Raymond Carver
(1939-1988)

¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?
(“Will You Please Be Quiet, Please?”)
Originalmente publicado en December (1966)
Will You Please Be Quiet, Please? (1976)
Collected Stories (2009)



1


      Cuando a los dieciocho años iba a marcharse por primera vez a vivir fuera de casa, Ralph Wyman recibió de labios de su padre, director de la Jefferson Elementary School y trompeta solista en la Weaverville Elks Club Auxiliary Band, el consejo de que la vida era un asunto serio de verdad, una empresa que exigía fuerza y determinación en los jóvenes que empezaban a levantar el vuelo, una tarea ardua —era de todos sabido—, pero también gratificante. Tal era la creencia del padre de Ralph Wyman, y así se lo hizo saber a su hijo.
       Pero en la universidad las metas de Ralph se hicieron más bien imprecisas. Pensaba que quería ser médico, y pensaba asimismo que quería ser abogado, así que se matriculó en el preparatorio de medicina y también en cursos de historia de la jurisprudencia y de derecho mercantil, hasta que decidió que carecía tanto del desapego emocional necesario para el ejercicio de la medicina como de la capacidad de leer sin tregua ni tasa que requería la carrera de leyes, en especial si tal lectura tenía que ver con la propiedad y la herencia. Aunque siguió asistiendo a clases de ciencias y de temas mercantiles, Ralph se apuntó también a cursos de filosofía y literatura, y un día se sintió al borde de una suerte de descubrimiento trascendental acerca de sí mismo. Revelación que nunca tuvo lugar. Fue en este período —su momento de mayor decaimiento, como lo llamaría después— cuando Ralph creyó casi sucumbir a una depresión nerviosa. Pertenecía a una hermandad de estudiantes, y dio en beber todas las noches. Bebía tanto que llegó a ser una celebridad, y recibió el sobrenombre de «Jackson», en honor del barman de The Keg.
       Más tarde, en su tercer año, Ralph sucumbió al influjo de un profesor particularmente persuasivo, el doctor Maxwell. Ralph no lo olvidaría jamás. Era un hombre guapo y atractivo, de poco más de cuarenta años, de modales exquisitos y con un leve acento del sur. Se había educado en Vanderbilt, había estudiado luego en Europa, y más tarde había tenido que ver con una o dos revistas literarias de la costa este. Casi de la noche a la mañana —según explicaría Ralph después—, decidió dedicarse a la enseñanza. Dejó de beber con exceso, empezó a concentrarse en el estudio, y en el curso de aquel año fue elegido miembro de la Omega Psi, la hermandad nacional de periodismo. Entró asimismo en el English Club. Y fue invitado a tocar el violoncelo —llevaba ya tres años sin practicar— en un grupo estudiantil de música de cámara que se estaba formando. Incluso se presentó con éxito a delegado del último curso. Y entonces conoció a Marian Ross, una chica pálida, delgada y atractiva que se sentaba junto a Ralph en el seminario sobre Chaucer.
       Marian Ross tenía el pelo largo y solía llevar jerseys de cuello alto e iba siempre de un lado para otro con un bolso de piel de larga bandolera. De ojos grandes, parecía captarlo todo al primer golpe de vista. A Ralph le gustaba salir con Marian Ross. Iban a The Keg y a un par de sitios más que todos frecuentaban, pero jamás permitían que el salir juntos —ni su ulterior compromiso el verano siguiente— interfiriera en sus estudios. Eran estudiantes serios, y sus padres respectivos acabaron por dar su aprobación al compromiso. Ralph y Marian hicieron las prácticas de enseñanza en primavera, en la misma escuela secundaria de Chico, y en junio se presentaron juntos a los exámenes de graduación. Y dos semanas después se casaron en la iglesia episcopaliana de St. James.
       La noche anterior se habían cogido de las manos y habían jurado preservar la emoción y el misterio del matrimonio, hasta el final de sus vidas.
       De luna de miel fueron a Guadalajara, y mientras disfrutaban visitando las iglesias en ruinas y los mal iluminados museos, y dedicando las tardes a comprar y a husmear en la plaza del mercado, Ralph se sentía íntima y secretamente horrorizado ante la miseria y la abierta lujuria que veía por doquiera, y anhelaba regresar a la seguridad de California. Pero la visión que habría de recordar siempre y que más lo turbó no tenía nada que ver con México. Atardecía, anochecía casi, y Marian estaba inclinada hacia adelante, inmóvil, con los brazos apoyados sobre la balaustrada de hierro de la casita alquilada, y Ralph subía por el polvoriento sendero que ascendía hasta la puerta. Marian tenía el pelo muy largo, y le colgaba por delante de los hombros, y no le miraba a él sino hacia otra parte, en dirección a algo perdido en la lejanía. Llevaba una blusa blanca y un fular de un rojo vivo al cuello, y Ralph pudo apreciar el vehemente empuje de sus senos contra la tela blanca. Ralph llevaba bajo el hombro una botella de vino oscuro y sin etiqueta, y el episodio entero le trajo a la memoria cierta secuencia fílmica, un momento de honda intensidad dramática en el que Marian podía tener cabida, pero no él.
       Antes de salir de luna de miel habían aceptado sendos puestos docentes en una escuela secundaria de Eureka, una pequeña ciudad de la región forestal del norte del estado. Transcurrido un año, una vez seguros de que la escuela y la ciudad eran exactamente lo que deseaban para fijar su residencia, pagaron la entrada de una casa en el distrito de Fire Hill. Ralph tenía la sensación —sin haber pensado nunca en ello realmente— de que Marian y él se entendían perfectamente, o al menos tanto como cualquier pareja. Notaba, además, que se entendía a sí mismo: sabía de lo que era capaz y de lo que no; cuáles eran las metas a las que su mesurada valoración de sí mismo le permitía aspirar.
       Sus dos hijos, Dorothea y Robert, tenían ahora cinco y cuatro años. Meses después de nacer Robert, a Marian le ofrecían un puesto de profesora auxiliar de francés e inglés en el colegio universitario de primer ciclo situado a un extremo de la ciudad, y Ralph siguió en la escuela secundaria. Ambos se consideraban una pareja feliz, y en el firmamento de su matrimonio no había habido sino un solo nubarrón, y lejano ya en el tiempo: el próximo invierno haría dos años. Era algo de lo que no habían vuelto a hablar desde entonces. Pero Ralph pensaba en ello a veces (estaba dispuesto a admitir, de hecho, que pensaba en ello cada día más y más). Cada vez con más frecuencia se presentaban ante sus ojos imágenes pavorosas, ciertos inconcebibles pormenores. Porque se le había metido en la cabeza la idea de que su mujer le había sido infiel una vez con un hombre llamado Mitchell Anderson.

       Pero ahora era un domingo de noviembre por la noche y los niños estaban ya dormidos y Ralph, medio adormilado en el sofá, corregía unos ejercicios. De la cocina, donde Marian estaba planchando, le llegaba el suave sonido de la radio, y se sentía enormemente feliz. Siguió con la mirada fija en los ejercicios durante un rato, y al cabo los recogió y apagó la lámpara.
       —¿Has acabado, amor? —dijo Marian con una sonrisa cuando vio a su marido en la puerta de la cocina. Estaba sentada en un taburete alto, y dejó la plancha en posición vertical como si hubiera estado esperándole.
       —No, maldita sea —dijo, haciendo una mueca exagerada y tirando los ejercicios sobre la mesa.
       Ella se rió —con una risa sonora, grata— y le acercó la cara para que la besara, y él le dio un beso fugaz en la mejilla. Luego apartó una silla de la mesa, y se sentó, se echó hacia atrás hasta dejar al aire las dos patas delanteras y la miró. Ella volvió a sonreír, y luego bajó la mirada.
       —Estoy medio dormido —dijo él.
       —¿Café? —dijo ella, alargando la mano y poniendo el dorso contra la cafetera.
       Ralph negó con la cabeza.
       Ella cogió el cigarrillo encendido del cenicero, dio unas chupadas mientras miraba hacia el suelo y lo volvió a dejar en el cenicero. Miró a Ralph, y una cálida expresión se dibujó en su semblante. Era una mujer alta y de cuerpo flexible, con generosos pechos, caderas estrechas y grandes y maravillosos ojos.
       —¿Piensas alguna vez en aquella fiesta? —preguntó a su marido, sin dejar de mirarle en ningún momento.
       Aturdido, Ralph se movió en la silla y dijo:
       —¿Qué fiesta? ¿Te refieres a aquella de hace dos o tres años?
       Ella asintió.
       Él aguardó, y cuando vio que ella no hacía ningún otro comentario, dijo:
       —¿Qué me dices de aquella fiesta? Ahora que la sacas a relucir, ¿qué pasó en aquella fiesta? —Y luego dijo—: Bueno, te besó; aquella noche te besó, ¿no es eso? Quiero decir que lo sé, que sé que te besó. Trató de besarte, ¿no es cierto?
       —Estaba pensando en ello ahora y te lo he preguntado, eso es todo —dijo ella—. A veces pienso en ello —dijo.
       —Bien, lo hizo, ¿no es eso? Vamos, Marian… —dijo.
       —¿Piensas alguna vez en aquella noche? —dijo ella.
       Él dijo:
       —En realidad no. Fue hace mucho tiempo, ¿no te parece? Hace tres o cuatro años. Ahora ya puedes contármelo —dijo—. Estás hablando conmigo, y sigo siendo el viejo «Jackson», ¿te acuerdas? —Ambos se echaron a reír de pronto, al unísono, y de forma igualmente repentina ella dijo—: Sí. Me besó unas cuantas veces. —Y sonrió.
       Él sabía que debía esbozar una sonrisa gemela, pero le resultó imposible hacerlo. Dijo:
       —Siempre me has dicho que no llegó a besarte. Que sólo te pasó el brazo por los hombros mientras conducía. ¿Así que en qué quedamos?
       «¿Por qué lo has hecho?», decía ella como en un sueño. «¿Dónde has estado toda la noche?», gritaba él, de pie e inclinado sobre ella, con las piernas desmadejadas, con el puño echado hacia atrás para golpear de nuevo. Luego ella decía: «No he hecho nada. ¿Por qué me has pegado?».
       —¿Cómo es que estamos hablando de esto? —dijo ella.
       —Tú lo has sacado a relucir —dijo él.
       Marian sacudió la cabeza.
       —No sé lo que me ha hecho pensar en ello. —Se succionó el labio superior y miró al suelo. Luego irguió los hombros y alzó los ojos—. Si me quitas de aquí la tabla de la plancha, cariño, prepararé una taza de algo caliente. Un ron con azúcar. ¿Qué te parece?
       —Estupendo —dijo él.
       Marian fue a la sala y encendió la lámpara y se agachó para recoger una revista del suelo. Ralph miró sus caderas, que adivinaba bajo la falda escocesa de lana. Marian se acercó a la ventana y se quedó mirando el farol de la calle. Se alisó la falda con la palma de la mano, y luego empezó a meterse la blusa. Ralph se preguntó si ella se estaría preguntando si la estaba mirando.
       Después de guardar la tabla de la plancha en su hueco del porche, volvió a sentarse en la cocina, y cuando vio entrar a Marian dijo:
       —Bien, ¿qué más pasó entre tú y Mitchell Anderson aquella noche?

       —Nada —dijo Marian—. Estaba pensando en otra cosa.
       —¿En qué?
       —En los niños, en el vestido que quiero comprarle a Dorothea para Pascua. Y en la clase de mañana. Pensaba en cómo va a sentarles un poco de Rimbaud —dijo, y se echó a reír—. Me ha salido sin querer, quiero decir la rima, de verdad. Y de verdad, Ralph, no pasó nada más. Siento haber sacado a colación el asunto.
       —Muy bien —dijo Ralph.
       Se levantó y fue a apoyarse contra la pared, junto al frigorífico y miró cómo Marian echaba azúcar en dos tazas y luego añadía el ron y revolvía con una cucharilla. El agua empezaba a hervir en el fuego.
       —Mira, cariño, el caso es que ha salido a colación —dijo—. Y que sucedió hace cuatro años, así que no veo razón por la que no podamos hablar de ello si queremos hacerlo. ¿Hay alguna?
       Ella dijo:
       —Pero lo cierto es que no hay nada de que hablar.
       Él dijo:
       —Me gustaría saber.
       Ella dijo:
       —¿Saber qué?
       —Qué más hizo aparte de besarte. Somos adultos. No hemos visto a los Anderson literalmente hace años, y lo más probable es que no volvamos a verlos nunca, y la cosa sucedió hace mucho tiempo, así que ¿qué razón puede haber para que no hablemos de ello? —Al concluir se sintió un tanto sorprendido ante el timbre discursivo de su voz. Se sentó y miró el mantel, y luego alzó los ojos y volvió a mirar a Marian—. ¿Y bien? —dijo.
       —Bien —dijo ella con sonrisa traviesa, ladeando la cabeza como una chiquilla, recordando—. No, Ralph, de veras. Preferiría no seguir con esto.
       —¡Por el amor de Dios, Marian! Ahora hablo en serio —dijo, y comprendió de pronto que era cierto.
       Marian apagó el fuego del agua hirviendo, alargó la mano y la puso sobre el taburete; luego volvió a sentarse en él y apoyó los talones sobre el estribo de abajo. Se inclinó hacia adelante, con los brazos cruzados sobre las rodillas. Los pechos exhibían su pujanza bajo la blusa. Se quitó algo de la falda y levantó la mirada.
       —Recordarás que Emily se había ido a casa en el coche de los Beatty, y que Mitchell, no sé por qué, se había quedado. Aquella noche parecía de mal humor. Eso para empezar. No sé, puede que no se llevaran bien, él y Emily, pero no puedo asegurarlo. Y nos quedamos tú y yo, los Franklin y Mitchell Anderson. Todos un poco borrachos. No estoy segura de cómo sucedió, Ralph, pero el caso es que Mitchell y yo nos encontramos juntos y a solas unos minutos en la cocina, y que no quedaba whisky, sólo una botella mediada de aquel vino blanco que tomamos. Debían de ser poco menos de la una, porque Mitchell dijo: «Si volamos con gigantescas alas aún podemos llegar a la tienda de licores antes de que cierren». Ya sabes lo teatral que podía ser cuando quería. Sus modos saltarines, la mímica. Bueno, el caso es que estaba muy ingenioso. Al menos me lo pareció entonces. Y muy borracho. Lo mismo que yo, para ser franca. Fue un impulso, Ralph. No sé por qué lo hice, no me lo preguntes, pero cuando dijo que nos fuéramos… accedí. Salimos a la parte de atrás, donde tenía aparcado el coche. Nos fuimos así… tal y como estábamos… sin coger los abrigos del armario. Pensamos que no íbamos a tardar apenas. No sé lo que pensamos, lo que pensé. No sé por qué fui, Ralph. Fue un impulso equivocado. —Hizo una pausa—. Me equivoqué aquella noche, Ralph, y lo siento. No debí hacer una cosa semejante… que no debí hacerlo.
       —¡Cristo! —La maldición le brotó de los labios—. ¡Pero tú siempre has sido así, Marian! —dijo, y supo al instante que había expresado una profunda verdad.
       Su mente se anegó de un hervidero de acusaciones, y trató de ceñirse a una en particular. Se miró las manos y apreció en ellas el mismo tacto sin vida de aquel día en que la había visto en el balcón de la casita de Guadalajara. Cogió el lápiz rojo que utilizaba para corregir ejercicios, y luego lo volvió a dejar sobre la mesa.
       —Te escucho —dijo.
       —¿Que me escuchas? —dijo ella—. Sueltas maldiciones y te pones hecho una furia, Ralph. Por nada… ¡por nada, cariño! No hay nada más —dijo.
       —Continúa —dijo él.
       Ella dijo:
       —¿Qué es lo que nos pasa, Ralph? ¿Sabes cómo ha empezado todo esto? Porque yo no tengo la menor idea.

       Ralph dijo:
       —Continúa, Marian.
       —Eso es todo, Ralph —dijo ella—. Ya te lo he dicho. Dimos una vuelta en coche. Charlamos. Y me besó. Todavía sigo sin entender cómo pudimos tardar tres horas… o lo que dijiste que tardamos.
       —Cuéntamelo, Marian —dijo él. Sabía que había más, y sabía que lo había sabido siempre. Sintió un aleteo en el estómago, y dijo—: No. Si no quieres contármelo, déjalo. De hecho creo que prefiero dejar la cosa como está —dijo. Tuvo el pensamiento fugaz de que si no se hubiera casado estaría en cualquier otra parte haciendo algo distinto aquella noche, de que si no se hubiera casado podría estar en algún lugar silencioso y apacible.
       —Ralph —dijo Marian—, ¿no irás a enfadarte, verdad, Ralph? Estamos hablando, nada más. ¿No te enfadarás, verdad? —Se había sentado en una de las sillas de la mesa.
       Ralph dijo:
       —No, no voy a enfadarme.
       Ella dijo:
       —¿Me lo prometes?
       Él dijo:
       —Te lo prometo.
       Marian encendió un cigarrillo. Ralph sintió de pronto un intenso deseo de ver a los niños, de sacarlos de la cama, de levantar sus cuerpos pesados y agitados en el sueño y sentárselos en las rodillas y hacerlos trotar hasta que despertaran. Luego fijó toda su atención en uno de los minúsculos coches de caballos negros del mantel.
       Cuatro diminutos y fogosos caballos blancos tiraban de cada coche; la figura del cochero llevaba un alto sombrero y tenía los brazos levantados, y en la parte superior de los coches se veían maletas atadas con correas, y si Ralph estaba escuchando a Marian lo hacía desde el interior del coche que acaparaba su atención.
       —… Fuimos directamente hasta la tienda de licores, y yo le esperé en el coche. Salió con una bolsa de papel en una mano y una de esas de plástico para cubitos en la otra. Al ir a subir al coche se tambaleaba un poco. No me di cuenta de lo borracho que estaba hasta que lo vi otra vez al volante. Me di perfecta cuenta de cómo conducía. Iba increíblemente despacio. Totalmente encorvado sobre el volante. Y con la mirada fija hacia adelante. Charlábamos de multitud de cosas sin pizca de sentido. No me acuerdo bien. Charlamos de Nietzsche. De Strindberg. Él tenía que hacer el montaje de La señorita Julia el segundo semestre. Luego comentó algo sobre la puñalada en el pecho de Norman Mailer a su mujer. Y luego paró un momento en medio de la carretera. Tomamos un trago de la botella. Dijo que le parecía odiosa la idea de que me apuñalaran a mí en el pecho. Dijo que le gustaría besarme en el pecho. Arrancó y salió de la carretera y aparcó en el arcén. Bajó la cabeza y la puso sobre mi regazo…
       Siguió hablando apresuradamente, y Ralph siguió sentado con las manos juntas sobre la mesa y la mirada en sus labios. Luego sus ojos recorrieron la cocina: los hornillos, el soporte de las servilletas, el horno, los armarios, la tostadora…, y de nuevo sus labios, el coche de caballos del mantel. Notó un extraño deseo de Marian que le aleteaba en la entrepierna, y luego sintió el incesante y rítmico vaivén del coche, y quiso gritar «Deténgase» y oyó que Marian decía:
       —Y dijo que por qué no probábamos. —Y añadió después—: La culpa fue mía. Yo soy la culpable. Dijo que lo decidiera yo, que haríamos lo que yo quisiera.
       Ralph cerró los ojos. Sacudió la cabeza, trató de concebir otras posibilidades, otros desenlaces. Llegó a preguntarse si sería posible reconstruir aquella noche de dos años atrás, e imaginó que entraba en la cocina en el instante mismo en que ellos estaban ya en la puerta, que le decía a Marian en tono enérgico: «¡Oh no, no, tú no vas a ninguna parte con Mitchell Anderson! Este tipo está borracho, y por si fuera poco es un pésimo conductor, y tú tienes que acostarte para levantarte mañana con Robert y Dorothea, ¡así que quieta! ¡No te muevas de aquí!».
       Abrió los ojos. Marian se había llevado una mano a la cara y lloraba ruidosamente.
       —¿Por qué lo hiciste, Marian? —preguntó Ralph.
       Marian sacudió la cabeza sin alzar la vista.
       ¡Entonces Ralph lo supo! Su mente acusó el impacto. Por espacio de unos instantes no pudo sino mirarse muda y fijamente las manos. ¡Lo sabía! Y la mente le rugió al constatar que lo sabía.
       —¡Cristo! ¡No! ¡Marian! ¡Cristo bendito! —dijo, apartándose bruscamente de la mesa—. ¡Cristo! ¡No, Marian!
       —No, no —dijo ella, echando hacia atrás la cabeza.
       —¡Te dejaste! —gritó él.
       —No, no —suplicó ella.
       —¡Te dejaste! ¡Accediste a probarlo! ¿No es cierto? ¿No es cierto? ¡A probarlo! ¿No fueron ésas sus palabras? ¡Contéstame! —gritó—. ¿Se corrió dentro? ¿Le permitiste correrse dentro mientras lo estabais probando?
       —Escucha, escúchame, Ralph —dijo ella, lloriqueando—. Te juro que no lo hizo. No se corrió. No se corrió dentro de mí. —Se balanceaba sobre la silla.
       —¡Oh, Dios! ¡Maldita seas! —gritó él.
       —¡Santo Dios! —dijo ella, levantándose y extendiendo las manos hacia adelante—. ¿Estamos locos, Ralph? ¿Hemos perdido el juicio? ¿Ralph? Perdóname, Ralph. Perdóname…
       —¡No me toques! ¡Apártate de mí! —dijo, gritando a voz en cuello.
       Marian, asustada, empezó a jadear. Trató de cortarle el paso, pero él la cogió por los hombros y la arrojó hacia un lado.
       —¡Perdóname, Ralph! ¡Por favor, Ralph! —gritó Marian.



2


       Antes de continuar hubo de detenerse y apoyarse contra un coche. Dos parejas que llevaban vestidos de etiqueta venían hacia él por la acera, y uno de los hombres estaba contando una anécdota en voz alta. Los otros reían. Ralph se apartó del coche y cruzó la calle. Minutos después llegó a Blake’s, donde algunas tardes, antes de recoger a los niños de la guardería, solía entrar con Dick Koenig a tomar una cerveza.
       El bar estaba en penumbra. Sobre las mesas de uno de los lados se veían botellas de largo cuello con velas encendidas. Ralph entrevió vagas formas de hombres y mujeres que charlaban con las cabezas muy juntas. Una de las parejas, que ocupaba una mesa cerca de la puerta, dejó de hablar y alzó la vista para mirarle. En el techo giraba un artilugio en forma de caja que lanzaba largas lenguas de luz. Al fondo del bar vio dos hombres sentados y la oscura figura de otro hombre inclinado sobre la máquina de discos recortada en un rincón, con los brazos extendidos y las manos a ambos lados del cristal. Ese hombre va a poner un disco, pensó Ralph, como si acabara de hacer un descubrimiento trascendental, y se quedó inmóvil en medio del local, observándole.
       —¡Ralph! ¡Mr. Wyman, señor!
       Ralph miró en torno. Era David Parks, que le llamaba desde detrás de la barra. Ralph se acercó hacia él, se apoyó pesadamente en la barra y dejó caer su peso sobre un taburete.
       —¿Le pongo una, Mr. Wyman? —Parks le sonreía con un vaso en la mano. Ralph asintió con un gesto. Luego miró cómo Parks llenaba el vaso, cómo lo ladeaba bajo el grifo e iba enderezándolo a medida que la cerveza lo colmaba.
       —¿Cómo le va, Mr. Wyman? —dijo Parks, alzando el pie y poniéndolo sobre una grada, bajo la barra—. ¿Quién va a ganar el partido de la semana que viene, Mr. Wyman? —Ralph sacudió la cabeza y se llevó la cerveza a los labios. Parks tosió débilmente—. Le invito a una, Mr. Wyman. Esta la pago yo.
       Bajó la pierna, movió la cabeza para ratificar su invitación y se metió la mano en el bolsillo, bajo su mandil de barman.
       —Toma. Yo llevo cambio —dijo Ralph, y sacó unas monedas. Extendió la mano y se quedó mirándolas: una de cuarto, una de cinco centavos, dos de diez, dos centavos. Las contó como si su número encerrara alguna clave. Dejó el cuarto de dólar encima de la barra, se bajó del taburete y se metió las demás en el bolsillo. El hombre de la máquina de discos seguía con las manos a ambos lados del cristal.
       Una vez fuera, Ralph miró a su alrededor tratando de decidir qué dirección tomar. El corazón le latía con fuerza, como si hubiera estado corriendo. La puerta del bar se abrió a su espalda y salió una pareja. Ralph se apartó hacia un lado y el hombre y la mujer subieron a un coche aparcado junto al bordillo, y Ralph vio que la mujer, al ocupar su asiento, se echaba hacia atrás el pelo, y cayó en la cuenta de que jamás había visto nada tan aterrador.
       Fue hasta el final de la manzana, cruzó la calle y caminó hasta la esquina siguiente. Entonces decidió ir al centro. Caminó de prisa, con las manos cerradas en los bolsillos, golpeando con ruido el pavimento. Parpadeaba una y otra vez; le parecía increíble que aquél fuera el lugar donde vivía. Sacudió la cabeza. Habría querido sentarse un rato en algún sitio y reflexionar sobre ello, pero sabía que no podía sentarse a reflexionar sobre ello. Recordó que en cierta ocasión, en Arcata, había visto a un hombre sentado en un bordillo, un viejo de desaliñada barba que estaba allí sentado, con los brazos entre las piernas. Y entonces pensó: ¡Marian! ¡Dorothea! ¡Robert! Era imposible. Trató de imaginar qué pensaría de todo aquello dentro de veinte años. Pero no era capaz de imaginar nada. Y luego imaginó que interceptaba una nota que se pasaban sus alumnos, una nota que decía: «¿Qué tal si probamos?». Y ya no pudo pensar. Se sintió profundamente indiferente. Luego pensó en Marian. Pensó en Marian tal como la había visto hacía un rato, con la cara encogida y arrugada. Y luego en Marian en el suelo, con sangre en los dientes. «¿Por qué me has pegado?». ¡Y luego en Marian metiéndose la mano bajo el vestido para desabrocharse el liguero! ¡En Marian levantándose la falda mientras se echaba hacia atrás! En Marian cachonda, en Marian pidiendo a gritos: ¡Córrete! ¡Córrete! ¡Córrete!
       Se detuvo. Sintió que iba a vomitar. Se acercó al bordillo. Tragó saliva una y otra vez. Alzó la vista hacia un coche lleno de quinceañeros que le dedicaron al pasar una larga secuencia de su claxon melódico. Sí, una colosal maldad tiraba del mundo, pensó, y sólo necesita una pequeña rampa, una pequeña brecha.

       Llegó a Second Street, a la parte de la ciudad que la gente llamaba «Calle Dos». Empezaba allí, en Shelton, bajo la farola donde terminaba la hilera de viejas casas de huéspedes, y seguía a lo largo de cuatro o cinco manzanas hasta desembocar en el muelle, donde los pescadores amarraban sus embarcaciones. Había estado allí una vez, seis años atrás, en una tienda de viejo, husmeando entre los polvorientos estantes de ajados libros. En la acera de enfrente había una tienda de licores, y tras la puerta de cristal vio a un hombre de pie, hojeando un periódico.
       Sonó una campanilla en lo alto de la puerta. El tintineo hizo que se le saltaran casi las lágrimas. Compró cigarrillos, salió y siguió andando, mirando los escaparates. En algunos había anuncios pegados: un baile, el circo Shrine, que había estado en la ciudad el verano pasado, unas elecciones: Fred C. Walters para concejal. A través de una de las lunas vio pilas y juntas de tubería diseminadas sobre un gran tablero, y también aquello le movió casi hasta las lágrimas. Pasó ante un gimnasio de la cadena Vic Tanney. A través de las cortinas echadas en una enorme cristalera se filtraba la luz del interior, y oyó el chapoteo del agua de la piscina y el animado rumor de las voces —de los bañistas. Ahora la calle estaba más iluminada había bares y cafés en ambas aceras—, y más concurrida: grupos de tres o cuatro personas, y de cuando en cuando un hombre solo o una mujer con pantalones chillones que caminaba de prisa. Se paró ante un local y miró cómo unos negros jugaban al billar americano en una atmósfera de humo, bajo la luz cenital que iluminaba la mesa. Uno de ellos, con el sombrero puesto y un cigarrillo en la boca, entizaba el taco y decía algo a un compañero, y ambos rieron, y el hombre del sombrero miró luego a las bolas con suma atención y se inclinó sobre la mesa.
       Ralph se detuvo frente a Jim’s Oyster House. Nunca había estado allí, nunca había estado en ninguno de aquellos locales. El rótulo, sobre la puerta, exhibía el nombre con letras de bombillas amarillas: JIM’S OYSTER HOUSE. Encima de él, y asentada sobre una parrilla de hierro, se veía una descomunal almeja con luces de neón de cuyas valvas sobresalían las piernas de un hombre. Con el torso dentro de la concha, se le iluminaban y apagaban las piernas con un centelleo rojo, y se agitaban de arriba abajo como si estuviera pataleando. Ralph encendió un cigarrillo con la colilla del anterior y empujó la puerta.
       El local estaba atestado. La gente se apiñaba en la pista de baile: las parejas aguardaban abrazadas a que la orquesta siguiera tocando. Ralph se abrió paso hacia la barra, y en el camino una mujer ebria le agarró de la chaqueta. No había taburetes, y hubo de quedarse de pie al fondo de la barra, entre un hombre del servicio de guardacostas y un hombre apergaminado que llevaba vaqueros. En el espejo vio que los músicos se levantaban de una mesa. Llevaban camisa blanca y pantalones oscuros y una fina corbata roja de lazo. Junto al estrado de la orquesta había una chimenea con un fuego de gas tras un montón de leña artificial. Uno de los músicos pulsó las cuerdas de su guitarra eléctrica, y dijo algo a sus colegas con una sonrisa de complicidad. La orquesta empezó a tocar.
       Ralph alzó el vaso y lo apuró. Oyó que una mujer decía airadamente en la barra: «Bien, aquí va a haber lío, sólo te digo esto». La orquesta concluyó una pieza, y dio comienzo a otra. El bajo se adelantó hasta el micrófono y empezó a cantar. Pero Ralph no entendía la letra. Cuando la orquesta hizo otra pausa, Ralph buscó con la mirada los aseos. Al otro extremo del local vio puertas que se abrían y cerraban, y se dirigió hacia ellas. Se tambaleaba un poco al andar, y supo que estaba ya borracho. Sobre una de las puertas había unas astas de venado. Vio que un hombre la empujaba para entrar, y que otro la sujetaba y después salía. Una vez dentro, mientras hacía cola detrás de tres hombres, se vio mirando fijamente unos muslos abiertos y una vulva dibujados en la pared, sobre una máquina de peines de bolsillo. Debajo se leía CÓMEME, y alguien había añadido más abajo: Betty M, la come RA-52275. El hombre que le precedía avanzó un puesto, y Ralph dio un paso hacia adelante, con el corazón oprimido a causa de Betty. Por fin subió al urinario y orinó. Una descarga líquida se restalló contra la loza. Suspiró, se inclinó hacia adelante, dejó que su cabeza descansara sobre la pared. Oh, Betty, pensó. Luego creyó entender que su vida había cambiado. ¿Había otros hombres —se preguntó entre los humores del alcohol— capaces de mirar a un evento dado de sus vidas y percibir en él el infinitesimal embrión de la catástrofe que habría de cambiar el curso de sus vidas? Siguió allí quieto unos instantes, y al cabo miró hacia abajo: se había orinado encima de los dedos. Se acercó al lavabo, desechó la idea de utilizar la mugrienta pastilla de jabón y dejó que el agua corriera sobre sus manos. Al tirar del rollo de papel para secarse, acercó la cara al espejo moteado de manchas y se miró los ojos. Simplemente una cara, nada extraordinario. Tocó el espejo, y luego se apartó para dejar que un hombre utilizara el lavabo.
       Al salir vio otra puerta al fondo del pasillo. Fue hasta ella y miró a través del cristal y vio a cuatro hombres que jugaban a las cartas en torno a un tapete verde. A Ralph se le antojó un recinto inmensamente quieto y apacible; los movimientos de los jugadores, lánguidos y callados, parecían preñados de sentido. Se quedó allí, pegado al cristal, contemplando la escena hasta que se percató de que los hombres lo miraban.
       De vuelta en la pista, se oyó un floreo de guitarras, y la gente empezó a aplaudir y a lanzar silbidos. Una mujer gorda de mediana edad en traje de noche blanco era instada a subir al estrado de los músicos. Ella se resistía, pero Ralph pudo ver que fingía su negativa. Al cabo aceptó el micrófono e hizo una pequeña reverencia. El público silbó y pateó con regocijo. Ralph supo de pronto que nada podría salvarlo sino el estar dentro de aquel recinto observando a los jugadores. Sacó la billetera, y mantuvo las manos sobre los bordes mientras comprobaba el dinero que tenía. La mujer del estrado empezó a cantar con voz grave e indolente.

       El hombre que daba las cartas levantó la mirada.
       —¿Se ha decidido a entrar en la partida? —dijo, mirando a Ralph de pies a cabeza y fijando de nuevo la atención en la mesa. Los otros alzaron la vista un instante, y volvieron a seguir el reparto en abanico de las cartas. Luego cogieron cada cual las suyas, y el hombre que daba la espalda a Ralph expulsó el aire por la nariz ruidosamente, se volvió en su silla y lanzó una mirada airada.
       —¡Benny, trae una silla! —ordenó el hombre que daba las cartas a un viejo que barría entre las patas de una mesa con sillas vueltas del revés sobre el tablero. El hombre que daba las cartas era un tipo corpulento; llevaba una camisa blanca abierta por el cuello y cuyas mangas apenas remangadas dejaban al descubierto unos antebrazos de negro vello tupido y rizado. Ralph inspiró honda, largamente.
       —¿Quiere beber algo? —preguntó Benny, acercando una silla a la mesa.
       Ralph le dio un dólar al viejo y se quitó la chaqueta. El viejo la cogió y al salir la colgó junto a la puerta. Dos de los hombres corrieron hacia un lado las sillas y Ralph se sentó frente al hombre que daba las cartas.
       —¿Cómo le va? —dijo el hombre que daba las cartas, sin levantar la mirada.
       —Muy bien, gracias —dijo Ralph.
       El hombre que daba las cartas dijo con voz suave, con la mirada aún baja:
       —Póquer a la baja: cartas ganadoras, del as al cinco. Se juega sólo hasta el resto; revoque máximo, cinco dólares.
       Ralph asintió con la cabeza, y cuando se jugó la mano compró quince dólares en fichas. Miró el veloz vuelo de las cartas sobre el tapete verde; fue levantando las suyas, haciendo resbalar la que recibía bajo una esquina de la anterior, como había visto hacer a su padre. En determinado instante alzó los ojos y miró las caras de los jugadores. Se preguntó si alguna vez le habría sucedido lo que a él a alguno de ellos.
       Al cabo de media hora había ganado dos manos, y, sin necesidad de contar el pequeño montón de fichas que tenía ante él, calculó que aún debía de tener unos quince dólares, o incluso veinte. Pagó otra copa con una ficha, y de pronto cayó en la cuenta de que llevaba recorrido un largo camino aquella noche, un largo camino en la vida. Jackson, pensó. Sí, podía ser Jackson.
       —¿Va o no va? —preguntó uno de los jugadores—. Clyde, por el amor de Dios, ¿de cuánto es la apuesta? —dijo dirigiéndose al hombre que daba las cartas.
       —Tres dólares —dijo el hombre que daba las cartas.
       —Voy —dijo Ralph—. Yo voy. —Echó tres fichas sobre el tapete.
       El hombre que daba las cartas alzó los ojos, y luego volvió a mirar sus cartas.
       —Veo que le apetece un poco de acción… Podemos ir a mi casa cuando acabemos esta partida —dijo.
       —No, está bien —dijo Ralph—. Ya he tenido acción suficiente por esta noche. Me acabo de enterar esta misma noche. Mi mujer me la pegó con un tipo hace dos años. Me he enterado esta noche. —Se aclaró la garganta.
       Uno de los hombres dejó las cartas y se dio fuego al cigarro. Miró a Ralph mientras lo encendía, apagó la cerilla y volvió a coger sus cartas.
       El hombre que daba las cartas alzó la mirada, puso sobre la mesa las manos abiertas, unas manos oscuras, de vello muy rizado y negro.
       —¿Trabaja aquí en la ciudad? —preguntó a Ralph.
       —Vivo aquí —dijo Ralph. Se sentía esquilmado, espléndidamente vacío.
       —¿Jugamos o no? —dijo uno de los hombres—. ¿Eh, Clyde?
       —Para el carro —dijo el hombre que daba las cartas.
       —Por el amor de Dios —dijo el otro con voz suave.
       —¿De qué se ha enterado esta noche? —dijo el hombre que daba las cartas.
       —Mi mujer —dijo Ralph—. Lo he sabido esta noche.

       En el callejón sacó la billetera y contó el dinero que le quedaba: dos dólares… y debía de tener moneda en el bolsillo. Lo suficiente para comer algo. Pero no tenía hambre. Se apoyó contra el muro, encorvado, y trató de pensar. Entró un coche en el callejón, se detuvo, reculó hacia la entrada. Ralph echó a andar. Volvió sobre sus pasos. Caminaba pegado a la pared de los edificios, apartado de los ruidosos grupos de hombres y mujeres que iban y venían por la acera. Oyó que una mujer con un abrigo largo le decía a su pareja: «Que no es así, Bruce. No entiendes nada».
       Llegó a la tienda de licores. Entró, fue hasta el mostrador y estudió la larga y ordenada hilera de botellas. Compró media pinta de ron y un paquete de cigarrillos. Le habían llamado la atención las palmeras de la etiqueta, las exuberantes y caídas frondas con la laguna al fondo… pero de pronto cayó en la cuenta: ¡era ron! Se sintió al borde del desmayo. El empleado, un hombre delgado y calvo, con tirantes, metió la botella en una bolsa, marcó el precio en la caja y le dirigió un guiño.
       —¿Qué, le ha salido alguna cosilla esta noche? —dijo.
       Afuera, Ralph echó a andar hacia el muelle. Pensó que le agradaría ver el agua con las luces reflejadas sobre su superficie. Pensó en cómo manejaría el doctor Maxwell un asunto como el suyo, y sin dejar de andar metió la mano en la bolsa, sacó la botella y rompió el precinto. Se detuvo ante una puerta, bebió un largo trago y pensó que lo que haría el doctor Maxwell sería sentarse con elegancia junto al borde del agua. Cruzó unas viejas vías de tranvía y se internó en una calle aún más oscura. Le llegaba ya el ruido de las olas que rompían bajo el muelle, y luego oyó que alguien se movía a su espalda. Un negro menudo con cazadora de cuero se plantó ante él y dijo:
       —Quieto ahí un momento, viejo. —Ralph trató de esquivarle y pasar por un costado, pero el hombre dijo—: ¡Cristo, chiquillo, es mi pie lo que estás pisando! —Antes de que Ralph pudiera echar a correr el negro le golpeó con fuerza el estómago, y cuando Ralph gimió y se dejó caer hacia adelante, el negro volvió a golpearle en la nariz con la mano abierta. Ralph cayó hacia atrás contra el muro, y fue derrumbándose hasta quedar sentado en el suelo, con una pierna doblada bajo su peso, y se incorporaba ya trabajosamente, cuando el negro le alcanzó en plena cara con la mano abierta y lo derribó contra la acera.



3


       Tenía la mirada fija en un punto, y entonces las vio. Eran docenas, y revoloteaban y se precipitaban en línea recta justo debajo de las espesas nubes: aves marinas, aves que llegaban desde el océano a aquella hora de la mañana. La calle estaba oscura por la bruma que aún descendía despacio, y hubo de avanzar con tino para no pisar los caracoles que se arrastraban pesadamente por la acera mojada. Un coche con los faros encendidos aminoró la marcha al pasar a su altura. Pasó otro coche. Y luego otro. Miró en torno: obreros de los aserraderos, se dijo entre dientes. Era lunes. Torció una esquina, pasó por delante de Blake’s: persianas echadas, botellas vacías de pie junto a la puerta, cual centinelas. Hacía frío. Apretó el paso cuanto pudo; de cuando en cuando cruzaba los brazos, se frotaba los hombros. Llegó, al fin, a su casa y vio la luz del porche encendida, las ventanas a oscuras. Cruzó el césped y fue hacia la parte de atrás. Hizo girar el pomo y la puerta se abrió sin ruido. La casa estaba en silencio. El taburete seguía junto a la escurridera. Vio la mesa donde hablan estado sentados. Se había levantado del sofá, había entrado en la cocina, se había sentado. ¿Qué más había hecho? No había hecho nada más. Miró el reloj de encima de la cocina. A través de la puerta veía el comedor, la mesa con el mantel de encaje, el pesado centro de mesa de cristal, con sus flamencos rojos de alas extendidas, y al otro extremo las cortinas abiertas. ¿Había estado Marian junto a la ventana, esperándole? Pasó a la sala, pisó la alfombra. Vio el abrigo de Marian echado sobre el sofá, y a la débil claridad entrevió también un gran cenicero lleno de colillas… de los cigarrillos con filtro de Marian. Al pasar ante la mesita vio una guía telefónica abierta. La puerta de su dormitorio estaba entreabierta. Todo parecía abierto. Durante un instante se resistió a mirarla en la cama, pero al cabo empujó un poco la puerta. Estaba dormida, con la cabeza fuera de la almohada, vuelta hacia la pared. Su pelo negro se recortaba sobre la sábana, y las mantas, que se habían salido del pie de la cama, formaban un ovillo sobre sus hombros. Estaba de costado, con su cuerpo íntimo doblado por las caderas. Se quedó mirándola. ¿Qué debía hacer? ¿Coger sus cosas e irse? ¿A un hotel? ¿Tomar ciertas medidas? ¿Cómo debía actuar un hombre, dadas las circunstancias? Comprendió que lo hecho hecho estaba. Pero no entendía qué es lo que debía hacer ahora. La casa estaba silenciosa, muy silenciosa. Se sentó a la mesa de la cocina y recostó la cabeza sobre los brazos. No sabía qué hacer. Y no sólo ahora, pensó, no sólo en esto, pensó, no sólo a este respecto, hoy y mañana, sino ningún día, en ningún momento, nunca. Oyó un bullicio infantil. Al ver que los niños entraban en la cocina se incorporó y trató de sonreír.
       —Papi, papi —dijeron a un tiempo, y Ralph vio sus menudos cuerpos viniendo hacia él a la carrera.
       —Cuéntanos un cuento, papi —dijo el niño, encaramándose a sus rodillas.
       —No puede contarnos un cuento —dijo la niña—. Es demasiado temprano. ¿No es verdad, papi?
       —¿Qué te pasa en la cara, papi? —dijo su hijo, apuntando con el dedo.
       —¡Déjame ver! —dijo su hija—. Déjame ver, papi.
       —Pobre papá —dijo su hijo.
       —¿Qué te has hecho en la cara, papá? —dijo su hija.
       —No es nada —dijo Ralph—. No pasa nada, cariño. Ahora bájate, Robert. Oigo a tu madre.
       Ralph se deslizó de prisa hasta el cuarto de baño y cerró la puerta con pestillo.

       —¿Está ahí papá? —oyó decir a Marian—. ¿Dónde está, en el cuarto de baño? ¿Ralph?
       —¡Mamá, mamá! —gritó la niña—. ¡Papá se ha hecho una herida en la cara!
       —¡Ralph! —Marian trató de abrir la puerta—. Ralph, déjame entrar, por favor, cariño. ¿Ralph? Por favor, cariño, déjame entrar. Quiero verte. ¿Ralph? ¡Por favor!
       —Vete, Marian —dijo él.
       —No puedo irme —dijo ella—. Ralph, por favor, abre la puerta un segundo, cariño. Sólo quiero verte. Ralph. ¿Ralph? Los niños dicen que te has hecho unas heridas. ¿Qué ha pasado, cariño? ¿Ralph?
       —Vete —dijo él.
       —Ralph, abre la puerta, por favor —dijo ella.
       Él dijo:
       —¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?
       Oyó cómo se quedaba en la puerta, esperando. Luego vio que el pomo giraba de nuevo, y luego la oyó en la cocina, yendo de un lado para otro, dando el desayuno a los niños, tratando de responder a sus preguntas. Se quedó largo rato mirándose al espejo. Se hizo muecas. Ensayó diversos semblantes. Y al cabo desistió. Se apartó del espejo, se sentó en el borde de la bañera y empezó a soltarse los cordones de los zapatos. Se quedó allí sentado con un zapato en la mano, mirando los raudos veleros que surcaban el mar azul de la cortina de plástico de la ducha. Pensó en los negros cochecitos de caballos del mantel y casi gritó: ¡Deténgase! Se desabrochó la camisa, se inclinó sobre la bañera con un suspiro y puso el tapón en el desagüe. Abrió el grifo del agua caliente, e instantes después empezó a ascender el vaho.
       Permaneció desnudo sobre las baldosas antes de meterse en el baño. Se cogió entre los dedos la carne fláccida de la zona de las costillas. Volvió a mirarse en el espejo empañado. Se sobresaltó al oír que Marian lo llamaba por su nombre.
       —Ralph, los niños están jugando en su cuarto. He llamado a Von Williams y le he dicho que hoy no irás a dar clases. Yo también voy a quedarme en casa. —Luego dijo—: Estoy preparándote un estupendo desayuno, cariño. Para cuando acabes de bañarte. ¿Ralph?
       —Cállate, ¿quieres? —dijo él.
       Siguió encerrado en el baño hasta que oyó a Marian en el cuarto de los niños. Estaba vistiéndoles, y les preguntaba si no querían jugar con Warren y Roy. Salió del baño, atravesó la casa, entró en el dormitorio y cerró la puerta. Miró la cama, y luego se acostó. Permaneció boca arriba, con la mirada fija en el techo. Se había levantado del sofá, había entrado en la cocina y… y se había sentado. Al ver que Marian entraba en el cuarto cerró los ojos de inmediato y se dio la vuelta hacia un costado. Marian se quitó la bata y se sentó en el borde de la cama. Deslizó una mano bajo las mantas y empezó a acariciarle la parte baja de la espalda.
       —Ralph —dijo Marian.
       Tensó los músculos ante el contacto de sus dedos, y luego cedió un poco. Era más fácil ceder un poco. Marian le pasaba la mano por la cadera, por el vientre, y ahora apretaba su cuerpo contra el suyo y se movía sobre él, gravitando aquí y allá sobre su cuerpo. Se contuvo —se diría más tarde— cuanto pudo. Y al cabo se dio la vuelta. Se daba la vuelta una vez y otra en lo que podía haber sido un reparador y espléndido sueño, y seguía dándose la vuelta, maravillado ante los imposibles cambios que sentía bullir en su interior.


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