartana lingerie.
       Descolgó su escopeta del gancho, pero la volvió a colocar allí con un suspiro. Por habitual y lógica que fuera esa costumbre en los Cumberlands, quizá Nueva York no se tragara su cacería de ardillas entre los rascacielos de Broadway. Un Colt antiguo pero digno de confianza, que resucitó de un cajón del escritorio, pareció proclamar que era el non plus ultra de las armas para la aventura metropolitana y la venganza. Sam metió esto y un cuchillo de caza con vaina de cuero en la maleta. Cuando emprendió el viaje a lomos de una mula hacia la estación ferroviaria, que quedaba en las tierras bajas, el último de los Folwell se volvió sobre su montura y contempló con aire ceñudo el pequeño grupo de pinos blancos rodeados por el macizo de cedros que señalaba el camposanto de los Folwell.
       Sam Folwell llegó a Nueva York de noche. Como se movía y vivía aún en los libres círculos de la naturaleza, no advirtió los formidables, inquietos y feroces ángulos de la gran ciudad que lo acechaba en las tinieblas, para cerrarse sobre las rotundas formas de su corazón y de su cerebro y modelarlo hasta darle la forma de sus millones de remodeladas víctimas. Un agente de policía lo sacó del remolino, como sacara el propio Sam una bellota de un lecho de hojas otoñales arrastradas por el viento, y se lo llevó a un hotel acorde con sus botas y su maleta.
       A la mañana siguiente, el último de los Folwell hizo su recorrido por la ciudad que albergaba al último de los Harkness. El Colt estaba metido debajo de su abrigo, asegurado con un angosto cinturón de cuero; el cuchillo de caza pendía entre sus omoplatos, sobresaliendo el mango una pulgada del cuello del abrigo. Sólo sabía esto: que Cal Harkness guiaba un camión expreso en alguna calle de esa ciudad y que él, Sam Folwell, había venido a matarlo. Cuando pisó la vereda, sus ojos estaban inyectados en sangre y el odio de la enemistad existente entre ambas familias asomó a su corazón.
       El clamor de las avenidas centrales lo atrajo hasta allí. Esperaba en cierto modo ver aparecer a Cal en la calle en mangas de camisa, con un jarro y un látigo en la mano, como lo viera en Francfort o en Laurel City. Pero pasó una hora y Cal no aparecía. Quizá lo esperara en una emboscada, para dispararle un balazo desde una puerta o una ventana. Durante algún tiempo, Sam vigiló muy atentamente las puertas y ventanas que había a su alrededor.
       A mediodía, la ciudad se cansó de jugar con su ratón y lo oprimió repentinamente con sus líneas rectas.
       Sam Folwell se detuvo donde se cruzaban dos grandes arterias rectangulares de la ciudad. Miró en las cuatro direcciones y vio al mundo lanzado afuera de su órbita y reducido, por la cinta métrica y el nivelador, a un plano con multitud de esquinas. Toda la vida se movía sobre rieles, en muescas, de acuerdo con un sistema, dentro de sus propios límites, mecánicamente. La raíz de la vida era la raíz cúbica: la medida de la existencia, el cuadrado.
       La gente afluía por filas rectas. El horrible estrépito y el bullicio lo dejaron estupefacto.
       Sam se apoyó en la afilada esquina de un edificio de piedra. Aquellos rostros pasaban a su lado por miles, pero ninguno se volvía hacia él. Repentinamente temió estar muerto y ser un fantasma, y que ellos no podían verlo ni atraparlo. Y entonces la ciudad lo hirió con la soledad.
       Un hombre gordo surgió del torrente y se quedó quieto, a pocos metros de distancia, a la espera de su automóvil. Sam se arrastró hasta él y le gritó al oído, entre el tumulto: —Los cerdos de los Rankins pesaban bastante más que los nuestros, pero a pesar de ello...
       El gordo se alejó sin llamar la atención y compró castañas asadas para disimular su alarma.
       Sam sintió la necesidad de una gota de rocío de las montañas. En la calle, los hombres entraban y salían por las puertas de vaivén. A ratos se vislumbraba fugazmente un reluciente mostrador y sus ornamentos. El hombre de la vendetta cruzó la calle y trató de entrar. El Arte había vuelto a eliminar el círculo familiar. La mano de Sam no halló un picaporte: resbaló inútilmente sobre una placa rectangular de bronce y roble lustrado donde no había siquiera algo del tamaño de una cabeza de alfiler sobre el que poder cerrar sus dedos.
       Confuso, sonrojado, abatido, Sam se alejó de la puerta y se sentó sobre un peldaño. Una porra de algarrobo le acarició las costillas.
       —Tendrá que dar un paseíto —dijo el policía—. Bastante ha holgazaneado ya aquí.
       En la esquina siguiente, en el oído de Sam sonó un penetrante silbido. Giró sobre sí mismo y vio a un villano de negras cejas que lo miraba con aire ceñudo sobre los cacahuetes amontonados sobre una máquina humeante. Empezó a cruzar la calle. Una inmensa máquina que corría sin mulas, con voz de buey y olor a lámpara humeante, pasó zumbando junto a él y le rozó la rodilla. Un cochero lo golpeó con el cubo de una rueda y le explicó que las palabras amables se habían inventado para usarlas en otras ocasiones. Un guarda de tranvía hizo sonar de un modo salvaje su campanilla y, por una vez en su vida, confirmó las palabras de un cochero. Una corpulenta dama de tornasolada blusa de seda le hundió un codo en la espalda, y un vendedor de periódicos lo apedreó pensativamente con cáscaras de bananas, murmurando: “¡Lamento tener que hacerlo, pero si alguien me viera dejarlo pasar fácilmente...!”.
       Cal Harkness, cuya jornada de trabajo había terminado y cuyo camión de reparto ya estaba en su garaje, dobló la afilada esquina del edificio que el descaro de los arquitectos ha copiado del filo de una navaja. Entre la masa de gente presurosa, sus ojos descubrieron, a tres metros de distancia, al enemigo superviviente, implacable y sangriento.
       Se detuvo bruscamente y vaciló un momento, ya que estaba sin armas y se sentía muy confuso. Pero los penetrantes ojos montañeses de Sam Folwell ya lo habían descubierto.
       Hubo un repentino salto, el torrente de transeúntes se enredó y se oyó la voz de Sam que gritaba:
       —¡Hola, Cal! Me alegro muchísimo de verte.
       Y en el cruce de Broadway, la Quinta Avenida y la Calle Veintitrés, los enemigos de Cumberland se estrecharon la mano.



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