Raymond Carver
(1939-1988)

¿Qué es lo que quiere?
(“What Is It?”)
Originalmente publicado en Esquire Magazine (1972);
Will You Please Be Quiet, Please? (1976);
con su título iriginal “Are These Actual Miles?”, en Where I’m Calling From (1988);
Collected Stories (2009)



      El caso es que han de vender el coche inmediatamente, y Leo le encarga a Toni que lo haga. Toni es inteligente y tiene personalidad. Años atrás había vendido enciclopedias para niños de puerta en puerta. Consiguió venderle una a Leo, y eso que Leo no tenía hijos. Luego Leo le pidió que saliera con él un día, y aquella cita había acabado en esto. La venta ha de ser en metálico, y esta misma noche. Mañana alguien a quien deben dinero podría retener judicialmente el coche. El lunes se presentarán ante el juez, y luego se irán a casa, libres (pero los cargos se hicieron públicos ayer, cuando su abogado envió las cartas de intenciones). Por la vista del lunes no había que preocuparse, había dicho su abogado. Les harían algunas preguntas, tendrían que firmar algunos papeles, y eso es todo. Pero que vendieran el descapotable, había dicho: hoy, esta misma noche. Se podrán quedar con el coche pequeño, el de Leo, no importa. Pero si se presentaban ante el juez con aquel enorme descapotable, el tribunal lo embargaría y punto, así de sencillo.
       Toni se viste. Son las cuatro de la tarde. Leo teme que los locales cierren. Pero Toni se toma su tiempo para vestirse y arreglarse. Se pone una blusa blanca nueva, con holgados puños de encaje, el traje de chaqueta nuevo, zapatos de tacón también nuevos. Saca las cosas del bolso de paja y las mete en el bolso nuevo de charol. Examina la bolsita del maquillaje, de piel de lagarto, y la mete en el bolso. Toni ha dedicado dos horas a peinarse y maquillarse. Leo está de pie en la puerta del dormitorio, y se da golpecitos en los labios con los nudillos, observándola.
       —Me estás poniendo nerviosa —dice Toni—. Me gustaría que no estuvieras ahí de pie como un pasmarote —dice—. Dime qué te parezco.
       —Estás muy bien —dice Leo—. Estás fantástica. Yo te compraría cualquier coche sin pensarlo, de todas todas.
       —Pero tú no tienes dinero —dice ella, mirándose en el espejo. Se da unos toques en el pelo, frunce el ceño—. Tu crédito está fatal. No eres nadie —dice—. Estoy bromeando —dice, y mira a Leo en el espejo—. No te pongas serio —dice—. Tenemos que hacerlo, así que lo haré yo. No te hagas ilusiones, tendrás suerte si sacamos trescientos o cuatrocientos dólares. De sobra lo sabemos. Cariño, la mayor suerte de todas sería que no tuvieras que pagarles a ellos. —Se da un toque final al pelo, se pinta los labios, limpia la barra con un pañuelo de papel. Se retira del espejo y coge el bolso—. Tendré que ir a cenar o algo así, ya te lo he dicho. Así es como funcionan esos tipos, los conozco bien. Pero no te preocupes. Me las arreglaré para escabullirme —dice—. Sé cómo manejar el asunto.
       —Dios —dice Leo—. ¿Tenías que mencionarlo?
       Toni se queda mirándole fijamente.
       —Bien, deséame suerte —dice.
       —Suerte —dice Leo—. ¿Llevas la nota de despido?
       Toni asiente. Leo la sigue por la casa; Toni es una mujer alta, de pecho menudo y erguido, de anchas caderas y anchos muslos. Leo se rasca un grano del cuello.
       —¿Estás segura? —dice—. Cerciórate. Tienes que llevar la nota de despido.
       —Llevo la nota de despido —dice ella.
       —Compruébalo.
       Ella empieza a decir algo, pero en lugar de seguir se mira en el cristal de la ventana y luego sacude la cabeza.
       —Llámame, al menos —dice él—. Y me cuentas cómo va todo.
       —Te llamaré —dice ella—. Dame un beso. Aquí —dice, y le indica una comisura de los labios—. Con cuidado —dice.
       Leo abre la puerta y deja pasar a Toni.
       —¿Dónde vas a intentarlo primero? —dice. Toni sale al porche.
       Ernest Williams está mirando desde el otro lado de la calle. En bermudas, con la panza saliente y caída, mira a Leo y Toni mientras riega sus begonias. El invierno pasado, durante las vacaciones, cuando Toni y los niños pasaban unos días en casa de la madre de Leo, éste había traído una mujer a casa. A las nueve de la mañana del día siguiente —un sábado frío y neblinoso—. Leo acompañó a la mujer hasta el coche y se topó en la acera con Ernest Williams, que llevaba un periódico en la mano. La niebla se desplazaba mansamente, y Ernest Williams se quedó mirándoles con fijeza, y al cabo se golpeó la pierna con el periódico. Con fuerza.
       Leo recuerda aquel golpe, se hunde de hombros le dice a Toni:
       —¿Has pensado empezar por algún sitio en especial?
       —Voy a ir a todos los de la zona —dice ella—. Entraré en el primer local, y luego uno detrás de otro.
       —De entrada pide novecientos —dice Leo—. Y luego vete bajando. Novecientos es una tasación baja, hasta para una venta al contado.
       —Sé por cuánto empezar —dice ella.
       Ernest Williams desplaza la manguera y se pone a regar en dirección a Leo y Toni. Les observa a través del chorro de agua pulverizada. Leo siente el impulso de hacer una confesión.
       —Sólo te lo recordaba —dice.
       —Muy bien, muy bien —dice ella—. Me voy.
       Es su coche, se refieren a él como «el coche de Toni», y eso empeora las cosas. Lo compraron nuevo tres años atrás, en verano. Toni, cuando los niños empezaron a ir al colegio, quiso ocuparse en algo, así que volvió a la venta. Leo trabajaba seis días a la semana en una fábrica de fibra de vidrio. Durante un tiempo no supieron qué hacer con el dinero que ganaban. Dieron mil dólares de entrada para el descapotable, y luego duplicaron y triplicaron los pagos hasta que acabaron de pagarlo en el primer año. Antes, mientras Toni se vestía, Leo había sacado del maletero el gato y la rueda de repuesto, y había vaciado la guantera de lápices, cajas de cerillas y cupones. Luego había limpiado y aspirado el interior. La capota roja y los parachoques resplandecían.
       —Buena suerte —dice, y le pone la mano en el codo.
       Ella asiente con un gesto. Leo imagina que Toni ya se ha ido, que ya está en tratos con los posibles compradores.
       —¡Las cosas van a cambiar! —exclama cuando la ve llegar a la entrada—. El lunes empezaremos de cero. En serio.
       Ernest Williams les mira y vuelve la cabeza y escupe en el suelo. Toni sube al coche y enciende un cigarrillo.
       —¡La semana que viene todo esto será agua pasada! —vuelve a gritar Leo.
       Toni le dice adiós con la mano cuando sale marcha atrás a la calle. Mete la primera y arranca. Acelera y los neumáticos rechinan.

       En la cocina Leo se sirve un escocés y sale con el vaso al patio trasero. Los niños están en casa de su madre. Tres días atrás había llegado una carta con su nombre escrito a lápiz en el sobre sucio, la única carta en todo el verano que no exigía algún pago en su integridad. Nos estamos divirtiendo mucho, decía la carta. Nos gusta la abuela. Tenemos un perro nuevo que se llama Mister Six. Es muy bueno. Lo queremos mucho. Adiós.
       Entra a servirse otra copa. Pone hielo en el vaso, y ve que le tiembla la mano. Extiende la mano sobre la pila. Se la mira unos instantes, deja el vaso, extiende la otra mano. Luego coge el vaso y vuelve a salir y se sienta en los escalones. Recuerda que de niño su padre señaló en cierta ocasión una bonita casa, una casa alta y blanca rodeada de manzanos, con una valla alta y pintada de blanco.
       —Ahí tenéis la casa de Finch —había dicho con admiración—. Ha estado en la bancarrota como mínimo un par de veces, y fijaos en su casa.
       Pero «la bancarrota» significaba la quiebra total de una empresa, ejecutivos cortándose las venas de las muñecas y arrojándose por la ventana, millares de empleados en la calle…
       Leo y Toni aún tenían muebles. Leo y Toni tenían muebles, y Toni y los niños tenían ropa. Esas cosas quedaban exentas. ¿Y qué más? Las bicicletas de los niños, pero las había mandado a casa de su madre para mantenerlas a salvo. El acondicionador de aire portátil, los electrodomésticos, la lavadora y secadora nuevas…, todo se lo habían llevado en camiones semanas atrás. ¿Qué más poseían? Cuatro fruslerías, nada, cosas demasiado usadas o que llevaban tiempo cayéndose a pedazos. Pero en su haber figuraban las grandes fiestas y viajes del pasado. A Reno y a Tahoe, a ciento treinta kilómetros por hora por la autopista, con la capota bajada y la radio a todo trapo. Y la comida. La comida había sido una de las grandes partidas. Se daban grandes banquetes. Leo calcula miles de dólares sólo en exquisiteces. Toni iba a la tienda y compraba todo lo que veía.
       —Yo tuve que pasarme sin ello de niña —decía—. Mis hijos no van a pasarse sin ello. —Y lo decía como si Leo hubiera insistido en que se privaran de esas cosas.
       Se inscribía en todos los clubs del libro.
       —De niña nunca tuve libros —decía rasgando el papel de los grandes paquetes.
       Se habían inscrito también en los clubs de discos: necesitaban música para el nuevo tocadiscos estereofónico. Lo compraban todo a plazos. Hasta una terrier con pedigree a la que llamaron Ginger. Leo pagó por ella doscientos dólares, y una semana después la encontró muerta, atropellada por un coche. Compraban lo que les venía en gana. Si no podían pagarlo, lo compraban a plazos. Firmaban.
       Tiene la camiseta mojada. Siente que el sudor de las axilas se le desliza por los costados. Está sentado sobre el escalón con el vaso vacío en la mano, y contempla cómo las sombras invaden el patio. Se estira, se seca el sudor de la cara. Escucha el rumor del tráfico de la autopista, y considera la posibilidad de bajar al sótano, ponerse de pie sobre la pila y colgarse por el cuello con el cinturón. Cae en la cuenta de que lo que desea es estar muerto.
       Entra en casa y se sirve un generoso trago y enciende el televisor y se prepara algo de comer. Se sienta a la mesa con unos chiles y unas galletas saladas y se pone a ver en la televisión algo sobre un detective ciego. Recoge la mesa. Friega la sartén y el bol, los seca y los pone en su sitio, y luego se pone a mirar el reloj de la pared.
       Son más de las nueve. Toni lleva fuera casi cinco horas.
       Se sirve whisky escocés, añade agua y se va con el vaso a la sala. Se sienta en el sofá, pero se da cuenta de que tiene los hombros tan rígidos que no puede recostarse. Fija la mirada en la pantalla del televisor y bebe el whisky a sorbos, pero pronto apura el vaso y va a servirse otro trago. Vuelve a sentarse. Comienza un noticiario —son las diez—, y se dice: «Dios…, en el nombre de Dios, ¿qué es lo que ha ido mal?». Y va de nuevo a la cocina y vuelve con más whisky. Se sienta, cierra los ojos, los abre al oír el timbre del teléfono.
       —Me apetecía llamarte —dice Toni.
       —¿Dónde estás? —dice él. Oye música de piano y el corazón le da un vuelco.
       —No lo sé —dice ella—. En un sitio. Estamos tomando una copa, y luego vamos a irnos a un restaurante a cenar. Estoy con el jefe de ventas. Es un tipo ordinario, pero buena persona. Me ha comprado el coche. Tengo que irme. Iba al tocador y al pasar he visto el teléfono.
       —¿Te han comprado el coche? —dice Leo. Mira por la ventana hacia el espacio de la entrada donde aparca siempre Toni.
       —Ya te lo he dicho —dice ella—. Ahora tengo que irme.
       —Espera, espera un segundo, por el amor de Dios —dice Leo—. ¿Te han comprado el coche o no?
       —Ha sacado el talonario justo antes de que me levantara —dice ella—. Tengo que irme. Tengo que ir al aseo.
       —¡Espera! —grita Leo. La línea se corta. Se queda escuchando la señal de marcar—. Santo Cristo —se dice, y sigue allí con el auricular en la mano.
       Se pasea por la cocina y vuelve a la sala. Se sienta. Se levanta. Va al cuarto de baño y se limpia los dientes con meticulosidad. Luego utiliza hilo dental. Se lava la cara y vuelve a la cocina. Mira el reloj y coge un vaso limpio de un juego: todos ellos llevan una mano de cartas pintada en un lado. Llena de hielo el vaso. Fija los ojos en el vaso que antes ha dejado en la pila.
       Se sienta en el sofá con la espalda apoyada sobre uno de los extremos, y pone los pies encima del otro. Mira la pantalla, pero se da cuenta de que no entiende lo que están diciendo. Hace girar el vaso vacío en su mano y considera la posibilidad de arrancar el borde con los dientes. Durante un momento siente escalofríos y piensa en irse a la cama, pese a que sabe que va a soñar con una mujer corpulenta de pelo gris. En el sueño él siempre está agachado atándose los cordones de los zapatos. Cuando se endereza ella le mira y él vuelve a agacharse para atarse de nuevo los zapatos. Se mira la mano. Y mientras mira cierra el puño. El teléfono está sonando.
       —¿Dónde estás, cariño? —dice despacio, con voz suave.
       —En un restaurante —dice ella con voz sonora, vibrante.
       —Cariño, ¿qué restaurante? —dice él. Se lleva la base de la palma a los ojos y aprieta.
       —En el centro, no lo sé exactamente —dice ella—. Creo que se llama New Jimmy’s. Perdone —le dice a alguien apartando la boca del teléfono—, ¿esto es New Jimmy’s? Sí, es New Jimmy’s, Leo —le dice a Leo—. Todo marcha bien, casi hemos acabado. Luego va a llevarme a casa.
       —¿Cariño? —dice Leo. Se aprieta el auricular contra el oído y se balancea a derecha e izquierda, con los ojos cerrados—. ¿Cariño?
       —Tengo que dejarte —dice ella—. Me apetecía llamarte. Bien, ¿sabes cuánto?
       —Cariño —dice Leo.
       —Seiscientos veinticinco —dice ella—. Los tengo en el bolso. Me ha dicho que los descapotables se venden mal. Hemos nacido de pie —dice, y se echa a reír—. Se lo conté todo. Me sentí obligada.
       —Cariño —dice Leo.
       —¿Qué? —dice ella.
       —Por favor, cariño —dice Leo.
       —Dice que lamenta nuestra situación —dice ella—. Algo tenía que decir. —Se echó a reír otra vez—. Dice que personalmente preferiría que lo catalogaran de atracador o de violador antes que de tipo insolvente. Pero es bastante agradable —dice.
       —Ven a casa —dice Leo—. Coge un taxi y ven a casa.
       —No puedo —dice ella—. Estamos a mitad de la cena, ya te lo he dicho.
       —Iré a buscarte —dice Leo.
       —No —dice ella—. Te digo que estamos acabando. Ya te lo he dicho, es parte del trato. Están a ver lo que sacan. Pero no te preocupes, estamos a punto de irnos. Estaré en casa en seguida —dice. Y cuelga.
       Al poco Leo llama a New Jimmy’s. Contesta un hombre.
       —New Jimmy’s ha cerrado ya —dice el hombre.
       —Quisiera hablar con mi mujer —dice Leo.
       —¿Trabaja aquí? —pregunta el hombre—. ¿Quién es?
       —Una cliente —dice Leo—. Está con alguien. Con un hombre de negocios.
       —¿La conozco quizás? ¿A su mujer? —dice el hombre—. ¿Puede decirme su nombre?
       —No creo que la conozca —dice Leo.
       Y luego:
       —Está bien, está bien —dice Leo—. No se preocupe, aquí llega.
       —Gracias por llamar a New Jimmy’s —dice el hombre.
       Leo se precipita hacia la ventana. Un coche que no conoce aminora la marcha al llegar ante la casa, pero luego acelera y pasa de largo. Leo sigue esperando. Dos, tres horas después vuelve a sonar el teléfono. Cuando levanta el auricular no hay nadie al otro lado de la línea. Oye tan sólo la señal de marcar.
       —¡Estoy aquí! —grita Leo con los labios pegados al teléfono.

       Casi está amaneciendo cuando oye unos pasos en el porche. Se levanta del sofá. El televisor emite como un zumbido, la pantalla centellea. Abre la puerta. Toni se da contra la pared al entrar. Sonríe. Tiene la cara abotargada, como si hubiera estado durmiendo bajo los efectos de un sedante. Mueve, se humedece los labios, se agacha pesadamente para esquivar y se tambalea al esgrimir él el puño.
       —Adelante —dice con boca pastosa. Sigue allí en pie, tambaleándose. Hace un ruido, arremete contra él, le agarra la camisa, se la desgarra por el pecho.
       —¡Estás en la bancarrota! —grita. Se retuerce, suelta, le agarra la camiseta y la desgarra por el cuello—. Hijo de perra… —dice, mientras lanza zarpazo tras zarpazo.
       Leo le estruja las muñecas, luego la suelta, recula unos pasos en busca de algo pesado. Ella tropieza camino del dormitorio. «Estás en la ruina», dice entre dientes. Leo oye cómo Toni se desploma sobre la cama y gime.
       Leo espera un rato; luego se refresca la cara con agua y entra en el dormitorio. Enciende la luz, mira a Toni y empieza a quitarle la ropa. Tira de ella y la empuja y la voltea de lado a lado de la cama, desnudándola. Toni dice algo dormida y mueve la mano. Leo le quita las bragas, las mira detenidamente bajo la luz y las arroja a un rincón. Aparta las mantas y la envuelve en ellas, desnuda. Luego abre su bolso. Está examinando el cheque cuando oye el coche que sube por el camino de entrada.
       Mira a través de la cortina y ve el descapotable, con los faros encendidos y el motor al ralentí, y cierra los ojos y vuelve a abrirlos. Ve a un hombre alto que pasa por delante del coche y sube hacia el porche. El hombre deja algo en el porche y se vuelve hacia el coche. Lleva un traje blanco de lino.
       Leo enciende la luz del porche y abre la puerta con cautela. Ve la pequeña bolsa de maquillaje de Toni sobre el escalón de arriba. El hombre mira a Leo desde el morro del coche, y sube y se pone al volante y suelta el freno de mano.
       —¡Espere! —le grita Leo, y empieza a bajar los escalones del porche. El hombre pisa el freno mientras Leo avanza hacia los faros. El coche chirría al frenarse. Leo trata de cerrarse los dos lados de la camisa, trata de apelotonar los faldones y metérselos por los pantalones.
       —¿Qué es lo que quiere? —dice el hombre—. Mire —dice el hombre—, tengo que irme. No se ofenda. Compro y vendo coches, ¿estamos? La señora se dejó el maquillaje. Es una dama, de veras, refinada. ¿Qué es lo que quiere?
       Leo se apoya contra la portezuela y mira al hombre. El hombre retira las manos del volante y las vuelve a poner. Hace marcha atrás y el coche comienza a retroceder un poco.
       —Tengo que decirle… —dice Leo, y se humedece los labios.
       Se enciende la luz del dormitorio de Ernest Williams. La persiana sube despacio.
       Leo sacude la cabeza, vuelve a meterse la camisa en los pantalones. Se aparta del coche unos pasos.
       —El lunes —dice.
       —El lunes —dice el hombre, atento a cualquier súbito movimiento.
       Leo asiente con la cabeza, despacio.
       —Bien, buenas noches —dice el hombre, y tose—. Tómeselo con calma, ¿quiere? El lunes, muy bien. De acuerdo, entonces. —Levanta el pie del freno; el coche retrocede un par de metros y el hombre vuelve a pisarlo—. ¿Eh? Una pregunta. Dígame, entre amigos, ¿el cuentakilómetros marca lo que debe marcar? —El hombre aguarda, y luego se aclara la garganta—. Bueno, mire, da igual si no —dice—. Tengo que irme. Tómeselo con calma.
       El descapotable retrocede hasta la calle, sale con rapidez hacia adelante, y en la esquina tuerce sin detenerse.
       Leo trata de nuevo de meterse la camisa en los pantalones y vuelve hacia la casa. Cierra con llave la puerta principal y se cerciora de que ha quedado bien cerrada. Luego entra en el dormitorio, cierra la puerta y aparta las mantas de la cama. Mira a Toni antes de apagar la luz. Se quita la ropa, la dobla con cuidado y la deja en el suelo, se mete en la cama junto a Toni. Permanece echado boca arriba durante un rato, se tira del vello del vientre, reflexiona. Mira la puerta del dormitorio, cuyo contorno ahora se perfila a la tenue luz del exterior. En este momento extiende la mano y toca a Toni en la cadera. Toni no se mueve. Leo se vuelve hasta quedar de costado y le pone una mano en la cadera. Le desliza los dedos por la cadera y siente el tacto de las marcas del elástico. Son como sendas, y él las sigue por la carne con las yemas. Pasa los dedos por encima, de arriba abajo, las recorre una tras otra. Surcan su carne por doquier, son docenas, quizá cientos… Se acuerda de cuando se despertó a la mañana siguiente de haber comprado el descapotable; de que lo vio allí aparcado, al sol, resplandeciente.


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