Raymond Carver
(1939-1988)

Jerry y Molly y Sam
(“Jerry and Molly and Sam”)
Originalmente publicado en Perspective (1972)
Will You Please Be Quiet, Please? (1976)
Collected Stories (2009)



      En opinión de Al, sólo había una solución. Tenía que deshacerse del perro sin que Betty y los niños se enteraran. Por la noche. Tenía que hacerse por la noche. Llevaría a Suzi en el coche —a algún sitio, ya lo decidiría más tarde—, abriría la portezuela, la empujaría, y volvería a casa. Cuanto antes mejor. Sintió alivio por haberse decidido. Cualquier cosa que hiciera —se convencía por momentos— era mejor que no hacer nada.
       Era domingo. Se levantó de la mesa de la cocina, donde había tomado a solas un tardío desayuno, y se quedó de pie junto a la pila, con las manos en los bolsillos. Nada iba bien últimamente. Ya tenía bastante con lo que lidiar para tener que preocuparse encima por la asquerosa perra. En Aerojet estaban despidiendo gente, cuando lo que deberían hacer en realidad era contratar más personal. A mediados de verano se estaban adjudicando contratos de Defensa por todo el país y, sin embargo, Aerojet hablaba de reducciones de personal. Estaba reduciendo personal, de hecho, y cada día un poco más. Él no se hallaba más a salvo que cualquiera, pese a llevar en la firma más de dos años, casi tres. Se llevaba bien con la gente idónea, muy cierto, pero ni la antigüedad ni la amistad significaban mucho en los tiempos que corrían. Si te llegaba la hora, te llegaba, y no podías hacer nada para evitarlo. Estaban dispuestos a despedir gente; la despedían, de hecho. Cincuenta, cien personas de golpe.
       Nadie estaba a salvo, desde el capataz y los supervisores hasta el último peón. Y tres meses atrás, justo antes de que empezaran los despidos, se había dejado convencer por Betty para mudarse a aquella cómoda casa de doscientos dólares mensuales. Arrendamiento con opción a compra. ¡Mierda!
       En realidad, Al no había querido dejar la otra casa. Se sentía cómodo en ella. Pero ¿quién iba a saber que dos semanas después de mudarse empezarían los despidos? ¿Quién podía saber algo en los tiempos que corrían? Por ejemplo, ahí estaba Jill, Jill trabajaba en Weinstock’s, en contabilidad. Era una buena chica, y decía que amaba a Al. Se sentía sola, eso es lo que le dijo a Al la primera noche. No tenía por costumbre hacerlo, eso de dejarse encandilar por hombres casados, y así se lo hizo saber también la primera noche. Al la había conocido unos tres meses antes, cuando estaba deprimido y muerto de miedo ante los primeros rumores de despidos. La conoció en el Town and Country, un bar no muy distante de su nuevo hogar. Bailaron un poco y Al la llevó a casa, y en el coche, delante de su apartamento se besaron y toquetearon y demás. Aquella noche Al no había subido con ella, aunque estaba seguro de que habría podido hacerlo. Subió con ella al apartamento la noche siguiente.
       Y ahora él tenía un affair, santo cielo, y no sabía qué hacer al respecto. No quería continuar, pero tampoco quería romper. Uno no lo echa todo por la borda en medio de una tormenta. Al iba a la deriva, y sabía que iba a la deriva, y no podía siquiera adivinar adonde le llevaría finalmente todo aquello. Pero empezaba a tener la sensación de que todo se le iba de las manos. Todo. Hacía poco, además, después de unos cuantos días de estreñimiento, se había sorprendido pensando en la vejez (siempre había asociado estreñimiento con vejez). Luego estaba el asunto del pequeño claro en el pelo, y el hecho de haber empezado a preguntarse qué nuevo tipo de peinado podía probar. ¿Qué iba a hacer con su vida? Esa era la pregunta.
       Tenía treinta y un años.
       Todas estas cosas con las que lidiar y un día Sandy, la hermana pequeña de su mujer, les regala a los niños, a Alex y Mary, aquella perra cruzada. Llevaba ya con ellos cuatro meses. Deseaba no haberla visto jamás a aquella perra, ni a la propia Sandy, para el caso. ¡La muy puta! Siempre venía con alguna mierda que acababa costando dinero; con cualquier fruslería que se estropeaba después de uno o dos días y tenía que mandarse a arreglar; con algo que no hacía sino conseguir que los niños chillaran y discutieran y se zurraran de lo lindo. ¡Dios! Para luego ir por detrás y sacarle, por medio de Betty, veinticinco dólares. La sola idea de todos los cheques de veinticinco o cincuenta dólares —de aquel de ochenta y cinco dólares de hacía apenas unos meses para pagar la letra del coche, de su coche: santo cielo—, cuando él ni siquiera sabía si iba a tener un techo sobre su cabeza en un futuro inmediato, hacía que le entraran ganas de matar a la perra de mierda.
       ¡Sandy! ¡Betty y Alex y Mary! ¡Jill! ¡Y Suzi, la maldita perra!
       Este era Al.

       Tenía que empezar por alguna parte. Poner las cosas en orden, solucionar en lo posible todo aquello. Ya era hora de hacer algo, hora de pensar con la cabeza, para variar. Y Al pretendía empezar aquella misma noche.
       Engatusaría a la perra y la meterla en el coche sin que nadie se diera cuenta, y luego, con cualquier pretexto, saldría de casa. Pero le resultaba odioso imaginarse cómo Betty bajaría los ojos al ver que se vestía, cómo luego, instantes antes de que saliera por la puerta, le preguntaría adonde iba, cuánto iba a tardar, etcétera, con aquella voz resignada que hacía que él se sintiera aún peor. Al nunca había podido acostumbrarse al hecho de mentir. Además, odiaba tener que utilizar la pequeña parcela de reserva que pudiera tener con Betty para decirle una mentira acerca de algo distinto de lo que ella sospechaba. Una mentira, por así decir, malgastada. Pero no podía decirle la verdad, no podía decir que no iba a tomarse una copa, que no iba a llamar a alguien, sino que iba a deshacerse de la maldita perra, sentando así las bases para poner en orden su hogar.
       Se pasó la mano por la cara, trató de apartar todo aquello de su mente por espacio de un instante. Sacó del frigorífico una lata de Lucky fría y le quitó la tapa de aluminio. Su vida se había convertido en un laberinto: una mentira encima de otra hasta el punto de que ya no estaba seguro de poder desenredar la maraña en caso necesario.
       —Esa maldita perra —se decía en voz alta.
       —¡No tiene ni pizca de sentido común! —era la expresión que Al solía utilizar. Era una arpía además. En cuanto la puerta trasera se quedaba abierta y no había nadie en la casa, se las arreglaba para abrir la mampara de tela metálica y entraba hasta la sala y se meaba en la alfombra. Había dejado ya como mínimo media docena de manchas en forma de mapa. Pero su sitio favorito era el cuarto de la limpieza, donde podía hurgar en la ropa sucia, de forma que todos los calzoncillos y las bragas tenían la entrepierna y posaderas todos mordisqueados. Y había mordisqueado también el cable de la antena del exterior de la casa, y en cierta ocasión Al, al entrar con el coche en el jardín, la había encontrado echada sobre el césped con uno de sus Florsheims en la boca.
       —Está loca —decía Al—. Y me está volviendo loco a mí. No soy lo bastante rápido como para ir reponiendo todo lo que destroza. La muy hija de puta. ¡Cualquier día de éstos la voy a matar!
       Betty la soportaba durante períodos más largos; mientras tanto, parecía que no se inmutaba, pero de pronto se abalanzaba contra ella con los puños apretados, la llamaba zorra, bastarda, y la emprendía a gritos con los niños para que no la dejasen entrar en su cuarto, en la sala, etcétera. Betty se comportaba del mismo modo con los niños. Les seguía la corriente hasta determinado punto, les pasaba por alto tales y cuales cosas, pero de pronto se volvía contra ellos como una fiera y les daba de bofetadas y gritaba:
       —¡Basta! ¡Basta! ¡Ya no aguanto más!
       Pero luego Betty, a propósito de la perra, decía:
       —Es el primer perro que tienen. Acuérdate del cariño que le tenías a tu primer perro.
       —El mío era inteligente —decía Al—. ¡Era un setter irlandés!

       Transcurrió la tarde. Betty y los niños volvieron de alguna parte en el coche, y todos ellos se pusieron a comer sandwiches y patatas fritas en el patio. Al se quedó dormido sobre el césped, y cuando despertó casi había anochecido.
       Se dio una ducha, se afeitó, se puso unos pantalones y una camisa limpia. Se sentía descansado pero indolente. Se terminó de vestir y pensó en Jill. Pensó en Betty y en Alex y en Mary y en Sandy y en Suzy. La cabeza le daba vueltas.
       —Vamos a cenar en seguida —dijo Betty, que se había acercado hasta la puerta del cuarto de baño y le miraba fijamente.
       —Muy bien. Yo no tengo hambre. Hace demasiado calor para comer —dijo Al, con los dedos ocupados en el cuello de la camisa—. Creo que voy a irme a Carl’s, a jugar unas partidas de billar y tomar un par de cervezas.
       Betty dijo:
       —Ya.
       Al dijo:
       —¡Jesús!
       Ella dijo:
       —Vete, vete. No me importa.
       Él dijo:
       —No voy a tardar mucho.
       Ella dijo:
       —Vete, te digo. Te he dicho que no me importa.
       En el garaje, Al dijo:
       —¡Al diablo con todos! —Y mandó de un puntapié el rastrillo hasta el otro lado del suelo de cemento. Luego encendió un cigarrillo y trató de dominarse. Recogió el rastrillo y lo puso en su sitio. Se decía entre dientes: «Orden, orden», cuando la perra se acercó al garaje, olisqueó por la puerta y miró hacia dentro.
       —Ven. Ven aquí, Suzy. Ven, bonita —le dijo.
       La perra movió el rabo, pero se quedó donde estaba.
       Al fue al armario que había encima de la cortadora de césped y sacó una lata de comida para perro, luego dos y finalmente tres.
       —Esta noche, Suzy, todo lo que quieras. Lo que seas capaz de comerte —le tentó, abriendo ambos extremos de una de las latas y empujando el contenido dentro de su bol de la comida.

       Anduvo vagando en el coche durante casi una hora, sin decidirse adonde ir. Si la dejaba en cualquier barrio y llamaban a la perrera, no pasaría ni un par de días sin que la tuviera de vuelta en casa. La perrera del condado era el primer lugar al que Betty llamaría. Recordó haber leído historias de perros perdidos que recorrían cientos de kilómetros para volver a casa. Recordó esos telefilms de crímenes en los que alguien veía la matrícula de un coche, y el corazón le dio un vuelco. Así, expuesto a la luz pública, sin tener en cuenta todas las circunstancias del caso, el hecho de ser sorprendido abandonando a un perro resultaba vergonzoso. Tenía que encontrar el sitio adecuado.
       Llegó a las cercanías del American River. El perro, además, necesitaba salir más, sentir el aire sobre el lomo, poder nadar y chapotear en el río cuando le viniera en gana. Era una pena tener a un perro encerrado todo el día. Pero el dique parecía excesivamente desierto; ni una casa por los alrededores. En realidad lo que pretendía era que alguien encontrara a Suzy y se quedara con ella. Pensaba en una casa de dos pisos, vieja y grande, con niños felices, educados y sensatos que necesitaran un perro, que necesitaran desesperadamente un perro. Pero no había viejas casas de dos pisos a la vista, ni una sola.
       Volvió a la autopista. No había sido capaz de mirar a Suzy desde que se las había arreglado para hacer que subiera al coche. La perra iba echada tranquilamente sobre el asiento trasero. Pero cuando Al salió de la autopista y paró el coche, se incorporó hasta quedar sentada y empezó a gemir mirando en torno.
       Se detuvo en un bar. Antes de entrar bajó las ventanillas. Permaneció en el bar aproximadamente una hora, bebiendo cerveza y jugando al tejo. Se preguntó una y otra vez si no debería haber dejado también las portezuelas entreabiertas. Cuando salió, Suzy se incorporó en el asiento, echó atrás los belfos y enseñó los dientes.
       Subió al coche y se puso en marcha de nuevo.

       Entonces se le ocurrió un lugar. El barrio donde vivían antes, rebosante de niños y situado justo al otro lado de la línea que separaba los condados, en Yolo County. Era el sitio ideal. Si recogían a la perra, la llevarían a la perrera de Woodland, no a la de Sacramento. No tendría más que meterse por una de las calles de su antiguo barrio, parar el coche, echar fuera un puñado de la bazofia que Suzy comía, abrir la portezuela, ayudar a Suzy un poco con un empujoncito, y afuera con ella mientras él salía pitando. ¡Y listo! Asunto terminado.
       Pisó el acelerador para alejarse a toda prisa.
       Había porches encendidos, y en tres o cuatro casas vio al pasar hombres y mujeres sentados en los escalones de la entrada. Avanzó lentamente, y al llegar a su vieja casa aminoró la marcha casi hasta pararse, y contempló la puerta, el porche, las ventanas iluminadas. Allí, frente a su antiguo hogar, se sintió aún más irreal. Había vivido allí… ¿cuánto tiempo? ¿Un año, dieciséis meses? Y antes, Chico, Red Bluff, Tacoma, Portland…, donde había conocido a Betty, y Yakima…, y Toppenish, donde había nacido e ido a la escuela secundaria. Desde chico —tenía la impresión— no había sabido lo que era sentirse libre de preocupaciones y de amarguras aún peores. Pensó en veranos de pesca y de acampada en las Cascadas, en otoños de caza del faisán tras los pasos de Sam, cuyo pelo rojo y llameante le servía de guía a través de los maizales y las praderas de alfalfa, por donde el chico que era y su perro de entonces corrían como demonios. Deseó poder seguir conduciendo y conduciendo hasta llegar a la vieja y enladrillada calle mayor de Toppenish, torcer a la izquierda en el primer semáforo, torcer de nuevo a la izquierda y detenerse donde vivía su madre, y nunca, nunca, por razón alguna, volver a dejar su antiguo hogar.
       Llegó al extremo oscuro de la calle. Enfrente había un campo vacío, y la calle torcía hacia la derecha, bordeándolo. A lo largo de casi una manzana no había casas al borde del campo, y sólo una, completamente a oscuras, al otro lado. Paró el coche y, sin pensar siquiera en lo que estaba haciendo, cogió un puñado de comida para perros, se inclinó hacia atrás por encima del respaldo del asiento, abrió la portezuela trasera del lado del campo, lanzó afuera la bazofia aquélla y dijo:
       —Vamos, Suzy.
       Empujó a la perra hasta hacerla saltar de mala gana. Se echó un poco más hacia el asiento trasero, cerró la portezuela y puso en marcha el coche, despacio. Y luego apretó más y más el acelerador.

       Se paró en Dupee’s, el primer bar que encontró camino de Sacramento. Estaba inquieto y nervioso, y sudaba. No se sentía excesivamente liberado de una carga, aliviado, contrariamente a lo que había previsto. Pero se decía a sí mismo sin parar que se trataba de un paso en la dirección correcta, y que al día siguiente se sentiría mejor. No tenía más que esperar.
       Después de cuatro cervezas, se sentó a su lado una chica con jersey de cuello vuelto y sandalias. Llevaba una maleta, que dejó en el suelo, entre los taburetes. Parecía conocer al barman, que siempre que se acercaba le decía algo y que un par de veces se puso a charlar con ella. La chica le dijo a Al que se llamaba Molly, y no permitió que la invitara a una cerveza. Pero dijo que lo que sí aceptaba era media pizza.
       Al sonrió a la chica, y ella le devolvió la sonrisa. Al sacó los cigarrillos y el encendedor, y los dejó encima de la barra.
       —¡Pues que sea media pizza! —dijo.
       Luego dijo:
       —¿Puedo acercarte a algún sitio?
       —No, gracias. Espero a una persona —dijo ella.
       Al dijo:
       —¿Hacia dónde vas?
       Ella dijo:
       —No voy a ninguna parte. Oh —dijo, tocando la maleta con la punta del pie—, ¿te refieres a esto? —Rió—. Vivo ahí en West Sac. No voy a ninguna parte. Lo que llevo aquí dentro es el motor de la lavadora de mi madre. Jerry, el barman, sabe mucho de arreglar cosas. Me ha dicho que me lo arregla gratis.
       Al se levantó. Al inclinarse hacia ella se tambaleó un poco. Dijo:
       —Bueno, adiós, querida. Ya nos veremos.
       —¡Seguro que sí! —dijo ella—. Y gracias por la pizza. No había comido nada desde el medio día. Es que quiero perder un poco de esto. —Se levantó el suéter y se cogió las carnes de la cintura.
       —¿Seguro que no quieres que te acerque a algún sitio? —dijo Al.
       La chica negó con la cabeza.
       De nuevo en carretera, alargó la mano para coger los cigarrillos, y luego, frenético, el encendedor, y recordó de pronto que se los había dejado olvidados en el bar. Al diablo con ellos, se dijo, que se los quede ella. Que los ponga en la maleta con el motor de la lavadora. Los apuntaría en el debe de la perra, otro gasto más. ¡Pero el último, santo Dios! Ahora que empezaba a poner las cosas en orden, le molestaba que la chica no se hubiera mostrado un poco más amable. Si mi estado de ánimo hubiera sido otro, se dijo, podría habérmela ligado. Pero cuando uno está deprimido se le nota hasta en la forma de encender un pitillo.
       Decidió ir a ver a Jill. Paró en una tienda de bebidas alcohólicas y compró una botella de whisky de medio litro. Subió las escaleras de su apartamento e hizo una pausa en el rellano para tomar aliento y limpiarse los dientes con la lengua. Aún sentía el sabor de los champiñones de la pizza, y el whisky le abrasaba la boca y la garganta. Se dio cuenta de que lo que quería era entrar directamente en el baño de Jill a limpiarse los dientes con su cepillo.
       Llamó.
       —Soy yo, Al —susurró—. Al —repitió, más alto. Oyó los pasos de Jill sobre el piso. Jill descorrió el cerrojo y trató de quitar la cadena, pero Al se apoyaba pesadamente sobre la puerta.
       —Un segundo, cariño. Al, deja de empujar… No puedo quitarla. Ya está —dijo al cabo, y abrió la puerta estudiando el semblante de Al mientras le cogía de la mano.
       Se abrazaron torpemente, y Al la besó en la mejilla.
       —Siéntate, cariño. Ven. —Encendió una lámpara y lo ayudó a sentarse en el sofá. Luego se tocó los rulos con los dedos, y dijo—: Me pongo un poco de barra de labios. ¿Qué te apetece tomar mientras vuelvo? ¿Café? ¿Un zumo? ¿Una cerveza? Creo que tengo cerveza. ¿Qué traes ahí… whisky? ¿Qué quieres tomar, cariño? —Le acarició el pelo con una mano y se inclinó sobre él, mirándole a los ojos—. Pobre niño. ¿Qué quieres? —dijo.
       —Que me abraces, sólo eso —dijo él—. Ven. Siéntate aquí. Nada de barra de labios —dijo, atrayéndola hacia el regazo—. Sosténme, que me caigo —dijo.
       Jill le pasó un brazo por el hombro. Dijo:
       —Ven a la cama, mi niño. Te daré lo que a ti te gusta.
       —Escucha, Jill —dijo él—. Esto va fatal. Se puede estropear en cualquier momento… No sé. —Se quedó mirándola con una expresión abotargada y fija; tenía conciencia de ella pero no podía cambiarla—. Es grave —dijo.
       Jill movió la cabeza, asintiendo.
       —No pienses en nada, mi niño. Relájate —dijo. Atrajo su cara hacia la de ella y le besó en la frente, y luego en los labios. Se volvió un poco sobre su regazo y dijo—: No, no te muevas, Al. —Le deslizó de pronto hacia la nuca los dedos de ambas manos, mientras le sujetaba a un tiempo la cabeza. Los ojos de Al fluctuaron en torno a la habitación unos instantes y, luego, trataron de fijarse en lo que Jill estaba haciendo. Jill le sostenía la cabeza entre sus fuertes dedos. Y se puso a apretarle un lado de la nariz para sacarle una espinilla.
       —¡Quieto! —le ordenó.
       —No —dijo él—. ¡No! ¡Para! No estoy de humor para eso.
       —Casi la tengo. ¡Quieto, he dicho…! Aquí está, mírala. ¿Qué te parece? No sabías que la tenías, ¿a que no? Y ahora otra, una enorme. Sólo esa, mi niño. La última —dijo.
       —Quiero ir al cuarto de baño —dijo él, apartándola, zafándose.

       En casa todo era confusión, todo eran lágrimas. Mary salió corriendo hacia el coche, llorando, antes incluso de que Al pudiera aparcar.
       —Suzy ha desaparecido —dijo, sollozando—. Suzy se ha ido. Y no volverá nunca, papá. Lo sé. ¡Se ha ido!
       Dios mío, pensó, con el corazón golpeándole en el pecho. ¿Qué he hecho?
       —Vamos, no te preocupes, cariño. Seguro que se ha ido por ahí, a corretear por alguna parte. Volverá —dijo Al.
       —No, papá. Lo sé. Mamá dice que tendremos que buscarnos otro.
       —¿Y no te parece bien, cariño? —dijo Al—. ¿Tener otro perro, si Suzy no vuelve? Iremos a la tienda de animales y…
       —¡No quiero otro perro! —gritó la niña, agarrándose a la pierna de Al.
       —¿Podremos tener un mono, papá, en lugar de un perro? —preguntó Alex—. Si vamos a la tienda de animales a comprar un perro, ¿por qué no compramos mejor un mono?
       —¡Yo no quiero un mono! —gritó Mary—. Yo quiero a Suzy.
       —Ahora dejadle en paz a papá, dejad que papá entre en casa. Papá tiene un dolor de cabeza terrible, terrible —dijo.
       Betty sacó del horno una cacerola. Parecía cansada, nerviosa… más vieja. No miró a Al.
       —¿Te lo han dicho los chicos? ¿Que ha desaparecido Suzy? He mirado por todo el barrio. Por todas partes, te lo juro.
       —Ya aparecerá —dijo Al—. Lo más seguro es que ande por ahí correteando. Esa perra vuelve —dijo.
       —En serio —dijo Betty, volviéndose hacia él con las manos en las caderas—. Creo que no es eso. Temo que la haya atropellado un coche. Quiero que salgas con el coche a buscarla. Los chicos la estuvieron llamando anoche, y ya no estaba. Ya no la volvimos a ver. Llamé a la perrera y les di la descripción de Suzy, pero me dijeron que no habían vuelto aún todos los camiones. Tengo que volver a llamar mañana por la mañana.
       Al entró en el baño, y siguió oyendo hablar a Betty. Dejó correr el agua del lavabo y se preguntó, con una especie de aleteo en el estómago, cuál era la gravedad exacta de su error. Cuando cerró los grifos oyó a Betty que seguía hablando. Y se puso a mirar fijamente el fondo del lavabo.
       —¿Me has oído? —decía Betty—. Quiero que vayas en el coche a buscarla después de la cena. Puedes llevarte a los chicos para que busquen contigo… ¿Al?
       —Sí, sí —respondió Al.
       —¿Qué? —dijo ella—. ¿Qué has dicho?
       —He dicho que si. ¡Que sí! De acuerdo. ¡Lo que tú digas! Pero deja que me lave primero, ¿quieres?
       Betty miró hacia el baño desde la cocina.
       —Bueno, ¿qué maldita mosca te ha picado? Yo no te pedí que te emborracharas anoche, que yo sepa. ¡Ya estoy harta, te lo juro! He tenido un día horrible, por si quieres saberlo. Alex me ha despertado a las cinco de la mañana y se ha metido en mi cama y me ha dicho que su papá estaba roncando tan fuerte que… ¡que le dabas miedo! Y te he visto ahí fuera, vestido y tirado como un fardo, y la habitación olía a rayos. ¡Te lo juro, estoy harta! —Miró a su alrededor en la cocina como si quisiera agarrar algo.
       Al cerró la puerta con el pie. Todo se estaba yendo a la mierda. Mientras se afeitaba, se quedó de pronto con la maquinilla en alto y se miró en el espejo: tenía la cara pálida y blanda, exenta de carácter… inmoral, ésa era la palabra. Bajó la maquinilla. Creo que esta vez he cometido el error más grave. Creo que he cometido el más grave de todos los errores. Se llevó la maquinilla a la garganta y acabó de afeitarse.
       No se duchó, no se cambió de ropa.
       —Déjame la cena en el horno —dijo—. O en el frigorífico. Me voy. Ahora mismo —dijo.
       —Puedes irte después de cenar. Y que te acompañen los chicos.
       —No, ni hablar. Deja que los niños cenen como es debido, y que busquen luego por ahí fuera si quieren. No tengo hambre, y pronto se hará de noche.
       —Pero ¿es que aquí se está volviendo loco todo el mundo? —dijo Betty—. No sé lo que va a ser de nosotros. Estoy al borde de la depresión nerviosa. Me voy a volver loca. ¿Y qué va a ser de los niños si me vuelvo loca? —Se dejó caer de lado contra la escurridera, arrugó la cara y las lágrimas le surcaron las mejillas—. ¡Pero qué más da, tú no les quieres! No los has querido nunca. No es la perra lo que me preocupa… ¡sino nosotros! ¡Nosotros! Ya sé que ya no me quieres… ¡pues a la mierda contigo! ¡Pero ni siquiera quieres a los niños!
       —¡Betty, Betty! —dijo Al—. ¡Dios mío! —dijo—. Todo se arreglará. Te lo prometo —dijo—. No te preocupes más —dijo—. Te lo prometo: todo se arreglará. Encontraré a la perra y verás como se arreglan las cosas —dijo.
       Salió precipitadamente de casa, y al oír que sus hijos se acercaban se ocultó entre los matorrales. La niña decía, llorando: «Suzy, Suzy», el niño aventuraba que tal vez la habría atropellado un tren.
       Le irritaron sobremanera las esperas en los semáforos, se dolió amargamente por el tiempo perdido en la gasolinera. El sol estaba bajo y descansaba pesadamente sobre la achaparrada cadena de colinas, al otro extremo del valle. Le quedaba, como mucho, una hora de luz.
       Su vida entera, a partir de aquel día, no sería sino una ruina. Aunque viviera otros cincuenta años —cosa harto poco probable— no conseguiría superar el haber abandonado a la perra. Sabía que, si no la encontraba, estaba acabado. Un hombre que es capaz de quitarse de encima a un animalito como Suzy, no vale nada. Un hombre así sería capaz de hacer cualquier cosa, no se detendría ante nada.
       Se revolvió en el asiento sin dejar de mirar fijamente la hinchada faz del sol, que seguía ocultándose tras las colinas. Sabía que la situación se había desbordado del todo, y que no podía evitarlo. Sabía que debía recuperar como fuera a la perra, lo mismo que la noche anterior había sabido que debía librarse de ella.
       —Soy yo quien se está volviendo loco —se dijo, y ratificó luego su juicio asintiendo con la cabeza.

       Esta vez entró por el extremo opuesto, orillando el campo en donde la había hecho bajar del coche, atento a cualquier señal de movimiento.
       —Ojalá esté aquí —se dijo.
       Paró el coche y buscó por el campo. Luego subió al coche y siguió avanzando despacio. En la entrada de la casa solitaria había una rubia aparcada con el motor al ralentí, y vio a una mujer bien vestida que llevaba zapatos de tacón saliendo por la puerta principal con una niña pequeña. Al pasar Al en el coche, le miraron. Más adelante torció a la izquierda y escrutó la calle con la mirada, cada metro de ambos lados, hasta donde alcanzaba la vista. Nada. Una manzana más allá, dos chiquillos con bicicletas estaban de pie junto a un coche.
       —Hola —les dijo al llegar a su altura—. Eh, chicos, ¿no habéis visto hoy por aquí a un perrito blanco? ¿Un perrito peludo, blanco? Se me ha perdido.
       Uno de los chiquillos se limitó a mirarle. El otro dijo:
       —He visto a un montón de niños que jugaban con un perro esta tarde. Allí. En la otra calle. No sé la clase de perro que era. A lo mejor era blanco. Había montones de niños.
       —Muy bien, estupendo. Gracias —dijo Al—. Muchas, muchísimas gracias —dijo.
       Al final de la calle torció hacia la derecha. Y fijó la atención en la calle que tenía delante. El sol se estaba poniendo. Casi había oscurecido. Las casas a ambos lados, los jardines con césped, los postes de teléfonos, los coches aparcados… todo parecía apacible, en calma. Oyó a un hombre que llamaba a sus hijos; vio a una mujer con delantal salir al umbral iluminado de una puerta.
       —¿Me queda aún alguna oportunidad? —se dijo.
       Sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas, y ello le produjo asombro. No pudo evitar sonreír para sí mismo y sacudir la cabeza mientras se sacaba el pañuelo. Entonces vio a un grupo de niños que se acercaban por la calle. Les hizo señas con la mano.
       —¿Habéis visto un perrito blanco, chicos? —les dijo.
       —Sí, claro —dijo uno de ellos—. ¿Es suyo?
       Al asintió con un gesto.
       —No hace ni un minuto que hemos estado jugando con él. Allí, en esa calle. En el jardín de Terry. —El chico señaló en una dirección—. Allá delante.
       —¿Tiene usted niños? —preguntó una niña.
       —Sí —dijo Al.
       —Terry ha dicho que se va a quedar con él. No tiene perro —dijo el chico.
       —No sé —dijo Al—. No creo que a mis hijos les guste la idea. La perra es suya. Se perdió —dijo Al.
       Siguió la calle adelante. Había oscurecido. Apenas se veía, y empezó a entrarle el pánico de nuevo. Soltó un taco. Se maldijo por no ser más que un veleta, siempre cambiando de opinión; ahora esto, un segundo después lo otro.
       Y entonces vio a la perra. Se dio cuenta de que llevaba mirándola un buen rato. La perra andaba despacio, olfateando el césped a lo largo de una valla. Bajó del coche, se adentró en el césped, agachándose hacia ella al acercarse, llamándola:
       —Suzy, Suzy, Suzy
       La perra se detuvo al verle. Alzó la cabeza. Al se sentó sobre los talones, alargó un brazo, esperando. Ambos se miraron. Suzy movió el rabo a modo de saludo. Se echó en el césped con la cabeza entre las patas delanteras, y se le quedó mirando. Al esperó. Suzy se levantó. Fue hasta una esquina de la valla y desapareció de sus vista.
       Al siguió allí sentado. Pensó que, mirándolo bien, no se sentía tan mal. El mundo estaba lleno de perros. Además había, perros y perros. A algunos no se les podía sacar ningún partido.


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