Raymond Carver
(1939-1988)


Después de los tejanos
(“After the Denim”)
Originalmente publicado en New England Review (1981);
What We Talk About When We Talk About Love (1981);
aparece, en versión manuscrita, en Beginners (2009)
y Collected Stories (2009)



      Edith Packer tenía el auricular de la cassette en el oído, y fumaba un cigarrillo de los de su marido. La TV estaba encendida y sin sonido, y ella estaba sentada en el sofá con las piernas recogidas y pasaba las páginas de una revista. James Packer salió del cuarto de invitados, que era donde había instalado su oficina, y Edith Packer se quitó el cordón del oído. Dejó el cigarrillo en el cenicero, extendió el pie y meneó los dedos a modo de saludo.
       Él preguntó:
       —Entonces, ¿vamos o no vamos?
       —Ya voy —contestó ella.
       A Edith Packer le gustaba la música clásica. A James Packer no. Había sido contable, y estaba retirado. Pero seguía haciéndoles la declaración de la renta a algunos viejos clientes y no quería oír música mientras estaba trabajando.
       —Si vamos a ir, vámonos ya.
       Miró la televisión, luego fue a apagarla.
       —Ya voy —repitió ella.
       Cerró la revista y se levantó. Salió de la habitación y fue a la parte trasera de la casa.
       El la siguió para cerciorarse de que la puerta de atrás quedaba cerrada y la luz del porche encendida. Luego esperó un buen rato en la sala.
       De su casa al centro social se tardaba diez minutos en coche; se perderían, pues, el primer juego.

       En el lugar donde siempre aparcaba había una vieja furgoneta con dibujos en los costados, de modo que James tuvo que seguir hasta el final de la manzana.
       —Hay cantidad de coches esta noche —observó Edith.
       Él se quejó:
       —No habría tantos si hubiéramos llegado a tiempo.
       —Habría los mismos. Sólo que no los habríamos visto. —Le pellizcó en la manga, para fastidiarlo. El remachó:
       —Edith, si queremos jugar al bingo, tenemos que llegar pronto.
       —Calla —respondió Edith Packer.
       James encontró un sitio y aparcó. Apagó el motor y las luces. Comentó:
       —No sé si voy a tener suerte esta noche. Cuando estaba haciendo los impuestos de Howard presentía que iba a tener suerte. Pero ahora creo que se me ha pasado. No parece buena suerte tener que andar casi un kilómetro sólo para jugar.
       —Tú pégate a mí —le animó Edith Packer—. Te daré suerte.
       —Ya no siento la suerte —se lamentó James—. Cierra tu puerta.

       Soplaba una brisa fría. Él se subió la cremallera de la cazadora hasta el cuello, ella se ciñó el abrigo. Oyeron el oleaje rompiendo contra las rocas al pie del acantilado, detrás del edificio.
       Edith dijo:
       —Fumaré un cigarrillo de los tuyos.
       Se pararon en la esquina, bajo el farol. El farol estaba roto, asegurado con alambres que se movían con la brisa y hacían sombras en la calzada.
       —¿Cuándo vas a dejarlo? —preguntó James, encendiendo un cigarrillo después de dar lumbre a su mujer.
       —Cuando lo dejes tú. Lo dejaré cuando tú lo dejes. Lo mismo que cuando dejaste de beber. Exactamente. Cuando lo dejes tú.
       —Puedo enseñarte a bordar —propuso él.
       —Con uno que borde en casa, basta.
       James le cogió del brazo y siguieron caminando.
       Cuando llegaron a la entrada, Edith tiró el cigarrillo y lo pisó. Subieron los escalones y entraron en el vestíbulo. Había un sofá, una mesa de madera, sillas plegables apiladas. En las paredes colgaban fotografías de barcos de pesca y de buques de la armada; en una de ellas se veía un barco volcado, y un hombre en pie sobre la quilla haciendo señas con la mano.
       Los Packer cruzaron el vestíbulo. James cogió del brazo a Edith al entrar en el pasillo.

       Junto a la puerta del fondo había unas empleadas del club que inscribían a los recién llegados antes de su entrada en el salón. Se estaba jugando una partida. Una mujer cantaba los números desde el estrado.
       Los Packer se apresuraron a sentarse en su mesa habitual, pero la hallaron ocupada por una joven pareja. La chica llevaba tejanos, lo mismo que su melenudo acompañante. A la blanquecina luz del recinto, los anillos, pulseras y pendientes conferían a la chica una apariencia rutilante. Al acercarse los Packer a la mesa, la chica se volvió hacia su pareja y puso un dedo sobre un número de su cartón. Luego le pellizcó el brazo. El joven llevaba la melena recogida hacia atrás y atada en la nuca, y —según pudieron observar los Packer—, le colgaba un pequeño anillo de oro del lóbulo de una oreja.

       James condujo a Edith hasta otra mesa, y se volvió para mirar de nuevo antes de sentarse. Se quitó la cazadora y ayudó a Edith a despojarse del abrigo, y luego se quedó mirando a la pareja que había ocupado su sitio. La chica recorría con la mirada sus cartones a medida que iban cantando los números, y se inclinaba a un lado para comprobar también los de su compañero, como si —pensó James— éste no tuviera juicio suficiente para ocuparse de sus propios números.
       James cogió el montoncito de cartones que había sobre la mesa. Le tendió la mitad a Edith.
       —Elige algún ganador —dijo—. Yo voy a coger estos tres de encima. Pero da igual los que escoja, Edith. Creo que no tendré suerte esta noche.
       —No te fijes más en ellos —le aconsejó la mujer—. No hacen daño a nadie. Son jóvenes, eso es todo.
       James respondió:
       —Es la noche del bingo para la gente de este vecindario.
       Ella le recordó:
       —Este es un país libre.
       Edith le devolvió el montoncito de cartones, y él lo dejó al otro extremo de la mesa. Luego cogieron judías del platillo.

       James sacó un billete de un dólar del fajo de las veladas de bingo. Lo puso junto a sus cartones. Una de las empleadas —una mujer delgada de pelo azulado, con un lunar en el cuello, a quien los Packer conocían por Ali-ce— pasaría en seguida con un bote de café. Recogería monedas y billetes, y daría el cambio del bote. Era esta u otra empleada quien pagaba los premios.
       La mujer del estrado cantó «I-25», y alguien de la sala gritó «¡Bingo!»
       Alice se abrió paso entre las mesas. Cogió el cartón ganador y lo tuvo en la mano mientras la mujer del estrado leía los números ganadores.
       —El bingo es correcto —confirmó Alice.
       —¡Damas y caballeros, este bingo cobrará doce dólares! —anunció la mujer del estrado—. ¡Enhorabuena al ganador!

       Los Packer jugaron otras cinco partidas sin éxito. James estuvo a punto de ganar con uno de sus cartones. Pero se cantaron seguidos cinco números distintos a los suyos, y alguien cantó bingo con el quinto.
       —Por poco lo consigues —intentó animarle Edith—. He estado mirando tu cartón.
       —Me ha estado poniendo los dientes largos —masculló James.
       Inclinó el cartón y dejó que las judías cayeran en su mano. Luego la cerró y agitó las judías en el puño. Le vino a la memoria algo sobre un chiquillo que tiraba unas judías por la ventana. El recuerdo le llegó de muy lejos, y le hizo sentirse solo.
       —Quizá cambiando los cartones —sugirió Edith.
       —No es mi noche —repitió James.
       Volvió a mirar a la pareja de jóvenes. Se reían de algo que el chico había dicho. James advirtió que no prestaban atención a nadie salvo a ellos mismos.

       Alice recogía el dinero de la partida siguiente, y, tan pronto como fue cantado el primer número, James vio como el joven de los tejanos ponía una judía sobre un cartón que no había pagado. Se cantó el segundo número, y James vio que el joven volvía a hacer lo mismo. Se quedó perplejo. No podía concentrarse en sus cartones. Siguió alzando la vista para observar los manejos del tipo de los tejanos.
       —James, mira tus cartones —le reconvino Edith—. Te has dejado el N-34. Presta atención.
       —El tipo que nos ha quitado el sitio está haciendo trampas. No puedo ni creerlo —protestó James.
       —¿Qué trampas? —preguntó Edith.
       —Está jugando con un cartón que no ha pagado —le explicó James—. Habría que denunciarlo.
       —No tienes por qué hacerlo tú, querido —dijo Edith. Había hablado despacio, tratando de mantener los ojos en sus cartones. Puso una judía sobre un número.
       —Ese tipo está haciendo trampas —insistió James.
       Ella cogió una judía de la mano y la colocó sobre uno de los números.
       —Juega tus cartones —le aconsejó.
       James volvió a mirar sus cartones. Pero sabía que era preferible dar por perdido el juego. No había forma de saber qué números se había saltado. Apretó las judías dentro del puño.
       La mujer del estrado cantó: «G-60.»
       Alguien gritó: «¡Bingo!»
       —Mierda —se lamentó James Packer.

       Se anunció un descanso de diez minutos. El juego que seguiría a este descanso sería un juego «a ciegas», a dólar el cartón. El ganador se llevaría la bolsa, que aquella semana era de noventa y ocho dólares. Hubo silbidos y aplausos.
       James miró a la pareja. El tipo se tocaba el anillo de la oreja y miraba al techo. La chica le había puesto una mano sobre la pierna.
       —Tengo que ir al baño —advirtió Edith—. Dame tus pitillos.
       James propuso:
       —Traeré café y pastelillos de pasas.
      —Voy al cuarto de baño —repitió Edith.
       Pero James Packer no fue por pastelillos y café. Fue a situarse tras la silla del joven de los tejanos.
       —He visto lo que está haciendo.
       El joven se dio la vuelta. —Disculpe —dijo, y le miró fijamente—. ¿Qué estoy haciendo?
       —Lo sabe perfectamente —respondió James.
      La chica sostuvo en la mano su pastelillo a medio comer.
       —Yo ya se lo he advertido —insistió James.
       Y volvió a su mesa. Estaba temblando.
       Edith, al volver, le devolvió los cigarrillos y se sentó. No habló, no era ya la jovial Edith de siempre.
       James la miró atentamente. Preguntó:
       —Edith, ¿ha pasado algo?
       —Estoy manchando otra vez —comentó ella.
       —¿Manchando? —se sorprendió él. Pero sabía de qué se trataba—. Manchando —repitió en voz muy baja.
       —Oh, cariño —disimuló Edith, cogiendo unos cartones y eligiendo entre ellos.
       —Creo que debemos irnos a casa —opinó él.
       Ella siguió escogiendo cartones.
       —No, quedémonos. Sólo es un goteo, nada más.
       James le tocó la mano.
       —Nos quedamos —decidió ella—. No va a pasar nada.
       —Esta es la peor noche de bingo de toda mi vida —dijo James.

       Jugaron la partida «a ciegas», y James vigiló al joven de los tejanos. El tipo seguía con lo mismo, seguía jugando un cartón que no había pagado. De vez en cuando, James miraba cómo iba el cartón de Edith. Pero no había forma de saberlo. Edith mantenía apretados los labios, y ello podía significar cualquier cosa: determinación, pesar, dolor. O tal vez era simplemente que le apetecía poner así los labios en aquel juego concreto.
       James tenía un cartón a falta de tres números y otro a falta de cinco y un tercero sin posibilidad alguna cuando la chica del joven de los tejanos empezó a gritar: «¡Bingo! ¡Bingo! ¡Bingo! ¡Tengo bingo!» El tipo aplaudió y gritó con ella:
       —¡Tiene un bingo! ¡Tiene un bingo, señores! ¡Bingo!
       Y siguió aplaudiendo.
       En esta ocasión fue la mujer del estrado quien se acercó hasta la mesa de la chica a cotejar su cartón con el panel de los números. Y exclamó:
       —Esta joven tiene un bingo. ¡Y el premio es de noventa y ocho dólares! Señoras y señores, felicitémosle con un aplauso. ¡Es un bingo! ¡El bingo «ciego»!
       Edith aplaudió con el resto de la gente, pero James mantuvo las manos sobre la mesa.
       El tipo de los tejanos abrazó a la chica cuando la mujer del estrado les entregó el dinero.
       —Se lo gastarán en drogas —dijo James.

       Siguieron jugando. Se quedaron hasta que se jugó el último bingo. Era un bingo llamado «el progresivo»: la bolsa se incrementaba semana tras semana si nadie cantaba bingo antes de determinada cantidad de números.
       James puso su dinero sobre la mesa y jugó su cartón sin esperanza de ganar. Se limitaba a esperar, pues estaba convencido de que el joven de los tejanos cantaría aquel bingo.
       Pero nadie lo cantó. La bolsa se sumaría a la de la semana siguiente: una suma más elevada que nunca.
       —¡Y esto ha sido todo por esta noche! —proclamó la mujer del estrado—. Gracias por venir. Dios les bendiga, y buenas noches.
       Los Packer salieron del salón con el resto de la gente, pero se las arreglaron para situarse detrás del tipo de los tejanos y su chica. Vieron como la chica se daba palmaditas en el bolsillo. Vieron como rodeaba con el brazo la cintura del tipo.
       —Deja que se adelanten —susurró James al oído de Edith—. No soporto el verlos.
       Edith no contestó nada. Pero se retrasó un poco para dejar que la pareja se alejara un trecho.
       Afuera soplaba el viento. James creyó oír el oleaje por encima del ruido de los motores que arrancaban.
       Vio a la pareja pararse junto a la furgoneta. Naturalmente. Debería haber caído antes en la cuenta.
       —El muy bobo —comentó James Packer.

       Edith entró en el cuarto de baño y cerró la puerta. James se quitó la cazadora y la puso sobre el respaldo del sofá. Encendió la televisión, se sentó en su sitio y esperó.
       Al rato Edith salió del baño. James estaba atento al televisor. Edith fue a la cocina y abrió el grifo. James oyó como luego lo cerraba. Edith entró en la sala y dijo:
       —Creo que tendré que ir mañana por la mañana a que me vea el doctor Crawford. Creo que me pasa algo serio ahí abajo.
       —Maldita suerte —masculló James.
       Edith se quedó de pie moviendo la cabeza. Se tapó los ojos y se apoyó contra el pecho de James cuando éste se acercó a ella y la rodeó con sus brazos.
       —Edith, mi querida Edith —se apesadumbró James Packer.
       Se sentía torpe y aterrado. Y se quedó allí quieto, abrazando con desmaña a su esposa.
       Ella alzó la boca y le besó en los labios; luego le dio las buenas noches.

       Fue al frigorífico. Abrió la puerta y se quedó mirando su interior mientras tomaba zumo de tomate. El aire gélido le daba en la cara. Miró los pequeños paquetes y envases con alimentos sobre las rejillas, el pollo envuelto en plástico transparente, los productos pulcros y bien conservados.
       Cerró la puerta del frigorífico y escupió el resto del zumo en la pila. Se enjuagó la boca y se preparó una taza de café. Fue con ella a la sala. Se sentó frente al televisor y encendió un cigarrillo. Comprendió que bastaba con un loco y una tea para acabar con todo.
       Fumó y se tomó el café, y luego apagó el televisor. Fue hasta la puerta del dormitorio y se quedó escuchando durante un rato. Pero le pareció poco digno estar allí de pie, escuchando.
       ¿Por qué no le ocurría eso a otra? ¿Por qué no a aquella pareja del bingo? ¿Por qué no a todas esas gentes que andan por la vida libres como pájaros? ¿Por qué no a ellos en lugar de a Edith?
       Se retiró de la puerta del dormitorio. Pensó en dar un paseo. Pero ahora el viento era muy fuerte; oyó como las ramas del abedul gemían detrás de la casa.
       Volvió a sentarse ante el televisor. Pero no lo encendió. Siguió fumando y pensó en los andares lentos y arrogantes de aquella pareja que iba delante de ellos hacia la furgoneta. Si ellos supieran... Si alguien les hiciera comprender... ¡Sólo una vez!
       Cerró los ojos. Se levantaría pronto y haría el desayuno. La acompañaría a ver al doctor Crawford. ¡Si se tuvieran que sentar con él en la sala de espera! ¡Les diría lo que les esperaba! ¡Bien que les desengañaría a esos irresponsables! Les diría lo que le espera a uno después de los tejanos y los pendientes, después de andar magreándose y haciendo trampas.

       Se levantó y fue al cuarto de invitados y encendió la lámpara de la cabecera de la cama. Echó una ojeada a sus papeles y a los libros de contabilidad y a la máquina calculadora que tenía sobre su escritorio. Encontró un pijama en uno de los cajones. Abrió la cama. Luego recorrió la casa apagando las luces y comprobando las puertas. Luego se quedó mirando por la ventana de la cocina el árbol sacudido por el viento.
       Dejó encendida la luz del porche y volvió al cuarto de invitados. Apartó la cesta de la calceta, cogió la cesta del bordado y se acomodó en la silla. Levantó la tapa de la cesta y sacó el aro de metal. Sobre él, tensado, el lino blanco y virgen. Acercando la minúscula aguja a la luz, James Packer enhebró en su ojo el hilo de seda azul. Y se puso a trabajar —puntada tras puntada—, mientras imaginaba que hacía señas con la mano, como el hombre que se mantenía en pie sobre la quilla.



Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar