Raymond Carver
(1939-1988)


Leña
(“Kindling”)
Originalmente publicado, en forma ligeramente diferente, en
Esquire Magazine, 132, n.° 1 (julio de 1999): 72-77;
Call If You Need Me (2000);
Collected Stories (2009)



      Era mediados de agosto y Myers estaba cambiando de vida. La única diferencia entre esta vez y las otras era que ahora estaba sobrio. Acababa de pasar veintiocho días en un centro de desintoxicación. Pero en ese tiempo a su mujer se le había metido en la cabeza largarse con un amigo de los dos, otro borracho. Aquel individuo había recibido una pequeña herencia y hablaba de comprar la mitad de un bar restaurante en la parte oriental del estado.
       Myers llamó a su mujer, pero ella le colgó. No sólo se negaba a hablar con él, sino que le prohibió acercarse a la casa. Había contratado a un abogado y tenía una orden judicial. Así que cogió algunas cosas, subió a un autobús y se fue a la costa, donde alquiló una habitación en casa de un tal Sol que había puesto un anuncio en el periódico.
       Sol abrió la puerta vestido con vaqueros y una camiseta roja. Eran alrededor de las diez de la noche y Myers acababa de bajar de un taxi. A la luz del porche vio que Sol tenía el brazo derecho más corto que el otro, y la mano y los dedos atrofiados. No le tendió la mano buena ni la atrofiada, pero Myers no se lo tomó a mal. Ya estaba bastante nervioso.
       Usted es el que acaba de llamar, ¿verdad?, dijo Sol. Viene a ver la habitación. Pase.
       Myers cogió la maleta y entró.
       Ésta es mi mujer, Bonnie, anunció Sol.
       Bonnie estaba viendo la tele pero movió la cabeza para ver quién era. Pulsó un botón de un chisme que tenía en la mano y el volumen se apagó. Apretó otro y la imagen desapareció. Luego se levantó del sofá, poniéndose en pie con esfuerzo. Era gorda. Estaba gorda por todas partes y jadeaba al respirar.
       Siento venir tan tarde, se disculpó Myers. Encantado de conocerla.
       No importa, repuso Bonnie. ¿Le ha dicho mi marido por teléfono lo que pedimos?
       Myers asintió con la cabeza. Seguía con la maleta en la mano.
       Bueno, pues éste es el cuarto de estar, como puede ver, dijo Sol. Sacudió la cabeza y se llevó a la barbilla la mano buena. Más vale que le diga que no tenemos experiencia en estas cosas. Nunca hemos alquilado la habitación. Pero es que ahí, al fondo de la casa, no nos servía de nada y pensamos qué demonio, vamos a alquilarla. Siempre viene bien una ayudita.
       No se lo reprocho en absoluto, repuso Myers.
       ¿De dónde es usted?, preguntó Bonnie. No parece de por aquí.
       Mi mujer quiere ser escritora, explicó Sol. ¿Quién, qué, dónde, por qué, cuánto?
       Acabo de llegar, dijo Myers, pasándose la maleta a la otra mano. Al bajar del autobús, hace una hora, he leído su anuncio y he llamado.
       ¿A qué se dedica?, quiso saber Bonnie.
       A todo un poco, repuso Myers. Dejó la maleta en el suelo, abrió y cerró los dedos, volvió a cogerla.
       Bonnie no insistió. Sol tampoco, aunque Myers vio que tenía curiosidad.
       Myers reparó en una fotografía de Elvis Presley sobre la tele. La firma de Elvis cruzaba la pechera de la chaqueta blanca de lentejuelas. Myers se acercó a ella, dando un paso al frente.
       El Rey, dijo Bonnie.
       Myers asintió con la cabeza pero no dijo nada. Junto a la fotografía de Elvis había un retrato de boda de Sol y Bonnie. En la foto, Sol iba con traje y corbata y con el brazo bueno estrechaba la cintura de Bonnie. La mano derecha de Sol y la mano derecha de Bonnie estaban unidas sobre la hebilla del cinturón de él. Bonnie no podría haber hecho un movimiento sin el consentimiento de Sol, pero no parecía importarle. En la foto, Bonnie llevaba sombrero y estaba muy sonriente.
       La quiero mucho, afirmó Sol, como si Myers hubiera sugerido lo contrario.
       ¿Y esa habitación que iba a enseñarme?, dijo Myers.
       Ya me parecía que se nos olvidaba algo, repuso Sol.
       Salieron del cuarto de estar y pasaron a la cocina.
       Sol iba delante, luego Myers, con la maleta, y después Bonnie. Cruzaron la cocina y torcieron a la izquierda, justo antes de llegar a la puerta trasera de la casa. Arrimadas a la pared había varias estanterías, una lavadora y una secadora. Sol abrió una puerta al fondo del estrecho pasillo y encendió la luz del baño.
       Este es su cuarto de baño particular, le indicó Bonnie cuando los alcanzó, sin aliento. Por la puerta de la cocina podrá entrar directamente.
       Sol abrió la otra puerta del cuarto de baño y encendió otra luz. Ésta es la habitación, dijo.
       He hecho la cama y he puesto sábanas limpias, dijo Bonnie. Pero si se queda con la habitación, de esas cosas tendrá que ocuparse usted.
       Como ha dicho mi mujer, esto no es un hotel, dijo Sol. Pero si se queda, es usted bienvenido.
       Había una cama de matrimonio arrimada a la pared, una mesilla de noche con una lámpara, una cómoda y una mesa de jugar a las cartas con una silla metálica. Una ventana grande daba al jardín trasero. Myers dejó la maleta sobre la cama y se acercó a la ventana. Levantó la persiana y miró afuera. La luna estaba alta. A lo lejos distinguió un valle poblado de árboles y unas montañas detrás. ¿Eran imaginaciones suyas, o había oído un torrente o un río?
       Oigo agua, dijo Myers.
       Lo que oye es el Quilcene, explicó Sol. No es muy caudaloso pero no hay en todo el país un río que baje más rápido.
       Bueno, ¿qué le parece?, preguntó Bonnie. Se acercó a la cama y la abrió, y ese simple gesto casi arrancó lágrimas a Myers.
       Me la quedo, dijo Myers.
       Me alegro, dijo Sol. Y mi mujer también, se lo aseguro. Mañana haré que quiten el anuncio del periódico. Querrá ocuparla ahora mismo, supongo.
       Con eso contaba, dijo Myers.
       Vamos a dejar que se instale tranquilamente, dijo Bonnie. Le he puesto dos almohadas, y tiene otra manta en el armario.
       Myers sólo logró asentir con la cabeza.
       Bueno, pues buenas noches, dijo Sol.
       Buenas noches, repitió Bonnie.
       Buenas noches, repuso Myers. Y gracias.
       Sol y Bonnie pasaron hacia la cocina por el cuarto de baño. Cerraron la puerta, pero no antes de que Myers oyera decir a Bonnie: Parece buena persona.
       No habla mucho, dijo Sol.
       Voy a preparar palomitas con mantequilla.
       Haz para mí también.
       Myers no tardó mucho en oír de nuevo la tele en el cuarto de estar, pero el sonido estaba muy amortiguado y pensó que no le molestaría. Abrió la ventana de par en par y escuchó el rumor del río que se precipitaba por el valle en dirección al mar.
       Sacó sus cosas de la maleta y las colocó en la cómoda. Luego fue al baño y se lavó los dientes. Cambió la mesa de sitio, poniéndola justo delante de la ventana. Luego miró a la cama, a donde ella la había abierto. Movió la silla metálica, se sentó y sacó un bolígrafo del bolsillo. Pensó un momento, abrió el cuaderno y escribió El vacío es el principio de todas las cosas. Se quedó mirando aquellas palabras y luego soltó una carcajada. ¡Joder, qué chorrada! Sacudió la cabeza. Cerró el cuaderno, se desnudó y apagó la luz. Se quedó un momento de pie mirando por la ventana y escuchando el río. Luego dio media vuelta y se acostó.

       Bonnie preparó las palomitas, les echó sal y mantequilla por encima y se las llevó en una ensaladera a Sol, que estaba viendo la tele. Dejó que se sirviera primero. Sol cogió un puñado con la mano izquierda y, con la mano atrofiada, la servilleta de papel que ella le tendía. Bonnie, a su vez, se sirvió unas cuantas.
       ¿Qué te parece nuestro inquilino?, le preguntó.
       Sol sacudió la cabeza y siguió mirando la tele y comiendo palomitas. Luego, como si hubiera estado meditando su pregunta, dijo: Me cae bien. Es buen tipo. Pero me parece que huye de algo.
       ¿Cómo lo sabes?
       No lo sé. Sólo son suposiciones. No es peligroso y no va a crearnos problemas.
       Los ojos, dijo Bonnie.
       ¿Qué le pasa en los ojos?
       Los tiene tristes. Nunca he visto a nadie con unos ojos tan tristes.
       Sol guardó silencio unos momentos. Terminó sus palomitas. Se limpió los dedos y se frotó suavemente la barbilla con la servilleta de papel.
       Es buen tipo. Sólo que ha tenido algún tropiezo por ahí, eso es todo. Nada de qué avergonzarse. Dame un trago de eso, ¿quieres? Alargó el brazo para coger el vaso de zumo de naranja que ella tenía en la mano y bebió un poco. ¿Sabes una cosa? Esta noche se me ha olvidado pedirle el dinero del alquiler. Se lo pediré por la mañana, si está levantado. Y debería haberle preguntado cuánto tiempo piensa quedarse. Maldita sea, ¿qué es lo que me pasa? No quiero convertir esta casa en un hotel.
       No se puede pensar en todo. Y, además, es la primera vez que lo haces. Nunca en la vida hemos alquilado habitaciones.
       Bonnie decidió escribir algo sobre aquel hombre en el cuaderno donde hacía sus anotaciones. Cerró los ojos y pensó en lo que iba a escribir. Una fatídica noche de agosto entró en casa un desconocido alto, cargado de hombros —¡pero guapo!—, de pelo rizado y ojos tristes. Se apoyó en el brazo izquierdo de Sol y trató de escribir algo más. Sol le apretó el hombro, lo que la devolvió a la realidad. Ella abrió y cerró los ojos, pero en aquel momento no se le ocurrió nada más que escribir sobre él. El tiempo dirá, concluyó. Se alegraba de tenerlo en casa.
       Este programa es una porquería, dijo Sol. Vámonos a la cama. Mañana hay que madrugar.
       En la cama, Sol hizo el amor con Bonnie, que le respondió, abrazándolo y devolviéndole las caricias, aunque sin dejar de pensar todo el rato en el hombre alto de pelo rizado de la habitación de atrás. ¿Y si abría de pronto la puerta de su dormitorio y los veía?
       Sol, ¿has cerrado bien la puerta?, le preguntó.
       ¿Qué te pasa? Calla, dijo Sol.
       Cuando terminaron, Sol se apartó de ella dejándole el brazo atrofiado sobre el pecho. Bonnie se quedó de espaldas, pensando unos momentos, luego le dio unas palmaditas en los dedos, dejó escapar un suspiro y se durmió pensando en los petardos que habían estallado en la mano de Sol cuando era adolescente, seccionándole los nervios y atrofiándole el brazo y los dedos.
       Bonnie empezó a roncar. Sol le cogió el brazo y empezó a sacudirlo hasta que ella se puso de lado, dándole la espalda.
       Al cabo de un momento, se levantó y se puso los calzoncillos. Se dirigió al cuarto de estar. No encendió la luz. No la necesitaba. Con la luna llena no quería luz. Luego fue a la cocina. Comprobó que la puerta de atrás estaba bien cerrada y luego se quedó un rato escuchando delante de la puerta del baño, pero no oyó nada fuera de lo corriente. El grifo goteaba: habría que poner una arandela nueva, aunque siempre se había salido un poco. Volvió sobre sus pasos y echó el cerrojo a la puerta de la habitación. Miró el reloj para comprobar si había puesto el despertador. Se metió en la cama y se pegó a Bonnie. Colocó la pierna por encima de la suya y en esa postura se quedó dormido.

       Mientras aquellas tres personas dormían y soñaban, fuera la luna engordaba y se movía por el firmamento hasta llegar al mar y hacerse más pequeña y más pálida. En el sueño de Myers, alguien le ofrece un whisky escocés, pero justo cuando va a coger el vaso, a regañadientes, se despierta sudando, con el corazón latiéndole a toda velocidad.
       Sol sueña que emplea los dos brazos para cambiar la rueda de un camión.
       Bonnie sueña que lleva dos niños —no, tres— al parque. Los niños incluso tienen nombre. Se los ha puesto poco antes de salir para el parque. Millicent, Dionne y Randy. Randy no deja de dar tirones para soltarse y caminar por su cuenta.
       Pronto, el sol aparece por el horizonte y los pájaros empiezan a cantar, llamándose unos a otros. El pequeño río Quilcene se precipita por el valle, se mete debajo del puente de la autopista, baja otros cien metros por un terreno de arena y piedras y se vierte en el mar. Un águila viene del valle, sobrevuela el puente y empieza a describir círculos por encima de la playa. Un perro ladra.
       En ese preciso momento, suena el despertador de Sol.

       Aquella mañana Myers se quedó en su habitación hasta que los oyó marcharse. Luego salió y se hizo un café instantáneo. Miró en la nevera y vio que le habían destinado uno de los estantes. Había un pequeño letrero fijado con celo:
ESTANTE DEL SR. MYERS.
       Después caminó cerca de kilómetro y medio en dirección al pueblo, hasta una estación de servicio que recordaba de la noche anterior y en la que había una pequeña tienda de comestibles. Compró leche, queso, pan y tomates. Por la tarde, cuando se acercaba la hora de que volvieran a casa, les dejó el dinero del alquiler sobre la mesa y volvió a su habitación. Por la noche, antes de acostarse, abrió el cuaderno y en una página en blanco escribió: Nada.
       Ajustó su horario al de ellos. Por la mañana se quedaba en la cama hasta que oía a Sol en la cocina. Sol hacía café, preparaba el desayuno y llamaba a Bonnie para que se levantara. Luego desayunaban juntos, pero no hablaban mucho. Después Sol iba al garaje y arrancaba la camioneta, salía marcha atrás y se iba. Al cabo de poco, el coche que recogía a Bonnie cada mañana paraba delante de la casa, hacía sonar el claxon y Bonnie gritaba: ¡Ya voy!
       Entonces era cuando Myers salía de su habitación, se dirigía a la cocina, ponía agua para el café y desayunaba un tazón de cereales. Pero no tenía mucho apetito. Con los cereales y el café se mantenía casi todo el día, hasta la tarde, cuando comía algo más, un sándwich, antes de que volvieran a casa, y después ya no se acercaba más a la cocina mientras ellos estuvieran trajinando por allí o viendo la tele en el cuarto de estar. No quería conversación.
       Lo primero que hacía Bonnie al volver del trabajo era ir a la cocina a merendar. Luego encendía la tele y cuando llegaba Sol se levantaba y preparaba algo de comer para los dos. Si no hablaban por teléfono con sus amigos, salían al jardín y, sentados entre el garaje y la ventana de la habitación de Myers, bebían té con hielo y se contaban lo que habían hecho durante el día hasta la hora de entrar y poner la tele. Una vez oyó a Bonnie que decía a alguien por teléfono: ¿Cómo pretende ésa que me hubiera fijado en lo gordo que se estaba poniendo Elvis cuando en aquella época yo no controlaba mi propio peso?
       Le dijeron que podía ir cuando quisiera a ver la tele con ellos en el cuarto de estar. Él les dio las gracias pero contestó que no, que la tele le hacía daño a los ojos.
       Les tenía intrigados. Sobre todo a Bonnie, que un día que llegó pronto a casa y lo encontró en la cocina le preguntó si estaba casado y si tenía hijos. Myers asintió con la cabeza. Bonnie lo miró esperando que le diera más explicaciones, pero no lo hizo.
       Sol también sentía curiosidad. ¿A qué se dedica?, le preguntó. Sólo por saberlo. Ésta es una ciudad pequeña y conozco gente. Me dedico a calibrar madera en la serrería. Para hacer eso sólo hace falta un brazo. Pero a veces hay vacantes. A lo mejor podría recomendarle. ¿En qué trabaja normalmente?
       ¿Toca algún instrumento?, le preguntó Bonnie. Sol tiene una guitarra.
       No sé tocar, informó Sol. Ojalá supiera.
       Myers pasaba mucho tiempo en su habitación, escribiendo una carta a su mujer. Era una carta larga y, a su modo de ver, muy importante. Quizás la más importante que había escrito en la vida. En la carta, intentaba decir a su mujer que lamentaba todo lo que había pasado y que esperaba que le perdonase algún día. Pediría perdón de rodillas si fuera a servir de algo.
       Cuando Sol y Bonnie se marchaban, se sentaba en el cuarto de estar con los pies sobre la mesita y se tomaba el café leyendo el periódico de la tarde anterior. De cuando en cuando le temblaban las manos y el periódico restallaba en la casa vacía. Alguna que otra vez sonaba el teléfono, pero nunca hacía ademán de cogerlo. No era para él, porque nadie sabía que estaba allí.
       Por la ventana de atrás veía al fondo del valle una serie de escarpadas montañas que, pese a ser agosto, tenían las cimas coronadas de nieve. Más abajo de las cumbres, la falda de las montañas y los lados del valle estaban cubiertos de bosques. El río corría por el valle, formando espumeantes torbellinos entre las rocas y los taludes de granito, ensanchándose de pronto en la embocadura del valle y fluyendo más despacio, como si se hubiera agotado, antes de recobrar fuerzas para precipitarse en el mar. Muchas veces, cuando Bonnie y Sol se iban, Myers se sentaba en una silla plegable a tomar el sol en el jardín y contemplar el valle y las montañas. Una vez vio un águila que se remontaba sobre el valle, y en otra ocasión atisbo un ciervo que deambulaba rece-loso por la orilla del río.
       Una tarde estaba así sentado cuando un camión de plataforma cargado de leña irrumpió en el camino de entrada.
       Usted debe ser el inquilino de Sol, dijo el conductor, sacando la cabeza por la ventanilla.
       Myers asintió con la cabeza.
       Sol me ha dicho que le descargara la leña en la parte de atrás, que él se ocuparía de lo demás.
       Me quitaré de aquí para dejarle pasar, dijo Myers. Cogió la silla y se puso junto a la puerta trasera, donde vio cómo el conductor maniobraba el camión para ponerse de espaldas al jardín. Luego accionó un mando en la cabina y la plataforma empezó a elevarse. Al cabo de un momento, tras deslizarse por la plataforma, los troncos de dos metros se amontonaron en el suelo. La pla-taforma siguió elevándose, y los restantes troncos cayeron rodando al césped con un golpe seco.
       El conductor accionó otra vez la palanca y la plataforma volvió a su posición normal. Luego pisó el acelerador, tocó el claxon y se marchó.

       ¿Qué va a hacer con todos esos troncos de ahí fuera?, preguntó Myers a Sol aquella noche.
       Sol estaba en la cocina friendo eperlanos y se sorprendió al ver que Myers aparecía en la cocina. Bonnie estaba duchándose. Myers oía correr el agua.
       Pues, bueno, los voy a serrar y a apilar, si encuentro tiempo de aquí a septiembre. Quiero hacerlo antes de que se ponga a llover.
       Quizás se lo pueda hacer yo, aventuró Myers.
       ¿Sabe cortar leña?, preguntó Sol. Había retirado la sartén del fogón y se estaba limpiando los dedos de la mano izquierda con una servilleta de papel. No podría pagarle ese trabajo. De todas maneras pensaba hacerlo yo mismo. En cuanto tuviese un fin de semana libre.
       Lo haré yo, afirmó Myers. Un poco de ejercicio me sentará bien.
       ¿Sabe manejar una motosierra? ¿Un hacha? ¿Un mazo?
       Ya me enseñará usted, contestó Myers. Aprendo deprisa. Cortar aquella leña era importante para él.
       De acuerdo, dijo Sol después de poner otra vez en el fogón la sartén con los eperlanos. Le enseñaré después de cenar. ¿Ha cenado ya? ¿Por qué no toma un bocado con nosotros?
       Ya he comido algo, repuso Myers.
       Sol asintió con la cabeza. Entonces permítame que ponga la cena en la mesa para Bonnie y para mí, y cuando terminemos se lo explicaré.
       Estaré en el jardín, dijo Myers.
       Sol no añadió nada más. Movió la cabeza para sí mismo, como si estuviera pensando en otra cosa.
       Myers cogió una silla plegable y se sentó de cara al montón de troncos. Luego miró al valle y las montañas, donde el sol hacía refulgir la nieve. Casi había anochecido. Las cumbres sobresalían entre las nubes y parecían rezumar niebla. Oía el río que se precipitaba por el valle entre el monte bajo.
       ¿Con quién hablabas?, oyó que Bonnie preguntaba a Sol en la cocina.
       Con el inquilino, contestó Sol. Me preguntaba si podía cortar los troncos que nos han descargado ahí atrás.
       ¿Y cuánto quiere cobrar?, quiso saber Bonnie.
       Le he dicho que no podemos pagarle nada. Quiere hacerlo gratis. Eso es lo que ha dicho, en todo caso.
       ¿Gratis? Se quedó callada unos instantes. Luego Myers la oyó decir: Supongo que no tiene nada mejor que hacer.
       Más tarde, Sol salió de la casa y dijo: Bueno, ya podemos empezar, si no ha cambiado de idea.
       Myers se levantó de la silla y siguió a Sol hacia el garaje. Sol sacó dos caballetes para serrar y los puso en el césped. Luego fue a buscar la sierra. El sol se había metido por el otro lado del pueblo. En treinta minutos sería de noche. Myers se bajó las mangas de la camisa y se abotonó los puños. Sol trabajaba sin decir nada. Con un gruñido levantó uno de los troncos de dos metros y lo puso sobre los caballetes. Luego cogió la sierra y serró un rato, levantando nubes de serrín. Por fin dejó de serrar y dio un paso atrás.
       Ya ve en qué consiste, dijo.
       Myers cogió la motosierra, posó la hoja en el corte que había iniciado Sol, y empezó a serrar. Encontró el ritmo y procuró no perderlo. Siguió haciendo presión, inclinándose sobre la sierra. En unos minutos, seccionó el tronco y las dos mitades cayeron al suelo.
       Eso es, dijo Sol. Lo hará muy bien, añadió. Recogió los dos troncos de leña y fue a colocarlos contra el muro del garaje.
       De cuando en cuando, habrá que partir alguno en transversal con el hacha; no todos, sino uno de cada cinco o seis. No se moleste en hacer astillas. Ya me ocuparé de eso más adelante. Sólo parta un tronco de cada cinco o seis. Se lo enseñaré. Puso un tronco en posición vertical y, de un solo hachazo, lo partió en dos. Pruebe ahora, le dijo.
       Myers puso el tronco de pie, igual que había hecho Sol, dio un hachazo y lo partió en dos.
       Estupendo, dijo Sol, yendo a colocar la leña contra el muro del garaje. Primero amontónelos hasta esta altura, y luego siga por aquí. Cuando haya terminado lo taparé con un plástico. Pero ya sabe, no tiene por qué hacerlo.
       No se preocupe, repuso Myers. Lo hago porque me apetece, de lo contrario no se lo habría pedido.
       Sol se encogió de hombros. Luego dio media vuelta y se dirigió a la casa. Bonnie estaba en la puerta, mirando, y Sol se detuvo y la rodeó con el brazo, y los dos se quedaron mirando a Myers. Myers cogió otra vez la sierra y los miró. De pronto, se sentía bien y sonrió. Sol y Bonnie se sorprendieron al principio. Luego Sol le devolvió la sonrisa, y Bonnie también. Entonces se metieron dentro.
       Myers puso otro tronco sobre los caballetes y trabajó un rato sin parar. Serró hasta que el sol se puso del todo y el sudor empezó a quedársele frío en la frente. Se encendió la luz del porche. Myers siguió trabajando hasta que terminó el tronco que tenía empezado. Luego llevó las dos mitades al garaje y entró en la casa, fue a su baño a lavarse, luego se metió en su habitación, se sentó a la mesa y escribió. Esta noche tengo serrín en las mangas de la camisa. Huele bien.
       Aquella noche se quedó mucho rato despierto. En un momento determinado, se levantó y miró por la ventana los troncos apilados en el jardín. Luego desvió la vista hacia el valle y las montañas. Las nubes tapaban parcialmente la luna, pero distinguía claramente las cumbres y la nieve blanca. Cuando abrió la ventana entró una brisa suave y fresca, y a lo lejos oyó el río que se precipitaba por el valle.
       A la mañana siguiente apenas pudo esperar a que se marcharan de casa para salir al jardín y ponerse a trabajar. En el escalón de la puerta trasera encontró un par de guantes que Sol debió de dejarle allí. Serró y partió leños hasta que el sol empezó a darle de lleno en la cabeza y entonces entró en la casa y comió un sándwich con un poco de leche. Luego volvió fuera y empezó otra vez. Tenía los hombros doloridos y le escocían los dedos. Se arrancó unas cuantas astillas de las manos y a pesar de los guantes notó que le estaban saliendo ampollas, pero continuó con la labor. Estaba decidido a serrar, partir y apilar aquellos troncos antes de que se hiciera de noche, y se lo tomó como una cuestión de vida o muerte. Tenía que terminar aquel trabajo, si no... Se detuvo a enjugarse el rostro con la manga de la camisa.
       Cuando Sol y Bonnie volvieron del trabajo aquella tarde —primero Bonnie, como de costumbre, y luego Sol—, Myers casi había acabado. Había una buena capa de serrín entre los caballetes, y, salvo por dos o tres troncos que quedaban en el césped, toda la leña estaba apilada en hileras superpuestas contra el muro del garaje. Sol y Bonnie se quedaron de pie en el umbral de la puerta sin decir nada. Myers levantó un momento la vista del trabajo y los saludó con la cabeza. Sol le devolvió el saludo, pero Bonnie se le quedó mirando, respirando por la boca. Myers continuó.
       Sol y Bonnie entraron en la casa y se pusieron a preparar la cena. Después, Sol encendió la luz del porche, como había hecho la noche anterior. Justo cuando se escondió el sol y la luna empezaba a aparecer por encima de las montañas, Myers partió el último tronco, recogió las dos mitades, se dirigió al garaje y las colocó sobre el montón de leña. Guardó los caballetes, la sierra, el hacha, un mazo y la cuña. Luego entró en la casa.
       Sol y Bonnie estaban sentados a la mesa, pero no habían empezado a comer.
       Siéntese a cenar con nosotros, le invitó Sol. Le vendrá bien.
       Siéntese, insistió Bonnie.
       No tengo hambre todavía, contestó Myers.
       Sol no dijo nada. Asintió con la cabeza. Bonnie esperó un momento y luego alargó el brazo hacia una fuente.
       Imagino que ya ha acabado, dijo Sol.
       Mañana limpiaré el serrín, repuso Myers.
       Sol movió el cuchillo de un lado para otro por encima del plato, como diciendo: Olvídelo.
       Me marcharé dentro de un par de días, dijo Myers.
       Ya me lo figuraba, dijo Sol. No sé por qué, pero en cuanto le vi tuve el presentimiento de que no se quedaría mucho tiempo.
       El alquiler no se devuelve, dijo Bonnie.
       Venga, Bonnie, dijo Sol.
       No tiene importancia, dijo Myers.
       Sí la tiene, dijo Sol.
       Da lo mismo, dijo Myers. Se dirigió al baño y cerró la puerta al entrar. Dejó correr el agua en el lavabo. Les oía hablar, pero no entendía lo que decían.
       Se dio una ducha, se lavó la cabeza y se puso ropa limpia. Paseó la mirada por la habitación para ver sus cosas, que había sacado de la maleta sólo unos días atrás, tal vez una semana, y calculó que tardaría unos diez minutos en hacerla otra vez y marcharse. Oyó que ponían la tele al otro lado de la casa. Se acercó a la ventana, la abrió y miró una vez más las montañas con la luna encima: ahora sin nubes, sólo la luna y las cimas cubiertas de nieve. Miró el montón de serrín en el césped y la leña apilada contra los sombríos recovecos del garaje. Escuchó el río durante unos momentos. Luego se sentó a la mesa, abrió el cuaderno y se puso a escribir.
       Estoy en un país de lo más exótico. Me recuerda a un sitio del que en alguna parte he leído algo pero al que nunca había ido hasta ahora. Por la ventana abierta oigo un río y en el valle que se extiende detrás de la casa hay un bosque, precipicios y cumbres nevadas. Hoy he visto un águila y un ciervo, y he serrado y partido un camión de leña.
       Luego dejó el bolígrafo y se quedó un momento con la cabeza apoyada en las manos. Enseguida se levantó, se desnudó y apagó la luz. Se metió en la cama dejando la ventana abierta. Así estaba muy bien.



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