Raymond Carver
(1939-1988)

Fiebre
(“Fever”)
Originalmente publicado en North American Review (1983);
Cathedral (1983);
Collected Stories (2009)


A John Cheever

      Carlyle estaba en apuros. Así había estado todo el verano, desde que le dejó su mujer a principios de junio. Pero hasta hacía poco, justo unos días antes de empezar las clases en el instituto, Carlyle no había necesitado a nadie que le cuidara los niños. El se había ocupado de ellos. Los había atendido día y noche. Su madre, les dijo, estaba haciendo un largo viaje.
       Debbie, la primera niñera que localizó, era una muchacha gorda de diecinueve años que, según le dijo, provenía de familia numerosa. Los niños la querían, aseguró. Dio un par de nombres como referencia. Los escribió a lápiz en un trozo de papel de cuaderno. Carlyle lo cogió, lo dobló y se lo guardó en el bolsillo de la camisa. Le dijo que tenía reuniones al día siguiente. Que podía empezar a trabajar por la mañana.
       —Muy bien —dijo ella.
       Comprendió que comenzaba una nueva época de su vida. Eileen se marchó mientras Carlyle aún estaba pasando las actas. Dijo que se iba a California del Sur para empezar una nueva vida. Se fue con Richard Hoopes, uno de los compañeros de instituto de Carlyle. Hoopes era profesor de arte dramático e instructor de fabricación de vidrio soplado y, al parecer, había entregado las notas a tiempo, recogido sus cosas y abandonado la ciudad a toda prisa con Eileen. Ahora, con el largo y penoso verano detrás y las clases a punto de comenzar de nuevo, Carlyle se había finalmente ocupado del tema de encontrar niñera. Sus primeros intentos resultaron fallidos. Desesperando de encontrar a alguien —a cualquiera—, se quedó con Debbie.
       Al principio, agradeció que la muchacha respondiera a su solicitud. Le confió la casa y los niños como si se tratara de una parienta. De modo que a nadie había de culpar sino a sí mismo, a su propio descuido, de eso estaba seguro, cuando un día de la primera semana de clase llegó pronto a casa y paró en el camino de entrada junto a un coche con dos enormes dados de franela colgando del espejo retrovisor. Para su sorpresa, vio a sus hijos en el jardín, con la ropa sucia, jugando con un perro lo bastante grande como para arrancarles las manos de un mordisco. Su hijo, Keith, tenía hipo y había estado llorando. Sarah, su hija, empezó a berrear cuando le vio bajar del coche. Estaban sentados en la hierba, y el perro les lamía la cara y las manos. El perro le gruñó y luego se apartó un poco cuando Carlyle se acercó a sus hijos. Cogió en brazos a Keith y luego a Sarah. Con un niño en cada brazo se acercó a la puerta. Dentro de la casa, el tocadiscos sonaba tan alto que las ventanas delanteras vibraban.
       En la sala de estar, tres adolescentes se pusieron en pie de un salto abandonando sus asientos alrededor de la mesita. Encima de ella había botellas de cerveza y en el cenicero humeaban cigarrillos. Rod Stewart aullaba en el estéreo. En el sofá, Debbie, la muchacha gorda, se sentaba con otro chico. Miró a Carlyle con estúpida incredulidad cuando entró en la sala de estar. La muchacha gorda tenía la blusa abierta. Con las piernas recogidas bajo el cuerpo, fumaba un cigarrillo. La sala de estar estaba llena de humo y de música. La muchacha gorda y su amigo se levantaron a toda prisa del sofá.
       —Mister Carlyle, espere un momento —dijo Debbie—. Deje que le explique.
       —No me expliques nada —dijo Carlyle—. Largaos de aquí. Todos. Antes de que os eche yo.
       Sujetó a los niños con más fuerza.
       —Me debe cuatro días —dijo la muchacha gorda, tratando de abotonarse la blusa. Aún tenía el cigarrillo entre los dedos. Mientras intentaba abotonarse, se le cayó la ceniza—. Hoy no. Por hoy no me debe nada. Mister Carlyle, no es lo que parece. Pasaron a escuchar este disco.
       —Lo entiendo, Debbie.
       Dejó a los niños sobre la alfombra. Pero ellos se quedaron pegados a sus piernas, mirando a la gente que había en la sala de estar. Debbie los miró y meneó la cabeza despacio, como si nunca antes les hubiera puesto la vista encima.
       —¡Fuera, maldita sea! —exclamó Carlyle—. Venga. Vamos. Todos vosotros.
       Fue a la puerta y la abrió. Los chicos se comportaban como si no tuvieran verdadera prisa. Cogieron sus cervezas y se encaminaron despacio hacia la puerta. El disco de Rod Stewart seguía sonando.
       —El disco es mío —dijo uno de ellos.
       —Cógelo —repuso Carlyle.
       Dio un paso hacia el muchacho y se detuvo.
       —No me toque, ¿eh? Simplemente, no me toque —dijo el chico.
       Se acercó al tocadiscos, alzó el brazo, lo apartó y quitó el disco mientras el plato seguía girando.
       A Carlyle le temblaban las manos.
       —Si ese coche no está fuera del camino dentro de un minuto, uno solo, llamaré a la policía.
       Sentía vértigo y estaba ciego de ira. Vio bailar lucecitas delante de sus ojos; las vio de verdad.
       —Oiga, escuche, que ya nos vamos, ¿eh? —dijo el muchacho—. Nos vamos.
       Salieron de la casa en fila india. Afuera, la muchacha gorda trastabilló un poco. Fue hacia el coche dando bandazos. Carlyle la vio detenerse y llevarse las manos a la cara. Así se quedó en el camino durante un momento. Luego uno de los chicos la empujó por detrás llamándola por su nombre. Ella dejó caer los brazos y subió al asiento trasero del coche.
       —Papá os pondrá ropa limpia —dijo Carlyle a sus hijos, tratando de mantener firme la voz—. Os bañaré y os pondré ropa limpia. Luego saldremos a comer una pizza. ¿Qué os parece tina pizza?
       —¿Dónde está Debbie? —le preguntó Sarah.
       —Se ha ido —contestó Carlyle.

       Por la noche, después de acostar a los niños, llamó a Carol, la compañera de instituto con la que salía desde hacía un mes. Le contó lo que había pasado con la niñera.
       —Mis niños estaban en el jardín con un perro enorme, tan grande como un lobo. La niñera estaba en la casa con una pandilla de gamberros amigos suyos. Tenían a Rod Stewart sonando a toda pastilla, y se estaban emborrachando mientras los niños jugaban en el jardín con ese perro extraño.
       Se llevó los dedos a las sienes y allí los dejó mientras hablaba.
       —¡Santo Dios! —dijo Carol—. Pobrecito mío, cuánto lo siento.
       No la oía con claridad. Se la imaginó dejando que el aparato le resbalara hasta la barbilla, como tenía costumbre de hacer mientras hablaba por teléfono. Se lo había visto hacer. Era un hábito que él encontraba un tanto irritante. ¿Quería que ella fuese a su casa?, preguntó Carol. Porque iría. Llamaría a su niñera. Y luego se acercaría a su casa. A ella le gustaría. No debía tener miedo de decirle cuándo tenía necesidad de afecto, le dijo. Carol era una de las secretarias del despacho del director del instituto donde Carlyle daba clases de arte. Estaba divorciada y tenía un hijo, un niño neurótico de diez años a quien su padre llamó Dodge en honor a su automóvil.
       —No, está bien —repuso Carlyle—. Pero te lo agradezco. Gracias, Carol. Los niños están acostados, pero creo que me sentiría un poco raro teniendo compañía esta noche, ¿sabes?
       Ella no insistió.
       —Siento lo que ha pasado, cariño. Pero entiendo que quieras estar solo esta noche. Lo respeto. Te veré mañana en el instituto.
       Carlyle notó que esperaba a que él dijera algo más.
       —Ya son dos niñeras en menos de una semana. Esto me va a volver loco.
       —No te deprimas por eso, cariño —dijo ella—. Ya saldrá algo. Este fin de semana te ayudaré a encontrar a alguien. Todo se arreglará, ya verás.
       —Gracias por responder cuando te necesito —dijo él—. No hay muchas como tú, ¿sabes?
       —Buenas noches, Carlyle —se despidió ella.
       Después de colgar, lamentó que no se le hubiera ocurrido decir otra cosa diferente de lo que había dicho. En la vida había hablado así. No mantenían relaciones amorosas, él no las llamaría así, aunque ella le gustaba. Carol sabía que él atravesaba una mala época, y no le exigía nada.
       Después de que Eileen se marchara a California, Carlyle había pasado con los niños cada minuto del primer mes. Pensaba que ello obedecía a la impresión de su marcha, pero no quería perderlos de vista ni un momento. Desde luego no tenía interés en ver a otras mujeres, y durante un tiempo pensó que nunca sería capaz de hacerlo. Se sentía como si estuviera de luto. Pasaba el día y la noche en compañía de sus hijos. Guisaba para ellos —él no tenía apetito—, lavaba y planchaba su ropa, los llevaba al campo, donde cogían flores y comían bocadillos envueltos en papel encerado. Iban con él al supermercado, donde les dejaba coger lo que quisieran. Y cada pocos días iban al parque, a la biblioteca o al zoológico. Llevaban pan duro al zoo para echárselo a los patos. Por la noche, antes de acostarlos, Carlyle les leía a Esopo, Andersen, los hermanos Grimm.
       —¿Cuándo vuelve mamá? —le preguntaba uno de ellos en medio de un cuento.
       —Pronto —contestaba él—. Un día de éstos. Ahora, escuchad.
       Luego leía el cuento hasta el final, les daba un beso y apagaba la luz.
       Y mientras dormían, él recorría las habitaciones de la casa con un vaso en la mano, diciéndose que sí, que Eileen volvería tarde o temprano. Y al momento siguiente, decía: «No quiero volver a verte más. Nunca te lo perdonaré, zorra indecente.» Y poco después: «Vuelve, cariño, por favor. Te quiero y te necesito. Los niños también te necesitan.» Aquel verano se había quedado dormido algunas noches delante de la televisión, y se había despertado con el aparato en marcha y la pantalla llena de nieve. Era la época en que pensaba que no vería a ninguna mujer durante mucho tiempo, si es que salía con una alguna vez. Por la noche, sentado delante de la televisión con una revista o un libro sin abrir junto a él, en el sofá, solía pensar en Eileen. Cuando lo hacía, recordaba su risa, tan dulce, o su mano dándole masaje en el cuello cuando se quejaba de tenerlo dolorido. En esas ocasiones casi llegaba al borde de las lágrimas. Había pensado que esas cosas sólo les ocurrían a los demás.
       Poco antes del incidente con Debbie, cuando la impresión y la pena se habían suavizado un poco, telefoneó a una agencia de colocaciones para explicarles la situación y lo que necesitaba. Anotaron los datos y le dijeron que ya le llamarían. No había mucha gente que quisiera encargarse de la limpieza y de cuidar niños, le dijeron, pero encontrarían a alguien. Pocos días antes de ir al instituto para las reuniones y las matrículas, volvió a llamar y le dijeron que por la mañana temprano alguien iría a su casa.
       Se trataba de una mujer de treinta y cinco años con brazos velludos y zapatos gastados. Ella le dio la mano y le escuchó sin hacerle una sola pregunta sobre los niños, ni siquiera cómo se llamaban. Cuando la llevó a la parte de atrás de la casa, donde jugaban los niños, se limitó a mirarlos durante un momento sin decir nada. Cuando al fin sonrió, Carlyle vio que le faltaba un diente. Sarah dejó sus lápices de colores, se acercó a ellos y se quedó al lado de su padre. Tomó la mano de Carlyle y miró a la mujer. Keith también la observaba. Luego siguió pintando. Carlyle le dio las gracias por haber ido y le dijo que ya la llamaría.
       Por la tarde anotó un número del tablón de anuncios del supermercado. Alguien ofrecía sus servicios para cuidar niños.
       Daban referencias si era necesario. Carlyle marcó el número y le contestó Debbie, la gorda.

       En el verano, Eileen había enviado a los niños unas postales, cartas, fotografías suyas y algunos dibujos a plumilla que había hecho desde que se marchó. También envió a Carlyle cartas largas y llenas de divagaciones en las que le pedía su comprensión respecto al asunto —a este asunto—, pero le explicaba que era feliz. Feliz. Como si la felicidad lo fuese todo en la vida, pensaba Carlyle. Le decía que si la quería realmente, tal como afirmaba y tal como ella creía verdaderamente —y ella también le quería, que no lo olvidara—, entonces debía de entender y aceptar las cosas como eran. Escribió: «Lo que está unido de verdad jamás podrá desunirse.» Carlyle no estaba seguro de si se refería a sus propias relaciones o a su forma de vida en California. Aborrecía la palabra unido. ¿Qué tenía que ver con ellos? ¿Pensaba Eileen que eran una sociedad anónima? Se dijo que Eileen debía estar perdiendo la cabeza para hablar así. Volvió a leer el párrafo y arrugó la carta.
       Pero unas horas después sacó la carta de la papelera donde la había tirado y la guardó junto con las demás cartas y tarjetas en una caja, en un estante de su armario. En uno de los sobres había una fotografía de ella en traje de baño, con un sombrero flexible de alas anchas. Y también un dibujo a lápiz en papel grueso que representaba una mujer a la orilla de un río con una túnica transparente, los ojos tapados con las manos y los hombros hundidos. Era, supuso Carlyle, Eileen, que mostraba su pesar por la situación. En la universidad, se había licenciado en Bellas Artes y, aun cuando accedió a casarse con él, le dijo que tenía intención de cultivar su talento. Carlyle le contestó que él no lo aceptaría de otro modo. Era algo que se debía a sí misma, le dijo. Se lo debía a los dos. En aquella época se querían. Estaba convencido. No se imaginaba que jamás pudiera querer a otra mujer tanto como a ella. Y también se sentía querido. Luego, tras ocho años de matrimonio, Eileen se había ido de su lado. Como le decía en la carta, iba a «vivir su vida».
       Después de hablar con Carol echó una mirada a los niños, que estaban dormidos. Luego fue a la cocina y se preparó un trago. Pensó en llamar a Eileen para contarle el problema de las niñeras, pero decidió no hacerlo. Tenía su número de teléfono y su dirección, desde luego. Pero sólo había llamado una vez, hasta el momento, y no había escrito una sola carta. Ello se debía en parte a la sensación de que la situación le tenía confundido, y en parte a la ira y la humillación. Una vez, a principios de verano, después de unas copas, se arriesgó a la humillación y llamó. Richard Hoopes contestó al teléfono como si todavía fuesen amigos.
       —Hola, Carlyle —dijo.
       Luego, como si se acordara de algo, añadió:
       —Espera un momento, ¿eh?
       Se puso Eileen.
       —¿Qué tal, Carlyle? ¿Cómo están los niños? Háblame de ti.
       Le dijo que los niños estaban muy bien. Pero antes de que pudiera añadir nada más, le interrumpió.
       —Ya sé que ellos están bien. Pero, ¿y tú?
       Luego empezó a decirle que tenía la cabeza en su sitio por primera vez desde hacía mucho tiempo. A continuación le habló de su cabeza, de la de él, y de su karma. Había penetrado en su karma. Iba a mejorar en cualquier momento. Carlyle la escuchó, incapaz de dar crédito a sus oídos.
       —Tengo que irme ahora, Eileen —dijo, y colgó.
       El teléfono sonó un momento después, pero lo dejó sonar. Cuando se paró, lo descolgó y lo dejó así hasta la hora de acostarse.
       Ahora quería llamarla, pero le daba miedo. Aún la echaba de menos y sentía necesidad de confiar en ella. Ansiaba oír su voz —dulce, serena, sin los histerismos de los últimos meses—, pero si marcaba el número podría contestar Richard Hoopes. Carlyle no quería volver a oír la voz de aquel hombre. Durante tres años, Richard había sido su compañero y, según creía, una especie de amigo. Al menos era alguien con quien Carlyle almorzaba en el comedor del instituto, con quien hablaba de Tennessee Williams y de las fotografías de Ansel Adams. Pero aunque fuese Eileen quien contestase al teléfono, podría lanzarle una perorata acerca de su karma.
       Mientras estaba allí sentado con el vaso en la mano, tratando de recordar lo que era estar casado y tener una relación íntima con alguien, sonó el teléfono. Lo cogió, oyó ruidos en la línea y, antes de que el que llamaba dijera su nombre, supo que era Eileen..
       —Precisamente estaba pensando en ti —dijo Carlyle, que al momento se arrepintió de sus palabras.
       —¡Ves! Sabía que estabas pensando en mí, Carlyle. Bueno, yo también me acordaba de ti. Por eso te he llamado.
       Carlyle contuvo el aliento. Eileen estaba perdiendo la cabeza. Eso era evidente.
       —Y ahora, escucha —prosiguió ella—. La razón principal por la que llamo es que estoy segura de que las cosas no van muy bien ahora por ahí. No me preguntes cómo, pero lo sé. Lo siento, Carlyle. Pero es lo siguiente. Todavía te hace falta una asistenta que cuide a la vez de los niños, ¿no es cierto? ¡Pues tienes una en el barrio, prácticamente ahí mismo! Bueno, si ya has encontrado alguna y te vale, tanto mejor. Pero mira, en caso de que encuentres dificultades en ese terreno, hay una mujer que trabajó para la madre de Richard. Le expliqué a Richard el problema que podría haber y empezó a movilizarse. ¿Quieres saber lo que hizo? ¿Me escuchas? Llamó a su madre, que tuvo a esa mujer de asistenta. La mujer es la señora Webster. Se ocupaba de las cosas de la madre de Richard antes de que su tía y su hija fuesen a vivir con ella. Richard tiene su número, que se lo ha dado su madre. Ha hablado hoy con la señora Webster. La señora Webster te llamará esta noche. Y si no, lo hará por la mañana. Una cosa u otra. En cualquier caso, te ofrecerá sus servicios, si la necesitas. Y es probable; nunca se sabe. Aunque tengas solucionada la situación, cosa que espero. Pero podrías necesitarla alguna vez. ¿Sabes lo que te digo? Si no te hace falta en este momento, tal vez la necesites más adelante. ¿De acuerdo? ¿Cómo están los niños? ¿Qué travesura están haciendo?
       —Los niños están bien, Eileen. Están durmiendo.
       Quizá debería decirle que todas las noches lloraban hasta quedarse dormidos. Se preguntó si debería decirle la verdad, que no habían preguntado por ella ni una sola vez en las dos últimas semanas. Decidió no decírselo.
       —He llamado antes, pero la línea estaba sobrecargada. Le comenté a Richard que probablemente estarías hablando con tu amiga —dijo Eileen, riendo—. Sé optimista. Pareces deprimido.
       —Tengo que irme, Eileen.
       Se dispuso a colgar, apartándose el aparato de la oreja. Pero ella seguía hablando.
       —Di a Keith y Sarah que los quiero. Diles que les envío más cuadros. Díselo. No quiero que olviden que su madre es una artista. Quizá no muy importante todavía, pero da igual. Una artista, ya sabes. Es importante que no lo olviden.
       —Se lo diré —dijo Carlyle.
       —Saludos de Richard.
       Carlyle no contestó. Lo repitió para sus adentros: saludos. ¿Qué querría decir aquel hombre con esa palabra?
       —Gracias por llamar —dijo—. Gracias por hablar con esa mujer.
       —¡La señora Webster!
       —Sí. Será mejor que cuelgue ya. No quiero arruinarte.
       Eileen rió.
       —Sólo es dinero. El dinero no tiene importancia, salvo como un medio necesario de intercambio. Hay cosas más importantes que el dinero. Pero tú ya lo sabes.
       Apartó el teléfono y lo sostuvo delante de él. Miró al aparato del que salía la voz.
       —Las cosas te van a ir mejor, Carlyle. Lo sé. Quizá pienses que estoy loca o algo así. Pero acuérdate.
      

¿Acordarme de qué?, se preguntó alarmado Carlyle, pensando que se le debía haber escapado algo. Se acercó el aparato.
       —Gracias por llamar, Eileen.
       —Tenemos que estar en comunicación —repuso ella—. Hemos de mantener abiertos todos los canales de comunicación. Creo que ya ha pasado lo peor. Para los dos. Yo también he sufrido. Pero vamos a conseguir todo lo que la vida nos tiene reservado a los dos, y a la larga saldremos
fortalecidos de todo esto.
       —Buenas noches —dijo él.
       Colgó. Luego miró al teléfono. Esperó. No volvió a sonar. Pero lo hizo una hora después. Contestó.
       —Mister Carlyle —dijo una voz de mujer mayor—. Usted no me conoce, pero soy la señora de Jim Webster. Me dijeron que le llamase.
       —La señora Webster, sí —dijo él, recordando lo que le había dicho Eileen—. Señora Webster, ¿puede usted venir a mi casa por la mañana? Temprano. ¿Digamos a las siete?
       —Perfectamente —dijo la mujer—. A las siete. Déme su dirección.
       —Me gustaría poder contar con usted —dijo Carlyle.
       —Puede contar conmigo.
       —No se cómo decirle lo importante que es.
       —No se preocupe —dijo la mujer.
      

A la mañana siguiente, cuando sonó el despertador, le dieron ganas de no abrir los ojos y seguir soñando. El sueño tenía que ver con una granja. Y también había una cascada. Alguien, no sabía quién, caminaba por la carretera llevando algo. Tal vez fuese una cesta con la merienda. No era un sueño inquietante. En él parecía existir una sensación de bienestar.
       Finalmente, se dio la vuelta y apagó el despertador. Se quedó tumbado un rato más. Luego se levantó, se puso las zapatillas y fue a la cocina a poner el café.
       Se afeitó y se vistió. Luego se sentó a la mesa de la cocina con el café y un cigarrillo. Los niños seguían acostados. Pero a los cinco minutos pensó en poner los cereales en la mesa, junto con tazones y cucharas, y luego ir a despertarlos para desayunar. No acababa de creer que la mujer que le había llamado la noche anterior apareciese esta mañana, tal como había dicho. Decidió esperar a las siete y cinco para llamar al instituto; se tomaría el día libre y haría todo lo imaginable para encontrar a alguien digno de confianza. Se llevó la taza a los labios.
       Entonces oyó un rumor en la calle. Dejó la taza y se levantó de la mesa para mirar por la ventana. Una furgoneta se había detenido junto a la acera, enfrente de su casa. El motor seguía en marcha y el vehículo vibraba. Carlyle fue a la puerta, la abrió y saludó con la mano. Una mujer mayor le devolvió el saludo y luego salió de la furgoneta. Carlyle vio que el conductor se inclinaba y desaparecía bajo el salpicadero. El vehículo emitió un suspiro, sufrió una nueva sacudida y quedó inmóvil.
       —¿Mister Carlyle? —dijo la anciana, subiendo despacio por el camino con un bolso grande.
       —Pase, señora Webster —dijo él—. ¿Es su marido? Dígale que entre. Acabo de hacer café.
       —Deje, deje. Lleva su termo.
       Carlyle se encogió de hombros. Sostuvo la puerta para que ella pasase. Entró y se dieron la mano. La señora Webster sonrió. Carlyle asintió con la cabeza. Fueron a la cocina.
       —¿Quería que me quedase hoy, entonces? —preguntó ella.
       —Permítame despertar a los niños —contestó Carlyle—. Me gustaría que la conocieran antes de que vaya al instituto.
       —Eso estaría bien.
       Echó una mirada por la cocina. Dejó el bolso en el escurridero de los platos.
       —Voy a buscar a los niños. Tardaré un par de minutos.
       Poco después llevó a los niños y los presentó. Aún estaban en pijama. Sarah se frotaba los ojos. Keith estaba completamente despierto.
       —Este es Keith —dijo Carlyle—. Y ésta es mi Sarah.
       Tenía a Sarah de la mano. Se volvió a la señora Webster.
       —Necesitan a alguien, ¿sabe usted? Necesitamos a una persona en quien podamos confiar. Supongo que eso es lo que nos pasa.
       La señora Webster se acercó a los niños. Abotonó el último ojal del pijama de Keith. Le apartó a Sarah el pelo de la cara. Ellos no se lo impidieron.
       —Y ahora no os preocupéis, niños. Todo irá bien, Mister Carlyle. Nos llevaremos bien. Dénos un par de días para conocernos, nada más. Pero si me quedo, haga el favor de hacer una seña a Mister Webster para que sepa que todo va bien. Salúdele por la ventana.
       Luego volvió a prestar atención a los niños.
       Carlyle se acercó a la ventana y corrió la cortina. Un hombre mayor miraba la casa desde la cabina de la furgoneta. Se estaba llevando la tapa de un termo a los labios. Carlyle le hizo un gesto con el brazo, y el hombre le contestó con la mano que tenía libre. Carlyle le vio bajar la ventanilla y tirar lo que quedaba en la tapa del termo. Luego volvió a inclinarse bajo el salpicadero —Carlyle le imaginó cogiendo unos cables y juntándolos—, y al cabo de un momento arrancó el motor y la furgoneta empezó a agitarse. El anciano puso el vehículo en marcha y se alejó de la acera.
       Carlyle se volvió de la ventana.
       —Me alegro de que esté aquí, señora Webster —dijo.
       —Yo también, Mister Carlyle. Y ahora, váyase a trabajar antes de que se le haga tarde. No se preocupe por nada. Nos vamos a llevar muy bien, ¿verdad, niños?
       Los niños asintieron con la cabeza. Reith se agarraba a su falda con una mano. Se metió en la boca el pulgar de la otra.
       —Gracias —dijo Carlyle—. Me siento... Realmente me siento mucho mejor.
       Movió la cabeza y sonrió. Tenía el pecho henchido de emoción al besar a sus hijos. Le comunicó a la señora Webster la hora en que volvería, se puso el abrigo, dijo adiós otra vez y salió de la casa. Por primera vez desde hacía meses, o eso le parecía, sentía que su carga se había aliviado un poco. De camino al instituto escuchó música en la radio del coche.
       En el primer curso de historia del arte, se detuvo en diapositivas de la pintura bizantina. Explicó con paciencia los motivos, los detalles y los matices. Subrayó la fuerza emotiva y la precisión de las obras. Pero se extendió tanto al tratar de situar a los anónimos artistas en su medio social, que algunos alumnos empezaron a arrastrar los pies o a carraspear. Aquel día sólo dieron la tercera parte de la lección prevista. Aún seguía hablando cuando sonó el timbre.
       En la clase siguiente, pintura a la acuarela, se sintió sumamente tranquilo y perspicaz.
       —Así, así —decía, guiando las manos de sus alumnos—. Con delicadeza. Como un soplo de aire sobre el papel. Sólo un toque. ¿Veis?
       Y al decirlo él también se sentía al borde del hallazgo.
       —Lo que importa es sugerir —dijo, llevando ligeramente la mano con que Sue Colvin sostenía el pincel—. Tenéis que trabajar con vuestros propios errores hasta que parezcan hechos a propósito. ¿Entendido?
       Al ponerse en la cola del comedor de profesores, vio a Carol un poco más adelante. Ella pagó la comida. Esperó impaciente hasta que le hicieron la cuenta. Cuando la alcanzó, Carol había atravesado la mitad de la sala. La tomó del codo y la condujo a una mesa vacía cerca de la ventana.
       —¡Por Dios, Carlyle! —dijo ella después de que se sentara.
       Cogió su vaso de té con hielo. Tenía la cara encendida.
       —¿Has visto la mirada que nos ha echado la señora Storr? ¿Qué te pasa? Se va a enterar todo el mundo.
       Dio un sorbo al té y dejó el vaso.
       —A la mierda con la señora Storr —repuso Carlyle—. Oye, deja que te cuente algo. Cariño, me siento infinitamente mejor que ayer a estas horas. ¡Santo Dios!
       —¿Qué ha pasado? —preguntó Carol—. Cuéntamelo, Carlyle.
       Apartó a un lado de la bandeja la macedonia de frutas y espolvoreó queso sobre los spaghetti. Pero no comió nada. Esperó a que él empezara.
       —Dime qué es.
       Le habló de la señora Webster. Y también de Mister Webster. De cómo arrancaba la camioneta juntando cables. Carlyle comía el consomé mientras hablaba. Luego comió pan untado con ajo. Se bebió el té con hielo de Carol antes de darse cuenta de lo que hacía.
      
—Estás chiflado, Carlyle —dijo ella, señalando con la cabeza al plato de spaghetti que él no había tocado.
       Carlyle movió la cabeza.
       —¡Por Dios, Carol! Me siento bien, ¿sabes? Me siento mejor que en todo el verano. —Bajó la voz—. Ven esta noche a casa, ¿quieres?
       Introdujo el brazo bajo la mesa y le puso la mano en la rodilla. Ella volvió a ruborizarse. Alzó la vista y echó una mirada por el comedor. Pero nadie les prestaba atención. Asintió rápidamente con la cabeza. Luego metió el brazo bajo la mesa y le acarició la mano.

       Al volver por la tarde, encontró la casa limpia y arreglada, y a sus hijos con ropa limpia. En la cocina, Keith y Sarah estaban de pie sobre unas sillas, ayudando a la señora Webster a hacer pastas de jengibre. Sarah tenía el pelo retirado de la cara y sujeto en la nuca con un pasador.
       —¡Papá! —gritaron contentos sus hijos cuando le vieron.
       —Keith, Sarah. Señora Webster, yo...
       Pero ella no le dejó terminar.
       —Hemos pasado un día estupendo, Mister Carlyle —dijo rápidamente la señora Webster.
       Se limpió los dedos en el delantal. Era uno viejo de Eileen, con molinos de viento azules.
       —¡Qué niños tan guapos! Son una preciosidad. Un verdadero tesoro.
       —No sé qué decir.
       Carlyle estaba junto al escurridero de los platos viendo a Sarah manipular la masa. Olió las especias. Se quitó el abrigo y se sentó a la mesa de la cocina. Se aflojó el nudo de la corbata.
       —Hoy hemos pasado el día conociéndonos —explicó la señora Webster—. Para mañana tenemos otros planes. He pensado que podríamos dar un paseo por el parque. Deberíamos aprovechar el buen tiempo.
       —Es una idea estupenda —dijo Carlyle—. Perfectamente. Bien. Muy bien, señora Webster.
       —Terminaré de meter las pastas en el horno, y para entonces ya estará aquí Mister Webster. ¿Dijo usted a las cuatro? Le dije que viniera a las cuatro.
       Carlyle asintió, desbordante de agradecimiento.
       —Ha tenido una llamada —le dijo ella mientras se acercaba a la pila con una fuente vacía—. La señora Carlyle.
       —La señora Carlyle —repitió él.
       Esperó a ver lo que la señora Webster diría a continuación.
       —Sí. Le dije quién era yo, pero no pareció sorprendida de encontrarme aquí. Habló un poco con cada niño.
       Carlyle miró a Keith y a Sarah, pero no prestaban atención. Estaban colocando pastas en otra bandeja de hornear.
       —Dejó un recado —prosiguió la señora Webster—. Déjeme ver, lo anoté, pero creo que me acuerdo. Dijo: «Dígale», es decir, a usted, «que lo que está por venir, acaba llegando». Me parece que es eso. Dijo que usted lo entendería.
       Carlyle la miró fijamente. Oyó afuera la furgoneta de Mister Webster.
       —Es Mister Webster —dijo ella, quitándose el delantal.
       Carlyle asintió con la cabeza.
       —¿Mañana a las siete? —preguntó ella.
       —Eso es. Y gracias otra vez.

       Por la noche bañó a los niños, les puso el pijama y les leyó un cuento. Escuchó sus oraciones, les tapó con las mantas y apagó la luz. Eran casi las nueve. Se preparó una copa y vio algo en la televisión hasta que oyó parar en el camino el coche de Carol.

       Hacia las diez, mientras aún seguían juntos en la cama, sonó el teléfono. Carlyle soltó una maldición, pero no se levantó a contestar. Siguió sonando.
       —Podría ser importante —dijo Carol, incorporándose—. Quizá sea la niñera. Le he dado este número.
       —Es mi mujer —afirmó Carlyle—. Estoy seguro de que es ella. Está perdiendo la cabeza. Se está volviendo loca. No voy a contestar.
       —De todos modos, tengo que irme en seguida —anunció Carol—. Lo de esta noche ha sido muy bonito, cariño.
       Ella le acarició la cara.

       Era a mediados del primer trimestre. La señora Webster llevaba casi seis semanas en su casa. Durante ese tiempo, la vida de Carlyle había experimentado una serie de cambios. En primer lugar, empezaba a admitir el hecho de que Eileen se había ido y que, hasta donde alcanzaba a comprender, no tenía intención de volver. Ya no se hacía ilusiones de que las cosas pudieran ser de otro modo. Sólo a altas horas de la noche, cuando no estaba con Carol, deseaba que se extinguiera el amor que aún sentía por Eileen y le atormentaba pensar en las razones de todo lo sucedido. Pero, en general, sus hijos y él eran felices; mejoraban bajo los cuidados de la señora Webster. Últimamente, la mujer había tomado la costumbre de hacerles la cena y guardársela caliente en el horno, hasta que Carlyle volvía del instituto. Abría la puerta y se encontraba con el aroma de algo bueno que venía de la cocina, y hallaba a Keith y a Sarah ayudando a poner la mesa del comedor. Con frecuencia preguntaba a la señora Webster si le importaría a trabajar en sábado. Ella aceptaba, mientras no tuviera que salir de su casa antes de mediodía. Los sábados por la mañana, decía, tenía que hacer cosas para Mister Webster y para ella. En esos días, Carol dejaba a Dodge con los hijos de Carlyle, todos al cuidado de la señora Webster, y Carol y él iban al campo a cenar a un restaurante. Creía que su vida estaba empezando de nuevo. Aunque no tenía noticias de Eileen desde la llamada de hacía seis semanas, descubrió que era capaz de pensar en ella sin enfadarse ni sentir que estaba al borde del llanto.
       En el instituto, estaba terminando la época medieval y a punto de entrar en el gótico. El Renacimiento aún quedaba lejano, hasta después de las vacaciones de Navidad, por lo menos. Fue en ese tiempo cuando Carlyle cayó enfermo. De la noche a la mañana, según le pareció, se le comprimió el pecho y empezó a dolerle la cabeza. Las articulaciones se le pusieron rígidas. Se mareaba al andar. La jaqueca empeoró. Un domingo se despertó así y pensó en llamar a la señora Webster para pedirle que fuese y se llevara a los niños a alguna parte. Se habían portado bien con él, llevándole vasos de zumo y gaseosa. Pero no podía ocuparse de ellos. Al segundo día, apenas fue capaz de llamar al instituto para decir que estaba enfermo. Dio su nombre, su especialidad y la naturaleza de su enfermedad a la persona que contestó al teléfono. Luego recomendó a Mel Fisher como sustituto. Fisher pintaba cuadros abstractos al óleo tres o cuatro veces por semana durante dieciséis horas al día, pero ni vendía ni exponía su obra. Era amigo de Carlyle.
       —Ponga a Mel Fisher —dijo Carlyle a la mujer que atendió su llamada, y repitió en un murmullo—: Fisher.
       Logró volver a la cama, se tapó con las mantas y se durmió.
       En sueños, oyó la furgoneta en la calle y luego el ruido que hacía el motor al apagarse. Un poco más tarde oyó la voz de la puerta de su habitación.
       —¿Mister Carlyle?
       —Sí, señora Webster.
       Le sonaba rara su propia voz.
       —Hoy estoy enfermo. He llamado al instituto. Voy a quedarme en la cama.
       —Entiendo. Entonces, no se preocupe. Yo me ocuparé de todo.
       Cerró los ojos. En seguida, todavía en un estado de duermevela, creyó oír que la puerta de la casa se abría y cerraba. Escuchó. En la cocina, oyó a un hombre decir algo en voz baja, y una silla que apartaban de la mesa. Poco después oyó las voces de los niños. Y, más tarde —no estaba seguro de cuánto tiempo había pasado—, oyó a la señora Webster delante de su puerta.
       —Mister Carlyle, ¿quiere que llame al médico?
       —No, está bien —contestó él—. Creo que no es más que un mal catarro. Pero estoy ardiendo. Creo que tengo muchas mantas. Y hace demasiado calor en la casa. ¿Podría usted bajar la calefacción?
       Luego sintió que se adormecía de nuevo.
       Al cabo de poco oyó a los niños hablar con la señora Webster en la sala de estar. ¿Entraban o salían?, se preguntó Carlyle. ¿Es que ya era el día siguiente?
       Volvió a dormirse. Pero entonces notó que se abría la puerta. La señora Webster apareció junto a la cama. Le puso la mano en la frente.
       —Está ardiendo —dijo—. Tiene fiebre.
       —Se me quitará —afirmó Carlyle—. Sólo necesito dormir un poco más. Quizá podría usted bajar la calefacción. Por favor, le agradecería que me trajese una aspirina. Tengo una jaqueca horrible.
       La señora Webster salió de la habitación, pero dejó la puerta abierta. Carlyle oyó la televisión.
       —Baja el sonido, Jim —la oyó decir.
       Y el volumen bajó en seguida. Carlyle volvió a dormirse.
       Pero no pudo dormir más de un minuto, porque la señora Webster volvió a aparecer de pronto en la habitación con una bandeja. Se sentó al borde de la cama. Se desperezó y trató de incorporarse. Ella le puso una almohada en la espalda.
       —Tómese esto —le dijo, dándole unas pastillas—. Beba esto.
       Le tendió un vaso de zumo.
       —También le he traído crema de trigo. Quiero que lo coma. Le sentará bien.
       Tomó la aspirina y bebió el zumo. Movió la cabeza. Pero cerró los ojos de nuevo. Iba a dormirse otra vez.
       —Mister Carlyle —dijo ella.
       Abrió los ojos.
       —Estoy despierto. Lo siento —dijo, incorporándose un poco—. Tengo mucho calor, eso es todo. ¿Qué hora es? ¿No son las ocho y media todavía?
       —Son las nueve y media pasadas.
       —Las nueve y media —repitió él.
       —Ahora le voy a dar estos cereales con la cuchara. Y va usted a abrir la boca y a comérselo. Seis cucharadas, nada más. Venga, ahí va la primera. Abra. Se sentirá mejor después de haber comido. Luego le dejaré dormir. Cómaselo y luego podrá dormir todo lo que quiera.
       Comió los cereales que ella le daba a cucharadas y pidió más zumo. Lo bebió y después volvió a tumbarse. Justo cuando se estaba durmiendo, notó que le tapaba con otra manta.
       Cuando se despertó de nuevo, era por la tarde. Lo supo por la débil luz que entraba por la ventana. Alargó el brazo y corrió la cortina. Vio que el cielo estaba cubierto; el pálido sol estaba oculto por las nubes. Se levantó de la cama despacio, encontró las zapatillas y se puso la bata. Fue al cuarto de baño y se miró en el espejo. Luego se lavó la cara y tomó otra aspirina. Se secó con la toalla y se dirigió a la sala de estar.
       La señora Webster había extendido unos periódicos sobre la mesa del comedor, y ella y los niños hacían juntos figuras de arcilla. Ya habían terminado algunas con cuellos largos y ojos saltones, y otras que parecían jirafas o dinosaurios. Cuando él se acercó a la mesa, la señora Webster alzó la vista.
       —¿Cómo se encuentra? —le preguntó cuando se sentó en el sofá.
       Veía la parte del comedor donde la señora Webster y los niños estaban sentados a la mesa.
       —Mejor, gracias. Un poco mejor. Todavía me duele la cabeza y siento algo de calentura —dijo, llevándose la mano a la frente—. Pero estoy mejor. Sí, estoy mejor. Gracias por atenderme esta mañana.
       —¿Quiere que le traiga algo? —ofreció la señora Webster—. ¿Un poco más de zumo, o té? No creo que el café le haga daño, pero me parece que el té le sentará mejor. Sería preferible un poco de zumo.
       —No, no, gracias —contestó él—. Sólo me sentaré aquí un rato. Es un alivio no estar en la cama. Me encuentro un poco débil, eso es todo. ¿Señora Webster?
       Ella le miró y esperó.
       —¿Era Mister Webster al que he oído esta mañana en la casa? Está bien, por supuesto. Sólo que lamento no haber tenido oportunidad de verle y saludarle.
       —Era él. También quería conocerle a usted. Le dije que pasara. Ha escogido el peor día, con usted enfermo y todo. Quería contarle algo de nuestros planes, pero esta mañana no era buen momento.
       —¿Contarme qué? —inquirió, alerta, con el miedo aguijoneándole el corazón.
       Ella movió la cabeza.
       —No es nada. Puede esperar.
       —¿Contarle qué? —dijo Sarah—. ¿Contarle qué?
       —¿Qué, qué? —se sumó Keith.
       Los niños dejaron lo que estaban haciendo.
       —Un momento, vosotros dos —dijo la señora Webster, levantándose.
       —¡Señora Webster, señora Webster! —gritó Keith.
       —Escucha, hombrecito —le dijo ella—. Tengo que hablar con tu padre, que hoy está enfermo. Así que toma las cosas con calma. Ve a jugar con la arcilla. Si no espabilas, tu hermana te va a adelantar con las figuras.
       Justo cuando empezaba a dirigirse al cuarto de estar, sonó el teléfono. Carlyle alargó el brazo hacia un extremo de la mesita y lo cogió.
       Como la vez anterior, oyó un débil zumbido en la línea y supo que era Eileen.
       —¿Sí? —dijo—. ¿Qué hay?
       —Carlyle —dijo su mujer—, no me preguntes cómo, pero sé que las cosas no van muy bien en este momento. Estás enfermo, ¿verdad? Richard también ha estado malo. Es algo que ronda por ahí. No puede retener nada en el estómago. Ya ha perdido una semana de ensayos para esa obra que está montando. He tenido que ir yo a modificar escenas con su ayudante. Pero no te llamo para contarte eso. Dime cómo van las cosas por ahí.
       —No hay nada que decir —contestó Carlyle—. Estoy enfermo, eso es todo. Tengo un poco de gripe. Pero ya voy mejor.
       —¿Sigues escribiendo el diario? —le preguntó.
       Eso le pilló de sorpresa. Varios años antes, él le contó que llevaba un diario. No una relación periódica, le dijo, sino un libro; como si eso explicara algo. Pero nunca se lo había enseñado, y hacía más de un año que no escribía ni una anotación. Lo había olvidado.
       —Porque —prosiguió ella— deberías escribir algo en el diario durante esta etapa. Lo que sientes y lo que piensas. Ya sabes, lo que te pasa por la cabeza durante el período de enfermedad. Recuerda que la enfermedad es un mensaje sobre tu salud y tu bienestar. Te dice cosas. Anótalo. ¿Sabes lo que quiero decir? Cuando estés bien, repásalo y mira cuál es el mensaje. Lo puedes leer después, cuando todo haya pasado. Colette lo hizo. Cuando tuvo fiebre una vez.
       —¿Quién? —preguntó Carlyle— ¿Cómo has dicho?
       —Colette. La escritora francesa. Ya sabes a quién me refiero. Teníamos un libro suyo en casa. Gigi, u otro. Ese no lo he leído, pero leo a Colette desde que he venido aquí. Escribió un librito sobre lo que le parecía, lo que pensaba y sentía durante todo el tiempo que tuvo fiebre. A veces le subía a cuarenta. A veces le bajaba. Quizá le subía a más de cuarenta. Pero nunca se tomó la temperatura por encima de cuarenta, y tampoco dijo que hubiese tenido más. De todos modos, escribió sobre la fiebre. Y eso es lo que te digo. Intenta anotar tus impresiones. Quizá salga algo —dijo Eileen que, inexplicablemente, según le pareció a Carlyle, se echó a reír—. Y más adelante tendrás un relato detallado de tu enfermedad. Para reflexionar. Al menos te quedará un testimonio. Ahora mismo no tienes más que molestias. Debes traducirlas en algo útil.
       Se apretó la sien con los dedos y cerró los ojos. Pero ella seguía al teléfono, esperando que él dijera algo. ¿Y qué podía decir? Era evidente que estaba loca.
       —¡Por Dios, Eileen! —exclamó—. No sé qué contestarte. De verdad que no. Tengo que colgar. Gracias por llamar.
       —De nada. Debemos mantener la capacidad de comunicación. Dales un beso a los niños de mi parte. Diles que les quiero. Y Richard te envía sus saludos. Aunque no puede levantarse de la cama.
       —Adiós —dijo Carlyle, y colgó.
       Luego se llevó las manos a la cara. Por la razón que fuese, recordó que la muchacha gorda había hecho el mismo gesto cuando iba hacia el coche. Bajó las manos y miró a la señora Webster, que le observaba.
       —Espero que no sean malas noticias —dijo.
       La mujer había acercado una silla hasta aproximarla a la parte del sofá donde él estaba.
       Carlyle meneó la cabeza.
       —Bien —dijo la señora Webster—. Muy bien. Y ahora, Mister Carlyle, quizá no sea éste el mejor momento para hablarle.
       Echó una mirada al comedor. En la mesa, los niños tenían la cabeza inclinada sobre la arcilla.
       —Pero como pronto tendremos que hablar de ello, y como le atañe a usted y a los niños, y usted ya está levantado, tengo algo que decirle. Jim y yo vamos tirando. El caso es que necesitamos algo más de lo que tenemos. ¿Entiende lo que quiero decir? Me resulta difícil.
       Meneó la cabeza. Carlyle asintió despacio. Sabía que iba a decirle que se marchaba. Se secó el rostro con la manga.
       —El hijo de Jim de un matrimonio anterior, Bob, que tiene cuarenta años, nos llamó ayer para invitarnos a ir a Oregón a ayudarle en la granja de visones. Jim se ocuparía de todo lo relacionado con los visones, y yo guisaría, limpiaría la casa, haría la compra y todo lo que fuese necesario. Es una oportunidad para los dos. Con casa, comida y algún dinero. Jim y yo no tendremos que preocuparnos más de lo que va a ser de nosotros. ¿Entiende? Ahora mismo, Jim no tiene nada. La semana pasada cumplió sesenta y dos años. Hace tiempo que no tiene nada. Esta mañana ha venido a decírselo personalmente, porque yo tenía que despedirme, ¿comprende? Pensamos —pensé— que sería más fácil si él estaba presente cuando yo se lo dijera a usted.
       Esperó a que Carlyle dijera algo. No lo hizo, prosiguió: —Terminaré la semana y podría quedarme un par de días de la que viene, si es preciso. Pero luego, compréndalo, será absolutamente necesario que nos marchemos, y que usted nos desee buena suerte. Es decir, ¿nos imagina usted haciendo todo ese viaje hasta Oregón en ese viejo cacharro nuestro? Pero voy a echar de menos a los niños. ¡Son tan preciosos!
       Al cabo del rato, cuando Carlyle ni siquiera había hecho ademán de contestarle, se levantó de la silla y fue a sentarse junto a él en el sofá. Le tocó la manga de la bata.
       —¿Mister Carlyle?
       —Lo comprendo —dijo él—. Quiero que sepa que su estancia aquí ha significado un gran cambio para los niños y para mí.
       Le dolía tanto la cabeza que tenía los ojos entrecerrados.
       —Esta jaqueca. Este dolor de cabeza me está matando.
       La señora Webster alargó la mano y le tocó la frente.
       —Aún tiene un poco de fiebre. Le traeré otra aspirina. Con eso bajará. Todavía estoy a cargo de todo —dijo—. Sigo siendo el médico.
       —Mi mujer dice que debería escribir lo que siento. Cree que sería buena idea describir lo que es la fiebre. Para que luego lo lea y capte el mensaje.
       Se echó a reír. Las lágrimas le afloraron a los ojos. Se las limpió con la mano.
       —Voy a traerle la aspirina y un zumo y luego saldré con los niños —dijo la señora Webster—. Me parece que ya han perdido interés por la arcilla.
       Carlyle sintió miedo de que se fuera a la otra habitación y le dejara solo. Quería hablar con ella. Se aclaró la garganta.
       —Señora Webster, hay algo que quiero que sepa. Durante mucho tiempo, mi mujer y yo nos quisimos más que a nada y más que a nadie en el mundo. Lo que incluye a los niños. Creíamos, bueno, estábamos seguros de que envejeceríamos juntos. Y sabíamos que haríamos todo lo que quisiéramos, y que lo haríamos juntos.
       Movió la cabeza. Eso le parecía lo más triste: de ahora en adelante, todo lo que hicieran lo harían separados.
       —Vamos, no pasa nada —dijo la señora Webster.
       Le dio unas palmaditas en la mano.
       Carlyle se inclinó hacia adelante y siguió hablando. Al cabo de un rato, los niños aparecieron en la sala de estar. La señora Webster atrajo su atención y se llevó un dedo a los labios. Carlyle los miró y continuó con el discurso. Que escuchen, pensó. También les concierne a ellos. Los niños parecieron entender que debían estar callados, incluso fingir interés, de modo que se sentaron a los pies de la señora Webster. Luego se tumbaron de cara a la alfombra y empezaron a soltar risitas. Pero la señora Webster les miró con severidad y se callaron.
       Carlyle continuó hablando. Al principio, aún con dolor de Cabeza, le pareció incongruente el estar en pijama, sentado en el sofá junto a aquella anciana, que esperaba pacientemente sus próximas palabras. Pero luego le desapareció la jaqueca. Y en seguida dejó de encontrarse ridículo, olvidándose de cómo tenía que sentirse. Empezó la historia un poco por el medio, después del nacimiento de los niños. Pero luego retrocedió y empezó por el principio, cuando Eileen tenía dieciocho años y él diecinueve, un chico y una chica enamorados, consumidos de amor.
       Se detuvo para limpiarse la frente. Se humedeció los labios.
       —Continúe —le animó la señora Webster—. Sé de lo que habla. Prosiga, Mister Carlyle. A veces es bueno hablar. En ocasiones es necesario. Además, quiero escucharle. Y después se sentirá mejor. A mí me pasó una vez algo así, algo parecido a lo que está describiendo usted. Amor. Eso es lo que es.
       Los niños se durmieron sobre la alfombra. Keith tenía el pulgar en la boca. Carlyle seguía hablando cuando Mister Webster apareció en la puerta, llamó y pasó a recoger a su mujer.
       —Siéntate, Jim. No hay prisa. Siga con lo que estaba diciendo, Mister Carlyle.
       Carlyle saludó con la cabeza al viejo, que le devolvió el saludo, cogió una silla del comedor y la llevó al cuarto de estar. La acercó al sofá y se sentó emitiendo un suspiro. Luego se quitó la gorra y cruzó penosamente las piernas. Cuando Carlyle empezó a hablar de nuevo, el viejo puso los dos pies en el suelo. Los niños se despertaron. Se incorporaron en la alfombra y empezaron a mover la cabeza de un lado para otro. Pero Carlyle había concluido lo que tenía que decir, y se calló.
       —Bien. Muy bien —dijo la señora Webster cuando vio que había terminado—. Usted es de buena pasta. Y ella también, la señora Carlyle. No lo olvide: todo irá bien entre ustedes cuando esto haya pasado.
       Se levantó y se quitó el delantal que llevaba puesto. Mister Webster también se levantó y volvió a ponerse la gorra.
       En la puerta, Carlyle les estrechó la mano.
       —Hasta la vista —dijo Jim Webster, llevándose la mano a la visera.
       —Buena suerte —dijo Carlyle.
       La señora Webster le dijo que le vería a la mañana siguiente, muy temprano, como de costumbre.
       —¡Perfecto! —exclamó Carlyle, como si hubieran acordado algo importante.
       La pareja de ancianos se dirigieron despacio a la acera y subieron a la furgoneta. Jim Webster se inclinó bajo el salpicadero. La señora Webster miró a Carlyle y le saludó con la mano. Entonces, mientras estaba de pie junto a la ventana, sintió que había terminado algo. Tenía que ver con Eileen y con su vida anterior. ¿
La había saludado alguna vez con la mano? Claro que sí, estaba seguro, pero ahora no se acordaba. Comprendió que todo había concluido y se sintió capaz de dejarla marchar. Estaba convencido de que su vida en común había transcurrido del modo en que lo había descrito. Pero era algo del pasado. Y ese pasado —aunque le hubiese parecido imposible y hubiera luchado contra ello— ahora se convertiría en parte de él, igual que todo lo que ya había dejado atrás.
       Cuando la furgoneta arrancó con dificultad, levantó el brazo una vez más. Vio a la pareja de ancianos inclinarse brevemente hacia él cuando se alejaban. Entonces bajó el brazo y se volvió hacia sus hijos.


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