Raymond Carver
(1939-1988)


El señor Café y el señor Arreglos
(“Mr. Coffee and Mr. Fixit”)
Originalmente publicado en TriQuarterly (1980);
What We Talk About When We Talk About Love (1981);
aparece, en versión manuscrita, en Beginners (2009)
y Collected Stories (2009)



      He visto ciertas cosas. Fui a casa de mi madre a que¬darme unas cuantas noches. Pero en cuanto llegué a lo alto de las escaleras, miré y la vi en el sofá besando a un hombre. Era verano. La puerta estaba abierta. La te¬levisión, encendida. Esa es una de las cosas que he visto.
       Mi madre tiene sesenta y cinco años. Es socia de un club de «solteros». Aun así, era duro. Me quedé con la mano en el pasamanos mirando cómo el hombre la besa¬ba. Ella le besaba a su vez; y la televisión, funcionando.
       Las cosas han mejorado. Pero en aquellos días, cuando a mi madre le dio por retozar, yo me encontraba en paro. Mis hijos estaban locos, mi mujer estaba loca. Tam¬bién ella se había puesto a retozar. El tipo que disfru¬taba de ella era un ingeniero aeronáutico sin trabajo que había conocido en los AA [Alcohólicos Anónimos]. Él también estaba loco.
       Se llamaba Ross y tenía seis hijos. Cojeaba a causa de un tiro que le había dado su primera esposa.
       No sé en qué pensábamos en aquella época.

       La segunda esposa del tipo no le había durado gran cosa, pero fue la primera la que le pegó el tiro por no pasarle la pensión. A Ross ahora le deseo lo mejor. Ross. ¡Vaya nombre! Pero entonces era diferente. En aquellos días llegué a hablar de armas de fuego. Le decía a mi mujer: «Creo que voy a hacerme con una Smith and Wesson.» Pero nunca lo hice.
       Ross era pequeño. Pero no demasiado. Tenía bigote y llevaba siempre un suéter con botones.
       Su propia esposa lo metió en la cárcel una vez. Su segunda esposa. Me enteré por mi hija de que mi mujer pagó la fianza. Y a mi hija Melody la cosa no le gustó mucho más que a mí. Lo de la fianza. No es que Melody se preocupara demasiado por mí. No se preocupaba por ninguno de los dos, ni por su madre ni por mí. Era sim¬plemente que había en juego una cantidad respetable de dinero, y si una parte iba a parar a Ross, esa parte se la perdía Melody. Así que Melody tenía a Ross en su lista negra. Además tampoco le gustaban sus hijos, ni el hecho de que tuviera tantos. Pero en general Melody decía que Ross era un buen tipo.
       Una vez, Ross llegó a decirle la buenaventura.

       Desde que se quedó sin trabajo fijo, este Ross se pa¬saba el tiempo reparando cosas. Pero yo vi su casa por fuera. Era una ruina. Trastos viejos por todas partes. Dos Plymouth hechos polvo en el jardín.
       En los primeros tiempos del asunto que se traían en¬tre manos, mi mujer aseguraba que el tipo coleccionaba coches antiguos. «Coches antiguos», esas fueron sus pa¬labras. Pero eran pura carne de desguace. Yo lo tenía calado. Era el señor Arreglos.
       Pero Ross y yo teníamos cosas en común. Y no sólo la misma mujer. Por ejemplo, no lograba ajustar el te¬levisor cuando el cacharro se volvía loco y se le iba la imagen. Yo tampoco podía. Teníamos volumen, pero no imagen. Si queríamos ver las noticias, teníamos que sentarnos alrededor de la pantalla a escuchar las voces.
       Ross y Myrna se conocieron cuando Myrna estaba in¬tentando dejar de beber. Iba a reuniones como tres o cuatro veces por semana. Yo también había ido y dejado de ir varias veces. Pero cuando Myrna y Ross se cono¬cieron, yo no iba y sólo bebía una mínima parte de mi habitual dosis diaria. Myrna iba a las reuniones y luego se iba a casa del señor Arreglos a cocinar y hacer la lim¬pieza. Sus hijos no eran de gran ayuda a este respecto. Nadie movía un dedo en casa del señor Arreglos; sólo mi mujer cuando iba a echar una mano.

       Lo que cuento no fue hace mucho tiempo, sólo hace unos tres años. Entonces era importante.
       Dejé a mi madre con el hombre en el sofá y anduve dando vueltas en coche durante un rato. Cuando llegué a casa, Myrna me preparó un café.
       Se fue a la cocina a hacerlo, y esperé hasta que oí que abría el grifo. Y entonces metí la mano debajo del cojín en busca de la botella.
       Puede que Myrna amara de verdad a ese hombre. Pero él tenía además un pequeño asunto extra: una chica de veintidós años llamada Beverly. El señor Arreglos se las arreglaba bien para ser un hombrecillo que gastaba suéter de botones.
       Tenía treinta y tantos años cuando cayó en desgracia. Perdió el empleo y se agarró a la botella. Solía reírme de él siempre que podía. Pero ahora ya no me río.
       Dios te guarde y te bendiga, señor Arreglos.
       Le contó a Melody que había trabajado en los lanza¬mientos a la Luna. Le dijo que era muy amigo de los as¬tronautas. Le prometió que se los presentaría en cuanto vinieran a la ciudad.
       Siguen una línea de actividad muy moderna en ese centro aeroespacial donde trabajaba el señor Arreglos. Lo he visto. Cadenas de restaurantes-autoservicio, come¬dores de ejecutivos y cosas por el estilo. Un señor Café en cada despacho.
       El señor Café y el señor Arreglos.
       Myrna dice que Ross se interesaba también por la astrología, las auras, el I Ching, ese tipo de cosas. No pongo en duda que Ross fuera brillante e interesante, como la mayoría de nuestros ex amigos. Le dije a Myrna que estaba seguro de que no habría perdido el sueño por él si no lo hubiera sido.
       Mi padre murió mientras dormía, borracho, hace ocho años. Era el mediodía de un viernes y tenía cincuenta y cuatro años. Volvió a casa de la serrería donde trabajaba, sacó para el desayuno algo de embutido del frigorífico y abrió una botella de litro de Four Roses.
       Mi madre estaba allí con él, en la mesa de la cocina. Intentaba escribir una carta a su hermana de Little Rock. Al final mi padre se levantó y se fue a la cama. Mi madre contó que no le dio las buenas noches. Pero, claro, era por la mañana.
       —Cariño —le propuse a Myrna la noche en que volvió al hogar—. ¿Qué tal si nos magreamos un rato y luego preparas una cena apetitosa de verdad?
       Y Myrna dijo:
       —Lávate las manos.



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