Raymond Carver
(1939-1988)


Conservación
(“Preservation”)
Originalmente publicado en Grand Street (1983);
Cathedral (1983);
Collected Stories (2009)



      El marido de Sandy se había instalado en el sofá desde hacía tres meses, cuando le despidieron. Aquel día, tres meses atrás, volvió a casa pálido y asustado, con todas las cosas del trabajo en una caja.
       —Feliz día de San Valentín —le dijo a Sandy.
       En la mesa de la cocina puso una caja de bombones en forma de corazón y una botella de Jim Beam. Se quitó la gorra y la dejó también sobre la mesa.
       —Hoy me han despedido. Oye, ¿qué va a ser de nosotros ahora?
       Sandy y su marido se sentaron a la mesa, bebieron whisky y comieron bombones. Hablaron de lo que podía hacer él en lugar de poner techos en casas nuevas. Pero no se les ocurrió nada.
       —Algo saldrá —aseguró Sandy.
       Quería animarle. Pero ella también estaba asustada. Finalmente, él dijo que lo consultaría con la almohada. Y lo hizo. Aquella noche se hizo la cama en el sofá, y allí fue donde durmió todas las noches desde entonces.
       Al día siguiente de su despido había que ocuparse de las prestaciones de la Seguridad Social. Fue al centro, a la oficina de empleo, a rellenar papeles y buscar otro trabajo. Pero no había empleos ni del tipo del suyo, ni de ningún otro tipo. Empezó a sudar mientras intentaba descubrir a Sandy la multitud de hombres y mujeres apiñados en la oficina. Aquella noche volvió a echarse en el sofá. Empezó a pasarse allí todo el tiempo, como si, pensaba ella, eso fuese lo que debía hacer ahora que ya no tenía trabajo. De cuando en cuando iba a hablar con alguien sobre una posibilidad de empleo, y cada dos semanas firmaba los papeles para recibir el subsidio de paro. Pero el resto del tiempo se quedaba en el sofá. «Es como si viviese ahí», pensaba Sandy. «Vive en el cuarto de estar.» De vez en cuando hojeaba revistas que ella llevaba a casa de la tienda de ultramarinos; y muchas veces llegaba y le encontraba mirando el grueso libro que le habían regalado a ella por inscribirse en un club del libro: una cosa que se titulaba Misterios del pasado. Sostenía el libro delante de él con las dos manos y la cabeza inclinada sobre las páginas, como si estuviera inmerso en la lectura. Pero al cabo del rato observaba ella que no parecía adelantar nada; seguía por el mismo sitio: alrededor del capítulo segundo, calculaba ella. Sandy lo cogió una vez y lo abrió por donde él iba. Leyó algo acerca de un hombre que habían descubierto al cabo de dos mil años en una turbera en los Países Bajos. En una página venía una fotografía. El hombre tenía la frente velluda, pero en su rostro aparecía una expresión serena. Llevaba un gorro de cuero y yacía de lado. Las manos y los pies estaban secos, pero, por lo demás, el hombre no tenía un aspecto demasiado horroroso. Leyó un poco más y luego dejó el libro en el sitio de donde lo había cogido. Su marido lo dejaba al alcance de la mano, en la mesita que había delante del sofá. ¡El puñetero sofá! Por lo que a ella se refería, no quería ni volver a sentarse en él. Ni podía imaginar que en el pasado se hubieran tumbado allí para hacer el amor.
       Les llevaban el periódico a casa todos los días. El lo leía desde la primera hasta la última página. Sandy le veía leerlo todo, hasta las esquelas y la sección que indicaba la temperatura de las ciudades importantes, así como las noticias económicas que hablaban de fusiones y de tasas de interés. Por la mañana se levantaba antes que ella y utilizaba el cuarto de baño. Luego encendía la televisión y hacía café. Ella le encontraba animado y alegre a esa hora del día. Pero cuando ella se iba a trabajar, él ya se había acomodado en el sofá y la televisión estaba en marcha. La mayoría de las veces seguía funcionando cuando ella volvía por la tarde. El estaba sentado en el sofá, o tumbado, vestido con la ropa que solía llevar al trabajo: vaqueros y camisa de franela. Pero a veces la televisión estaba apagada y él seguía sentado, con el libro en las manos.
       —¿Cómo te ha ido? —preguntaba él cuando entraba Sandy.
       —Muy bien. ¿Y a ti?
       —Muy bien.
       Siempre tenía una cafetera caliente para ella. En el cuarto de estar, ella se sentaba en la butaca grande mientras comentaban las incidencias de la jornada. Cogían las tazas y bebían café, como gente normal, pensaba Sandy.
       Sandy seguía queriéndole, aunque era consciente de que las cosas estaban tomando un giro extraño. Estaba agradecida por tener trabajo, pero no sabía lo que iba a pasarles, a ellos o a cualquier otra persona en el mundo. En el trabajo tenía una amiga a la que confió una vez lo de su marido: lo de quedarse en el sofá todo el tiempo. Por lo que fuese, su amiga no pareció considerarlo como algo muy raro, lo que a la vez sorprendió y deprimió a Sandy. Su amiga le contó lo de su tío de Tennessee; cuando su tío cumplió los cuarenta, se metió en la cama y no se levantó más. Y lloraba mucho, al menos una vez al día. Le dijo a Sandy que tenía la impresión de que su tío temía hacerse viejo. Suponía que tal vez tuviese miedo de un ataque al corazón o algo así. Pero aquel hombre ya tenía sesenta y tres años y seguía respirando. Cuando Sandy oyó eso, se quedó de una pieza. Si aquella mujer decía la verdad, calculó, el hombre había estado en cama veintitrés años. El marido de Sandy sólo tenía treinta y uno. Treinta y uno y veintitrés suman cincuenta y cuatro. Y ella también andaría entonces por los cincuenta. ¡Dios mío!, nadie puede pasarse en cama o en un sofá todo lo que le queda de vida. Si su marido estuviese mutilado o enfermo, o hubiese resultado herido en un accidente de coche, sería diferente. Eso podía entenderlo. Si se tratase de algo así, sabía que podría soportarlo. Entonces, si él tuviera que vivir en el sofá y ella tuviera que darle allí la comida, tal vez hasta llevarle la cuchara a la boca, eso habría tenido cierto encanto. Pero que su marido, un hombre joven y además sano, se aficionara al sofá de aquel modo y no quisiera levantarse salvo para ir al cuarto de baño o encender la televisión por la mañana y apagarla por la noche, eso era diferente. Le daba vergüenza; y, excepto por aquella vez, no habló de ello con nadie. No le dijo nada más al respecto a su amiga, cuyo tío se había metido en cama hacía veintitrés años y aún seguía allí, por lo que Sandy sabía.

       Un día regresó a casa del trabajo a última hora de la tarde, estacionó el coche y entró por la puerta de la cocina. Oyó que la televisión estaba en marcha en el cuarto de estar. La cafetera estaba en el fogón, a fuego lento. Desde donde estaba, con el bolso en la mano, podía mirar al cuarto de estar y ver el respaldo del sofá y la pantalla de la televisión. Por la pantalla se movían siluetas. Los pies descalzos de su marido sobresalían por un extremo del sofá. Por el otro, apoyada en un cojín atravesado en el brazo del sofá, vio la cabeza. No se movía. Podía estar o no dormido, y podía o no haberla oído entrar. Pero decidió que daba lo mismo, de todos modos. Dejó el bolso en la mesa y fue al frigorífico a coger un yogur. Pero al abrir la puerta, le vino un aire cálido y con olor a cerrado. No podía creer el desbarajuste que había dentro. El helado que había en el congelador se había derretido y había caído sobre las porciones de pescado y la ensalada de col. El helado había caído en la fuente del arroz y formaba un charco en la parte inferior de la nevera. Había helado por todas partes. Abrió la puerta del congelador. Sintió una bocanada de un olor asqueroso que le dio arcadas. El helado cubría la base del compartimiento y se adensaba en torno a un paquete de kilo de hamburguesas. Presionó el envoltorio de celofán que cubría la carne, y el dedo se le hundió en el paquete. Las chuletas de cerdo también se habían descongelado. Todo estaba descongelado, incluyendo otras porciones de pescado, un paquete de carne para asar y dos comidas chinas de Chef Sammy. Igual que las salchichas y la salsa casera de spaghetti. Cerró la puerta del congelador y sacó de la nevera el cartón de yogur. Levantó la tapa y lo olió. Entonces fue cuando gritó a su marido.
       —¿Qué pasa? —preguntó él, incorporándose y mirando por encima del respaldo del sofá—. ¡Eh!, ¿qué ha ocurrido?
       Se pasó la mano por el pelo un par de veces. Ella no estaba segura de si había estado durmiendo todo el tiempo o qué.
       —Este puñetero frigorífico se ha estropeado —dijo Sandy—. Eso es lo que pasa.
       Su marido se levantó del sofá y bajó el volumen de la televisión. Luego la apagó y se dirigió a la cocina.
       —Déjame verlo. ¡Oye, es increíble!
       —Míralo tú mismo. Todo se ha echado a perder.
       Su marido miró en el interior de la nevera y en su rostro apareció una expresión muy grave. Luego husmeó en el congelador y vio cómo estaban las cosas.
       —¿Qué vamos a hacer? —preguntó.
       Montones de cosas le pasaron a Sandy de pronto por la cabeza, pero no dijo nada.
       —¡Maldita sea! Las desgracias nunca vienen solas. Mira, esta nevera no puede tener más de diez años. Estaba casi nueva cuando la compramos. Mis padres tuvieron un frigorífico que les duró veinticinco años. Se lo regalaron a mi hermano cuando se casó. Funcionaba muy bien. Pero, ¿qué es lo que pasa?
       Se puso a mirar por el estrecho espacio que había entre la nevera y la pared.
       —No lo entiendo —dijo, meneando la cabeza—. Está enchufado.
       Entonces agarró el frigorífico y lo movió de atrás hacia adelante. Apoyó el hombro contra él y lo retiró unos centímetros Dentro, algo se cayó de un estante y se rompió.
       —¡Mierda! —exclamó.
       Sandy se dio cuenta de que seguía sosteniendo el yogur. Fue al cubo de la basura, levantó la tapa y lo tiró.
       —Tendré que freírlo todo esta noche —dijo.
       Se imaginó ante el fogón, friendo la carne, poniendo las cosas en la sartén y en el horno.
       —Necesitamos una nevera nueva —anunció.
       El no contestó. Echó otra mirada al congelador y movió la cabeza de un lado a otro.
       Sandy pasó por delante de él y empezó a sacar cosas de los estantes y a ponerlas sobre la mesa. El la ayudó. Sacó la carne del congelador y puso los paquetes encima de la mesa. Luego sacó lo demás y lo puso también sobre la mesa, en otro sitio. Después de quitarlo todo, cogió toallas de papel y la esponja de fregar los platos y empezó a limpiar el interior de la nevera.
       —Nos hemos quedado sin freón —dijo, dejando de limpiar—. Eso es lo que ha pasado. Ha habido un escape de freón. Ha ocurrido algo y el freón se ha salido. Ya lo he visto alguna vez en neveras de otra gente.
       Ahora estaba tranquilo Empezó a limpiar otra vez.
       —Es el freón —repitió.
       Sandy dejó lo que estaba haciendo y le miró.
       —Necesitamos otra nevera —insistió.
       —Ya lo has dicho. ¿Y de dónde vamos a sacarla? No crecen en los árboles.
       —Tenemos que conseguir una. ¿Es que no nos hace falta? A lo mejor, no. A lo mejor podemos poner los artículos perecederos en la ventana, como siguen haciendo en las ciudades dormitorio. O si no, podríamos comprar una de esas portátiles e ir por hielo todos los días.
       Puso una lechuga y unos tomates sobre la mesa, junto a los paquetes de carne. Luego se sentó en un taburete y se llevó las manos a la cabeza.
       —Vamos a comprar otra nevera —afirmó su marido—. Pues claro. Nos hace falta una, ¿no? No podemos estar sin frigorífico Pero la cuestión es dónde podemos conseguirlo y cuánto estamos en condiciones de pagar. Debe haber millones de aparatos usados en los anuncios de la prensa. Espera, voy a ver qué hay en el periódico. Soy un especialista en anuncios.
       Ella se quitó las manos de la cara y le miró.
       —Sandy, en el periódico encontraremos una buena nevera de ocasión —prosiguió su marido—. La mayoría están hechas para durar toda la vida. Esa nuestra, por Dios que no sé lo que le ha pasado. Es la segunda vez en la vida que veo a un frigorífico irse a la mierda por las buenas. —Y añadió, mirando de nuevo al frigorífico—: ¡Qué mala suerte!
       —Trae el periódico —dijo ella—. A ver qué hay.
       —No te preocupes.
       Salió de la cocina, fue a la mesita, rebuscó entre el montón de periódicos y volvió con los anuncios por palabras. Ella apartó a un lado los alimentos para que él pudiera extender las páginas. El se sentó. Sandy miró al periódico y luego a la comida descongelada.
       —Tengo que freír las chuletas de cerdo esta noche —dijo—. Y las hamburguesas. Y también los filetes y el pescado. Sin olvidar la comida china.
       —Esa mierda de freón —dijo él—. Apesta.
       Empezaron a leer los anuncios por palabras. El seguía con el dedo una columna y luego otra. Pasó rápidamente por la sección de
OFERTAS DE EMPLEO. Sandy vio cruces junto a un par de ellas, pero no se fijó en lo que estaba señalado. Eso no tenía importancia. Había una columna titulada MATERIAL DE ACAMPADA. Entonces lo encontraron: ELECTRODOMESTICOS NUEVOS Y USADOS.
       —Aquí —dijo ella, poniendo el dedo en el periódico.
       Su marido le retiró el dedo.
       —Vamos a ver —dijo.
       Ella volvió a poner el dedo donde antes.
       —«Frigoríficos, hornillos, lavadoras, secadoras», etc. —dijo ella, leyendo los encabezamientos de los anuncios—. «Subasta pública.» ¿Qué es eso? Subasta pública.
       Siguió leyendo.
       —«Electrodomésticos a escoger, nuevos y de ocasión, todos los jueves por la noche.» Subasta a las siete. Es hoy. Hoy es jueves. La subasta es esta noche. Y ese sitio no queda muy lejos. Está en la calle Pine. He debido pasar por allí centenares de veces. Y tú también. Ya sabes dónde es. Al lado de Baskin-Robbins.
       Su marido no dijo nada. Miraba fijamente el anuncio. Alzó la mano y se tiró del labio inferior con dos dedos.
       —Subasta pública —repitió.
       —Vamos. ¿Qué dices? Te vendrá bien salir, y a lo mejor encontramos una nevera. Dos pájaros de un tiro —dijo.
       —En la vida he ido a una subasta. Y me parece que ahora no tengo ganas de ir a una.
       —¡Venga! —dijo Sandy—. ¿Qué te pasa? Es divertido. Hace años que no voy a ninguna, desde que era niña. Iba con mi padre.
       De pronto sintió grandes deseos de acudir a la subasta.
       —Tu padre.
       —Sí, mi padre.
       Miró a su marido, esperando que dijera algo más. Era lo mínimo. Pero no dijo nada.
       —Las subastas son divertidas —insistió.
       —Quizá sí, pero no quiero ir.
       —También necesito una lámpara para la mesilla de noche —prosiguió Sandy—. Deben de tener.
       —Mira, necesitamos muchas cosas. Pero yo no tengo trabajo, ¿recuerdas?
       —Yo voy a ir a esa subasta —afirmó ella—. Tanto si vienes como si no. Harías bien en venir. Pero me da igual. Por si quieres saberlo, me tiene sin cuidado. Pero yo voy.
       —Te acompañaré. ¿Quién ha dicho que no iría?
       La miró y luego apartó la vista. Cogió el periódico y leyó de nuevo el anuncio.
       —No sé nada de subastas. Pero hay que probarlo todo. ¿Sabes de alguien que haya ido a una subasta a comprar una nevera?
       —No. Pero lo haremos de todos modos.
       —De acuerdo.
       —Bueno —dijo ella—. Pero sólo si te apetece ir de verdad.
       El asintió con la cabeza.
       —Será mejor que empiece a guisar. Freiré ahora las chuletas de cerdo y cenaremos. Lo demás puede esperar. Después lo haré todo. Al volver de la subasta. Pero hay que darse prisa. El periódico dice que es a las siete en punto.
       —A las siete —repitió él.
       Se levantó de la mesa y se dirigió al cuarto de estar, donde se puso a mirar un momento por la ventana. Un coche pasó por la calle. Se llevó los dedos al labio. Ella le vio sentarse en el sofá y coger el libro. Lo abrió por el sitio habitual. Pero en seguida lo dejó y se tumbó. Le vio reposar la cabeza en el cojín colocado en el brazo del sofá. Se lo ajustó debajo de la cabeza y se puso las manos en la nuca. Luego se quedó quieto. Poco después le vio poner los brazos a los costados.
       Sandy dobló el periódico. Se levantó y fue al cuarto de estar sin hacer ruido. Miró por encima del respaldo del sofá. Tenía los ojos cerrados. Su pecho apenas se movía al respirar. Volvió a la cocina y puso una sartén en el fogón. Lo encendió y puso aceite en la sartén. Empezó a freír chuletas de cerdo. Había ido a subastas con su padre. Pero casi todas eran de animales de granja. Creía recordar que su padre siempre intentaba vender o comprar una ternera. A veces, se subastaba maquinaria agrícola o artículos domésticos. Pero sobre todo eran de ganado. Después, cuando su padre y su madre se divorciaron y ella se fue a vivir con su madre, su padre le escribió diciéndole que echaba de menos su compañía en las subastas. En la última carta que le envió, cuando ella era adulta y vivía con su marido, le dijo que había comprado una preciosidad de coche en una subasta por doscientos dólares. Si ella hubiera estado allí, le decía, le habría comprado uno. Tres semanas después, por una llamada de teléfono que recibió en plena noche, se enteró de que había muerto. El coche que había comprado tenía un escape de monóxido de carbono que se filtraba por el suelo y que le causó un desmayo cuando estaba al volante. Vivía en el campo. El motor siguió funcionando hasta que se acabó la gasolina. Permaneció varios días en el coche hasta que alguien le encontró.
       Empezaba a salir humo de la sartén. Echó más aceite y conectó el extractor. Hacía veinte años que no iba a una subasta, y ahora se disponía a ir a una aquella misma noche. Pero antes tenía que freír la carne. Era mala suerte que se les hubiera estropeado el frigorífico, pero se sorprendió al ver que estaba impaciente por acudir a la subasta. Empezó a echar de menos a su padre. Y también a su madre, aunque los dos solían discutir todo el tiempo antes de que ella conociese a su marido y se casara. De pie ante el fuego, dio vuelta a las chuletas y sintió la falta de su padre y de su madre.
       Sin que desapareciera esa impresión, cogió un paño y quitó la sartén del fuego. El extractor aspiraba el humo que subía del fogón. Sin dejar la sartén se acercó a la puerta y miró al cuarto de estar. La sartén seguía humeante y gotas de grasa y de aceite saltaban por encima del borde. En la penumbra de la habitación, apenas distinguía la cabeza de su marido y sus pies descalzos.
       —Ven —dijo ella—. Ya está listo.
       —Muy bien —contestó él.
       Le vio levantar la cabeza por encima del brazo del sofá. Volvió a poner la sartén en el fogón y fue hacia el armario. Cogió dos platos y los colocó en la repisa. Con la espumadera sacó una chuleta y la puso en un plato. No parecía carne. Era como un omoplato corroído, o una herramienta para cavar. Pero ella sabía que era una chuleta de cerdo, y sacó la otra de la sartén y la puso en el otro plato.
       Al cabo de un momento, su marido apareció en la cocina. Miró una vez más a la nevera, con la puerta abierta. Y luego se fijó en las chuletas de cerdo. Abrió la boca, pero no dijo nada. Ella esperó a que dijera algo, cualquier cosa, pero siguió callado. Puso sal y pimienta encima de la mesa.
       —Siéntate —dijo, dándole un plato en el que yacían los restos de una chuleta de cerdo—. Quiero que te lo comas.
       El cogió el plato. Pero se quedó allí de pie, mirándolo. Entonces, ella se volvió para coger el suyo. Retiró el periódico y colocó los alimentos descongelados en el otro extremo de la mesa.
       —Siéntate —repitió a su marido.
       El se pasó el plato de una mano a la otra. Pero permaneció en pie. Fue entonces cuando ella vio los charquitos de agua sobre la mesa. También lo oyó. Caía agua de la mesa al suelo de linóleo.
       Bajó la cabeza y vio los píes descalzos de su marido. Miró aquellos pies junto a una charco de agua. Sabía que en la vida volvería a ver algo tan raro. Pero no sabía qué hacer. Pensó que lo mejor sería pintarse un poco los labios, coger el abrigo y marcharse a la subasta. Pero no podía apartar la vista de los pies de su marido. Dejó el plato en la mesa y se quedó mirando hasta que los pies salieron de la cocina y volvieron al cuarto de estar.



Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar