Raymond Carver
(1939-1988)

La brida
(“The Bridle”)
Originalmente publicado en The New Yorker (julio 19, 1982);
Cathedral (1983);
Collected Stories (2009)



      Una camioneta vieja con matrícula de Minnesota se detiene en un espacio vacío frente a la ventana. Hay un hombre y una mujer en el asiento delantero, dos chicos en el trasero. Esa gente parece agotada. Hay ropa colgada en el coche; maletas, cajas y otras cosas apiladas en la parte de atrás. Por lo que Harley y yo dedujimos más tarde, eso es todo lo que poseen después de que el banco de Minnesota se quedara con su casa, con su tocadiscos, con su tractor, con su maquinaria agrícola y unas cuantas vacas.
       En el coche, esa gente se queda inmóvil un momento, como reponiéndose. En nuestra casa, el aire acondicionado funciona a pleno rendimiento. Harley está en el jardín, cortando el césped. Hay una discusión en el asiento delantero y luego ella y él salen y se dirigen a la puerta de casa. Me paso la mano por el pelo para asegurarme de que está en orden y espero a que toquen el timbre por segunda vez. Luego voy a abrir.
       —¿Buscan apartamento? —les digo—. Pasen, dentro hace fresco.
       Los hago pasar al cuarto de estar. Allí es donde me ocupo del negocio, cobro el alquiler, extiendo los recibos y hablo con los interesados. También soy peluquera. Me considero estilista. Eso es lo que dicen mis tarjetas de visita. No me gusta la palabra esthéticienne. Es de otros tiempos. Tengo el sillón en un rincón del cuarto de estar, y un secador que puedo acercar al respaldo. También hay un lavabo que Harley instaló hace unos años. Junto al sillón, tengo una mesa con algunas revistas. Antiguas. Muchas no tienen portada. Pero cuando están bajo el secador, las mujeres miran cualquier cosa.
       El hombre me dice su nombre.
       —Me llamo Holits.
       Me dice que ella es su mujer. Pero ella no me mira. En cambio, se contempla las uñas. Ella y Holits tampoco se sientan. Dice que les interesa un apartamento amueblado.
       —¿Cuántos son ustedes?
       Pero lo digo porque siempre pregunto lo mismo. Sé cuántos son. Vi a los dos chicos en el asiento trasero. Dos y dos son cuatro.
       —Ella, yo y los chicos. Los chicos tienen trece y catorce años, y compartirán una habitación, como siempre.
       Ella tiene los brazos cruzados sobre las mangas de la blusa. Se fija en el sillón de peluquería y en el lavabo como si nunca hubiese visto cosa igual. Quizá no.
       —Soy peluquera —le anuncio.
       Ella asiente con la cabeza. Luego echa una mirada a mi camándula. Tiene cinco hojas, exactamente.
       —Necesita agua —digo, acercándome y tocando una de las hojas—. Aquí todo necesita agua. El aire no tiene la humedad suficiente. Llueve tres veces al año, con suerte. Pero se acostumbrarán. Igual que nosotros. Aquí, en todas partes hay aire acondicionado.
       —¿Cuánto cuesta el apartamento? —quiso saber Holits.
       Se lo dije y se volvió hacia ella para ver lo que pensaba. Pero lo mismo le habría dado mirar a la pared. Ella no le devolvió la mirada.
       —Creo que será mejor que nos lo enseñe —dijo él.
       Así que voy por la llave del 17, y salimos.

       Oigo a Harley antes de verle.
       Luego aparece entre los edificios. Va detrás de la máquina cortacésped en bermudas y camiseta, con el sombrero de paja que se compró en Nogales. Pasa el tiempo cortando césped y realizando pequeñas tareas de mantenimiento. Trabajamos para una compañía, la Fulton Terrace. Es la propietaria de los edificios. Si se estropea algo importante, como el aire acondicionado, o pasa algo grave en la red de cañerías, tenemos una lista de números de teléfono.
       Le hago una seña con la mano. No puedo hacer otra cosa, Harley retira un brazo del manillar de la máquina y me devuelve el saludo. Luego se echa el sombrero sobre la frente y vuelve a prestar atención a su tarea. Llega al final de la línea, da media vuelta y emprende el camino hacia la calle.
       —Es Harley.
       No tengo más remedio que decirlo a gritos. Entramos por un lado del edificio y subimos unos escalones.
       —¿En qué trabaja usted, Mister Holits? —le pregunto.
       —Es granjero —contesta ella.
       —Nada más.
       —Pues aquí no hay mucho que cultivar —digo sin pensar.
       —Teníamos una granja en Minnesota. Cultivábamos trigo. Un poco de ganado. Y Holits entiende de caballos. De eso sabe todo lo que hay que saber.
       —Ya está bien, Betty.
       Entonces comprendo un poco la situación. Holits está en paro. No es cosa mía, y si es así —tal como resultó—, lo siento, pero como nos paramos delante del apartamento, tengo que decir algo.
       —Si se deciden, tendrán que pagar el primer mes y el último, más ciento cincuenta dólares de fianza.
       Al decírselo, miro a la piscina. Hay gente sentada en las hamacas y alguno en el agua.
       Holits se seca la cara con el dorso de la mano. El cortacésped de Harley suena lejos. Más allá, los coches pasan deprisa por Calle Verde. Los dos chicos han salido de la camioneta. Uno de ellos está en posición de firmes, con las piernas juntas y los brazos junto a los costados. Pero entonces veo que empieza a saltar y a agitar los brazos arriba y abajo, como si pretendiera echar a volar. El otro está en cuclillas junto al asiento del conductor de la furgoneta, haciendo flexiones con las rodillas.
       Me vuelvo a Holits.
       —Vamos a echar un vistazo —me dice.
       Giro la llave y la puerta se abre. No es más que un pequeño apartamento amueblado de dos habitaciones. Todo el mundo ha visto docenas de ellos. Holits se detiene en el cuarto de baño lo suficiente para tirar de la cadena. Mira hasta que el depósito se llena. Después, dice: —Esta podría ser nuestra habitación.
       Se refiere a la que da a la piscina. En la cocina, la mujer se apoya en el borde del escurridero de platos y mira por la ventana.
       —Esa es la piscina —le digo.
       Asiente con la cabeza.
       —Hemos estado en algunos hoteles que tenían piscina. Pero había mucho cloro en el agua.
       Espero a que continúe. Pero eso es todo lo que dice. A mí tampoco se me ocurre ¡nada.
       —Creo que no vamos a perder más tiempo. Me parece que lo tomamos.
       Holits la mira al hablar. Esta vez le devuelve la mirada. Asiente con la cabeza. El deja escapar el aliento entre los dientes. Luego ella hace algo. Empieza a chasquear los dedos. Con una mano sigue agarrada al borde del escurreplatos, pero con la otra se pone a chasquear los dedos. Chas, chas, chas, como si llamara al perro o reclamase la atención de alguien. Luego se detiene y pasa las uñas por el escurreplatos.
       No se qué pensar. Y Holits tampoco. Mueve los pies.
       —Volvamos a la oficina a firmar los papeles —digo—. Me alegro.
       Y me alegraba. En esa época del año teníamos un montón de viviendas vacías. Y esa gente parecía digna de confianza. Con mala suerte, eso es todo. Pero eso no es una vergüenza.
       Holits paga al contado, el primer y último mes y la fianza de ciento cincuenta dólares. Cuenta los billetes de cincuenta dólares mientras yo miro. Ulysses S. Grant, como los llama Harley, aunque nunca ha visto muchos de esos. Extiendo el recibo y le doy dos llaves.
       —Ya está todo.
       El mira las llaves. Le da una a ella.
       —Así que estamos en Arizona. No pensabas que alguna vez conocerías Arizona, ¿verdad?
       Ella mueve la cabeza. Está tocando una hoja de la camándula.
       —Le hace falta agua —digo.
       Suelta la hoja y se vuelve hacia la ventana. Me acerco a ella. Harley sigue cortando el césped. Pero ahora está en la parte delantera. Como hemos hablado de agricultura, por un momento me imagino a Harley detrás de un arado en vez de su cortacésped Black and Decker.

       Miro cómo descargan las cajas, las maletas y la ropa. Holits lleva algo de lo que cuelgan correas. Tardo un momento, pero entonces me doy cuenta de que es una brida. No se qué hacer ahora. No tengo ganas de hacer nada. Así que saco los Grant de la caja. Acabo de ponerlos ahí, pero los vuelvo a sacar. Los billetes han venido de Minnesota. ¿Quién sabe dónde estarán la semana que viene a estas horas? A lo mejor en Las Vegas. Lo único que conozco de Las Vegas es lo que veo en televisión, es decir, nada de nada. Me imagino uno de los Grant llegando hasta la playa de Waikiki, o a alguna otra parte. Miami o la ciudad de Nueva York. Nueva Orleáns. Pienso en uno de esos billetes cambiando de mano en Martes de Carnaval. Pueden ir a cualquier sitio, y gracias a ellos puede ocurrir cualquier cosa. Escribo mi nombre con tinta en la ancha y marchita frente de Grant: MARGE. En letras de imprenta. Lo repito en todos y cada uno. Justo encima de las pobladas cejas. La gente se detendrá en el momento de pagar, preguntándose: ¿Quién es esta Marge? Eso es lo que se preguntarán, ¿quién es esta Marge?
       Entra Harley y se lava las manos en mi lavabo. Sabe que eso es algo que no me gusta. Pero él lo hace de todos modos.
       —Esos de Minnesota —dice—. Los suecos. Están muy lejos de su casa.
       Se seca con una toalla de papel. Quiere que le cuente lo que sé. Pero no sé nada. Ni parecen suecos, ni hablan como tales.
       —No son suecos —le digo.
       Pero se comporta como si no me escuchara.
       —¿Y qué hace él?
       —Es granjero.
       —¿Qué sabes tú?
       Harley se quita el sombrero y lo deja en mi sillón. Se pasa una mano por el pelo. Luego mira el sombrero y se lo vuelve a poner. Bien podría tenerlo pegado a la cabeza.
       —No hay muchas labores de granja por aquí. ¿Se lo has dicho?
       Saca de la nevera una lata de gaseosa y va a sentarse a su mecedora. Coge el mando a distancia, aprieta un botón y la televisión emite un chisporroteo. Pulsa más botones hasta que encuentra lo que está buscando. Es un programa sobre hospitales.
       —¿Qué más hace el sueco? Aparte de las cosas de la granja.
       No lo sé, así que no digo nada. Pero Harley ya está absorto en el programa. Probablemente ha olvidado la pregunta que me ha hecho. Suena una sirena. Oigo chirrido de ruedas. En la pantalla, una ambulancia se ha detenido frente a una entrada de urgencias, con las luces rojas centelleando. Un hombre salta del vehículo y corre a abrir la puerta de atrás.

       A la tarde siguiente, los chicos piden prestada la manga para lavar la camioneta. La limpian por fuera y por dentro. Poco después, me doy cuenta de que se han ido. Ella lleva tacones altos y un vestido bonito. A buscar trabajo, diría yo. Al cabo del rato veo a los chicos dar una vuelta por la piscina en traje de baño.
       Uno de ellos salta del trampolín y se hace un largo debajo del agua. Emerge resoplando agua y sacudiendo la cabeza. El otro, el que ayer hacía flexiones con las rodillas, se tumba boca abajo en una toalla al otro extremo de la piscina. Pero el primero sigue nadando, haciendo largos, llegando a un extremo e impulsándose de nuevo con una patadita.
       Hay otras dos personas. Están en hamacas, una a cada lado de la piscina. Uno de ellos es Irving Cobb, cocinero en Denny's. Se hace llamar Spuds. La gente le llama así, Spuds, en vez de Irv o de cualquier otro diminutivo. Tiene treinta y cinco años y es calvo. Tiene el color de la cecina, pero quiere más sol. En este momento, su nueva mujer, Linda Cobb, está trabajando en el supermercado. Spuds trabaja por la noche. Pero Linda y él se las han arreglado para tener libres los sábados y los domingos. Connie Nova está en la otra hamaca. Está sentada, dándose aceite en las piernas. Está casi desnuda, sólo la cubre el pequeño bañador de dos piezas. Connie Nova es camarera de bar. Se mudó aquí hace seis meses con su supuesto prometido, un abogado alcohólico. Pero le mandó a paseo. Ahora vive con un estudiante universitario de pelo largo que se llama Rick. Da la casualidad de que sé que ahora está fuera, visitando a sus padres. Spuds y Connie llevan gafas oscuras. La radio portátil de Connie está sonando.
       Cuando se mudó, hace un año o así, Spuds acababa de quedarse viudo. Pero al cabo de unos meses de ser soltero de nuevo, se casó con Linda. Es una pelirroja de treinta y tantos años. No sé cómo se conocieron. Pero una noche, hace un par de meses, Spuds y la nueva señora Cobb nos invitaron a Harley y a mí a una espléndida cena preparada por Spuds. Después de cenar, pasamos al cuarto de estar y tomamos bebidas sin alcohol en vasos grandes. Spuds nos preguntó si nos apetecía ver películas de aficionados. Dijimos que muy bien. Así que Spuds colocó la pantalla y el proyector. Linda Cobb nos sirvió más bebida. ¿Qué hay de malo?, me pregunté. Spuds empezó a pasarnos la película de un viaje que él y su difunta esposa habían hecho a Alaska. Empezaba cuando ella abordó el avión en Seattle. Spuds hablaba mientras manejaba el proyector. La fallecida tenía como cincuenta años; era guapa, aunque quizá un poco entrada en carnes. Tenía el pelo bonito.
       —Es la primera mujer de Spuds —nos explicó Linda—. La primera señora Cobb.
       —Esa es Evelyn —dijo Spuds.
       La primera mujer permaneció en pantalla durante mucho tiempo. Resultaba curioso verla y que ellos hablaran así de ella. Harley me miró de reojo, así que me di cuenta de que él también lo encontraba raro. Linda nos preguntó si queríamos beber más o tomar un almendrado. Dijimos que no. Spuds decía algo sobre la primera señora Cobb. Aún seguía a la entrada del avión, sonriendo y moviendo los labios, aunque lo único que se oía era el ruido que la película hacía al pasar por el proyector. La gente tenía que rodearla para entrar en el avión. Seguía agitando el brazo hacia la cámara, saludándonos en el cuarto de estar de Spuds. No paraba de mover la mano.
       —Ahí está Evelyn otra vez —decía la nueva señora Cobb cada vez que su antecesora aparecía en pantalla.
       Spuds nos habría estado pasando películas toda la noche, pero dijimos que teníamos que irnos. Harley dio una excusa.
       No recuerdo lo que dijo.

       Connie Nova se ha tumbado en la hamaca, con las gafas oscuras tapándole la mitad de la cara. Sus piernas y vientre brillan de aceite. Una noche, no mucho después de que viniera a vivir aquí, celebró una fiesta. Fue antes de que diera la patada al abogado y se liase con el melenudo. Dijo que la fiesta era para estrenar la casa. Nos invitó a Harley y a mí, junto con un montón de gente. Fuimos, pero no nos gustó la compañía. Encontramos un sitio para sentarnos cerca de la puerta, y allí nos quedamos hasta que nos marchamos. Tampoco fue mucho tiempo. El novio de Connie anunció que iba a dar un premio. Consistía en el ofrecimiento de sus servicios jurídicos, sin honorarios, para llevar un caso de divorcio. El de cualquiera. El que estuviera dispuesto, tenía que sacar una tarjeta de una ensaladera que él Iría pasando. Cuando el recipiente llegó hasta nosotros, todo el mundo se echó a reír. Harley y yo nos miramos. No saqué tarjeta alguna. Harley tampoco. Pero le vi mirar a la ensaladera, al montón de tarjetas. Luego movió la cabeza y pasó el recipiente a la persona que estaba a su lado. Incluso Spuds y la nueva señora Cobb sacaron tarjetas. La ganadora tenía algo escrito al dorso. «El portador tiene derecho a un divorcio inapelable y gratuito», la fecha y la firma del abogado. El abogado estaba borracho, pero yo digo que ésa no es manera de comportarse en la vida. Menos nosotros, todo el mundo había metido la mano en la ensaladera, como si fuera algo divertido. La mujer que sacó la tarjeta ganadora aplaudió. Era como un concurso de la televisión.
       —¡Maldita sea, ésta es la primera vez que gano algo en la vida!
       Me dijeron que su marido era militar. No hay manera de saber si lo sigue teniendo o si consiguió el divorcio, porque Connie Nova se relacionó con un grupo diferente de amigos después de que el abogado y ella se fueran cada uno por su lado.
       Abandonamos la fiesta inmediatamente después del sorteo. Estábamos tan impresionados que apenas podíamos hablar, hasta que uno de los dos dijo: —No me creo que he visto lo que creo que he visto.
       Quizá fuera yo.

       Una semana después, Harley pregunta si el sueco —se refiere a Holits— ha encontrado ya trabajo. Acabamos de almorzar y Harley está en su mecedora con una lata de gaseosa. Pero no ha encendido la televisión. Digo que no lo sé. Y es verdad. Espero a ver qué más tiene que decir. Pero no dice nada. Mueve la cabeza, Parece pensar en algo. Luego aprieta un botón y la televisión se enciende.
       Ella ha encontrado trabajo en un restaurante italiano a unas manzanas de aquí. De camarera. Trabaja con horario partido, sirve el almuerzo y se va a casa, luego vuelve al trabajo a la hora de la cena. No para de ir y venir. Los chicos se pasan el día en la piscina, y Holits se queda en el apartamento. No sé lo que hace allí. Una vez la peiné y me contó algunas cosas. Me dijo que empezó a trabajar de camarera cuando acabó el bachillerato, y así fue como conoció a Holits. Le sirvió pancakes en un local de Minnesota.
       Esa mañana entró y me preguntó si podía hacerle un favor. Quería que la peinara después del turno de mediodía y que terminase antes del de la noche. ¿Podía hacerlo? Le dije que miraría la agenda. La invité a pasar. Afuera ya debía hacer cuarenta grados.
       —Sé que no la he avisado con tiempo —dijo—. Pero anoche, cuando llegué de trabajar, me miré en el espejo y me di cuenta de que se me veían las raíces. Tengo que ir a la peluquería, me dije. Y no conocía otro sitio.
       Encuentro el viernes, 14 de agosto. No hay nada en la página.
       —Podría atenderla a las dos y media o, si no, a las tres —le digo.
       —Mejor a las tres —contesta ella—. Ahora tengo que darme prisa, de lo contrario se me hará tarde. Mi jefe es un verdadero cabrón. Hasta luego.
       A las dos y media le digo a Harley que tengo una dienta, de modo que tendrá que ver el partido de béisbol en la habitación. Gruñe, pero enrolla el cable y sale empujando la televisión con la mesita de ruedas. Cierra la puerta. Compruebo que está dispuesto todo lo necesario. Coloco las revistas para que puedan cogerse cómodamente. Luego me siento junto al secador y me limo las uñas. Llevo el uniforme de color rosa que me pongo para peinar. Sigo limándome las uñas y mirando por la ventana de cuando en cuando.
       Ella pasa delante de la ventana y luego toca el timbre.
       —Pase —grito—, está abierto.
       Lleva el uniforme blanco y negro del trabajo. Reparo en que las dos estamos de uniforme.
       —Siéntese, querida mía. En seguida empezamos.
       Mira la lima de uñas.
       —También hago la manicura —digo.
       Se sienta en el sillón y suspira.
       —Recline la cabeza —le digo—. Eso es. Ahora cierre los ojos, ¿eh? Relájese. Primero la lavaré con champú y le retocaré las raíces. Luego ya veremos. ¿De cuánto tiempo dispone?
       —A las cinco y media tengo que estar de nuevo en mi puesto.
       —Quedará arreglada.
       —Yo como en el trabajo. Pero no sé qué cenarán esta noche Holits y los chicos.
       —Se las arreglarán sin usted.
       Abro el grifo del agua caliente y entonces me doy cuenta de que Harley me ha dejado un poco de hierba y tierra en el lavabo. Lo limpio y empiezo de nuevo.
       —Si quieren, pueden tomarse una hamburguesa en el sitio de aquí al lado —le digo—. No les sentaría mal.
       —No querrán. De todos modos, no me gustaría que fuesen allí.
       No es cosa mía, así que no insisto. Hago un buen montón de espuma y me pongo a trabajar. Después de lavar, aclarar y marcar, la pongo debajo del secador. Tiene los ojos cerrados. Pienso que tal vez esté dormida. Así que le tomo una mano y empiezo.
       —Manicura, no —dice, abriendo los ojos y retirando la mano.
       —Está bien, querida mía, la primera manicura es siempre gratuita.
       Me tiende la mano, coge una revista y la deja en el regazo.
       —Son hijos suyos —me informa—. De su primer matrimonio. Ya estaba divorciado cuando nos conocimos. Pero los quiero como si fueran míos. No podría quererlos más aunque me lo propusiera. Ni aunque fuese su verdadera madre.
       Bajo un poco la intensidad del secador. Así no hace más que un ruidito apagado. Sigo con sus uñas. Empieza a relajar la mano.
       —Hace diez años los dejó plantados, a Holits y a los chicos, en Año Nuevo. No han vuelto a saber de ella.
       Veo que quiere contármelo. Y yo no tengo nada en contra.
       Les gusta hablar cuando están en el sillón. Sigo utilizando la lima.
       —Holits consiguió el divorcio. Después empezamos a salir los dos. Luego nos casamos. Durante mucho tiempo, tuvimos una verdadera vida. Con sus altibajos. Pero pensábamos que llegaríamos a alguna parte. —Mueve la cabeza—. Pero ocurrió algo. Algo le sucedió a Holits, quiero decir. Lo que pasó fue que le dio por los caballos. Hubo uno en particular, de carreras, que compró, ¿sabe?, una parte al contado y el resto a plazos mensuales. Lo llevaba al hipódromo. Seguía levantándose antes del alba, como siempre, haciendo su trabajo y eso. Yo pensaba que todo iba bien. Pero yo no sé nada. Si quiere saber la verdad, no soy muy buena para servir mesas. Creo que, si les diera motivo, esos italianos me despedirían sin pensarlo dos veces. O incluso sin razón. Y si me despiden, ¿qué?
       —No se preocupe, encanto. No van a despedirla.
       Poco después coge otra revista. Pero no la abre. Simplemente la tiene en la mano y sigue hablando.
       —En cualquier caso, tenemos ese caballo. Betty Veloz. Lo de Betty es de broma. Pero dice que será ganador si lo llama como yo. ¡Menudo ganador! El caso es que siempre que corría, perdía. Todas las carreras. Betty Tardón, así es como debió ponerle. Al principio fui a algunas carreras. Pero el caballo siempre corría a noventa y nueve contra uno. Cotizaciones así. Pero Holits es cabezota por encima de todo. No se daba por vencido. Seguía apostando y apostando por el caballo. Veinte dólares a ganador. Cincuenta dólares a ganador. Aparte de los demás gastos de mantenimiento del caballo. Sé que no parece una cantidad grande. Pero se va acumulando. Y cuando las apuestas estaban así, noventa y nueve contra uno, ya sabe, a veces jugaba a ganador. Me preguntaba si me daba cuenta de cuánto dinero nos embolsaríamos si el caballo ganaba. Pero no lo hizo, y dejé de ir.
       Sigo con la tarea. Me concentro en las uñas.
       —Tiene unas cutículas muy bonitas —le digo—. Mírelas. ¿Ve las pequeñas medias lunas? Significa que tiene bien la sangre.
       Se acerca la mano y la mira bien.
       —¿Qué sabe usted de eso?
       Se encoge de hombros. Deja que vuelva a cogerle la mano. Aún tiene cosas que contar.
       —Una vez, cuando estaba en el instituto, una psicóloga me dijo que fuera a su despacho. Se lo decía a todas las chicas, a una cada vez. «¿Qué clase de sueños tienes?», me preguntó la mujer. «¿Qué piensas hacer dentro de diez años? ¿Y de veinte?» Yo tenía dieciséis o diecisiete años. No era más que una niña. No sabía qué contestar. Me quedé allí sentada como un pasmarote. La psicóloga tendría más o menos la edad que yo tengo ahora. Me parecía vieja. Es vieja, dije para mí. Sabía que ya había pasado la mitad de su vida. Y tuve la impresión de saber algo que ella no sabía. Algo que ella nunca llegaría a descubrir. Un secreto. Algo que nadie debía saber ni decir. Así que me quedé callada. Sólo moví la cabeza. Debió de catalogarme como idiota. Pero no dije nada. ¿Comprende lo que quiero decir? Creí saber cosas que ella ni siquiera adivinaba. Ahora, si alguien volviera a hacerme la misma pregunta, acerca de mis sueños y lo demás, se lo diría.
       —¿Qué le diría?
       Suspira y se echa hacia atrás. Deja que le retenga la mano.
       —Le diría: «Los sueños son eso de lo que uno se despierta.» Eso es lo que diría.
       Se alisa la falda.
       —Si me lo preguntaran, eso es lo que respondería. Pero no lo harán.
       Suspira de nuevo.
       —¿Falta mucho? —pregunta.
       —No.
       —Usted no sabe lo que es eso.
       —Sí, lo sé.
       Acerco el taburete junto a sus piernas. Empiezo a contarle cómo era mi vida antes de que nos trasladáramos aquí, y por qué es siempre así. Pero Harley elige precisamente ese momento para salir de la habitación. No nos mira. Oigo parlotear a la televisión en la alcoba. Harley va al lavabo y llena un vaso de agua. Echa la cabeza hacia atrás para beber. La nuez se le mueve al tragar.
       Retiro el secador y le doy unos toques en el pelo a ambos lados de la cabeza. Levanto un poquito uno de los rizos.
       —Ha quedado como nueva, encanto.
       —Me hacía falta.

       Los chicos siguen nadando todo el tiempo, todos los días, hasta que empiezan las clases. Ella sigue de camarera. Pero, por lo que sea, no ha vuelto para peinarse. No sé por qué. Tal vez piense que no le hice un buen trabajo. A veces me quedo despierta, mientras Harley duerme a mi lado como un tronco, y trato de ponerme en el pellejo de Betty. Me pregunto qué haría entonces.
       Holits me envía a uno de sus hijos con el alquiler el primero de septiembre, y luego el primero de octubre. Sigue pagando al contado. Le cojo el dinero al muchacho, cuento los billetes justo delante de él, y luego extiendo el recibo. Holits ha encontrado algún tipo de trabajo. En cualquier caso, eso creo. Sale todas las mañanas con la camioneta. Le veo marcharse temprano y volver a última hora de la tarde. Ella pasa delante de la ventana a las diez y media y vuelve a las tres. Si me ve, me saluda con un pequeño ademán. Pero no sonríe. Luego la vuelvo a ver a las cinco, cuando va otra vez al restaurante. Holits vuelve un poco más tarde. Todo continúa así hasta mediados de octubre.
       Entretanto, el matrimonio Holits ha conocido a Connie Nova y a Rick, su melenudo amigo. Y también han trabado amistad con Spuds y la nueva señora Cobb. A veces, un domingo por la tarde, los veo sentados alrededor de la piscina, escuchando la radio portátil de Connie con una copa en la mano. Una vez dijo Harley que los vio detrás del edificio, en el rincón de la barbacoa. Y también estaban en bañador. Harley dijo que el sueco tenía un pecho de toro. Que comían bocadillos de salchicha y bebían whisky. Aseguró que estaban borrachos.

       Era sábado, después de las once de la noche. Harley estaba dormido en la butaca. En seguida tendría que levantarme para apagar la televisión. Sabía que, cuando lo hiciera, se despertaría.
       —¿Por qué apagas? Estaba viendo el programa.
       Eso es lo que diría. Eso es lo que dice siempre. De todos modos, la televisión estaba puesta, yo tenía puestos los rulos y, en el regazo, una revista. De vez en cuando miraba a la pantalla. Pero no llegaba a concentrarme en el programa. Todos andaban afuera, por la piscina: Spuds y Linda Cobb, Connie Nova y el melenudo, Holits y Betty. Tenemos por norma que nadie esté ahí después de las diez. Pero esa noche no les importaban las normas. Si se despertaba, Harley saldría a decirles algo. A mí me parecía que estaba muy bien que se divirtieran, pero ya era hora de que terminaran. No paraba de levantarme a mirar por la ventana. Menos Betty, todos estaban en bañador. Aún llevaba el uniforme. Pero se había quitado los zapatos, tenía un vaso en la mano y bebía como los demás. Yo iba aplazando el momento de apagar la televisión. Entonces uno de ellos gritó algo, y otro respondió y se echó a reír. Miré y vi a Holits terminar la copa. Puso el vaso en el suelo. Luego se dirigió a la caseta. Arrastró una mesa y se subió a ella. Luego —pareció hacerlo sin ningún esfuerzo— se encaramó al techo de la caseta. Es cierto, pensé; es fuerte. El melenudo aplaudió, como si fuese un partidario entusiasta de Holits. Los demás le aclamaron. Sabía que tenía que salir a poner fin a todo aquello.
       Harley está repantigado en la butaca. La televisión sigue puesta. Abro la puerta suavemente, salgo y la cierro. Holits está de pie en el techo de la caseta. Los otros le jalean. Dicen: «Venga, lo puedes hacer.» «No te rajes ahora.» «Apuesto doble contra sencillo a que lo haces.» Cosas así.
       Luego oigo la voz de Betty.
       —Holits, mira lo que haces.
       Pero Holits se queda en el techo de la caseta. Mira al agua. Parece calcular cuánta carrerilla debe tomar para alcanzar el objetivo. Retrocede hasta el otro extremo. Se escupe en las manos y se las frota.
       —¡Eso es, muchacho! —grita Spuds—. ¡Ahora lo conseguirás!
       Veo cómo Holits se estrella contra el borde de la piscina. Y también lo oigo.
       —¡Holits! —grita Betty.
       Todos se precipitan hacia él. Cuando llego allí, está sentado. Rick le sostiene por los hombros y le grita a la cara: —¡Holits! ¡Oye, hombre!
       Holits tiene un corte en la frente y los ojos vidriosos. Spuds y Rick le ayudan a sentarse en una silla. Alguien le da una toalla. Pero Holits la sostiene como si no supiera qué hacer con ella. Otro le da una copa. Pero Holits tampoco sabe qué hacer con ella. No dejan de decirle cosas. Se lleva la toalla a la cara. Luego la retira y mira la sangre. Pero sólo eso, la mira. Parece no entender nada.
       —Déjenme que lo vea.
       Me pongo delante de él. Mala cosa.
       —¿Se encuentra bien, Holits?
       Pero Holits sólo me mira y luego desvía la vista.
       —Creo que lo mejor será llevarlo a urgencias.
       Betty me mira cuando digo eso y empieza a mover la cabeza de un lado a otro. Vuelve a mirar a Holits. Le da otra toalla. Creo que está sobria. Pero los demás están borrachos. Borrachos es lo más suave que se puede decir de ellos.
       Spuds se hace eco de mis palabras.
       —Vamos a llevarle a urgencias.
       —Yo también voy —dice Rick.
       —Vamos todos —sugiere Connie Nova.
       —Será mejor que sigamos juntos —asegura Linda Cobb.
       —Holits —repito.
       —No puedo hacerlo —dice Holits.
       —¿Qué ha dicho? —me pregunta Connie Nova.
       —Ha dicho que no puede hacerlo.
       —¿Hacer qué? ¿De qué habla? —inquiere Rick.
       —Repítalo —dice Spuds—. No lo he oído.
       —Dice que no puede hacerlo. Creo que no sabe de qué habla. Más valdría que lo llevaran al hospital.
       Luego me acuerdo de Harley y del reglamento.
       —No deberían estar aquí fuera. Ninguno de ustedes. Tenemos ciertas normas. Ahora, llévenlo al hospital.
       —Vamos a llevarlo al hospital —dice Spuds, como si se le acabara de ocurrir la idea.
       Ha debido de beber más que los otros, porque no puede tenerse en pie. Se tambalea. Y no para de levantar los pies y ponerlos otra vez en el suelo. El vello de su pecho parece blanco como la nieve a la luz de la piscina.
       —Voy por el coche —dice el melenudo—. Dame las llaves, Connie.
       —No puedo hacerlo —repite Holits.
       La toalla se le ha escurrido hasta la barbilla. Pero el corte lo tiene en la frente.
       —Ponedle ese albornoz. No puede ir así al hospital —dice Linda Cobb—. ¡Holits! ¡Holits! ¡Somos nosotros!
       Espera un poco y luego quita el vaso de whisky de la mano de Holits y se lo bebe.
       Veo que hay gente asomada a las ventanas, mirando el alboroto. Se encienden luces.
       —¡Váyanse a la cama! —grita alguien.
       Finalmente, el melenudo lleva el Datsun de Connie desde la parte de atrás de la casa y lo acerca a la piscina. Lleva los faros encendidos. Hace rugir el motor.
       —¡Vayan a acostarse, por Dios! —grita el de antes.
       Hay más gente en la ventana. Espero vez salir a Harley en cualquier momento, furioso, con el sombrero puesto. Luego pienso, no, dormirá hasta que todo termine. Olvídate de Harley.
       Spuds y Connie Nova se ponen cada uno a un lado de Holits, que no puede andar derecho. Se tambalea. En parte porque está borracho. Pero no hay duda de que se ha hecho daño. Lo meten en el coche y después se amontonan todos dentro. Betty es la última en entrar. Tiene que sentarse en las piernas de alguien. Luego se van. El que estaba gritando cierra la ventana de golpe.
       Durante toda la semana siguiente Holits no sale de su casa. Creo que Betty se ha despedido del trabajo, porque ya no la veo pasar por delante de la ventana. Cuando veo a los chicos, salgo y les pregunto a boca jarro: —¿Cómo está vuestro padre?
       —Tiene una herida en la cabeza.
       Quedo esperando que digan algo más. Pero no lo hacen. Se encogen de hombros y van a clase con la bolsa del almuerzo y los cuadernos. Luego lamento no haberles preguntado por su madrastra.
       Cuando veo a Holits de pie en el balcón, con la cabeza vendada, ni siquiera me saluda con la cabeza. Se comporta como si fuera una extraña. Como si no me conociera o no quisiera conocerme. Dice Harley que hace lo mismo con él. No le gusta.
       —¿Qué le pasa? —pregunta Harley—. Maldito sueco. ¿Qué le ha ocurrido en la cabeza? ¿Le han dado una paliza, o qué?
       Cuando dice eso, no le cuento nada. No lo menciono en absoluto.
       Luego, un domingo por la tarde, veo a uno de los chicos sacar una caja y meterla en la camioneta. Vuelve a entrar. Pero en seguida sale de nuevo con otra, que también mete en el coche. Entonces caigo en la cuenta de que se están preparando para marcharse. Pero no le digo a Harley lo que sé. Bien pronto se enterará.
       A la mañana siguiente, Betty me envía a uno de los chicos. Trae una nota en la que ella me dice que lo siente, pero que tienen que marcharse. Me da la dirección de su hermana en Indio, adonde he de enviarle la fianza. Subraya que se van ocho días antes de que se les acabe el alquiler. Espera que les reembolse algo, aunque no han avisado con treinta días de antelación. Dice: «Gracias por todo. Gracias por peinarme aquella vez.» Firma la nota: «Sinceramente suya, Betty Holits.»—¿Cómo te llamas? —le pregunto al chico.
       —Billy.
       —Billy, dile que lo siento mucho.
       Harley lee la nota y comenta que Fulton Terrace les devolverá dinero cuando las ranas críen pelo. Dice que no entiende a esa gente.
       —Son de los que andan por la vida como si el mundo les debiera algo.
       Me pregunta adonde van. Pero yo no tengo ni idea. Quizá regresen a Minnesota. ¿Cómo voy a saber adonde van? pero no creo que vuelvan a Minnesota. Creo que se dirigen a otro sitio, a probar suerte.
       Connie Nova y Spuds están en las hamacas, en su sitio habitual, cada uno a un lado de la piscina. De cuando en cuando miran a los chicos de Holits, que llevan cosas a la camioneta. Luego sale Holits en persona con ropa colgada del brazo. Connie Nova y Spuds le llaman a gritos y le saludan con la mano. Holits les mira como si no los conociera. Pero entonces levanta la mano libre. Nada más. Ellos le contestan. Entonces Holits agita la mano. Sigue haciéndolo incluso cuando ellos se paran. Baja Betty y le coge del brazo. Ella no saluda. Ni siquiera les mira. Dice algo a Holits, que sube al coche. Connie Nova se recuesta en la hamaca y extiende la mano para encender la radio portátil. Spuds, con las gafas de sol en la mano, mira a Holits y a Betty durante un rato. Luego se ajusta las gafas detrás de las orejas. Se acomoda en la hamaca y sigue tostándose la curtida piel.
       Finalmente, lo tienen todo cargado y se disponen a marchar. Los chicos van detrás, Holits al volante, Betty en el asiento del pasajero. Igual que cuando vinieron.
       —¿Qué estás mirando? —me pregunta Harley.
       Se ha tomado un descanso. Está en la butaca, viendo la televisión. Pero se levanta y se acerca a la ventana.
       —Bueno, ya se largan. No saben ni adonde van ni lo que piensan hacer. Suecos majaras.
       Los veo salir del aparcamiento y tomar la carretera que conduce a la autopista. Luego vuelvo a mirar a Harley. Se está sentando en la butaca. Tiene la lata de gaseosa en la mano y el sombrero puesto. Se comporta como si nada hubiera pasado, como si nunca ocurriese nada.
       —¿Harley?
       Pero no me oye, claro. Me acerco y me planto delante de la butaca. Se sorprende. No sabe qué pensar. Se recuesta en el respaldo, mirándome.
       El teléfono empieza a sonar.
       —Cógelo, ¿quieres? —me dice.
       No le contesto. ¿Por qué habría de hacerlo?
       —Entonces, que suene —dice.
       Voy a buscar la bayeta, trapos, esponjas y un cubo. El teléfono deja de sonar. Harley sigue sentado en la butaca. Pero ha apagado la televisión. Cojo la llave maestra, salgo y subo las escaleras hasta el 17. Entro y cruzo el cuarto de estar hasta su cocina, lo que era su cocina.
       Las repisas están limpias, y también la pila y los armarios. Estupendo. Dejo las cosas de la limpieza en la cocina y voy a echar una mirada al baño. Nada que no pueda quitarse con un poco de estropajo de aluminio. Luego abro la puerta de la habitación que da a la piscina. Las persianas están levantadas, la cama descubierta. El suelo brilla.
       —Gracias —digo en voz alta.
       A dondequiera que vaya, le deseo suerte.
       —Buena suerte, Betty.
       Uno de los cajones de la cómoda está abierto y voy a cerrarlo. En el fondo del cajón veo la brida que Holits llevaba al venir. Se le debió de olvidar, con las prisas. Pero tal vez no. A lo mejor la dejó a propósito.
       —Una brida —digo.
       La llevo a la ventana y la miro a la luz. Nada extraordinario, sólo una vieja brida de cuero. No sé mucho de eso. Pero sé que una parte va a la boca del caballo. Y que esa parte se llama bocado. Es de acero. Las riendas van por encima de la cabeza hasta el cuello, donde se cogen entre los dedos. El jinete tira de las riendas a un lado y a otro y el caballo da la vuelta. Es sencillo. El bocado pesa y está frío. Si se tuviera eso entre los dientes, creo que se andaría deprisa. Cuando se sintiera el tirón, se sabría que había llegado el momento. El momento de ir a alguna parte.


Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar