Philip Roth
(Nueva Jersey, Estados Unidos, 1933)


No se conoce al hombre por la canción que canta (1957)
(“You Can’t Tell a Man by the Song He Sings”)
Originalmente publicado en la revista Commentary (noviembre 1957)
Goodbye, Columbus and Five Short Stories (1959)


       Fue en primer curso, en clase de Orientación Profesional, hace ya quince años, donde conocí al expresidiario Alberto Pelagutti. Durante la primera semana, mis nuevos compañeros y yo nos vimos sometidos a una «batería de tests» ideados para poner de manifiesto nuestras facultades, nuestras deficiencias, nuestras tendencias y nuestra psique. Al cabo de la semana, el señor Russo, profesor de Orientación Profesional, sumaría las capacidades, les restaría las deficiencias y nos diría qué trabajos se ajustaban mejor a nuestros talentos. Era todo muy misterioso, pero científico. Recuerdo mi primera impresión del «Test de Preferencias»: «¿Qué prefiere usted hacer: esto, lo otro, aquello o lo de más allá?». Albie Pelagutti se sentaba detrás de mí, a mi izquierda, y mientras yo, en aquel primer día de clase, recorría tranquilamente el test, examinando antiguos fósiles por aquí, defendiendo a criminales por allí, Albie, como el interior del Vesubio, se alzaba, caía, lanzaba, se dilataba en su asiento. Cuando por fin tomaba una decisión, era que la tomaba. Se oía el ruido de su lápiz al trazar la «x» en la columna opuesta a la actividad en que el chico consideraba preferible comprometerse. Su padecimiento reforzaba la leyenda que lo había precedido: tenía diecisiete años; acababa de salir del Reformatorio de Jamesburg; éste era su tercer instituto, la tercera vez que cursaba primero; pero ahora —oí otra «x» ocupar su casilla— había decidido «enmendarse».
       Había transcurrido más o menos la mitad del tiempo que nos daban para hacer los tests cuando el señor Russo salió del aula diciendo que iba a beber algo. Russo siempre ponía el máximo empeño en convencernos de que era un hombre recto y leal y que, a diferencia de lo que hacían otros profesores que quizá hubiéramos tenido, él era incapaz de espiar por la puerta trasera a ver hasta dónde llegaba nuestro sentido de la responsabilidad. Y, desde luego, cuando afirmaba que iba a beber algo volvía con los labios húmedos; y cuando decía que iba al servicio volvía con las manos recién lavadas, oliendo a jabón.
       —Tomaos vuestro tiempo, chicos —nos dijo, y la puerta se cerró tras él.
       Resonaban sus puntiagudos zapatos negros por el mármol del pasillo cuando cinco dedos muy gruesos se clavaron en mi hombro. Me di la vuelta. Era Pelagutti.
       —¿Qué? —le dije.
       —La veintiséis —dijo Pelagutti—. ¿Cuál es la respuesta?
       Le ofrecí la verdad:
       —Todas valen.
       Pelagutti se incorporó a medias sobre su pupitre y me fulminó con la mirada. Era una especie de hipopótamo, grande, negro y maloliente. Las mangas cortas de la camisa le apretaban los monstruosos brazos, como tomándole la tensión —que en aquel momento debía de tener por las nubes.
       —¡Cuál es la respuesta!
       Ante la amenaza, retrocedí tres páginas en mi folleto con las preguntas y releí la número veintiséis: «¿Qué preferirías hacer: 1) Asistir a una Conferencia Internacional de Comercio; 2) Recoger cerezas; 3) Quedarte con un amigo enfermo y leerle algo; 4) Trucar motores de automóvil?». Dediqué a Albie una mirada sin expresión y le dije, encogiéndome de hombros:
       —Da igual. No hay respuesta correcta. Valen todas.
       Se levantó de su asiento casi como un cohete.
       —¡Déjate de chorradas! ¡Cuál es la respuesta!
       Cabezas extrañas se alzaron en toda el aula: miradas de ojos amusgados, labios murmuradores, sonrisas de bochorno, y me di cuenta de que Russo podía volver en cualquier momento, con los labios húmedos, y pillarme haciendo trampas en mi primer día de clase. Volví a mirar la número veintiséis; luego, a Albie; y luego, impulsado —como siempre me ocurrió con él— por una combinación de enfado, lástima, miedo, cariño, venganza y un instinto irónico que en aquella época me funcionaba con la delicadeza de un martillo pilón, dije en voz baja:
       —Quedarte con un amigo enfermo y leerle algo.
       El volcán se apagó, y así nos conocimos, Albie y yo.

       Nos hicimos amigos. Se me pegó durante los tests, luego durante el almuerzo, luego al salir de clase. Supe que Albie, de niño, había hecho todas las cosas que yo, bajo tutela, no había hecho: había comido hamburguesas en restaurantuchos raros; se había expuesto a la intemperie hibernal recién salido de la ducha fría, con el pelo mojado; había sido cruel con los animales; había traficado con prostitutas; había robado, lo habían cogido y había pagado por ello. Pero ahora, me dijo, mientras yo desenvolvía mi almuerzo en la tienda de dulces de enfrente del colegio, «Ahora se terminaron las gilipolleces. Voy a adquirir cultura. Voy —creo que tomó la imagen de una película musical que había visto la tarde anterior, mientras los demás estábamos en clase— a empezarlo todo con buen pie». A la semana siguiente, cuando Russo nos leyó los resultados de los tests, resultó que Albie no sólo estaba empezando con buen pie, sino que al avanzar se le iban abriendo extraños y maravillosos caminos. Russo, sentado a su mesa, con los montones de los tests delante, como munición, y gráficos y diagramas a los lados, fue haciéndonos entrega de nuestros respectivos destinos. Albie y yo íbamos a ser abogados.
       De todo lo que Albie me confesó durante aquella primera semana, hubo una cosa que se me quedó metida en la cabeza: no tardé en olvidar el nombre de la localidad siciliana en que había nacido; la profesión de su padre (o fabricaba hielo, o lo repartía); el año y el modelo de los coches que había robado. No olvidé, sin embargo, que Albie había sido el jugador estrella del equipo de béisbol del Reformatorio de Jamesburg. Cuando el señor Hopper, profesor de Educación Física, me nombró capitán de uno de los equipos de softball de mi clase (jugábamos al softball mientras duraban las series mundiales; luego nos pasábamos al touch football[41]), me di cuenta de que tenía que contar con Pelagutti en mi equipo. Con esos brazos suyos, tenía que ser capaz de lanzar la bola a más de un kilómetro.
       El día en que tocaba elegir los equipos, Albie se pasó el rato de acá para allá, a mi lado, arrastrando los pies, mientras yo, en el vestuario, me ponía el uniforme gris de deporte: suspensorio, pantalones cortos de color caqui, camiseta de manga corta, calcetines gruesos y zapatillas. Albie ya se había cambiado: debajo de los pantalones cortos no llevaba suspensorio, pero se había dejado los calzoncillos de color lavanda, que le asomaban un palmo por debajo de las perneras y le conferían un aspecto bastante estrambótico. En vez de camiseta de manga corta llevaba una sin mangas; y debajo de las zapatillas, negras como la pez, llevaba unos calcetines de seda muy finos, con una flechita grabada a la altura del tobillo. Desnudo, habría podido, al modo de algún antepasado suyo de muchos siglos atrás, matar leones con sus propias manos en el Coliseo; la indumentaria —no se lo dije— le rebajaba la dignidad.
       Cuando salimos del vestuario y nuestros almohadillados pasos nos conducían por el oscuro pasillo hacia el campo de juego, que el sol de septiembre enlucía, Albie hablaba sin parar:
       —De pequeño no hice ningún deporte, pero en Jamesburg sí que jugué al béisbol, y me vino espontáneamente.
       Yo le dije que sí con la cabeza.
       —¿Qué te parece Pete Reiser? —me preguntó.
       —Es un buen hombre —le dije yo.
       —¿Y Tommy Henrich? —me preguntó.
       —No lo sé —le dije yo. Supongo que se puede confiar en él.
       Como buen seguidor de los Dodgers, a mí me gustaba más Reiser que Henrich, que era de los Yankees; y, además, yo siempre he sido de gustos extravagantes, y Reiser, que una y otra vez lanzaba la bola fuera del campo para sacar de apuros a Brooklyn, se había ganado un trofeo especial en el Cooperstown de mi corazón.
       —Sí —dijo Albie—, a mí me gustan todos los Yankees.
       No tuve oportunidad de preguntarle qué quería decir con eso, porque el señor Hopper, bronceado, sonriente, muy erguido, ya estaba lanzando una moneda al aire; miré hacia lo alto, la vi rebrillar al sol y pedí «cara». Salió cruz, y le tocó elegir al otro capitán. El corazón me dio un vuelco cuando observé cómo miraba los brazos de Albie, pero me tranquilicé cuando siguió adelante y escogió a un chico alto y delgado, el típico primera base. Yo me apresuré a decir:
       —Me quedo con Pelagutti.
       No se ve con frecuencia una sonrisa como la que se instaló en el rostro de Albie Pelagutti en ese momento: cualquiera habría dicho que acababan de indultarle una cadena perpetua.

       Empezó el partido. Yo jugaba de frenador —zurdo— y bateé en segundo lugar; Albie estaba en el centro del campo y, por deseo suyo, bateó en cuarto lugar. El primer hombre del equipo contrario golpeó la bola en el suelo y yo la lancé al primera base. El siguiente bateador lanzó una bola alta, liftada, hacia el centro del campo. En el preciso momento en que vi a Albie correr tras ella comprendí que Tommy Henrich y Pete Reiser no eran sino nombres, para él: todo lo que sabía de béisbol se lo acababa de empollar la noche antes. Con la bola en el aire, Albie la esperaba dando saltos, con los brazos levantados directamente por encima de la cabeza, las muñecas juntas, como encoladas, y abría y cerraba las manos como alas de mariposa, implorándole a la bola que fuera a aterrizar en ellas.
       —¡Venga! —le gritaba al cielo. ¡Venga, hija de puta…!
       Y pedaleaba, agachándose y levantándose, una y otra vez. Espero que el momento de mi muerte no se alargue tanto como la caída de esa maldita pelota. Se mantenía en el aire, seguía manteniéndose en el aire, con Albie corcoveando debajo, como un Holly Roller. Y la pelota acabó cayendo, sí, pero en pleno pecho de Albie. El corredor del equipo contrario había doblado ya la segunda base y se precipitaba hacia la tercera. Albie daba vueltas sobre sí mismo, buscando la pelota, con los brazos bajos y estirados, como si estuviera jugando a la ronda con otros muchachos imaginarios.
       —¡Detrás de ti, Pelagutti! —le grité a pleno pulmón.
       Se quedó quieto.
       —¿Qué? —me respondió, gritando también.
       Yo hice corriendo la mitad de la distancia que me separaba del centro del campo.
       —¡Detrás de ti! ¡Pásala!
       Y luego, mientras el corredor del equipo contrario superaba la tercera base, me tuve que quedar donde estaba, explicándole a Albie lo que había que entender por «pásala».
       Al final de la primera parte de la primera entrada, cuando nos tocó batear, perdíamos ya por 8 home runs a cero, todos por culpa del excesivo retraso de Pelagutti en pasar la pelota.
       Por puro placer masoquista, voy a describir a Albie en la base: para empezar, se ponía de frente al pícher; luego, cuando intentaba darle a la bola —lo intentó con todas—, no lo hacía de lado, sino hacia abajo, como si pretendiera clavar una estaca en el suelo. No me pregunten si era zurdo o diestro. No lo sé.
       Nos mantuvimos en silencio en el vestuario, mientras nos poníamos de nuevo la ropa de calle. Yo ardía en indignación, mirando a Pelagutti por el rabillo del ojo. Arrojó de sus pies aquellas demenciales zapatillas negras y se puso la camisa rosa de gaucho encima de la camiseta, debajo de cuya U se veía una mancha roja, huella de la primera bola volante que hizo impacto en él. Sin quitarse los shorts de deporte, metió ambos pies en los pantalones grises —y yo me quedé observando mientras los pantalones iban cubriendo los manchones rojos que le habían dejado en las corvas las bolas bajas, los manchones rojos que le habían dejado en las rodillas y en los muslos las bolas más altas.
       Al final, hablé:
       —Maldita sea, Pelagutti, no tienes ni puta idea de quién es Pete Reiser, no lo reconocerías ni aunque te dieras de bruces con él en una calle estrecha.
       Estaba embutiendo los zapatos de deporte en su taquilla, y no contestó. Yo le hablaba a la montaña rosa que tenía por espalda.
       —¿Cómo se te ocurrió decirme que jugaste en el equipo de la cárcel?
       Farfulló algo.
       —¿Qué? —dije.
       —Sí jugué —masculló.
       —¡Y una mierda! —dije.
       Se dio media vuelta y me fulminó con la mirada de sus ojos negros:
       —¡Sí jugué!
       —¡Pues menudo equipo tenía que ser! —dije.
       No hablamos mientras salíamos del vestuario. Cuando pasábamos por delante del despacho de Educación Física, camino de Orientación Profesional, el señor Hopper levantó la vista de sus papeles y me guiñó un ojo. Luego movió la cabeza señalando a Pelagutti, como indicándome que ya se daba cuenta del paquete que me había llevado, pero que cómo había podido esperar yo que un zángano como Pelagutti fuera a comportarse como el chico norteamericano ideal. Luego, el señor Hopper volvió a inclinar la cabeza, que la lámpara de mesa alumbraba, sobre los papeles.
       —Ahora —le dije a Pelagutti cuando doblábamos el segundo rellano de la escalera—, ahora me tengo que aguantar contigo hasta el próximo trimestre.
       Siguió arrastrando los pies por delante de mí, sin contestarme. De su trasero de buey tenía que haber colgado una cola, para espantarse las moscas. Me acabó de enfurecer su contemplación.
       —¡Maldito embustero! —le grité.
       Giró sobre sí mismo a la máxima velocidad que puede hacerlo un buey.
       —No tienes por qué aguantarte con nadie.
       Estábamos al final del rellano por el que se accedía a un pasillo con ambas paredes cubiertas de taquillas. Los chicos que bajaban la escalera detrás de nosotros se detuvieron a escuchar.
       —No tienes por qué, soplapollas.
       Y vi cinco nudillos vellosos acercándoseme a la boca. Me aparté, pero no a tiempo, y oí un ruido de aplastarse algo en el caballete de mi nariz. Sentí que se me sumían las caderas, que se me adelantaban las piernas y la cabeza y, más cóncavo que una c, recorrí cinco metros marcha atrás antes de notar la frialdad del mármol en las palmas de la mano. Albie se metió en Orientación Profesional, bordeándome, en el preciso momento en que yo levantaba la cabeza para ver que los puntiagudos zapatos negros del señor Russo se metían en el despacho. Estoy casi seguro de que vio a Albie pegarme, pero nunca lo sabré. Nadie, incluidos Albie y yo, volvió a mencionar el asunto, jamás. Tal vez hubiera sido un error por mi parte lo de llamarlo embustero, pero el caso era que si había jugado en algún equipo, tenía que haber sido en una categoría cuya existencia yo ignoraba.
       Como contraste, permítanme que les presente a Duke Scarpa, otro expresidiario que teníamos aquel año. Ninguno de los dos, ni Albie ni Duke, eran, por cierto, representativos de la comunidad que integrábamos los alumnos de aquel instituto. Ambos vivían en la otra punta de Newark, en el Down Neck, y habían venido a parar a nuestro instituto cuando la Junta de Educación ya había hecho pasar a Albie por otros dos institutos y a Duke por cuatro. La junta, en última instancia, se acogió, como Marx, a la esperanza de que la cultura superior acabase absorbiendo a la inferior.
       Albie y Duke no tenían intereses en común: el primero había tomado la decisión de seguir la buena senda, y ante Duke, ante su empalagosa quietud y su gracia desgraciada, uno siempre tenía, en cambio, la impresión de que estaba maquinando algo. Y, sin embargo, aunque nunca llegaron a apreciarse, el caso es que Duke siempre nos iba detrás a Albie y a mí, consciente —sospecho— de que si Albie lo despreciaba era porque podía leer su alma, y que un colega así era más fácil de soportar que un colega que te desprecia porque no es capaz de leerte el alma. Todo lo que Albie tenía de hipopótamo, de buey, lo tenía Duke de reptil. ¿Y yo? No sé: siempre resulta más fácil percibir el animal en los demás.
       Durante la hora del almuerzo Duke y yo solíamos hacer combates de entrenamiento en el patio delantero de la cafetería. Él no distinguía un gancho de un jab, y no le gustaba nada que le maltratasen la oscura epidermis ni que le revolviesen el pelo; pero le producía tanto placer moverse, sacudirse, encogerse y estirarse, que, en mi opinión, con mucho gusto habría pagado algo por el privilegio de jugar a la serpiente conmigo. Me hipnotizaba, Duke; ponía en funcionamiento algún pringoso resorte en mi interior. Albie Pelagutti, en cambio, lo que quería era hacerme vibrar una cuerda más profunda y, me parece, más noble.

       Pero estoy hablándoles de Albie como si fuera un verdadero querubín. Permítanme contarles lo que él y yo le hicimos al señor Russo.
       Russo creía en su batería de tests igual que sus padres inmigrantes (y los de Albie, y quizá el mismísimo Albie) creían en la infalibilidad del Papa. Si los tests decían que Albie iba a ser abogado, Albie iba a ser abogado. En cuanto al pasado de Albie, sólo pesaba para hacer aún más fuerte la devoción de Russo por la profecía: se acercaba a Albie con la salvación en la mirada. Así, pues, en septiembre le dio a leer a Albie una biografía, la de Oliver Wendell Holmes; en octubre, una vez a la semana, hizo que el pobre muchacho improvisara discursos ante los compañeros de clase; en noviembre le hizo escribir un trabajo sobre la constitución, que yo redacté; y luego, en diciembre, la deshonra final: nos envió a Albie y a mí (y a otros dos con inclinaciones jurídicas) al Tribunal del Condado de Essex, para que viéramos «auténticos abogados en acción».
       Hacía frío y soplaba el viento, aquella mañana, cuando arrojamos nuestros cigarrillos contra la estatua de Lincoln que hay en la galería de delante de los tribunales y emprendimos la ascensión de la larga escalinata de cemento blanco. En ese momento, de súbito, Albie giró sobre sus talones y echó a correr por la galería, en dirección a la calle Market. Lo llamé a gritos, pero me respondió que todo eso ya lo había visto antes. Esta vez, en su carrera, que no andadura, hacia las calles del centro, no huía de la policía, sino de otras coyunturas semejantes. No era que considerase un animal de bellota a Russo por haberlo enviado a visitar el tribunal —Albie respetaba demasiado a los profesores como para pensar algo así—; más bien pensaba, creo yo, que Russo había intentado frotarle el hocico contra aquello.
       No fue para sorprenderse, pues, que al día siguiente, después de Educación Física, Albie anunciara su ataque contra el profesor de Orientación Profesional: era el primer golpe que planeaba desde septiembre, desde que había tomado la decisión de seguir la buena senda. Me comunicó el proyecto y me encargó que les pasara los detalles a los demás compañeros de la clase. En mi papel de enlace entre Albie y los chicos buenos de la clase, los que no eran expresidiarios, mi misión consistía en situarme a la puerta del aula e ir susurrando el plan al oído de los compañeros, según entraban: «En cuanto den las diez y cuarto y Russo esté en la pizarra, dándonos la espalda, te agachas y te pones a atarte los cordones de los zapatos». Si algún chico me miraba con cara de sorpresa, lo único que yo tenía que hacer era señalar a Pelagutti, cuya masa ingente ocuparía el pupitre habitual: desaparecería la expresión de sorpresa y un cómplice más entraría en el aula. El único que me causó algún problema fue Duke. Tras escuchar de mis labios el plan, se me quedó mirando con el entrecejo fruncido, como quien ya tiene su propia banda de facinerosos y jamás ha oído mencionar la tuya.
       Al fin, sonó el timbre. Entré en clase, cerré la puerta y me instalé en mi pupitre sin hacer ruido. Aguardé a que el reloj señalara el cuarto de hora; nada más señalarlo, Russo fue a la pizarra a escribirnos en ella el rango salarial de los trabajadores del aluminio. Me agaché a atarme los cordones de los zapatos: por debajo de los pupitres vi otras caras del revés, muy sonrientes. A mi espalda, a la izquierda, oí sisear a Albie: se manoseaba los calcetines negros de seda y el siseo fue en aumento, hasta convertirse en un arrebato siciliano, bisbisado, expelido con fuerza, depravado. Era una cuestión exclusivamente entre Russo y él. Miré hacia las primeras filas, sin dejar de atarme y desatarme los zapatos, con la sangre bajándoseme ya a la cabeza. Vi que las piernas de Russo se volvían. Qué espectáculo tuvo que ofrecérsele: donde antes había veinticinco rostros, ahora no había nada; sólo pupitres.
       —Muy bien —oí decir a Russo. Muy bien.
       Luego dio una ligera palmada.
       —Ya vale, chicos. Se acabó la broma. Levantad la cabeza.
       Pero el siseo de Albie fue desplazándose por la parte inferior de los pupitres, de encendida oreja en encendida oreja, como una corriente subterránea: «Seguid como estáis».
       Russo nos pedía que nos incorporáramos y nosotros seguíamos con la cabeza entre las piernas. Y no la levantamos hasta que Albie no nos lo dijo. Y luego, dirigidos por él, nos pusimos a cantar:

No te sientes debajo del manzano
con nadie que no sea yo,
que no sea yo,
que no sea yo,
oh no, no te sientes debajo del manzano…

      Y luego dimos palmadas para marcar el ritmo. ¡Qué alboroto!
       El señor Russo permaneció inmóvil ante la clase, escuchando, atónito. Llevaba traje azul oscuro de raya diplomática, muy bien planchado, corbata marrón claro con una cabeza de perro pastor escocés en el centro y pasador de corbata con las iniciales R. R.; llevaba puestos los puntiagudos zapatos negros, resplandecientes. Russo, partidario incondicional de la limpieza, la honradez, la puntualidad, la planificación del destino, y del futuro y la Orientación Profesional… Y a mi lado, detrás de mí, en mi interior, ocupándome entero… ¡Albie! Nos miramos, Albie y yo, y mis pulmones lanzaron con sumo gozo: «No te sientes debajo del manzano…» Resonaba la voz de Albie, en tono monocorde, cuando, de pronto, una voz meliflua, de cantante melódico, me bañó en sonido: era Duke, que batía las palmas a ritmo de tango.
       Russo se apoyó un momento en un gráfico de ayuda visual —Trabajadores Cualificados: Salarios y Requisitos— y en seguida arrastró su sillón para volverlo a poner en su sitio y se dejó caer en el asiento, tan bajo, que no parecía tener fondo. Inclinó la cabeza sobre la mesa y los hombros se le curvaron hacia delante, como los bordes de un papel cuando se humedece. Y fue en ese preciso momento cuando Albie llevó a cabo su hazaña. Dejó de cantar No te sientes debajo del manzano y todos callamos con él. Russo levantó la mirada ante el silencio; sus ojos, oscuros y embolsados, quedaron fijos en nuestro caudillo, Alberto Pelagutti. Muy despacio, se puso a mover la cabeza de lado a lado: ¡no era Al Capone, no era Garibaldi! Russo esperaba, yo esperaba, todos esperaban. Albie se levantó, despacio, y se puso a cantar: «¿Ves, con las primeras luces del alba, lo que con tanto orgullo aclamamos?…». Y todos, puestos en pie, cantamos con él. Con las lágrimas cayendo de sus largas pestañas negras, el señor Russo se alzó de su mesa, con gran esfuerzo, derrotado; y mientras resonaba a mis espaldas la desastrosa voz de bajo de Pelagutti, vi que los labios de Russo empezaban a moverse: «las bombas que estallan en el aire nos daban prueba…» ¡Dios, cómo cantamos!
       Albie dejó el instituto en junio de aquel año: lo único que aprobó fue Orientación Profesional; pero nuestra camaradería, tan rara, se hizo pedazos a las doce en punto de la mañana de un día concreto, unos meses antes. Fue en marzo, a la hora de la comida, Duke y yo hacíamos guantes en el patio exterior de la cafetería, y Albie —que desde el día en que éste añadió su voz de cantante melódico al coro general toleraba un poco mejor a Duke— nos hacía de árbitro, saltando entre los dos, separándonos en los cuerpo a cuerpo, amonestándonos los golpes bajos, tirándole a Duke de la colgante entrepierna y, en general, pasándoselo de rechupete. Recuerdo que Duke y yo estábamos trabados; mientras yo le salpicaba los riñones de golpecitos suaves, él se debatía entre mis brazos. El sol lucía en la ventana que había a sus espaldas, alumbrándole el pelo como un nido de serpientes. Yo le repicaba en los flancos, él se retorcía, yo respiraba por la nariz, con esfuerzo, fijándome en el revoltijo de serpientes que tenía por pelo, y de pronto Albie se metió entre nosotros y nos separó de un tirón: Duke cayó de lado, yo caí hacia delante y el puño se me estrelló contra la ventana que Scarpa había venido utilizando como rincón. Se oyeron pasos. En cuestión de un segundo, una multitud de chicos con la boca llena, haciendo chistes, sin ninguna sensación de culpa, se juntó a mi alrededor, pero sólo a mi alrededor, porque Albie y Duke habían desaparecido. Los maldije a ambos, hijos de puta sin sentido del honor. La gente no volvió al comedor hasta que la nutricionista jefe, una matrona enorme, varicosa, con el uniforme tieso a fuerza de pasar por la lavandería, no hubo tomado nota de mi nombre para llevarme luego al dispensario y que me sacaran los trocitos de cristal de los nudillos. Aquel mismo día, por la tarde, me convocaron por primera y única vez al despacho del señor Wendell, el director.
       Quince años han transcurrido desde entonces y no sé qué habrá sido de Albie Pelagutti. Si se ha metido a gángster, no era lo suficientemente famoso ni rico para que el comité Kefauver se interesara en él, hace unos años. Cuando el Comité del Crimen llegó a Nueva Jersey, seguí atentamente sus investigaciones, pero nunca leí en los periódicos el nombre de Alberto Pelagutti, ni el de Duke Scarpa… aunque a este último vaya usted a saber por qué nombre se le conoce ahora. Sí me consta, en cambio, lo que le pasó al profesor de Orientación Profesional, porque cuando otro comité del Senado barrió el Estado, hace poco, se descubrió que Robert Russo —entre otros— fue marxista en sus tiempos de estudiante de pedagogía en el Montclair State Teachers’ College, allá por 1935. Russo se negó a contestar a algunas preguntas del comité, lo que dio lugar a que la Junta de Educación de Newark, reunida al efecto, lo pusiera de patitas en la calle. De vez en cuando leo en el News de Newark que los abogados de la Asociación pro Libertades Civiles siguen intentando apelar su caso, y he llegado incluso a escribir una carta a la Junta de Educación jurando que si alguien, alguna vez, había ejercido una influencia subversiva en mi carácter, no fue mi antiguo profesor de instituto, el señor Russo, de quien nunca me constó que fuera comunista, suponiendo que lo fuera. No supe si incluir o no en mi carta un informe relativo al incidente del himno nacional: quién sabe qué puede valer o no como prueba ante las veleidosas damas y propietarios de tiendas en cadena que se sientan de por vida en las juntas de educación.
       Y si (digamos, modificando un texto de los Antiguos) la historia de un hombre es su destino, quién sabe si la Junta de Educación de Newark prestará alguna vez atención a una carta escrita por mí. Quiero decir: ¿han bastado quince años para borrar de mi expediente aquella tarde en que me llamaron al despacho del director?
       … Era un caballero alto y distinguido y al entrar yo en el despacho se puso en pie y me tendió la mano. El mismo sol que una hora antes alumbraba serpientes en el pelo de Duke se colaba ahora por las persianas del señor Wendell, añadiendo calor al verde de su alfombra.
       —¿Cómo está usted? —me dijo.
       —Sí —le contesté yo, incongruentemente, y me tapé la mano vendada con la mano sin vendar.
       Él, muy amablemente, me dijo:
       —Hágame el favor de sentarse.
       Asustado, falto de práctica, le hice un conato de reverencia y me senté. Vi al señor Wendell dirigirse a su archivador metálico, abrir uno de los cajones y extraer de él una ficha blanca de buen tamaño. La colocó encima de su mesa y me indicó que me acercara un poco, para poder leer lo que en ella había escrito. Arriba, en mayúsculas, iba mi nombre completo —nombre, apellido, inicial—. Debajo del nombre había un número en caracteres romanos y, al lado, lo siguiente: «Pelea en un pasillo. Rompió una ventana (19/3/42).» Ya tenía antecedentes. En una ficha grandísima, con mucho espacio en blanco donde ir añadiendo cosas.
       Regresé a mi silla y me senté, mientras el señor Wendell me decía que esa ficha me estaría persiguiendo toda la vida. Al principio sí que lo escuché, pero el caso fue que siguió hablando y que sus palabras perdieron dramatismo y la atención se me escapó a su archivador metálico. Me puse a imaginar las fichas que habría dentro, la de Albert, la de Duke, y en ese momento comprendí —quedándome a un paso del perdón— por qué habían puesto pies en polvorosa, ambos, dejándome pechar yo solo con la rotura de la ventana. Albie, comprenden ustedes, siempre había conocido la existencia de los archivadores y las fichas; yo no; y Russo, el pobre Russo, no se enteró hasta hace poco.




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