Oscar Wilde
(Irlanda, 1854 - Francia, 1900)


El modelo millonario 1887)
Nota de admiración

(“The Model Millionaire”)
Originalmente publicado en el periódico The World (22 de junio de 1887);
Lord Arthur Savile’s Crime and Other Stories
(Londres: Osgood, McIlvaine & Co., 1891, 168 págs.)



      De no ser también persona adinerada, de nada le sirve a uno ser una persona encantadora. Lo novelesco y lo romántico son privilegios de los ricos y no profesión de los desocupados. El pobre ha de ser realista y prosaico. Es preferible contar con una renta saneada a poseer todos los atractivos de este mundo. Tales son los grandes axiomas de la vida moderna de los que Hughie Erskine jamás se percató. ¡Pobre Hughie! En el aspecto intelectual hay que reconocer que no era ningún asombro. No había dicho jamás en su vida una frase brillante, ni siquiera mordaz. No obstante, resultaba singularmente seductor, con su pelo oscuro y rizado, su perfil de moneda y sus ojos grises. Era acogido con el mismo favor tanto entre los hombres como entre las mujeres, y poseía toda clase de talentos, menos el de hacer dinero. Su padre le había legado un gran sable de caballería y una Historia de la guerra peninsular en quince tomos. Hughie colgó el primero de estos legados encima de un espejo, colocó los quince tomos sobre un estante entre Ruff’s Guide y Bailey’s Magazine [dos revistas deportivas de la época] y se dedicó a vivir de una renta anual de doscientas libras que le había asignado una tía anciana. Lo intentó todo. Frecuentó la Bolsa durante seis meses, pero ¿qué iba a hacer una mariposa entre osos y toros [en el mercado de valores, los osos son aquellos inversores que creen que los valores subirán, y los toros los que creen que bajarán]? Se dedicó después a comerciar con tés, y aunque se entretuvo en esto un poco más, acabó por cansarse de tanto «pekoe» y «souchong». Luego trató de vender jerez seco. Pero también le falló el negocio; el jerez resultaba quizá demasiado seco. Por último, se dedicó…, bueno, se dedicó a no hacer nada, y se quedó definitivamente en un muchacho encantador y perezoso, con un perfil perfecto.
       Y para colmo de desdichas, se había enamorado. La muchacha que amaba se llamaba Laura Merton, y era hija de un coronel retirado que había perdido su paciencia y su estómago en la India, sin conseguir recobrarlos ya nunca. Laura adoraba a Hughie, y este hubiese besado la tierra por donde ella pisaba. Eran la pareja más espléndida de todo Londres, y entre los dos no tenían un penique. El coronel sentía un gran afecto por Hughie; pero no quería ni oír hablar de matrimonio.
       —Muchacho —le decía con frecuencia—, ven a pedirme la mano de Laura cuando haya diez mil libras en tu bolsillo; entonces veremos.
       Y Hughie, en tales ocasiones, se sentía tan abatido que necesitaba tener a Laura a su lado para consolarse.
       Una mañana, cuando se dirigía a Holland Park, donde vivían los Merton, se le ocurrió pasar a visitar a un gran amigo suyo, Alan Trevor. Trevor era pintor. La verdad, hoy día pocas personas no lo son. Pero Trevor era, además, un artista, y artistas existen muy pocos. En su aspecto exterior hay que reconocer que era una persona rara, basta, de rostro pecoso y barba hirsuta. Pero no bien cogía el pincel, resultaba un maestro y sus cuadros eran solicitadísimos en el mercado. Desde un principio sintió un vivo interés por Hughie, aunque solo por su encanto personal. “Las únicas personas con quienes debería tener trato un pintor —solía decir— son las personas bellas y bêtes
[es decir, estúpidas], esas cuya contemplación constituye un placer artístico y cuya conversación proporciona un reposo intelectual. Los hombres elegantes y las mujeres bonitas manejan el mundo o, por lo menos, deberían manejarlo”. Pero cuando fue conociendo a fondo a Hughie acabó por quererle también por su animación, desenfado y su carácter alocado y generoso, hasta el punto de permitirle una libre y permanente entrée en su estudio.
       Aquella mañana, Hughie encontró a Trevor dando las últimas pinceladas a un cuadro magistral que representaba, en tamaño natural, a un mendigo. El mendigo en persona posaba allí como modelo, en pie sobre una tarima colocada en un rincón del estudio. Era un viejo lleno de arrugas, cuya tez parecía de pergamino arrugado, y con una expresión cansada y lastimera. De los hombros le colgaba una capa de paño oscuro, andrajosa y harapienta, y sus botas estaban llenas de parches. Con una mano se apoyaba en su cayada, y con la otra tendía un resto de sombrero en ademán de pedir limosna.
       —Soberbio modelo —murmuró Hughie, estrechando la mano de su amigo.
       —Soberbio, ya lo creo —repitió Trevor en voz alta—. Ten por seguro que no se encuentran todos los días modelos como este. Une trouvaille, mon cher, un Velázquez de carne y hueso. ¡Qué aguafuerte hubiese hecho Rembrandt con él!
       —¡Pobre viejo! —dijo Hughie—. ¡Qué aspecto más desgraciado tiene! Aunque supongo que para vosotros, los pintores, la cara tiene que estar en relación con la fortuna.
       —Por supuesto —replicó Trevor—; no querrás que un mendigo tenga aspecto de alegría.
       —¿Cuánto gana un modelo por sesión? —preguntó Hughie, arrellanándose cómodamente en un diván.
       —Un chelín por hora.
       —¿Y cuánto obtendrás por tu cuadro, Alan?
       —¡Oh! Lo menos, unas dos mil.
       —¿Libras?
       —No, guineas. Los pintores, los poetas y los médicos cobramos siempre en guineas.
       —Pues bien: opino que los modelos deberían obtener un tanto por ciento —replicó Hughie riendo—. Después de todo, trabajan tanto como vosotros.
       —¡Tonterías! ¿Y la molestia de permanecer el día entero en pie con el pincel en la mano delante del caballete? Hablas por hablar, Hughie; pero te aseguro que hay ciertos momentos en que el Arte se eleva hasta alcanzar casi la dignidad de un oficio manual. Pero, en fin, haz el favor de callarte; la conversación me distrae. Fuma un cigarrillo y estate quieto.
       Un rato después entró el criado a comunicar a Trevor que el fabricante de marcos quería hablar con él.
       —No te vayas, Hughie —dijo Trevor al marcharse—; vuelvo enseguida.
       El viejo mendigo aprovechó la ausencia de Trevor para descansar un ratito en un banquillo de madera. Tenía un aspecto tan mísero y abatido que Hughie no pudo por menos que compadecerse, y palpó sus bolsillos para ver cuánto dinero le quedaba. No pudo reunir más que una libra y unas monedas de cobre. «¡Desdichado! —se dijo—. Más falta le hace a él que a mí, aunque implica que este mes ya no podré tomar más coches». Y, cruzando el estudio, deslizó la libra esterlina en la mano del mendigo.
       El viejo se estremeció, y una leve sonrisa vagó por sus labios ajados.
       —Gracias, señor —dijo—; muchas gracias.
       En aquel momento volvía Trevor, y Hughie se despidió de él un tanto azorado por lo que acababa de hacer. Pasó el resto del día con Laura, que le echó una encantadora reprimenda por su prodigalidad, y al marcharse tuvo que volver a pie a su casa.
       Aquella noche se le ocurrió entrar a las once en el Palette Club, y encontró a Trevor en el salón de fumar, frente a una copa de vino del Rin con soda.
       —Qué, Alan —le preguntó Hughie, encendiendo un cigarrillo—: ¿acabaste el cuadro?
       —Lo terminé, y ya está enmarcado, amigo —contestó Trevor—. Y a propósito: has hecho una conquista; el modelo que viste esta mañana está encantado contigo. No he tenido más remedio que hablarle de ti y contárselo todo… Quién eres, tus rentas, tus proyectos para el porvenir…
       —Pero, ¡mi querido Alan! —replicó Hughie—, ¿qué has hecho? Estoy seguro de que voy a encontrármelo de guardia en la puerta cuando vuelva a mi casa. Supongo que hablarás en broma. ¡Pobre hombre! Quisiera poder hacer algo por él. Encuentro terrible que pueda ser uno tan desdichado en este mundo. Quizá todavía pueda ayudarle algo más. Tengo bastante ropa vieja en casa, y si tú crees que puede convenirle… Me parece que sí, pues el traje que lleva se le cae a pedazos.
       —¡Pero si le sentaba admirablemente! —dijo Trevor—. Yo no le haría nunca un retrato en levita. Lo que tú llamas andrajos, yo lo llamo pintoresco. Lo que a ti te parece pobreza, para mí es sabor local. Sin embargo, le hablaré de tu ofrecimiento.
       —¡Alan! —dijo Hughie en tono serio—, los pintores no tenéis corazón.
       —Un artista tiene el corazón en la cabeza —replicó Trevor—. Además, nuestra misión consiste en contemplar el mundo tal como es, y no en reformarlo por lo que de él sabemos. À chacun son métier
[cada uno a su oficio]. Y ahora dame noticias de Laura. El viejo modelo se ha interesado mucho por ella.
       —¡No querrás decir que le has hablado de ella! —exclamó Hughie.
       —Pues claro que sí; sabe ya todo lo del coronel inflexible, lo de la encantadora Laura y lo de las diez mil libras…
       —¿Le has contado todos mis asuntos privados a ese mendigo? —exclamó Hughie, furioso y con la cara arrebolada.
       —Amigo mío —repuso Trevor, sonriendo—, ese viejo mendigo, como tú dices, es uno de los hombres más adinerados de Europa. Podría comprar todo Londres mañana sin agotar su fortuna. Posee una casa en todas las capitales, cena en vajilla de oro, y puede impedir que Rusia vaya a la guerra si así lo desea.
       —¿Qué quieres decir? —articuló Hughie.
       —Pues lo que has oído —prosiguió Trevor—. El viejo que viste hoy en mi estudio es el barón Hausberg. Es uno de mis mejores amigos, y compra todos mis cuadros. Hace un mes quiso que le pintase un retrato vestido de mendigo. Que voulez-vous? La fantaisie d’un millionnaire! Pero hay que reconocer que tenía un aspecto magnífico con sus harapos, o, mejor dicho, con los míos, ya que es un traje antiguo que adquirí en España.
       —¡El barón Hausberg! —exclamó Hughie—. ¡Dios mío! Y yo que le di una libra…
       Y se dejó caer en un sillón, confuso y desconcertado.
       —¿Que le diste una libra? —gritó Trevor, riendo a carcajadas—. Pues no volverás a verla, chico, pues son affaire c’est l’argent des autres
[su negocio está en el dinero de los demás].
       —Creo que debías habérmelo advertido, Alan —dijo Hughie con tono malhumorado—, en vez de dejarme cometer esa ridícula tontería.
       —Vamos, Hughie —replicó Trevor a modo de disculpa—; nunca se me hubiera ocurrido que fueses repartiendo tan generosas limosnas. Comprendería que besaras a una bella modelo, pero que dieses una libra a uno tan feo… Además, esta mañana mi puerta estaba cerrada para todo el mundo, y cuando llegaste, con la sorpresa del primer momento, pensé si le gustaría al barón que le presentase vestido como estaba…
       —Estoy seguro de que se habrá burlado de mí para sus adentros —dijo Hughie, disgustado.
       —Nada de eso. Estaba encantado cuando te marchaste. No hacía más que hablar en voz baja y frotarse sus viejas manos arrugadas. Me pregunté extrañado por qué le interesaba tanto todo cuanto a ti se refería; pero ahora lo veo con claridad. Va a invertir esa libra que le diste, Hughie, y cada semestre te enviará los intereses. Es lo menos que puede hacer a cambio de una magnífica anécdota para contar a los postres.
       —Soy un desgraciado —refunfuñó Hughie—. Lo mejor que puedo hacer es marcharme a dormir. En cuanto a ti, querido Alan, te suplico que no se lo cuentes a nadie, porque no podría volver a aparecer en público.
       —¡Qué tontería! Eso hace el mayor honor a tu espíritu filantrópico. Bueno, no eches a correr. Coge otro cigarrillo y háblame de Laura todo lo que quieras.
       Pero, a pesar de su petición, Hughie no quiso quedarse; se despidió de Alan, dejándole con un ataque de risa, y se dirigió a su casa.
       A la mañana siguiente, cuando estaba desayunando, el criado le pasó una tarjeta en la que leyó estas palabras: «Monsieur Gustave Naudin, de la part de M. el barón Hausberg». «Supongo que vendrá a pedirme una explicación», pensó Hughie, y ordenó al criado que hiciera pasar a aquel caballero.
       Entró un señor viejo, con gafas de oro y pelo gris, que preguntó con un ligero acento francés:
       —¿Es el señor Erskine a quien tengo el honor de dirigirme?
       Hughie se inclinó, asintiendo.
       —Vengo de parte del barón Hausberg —prosiguió el recién llegado—. El barón…
       —Le ruego, caballero, que presente usted al barón mis más sinceras excusas… —balbució Hughie.
       —El barón —añadió el viejo, sonriendo— me ha encargado que le entregue a usted esta carta…
       Y le alargó un sobre lacrado sobre el cual estaban escritas las siguientes palabras: «Regalo de boda ofrecido a Hughie Erskine y a Laura Merton por un viejo mendigo». Dentro de aquel sobre había un cheque por valor de diez mil libras.
       Cuando se celebró la boda, Alan Trevor actuó de padrino, y el barón pronunció un discurso en el banquete nupcial.
       —Millonarios modelos —observó Alan— son ya una cosa rarísima; ¡pero modelos millonarios son más raros aún!



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