Raymond Carver
(1939-1988)

¿Qué hay en Alaska?
(“What’s in Alaska?”)
Originalmente publicado en Iowa Review (1972)
Will You Please Be Quiet, Please? (1976)
Where I’m Calling From (1988)
Collected Stories (2009)



      Carl se marchó del trabajo a las tres. Salió de la estación y fue en su coche hasta una zapatería cercana a su apartamento. Puso el pie encima del escabel y dejó que el dependiente le soltara el cordón de su bota de trabajo.
       —Quiero algo cómodo —dijo Carl—. De sport.
       —Tengo lo que desea —dijo el dependiente.
       El dependiente sacó tres pares de zapatos y Carl dijo que se llevaba los de color beige, que eran flexibles y le quedaban cómodos. Pagó y se puso la caja con las botas bajo el brazo. Al andar se iba mirando los zapatos nuevos. En el coche, camino de casa, sintió que movía el pie de un pedal a otro con absoluta libertad.
       —Te has comprado unos zapatos —dijo Mary—. Déjame verlos.
       —¿Te gustan? —dijo Carl.
       —No me gusta el color, pero tienen que ser muy cómodos. Necesitabas zapatos.
       Carl se miró otra vez los zapatos.
       —Voy a bañarme —dijo.
       —Cenaremos temprano —dijo Mary—. Helen y Jack quieren que vayamos a su casa esta noche. Helen le ha regalado a Jack una pipa de agua por su cumpleaños y están deseando probarla. —Mary le miró—. ¿Te viene bien?
       —¿A qué hora?
       —Sobre las siete.
       —Muy bien —dijo Carl.
       Mary volvió a mirar los zapatos y ahuecó las mejillas.
       —Báñate —dijo.

       Carl abrió el grifo y se quitó los zapatos y la ropa. Se quedó echado en la bañera durante un rato y luego se frotó las uñas con un cepillo para quitarse la grasa lubricante. Dejó caer las manos y luego se las llevó a los ojos.
       Mary abrió la puerta del cuarto de baño.
       —Te traigo una cerveza —dijo. El vaho la envolvió pasando a través de la puerta hacia la sala.
       —Salgo en seguida —dijo Carl. Bebió un sorbo de cerveza.
       Mary se sentó en el borde de la bañera y le puso una mano en el muslo.
       —El reposo del guerrero —dijo.
       —El reposo del guerrero —dijo él.
       Mary le deslizó la mano por el vello mojado del muslo. Luego se puso a batir palmas.
       —¡Eh, tengo algo que decirte! Hoy he tenido una entrevista, y creo que me van a ofrecer un trabajo… en Fairbanks.
       —¿En Alaska? —dijo él.
       Mary asintió con la cabeza.
       —¿Qué te parece?
       —Siempre he querido conocer Alaska. ¿Se trata de algo posible?
       Mary volvió a asentir.
       —Les he gustado. Han dicho que me contestarán la semana que viene.
       —Estupendo. Alcánzame una toalla, ¿quieres? Voy a salir.
       —Me voy a poner la mesa —dijo ella.
       Tenía las yemas de la mano y los dedos de los pies blanquecinos y arrugados. Se secó despacio y se puso la ropa limpia y los zapatos nuevos. Se peinó, salió del cuarto de baño y fue a la cocina. Mientras ella ponía la mesa se tomó otra cerveza.
       —He quedado en llevar unas gaseosas y algo para picar —dijo ella—. Tendremos que pasar por el supermercado.
       —Gaseosas y cosas para picar. Muy bien —dijo él.
       Cuando terminaron de cenar, Carl ayudó a Mary a recoger la mesa. Luego fueron en coche al supermercado y compraron la gaseosa y patatas fritas, bocaditos de maíz y galletitas saladas con sabor a cebolla. Al pagar en caja Carl añadió un puñado de barritas U-No.
       —Ah, vale —dijo Mary cuando las vio.

       Volvieron a casa y aparcaron; fueron andando hasta la casa de Jack y Helen, a una manzana de la suya.
       Abrió Helen. Carl dejó la bolsa sobre la mesa del comedor. Mary se sentó en la mecedora y olfateó en el ambiente.
       —Llegamos tarde —dijo—. Han empezado sin nosotros, Carl.
       Helen rió.
       —Nos hicimos uno cuando llegó Jack. Pero todavía no hemos encendido la pipa de agua. Os estábamos esperando. —Estaba de pie en medio del comedor, mirándoles y sonriendo—. Veamos lo que hay en esa bolsa —dijo—. ¡Oh, cielos! Oye, me parece que me como ahora mismo unos bocaditos de maíz. ¿Queréis vosotros, chicos?
       —Acabamos de cenar —dijo Carl—. Picaremos algo dentro de un rato. —El agua había dejado de correr y Carl oyó silbar a Jack en el baño.
       —Nosotros tenemos unos cuantos polos helados y algunos M and M —dijo Helen. Estaba junto a la mesa y metía la mano en una bolsa de patatas fritas—. Si Jack sale algún día del baño, nos preparará el narguile y podremos fumar. —Abrió la caja de galletitas saladas y se metió una en la boca—. Oye, son fantásticas.
       —No sé lo que diría Emily Post de tus modales —dijo Mary.
       Helen se echó a reír. Sacudió la cabeza.
       Jack salió del cuarto de baño.
       —Hola a todo el mundo. Hola, Carl. ¿Qué es lo que os hace tanta gracia? —dijo, sonriendo—. Se os oía reír a carcajadas.
       —Nos reíamos de Helen —dijo Carl.
       —Es muy graciosa —dijo Jack—. ¡Lo que habéis traído! ¿Eh, chicos, listos para un vaso de gaseosa? Voy a preparar la pipa.
       —Sí, ponme un vaso —dijo Mary—. ¿Tú quieres, Carl?
       —Sí, ponme también un poco —dijo Carl.
       —Carl está un poco apático esta noche —dijo Mary.
       —¿Por qué dices eso? —dijo Carl. La miró—. Es la mejor manera de quitarme las ganas de hacer nada.
       —Estaba tomándote el pelo —dijo Mary. Se acercó y se sentó a su lado en el sofá—. Estaba bromeando, cariño.
       —Eh, Carl, no te pongas apático —dijo Jack—. Déjame que te enseñe mis regalos de cumpleaños. Helen, abre una de esas botellas de gaseosa mientras preparo la pipa. Estoy seco.
       Helen llevó las patatas y las galletitas a la mesita baja. Luego sacó una botella de gaseosa y cuatro vasos.
       —Parece como si estuviéramos organizando una fiesta —dijo Mary.
       —Si no me matara de hambre todo el santo día, engordaría cinco kilos a la semana —dijo Helen.
       —Te entiendo perfectamente —dijo Mary.
       Jack salió del dormitorio con el narguile.
       —¿Qué te parece? —le dijo a Carl. Puso el narguile encima de la mesita.
       —Es una maravilla —dijo Carl. Lo levantó y se quedó mirándolo.
       —Es un hookah —dijo Helen—. Así es como lo llamaban donde lo compré. Es de los pequeños, pero sirve igual. —Se echó a reír.
       —¿Dónde lo compraste? —dijo Mary.
       —¿Qué? Ah, en esa tienda de Fourth Street. Ya sabes cuál —dijo Helen.
       —Sí, ya sé —dijo Mary—. Tengo que ir a esa tienda algún día —dijo Mary. Cruzó las manos y miró a Jack.
       —¿Cómo funciona? —preguntó Carl.
       —Pones el hachís aquí —dijo Jack—. Y enciendes esto. Luego aspiras por aquí y el humo se filtra a través del agua. Tienen muy buen sabor, y coloca de verdad.
       —Me gustaría comprarle una a Carl para Navidad —dijo Mary. Miró a Carl y sonrió, y le tocó el brazo.
       —Me gustaría tener uno —dijo Carl. Estiró las piernas y se miró los zapatos a la luz del comedor.
       —Toma, fuma —dijo Jack, lanzando una bocanada de humo fino y pasándole el tubo a Carl—. Y dime si no está bien.
       Carl aspiró del tubo, retuvo el humo, y le pasó la boquilla a Helen.
       —Mary primero —dijo Helen—. Yo después de Mary. Tenéis que alcanzarnos, chicos.
       —No voy a discutir —dijo Mary. Se metió la boquilla en la boca y dio dos chupadas rápidas. Carl miró las burbujas del narguile.
       —Es estupendo —dijo Mary. Le pasó el tubo a Helen.
       —Lo estrenamos anoche —dijo Helen, y rió ruidosamente.
       —Esta mañana, cuando se levantó con los niños, aún estaba colocada —dijo Jack, y se echó a reír. Miró cómo Helen se llevaba el tubo a la boca.
       —¿Cómo están los chicos? —preguntó Mary.
       —Están bien —dijo Jack, y se metió la boquilla en la boca.
       Carl bebió unos sorbos de gaseosa y miró las burbujas en la vasija del narguile. Le recordaban a las burbujas que suben de una escafandra. Imaginó la laguna de un atolón y grandes bancos de peces espléndidos. Jack pasó la boquilla del narguile. Carl se levantó y se estiró.
       —¿Adonde vas, cariño? —preguntó Mary.
       —A ninguna parte —dijo Carl. Volvió a sentarse, sacudió la cabeza y sonrió—. Santo cielo.
       Helen rió.
       —¿Qué es lo que te hace tanta gracia? —dijo Carl al cabo de mucho, mucho rato.
       —Dios, no lo sé —dijo Helen. Se secó los ojos y volvió a reír, y Mary y Jack rieron también.
       Al rato Jack desenroscó la parte superior del narguile y sopló por unos tubos.
       —A veces se obstruye —dijo.
       —¿Qué querías decir con eso de que estaba apático? —le dijo Carl a Mary.
       —¿Qué? —dijo Mary.
       Carl se quedó mirándola y parpadeó.
       —Dijiste que estaba apático. ¿Qué te hizo decir eso?
       —No lo recuerdo ahora, pero cuando lo estás me doy cuenta —dijo Mary—. Pero no vengas ahora con nada negativo, ¿vale?
       —Muy bien —dijo Carl—. Lo único que digo es que no entiendo por qué lo dijiste. Si antes de decírmelo no lo estaba, bastaba con lo que dijeras para ponerme como dices.
       —El que se pica… —dijo Mary. Se inclinó sobre le brazo del sofá y rió hasta que se le saltaron las lágrimas.
       —¿Qué habéis dicho? —dijo Jack. Miró a Carl y luego a Mary—. Me lo he perdido —dijo Jack.

       —Tendría que haber puesto alguna salsa para estas patatas —dijo Helen.
       —¿No quedaba otra botella de gaseosa? —dijo Jack.
       —Nosotros trajimos dos —dijo Carl.
       —¿Nos hemos bebido las dos? —dijo Jack.
       —¿Hemos bebido alguna? —dijo Helen, y rió—. No, yo sólo he abierto una. Creo que sólo he abierto una. No recuerdo haber abierto más que una —dijo Helen, y siguió riendo.
       Carl le pasó el tubo a Mary. Mary le cogió la mano y guió la boquilla hasta metérsela en la boca. Carl se quedó mirando cómo el humo se escapaba de los labios de Mary, al cabo de muchísimo rato.
       —¿Qué tal un poco de gaseosa? —dijo Jack.
       Mary y Helen rieron.
       —Eso, ¿qué tal? —dijo Mary.
       —Bueno, ¿no nos íbamos a poner un vaso? —dijo Jack. Miró a Mary y sonrió.
       Mary y Helen rieron.
       —¿Qué es lo que tiene gracia? —dijo Jack. Miró a Helen y luego a Mary. Sacudió la cabeza—. No sé de que va, chicos —dijo.
       —Puede que nos vayamos a Alaska —dijo Carl.
       —¿A Alaska? —dijo Jack—. ¿Qué hay en Alaska? ¿Qué haríais allí?
       —Me gustaría poder ir a alguna parte —dijo Helen.
       —¿Qué tiene de malo esto? —dijo Jack—. ¿Qué haríais allí, chicos? Lo digo en serio. Me gustaría saberlo.
       Carl se metió una patata en la boca y bebió un trago de soda.
       —No lo sé. ¿Qué has dicho?
       Al rato Jack dijo:
       —¿Qué hay en Alaska?
       —No lo sé —dijo Carl—. Pregúntale a Mary. Mary lo sabe. Mary, ¿qué es lo que voy a hacer yo allí? Quizá cultive coles gigantes como esas del artículo que leíste.
       —O calabazas —dijo Helen—. Planta calabazas.
       —Te harías de oro —dijo Jack—. Nos mandas aquí las calabazas para la noche de Halloween. Yo te haré de distribuidor.
       —Jack te hará de distribuidor —dijo Helen.
       —Eso es —dijo Jack—. Y nos forramos.
       —Nos hacemos ricos —dijo Mary.
       Al rato Jack se levantó.
       —Ya sé lo que me vendría bien ahora: un poco de gaseosa —dijo. Mary y Helen rieron.
       —Vamos, adelante, reíros —dijo, sonriendo, Jack—. ¿Quién quiere un poco de gaseosa?
       —¿Un poco de qué? —dijo Mary.
       —De gaseosa —dijo Jack.
       —Estabas ahí de pie como si fueras a pronunciar un discurso —dijo Mary.
       —No lo había pensado —dijo Jack. Sacudió la cabeza y se echó a reír. Se sentó—. Es un hachís de primera —dijo.
       —Tendríamos que haber conseguido más —dijo Helen.
       —¿Más qué? —dijo Mary.
       —Más dinero —dijo Jack.
       —Nada de dinero —dijo Carl.
       —¿No había unas barritas U-No en la bolsa? —dijo Helen.
       —Trajimos unas cuantas —dijo Carl—. Las vi en el último momento.
       —Las barritas U-No son estupendas —dijo Jack.
       —Son cremosas —dijo Mary—. Se te deshacen en la boca.
       —Tenemos unos M and M y unos polos helados por si alguien quiere —dijo Jack.
       Mary dijo:
       —Yo quiero un polo. ¿Vas a la cocina?
       —Sí, y voy a traer también gaseosa —dijo Jack—. Me acabo de acordar. ¿Queréis un vaso, chicos?
       —Tú tráetelo todo y ya decidiremos —dijo Helen—. Trae también los M and M.
       —Sería más fácil traer aquí la cocina —dijo Jack.
       —Cuando vivíamos en la ciudad —dijo Mary— la gente decía que se podía saber quién había fumado la noche anterior echando un vistazo a su cocina por la mañana. Teníamos una cocina muy pequeña cuando vivíamos en la ciudad —dijo.
       —Nosotros también teníamos una cocina pequeñita —dijo Carl.
       —Bueno, voy a ver lo que encuentro —dijo Jack.
       —Te acompaño —dijo Mary.
       Carl les vio ir a la cocina. Se recostó sobre el cojín y les siguió con la mirada. Luego se inclinó hacia adelante muy despacio. Entornó los párpados. Vio a Jack alargar la mano y buscar algo en un estante de la alacena. Vio a Mary pegarse a Jack por detrás y pasarle los brazos alrededor de la cintura.
       —¿Habláis en serio? —dijo Helen.
       —Muy en serio —dijo Carl.
       —De lo de Alaska —dijo Helen.
       Carl se la quedó mirando.
       —Creí que decías algo —dijo Helen.
       Vovieron Jack y Mary. Jack traía una bolsa grande de M and M y una botella de gaseosa. Mary chupaba un polo de naranja.
       —¿Alguien quiere un bocadillo? —dijo Helen—. Tenemos de todo para hacer bocadillos.
       —¿No es divertido? —dijo Mary—. Empezamos por los postres y seguimos con el plato fuerte.
       —Es divertido —dijo Carl.
       —¡Te pones sarcástico, Cariño! —dijo Mary.
       —¿Quién quiere gaseosa? —dijo jack—. Marchando una ronda de gaseosa.
       Carl alargó el vaso y Jack se lo llenó hasta el borde. Carl dejó el vaso encima de la mesita lo rechazó e hizo que la gaseosa se le derramara en el zapato.
       —Maldita sea —dijo Carl—. ¿Qué os parece? Me la he echado encima del zapato.
       —Helen, ¿tenemos algún trapo? Dale a Carl un trapo —dijo Jack.
       —Eran los zapatos nuevos —dijo Mary—. Se los acababa de comprar.
       —Parecen cómodos —dijo Helen al cabo de un buen rato, y le tendió a Carl un trapo.
       —Eso es lo que yo le dije —dijo Mary.
       Carl se quitó el zapato y frotó la piel con el trapo.
       —Los he fastidiado —dijo—. Esta gaseosa no se va a ir jamás.
       Mary y Jack y Helen se rieron.
       —Eso me recuerda… Leí algo en el periódico —dijo Helen. Se apretó la punta de la nariz con un dedo y entornó los ojos—. Ahora no puedo recordar lo que era —dijo.
       Carl volvió a ponerse los zapatos. Puso ambos pies bajo la lámpara y miró los dos zapatos juntos.

       —¿Qué leíste? —dijo Jack.
       —¿Qué? —dijo Helen.
       —Has dicho que leíste algo en el periódico —dijo Jack. Helen rió.
       —Estaba pensando en Alaska, y me acordé de que habían encontrado a un hombre prehistórico dentro de un bloque de hielo. Algo me lo ha traído a la cabeza.
       —Eso no fue en Alaska —dijo Jack.
       —Puede que no, pero me lo ha recordado —dijo Helen.
       —¿Qué me decís de Alaska, chicos? —dijo Jack.
       —En Alaska no hay nada —dijo Carl.
       —Estás apático —dijo Mary.
       —¿Qué es lo que vais a hacer en Alaska? —dijo Jack.
       —No hay nada que hacer en Alaska —dijo Carl. Puso los pies debajo de la mesa. Luego los sacó y volvió a ponerlos bajo la luz—. ¿Quién quiere un par de zapatos nuevos? —dijo.
       —¿Qué es ese ruido? —dijo Helen.
       Escucharon. Estaban rascando la puerta.
       —Parece Cindy —dijo Jack—. Creo que la dejaré entrar.
       —Ya que te levantas, tráeme un polo —dijo Helen. Echó la cabeza hacia atrás y rió.
       —Yo también quiero uno, cariño —dijo Mary—. ¿Qué he dicho? Quiero decir Jack —dijo Mary—. Perdona. Creí que estaba hablando con Carl.
       —Polos para todo el mundo —dijo Jack—. ¿Quieres un polo, Carl?
       —¿Qué?
       —¿Quieres un polo de naranja?
       —Uno de naranja —dijo Carl.
       —Marchando cuatro polos —dijo Jack.
       Al poco volvió con los polos y los repartió. Se sentó y oyeron otra vez los arañazos en la puerta.
       —Sabía que me olvidaba de algo —dijo Jack. Se levantó y abrió la puerta principal.
       —Santo cielo —dijo—. Lo que estoy viendo. Creo que hoy Cindy ha cenado fuera. Eh, chicos, mirad esto.
       La gata entró en la sala con un ratón en la boca, se detuvo para mirarlos y luego siguió con el ratón por el pasillo.
       —¿Habéis visto lo que acabo de ver? —dijo Mary—. Hablando de apatías.
       Jack encendió la luz del pasillo. La gata dejó el pasillo y se metió con el ratón en el cuarto de baño.
       —Se va a comer el ratón —dijo Jack.
       —Que se lo coma en mi cuarto de baño, ni pensarlo —dijo Helen—. Hazla salir de ahí dentro. Hay cosas de los niños en el baño.
       —No va a querer salir de ahí —dijo Jack.
       —¿Y que pasa con el ratón? —dijo Mary.
       —Qué diablos —dijo Jack—. Cindy tendrá que aprender a cazar si nos vamos a ir a Alaska.
       —¿Alaska? —dijo Helen—. ¿Qué es toda esa monserga de Alaska?
       —A mí no me preguntes —dijo Jack. Estaba cerca de la puerta del baño y miraba a la gata—. Mary y Carl dicen que se van a Alaska. Cindy tiene que aprender a cazar.
       Mary apoyó la barbilla en las manos y se quedó mirando el pasillo.
       —Se está comiendo el ratón —dijo Jack.
       Helen se comió los últimos bocaditos de maíz.
       —Te he dicho que no quiero que Cindy se coma el ratón en el baño. ¿Jack? —dijo.
       —¿Qué?
       —Te he dicho que la hagas salir del baño —dijo Helen.
       —Por el amor de Dios —dijo Jack.
       —Mirad —dijo Mary—. ¡Uf! —dijo Mary—. La condenada viene hacia aquí —dijo Mary.
       —¿Qué está haciendo? —dijo Carl.
       La gata se metió debajo de la mesa con el ratón a rastras. Se echó en el suelo y empezó a lamerlo. Lo sujetaba entre las garras y lo iba lamiendo despacio, de la cabeza a la cola.

       —La gata está fumada —dijo Jack.
       —Es para echarse a temblar —dijo Mary.
       —Es la naturaleza —dijo Jack.
       —Miradle los ojos —dijo Mary—. Mirad qué manera de mirarnos. Está fumada, tienes razón.
       Jack se acercó al sofá y se sentó junto a Mary. Mary se corrió un poco hacia Carl para dejar sitio a Jack. Puso la mano sobre la rodilla de Carl.
       Se quedaron mirando cómo la gata se comía el ratón.
       —¿No le dais nunca de comer? —le dijo Mary a Helen.
       Helen se echó a reír.
       —¿Qué, chicos, listos para otra pipa? —dijo Jack.
       —Tenemos que irnos —dijo Carl.
       —¿Por qué tanta prisa? —dijo Jack.
       —Quedaos un poco más —dijo Helen—. Todavía no tenéis que iros.
       Carl miró a Mary, que estaba mirando a Jack. Jack miraba algo que había en la alfombra, al lado de sus pies.
       Helen picaba los M and M que tenía en la mano.
       —Los que más me gustan son los verdes —dijo.
       —Mañana por la mañana trabajo —dijo Carl.
       —Vaya apatía que tienes encima —dijo Mary—. ¿Queréis oír a un apático, chicos? Ahí tenéis a un apático.
       —¿Vienes? —dijo Carl.
       —¿Alguien quiere un vaso de leche? —dijo Jack—. Hay leche por ahí.
       —Estoy demasiado llena de gaseosa —dijo Mary.
       —Ya no puedo más de tanta gaseosa —dijo Jack.
       Helen rió. Cerró los ojos, luego los abrió y volvió a reír.
       —Tenemos que irnos a casa —dijo Carl. Al rato se levantó y dijo—: ¿Traíamos abrigo? No, creo que no traíamos abrigo.
       —¿Qué? No, creo que no traíamos abrigo —dijo Mary. Siguió sentada.
       —Será mejor que nos vayamos —dijo Carl.
       —Tienen que irse —dijo Helen.
       Carl le pasó a Mary las manos por debajo de los hombros y la levantó del sofá.
       —Adiós, chicos —dijo Mary. Se abrazó a Carl—. Estoy tan llena que apenas puedo moverme —dijo.
       Helen rió.
       —Helen siempre encuentra algún motivo de risa —dijo Jack, y esbozó una ancha sonrisa—. ¿De qué te ríes, Helen?
       —No sé. De algo que ha dicho Mary —dijo Helen.
       —¿Qué he dicho? —dijo Mary.
       —No me acuerdo —dijo Helen.
       —Tenemos que irnos —dijo Carl.
       —Hasta la vista —dijo Jack—. Poco a poco.
       Mary trató de reír.
       —Vámonos —dijo Carl.
       —Buenas noches a todos —dijo Jack—. Buenas noches, Carl —le oyó decir Carl muy, muy despacio.

       Afuera, Mary se agarró al brazo de Carl y caminó con la cabeza baja. Avanzaban despacio por la acera. Carl iba escuchando el sonido que hacían sus zapatos al arrastrarse por el suelo. Oyó el ladrido agudo y aislado de un perro, y por encima de él, el rumor de un tráfico muy distante.
       Mary alzó la cabeza.
       —Cuando lleguemos a casa, Carl, quiero que me folles, que me hables, que me diviertas. Diviérteme, Carl. Esta noche necesito que me diviertan. —Se apretó contra su brazo.
       Carl sentía la humedad en el zapato. Abrió la puerta y encendió la luz de un golpecito.
       —Ven a la cama —dijo Mary.
       —Ya voy —dijo Carl.
       Fue a la cocina y bebió dos vasos de agua. Apagó la luz de la sala y siguió la pared a tientas hasta el dormitorio.
       —¡Carl! —gritó Mary—. ¡Carl!
       —¡Santo Dios, soy yo! —dijo él—. Estoy intentando encender la luz.
       Encontró la lámpara. Mary se incorporó en la cama. Tenía los ojos brillantes. Carl quitó la alarma del despertador y empezó a desnudarse. Le temblaban las piernas.
       —¿Queda algo para fumar? —dijo Mary.
       —No, no tenemos nada —dijo Carl.
       —Entonces ponme una copa. Tendremos algo de beber. No me digas que no tenemos nada de beber —dijo Mary.
       —Sólo cerveza.
       Se miraron.
       —Pues bueno, una cerveza —dijo Mary.
       —¿De verdad quieres una cerveza?
       Mary asintió con la cabeza, despacio, y se mordió el labio.
       Carl volvió con la cerveza. Mary estaba sentada con la almohada en el regazo. Carl le dio la lata de cerveza, se metió en la cama y se arropó con las mantas.
       —Se me ha olvidado tomar la píldora —dijo Mary.
       —¿Qué? —dijo Carl.
       —Que se me ha olvidado la píldora.
       Carl se levantó de la cama y le trajo la píldora. Mary abrió los ojos, sacó la lengua y dejó caer encima de ella la píldora. Se la tragó con un poco de cerveza, y él volvió a meterse en la cama.
       —Toma. Se me cierran los ojos —dijo Mary.
       Carl dejó la lata en el suelo y se quedó de costado mirando fijamente el hall a oscuras. Mary le puso el brazo sobre las costillas y luego le deslizó los dedos por el pecho.
       —¿Qué hay en Alaska? —dijo Mary.
       Carl se volvió boca abajo y se movió con cuidado hasta el borde de su lado de la cama. Un instante después Mary estaba roncando.
       Justo antes de apagar la luz, Carl creyó ver algo en el hall. Se quedó mirando fijamente y creyó verlo de nuevo: unos ojos pequeños. Le dio un vuelco el corazón. Parpadeó y siguió mirando. Se inclinó fuera de la cama buscando algo que arrojar. Cogió uno de sus zapatos. Se incorporó hasta quedar erguido y sostuvo el zapato con ambas manos. Oyó a Mary roncar y apretó los dientes. Esperó. Esperó a que aquello se moviera una vez más, a que hiciera el más ligero ruido.


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