Raymond Carver
(1939-1988)

Bicicletas, músculos, cigarrillos
(“Bicycles, Muscles, Cigarets”)
Originalmente publicado en Kansas Quarterly (1973)
Will You Please Be Quiet, Please? (1976)
Where I’m Calling From (1988)
Collected Stories (2009)



      Hacía dos días que Evan Hamilton había dejado de fumar, y tenía la impresión de que todo lo que había dicho y pensado en el curso de aquellos dos días tenía que ver de algún modo con los cigarrillos. Se miró las manos bajo la luz de la cocina. Se olió los nudillos y los dedos.
       —Lo huelo —dijo.
       —Lo sé. Es como si te rezumara de la piel —dijo Ann Hamilton—. Tres días después de haber dejado de fumar me lo olía. Hasta cuando salía de darme un baño. Era asqueroso. —Estaba colocando los platos en la mesa para la cena—. Lo siento, querido. Sé lo que estás pasando. Pero, si te sirve de consuelo, el segundo día siempre es el peor. El tercero es también duro, claro, pero de ahí en adelante, si eres capaz de aguantar todo ese tiempo, has ganado la partida. Pero me siento tan contenta de que hayas decidido dejar de veras… No puedo expresarlo con palabras. —Le tocó el brazo—. Vamos, llama a Roger y cenemos.
       Hamilton abrió la puerta de la casa. Había anochecido. Era a principios de noviembre y los días eran cortos y fríos. En el camino de entrada vio a un chico algo mayor que no conocía. Estaba sobre una bicicleta pequeña y bien equipada, inclinado hacia adelante, justo fuera del sillín, con las puntas de los zapatos apoyadas en el suelo.
       —¿Es usted Mr. Hamilton? —dijo el chico.
       —Sí —dijo Hamilton—. ¿Qué pasa? ¿Se trata de Roger?
       —Creo que Roger está en mi casa hablando con mi madre. Está con Kip y con ese chico que se llama Gary Berman. Se trata de la bici de mi hermano. No estoy muy seguro —dijo el chico, moviendo las manos cerradas sobre las empuñaduras del manillar—. Pero mi madre me pidió que viniera a llamarle. Al padre o la madre de Roger.
       —¿Pero Roger está bien? —dijo Hamilton—. Sí, claro, voy contigo. Ahora vuelvo.
       Entró en la casa y se puso los zapatos.
       —¿Lo has visto? —dijo Ann Hamilton.
       —Está metido en no sé qué lío —dijo Hamilton—. Por una bicicleta. Hay un chico…, no me acuerdo del nombre, ahí fuera. Quiere que uno de nosotros vaya con él a su casa.
       —¿Y Roger está bien? —dijo Ann Hamilton, quitándose el delantal.
       —Claro que está bien. —Hamilton la miró y sacudió la cabeza—. Parece una disputa infantil, y que la madre del chico se ha visto envuelta.
       —¿Quieres que vaya yo? —dijo Ann Hamilton.
       Él lo pensó unos segundos.
       —Sí, preferiría que fueras tú, pero iré yo. Tú espera a que volvamos para servir la cena. No tardaremos mucho.
       —No me gusta que esté fuera después de anochecer —dijo Ann Hamilton—. No me gusta.

       El chico seguía sobre la bicicleta, y ahora jugueteaba con los frenos.
       —¿Está muy lejos? —dijo Hamilton al echar a andar por la acera con el chico.
       —Allí, en Arbuckle Court —respondió el chico, y al ver que Hamilton le miraba añadió—: No está lejos. A unas dos manzanas de aquí.
       —¿Y cuál es el problema? —preguntó Hamilton.
       —No estoy seguro. No me he enterado de todo, la verdad. Su hijo y Kip y el tal Gary Berman parece que han estado cogiendo la bici de mi hermano mientras estábamos de vacaciones, y creo que la han estropeado. A propósito. Pero no estoy seguro. Y están hablando de eso. Mi hermano no encuentra la bici y ellos fueron los últimos que la usaron, Kip y Roger. Mi madre intenta averiguar dónde está.
       —Conozco a Kip —dijo Hamilton—. ¿Quién es el otro?
       —Gary Berman. Me parece que es nuevo en el barrio. Su padre va a venir a casa en cuanto llegue del trabajo.
       Dieron la vuelta a la esquina. El chico siguió en la bicicleta, a unos pasos por delante de Hamilton. Hamilton vio un huerto. Torcieron otra esquina y entraron en una calle sin salida. Era una calle totalmente desconocida para él, y estaba seguro de que tampoco conocía a ninguno de sus vecinos. Miró las casas que jamás había visto antes, y se sorprendió al percatarse del radio de acción de la vida privada de su hijo.
       El chico enfiló la entrada de una casa, se bajó de la bicicleta y la apoyó contra la pared. Abrió la puerta principal y Hamilton le siguió a través de la sala hasta la cocina, donde vio a su hijo sentado a un lado de la mesa, junto a Kip y otro chico que no conocía. Hamilton escrutó el semblante de su hijo, y luego se volvió a la mujer robusta y de pelo negro que presidía la mesa.
       —¿Es usted el padre de Roger? —dijo la mujer.
       —Sí, mi nombre es Evan Hamilton. Buenas tardes.
       —Yo soy Mrs. Miller, la madre de Gilbert —dijo la mujer—. Siento haberle hecho venir, pero tenemos un problema.
       Hamilton se sentó en una silla, al otro extremo de la mesa, y miró a su alrededor. Un chico de unos nueve o diez años —el chico a quien le faltaba la bicicleta, coligió Hamilton— ocupaba la silla contigua a la de la mujer. Había otro chico de unos catorce años sentado sobre el borde de la escurridera, con las piernas colgando, y miraba a otro chico que estaba hablando por teléfono. Sonriendo maliciosamente por algo que acababa de oír de su interlocutor al otro lado de la línea, el chico del teléfono alargó la mano y acercó el cigarrillo hasta la pila. Hamilton oyó el chisporroteo del cigarrillo al apagarse en el agua de un vaso. El chico que le había acompañado hasta la casa se apoyó sobre el frigorífico y cruzó los brazos.
       —¿Has avisado a los padres de Kip? —le preguntó la mujer al chico que se había apoyado en el frigorífico.
       —Su hermana me ha dicho que estaban de compras. Fui a casa de Gary Berman; su padre vendrá en seguida. Les di la dirección.
       —Mr. Hamilton —dijo la mujer—, le diré lo que pasa. Estuvimos de vacaciones el mes pasado, y Kip quería tomar prestada la bicicleta de Gilbert para que Roger lo ayudara a repartir periódicos. Creo que la bicicleta de Roger tenía una rueda pinchada o algo así. Bueno, el caso es que…
       —Gary estaba ahogándome, papá —dijo Roger.
       —¿Qué? —dijo Hamilton, mirando atentamente a su hijo.
       —Me estaba ahogando. Todavía tengo las marcas. —Se bajó el cuello de la camiseta para que su padre pudiera verlas.
       —Estaban ahí fuera, en el garaje —continuó la mujer—. No sabía lo que estaban haciendo hasta que Curt, mi hijo mayor, salió a echar un vistazo.
       —¡Empezó él! —le dijo Gary Berman a Hamilton—. Me llamó imbécil. —Gary Berman miró hacia la puerta principal.
       —La bici me costó unos sesenta dólares, chavales —dijo el chico llamado Gilbert—. Ya podéis pagármela.
       —Tú no intervengas en esto, Gilbert —le dijo la mujer.
       Hamilton tomó aliento.
       —Continúe —dijo.
       —Bien, pues resulta que Kip y Roger usaron la bicicleta de Gilbert para que Roger pudiera ayudar a Kip en su reparto de periódicos, y que luego, y Gary también, según dicen, se dedicaron a echarla a rodar por turnos.
       —¿A qué se refiere con «echarla a rodar»? —dijo Hamilton.
       —Pues a echarla a rodar —dijo la mujer—. Le daban un empujón y la mandaban rodando calle abajo hasta que se caía. Y luego, fíjese (y esto acaban de admitirlo hace unos minutos), Kip y Roger se la llevaron al colegio y la estrellaron contra el poste de una portería.
       —¿Es cierto eso, Roger? —dijo Hamilton, mirando de nuevo a su hijo.
       —Sólo una parte, papá —dijo Roger, bajando la mirada y pasando el dedo por encima de la mesa—. Pero sólo la hicimos rodar una vez. Primero lo hizo Kip, luego Gary, y luego yo.
       —Con una vez ya basta —dijo Hamilton—. Una vez es más que demasiado, Roger. Me sorprende y decepciona tu comportamiento, Roger. Y el tuyo, Kip —dijo Hamilton.
       —Y ya ve —dijo la mujer—. Aquí alguien está diciendo alguna mentirilla, o al menos no está diciendo todo lo que sabe, porque el caso es que la bicicleta no aparece.
       El chico de más edad reía y bromeaba con el chico que seguía hablando por teléfono.
       —No sabemos dónde está la bici, Mrs. Miller —dijo Kip—. Ya se lo hemos dicho. La última vez que la vimos fue cuando Roger y yo la llevamos a mi casa después de lo del colegio. Bueno, ésa fue la penúltima. La última fue cuando la traje aquí a la mañana siguiente y la dejé en la parte de atrás de la casa. —Kip sacudió la cabeza—. No sabemos dónde está —dijo.
       —Sesenta dólares —le dijo Gilbert a Kip—. Podéis pagarme cinco dólares a la semana.
       —Gilbert, cállate, te lo advierto —dijo la mujer—. Ya ve, aseguran —continuó la mujer, ahora frunciendo el ceño— que ha desaparecido de aquí, de detrás de la casa. Pero ¿cómo les vamos a creer si hasta ahora no están siendo del todo sinceros?
       —Le hemos dicho la verdad —dijo Roger—. Se lo hemos contado todo.
       Gilbert se echó hacia atrás en su silla y sacudió la cabeza en dirección a Roger.
       Sonó el timbre de la puerta y el chico sentado sobre la escurridera saltó al suelo y fue hacia la sala de estar.
       Un hombre de envaradas espaldas, pelo a cepillo y penetrantes ojos grises entró sin decir una palabra en la cocina. Dirigió una mirada a la mujer y se situó tras la silla de Gary Berman.
       —Usted debe de ser Mr. Berman —dijo la mujer—. Encantada de conocerle. Soy la madre de Gilbert. Y éste es Mr. Hamilton, el padre de Roger.
       El hombre dedicó a Hamilton una inclinación de cabeza, pero no le tendió la mano.
       —¿Qué es lo que pasa? —le dijo Berman a su hijo.
       Los chicos de la mesa empezaron a hablar todos a un tiempo.
       —¡Callaos! —dijo Berman—. Estoy hablando con Gary. Luego os llegará el turno.
       El chico se puso a dar su versión del asunto. Su padre escuchaba con atención, entornando de cuando en cuando los ojos para estudiar a los otros dos implicados.
       Cuando Gary Berman hubo terminado, la mujer dijo:
       —Quisiera llegar al fondo de este asunto. No estoy acusando a ninguno de los tres, creo que me comprenden… Mr. Hamilton, Mr. Berman… Lo único que quiero es llegar al fondo del asunto. —Ahora miraba fijamente a Kip y a Roger, que negaban con la cabeza en dirección a Gary Berman.
       —Eso no es cierto —dijo Roger.
       —Papá, ¿puedo hablarte a solas? —dijo Gary Berman.
       —Vamos —dijo el hombre, y pasó con su hijo a la sala.
       Hamilton les siguió con la mirada. Tenía la impresión de que debía detenerlos, impedir aquel secreteo. Sintió que le sudaban las manos, y alzó una de ellas hasta el bolsillo de la camisa en busca de un cigarrillo. Luego, aspirando el aire con fuerza, se pasó el dorso de la mano por la base de la nariz y dijo:
       —Roger, ¿sabes algo más, hay algo que no hayas dicho todavía? ¿Sabes dónde está la bicicleta de Gilbert?
       —No, no lo sé —dijo el chico—. Te lo juro.
       —¿Cuándo fue la última vez que la viste? —dijo Hamilton.
       —Cuando la trajimos del colegio y la dejamos en casa de Kip.
       —Kip —dijo Hamilton—. ¿Sabes dónde está ahora la bicicleta de Gilbert?
       —Tampoco lo sé, se lo juro —respondió el chico—. La traje aquí al día siguiente, después de lo del colegio, y la dejé detrás del garaje.
       —Creí que habías dicho que la dejaste detrás de la casa —dijo al punto la mujer.
       —¡Detrás de la casa! Me refería a detrás de la casa —dijo Kip.
       —¿Y volviste algún otro día a montar en ella? —preguntó la mujer, inclinándose hacia adelante.
       —No, no volví —contestó Kip.
       —¿Kip? —dijo la mujer.
       —¡Le digo que no! ¡No sé dónde está! —gritó el chico.
       La mujer alzó los hombros; luego los dejó caer.
       —¿Cómo saber a quién o qué creer? —le dijo a Hamilton—. Lo único que sé es que a Gilbert le ha desaparecido la bicicleta.

       Gary Berman volvió con su padre a la cocina.
       —La idea de tirarla rodando fue de Roger —dijo Gary Berman.
       —¡Fue tuya! —dijo Roger, saltando de la silla—. ¡Eras tú el que querías que lo hiciéramos! ¡Y luego quisiste que la lleváramos al huerto y la desmontáramos!
       —¡Cállate! —le dijo Berman—. Podrás hablar cuando te pregunten, jovencito, y no antes. Gary, el asunto lo manejo yo. ¡Sacarle a uno de casa por un par de patanes…! Y ahora si alguno de vosotros —dijo Berman mirando primero a Kip y luego a Roger— sabe dónde está la bicicleta de este chico, le advierto que ya puede empezar a hablar.
       —Creo que está usted desbarrando —dijo Hamilton.
       —¿Qué? —dijo Berman, adoptando un ceño sombrío—. ¡Y yo creo que será mejor que se ocupe de sus propios asuntos!
       —Vámonos, Roger —dijo Hamilton, poniéndose en pie—. Kip, puedes venir con nosotros o quedarte. —Se volvió a la mujer—. No veo que podamos hacer mucho más esta noche. Hablaré de esto seriamente con Roger, pero si es de compensaciones de lo que se trata, creo que si llega el caso y, dado que contribuyó a maltratar la bici, Roger podría pagar un tercio de los gastos.
       —No sé qué decir —dijo la mujer, siguiendo a Hamilton a través de la sala—. Hablaré con el padre de Gilbert. Está de viaje. Ya veremos. Será casi seguramente algo de eso que usted dice, pero lo hablaré con mi marido.
       Hamilton se apartó para dejar que los chicos salieran antes que él al porche, y oyó a Gary Berman a su espalda:
       —Me llamó imbécil, papá.
       —¿Te llamó imbécil? ¿Sí? —le oyó Hamilton a Mr. Berman—. Bien, pues el imbécil es él. Tiene cara de imbécil.
       Hamilton se volvió y dijo:
       —Creo que esta noche está usted desbarrando, Mr. Berman. ¿Por qué no se controla un poco?
       —¡Y yo le he dicho que no se meta donde no le llaman! —dijo Berman.
       —Vete a casa, Roger —dijo Hamilton, humedeciéndose los labios—. Hablo en serio —dijo—. ¡Andando!
       Roger y Kip echaron a andar hacia la acera. Hamilton se quedó en el umbral y miró a Berman, que se acercaba por la sala con su hijo.
       —Mr. Hamilton —empezó a decir la mujer, nerviosa, pero no concluyó la frase.
       —¿Qué es lo que quiere? —le dijo Berman a Hamilton—. ¡Tenga cuidado! ¡Apártese de mi camino!
       Al pasar, Berman empujó a Hamilton por el hombro, Hamilton retrocedió y se salió del porche, y pisó unos arbustos espinosos que crujieron al troncharse. No podía creer lo que estaba sucediendo. Salió de los arbustos y se lanzó contra el hombre que estaba en el porche. Ambos cayeron pesadamente sobre el césped. Rodaron por el césped, y Hamilton peleó con su adversario hasta lograr ponerlo de espaldas contra el suelo y aprisionarle los bíceps con las rodillas. Le tenía agarrado por el cuello de la camisa, y comenzó a golpearle la cabeza contra el césped mientras la mujer gritaba:
       —¡Dios Todopoderoso! ¡Que alguien haga que paren! ¡Por el amor de Dios, que alguien llame a la policía!
       Hamilton paró.
       Berman levantó hacia él la mirada y dijo:
       —Quítese de encima.
       —¿Están bien? —dijo la mujer una vez que los dos hombres se hubieron separado—. Santo cielo —dijo. Miró a los hombres, que se mantenían a unos pasos uno de otro, dándose la espalda y respirando con dificultad. Los mayores se habían congregado en el porche para mirar; al ver que la pelea había terminado aguardaron, observando a los adversarios, y luego se pusieron a hacer fintas y a golpearse unos a otros en brazos y costillas.
       —Vosotros, chicos, entrad en casa —dijo la mujer—. Jamás pensé que vería una cosa así —dijo, y se llevó la mano al pecho.
       Hamilton estaba sudando, los pulmones le ardían cada vez que trataba de inspirar profundamente. Sentía una bola o algo semejante en la garganta, y por espacio de unos minutos le resultó imposible tragar saliva. Echó a andar con su hijo y Kip, uno a cada lado. Oyó unas puertas de automóvil que se cerraban, un motor que arrancaba. Sintió unos faros sobre él mientras caminaba por la acera.
       Roger sollozó una vez, y Hamilton le pasó un brazo por el hombro.
       —Será mejor que me vaya a casa —dijo Kip, y se echó a llorar—. Papá me estará buscando —dijo, y se alejó corriendo.
       —Lo siento —dijo Hamilton—. Siento que hayas tenido que ver algo semejante —le dijo Hamilton a su hijo.
       Siguieron caminando, y cuando llegaron a su manzana Hamilton retiró el brazo del hombro de su hijo.
       —¿Y si llega a sacar un cuchillo, papá? ¿O a coger un palo?
       —No creo que se le hubiera ocurrido hacer nada de eso —dijo Hamilton.
       —Sí, pero ¿y si lo hubiera hecho? —dijo su hijo.
       —Es difícil decir lo que la gente es capaz de hacer cuando está furiosa —dijo Hamilton.
       Subieron por el camino hacia la puerta de su casa. Hamilton sintió que el corazón le latía con fuerza al ver las ventanas iluminadas.
       —Déjame tocarte los músculos —dijo su hijo.
       —Ahora no —dijo Hamilton—. Ahora entra y cena y métete en seguida en la cama. Dile a tu madre que estoy bien y que me voy a sentar en el porche un rato.
       El chico se balanceó desplazando el peso de un pie a otro y miró a su padre; luego entró corriendo en casa y empezó a gritar:
       —¡Mamá! ¡Mamá!

       Hamilton se sentó en el porche. Apoyó la espalda contra la pared del garaje y estiró las piernas. El sudor de la frente se le había secado. Sentía las ropas pegajosas.
       En cierta ocasión había visto a su padre —un hombre pálido, de hablar pausado y hombros hundidos— en una situación parecida. Fue una pelea dura, y ambos salieron heridos. Fue en un café. El otro hombre era peón agrícola. Hamilton había amado a su padre, y recordaba muchas cosas de él. Pero ahora recordaba aquella pelea a puñetazos como si fuera lo único que asociara con su persona.
       Seguía en el porche cuando salió su mujer.
       —Santo Dios —dijo, y le tomó la cabeza entre las manos—. Entra a ducharte, y luego cenas algo y me lo cuentas todo. La cena todavía está caliente. Roger se ha ido a la cama.
       Pero Hamilton oyó que su hijo le llamaba.
       —Aún está despierto —dijo ella.
       —Bajaré en un segundo —dijo él—. ¿Te parece si luego nos tomamos una copa?
       Ella sacudió la cabeza.
       —La verdad es que aún no consigo creer lo que ha pasado.
       Hamilton entró en el cuarto de su hijo y se sentó al pie de la cama.
       —Es bastante tarde y aún sigues despierto, así que buenas noches —dijo.
       —Buenas noches —dijo Roger, con las manos bajo la nuca y los codos apuntando hacia lo alto.
       Estaba en pijama, y flotaba a su alrededor un aroma cálido y fresco que Hamilton aspiró profundamente. Hamilton dio unas palmaditas a Roger por encima de las mantas.
       —De hoy en adelante ya puedes andar con ojo. No te acerques a esa zona del barrio, y que no vuelva a oír jamás que estropeas una bicicleta o cualquier otra cosa ajena. ¿Está claro? —dijo Hamilton.
       El chico asintió con un gesto. Se quitó las manos de la nuca y empezó a pellizcar algo de encima de la colcha.
       —De acuerdo, entonces —dijo Hamilton—. Buenas noches, hijo.
       Se inclinó para besarle, pero el chico se puso a hablar.
       —Papá, ¿el abuelo era tan fuerte como tú? Cuando tenía tu edad, me refiero, ya sabes, y tú…
       —¿Y yo tenía nueve años? ¿A eso te refieres? Sí, supongo que sí lo era —dijo Hamilton.
       —A veces casi no lo recuerdo —dijo el chico—. No quiero olvidarme de él o algo de eso, ¿sabes? ¿Sabes lo que quiero decir, papá?
       Al ver que su padre no contestaba de inmediato, siguió hablando:
       —Cuando tú eras joven, ¿todo era así como es entre tú y yo? ¿Le quisiste a él más que a mí, o igual? —Roger dijo esto último de forma súbita y brusca. Movió los pies debajo de las mantas y apartó la mirada. Hamilton seguía sin responder, y el chico dijo—: ¿El abuelo fumaba? Creo que recuerdo una pipa o algo así.
       —Empezó a fumar en pipa antes de morir, es cierto —dijo Hamilton—. Y antes, mucho tiempo atrás, fumaba cigarrillos, y un buen día se deprimía por una cosa o por otra y lo dejaba, pero luego cambiaba de marca y volvía a fumar. Te enseñaré una cosa —dijo Hamilton—: huéleme el dorso de la mano.
       El chico le cogió una mano entre las suyas, la olió y dijo:
       —Creo que no me huele a nada, papá. ¿Qué es?
       Hamilton se olió la mano y luego los dedos.
       —Yo tampoco huelo nada, ahora —dijo—. El olor estaba ahí, pero ya se ha ido. —«A lo mejor se ha llevado un buen susto conmigo», pensó—. Quería enseñarte algo, eso es todo. Bien, es tarde ya. Será mejor que te duermas —dijo Hamilton.
       El chico se puso de costado y vio cómo su padre iba hasta la puerta y lo miraba y ponía la mano en el interruptor. Y al cabo dijo:
       —¿Papá? Pensarás que estoy mal de la cabeza, pero me gustaría haberte conocido cuando eras pequeño. O sea, cuando tenías más o menos mi edad. No sé cómo decirlo, pero eso me hace sentirme un poco solo. Es como… como si te echara ya de menos si ahora me pongo a pensarlo. Una idea de locos, ¿no te parece? Bueno, déjame la puerta abierta, por favor.
       Hamilton dejó abierta la puerta, y luego lo pensó mejor y la cerró hasta la mitad.


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