Philip Roth
(Nueva Jersey, Estados Unidos, 1933)


Eli, el fanático (1959)
(“Eli, the Fanatic”)
Originalmente publicado en la revista Commentary (abril 1959)
Goodbye, Columbus and Five Short Stories (1959)


       Leo Tzuref surgió de detrás de una columna blanca para recibir a Eli Peck. Eli dio un respingo, sorprendido. Luego se estrecharon la mano, y Tzuref le indicó la entrada de la vieja mansión que se venía abajo. Una vez en el umbral, Eli se dio la vuelta y, más allá del talud de hierba, de la jungla de vallas, del paso de caballerías, intacto, vio el pestañeo del alumbrado público de Woodenton. Las tiendas de Coach House Road ondulaban en una explosión de amarillo: Eli lo entendió como una señal secreta que le hacían sus conciudadanos: «Dile al Tzuref ese lo que pensamos, Eli. Ésta es una comunidad moderna, Eli, tenemos nuestras familias, pagamos impuestos…». Eli, abrumado por el mensaje, miró a Tzuref con ojos cansados y mudos.
       —Seguro que trabaja usted mucho —dijo Tzuref, mientras conducía al abogado y su maletín hacia el interior del helado vestíbulo.
       Los talones de Eli armaron un buen estrépito en el agrietado suelo de mármol, de modo que tuvo que elevar la voz al hablar:
       —Lo más terrible son los desplazamientos —dijo, mientras entraba en la oscura estancia cuya puerta le abría Tzuref. Tres horas diarias… Vengo directamente del tren.
       Se desmoronó en una silla con respaldo de arpa. La había considerado más profunda de lo que era, de modo que chocó brutalmente con los resortes del asiento. Aquel golpe seco en el trasero contribuyó a despabilarlo y a que se concentrara de nuevo en el asunto. Tzuref, un tipo calvo, de cejas desgreñadas, que daba la impresión de haber estado gordísimo antes, se sentó en un escritorio vacío, medio oculto, como si se hubiera instalado en el suelo. Todo en derredor estaba vacío. No había libros en las estanterías, ni alfombras en el suelo, ni cortinas en las grandes ventanas giratorias. Cuando Eli empezó a hablar, Tzuref se levantó a abrir una de las ventanas, con gran ruido de bisagras.
       —Cualquiera diría que estamos en agosto, en pleno mes de mayo —dijo, y, como estaba de espaldas a Eli, éste pudo ver el círculo negro de su cabeza.
       ¡Tenía un agujero en el cráneo! Volvió, atravesando las tinieblas, porque no había bombillas en las lámparas, y Eli se dio cuenta de que era un solideo lo que había visto. Tzuref prendió una vela con una cerilla, en el preciso momento en que los gritos casi agónicos de unos niños jugando se colaron por la ventana abierta. Era como si Tzuref la hubiese abierto para que Eli pudiera oír los gritos.
       —Bueno, muy bien —dijo. Recibí su carta.
       Eli se mantuvo en suspenso, esperando que Tzuref abriera un cajón y extrajese la carta de su correspondiente carpeta. Pero lo que hizo el anciano fue inclinar el torso hacia delante, meterse una mano en el bolsillo del pantalón y sacar lo que a todas luces parecía un pañuelo con más de una semana de uso. Lo alisó. Lo desplegó. Lo planchó sobre el escritorio, utilizando al efecto el canto de la mano.
       —Bien —dijo.
       Eli señaló el mugriento papel que él y sus socios, Lewis y McDonnell, habían repasado palabra por palabra.
       —Esperaba una respuesta —dijo. Ha pasado ya una semana.
       —Siendo algo tan importante, señor Peck, estaba seguro de que vendría usted.
       Unos niños pasaron corriendo bajo la ventana abierta, y su misterioso parloteo —sin misterio para Tzuref, que sonrió— penetró en la estancia como una tercera persona. El ruido prendió en la carne de Eli, y éste no pudo evitar un escalofrío. Pensó que ojalá hubiera pasado por casa a darse una ducha y comer algo antes de venir a ver a Tzuref. No se sentía tan profesional como de costumbre: el sitio estaba demasiado oscuro y era una hora demasiado tardía. Pero allá en Woodenton lo estarían esperando sus clientes y vecinos. Hablaba en nombre de los judíos de Woodenton, no sólo en el suyo propio y en el de su mujer.
       —¿Ha comprendido usted? —dijo Eli.
       —No es tan difícil.
       —Es cuestión de zonas —dijo, y viendo que Tzuref no respondía, que se limitaba a tamborilearse los labios con los dedos, añadió—: No somos nosotros quienes hacemos las leyes.
       —Ustedes se limitan a respetarlas.
       —Las leyes están para protegernos… para proteger a la comunidad.
       —La ley es la ley —dijo Tzuref.
       —¡Exactamente!
       Eli sintió un fuerte impulso de levantarse y ponerse a recorrer de un lado a otro la habitación.
       —Aunque luego, claro —Tzuref abrió los brazos a modo de balanza—, la ley no es la ley. ¿Cuándo entra en juego la ley de que la ley no es la ley? —desplazó los platillos de la balanza. Y viceversa.
       —La cosa es así de sencilla —contestó Eli rápidamente—: no se puede instalar un internado en una zona residencial.
       No iba a permitir que Tzuref enturbiara el caso alegando casos.
       —Pensamos que sería mejor comunicárselo a usted antes de emprender ninguna acción.
       —Pero una casa, ¿sí se puede en zona residencial?
       —Sí, eso precisamente es lo que significa residencial.
       Puede que el refugiado señor Tzuref no hablara el inglés tan bien como en principio parecía. Hablaba muy despacio, algo que Eli, hasta ese momento, había tomado por pericia, o incluso por sabiduría.
       —Residencia significa sitio donde se vive, la casa de una persona —añadió.
       —Así que esto es mi residencia.
       —¿Y los niños?
       —Esto es su residencia, la de ellos.
       —¿De diecisiete niños?
       —Dieciocho —dijo Tzuref.
       —Pero si les imparte enseñanza, aquí.
       —El Talmud. ¿Va contra la ley?
       —No, pero convierte este edificio en una escuela.
       Tzuref volvió a colgar su balanza e inclinó lentamente uno de los platillos.
       —Mire, señor Tzuref, en Estados Unidos a esto lo llamamos internado.
       —¿A un sitio donde se enseña el Talmud?
       —A un sitio donde se enseña, y punto. Usted es el director y ellos son los alumnos.
       Tzuref colocó su balanza encima de la mesa.
       —Señor Peck —dijo—, no puedo creérmelo…
       Pero no parecía referirse a nada que Eli hubiera dicho.
       —Señor Tzuref, es la ley. Vengo a preguntarle a usted qué piensa hacer al respecto.
       —¿Lo que debo hacer?
       —Sí, espero que vaya usted a hacer lo que debe, sí.
       —Sí, voy a hacer lo que debo.
       Tzuref apoyó el estómago en el escritorio.
       —Nos quedamos —sonrió. Estamos cansados. El director está cansado. Los alumnos están cansados.
       Eli se puso en pie y levantó del suelo su maletín. La notó muy llena de agravios, venganzas y maquinaciones de sus clientes. Había días en que la llevaba como si fuese una pluma. En el despacho de Tzuref, en cambio, pesaba una tonelada.
       —Adiós, señor Tzuref.
       —Sholom —dijo Tzuref.
       Eli abrió la puerta del despacho y echó a andar con mucho tiento por la oscura tumba del pasillo. Salió al porche y, apoyándose en una columna, se quedó mirando a los niños, que jugaban al otro lado del césped. Sus voces gritaban alegría y se alzaban y se venían abajo mientras se perseguían unos a otros en torno a la vieja casa. El crepúsculo trocaba el juego de los niños en una danza tribal. Eli enderezó el cuerpo, echó a andar y, de pronto, la danza cesó, sin dejar más huella que un largo grito penetrante. Era la primera vez en su vida que alguien echaba a correr al verlo. Sin apartar la vista de las luces de Woodenton, avanzó por el camino que llevaba a la calle.
       Y luego, sentado en un banco, debajo de un árbol, Eli lo vio. Al principio lo tomó por un espeso hueco de oscuridad; luego emergió la figura. Eli lo reconoció por la descripción. Ahí estaba, con el sombrero, con el sombrero que había dado lugar al encargo recibido por Eli, el motivo de preocupación que tenían en Woodenton. Las luces del pueblo volvieron a destellarle su mensaje: «Atrapa al del sombrero. Qué jeta la suya, qué jeta la suya…».
       Eli se fue acercando a aquel hombre. Quizá fuera menos obstinado que Tzuref, más razonable. A fin de cuentas, era la ley. Pero cuando ya estaba lo suficientemente cerca como para dirigirle la palabra, se abstuvo de hacerlo. Lo detuvo la visión del chaquetón negro que le caía por debajo de las rodillas y el modo en que aquel individuo mantenía las manos cruzadas sobre el regazo. También el sombrero talmúdico, de copa redonda y ala ancha, que llevaba echado hacia atrás. Y también la barba, que le ocultaba el cuello y que, de lo suave y fina que era, revoloteaba con la pesada respiración de su dueño. Estaba durmiendo, con los aladares rizados sueltos sobre las mejillas. Su rostro no era más viejo que el de Eli, que aceleró el paso, siguiendo la dirección de las luces.

       La nota que había encima de la mesa de la cocina lo inquietó. Anotaciones así, en trocitos de papel, habían hecho historia la semana pasada. Ésta, sin embargo, no estaba firmada. «Cariñito», decía, «me voy a la cama. Hoy he tenido algo así como una experiencia edípica con el bebé. Llama a Ted Heller».
       Le había dejado la cena, apelmazada y fría, en el frigorífico. Odiaba la comida apelmazada y fría, pero cenaría así con mucho gusto, por no tener delante a Miriam. Estaba irritado, y más valía que ella no lo empeorase todo con su infernal talento analítico. Eli la quería cuando todo en la vida marchaba con suavidad —y en esa misma situación era cuando ella lo quería a él. Pero, a veces, a Eli le parecía hundirse en su condición de abogado, como en arenas movedizas, y se asfixiaba. Eran demasiadas las veces en que le habría gustado llevar la defensa de la parte contraria; aunque si hubiese estado en la parte contraria, habría querido estar en donde estaba al principio. Lo malo era que en muchas ocasiones el derecho no parecía ser la respuesta, el derecho no parecía guardar relación alguna con lo que quiera que fuese que tenía exasperado a todo el mundo. Y eso, claro, lo hacía sentirse tonto e innecesario… No era el caso, ahora: los ciudadanos tenían fundamento legal. Pero no exactamente, y si Miriam hubiera estado despierta y hubiera captado la inquietud de Eli, se habría puesto a explicársela, comprendiéndolo, perdonándolo, para devolver las cosas a su estado Normal, porque dentro de Normal era cuando se amaban. La pega que tenían esos esfuerzos de Miriam era que lo único que hacían era inquietarlo aún más: no sólo le servían de poco para explicarse a sí mismo o comprender sus males, sino que, por añadidura, lo persuadían de la debilidad de ella. Resultaba que ninguno de los dos, ni Eli ni Miriam, era especialmente fuerte. Ya antes se había enfrentado a ese hecho, en dos ocasiones, y en ambas había hallado solaz en lo que sus vecinos llamaban, misericordiosamente, una «crisis nerviosa».
       Eli cenó con el maletín al lado. Cuando estaba a medias, cedió a su propio deseo, extrajo las notas de Tzuref y las colocó encima de la mesa, junto a la nota de Miriam. De vez en cuando hojeaba las notas, que el del sombrero negro había entregado en mano, trayéndolas al pueblo. La primera nota era la que había provocado el incendio:

A quien proceda:
Hagan el favor de hacer entrega a este caballero del siguiente material: zapatos de muchacho con suela y tacones de goma.

5 pares del 39 c
3 pares del 38 c
3 pares del 38 b
2 pares del 37 a
3 pares del 37 c
1 par del 40 b
1 par del 40 c

Total: 18 pares de zapatos. El portador de la presente pagará con un cheque ya firmado. Por favor, pongan ustedes la cantidad correspondiente.
L. TZUREF, Director
Yesibá de Woodenton, N. Y.
(8 de mayo de 1948)

       —Un auténtico paleto recién llegado, Eli —le dijo Ted Heller. No pronunció una sola palabra. Me entregó la nota y se quedó ahí mirándome, como hacían en el Bronx los ancianos vendedores de baratijas hebreas.
       —¡Una yesibá! —dijo Artie Berg. ¡Una yesibá en Woodenton, Eli! Si quisiera vivir en Brownsville, Eli, viviría en Brownsville.
       —Eli —dijo Harry Shaw, al llegarle el turno—, es la casa del viejo Puddington. Se revolvería en su tumba, el viejo Puddington. Mira, Eli, no me vine huyendo de la ciudad para que luego la ciudad se me presentase aquí.
       Nota número dos:

Estimado señor dueño de la tienda de ultramarinos:
       Por favor, entregue al portador de la presente cinco kilos de azúcar. Apunte el importe en nuestra cuenta, Yesibá de Woodenton, N. Y., que deseamos abrir en su tienda, esperando que nos facturen el saldo cada final de mes. El portador de la presente los visitará a ustedes una o dos veces por semana.
       L. TZUREF, Director
(10 de mayo de 1948)
P. S. ¿Venden ustedes carne kósher?

       —Pasó por delante de mi ventana, el paleto ese —dijo Ted—, y me saludó con la cabeza, Eli. Ahora ya es amigo mío.
       —Eli —dijo Artie Berg—, le entregó la maldita nota a un empleado de Stop N’Shop… ¡Y con ese sombrero puesto!
       —Eli —otra vez Harry Shaw—, no tiene gracia ninguna. Llegará el día, Eli, en que tengamos cien muchachitos con sus kipás, canturreando sus lecciones en hebreo, en plena Coach House Road, y ya verás qué poca gracia te hace.
       —Eli, no sabemos qué está pasando ahí. Mis hijos oyen ruidos extraños.
       —Eli, esto es una comunidad moderna.
       —Eli, pagamos nuestros impuestos.
       —Eli.
       —¡Eli!
       —¡Eli!
       Al principio era sólo un ciudadano más gritándole en el oído; pero cuando se volvió pudo comprobar que se trataba de Miriam, que permanecía en el umbral, con la tripa por delante.
       —Eli, cariñito, ¿cómo ha ido todo?
       —Dijo que no.
       —¿Viste al otro? —preguntó ella.
       —Dormido debajo de un árbol.
       —¿Le hiciste saber lo que piensa la gente de por aquí?
       —Estaba durmiendo.
       —¿Por qué no lo despertaste? Eli, esto no es algo que pase todos los días.
       —¡El hombre estaba cansado!
       —No me grites, por favor —le dijo Miriam.
       —«¡No me grites, estoy embarazada, me pesa mucho el niño!».
       Eli se dio cuenta de que estaba enfadándose por cosas que ella no había dicho aún, pero que acabaría diciendo.
       —Dice el doctor que es un bebé de mucho peso —le explicó Miriam.
       —Pues entonces siéntate y hazme la cena.
       Ahora se enfadaba con ella por no estar delante durante la cena en la que a él acababa de encantarle que no estuviese delante. Era como si tuviese una especie de cola nerviosa que él mismo se pasaba el rato pisándose. Al final, Miriam sí que acabó pisándosela un poco:
       —Estás enfadado, Eli. Lo comprendo.
       —Tú no comprendes nada.
       Miriam salió de la habitación. Desde la escalera, le gritó:
       —Sí que comprendo, cariñito.
       ¡Era una trampa! Iba a conseguir que Eli se enfadara sabiendo que ella lo «comprendería». Y ella se pondría aún más comprensiva al ver que se enfadaba. Con lo cual él se enfadaría aún más… Sonó el teléfono.
       —Diga —contestó Eli.
       —Soy Ted, Eli. ¿Qué ha pasado?
       —Nada.
       —¿Quién es ese Tzuref? ¿Es estadounidense?
       —No. Es un refugiado. Alemán.
       —¿Y los chicos?
       —Refugiados, también. Él mismo los instruye.
       —¿Sobre qué? ¿Qué les enseña? —preguntó Ted.
       —No lo sé.
       —¿Y el tío del sombrero? ¿Has visto al tío del sombrero?
       —Sí. Estaba durmiendo.
       —Eli, ¿duerme con el sombrero puesto?
       —Duerme con el sombrero puesto.
       —Fanáticos de mierda —dijo Ted—. Estamos en el siglo 
XX, Eli. Ahora es el tío del sombrero. Dentro de nada se nos llenará el pueblo de muchachitos de la yesibá.
       —Y luego irán a por nuestras hijas.
       —Michelle y Debbie ni los mirarían.
       —Entonces —dijo Eli entre dientes—, no tienes de qué preocuparte, Teddie —y colgó.
       El teléfono volvió a sonar inmediatamente.
       —¿Eli? Se ha cortado. ¿No tenemos de qué preocuparnos? ¿Lo has podido arreglar?
       —Tengo que volver a verlo mañana. Ya encontraremos una solución.
       —Muy bien, Eli. Llamaré a Artie y a Harry.
       Eli colgó.
       —Me pareció entender que no habías conseguido nada —era Miriam.
       —Eso dije.
       —Entonces, ¿por qué le dices a Ted que vas a encontrar una solución?
       —La habrá.
       —Eli, quizá te haga falta seguir un poco más con la terapia.
       —Ya vale con eso, Miriam.
       —No puedes hacer de abogado estando neurótico perdido. Diciéndome eso no me respondes.
       —Qué lista eres, Miriam.
       Ella se dio media vuelta, con el ceño fruncido, y se llevó a su bebé a la cama.
       Sonó el teléfono.
       —Soy Artie, Eli. Me acaba de llamar Ted. ¿Lo has arreglado? ¿No hay problema?
       —Sí.
       —¿Cuándo se marchan?
       —Si no te importa, déjalo en mis manos, Artie. Estoy cansado. Me voy a la cama.

       Una vez en la cama, Eli besó el vientre de su mujer y apoyó en él la cabeza, para pensar. La apoyó ligeramente, porque ese mismo día entraba Miriam en la segunda semana del noveno mes. No por ello dejaba de ser cierto que, allí dormida, era un buen sitio para descansar, subiendo y bajando con su respiración, dándoles vueltas a las cosas. «Si el tío ese quisiera quitarse el sombrero. Es eso lo que los trae a mal traer. Si se quitara ese sombrero estrafalario, todo iría mucho mejor».
       —¿Qué? —dijo Miriam.
       —Le estoy hablando al niño.
       Miriam se incorporó en la cama.
       —Mira, Eli, por favor, mi niño, ¿por qué no te pasas a ver al doctor Eckman un rato, sólo para echar una parrafada con él?
       —Estoy bien.
       —¡Ay, cariñito! —dijo ella, y volvió a poner la cabeza en la almohada.
       —¿Sabes lo que tu madre ha aportado a este matrimonio? Un sillón basculante y un entusiasmo por Sigmund Freud propio de la Nueva Escuela.
       Miriam se hizo la dormida, pero se le notaba el fingimiento en la respiración.
       —Le estoy diciendo la verdad al bebé, ¿no te parece, Miriam? Un sillón basculante, tres meses de suscripción al New Yorker y la Introducción al psicoanálisis. ¿Lo digo mal?
       —Eli, ¿es indispensable que te pongas agresivo?
       —Eso es lo único que te preocupa, tus interioridades. Te pasas el día delante del espejo, mirando lo preñada que estás.
       —La relación que las embarazadas tenemos con el feto es algo que los hombres no podéis comprender.
       —Qué relación ni qué puñetas. ¿Qué está haciendo mi hígado en este momento? ¿Y mi intestino delgado? ¿Tengo un islote de Langerhans al borde del desfallecimiento?
       —No tengas celos de un feto pequeñín, Eli.
       —¡De lo que tengo celos es de tu islote de Langerhans!
       —Eli, no puedo discutir contigo sabiendo que no es conmigo con quien estás enfadado en realidad. No lo ves, cariñito, es contigo mismo con quien estás enfadado.
       —Contigo y con Eckman.
       —Quizá te pueda ayudar Eckman, Eli.
       —Quizá te pueda ayudar a ti. Sois como amantes, tal como están las cosas.
       —Te estás volviendo a poner hostil —dijo Miriam.
       —A ti qué más te da: se supone que es conmigo mismo con quien me pongo hostil.
       —Eli, vamos a tener un hijo precioso, el parto va a ser perfectamente fácil, tú vas a ser un padre estupendo y no hay razón alguna para que te obsesiones con lo que sea que se te haya metido en la cabeza. De lo único que tenemos que preocuparnos —le sonrió— es del nombre.
       Eli salió de la cama y se puso las zapatillas.
       —Se llamará Eckman si es niño y Eckman si es niña.
       —Eckman Peck es horrible.
       —Pues tendrá que vivir con ello —dijo Eli, y se bajó al estudio, donde la luz de la luna que entraba por la ventana hacía resplandecer el cierre de su maletín.
       Sacó las notas de Tzuref y volvió a leérselas de cabo a rabo. Se le venía el ánimo abajo pensando en la cantidad de motivaciones baratas que su mujer vería en el hecho de leer y releer tanto las notas. «Eli, ¿por qué te preocupa tanto Tzuref?». «Eli, deja de comprometerte. ¿Por qué crees que te comprometes de ese modo, Eli?». Tarde o temprano, no hay mujer que no le encuentre a uno el punto flaco. ¡Mala suerte, la suya, con eso de resultar un neurótico! ¿Por qué no habría nacido con una pierna más corta que la otra?
       Quitó la tapa de la máquina de escribir, odiando a Miriam por la parte de razón que tenía. Mientras escribía la carta, se pasó todo el tiempo oyendo los comentarios de ella sobre su incapacidad para dejar estar el asunto. Bueno, pues ella de lo que padecía era de incapacidad para afrontar el asunto. Pero ya la estaba oyendo contestar: Eli estaba incurriendo en una «reacción defensiva». No bastaban todas las frases rebuscadas del mundo para engañar a Eli: lo único que Miriam quería, en realidad, era que Tzuref y su familia se largaran de allí, para que a la comunidad se le calmasen los ánimos y ellos dos recuperaran su tranquila felicidad doméstica. Ella lo único que quería era amor y orden en su mundo privado. ¿Tan equivocada estaba? Que el mundo entero se devanara los sesos… pero que reinara la paz en Woodenton. De todos modos, escribió la carta:

Querido señor Tzuref:
Nuestra reunión de hoy no me ha parecido concluyente. No veo razón alguna para que no podamos alcanzar algún tipo de acuerdo satisfactorio para la comunidad judía de Woodenton, para la yesibá y para usted. A mi entender, lo que más molesta a mis vecinos son las visitas que hace al pueblo el caballero del traje y del sombrero, etc., negros. Woodenton es una comunidad progresista cuyos miembros, tanto gentiles como judíos, desean vehementemente que sus familias vivan en un entorno cómodo, hermoso y sereno. A fin de cuentas, estamos en el siglo 
XX, y no nos parece demasiado pedir que los miembros de nuestra comunidad vistan de un modo que esté en consonancia con los tiempos y con el lugar.
Quizá no sepa usted que Woodenton ha sido durante mucho tiempo lugar de residencia de personas de religión protestante y situación acomodada. Hasta después de la guerra no fue posible que los judíos compraran propiedades aquí y que judíos y gentiles convivieran en términos amistosos. Para que tal ajuste pudiera efectuarse, ambos, judíos y gentiles, han tenido que renunciar a algunas de sus prácticas más extremadas, para que el otro no se sienta amenazado ni ofendido. Ni que decir tiene que esta relación amistosa es deseable. Puede que si una situación semejante hubiera existido en la Europa de preguerra, la persecución del pueblo judío, de la cual usted y sus dieciocho acogidos fueron víctimas, no habría podido llevarse adelante con tanto éxito —o no hubiera llegado a producirse.
De modo que, señor Tzuref, ¿aceptaría usted las siguientes condiciones? Si podemos, nos parecerá bien no emprender acciones legales contra la yesibá por incumplimiento de las ordenanzas de áreas urbanas números 18 y 23. Las condiciones son simples:
1. Las actividades religiosas, docentes y sociales de la yesibá de Woodenton quedarán confinadas al terreno ocupado por la propia yesibá.
       2. Los empleados de la yesibá serán bien recibidos en el pueblo y en los establecimientos comerciales de Woodenton siempre que lleven prendas normalmente asociadas con el modo de vivir norteamericano del siglo XX.
Si ambas condiciones se cumplen, no vemos nada que impida que la yesibá de Woodenton conviva pacíficamente con los judíos de Woodenton, del mismo modo en que los judíos de Woodenton conviven pacíficamente con los gentiles de Woodenton.
Agradecería su inmediata respuesta.
Atentamente,
ELI PECK, abogado

       Dos días más tarde, Eli recibió su respuesta inmediata:

Sr. Peck:
El caballero en cuestión no tiene más traje que el que lleva puesto.
Atentamente,
LEO TZUREF, Director

       De nuevo, nada más pisar Eli el césped, tras haber contorneado la oscura arboleda, los chicos salieron corriendo. Les hizo un gesto con la mano en que llevaba el maletín, como para contenerlos, pero salieron a tanta velocidad, que lo único que vio en movimiento fue una bandada de bonetes.
       —Adelante, adelante —le indicó una voz desde el porche.
       Tzuref surgió de detrás de una columna. ¿Acaso vivía detrás de esas columnas? ¿O era sólo que estaba viendo jugar a los niños? En todo caso, lo cierto era que cada vez que aparecía Eli, sin avisar, Tzuref lo estaba esperando.
       —Hola —dijo Eli.
       —Sholom.
       —No tenía intención de asustarlos.
       —Cuando se asustan, echan a correr.
       —No hice nada que lo justifique.
       Tzuref se encogió de hombros. El pequeño gesto le pareció a Eli tan fuerte como una acusación. Lo que no tenía en casa, aquí se le daba.
       Ya en el interior, ocuparon sus asientos. Había más luz que la otra noche, pero tampoco habrían venido mal dos o tres bombillas. Eli tuvo que orientar el maletín hacia la ventana para aprovechar la última luz del exterior. Sacó la carta de Tzuref de una carpeta de color crema. Tzuref se sacó la carta de Eli del bolsillo del pantalón. Eli sacó la copia de su propia carta, en papel carbón, de otra carpeta. Tzuref se sacó la primera carta de Eli del bolsillo trasero del pantalón. Eli sacó la copia en papel carbón de su maletín. Tzuref levantó las manos con las palmas hacia fuera:
       —Esto es todo lo que tengo…
       Esas palmas alzadas, el tono burlón… Otra acusación. ¡Era un crimen hacer copias en papel carbón! Todo el mundo la tenía tomada con él. No había modo de que Eli acertase nunca.
       —Le ofrecí un acuerdo, señor Tzuref. No lo aceptó usted.
       —¿No lo acepté, señor Peck? Las cosas son como son.
       —El caballero puede comprarse un traje nuevo.
       —Es todo lo que tiene.
       —Eso me ha dicho usted, sí —dijo Eli.
       —Eso le he dicho, sí, de modo que ya lo sabe.
       —No es un obstáculo insuperable, señor Tzuref. Hay tiendas.
       —¿También para eso?
       —En la carretera 12, un Robert Hall…
       —¿Y quitarle lo único que posee en este mundo?
       —No se trata de quitarle nada, se trata de sustituirlo.
       —Pero es que ya le he dicho a usted que este hombre no tiene nada. Nada. ¿Existe la palabra en inglés? Nicht? Gornisht?
       —Sí, señor Tzuref, existe la palabra.
       —¿Madre y padre? —dijo Tzuref. No. ¿Mujer? No. ¿Hijo? No. ¿Un bebé de diez meses? ¡No! ¿Un pueblo lleno de amigos? ¿Una sinagoga donde reconoce uno la sensación que produce cada asiento, nada más sentarse, donde identifica uno el olor del paño de la Torá con los ojos cerrados?
       Tzuref se alzó de su asiento, provocando un movimiento de aire que hizo caer al suelo la carta de Eli. Se apoyó en la ventana y proyectó la mirada más allá de Woodenton. Cuando se dio la vuelta, señaló a Eli moviendo un dedo hacia arriba y hacia abajo.
       —¡Y, encima, hicieron con él un experimento médico! Nada le queda, señor Peck. ¡Absolutamente nada!
       —No había comprendido bien.
       —¿No se enteraron ustedes en Woodenton?
       —Me refiero al traje, señor Tzuref. Pensé que no podía permitirse uno nuevo.
       —No puede.
       Estaban como al principio.
       —¡Señor Tzuref! —inquirió Eli. ¿Por esto? —se llevó la mano a la chaqueta, al bolsillo donde llevaba la cartera.
       —¡Exactamente! —dijo Tzuref, llevándose la mano al mismo sitio.
       —¡Pues nosotros se lo compramos!
       Eli se acercó a la ventana y, asiendo a Tzuref por los hombros, pronunció muy lentamente cada vocablo:
       —Nosotros-se-lo-compramos. ¿De acuerdo?
       —¿Comprar? ¿Qué? ¿Diamantes?
       Eli se llevó una mano al bolsillo interior, pero en seguida la dejó caer. ¡Qué estúpido! Tzuref, padre de dieciocho criaturas, no se había tocado lo que llevaba bajo el abrigo, sino algo más hondo, bajo las costillas.
       —Ah —dijo Eli. Se alejó de Tzuref, sin apartarse de la pared. De modo que ese traje es todo lo que tiene.
       —Está en mi carta —dijo Tzuref.
       Eli permaneció en la sombra, y Tzuref volvió a su asiento. Recogió del suelo la carta de Eli y la sostuvo en alto.
       —Dice usted demasiadas cosas… Tanto razonamiento… Tantas condiciones.
       —¿Qué puedo hacer?
       —¿Dicen ustedes «sufrir» en inglés?
       —Sí, decimos «sufrir». También decimos «ley».
       —¡Déjese ya de ley! Tienen la palabra sufrir. Pues pruébela. Es poca cosa.
       —No aceptarán —dijo Eli.
       —Pero usted, señor Peck, ¿qué me dice de usted?
       —Yo soy ellos y ellos son yo, señor Tzuref.
       —¡Aaj! Usted es nosotros, nosotros somos usted.
       Eli meneó la cabeza y volvió a menearla. Allí en la oscuridad, de pronto tuvo la sensación de que Tzuref podía someterlo a algún embrujo.
       —¿No puede poner un poco de luz, señor Tzuref?
       Tzuref prendió los cabos de vela en las palmatorias. Eli no se atrevió a preguntar si tampoco podía permitirse la electricidad. Quizá fuesen las velas lo único que les quedase.
       —Señor Peck, ¿quién hizo la ley? ¿Puedo preguntarle eso?
       —El pueblo.
       —No.
       —Sí.
       —Antes del pueblo.
       —Nadie. Antes del pueblo no había leyes.
       A Eli no le interesaba el tema, pero la luz de las velas lo apaciguaba, impeliéndolo a la aceptación.
       —Falso —dijo Tzuref.
       —Nosotros hacemos la ley, señor Tzuref. Es nuestra comunidad. Son mis vecinos. Yo soy su abogado. Me pagan por ello. A falta de ley, impera el caos.
       —A lo que ustedes llaman ley, yo lo llamo vergüenza. ¡El corazón, señor Peck, el corazón es la ley! ¡Dios! —proclamó.
       —Mire, señor Tzuref, no he venido aquí a hablar de metafísica. El pueblo utiliza la ley, que es flexible. La gente protege las cosas que valora, sus propiedades, su bienestar, su felicidad…
       —¿Felicidad? Lo que hacen es esconder su vergüenza. Y usted, señor Peck, ¿no tiene vergüenza?
       —Lo hacemos —dijo Eli, cansado— por nuestros hijos. Estamos en el siglo
XX
       —Será para los goyim. Para mí, estamos en el
LVIII —señaló a Eli. Demasiado tarde para empezar a sentir vergüenza.
       Eli estaba reventado. Todo el mundo reaccionaba mal ante lo que él hacía. ¡Todo el mundo! Estando tan baratas las motivaciones, para qué comprar bombillas.
       —Ya está bien de sabiduría, señor Tzuref. Por favor. Estoy agotado.
       —Y ¿quién no? —dijo Tzuref.
       Cogió los papeles de Eli de encima de la mesa y se levantó con ellos en la mano.
       —¿Qué pretende usted que hagamos?
       —Lo que deben hacer —dijo Eli—. Ahí está mi propuesta.
       —Tiene que renunciar al traje, entonces.
       —¡Tzuref, Tzuref, déjeme en paz con ese traje! No soy el único abogado del mundo. Si dejo el caso, tendrá usted que tratar con algún otro, y ese otro no le vendrá con soluciones de compromiso. Se quedará usted sin casa, sin los chicos, lo perderá usted todo. ¡Por un mugriento traje negro! Yo, desde luego, sé muy bien lo que haría si fuera usted.
       A lo anterior no dio réplica Tzuref, pero le tendió sus cartas a Eli.
       —No soy yo, señor Tzuref, son ellos.
       —Ellos son usted.
       —No —salmodió Eli—, yo soy yo. Ellos son ellos. Usted es usted.
       —Habla usted de las hojas y de las ramas. Yo me ocupo de lo que hay bajo la tierra.
       —Señor Tzuref, me está usted volviendo loco con su sabiduría talmúdica. Esto es aquello, aquello es lo de más allá. Deme una respuesta clara.
       —En cuanto me haga una pregunta clara.
       —¡Dios!
       Eli volvió a su asiento y metió los papeles en su maletín, de cualquier modo.
       —Pues eso es todo —dijo, enfadado.
       Tzuref le aplicó el encogimiento de hombros.
       —Recuérdelo, Tzuref, usted solo se lo ha buscado.
       —¿Sí?
       Eli se negó a hacerle de víctima otra vez. Las frases de doble sentido no demostraban nada.
       —Adiós —dijo.
       Pero mientras abría la puerta que daba al vestíbulo oyó decir a Tzuref:
       —Y su esposa, ¿cómo está?
       —Bien, muy bien —Eli siguió adelante.
       —Y ¿para cuándo es el parto? En cualquier momento, ya, ¿no?
       Eli se volvió.
       —Así es.
       —Bueno —dijo Tzuref, poniéndose en pie—, pues buena suerte.
       —¿Cómo lo sabe?
       Tzuref señaló la ventana; luego, con las manos, se trazó una barba, un sombrero, un chaquetón muy, muy largo. Sus dedos, al dibujar el borde inferior, tocaron el suelo.
       —Baja a hacer la compra dos o tres veces a la semana. Está empezando a conocerlos.
       —¿Habla con ellos?
       —Los ve.
       —¿Y sabe quién es mi mujer?
       —Van a las mismas tiendas. Dice que es muy guapa. Que tiene cara de buena persona. Una mujer capaz de amar… aunque vaya usted a saber.
       —¿Le habla a usted de mi mujer y de mí? —preguntó Eli.
       —¿Le habla usted de nosotros a su mujer?
       —Adiós, señor Tzuref.
       Tzuref dijo:
       —Sholom. Y buena suerte: sé lo que es tener hijos. Sholom —susurró, y con el suspiro se apagaron las velas. Pero un instante antes las llamas saltaron a los ojos de Tzuref, y Eli vio que no era precisamente suerte lo que le estaba deseando.
       Al otro lado de la puerta, Eli esperó. Allá en el césped, los niños, cogidos de la mano, jugaban al corro. Al principio no se movió. Pero no podía quedarse ahí, escondido entre las sombras, toda la noche. Lentamente, empezó a deslizarse por la fachada de la casa. Tocando la pared con las manos, notaba dónde faltaban ladrillos. Se desplazó en la sombra hasta alcanzar el costado de la casa. Y luego, sujetando el maletín contra el pecho, fue cruzando por las partes más oscuras del césped. Se encaminó hacia un claro del bosque, pero no se detuvo al llegar allí, sino que siguió corriendo hasta alcanzar tal grado de aturdimiento que los árboles parecían correr con él, huyendo no en dirección a Woodenton, sino hacia el lado opuesto. Se le estaban reventando ya las costuras de los pulmones cuando entró corriendo en el resplandor amarillento de la gasolinera Gulf que había en el límite del pueblo.

       —Eli, hoy he estado con dolores. ¿Dónde te habías metido?
       —Fui a ver a Tzuref.
       —¿Por qué no me llamaste? Estaba preocupada.
       Arrojó el sombrero más allá del sofá, directamente al suelo.
       —¿Dónde están mis trajes de invierno?
       —En el armario del vestíbulo. Eli, ya estamos en mayo.
       —Necesito un traje resistente —salió de la habitación, con Miriam siguiéndole los pasos.
       —Eli, háblame. Siéntate. Cena algo. Eli, ¿qué estás haciendo? Vas a llenarlo todo de bolas de naftalina.
       Dejó de escudriñar el armario del vestíbulo. Luego se puso otra vez a ello: hubo un ruido de cremallera y, de pronto, Eli extrajo ante los ojos de su mujer un traje de tweed de color verdoso.
       —Eli, me encanta cómo te queda ese traje. Pero no ahora. Come algo. Esta noche he preparado la cena. Te la calentaré.
       —¿Tienes una caja en la que quepa este traje?
       —Me dieron una en Bonwit, el otro día. ¿Para qué la quieres?
       —Miriam, ya ves que estoy haciendo una cosa. Déjame hacerla.
       —No has comido nada.
       —Estoy haciendo una cosa.
       Empezó a subir la escalera que conducía al dormitorio.
       —Eli, haz el favor de decirme qué es lo que quieres, y por qué.
       Él se dio la vuelta y la miró:
       —Supongamos que esta vez me explicas mis motivaciones antes de que yo te diga lo que estoy haciendo. Va a dar igual, seguramente.
       —Eli, quiero ayudarte.
       —No es asunto tuyo.
       —Pero es que quiero ayudarte —dijo Miriam.
       —Pues estate quieta.
       —Pero es que estás enfadado —dijo ella, y fue tras él, escaleras arriba, respirando por dos, pesadamente. Eli, ¿qué quieres ahora?
       —Una camisa.
       Abrió todos los cajones de la nueva cómoda de teca. Sacó una camisa.
       —Eli, ¿batista con tweed?
       Eli estaba ya ante el armario, de rodillas.
       —¿Dónde están mis zapatos de cordobán?
       —Eli, ¿por qué te estás portando de un modo tan compulsivo? Es como si estuvieras obligado a hacerlo.
       —Ay, Miriam, qué supersutil eres.
       —Eli, para y dime algo. Para ya, o llamo al doctor Eckman.
       Eli se estaba quitando los zapatos que llevaba puestos.
       —¿Dónde está la caja de Bonwit?
       —Eli, ¿quieres que tenga el niño en este mismo momento?
       Eli se acercó a la cama y se sentó en ella. Encima de su propia ropa se había puesto el traje de tweed y la camisa de batista, y llevaba un zapato debajo de cada brazo. Levantó los brazos y dejó que los zapatos cayeran sobre la cama. Luego se desanudó la corbata con una mano, ayudándose de los dientes, y la añadió al botín.
       —Ropa interior —dijo. Va a necesitar ropa interior.
       —¿Quién va a necesitar ropa interior?
       Eli se estaba quitando los calcetines.
       Miriam se puso de rodillas y le ayudó a desprenderse del calcetín del pie izquierdo. Con él en la mano, se sentó en el suelo.
       —Eli, échate un rato, anda. Por favor.
       —Plaza 9-3103.
       —¿Qué?
       —El número de Eckman —dijo Eli. Así no tienes que buscarlo.
       —Eli…
       —Se te han puesto los ojos tiernos, los de «necesitas ayuda». No me lo niegues, Miriam, no me digas que no.
       —No te estoy diciendo que no.
       —No estoy perdiendo la chaveta, Miriam.
       —Lo sé, Eli.
       —La última vez me senté dentro del armario y la emprendí a mordiscos con las zapatillas. Eso es lo que hice.
       —Lo sé.
       —Y no lo estoy haciendo ahora. No es una crisis nerviosa, Miriam, que quede claro.
       —Vale —dijo ella. Le besó el pie que aún sostenía en la mano. Luego, en voz baja, le preguntó—: ¿Qué estás haciendo?
       —Reuniendo ropa para el tío del sombrero. No me digas por qué, Miriam. Déjame hacerlo.
       —¿Eso es todo? —preguntó ella.
       —Eso es todo.
       —¿No te marchas?
       —No.
       —A veces pienso que todo esto es demasiado para ti, que acabarás marchándote.
       —¿A qué te refieres? ¿Qué es demasiado para mí?
       —No lo sé, Eli. Hay algo que te supera. Cuando todo está tranquilo durante mucho tiempo, cuando todo va bien y es estupendo, y las expectativas son todavía mejores… Como ahora. Es como si no te consideraras digno de ser feliz.
       —¡Maldita sea, Miriam! Le voy a regalar un traje a ese tío, ¿de acuerdo? De ahora en adelante, cuando venga a Woodenton irá vestido como todo el mundo. ¿Te parece bien?
       —¿Y Tzuref se marcha?
       —Ni siquiera sé si aceptará el traje, Miriam. ¿A qué viene hablar de que se marchen?
       —Eli, no soy yo quien habla de que se marchen. Es todo el mundo. Es lo que todo el mundo quiere. ¿Por qué disgustar a todo el mundo? Incluso hay una ley que puede aplicarse, Eli.
       —No me vas a contar a mí lo que es la ley.
       —Está bien, cariñito, ahora te traigo la caja.
       —No, no: yo la cojo. ¿Dónde está?
       —En el sótano.
       Cuando regresó del sótano, se encontró toda la ropa muy bien plegada y distribuida en el asiento del sofá: la camisa, la corbata, los zapatos, los calcetines, la ropa interior, el cinturón y un viejo traje gris de franela. Su mujer ocupaba un extremo del sofá y parecía un globo anclado.
       —¿Dónde está el traje verde? —preguntó él.
       —Eli, es el traje más bonito que tienes. Es el que más me gusta. Cuando pienso en ti, Eli, siempre llevas ese traje puesto.
       —Vuelve a sacarlo.
       —Eli, es un traje de Brooks Brothers. Tú mismo dices que te encanta.
       —Vuelve a sacarlo.
       —Pero este de franela es más práctico para ir a la compra.
       —Vuelve a sacarlo.
       —Te pasas muchísimo, Eli. Ése es el problema que tienes. No haces nada con moderación. Así es como las personas llegan a destruirse a sí mismas.
       —Yo lo hago todo con moderación. Ése es el problema que tengo. ¿Has vuelto a meter el traje en el armario?
       Ella asintió con la cabeza, y los ojos empezaron a llenársele de lágrimas.
       —¿Por qué tiene que ser tu traje? ¿Quién eres tú para tomar la decisión de regalar un traje? ¿Qué pasa con los demás? —lloraba sin tapujos, sujetándose el vientre. Eli, voy a tener un hijo. ¿Es indispensable que me hagas pasar por esto?
       Tiró al suelo, de un solo movimiento del brazo, toda la ropa que había encima del sofá.
       Eli volvió a sacar el traje verde del armario.
       —Es un J. Press —dijo, mirando el forro.
       —¡Espero que lo parta un rayo el primer día que se lo ponga! —dijo Miriam, sollozando.

       Media hora después, la caja estaba llena. La cuerda que había encontrado en el armarito de la cocina no bastaba para sujetarlo todo. Había demasiadas cosas, ése era el problema: el traje gris «y» el traje verde, la camisa de batista y una camisa Oxford. ¡Venga, dos trajes! ¡Dos, tres, cuatro trajes, con tal de acabar cuanto antes con esta estupidez! ¡Y un sombrero, por supuesto! Dios, había estado a punto de olvidarse del sombrero. Subió las escaleras de dos en dos y sacó violentamente una sombrerera del estante de arriba del armario de Miriam. Dejando por los suelos el sombrero y el papel de envolver, volvió abajo y metió en la caja el sombrero que había llevado puesto todo el día. Luego miró a su mujer, que se había tendido en el suelo con las piernas y los brazos abiertos, delante de la chimenea. Por tercera vez en pocos minutos, estaba diciendo:
       —Esta vez sí, Eli.
       —¿Cómo que sí?
       —Bajo la cabeza del bebé, es como si estuvieran exprimiendo naranjas.
       Ahora que se había parado a escuchar, quedó estupefacto.
       —Pero si todavía faltan dos semanas —dijo.
       En cierto modo, lo que había estado esperando era que la cosa se prolongara no dos semanas más, sino otros nueve meses enteros y verdaderos. Ello lo condujo a sospechar que su mujer fingía el dolor, para que se le quitara de la cabeza lo de regalarle el traje a aquel hombre. Pero fue un pensamiento que instantáneamente se reprochó a sí mismo. ¡Dios, cómo había podido convertirse en una persona así! Llevaba portándose como un cabrón con ella desde que empezó el problema con Tzuref: justo cuando el embarazo tenía que habérsele hecho más pesado. No le permitió el menor acercamiento, aunque tampoco le faltaron razones para comportarse así, de eso estaba convencido: a fuerza de respuestas fáciles, su mujer era capaz de hacerle caer en la tentación de salir del estado de confusión en que vivía. Podía caer en esa tentación, desde luego, por eso la combatía con tanta fuerza. Pero una oleada de amor lo inundó en ese momento, al pensar en las contracciones de su útero, y en el hijo. Y, sin embargo, no se lo hizo notar a ella. Dadas las espléndidas condiciones maritales, quién sabe qué promesas podría arrancarle en lo tocante a su preocupación por la escuela hebrea de la colina.

       Tras preparar el segundo paquete de aquella noche, Eli se dio prisa en llevar a su mujer al hospital de Woodenton. Una vez allí, Miriam no se dedicó a dar a luz, sino a pasarse la noche entera sintiendo que le estrujaban cosas bajo la pelvis: primero naranjas, luego bolas de bowling, luego balones de baloncesto. Eli permaneció en la sala de espera, bajo el resol africano de una docena de tubos fluorescentes, escribiéndole una carta a Tzuref:

Querido señor Tzuref:
La ropa de la caja es para el señor del sombrero. ¿Qué importa un sacrificio más, en esta vida de sacrificios, aunque en una vida sin sacrificios el menor sacrificio sea imposible? ¿Ve lo que le digo, señor Tzuref? No soy tan nazi como para echar a la calle a dieciocho niños que probablemente se asustarían sólo con ver una luciérnaga. Pero si quieren ustedes vivir aquí, tendrán que aceptar las condiciones que les ofrecemos. El mundo es como es, señor Tzuref. Como usted diría, las cosas son como son. Lo único que le pedimos a ese señor es que se vista de otra manera. En la caja van dos trajes y dos camisas, y todo lo que pueda necesitar, incluido un sombrero nuevo. Cuando necesite más ropa, haga el favor de comunicármelo.
Quedamos a la espera de que este señor se presente en Woodenton, como esperamos que nuestras relaciones con la yesibá de Woodenton sean buenas en lo sucesivo.

       Firmó con su nombre y metió el sobre por uno de los huecos que ofrecía la caja, entre la tapa y el cuerpo, de tan llena como iba. Luego fue al teléfono que había al otro lado de la habitación y marcó el número de Ted Heller.
       —Diga.
       —Soy Eli, Shirley.
       —Eli, llevamos toda la noche llamando. Vemos luz en tu casa, pero nadie contesta. Temimos que fueran ladrones.
       —Miriam está dando a luz.
       —¿En casa? —dijo Shirley. Eli, ¡qué ocurrencia tan extraña!
       —Shirley, déjame hablar con Ted.
       Tras el terrible estrépito que produjo el teléfono al estrellarse contra el suelo, Eli oyó pasos, ruido de respiración y de aclararse la garganta, y la voz de Ted.
       —¿Niño o niña?
       —Nada, todavía.
       —Has picado a Shirley, Eli. Dice que el próximo lo piensa tener en casa.
       —Qué bien.
       —Es un modo estupendo de mantener unida la familia, Eli.
       —Escúchame, Ted, he llegado a un acuerdo con Tzuref.
       —¿Cuándo se marchan?
       —No es exactamente que vayan a marcharse, Teddie. He conseguido un acuerdo… Ni nos enteraremos de que están aquí.
       —¿Cómo no vamos a enterarnos, teniendo delante de las narices a un tío vestido como en el año 1000 antes de Cristo? ¿En qué estás pensando, compañero?
       —Se va a poner otra ropa.
       —¿Ah, sí? ¿Qué ropa? ¿Otro traje de luto?
       —Me lo ha prometido Tzuref, Ted. La próxima vez que venga al pueblo, vendrá vestido como tú y como yo.
       —¿Qué dices? Aquí hay alguien que le está tomando el pelo a alguien, Eli.
       La voz de Eli subió de tono.
       —Si dice que lo va a hacer, lo hará.
       —Y una cosa, Eli —le preguntó Ted—: ¿lo ha dicho?
       —Lo ha dicho, sí.
       Le costó un repentino dolor de cabeza, esa invención.
       —Supongamos que no, que no cambia de ropa, Eli. Vamos a suponerlo por un momento. Quiero decir: puede pasar, Eli. Podría ser alguna especie de artimaña.
       —No lo es —le aseguró Eli.
       El otro permaneció callado un momento.
       —Mira, Eli —dijo Ted, finalmente—, pongamos que cambia de ropa. ¿Vale? ¿De acuerdo? Pero ahí siguen, ¿verdad? Eso no cambia.
       —La cuestión es que tú ni vas a enterarte.
       Con mucha paciencia, Ted dijo:
       —¿Es eso lo que te hemos pedido, Eli? Con la fe y la confianza que hemos puesto en ti, ¿es eso lo que te hemos pedido? No teníamos el menor interés en hacer un Beau Brummel del tío ese, créeme. Lo que ocurre es que no creemos que esta comunidad sea para ellos. Y, Eli, no creemos quiere decir que yo no soy el único que no lo cree. Los judíos de esta comunidad delegaron en Artie, en Harry y en mí para que viéramos qué podíamos hacer al respecto. Y nosotros delegamos en ti. Y ¿qué ha ocurrido?
       Eli se oyó decir:
       —Ha ocurrido lo que ha ocurrido.
       —Eli, estás hablando en plan crucigrama.
       —Mi mujer está dando a luz —explicó Eli, a la defensiva.
       —Lo comprendo perfectamente, Eli. Pero es cuestión de zonas. ¿O no? ¿No fue ésa la conclusión a que llegamos? Quien no cumpla las ordenanzas, tiene que largarse a otro sitio. No podemos criar cabras en el jardín de detrás…
       —No es tan sencillo, Ted… Hay otras personas involucradas…
       —¿Personas? Mira, Eli, por esto ya he pasado y vuelto a pasar antes. No estamos tratando con personas, estamos tratando con fanáticos religiosos. Vestidos de ese modo. Lo que de veras me gustaría es poder averiguar qué ocurre allá arriba. Me estoy volviendo cada vez más escéptico, Eli, y no me da miedo reconocerlo. A mí, qué quieres que te diga, todo esto me huele a engañabobos y martingala. Las personas como Harry, sabes, se pasan el día pensando, pero luego les da miedo reconocer lo que piensan. Pero te lo digo yo. Mira, no me fío ni del asunto ese de la escuela dominical. Los domingos, cojo el coche y me llevo a mi hija mayor a Scarsdale, a que le enseñen relatos bíblicos… Y ¿sabes con qué me sale la chica? El tipo ese, Abraham, el de la Biblia, iba a sacrificar a su propio hijo. Luego tiene pesadillas, ¡por el amor de Dios! ¿A eso lo llaman religión? Hoy en día, a un tipo así lo meten en la cárcel. Estamos en una era científica, Eli. Yo, para medirle el pie a la gente, utilizo un aparato de rayos X, ¡por el amor de Dios! Todo eso está demostrado que es falso, Eli, y me niego a quedarme ahí sentado mientras me lo meten en el jardín de mi propia casa.
       —En el jardín de tu casa no está ocurriendo nada, Teddie. Estás exagerando, nadie va a sacrificar a ningún hijo.
       —Tienes muchísima razón, Eli: yo, desde luego, no voy a sacrificar a ningún hijo. Ya verás, cuando tengas hijos, lo que es eso. Ese sitio no es más que un refugio para gente que no es capaz de enfrentarse cara a cara con la vida. Es cuestión de necesidades. ¿Por qué te crees que tienen todas esas supersticiones? Porque no son capaces de enfrentarse al mundo, porque no son capaces de ocupar su puesto en la sociedad. No es ése el ambiente en que queremos que se críen nuestros hijos, Eli.
       —Míralo desde otro punto de vista, Ted. Podemos convertirlos —dijo Eli, sin entusiasmo alguno.
       —¿Qué hacemos, los convertimos en una pandilla de católicos? Mira, Eli, amigo mío, las relaciones en este pueblo son muy sanas porque sólo somos judíos y protestantes. Ahí está la cosa, ¿a que sí, Eli? No nos engañemos, que yo no soy Harry. Las cosas están bien como están, tratándonos como seres humanos. No va a haber ningún pogromo en Woodenton. ¿De acuerdo? Porque no hay fanáticos, porque no hay locos —Eli contrajo el rostro y cerró los ojos por un segundo—, sólo personas que se respetan mutuamente, que viven y dejan vivir. El sentido común es la regla de oro, Eli. Yo estoy a favor del sentido común. La moderación.
       —Exacto, Teddie, exactamente. Estoy de acuerdo. Pero es que, a lo mejor, lo que el sentido común nos dice es que el tipo ese se vista de otro modo. Entonces, quizá…
       —¿Eso crees tú que dice el sentido común? A mí, lo que el sentido común me dice es que se vayan a dar la lata a otro sitio, Eli. Nueva York es la ciudad más grande del mundo, y está sólo a cuarenta y tantos kilómetros de aquí. ¿Por qué no se largan a Nueva York?
       —Ted, dales una oportunidad. Gánalos para la causa del sentido común.
       —Eli, te las estás viendo con unos fanáticos. ¿Acaso dan alguna muestra de sentido común? ¿Qué tiene de sentido común eso de ponerse a hablar una lengua muerta? ¿Qué tiene de sentido común darle tantísima importancia al sufrimiento, para pasarte la vida ay-ay-ay, qué dolor? Mira, Eli, nosotros ya lo tenemos superado, todo eso. No sé si lo sabes, pero dicen que la revista Life va a mandar a alguien a hacer un reportaje de la yesibá. Con fotos.
       —Mira, Teddie, estás dejando que se te desboque la imaginación. No creo yo que Life esté interesada en el asunto.
       —Pero yo sí que estoy interesado, Eli. Y todos creimos que tú también lo estarías.
       —Y lo estoy —dijo Eli. Que vista de otro modo, Ted. A ver qué pasa.
       —Viven en la Edad Media, Eli. Lo suyo es pura superstición, pura regla.
       —Vamos a ver qué ocurre —solicitó Eli.
       —Eli, cada día que pasa…
       —Un día más —dijo Eli. Si no cambia en veinticuatro horas…
       —¿Qué?
       —Lo primero que hago el lunes por la mañana es conseguir un requerimiento judicial. Sin más.
       —Mira, Eli, no depende sólo de mí. Déjame hablar con Harry…
       —Tú representas a todos los demás, Teddie. Yo estoy aquí, sin poder hacer nada, con Miriam dando a luz. Concédeme… concédeles veinticuatro horas.
       —Muy bien, Eli. Quiero ser justo. Pero hasta mañana, y se acabó. Mañana es el Día del Juicio, Eli, te lo digo yo.
       —Ya oigo las trompetas —dijo Eli; y colgó.
       Temblaba por dentro: la voz de Teddie parecía haberle descoyuntado los huesos. Seguía en la cabina telefónica cuando vino la enfermera a decirle que no había duda, que la señora Peck no daría a luz hasta la mañana siguiente. Era mejor que Eli se fuera a casa y descansara un rato, porque, a juzgar por la pinta, cualquiera habría dicho que era él quien estaba de parto. La enfermera le guiñó un ojo y se marchó.
       Pero Eli no se volvió a casa. Salió a la calle con la caja de Bonwit a cuestas y la guardó en el coche. Era una noche apacible y estrellada, y Eli empezó a recorrer con el coche las calles de Woodenton. Ventanas cuadradas, tranquilizadoras, color albaricoque, eran lo único que se veía al final de las anchas extensiones de césped que los moradores de la ciudad mantenían delante de sus casas. En los caminos de entrada, las estrellas pulimentaban las bacas de las rancheras. Eli iba despacio, arriba, abajo, girando. Sólo se oían los neumáticos cuando tomaba las suaves curvas del trayecto.
       Qué paz. Qué paz tan increíble. ¿Cuándo han estado los niños tan seguros en sus camas? Los padres —se preguntaba Eli—, ¿cuándo han tenido tan lleno el estómago? ¿Cuándo ha estado en las casas tan caliente el agua de las calderas? Nunca. Nunca en Roma, nunca en Grecia. ¡Ni siquiera en las ciudades amuralladas era tan excelente la situación! Aquí, a fin de cuentas, había paz y había seguridad: lo que la civilización lleva siglos tratando de conseguir. Con espasmos musculares y todo, eso era lo que Teddie solicitaba: paz y seguridad. Eso mismo buscaban en el Bronx los padres de Eli, y en Polonia sus abuelos, y en Rusia o Austria los abuelos de sus abuelos, huyendo de un sitio, asentándose en otro. Eso era lo que pedía Miriam. Y ahora lo tenían: el mundo, por fin, era un buen sitio para vivir juntos, en familia, aun siendo judío. Después de tantos siglos, para proteger esa bendita situación quizá fuera imprescindible adoptar una posición dura —o entumecida— en lo comunitario. Quizá hubiera sido ése el problema de los judíos, desde siempre: el exceso de blandura. Desde luego que para vivir hacen falta redaños… Eso pensaba Eli, al volante de su automóvil, antes de aparcar en la estación de servicio de la Gulf, que estaba con las luces apagadas. Salió del coche, con la caja en las manos.
       En lo alto de la colina titilaba la luz de una ventana. ¿Qué estaba haciendo Tzuref ahí arriba, en aquel despacho? ¿Matando niños? No era probable. Pero sí, tal vez, estudiando una lengua que nadie comprendía. O poniendo en práctica unas costumbres cuyo origen llevaba largo tiempo en el olvido. O padeciendo padecimientos ya padecidos demasiadas veces. Teddie tenía razón: para qué empeñarse. No obstante, quien opta por la terquedad que no espere sobrevivir. El mundo es un toma y daca. No tiene ningún sentido darle tantísimas vueltas a un mero traje. Eli decidió concederles una última oportunidad.
       Se detuvo al llegar arriba. No había nadie a la vista. Fue subiendo a pie por el césped, despacio, asentando en la hierba cada pisada, atento al shhhh-shhhh que hacían los zapatos al aplastar la humedad contra el suelo. Miró en derredor. Ahí no había nada. ¡Nada! Una vieja casa desmoronándose… y un traje.
       Una vez en el porche, se deslizó tras una columna. Tuvo la sensación de que alguien lo estaba observando. Pero sólo resplandecía la mirada de las estrellas. Y a sus pies, a lo lejos, relucía Woodenton. Puso el paquete en el peldaño de la gran puerta principal. Hurgó el interior con la mano, para estar seguro de que la carta seguía allí. Al localizarla, la empujó más adentro, en el traje verde, cuyo tacto recordaba del invierno pasado. Tendría que haber incluido unas cuantas bombillas. Luego volvió a deslizarse detrás de la columna, y esta vez sí que había algo en el césped. Fue la segunda vez que le puso los ojos encima. Estaba situado dando la cara a Woodenton y apenas se movía, atravesando el espacio abierto entre los árboles. Se golpeaba el pecho con el puño derecho. Y Eli oyó el ruido que acompañaba cada golpe. ¡Qué gemido! Era como para ponerle a uno los pelos de punta, parársele el corazón, echarse a llorar. Todo ello, y más aún, le sucedió a Eli. Se colaron en su interior unos sentimientos cuya profundidad no era capaz de describir con palabras. Era extraño. Escuchó con atención: no le hacía daño oír ese quejido. Pero le habría gustado saber si hacía daño emitirlo. Y, por consiguiente, ya que sólo las estrellas podían oírlo, se puso a ello. Y sí que dolía. No el abejorro de ruido que revoloteaba en su garganta y le aleteaba en las ventanas de la nariz. El dolor zumbaba más abajo. Aguijoneaba una y otra vez en su interior, y el quejido aumentaba en consonancia. Se convirtió en un aullido, más fuerte, una canción, una canción demencial, un gañido que fue más allá de las columnas del porche y recorrió la hierba, hasta que la extraña criatura del sombrero que había en el césped se dio media vuelta y abrió los brazos y se quedó mirando la noche como un espantapájaros.
       Eli echó a correr. Y cuando llegó al coche su único dolor era un rasguño en el cuello: se lo había hecho con una rama, huyendo del abrazo del paleto.

       Al día siguiente nació su hijo. Pero no antes de la una de la tarde, y antes habían ocurrido unas cuantas cosas.
       Para empezar, a las nueve y media sonó el teléfono. Eli saltó del sofá —en que se había desplomado la noche antes— y contestó en un aullido. Le llegó, como quien dice, el olor del hospital, nada más descolgar. Gritó:
       —¡Sí, diga!
       —Eli, soy Ted. Eli, lo ha hecho. Acaba de pasar por delante de la tienda. Estaba yo abriendo, Eli, y me di la vuelta, y creí que eras tú, te lo juro. Pero era él. Anda igual que antes, pero la ropa, Eli, la ropa…
       —¿De qué me hablas?
       —El paleto. Se ha puesto ropa normal. Y el traje es precioso.
       El traje se volvió a abrir un hueco en la conciencia de Eli, apartando todo lo demás.
       —¿De qué color es el traje?
       —Verde. Va por ahí paseando con el traje verde, como si fuera fiesta. Eli… ¿Es hoy alguna fiesta judía?
       —¿Dónde está ahora?
       —Va subiendo por Coach House Road, con el traje. Eli, ha salido bien. Tenías razón.
       —Ya veremos.
       —Y ¿qué viene ahora?
       —Ya veremos.
       Se quitó la ropa interior con que había dormido y fue a la cocina a hacerse café. Cuando empezó a subir, colocó la cabeza encima de la cafetera, con la esperanza de que el vapor disolviera el nudo que tenía en el fondo de los ojos. Aún no lo había conseguido cuando sonó el teléfono.
       —Eli, soy Ted otra vez. Eli, el tío ese está recorriéndose todas las calles del pueblo. De veras, es como si estuviera haciendo una gira. Me ha llamado Artie, me ha llamado Herb. Ahora acaba de llamarme Shirley diciéndome que ha pasado por delante de casa. Eli, sal al porche y lo verás.
       Eli se inclinó hacia la ventana y miró. Sólo se veía hasta donde la calle hacía curva, y no había nadie.
       —¿Eli? —oyó la voz de Ted, mientras se mantenía en equilibrio contra la ventana, sobre la mesita del teléfono. Al colgar el aparato le llegaron unas últimas palabras: «¿Elilohasvis…?».
       Volvió a ponerse los pantalones y la camisa que llevaba la noche anterior y caminó descalzo hasta su césped. Y, por supuesto, la aparición apareció en la curva: con un sombrero de color marrón, encajado un poco en exceso, un traje verde demasiado echado hacia atrás por los hombros, una camisa de cuello de botones sin abotonar, una corbata cuyo nudo sólo dejaba tres dedos de cola, unos pantalones que le caían en cascada sobre los zapatos… Con el sombrero negro parecía más alto. Y moviendo la ropa con un modo de caminar que no era caminar, sino ir dando pasitos con torpeza. Al aparecer en la curva, y a pesar de su rareza —manifiesta en los aladares, en el modo de moverse—, daba la impresión de estar en su sitio. Algo excéntrico, quizá, pero en su sitio. No lanzaba en ese momento ningún quejido, ni invitó a Eli con los brazos abiertos. Pero se detuvo cuando lo vio. Se detuvo y se llevó la mano al sombrero. La mano, cuando buscó la copa, se levantó demasiado. Luego ajustó la altura y se entretuvo en el ala. Los dedos se entretuvieron en el ala, sobaron el ala y, una vez completado el saludo, bajaron por el rostro, dando la impresión de haber tocado, en un instante, cada uno de sus rasgos. Golpetearon los ojos, corrieron a lo largo de la nariz, barrieron el labio superior, peludo, y acabaron encontrando asiento en el pelo que le ocultaba parcialmente el cuello. Para Eli, los dedos decían: Tengo cara, por lo menos tengo cara. Luego, la mano atravesó la barba y se detuvo en el pecho, como un perro de muestra; y los ojos plantearon una pregunta, mientras oleadas de agua se desplazaban por ellos. La cara está bien, ¿puedo dejármela así? Había tal mirada en aquellos ojos, que Eli siguió viéndolos cuando el hombre apartó la vista. Estaban en el corazón de sus junquillos, que acababan de salir, la semana pasada; eran las hojas de su abedul, las bombillas de sus faros, las gotas de rocío de su césped; eran, aquellos ojos, los ojos de su cabeza. Eran suyos, de Eli, él los había hecho. Dio media vuelta y se metió en la casa; y cuando miró por un lado de la ventana, entre la persiana y el marco, el traje verde se había marchado.
       Teléfono.
       —Eli, soy Shirley.
       —Ya lo he visto, Shirley —y colgó.
       Permaneció inmóvil, sentado, durante largo rato. El sol fue ocupando las ventanas. El aroma del café llenó la casa. El teléfono sonó, dejó de sonar, volvió a sonar. Vino el cartero, la señora de la limpieza, el panadero, el jardinero, el señor de los helados, la señora de la Liga de Mujeres por el Voto. Una negra que difundía un extraño evangelio en pro de la revisión de la ley de Alimentación y Medicamentos llamó delante, dio unos golpecitos en la ventana y acabó metiendo media docena de folletos por debajo de la puerta trasera. Pero Eli siguió ahí sentado, sin ropa interior, con el traje de la noche anterior. No contestó a nadie.
       Dada su condición, fue extraño que el tropezón y el ruido de algo que chocaba contra el suelo, procedente de la puerta trasera, le llegase al oído interno. Pero en un instante Eli pareció vaciarse, derretido, en las rendijas de su propia carne, para luego solidificarse de nuevo y trasladarse entero hacia el punto de que procedía el ruido. Una vez ante la puerta, quedó esperando. Sólo alteraba el silencio un revoloteo de pequeñas hojas húmedas en los árboles. Cuando por fin abrió la puerta, allí no había nadie. Había esperado encontrarse con verde, verde, verde; verde cubriendo la puerta entera, con un sombrero en lo alto, esperándolo con aquellos ojos. Pero allí no había nada, salvo la caja de Bonwit, que yacía a sus pies, haciendo bulto. No estaba atada, y la tapa, en lo alto, se sostenía por mera gravedad.
       ¡Cobarde! ¡No ha sido capaz de hacerlo! ¡No ha podido!
       La alegría que le produjo esta idea añadió carburante a sus piernas. Atajando por el jardín trasero, pasando junto a las nuevas forsitias, corrió a espiar la fuga del tío de la barba, desnudo, saltando vallas y setos, corriendo en busca de su refugio. En la distancia, una acumulación de piedras de color rosa y blanco —que Harriet Knudson había pintado el día antes— lo engañó. «Corre», les gritó a las rocas, «corre»… Pero se dio cuenta del error antes que nadie, y se puso a escudriñar el panorama, estirando el cuello para ver mejor, pero no había ni rastro de ningún hombre más o menos de su tamaño, con la piel muy blanca, terriblemente blanca (¡qué blanco debía de tener el cuerpo!), batiéndose en cobarde retirada. Volvió a la puerta, despacio, lleno de curiosidad. Y, con el ligero viento meciendo los árboles, levantó la tapa de la caja. La primera impresión fue de que alguien había apagado la luz del sol. Dentro de la caja había un eclipse. Pero los negros empezaron a diferenciarse, y pronto hubo el negro vidrioso del forro, el negro tosco de los pantalones, el negro muerto de las zonas deshilachadas y, en el centro, una montaña de negro: el sombrero. Levantó la caja del suelo y la llevó dentro. Por primera vez en su vida, olió el color de la negrura: un poco rancio, un poco viejo, pero nada verdaderamente abrumador. Aun así, llevó el paquete a toda la distancia que le permitían los brazos y lo depositó encima de la mesa del comedor.
       «¡Tienen veinte habitaciones en lo alto de una colina y me traen a mí la ropa vieja, para que se la guarde! ¿Qué se supone que he de hacer con todo esto? ¿Entregarlo a la caridad?». De ahí procedía. Cogió el sombrero por los bordes y miró el interior. La copa era suave como un huevo, el ala estaba prácticamente deshilachada. Lo único que se puede hacer con un sombrero, una vez lo tiene uno en las manos, es ponérselo, de modo que Eli se dejó caer aquella cosa encima de la cabeza. Abrió la puerta del armario del vestíbulo y se miró en la luna interior. El sombrero le ponía ojeras. O quizá fuese que no había dormido bien. Se echó hacia delante el ala, hasta que la sombra le tocó los labios. Ahora, las ojeras se habían inflado, hasta cubrirle toda la cara. Delante del espejo, se desabrochó la camisa, se bajó la cremallera de los pantalones y, a continuación, habiéndose desecho de la ropa, se estudió, a ver qué era. Qué desilusión tan tonta, eso de verse desnudo y con sombrero. Y peor aún con semejante sombrero. Suspiró, pero no pudo liberarse de la gran debilidad que de pronto se le asentó en los músculos y las articulaciones, bajo el terrible peso del extraño sombrero de aquel extraño.
       Volvió a la mesa del comedor y vació en ella el contenido de la caja: chaquetón, pantalones, chaleco (olía más profundamente que la negrura). Y, debajo de todo, encajado entre unos zapatos agrietados y mordidos, apareció el primer destello de blanco. Un pequeño sarape con borlas, una especie de prenda de ropa interior grisácea, venía hecho una bola en el fondo de la caja, con el deshilachado borde vuelto sobre sí mismo. Eli lo sacó y lo mantuvo en alto para que se desplegara. «¿Qué es esto? ¿Algo de abrigo? ¿Algo para ponerse debajo de la camiseta, estando resfriado?». Se lo acercó a la nariz, pero no olía a Vick’s ni a ungüento de mostaza. Era algo especial, una cosa judía. Comida especial, idioma especial, rezos especiales, ¿por qué no ropa interior especial? Al tipo le daba tanto miedo caer en la tentación de volver a ponerse sus vestiduras tradicionales —razonó Eli—, que se las había traído a Woodenton para dejarlas ahí enterradas, con ropa interior y todo. Pues así era como Eli interpretaba ahora la caja de ropa. El paleto recién llegado le estaba diciendo: «Ahí lo tienes, me rindo. Me niego hasta la tentación. Nos rendimos». Y de este modo siguió interpretándolo Eli hasta descubrir que se había colocado la bandera de rendición, con sus borlas, encima del sombrero, y que ahora le colgaba en el pecho. El caso fue que entonces, viéndose en el espejo, le entró una duda momentánea: ¿quién estaba tentando a quién, y con qué? ¿Por qué razón le había traído la ropa aquel paleto recién llegado? ¿Había sido él, en realidad? ¿Quién, sino? ¿Y por qué? Pero Eli, por Dios, estamos en la era de la Ciencia, las cosas no ocurren así. Hasta los cerdos toman medicinas.

       Abstracción hecha de quién pudiera estar en el origen de la tentación, y con qué propósito, por no decir con qué motivación, Eli, momentos más tarde, estaba ya vestido de negro, con un toque de blanco por debajo, frente al espejo de cuerpo entero. Tuvo que bajarse un poco los pantalones para que no se le vieran los tobillos desnudos. ¿No llevaba calcetines, el paleto aquel? El misterio quedó resuelto en cuanto Eli reunió el valor suficiente para investigar los bolsillos del pantalón. En principio, temió que sus dedos se vieran enfrentados a algún húmedo horror si los adentraba hasta perderlos de vista; pero, a fin de cuentas, lo que sacó a relucir fue un par de calcetines del Ejército, color caqui. Mientras se los ponía, inventó una génesis: regalo de un soldado estadounidense en 1945. Aquel hombre, además de perderlo todo entre 1938 y 1945, también se había quedado sin calcetines. No este hecho, el de que hubiera perdido los calcetines, sino el otro, el de que se hubiera rebajado a aceptar los que le regalaban, puso a Eli al borde de las lágrimas. Para calmarse, salió de su casa por la puerta trasera y se quedó mirando el césped de su jardín.
       En el jardín trasero de los Knudson, Harriet Knudson aplicaba a sus piedras una nueva mano de pintura rosa. Levantó la cabeza en el preciso momento en que Eli salía. Eli se volvió a meter de inmediato y se apoyó de espaldas en la puerta. Cuando miró por entre las cortinas sólo vio un cubo de pintura, una brocha y varias piedras diseminadas por la hierba de los Knudson, que mostraba manchas dispersas de color rosa. Sonó el teléfono. ¿Quién podía ser? ¿Harriet Knudson? Eli, hay un judío delante de tu puerta. Soy yo. Déjate de tonterías, Eli, lo he visto con mis propios ojos. Soy yo, te he visto pintando las piedras. Eli, estás otra vez con una crisis nerviosa. Jimmy, Eli está otra vez con una crisis nerviosa. Eli, soy Jimmy, parece que estás pasando por una pequeña crisis nerviosa. ¿Te puedo ayudar en algo, chico? Eli, soy Ted, Shirley dice que necesitas ayuda. Eli, soy Artie, necesitas ayuda. Eli, aquí Harry, necesitas ayuda necesitas ayuda… El teléfono lanzó un último timbrazo y se murió.
       «A quien se ayuda, Dios lo ayuda», canturreó Eli, y volvió a salir por la puerta. Esta vez siguió adelante hasta plantarse en el centro de su césped y a plena vista de los árboles, la hierba, los pájaros y el sol, reveló que era él, Eli, con el traje puesto. Pero la naturaleza no tenía nada que decirle, de manera que se acercó a la valla de separación con la parcela contigua y pasó a través de ella, perdiendo dos veces el sombrero entre los matorrales. Luego, sujetándose el sombrero, echó a correr, con las borlas saltándole de un lado a otro sobre el pecho. Atravesó corriendo las malas hierbas y las flores silvestres, hasta llegar al camino viejo que bordeaba la ciudad, donde redujo la marcha. Andando llegó por la parte de detrás a la estación de la Gulf. Apoyándose en una enorme llanta de camión, y entre tubos, motores herrumbrosos, docenas de latas de aceite sin tapa, descansó un rato. Con una especie de astucia insensata, estaba preparándose para la última milla de su recorrido.
       —¿Cómo va eso, papi?
       Era el empleado del garaje, restregándose las manos llenas de grasa en el mono de trabajo, mientras rebuscaba entre las latas.
       A Eli se le revolvió el estómago. Se subió las solapas del enorme chaquetón negro.
       —Un día estupendo —dijo el del garaje, y echó a andar hacia la parte delantera.
       —Sholom —musitó Eli y salió disparado hacia la colina.

       El sol estaba en su cénit cuando Eli llegó a lo alto. Había venido cruzando la arboleda, buscando el fresco, pero así y todo estaba sudando, dentro de su traje nuevo. El sombrero no tenía badana y se le pegaba a la cabeza. Los niños jugaban. Los niños siempre estaban jugando, como si eso fuera lo único que Tzuref tenía que enseñarles. En pantalones cortos, enseñaban unas piernas tan flacas, que se les notaban las articulaciones dando vueltas al correr. Eli estaba esperando a que desaparecieran tras una esquina, antes de salir a campo abierto. Pero algo no le permitió esperar: su traje verde. Estaba en el porche, envolviendo al tío de la barba, que pintaba la base de una columna. Su brazo subía y bajaba, subía y bajaba, y la columna resplandecía como fuego blanco. Esta visión bastó para proyectar a Eli fuera de la arboleda y situarlo en el césped. No dio media vuelta, aunque sus entrañas sí. Subió por el césped, pero los niños seguían jugando. Llevándose la mano al sombrero negro, chistó dos veces, y no dio la impresión de que los niños se enteraran de nada.
       Al final le llegó un olor a pintura.
       Esperó que el hombre se volviera en su dirección. Pero él siguió pintando. A Eli le vino la súbita sensación de que si se bajaba el ala del sombrero, hasta taparse los ojos, el pecho, el estómago, las piernas, si lograba protegerse por completo de la luz, al cabo de un momento, sólo un momento, estaría en su casa, metido en la cama. Pero el sombrero no bajaba más allá de la frente. No podía engañarse: allí estaba. No se le ocurría nadie que lo hubiera forzado a ello.
       Los brazos del paleto recién llegado azotaban la columna, subiendo y bajando. Eli respiró pesadamente, carraspeó, pero el paleto se negaba a hacerle la vida más fácil. Al final, Eli tuvo que decir «hola».
       El brazo subió y bajó, haciendo un ruido rasposo. Luego se detuvo, y dos dedos acudieron a la caza de un pelo de la brocha que se había quedado adherido a la columna.
       —Buenos días —dijo Eli.
       El pelo se desprendió, el ruido rasposo se reanudó.
       —Sholom —musitó Eli, y el hombre se volvió.
       La identificación tomó su tiempo. Miró lo que Eli llevaba puesto. Eli, de cerca, miró lo que él llevaba puesto. Y entonces se le ocurrió la extraña idea de que era dos personas. O de que era una persona con dos trajes puestos. El paleto parecía estar experimentando una confusión similar. Se miraron de hito en hito durante largo rato. A Eli se le echó a temblar el corazón, y su cerebro entró en tal situación de aturdimiento momentáneo, que sus manos acudieron a abrochar el botón del cuello de la camisa que el otro llevaba puesta. ¡Qué lío! El paleto se colocó los brazos encima de la cara.
       —¿Qué ocurre? —preguntó Eli.
       El individuo aquel había agarrado su cubo y su brocha y había echado a correr. Eli lo persiguió.
       —No iba a pegarle —gritó Eli. ¡Pare!
       Eli lo alcanzó y lo agarró de la manga. Una vez más, los brazos del paleto se colocaron delante del rostro. Esta vez, con la violencia, ambos recibieron unas cuantas manchas de pintura blanca.
       —Sólo quiero…
       Pero, así vestido, Eli no sabía en realidad lo que quería.
       —… hablar —dijo al fin. Sólo quiero que me mire usted. Por favor, usted sólo míreme…
       Las manos siguieron en posición defensiva, y la brocha aplicó pintura blanca en la manga del traje verde de Eli.
       —Por favor… Por favor —dijo Eli, pero sin saber qué hacer. Diga usted algo. Hábleme —rogó.
       El tipo reculó hacia la pared, apartándose cada vez más, como si alguien fuera a tenderle una mano y tirar de él hasta situarlo en un sitio seguro. Se negaba a desprotegerse la cara.
       —Mire —dijo Eli, señalándose. Es su traje. Yo lo cuidaré.
       Ninguna respuesta: sólo un leve temblor bajo las manos, lo cual llevó a Eli a expresarse con toda la amabilidad posible.
       —Le… Le pondremos naftalina. Falta un botón —señaló la ausencia. Pediré que lo arreglen. Y que le pongan cremallera… Por favor, por favor… Usted sólo míreme.
       Estaba hablando consigo mismo, pero ¿cómo dejar de hacerlo? Ninguna de sus palabras tenía el menor sentido, y sólo con eso ya se le inflamaba el corazón. Pero de algún modo, así, parloteando, podía acabar diciendo algo que hiciera las cosas más fáciles entre ellos.
       —Mire —se metió la mano debajo de la camisa para mostrar los adornos de su camiseta—: hasta llevo una ropa interior especial… Por favor —dijo—, por favor, por favor, por favor —añadió, como cantando una palabra santa. Por favor…
       No hubo agitación alguna bajo el tweed; y si los ojos de aquel hombre se habían llenado de lágrimas, o brillaban intensamente, o lanzaban miradas de odio… Eli no podía saberlo. Se estaba volviendo loco. Se había puesto esa ropa de majadero y ¿para qué le había servido? ¿Para esto? Agarró con fuerza las manos de aquel individuo y se las apartó de la cara.
       —¡Ya! —dijo; y en ese primer momento lo único que vio fue que en la cara del paleto había dos gotitas blancas, una en cada mejilla.
       —Dígame —Eli lo forzó a colocar las manos en los costados—, dígame qué puedo hacer por usted, y lo haré…
       El paleto permanecía muy tieso, luciendo sus dos lágrimas blancas.
       —Lo que sea… Mire, mire lo que ya he hecho.
       Agarró el sombrero negro y lo sacudió en la cara de aquel hombre.
       Y, a cambio, el paleto le dio una respuesta. Se llevó una mano al pecho y luego la lanzó, con el dedo por delante, hacia el horizonte. ¡Y con qué cara de dolor! ¡Como si en vez de aire hubieran sido navajas! Eli siguió el dedo y vio más allá del nudillo, más allá de la uña, el pueblo de Woodenton.
       —¿Qué quiere usted? —dijo Eli. ¡Yo se lo traigo!
       De pronto, el paleto echó a correr. Pero en seguida se detuvo, giró sobre sí mismo y proyectó de nuevo aquel dedo en el aire. Señalando en la misma dirección. Luego se marchó.
       Y entonces, allí solo, Eli tuvo la revelación. No puso en duda su comprensión, ni la esencia, ni la procedencia. Atrapado en un insólito sueño jubiloso, emprendió su camino.

       En Coach House Road había coches en doble fila. La mujer del alcalde caminaba hacia su ranchera empujando un carro lleno de comida para perro de Stop N’Shop. El presidente del Lions Club, con una servilleta al cuello, introducía monedas en el parquímetro de delante del restaurante Bit-in-Teeth. Ted Heller recibía el sol que se reflejaba en el nuevo mosaico bizantino de la entrada de su tienda. Con unos vaqueros coloreados de rosa, la señora de Jimmy Knudson salía de la ferretería Halloway llevando un cubo de pintura en cada mano. La Roger’s Beauty Shoppe tenía las puertas abiertas: mujeres con cápsulas plateadas en la cabeza, hasta perderse de vista. En la barbería giraba la insignia tricolor, y el pequeño de los Berg cabalgaba un caballo rojo mientras le cortaban el pelo; su madre hojeaba el Look, con una sonrisa en los labios: el paleto se había cambiado de ropa.
       Y a esa calle, que parecía asfaltada de cromo reluciente, llegó Eli Peck. No iba a bastar, bien lo sabía él, con recorrer una acera. No bastaría con eso. Lo que hizo fue andar diez pasos por un lado de la calle y luego cruzar en ángulo recto al otro lado, donde dio otros diez pasos, para en seguida volver a cruzar. Sonaron las bocinas, el tráfico sufrió unos cuantos tirones, mientras Eli subía por Coach House Road. Muy en lo alto de la nariz emitía un quejido, sin dejar de andar. Nadie, fuera de él, podía oírlo, pero él lo sentía vibrar en el cartílago, en el caballete de la nariz.
       Las cosas, a su alrededor, se hicieron más lentas. El sol dejó de brillar intermitentemente en los radios de las ruedas y los tapacubos. Su brillo adquiría regularidad según los conductores reducían la marcha y frenaban para mirar al hombre vestido de negro. Siempre aminoraban la marcha y se quedaban boquiabiertos, cuando el paleto entraba en el pueblo. Pero luego, transcurridos dos o tres minutos, cambiaba el semáforo, graznaba un niño y la corriente de tráfico seguía adelante. Ahora, por más que cambiaran los semáforos, nadie se movía.
       —Se ha afeitado la barba —dijo Eric el barbero.
       —¿Quién? —preguntó Linda Berg.
       —El… el tipo del traje. El del sitio ese de ahí arriba.
       Linda miró por la ventana.
       —Es el tío Eli —dijo el pequeño Kevin Berg, escupiendo pelos.
       —Ay, Dios —dijo Linda—, a Eli le ha dado otra crisis de nervios.
       —¡Una crisis de nervios! —dijo Ted Heller, pero no inmediatamente; inmediatamente, lo que dijo fue: «¡Mecachis en…!».
       Al poco rato, todo el mundo se había enterado ya, en Coach House Road, de que el joven e inquieto abogado que tenía una mujer tan guapa padecía una crisis de nervios. Todo el mundo, menos Eli Peck. Le constaba que lo que estaba haciendo no era una locura, pero percibía con todo detalle su carácter extraño. Aquellas vestiduras negras eran como la piel de su piel: iban habituándose a sus movimientos y posturas. Y se daba cuenta, sí, de que todo el mundo lo estaba observando, en Coach House Road. Vio unos faros detenerse, con chirriar de frenos, a un palmo de distancia. Vio bocas: primero, la mandíbula se desliza hacia delante, luego la lengua toca los labios, los labios explotan, un pequeño trueno en la garganta, y ya lo han dicho: Eli Peck Eli Peck Eli Peck Eli Peck. Echó a andar con lentitud, cargando el peso de su cuerpo hacia abajo y hacia delante con cada sílaba: E-li-Peck-E-li-Peck-E-li-Peck-E-li-Peck. Caminaba pesadamente, y mientras sus vecinos pronunciaban las sílabas de su nombre, notaba que cada sílaba le sacudía el esqueleto. Sabía quién era hasta los tuétanos: se lo estaban diciendo. Eli Peck. Quería que lo dijesen mil veces, un millón de veces, se sentía capaz de seguir caminando para siempre dentro de aquel traje negro, mientras los adultos susurraban su extrañeza y los niños le hacían gestos de «vergüenza… vergüenza» con los dedos.
       —Todo irá bien, compañero —Ted Heller le hacía gestos desde la puerta—. Venga, compañero, que todo irá bien…
       Eli lo vio, bajo el ala de su sombrero. Ted no se apartó de la puerta, pero sí que se inclinó hacia delante y le dijo algo, tapándose la mano con la boca. A su espalda, en el portal, tres parroquianos miraban.
       —Eli, soy Ted, ¿te acuerdas de mí, Ted?
       Eli cruzó la calle y resultó que iba directamente al encuentro de Harriet Knudson. Estiró el cuello, para que le viese bien toda la cara.
       Vio que a ella se le fundía la frente hasta las pestañas.
       —Buenos días, señor Peck.
       —Sholom —dijo Eli, y cruzó la calle en dirección al presidente del Lions.
       —Es ya la tercera vez —oyó que decía alguien; y luego volvió a cruzar, se subió a la acera y se encontró delante de la panadería; un repartidor pasó por su lado, con una bandeja de pasteles por encima de la cabeza.
       —Perdón, Padre —dijo, y se escabulló en el interior de su camioneta. Pero no pudo moverla. Eli Peck había interrumpido el tráfico.
       Dejó atrás el teatro Rivoli, la tintorería Beekman, Harris’ Westinghouse, la iglesia Unitaria, y pronto sólo fueron árboles. En Ireland Road torció a la derecha y se internó en las calles más serpenteantes de Woodenton. Los cochecitos de niño se paraban en seco con un zumbido y crujían: «¿No es…?». Los jardineros interrumpían la poda. Los niños se bajaban de la acera a la calzada. Y Eli no saludaba a nadie, pero a todos daba la cara. Le habría gustado muchísimo tener un par de lágrimas blancas que ofrecer a todos… Y hasta que no estuvo delante de su casa, de su césped, sus persianas, sus nuevos junquillos, no se acordó de su mujer. Ni del hijo que seguramente ya le habría nacido. Y fue allí y entonces cuando pasó el peor momento. Podía entrar en la casa, cambiarse de ropa y acudir al hospital para estar con su mujer. No era irrevocable. Ni siquiera el paseo que acababa de darse era irrevocable. En Woodenton, la memoria era larga, pero la furia, corta. La apatía desempeña la misma función que el perdón. Por otra parte, cuando le da a uno por volverse loco, pues eso, que se vuelve loco. Es cosa de la Madre Naturaleza.
       Lo que le acarreó el mal momento fue que se dio la vuelta. Sabía exactamente lo que podía hacer, pero eligió no hacerlo. Entrar en la casa habría sido quedarse a medias. Había algo más… De modo que dio media vuelta y dirigió sus pasos hacia el hospital, temblando todo el rato a dos dedos de la epidermis, con la idea de que quizá hubiera elegido el camino de la locura. ¡Pensar que había elegido estar loco! Pero es que si uno elige estar loco, quiere decir que no está loco. Es cuando no se elige. No, no había enloquecido. Tenía que ir a ver a un niño.
       —¿Nombre?
       —Peck.
       —Cuarta planta.
       Le dieron una tarjetita azul.
       En el ascensor, todo el mundo se lo quedó mirando. Eli asistió a la ascensión de sus zapatos negros durante cuatro plantas.
       —Cuarta.
       Se llevó la mano al sombrero, pero sabiendo que no podía quitárselo.
       —Peck —dijo, enseñando la tarjetita.
       —Enhorabuena —dijo la enfermera—. ¿Es usted el abuelo?
       —Soy el padre. ¿Qué habitación?
       La enfermera lo llevó a la 412.
       —¿Va usted a gastarle una broma a su mujer? —dijo, pero él entró sin ella en la habitación.
       —¿Miriam?
       —¿Sí?
       —Soy Eli.
       Ella volteó su pálida cara en dirección a su marido.
       —Ay, Eli… Ay, Eli.
       Él levantó los brazos.
       —¿Qué querías que hiciera?
       —Tienes un hijo. Te han estado llamando toda la mañana.
       —Vengo a verlo.
       —¡Con esa pinta! —musitó ella, con aspereza. Eli, no puedes andar por ahí vestido de ese modo.
       —Tengo un hijo. Quiero verlo.
       —Eli, ¿por qué me haces esto? —el rojo fluyó de nuevo a sus labios. Ese hombre no es culpa tuya —le explicó. Ay, Eli, cariño mío, ¿por qué tienes que sentirte culpable de todo? Eli, cámbiate. Te perdono.
       —Deja ya de perdonarme. Deja ya de comprenderme.
       —Pero es que te quiero.
       —No tiene nada que ver.
       —Pero, cariño mío, no tienes por qué vestirte así. No has hecho nada. No tienes que sentirte culpable sólo porque… porque todo va bien. Eli, ¿no te das cuenta?
       —Miriam, basta ya de razonamientos. ¿Dónde está mi hijo?
       —Ay, por favor, Eli, no enloquezcas ahora. Te necesito. ¿Es por eso por lo que estás enloqueciendo, porque te necesito?
       —A tu manera egoísta, Miriam, eres muy generosa. Quiero a mi hijo.
       —No enloquezcas ahora. Me temo que se lo han llevado a otro sitio —estaba empezando a gimotear. No sé si lo quiero, ahora que se lo han llevado a otro sitio. Miro al espejo, Eli, y ya no está… Eli, Eli, parece que te has vestido para tu propio entierro. Por favor, ¿podrías dejar de preocuparte de todo? ¿Por qué no nos limitamos a sacar adelante una familia?
       —No.
       En el pasillo, le pidió a la enfermera que lo llevara a ver a su hijo. La enfermera caminaba a su derecha, Ted Heller, a su izquierda.
       —Eli, ¿necesitas ayuda? Se me ocurrió pensar que a lo mejor necesitabas ayuda.
       —No.
       Ted le susurró algo a la enfermera; luego a Eli:
       —¿Te parece bien ir por ahí vestido de ese modo? —Sí.
       Al oído, Ted le dijo:
       —Vas… vas a asustar al niño…
       —Aquí es —dijo la enfermera.
       Indicó una cuna de mimbre de la segunda fila y miró, desconcertada, a Ted.
       —¿Entro? —dijo Eli.
       —No —dijo la enfermera. Ahora lo sacan.
       Dio unos golpecitos en la mampara llena de bebés.
       —Peck —le dijo, pronunciando con mucha claridad, a la enfermera de dentro.
       Ted le tocó el brazo a Eli:
       —No tendrás intención de hacer algo de lo que luego puedas arrepentirte, ¿verdad? Eli… Sabes que sigues siendo Eli, ¿verdad?
       Eli vio que en el interior habían arrastrado una de las cunas hasta situarla frente a la ventana cuadrangular.
       —Por el amor de… —dijo Ted—, no estarás pensando en eso de la Biblia… —y de pronto dijo—: Espera, compañero.
       Echó a andar por el corredor adelante, haciendo ruido con los talones, rápidamente.
       Eli se sintió aliviado. Se inclinó hacia delante. En la cesta estaba lo que había venido a ver. Bueno, ya que estábamos, ¿qué pensaba decirle? «¿Soy tu padre, Eli el Perturbado? ¿Llevo un sombrero negro y un traje del mismo color con ropa interior de fantasía, todo ello tomado en préstamo de un amigo?». Cómo podía admitir, delante de esta bola de carne enrojecida —suya— lo peor de todo: que Eckman no tardaría en convencerlo, y tendría que quitárselo todo. ¡No podía admitirlo! ¡No lo haría!
       Por debajo del ala del sombrero, con el rabillo del ojo, vio que Ted se había parado ante una puerta del final del pasillo. Estaba diciéndoles algo a dos celadores, que escuchaban sus palabras sin dejar de fumar. Eli lo ignoró.
       No, ni el mismísimo Eckman iba a lograr que se lo quitara. ¡No! Seguiría con todo puesto, si le apetecía. ¡Haría que el niño lo llevase también! ¡Claro que sí! Se le arregla el traje, cuando llegue el momento. Una herencia olorosa, quiera o no quiera el niño.
       Sólo se oían los pasos de Ted. Los celadores llevaban suelas de goma, porque los tuvo al lado de pronto, sin haberse dado cuenta de que se le echaban encima. Su ropa blanca olía también, pero no igual que la de Eli.
       —Eli —le dijo Ted, con suavidad—, ha terminado la hora de visita, compañero.
       —¿Qué tal se siente usted, señor Peck? Todo el mundo se altera con el primer hijo.
       Eli, sencillamente, no había prestado atención. No obstante, empezó a sudar, abundantemente, y la copa del sombrero se le pegaba al pelo.
       —Perdone… Señor Peck —era una voz nueva, de bajo, plena—. Perdóneme, rabino, pero lo necesitan a usted… en la sinagoga.
       Una mano lo asió del codo, con fuerza; luego, otra mano lo asió del otro codo. Se puso tenso por donde lo agarraron.
       —Muy bien, rabino. Muy bien muy bien muy bien muy bien muy bien.
       Escuchó con atención. Era muy reconfortante, eso de «muy bien».
       —Muy bien muy bien todo va a ir muy bien.
       Parecía que los pies se le habían separado un poco del suelo, porque se iba apartando de la ventana, de la cuna, de los niños.
       —Muy bien, todo estupendamente, muy bien, muy bien…
       Pero Eli recuperó la postura, súbitamente, y, como en sueños, sacudiendo los brazos, gritó:
       —¡Soy el padre!
       Pero la ventana desapareció. En un momento le quitaron el chaquetón —salió muy fácilmente, a la primera—. Luego, una aguja se deslizó bajo su piel. El fármaco le calmó el espíritu, pero sin llegar a lo más profundo, donde lo negro había alcanzado.




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