Philip Roth
(Nueva Jersey, Estados Unidos, 1933)


Goodbye, Columbus (1959)
(“Goodbye, Columbus”)
Originalmente publicado en la revista The Paris Review (Núm. 20, Otoño-Invierno 1958-1959)
Goodbye, Columbus and Five Short Stories (1959)


1

      La primera vez que la vi, Brenda me pidió que le sujetase las gafas; luego dio unos pasos, hasta situarse en el borde del trampolín, y miró la piscina con ojos de no ver nada; podrían haber quitado el agua, que Brenda, de puro miope, no se habría enterado. Se lanzó con mucho estilo y un momento después ya estaba nadando hacia el lateral de la piscina, con la cabeza de pelo muy corto, color caoba, erguida y estirada hacia adelante, como una rosa en lo alto de un tallo muy largo. Se subió al borde, deslizando el cuerpo, y en seguida la tuve al lado. «Gracias», me dijo, con los ojos acuosos, aunque no por el agua. Alargó una mano y recogió las gafas, pero no se las puso hasta dar media vuelta y echar a andar. Me quedé mirándola mientras se alejaba. De pronto, hicieron aparición sus manos, detrás de ella. Se agarró el fondillo del bañador con el pulgar y el índice y colocó en el lugar que le correspondía la carne que quedaba expuesta. Me dio un brinco la sangre.
       Aquella noche, antes de cenar, la llamé.
       —¿A quién llamas? —me preguntó la tía Gladys.
       —A una chica que he conocido hoy.
       —¿Te la presentó Doris?
       —Doris no me presentaría ni al que limpia la piscina, tía Gladys.
       —No estés criticándola todo el tiempo. Una prima es una prima. ¿Cómo la conociste, a la chica esa?
       —No la he conocido, en realidad. La he visto.
       —¿Quién es?
       —Se apellida Patimkin.
       —No me suena, Patimkin —dijo la tía Gladys, como si conociera a todos y cada uno de los miembros del Club de Campo Green Lane. ¿Vas a llamarla sin conocerla?
       —Sí —le expliqué. Yo mismo me presentaré.
       —Estás hecho un Casanova —dijo ella, y siguió preparándole la cena a mi tío.
       Nunca cenábamos juntos: la tía Gladys lo hacía a las cinco en punto, mi prima Susan a las cinco y media, yo a las seis, y mi tío a las seis y media. No hay nada que lo explique, salvo el detalle de que mi tía está loca.
       —¿Dónde está la guía de teléfonos del extrarradio? —le pregunté, tras haber sacado una por una todas las guías de debajo de la mesita del teléfono.
       —¿Qué?
       —La guía de teléfonos del extrarradio. Quiero llamar a Short Hills.
       —¿La guía esa tan finita? No tengo por qué abarrotar la casa con cosas así. No la uso nunca.
       —¿Dónde está?
       —Debajo del aparador con la pata rota.
       —Por Dios —dije yo.
       —Mejor llama a información. La vas a sacar de un tirón y me vas a dejar revueltos los cajones del aparador. Y no me des la lata ahora, que va a llegar tu tío en cualquier momento y todavía no te he puesto la comida a ti.
       —Tía Gladys, ¿por qué no cenamos todos juntos esta noche? Hace calor, te costará menos trabajo.
       —Claro, y servir cuatro platos distintos al mismo tiempo. Tú comes la carne en estofado, Susan con requesón, Max en filete. El viernes es su noche de filete, no voy a negársela. Y yo comeré un poco de pollo frío. ¿Quieres que me pase el rato levantándome y sentándome? ¿Qué te crees que es esto, un asilo?
       —¿Por qué no comemos todos filete, o pollo frío…?
       —Me vas a enseñar tú a llevar una casa, a estas alturas. Anda y llama a tu amiguita.
       Pero Brenda Patimkin no estaba en casa cuando la llamé. Cena en el club, me explicó una voz. ¿Volverá más tarde (mi voz era dos octavas más alta que la de un niño de coro)? No sé, dijo la voz, puede que vaya al golf a hacer unas bolas. ¿De parte de quién? Farfullé unas palabras: no me conoce, llamaré otro día, no, ningún recado, muchas gracias, perdone la molestia… Colgué en algún momento de ese discurso. En seguida me llamó mi tía y me armé de valor para cenar.
       Puso el ruidoso ventilador a toda potencia, haciendo así que el aire moviera el cable colgante de la lámpara de la cocina.
       —¿Qué refresco quieres? Tengo ginger ale, soda normal, frambuesa y puedo abrirte una botella de sabor vainilla.
       —Nada, gracias.
       —¿Quieres agua?
       —No bebo en las comidas. Tía Gladys, llevo un año diciéndotelo, sin faltar un día.
       —Max sería capaz de beberse una caja entera nada más que con el hígado picado. Se pasa el día dando el callo. Si trabajaras más, beberías más.
       Directamente del fogón, llenó un plato de carne estofada, salsa, patatas hervidas, guisantes y zanahorias. Me lo puso delante y noté en el rostro el calor de los alimentos. Luego cortó dos trozos de pan de centeno y me los puso al lado, encima de la mesa.
       Partí una patata en dos, con el tenedor, y me la comí, bajo la atenta mirada de la tía Gladys, que se me había sentado delante.
       —No quieres pan —dijo. Una vez cortado, se echa a perder.
       —Sí quiero pan —dije.
       —No te gusta el de semillas, ¿verdad?
       Partí en dos un pedazo de pan y me lo comí.
       —¿Qué tal la carne? —preguntó ella.
       —Bien. Está bien.
       —Te llenas la barriga a fuerza de pan y de patatas y luego te dejas la carne y tengo que tirarla.
       De pronto, se levantó de un salto.
       —¡La sal!
       Volvió con el salero y me lo puso delante —en su casa no se servía pimienta: había oído decir en un programa de televisión, el Galen Drake, que el organismo no la absorbía, y a la tía Gladys no le hacía ninguna gracia pensar que algo servido por ella pudiera recorrer el gaznate, el estómago y los intestinos por el mero gusto de viajar.
       —¿No te vas a comer más que los guisantes? Me lo hubieras dicho, y no los habría comprado con las zanahorias.
       —Me encantan las zanahorias —dije. Me encantan.
       Y, para demostrárselo, me zampé la mitad de ellas y me tiré la otra mitad encima de los pantalones.
       —¡Guarro! —dijo ella.
       Me gusta mucho el postre, sobre todo cuando hay fruta, pero preferí saltármelo. Quería, en esta cálida noche, evitar que la conversación girase en torno a mi inclinación por la fruta natural en vez de la fruta en conserva, o por la fruta en conserva en vez de la natural; fuera cual fuese mi preferencia, la tía Gladys siempre tenía la nevera repleta de la otra, como de diamantes robados.
       —Quiere melocotón en almíbar, y yo tengo la nevera llena de uvas que hay que comerse ya…
       Para la pobre tía Gladys, la vida consistía en tirar: sus mayores alegrías eran sacar la basura, vaciar la despensa y hacer paquetes de ropa usada para quienes seguía llamando los Judíos Pobres de Palestina. Espero que la muerte la sorprenda con la nevera vacía, porque, si no, le va a chafar la eternidad a todo el mundo, venga a darle vueltas a lo mismo, que si el Velveeta se me estará poniendo verde, que si las naranjas nável se estarán empocheciendo por la parte de abajo.
       Volvió a casa el tío Max, y yo, mientras marcaba otra vez el número de Brenda, oí que en la cocina estaban abriendo botellas de soda. La voz que me contestó esta vez era aguda y cortante, y sonaba cansada.
       —Diga.
       Me embarqué en mi discurso:
       —Hola-Brenda-Brenda-no-me-conoces-quiero-decir-no-sabes-cómo-me-llamo-pero-soy-el-que-te-guardó-las-gafas-esta-tarde-en-el-club… Me-pediste-que-te-las-guardara-no-soy-socio-mi-prima-Doris-Doris-Klugman-le-pregunté-quién-eras…
       Tomé aliento, le di oportunidad de decir algo y luego seguí adelante, en respuesta al silencio del otro lado del hilo:
       —¿Sabes qué Doris? La que se pasa los días leyendo Guerra y paz. Así se sabe que estamos en verano, viendo que Doris está leyendo Guerra y paz.
       Brenda no se rió: fue, desde el principio, una chica seria y sensata.
       —¿Cómo te llamas? —me preguntó.
       —Neil Klugman. Estaba en el borde de la piscina y te guardé las gafas, ¿te acuerdas?
       Me contestó con una pregunta de su propia cosecha, una pregunta como para poner nervioso a cualquiera, guapo o feo.
       —¿Qué aspecto tienes?
       —Soy… moreno.
       —¿Eres negro?
       —No —dije.
       —¿Qué aspecto tienes?
       —¿Puedo ir a verte esta noche, y así lo compruebas?
       —Muy bien —rio. Esta noche juego al tenis.
       —Tenía entendido que ibas al golf, a hacer unas bolas.
       —Ya las he hecho.
       —¿Qué tal después del tenis?
       —Estaré toda sudada —dijo Brenda.
       No era para que me tapase la nariz y echara a correr en la dirección opuesta; era un hecho que, al parecer, a Brenda no le molestaba, pero que deseaba hacer constar.
       —No me importa —afirmé, esperando que el tono en que lo estaba diciendo me situaría en una posición equidistante de lo aprensivo y de lo asqueroso. ¿Puedo recogerte?
       Tardó un minuto en contestar; la oí rezongar: «Doris Klugman, Doris Klugman…». Al final dijo:
       —Sí: Briarpath Hills, 815.
       —Llevo un Plymouth marrón claro —me callé el año de fabricación. Te lo digo para que me conozcas. ¿Cómo te conozco yo a ti? —añadí, con una risita taimada y espantosa.
       —Por el sudor —dijo ella, tras lo cual colgó.

       Una vez fuera de Newark, pasados Irvington y la maraña de vías férreas, casetas de guardagujas, almacenes de madera, Dairy Queens y tiendas de compraventa de automóviles de segunda mano, la noche empezó a refrescar. Era, de hecho, como si los sesenta metros de desnivel que hay entre Newark y el extrarradio bastaran para conducirlo a uno más cerca del cielo, porque el propio sol aumentaba de tamaño, se situaba más bajo en el horizonte y daba la impresión de ser más redondo, y pronto fui bordeando con el coche extensas praderas que parecían regarse solas, casas sin gente sentada a la puerta, con las luces encendidas pero con las ventanas cerradas, porque los de dentro, reacios a compartir la enjundia de la vida con los de fuera, regulaban mediante un mecanismo la cantidad de humedad autorizada a entrar en contacto con sus epidermis. No eran más que las ocho y no quería llegar demasiado temprano, de modo que me puse a recorrer calles con nombres de instituciones docentes de la costa Este, como si la comunidad local, años atrás, cuando les puso nombre a las cosas, ya tuviera planificado el destino de los futuros hijos de sus residentes. Supuse que la tía Gladys y el tío Max estarían compartiendo una Mounds de chocolate en la cenicienta oscuridad de su callejón, en sillas playeras, acogiendo cada pequeña ráfaga de suave brisa como un verdadero anticipo de la vida eterna, y al cabo del rato me adentré con el coche por los senderos de grava del pequeño parque donde Brenda jugaba al tenis. Ahí, en la guantera, era como si el Plano de las calles de Newark se hubiera metamorfoseado en una jaula de grillos, porque esas calles alquitranadas y largas, de más de un kilómetro, ya no existían para mí, y los ruidos nocturnos me sonaban tan alto como la sangre que me golpeaba las sienes.
       Aparqué el coche bajo el toldo verde y negro que formaban tres robles y me puse en marcha en dirección al ruido de las pelotas de tenis. Me llegó una voz exasperada que decía: «¡Otra vez iguales!». Era Brenda, y sonaba a estar sudando copiosamente. Seguí avanzando por el camino de guijarros, y volvió a llegarme la voz de Brenda: «Ventaja mía»; y, en seguida, mientras tomaba la curva del camino, llenándome de abrojos los bajos del pantalón, oí: «¡Juego!». Lanzó la raqueta al aire y la recogió limpiamente, justo en el momento en que yo hacía aparición.
       —Hola —saludé.
       —Hola, Neil. Un juego más —me respondió.
       Estas palabras le sentaron muy mal a la contrincante de Brenda, una chica guapa, de pelo castaño, no tan alta como Brenda, que dejó de buscar la bola que se le había colado hacia el fondo de la pista y nos lanzó una mirada envenenada a Brenda y a mí. No tardé en averiguar la razón: Brenda iba ganando por cinco a cuatro, y afirmar que sólo les quedaba un juego era una arrogancia como para que nosotros dos también nos enfadáramos.
       Ocurrió que sí, que Brenda ganó, pero que le llevó más juegos de los previstos. La otra chica, que se llamaba algo parecido a Simp, quiso dejar el partido en seis a seis, pero Brenda, cambiando de pie, corriendo, de puntillas, se negó a parar, y yo, al final, lo único que veía en la oscuridad era un atisbo de sus gafas, el broche de su cinturón, sus calcetines, sus zapatillas y, de vez en cuando, la pelota. Cuanto más oscuro se hacía, mayor era la furia con que Brenda subía a la red, lo cual resultaba curioso, porque antes, con más luz, me había parecido que tendía a permanecer al fondo de la pista, y cuando tenía que subir corriendo, para rematar un lob, no daba la impresión de que le gustase mucho tener tan cerca la raqueta de su contrincante. Ponía mucha pasión en ganar cada punto, pero más aún en mantener incólume su belleza. Llegué a sospechar que la marca roja de un pelotazo en la mejilla podía hacerle bastante más daño que perder todos los puntos del mundo. La oscuridad la impulsaba, no obstante, y empezó a golpear con más fuerza, y llegó un momento, al final, en que Simp ya no podía con sus piernas. Cuando todo acabó, Simp rechazó mi ofrecimiento de llevarla en coche a casa, poniendo en general conocimiento, en un lenguaje tomado, sin duda, de alguna antigua película de Katherine Hepburn, que podía apañárselas sola: su villa, al parecer, no estaba mucho más allá de la siguiente mata de brezos. Era obvio que yo no le gustaba, ni ella a mí, sólo que a mí me importaba mucho más que a ella.
       —¿Quién es?
       —Laura Simpson Stolowitch.
       —¿Por qué no la llamas Stolo? —le pregunté.
       —Simp es su nombre de Bennington. La simplona.
       —¿Estudias en Bennington? —le pregunté.
       Se secaba el sudor con el faldón del polo.
       —No. En Boston.
       Me cayó mal su respuesta. Cuando alguien me pregunta que dónde estudié, siempre lo digo a la primera: en los colleges de Newark, Universidad de Rutgers. Quizá me pase un poco en el énfasis, al decirlo, quizá lo diga demasiado deprisa, demasiado como dejándolo caer, pero lo digo. Por un instante, Brenda me hizo pensar en las cabronas esas de Montclair, tan chatitas ellas, que vienen a la biblioteca durante las vacaciones y, mientras yo les sello los libros, se quedan ahí tirándose de esas bufandas gigantescas que llevan, hasta conseguir que les lleguen a los tobillos, y mientras se pasan el rato haciendo alusiones a Boston y a New Haven.
       —¿En la Universidad de Boston? —le pregunté, con la mirada puesta en los árboles.
       —Radcliffe.
       Seguíamos en la cancha, de pie, con un rectángulo de líneas blancas limitándonos por todas partes. Alrededor de los matorrales que cerraban la pista, las luciérnagas trazaban ochos en el aire, que olía a espino; y, de pronto, mientras acababa de tenderse la noche, las hojas de los árboles resplandecieron por un instante, como si acabara de lloverles encima. Brenda salió de la pista, conmigo detrás, a un paso. Ahora ya me había acostumbrado a la oscuridad, y Brenda había dejado de ser mera voz, para convertirse de nuevo en figura física, de modo que parte de mi enfado por lo de «Boston» se esfumó, y permití que volviese a gustarme. Ahora no se tiraba del fondillo del calzón, pero sus formas, cubiertas o no, se dejaban adivinar, bajo el ceñimiento de los bermudas color caqui. Se veían dos triángulos de humedad en la espalda de su polo de cuello diminuto, exactamente donde habría tenido las alas, si las hubiera tenido. Llevaba —digamos, para completar la descripción—, un cinturón a cuadros escoceses, calcetines blancos y zapatillas de tenis, también blancas.
       Sin dejar de caminar, cerró la cremallera de la funda de la raqueta.
       —¿Te estás muriendo de ganas de volver a tu casa? —le dije.
       —No.
       —Vamos a sentarnos un rato aquí. Se está muy bien.
       —Vale.
       Nos sentamos en un talud de hierba lo suficientemente inclinado como para dar la impresión de que nos tendíamos en el suelo, pero sin tendernos en realidad. Por la inclinación que adoptamos, era como si nos dispusiéramos a contemplar algún evento celestial, el bautizo de una nueva estrella, el inflamiento a todo su tamaño de una luna a medio llenar. Brenda abría y cerraba la cremallera de la funda mientras hablaba; por primera vez, me pareció algo nerviosa. Su nerviosismo puso en marcha el mío, de modo que ahora ya, por arte de magia, estábamos dispuestos para algo sin lo cual, en apariencia, bien podríamos haber pasado: un encuentro.
       —¿Qué aspecto tiene tu prima Doris? —me preguntó.
       —Es morena…
       —¿Es…?
       —No —dije. Tiene pecas y el pelo negro, y es muy alta.
       —¿Dónde estudia?
       —En Northampton.
       No hizo ningún comentario, y me quedé sin saber hasta qué punto había comprendido lo que quería decirle.
       —Pues me parece que no la conozco —dijo, transcurrido un momento. ¿Es nueva en el club?
       —Supongo. Hace sólo un par de años que se mudaron a Livingston.
       —Ah.
       No apareció ninguna estrella nueva, o no, al menos, durante los cinco minutos siguientes.
       —¿Recuerdas que te guardé las gafas? —le dije.
       —Sí, ahora sí me acuerdo —dijo ella. ¿Tú también vives en Livingston?
       —No. En Newark.
       —Nosotros vivimos en Newark cuando yo era pequeña —concedió.
       —¿Quieres volver a casa?
       De pronto, me había enfadado.
       —No. Vamos a andar un rato.
       Brenda le pegó una patada a una piedra, caminando un paso por delante de mí.
       —¿Por qué no subes a la red hasta que todo se pone oscuro? —le pregunté.
       Se volvió hacia mí y me sonrió.
       —¿Te has fijado? La simplona de Simp no se ha dado cuenta.
       —¿Por qué es?
       —No quiero acercarme demasiado, si no estoy segura de que no va a devolverme la pelota.
       —¿Por qué?
       —Por la nariz.
       —¿Cómo dices?
       —Me da miedo, por la nariz. La tengo operada.
       —¿Cómo dices?
       —Que me arreglaron la nariz.
       —¿Qué le pasaba?
       —Tenía un bulto.
       —¿Muy grande?
       —No —dijo ella. Era bien guapa, pero ahora soy más guapa todavía. A mi hermano se la van a operar en otoño.
       —¿También él quiere ser más guapo?
       No contestó y volvió a adelantárseme un paso.
       —No pretendo hacerme el gracioso. Quiero decir que por qué se opera.
       —Porque quiere… Como no se meta a profesor de educación física… Pero no, no se meterá a profesor de educación física —dijo. Todos nos parecemos a mi padre.
       —¿Y tu padre no se piensa operar?
       —¿Por qué tienes que ser tan desagradable?
       —Ha sido sin querer. Perdona.
       Mi siguiente pregunta vino motivada por el deseo de parecer interesado y, así, regresar al terreno de la buena educación; no me salió como esperaba: la expuse en un tono de voz demasiado alto.
       —¿Cuánto cuesta?
       Brenda dejó pasar un momento, pero luego dijo:
       —Mil dólares. Si no acudes a un carnicero.
       —Déjame ver si te ha valido la pena.
       Se volvió de nuevo. Se detuvo junto a un banco y en él depositó la raqueta.
       —Si te permito darme un beso, ¿dejarás de ser tan desagradable?
       Tuvimos que dar unos dos pasos de más para impedir que el acercamiento fuera demasiado torpe, pero seguimos el impulso y nos besamos. Noté que me ponía la mano en la nuca y, por consiguiente, la atraje hacia mí, quizá con excesiva fuerza, y le pasé la mano por el costado, hasta rodearle la espalda. Noté las dos zonas de humedad de sus omoplatos y, debajo de éstos, estoy seguro, una leve palpitación, como si algo se agitara en lo más profundo de sus pechos, tanto, que se hacía perceptible a través del polo. Era como un batir de alas, de unas alas diminutas, no mayores que sus pechos. La pequeñez de las alas no me pareció mal: no hacía falta un águila para hacerme subir esos penosos sesenta metros de altitud por cuya causa las noches de verano de Short Hills son mucho más frescas que las de Newark.


2

      Al día siguiente volví a guardarle las gafas a Brenda, pero esta vez no en calidad de sirviente momentáneo, sino de invitado a su casa a pasar la tarde; o quizá de ambas cosas al mismo tiempo, pero no dejaba de ser una mejora. Llevaba un bañador negro e iba descalza; y, entre las demás mujeres, con sus tacones altos y sus pechos encorsetados, sus anillos tamaño nudillo, sus sombreros de paja —que parecían inmensas fuentes de mimbre y que habían sido adquiridos, como oí decir a una señora de voz ronca, bronceada en profundidad, «a un shvartze [en el original, en yiddish: persona de raza negra] monísimo, cuando hicimos escala en Barbados»—, Brenda resultaba elegantemente sencilla, como salida del sueño polinesio de algún marino, sólo que con gafas de sol graduadas y llamándose Patimkin de apellido. Provocó un pequeño surtidor al llegar nadando al borde de la piscina, y en seguida me agarró ambos tobillos con mojada firmeza.
       —Métete —me dijo, bizqueando un poco. Vamos a jugar un rato.
       —Las gafas —le dije.
       —Rómpelas. Las odio con todas mis fuerzas.
       —¿Por qué no te operas de los ojos?
       —Ya estás otra vez.
       —Perdóname —dije. Voy a dárselas a Doris.
       Doris, en la sorpresa del verano, había dejado atrás el fragmento en que el príncipe Andréi abandona a su mujer, y ahora permanecía en silencio, meditando, pero no, como en seguida pudo verse, sobre el solitario destino de la princesa Lisa, sino sobre sus propios hombros, que, según acababa de descubrir, estaban pelándosele.
       —¿Harías el favor de guardar las gafas de Brenda? —le dije.
       —Sí.
       Echó a volar en el aire unas cuantas escamas de carne translúcida.
       —Maldita sea.
       Le tendí las gafas.
       —No, mira —dijo—, por nada del mundo, no voy a tenerlas en la mano. Ponlas ahí en el suelo. No soy su esclava.
       —Eres una tía insoportable, Doris, supongo que ya lo sabes.
       Ahí sentada, se parecía un poco a Laura Simpson Stolowitch, que, de hecho, también andaba por ahí, en la otra punta de la piscina, evitándonos a Brenda y a mí, por culpa (me complacía yo en suponer) de la derrota que Brenda le había infligido la tarde antes; o quizá (me disgustaba a mí suponer) por lo insólito de mi presencia. En cualquier caso, era Doris quien tenía que soportar la carga de mis acusaciones contra ambas, ella y Simp.
       —Muchas gracias —dijo. Te recuerdo que estás aquí porque yo te he invitado.
       —Eso fue ayer.
       —¿Y el año pasado?
       —Es verdad, tu madre también te lo dijo el año pasado: invita al hijo de Esther, no vaya a escribirles a sus padres quejándose de que no le hacemos caso. Me toca un día de invitación al año.
       —Tendrías que haber ido con ellos. No es culpa nuestra. No estás a nuestro cargo.
       Y cuando lo dijo supe que lo había oído en su casa, o leído en alguna carta del correo de los lunes, tras su regreso a Northampton procedente de Stowe, o Dartmouth, o quizá del fin de semana en Lowell House, cuando se duchó con su novio.
       —Dile a tu padre que no se preocupe. Es estupendo, el tío Aaron. Ya me las apañaré yo solo —y volví corriendo a la piscina, salté desde el borde y surgí junto a Brenda como un delfín, rozándole las piernas con las piernas.
       —¿Qué tal Doris? —me preguntó.
       —Está pelándose —le dije. Tendrá que operarse la piel.
       —Ya basta —dijo ella; y se zambulló hacia el fondo, hasta agarrarme las plantas de los pies con ambas manos.
       Me liberé para en seguida sumergirme también y allí, en el fondo, a menos de un palmo de las cuerdas que dividían la piscina en calles, para las competiciones, nos pasamos de boca a boca las burbujas de un beso. Me estaba sonriendo, a mí, allí mismo, en el fondo de la piscina del Club de Campo Green Lane. Por encima de nosotros, revoloteaban las piernas en el agua; y un par de aletas se deslizaron verdemente muy cerca de nosotros. En lo que a mí respectaba, mi prima Doris podía pelarse entera, de pies a cabeza, que me iba a dar lo mismo; y lo mismo iba a darme, también, que la tía Gladys tuviera que servir veinte cenas todas las noches, que mi padre y mi madre —desertores sin un céntimo— se quitaran el asma a fuerza de asarse en el horno de Arizona. A mí lo único que me importaba era Brenda. Intenté acercármela en el preciso momento en que ella iniciaba la ascensión: se me enganchó la mano en la delantera de su bañador y el tejido se apartó de su cuerpo. Sus pechos nadaron hacia mí como dos peces de morro rosado, y Brenda me permitió sostenerlos. Luego, en un instante, fue el sol quien nos besaba a ambos y ya estábamos fuera del agua, demasiado satisfechos mutuamente como para sonreír. Brenda me salpicó la cara al sacudirse el agua del pelo, y con las gotas que me alcanzaron comprendí que acababa de hacerme una promesa válida para todo el verano y, con suerte, prorrogable.
       —¿Quieres las gafas de sol?
       —Con lo cerca que estás, te veo sin ellas —dijo.
       Estábamos bajo una sombrilla grande y azul, en sendas tumbonas paralelas, cuyos asientos de plástico azul crepitaban al rozar con nuestros bañadores y nuestra carne: me volví a mirar a Brenda y me llegó el olor de mis hombros, de cómo ardían al sol. Ambos manteníamos los rostros alzados, para mejor someterlos al sol, y, mientras hablábamos, el aire se hizo más cálido y más brillante, y había un estallido de colores bajo mis párpados cerrados.
       —La cosa va muy deprisa —dijo ella.
       —No ha pasado nada —dije yo, en voz baja.
       —No, digamos que no. Pero tengo la sensación de que sí.
       —¿En dieciocho horas?
       —Sí. Me siento… Perseguida —dijo, tras una pausa.
       —Fuiste tú quien me invitaste a mí, Brenda.
       —¿Por qué siempre me tiene que sonar un poco mal lo que dices?
       —¿Te ha sonado mal? Ha sido sin querer. De veras.
       —¡Pues sí, me ha sonado mal! Fuiste tú quien me invitaste a mí, Brenda. ¿Y qué? —dijo. No era eso lo que quería decir, de todas maneras.
       —Perdóname.
       —Deja ya de pedir perdón. Lo haces de un modo tan automático, que se ve a la legua que no lo sientes.
       —Ahora eres tú la desagradable —le dije.
       —No. Estoy limitándome a exponer los hechos. Vamos a no discutir. El caso es que me gustas.
       Volvió la cabeza y dio la impresión de que también ella hacía una leve pausa para percibir el olor del verano en su carne.
       —Me gusta la pinta que tienes.
       El tono en que lo dijo, como si tal cosa, impidió que me ruborizase.
       —¿Por qué? —le dije.
       —¿De dónde has sacado esos hombros tan bonitos? ¿Haces algún deporte?
       —No. Se me pusieron así según crecía —dije.
       —Me gusta tu cuerpo. Es bonito.
       —Me alegro —dije.
       —A ti te gusta el mío, ¿verdad?
       —No —le dije.
       —Pues te será negado, entonces.
       Le aplasté el pelo contra la oreja con la palma de la mano y permanecimos un rato en silencio.
       —Brenda —dije—: no me has preguntado nada de mí.
       —¿Cómo te sientes? ¿Quieres que te pregunte cómo te sientes?
       —Sí —dije, aceptando la salida que ella me ofrecía, aunque seguramente no por las mismas razones que yo se la había propuesto a ella.
       —Vale: ¿cómo te sientes?
       —Quiero meterme en el agua.
       —Muy bien —dijo ella.
       Pasamos el resto de la tarde en el agua. Había ocho líneas paralelas pintadas en el fondo de la piscina, a todo lo largo, y al final creo que habíamos permanecido un rato en cada una de las calles, tan cerca de las rayas negras como para alargar la mano y tocarlas. Volvíamos a las tumbonas de vez en cuando, a cantar ditirambos —dubitativos, inteligentes, nerviosos, amables— relativos a los sentimientos mutuos que empezábamos a experimentar. De hecho, no los experimentábamos antes de hablarlos, o no yo, al menos: darles forma verbal fue como inventármelos y hacerlos míos. A fuerza de batirla, convertimos nuestra sensación de extrañeza y novedad en una espuma semejante al amor, y no nos atrevíamos a jugar con ella, ni a hablar demasiado de ella, no fuera a ser que se nos bajase y se disolviese. De modo que fuimos pasando de las hamacas al agua, de la conversación al silencio, y, teniendo en cuenta mi insoslayable irritabilidad ante Brenda, y los altos muros de ego que se alzaban, con contrafuertes y todo, entre ella y su conocimiento de sí misma, nos las compusimos bastante bien.
       A eso de las cuatro de la tarde, estando juntos en el fondo de la piscina, Brenda se destrabó de mí, repentinamente, y se lanzó hacia la superficie. Yo la seguí.
       —¿Qué pasa? —le pregunté.
       Primero se apartó el pelo de la frente, de un latigazo. Luego indicó con la mano el fondo de la piscina.
       —Mi hermano —dijo, tosiendo para librarse del agua que había tragado.
       Y de pronto, como Proteo saliendo de las olas, con el pelo al rape. Ron Patimkin surgió de las profundidades que acabábamos de habitar y apareció ante nosotros en toda su inmensidad.
       —Hola, Bren —dijo, y empujó el agua con la palma de la mano abierta, haciendo que un pequeño huracán se abatiera contra Brenda y contra mí.
       —¿Por qué estás tan contento? —le preguntó ella.
       —Los Yankees han ganado dos.
       —¿Va a venir Mickey Mantle a cenar? —dijo ella. Cuando ganan los Yankees —dijo, dirigiéndose a mí, manteniéndose erguida con tanta facilidad que era como si hubiera convertido en mármol el cloro que tenía bajo sus pies—, siempre ponemos un plato de más en la mesa, por Mickey Mantle.
       —¿Te echas una carrera? —le preguntó Ron.
       —No, Ronald. Échala tú solo.
       No se había pronunciado una sola palabra sobre mí. Me mantuve erguido, llamando lo menos posible la atención, como habría hecho cualquiera que no hubiera sido presentado y que no hubiera tenido más remedio que apartarse un poco y callarse. No obstante, estaba un poco cansado con el ajetreo de aquella tarde, y lo que me apetecía era que la hermanita y el hermanito abandonaran lo antes posible sus bromas y sus parloteos. Afortunadamente, Brenda me presentó:
       —Ronald, te presento a Neil Klugman. Neil, te presento a mi hermano, Ronald Patimkin.
       A quien vino a ocurrírsele, allí, en la parte más profunda de la piscina, sacar una mano del agua y tendérmela para que se la estrechara. Logré devolverle el gesto, aunque no tan monumentalmente como él, al parecer, esperaba: la barbilla se me hundió dos o tres centímetros en al agua, y de pronto me hallé totalmente agotado.
       —¿Te echas una carrera? —me preguntó Ronald, muy afablemente.
       —Adelante, Neil, échate una carrera con él. Yo tengo que llamar por teléfono a casa para avisar de que vienes a cenar.
       —¿Voy a cenar en tu casa? Tendré que llamar a mi tía. No me has dicho nada. La ropa que llevo…
       —Cenamos au naturel.
       —¿Cómo? —dijo Ronald.
       —Tú nada, hermanito —le dijo Brenda, y me molestó bastante que le diera un beso en la cara.
       Logré salvarme de la carrera, alegando que yo también tenía que llamar por teléfono y, ya en el borde, alicatado en azul, de la piscina, vi a Ron surcando el agua en pulcras e inmensas brazadas. Le daba a uno la impresión de que en cuanto hiciera media docena de largos se ganaría el derecho a beberse la piscina; supuse que tendría, igual que mi tío Max, una sed colosal y una gigantesca vejiga.
       La tía Gladys no pareció alegrarse cuando le dije que sólo tendría que preparar tres cenas esa noche. Todo lo que dijo al teléfono fue «Estupendísimo».
       No comimos en la cocina: lo hicimos, los seis —Brenda, yo, Ron, el señor y la señora Patimkin y Julie, la hermana pequeña de Brenda—, sentados en torno a la mesa del comedor, con la doncella sirviéndonos: Carlota, una negra con cara de india navajo y con los lóbulos de las orejas perforados, pero sin aretes. A mí me sentaron al lado de Brenda, que vestía según su concepto de au naturel: unos bermudas —ceñidos—, un polo blanco, zapatillas de tenis y calcetines, ambos también blancos. Frente a mí cenaba Julie, de diez años, con la carita redonda y despierta, quien, mientras las otras niñas de la calle jugaban todas juntas, o con niños, había estado ensayando golpes de golf en el jardín trasero, con su padre. El señor Patimkin me recordó a mi padre, salvo por el detalle de no envolver cada sílaba en un resuello al hablar. Era fuerte, alto, no gramático y feroz comedor. Cuando le entró a la ensalada —tras haberla rociado previamente de salsa vinagreta embotellada—, se le marcaron las venas bajo la gruesa piel de los antebrazos. Se zampó tres raciones de ensalada. En el caso de Ron, fueron cuatro, y dos en el de Brenda y Julie. La señora Patimkin y yo fuimos los únicos que sólo nos servimos una vez. No me gustó nada la señora Patimkin, a pesar de que era, con diferencia, la persona más agraciada que había en torno a aquella mesa. Fue desastrosamente cortés conmigo y, con sus ojos cárdenos, su pelo oscuro y su cuerpo grande y persuasivo, me produjo la sensación de una beldad prisionera, de una princesa asilvestrada que alguien había domado para ponerla al servicio de la hija del rey, es decir de Brenda.
       Fuera, tras el ventanal panorámico, se veía el jardín trasero, con sus dos robles gemelos. Digo robles, pero, echándole un poco de imaginación, también habría podido llamarlos árboles de los deportes. Bajo sus ramas, como frutos que de ellas acabaran de desprenderse, había dos palos y una pelota de golf, un bote de pelotas de tenis, un bate de béisbol, un balón de basket, un guante de primera base, y algo que a primera vista parecía una fusta. Más allá, llegando a la valla vegetal que circundaba la finca de los Patimkin y delante del pequeño campo de baloncesto, una manta roja con una O blanca cosida en el centro, que parecía arder en llamas sobre la hierba verde. Tenía que hacer viento en el exterior, porque se movía la red de la canasta; dentro cenábamos en la permanente frescura característica de Westinghouse. Era todo un placer, si no teníamos en cuenta el hecho de estar comiendo entre brobdingnags: hubo ratos en que tenía la impresión de que se me habían estrechado diez o doce centímetros los hombros, de que había encogido seis o siete centímetros, y de que me habían extirpado las costillas, por si acaso, haciendo que se me hundiera el pecho hasta confundirse con la espalda.
       No hubo mucha conversación: se trataba de comer a dos carrillos, con método y seriedad, e igual daría citar de golpe todo lo dicho, sin separar las frases, que se perdían en la ingestión de alimentos, en palabras dichas a bocados, con la sintaxis hecha picadillo, por las gargantas abajo.
       A RON: ¿Cuándo va a llamar Harriet?
       RON: A las cinco.
       JULIE: Las cinco ya pasaron.
       RON: Hora de ellos.
       JULIE: ¿Por qué es más temprano en Milwaukee? Si coges un avión y te pasas el día yendo y viniendo, lo mismo no te haces viejo nunca.
       BRENDA: Muy cierto, cariño mío.
       SEÑORA P.: ¿Por qué le dais información errónea a la niña? ¿Para eso va al colegio?
       BRENDA: No tengo ni idea de para qué va al colegio.
       SEÑOR P.: (con gran cariño): Estudiantita mía.
       RON: ¿Dónde se ha metido Carlota? ¡Carlota!
       SEÑORA P.: Carlota, sírvele más a Ronald.
       CARLOTA (sin acercarse): Más ¿de qué?
       RON: De todo.
       SEÑOR P.: A mí lo mismo.
       SEÑORA P.: Van a tener que llevarte rodando por el campo de golf.
       SEÑOR P.: (subiéndose la camisa y dándose palmadas en la corva barriga): ¿Qué dices? ¡Mira esto!
       RON (subiéndose también la camiseta): ¡Y esto!
       BRENDA (a mí): ¿Quieres enseñar tú también el tronco?
       YO (recuperando mi voz de niño de coro): No.
       SEÑORA P.: No te preocupes, Neil.
       YO: Gracias.
       CARLOTA (por encima de mi hombro, como espíritu que nadie ha invocado): ¿Quiere usted un poco más?
       YO: No.
       SEÑOR P.: Parece un pajarito comiendo.
       JULIE: Pues hay pájaros que se hinchan a comer.
       BRENDA: ¿Qué pájaros?
       SEÑORA P.: Vamos a no hablar de animales en la mesa. Brenda, ¿por qué la animas?
       RON: ¿Dónde se ha metido Carlota? Tengo que jugar esta noche.
       SEÑOR P.: No te olvides de vendarte la muñeca.
       SEÑORA P.: ¿Tú dónde vives, Bill?
       BRENDA: Se llama Neil.
       SEÑORA P.: ¿No he dicho Neil?
       JULIE: Has dicho: «¿Tú dónde vives, Bill?».
       SEÑORA P.: Tendría la cabeza en otra parte.
       RON: Odio vendarme. ¿Cómo puñetas voy a jugar con una venda puesta?
       JULIE: Has dicho una palabrota.
       SEÑORA P.: Exactamente.
       SEÑOR P.: ¿Qué está bateando Mantle últimamente?
       JULIE: Trescientos veintiocho.
       RON: Trescientos veinticinco.
       JULIE: ¡Veintiocho!
       RON: ¡Veinticinco, pedazo de tonta! Hizo tres de cuatro en el segundo juego.
       JULIE: Cuatro de cuatro.
       RON: Eso fue un error. Tendrían que habérselo apuntado a Minoso.
       JULIE: No es eso lo que me parece a mí.
       BRENDA (a mí): ¿Ves?
       SEÑORA P.: ¿Qué es lo que tengo que ver?
       BRENDA: Era a Bill.
       JULIE: Neil.
       SEÑOR P.: Cállate y come.
       SEÑORA P.: A ver si parloteamos un poquito menos, señorita.
       JULIE: Yo no he abierto la boca.
       BRENDA: La madre lo decía por mí, hermanita.
       SEÑOR P.: ¿Qué es eso de «la madre»? ¿Desde cuándo llamáis así a vuestra madre? ¿Qué hay de postre?
       Suena el teléfono y, a pesar de hallarnos a la espera del postre, la cena parece haber llegado a su final, oficialmente, porque Ron se levanta y se va a su cuarto, Julie grita «¡Harriet!» y el señor Patimkin no obtiene un éxito completo en su intento de evitar un eructo, aunque la verdad es que ese fracaso contribuye a que me caiga mejor que si lo hubiese conseguido. La señora Patimkin alecciona a Carlota para que no vuelva a mezclar los cubiertos pequeños con los grandes, y Carlota, mientras, se come un melocotón. Por debajo de la mesa, los dedos de Brenda me juguetean en la pantorrilla. Estoy ahíto.

       Nos fuimos a sentar bajo el mayor de los dos robles. En la pista de baloncesto, el señor Patimkin y Julie tiraban a la canasta. En el camino de acceso a la casa, Ron pisó el acelerador del Volkswagen.
       —¿Quiere alguien hacer el favor de quitarme el Chrysler de detrás? —gritó, enfadado. Bastante tarde voy a llegar ya.
       —Perdona —dijo Brenda, levantándose.
       —Creo que yo he aparcado detrás del Chrysler —dije yo.
       —Vamos los dos —dijo ella.
       Retiramos los coches para que Ron pudiera acudir a su partido. Luego los volvimos a aparcar y nos sentamos de nuevo a mirar el peloteo del señor Patimkin y Julie.
       —Me cae bien tu hermana —dije.
       —A mí también —dijo ella. A ver cómo sale, cuando sea mayor.
       —Igual que tú —dije.
       —No sé —dijo ella. Mejor, seguramente.
       Y en seguida añadió:
       —O peor, vaya usted a saber. Mi padre se porta bien con ella, pero todavía le quedan unos años que pasar con mi madre… ¡Mira que llamarte Bill! —dijo, como meditabunda.
       —No me molestó —dije. Es guapísima, tu madre.
       —No consigo ni hacerme a la idea de que es mi madre. Me odia. A las demás chicas, cuando preparan sus cosas, en septiembre, por lo menos sus madres les echan una mano. A mí no, la mía. Está ocupadísima, sacándoles punta a los lápices de Julie, mientras yo trasteo con el baúl en mi cuarto. Y la razón es muy obvia. Es un caso típico.
       —¿Por qué?
       —Porque tiene celos de mí. Suena muy sensiblero y casi me da vergüenza decirlo. ¿Sabes que mi madre tiene el mejor revés de Nueva Jersey? De verdad, era la mejor jugadora de tenis del estado, incluidos los hombres. Tendrías que ver sus fotos de cuando era joven. Era la viva imagen de la salud. Pero no gordita, ni nada de eso. Era conmovedora, en serio. Me encanta, en esas fotos. A veces le digo lo bonitas que me parecen esas fotos. Hasta mandé ampliar una de ellas, para llevármela al college. «Hay otras muchas cosas en que podemos gastar dinero, señorita, antes de malgastarlo en fotos viejas». ¡El dinero! Mi padre está hasta las cejas, de dinero, pero cada vez que me compro algo tengo que oírla a ella: «No tienes por qué ir a Bonwit, señorita; los paños más resistentes se encuentran en Ohrbach». ¿Qué más dará la resistencia? Al final, me salgo con la mía, pero no sin que antes aproveche ella la ocasión para sacarme de quicio. El dinero, en sus manos, es un desperdicio. No sabe disfrutar de él. Para ella es como si siguiéramos viviendo en Newark.
       —Pero te sales con la tuya —le dije.
       —Sí. Por él —y señaló al señor Patimkin, que acababa de hacer su tercera canasta seguida sin tocar el aro, para gran disgusto, al parecer, de Julie, que daba tales patadas en el suelo que logró levantar una pequeña tormenta de polvo en torno a sus perfectas piernas juveniles. No es ninguna lumbrera, pero, eso sí, es muy cariñoso. A mi hermano no lo trata igual que a mí. Gracias a Dios. Mira, estoy harta de hablar de ellos. Desde mi primer año de college, creo que todas las conversaciones que emprendo acaban girando en torno a mis padres y el horror que representan. Es un sentimiento universal. Lo único malo es que ellos no lo saben.
       A juzgar por el modo en que ahora mismo se reían el señor Patimkin y su hija Julie, pocos sentimientos le habrían parecido a uno menos universales; pero, claro, a Brenda sí que le parecía universal, más que universal, incluso, rayano en lo cómico: hacía que cada jersey de cachemira se trocase en una batalla con su madre, otorgando de paso a su vida —que, estaba seguro, consistía, sobre todo, en prospectar el mercado en busca de los tejidos más suaves para la epidermis— el carácter de una guerra de los Cien Años…
       Yo no tenía intención de permitirme tanta infidelidad mental como para ponerme de parte de la señora Patimkin, hallándome sentado en el suelo a la vera de Brenda, pero no conseguía alejar de mi elefantino magín lo de «para ella es como si siguiéramos viviendo en Newark»… No dije nada, sin embargo, por miedo a que mi salida de tono hiciera trizas la intimidad y el sosiego de después de cenar en que nos encontrábamos. Antes, qué fácil nos había resultado la intimidad, con el agua llamando en todos nuestros poros, ocupándose de ellos; y, luego, con el sol también a cada poro, drogándonos los sentidos; pero, ahora, a la sombra y bajo cobijo, al fresco y con toda la ropa puesta, en territorio de Brenda, no deseaba pronunciar una sola palabra que tirase de la manta y dejase al descubierto ese feo sentimiento que siempre me provocaba Brenda y que subyace en el amor. Aunque no seguirá así, por debajo, para siempre… Pero me estoy adelantando a los acontecimientos.
       De pronto me encontré con la pequeña Julie delante:
       —¿Quieres jugar un rato? Papá se ha cansado ya —me dijo.
       —Venga —me gritó el señor Patimkin—, termina tú por mí.
       Dudé un poco: llevaba desde el instituto sin tocar un balón, pero Julie me tiraba de la mano y Brenda dijo:
       —¡Adelante!
       El señor Patimkin me lanzó la pelota cuando yo no estaba mirando, y me rebotó en el pecho, dejándome una marca redonda de polvo, como la sombra de una luna, en la camisa. Me eché a reír como un loco.
       —¿No sabes cogerla? —dijo Julie.
       Parecía poseer en común con su hermana ese toque especial para hacer preguntas tan simplistas como irritantes.
       —Sí.
       —Te toca a ti —dijo ella. Gano yo por cuarenta y siete a treinta y nueve. Gana quien llegue antes a los doscientos.
       Por un instante, cuando puse la punta de los pies en la pequeña zanja que, con los años, se había instituido en línea de lanzamiento, tuve una de esas ensoñaciones diurnas que se me presentan de pronto y que me hacen migas, poniéndome en los ojos, al decir de mis amigos, una pátina mortal: el sol habrá desaparecido, los grillos habrán venido y se habrán marchado, las hojas habrán oscurecido, y ahí seguiremos Julie y yo, en la cancha, arrojando balones a la canasta. «Gana el primero que llegue a quinientos», diría Julie; y luego, cuando me hubiese ganado a quinientos, diría, «ahora tienes que llegar tú», y yo lo haría, y la noche se iría alargando, y ella diría, «gana quien antes llegue a ochocientos», y seguiríamos jugando y luego serían mil cien y seguíamos jugando y nunca amanecía.
       —Tira —dijo el señor Patimkin. Estás jugando por mí.
       Aquello me desconcertó, pero el caso fue que lancé el balón y, por supuesto, fallé. Con la ayuda del Señor y de un poco de viento, metí el segundo tiro.
       —Ahora tienes cuarenta y uno. Me toca a mí —dijo Julie.
       El señor Patimkin se sentó en la hierba, al otro lado de la cancha. Se quitó la camisa y así, en camiseta, sin afeitar, tenía toda la pinta de un camionero. La vieja nariz de Brenda le sentaba bien. Tenía un abultamiento, desde luego: en lo alto del puente, era como si le hubiesen incrustado bajo la piel un diamante octaédrico. Sabía que el señor Patimkin nunca se molestaría en hacer que le quitaran la piedra de la cara, y, sin embargo, con gusto y con orgullo, había pagado para que le quitasen el diamante a Brenda y lo tirasen por algún váter del Hospital de la Quinta Avenida.
       Julie falló el tiro, y he de reconocer que el corazón me dio un ligero saltito de alegría.
       —Dale un poco de efecto —le dijo el señor Patimkin.
       —¿Puedo repetirlo? —me preguntó ella.
       —Sí.
       Bueno, pues con tanta ayuda paterna en la banda, y tanta benevolencia mía en la cancha, no parecían muy grandes mis posibilidades de remontar el tanteo. Y de pronto me apeteció, quise ganar, dejar tirada en el suelo a la pequeña Julie. Brenda estaba apoyada en un codo, bajo el árbol, masticando una hoja, mirando. Y allá a lo lejos, en la casa, vi correrse las cortinas de la cocina, ahora que el sol estaba demasiado bajo como para imponerse al alumbrado eléctrico, y la señora Patimkin seguía con la mirada puesta en nuestro juego. En ese momento apareció Carlota en la escalinata trasera, comiéndose un melocotón y con un cubo de basura en la mano libre. También se paró a mirar.
       Me tocaba otra vez a mí. Fallé el tiro y, muy risueño, le pregunté a Julie:
       —¿Puedo repetirlo?
       —¡No!
       Así me enteré de qué iba la cosa. El señor Patimkin llevaba enseñándoles a sus hijas que los tiros libres les correspondían por derecho propio, porque su padre podía pagárselos. Yo, no obstante, con todos los ojos de Short Hills puestos en mí —matronas, criadas y proveedores—, de algún modo comprendí que no podía pagármelos. Pero tenía que hacerlo, y lo hice.
       —Muchas gracias, Neil —dijo Julie al terminar el partido, en 100, con los grillos cantando ya.
       —De nada.
       Bajo los árboles, Brenda sonreía:
       —¿Te has dejado ganar?
       —Creo —dije. No lo sé seguro.
       Algo hubo en mi voz que impulsó a Brenda a decir, para reconfortarme:
       —Hasta Ron la deja ganar.
       —Todo son amabilidades, con Julie.


3

       A la mañana siguiente, encontré aparcamiento en la calle Washington, justo enfrente de la biblioteca. Llegaba con veinte minutos de adelanto, de modo que decidí darme una vuelta por el parque, en vez de cruzar la calle y meterme en el trabajo: no me apetecía especialmente la compañía de mis colegas, que en aquel momento estarían tomándose el primer café de la mañana en la sala de encuadernaciones, oliendo aún a todo el zumo de naranja que se habían bebido durante el fin de semana en Asbury Park. Me senté en un banco y me puse a contemplar la calle Broad y su tráfico mañanero. Los trenes de cercanías de Lackawanna entraban con estruendo un poco más hacia el norte, a unas cuantas bocacalles, y se oían bien desde donde yo estaba, o eso me pareció: los luminosos vagones verdes, viejos y limpios, cuyas ventanillas podían bajarse del todo. A veces, por las mañanas, cuando me tocaba matar un poco el tiempo antes de entrar a trabajar, me acercaba a las vías y miraba pasar las ventanillas abiertas y apoyados en sus bordes los codos de trajes tropicales o el perfil de los maletines, pertenecientes a hombres de negocios que llegaban de Maplewood, de las montañas Orange y de otras localidades aledañas.
       El parque, que limita con la calle Washington por el oeste y con la calle Broad por el este, se hallaba vacío, y en él prevalecía la sombra, y olía a árboles, a noche, a deposiciones caninas; y había también un leve olor a humedad, señal de que el enorme camión de la limpieza, con su chorro de agua, ya había pasado, empapando y batiendo las calles del centro. Calle Washington abajo, a mi espalda, estaba el Museo de Newark: lo veía sin necesidad de mirarlo: dos vasijas orientales en la fachada, como escupideras de rajá, y al lado el pequeño anexo que de niños veníamos a visitar en autobús. El anejo era un edificio de ladrillo visto, antiguo, cubierto de parra virgen, y siempre me hacía pensar en lo vinculado que estaba Nueva Jersey con el nacimiento del país, con George Washington, que había utilizado este mismo parque donde ahora estoy —según nos contaba a los niños una plaquita de bronce— como campo de instrucción de su belicoso ejército. En el extremo más alejado del parque, detrás del museo, estaba el inmueble del banco en que yo cursé mis estudios. Hacía unos años que lo había convertido en una extensión de la Universidad de Rutgers; de hecho, en lo que fue sala de espera del presidente del banco yo había seguido un curso de Cuestiones de Moral Contemporánea. Aunque estábamos en verano, ahora, y yo ya llevaba tres años fuera del college, no me costaba ningún trabajo recordar a los demás compañeros, amigos míos, que trabajaban por las noches en Bamberger’s y en Kresge’s y que se pagaban las clases prácticas con las comisiones que obtenían vendiendo zapatos de señora pasados de moda. Y entonces volví a poner los ojos en la calle Broad. Encajada entre una costrosa librería y un restaurantillo de mala muerte, se veía la marquesina de un cine de arte y ensayo: cuántos años habían transcurrido desde el día en que estuve bajo esa marquesina, dando un falso año de nacimiento, para ver a Hedy Lamarr nadar desnuda en Éxtasis; y la desilusión que me llevé luego, tras haberle pagado un cuarto de dólar de más al acomodador, al comprobar la frugalidad de sus eslavos encantos… Aquí, sentado en el parque, captaba en toda su profundidad mi conocimiento de Newark, mi relación con este sitio, tan profunda, que no podía sino desembocar en afecto.
       De pronto dieron las nueve y todo echó a correr. Chicas con los tobillos temblorosos giraban con las puertas del edificio de teléfonos, en la acera de enfrente, el tráfico daba unos bocinazos desesperados, los policías ladraban y tocaban el silbato y dirigían a los conductores de aquí para allá. Se abrió de par en par el enorme y oscuro portalón de la iglesia de San Vicente, y los ojos nublados que habían madrugado para oír misa temprana pestañeaban ahora ante la luz. Luego, cuando los feligreses bajaron por la escalinata de la iglesia y se precipitaron calle adelante hacia sus mesas, sus archivadores, sus secretarias, sus jefes y —si el Señor había decidido aliviar un poco la dureza de sus existencias— la comodidad de los acondicionadores de aire bombeando en sus ventanas. Me puse en pie y me encaminé hacia la biblioteca, preguntándome si Brenda estaría despierta ya.
       Los pálidos leones de cemento montaban guardia, poco convincentes, en la escalinata de la biblioteca, padeciendo su habitual combinación de elefantiasis y arteriosclerosis, y yo iba dispuesto a prestarles tan poca atención como les llevaba prestando durante los últimos ocho meses, pero me lo impidió un muchachito de color plantado ante uno de ellos. El león había perdido sus garras el verano pasado ante un safari de delincuentes juveniles, y ahora se alzaba ante él un nuevo torturador, con las rodillas ligeramente flexionadas, y rugiendo. Lanzó un rugido largo, en tono bajo, retrocedió, esperó un poco, volvió a rugir. Luego enderezó la postura y, meneando la cabeza, le dijo al león: «Tío, eres un cobarde», con mucho acento. Y se puso a rugir de nuevo.
       El día empezaba lo mismo que cualquier otro. Atrincherado tras mi mostrador de la planta principal, me puse a mirar a las chicas de pechos erguidos subir con agitación la amplia escalera de mármol que conducía a la sala de lectura principal. La escalinata era imitación de una que había en Versalles, vaya usted a saber dónde, pero estas chicas, hijas de curtidores italianos, obreros polacos de la cerveza o peleteros judíos, no eran precisamente marquesas, con sus taleguillas de torero y sus jerséis. Tampoco eran Brenda: cualquier impulso sexual que ellas me provocaran había de considerarse meramente académico, para pasar el espantoso día. De vez en cuando miraba el reloj, pensando en Brenda, y aguardaba la hora de comer, y luego la de después de comer, cuando me tocaba ocuparme de la Oficina de Información, en el piso de arriba, y John McKee, que sólo tenía veintiún años pero que ya llevaba tiras elásticas en las mangas de la camisa, bajaría ceremoniosamente las escaleras para dedicar toda su asidua atención a ponerles a los libros sus correspondientes sellos de entrada y salida. John MacTiraselásticas era alumno de último curso en el Newark State Teachers’ College, donde estudiaba la clasificación decimal Dewey en que consistiría todo su futuro profesional. A mí me constaba, en cambio, que mi futuro profesional no estaba en la biblioteca. Y, sin embargo, algo se había hablado —me había enterado por el señor Scapello, un viejo eunuco que, sepa Dios cómo, había aprendido a disfrazar la voz, de modo que pareciese la de un hombre— de que a mi regreso de las vacaciones de verano me pensaban poner al frente de la Sala de Libros de Referencia, un puesto que llevaba vacante desde la mañana en que Martha Winney se cayó de un taburete muy alto, en la Sección de Enciclopedias, y se hizo polvo el conjunto de frágiles huesos que en una persona que no hubiera cumplido la mitad de sus años habría conformado las caderas.
       Eran muy raros, mis compañeros de la biblioteca; y, en realidad, había muchas horas en que no acababa de entender muy bien cómo había ido a parar a ese sitio, ni por qué seguía aquí. Pero el caso era que seguía en él y, transcurrido un tiempo, empecé a esperar pacientemente el día en que fuera al servicio de caballeros a fumar un cigarrillo y, mientras expelía el humo contra el espejo, me fuera dado comprobar que en algún momento de la mañana me había puesto pálido y que, bajo mi piel, igual que McKee y Scapello y la señorita Winney, había una fina capa de aire que separaba la sangre de la carne. Alguien me la había metido ahí mientras yo le ponía el sello a un libro, y, de ahora en adelante, mi vida ya no consistiría en tirar cosas, como la de la tía Gladys, ni juntar cosas, como le pasaba a Brenda, sino en dejarme ir, en amodorrarme. Era lo que empezaba a temerme y, sin embargo, en mi nada musculosa devoción al trabajo, a ello iba arrimándome, en silencio, igual que la señorita Winney se arrimaba a la Enciclopedia Británica. Ahora, su taburete estaba vacío, esperándome.
       Un poco antes del almuerzo, el domador de leones entró en la biblioteca con los ojos como platos. Permaneció un segundo quieto, sin mover más que los dedos, como si estuviera contando los peldaños de la escalinata de mármol que se le alzaba delante. Luego anduvo como arrastrándose por el suelo, también de mármol, disfrutando del ruido que hacían sus zapatos herrados al andar y cómo lo aumentaba el eco del techo abovedado. Otto, el portero, le dijo que hiciera menos ruido con los zapatos, pero el chico no pareció amilanarse. Consiguió nuevos clacs andando de puntillas, muy tieso, aprovechando en secreto la oportunidad que Otto le brindaba de practicar la postura. De ese modo llegó ante mí.
       —Eh, oiga —me dijo—, ¿dónde está la sección de larte?
       —La sección ¿de qué? —dije yo.
       —De larte. ¿No tienen sección de larte?
       Se expresaba en el más inextricable dialecto negro del sur, y la única palabra que alcancé a entenderle fue algo parecido a arte.
       —¿Cómo lo escribes? —le pregunté.
       —Larte. Santos, tío. Libros de dibujo. ¿Dónde los encuentro?
       —¿Quieres decir libros de arte? ¿Reproducciones?
       Me aceptó el polisílabo.
       —Eso. Eso mismo.
       —Están en dos sitios —le dije. ¿Qué pintor te interesa?
       Al chico se le empequeñecieron tanto los ojos, que la cara entera se le volvió negra, sin un solo toque de blanco. Empezó a retroceder, como había hecho antes con el león.
       —Todos —farfulló.
       —Está muy bien —le dije. Mira todos los que quieras. En el piso de arriba. Sigue la flecha que dice Sección Tres. ¿Te acordarás? Sección Tres. Pregúntale a alguien, cuando estés arriba.
       No se movió. Era como si mi curiosidad sobre sus inclinaciones artísticas le pareciera una especie de investigación de Hacienda.
       —Adelante —le dije, sonriendo de oreja a oreja. Es arriba…
       Y de pronto, como un tiro, echó a andar hacia arriba, hacia la sección de larte, a brincos y saltitos sonoros.
       Después de comer me pasé por el mostrador de entradas y salidas, y ahí estaba John McKee, esperando, con sus pantalones azul pálido, sus zapatos negros, su camisa con elásticos en las mangas, que parecía un delantal de barbero, y una estupenda corbata de punto, verde, con nudo Windsor, que era enorme y que se ponía a dar saltos cuando su dueño hablaba. El aliento le olía a brillantina y el pelo le olía a aliento, y al hablar se le hacían telarañas de saliva en las comisuras de los labios. No me caía nada bien y a veces me venían unas ganas enormes de agarrarlo por los elásticos y lanzarlo más allá de Otto y los leones, a la pajolera calle.
       —¿Ha pasado por aquí un negrito con un acento tremendo? Lleva toda la mañana escondido entre los libros de arte. Ya sabes lo que esos chicos suelen hacer ahí.
       —Sí que lo vi entrar, John.
       —Yo también. El caso es si ha salido o no.
       —No me he fijado. Supongo que sí.
       —Son libros muy caros, ésos.
       —No te hagas tanta mala sangre, John. Los libros se supone que son para tocarlos.
       —Hay tocar —dijo John, sentenciosamente— y tocar. Habría que buscarlo a ver qué hace. Yo es que no me he atrevido a dejar solo el mostrador. Ya sabes cómo tratan las viviendas que les damos, según los planes municipales.
       —¿Eres tú quien se las da?
       —El ayuntamiento. ¿Has visto lo que hacen en Seth Boyden? Dejan tiradas botellas de cerveza, de las grandes, en el césped. Están ocupando la ciudad entera.
       —Sólo las zonas para negros.
       —Es muy fácil reírse, tú no los tienes cerca, donde vives. Voy a llamar al despacho del señor Scapello, que miren en la Sección de Arte. ¿Cómo se habrá enterado de que existe el arte?
       —Le vas a provocar una úlcera, al señor Scapello, si le vienes con eso cuando acaba de comerse su sándwich de huevo con pimienta. Ya miro yo. Tengo que subir, de todas maneras.
       —Ya sabes lo que hacen ahí —me advirtió John.
       —No te preocupes, Johnny, es a ellos a quienes les van a salir verrugas en la palma de la mano.
       —Ya, ya. Da la casualidad de que esos libros cuestan…
       Para evitar que el señor Scapello se echara encima del chico con sus dedos de tiza, subí a la tercera planta, donde estaba la Sección Tres, y pasando por la sala de recepción —donde Jimmy Boylen, nuestro ordenanza de cincuenta y un años y ojos legañosos, descargaba libros de un carrito—, por la sala de lectura —donde algún vagabundo de la calle Mulberry dormía sobre su ejemplar de Popular Mechanics—, por el pasillo de fumadores —donde unos estudiantes de Derecho, modalidad veraniega, y con la frente sudorosa, descansaban un poco, unos fumando y otros tratando de quitarse las manchas que les dejaban en los dedos sus escrituras jurídicas— y, por último, pasando por la sala de publicaciones periódicas —donde unas pocas ancianas, traídas en coche desde lo alto de Upper Montclair y acurrucadas ahora en sus asientos, escrutaban con sus lentes las amarillentas páginas de antiguos ejemplares del News de Newark, páginas de sociedad. Encontré al chico en la Sección Tres. Estaba sentado en el suelo de ladrillos translúcidos, con un libro en el regazo —un libro que, de hecho, era de mayor tamaño que su regazo y que tenía que sujetar con las rodillas. A la luz procedente de la ventana que había a su espalda, se hacían visibles los cientos de espacios entre los cientos de pequeños sacacorchos que componían su pelo. El chico era muy negro y muy brillante, y la carne de sus labios no parecía de color diferente, daba la impresión de no estar terminada, como en espera de una nueva capa de color. Tenía los labios separados, los ojos muy abiertos, y hasta las orejas parecían tener la receptividad al máximo. Cualquiera habría dicho que el chico estaba en éxtasis. Bueno, hasta que me vio. En lo que a él se le alcanzaba, yo bien podía ser John McKee.
       —Tranquilo —le dije, sin darle tiempo a reaccionar. Voy de paso. Sigue leyendo.
       —No hay nada que leer. Son todo pinturas.
       —Muy bien, muy bien —hice como que buscaba algo en las estanterías inferiores.
       —Oiga, jefe —dijo el chico, transcurrido un minuto—, ¿dónde está esto?
       —¿Dónde está qué?
       —¿Dónde está esto, las pinturas? Esta gente, tío. Tienen una pinta fetén. Aquí no hay nadie que se líe a pegar gritos. Se nota nada más verlo.
       Levantó el libro para que yo lo viera. Eran reproducciones de Gauguin, una edición de lujo, a gran tamaño. La página que en aquel momento miraba el chico presentaba, en 22 × 28, un cuadro en que se veía a tres nativas de pie en un arroyo de color de rosa, con el agua llegándoles a las rodillas. Era una imagen sin palabras, el chico tenía razón.
       —Es Tahití. Una isla del océano Pacífico.
       —¿No se puede ir, verdad? ¿No es uno de esos sitios de veraneo?
       —Bueno, supongo que sí, sí se puede ir. Está muy lejos. Hay personas que viven allí.
       —Mira, oye, mira ésta —pasó las páginas hacia atrás, hasta una muchacha de piel castaña, de rodillas, inclinada hacia delante, como lavándose la cabeza. Tío —dijo el chico—, esto sí que es vida, la hostia.
       La euforia de su dicción le habría acarreado la expulsión definitiva de la Biblioteca Pública de Newark, incluidas todas sus sucursales, si hubiera sido John o el señor Scapello o —Dios no lo hubiera permitido— la hospitalizada señorita Winney quienes hubieran llevado a cabo las pesquisas.
       —¿Quién tomó estas pinturas? —me preguntó.
       —Gauguin. No las tomó. Lo que hizo fue pintarlas. Paul Gauguin. Era francés.
       —¿Es blanco o de color?
       —Blanco.
       —Tío —sonrió el chico, llegando casi a la risa—, lo sabía. No hay un negro que pueda tomar pinturas así. Hace muy bien las pinturas… Mira, mira ésta. Me cago en la leche, eso es vivir.
       Le di toda la razón, y me marché.
       Luego envié a Jimmy Boylen escaleras abajo, con su cojera y todo, a decirle a McKee que todo estaba en orden. El resto de la jornada transcurrió sin novedad. Ahí estaba yo, en el mostrador de Información, pensando en Brenda y recordándome todo el tiempo que aquella tarde tenía que poner gasolina antes de salir hacia Short Hills, que ahora, en mi mente, veía de color de rosa, a la luz del crepúsculo, como un arroyo de Gauguin.

       Cuando aparqué delante de la casa de los Patimkin, aquella noche, todos, menos Julie, me estaban esperando en el porche: el padre y la madre, Ron y Brenda, esta última con vestido. No la había visto aún así, con un vestido puesto, y por un momento no me pareció la misma. Pero eso fue sólo la mitad de la sorpresa. A muchas de esas chicas universitarias, tan lincolnescas ellas, las piernas no les valen más que para ir en pantaloncitos cortos. No era el caso de Brenda. Con ese vestido, parecía como si toda su vida hubiera ido así, tan puesta, como si nunca hubiera usado unos pantalones cortos, ni un bañador, ni un pijama; sólo aquel vestidito claro de lino. Pisando resueltamente el césped, pero pensando que ojalá hubiera lavado el coche, fui aproximándome al grupo de los Patimkin, que me aguardaba más allá del enorme sauce llorón. Sin esperar a que llegase hasta ellos, Ron se adelantó a saludarme y me estrechó la mano con más vigor que si no nos hubiéramos visto desde la Diáspora. La señora Patimkin sonreía y el señor Patimkin farfulló algo, sin dejar de poner por delante las muñecas, torcerlas y levantar luego en el aire un imaginario palo de golf con el que a continuación golpeó una inexistente pelota de golf, lanzándola en dirección a las montañas Orange, que se llaman así, estoy convencido, porque, en esa tornadiza luz del extrarradio, el naranja es el único color de que no se adornan.
       —Volvemos en seguida —me dijo Brenda. Tienes que cuidar a Julie. Carlota ha salido.
       —Vale —dije yo.
       —Vamos a llevar a Ron al aeropuerto.
       —Vale.
       —Julie no quiere ir. Dice que Ron la tiró a la piscina esta tarde. Te hemos estado esperando para no perder el avión de Ron. ¿De acuerdo?
       —De acuerdo.
       Los padres y Ron se pusieron en marcha, y yo le lancé a Brenda un mero atisbo de mirada furiosa. Ella me cogió la mano un momento.
       —¿Te gusta cómo voy? —me preguntó.
       —Estás estupenda para hacerte de canguro. ¿Puedo atiborrarme de leche y bizcocho?
       —No te enfades, cariñito. Volvemos en seguida.
       Aguardó un momento y, viendo que no se me quitaba el morro de desagrado, me lanzó una mirada furiosa, pero ésta de verdad, nada de atisbos.
       —Lo que quiero decir es si te gusto vestida así.
       A continuación echó a andar hacia el Chrysler, trotando como un potrillo, en lo alto de los tacones.
       Entré en la casa y cerré de un portazo la mosquitera.
       —¡Cierra la otra puerta también! —gritó una vocecita. Está puesto el acondicionador de aire.
       Cerré la otra puerta, obediente.
       —¿Neil? —gritó Julie.
       —Sí.
       —Hola. ¿Quieres echar un uno contra uno?
       —No.
       —¿Por qué?
       No contesté.
       —Estoy en el cuarto de la tele —me gritó ella.
       —Muy bien.
       —¿Vas a quedarte conmigo?
       —Sí.
       Me sorprendió verla aparecer por la puerta del comedor.
       —¿Quieres leer una redacción que he escrito sobre un libro?
       —No en este momento.
       —Pues ¿qué quieres hacer? —dijo ella.
       —Nada, querida mía. ¿Por qué no te entretienes con la tele?
       —Muy bien —dijo ella, enfurruñada, y se volvió al cuarto de la tele dando golpes en el suelo al caminar.
       Permanecí un rato en el vestíbulo, asaltado por la tentación de salir de aquella casa sin hacer ruido, meterme en el coche y volverme a Newark, donde incluso podía sentarme en el callejón y ponerme a comer dulces con mi gente. Me sentía en la posición de Carlota. No, ni siquiera tan cómodo como eso. Al final abandoné el vestíbulo y me puse a entrar y salir de las habitaciones de la planta baja. Junto al salón estaba el estudio, una pequeña habitación forrada de pino nudoso y atiborrada de sillones rinconeros de piel y de una colección completa de Information Please Almanacs. De la pared colgaban tres retratos fotográficos coloreados: eran del género que, con independencia del personaje, rebosante de vida o enfermizo, viejo o joven, siempre se caracterizan por unas mejillas rozagantes, unos labios húmedos, unos dientes de perla, un pelo resplandeciente, metalizado. Los retratados, en este caso, eran Ron, Brenda y Julie, a sus catorce, trece y dos años, respectivamente. Brenda tenía el pelo largo y negro, su nariz con incrustación de diamante y no llevaba gafas; todo ello se combinaba para conferirle el aspecto de una espléndida chica de trece años a quien acaba de metérsele humo en los ojos. A Ron se le veía más redondo, con el nacimiento del pelo más bajo, pero la afición a los objetos esféricos y a los campos con rayas blancas ya destellaba en sus ojos adolescentes. La pobre Julie, tan pequeñita, quedaba perdida en la platónica idea que de la niñez evidentemente poseía el artista: su diminuta humanidad se asfixiaba bajo grandes pegotes rosados y blancos.
       Había allí otras fotos, más pequeñas, hechas con una Brownie Reflex, antes de que se pusieran de moda los retratos fotográficos. Había una diminuta foto de Brenda con un caballo; otra de Ron vestido para su bar mitzvah, con kipá y tal-lis;
[en el original, en yiddish: pañuelo de oración de forma rectangular] y dos fotos en un solo marco: la primera de una hermosa mujer avejentada, que, por los ojos, debía de ser la madre de la señora Patimkin, y la otra de la propia señora Patimkin, con el pelo peinado en halo, y con los ojos alegres, no los que ahora tenía, que eran los ojos de una madre que va envejeciendo lentamente y que tiene una hija llena de vida y encantadora.
       Al comedor se entraba por un arco: me quedé un rato allí, mirando el árbol de los deportes. Desde el cuarto de la tele, que hacía esquina con el comedor, me llegaba el ruido de la tele. Julie estaba viendo Ésta es su vida. En la cocina, que estaba en el ángulo opuesto, no había nadie y, a juzgar por las apariencias, los Patimkin, a falta de Carlota, habían cenado en el club. El dormitorio del señor y la señora Patimkin ocupaba el centro de la vivienda, al final del pasillo, al lado del de Julie, y me entraron ganas de ver en qué clase de cama dormían ese par de gigantes —la imaginé del tamaño de una piscina, ancha y profunda—, pero pospuse la investigación mientras Julie estuviera en la casa, y lo que hice fue abrir la puerta de la cocina por la que se bajaba al sótano.
       Allí también hacía fresco, pero no igual que en la casa: había un olor, algo que faltaba por completo arriba. Se sentía uno como en una caverna, ahí abajo, pero cómodamente, como en las cuevas simuladas que hacen los niños cuando llueve, en algún armario del pasillo, debajo de unas mantas o incluso entre las patas de la mesa del comedor. Accioné el interruptor que había al pie de la escalera y no me sorprendió que las paredes estuviesen cubiertas de madera, ni que los muebles fueran de bambú, ni que hubiese una mesa de ping pong, ni que hubiese un bar con espejo, provisto de toda clase y tamaño de vasos, cubo para el hielo, licorera, mezcladora, agitador, cuenco para aperitivos… Toda la parafernalia de una bacanal, completa, ordenada y sin tocar, como sólo puede verse en el bar de un hombre rico que nunca recibe a bebedores, que no bebe él, que, de hecho, recibe una reprobatoria mirada de su mujer cuando, de higos a brevas, se echa al coleto un chupito de schnapps antes de la cena. Me situé detrás del mostrador, donde había un fregadero de aluminio que seguramente llevaba sin ver un vaso sucio desde la fiesta de bar mitzvah de Ron, y que no volvería a verlo hasta que se casara o se prometiera alguno de los hijos. Me habría servido una copa —malvada compensación por haberme impuesto aquella servidumbre—, pero me producía cierta inquietud romper el precinto de una botella de whisky. Había que hacerlo para servirse una copa. En la estantería del bar había dos docenas de botellas —veintitrés botellas, para ser exactos— de Jack Daniels, y a todas les colgaba del cuello, intacto, el librillo en que se explica a futuros consumidores hasta qué punto constituye un acto de elegancia la ingestión de tan noble líquido. Y por encima de las botellas de Jack Daniels había más fotos: una tomada de la prensa y ampliada, donde Ron sujetaba una pelota de baloncesto con una sola mano, como si de una uva se hubiese tratado; el pie de la foto decía: «Base, Ronald Patimkin, Instituto Millburn, 1,93, 95 kilos». Y había otra foto de Brenda a caballo y, al lado, un tablero de terciopelo con cintas y medallas: Concurso Hípico del Condado de Essex 1949, Concurso Hípico del Condado de Union 1950, Feria del Garden State 1952, Concurso Hípico de Morristown 1953, etc.; todas de Brenda, por saltar o trotar o galopar o cualquiera de las otras cosas por las que se premia con una cinta a las muchachas jóvenes. No había visto ninguna foto del señor Patimkin en toda la casa.
       El resto del sótano, dejando aparte la habitación forrada de madera de pino, era cemento gris y suelo de linóleo, y contenía innumerables electrodomésticos, incluido un congelador en que habría podido alojarse toda una familia de esquimales. Junto al congelador, incongruentemente, había una antigua nevera muy alta; su presencia servía para recordarme lo muy arraigados que estaban los Patimkin en Newark. Esa nevera se había alzado una vez en la cocina de un piso situado en una casa de cuatro plantas, seguramente en el mismo vecindario en que yo había vivido toda mi vida, al principio con mis padres y luego, cuando ambos se trasladaron a airearse el asma a Arizona, con mis tíos. Después de Pearl Harbor, la nevera hizo el camino de Short Hills. Lavabos y Fregaderos Patimkin también fueron a la guerra: no había instalación militar nueva que pudiera considerarse terminada sin un escuadrón de lavabos Patimkin alineados en las letrinas.
       Abrí la puerta de la vieja nevera: no estaba vacía. Ya no guardaba mantequilla, huevos, arenques en salsa, ginger ale, ensalada de atún, de vez en cuando, un ramillete de flores; pero estaba repleta de fruta, fruta de todas clases, de todos los colores, de todas las texturas y, ocultos en su interior, huesos también de todas clases. Había ciruelas Claudias, ciruelas negras, ciruelas rojas, albaricoques, nectarinas, melocotones, largos racimos de uvas, negras, amarillas, rojas, y cerezas, cerezas rebosando de sus cajas y manchándolo todo de escarlata. Y había melones, cantalupos y de miel, y, en el estante superior, una media sandía enorme, con una fina hoja de papel encerado colgándole de la roja cara, como un labio húmedo. ¡Oh, los Patimkin! ¡En la nevera les crecía fruta, y material deportivo caía de sus árboles!
       Agarré un puñado de cerezas y también una nectarina, y la mordí hasta el hueso.
       —Más vale que la laves, si no quieres una buena diarrea.
       Julie estaba a mi espalda, en el cuarto forrado de madera. Llevaba sus bermudas y su polo blanco, que sólo se distinguía del de Brenda en la exhibición que hacía de sus antecedentes dietéticos recientes.
       —¿Qué? —dije.
       —Están sin lavar —dijo Julie, de un modo que parecía situar la nevera en zona prohibida, al menos para mí.
       —No importa —dije, y devoré la nectarina, me metí el hueso en el bolsillo y salí del cuarto del frío, todo en el mismo segundo. Pero no supe qué hacer con las cerezas. Estoy echando un vistazo —añadí.
       Julie no contestó.
       —¿Adónde va Ron? —dije, echándome las cerezas al bolsillo, a que hicieran compañía a las llaves y al dinero.
       —A Milwaukee.
       —¿Por mucho tiempo?
       —A ver a Harriet. Están enamorados.
       Nos quedamos mirándonos durante más tiempo del que yo era capaz de soportar.
       —¿Harriet? —pregunté.
       —Sí.
       Julie me miraba como queriendo ver lo que tenía a la espalda, y ello me hizo darme cuenta de que no se me veían las manos. Las puse por delante y, lo juro, la pequeña no dudó en mirar detenidamente, a ver si estaban vacías.
       Volvimos a quedar encarados; una amenaza parecía leerse en su rostro.
       Luego habló:
       —¿Jugamos al ping pong?
       —Sí, claro —dije, y me planté junto a la mesa en un par de zancadas que fueron casi brincos. Tú sacas.
       Julie sonrió y empezamos a jugar.
       No tengo excusas que alegar para lo ocurrido a continuación. Estaba ganando, y me encantaba.
       —¿Puedo repetir el último saque? —dijo Julie. Ayer me hice daño en el dedo, y ahora me ha dolido al sacar.
       —No.
       Seguí ganándola.
       —Eso es trampa, Neil. Se me ha desabrochado la zapatilla. ¿Puedo re…?
       —No.
       Seguimos jugando, con ensañamiento, por mi parte.
       —Te has apoyado en la mesa, Neil. No vale.
       —No me he apoyado. Y sí vale.
       Sentía saltar las cerezas entre las llaves y las monedas.
       —Neil, me has birlado un punto. Tú llevas diecinueve y yo once…
       —Te gano veinte a diez —dije. ¡Saca!
       Sacó, y se la devolví en un mate que rebotó alto, fuera de su alcance y fue a parar al cuarto del frigorífico.
       —¡Eres un tramposo! —me chilló. ¡Estás haciendo trampas!
       Le temblaba la barbilla como si llevase un peso enorme en lo alto de su bonita cabeza.
       —¡Te odio!
       Y arrojó con todas sus fuerzas la raqueta, que fue a dar contra el bar, en el preciso momento en que se oyó, fuera, el ruido que hacían las ruedas del Chrysler en la gravilla de la entrada.
       —No hemos terminado la partida —le dije.
       —¡Eres un tramposo! ¡Y estabas robando fruta! —dijo ella, y echó a correr, privándome de toda oportunidad de ganarla.

       Más tarde, esa misma noche, Brenda y yo hicimos el amor por primera vez. Estábamos en el sofá del cuarto de la televisión y llevábamos unos diez minutos sin dirigirnos la palabra. Hacía ya mucho que a Julie la habían llevado a la cama, llorando, y, aunque nadie me había preguntado por qué lloraba, tampoco sabía yo si la niña no habría contado lo de las cerezas, que algo antes habían ido a parar al váter.
       El televisor estaba puesto, sin sonido, y en la casa reinaba el silencio, pero las imágenes grises aún se agitaban al otro extremo de la habitación. Brenda no se movía y el vestido le cubría las piernas, que tenía recogidas bajo el cuerpo. Así permanecimos algún tiempo, sin hablar. Luego, ella fue a la cocina y al volver dijo que, al parecer, en la casa todo el mundo dormía. Seguimos un rato más sentados, mirando unos silenciosos cuerpos de la pantalla, que daban cuenta de una silenciosa cena en un silencioso restaurante. Cuando empecé a desabrocharle el vestido se resistió un poco, y quiero creer que fue porque sabía lo guapa que estaba con él puesto. Pero mi Brenda estaba guapa de cualquier manera, de modo que lo plegamos con cuidado y nos abrazamos estrechamente y sin mucha tardanza estábamos ya en ello, Brenda cayendo lentamente hacia atrás, con una sonrisa, y yo alzándome.
       ¿Cómo puedo describir el amor con Brenda? Fue tan delicioso como si por fin hubiera hecho ese vigésimo primer punto que se me quedó pendiente.
       Nada más llegar a casa marqué el número de Brenda, pero no sin que mi tía lo oyese y se levantara de la cama.
       —¿A quién llamas a estas horas? ¿Al médico?
       —No.
       —¿Qué clase de llamada es ésa, a la una de la noche?
       —Chist —dije.
       —¡Chist, me dice! Llamando por teléfono a la una de la noche, como si la factura no fuese ya suficientemente grande —y a continuación se volvió penosamente a la cama, donde, con el ánimo de una mártir y los ojos llenos de cansancio, había estado resistiendo el tirón del sueño hasta que me oyó hurgar en la cerradura.
       Brenda cogió el teléfono.
       —¿Neil? —dijo.
       —Sí —susurré. No te he sacado de la cama, ¿verdad?
       —No —dijo ella—, tengo el teléfono al lado.
       —Muy bien. ¿Qué tal la cama?
       —Muy bien. ¿Estás tú en la cama?
       —Sí —le mentí, y traté de justificarme tirando del cable y acercando el teléfono al dormitorio todo lo que pude.
       —Estoy en mi cama contigo —dijo ella.
       —Cierto —dije yo—, y yo estoy allí contigo.
       —Tengo las persianas echadas, para que esté oscuro y así no verte.
       —Yo tampoco te veo a ti.
       —Estuvo muy bien, Neil.
       —Sí. Duérmete ahora, cariño, que estoy contigo —y colgamos sin decirnos adiós.
       Por la mañana, como estaba previsto, volví a llamar, pero a duras penas pude oír a Brenda, ni mis propias palabras, tampoco, porque la tía Gladys y el tío Max se iban de excursión con el Círculo de Trabajadores, esa tarde, y había algún problema con el frasco de zumo de uva, que había estado la noche entera perdiendo líquido dentro de la nevera, y por la mañana había chorreado todo, manchando el suelo. Brenda seguía en la cama y, por consiguiente, pudo jugar nuestro juego con cierto éxito, pero yo tuve que bajar todas las persianas de mis sentidos para imaginarme a su lado. Lo único que podía hacer era rezar para que no tardásemos en tener nuestras propias noches y nuestras propias mañanas, y, en efecto, no tardó en ser así.


4

      Durante la semana y media siguiente sólo dos personas parecieron existir en mi vida: Brenda y el chavalito de color amante de Gauguin. Todas las mañanas, antes de abrirse la biblioteca, el chico estaba esperando; unas veces se sentaba a lomos del león, otras debajo, otras se limitaba a permanecer cerca, tirándole piedras a la crin. Luego entraba, hacía sonar sus zapatos por el piso principal hasta que Otto lo obligaba a ponerse de puntillas, a fuerza de miradas furiosas, y finalmente embocaba las escaleras de mármol que lo llevaban a Tahití. No siempre se quedaba hasta la hora de comer, pero un día de mucho calor estaba allí cuando llegué por la mañana y salió por la puerta detrás de mí cuando me marché a última hora de la tarde. Fue a la mañana siguiente cuando no apareció; y, como en su lugar, vino un señor muy anciano, de raza blanca, oliendo a caramelos Life Savers y muchas venas transparentándosele en la nariz y la papada.
       —¿Dónde puedo encontrar la Sección de Arte, por favor?
       —Sección Tres —le dije.
       Volvió a los pocos minutos con un libro de buen tamaño, con las tapas marrones. Lo puso en mi mostrador, sacó su carné de una cartera alargada, sin dinero dentro, y se quedó esperando a que le diera salida al libro.
       —¿Quiere usted sacar este libro? —le pregunté.
       Él sonrió.
       Le cogí el carné y deslicé el borde metálico por la máquina; pero no puse el sello.
       —Un segundo —dije.
       Eché mano de un bloc de notas que tenía tras el mostrador y estuve un momento hojeando páginas cubiertas de batallas navales y partidas de tres en raya que llevaba toda la semana jugando contra mí mismo.
       —Me temo que este libro está reservado.
       —¿Cómo dice?
       —Que está reservado. Una persona lo reservó por teléfono. Si quiere, tomo nota de su nombre y dirección y le doy aviso en cuanto quede libre.
       Y así conseguí, no sin ponerme colorado un par de veces, devolver el libro a su lugar en la estantería. Ese mismo día, algo más tarde, volvió a aparecer el chavalito de color, y lo encontró donde lo había dejado el día antes.
       A Brenda la veía todas las tardes, a última hora, y cuando no había partido que mantuviera despierto y delante de la tele al señor Patimkin, ni partida de cartas de la Hadassah
[Organización de Mujeres Sionistas Norteamericanas] que hiciera salir de casa a la señora Patimkin para regresar a horas impredecibles, hacíamos el amor ante la pantalla silenciosa. Una noche de bochorno y cielo bajo, Brenda me llevó a la piscina del club. Estábamos solos, y todo —las tumbonas, las cabinas, las luces, los trampolines, hasta el agua— parecía existir únicamente para nuestro placer. Brenda llevaba un bañador azul que se volvía morado bajo los focos y bajo el agua adquiría visos verdes, unas veces, y otras negros. Muy avanzada la tarde empezó a llegarnos una brisa fresca procedente del campo de golf y nos envolvimos en una toalla enorme, juntamos dos tumbonas y, a pesar del barman, que no hacía más que ir y venir junto a la ventana del bar situado sobre la piscina, nos quedamos juntos. Al final, las luces del bar se apagaron y, a continuación, tras reducir su intensidad, también las de alrededor de la piscina. El corazón debió de ponérseme a latir muy fuerte, o algo así, porque Brenda pareció adivinar la duda que me asaltaba: tendríamos que marcharnos, pensé.
       Ella dijo:
       —No pasa nada.
       Era noche cerrada, había un cielo bajo, sin estrellas, y me llevó un buen rato volver a percibir el trampolín, algo menos oscuro que la noche, y distinguir el agua de las tumbonas que rodeaban la parte más alejada de la piscina.
       Le bajé los tirantes del bañador, pero dijo que no y se apartó un palmo de mí; y, por primera vez en las dos semanas que hacía que nos conocíamos, supe que me iba a hacer una pregunta personal.
       —¿Dónde están tus padres? —me dijo.
       —En Tucson —contesté. ¿Por qué?
       —Me lo ha preguntado mi madre.
       Ahora se veía el asiento del socorrista, casi blanco.
       —¿Por qué sigues tú aquí? ¿Por qué no estás con ellos? —preguntó Brenda.
       —Ya no soy un niño, Brenda —dije, más bruscamente de lo que había sido mi intención—. No puedo seguir a mis padres a todas partes.
       —Pero, entonces, ¿por qué vives con tus tíos?
       —Mis tíos no son mis padres. No es lo mismo.
       —¿Son mejores que tus padres?
       —No. Son peores. No sé por qué vivo con ellos.
       —¿Por qué? —dijo ella.
       —¿Por qué no lo sé?
       —¿Por qué estás con ellos? Sí lo sabes, ¿verdad?
       —Por el trabajo, supongo. Me viene muy cómodo y me sale barato, y a mis padres les gusta. Mi tía no está mal, en realidad… ¿De veras tengo que explicarle a tu madre por qué vivo donde vivo?
       —No es por mi madre. Quiero saberlo yo. Me pareció raro que no vivieras con tus padres, eso es todo.
       —¿Tienes frío? —le pregunté.
       —No.
       —¿Quieres volver a casa?
       —No, a no ser que tú quieras. ¿Te encuentras bien, Neil?
       —Estoy bien —y para que viese que seguía siendo el mismo de siempre, la acerqué a mí, aunque sin deseo alguno, en aquel momento.
       —Neil.
       —¿Qué?
       —¿Y la biblioteca?
       —¿Quién quiere saberlo?
       —Mi padre —rió ella.
       —¿Tú no?
       No respondió por el momento.
       —Yo también —dijo, al final.
       —Bueno, ¿qué? ¿Que si me gusta? Está bien. Antes fui vendedor de zapatos, y prefiero la biblioteca. Cuando terminé el servicio militar estuve un par de meses a prueba en la inmobiliaria del tío Aaron, el padre de Doris, y también prefiero la biblioteca…
       —¿Cómo encontraste trabajo allí?
       —Trabajé allí una temporada, cuando estaba en el college, y luego, al dejar lo del tío Aaron, pues, no sé…
       —¿Qué estudiaste en el college?
       —En los colleges de Newark de la Universidad de Rutgers me licencié en Filosofía. Tengo veintitrés años. Me…
       —¿Por qué vuelves a sonar desagradable?
       —¿Sí?
       —Sí.
       No dije que lo sentía.
       —¿Piensas seguir toda la vida en la biblioteca?
       —No he hecho ningún plan, Brenda. Llevo tres años sin planificar nada. Y menos en el año que llevo desde que terminé el servicio militar. Cuando era soldado sí, había algo que tenía planificado: salir el fin de semana. No soy… No soy lo que se dice un planificador.
       Con la cantidad de verdad que, de pronto, acababa de poner en conocimiento de Brenda, no debería habérmelo estropeado todo con esa mentira final. Añadí:
       —Me gusta vivir al día.
       —Y a mí cada día.
       —Y a mí…
       Puso final al absurdo juego con un beso: quería seriedad.
       —¿Me quieres, Neil?
       No contesté.
       —Voy a seguir acostándome contigo igual, así que dime la verdad.
       —Eso es una grosería.
       —No seas tiquismiquis —dijo ella.
       —Es una grosería decir eso de mí.
       —No entiendo —dijo y, en efecto, no lo entendía, y me dolió que así fuese; me permití, al menos, un mínimo subterfugio, y le perdoné a Brenda su falta de comprensión.
       —¿Me quieres? —insistió.
       —No.
       —Pues yo quiero que me quieras.
       —¿A qué viene lo de la biblioteca?
       —¿Qué quieres decir? —dijo ella.
       ¿Falta de comprensión, otra vez? Pensé que no y, en efecto, no lo era, porque Brenda dijo:
       —Cuando me quieras, todo irá bien.
       —Entonces está bien, sí te querré —sonreí.
       —Claro que me querrás —dijo ella—. ¿Por qué no te metes en el agua, y yo me quedo aquí esperándote con los ojos cerrados, y cuando vuelvas me das una sorpresa y me salpicas? Anda.
       —Cómo te gusta jugar.
       —Anda. Yo cierro los ojos.
       Me acerqué al borde de la piscina y me zambullí en el agua. Estaba más fría que antes y al sumergirme ciegamente, proyectado hacia el fondo, sentí un atisbo de terror. De nuevo en la superficie, nadé hasta el extremo de la piscina y luego di la vuelta, pero de pronto me vino el convencimiento de que Brenda no estaría allí cuando yo saliera del agua. Me iba a quedar solo en ese puñetero sitio. Me acerqué a un costado, me aupé y corrí hacia las tumbonas; y sí estaba Brenda, y le di un beso.
       —Dios mío —dijo, con un escalofrío—, no has tardado mucho.
       —Lo sé.
       —Ahora me toca a mí —dijo ella y se levantó de inmediato, y a los pocos instantes oí un pequeño chapoteo, y luego nada. Nada durante un buen rato.
       —Bren —la llamé, en voz baja. ¿Te pasa algo?
       Pero no contestó nadie.
       Vi sus gafas en la silla contigua a la mía y las recogí.
       —¿Brenda?
       Nada.
       —¿Brenda?
       —No vale llamar —dijo, y me aplicó al cuerpo el suyo empapado.
       —Te toca a ti otra vez —dijo.
       Esta vez permanecí largo rato debajo del agua y emergí con los pulmones a punto de estallar. Eché la cabeza hacia atrás, para tomar aire, y vi sobre mí el cielo, empujando hacia abajo, como una mano, y eché a nadar como en un intento de evadir su presión. Quería volver con Brenda, porque volvía a estar preocupado —y no había prueba alguna en contrario— ante la posibilidad de que Brenda se marchase si yo tardaba demasiado en volver. Pensé que debería haberme llevado sus gafas, porque así no habría tenido más remedio que esperarme para que la llevara a casa. Estaba pensando disparates, lo sabía, y, sin embargo, no se me antojaban tan fuera de lugar, dada la oscuridad y lo insólito del sitio en que me encontraba. Ay, cómo me apetecía llamarla a gritos desde el agua, pero sabía que no iba a contestarme, de modo que me obligué a hacer el tercer largo, y luego el cuarto, pero con el quinto a medias se volvió a apoderar de mí aquel temor tan extraño, me vinieron figuraciones de mi propia extinción, y esa vez, cuando volví, la abracé con mucha más fuerza de la que ninguno de los dos teníamos prevista.
       —Suelta, suelta —rio ella. Me toca a mí.
       —Pero Brenda…
       Pero Brenda ya se había largado, para siempre, empecé a pensar, en vista de lo que tardaba. Me tendí en la hamaca y me quedé esperando a que el sol amaneciera por el noveno hoyo, rezando por que así ocurriera, aunque sólo fuese por el sosiego que me proporcionaría su luz; y cuando Brenda volvió, por fin, no la dejé marcharse otra vez, y su fría humedad me traspasó, de algún modo, y me hizo temblar.
       —Ya vale, Brenda. No más juegos, por favor —le dije.
       Luego, cuando seguí hablando, la abracé con tanta fuerza, que a punto estuve de incrustar mi cuerpo en el suyo:
       —Te quiero —le dije. Te quiero.

       Así fue transcurriendo el verano. Veía a Brenda todos los días, a última hora de la tarde; íbamos a la piscina, salíamos a pasear, a pie o en coche, subiendo las montañas, alejándonos tanto y durante tanto tiempo, que cuando emprendíamos el regreso la niebla ya empezaba a emerger de los árboles y adentrarse en la carretera, de modo que yo agarraba con fuerza el volante y Brenda se ponía las gafas para ver bien la línea blanca. Y comíamos: unas noches después de mi descubrimiento de la nevera, fue Brenda quien me llevó ante ella. Llenábamos de cerezas enormes cuencos de sopa, y en los platos para carne asada amontonábamos rodajas de sandía. Luego salíamos por la puerta de atrás del sótano al jardín trasero y nos sentábamos bajo el árbol de los deportes, con el resplandor de la habitación de la tele como única iluminación. Durante bastante rato, el único ruido que nos llegaba era el que nosotros mismos hacíamos al escupir las pepitas y los huesos.
       —Ojalá crecieran inmediatamente, y así mañana mismo tendríamos todas las cerezas y todas las sandías que quisiéramos.
       —Si aquí pudiera crecer algo, cariño, serían neveras y tiendas Westinghouse. No pretendo ser desagradable —me apresuraba a añadir.
       Brenda se reía, afirmaba que tenía toda la impresión de ser una ciruela claudia, y yo desaparecía camino del sótano y el cuenco que traía en las manos, al regresar, era esta vez de ciruelas claudias, y luego de nectarinas, y luego de melocotones, hasta que, lo confieso, mis flojos intestinos se desbarajustaban, y tenía que pasarme la noche siguiente, muy triste, sin probar bocado. Y, luego, también salíamos por ahí, en busca de sándwiches de corned beef pizza, cerveza con gambas, helados y hamburguesas. Una noche fuimos a la feria del Lions Club y Brenda ganó un cenicero del Lions Club haciendo tres canastas seguidas. Y cuando Ron volvió de Milwaukee, íbamos de vez en cuando a verlo jugar al baloncesto en la liga semiprofesional de verano, y era en esas ocasiones cuando me sentía como un extraño junto a Brenda, porque ella se sabía de memoria los nombres de todos los jugadores, y aunque casi todos eran desgarbados y anodinos, había uno, llamado Luther Ferrari, que no era ni una cosa ni otra y con quien Brenda había estado saliendo durante todo un año en el instituto. Era el mejor amigo de Ron, y a mí me sonaba su nombre por el News de Newark: era uno de los estupendos hermanos Ferrari, que formaban parte, todos ellos, de dos selecciones deportivas del Estado, como mínimo. Era Ferrari quien le había puesto Buck a Brenda, un apelativo que al parecer se remontaba a los tiempos en que la chica no paraba de ganar premios con cinta. Al igual que Ron, Ferrari también era extremadamente cortés: parecía como si todos los individuos de más de un metro noventa padecieran esa enfermedad; a mí me trataba con deferencia y a Brenda con verdadero cariño, de modo que no tardé en empezar a poner pegas cada vez que surgía la posibilidad de asistir a un partido de baloncesto. Y luego, una noche, descubrimos que a las once en punto el cajero del cine Hilltop se marchaba a casa y el encargado desaparecía en su despacho, de modo que aquel verano vimos el último cuarto de no menos de quince películas, y luego, cuando volvíamos a casa en coche —quiere decirse: cuando yo llevaba a casa a Brenda—, tratábamos de reconstruir los principios de las películas. La cuarta parte final que más nos gustó fue Ma and Pa Kettle in the City; nuestra fruta preferida, las ciruelas claudias; y las personas que mejor nos caían, las dos únicas personas que nos caían bien, éramos ella y yo. Claro está que de vez en cuando nos encontrábamos con otras personas, algún amigo de Brenda, uno o dos amigos míos. Una noche de agosto incluso fuimos a un bar de la carretera 6, con Laura Simpson Stolowitch y su novio, pero fue una velada espantosa. Era como si Brenda y yo hubiéramos perdido la costumbre de hablar con los demás, de modo que nos pasamos el rato bailando, algo que —nos dimos cuenta en aquel momento— nunca habíamos hecho antes. El novio de Laura bebía cócteles de brandy y menta, de un modo muy afectado, y Simp —Brenda quería que la llamase Stolo, pero me negué— bebía una combinación tibia de ginger ale y soda. Cada vez que volvíamos a la mesa, Simp estaba hablando de «el baile» y su novio de «la película», hasta que al final Brenda tuvo que preguntarle: «¿Qué película?», y luego bailamos hasta la hora del cierre. Y cuando volvíamos a casa de Brenda llenábamos un cuenco de cerezas y nos subíamos con él al cuarto de la tele y lo vaciábamos sin miramiento; y más tarde, en el sofá, nos amábamos, y cuando me trasladaba de la oscuridad al cuarto de baño, indefectiblemente, iba pisando huesos de cereza con los pies desnudos. En casa, al desnudarme por segunda vez la misma noche, me veía marcas rojas en la planta de los pies.
       Y ¿cómo se tomaban todo esto sus padres? La señora Patimkin seguía sonriéndome, y el señor Patimkin seguía considerando que comía como un pajarito. Cuando me invitaban a cenar comía el doble de lo que me apetecía, en su honor, pero parece más cierto que una vez calibrado mi apetito, la primera vez, ya no volvió a tomarse la molestia de mirar a ver qué comía. Podría haber multiplicado por diez mi dieta normal, podría haberme matado comiendo, y él habría seguido pensando que yo no era un hombre, sino una especie de gorrión. Mi presencia no parecía molestar a nadie, aunque la actitud de Julie se había enfriado notablemente; por consiguiente, cuando Brenda le sugirió a su padre que yo pasara a finales de agosto una semana de mis vacaciones en su casa, el hombre meditó un momento, optó por el hierro cinco, completó su golpe de aproximación, y dijo que sí. Y cuando Brenda le comunicó a su madre la decisión de Lavabos Patimkin, ya no había mucho que la señora Patimkin pudiera hacer al respecto. De modo que me invitaron, gracias a la habilidad de Brenda.
       En la mañana del viernes que iba a ser mi último día de trabajo, la tía Gladys me vio haciendo la maleta y me preguntó que adónde iba. Se lo dije. Ella no contestó, y creo que vi horror en esos ojos suyos, cada uno con su círculo rojo debajo, tan histéricos… Era grande el trayecto que yo había recorrido desde el día en que tía Gladys me dijo por teléfono aquello de «Estupendísimo».
       —¿Cuánto tiempo vas a estar fuera? Tengo que saberlo, para no pasarme con la compra. Me vas a dejar la nevera llena de leche, y se va a estropear, y va a apestármelo todo.
       —Una semana —le dije.
       —¿Una semana? —dijo ella. ¿Tienen sitio para toda una semana?
       —No son de los que viven en el altillo de la tienda, tía Gladys.
       —Pues a mí no me daba ninguna vergüenza vivir en el altillo de la tienda. Gracias a Dios, siempre tuvimos un techo. Nunca tuvimos que echarnos a la calle a pedir —me dijo, mientras yo metía en la maleta los bermudas que acababa de comprarme—, y a tu prima Susan le pagaremos la universidad, si el tío Max sigue con vida y gozando de buena salud. No pudimos enviarla al campamento de verano en agosto, no puede comprarse unos zapatos cada vez que quiere, y desde luego no tiene un cajón lleno de jerséis…
       —No he dicho nada, tía Gladys.
       —¿No te damos suficiente de comer? Siempre te dejas algo y algunas veces le enseño tu plato al tío, qué vergüenza. Cuatro niños europeos podrían comer con lo que tú te dejas todos los días.
       Me acerqué a ella:
       —Tía Gladys —la interrumpí—: aquí tengo todo lo que necesito; sólo voy a tomarme unas vacaciones. ¿Piensas que no me las merezco?
       Se abrazó a mí, y noté que temblaba.
       —Le prometí a tu madre que yo me ocuparía de su Neil, que estuviera tranquila. Y ahora te me vas por ahí…
       La tomé en mis brazos y le di un beso en lo alto de la cabeza.
       —Anda allá —le dije—, no seas tonta. No me voy por ahí. Sólo estaré una semana fuera, de vacaciones.
       —Deja un teléfono. No sea, Dios no lo permita, que te pongas enfermo.
       —Vale.
       —¿En Millburn viven?
       —Short Hills. Dejaré el número.
       —¿Desde cuándo viven los judíos en Short Hills? No pueden ser judíos de verdad, hazme caso.
       —Son judíos de verdad —le dije.
       —Lo creeré cuando lo vea.
       Se secó los ojos con la punta del delantal, en el preciso momento en que yo cerraba las cremalleras laterales de mi maleta.
       —No cierres todavía la maleta. Voy a hacerte un paquetito con fruta, para que te lo lleves.
       —Muy bien, tía Gladys.
       Y de camino hacia el trabajo, aquella mañana, me comí la naranja y los dos melocotones que me había puesto.

       Unas horas más adelante, el señor Scapello puso en mi conocimiento que cuando volviera de mis vacaciones, pasado el Día del Trabajo, me pondrían en lo alto del taburete de Martha Winney. Él había efectuado el mismo desplazamiento doce años antes, y, por consiguiente, todo indicaba que, si lograba no caerme, el próximo señor Scapello sería yo. También se me concedería un aumento salarial de ocho dólares, es decir cinco más que el señor Scapello hacía unos años. Me estrechó la mano y emprendió la subida de la larga escalinata de mármol, con el trasero meneándosele dentro de la chaqueta igual que un aro. Apenas me había quedado solo cuando me llegó un olor a menta y, al levantar la cabeza, vi al anciano de la nariz y la papada llenas de venas.
       —Hola, joven —dijo, muy cordialmente—. ¿Han devuelto el libro?
       —¿Qué libro?
       —El Gauguin. Estaba haciendo unas compras y se me ocurrió pasar por aquí a preguntar. No he recibido ningún aviso aún. Y ya han pasado dos semanas.
       —No —dije, y mientras lo decía vi que el señor Scapello había hecho un alto en mitad de la escalinata y giraba el cuerpo como para decirme algo que se le hubiera olvidado. Mire —le dije al anciano—, un día de éstos lo devolverán.
       Lo dije de un modo muy tajante, rayano en la mala educación, y me asusté, porque de pronto se me hizo evidente lo que iba a ocurrir: el anciano iba a montar el pollo, el señor Scapello se deslizaría escaleras abajo, el señor Scapello iría corriendo a la sección, el señor Scapello se escandalizaría, el señor Scapello se desharía en disculpas, el señor Scapello patrocinaría la ascensión de John McKee al taburete de la señorita Winney. Me volví hacia el anciano:
       —¿Por qué no me deja usted su número de teléfono, y esta misma tarde trataré de conseguírselo…?
       Pero mi intento de cortesía llegó demasiado tarde, y el hombre masculló unas cuantas frases sobre los funcionarios públicos, una carta al alcalde, la altanería propia de la juventud, y luego abandonó la biblioteca, gracias a Dios, un segundo antes de que el señor Scapello llegara a mi mostrador para recordarme que todo el mundo estaba contribuyendo al regalo de la señorita Winney y que, si estaba de acuerdo, que dejara medio dólar encima de su mesa en algún momento del día.
       El chavalito de color llegó después de comer. Cuando pasaba por delante de mi mostrador, camino de la escalinata, lo llamé:
       —Ven aquí. ¿Dónde vas?
       —A la sección de larte.
       —¿Qué libro estás leyendo?
       —El de Go como se llame. Mira, tío, no estoy haciendo nada malo. No he escrito nada en ninguna parte. Puedes registrarme…
       —Ya sé que no. Escucha, si tanto te gusta el libro, ¿por qué no te lo llevas a casa? ¿Tienes carné de la biblioteca?
       —No, señor, yo no he cogido nada.
       —No, no, el carné de la biblioteca es lo que hace falta para poder llevarse uno los libros a casa. Así no tienes que venir todos los días. ¿Vas al colegio?
       —Sí, señor, al colegio de la calle Miller. Pero estamos en verano. No me pasa nada por no ir al colegio. No tengo que ir.
       —Ya lo sé. Si vas al colegio tienes derecho a un carné de biblioteca. Puedes llevarte el libro a casa.
       —¿Por qué se empeña en que me lleve el libro a casa? En casa lo mismo me lo estropean.
       —Lo puedes esconder en alguna parte, en un cajón…
       —Tío —dijo, mirándome con los ojos entrecerrados—, ¿por qué no quieres que aparezca por aquí?
       —No he dicho tal cosa.
       —Pues a mí me gusta venir. Me gustan las escaleras.
       —A mí también me gustan —le dije. Pero el problema es que ese libro lo va a sacar alguien algún día.
       Sonrió.
       —No te preocupes —me dijo. Hasta ahora no lo ha sacado nadie.
       Y se fue taconeando escaleras arriba, rumbo a la Sección Tres.
       ¡Qué sudores pasé, aquel día! Fue el más fresco de todo el verano, pero cuando salí de trabajar llevaba la camisa pegada a la espalda. En el coche, abrí la maleta y, mientras discurría el pesado tráfico por la calle Washington abajo, me metí en la parte de detrás del coche y me cambié de camisa, para llegar a Short Hills con aspecto de merecerme un interludio en la zona residencial. Pero mientras subía Central Avenue me resultaba imposible concentrarme en las vacaciones, ni siquiera en la conducción: para gran sobresalto de peatones y conductores, iba haciendo rechinar las marchas, saltándome pasos de peatones, vacilando en los semáforos, estuviesen en rojo o en verde, me daba igual. No se me quitaba de la cabeza que durante mis vacaciones aquel hijoputa de la papada volvería a la biblioteca, que desaparecería el libro del chavalito de color, que me quedaría sin mi nuevo puesto, incluso sin trabajo, del todo… Pero también era cierto que por qué preocuparme de todo eso: la biblioteca no iba a ser mi vida.


5

       —¡Ron se casa! —me aulló Julie nada más entrar por la puerta—. ¡Ron se casa!
       —¿Ahora mismo? —le pregunté.
       —¡El Día del Trabajo! ¡Se casa con Harriet, se casa con Harriet!
       Se puso a canturrear la frase de un modo nasal y rítmico, como si fuera una canción de saltar a la comba.
       —¡Voy a ser cuñada!
       —¡Hola! —dijo Brenda. Voy a ser cuñada.
       —Eso me cuentan. ¿Cuándo ha sido la cosa?
       —Nos lo anunció esta misma tarde. Anoche se pasaron cuarenta minutos hablando por teléfono, conferencia. Harriet se viene en avión, la semana que viene, y va a ser una boda tremenda. Mis padres lo andan diciendo por todas partes. Tienen que organizarlo todo en un par de días. Y mi padre va a meter a Ron en el negocio familiar, pero tendrá que empezar ganando doscientos dólares a la semana y luego subir por sus propios méritos. No lo conseguirá antes del mes de octubre.
       —Yo pensaba que iba a ser profesor de Educación Física.
       —Sí, pero ahora tiene que asumir su responsabilidad.
       Y Ron, en la cena, se extendió sobre el asunto de sus responsabilidades y del futuro.
       —Vamos a tener un niño —dijo, para gozo de su madre—, y cuando cumpla los seis meses, más o menos, lo sentaré en el suelo con una pelota de baloncesto delante, y un balón de fútbol, y una bola de béisbol, y que elija: cuando tienda los brazos hacia uno de ellos, en eso nos concentraremos, fútbol, baloncesto o béisbol.
       —Supón que no le interesa ninguna pelota ni balón —dijo Brenda.
       —No te hagas la graciosa, jovencita —dijo la señora Patimkin.
       —Voy a ser tía —canturreó Julie, y le sacó la lengua a Brenda.
       —¿Cuándo viene Harriet? —alcanzó a decir el señor Patimkin con la boca llena de patatas.
       —Dentro de una semana a contar desde ayer.
       —¿Puede dormir en mi cuarto? ¿Eh, puede dormir en mi cuarto? —gritó Julie.
       —No, el cuarto de huéspedes —empezó la señora Patimkin, pero en seguida recordó mi presencia y me miró de soslayo, como para aplastarme, con esos ojos suyos tan cárdenos. Sí, Julie, claro.
       Bueno, pues comí como un pajarito. Después de cenar, yo mismo subí mi maleta al cuarto de huéspedes, que estaba frente al de Ron y en la otra punta del pasillo con respecto al de Brenda, que subió conmigo para enseñarme el camino.
       —Déjame ver tu cama, Bren.
       —Luego —dijo ella.
       —¿Vamos a poder? ¿Aquí?
       —Creo que sí —dijo ella. Ron duerme como un ceporro.
       —Y ¿podré quedarme contigo toda la noche?
       —No lo sé.
       —Puedo levantarme temprano y volver aquí. Ponemos el despertador.
       —Sí, para despertar a todo el mundo.
       —Me despertaré yo solo. Puedo hacerlo.
       —Más vale que no me quede mucho tiempo aquí contigo —dije ella. A mi madre le puede dar un ataque. La tiene bastante inquieta tu presencia aquí.
       —También yo estoy inquieto. Apenas los conozco. ¿Crees tú que puedo quedarme una semana entera?
       —¿Una semana entera? En cuanto llegue Harriet esto se va a convertir en un verdadero caos, y podrás quedarte dos meses.
       —¿Tú crees?
       —Sí.
       —¿Y quieres?
       —Sí —dijo ella, y bajó a la planta principal para aliviarle la conciencia a su madre.
       Deshice el equipaje y metí todas mis cosas en un cajón que sólo contenía un paquete de bolsas para trajes y un anuario escolar. Cuando estaba en la mitad del proceso, Ron subió la escalera dando golpetazos.
       —Hola —dijo, desde la puerta de mi cuarto.
       —Enhorabuena —le respondí.
       Habría debido prever que cualquier cosa protocolaria que le dijese daría lugar a que Ron viniera a estrecharme la mano: dejó de hacer lo que quiera que estuviese haciendo en su habitación y se metió en la mía.
       —Gracias —dijo, mientras me bombeaba el brazo. Gracias.
       Luego se sentó en mi cama y se quedó mirando cómo deshacía el equipaje. Tengo una camisa con etiqueta de Brooks Brothers, y la dejé un rato desplegada sobre la cama; las Arrows las amontoné en el cajón. Ron seguía ahí sentado, frotándose el antebrazo y sonriendo. Al cabo de un rato, el silencio empezó a perturbarme.
       —Bueno —dije—, qué cosa, ¿no?
       Dijo que sí con la cabeza, no sé a qué.
       —¿Cómo te sientes? —le pregunté, tras otro prolongado silencio.
       —Mejor. Ferrari mandó la pelota al quinto pino.
       —Oh. Bueno —dije. ¿Cómo te sientes ahora que vas a casarte?
       —Ah, bien, supongo.
       Me apoyé en la cómoda y me puse a contar los nudos de la alfombra.
       Ron, por fin, arriesgó una incursión en el lenguaje:
       —¿Sabes algo de música? —me preguntó.
       —Algo, sí.
       —Puedes utilizar mi tocadiscos, si quieres.
       —Gracias, Ron. No sabía que te interesara la música.
       —Por supuesto. Tengo todos los discos que André Kostelanetz ha grabado en su vida. ¿Te gusta Mantovani? También lo tengo entero. Me gusta mucho la semiclásica. Puedes escuchar mi Columbus, si te apetece…
       Terminó en un murmullo. Al final, me volvió a estrechar la mano y se marchó.
       Desde el piso de abajo me llegaba la voz de Julie, cantando «Voy a ser tíaaaa», y la señora Patimkin que le decía: «No, cariño, vas a ser cuñada. Eso es lo que tienes que cantar, cariño»; pero Julie siguió cantando «Voy a ser tíaaaa», y a continuación oí la voz de Brenda, que se le unía, cantando: «Vamos a ser tíaaaas», en lo cual se le unió Julie, y la señora Patimkin acabó llamando al señor Patimkin: «¿Quieres hacer el favor de no animarla?».
       Y luego volví a oír a la señora Patimkin. No entendí lo que decía, pero Brenda le contestó. Ambas subieron el tono, de modo que acabé entendiéndolas perfectamente.
       —¿A ti te parece que lo que yo necesito ahora es una casa llena de invitados?
       Era la señora Patimkin.
       —Te pedí permiso, madre.
       —Se lo pediste a tu padre. Es a mí a quien habrías tenido que pedírselo primero. Él no tiene ni idea de la cantidad de trabajo suplementario que todo esto significa para mí.
       —Dios mío, madre, lo dices como si no tuviéramos a Carlota y a Jenny.
       —Carlota y Jenny no pueden hacerlo todo. ¡Esto no es el Ejército de Salvación!
       —¿Qué puñetas quieres decir con eso?
       —Cuidadito con la lengua, señorita. Eso está muy bien para utilizarlo con tus compañeros de clase.
       —¡Para ya, madre!
       —No me levantes la voz. ¿Cuándo fue la última vez que moviste un dedo para ayudar en la casa?
       —No soy una esclava… Soy una hija.
       —Tendrías que aprender lo que significa una jornada laboral.
       —¿Por qué? —dijo Brenda. ¿Por qué?
       —Porque eres una vaga —le contestó la señora Patimkin— y te crees que el mundo entero está a tu servicio.
       —¿Cuándo he dicho yo eso?
       —Tendrías que ganar dinero y pagarte la ropa que te compras.
       —¿Por qué? Dios mío, madre, papá podría vivir sólo de las acciones, por el amor de Dios. ¿De qué te quejas?
       —¿Cuándo fue la última vez que lavaste los platos?
       —¡Jesús, María y José!
       —¡A mí no me vengas con Jesús, María y José!
       —¡Ay, madre! —Brenda lloraba. ¿Por qué puñetas eres así?
       —Eso es —dijo la señora Patimkin—, ponte a llorar delante de tu invitado.
       —Mi invitado —Brenda seguía llorando—… ¿Por qué no le echas la bronca a él también? ¿Por qué tenéis que ser todos tan desagradables conmigo?
       De la puerta de enfrente me llegó el sonido de André Kostelanetz liberando varios miles de violines en Noche y día. Ron tenía la puerta abierta, y lo vi tendido, colosal, en su cama; estaba cantando con el disco. La letra era la de Noche y día, pero no logré identificar la música, tal como Ron la cantaba. Al cabo de un minuto escaso, cogió el teléfono y le pidió un número de Milwaukee a la operadora. Mientras le ponían la conferencia, se dio la vuelta en la cama y subió el volumen del tocadiscos, para que pudiera oírse a mil quinientos kilómetros al oeste.
       Oí a Julie abajo:
       —¡Ja, ja, Brenda está llorando, ja, ja, Brenda está llorando!
       E inmediatamente Brenda subió por la escalera.
       —Ya me las pagarás, hija de puta —gritó.
       —¡Brenda! —gritó la señora Patimkin.
       —¡Mamá! ¡Brenda me ha dicho una palabrota! —chilló Julie.
       —¿Qué está pasando ahí? —aulló el señor Patimkin.
       —¿Me llamaba usted, señora? —aulló Carlota.
       Y Ron, en el otro dormitorio, decía:
       —Hola, Har. Ya lo he dicho…
       Me senté encima de mi camisa Brooks Brothers y pronuncié mi nombre en voz alta.

       —¡Maldita sea! —me decía Brenda, recorriendo mi cuarto de arriba abajo una y otra vez.
       —¿No crees que debería marcharme, Brenda?
       —¡Chist!
       Se acercó a la puerta y se mantuvo a la escucha.
       —Se van de visita, gracias a Dios.
       —Brenda…
       —Chist… Se han ido.
       —¿Julie también?
       —Sí —dijo ella. ¿Está Ron en su cuarto? Tiene la puerta cerrada.
       —Ha salido.
       —No hay modo de oír lo que hace la gente, en esta casa. Todos merodean por ahí en zapatillas de deporte. ¡Ay, Neil!
       —Brenda, te lo acabo de preguntar, a lo mejor sería preferible que durmiese aquí esta noche y me marchase mañana por la mañana.
       —Ah, no, no es por ti por quien se ha enfadado.
       —Tampoco soy precisamente una ayuda.
       —Es con Ron, en realidad. La ha dejado turulata, eso de que vaya a casarse. Y a mí también. Ahora, con Harriet dando vueltas por aquí, con lo buenísima que es, mi madre no volverá a acordarse de que existo.
       —¿Y eso te molesta?
       Se acercó a la ventana y miró al exterior. Había oscurecido y hacía fresco, los árboles se agitaban y chasqueaban como sábanas puestas a secar. Fuera, todo era barruntos del ya cercano septiembre, y, por primera vez, me di cuenta de lo poco que faltaba para que Brenda tuviera que marcharse a reanudar sus estudios.
       —¿Te molesta, Bren? —repetí, pero no estaba escuchándome.
       Fue al otro extremo de la habitación y abrió la puerta que allí había.
       —Creí que eso era un armario —dije yo.
       —Ven aquí.
       Abrió la hoja de la puerta y quedamos frente a la oscuridad; se oía el extraño murmullo del viento en los aleros de la casa.
       —¿Qué hay aquí? —pregunté.
       —Dinero.
       Brenda entró en la habitación. Una vez bien enroscada, la raquítica bombilla de sesenta vatios me permitió ver que la habitación estaba abarrotada de muebles viejos: dos sillones orejeros con señales de sebo capilar en el respaldo, un sofá con panza en el centro, una mesa de bridge, dos sillas de bridge con el relleno saliéndoseles, un espejo con zonas peladas, lámparas sin pantalla, pantallas sin lámpara, una mesita de café con el cristal resquebrajado, y un montón de persianas enrolladas.
       —¿Qué es esto? —dije.
       —Un trastero. Nuestros muebles viejos.
       —¿Cómo de viejos?
       —De Newark —dijo ella. Ven aquí.
       Estaba a cuatro patas delante del sofá, cuya panza había levantado para inspeccionar debajo.
       —Brenda, ¿qué puñetas hacemos aquí? Te estás poniendo perdida.
       —No está.
       —¿Qué es lo que no está?
       —El dinero. Lo que te dije.
       Me senté en uno de los sillones orejeros, levantando polvo. Fuera había empezado a llover, y se olía la humedad del otoño entrando por el conducto de ventilación del otro lado del trastero. Brenda se alzó del suelo y se sentó en el sofá. Tenía sucios los bermudas y las rodillas, y al apartarse el pelo de la cara se manchó la frente. Allí, entre el desorden y la suciedad, tuve la extraña sensación de estar viéndonos, a ambos, situados en el desorden y la suciedad: éramos como una pareja joven que acaba de mudarse a un nuevo piso; de pronto, habíamos tomado posesión de nuestros muebles, nuestra situación financiera y nuestro futuro, pero lo único que nos proporcionaba algún placer era el olor a limpio que llegaba de fuera, para recordarnos que estábamos vivos, pero que, en caso de apuro, no serviría para alimentarnos.
       —¿Qué dinero? —volví a preguntar.
       —Los billetes de cien dólares. De cuando era pequeña —y suspiró profundamente. Cuando era pequeña y acabábamos de venir de Newark, mi padre me subió aquí un día. Me trajo a esta habitación y me dijo que, si alguna vez le pasaba algo, aquí había un dinero del que podía disponer. Me dijo que no era para nadie más, sólo para mí, y que jamás se lo dijera a nadie, ni siquiera a Ron. Ni a mi madre.
       —¿Cuánto era?
       —Tres billetes de cien dólares. Nunca lo había visto antes. Tenía ocho años, más o menos la edad de Julie ahora. Recuerdo que me subía aquí una vez por semana, cuando sólo Carlota estaba en casa, y me metía debajo del sofá para convencerme de que el dinero seguía en su sitio. Y siempre estaba en su sitio. Mi padre no volvió a mencionármelo una sola vez. Nunca.
       —¿Dónde estará? Puede que lo haya robado alguien.
       —No sé, Neil. Ha debido de retirarlo mi padre.
       —Y cuando desapareció —dije—, Dios mío, ¿no se lo dijiste a tu padre? Puede haber sido Carlota…
       —Nunca me enteré de que hubiera desaparecido, hasta ahora. Hubo un momento dado en que dejé de mirar… Y luego se me olvidó. O dejé de pensar en ello. Comprendes, siempre he tenido el dinero necesario, no me hacía falta éste. Supongo que mi padre, un día, llegó a la conclusión de que no iba a hacerme falta.
       Brenda se acercó a la ventana, estrecha y cubierta de polvo, y escribió en ella sus iniciales.
       —¿Para qué lo querías ahora? —le pregunté.
       —No sé —dijo, para en seguida dar media vuelta y desenroscar la bombilla.
       Yo no me moví del sillón, y Brenda, con esos pantalones y esa camisa tan ceñidos que llevaba, parecía desnuda, ahí de pie, a unos palmos de mí. Luego vi que le temblaban los hombros.
       —Quería encontrarlo y hacer pedacitos los billetes y metérselos en el bolso a mi madre. Si hubiera encontrado el dinero, te lo juro, eso es lo que habría hecho.
       —No te lo habría permitido yo, Bren.
       —¿No me lo habrías permitido?
       —No.
       —Hazme el amor, Neil. Ahora mismo.
       —¿Dónde?
       —¡Hazme el amor! ¡Aquí! En este sofá tan asquerosísimo.
       Y yo obedecí.

       A la mañana siguiente, Brenda preparó el desayuno para ambos. Ron se había ido a cumplir con su primera jornada laboral —lo oí cantar en la ducha cuando sólo hacía una hora que yo había vuelto a mi habitación; de hecho, seguía despierto cuando el Chrysler salió del garaje, llevando dentro al patrón y al hijo, camino de la fábrica Patimkin de Newark. La señora Patimkin tampoco estaba en casa: había cogido su coche y se había acercado a la sinagoga, para hablar de la boda con el rabino Kranitz. Julie estaba en el jardín trasero, jugando a ayudar a Carlota a tender la ropa.
       —¿Sabes lo que quiero hacer esta mañana? —dijo Brenda.
       Estábamos comiéndonos un pomelo, compartiéndolo de una manera bastante poco aseada, porque Brenda no había sido capaz de encontrar un cuchillo de cocina, de modo que lo mondamos como una naranja y nos comimos los gajos por separado.
       —¿Qué quieres hacer? —dije.
       —Correr —dijo ella. ¿Tú no corres?
       —¿En pista, dices? Desde luego que sí. En el instituto teníamos que correr mil seiscientos metros todos los meses. Para que no nos convirtiéramos en niños de mamá. Parece ser que cuanto más grandes tienes los pulmones, más se supone que odias a tu madre.
       —Pues yo quiero correr —dijo ella. Y quiero que corras tú. ¿Vale?
       —Ay, Brenda…
       Pero una hora después, tras un desayuno que consistió en otro pomelo, que es, al parecer, lo único que alguien que va a correr debe echarse al estómago por la mañana, ya nos habíamos acercado con el Volkswagen al instituto, en cuya parte trasera había una pista de cuatrocientos metros. Había unos chicos jugando con un perro en la hierba del centro de la pista, y en el otro lado, cerca ya de la arboleda, una silueta descamisada y en calzones cortos con raja en los laterales hizo girar varias veces un peso y luego lo lanzó con todas sus fuerzas. Cuando el objeto salió de su mano izquierda, el lanzador realizó una especie de baile de águila mientras lo veía trazar un arco e ir cayendo y aterrizar en la distancia.
       —Tienes la misma pinta que yo, sabes —dijo Brenda—. Sólo que más grande.
       Íbamos vestidos de un modo muy similar, zapatillas de deporte, calentadores, bermudas de color caqui y sudaderas, pero tuve la impresión de que Brenda no se refería a los accidentes de nuestra vestimenta —si accidentes cabía llamarlos. Se refería, estoy seguro, a que yo, por alguna razón, ya estaba empezando a tener el aspecto que ella quería que tuviese. El mismo que ella.
       —A ver quién corre más —dijo, e iniciamos nuestro recorrido de la pista.
       Durante los primeros doscientos metros nos fueron detrás los dos niños con su perro. Al pasar por el rincón del lanzador de peso, el hombre nos saludó con la mano. Brenda le contestó «Hola», y yo sonreí —lo cual, como el lector quizá sepa, hace que cualquier persona seriamente comprometida en la acción de correr se sienta extraordinariamente tonta. Al completar la primera vuelta los niños abandonaron y se dejaron caer en la hierba, el perro dio media vuelta y continuó en sentido opuesto, y yo tenía una pequeña navaja clavada en el costado. Aun así, iba por delante de Brenda, que al iniciar la segunda vuelta volvió a decirle «hola» al afortunado lanzador, que ahora estaba recostado en la hierba, mirándonos, y frotando su peso como si fuera una bola de cristal. «Eso sí que es deporte», pensé.
       —¿Y si lanzamos nosotros el peso? —jadeé.
       —Luego —dijo ella, y vi perlas de sudor agarradas a las últimas mechas de pelo que le sobresalían de las orejas. Cuando nos acercábamos a la meta, Brenda abandonó de pronto la pista y se dejó caer en la hierba. Su salida me sorprendió, y no me detuve.
       —Hey, Bob Mathias —gritó ella—, vamos a tomar un poco el sol.
       Pero hice como que no la oía y, con el corazón latiéndome en la garganta y la boca más seca que un páramo, obligué a mis piernas a moverse, y me juré que no me detendría hasta completar otra vuelta. Al pasar por tercera vez junto al lanzador de peso le dije «Hola».
       Brenda era presa del entusiasmo cuando, por fin, me detuve a su lado.
       —Se te da muy bien —dijo.
       Yo estaba con las manos en las caderas, doblado hacia delante, succionando aire, o más bien dejándome succionar por el aire, y no pude comentar gran cosa al respecto:
       —Uuf, uuuf —resoplé.
       —Vamos a hacer esto mismo todas las mañanas —dijo ella. Nos levantamos, nos comemos dos pomelos y nos venimos para acá. Tú corres y yo te cronometro. En menos de dos semanas ya bajarás de los cuatro minutos. ¿A que sí, cariño? Cogeré el cronómetro de Ron.
       Era tal su entusiasmo que se dejó caer en la hierba y empezó a secarme el sudor de los tobillos y las pantorrillas con mis propios calcetines. Me mordió la rótula.
       —Vale, vale —le dije.
       —Luego volvemos y desayunamos en serio.
       —Vale.
       —Tú conduces —dijo; y de pronto ya estaba otra vez de pie, corriendo por delante de mí, en dirección al coche, y una vez en él emprendimos el regreso.
       Y a la mañana siguiente, yo todavía con la boca sensible, por culpa de los gajos de pomelo, estábamos ambos en la pista. Traíamos el cronómetro de Ron y una toalla para mí, para cuando terminara.
       —Tengo las piernas algo doloridas —dije.
       —Haz ejercicios de precalentamiento —dijo Brenda. Yo los hago contigo.
       Extendió la toalla en la hierba y juntos hicimos unos cuantos ejercicios de suelo —rodillas, brazos, abdominales— y de pie —levantando las rodillas todo lo posible. Me sentía abrumadoramente feliz.
       —Hoy sólo voy a correr la mitad, Brenda. A ver cómo se me da…
       Y oí que Brenda ponía en marcha el cronómetro, y luego, cuando ya estaba al otro lado de la pista, con las nubes yéndome en pos, como una estela blanca y algodonosa, vi que Brenda estaba en el suelo, agarrándose las rodillas, y alternando entre mirar el reloj y mirarme a mí. Estábamos solos, y todo aquello me recordaba las películas de carreras de caballos en que un viejo entrenador como Walter Brennan y un apuesto galán cronometran al caballo de la chica en las primeras horas de una mañana de Kentucky, para comprobar si de veras es el caballo de dos años más rápido del mundo. Había diferencias, desde luego: una de ellas, sencillamente dicho, que al completar la primera vuelta Brenda me gritó: «¡Un minuto catorce!», pero era agradable y excitante y limpio, y cuando terminé Brenda estaba ahí de pie, esperándome. En vez de romper una cinta, lo que tenía que hacer era encontrarme con la dulce carne de Brenda, y eso hice, y fue la primera vez que me dijo que me quería.
       Corrimos —corrí yo— todas las mañanas, y pasada una semana ya hacía los mil seiscientos metros en siete minutos y dos segundos, y al final del recorrido siempre me aguardaban el clic del cronómetro y los brazos de Brenda.
       Al llegar la noche, me enfundaba en mi pijama y me ponía a leer, mientras Brenda, en su habitación, hacía lo mismo, esperando a que Ron se durmiera. Había noches en que teníamos que esperar más que en otras, y yo oía el murmullo de las hojas en el exterior, porque estábamos a finales de agosto y ya había refrescado, y apagaban el aire acondicionado por las noches y todos teníamos permitido abrir las ventanas. Al final, Ron se preparaba para irse a la cama. Andaba por su habitación, de un lado para otro, metiendo ruido y al cabo del rato aparecía en la puerta, en calzoncillos y camiseta, e iba al cuarto de baño, donde orinaba con gran ruido y se lavaba los dientes. Cuando él terminaba de lavarse los dientes, iba yo a lavarme los míos. Nos cruzábamos en el pasillo y le deseaba las buenas noches con toda franqueza y sinceridad. Una vez en el cuarto de baño, dedicaba un rato a admirar mi bronceado en el espejo; detrás de mí veía el suspensorio de Ron puesto a secar entre las llaves del agua caliente y del agua fría de la ducha. Nadie se quejaba de su escaso valor en cuanto objeto decorativo, y yo dejé incluso de verlo, pasadas unas pocas noches.
       Mientras Ron se lavaba los dientes, yo, esperando turno en mi cama, oía sonar el tocadiscos en su cuarto. Normalmente, al volver del baloncesto llamaba por teléfono a Harriet —que estaba ya a muy pocos días de nosotros— y a continuación se encerraba con el Sports Illustrated y Mantovani; no obstante, cuando salía del cuarto para hacer sus abluciones, no era el disco de Mantovani lo que se oía, sino otra cosa, seguramente ese disco de Columbus de que me había hablado antes. Sólo me cupo suponer que de eso se trataba, porque tampoco me cabía llegar a una conclusión sólo con las notas finales. Únicamente oía un lento gemido de campanas y una suave música patriótica, y, por encima de ambos, una voz profunda y tenebrosa, estilo Edward R. Murrow: «And so, goodbye, Columbus», entonaba, «… goodbye, Columbus… goodbye…» Luego se hacía el silencio y Ron estaba ya de regreso en su habitación; la luz se apagaba en unos pocos minutos, y se oían los ruidos que emite una persona al caer en el sueño vivificante, redentor, vitaminado al máximo, cuyo disfrute atribuía yo a los deportistas.
       Una mañana, siendo ya casi hora de escabullirme, tuve un sueño y, cuando desperté de él, ya había suficiente amanecer entrando en el dormitorio como para que se percibiera el color del pelo de Brenda. La toqué sin despertarla, porque el sueño me había desasosegado: era en un barco, un viejo bajel de los que salen en las películas de piratas. Conmigo abordo iba el chavalito de color de la biblioteca: yo era el capitán y él mi primer oficial, y éramos los únicos miembros de la tripulación. Durante un rato, el sueño fue agradable: estábamos anclados en el puerto de una isla del Pacífico y hacía mucho sol. Allá en la playa había hermosas negras desnudas, y ninguna de ellas se movía; pero pronto nos pusimos en movimiento, nuestro barco empezó a dejar puerto, y las negras se desplazaron lentamente hasta la orilla, desde donde empezaron a arrojarnos guirnaldas, diciéndonos al mismo tiempo: «goodbye, Columbus… goodbye, Columbus… goodbye», y el chavalito y yo no queríamos irnos, pero el barco seguía adelante y no había nada que pudiéramos hacer, y el chico se puso a gritarme que era culpa mía y yo le gritaba que era culpa suya, por no tener carné de la biblioteca, pero estábamos desperdiciando la fuerza de nuestros pulmones, porque cada vez nos alejábamos más de la isla, y al cabo de muy poco tiempo quedaron reducidas a la nada, las nativas. El espacio estaba fuera de toda proporción en el sueño, y las cosas adquirían tamaños y ángulos que yo jamás había visto antes, y creo que eso, más que ningún otro factor, fue lo que me hizo regresar al nivel consciente. No quería abandonar el costado de Brenda, aquella mañana, de modo que estuve jugando un rato con la manchita que tenía en el cogote, en la zona que el corte de pelo dejaba al descubierto. Permanecí más de lo debido, y cuando por fin regresé a mi cuarto casi me tropiezo con Ron, que se disponía a pasar el día en Lavabos y Fregaderos Patimkin.


6

       Esa mañana, precisamente, tendría que haber sido la última que pasaba en el hogar de los Patimkin; y, sin embargo, cuando estaba metiendo mis cosas en la bolsa, a última hora del día, vino Brenda a decirme que podía deshacer el equipaje: de algún modo, había conseguido sacarles otra semana a sus padres, así que podría quedarme hasta el mismo Día del Trabajo, la fecha en que estaba prevista la boda de Ron. A la mañana siguiente de ese día, Brenda partiría con destino al college y yo volvería al trabajo. Así estaríamos juntos hasta el último instante del verano.
       Semejante noticia tendría que haberme llenado de gozo, pero mientras Brenda bajaba corriendo las escaleras, porque se iba al aeropuerto con toda la familia, a recoger a Harriet, lo que sentí no fue alegría, sino inquietud, la misma que venía creciendo en mi interior ante la idea de que el regreso de Brenda a Radcliffe traería consigo el final de mi existencia. Estaba en el convencimiento de que ni siquiera el taburete de la señorita Winney sería lo suficientemente alto como para que yo pudiera vislumbrar Boston con suficiente claridad. No obstante, volví a meter mis cosas en el cajón y logré, finalmente, convencerme de que Brenda no había manifestado ningún síntoma de desear la ruptura y de que todas mis sospechas e incertidumbres tenían origen en mi propio corazón incierto. Luego me metí en el cuarto de Ron para llamar por teléfono a mi tía.
       —¿Diga?
       —Tía Gladys —dije—, ¿cómo estás?
       —Algo te ocurre.
       —No, no, lo estoy pasando estupendamente. Te llamo porque la señora Patimkin me ha dicho que me quede hasta el Día del Trabajo.
       —¿Por qué?
       —Te lo acabo de decir: lo estoy pasando estupendamente. La señora Patimkin me ha dicho que me quede hasta el Día del Trabajo.
       —¿Tienes ropa interior limpia?
       —La lavo por la noche. Estoy muy bien, tía Gladys.
       —La ropa lavada a mano jamás queda limpia.
       —Queda lo bastante limpia. Mira, tía Gladys, de veras, estoy pasando una temporada maravillosa.
       —Está viviendo en la pura shmutz
[en el original, en yiddish: basura, porquería] y me dice que no me preocupe.
       —¿Cómo está el tío Max? —le pregunté.
       —¿Cómo quieres que esté? El tío Max es eso, el tío Max. Pero no me gusta nada la voz que tienes.
       —¿Por qué? ¿Suena a que llevo los calzoncillos sucios?
       —Muy listo, tú. Algún día aprenderás.
       —¿Qué?
       —¿Cómo que qué? Ya lo verás. Vas a pasar demasiado tiempo ahí, y cuando vuelvas te pareceremos muy poco para ti.
       —Eso nunca, querida tía —le dije.
       —Lo creeré cuando lo vea.
       —¿Ha refrescado en Newark, tía Gladys?
       —Está nevando —dijo ella.
       —¿No lleva toda la semana haciendo fresco?
       —Si te quedas sentado todo el día, claro que hace fresco. Pero, desde luego, para mí no estamos en febrero.
       —Bueno, tía Gladys, dile hola a todo el mundo de mi parte.
       —Tienes aquí una carta de tu madre.
       —Bien. La leeré cuando vuelva.
       —Podrías acercarte un momento con el coche y leerla.
       —Tendrá que esperar. Les mandaré una nota. Sé buena —le dije.
       —¿Y los calcetines?
       —Voy descalzo. Adiós, chatita mía.
       Y colgué.
       Abajo, en la cocina, Carlota preparaba la cena. Nunca dejaba de sorprenderme ese modo suyo de trabajar como si la cosa no guardara relación alguna con su vida. Así, trocaba las tareas de la casa en gestos ilustrativos de lo que fuese que estuviera cantando, aunque fuese, como era el caso en aquel momento, I Get a Kick out of You. Iba del horno al lavavajillas automático: apretaba botones, hacía girar diales, miraba como a hurtadillas lo que había en el horno con puerta de cristal, y de vez en cuando atrapaba una uva muy gorda del racimo que había puesto en el fregadero. Masticando sin parar, tarareaba también sin parar, y luego, con muy medida despreocupación, escupía el pellejo y las pepitas directamente al triturador de basura. Le dije hola cuando salí por la puerta trasera y, aunque no me contestara, me sentí vinculado con ella, como persona también cortejada y seducida por la fruta de los Patimkin.
       En el jardín trasero estuve un rato tirando a canasta; luego cogí un hierro y mandé una pelota de algodón a volar lánguidamente por el aire; después estuve peloteando con un balón de fútbol, usando el roble como pared; luego volví a lanzar canastas desde la señal. Nada me entretenía: era como si tuviera el estómago vacío, como si llevara meses sin comer, y aunque me metí en la casa y volví a salir con un racimo de uvas para mi uso personal, seguí teniendo la misma sensación, que, bien lo sabía, no guardaba relación alguna con mi ingesta calórica: era sólo un anticipo del vacío que me sobrevendría cuando me faltase al lado Brenda. Su marcha llevaba largo tiempo en mi mente, pero había adquirido un matiz más oscuro de la noche a la mañana. Curiosamente, la tenebrosidad tenía algo que ver con Harriet, la futura mujer de Ron, y por un tiempo pensé que era sencillamente la realidad de la llegada de Harriet lo que había dramatizado el paso del tiempo: en vez de hablar del asunto, como hacíamos antes, ahora, de pronto, lo teníamos encima; así, de la misma manera, llegaría la marcha de Brenda, sin que nos diéramos cuenta.
       Pero era más que eso: la unión de Harriet y Ron me recordaba que la separación no era por necesidad una situación permanente. ¡Se puede uno casar, aun siendo muy joven! Y, sin embargo, Brenda y yo jamás habíamos mencionado el matrimonio, quitada, tal vez, aquella noche en la piscina, al decirme ella: «Cuando me quieras, todo irá bien». Bueno, pues, sí, la quería, y ella me quería; y, sin embargo, no era verdad que todo fuese bien, en absoluto. ¿O era que estaba otra vez inventándome problemas donde no los había? Lo lógico, en este caso, era pensar que mi suerte había mejorado de modo muy considerable; pero allí, en el jardín trasero, el cielo de agosto se me antojaba insoportablemente bello e insoportablemente provisorio, y lo que yo quería era que Brenda se casara conmigo. No fue matrimonio, sin embargo, lo que le propuse cuando entró con el coche por el sendero de acceso al garaje, ella sola, unos quince minutos después. Semejante proposición habría requerido un valor que no creí poseer. No estaba preparado para ninguna respuesta que no fuese «¡Aleluya!». Cualquier otra modalidad de respuesta afirmativa me habría dejado insatisfecho, y cualquier modalidad de respuesta negativa, incluso en el caso de que viniera enmascarada tras un «Vamos a esperar un poco, cariño», habría sido mi perdición. Supongo, pues, que fue por eso por lo que acudí a un sucedáneo, el cual, a la postre, resultó más arriesgado de lo que supuse en ese momento.
       —Harriet llega con retraso, y me he venido —me gritó Brenda.
       —¿Dónde están los demás?
       —Van a esperarla y cenarán con ella en el aeropuerto. Tengo que avisar a Carlota.
       Y entró en la casa.
       A los pocos minutos apareció en el porche. Llevaba un vestido amarillo escotado por delante y por detrás en forma de «u», dejando ver el punto en que le empezaba el moreno, por encima de los pechos. Al llegar a la pradera se quitó los zapatos y caminó descalza hasta donde yo estaba sentado, debajo del roble.
       —A las mujeres que andan siempre con los tacones puestos acaban volviéndoseles del revés los ovarios —dijo.
       —¿Quién te ha dicho eso?
       —No me acuerdo. Me gusta tenerlo todo limpio y ordenado, en mi interior.
       —Brenda, quiero preguntarte una cosa…
       Extendió en el suelo la manta de la O grande y se sentó en ella.
       —¿Qué cosa? —dijo.
       —Sé que así, de pronto, aunque… Quiero que te compres un diafragma. Que vayas al médico y se lo pidas.
       Sonrió.
       —No te preocupes, mi cielo, que ya tenemos cuidado. Todo está como tiene que estar.
       —Pero eso es lo más seguro.
       —No hay peligro. Sería perder el tiempo.
       —Pero ¿por qué correr el riesgo?
       —No lo estamos corriendo. ¿Cuántas cosas te hacen falta para estar seguro?
       —Cariño, no se trata de cuántas cosas, ni siquiera de la seguridad —añadí.
       —Se trata de que quieres que lo tenga, ¿no? Como si fuera un bastón o un salacot, ¿verdad?
       —Brenda, quiero que lo uses por… Por el placer.
       —¿El placer de quién? ¿Del médico?
       —El mío —dije.
       No dijo nada, pero se frotó la clavícula para eliminar las diminutas gotas de sudor que de pronto se le habían formado.
       —No, Neil, es una tontería.
       —¿Por qué?
       —¿Por qué? Pues porque lo es.
       —¿Sabes por qué te parece una tontería, Brenda? ¿Porque te lo pido yo?
       —Esa pregunta lo hace más tonto todavía.
       —Si tú me pidieras a mí que comprase un diafragma, inmediatamente estaríamos buscando en las páginas amarillas un ginecólogo que trabajase los sábados.
       —Yo nunca te pediría una cosa así, querido mío.
       —Estoy diciendo la verdad —insistí, aunque con una sonrisa en los labios. Es la verdad.
       —No lo es —dijo ella, y se puso en pie y se acercó a la cancha de baloncesto, donde echó a andar por la raya blanca que el señor Patimkin había pintado el día antes.
       —Vuelve aquí —le dije.
       —Neil, es una tontería, y me niego a hablar de ello.
       —¿Por qué eres tan egoísta?
       —¿Egoísta? Eres tú el egoísta. Es tu placer de lo que…
       —Exacto, mi placer. ¿Por qué no?
       —No grites, que te va a oír Carlota.
       —Pues ven aquí de una puñetera vez —dije.
       Caminó hasta situarse a mi lado, dejando huellas blancas en la hierba.
       —No sabía que fueras una persona tan dada a los placeres de la carne —me dijo.
       —¿No lo sabías? —dije. Voy a decirte una cosa que debes saber: ni siquiera tiene que ver con los placeres de la carne.
       —Pues entonces, francamente, no sé de qué me estás hablando. Por qué lo mencionas siquiera. ¿No basta con lo que utilizamos?
       —Lo menciono porque quiero que vayas al médico y le pidas un diafragma. Eso es todo. Sin más explicaciones. Limítate a hacerlo. Hazlo porque yo te lo pido.
       —No estás siendo razonable…
       —¡Me cago en la leche, Brenda!
       —¡Yo sí que me cago en la leche! —contestó ella, y fue a meterse en la casa.
       Cerré los ojos y me recosté en la hierba y a los quince minutos, o quizá menos, oí que alguien golpeaba la bola de golf de entrenamiento. Brenda se había puesto unos shorts y una blusa, y seguía descalza.
       No nos dirigimos la palabra, pero me quedé mirándola mientras levantaba el palo hasta situar el extremo detrás de la oreja y luego lo hacía bajar en arco, para a continuación seguir con la mandíbula proyectada hacia delante, la trayectoria que habría seguido la pelota, si hubiera sido una pelota de verdad.
       —Cuatrocientos cincuenta metros, lo menos —le dije.
       No contestó, pero fue a situarse junto a la pelota de prácticas y se dispuso a ejecutar un nuevo golpe.
       —Brenda. Ven aquí, por favor.
       Vino, llevando el palo a rastras por la hierba.
       —¿Qué?
       —No quiero pelearme contigo.
       —Ni yo contigo —dijo. Es la primera vez.
       —¿Es tan espantoso que te pida una cosa así?
       Asintió con la cabeza.
       —Bren, comprendo que te haya sorprendido. Yo mismo me he sorprendido. Pero no somos unos críos.
       —No quiero, Neil, sencillamente. No es porque me lo hayas pedido tú. No sé de dónde te has sacado eso. No es eso.
       —Entonces ¿qué es?
       —Es todo. Es que no me siento lo suficientemente mayor como para acudir a esos procedimientos.
       —¿Qué tiene que ver la edad?
       —No quiero decir la edad. Quiero decir… Yo. Quiero decir que es una cosa tan premeditada…
       —Claro que es premeditada. Exactamente eso. ¿No te das cuenta? Nos cambiaría a ambos.
       —A mí no me cambiaría en nada.
       —A ambos. Juntos.
       —Neil, ¿cómo crees que me sentiría teniéndole que mentir a un médico?
       —Puedes ir a la clínica Margaret Sanger, de Nueva York. No hacen preguntas.
       —¿Has pasado por eso antes?
       —No —dije. Me he enterado leyendo a Mary McCarthy.
       —Exactamente, así es como me sentiría: como un personaje de Mary McCarthy.
       —No te pongas trágica —le dije.
       —Tú sí que estás poniéndote trágico. O sea que para ti es como si hubiera un asunto entre nosotros. El verano pasado me lié con una puta y la mandé a comprar…
       —Brenda, eres una hijaputa egoísta y egotista. Eres tú quien habla del «verano pasado», eres tú la que estás viendo nuestro final. De hecho, ahí está la clave, verdad…
       —Es verdad, soy una hijaputa. Y quiero que terminemos. Por eso te pido que te quedes una semana más, por eso te dejo dormir conmigo en mi propia casa. ¿Qué te pasa? ¿Por qué no me acosáis por turnos, mi madre y tú, en días alternos?
       —¡Para ya!
       —¡Idos al diablo, tú y todos los demás! —dijo Brenda; y ahora lloraba, y supe, cuando se fue corriendo, que no volvería a verla en toda la tarde. Como en efecto sucedió.

       Harriet Ehrlich me pareció una señorita singularmente inconsciente de que las personas, ella incluida, pudieran tener una razón de ser. Era todo superficialidad, y encajaba perfectamente con Ron, y también con sus padres. La señora Patimkin, de hecho, hizo exactamente lo que Brenda había profetizado: apareció Harriet, y la madre de Brenda levantó un ala y se atrajo a la chica hacia la parte más abrigada de su cuerpo, donde le habría gustado acomodarse a Brenda. Harriet tenía una constitución parecida a la de Brenda, aunque algo más pechugona, y decía que sí con la cabeza, sin parar, cuando alguien hablaba. Llegaba incluso a repetir la última frase de lo que uno decía, al unísono, aunque no lo hacía con frecuencia: la mayor parte del tiempo, se limitaba a asentir, manteniendo las manos cruzadas. Durante toda la velada, mientras los Patimkin planeaban dónde debían vivir los recién casados, qué muebles debían comprar, cuándo debían tener el primer hijo, yo estuve en el convencimiento de que Harriet llevaba guantes blancos; pero no los llevaba.
       Brenda y yo no cruzamos una palabra ni una mirada; nos quedamos ahí sentados, escuchando, Brenda algo más impaciente que yo. Ya casi al final, Harriet se puso a llamar «madre» a la señora Patimkin, y «mamá Patimkin», en una ocasión, y fue entonces cuando Brenda se fue a dormir. Yo no la seguí, casi hipnotizado por la disección, análisis, reconsideración y, por último, el acatamiento de lo trivial. Por fin, los Patimkin se fueron a la cama, dando traspiés, y Ron llevó a la cama a Julie, que se había quedado dormida en su asiento. Tras lo cual quedamos a solas precisamente los dos no Patimkin.
       —Me dice Ron que tienes un trabajo muy interesante.
       —Trabajo en una biblioteca.
       —Siempre me ha gustado leer.
       —Eso está muy bien, para ser la mujer de Ron.
       —A Ron le gusta la música.
       —Sí —confirmé. ¿Qué había dicho yo?
       —Serás de los primeros en leer los best seller —dijo ella.
       —De vez en cuando —dije yo.
       —Bueno —dijo ella, palmeándose las rodillas con las manos—, estoy segura de que lo vamos a pasar bien juntos. Ron y yo esperamos que Brenda y tú podamos salir juntos a no mucho tardar.
       —No esta noche. —Sonreí—. Pero pronto. ¿Me perdonas?
       —Buenas noches. Brenda me cae muy bien.
       —Gracias —le contesté, cuando ya empezaba a subir las escaleras.
       Di unos suaves golpes en la puerta de Brenda.
       —Estoy dormida.
       —¿Puedo entrar? —pregunté.
       La puerta se entreabrió dos dedos, y ella dijo:
       —Ron no tardará en levantarse.
       —Dejamos la puerta abierta. Sólo quiero charlar.
       Me dejó pasar, y me senté en el sillón de enfrente de la cama.
       —¿Qué te parece tu cuñada?
       —Ya la conocía.
       —Brenda, no hay razón para que estés tan tensa.
       No contestó, y yo seguí ahí sentado, agarrado a la cinta de la persiana, subiendo y bajando ésta.
       —¿Sigues enfadada? —le pregunté, por fin.
       —Sí.
       —No lo estés —le dije. Olvida mi sugerencia. No vale la pena, si da lugar a esto.
       —¿A qué esperabas que diese lugar?
       —A nada. No se me ocurrió que fuera a ser tan terrible.
       —Eso es porque no entiendes mi postura.
       —Quizá.
       —No hay quizá que valga.
       —Vale —dije—, lo único que me gustaría es que te dieses cuenta de por qué te enfadas. No es por mi sugerencia, Brenda.
       —¿Ah, no? ¿Por qué es, entonces?
       —Es por mí.
       —Mira, no empieces otra vez, por favor. No voy a ganar, diga lo que diga.
       —Sí ganas —le dije. Ya has ganado.
       Salí de la habitación y dejé la puerta cerrada para el resto de la noche.
       A la mañana siguiente había mucha actividad en la planta principal, cuando bajé. En el salón oí que la señora Patimkin le estaba leyendo una lista a Harriet, mientras Julie entraba y salía de las habitaciones buscando una llave de patín. Carlota pasaba el aspirador por la alfombra; todos los cacharros de la cocina se movían al mismo tiempo, cabeceando, hirviendo, dando sacudidas. Brenda me saludó con una sonrisa perfectamente simpática, y en el comedor, adonde me dirigí para ver qué tiempo hacía en el jardín trasero, me dio un beso en el hombro.
       —Hola —dijo.
       —Hola.
       —Tengo que acompañar a Harriet esta mañana —me dijo. Así que no podemos correr. A no ser que quieras ir solo.
       —No. Me pondré a leer, o lo que sea. ¿Dónde vais?
       —Vamos a Nueva York. De compras. Va a ver si encuentra un vestido para la boda. Para después de la boda. Para llevarlo cuando se vayan.
       —¿Qué vas a comprar tú?
       —El vestido de dama de honor. Si voy con Harriet, puedo ir a Bergdorf sin el rollo de tener que pasar por la pañería Ohrbach, como se empeña mi madre.
       —¿Te puedo encargar una cosa?
       —No, por favor, Neil, no empieces otra vez con eso.
       —Era una broma. Ni se me ha pasado por la cabeza.
       —Entonces, ¿por qué lo has dicho?
       —¡Mierda! —dije, y salí y me metí en el coche y me planté en el Millburn Center, donde desayuné huevos con café.
       Cuando volví, Brenda se había marchado, y sólo quedábamos en la casa la señora Patimkin, Carlota y yo. Traté de no coincidir con ellas en ninguna habitación, pero al final la señora Patimkin y yo nos encontramos sentados, uno enfrente del otro, en el cuarto de la tele. Ella verificaba nombres en una larga lista que tenía en la mano; junto a ella, en la mesita, había dos agendas telefónicas que consultaba de vez en cuando.
       —Las cosas hay que hacerlas en su momento —me dijo.
       Yo le contesté con una amplísima sonrisa, como si la señora Patimkin acabara de inventar el proverbio.
       —Claro que sí —le dije. ¿Puedo echarle una mano, haciendo alguna comprobación, por ejemplo?
       —No, no —contestó ella, negando también, ligeramente, con la cabeza. Es para la Hadassah.
       —Ah —dije.
       Me quedé ahí sentado, mirándola hacer, hasta que me preguntó:
       —¿Pertenece tu madre a la Hadassah?
       —No sé ahora. En Newark sí que pertenecía.
       —¿Era miembro activo?
       —Creo que sí. Se pasaba el día plantando árboles en Israel por alguien.
       —¿Ah, sí? —dijo la señora Patimkin. ¿Cómo se llama?
       —Esther Klugman. Ahora está en Arizona. No sé si allí habrá Hadassah.
       —La hay en todos los sitios donde haya mujeres judías.
       —En tal caso, supongo que sí será miembro. Está con mi padre. Se mudaron por culpa del asma que padecen los dos. Yo vivo en Newark, con una tía mía que no pertenece a la Hadassah. Mi tía Sylvia, sí, en cambio. ¿Los conoce usted, a Aaron y Sylvia Klugman? Son socios del mismo club que ustedes. Tienen una hija, mi prima Doris —no podía dejar de hablar. Viven en Livingston. Quizá no sea la Hadassah a lo que pertenece mi tía Sylvia. Creo que es una organización de lucha contra la tuberculosis. O el cáncer. O la distrofia muscular, quizá. Lo que sé seguro es que está comprometida en la lucha contra alguna enfermedad.
       —Eso está muy bien —dijo la señora Patimkin.
       —Sí, sí.
       —Hacen un trabajo magnífico.
       —Lo sé.
       Pensé que la señora Patimkin empezaba a tenerme en mejor consideración: permitió que sus ojos violeta dejaran de mirar inquisidoramente y se limitaran a contemplar el mundo sin juzgarlo.
       —¿Estás interesado en la Alianza Judía? —me preguntó. Ron va a enrolarse en cuanto se case.
       —Creo que yo también esperaré hasta entonces —dije.
       Molesta, la señora Patimkin volvió a sus listados, y yo comprendí que tomarme a la ligera los asuntos judíos, hablando con ella, había sido una tontería por mi parte.
       —Colabora usted activamente con la Sinagoga, ¿verdad? —le pregunté, manifestando todo el interés que me resultó posible manifestar.
       —Sí —dijo ella. ¿A qué sinagoga perteneces tú? —añadió, al cabo de un momento.
       —Antes pertenecíamos a la sinagoga de la calle Hudson. No he tenido mucho contacto desde que se marcharon mis padres.
       No sé si la señora Patimkin captó algo falso en mi tono. Yo creí que había controlado mi compungida confesión bastante bien, sobre todo teniendo en cuenta mi década de paganismo anterior a la marcha de mis padres. En todo caso, la señora Patimkin inmediatamente —y, al parecer, con alguna intención— me dijo:
       —El sábado vamos todos a la sinagoga. ¿Quieres venirte? ¿Eres ortodoxo o conservador?
       Me lo pensé.
       —Bueno, hace mucho que no voy… Digamos que cambié…
       Sonreí.
       —Soy judío, a secas —dije, con la mejor intención del mundo, pero aquello también dio lugar a que la señora Patimkin reanudase su tarea de la Hadassah. Busqué desesperadamente algo que pudiera convencerla de que no era un infiel. Al final le pregunté—: ¿Conoce usted la obra de Martin Buber?
       —Buber… Buber —dijo, con la mirada puesta en su lista de la Hadassah. ¿Es ortodoxo o conservador?
       —Es un filósofo.
       —¿Es reformado? —me preguntó, molesta ante lo evasivo de mi respuesta, o tal vez ante la posibilidad de que Buber asistiera sin sombrero a las funciones vespertinas del viernes, o de que su mujer sólo tuviera una vajilla.
       —Ortodoxo —dije, desmayadamente.
       —Eso está muy bien —dijo ella.
       —Sí.
       —¿No es ortodoxa la sinagoga de la calle Hudson? —me preguntó.
       —No lo sé.
       —Creí entender que estabas en esa sinagoga.
       —Allí hice el bar mitzvah.
       —¿Y no sabes si es ortodoxa o no?
       —Sí, sí lo sé. Es ortodoxa.
       —En tal caso, tú también serás ortodoxo.
       —Sí, sí, soy ortodoxo —dije. ¿Qué es usted? —añadí, ruborizándome.
       —Ortodoxa. Mi marido es conservador. —Lo cual, creí entender, quería decir que el hombre no estaba demasiado interesado en el asunto. Brenda no es nada, como seguramente sabes.
       —¿Ah? —dije. Pues no, no lo sabía.
       —Era la mejor alumna de hebraísmo que nunca vi —dijo la señora Patimkin—, pero luego, claro, con la edad, sacó los pies del plato.
       La señora Patimkin se me quedó mirando, y me pregunté si lo correcto no sería darle la razón.
       —Bueno, no sé —dije, finalmente—, yo diría que Brenda es conservadora. Quizá un poco reformada…
       Sonó el teléfono, redimiéndome, y yo elevé al Señor una silenciosa plegaria ortodoxa.
       —Diga —dijo la señora Patimkin—… No… No puedo, tengo que hacer todas esas llamadas que te dije, por la Hadassah.
       Hice como que escuchaba el trinar de los pajaritos en el jardín, aunque estuviéramos con las ventanas cerradas y no nos llegara ningún sonido natural del exterior.
       —Mándamelos con Ronald… No, no, no podemos esperar. No, desde luego, si queremos tenerlo a tiempo.
       La señora Patimkin me lanzó una mirada; luego tapó el micrófono del teléfono con la mano.
       —¿Te importaría recogerme una cosa en Newark?
       Me puse en pie.
       —No, no, encantado.
       —¿Cariño? —volvió a hablar en el teléfono—. Neil irá a recogerlo… No, Neil, el amigo de Brenda… Sí… Hasta luego… Mi marido tiene unos diseños de plata que me gustaría ver. ¿Te importaría ir a su oficina a recogerlos?
       —Por supuesto que no.
       —¿Sabes dónde está la fábrica?
       —Sí.
       —Toma —dijo, tendiéndome un llavero—, llévate el Volkswagen.
       —Tengo el coche ahí fuera.
       —Llévate éste —dijo ella.
       Lavabos y Fregaderos Patimkin se hallaba en pleno corazón del barrio negro de Newark. Esta zona, años atrás, cuando la gran inmigración, fue judía, y aún podían verse las pequeñas pescaderías, las charcuterías kósher, los baños turcos en que mis abuelos hicieron sus compras y tomaron sus baños a principios de siglo. Hasta los olores persistían: pescado blanco, carne en conserva, tomates ácidos… Pero, ahora, sobre estos olores prevalecían otros, como el olor más fuerte y más grasiento de los desguaces automovilísticos, el olor ácido de las cerveceras, el olor a quemado de las tenedurías; y, en las calles, en vez de yiddish, se oían los gritos de los niños negros haciendo el Willie Mays con un mango de escoba y media bola de caucho. El vecindario había cambiado: los viejos judíos, como mis abuelos, habían luchado y habían muerto, y sus descendientes habían luchado y habían prosperado, y se habían ido mudando cada vez más al oeste, hasta alcanzar los límites de Newark y luego rebasarlos, subiendo las laderas de las montañas Orange, hasta llegar a la cima, para luego ir bajando por la ladera opuesta, extendiéndose por territorio gentil, como los irlandeses y escoceses se habían extendido antes por el Cumberland Gap. En realidad, los negros estaban ahora emprendiendo el mismo trayecto, siguiendo los pasos de los judíos, y los que permanecían en el Tercer Distrito electoral llevaban la más miserable de las existencias, soñando en sus pútridos colchones con el olor a pino de las noches de Georgia.
       Me pregunté, sólo por un instante, si me tropezaría por esas calles con el chavalito de la biblioteca. No fue así, claro, aunque tenía que vivir en uno de esos edificios costrosos y desconchados de los que entraban y salían, sin cesar, perros, niños y mujeres con delantal. En los pisos superiores tenían abiertas las ventanas, y los viejos, incapaces ya de bajar las crujientes escaleras para llegar a la calle, permanecían donde los habían puesto, junto a las ventanas sin cortinas, con los codos apoyados en cojines sin relleno y con las cabezas inclinadas hacia delante, contemplando el fluir de jóvenes y preñadas y desempleados. ¿Quién llegaría detrás de los negros? ¿Quién quedaba? «Nadie», pensé, «y algún día estas calles donde mi madre bebía té caliente en viejos cacharros de jahrzeit
[en el original, en yiddish: aniversario luctuoso que se celebra según el ritual judaico], quedarán vacías, y todos nos habremos mudado a lo alto de las montañas Orange, y puede que en ese momento los muertos dejen de revolverse en sus tumbas, de una vez».
       Aparqué el Volkswagen delante de una enorme puerta de garaje en cuyo frontispicio se leía, de lado a lado:

Lavabos y Fregaderos Patimkin
Todos los tamaños — Todos los modelos

       Una vez dentro, vi un despacho vidriado, en mitad de un inmenso almacén. En la trasera estaban cargando dos camiones, y el señor Patimkin, con un puro en la boca, le gritaba a alguien. Era a Ron, que llevaba una camiseta blanca con el logo de la Asociación de Atletismo del Estado de Ohio. Aunque era más alto que el señor Patimkin, y casi igual de corpulento, permanecía con las manos colgando, sin fuerza, como un niño pequeño. El cigarro puro se desplazaba por la boca del señor Patimkin. Seis negros cargaban el camión, febrilmente, lanzándose los lavabos de uno a otro, un espectáculo que me dejó sin aliento.
       Ron se apartó del señor Patimkin y se puso de nuevo a dirigir a los cargadores. Agitaba mucho las manos y daba la impresión de estar bastante confuso y de importarle un pimiento que dejaran caer algún lavabo. De pronto, tuve una visión de mí mismo dirigiendo a los negros: la situación me provocaría una úlcera en menos de una hora. Casi oía el ruido de esos objetos esmaltados al estrellarse contra el suelo. Y me oía gritar, también: «Cuidado, chicos. Andaos con mucho ojo, ¿vale? ¡Huy! ¡Cuidado! ¡Cuidado! ¡Eh!». Cabía la posibilidad de que el señor Patimkin se acercara a mí y me dijese: «Muy bien, muchacho, de modo que quieres casarte con mi hija. Pues vamos a ver qué sabes hacer». Y sí, iba a verlo: en cuestión de segundos, el suelo se trocaría en un mosaico de pedacitos, en un crujiente camino de fragmentos esmaltados. «¡Klugman! ¿A eso lo llamas tú trabajar? Trabajas igual que comes, como un pajarito». «Es verdad, es verdad, soy un gorrión, deje que me vaya». «¿No eres capaz ni de cargar y descargar cosas?». «Mire, señor Patimkin, hasta respirar me cuesta un esfuerzo, hasta durmiendo me canso, deje que me vaya, deje que me vaya…».
       El señor Patimkin se dirigía a la pecera, porque estaba sonando el teléfono, y yo conseguí desembarazarme de mi mal sueño diurno y me encaminé también hacia el despacho. Cuando entré, el señor Patimkin levantó los ojos del teléfono: me saludó con un movimiento del pringoso puro que ahora tenía en la mano libre y se me acercó. Fuera, oí que Ron gritaba en tono muy alto: «¡No podéis iros todos a comer al mismo tiempo! ¡No tenemos todo el día!».
       —Siéntate —me lanzó el señor Patimkin, pero cuando reanudó su conversación telefónica me di cuenta de que en el despacho no había más asiento que el suyo.
       No se suponía que nadie tomase asiento, en Lavabos Patimkin: allí había que ganarse el dinero con el sudor de la frente, de pie. Me entretuve pasando revista a los distintos calendarios que colgaban de los archivadores: presentaban unas mujeres tan en trance, tan fantásticamente provistas de muslos y de ubres, que quedaban muy lejos de la pornografía. El artista que dibujó las chicas para el calendario de la Constructora Lewis y de Earl, Taller de Camiones y Automóviles, y de Cartonajes Grossman e hijo había pintado un tercer sexo para mí desconocido.
       —Claro, claro, claro —decía el señor Patimkin al teléfono. Mañana, no me vengas con mañana. Mañana puede estallar en pedazos el planeta.
       Al otro lado de la línea alguien dijo algo. ¿Quién era? ¿Lewis, el de la constructora? ¿Earl, el del taller?
       —Esto es una empresa, Grossman, aquí no hacemos obras de caridad.
       Así que era Grossman el que se estaba llevando el rapapolvo telefónico.
       —Una mierda —dijo el señor Patimkin. No eres el único en esta ciudad, amigo mío —y me guiñó el ojo.
       Ajá, una conspiración contra Grossman. Entre el señor Patimkin y yo. Sonreí tan confabulatoriamente como me fue posible.
       —Muy bien, entonces: estamos aquí hasta las cinco… No más tarde.
       Anotó algo en un papel. Era sólo una equis de gran tamaño.
       —Mi hijo estará aquí —dijo. Sí, está trabajando conmigo.
       Lo que fuera que dijese Grossman al otro lado del hilo dio lugar a que el señor Patimkin soltase una carcajada. Colgó sin decir adiós.
       Miró hacia la parte trasera, a ver qué hacía Ron.
       —Cuatro años en el college y no es capaz de descargar un camión.
       No supe qué contestar, pero en última instancia opté por la verdad:
       —Yo tampoco sería capaz, me parece.
       —Pues aprendes. ¿Te crees que yo soy un genio? Yo también tuve que aprender. Nadie se muere por trabajar duro.
       Con eso estuve de acuerdo.
       El señor Patimkin miró su cigarro puro.
       —Hay que esforzarse para conseguir las cosas. Si te quedas sentado, engordando el trasero, no llegas a ninguna parte… Los hombres más importantes del país han trabajado todos mucho, créeme. Hasta el mismísimo Rockefeller. El éxito no viene así como así.
       Esto último no fue tanto que llegara a decirlo como que lo musitó, sin apartar la vista de sus dominios. No se podía afirmar que fuese un enamorado de la palabra, y tuve la sensación de que si había lanzado semejante batería de lugares comunes había sido, seguramente, por el efecto combinado del comportamiento de Ron y mi presencia —la mía, la de un extraño que quizá se convirtiera en íntimo, alguna vez—. Pero ¿acaso le pasaba por la cabeza semejante posibilidad al señor Patimkin? No sabía yo; lo único que me constaba era que las palabras que pronunció a duras penas transmitían toda la satisfacción y la sorpresa que sentía ante la vida que había logrado crear para sí mismo y para su familia.
       Volvió a mirar a Ron.
       —Míralo. Si jugara así al baloncesto, lo echarían de la cancha a patadas.
       Pero lo dijo sonriendo.
       Fue a la puerta.
       —Ronald, deja que se vayan a comer.
       Ron le devolvió el grito:
       —Es mejor que vayan primero unos y luego otros.
       —¿Por qué?
       —Porque así siempre habrá alguien…
       —No me vengas con cosas raras —gritó el señor Patimkin. Aquí salimos todos a comer al mismo tiempo.
       Ron se volvió:
       —¡Muy bien, chicos, a comer!
       Su padre me sonrió.
       —Listo, ¿eh? —Se tocó la frente con el dedo índice. Hace falta pensar, para eso, ¿eh? No tiene estómago para el trabajo. Es un idealista.
       En ese mismo momento, de pronto, el señor Patimkin se dio cuenta de con quién estaba hablando, y se apresuró a arreglarlo, para no ofenderme:
       —Eso está bien, comprendes, si eres profesor, o lo que tú eres, una persona que se dedica a estudiar, o algo así. Aquí tienes que ser un poco gonif ¿Sabes lo que significa gonif?
       —Ladrón —dije.
       —Sabes más que mis hijos. Mis hijos son unos goyim
[en el original, en yiddish: plural de goy, persona que no es judía, gentil], hasta ahí llegan.
       Vio que la cuadrilla de cargadores negros pasaba por delante de su despacho, y gritó:
       —¡Eh, muchachos! ¿Sabéis cuánto dura una hora? Pues aquí, como clavos, dentro de una hora.
       Ron entró en el despacho y, por supuesto, me estrechó la mano.
       —¿Tiene usted lo que me ha mandado a buscar la señora Patimkin?
       —Ronald, trae las muestras de plata.
       Ron salió y el señor Patimkin dijo:
       —Cuando nos casamos, comíamos con tenedores y cuchillos de tres al cuarto. Este chico necesita oro para llevarse la comida a la boca.
       Pero no lo dijo enfadado; en modo alguno.

       Me acerqué a las montañas en mi coche aquella misma tarde, y permanecí un rato tras la alambrada, contemplando las cabriolas ligeras de los ciervos, su modo tímido de pastar, bajo la protección de unos carteles que rezaban
PROHIBIDO DAR DE COMER A LOS CIERVOS, por orden de la Reserva de South Mountain. Cerca de mí, a lo largo de la valla, había decenas de niños: reían y chillaban cuando se les acercaban los ciervos y les lamían la mano llena de palomitas de maíz, y luego se entristecían cuando su propia excitación asustaba a los jóvenes animales, que huían dando brincos hacia el extremo más alejado del terreno, donde se congregaban sus madres de piel tostada y porte majestuoso, mirando cómo trepaban los automóviles por la ruta de montaña. Pálidas madres, apenas mayores que yo, y más jóvenes, en muchos casos, parloteaban dentro de sus descapotables, detrás de mí, echando de vez en cuando una miradita a sus retoños, a ver qué hacían. Las conocía de vista, de las veces en que Brenda y yo habíamos salido a comer algo, o nos habíamos venido aquí a comer: solíamos verlas en grupos de tres y de cuatro, sentadas en los chiringuitos rústicos que salpicaban la zona de la Reserva, mientras sus niños devoraban hamburguesas y leche malteada y se mantenían bien surtidos de moneditas con que hacer funcionar el jukebox. Ninguno de los pequeños sabía leer como para reconocer los títulos de las canciones, pero casi todos eran capaces de cantar la letra a voces, y no se privaban de ello, mientras las madres —entre las cuales vi antiguas compañeras mías de instituto— comparaban bronceados, supermercados y vacaciones. Cualquiera habría dicho que eran inmortales, viéndolas allí. Su pelo sería, para siempre, del color que ellas quisieran; sus ropas, de la calidad y el color adecuados; en sus casas tendrían muebles nórdicos, sencillos y modernos, mientras estuvieran de moda, y si por casualidad volviera lo barroco y feo, desterrarían la mesa de centro paticorta y alargada y la sustituirían por algo LuisXIV. Eran diosas, y si me hubiera encontrado en el lugar de Paris, no habría sabido cuál de ellas elegir, dado lo microscópico de las diferencias. Sus destinos las habían reducido a la unidad. Sólo Brenda resplandecía. El dinero y el confort, juntos, no bastaban para borrar su condición única. O todavía no. ¿O sí? Me pregunté qué era lo que amaba, y como no soy de los que se autoflagelan, pasé la mano por entre los alambres de la valla y permití que un cervatillo de hocico diminuto me ahuyentara los malos pensamientos a lametones.
       Cuando volví a casa de los Patimkin, Brenda estaba en el salón, más guapa de lo que jamás la había visto. Estaba enseñándoles su vestido nuevo a su madre y a Harriet. La propia señora Patimkin parecía ablandarse al verla: era como si le hubieran puesto un sedante, relajándole así los músculos de odiar a Brenda que tenía alrededor de los ojos y de la boca.
       Brenda, sin gafas, hacía de modelo; cuando puso los ojos en mí, lo que percibí fue una mirada grogui, medio dormida, que otros seguramente habrían considerado propia de una persona que tiene sueño, pero que en mis venas resonó con concupiscencia. Finalmente, la señora Patimkin le dijo que había comprado un vestido precioso, yo le dije que estaba encantadora y Harriet le dijo que estaba guapísima y que tendría que ser ella la novia, y hubo un incómodo silencio mientras todos nos preguntábamos quién debería ser el novio.
       Luego, cuando la señora Patimkin se llevó a Harriet a la cocina, Brenda se acercó a mí y me dijo:
       —Desde luego que yo debería ser la novia.
       —Desde luego, cariño.
       La besé y, de pronto, estaba llorando.
       —¿Qué te pasa, amor mío? —le pregunté.
       —Vamos fuera.
       Una vez en el césped, Brenda ya no lloraba, pero su voz denotaba un enorme cansancio.
       —Neil, llamé a la clínica Margaret Sanger mientras estaba en Nueva York —dijo.
       No contesté.
       —Neil, me preguntaron si estaba casada, me lo preguntaron. Esa mujer parecía mi madre, al teléfono.
       —¿Qué le dijiste?
       —Le dije que no.
       —¿Qué dijo ella?
       —No sé. Colgué sin darle tiempo a contestar.
       Se apartó de mí y dio unos pasos en torno al roble. Cuando completó la vuelta y volví a verla, iba sin zapatos y tenía una mano apoyada en el árbol, como si estuviera girando alrededor de un mayo.
       —Puedes llamar de nuevo.
       Negó con la cabeza.
       —No, no puedo. Ni siquiera sé por qué he llamado la primera vez. Estábamos de compras y, sencillamente, me escabullí un momento, busqué el número y llamé.
       —Pues entonces puedes ir a un médico.
       Volvió a negar.
       —Mira, Bren —dije, corriendo hacia ella—, iremos juntos al médico. En Nueva York…
       —No quiero ir a una clinicucha…
       —No iremos a ninguna clinicucha. Iremos al ginecólogo más chic de Nueva York. Uno que tenga Harper’s Bazaar en la sala de espera. ¿Qué te parece eso?
       Se mordió el labio inferior.
       —¿Vendrás conmigo?
       —Iré contigo.
       —¿A la consulta?
       —Cariño, un marido nunca te acompañaría a la consulta.
       —¿No?
       —Estaría en el trabajo.
       —Pero tú no estás en el trabajo —dijo ella.
       —Yo estoy de vacaciones —dije, pero había contestado a la pregunta que no era. Bren, estaré esperándote, y cuando todo haya terminado nos tomaremos una copa. Iremos a cenar.
       —Neil, no debería haber llamado a la Margaret Sanger. No está bien.
       —Sí está bien, Brenda. Es lo más correcto que podemos hacer.
       Se apartó de mí, y yo estaba exhausto de tanto implorar. En cierto modo, tenía la sensación de que habría podido convencerla si hubiese estado algo más hábil; pero tampoco quería que cambiase de opinión por efecto de mi habilidad. Me mantuve en silencio cuando volvió a acercárseme, y fue quizá eso, que no dijera nada, lo que en última instancia la llevó a decir:
       —Le preguntaré a mamá Patimkin si quiere que llevemos a Harriet también…


7

       Nunca olvidaré el calor y la pesadez de la tarde en que fuimos a Nueva York en coche. Fue cuatro días después de haber llamado ella a la clínica Margaret Sanger: lo estuvo aplazando todo lo que pudo, pero al final, el viernes, cuando faltaban tres días para la boda de Ron y cuatro para que ella se marchase, íbamos recorriendo el túnel Lincoln, que parecía más largo y más lleno de humo que nunca, como un infierno alicatado. Por fin llegamos a Nueva York y volvió a asfixiarnos el bochorno. Contorneé al policía que dirigía el tráfico en mangas de camisa y subí al techo de la Comandancia del Puerto para aparcar el coche.
       —¿Tienes para el taxi? —dije.
       —¿No vas a venir conmigo?
       —Pensaba esperarte en el bar. Aquí mismo, abajo.
       —Puedes esperarme en Central Park. La consulta está en la calle de enfrente.
       —Bren, ¿qué más te…?
       Pero cuando percibí la mirada que le invadía los ojos, renuncié al aire acondicionado del bar para acompañarla por la ciudad. Cayó un chaparrón mientras nuestro taxi atravesaba la ciudad, y cuando cesó la lluvia las calles quedaron pegajosas y resplandecientes, y bajo la acera se oía el estruendo del metro, y todo era como adentrarse en el pabellón auditivo de un león.
       La consulta del médico estaba en el edificio Squibb, en cuya acera de enfrente está Bergdorf Goodman’s, un sitio estupendo para que Brenda ampliase su guardarropa. Por la razón que fuera, ni se nos había pasado por la cabeza ir a un médico de Newark, quizá porque quedaba demasiado cerca de casa y había más riesgo de que nos descubriesen. Al llegar ante la puerta giratoria, Brenda se volvió a mirarme: tenía los ojos muy húmedos, aun llevando las gafas puestas, y yo me abstuve de decir una sola palabra, temeroso de las consecuencias que una palabra, cualquier palabra, pudiera tener. Le di un beso en el pelo y le indiqué por señas que estaría en la acera de enfrente, en la fuente Plaza, y a continuación la vi girar con la puerta. En la calzada, el tráfico circulaba lentamente, como si la humedad fuera una muralla que lo frenase todo. La propia fuente parecía estar salpicando de agua hirviendo a todo el que se sentaba alrededor, y en un instante tomé la decisión de no cruzar la calle y seguí en dirección sur, por la Quinta Avenida, recorriendo la acera humeante, camino de la catedral de San Patricio. En la escalinata norte había mucha gente, mirando cómo fotografiaban a una modelo. Ésta llevaba un vestido color amarillo limón y se mantenía sobre las puntas de los pies, como una bailarina de ballet, y mientras entraba en la iglesia oí a una señora decir: «Ni comiendo requesón diez veces al día conseguiría yo estar tan delgada».
       Dentro de la iglesia no hacía mucho más fresco, pero la quietud ambiental y el parpadeo de las velas me hicieron creer que sí. Me senté al fondo y, sin llegar a arrodillarme, porque de tanto no era capaz, me apoyé en el respaldo del banco de delante, junté las manos y cerré los ojos. Me pregunté si tendría aspecto de católico, así puesto, y, sin haber resuelto la duda interna, me puse a elaborar un pequeño discurso para mí mismo. ¿Podríamos afirmar que esa retahila de frases, tan poco espontáneas, llegó a constituir una plegaria? En todo caso, di a mi público el nombre de Dios. Dios, dije, tengo veintitrés años. Quiero hacerlo todo lo mejor posible. Ahora, el médico está a punto de casarme con Brenda, y no estoy totalmente seguro de que eso sea lo mejor. ¿Qué es el amor, Señor? ¿Por qué he hecho mi elección? ¿Quién es Brenda? Las prisas son para los más rápidos. ¿Tendría que haberme parado a pensar?
       No me llegaba ninguna respuesta, pero seguí. Si nos identificamos contigo, Dios mío, es porque somos carnales, y posesivos y, por consiguiente, participamos de ti. Yo soy carnal, y sé que tú lo apruebas, no me preguntes cómo, pero lo sé. Pero ¿hasta dónde puedo llegar en mi carnalidad? Soy posesivo. ¿Hacia dónde oriento ahora mi posesividad? ¿Dónde coincidimos? ¿De qué eres Tú el premio?
       Era una meditación ingeniosa, y de pronto me sentí avergonzado. Me levanté y salí a la calle, y el ruido de la Quinta Avenida me recibió con una respuesta:
       ¿Qué premio tienes en mente, schmuck
[en el original, en yiddish: imbécil]? Cubertería de oro, árboles de los deportes, nectarinas, trituradores de basura, narices sin bulto, Lavabos Patimkin, Bonwit Teller…
       Pero, maldita sea, Dios, ¡todo eso eres Tú!
       Y el muy payaso de Dios se limitó a reírse.
       De nuevo junto a la fuente, me senté en la escalinata circular, bajo un pequeño arco iris que el sol formaba al pasar por las gotas de agua. Y en seguida vi a Brenda saliendo del edificio Squibb. No llevaba nada en las manos, como una señora que sólo hubiese estado mirando escaparates, y por un momento me alegré de que, en última instancia, no hubiese acatado mi voluntad.
       Mientras la miraba cruzar la calle, sin embargo, el acceso de ligereza se me pasó, y volví a ser yo mismo.
       Caminó hacia donde yo estaba y me localizó; cuando tomó aire, se llenó el cuerpo entero, y luego lo vació en un «¡Uf!».
       —¿Dónde está? —le pregunté.
       Su primera respuesta consistió en una de sus miradas de triunfo, como la que recibió Simp la tarde en que Brenda le ganó jugando al tenis, la que me dedicó a mí la mañana en que terminé la tercera vuelta yo solo. Al final dijo:
       —Lo llevo puesto.
       —Brenda…
       —Me dijo ¿se lo envuelvo o se lo lleva puesto?
       —Brenda, Brenda, te quiero.
       Dormimos juntos aquella noche, y tan inquietos y agitados con nuestro nuevo juguete, que nos comportamos como niños de un Kindergarten, o (por no acudir a lenguas extranjeras) digamos que fue una deplorable combinación de dos. Y luego al día siguiente apenas nos vimos, pues con los últimos preparativos de la boda vinieron las carreras, los telegramas, las voces, los gritos, las prisas… en una palabra, la locura. Hasta las comidas perdieron su plenitud Patimkin, y se montaron de cualquier modo, con queso Kraft, pan de cebolla duro, salami seco, un poco de hígado picado y cóctel de frutas. El ajetreo duró todo el fin de semana, y yo hice todo lo posible por mantenerme alejado de la tormenta, hacia cuyo ojo, Ron —torpe y sonriente— y Harriet —escurridiza y amable— iban viéndose atraídos cada vez con mayor fuerza. Al llegar el domingo por la noche, el cansancio detuvo la histeria, y todos los Patimkin, Brenda incluida, se fueron a la cama temprano. Cuando Ron se metió en el cuarto de baño a lavarse los dientes, decidí meterme yo también a lavarme los míos. Mientras yo permanecía ante el lavabo, él verificaba el grado de humedad de sus suspensorios; luego los colgó de las llaves de la ducha y me preguntó si me apetecía escuchar sus discos un rato. No fue porque me sentía solo y estaba aburrido por lo que acepté: fue más bien que había surgido una breve chispa de compañerismo de vestuario, allí, entre el agua, el jabón y los azulejos, y me dije que la propuesta de Ron quizá tuviera origen en un deseo de pasar sus últimos momentos de soltero con otro soltero. Si no me equivocaba, entonces era la primera vez que daba muestras de reconocer mi masculinidad. ¿Cómo iba a negarme?
       Me senté en la cama gemela no utilizada.
       —¿Pongo a Mantovani?
       —Muy bien —le dije.
       —¿Quién te gusta más, Mantovani o Kostelanetz?
       —No soy capaz de decidir entre uno y otro.
       Ron se acercó a su armario.
       —Oye, ¿qué tal el disco de Columbus? ¿Te lo ha puesto Brenda alguna vez?
       —No, no creo.
       Extrajo un disco de su funda y, como un gigante manipulando una concha marina, lo colocó con delicadeza y suavidad en el tocadiscos. Luego me dedicó una sonrisa y se echó en su cama, con las manos detrás de la cabeza y la mirada fija en el techo.
       —Se lo dan a todos los veteranos. Con el anuario…
       Pero se calló nada más empezar el disco. Yo me quedé mirándolo a él y escuchando el sonido.
       Al principio fue sólo un redoble de tambores, luego silencio, luego otro redoble de tambores… y luego, suavemente, una canción de marcha cuya melodía me resultaba muy familiar. Al terminar la canción sonaron campanas, a poco volumen, a mucho volumen, luego otra vez a poco volumen. Y finalmente vino una Voz, profunda e histórica, del tipo que le traen a uno a la memoria los documentales sobre el auge del fascismo.
       —Año 1956. Otoño. Estamos en la Universidad Estatal de Ohio…
       ¡La Blitzkrieg! ¡El Día del Juicio! El Señor acaba de dar la señal de partida, y los miembros del Ohio State Glee Club entonaban el himno de su alma máter como si de ello dependiera la salvación de sus almas. Tras un coro desesperado, cayeron, sin dejar de chillar, en el pozo sin fondo del olvido, y la Voz prosiguió:
       —Las hojas amarilleaban en los árboles. Las hogueras humeantes cubren el trazado de Fraternity Row, mientras los aspirantes rastrillan las hojas para convertirlas luego en una espesa neblina. Los veteranos saludan a los novatos, los novatos saludan a los veteranos, y un nuevo curso acaba de empezar…
       Música. Retorno triunfal del Glee Club. Luego la Voz:
       —Estamos a orillas del Olentangy. Va a celebrarse el Partido Inaugural del Curso 1956-57. El rival es el siempre peligroso Illini…
       Rugido de la multitud. Nueva voz: «Bill Stern. Illini con la pelota. Pase inicial. Linday retrocede para pasar, encuentra receptor, lanza un pase largo, largo, hacia el fondo del terreno… ¡E INTERCEPTA EL NÚMERO 43, HERB CLARK, DE OHIO! Clark esquiva un contrario, esquiva otro, llega a la zona central del campo. Ahora está eludiendo a sus marcadores, alcanza la línea de 45, la de 40, la de 35…».
       Y mientras Bill Stern azuzaba a Clark, y Clark a Bill Stern, Ron, en su cama, con sólo un poquito de expresión corporal, allanaba el camino de Herb Clark hacia la anotación.
       —Y ahora van por delante los Buckeyes, 21 a 19. ¡Qué partido!
       La Voz de la Historia baritoneó de nuevo:
       —Pero la temporada seguía adelante y cuando las primeras nieves cubrieron el turf, resonó en el pabellón el eco de los regates y el grito de ¡Arriba y… dentro!
       Ron cerró los ojos.
       —El partido de Minnesota —anunció una nueva voz, en tono más agudo—, y, para muchos de nuestros veteranos, el último partido con los rojiblancos… Los jugadores se disponen a saltar a la cancha y ponerse bajo los focos. Este público de entendidos sabrá transmitir su aprecio a los muchachos que el año que viene no volverán. Aquí tenemos a Larry Gardner, número 7, ya está en la pista, el gran Bill Larry de Akron, Ohio…
       «“Larry…”, anunciaban los altavoces; “Larry”, respondió el público con un rugido».
       «Y aquí tenemos a Ron Patimkin, que llega regateando. Ron, con el número 11, de Short Hills, Nueva Jersey. Es el último partido del gran Ron, y mucho tiempo habrá de pasar para que los seguidores de Buckeye lo olviden».
       El gran Ron se puso tenso, en su cama, cuando los altavoces anunciaron su nombre: una ovación que seguramente hizo temblar las canastas. Luego anunciaron a los demás jugadores, y al cabo de un rato se había terminado la temporada de baloncesto, y venía la Semana de Confirmación Religiosa, el Baile de los Veteranos (Billy May desgañitándose desde el techo del gimnasio), el acto nocturno de parodia de las fraternidades, lectura de E.E. Cummings a los alumnos (verso, silencio, aplauso); y luego, finalmente, la ceremonia de entrega de diplomas:
       —El campus guarda silencio en este día entre los días: para varios miles de muchachos y de muchachas, es una ocasión gozosa, pero también solemne. Y para sus padres es un día de risas, pero también de lágrimas. Es un día verde y resplandeciente, estamos a siete de junio del año de mil novecientos cincuenta y siete, y para estos jóvenes norteamericanos es el día más decisivo de sus vidas. Muchos de ellos tardarán años y años en volver a ver el campus de Columbus. La vida nos llama, y nerviosos, cuando no asustados, damos el paso y nos adentramos en el mundo, apartándonos de los placeres que vivimos en este recinto con las paredes cubiertas de hiedra. Pero no de su recuerdo, que será concomitante, si no fundamental, en nuestras vidas. Elegiremos maridos y esposas, puestos de trabajo y casas donde vivir, tendremos hijos y luego nietos, pero no, no te olvidaremos nunca, Universidad de Ohio. En los años venideros, siempre llevaremos con nosotros tu recuerdo, Universidad de Ohio…
       Lenta, suavemente, la banda inicia el himno del alma máter, y luego las campanas repican la última hora. Suave, muy suavemente, porque es primavera.
       A Ron se le erizó el vello de los nervudos brazos cuando la Voz prosiguió:
       —Nos ofrecemos, pues, a ti, oh mundo, a ti nos acercamos en busca de la Vida. Y a ti, Universidad de Ohio, a tu campus de Columbus, te damos las gracias y te decimos adiós. Te echaremos de menos, en otoño, en invierno, en primavera, pero algún día regresaremos. Hasta entonces, adiós, Universidad de Ohio, adiós, rojiblancos, adiós, Columbus… adiós, Columbus… adiós.
       Ron tenía los ojos cerrados. La banda volcaba su última carga de nostalgia, y yo salí de puntillas de la habitación, de consuno con los 2163 miembros de la Promoción del 57.
       Cerré mi puerta, pero en seguida volví a abrirla y miré a Ron: seguía en su cama, tarareando el himno. «¡Oh, tú», pensé, «cuñado mío!».

       La boda.
       Empecemos por los parientes.
       De parte de la señora Patimkin: su hermana Molly —una gallina pechugona y pequeñita, con los tobillos hinchados y los zapatos rebosándole, y que se iba a acordar de la boda de Ron aunque sólo fuera por el martirio que impuso a sus pies con unos tacones de diez centímetros—, y el marido de Molly, el de los productos lácteos, Harry Grossbart, que había hecho fortuna con la cebada y el trigo en tiempos de la Ley Seca. Ahora participaba en las actividades de la Sinagoga y cada vez que veía a Brenda le daba una palmada en el culo; era una especie de contrabando físico que pasaba, supongo, por afecto familiar. Luego estaba el hermano de la señora Patimkin, Marty Kreiger, el Rey del Perrito Caliente Kósher, un hombre inmenso, con tantas barrigas como papadas, y ya, a los cincuenta y cinco años, con tantos ataques al corazón como la suma de todas las papadas y todas las barrigas. Ahora volvía de una cura en las Catskills, donde decía no haber comido otra cosa que All-Bran, todo fibra, y haber ganado 1500 dólares jugando al gin rummy. Cuando vino el fotógrafo a hacer las fotos, Marty puso la mano en el par de obleas que su mujer tenía por pechos y dijo: «Oiga, mire qué foto tiene usted aquí». Su mujer, Sylvia, era una larguirucha con huesos de pajarito. Estuvo llorando durante toda la ceremonia, hasta el punto de romper en sollozos cuando el rabino declaró a Ron y Harriet «marido y mujer ante Dios y ante el Estado de Nueva Jersey». Luego, durante la cena, recuperó la dureza suficiente como para dar una palmada en la mano a su marido cuando éste intentaba apoderarse de un cigarro puro. Y, sin embargo, cuando el marido alargó el brazo y le agarró una teta se limitó a poner cara de horror, sin decir nada.
       También estaban las dos hermanas gemelas de la señora Patimkin, Rose y Pearl, que tenían ambas el pelo blanco —del mismo color que los descapotables de la marca Lincoln—, la voz nasal y sendos maridos que las seguían a todas partes pero que sólo hablaban entre ellos, como si, de hecho, las hermanas se hubieran casado la una con la otra, y los maridos, el uno con el otro. Los maridos, que se llamaban Earl Klein y Manny Kartzman, ocuparon asientos contiguos durante la boda, y luego también en la cena, y en una ocasión, de hecho, mientras la orquesta tocaba entre plato y plato, se levantaron, Klein y Kartzman, como para bailar, pero lo que hicieron fue dirigirse al extremo opuesto de la sala, donde, juntos, recorrieron todo lo ancho de la pista de baile. Luego supe que Earl vendía alfombras y que había querido hacerse una idea de cuánto podía ganar en el supuesto de que el Hotel Pierre lo favoreciera con un pedido.
       Por parte del señor Patimkin sólo estaba su medio hermano Leo, casado con una señora llamada Bea a quien nadie parecía dirigir la palabra, y que se pasó la cena levantándose y sentándose y acercándose a la mesa de los niños para comprobar que su hijita, Sharon, estuviera bien atendida. «Le dije que no nos trajéramos a la niña. Llama a una canguro, le dije». Esto me dijo Leo mientras Brenda bailaba con el testigo principal de Ron, Ferrari. «Y ella me contesta ¿qué te crees, que somos millonarios? Pues no, ni por el forro, pero es la boda de mi hermano, y tengo derecho a celebrarlo un poco. Pero no, tenemos que shleb[en el original, en yiddish: arrastrar] a la cría con nosotros. Todo porque así tiene algo que hacer…». Recorrió el salón con la mirada. En el escenario, Harry Winters (nacido Weinberg), al frente de su orquesta, dirigía un popurrí de My Fair Lady; en la pista, bailaban gentes de todas las edades, todos los tamaños, todas las formas. El señor Patimkin bailaba con Julie, a quien se le había resbalado la parte de arriba del vestido, dejando al descubierto su pequeña espalda suave y su cuello largo, como el de Brenda. El hombre bailaba en pequeños rectángulos, haciendo todo lo posible por no pisar a Julie. Harriet, muy hermosa novia, a decir de todo el mundo, bailaba con su padre. Ron bailaba con la madre de Harriet, Brenda con Ferrari, y yo llevaba un rato sentado en la silla contigua a Leo, para que nadie me hiciera bailar con la señora Patimkin, como parecía previsible, según se iba desarrollando todo.
       —Tú eres el novio de Brenda, ¿no? —dijo Leo.
       Asentí con la cabeza: llevaba ya un rato, esa tarde, sin ponerme a dar explicaciones y ruborizarme.
       —Tienes un buen asunto entre manos, chico —dijo Leo. Que no se te escape.
       —Es muy guapa —dije yo.
       Leo empezó a servirse champán en una copa y se detuvo un momento, como esperando a que subiera la espuma; en vista de que no, llenó el recipiente hasta el borde.
       —Guapa o no guapa, qué más da. Yo soy un hombre práctico. Más me vale, estando como estoy en lo más bajo de la escala. Si eres Ali Kan, lo que te toca es casarte con estrellas de cine. No nací ayer… ¿Sabes qué edad tenía cuando me casé? Treinta y cinco años. No sé por qué puñetas me entró la prisa —vació su copa y volvió a llenársela. Oye lo que te digo, una cosa buena me ha ocurrido en la vida. Dos, quizá. Antes de volver de Europa, recibí una carta de mi mujer, que todavía no era mi mujer. Mi suegra nos había encontrado un piso en Queens. Sesenta y dos dólares con cincuenta céntimos de alquiler. Eso fue lo último bueno que me ocurrió.
       —¿Qué fue lo primero?
       —¿Qué primero?
       —La primera de las dos cosas buenas.
       —No me acuerdo. Dije dos porque mi mujer siempre me está acusando de cínico y de sarcástico. Así, a lo mejor no piensa que me paso de gracioso.
       Vi que Brenda y Ferrari dejaban de bailar, de modo que pedí perdón e inicié el acercamiento, pero en ese mismo instante el señor Patimkin dejó de bailar con Julie, y dio la impresión de que iba a haber un cambio de parejas. En lugar de ello, se quedaron los cuatro quietos en la pista y cuando me incorporé al grupo todos se estaban riendo y Julie preguntaba: «¿Dónde está la gracia?». Ferrari me dijo «Hola» y se apartó de Julie, lo cual hizo que la niña estallara en carcajadas.
       El señor Patimkin tenía una mano en la espalda de Brenda, y de pronto me encontré con que tenía su otra mano en mi espalda.
       —Chicos, ¿estáis pasándolo bien? —preguntó.
       Era como si estuviésemos balanceándonos, los tres, al ritmo de Get Me to the Church on Time.
       Brenda le dio un beso a su padre.
       —Sí —dijo. Tengo tal trompa, que me sobra la cabeza encima del cuello.
       —Una boda estupenda, señor Patimkin.
       —Si queréis algo, no tenéis más que decírmelo —dijo, también él un poco borracho. Sois dos buenos chicos… ¿Qué te parece que se case tu hermano?… ¿Eh?… ¿A que es una chica estupenda?
       Brenda sonrió, aparentemente convencida de que su padre se refería a ella, aunque yo, por mi parte, estaba seguro de que se refería a Harriet.
       —¿Te gustan las bodas, papá? —dijo Brenda.
       —Me gustan las bodas de mis hijos —me dio una palmada en la espalda. ¿Os apetece algo, chicos? Pasáoslo bien. No te olvides —se dirigía a Brenda— de que eres mi niña querida —ahora me hablaba a mí. Todo lo que quiera mi bichito, por mí, estupendo. A ningún negocio, por grande que sea, le viene mal una cabeza nueva.
       Yo sonreí, pero no a él directamente, y, allá al fondo, vi a Leo empapuzándose de champán sin dejar de mirarnos; cuando vio que lo miraba me hizo seña con la mano, poniendo el índice y el pulgar en círculo, lo cual quería decir: «Perfecto, chico, perfecto».
       Cuando nos dejó solos el señor Patimkin, Brenda y yo bailamos muy juntos, y no volvimos a sentarnos hasta que empezaron a llegar los camareros con el plato principal. En la cabecera de la mesa había mucho ruido, sobre todo en nuestro lado, donde los varones eran casi todos compañeros de Ron de algún deporte: se trajelaron una fantástica cantidad de panecillos. Tank Feldman, que había compartido habitación con Ron y que había venido en avión desde Toledo, se pasó el rato pidiéndole panecillos al camarero, y también apio y aceitunas, provocando, en cada ocasión, un gritito de gozo por parte de Gloria Feldman, su mujer, una chica nerviosa y desnutrida, que estaba todo el tiempo mirándose el escote, como si debajo de su ropa hubiera en marcha algún proyecto de construcción de algún tipo. Gloria y Tank, de hecho, parecían haberse autoproclamado capitanes de nuestro equipo. Propusieron brindis, se arrancaron con una canción tremenda y todo el rato nos estuvieron llamando «tortolitos» a Brenda y a mí. Brenda sonreía, enseñándole los colmillos, y yo logré componer una expresión de alegre simpatía gracias a alguna aurícula fraudulenta de mi corazón.
       Y prosiguió la noche: comimos, bebimos, bailamos… Rose y Pearl se marcaron juntas un charlestón (mientras sus maridos pasaban revista de la carpintería y las lámparas), y a continuación yo también lo bailé, nada menos que con Gloria Feldman, que estuvo sonriéndome espantosamente durante todo el rato. Cerca ya del final de la velada, Brenda, que había bebido tanto champán como su tío Leo, bailó ella sola un tango a lo Rita Hayworth, y Julie se quedó dormida en unos helechos que antes ella misma había retirado de la mesa, para fabricarse una cama con ellos en el lado opuesto de la sala. A mí se me estaba durmiendo el paladar duro, y a las tres la gente ya bailaba con el abrigo puesto, y unas cuantas señoras descalzas envolvían trozos de tarta en servilletas, para llevárselos a sus retoños; y, por último, Gloria Feldman se abrió paso hasta nuestro sector de la mesa y dijo, tan pimpante:
       —Bueno, bueno, ¿qué ha estado haciendo nuestra pequeña Radcliffe durante todo el verano?
       —Dejar que me crezca un pene.
       Gloria sonrió y se marchó tan deprisa como había venido, y Brenda, sin decir más, echó a andar vacilantemente hacia el servicio de señoras, para allí recibir el justo premio a sus abusos. Apenas se había levantado ella cuando Leo vino a sentarse a mi lado, con una copa en una mano y una botella de champán en la otra.
       —Ni rastro de los novios —mirando en derredor con ojos de lujuria. En aquel momento ya apenas le quedaban consonantes y hacía lo que podía a fuerza de vocales largas y húmedas. Bueno, tú eres el siguiente, muchacho, lo veo en las cartas… No serás tú quien se deje engañar.
       Y me apuñaló el costado con el morro de la botella de champán, manchándome el esmoquin alquilado. Enderezó la postura, se sirvió más champán, entre la copa y la mano, y luego, de pronto, se quedó quieto. Miraba las luces ocultas tras un arriate de flores que adornaba la parte delantera de la mesa. Sacudió la botella, como para hacerla desbordarse en un chorro de burbujas.
       —El hijo de puta que inventó la luz fluorescente, ¡que se muera ahora mismo!
       Dejó la botella y bebió de la copa.
       En el escenario, Harry Winters hizo que sus músicos dejaran de tocar. El batería se puso en pie y se desperezó, y todos empezaron a abrir estuches y guardar sus instrumentos. En la pista, los parientes, los amigos, los conocidos, se mantenían agarrados por la cintura y los hombros, y los niños pequeños correteaban entre las piernas de sus padres. Dos niños entraban y salían corriendo de entre la gente, gritando como posesos, hasta que uno de ellos se dejó atrapar por un adulto y recibió un sonoro azote en el trasero. Mientras el niño lloraba, la pista se fue vaciando, pareja por pareja. Nuestra mesa era un revoltijo de toda clase de objetos espachurrados: servilletas, fruta, flores; había botellas vacías de whisky, helechos macerados, y platos manchados de pastel de cerezas, pringoso ya con el transcurso de las horas. En la cabecera, el señor Patimkin permanecía al lado de su mujer, sujetándole la mano. Frente a ellos, en dos sillas de tijera traídas al efecto, estaban el señor y la señora Ehrlich. Hablaban sin levantar la voz ni alterar el tono, como si se conocieran de siempre. Todo se había hecho más lento, ahora, y de vez en cuando se acercaba alguien a los Patimkin y los Ehrlich, les deseaba mazel tov
[en el original, en yiddish: buena suerte], y se marchaba con sus familias en busca de la noche septembrina, fresca y ventosa, dijo alguien, haciéndome recordar que pronto llegarían el invierno y la nieve.
       —Nunca se gastan, los cacharros esos, ya sabes.
       Leo señalaba las luces fluorescentes que brillaban entre las flores.
       —Duran años. Si quisieran, también podrían hacer coches así, para siempre. Que funcionaran con agua en verano y con nieve en invierno. Pero los mandamases no quieren hacerlo… Yo, por ejemplo —dijo Leo, poniéndose perdida de champán la delantera del traje—, vendo una buena bombilla. De las que no se encuentran en las tiendas. Una bombilla de calidad. Pero yo soy pequeñito. Ni coche tengo. Soy el hermano de aquí, y ni coche tengo. A todas partes voy en tren. No conozco a nadie más que gaste tres pares de chanclos cada invierno. Todo el mundo se compra unos nuevos cuando se les pierden los antiguos. Yo los desgasto, como zapatos. Mira —siguió, echándoseme encima—, igual me daría vender unas bombillas malísimas, no se me iba a romper el corazón. Pero no es buen negocio.
       Los Ehrlich y los Patimkin echaron atrás sus sillas y se dispusieron a partir, todos menos el señor Patimkin, que, siguiendo el borde de la mesa, se nos acercó a Leo y a mí.
       Le dio una palmada en la espalda a Leo.
       —Bueno, shtarker
[en el original, en yiddish: matón a sueldo; de shtarke, persona fuerte], ¿qué tal todo?
       —Muy bien, Ben, muy bien.
       —¿Lo has pasado bien?
       —Ha estado estupendo, Ben, te tiene que haber costado una pasta, créeme…
       El señor Patimkin se rió.
       —Cuando me llega la hora de hacer la declaración de Hacienda, siempre voy a hacerle una visita a Leo. Él sabe exactamente la cantidad de dinero que he gastado… ¿Quieres que te llevemos a casa? —me preguntó a mí.
       —No, gracias, estoy esperando a Brenda. Tenemos mi coche.
       —Buenas noches —dijo el señor Patimkin.
       Lo vi bajar de la tarima sobre la que se alzaba la mesa principal y luego dirigirse a la salida. Ahora, sólo quedábamos en el salón —enteramente patas para arriba— yo y Leo con su mujer y su hija, dormidas ambas en el suelo, con un mantel apelotonado por almohada. Brenda seguía sin aparecer.
       —Cuando se tiene con qué —dijo Leo, apiñando los dedos y moviéndolos—, puedes decir todas las chulerías que te vengan en gana. ¿Para qué sirve un tío como yo, a estas alturas? Los vendedores, te puedes olvidar. Vas al supermercado y te compras todo lo que quieras. Donde hace la compra mi mujer, tienen sábanas y fundas de almohada. ¡Figúrate, una tienda de comestibles! Yo vendo a gasolineras, factorías, pequeñas empresas, a todo lo largo de la costa este. Por supuesto, al tío de la gasolinera le puedes vender una porquería de bombilla, que se funda en una semana. Porque en el interior de las estaciones de servicio de que te hablo hace falta un determinado tipo de bombilla. De seguridad. O sea que muy bien, que le vendes una porquería de bombilla, y al cabo de una semana el tío tiene que poner una nueva, y mientras la está enroscando se acuerda de cómo te llamas. A mí no me va a pasar eso. Yo vendo bombillas de calidad. Puede tardar un mes, cinco semanas, en dar el primer parpadeo; luego, todavía tienes un par de días de margen, dando menos luz, quizá, pero tampoco es cosa de quedarse ciego. Aguanta, porque es una bombilla de calidad. Antes de que se funda, ya ves que está todo más oscuro, y la cambias. Lo que a la gente le molesta es pasar de la luz a la oscuridad, así, sin previo aviso. Si se pasa unos días parpadeando, no resulta tan cabreante. Nadie tira una bombilla de las mías: siempre se pueden utilizar en caso de apuro. Es una pregunta que les hago a veces, a los clientes, ¿has tirado alguna vez una bombilla de Leo Patimkin? Hay que tener psicología. Por eso enviaré a la chica a la universidad. Si no tienes un poco de psicología, en estos tiempos, vas de ala…
       Levantó un brazo y señaló a su mujer; luego se derrumbó en su asiento.
       —¡Aaaaj! —dijo, y se echó al coleto media copa de champán. Fíjate, alcanzo nada menos que hasta New London, Connecticut. Más lejos no voy. Y cuando vuelvo a casa, por las noches, hago una paradita y me tomo un par de copas. Martinis. Dos, me tomo, tres, algunas veces. De lo más correcto, ¿verdad? Pero a ella le da lo mismo un sorbito que una palangana, lo huele igual. Dice que perjudico a la niña, llegando a casa así, oliendo a alcohol. Es una niña pequeña, por el amor de Dios, para ella, así huelo yo, y ya está. ¡Un hombre de cuarenta y ocho años con una niña de tres! Va a hacer que me dé una trombosis, la niña. Mi mujer quiere que vuelva temprano a casa y que juegue un rato con la niña antes de acostarla. Vente a casa, y yo te pongo la copa. ¡Ja! Me paso el día oliendo gasolina, metiendo la cabeza debajo del capó con algún poilisheh
[en el original, en yiddish: americanizado, polaco] mugriento, en New London, tratando de enroscar a la fuerza una bombilla asquerosa, porque yo las dejo enroscadas, con mis manos, como les digo, y ésta quiere que me vuelva enseguidita a casa y me tome un martini en un frasco de gelatina en vez de un vaso. Cuánto tiempo piensas pasarte de bar en bar, me dice. ¡Pues hasta que nombren Miss Rheingold a una judía!
       «Mira —prosiguió, tras meterse otra copa entre pecho y espalda—, yo quiero a mi niña igual que Ben quiere a su Brenda. No es que me niegue a jugar con ella. Pero si juego con la niña y luego me meto en la cama con mi mujer, lo que no puede ella es esperar grandes alardes por mi parte. O una cosa u otra. No soy un astro cinematográfico».
       Leo miró su copa vacía y la puso encima de la mesa; empinó la botella y bebió a morro, como si fuera un refresco.
       —¿Cuánto crees que puedo sacarme yo a la semana?
       —No lo sé.
       —Adivina.
       —Cien dólares.
       —Sí, claro, y mañana sueltan a los leones de Central Park. ¿Cuánto crees que puedo sacarme?
       —No sé decirle.
       —Gano menos que un taxista. Eso es un hecho. El hermano de mi mujer es taxista, y vive en Kew Gardens, nada menos. Y a él que no le vengan con gilipolleces, que estos taxistas no aguantan ni una. Una noche, la semana pasada, se puso a llover, y me dije, qué puñetas, voy a coger un taxi. Había pasado el día en Newton, Massachusetts. Normalmente no voy tan lejos, pero aquella mañana, en el tren, pensé «venga, sigue adelante, aunque sólo sea por cambiar un poco». En todo momento supe que me estaba tomando el pelo a mí mismo. No iba a sacar ni para el suplemento de trayecto. Pero continúo. Y al llegar la noche aún me quedaban un par de cajas, así que cuando el taxista ese aparca delante de la estación Grand Central, es como si me hubiera metido dentro un genio que me decía «adelante, a por él». Incluso arrojé las lámparas al asiento trasero, antes de entrar en el vehículo, sin preocuparme de que pudieran romperse. Y el taxista va y me dice: «Oiga, jefe, que ese asiento es de cuero y me lo va usted a estropear. Acabo de ponerlo nuevo». «No se preocupe», dije yo. «Joder, qué gentuza». Me meto en el taxi y le doy una dirección de Queens, tras lo cual tendría que haber cerrado el pico, el tío ese, pero no, siguió soltándome joderes durante todo el recorrido. Hace calor en el taxi, de modo que bajo la ventanilla y entonces se vuelve a mirarme y me dice: «¿Qué quiere, que se me enfríe el cuello y se me quede tieso? Acabo de salir de un puñetero resfriado…».
       Leo me miraba con ojos de sueño.
       —¡Esta ciudad es una locura! Si tuviera un poco de dinero, no tardaría un minuto en largarme. A California. Allí no necesitan bombillas, de la luz que tienen. Fui a Nueva Guinea, desde San Francisco, durante la guerra. Eso es —saltó—, ésa es la otra cosa buena que me ha pasado en la vida, aquella noche en San Francisco, con una tal Hannah Schreiber. Una sola noche. Ésa fue la segunda cosa. Me lo preguntaste antes, te lo digo ahora: el piso que nos regaló mi suegra y la tal Hannah Schreiber. Fui a un baile que daban en la Alianza Judía en honor de los soldados, en el sótano de una sinagoga muy grande, y ligué con ella. Entonces aún no estaba casado, de modo que no pongas esa cara.
       —No estoy poniendo ninguna cara.
       —Tenía un cuarto muy bonito para ella sola. Estudiaba para maestra. Me di cuenta de que la cosa iba en serio cuando me dejó tocarle debajo de las bragas ya en el taxi. Fíjate, oyéndome hablar, parece que me paso la vida de taxi en taxi. Y no, otras dos veces, aparte de las dos que te cuento. Ni siquiera lo disfruto, ir en taxi. Estoy todo el rato con los ojos puestos en el taxímetro. ¡Ni de los placeres puedo yo disfrutar!
       —¿Qué pasó con Hannah Schreiber?
       Sonrió, y de su dentadura escapó un destello de oro.
       —¿Qué te parece el nombre? Era muy joven, pero tenía nombre de señora mayor. Una vez en la habitación, me dice que a ella lo que le gusta es el sexo oral. Todavía la estoy oyendo: «Leo Patimkin, a mí lo que me gusta es el sexo oral». Y yo no sé qué quiere decir con eso. Me figuré que sería de la Christian Science, o de algún culto, algo así. De manera que le dije: «Bueno, pero ¿tampoco con los soldados, que vamos a que nos maten al otro lado del océano, Dios no lo quiera?».
       Se encogió de hombros.
       —No era yo el chico más listo del mundo, precisamente. Pero, vamos, es que apenas había cumplido los veinte años, iba por ahí con la fontanela abierta, todavía. Pero digo una cosa, de vez en cuando, mi mujer… Bueno, pues me hace lo mismo que me hizo Hannah Schreiber. No quiero forzarla, que trabaja mucho. Eso, para ella, es como un taxi para mí. No se la puede forzar. Recuerdo todas y cada una de las veces. Te apuesto lo que sea. Una vez, después de un Seder
[festividad en que se conmemora el éxodo judío de Egipto], aún vivía mi madre, que en paz descanse. Mi mujer estaba hasta las narices de la Mogen David[estrella de seis puntas, símbolo del judaísmo]. De hecho, han sido dos veces, después de dos Seders. ¡Aaaj! Todo lo bueno de mi vida puede contarse con los dedos de una mano. Si alguien me dejase un millón de dólares en herencia, no tendría ni que quitarme los calcetines. Y todavía me queda una mano entera.
       Señaló las lámparas fluorescentes con el pico de la botella de champán casi vacía:
       —¿A eso lo llaman luz? No vale ni para leer. Es violeta, por el amor de Dios. La mitad de los ciegos del mundo han perdido la vista por culpa de estas puñeteras cosas. ¿Sabes quién está detrás? ¡Los optometristas! Te lo digo claramente, si me dieran doscientos por todo lo que tengo en depósito y por el territorio, mañana mismo vendería. Eso es: Leo A. Patimkin, un semestre de Contabilidad, clases nocturnas en el City College, lo vende todo: su equipo, su territorio, su buen nombre. Voy a poner un par de módulos en el Times. El territorio empieza aquí y termina donde sea, en cualquier parte. Voy donde quiero, soy mi propio jefe, nadie me dice lo que tengo que hacer. ¿Conoces la Biblia? «Hágase la luz», y ahí está Leo Patimkin. Es mi divisa, va incluida en el lote. Les digo ese eslogan, a los poilishehs, y se creen que me lo he inventado yo. ¿De qué te vale ser listo, si no estás en butaca de patio? Yo tengo más cerebro en la punta del dedo meñique que Ben en la cabeza entera. ¿Por qué tiene que estar en lo más alto y yo en lo más bajo? ¿Por qué? Puedes creerme: si has nacido con suerte, es porque tienes suerte.
       Y a continuación se sumió en el silencio.
       Tuve la sensación de que iba a echarse a llorar, de modo que me incliné hacia él y le dije:
       —Más vale que vuelva usted a casa.
       Le pareció bien, pero tuve que levantarlo del asiento y llevarlo cogido del brazo hasta donde estaban su mujer y su hija. A la niña no hubo quien la despertara, y Leo y Bea me pidieron que me quedara con ella mientras iban al vestíbulo a buscar los abrigos. Cuando volvieron, Leo parecía haberse aupado de nuevo al nivel de la comunicación entre seres humanos. Me estrechó la mano con verdadero sentimiento. Me emocioné mucho.
       —Llegarás lejos —me dijo. Eres un chico listo, sabrás evitar los riesgos. No fastidies las cosas.
       —No fastidiaré nada.
       —La próxima vez que nos veamos, será para tu boda —y me guiñó un ojo.
       Bea se mantuvo a un lado, rezongando «adiós» durante todo el tiempo que estuvo Leo hablando. Volvió a estrecharme la mano y a continuación recogió a la niña de la silla en que estaba, y los tres se encaminaron a la salida. De espaldas, con los hombros caídos, llevando una criatura en brazos, parecían fugitivos de una ciudad que el enemigo acabara de capturar.
       Descubrí a Brenda durmiendo en un diván del vestíbulo. Eran casi las cuatro, y en el vestíbulo del hotel sólo quedábamos ella y yo, con el recepcionista. Al principio me abstuve de despertar a Brenda, porque estaba muy pálida y desmarrida, y me constaba que había vomitado. Me senté junto a ella, alisándole las sienes. «Cómo voy a hacer para llegar a conocerla», me pregunté, porque allí, viéndola dormir, me di cuenta de que no sabía de ella más de lo que habría sabido mirando una foto suya. La zarandeé suavemente, y, medio dormida, recorrió conmigo el camino hasta el coche.
       Estaba casi amaneciendo cuando salimos al lado de Jersey del túnel Lincoln. Puse las luces cortas y pasé el peaje y ahí, ante mis ojos, se extendían los prados cenagosos, abarcando millas y más millas, empapados, borrosos, fétidos, como un descuido de Dios. Ello me hizo pensar en otro descuido divino, el llamado Leo Patimkin, hermanastro de Ben. Dentro de unas horas estaría en un tren, con rumbo norte, y al pasar por Scarsdale y White Plains le vendría un eructo y le subiría a la boca un regusto de champán y dejaría que allí permaneciese un rato. Junto a él, en la banqueta, como un pasajero más, estarían las cajas de bombillas. Se bajaría en New London o, quizá, alentado por la contemplación de su hermano, volvería a quedarse en el tren, en la esperanza de que la suerte nueva lo estuviera esperando más al norte. Porque el mundo era su territorio: cada ciudad, cada ciénaga, cada carretera, cada autopista. Podía seguir hasta Terranova, si le venía en gana, hasta la bahía de Hudson, y así hasta Tule, y luego dejarse caer por el otro lado del globo y dar golpecitos en las ventanas escarchadas de las estepas rusas, si le venía en gana. Pero no. Tenía cuarenta y ocho años, Leo, y ya había aprendido. Iba en pos del desasosiego y la tristeza, sí, pero si nada más llegar a New London ya se le cae a uno el alma a los pies, ¿qué espanto no podrá estarle aguardando a uno en Vladivostok?
       Al día siguiente, el viento trajo el otoño y las ramas del sauce llorón arañaban el césped delantero de los Patimkin. A las doce de la mañana llevé a Brenda a la estación, y ella me dejó.


8

       El otoño se dio prisa en llegar. Hacía frío y en Jersey las hojas cambiaron de color y cayeron, de la noche a la mañana. El sábado siguiente subí a ver los ciervos y no llegué ni a salir del coche, porque hacía demasiado fresco como para permanecer junto a la valla, de modo que estuve mirando los correteos de los animales en la penumbra de última hora de la tarde y, al cabo de un rato, todo, incluso los objetos de la naturaleza, los árboles, las nubes, la hierba, los hierbajos, me hizo pensar en Brenda, y me volví a Newark. Ya nos habíamos enviado las primeras cartas, y yo la había llamado por teléfono una noche, muy tarde, pero nos costaba mucho trabajo encontrarnos mutuamente por correo y por teléfono: aún no le habíamos cogido el tranquillo. Esa noche volví a intentarlo, pero alguien de su planta me dijo que había salido y que volvería tarde.
       Cuando me reincorporé a la biblioteca, el señor Scapello me hizo unas preguntas sobre el libro de Gauguin. El caballero del rostro colgante había enviado una indignada carta de protesta por mi falta de educación, y el único modo que hallé de salir airoso fue indignarme yo más todavía y contar una historia bastante confusa. De hecho, conseguí darle la vuelta al asunto, de modo que al final era el señor Scapello quien me pedía perdón a mí mientras me conducía a mi nuevo puesto entre las enciclopedias, las bibliografías, los índices y las guías. Mi violenta reacción me había dejado sorprendido, y me pregunté si, en parte, no sería algo que había aprendido del señor Patimkin, la mañana en que lo oí poner en su sitio a Grossman por teléfono. Quizá tuviese más madera de hombre de negocios de lo que yo pensaba. Quizá pudiera aprender a ser un Patimkin sin gran esfuerzo…
       Los días pasaban lentamente. No volví a ver al chico de color, y cuando, un mediodía, miré en la sección, Gauguin había desaparecido, seguramente porque el señor de la cara colgante por fin había conseguido sacarlo. Me habría gustado saber cómo fue el día en que el chico de color descubrió que el libro ya no estaba. ¿Se echaría a llorar? Por alguna razón, supuse que me habría echado la culpa a mí, pero luego me di cuenta de que estaba confundiendo con la realidad el sueño que había tenido. Lo más probable era que hubiese descubierto a algún otro pintor, Van Gogh, Vermeer… Pero no, no eran pintores de los que a él podían gustarle. Lo más probable era que hubiese renunciado a la biblioteca y hubiese vuelto a hacer el Willie Mays por las calles. «Más le vale —pensé—. ¿Qué sentido tiene andar soñando con Tahití, si no te puedes pagar el viaje?».
       Veamos. ¿Qué más hice? Comí, dormí, fui al cine, mandé a encuadernar libros con el lomo roto… Hice todo lo que había hecho antes, pero ahora todas las actividades estaban como rodeadas por una cerca, aisladas de las demás, y mi vida consistía en ir saltando de un cercado al otro. No había continuidad, porque la continuidad dependía de Brenda.
       Y luego Brenda escribió diciendo que podía venir para las fiestas judaicas, y para eso faltaba solamente una semana. Fue tal mi alegría, que me vinieron ganas de llamar a los Patimkin, sólo para comunicarles mi gozo. No obstante, cuando estaba ya con el teléfono en la mano e incluso había marcado las dos primeras letras, comprendí que al otro lado del hilo sólo obtendría silencio; si algo llegaba a oír, no sería más que a la señora Patimkin, diciéndome: «¿Qué es lo que usted desea, por favor?». El señor Patimkin ni recordaría mi nombre, seguramente.
       Esa noche, después de cenar, le di un beso a la tía Gladys y le dije que no debería trabajar tanto.
       —Falta menos de una semana para el Rosh ha-Shannah
[festividad judía del año nuevo], y éste me sale con que me vaya de vacaciones. Diez personas voy a tener aquí. ¿Qué te crees tú, que el pollo se limpia solo? Gracias a Dios que las fiestas no son más que una vez al año, porque si no me haría vieja antes de tiempo.
       Pero sólo fueron nueve personas las que tuvo en casa la tía Gladys, porque Brenda llamó dos días después.
       —Oy, Gut! —me gritó la tía Gladys—. ¡Conferencia!
       —¿Diga? —dije yo.
       —¿Eres tú, cariño mío?
       —Sí —dije.
       —¿Qué es lo que pasa? ¿Qué es lo que pasa?
       La tía Gladys me tiraba de la camisa.
       —Es para mí.
       —¿Quién es? —preguntó la tía Gladys, indicando con un gesto el auricular.
       —Brenda —le dije.
       —¿Sí? —dijo Brenda.
       —¿Brenda? —dijo la tía Gladys—. Y ¿por qué te pone una conferencia? Casi me da un ataque al corazón.
       —Porque está en Boston… Por favor, tía Gladys…
       Y la tía Gladys se alejó, refunfuñando:
       —Estos chicos…
       Yo volví a hablarle al teléfono:
       —Dime.
       —¿Cómo estás, Neil?
       —Te quiero.
       —Neil, tengo malas noticias. No voy a poder ir esta semana.
       —Pero, mi vida, si son las fiestas judías.
       —Cariño —dijo ella, riéndose.
       —¿No puedes poner eso como excusa?
       —Tengo un examen el sábado, y un trabajo que presentar, y sabes que si me voy a casa no haré nada.
       —Sí que lo harás.
       —No puedo, Neil, no puedo. Mi madre me haría ir a la sinagoga, y no tendríamos ni tiempo de vernos, tú y yo.
       —Por Dios, Brenda.
       —¿Cariño mío?
       —¿Sí?
       —¿No puedes subir tú a verme? —preguntó.
       —Estoy trabajando.
       —Son las fiestas judías —dijo ella.
       —Cariño, no puedo. El año pasado no me las tomé, no puedo ahora…
       —Di que te has convertido.
       —Además, mi tía tiene a toda la familia a cenar en casa, y estando mis padres…
       —Vente, Neil.
       —No puedo tomarme dos días así como así, Bren. Acabo de ascender, y me han subido el sueldo…
       —Que se vayan a hacer puñetas el ascenso y la subida.
       —Nena, es mi trabajo.
       —¿Para siempre? —preguntó ella.
       —No.
       —Entonces ven. Tengo habitación en un hotel.
       —¿Para mí?
       —Para los dos.
       —¿Se puede hacer eso?
       —No y sí. La gente lo hace.
       —Brenda, me estás tentando.
       —Pues cae en la tentación.
       —Podría tomar el tren el miércoles, nada más salir del trabajo.
       —Y te podrías quedar hasta el domingo por la noche.
       —Brenda, no puedo. Sigo teniendo que ir a trabajar el sábado.
       —¿Nunca tienes un día libre? —dijo ella.
       —Los martes —dije yo, desalentado.
       —Dios.
       —Y los domingos —añadí.
       Brenda dijo algo, pero no la oí, porque no me lo permitió el grito de la tía Gladys:
       —¿Pensáis pasaros el día entero hablando por conferencia?
       —¡Calla! —le devolví yo el grito.
       —¿Vas a venir, Neil?
       —Maldita sea, sí —dije.
       —¿Estás enfadado?
       —No lo creo. Voy a ir a verte.
       —Y te quedas hasta el domingo.
       —Veremos.
       —No te enfades, Neil. Suenas a enfadado. Son las fiestas judías. Tienes derecho a no trabajar.
       —Exacto —dije yo—. Al fin y al cabo soy judío ortodoxo, de algo tiene que servirme.
       —Exacto —dijo ella.
       —¿Hay un tren a eso de las seis?
       —Cada hora, creo.
       —Entonces cogeré el de las seis.
       —Te estaré esperando en la estación —dijo ella—. ¿Cómo sabré que eres tú?
       —Iré vestido de judío ortodoxo.
       —Yo también —dijo ella.
       —Buenas noches, mi amor —dije yo.

       La tía Gladys se echó a llorar cuando le dije que no iba a estar para el Rosh ha-Shannah.
       —Con el banquete que estaba preparando.
       —Nada te impide seguir preparándolo.
       —¿Qué voy a decirle a tu madre?
       —Ya hablaré yo con ella, tía Gladys, por favor. No hay motivo para que te enfades…
       —Alguna vez tendrás familia y sabrás lo que es esto.
       —Ya tengo familia.
       —¿Qué es lo que pasa —dijo, sonándose la nariz—, la chica esa no puede venir a ver a su familia, aprovechando las vacaciones?
       —Tiene que ir a clase. Lo que pasa es que…
       —Si quisiera a su familia, ya encontraría tiempo. No estamos aquí para siempre jamás.
       —Sí que quiere a su familia.
       —Entonces bien podría hacer de tripas corazón una vez al año y venir a verlos.
       —No te enteras, tía Gladys.
       —Claro —dijo. En cuanto cumpla los veintitrés me empezaré a enterar de todo.
       Me acerqué a darle un beso y ella dijo:
       —Apártate de mí, vete corriendo a Boston.
       A la mañana siguiente descubrí que el señor Scapello no estaba dispuesto a darme fiesta por el Rosh ha-Shannah, pero logré desarmarlo, creo, dejando caer que su hostilidad a la idea de que me tomase dos días libres bien podría proceder de un velado antisemitismo, de modo que, en resumidas cuentas, no me fue muy difícil conseguir mi propósito. A la hora de comer me acerqué dando un paseo hasta la Penn Station y recogí un horario de trenes a Boston. Fue mi libro de cabecera durante las tres noches siguientes.

       No se parecía a Brenda, o tardó cinco minutos en parecérsele. Y yo, probablemente, tampoco me parecía a mí mismo, a ojos de ella. Pero nos besamos y nos abrazamos, y me resultó extraño percibir el espesor de nuestros abrigos, que se interponía.
       —Estoy dejándome el pelo largo —dijo, en el taxi, y, de hecho, eso fue todo lo que dijo. Hasta que no estaba ayudándola a salir del coche no noté el anillo de oro que le brillaba en la mano izquierda.
       Se mantuvo aparte, paseando como si tal cosa por el vestíbulo, mientras yo firmaba «Señor y señora Klugman» en el libro de registro del hotel; luego, ya en la habitación, nos besamos.
       —Te está latiendo con mucha fuerza el corazón —le dije.
       —Ya —dijo ella.
       —¿Estás nerviosa?
       —No.
       —¿Has hecho esto antes? —le pregunté yo.
       —He leído a Mary McCarthy.
       Se quitó el abrigo y, en lugar de guardarlo en el armario, lo arrojó sobre la silla. Yo me senté en la cama. Ella no.
       —¿Qué pasa?
       Brenda respiró hondo y se acercó a la ventana, y yo pensé que tal vez me valiera más no hacer preguntas: que volviéramos a acostumbrarnos el uno al otro, poco a poco. Colgué mi abrigo y el suyo en el armario vacío y dejé las maletas —la mía y la de ella— de pie junto a la cama.
       Brenda estaba de espaldas, puesta de rodillas en la silla, mirando por la ventana como a algún sitio donde prefiriera estar. Yo me acerqué a ella por detrás y le rodeé el cuerpo con los brazos y le agarré ambos pechos con las manos; y cuando percibí el soplo de aire frío que se colaba por la parte inferior de la ventana, me di cuenta del mucho tiempo que había pasado desde aquella primera noche cálida en que la rodeé con mis brazos y percibí las pequeñas alas que le batían en la espalda. Y entonces comprendí la razón de mi venida a Boston: era demasiado tiempo ya. No podíamos seguir jugando con el matrimonio.
       —¿Ocurre algo? —dije.
       —Sí.
       No era la respuesta que esperaba; en realidad, no me había esperado ninguna respuesta, sólo intentaba tranquilizarla con mi interés.
       Pero le pregunté:
       —¿Qué ocurre? ¿Por qué no me dijiste nada cuando hablamos por teléfono?
       —Ha ocurrido hoy.
       —¿Es cosa de los estudios?
       —De casa. Se han enterado de lo nuestro.
       La obligué a mirarme de frente.
       —Pues muy bien. Yo también le he dicho a mi tía que venía a verte. ¿Qué más da?
       —Me refiero a lo del verano. Que dormíamos juntos.
       —¿Ah?
       —Sí.
       —¿Ha sido Ron?
       —No.
       —La noche aquella, ¿estás queriéndome decir que Julie…?
       —No —dijo ella. No ha sido nadie.
       —No entiendo.
       Brenda se levantó de la silla y se acercó a la cama, en cuyo borde se sentó. Yo me dejé caer en la silla.
       —Mi madre encontró la cosa esa.
       —¿El diafragma?
       Asintió con la cabeza.
       —¿Cuándo? —le pregunté.
       —El otro día, creo.
       Se acercó al escritorio y abrió su bolso.
       —Toma. Léelas en el orden en que me llegaron. Me lanzó un sobre: tenía los bordes sucios y estaba algo arrugado, como si ya hubiera salido y entrado unas cuantas veces del bolsillo de Brenda.
       —Ésta la recibí esta mañana por correo urgente —me dijo.
       Saqué la carta del sobre y la leí:

LAVABOS Y FREGADEROS PATIMKIN
Todos los tamaños — Todos los modelos

Querida Brenda:
No hagas caso de la carta de tu madre cuando la recibas. Te quiero mucho, mi niña, y si te apetece comprarte un abrigo, yo te lo compro. Nunca te negaré nada. Tenemos plena Confianza en ti, así que no te molestes por lo que te dice tu madre en su carta. Claro, se ha puesto histérica de la impresión, con lo que había trabajado por la Hadassah. Siendo mujer, le cuesta trabajo entender las cosas que pasan en la Vida. Claro, no voy a decirte que no nos hemos llevado todos una sorpresa, porque yo lo traté muy bien desde el principio y pensamos que nos agradecería las vacaciones tan estupendas que pasó con nosotros. Hay gente que nunca resulta como uno esperaba, pero estoy dispuesto a perdonar, y lo Pasado, Pasado, tú siempre has sido una buena chica y has sacado buenas notas, y Ron siempre ha sido lo que queríamos, un buen chico, que es lo más importante, y agradable. A estas alturas de mi Vida no voy a ponerme a odiar la Carne de mi Carne. En cuanto a tu error, hacen falta Dos Personas para cometer un error, y ahora que estás en Boston estudiando, lejos de él y de la situación en que te metiste, estoy seguro, estoy totalmente convencido de que te comportarás como Dios Manda. Uno tiene que confiar plenamente en los hijos, como en los negocios y en cualquier empresa seria, y no hay nada tan malo que no pueda perdonarse, sobre todo tratándose de la Carne de nuestra Carne. Tenemos una familia muy unida y ¿¿¿por qué no??? Pásatelo bien estas vacaciones y yo rezaré por ti en la sinagoga, como todos los años. El lunes quiero que vayas a Boston y te compres un abrigo. Todo lo que necesites, que sé yo muy bien el frío que puede hacer por ahí arriba… Dale recuerdos a Linda y no te olvides de traértela el Día de Acción de Gracias, igual que el año pasado. Con lo bien que os lo pasasteis juntas. Yo nunca jamás he dicho nada malo sobre ninguno de tus amigos, ni de los de Ron, y esto no es más que la Excepción que confirma la regla. Que disfrutes las Vacaciones.

TU PADRE

       Y luego venía la firma, BEN PATIMKIN, pero eso lo había tachado para volver a escribir encima «TU PADRE», con lo cual «TU PADRE» aparecía dos veces, una debajo de la otra, como haciéndose eco.
       —¿Quién es Linda? —le pregunté.
       —Mi compañera de habitación del año pasado.
       Me lanzó otro sobre.
       —Toma. Llegó esta misma tarde. Por correo aéreo.
       La carta era de la madre de Brenda. Empecé a leerla y la dejé por un momento:
       —¿Ésta te ha llegado después?
       —Sí —dijo ella. Cuando llegó la de mi padre no comprendí lo que estaba pasando. Lee la de ella.
       Volví a empezar.

Querida Brenda:
       No sé ni cómo empezar. Llevo toda la mañana llorando y he tenido que saltarme la reunión de la junta de esta tarde, porque tengo los ojos hinchados. Nunca pensé que esto podría ocurrirle a una hija mía. No sé si sabes a qué me refiero, no sé si lo tendrás siquiera en la conciencia, para así no tener que envilecernos ninguna de las dos con una descripción. Lo único que puedo decirte es que esta mañana, mientras limpiaba los cajones y guardaba tu ropa de invierno, encontré una cosa en el último cajón, debajo de unos jerséis que te dejaste aquí, como seguramente recuerdas. Me eché a llorar nada más verlo y no he parado hasta ahora. Tu padre llamó por teléfono hace un rato y ahora está viniendo a casa, porque se ha dado cuenta del disgusto que tengo.
       No sé qué hemos hecho para merecer que nos castigues así. Te hemos dado una bonita casa y todo el amor y el respeto que una niña puede necesitar. Siempre me ponía muy ufana, cuando eras pequeña, al ver lo bien que te las apañabas por ti sola. Cuidabas tan bien de Julie, que daba gusto verlo, cuando sólo tenías catorce años. Pero te fuiste alejando de la familia, aunque te mandamos a los mejores colegios y te dimos las mejores cosas que pueden comprarse con dinero. Me moriré sin haber averiguado por qué nos pagas de este modo.
       En cuanto a tu amigo, no tengo palabras. Son sus padres quienes deben responder por él, y no sé en qué casa habrá vivido, para ser capaz de comportarse así. Desde luego que fue una buena manera de agradecernos la hospitalidad con que tuvimos la amabilidad de acogerlo, a un chico que para nosotros era un perfecto desconocido. Que os comportarais de ese modo en nuestra propia casa es algo que nunca me entrará en la cabeza. Mucho han cambiado los tiempos desde que yo tenía tu edad, para que semejante cosa ocurra. No paro de preguntarme si por lo menos no habrás estado pensando en nosotros mientras hacías eso. Yo te daré igual, pero ¿cómo has podido hacerle eso a tu padre? No quiera Dios que Julie llegue a enterarse nunca.
       Dios sabe lo que habrás estado haciendo todos estos años, mientras nosotros teníamos plena confianza en ti.
       Les has roto el corazón a tus padres y quiero que lo sepas. Vaya manera de agradecernos todo lo que hemos hecho por ti.

Mamá

       Sólo firmaba «Mamá» una vez, y ello en letra extraordinariamente pequeña, como un susurro.
       —Brenda —dije.
       —¿Qué?
       —¿Vas a llorar?
       —No. Ya he llorado.
       —No vuelvas a empezar.
       —Estoy intentándolo, ¡por Dios!
       —Vale… Brenda, ¿puedo hacerte una pregunta?
       —¿Cuál?
       —¿Por qué te lo dejaste en casa?
       —Porque aquí no tenía intención de utilizarlo. Por eso.
       —¿Y si yo venía a verte, como he venido? ¿Entonces?
       —Pensé que yo bajaría antes.
       —Sí, pero ¿no podías habértelo llevado desde el principio, igual que el cepillo de dientes?
       —¿Te estás haciendo el gracioso?
       —No. Te estoy preguntando que por qué te lo dejaste en casa.
       —Ya te lo he dicho —dijo Brenda. Pensé que volvería a casa ahora.
       —Pero es que la cosa no tiene pies ni cabeza, Brenda. Supongamos que sí, que ahora hubieras vuelto a casa, pero luego habrías tenido que regresar aquí. ¿Lo habrías cogido esa segunda vez?
       —No lo sé.
       —No te enfades —le dije.
       —Eres tú quien se enfada.
       —Estoy contrariado, no enfadado.
       —Bueno, pues yo también estoy contrariada.
       No le di respuesta, pero me acerqué a la ventana y miré al exterior. Había luna y había estrellas, de plata y duras, y desde la ventana se veía el campus de Harvard, cuyas luces parecían pestañear cuando, por acción del viento, las ramas de los árboles las tapaban un instante.
       —Brenda…
       —¿Qué?
       —Conoces muy bien la actitud de tu madre con respecto a ti y, así y todo, te lo dejas en casa. ¿No te parece que ha sido una tontería bastante peligrosa?
       —¿Qué tiene que ver la actitud de mi madre con todo esto?
       —No puedes fiarte de ella.
       —¿Por qué no?
       —Ya ves que no.
       —Lo único que estaba haciendo era limpiar los cajones, Neil.
       —¿No sabías que lo haría?
       —Nunca lo había hecho antes. O puede que sí. No podía pensar en todo, Neil. Dormimos juntos una noche tras otra y nadie oyó nada ni se dio cuenta…
       —Brenda, ¿por qué te empeñas en mezclar unas cosas con otras?
       —¡No estoy mezclando nada!
       —Vale —dije, sin levantar la voz. Muy bien.
       —Eres tú quien está mezclando unas cosas con otras —dijo Brenda. Hablas como si yo hubiese querido que lo encontrara.
       No contesté.
       —¿Es eso lo que piensas? —dijo ella, cuando llevábamos ya un minuto entero sin decir nada.
       —No lo sé.
       —Mira, Neil, estás loco.
       —Para lo que hay que estar loco es para dejarse una cosa así en casa.
       —Fue un descuido.
       —Ahora es un descuido. Antes era intencionado.
       —Fue un descuido dejarlo en el cajón. No fue un descuido dejarlo —dijo ella.
       —Brenda, cariño, lo más sencillo, seguro e inteligente habría sido traértelo contigo, ¿no?
       —Daba lo mismo hacer una cosa que otra.
       —Ésta es la discusión más frustrante que he tenido en mi vida.
       —Te empeñas en presentarlo como si yo hubiera querido que lo encontrara. ¿Qué falta crees que me hace una cosa así? ¿Eh? Ahora ya no puedo ni volver a casa.
       —¿Eso piensas?
       —¡Sí!
       —No —dije yo. Claro que puedes volver. Y tu padre te recibirá con dos abrigos y media docena de vestiditos.
       —Sí, y mi madre ¿qué?
       —Tres cuartos de lo mismo.
       —No digas cosas absurdas. ¿Cómo voy a ponerme delante de ellos?
       —¿Por qué no vas a poder ponerte delante de ellos? ¿Has hecho algo malo?
       —Ten un poco de sentido de la realidad, Neil, por favor.
       —¿Te pareció a ti que estábamos haciendo algo malo?
       —A ellos sí les parece algo malo, Neil. Son mis padres.
       —Pero tú, ¿piensas tú que hacíamos algo malo?
       —Eso da igual.
       —A mí no me da igual, Brenda.
       —Neil, ¿por qué confundes unas cosas con otras? No haces más que echarme la culpa.
       —Maldita sea, Brenda, es que tienes la culpa.
       —¿De qué?
       —De dejarte en casa el puñetero diafragma. ¿Cómo puedes pretender que fue un descuido?
       —Mira, Neil, no me vengas ahora con toda esa mierda del psicoanálisis.
       —Entonces, ¿por qué lo hiciste? ¡Querías que lo encontrara tu madre!
       —¿Por qué?
       —Eso digo yo, Brenda: ¿por qué?
       —¡Ay! —dijo, y a continuación agarró la almohada y volvió a arrojarla a la cama.
       —¿Y ahora qué, Brenda? —dije yo.
       —¿Qué quieres decir con eso?
       —Lo que he dicho. ¿Y ahora qué?
       Se echó de bruces sobre la cama y escondió la cabeza.
       —No te pongas a llorar —le dije.
       —No estoy llorando.
       Yo seguía con las cartas en la mano, y volví a sacar la del señor Patimkin de su sobre.
       —¿Por qué pone tantas mayúsculas tu padre?
       No contestó.
       —«En cuanto a tu error —le leí—, hacen falta Dos Personas para cometer un error, y ahora que estás en Boston estudiando, lejos de él y de la situación en que te metiste, estoy seguro, estoy totalmente convencido de que te comportarás como Dios Manda. Tu padre. Tu padre».
       Se volvió y se me quedó mirando, pero en silencio.
       —«Yo nunca jamás he dicho nada malo sobre ninguno de tus amigos, ni de los de Ron, y esto no es más que la Excepción que confirma la regla. Que disfrutes las Vacaciones».
       Lo dejé ahí: en el rostro de Brenda no se discernía ninguna amenaza de llanto; de pronto, parecía hecha de una sola pieza, totalmente decidida.
       —Bueno, ¿qué vas a hacer? —le pregunté.
       —Nada.
       —¿A quién vas a llevar a casa por Acción de Gracias? ¿A Linda? ¿O a mí? —le dije.
       —¿A quién puedo llevar a casa, Neil?
       —No lo sé. Dímelo tú.
       —¿Puedo llevarte a ti a casa?
       —No lo sé. Dímelo tú.
       —¡Deja de repetir lo mismo!
       —Lo absolutamente seguro es que yo no te puedo dar la respuesta.
       —Neil, sé realista. Tras lo ocurrido, ¿puedo llevarte a casa? ¿Nos imaginas a todos sentados en torno a la mesa?
       —No nos imagino si tú no nos imaginas. Pero puedo imaginarnos si tú sí nos imaginas.
       —¿Te vas a poner ahora a hablar en zen? ¡Por Dios!
       —Brenda, no soy yo quien decide. Puedes llevar a Linda, puedes llevarme a mí. Puedes volver a casa, puedes no volver. Ahí tienes otra decisión. Entonces no tendrías que volver a preocuparte nunca de elegir entre Linda y yo.
       —Neil, no lo comprendes. Siguen siendo mis padres. Es verdad que me enviaron a los mejores colegios. Es verdad que me han dado todo lo que he querido.
       —Sí.
       —Entonces, ¿cómo puedo no volver a casa? Tengo que volver a casa.
       —¿Por qué?
       —No lo comprendes. Tus padres a ti ya no te dan la lata. Tienes suerte.
       —Sí, claro. Vivo con mi tía la loca. Un verdadero chollo.
       —Las familias no son todas iguales. No lo comprendes.
       —Maldita sea, entiendo más de lo que tú crees. Entiendo por qué diablos te dejaste la cosa esa por ahí dando vueltas. ¿Tú no lo entiendes? ¿No sabes cuánto son dos y dos?
       —¡Qué estás diciendo, Neil! Eres tú quien no comprendes nada. Eres tú quien me está echando en cara cosas desde el principio. ¿No te acuerdas? ¿No estoy diciendo la verdad? ¿Por qué no vas a que te arreglen la vista? ¿Por qué no te arreglas esto, por qué no te arreglas lo otro? Como si fuera culpa mía disponer de los medios para arreglarme cosas. Te has comportado como si fuera a escaparme de ti en cualquier momento. Y ahora estás haciéndolo otra vez, diciéndome que me dejé eso a propósito.
       —Te amaba, Brenda. Por eso estaba inquieto.
       —Sí, por eso me dejé yo en casa el aparato ese. Porque te amaba.
       En ese momento nos dimos cuenta del tiempo verbal que habíamos empleado y nos recogimos en nosotros mismos, guardando silencio.
       Unos minutos más tarde cogí mi maleta y me puse el abrigo. Creo que Brenda también lloraba cuando salí por la puerta.

       En lugar de coger un taxi inmediatamente, eché a andar calle abajo, camino de Harvard, cuyo atrio no conocía. Entré por una de las puertas y tomé por un camino que transcurría bajo el cansado follaje de la arboleda otoñal y el cielo oscuro. Quería estar a solas, en la oscuridad; no porque quisiera pensar en nada, sino más bien porque no quería pensar en nada, al menos por el momento. Crucé el patio, subí una pequeña cuesta y me hallé frente a la Biblioteca Lamont, que, según me había contado Brenda en una ocasión, tenía Lavabos Patimkin en todos los servicios. Por la luz de una farola del camino, llegándome desde detrás, pude ver mi reflejo en la fachada de cristal del edificio. El interior estaba a oscuras, no había alumnos, ni bibliotecarios. De pronto, me entraron ganas de dejar la maleta en el suelo, agarrar una piedra y lanzarla contra el cristal, pero por supuesto no lo hice. Me limité a mirarme en ese espejo en que la luz convertía el cristal. Yo, pensé, no era más que esa sustancia, esos miembros, esa cara que veía delante. Me quedé mirando, pero mi exterior no facilitaba mucha información sobre mi interior. Pensé que ojalá hubiera podido trasladarme instantáneamente al otro lado del cristal, a la velocidad de la luz o del sonido, o de un estudiante en el Día del Regreso a Casa
[Homecoming Day, el día en que los estudiantes regresan a su centro de estudios, después de las vacaciones], para captar lo que quiera que fuese que miraba por esos ojos. ¿Qué era lo que había en mi interior que fuese responsable de haber convertido en amor el afán de caza y captura, y luego lo había vuelto a invertir? ¿Qué había trocado la victoria en derrota, y la derrota —quién podía decirlo— en victoria? Estaba seguro de haber amado a Brenda, aunque en ese mismo momento me constase que ya no podía, constándome también que tendría que pasar mucho tiempo antes de que fuese capaz de hacer el amor con alguien como lo había hecho con ella. ¿Con qué otra persona podría reunir tanta pasión? ¿Qué generó mi amor por ella, generando también tanta concupiscencia? Solamente con que hubiera sido un poco menos Brenda… Pero, entonces, ¿por qué la había amado? Miré con intensidad aquella imagen mía, ese oscurecimiento del cristal, y entonces mi mirada lo atravesó, avanzó por el frío suelo hasta alcanzar un muro quebrado de libros, colocados de modo imperfecto en sus estanterías.
       No me quedé mirando mucho más tiempo. Cogí un tren que me dejó en Newark cuando el sol empezaba a alumbrar el primer día del Año Nuevo Judío. Me sobraba tiempo para llegar al trabajo.




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